Yesenia abrazada de la jirafa púrpura esconde el escote, y con una enorme mochila caqui la forma de sus piernas tras la calza y la falda. El extraño de pelo largo la mira desde los asientos de enfrente. Es obvio. Demasiado. La mira sin vergüenza, se la come con los ojos, mueve incómodo la entrepierna cada que se reacomoda en el asiento. Yesenia escucha a su madre parlotear algo acerca su hermanita y de fondo la lengua incompresible de las informaciones de aeropuerto proclama algo que a ella no le incumbe. El clima está templado y agradable. No hay mucha gente alrededor. Solo un par de ancianos, un gringo que esconde su obvia calvicie y que mira a una fea de cuerpazo que, notoriamente, resiente a Yesenia las miradas robadas. Hay, además, un par de niños con su agotada madre que parece querer dormir. Y él, claro. El extraño de pelo largo y ojos grandes.

Yesenia detesta la manera en que la mira. Como hambriento y desesperado. Fijo y sin distraerse. Su madre no lo nota. Ella sigue dale que dale con hablar de Roxanita. Pinche feta malcriada. Se larga de vacaciones con su tía y retorna embarazada ¡Con qué cara llegaría la tonta! Ya su madre no mostraba huella alguna de todo el llanto que ella se había tenido que tragar. Demasiado bien sabía que Roxanita no tendría que ver a su mamá llorar y algo en ello le sonaba injusto. Revisó la pantalla de vuelos a su izquierda. Obvio. Roxanita, también en eso, se retrasaba.

La chica del cuerpazo se pasea por ahí. Meneándose como loca la muy culisuelta. Habla por el celular meneándose. De aquí a allá meneándose. Delante del gringo meneándose. Pero el extraño ni la mira. Sigue fijo en Yesenia.

– Perra – se le escapa.

– ¡Hija! ¿Cómo se te ocurre? Es tu hermana – alcanza a escuchar.

– No mamá. No la Rox. – responde señalando con la cabeza a la culisuelta.

– Hija, tenemos que apoyar a tu hermana, tenemos que… – la ignora su madre. Yesenia reflexiona. Aquel “tenemos” lo venía escuchando desde que Roxana había nacido. Desde beba que la malcriada se las arreglaba para desacomodar su vida. “Tú serás 12 años mayor así que debes cuidarla mucho” le dijeron con el tono con que se sentencia de muerte a un adolescente. Así perdió el cuarto, la ropa, las muñecas, los cariños, los tíos, las primas. Todo. “Yessy, la beba lo necesita.”, “hija, tu hermana también vive en esta casa.”, frases derivadas que poblaron su adolescencia y que ahora las escuchaba retumbar en su cabeza mientras su madre seguía con la perorata y el extraño de pelo largo continuaba mirándola a ella. Solo a ella.

“¿Será que me vine muy provocativa?” teoriza Yesenia poniendo a un lado la mochila y el peluche, dejando respirar aquel amplio y generoso escote que dejaba entrever sus maravillosos senos. “Ahora a la Rox le crecerán” pensó decepcionada, o quizá asustada de verse superada. Revisa su falda negra y corta adornada por encajes que le dan estilo a la apretada calza púrpura que se puso y se pregunta si el extraño de pelo largo es de esos que se excitan con algo tan chontano ¿O sería que aquel extraño miraba su cabello por aquel rojo claro que teñía el castaño del cuelllo para abajo? ¿O sus ojos, su nariz, sus labios, mucha pintura tal vez, o poca en todo caso? ¿Era por las botas? ¿Los aretes? ¿Qué mierdas veía el pervertido ese con tanta fijación?

Los niños armaban tremenda bahatola y los ancianos los miraban enojados. Yesenia no tenía calor pero sudaba. Sobretodo en el pecho y los piercings. Por un rato, mientras miraba a todas partes, se dedicó a sentirse avergonzada de su posible olor hasta que reparó en que el extraño de pelo largo estaba muy lejos como para olerla. Rió. Y meneó el pelo mientras lo hacía. Se avergonzó ¿Por qué tenía que hacerse a la sexy?

Entonces sucedió. Fue un golpe tremendo e inesperado, un miedo angustiante apretándole el pecho, dilatando sus pupilas, erectando sus pezones y creando un compás jazzero con sus latidos. El extraño se levantó y caminó hacia ella. Apurado, indiscreto, sediento fue acercándose y Yesenia paralizada ya ni pensó en Roxana o su madre. Solo en ese maldito acercándose tan seguro de sí. Sin saber si temía que el tipo ese la besara o la violara, o si es que lo que más temía era admitir que quería que el tipo la arrancase de su vida, la alejara de la realidad y la sumergiera en una fantasia sexual donde el olvido es un deliquio permanente, donde el placer no da paso al pensamiento y los cuerpos sudados y desnudos son un estado natural. Por eso no quiso aceptar que la ignorara por ver la pantalla de las llegadas y salidas de los aviones. No quiso tolerar que el desgraciado regresara campante a su asiento y hasta se atreviera a conversar con el gringo obviamente calvo mirando en dirección de la culisuelta. Mamá aun hablaba, Roxana no llegaba, los niños gritaban y la culisuelta se meneaba por aquí y por allá, por aquí y por allá y por aquí y por allá como si fuera la reina de algo tan vulgar como un cuerpo operado y vistoso. Yesenia miró su natural ampulosidad de sus senos, que caían un poco por su amplitud, y los comparó con aquel par de melones perfectos y esféricos de la culisuelta, que, de paso, parecía tener una cola con forma de manzana y cuya cara de seguro era muy distinta a la que tenía desde niña, ni así logrando verse medianamente decente. Abrazó, rabiosa, el peluche de jirafa púrpura que había comprado para regalar a su hermanita ¿Por qué podía la culisuelta menearse con semejante esperpento falso y artificial, cuando ella misma era toda una mezcla de redondeces que los hombres anhelaban probar? ¿Quién era ese extraño de pelo largo para dejar de verla luego de haber sido tan intenso con su manera de cosificarla con la mirada?

Cruzó las piernas. Mordió a la jirafa púrpura y le chupó el hocico mientras la alejaba de sí lentamente y mirando al vacío. Yesenia actuaba de puro reflejo mientras en su mente se arremolinaban imágenes variadas. Recuerdos, alegrías, rencores y frustraciones se mezclaban en un coctel que la emborrachaba. Se acomodó el corpiño y pasó los dedos por su pelo. Cerró los ojos y puso una mano encima su cabeza y la otra en el cuello. Y acarició. Lo hizo como por accidente, sin nunca abrir los ojos, ansiosa de saber si era observada, bajando un poco y deteniéndose en esa raja amplia y profunda de su pecho, sintiendo que a sus bultos le crecían un par de bultitos que gritaban por debajo de su delgada blusa ploma para hacerse notar. Cerró los ojos con más fuerza y murmuró algo como “por favor” al notar chillidos histéricos de su madre a lado. “habrá llegado la Rox” se dijo mientras una mano apretaba a la jirafa púrpura y la otra dejaba de demorarse en los senos para pasar al estómago y ahí tardarse cuanto pudiese en el ombligo y el piercing hasta que los zarandeos de su madre la fuerzan a abrir los ojos.

Los niños están quietos. Los ancianos cardiacos. La culisuelta fruncida. El gringo calvo divido entre la excitación y el escándalo. Su madre grita, levanta el nombre de Dios y se pregunta por qué esas hijas le tocaban a ella. Pero el extraño de pelo largo no parece reprochar nada. Él la mira con intensidad, con las manos crispadas, resoplando y con expresión de sorprendido, quizá maravillado, probablemente asustado. Ella lo mira fijamente y confirma que en los ojos del extraño de pelo largo se refleja la lujuria más pura, el deseo más profundo, el terror más abominable y entonces llega Rox y el culmen de todo acontece cuando la madre la ignora. Yesenia sonríe, abraza a su hermana, le entrega su jirafita, le anuncia que ya no es niña, le da la mano y se alejan en paz, haciendo oídos sordos de las quejas maternas, del murmullo de los ancianos, del sonido de la confusión de los niños y los pantalones apretados de gringos y extraños de pelo largo. Se alejan sin nunca mirar atrás

Publicado originalmente en la Revista Gorila

Entre los fanáticos de Spider-Man hay uno de esos debates que encontramos en todas partes: el del huevo o la gallina ¿quién fue primero? ¿cuál quieres para cenar? No importa el enfoque, siempre será un debate inútil donde lo único que saldrá a la luz son las preferencias de cada debatiente y, siendo sinceros, no nos llevarán a nada. Pero, admitámoslo: es tremendamente divertido. Con ese espíritu, los fanáticos siempre nos andamos preguntando ¿Tobey o Andrew? Y solo esa pregunta nos detiene por días enteros mientras acaloradas discusiones se desarrollan, amistades se pierden, viudas son creadas y, bueno…es de nunca acabar. Por varias semanas solo se escuchan las recriminaciones de los malos perdedores, resuena el eco de los argumentos tardíos que gritamos por la mañana siguiente ya que solo se nos ocurren cuando llegamos a nuestras casas, luego de un pesado día de discutir y discutir y discutir, pues al parecer un mejor Spidey cinematográfico no puede ser definido.

Antes de empezar seré sincero al confesar que yo soy del #TeamAndrew, pienso que fue mejor Peter y mejor Spider-Man, además que sus películas me gustaron más. Pero en medio de toda la sangre y vísceras con las que uno tiene que lidiar cuando llega el tercer día de discusión, pues se me ocurrió que quizá era hora de que alguno de nosotros se anime a darle una mirada más neutral. Y no se preocupen, no saldré con que gana Nicholas Hammond o el mejor Spidey es Christoper Daniel Barnes, eso sería perder el tiempo de manera monumental. Así que ahí va. Spidey contra Spidey ¿cuál fue el mejor Spiderman del cine?

PARTE I: Tobey, tu amigable vecino bailarín.

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Cuando Spider-Man se estrenó el 2002 no pensábamos que sería el heraldo de una época llena de películas de superhéroes. Desde el 99 que nos llegaban Batmanes y Supermanes que causaban revuelo y alborotaban a los fans pero no sería hasta el estreno del Spider-Man de Sam Raimi que Hollywood le vería el negocio a las películas de superhéroes. No era para menos, no solo rompió récords de taquilla sino que visualmente era uno de los más grandes triunfos en el cine de acción y suspenso gracias a las escenas de Spidey peleando o balanceándose por los cielos de Nueva York que nos dejaron complacidos y sorprendidos, con ganas de mucho más. Y Tobey estuvo a la altura del reto de hacerse un creíble Hombre (que) Araña con la ayuda de todos estos efectos, CGI y etcétera. Punto para Tobey. Nunca es fácil ser el primero en hacer algo así, quizá Tobey no lo sabía pero estaba estableciendo el parámetro que tendría que seguir todo otro actor que encarnara a Peter Parker.

Por suerte, para Tobey, contaba con la ayuda de un director muy experimentado en cine de acción y aventura: el legendario Sam Raimi, que antes nos había fascinado con Evil Dead y Army of Darkness, y que se hacía cargo de un proyecto que casi tuvo a David Fincher como director, hasta que este renunció porque el estudio no deseaba hacer una versión sobre La Noche que Murió Gwen Stacy como era el plan de Fincher (off-topic: sí, yo también quisiera ver eso). Raimi se hizo cargo de un guión que se venía haciendo desde los ochentas y le quitó pesos extras y detalles que lo hacían sentir muy sobrecargado de villanos (¡oh! ¡la ironía!) e historias de orígenes que entre James Cameron y David Koepp habían ido poniendo en todo el tiempo que estuvieron trabajando con la historia. Raimi se enfocó en el Duende Verde y en aprender a usar efectos por computadora, porque el gran Sam salía de su zona de confort, que son los efectos reales y fabricados a mano, para traernos la historia de Spiderman. Lo que tienen que entender de todo esto es que habían muchas cosas nuevas siendo experimentadas, cosas que después nos traerían un universo cinematográfico bien construido de la Marvel pero que entonces no era más que un sueño loco al que aspiraba Kevin Feige. Como dije, Tobey no lo sabía entonces pero él, junto a Hugh Jackman, eran una suerte de base para todo esto, el borrador de lo que Feige moldearía, después, en Robert Downey Jr. y Chris Evans.

Todo esto significa que Tobey no pensaba que su actuación era tan importante, para él era solo un trabajo más, de un personaje que nunca antes había leído y que aceptó solo porque disfrutó el guión, en otras palabras y no puedo decirlo de otra manera: lo hizo muy bien pese a, y justamente por, que nadie, ni siquiera él mismo, tenía demasiadas expectativas sobre el asunto. Y sí, los geeks, los nerds y todo tipo de fanáticos teníamos, efectivamente, las expectativas en alto pero tampoco teníamos un punto de comparción ni existía tanta presión como la hay hoy en día. Tobey, sin presión ni expectativas, más que darle su propio enfoque al Hombre Araña captó lo que su director quería, le dio una profundidad emocional a su personaje que Raimi había visto a Tobey hacer antes en The Cider House Rules y, esto lo digo en el mejor sentido posible, ese es el estilo Maguire, todos sus papeles tienen cierta fragilidad e ingenuidad conflictuada por personas o eventos que él no puede controlar y los actúa de manera muy parecida. Raimi quería el tipo de personaje que Maguire sabe hacer y Tobey hizo un gran trabajo porque no estaba interpretando tanto a Peter Parker y Spider-Man como a cualquier otro papel que le pudieran dar. Por eso es bueno remarcar que mucho de ese crédito del Spidey de esta trilogía de películas se lo debemos más a Sam Raimi, ávido lector y coleccionista de cómics, a diferencia de Maguire, que supo traer fragilidad a un héroe, cosa que no era muy pensada en ese entonces, pues en la pantalla grande, y en la chica también, los más grandes ejemplos de superhéroes era el intocable de Superman y el infalible de Batman. Ambos personajes muy divertidos, pero que en cierto punto podemos spider-man-reboot-sdccllamarlos aburridos por predecibles. Spidey no es así y Sam Raimi lo interpretó muy bien, dio buenas directrices que Maguire cumplió con mucha efectividad. Ok, bueno, exagerando un poquito en sus expresiones y sus escenas dramáticas, sí, pero igual lo hizo bien. Hoy nos burlamos de la actuación de Tobey, sea con memes o recordando el infame baile de la aún más infame película sobre Spidey: El Hombre Araña 3 y curiosamente aquí se aplica una frase muy famosa de la competencia: “o mueres un héroe o vives lo suficiente para convertirte en el villano”. Y eso le pasó a Tobey, su buena interpretación se volvió ridícula. Si en la primera nos dieron un buena película, en la segunda nos dieron una excelente película, la tercera de pleno apestó en todos los aspectos y hasta en los que no, vuélvanla a ver y se darán cuenta que sí apestaron.

Ahora, Tobey siempre actuó bien, pero en estas películas dependía demasiado de su director y de lo que le dijeran que hiciese y eso no extraña mucho de una persona que no conocía nada del superhéroe al que iba a encarnar y que solo lo conoció antes de la segunda película (lo cual explicaría lo tremendamente increíble que es Spider-Man 2). Pero parte de lo que hizo memorables tanto al Spidey de Maguire como al de Garfield son los actores secundarios. Las películas de Raimi tuvieron grandes aportes por parte de sus actores, en especial William Dafoe, Alfred Molina, Rosemary Harris y J.K Simmons, este último un grande como J. Jonah Jameson a tal punto que Marc Webb no quiso tomar el riesgo de recastearlo y terminó por eliminarlo de su versión del Hombre Araña ya que sabía que ningún fan aceptaría a otro que no fuera J.K. Simmons y Webb buscaba alejarse de todo lo que estuviera relacionado con la versión de Raimi. Mi punto es que todos estos actores le dieron más calidad a la película y en el proceso ayudaron a que el Spidey de Tobey sea buenísimo, pues el entorno también es importante. Los personajes de apoyo ayudan a que la historia tenga más sentido y fluidez, a que la trama principal se mueva a buen ritmo y a mantenernos entretenidos en el proceso. Porque hay un momento en que te cansas de ver llorar a Peter y, por suerte, puedes distraerte de ello en Norman Osborn u Otto Octavius, incluso en la tierna y aguerrida tía May o en la comedia que se nos brinda a través de J. Jonah Jameson. Pero, así como tenían un buen reparto para hacer un mejor Spidey, Maguire y Raimi a lo largo de sus tres películas también tuvieron ciertos personajes que fueron arruinados, como Harry Osborn o Gwen Stacy, incluso la propia Mary Jane ya que a nadie le convenció del todo Kirsten Dunst en este papel, por cosas como ponerla en la mítica escena del puente de Nueva York y hasta hay quienes se quejan de la escena del beso por estar muy parada en la línea de lo cursi y lo romántico (a mí no me miren, esa escena me parece genial), u otras cosas como que no cayó bien que volvieran a Flint Marko un sensiblon o, bueno, casi todo lo que la 3 nos dejó. Pero más allá del reparto y del director, enfocándonos solo en Maguire, admito que las más grandes quejas sobre Maguire suenan tontas. Es cierto, lo suenan. Pero bien pensadas no lo son. Hay cierto sentido en quejarnos de un Peter Parker demasiado callado, muy tímido y silencioso. Sí, sé que Peter en los cómics es así. Sí, he leído todo Amazing Spider-Man y, también, Ultimate Spider-Man, no estoy hablando por hablar. Peter puede que sea callado y tímido y silencioso, pero no tanto. Este enfoque de fragilidad que tenía Maguire le quitó al personaje una de sus caracteristicas más importantes: los malos chistes para combatir el miedo, quintaesencia del personaje. Y sí, sé que el Spidey de Tobey a veces lo hace, pero es que es tan intensa su fragilidad que, además de que no lo hace tanto, cuando lo hace no siempre lo sentimos.

Algo que sí debo remarcar es que hay una evolución muy genial de Spidey/Peter Parker, porque cada película de Raimi se trata sobre el crecimiento, así que no podía faltar la evolución del personaje que, lamentablemente, en el gran cuadro se pierde pues estos cambios son más notorios en todos los demás y no tanto en Peter. Claro, eso antes de la famosa escena del club de jazz que no sólo tardaron ocho días en filmar sino que el mensaje que Raimi quizá quiso comunicar se perdió en la ridiculez de un Tobey Maguire que pasó de ser angustioso y calladito a ser incómodamente arrogante. La poca notoriedad de su evolución hizo que su cambio debido al simbiote se sintiera forzado, ridículo y risible por ese salto súbito de niño obediente y educado cuyo único pecado es tener algo de culpa en la muerte del tío Ben a…bueno…eso.

Sí, Tobey hizo su trabajo y lo hizo bien. Tuvo la suerte de un reparto genial, un director maravilloso y dos guiones que respetaban el camino y la evolución de un superhéroe. Además Tobey encarnó a un Spider-Man más basado en el Spiderman clásico de la Era de Plata del Cómic, con ciertos toques modernos. Su Spidey era un alma vieja con mucha carga nostálgica que todos los fans acérrimos, o más antiguos, disfrutaron por, justamente, esa nostalgia que transmite. Nos gusta el Spider-Man de Tobey Maguire y Sam Raimi no solo porque fue el primero sino porque su caracterización apuntaba a despertar sentimientos por él que se amparan en el velo de la nostalgia de los fanáticos. Y en aquellos que no conocían nada de Spidey, tenían una historia sencilla y bien caracterizada, divertida y llena de accion y colores y por eso era un reto muy difícil  para Marc Webb y Andrew Garfield superar a este Spidey, tanto que, y adelantando un poco de la parte dos de este artículo, el que la logró fue Garfield y no Webb.

PARTE II: Andrew, tu vecino hipster hecho al cool

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Y llegamos a Andrew, el hipster que el mundo condenó como demasiado cool y que muchos fanáticos de Maguire odiaron por motivos obvios. Pero, antes de hablar de Andrew y su actuación como Spidey es necesario hablar un poco de Marc Webb y sus películas.

El 2012, cincuenta años después de la primera aparición de Spider Man en Amazing Fantasy #15 y diez años después del estreno de la primera película de Spidey dirigida por Sam Raimi (de la que hablé en la PARTE I) nos llegó The Amazing Spider-Man, dirigida por Marc Webb y protagonizada por Andrew Garfield, un film que, antes de morir, Roger Ebert calificó como el segundo mejor de todos los de Spider-Man, siendo el mejor la segunda entrega de la trilogía de Raimi. Pero lo cierto es que las dos entregas de Marc Webb tienen muchas fallas, tanto a nivel de historia como en realización. Webb era director de videos musicales y en su currículo en la pantalla grande solo tenía una increíble prima opera muy romántica, cruda y divertida en su propio estilo. Webb no era a quién querían los fans y muchos aun sostienen que fue una pésima elección para dirigir. Lamentablemente no puedo negar que en cierto modo tienen razón, pero en cierto otro no. Webb no tenía muy claro lo que quería hacer con Spider-Man, aun sí tenía bastante claro lo que quería hacer con Peter Parker y como resultado tuvimos una hermosa y tierna historia de un muchacho asustado y debilucho que tiene que aprender a manejar un gran poder con responsabilidad. El problema fue que justo por ese enfoque más centrado en Peter, muchos otros elementos fueron mal manejados y generó lo peor de estas películas: la exagerada concentración en el romance hasta el punto de hacernos sentir viendo One Tree Hill, en dos películas que tienden a pecar de blandas y que pese a estar llenas de pequeños guiños y maravillosos detalles, estos no alcanzaron a distraer al público de que a ambos filmes les faltaba algo, les sobraba otra cosa y cuyas inconsistencias le costaron la aprobación de una gran mayoría de su público.

Lo más triste es que el guión original de Roberto Orci y Alex Kurtzman para la segunda entrega de Webb solucionaba muchas de las imperfecciones y agujeros en la trama de las que tanto se quejaron los fanáticos, y por X o Z motivo no se los hizo tal como fueron escritos. Pueden culpar a Avi Arad por ser un productor tan…problemático, que insistió tanto en los cambios que afearon la película, o pueden alegar que a Webb le faltó habilidad como director para lograr llevar a la pantalla un guión como el que tenía entre manos. En realidad no importa, las películas ya salieron y por muy divertidas, entretenidas, malas o buenas que les puedan parecer lo cierto es que están falladas. De poco valió que Webb usara menos CGI que Raimi para dar más realismo a la película, o que esta no fuera filmada en digital o tantos pequeños detalles que no pondré acá para no alargar demasiado el artículo. El punto es que Webb estaba muy condicionado por: 1) Avi Arad, 2) su propia inexperiencia y 3) las películas de Raimi. Tanto así que cometió demasiados tropiezos que nos quitaron de las manos la chance de una película que lograse la épica y casi imposible tarea de superar a Spider-Man 2 como mejor película del trepamuros. Lamentable. Pero ahora avoquémonos a lo que vinimos: Andrew Garfield como Spidey.

Imaginen a un fanboy, no uno cualquiera quizá, pero si a uno que tuvo la chance de ser su superhéroe favorito y se metió con alma, vida y corazón a lograrlo. Andrew Garfield era este fanboy que creció leyendo Spider-Man, quién, como nosotros, quedó emocionado con las películas de Raimi y que cuando se puso por primera vez el traje de Spidey no se aguantó y se puso a llorar de la mera emoción. Ahí ustedes dirán: “eso debe ser inventado” pero se están perdiendo el punto. Ninguna mentira aterriza lejos de la verdad y por lo que uno puede ver en las entrevistas de Garfield (el actor, no el gatito) es fácil intuir que ama al personaje genuinamente y que creció con él. Además, si pueden emocionarse con la WWE, las promesas de un político o los anuncios de la Blizzard y no con Andrew siendo un fanboy con el sueño siendo cumplido, entonces están fallando en algo poco relevante de la vida pero igual maravilloso.

Sin embargo, ser un fanboy no te asegura ser un buen actor o un buen lo que sea, puede que incluso te ciegue a experimentar cosas nuevas o te ponga tanta presión que termines por arruinarlo todo y es, justamente, esto lo que le da puntos a la actuthe_amazing_spider_man_by_biggreenpepper-d5d5gefación de Andrew: el tipo estaba emocionadísimo, demasiado metido en su papel pero en ningún momento perdió el balance de su performance, por estar haciendo uso de sus propias ideas tanto como las de su director. Y ese profesionalismo es algo loable porque cuando algo que amamos está involucrado tenemos más propensión a perder la cabeza. Nomás vean a un buen fanático de fútbol viendo los últimos minutos de un partido donde su equipo está perdiendo por un mísero gol. Es de temer. Webb supo ver que Andrew, pese a ser un actor desconocido, tenía mucho potencial y no estaba muy quemado por otros roles. Era un riesgo, efectivamente, pero pagó bien porque resultó ser un riesgo fresco, gracioso e innovador, que los críticos amaron y que hasta el mismo Stan Lee dijo preferir por encima de Maguire. Pero nada de esto alcanza para convertirlo en mejor Spidey que Tobey, porque por más que, cómo fanáticos, queramos que alguien que sabe sobre Spider-Man sea Spidey siempre existirán otras manos que lo torcerán un poco a otras direcciones que las que los fanboys queremos, porque el cine no se trata de representar los cómics tal y como salieron, eso sería aburrido. El cine debería apuntar a crear versiones alternas de la historia original, cuidando de lograr cierto balance. Y, repito, Andrew lo hizo bien en ese sentido.

Ahora, el mismo Webb admitió que sus películas eran más sobre los orígenes de Peter Parker que los orígenes de Spider-Man y eso se lo puede ver en la interpretación de Andrew, quien representó a un adolescente de verdad, más cerca a la esencia de lo que significaba el personaje de Peter Parker en los cómics de Ultimate Spiderman y fue por esa cercanía a ese universo, y su búsqueda de diferenciarse al Peter Parker de Raimi, que obtuvimos un Parker más temperamental, discutidor y arrogante, pero eso también permitió que tuviese el toque burlón que Maguire no tiene. Dejenme aclarar que esto tampoco lo hace un mejor Spidey y, en realidad, jugó un poco en su contra. Lo bueno fue que, por fin, obtuvimos a un Peter que diseñaba tecnología avanzada y no solo respondía bien a preguntas del doctor Connors, pues el de Garfield es un Peter que demostraba su impresionante intelecto e inteligencia sin dejar de ser un nabo y, sí, admitámoslo de frente, un hipster hecho y derecho con un peinado ridículo. Un hipster adolescente, nabo e inteligente que no importaba que quisiese parecer cool, igual no era aceptado por sus compañeros. Y es que ambos, tanto Tobey como Andrew, fueron losers pero el de Garfield lo mostró con más elementos, diferente óptica y sin escenas de baile. El Peter asustado de Andrew hace bromas y se pone arrogante sin nunca perder la intensidad de su carisma mientras se desempeña bien en coreografías de pelea genialmente diseñadas, que contienen poco CGI y que generan una sensación más vertiginosa a las partes donde Spider-Man entra en acción. Hasta en cómo se comporta Peter después de ser mordido encontramos elementos más propios de una araña, pues Andrew se dio la molestia de estudiar el comportamiento y movimientos de estas para prepararse para su papel y los guionistas le siguieron el juego poniendo detalles de ese estilo a lo largo de la película. El punto es que el chico se esforzó, pero eso aun no alcanza para nombrarlo mejor Spidey ¿o me equivoco?

Algo que ambas sagas comparten es que contaron con un gran elenco de apoyo. Pero allá donde William Dafoe y Alfred Molina triunfaron, Rhys Ifans, Dane Deehan y Jamie Fox solo empataron. No es posible negar que el Spidey de Maguire tuvo villanos mejor interpretados, incluso si elevamos a Jameson a calidad de un villano buena onda. En el caso de Andrew, hay que vanagloriar a tres de su elenco de soporte: Martin Sheen y Sally Field por un lado, y Emma Stone por el otro. El tío Ben y la tía May siempre han sido una parte muy importante de la identidad tanto de Peter Parker como de Spider-Man y si bien Rosemary Harris cumplió su papel a la perfección junto a Maguire, la tía May que interpretó Sally Field es igual de perfecta pero en otro estilo. ¿Cómo explicarlo? A ver, olvidemos por un minuto lo falladas que están las películas de Webb y pensemos en el tono que quisieron poner: muy Batman Begins, muy The Dark Knight, muy oscuro en el modo en que se critica que no es al Universo Cinematográfico Marvel y que el Universo Cinematográfico DC es demasiado. En las películas de Webb tenemos un punto medio, entre oscuro, tierno y gracioso que se diferencia muchísimo del tono alegre, esperanzador con momentos de oscuridad y mucho drama de las películas de Raimi. Webb es más realista y emocional mientras que Raimi es más cálido y eso se nota muy bien en ambas tía May. Sally Field nos entregó una tía May conflictuada, frágil dentro su fortaleza, consciente de los secretos de su Peter de una manera más obvia y más temprana, además de representar muy bien a una figura materna y cariñosa para un adolescente atribulado. La relación del Peter de Andrew con su tía May sirve como respiro emocional y cómico al tono realista y angustioso de la película. Tal vez por eso generó una división entre fans que la adoraron y fans que no sabían qué pensar cuando Sally se mandaba líneas muy cliché. Eso significa que Rosemary Harris fue mejor tía May, pero tampoco podemos quitarle mérito a la muy buena actuación de Sally Field. Así como Martin Sheen, que sin decir las míticas palabras: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, nos transmitió el sentimiento de la frase con su mera actuación que resuena en ambas películas y no solo a nivel trama.

Y eso nos trae al segundo punto más fuerte de Garfield: Emma Stone. Porque si bien el carisma y los chistes del Spidey de Andrew nos gustan, de las películas de Webb rescatamos la forma en que exploran más la relación de Peter con Gwen sin reducirla a un interés romántico o damisela en apuros como fueron reducidas Kirsten Dunst y Bryce Dallas Howard. No entró solamente en juego la química entre Andrew y Emma que derivó en su romance fuera de cámaras, sino que Emma Stone es una buena actriz y su actuación en estas películas brindaron una Gwen Stacy que es más una compañera de Peter, que lo ayuda, lo soporta y lo apoya sin ser segundona, manteniendo su independencia como personaje y hasta mostrándose más eficaz o inteligente en ciertas situaciones. Pese a toda la ñoñez del romance, Stone nos dió a una Stacy de armas tomar, decidida e inteligente y ***spoilers*** su muerte es lo que más nos marca y duele de estas películas ***fin de spoilers***. El personaje de Emma Stone y su interpretación refuerzan todos los puntos fuertes de Andrew y ayudan a ilustrar el punto principal por el cual Andrew podría quedar como el mejor Spidey: Peter es un cobarde que obtiene poder y su historia nos muestra cómo alguien sin poder, al obtenerlo, puede vivir sin ser corrompido.

Garfield nos dio un buen Spider-Man y un genial Peter Parker, nos trajo buenas películas pese a que los productores, guionistas y director no estaban a la altura. Andrew peleó donde muchos actores se rinden y la peleó como nadie. Lo que quiero decir es: Andrew fue un Spidey demasiado bueno para sus películas.

TL;DR: Andrew fue un Spidey demasiado bueno para sus películas.

PARTE III: El Maravilloso Hombre Araña es…

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Andrew Garfield. Pero antes de que los miembros del #TeamTobey salten a rasgarse las vestiduras déjenme aclarar un par de cosas. Andrew podrá ser el mejor Spidey, pero las mejores películas son las de Tobey Maguire Sam Raimi, pues nada ni nadie puede borrar el hecho de que Spider-Man 2 es la mejor de todas las películas de Spidey, y que el viaje de superhéroe de Tobey fue mejor planificado, además que su actuación no solo estuvo bastante bien sino que fue la primera, la que puso todos los parámetros para todo futuro actor que encarne al Hombre Araña. Por eso no puedes decir que Maguire no es genial, eso es cierto, pero tampoco puedes encerrarte en insistir que lo es solo porque sí o porque sus películas son geniales (excepto la tres, no puedo remarcar eso lo suficiente) o porque no te cae Andrew. Bueno, puedes pero don’t be a douche.

Ambas sagas apelaron a metas distintas y se centraron en diferentes aspectos de un solo personaje. En las dos versiones ves lo que implica transformarse en Spidey, pero la de Webb explora mucho más a lo que significa ser Peter Parker y no lo limita a una escena a lo compilación ochentera. Claro que, tampoco se vuelve un exceso romántico que hasta meloso puede llegar a sentirse, en especial en la segunda película de Webb. Y es por eso que el debate perdura, porque muchas veces confundimos lo que pensamos de las películas con sus protagonistas y en este particular caso tenemos una trilogía que contó con un gran director, capaces guionistas y una actuación buena de Tobey Maguire, enfrentando a dos películas muy falladas pero que contaban con un actor que interpretó a un Peter que ya es un héroe antes de ser mordido, cuyos poderes (como la adolescencia) no hacen más que moverle el piso, que no son más importantes que la muerte de su tío o sus padres y que tiene que reencontrarse a sí mismo mientras se descubre como Spider-Man, evitando convertirse en otra cosa, más que Peter Parker, en el trayecto.

Y sea cierto o no lo que acabo de escribir, todavía tengo un argumento más a favor de Andrew. Actuó muy bien, se metió en el personaje, hizo su tarea, fue profesional y, siendo esto lo más importante, empezó a separarse del proyecto cuando se decepcionó por la manera en que se saboteó al guión original de The Amazing Spider-Man 2. De muy mala manera, eso sí. Como todo buen fanático se puso caprochoso y furioso e hizo tremendo papelón, pero le reconozco la pasión, a su favor diré que solo alguien que de verdad ama al personaje haría esa clase de peleas, que se parecen mucho a las de: quién fue primero ¿el huevo o la gallina? y, bueno, así es como hemos llegado hasta acá.

ww_compilation_by_jasric-d7w36dgPublicado originalmente en la Revista Gorila

En diciembre de 1941 salió el octavo numero de All Star Comics donde se presentó al mundo a la Mujer Maravilla. Entonces estábamos en la Era Dorada del cómic, esa época en que justamente empezó la industria del cómic y durante la cual plantó sus raíces más sólidas mediante personajes que aun hoy son importantes y mueven la cultura al generar modas. Fue una era prolífica y joven donde vimos a coloridos, y no tan coloridos, hombres disfrazados con capas y spandex que se enfrentaban a supervillanos, ladrones, asesinos, tu hermana, y hasta nazis en revistas que se vendían, especialmente, a colegiales de siete a diecisiete años de edad. Esos fueron los tiempos que permitieron a la industria del cómic perdurar hasta el día de hoy. Claro que también fue una época en que dominaba el género masculino y que los personajes mujeres eran o una peste, o una damisela en apuros o la versión femenina de algún varón. Fue en ese contexto que William Moulton Marston creó a la Mujer Maravilla.

Marston era un psicólogo que creó un aparato que se utilizó en la construcción del primer polígrafo y que, además, estaba convencido que la mujer era más honesta y confiable que el hombre, sin contar que también era más rápida y precisa trabajadora. Marston creía que el cómic tenía grandes probabilidades educativas y quiso crear un personaje que no triunfase con puñetazos y a la fuerza, como todos los superhéroes de esos tiempos. Gracias a la sugerencia de la esposa de Marston, hoy, tenemos a la Mujer Maravilla, quien se unió a las pocas heroínas de aquellos tiempos como la Viuda Negra y Fantomah, entre unas pocas otras. De repente Marston tenía a esta chica pin-up superpoderosa con la que podía cumplir todas sus fantasías y verlas dibujadas en aventuras que él mismo escribía, donde su arquetipo de mujer perfecta mostraba todo su esplendor. La posición feminista de Marston era tan evidente que hasta llegó a poner a un villano furioso de que las mujeres ayudaran en los esfuerzos bélicos, alegando que si es que eso continuaba pronto las mujeres se darían cuenta que son más poderosas que los hombres y escaparían al dominio masculino como las amazonas de Temiscira. Lo que Marston esperaba era poder influenciar a las niñas de aquella época a ser fuertes, empoderadas y atractivas como la Mujer Maravilla, lo cual fue bastante progresista para aquella época, pese a que Gardner Fox, escritor de la Liga de la Justicia entonces, hiciera a Diana la secretaria oficial del grupo de superhéroes aun si era igual de poderosa que Superman (no está demás aclarar que Marston estaba furioso). Con todo y obstáculos, pronto la Mujer Maravilla se adjudicó, en tan solo seis meses después de su segunda aparición (esta vez en Sensation Comics #1), su propio cómic.COVER_RUN_Wonder_Woman_by_AdamHughes

La intención original de Marston era la de crear un personaje que venciese todo con amor y pese a tener la fuerza de Superman, aun pudiese ser tierna y sumisa. Casi bautizada como Suprema, la Mujer Maravilla era ese personaje al que Marston se las arreglaba para dejar atada en una suerte de bondage que aparecía en cada página del cómic. Marston después diría que de esa manera podía reducir la violencia en el cómic sin que los lectores lo notaran, a la vez que conscientemente lanzaba imágenes que podían estimular a estos lectores sexualmente, no solo con dichas imágenes sino también mediante el uso de palabras que invitaban al innuendo sexual. Sí, Marston era un fanático no-tan-secreto del bondage y pensaba que la sumisión no solo era un fuerte elemento erótico y una hermosa virtud sino, también, la única forma en que la gente del mundo lograría la paz mundial. La Mujer Maravilla que idealizaba su creador era esta poderosa y hermosa muchacha cuya presencia inspiraba en los hombres el deseo de la sumisión y la felicidad absoluta por estar esclavizados a alguien así de superior, eso sumado a que Marston intentaba entregar una trama envuelta en temáticas de justicia transformativa y el rol del arrepentimiento en la sociedad.

Todo esto generó el debate acerca de si Marston hacía esto por cachondo o por inconscientemente estimular la cachondez de la juventud y mucho se dijo al respecto, pero nada de eso lo distrajo de seguir escribiendo a la Mujer Maravilla, sea cual fuese el motivo por el que lo hacía, hasta su muerte el año 1947. Tras ello le bajarían el feminismo al personaje convirtiéndola en una sombra de lo que antes representó;  le crearon el mítico jet invisible y añadieron otros elementos pero ya estaba transformada en una heroína más clásica y menos interesante que la de Marston. Esta versión de la Mujer Maravilla tuvo vida durante la odiosa época de la creación de la Autoridad de Códigos del Cómic, nacida porque un par de gilarys le creyeron al doctor Fredric Wertham que los cómics depravaban a los jóvenes y los transformaban en delincuentes. Fue así que en lo que los monos eruditos llaman, hoy, la era de Plata del cómic, tuvimos a una Mujer Maravilla que solo era la sombra de su, antes, sidekick Steve Trevor, más preocupada del romance y estar a la moda que otra cosa. Que no está mal, pero caía mal por el cambio abrupto de una figura empoderada e independiente a todo lo contrario. Esto duró hasta 1958 cuando Harry G. Peter fue reemplazado por Ross Andru y Mike Esposito, quienes le dieron origen revisado a Diana Prince y después justificarían el cambio usando la explicación del Multiverso en la DC y que las diferentes Mujeres Maravillas vivían en universos alternativos. Pero no sería hasta allá por el 73, durante la edad de Bronce del cómic, que tras sobrevivir a una extraña decisión de quitarle los poderes a Diana y regalarle una asistente china, la Mujer Maravilla volvería a levantar el interés del público. En gran parte gracias a Gloria Steinem, quien impulsó a toda costa el retorno de la superheroína, el cual llegaría a través de una hercúlea aventura para probarle a la Liga de la Justicia (y a sus lectores) que merecía estar arriba de nuevo.

Los ochentas verían a Diana Prince retornar al status quo de la guerra, con Steve Trevor vivo, nuevamente, y el retorno de personajes de soporte como Etta Candy y el general Darnell. Por estos tiempos la Mujer Maravilla estrenaría el emblema WW en su pecho en lugar de su, ya, tradicional águila debido a el valor comercial y de mercadeo que tenía registrar el nuevo emblema como marca registrada. En 1983 Dan Mishkin y Gene Colan trajeron de vuelta a Circe a la galería de enemigos de la Mujer Maravilla pero esto no alcanzaría para salvar las cada vez más bajas ventas del cómic, que concluiría en 1986 con el matrimonio de Diana con Steve Trevor, en un final feliz que sería eliminado de la continuidad del universo DC, no mucho después, gracias a la saga Crisis en las Tierras Infinitas, con la que borraron todas las versiones de la Mujer Maravilla y se alistaron para relanzar al personaje desde cero. Este primer reboot llegó el año 87 y puso a Greg Potter y George Pérez detrás de las bambalinas del cómic Wonder Woman, pero Potter no soportaría la presión y renunciaría para el segundo número dejando a Pérez a cargo del arte y la trama y si bien en temporadas tuvo ayuda de Len Wein y Mindy Newell, se le atribuye a él todo el éxito de su corrida de 62 números en el cómic.

1289749635675Como Marston en su época, Potter y Perez planificaron a esta nueva Mujer Maravilla como una feminista, además de añadir un contexto mitológico al mundo de Diana Prince. Aquí se establecieron los cánones de Temiscira, la isla matriarcal donde Wonder Woman era una princesa enviada como emisaria al mundo del patriarcado. Esta versión de la Mujer Maravilla era lo que creo que Marston hubiera querido: excesivamente hermosa, con una eterna sonrisa y de un aire inocente debido a su corazón tierno, todo esto regalo de Afrodita, muy sabia en actos y palabras por la voluntad de Atena, poderosa y fuerte como la tierra gracias a Deméter, hermanada con el fuego por la gracia de Hestia, capaz del vuelo y la velocidad mejorada gracias a Hermes y, además, una cazadora de poderosos instintos y unión con las bestias cortesía de Artemisa. Hasta le dieron un disfraz con temática más patriótica que supieron justificar elegantemente en una historia que involucraba a la madre de Steve Trevor, quien fue envejecido y emparejado con Etta Candy para evitar que los lectores pensaran que se seguiría explorando la vida romántica de la Mujer Maravilla con Steve. Pero lo más interesante de la época de Pérez no fue este retorno a la Isla Paraíso, sino como las aventuras de la Mujer Maravilla se enfocaron en las injusticias del Olimpo mientras se adaptaba a una vida, podría decirse, de inmigrante, acondicionándose a un nuevo mundo totalmente patriarcal, que hasta le extendía el reto de un nuevo idioma, y que vencía con la ayuda de una madre e hija de nacionalidad griega que la ayudaban como traductoras. Pérez mostraba a una Diana de aparente ingenuidad que, en realidad, era una guerrera bien entrenada en entender de guerra, muerte y destrucción, optando por defender el orden bajo cualquier coste necesario. Creo que la forma más simple de resumir a la Mujer Maravilla de Pérez es describir a una mujer con inteligencia y sentido compromiso y dedicación a la par de los de Batman, pero poseedora de muchos de los límites y poderes de Superman. Este cambio en su actitud resonó junto a todos los otros cambios en su contexto, cambios que le trajeron un aire nuevo a quien apenas descubría aquel mundo al que no estaba acostumbrada, donde la gente se apresuraba a llamarla superheroína y donde su ignorancia pasaba por ingenuidad, de tal forma que el contraste que se formaba cuando se mostraba a Diana la guerrera, quien demostraba que podía llegar a ser despiadada y brutal en sus batallas, como las que sostuvo contra Ares, Circe, Cheetah y, claro, Deimos.

Después de la aclamada era Pérez llegarían William Messner-Loebs como guionista y Mike Deodato como dibujante de una era cuyos grandes logros fueron quitarle el manto de la Mujer Maravilla a Diana para dárselo a la pelirroja Artemis y, en un ardid para humanizar a Diana, hacerla trabajar vendiendo tacos en un local de comida rápida. Ya luego John Byrne seguiría ese recurso de darle el manto de la Mujer Maravilla a otra amazona, en este caso la misma madre de Diana, Hipólita, en una intrincada trama de viaje en el tiempo y ascensos divinos tras la misma muerte que retornó a la Era Dorada de la Mujer Maravilla al canon, cuando declararon que la Mujer Maravilla de esa época era la mismísima Hipólita (#omaigá). Después, Eric Luke sería el encargado de otorgarle un giro más existencial a Diana, además de darle una onda que dejaba un sabor muy parecido a  la de Superman. Por suerte esto solo duró hasta que llegó la genial etapa de Phil Jimenez, quien con dibujos que evocaban a los de Pérez y en cuya representación de la Mujer Maravilla como una mujer fuerte, independiente, sabia, leída y poderosa no solo salvaba el mundo sino que se daba tiempo de ser activista de los derechos de la mujer alrededor del mundo. Esta visión de Jimenez serviría de antecedente a lo que más tarde hizo Greg Rucka con la genial villana Veronica Cale (cuyos métodos la harían una temible adversaria en estos tiempos) y su enfoque político y moderno que mandó a los silver oldies a freír monos.

Por esos tiempos se empezó a cocinar la trama de Crisis Infinita, la cual usaría a la Mujer Maravilla para romper un tabú del universo DC. Diana le rompería el cuello a Maxwell Lord (que, bueno, se lo merecía) haciendo lo que Batman y Superman no se animaban a hacer y por lo que, luego, ellos y el mundo, la repudiarían como una asesina a sangre fría. Sus actos generarían un efecto dómino en las psiques de sus compañeros de equipo y que, tras una sucesión de eventos, dejarían a la Mujer Maravilla sola y con su patria transportada a otra dimensión. La historia de Inifinite Crisis es importante pero no en el desarrollo de la Mujer Maravilla, sino en cómo unió al versión de Pérez con la de la Era Plateada y nos mostró que Diana podía solucionar las cosas haciendo lo que fuese necesario aunque nadie lo quisiese hacer, viendo más allá de los tabúes de sus compañeros, y aun despreciada y sola seguir haciéndolo en actos tan redentores como evitar que Batman matase a Alexander Luthor Jr. o que dos Supermanes de diferentes dimensiones se matasen a trompadas. Para entonces ya estábamos en el 2006 y Allan Heinberg, junto a Terry Dodson, se preparaba para relanzar al personaje, añadiendo al disfraz el emblema visto en Kingdom Come porque ¿por qué no?

Este relanzamiento nos trajo a Donna Troy, hermana de Diana, como la nueva Mujer Maravilla mientras Diana andabaWonder_Woman_Commission_by_OverGround_EIC desaparecida y de parranda, con el mundo aun repudiándola por el asesinato de Maxwell Lord. Con el tiempo veríamos a Diana de vuelta en la acción como agente secreta del Departamento de Asuntos Metahumanos, lo cual no duró mucho pues no tardó en retomar el manto de la Mujer Maravilla. Esta época estuvo llena de decisiones de los guionistas que ofendieron a los lectores  pero encantaron a los críticos, al menos en el caso de Jodi Picoult, una novelista que dio cinco números que los fans detestaron y que en la #RedacciónGorila nos dejaron preguntándonos si es que hubiera mejorado la calidad de las historias si se le hubiera dado más tiempo. Pero los fanáticos ya estaban cansados de la irregularidad del cómic (gracias a los retrasos de entrega de Allan Heinberg) y la llegada de Gail Simone para encargarse del título solo estabilizaría las cosas a medias mientras Dan DiDio (el enemigo número 1 de los cómics y editor ejecutivo de la DC) le devolvía al cómic su numeración tradicional. Fue así que se llegó al número 600 donde colaboraron nombres importantes como Geoff Johns, George Pérez, Phil Jimenez y Amanda Conner en un número que funcionó más como un tributo, antes de que Michael Straczynski tomara las riendas, acompañado por los artistas Don Kramer y Michael Babinski, en una línea argumental donde Diana (usando un nuevo disfraz, cortesía de Jim Lee) intentaba recuperar sus memorias perdidas acerca una isla Paraíso destruida y, de esta forma, unir la realidad distorsionada con la realidad que no podía recordar. Trama continuada por Phil Hester, esta temporada no generaría especial atención en los lectores hasta su cancelación, el 2011, junto a muchos de los títulos más importantes de la DC, quienes a apuntaban a lo que ahora conocemos como los Infames 52.

Lo curioso es que si bien la mayoría de los relanzamientos de los nuevos 52 fueron de malos a pésimos y tampoco fueron bien recibidos por los lectores, el reboot de la Mujer Maravilla fue una de las mejores cosas que le pasó al título desde la tenencia de George Pérez o Phil Jimenez. Con el disfraz rediseñado, de nuevo, por Jim Lee, el poderoso escritor Brian Azzarello llegaría junto al artista Cliff Chiang para traernos muchas de las mejor escritas historias de la Mujer Maravilla, que fascinaron a los lectores por el giro oscuro y horrorífico que Azzarello le dio al personaje y sus aventuras. Diana ya no era la misma de antes y esto lo remarcó Azzarello cambiando el origen del personaje de ser una figura de arcilla que tenía vida gracias a la magia, a convertirse en la hija natural de Hipólita y Zeus. Esta historia llenó las páginas del primer arco argumental de Azzarello y dejó a los lectores satisfechos y deseosos de más. Eso mismo obtendrían de Azzarello, pues pronto brindó  otros arcos argumentales donde veíamos a Diana inmersa en un mundo cada vez más rico en mitología y personajes secundarios interesantes. Al mismo tiempo Geoff Johns escribía La Liga de la Justicia donde también aparecía la Mujer Maravilla y…sí, los fanáticos recibieron bien la interpretación de Johns del personaje, pero todos estábamos demasiados fascinados por Azzarello y Chiang como para darle bola, pues esos dos nos trajeron un mundo oscuro, poético y visualmente fascinante que nos atrapó por su poesía y complejidad.

Desde la Era Dorada del cómic que la Mujer Maravilla ha sido un personaje muy popular e icónico, particularmente para el movimiento feminista, además de poseer atributos que la pusieron en varias listas como la de los Mejores Personajes en la Historia del Cómic de la revista Empire. Diana hasta tiene su propio museo en Connecticut, donde podemos ver la mercadería con su imagen que apareció a lo largo de todos estos años, también tuvo una exitosa serie de tres temporadas donde Lynda Carter interpretó a una heroína más parecida a las versiones de Marston con algo de la de Pérez (aunque es más correcto decir que la de Peréz tiene algo de Lynda Carter) y, pronto, aparecerá por primera vez en el universo cinematográfico de la DC, encarnada por Gal Gadot.

A la Mujer Maravilla se la ha interpretado de varias formas y desde numerosos ángulos. Muchos lectores y lectoras se identificaron con la propaganda americana que el cómic exhibió durante la Segunda Guerra Mundial, otros quedaron prendados con el mensaje sexual implícito por Marston, otros la seguirían por la trama y actitud balanceada que Pérez le tumblr_muorc8Id3s1qfn8gbo1_500supo dar, solo superado por Azzarello y su horror poético, mientras que otros se irían más por la sensualidad con que fue retratada por los muchos artistas que la dibujaron desde su creación, pero sea cual fuere el caso lo importante de este personaje es que, de una forma u otra, quedó asentada en nosotros una personaje que nació del deseo de Marston de crear un modelo de fortaleza femenina, un ejemplo de que la mujer moderna podía ser empoderada, que podía sobrevivir y triunfar en el mundo monopolizado por el género masculino. Y era, es y será refrescante saber que mientras Superman fue creado como un ardid de ciencia ficción que batallaba contra el sentimiento de impotencia ante los más fuertes y Batman era ese detective escapado (y copiado) de los cómics pulp para instalarse en el universo de ese superhombre, solo probar que sin ser invulnerable podía patear traseros; pero la Mujer Maravilla no fue creada con los mismos conceptos e intenciones de esos dos héroes, la Mujer Maravilla le debe todo no a la Segunda Guerra Mundial, ni a batallar contra estereotipados enemigos de Estados Unidos sino a ser un ícono feminista de empoderamiento de la mujer, cuya historia de publicación y la, actual, falla de representarla en cine o televisión se traducen en el fracaso de la representación de la mujer y el matriarcado como algo factible y no desdeñado sin más.

Ese es un fracaso fuerte que termina por remontarse a su creador, Marston, quien se describía a sí mismo como feminista y estaba casado con Elizabeth Holloway, la mujer que inspiró la mayoría de los aspectos de la Mujer Maravilla y que le sugirió a su esposo que el héroe que creaba tenía que ser heroína. Holloway y Marston eran progresistas de su época y sus vidas privadas le costaron la reputación académica a Marston, pero todo ello contribuyó a que la presencia de la Mujer Maravilla haya sobrevivido incluso a los periodos de malos escritores. Todo este proceso con que Marston quiso reeducar a la juventud terminaría con su muerte y la renuencia de la DC de contratar a su obvia sucesora y esposa Elizabeth Holloway, que no podemos decir que fue un error pero basándonos en la baja calidad que tuvo el cómic hasta la llegada de Peréz, creo que nos gustaría pensar en todo lo que una mujer como Holloway podría haber logrado con una mujer como Diana. Pero ni modo, todo por lo que había luchado Marston con su personaje desapareció en las manos de Robert Kanigher, primer sucesor de Marston, y tuvimos que esperar a que George Pérez le devolviera la gloria a este personaje. Actualmente seguimos luchando para que la Mujer Maravilla sea bien representada en cualquier medio en que se les ocurra colocarla y hasta ahora las series animadas van ganando por goleada. La pregunta que perdura es si es que la versión encarnada por Gal Gadot logrará mostrarnos lo que la Furiosa de George Miller y Charlize Theron nos mostró, haciendo honor a este gran personaje de la DC.

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MAD_MAX_INSPIRED_ARTISTSOriginalmente publicado en la página de la Revista Gorila.

Estamos cansados de tanto remake y reboot. De verdad, consíganse algún creativo x y empiecen a sacar otra cosa que no sean los remakes, reboots o todavía más películas de superhéroes. No nos malentiendan, en la #RedacciónGorila somos fanáticos de los superhéroes, especialmente de esa obra maestra llamada Capitán America: El Soldado de Invierno, pero también somos capaces de reconocer que el cine anda estancándose en un ciclo que no promete ser provechoso. Incluso el Maestro así lo dijo, claro que sin el amor a los superhéroes.

Pero nunca tuvimos una sola duda de que George Miller reinventando a Max Rockatansky era una de las ideas más madmax-fury-road-brides-hardyestupendas de la vida. Tan solo tienen que ver la trilogía original (o ver el especial sobre Mad Max de la Revista Gorila) para comprenderlo. Miller, en Mad Max, nos entregó tres películas muy distintas entre sí que propusieron diferentes aspectos de una sola visión post-apocalíptica, misma que luego sería citada como la influencia de un gazillón de otras películas. Y ese es un récord que solo el mismísimo #BigGorila y unos pocos otros han logrado. Por todo eso nunca tuvimos una sola duda de que solo Miller podía superar a Miller. Y el tiempo ha probado que estábamos en lo correcto.

Alejado ya, Miller, del magro presupuesto de 356,000 dolarucos que tuvo la primera película sobre Mad Max y bordeando esa suma trescientas veces aumentada (sin contar la inflación, claro), es inevitable notar que cualquiera que haya sido la suma es poco precio para tan buena inversión, que resultó en 120 minutos de pura adrenalina, caos y violencia. Una película atrapante y aterradora que en pocas palabras nos entrega una historia bien narrada, bien pensada, genialmente planteada y todavía mejor realizada. Tomando el manto de Mel Gibson, Tom Hardy ha probado ser un Max más estoico pero mil veces más intenso. Expresivo y sutil, el papá Hardy siempre da impresionantes actuaciones, dignas de una Banana de Oro, pero en Mad Max su interpretación nos ayuda a digerir los cuantiosos detalles del mundo post-apocalíptico donde las caseritas venden leche materna y la alcaldía te dice que el agua es adictiva. Acompañado de un gran grupo de mujeres, Max emprende una persecución larga e intensa donde una formula se repite y repite, pero arreglándosela para sorprendernos con su visión y creatividad en cada reiteración de la formula. Y si bien, para horror de Aaron Clarey, la película es feminista ¿cúal sería el problema con eso? Para nosotros ninguno. En realidad, todo lo contrario: nos encanta.

Aun entre tanta calidad en las interpretaciones de Hardy, Theron, Hoult, Keough y Gale, el más memorable es Keays-Byrne, viejo conocido de las películas de Mad Max, con su grotesco, brutal y ligeramente basado en Ron L. Hubbard, personaje llamado Inmortan Joe, rey y tirano de la Citadela que le saco jugó a las películas de Thor y con eso tuvo para vivir comomad_max_fury_road_immortan_joe_by_maltian-d89hlf8 caficho pese a estar varado en un mundo de #@!. Los diferentes aspectos de los personajes se complementan con la apariencia de la película y todos los juegos gráficos y de colores que se manda Miller junto a la acertada y capa decisión de utilizar poco CGI y grabar las escenas de la forma más real posible durante 120 locos días en medio de paisajes desérticos de Australia y Sud África. Es, probablemente, la mejor película de acción que vemos después de mucho tiempo y todo en la película ayuda a que este sentimiento se intensifique, ya sean los diseños de los autos y atuendos, las estrategias que utilizan los distintos personajes a lo largo de la película o el suspenso, uno no desprende los ojos, en especial cuando están Theron o Hardy en pantalla.

De hecho que ya nos parecía raro que el buen George se nos hubiese puesto tan suave con Babe y Happy Feet, pero ahora hemos comprendido que toda la mala onda se la estaba guardando para esta película, una mala onda grotesca, morbosa y brutal que se expresa en explosiones irracionales de testosterona, violencia y adrenalina complementadas con todo el estrógeno de las mujeres que se prueban grandes guerreras y dignas supervivientes, gracias a las que se puede decir que este film tiene mucho de feminista. Bueno, eso y que Eve Ensler ayudó a pulir el guión. No subestimen a Theron que su Imperator Furiosa pronto será llamada a un #versus contra ellen Ripley y/o Sarah Connor y podemos afirmarles que Furiosa está muy a la altura del reto.

Con todo, Fury Road no solo es una película entretenida y emocionante sino que es un respiro para los fanáticos de Mad Max y del cine en general, pues nos trae algo que se siente fresco y más visionario que producciones de gente mucho más joven que George Miller, sin dejar de respetar nuestra nostalgia por el personaje titular y su mundo con el que muchos hemos crecido abrazando la locura en que está inmerso. Lo último que podemos decir es que si quieren refresquen la memoria de la trilogía original (así o así), pero que no pueden dejar de apresurarse en ir a ver Mad Max: Fury Road, aprobada por la #RedacciónGorila y recomendada por el mismísimo Mel Gibson.

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Cantar por cantar

Publicado: abril 14, 2015 en Zopilotadas
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Cantar por cantar. Nunca ha sido así, al menos para mí que desde que tengo memoria el canto ha estado asociado a las pocas mañanas calurosas de Potosí, sentado con el sol quemándome la espalda y la cara bondadosa de Hortensia Villena delante mío, mientras sus manos manipulaban las tazas de té y los platillos con pan y mantequilla que había preparado el doctor Gustavo Sánchez momentos atrás. Lo asocio porque ni bien terminaba esos desayunos tardíos, me quedaba inquieto y aburrido y la pobre Hortensia tenía que buscar una forma de distraer al crío que tenía a su cuidado.

Pero los chistes picantes, las historias tristes, las tramas de sus telenovelas, las críticas amables, los reproches censurados, la mirada brillante de orgullo, las justificaciones dolorosas, las pasivo-agresiones defensivas, los juegos y frases privadas y hasta las peleas, que nunca nos involucraban a nosotros dos sino a ese amplio universo de los otros que estaban más allá de la salvación, pero que seguían siendo importantes en nuestros universos entrelazados, todo eso vino después. Cuando yo no era más que un crío, en las mañanas soleadas de Potosí, durante esa época en que recién aprendía a hablar (o quizá un poco después, es posible que la nostalgia me esté traicionando), Hortensia me enseñó a cantar.

No fue una sola mañana, pero tampoco creo que hayan sido miles. Creo que fueron muchos momentos en que Hortensia se sentaba y cantaba, con su voz suavita, temas infantiles que repasaba en mi cabeza cuando no los cantaba (para entenderlos), pero que cuando lo hacía, cuando cantaba, era con todos los sentidos puestos en ello. Hortensia aplaudía y reía, cantaba también, de pronto le entraba ese su humor negro (que escondía muy bien de los demás) y cantaba una canción triste que hacía llorar a sus hijos de pequeños pero que a mí me causaba solo una tantita pena (sería poco después que descubriría cuál era la canción para causar la lagrimera. Y ahí sí que me enteré que todos cojeamos de alguna pata). Con todo eran momentos felices, de los más felices que uno puede pedir. Momentos donde lo importante es cantar esas canciones que decían mil cosas, que contaban historias, canciones de ritmos que los niños hallaban alegres, canciones sencillas que cantaba esta mujer cada vez que podía hacerlo con su nieto. Y hasta el final lo haría. Cantaría para y con él, le regalaría el recuerdo de esa felicidad que terminó asociada en mi cabeza por lo que podría llamarse para siempre. Se convirtió en una presencia habitando la acción de cantar.

Por eso fue duro que primero se fueran las palabras, luego los tonos, después la vida. Fue duro que no pudiese darle todas las historias que quise contar, un poco para pagar las muchas historias que escuché de ella, pero también porque fue duro notar lo pequeño que un universo se puede hacer. Como si perdieses a un dios, dándome cuenta que ahora el canto se convertirá en un rezo y eso me repugna un poco. Después recuerdo que la ficción necesita de una trama y elijo cantar, ya no por cantar, ni convencido de prejuicios del pensamiento, pero si para seguir haciéndolo como antes: un poco en serio, un poco en chiste, un poco bien, demasiado mal, un poco sin motivo y otro poco recordando a mi abuelita. Pues, se marcha la cantora pero no el canto.

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Las calles atiborradas de juventud se empapaban en la guerra encarnizada que cada año se repetía en las vísperas de carnaval. Armados de chisguetes, baldes y globos con agua que inflaban en sus casas, o que compraban a las caseritas astutamente apostadas en cada esquina, bien cargadas con bolsas llenas de globos o tarros de espuma sintética que le daban esa coloración blanca a los empapados heridos de la batalla.

Era puro caos. No teniendo uniformes, ni bandos concretos más allá del casual o el formado por afinidad, en aquella guerra las balas bien podían ser apuntadas al grupo de gente en la acera de enfrente, o a los que se paraban a lado tuyo, incluso a los osados jinetes de camionetas que lanzaban sus globos a todos los viandantes, expuestos a los contraataques de los atacados. La avenida de las Américas no tenía mucho tiempo de vida, aun menos como punto de encuentro popular en la ciudad, pero había reemplazado a la plaza principal como escenario de esa, ya tradicional, guerra carnavalera.

Mes y medio antes de la fecha festiva, los más jóvenes salían bien armados hacia aquel nuevo punto de encuentro y auspiciados por un sol jubiloso buscaban víctimas para sus municiones de agua, prefiriendo empapar a chicas mientras más jóvenes y hermosas mejor, pero que llegado el momento de la verdad no había discriminación, especialmente cuando las chicas abandonaban el reparo tonto de las víctimas y se unían a la guerra, demostrándose en ocasiones guerreras más eficaces y certeras. Las tardes de enero y febrero se convertían en riñas plagadas de carcajadas y gritos en los labios y voces de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que festejaban la llegada del carnaval. Era bien sabido que a medida que la fecha esperada se acercaba, nuevos elementos se iban incorporando a estos festejos. Primero se empezaba con pocos globos pensados para víctimas selectas, después aparecían chisguetes como para contrarrestar el aumento de esos globos, ya de ahí era una seguidilla de espumas, baldazos, trago, bandas de música y gente que convertían la avenida de las Américas en intransitable.

Eran vísperas del carnaval de aquel año, pero nada parecía muy distinto. Hoy recordamos ese episodio como una anécdota simbólica de todo lo que nos pasó después, seguros de que, efectivamente, pasó pero inseguros de porqué quisimos ignorarlo y hasta asertivos de que de haber sido otra la historia…pero cada quien ha sabido sacar su propia moraleja de lo dicho y de lo acaecido. Sucedió así: fue una tarde más, el sol no brillaba mucho pero su ola de calor era obvia en lo ligeros de ropa que andaban todos. De aquí a allá se veía más piel que telas, y cuentan que por mucho que el calor no era nada que los nativos de esa ciudad no pudiesen manejar, sí era una invitación a disfrutar una cerveza helada, porque todos sabían que al calor del sol nada tiene mejor sabor que eso. Faltaban apenas días para el carnaval, pero un observador ajeno habría pensado que aquel era el mismísimo día festivo. No podría culpársele, si de lleno se encontraba la avenida atiborrada de gente en ambas aceras, separadas por un hermoso paseo peatonal, una avenida donde podían verse a los bandos lanzando globos y gritando como locos al compás de cantos y bailes. En el ambiente los ruidos más comunes eran los de los globos golpeando puertas de fierro, madera, latón, o estrellándose contra el suelo y las paredes si acaso fallaban, pero también podían escucharse los alaridos de las chicas perseguidas por una ruda mayoría masculina, las voces roncas de risa de muchachos bien metidos en el romance de esa guerra, el silbido de los globos surcando el aire, las bocinas de los autos, la música con que trompetas , trombones, platillos y tambores amenizaban los ruidosos sorbos con que hasta los más jóvenes consumían sus cervezas, amén de los refunfuños rabiosos en que los ajenos a esa guerra declaraban al país como una mierda.

La avenida era larga para los estándares de esa ciudad. Originalmente gris, el paso del tiempo había poblado los barrios circundantes de tal forma, que cuando una familia endeudada hasta la médula se hizo millonaria poniendo un negocio de pollos en ella, pronto una fiebre sin igual se apropió de los ciudadanos, quienes se apresuraron a adquirir propiedades en las cercanías de la avenida de las Américas, mismas que pronto dejaron el gris y el blanco con que habían sido edificadas y fueron pintarrajeadas según el negocio que ahí se abriría. A lo largo de los años, hasta que llegó la ruina que destruyó el espíritu de esa ciudad, la avenida de las Américas vio desfilar los colores de un sinfín de negocios, que en su mayoría fueron locales de comida que competían encarnizadamente para cerrarse los unos a los otros, a tal punto que un día, mucho después de lo que les cuento, estalló ese episodio curioso que los más bromistas llamaron la Guerra de las Frituras pero que los economistas más avezados nombraron la Metáfora del Fin, cuando la analizaron a la luz de las ruinas de nuestro país muerto y finiquitado. Pero en ese entonces, durante aquel carnaval que les narro, la avenida estaba en el punto más alto desde su creación hasta su fin. Los negocios trajeron carteles comerciales enormes y brillantes que dieron luz a la oscuridad tan célebre del lugar, donde por muchos años prosperó la criminalidad que haría tan famosa a una avenida que luego fue conocida como faro de esperanza del desarrollo económico de una ciudad, hasta del país. El resto de las luces las puso alguna de las muchas corruptas gestiones de la alcaldía local, y a medida que la avenida ganaba popularidad comenzaron a llegar más adornos para acompañar las luces naranjas de los postes y la iluminación de los carteles donde predominaba el rojo, el blanco y el amarillo. Luces que bañaban el guindo suave de los mosaicos del paseo que la alcaldía puso al justo medio de la avenida y que, de alguna forma extraña, combinó bien con el plomo de la calle y sus rayas blancas que delineaban las indicaciones de tráfico. Aquel día, sin embargo, todos aquellos colores se veían oscurecidos al estar bañados en el agua de los baldazos derramados y los proyectiles fallidos, a eso se sumaban no solo los colores de las ropas de los luchadores, o las chillonas estelas aéreas que dejaban los globos rosados, naranjas, blancos, negros, rojos, azules, celestes, amarillos, púrpuras y verdes, sino que también entraba en aquel óleo el color moreno, blanco, canela y marrón de las pieles al descubierto, causando una impresión fuerte en quien fuera que veía aquella escena, en especial cuando la luz del mediodía empezó a bajar y la ilusión de una guerra en sepia maravilló a los pocos exquisitos que dieron una breve pausa a la diversión para admirarse de toda aquella implosión de tonos y colores. Nunca olvidarían aquel día, pero esos pocos exquisitos tendrían la fortuna de recordar la tonalidad sepia por encima de todas las cosas.

Ahora, a la gente le gusta creer que el principio de la caída de nuestro país estuvo en la Metáfora del Fin, y no les damos la contra; pero muchos entre nosotros creemos que aquel carnaval fue una profecía, un ultimátum karmático enviado por el cosmos, o Dios, o cualquiera de esas expresiones de lo divino, de modo que nos avivemos un poco y tomásemos medidas para no terminar, justamente, donde terminamos. Pero, como en aquel capricho que nos quitó un mar, decidimos ignorar un par de detalles y el episodio sería recordado como peculiar tras ser pasado por el riguroso filtro de varias censuras. Pasó justo cuando aquel efecto sepia tomó su lugar en las percepciones de todos los batalladores, el alcohol corría libre pero en moderadas cantidades, pues los carnavaleros tempranos sabían que la verdadera borrachera debía ser reservada para la siguiente semana. La batalla de agua llevaba horas vigente, pero las risas todavía fluían, tanto y tan bien, como las numerosas pilas con que llenaban globos, baldes, chisguetes y todo aquello con que pudiesen mojar a otra persona. Había gente de todas las edades compartiendo y las bandas repetían canciones populares que la gente bailaba feliz mientras seguían bien metidos en aquella tradición.

Lo cierto es que, aun hoy, nadie se explica qué fue lo que pasó con el agua. Cuando fue analizado después, nadie pudo a ciencia cierta aclarar por qué el agua cesó de fluir y ya ninguna pila pudo proporcionar el preciado líquido de las municiones. Por un rato, ante la mala nueva del corte de agua, el campo de batalla quedó completamente inmóvil, divididos entre decepcionados y resignados que miraban a los lados buscando una fuente mágica de agua que nunca encontraron. Aquel habría sido el final de aquel episodio, de no ser por el descuido de un muchacho quien encontró una cerveza agitada en su bolsillo, abriéndola y rociando con su líquido color orín a un par de amigos, los cuales se maravillaron ante aquella idea brillante, aun si por lo demás aquel muchacho les parecía un patoso inútil, y celebraron aquel acto con risas mientras derramaban sus cervezas en el rostro del ocurrente desgraciado. Aquel gesto pronto fue imitado por todos aquellos que los rodeaban y la guerra en sepia reinició con nuevo brío, condimentada por el descubrimiento de aquella nueva munición que sustituía al agua perdida. No pasó mucho tiempo para que las latas de cerveza se agotasen y los luchadores tuvieran que apresurarse a comprar más de los negocios cercanos, cuyos dueños no cabían en sí de la alegría y cuyas sonrisas maravilladas por el flujo de dinero entrante quedaron plasmadas para siempre en rostros terroríficos de amargura, estancados en una sonrisa eterna. Ni bien el alcohol se terminó en las reservas de las tiendas, los luchadores, ahora empapados de agua, cerveza y espuma, procedieron a alzarse jugos, gaseosas, helados, vinos, singanis, vodkas y todo lo líquido al alcance de sus manos, de modo que la diversión no cesase por algo tan ridículo como falta de municiones. A estas alturas el dinero estaba de más y los luchadores no tenían tiempo de pensar en algo tan mundano como pagar mientras eran necesitados, ahí afuera, en una guerra sin cuartel ni bandos. Las calles desprendían un fuerte olor a alcohol combinado con los dulces aromas de todos los refrescos y bebidas espirituosas utilizadas, mezcladas en el aire con el sudor humano expulsado durante el esfuerzo de seguir cargando y lanzando globos y baldazos, sin que el ruido de la música y las carcajadas cesase. El cielo nuboso empezaba a oscurecer el tono sepia, pero este seguía tan intenso como antes cuando, atraídos por la fatalidad, aquellos que se habían encerrado en casa para no jugar salieron de sus guaridas picados por el escozor de la curiosidad y se unieron sin mucho trámite a la guerra que no parecía ni cerca de estar terminada.

Muchos generales, que se otorgaron a sí mismos dicho cargo, miraban desde algún punto estratégico el caos de la batalla, preocupados por la cercana falta de municiones. Algunos bromearon sonoramente con que podrían usar las lágrimas de los mercachifles saqueados, pero si no lo ponían en práctica era porque aquel era un método estúpido por lento. El milagro les llegó cuando la avenida entera se detuvo a respirar, inspirados quizá por el hado desgraciado de la nación, y fueron testigos de ese solitario globo azul oscuro surcando el cielo color atardecer, que descendió en una parábola perfecta hasta chocarse con un joven de piel canela y ojos lóbregos, cuyas ropas celestes y amarillas recibieron el impacto del globo que al estallar lo tiñó en el escarlata oscuro de la sangre. Aquel momento sería el más recordado, pero el menos verbalizado cuando la censura quiso evitar que recordásemos los eventos en el país, en cuya historia final se registró este episodio como algo mundano pero que hasta ahora no ha sido perdonado en la memoria de quienes lo vivieron. Un minuto entero miraron todos al joven anonadado y cubierto en sangre ajena. El silencio reinó, ni siquiera la naturaleza se libró del hechizo de ese momento, pero poco a poco un rumor de un clamor ancestral despertó en las voces de los guerreros de aquella batalla y, aun carcajeándose, retornaron al ruido ensordecedor de la guerra, llenando los globos, baldes y chisguetes con orines primero y desangrando a los más débiles para que, al menos, sirviesen como munición. Pronto las plomas calles se volvieron moradas de tanto líquido derramado, al que ahora se incorporaba la espesa sangre. La guerra en la avenida de las Américas no arreció, mas se intensifico a puntos bíblicos y más raros que la ficción donde los colores de un cielo, de pronto completamente rojo, exaltaban los sentidos de los guerreros, quienes reían contentos y felices al son de la animada música que las bandas aun tocaban y que las voces replicaban con cantos afinados al compás de una fiesta popular, ruidos que camuflaban el rumor de los cuchillos abriendo la garganta de hombres, mujeres, ancianos y niños y sus estertores penosos con que abandonaban la vida para nutrir la guerra de aquella tarde en sepia.

Todo terminó cuando la brisa de la noche causó frío en los luchadores empapados de cuanto líquido era concebible, y quienes pronto se retiraron a sus casas para asearse lo mejor que pudieron ante la falta de agua. Así, sucios, se trasladarían a los bares del centro de la ciudad a beber en silencio, intentando enterrar en el olvido las pilas de cadáveres que adornaban la avenida de las Américas, cuerpos ahora fríos que ellos mismos habían ayudado a enfriar. Por un tiempo los cuerpos quedaron ahí apilados, pudriéndose en las bondades del calor a lado de los restos multicolor de los globos reventados y las brillosas latas de cerveza vacías, hasta que la alcaldía y el gobierno mandaron gente a limpiarlo todo sin hacer mención alguna sobre lo acaecido y más bien pidiendo a la gente el buen gusto del silencio y la discreción. No pasó mucho antes de que las rutinas retornasen y, por acuerdo tácito, nadie celebró funerales ni lloraron a todos los caídos de aquel día. El agua volvió una semana después, precisamente el día de carnaval, y la gente celebró el feriado bebiendo alcohol pero sin jugar a ninguna especie de guerra, contentos de al fin poder bañarse en ese país de mierda donde ni agua había para carnavalear.

 

Sería un día sin igual en aquel aeropuerto internacional. Empezaría con una mañana vibrante y hastiada de vida que arribó con el sol alrededor de las seis de la mañana, trayendo con ella los primeros bostezos de viajeros que despertaban de un sueño incómodo en los estrechos asientos de la terminal aérea. En años por venir, los empleados veteranos de las distintas aerolíneas, los mozos ancianos que cuidaban el aeropuerto para que se viese relativamente impecable y hasta la mafia dinástica de choferes apostados en la calle, metidos en taxis y minibuses, atentos con sentidos de buitre a rasgos foráneos pues preferían a clientes extranjeros para sacar una propina extra, todos y cada uno de los que quedaron recordarían ese día como inundado por una belleza inusitada, no solo en el aire general del aeropuerto, usualmente ajeno y bullicioso, sino en la apariencia de tanto pasajero atractivo que congraciaba la mañana de aquel día memorable.

La larga edificación poseía suelos de mármol y paredes pintarrajeadas según la aerolínea que las ocupaba. Por eso se podían ver combinaciones fortuitas de colores como un azul oscuro a lado de un naranja chillón que parecía darle espacio a un rojo sandía, el mismo que poco a poco pasaba a ser plomo para retornar violentamente al rojo pero esta vez con tonos sangre escarlata derritiéndose en celeste, gris, amarillo y blanco en todos aquellos espacios en que no se erguía algún mostrador o vitrina que contribuyese al caos de tonalidades con sus parcos colores de material de oficina, o el variopinto vómito arcoíris de los productos que los comerciantes aprovechaban para vender a diez veces el precio original con ánimos, de nuevo, de desangrar las billeteras extranjeras y locales por igual.

Fue cuando el sol terminó de asentarse, y con su luz cambiar la gris madrugada en una mañana con miras de soleada, que el aeropuerto fue invadido por muchas almas, algunas apresuradas, otras no tanto, rendidas a los ajetreos del estrés de hacer filas largas en las que se tenía que esperar hasta que el avión partía sin uno, u ociosas en la lenta manera en que pasaba el tiempo antes del momento de vuelo; almas camufladas entre miles de extraños procedentes de sabía Satanás qué tierras recónditas e historias extrañas. Aquello era algo regular en un edificio tan habituado a la misma eterna rutina, pero lo curioso fue que de alguna forma ininteligible para los habituales de la terminal, todos los que ingresaban aquella mañana eran bellos ejemplares de distintas formas de belleza, tan externa que su entrada levantó suspiros y cortó respiraciones hasta de los más exigentes jueces de lo estético y/o ciegos en los tules del amor.

Sería, también, una mañana memorable en la vida de Martín Riggan, quien gracias a uno de esos cósmicos y comunes descuidos de una línea aérea, arribó al aeropuerto cuatro horas antes de un vuelo cuyo destino lo llevaría a la penosa tarea de enterrar a una buena parte de su familia en el olvido final de la muerte. Todo triste y amargado llegaría junto al punto más intenso de la resolana matina, e inmerso en los dolores del duelo por tanta muerte, además del desconsuelo secreto de enamorado contrariado, no vería más allá de su amargura, atrapado por imágenes que el despecho y la frustración formaban en el silencio de sus pensamientos. Fue así que no pudo notar el obvio nerviosismo de los empleados que lo atendían, ni la fascinación de los muchos con los otros que dio de qué hablar durante bastantes años. Martín Riggan no vio a la sueca casi albina cuyo pelo rubio parecía blanco y enmarcaban un rostro frágil bendecido por unos enormes ojos celestes, ni tampoco se detuvo a contemplar las precisas redondeces que exhibía una joven de porte desafiante y seductor, que de no haber tenido aquella figura prodigiosa se habría bastado con sus meros aires eróticos. Tampoco notó al alto y flaco inglés cuyo canoso bigote de morsa daba la impresión de un control casi bendito sobre las voluntades de quien fuera que se animase a hablarle sin detenerse en sus ojos cálidos y su sonrisa fácil. Martín Riggan no notó a ninguno de ellos, así como tampoco notaba a todos los otros exponentes de algún tipo de sublimidad estética hasta que, una vez terminados los trámites de vuelo, estuvo bien apostado en la mesita de un café de aeropuerto con un brebaje colombiano, mezclado con leche y vainilla, en mano. No fue hasta que estuvo así que notó a Claudia Márquez sentada junto a su madre en la mesita de enfrente, bebiendo una taza de api humeante y empanadas fritas que no se parecían en nada a los golosos festines que las apieras vendían en los mercados de la ciudad.

Claudia se sabía preciosa, pero por su hermosura discreta que solo ciertos ojos alcanzaban a admirar en su totalidad. Los más se dejaban guiar por su belleza inmediata, la belleza fácil que todo el mundo notaba y en la que se perdieron más hombres de los que ella hubiese deseado a lo largo de su vida. Años más tarde, luego de una serie de eventos desafortunados y un marido seducido muy tempranamente por la Parca, Claudia hallaría solaz en una encarnizada nostalgia que le devolvía a los días felices con aquel marido que la había dejado viuda, y la memoria coqueta de ese día en el aeropuerto cuando notó los ojos tristes de Martín Riggan deteniéndose, heridos, en ella y tardándose en su rostro, en su cuerpo, en el enorme bolso Adidas donde llevaba un libro, una billetera, el perfume del que se enamoraría su futuro esposo y un par de regalos que los familiares a quienes visitaría no apreciarían para nada.

Fingió no haber notado nada y miró a su madre sin mirarla, tratando de distraerse del efecto sensual de aquellos ojos tristes recorriéndola, fallando miserablemente e intentando encontrar distracciones a su alrededor. Pero por mucho que por un rato se distrajo en los aires aventureros de mochileros barbados de ojos claros, seguramente fugitivos de alguna película romántica, o la elegancia de ejecutivos cuyos ojos despiadados contrastaban con sus sonrisas derretidoras, o hasta en los músculos bien marcados de los miembros de un equipo de fútbol, quienes esperaban ruidosamente a que su vuelo saliese, ninguna de estas distracciones estéticas le quitó el escozor que los ojos tristes de aquel desprolijo joven con gestos de anciano le causaron. Era una belleza distinta a la del guitarrista de la otra mesa con sus aires bohemios y melena larga y perfecta, o el curioso atractivo del gordito petiso y cuarentón que hacía cola para una aerolínea de paredes escarlata como sangre recién derramada bajo la luz del sol.

Martín Riggan olvidó, por un instante, los estertores de tanto pariente muerto y la pena que la distancia de Alejandra Borzueta, a quien consideraba el amor de su vida, causaban en su ánimo. Contempló a Claudia Márquez casi con avidez obsesiva, como si no existiese otra mujer en el aeropuerto. Complacido en ese rostro algo cuadrado de facciones suaves y amables, cuyo secreta sensualidad reposaba en la dureza con que se escudaba de que alguien le notase la ternura. Aun de viejo recordaría Martín el cabello negro y largo, liso y brilloso, las cejas peculiares encima de unos ojos oscuros y sinceros, la piel nívea revestida por un top sin mangas que apenas ocultaba su ombligo pequeñito, la chamarra de cuero café tan corta que apenas le llegaba a la cintura, bajo la cual un apretado jean cubría sus piernas robustas y el durazno perfecto que su trasero evocaba. Pero ni en el lecho de su muerte, con esas imágenes nítidas que su mente moribunda le proporcionaba, caería en cuenta que aquella Claudia podría haber sido la rebelde hermana gemela de Alejandra Borzueta.

Los aviones llegaban en hora pese a que el radiante sol, con que había empezado aquel peculiar día, ocultó su brillo tras nubes grises, y algunas otras blancas, que incrementaron la intensidad de sus escasas coloraciones gracias a la luz del astro. Los futbolistas movían las cabezas sin descanso para no perderse nada del desfile de bellezas que iban y venían por la terminal aérea; muchachas de ojos gráciles, figuras infartantes o sonrisas cautivadoras que fingían no notar el descaro con que las miraban tipos de mandíbulas firmes, sensuales posaderas, de miradas confiadas y manos grandes o pequeñas. Algunos viajeros incansables, otros ocasionales pero todos contagiados del placer fácil de contemplarse los unos a los otros, de aquel remanso de belleza que inspiró al amor a muchos aquel día, pero que se concretó en muy pocos casos, algunos cortos y babilónicos, otros románticos y que duraron para siempre, pero todos épicos.

Cuando faltaban tres horas para que partiese el vuelo de Riggan, Márquez le hizo un guiño cómplice a su madre mientras se levantaba y se sentaba en la mesa de Martín como si lo conociera de toda la vida, mientras este dejó de pretender que leía Los Detectives Salvajes y se quedó en silencio, mirándola. Ella le sonreía con todo el cuerpo, a él la tristeza se le escapaba hasta por los poros y por lo mismo ambos quisieron devorar al otro en un abrazo que poco a poco fuera dando espacio a un beso colmado de caricias. Pero el mundo real los dejó quietos, soñando despiertos en futuros que no llegaron jamás y nerviosos como solo estarían pocas veces en las distintas vidas que tuvieron.

Azuzado por el peso del amor, Riggan dijo algo sobre lo extraño que era que ningún vuelo se hubiese atrasado y ella, sonriendo aun más, comentó que de seguro algún milagro estaba en camino para que algo así sucediese. Rieron, no supieron porqué pero lo hicieron y después la conversación fluyó sin obstáculos, dejando atrás a todos los apuestos y las bellas, las bonitas y los guapos, las sensuales discretas y las muy obvias, los moldeados en máquinas médicas que preferían el camino fácil, o los otros que surcaban el camino de sudores en rutinas físicas que solo aquellos de disciplina más férrea conseguían continuar. Martín y Claudia se olvidaron de mirar de reojo la magia de aquel espectáculo peculiar y, a grandes rasgos, se avocaron a conocer la historia el uno del otro. Confesaron sus particularidades de rutina y hasta se atrevieron a mostrar uno que otro defecto, cuyo descubrimiento solo avivó la curiosidad con que él quería escuchar la voz de adolescente ronca que tenía Claudia y con que ella se internaba en el misterio de la tristeza en los ojos de Martín.

Faltaba una hora para el vuelo de Riggan cuando la madre de Claudia se levantó de la mesa. Hizo cuanto pudo para demorarse pagando la cuenta y leyendo sabiduría barata en el retrete, hasta que ya no pudo esperar más y se paró delante su hija mirándola con harta significación que esta entendió y a la que respondió con un gesto que solo comprendería su madre. Decepcionados, Riggan y Márquez intercambiaron datos que usaron para contactarse con avidez a lo largo de los años, sin nunca poder volver a verse más que en las fotos colgadas en las muchas redes sociales por las que se siguieron hasta sus respectivas muertes. Se abrazaron por un largo minuto, se dieron un piquito sin ninguna timidez inoportuna que viniese a arruinarles la fiesta y se miraron todo cuanto pudieron mientras ella tropezaba su camino a la sala de embarque. Riggan pagó el café que había consumido, tomó su bolso de mano en el que por las prisas había metido medias desiguales, poleras sucias y una chaqueta ajena cuando aquella misma mañana hizo el equipaje para viajar a enterrar a numerosos parientes muertos.

Martín dedicó la hora que tenía para matar en un paseo pausado por el mármol del aeropuerto, ignorando los colores de las paredes y notando vestidos rosados con puntos negros  que hacían vistosas unas piernas por demás normales, poleras sencillas y muy usadas que daban un aire romántico a mochileros demacrados; Martín marchaba contagiándose del embelesamiento general de la gente, recordando a Claudia, añorando a Alejandra, ignorando a los muertos, confortablemente adormecido en las risas fáciles, los silbidos coquetos, las miradas pícaras, las voces eufóricas, el sonido del caminar tierno de los niños, la venerabilidad con que se quejaban los ancianos y la eficacia de los empleados, quienes se sorprendían a sí mismos con lo bien que iba todo, incapaces de siquiera pensar que algo podía salir mal.

La tristeza retornó a Martín Riggan cuando faltaba media hora para la salida de su vuelo, al que esperaba en la misma sala de embarque en la que hacía apenas una hora estaba Claudia Márquez, toda sonriente y expectante del futuro. La belleza seguía alborotando los ánimos de las almas que ese día estuvieron en ese aeropuerto y que no desaparecería hasta mucho más tarde, por la noche, cuando unos nubarrones repentinos, no predichos por ciencia o magia alguna, empezaron a formarse en un cielo que permaneció gris durante todo el transcurso de aquella jornada de beldad. Riggan abandonó todo pensamiento grato, o no grato, y con mucha dificultad apartó su mente de lo bello, a sabiendas que pronto enfrentaría tareas tristes y difíciles. Escuchó el llamado al embarque en los parlantes de la sala y dedicando pensamientos cariñosos a Alejandra Borzueta, antelando el paisaje maravilloso de las nubes como una tierra encima de la tierra, abordó el mismo avión que por la noche, gracias a la violenta fuerza de una súbita y negra tormenta, se estrellaría contra la imponente terminal que albergó tanta belleza en un solo día, matando a muchos que apenas notaron sus muertes, muertos en vida por las maravillosas sensaciones que causaba la contemplación de lo sublime.

Nubes

Publicado: enero 26, 2015 en Zopilotadas
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Recorro los lugares donde tanto te quise y me detengo a pensar en el paso del tiempo, en cómo el colegio ese donde fuimos a un simposio, el de dos canchas y fachada verde que por dentro parece una casa construida en los ochentas, anda en la misma decadencia de hace años, como si aun fuera ese día de lluvia en que estuvimos ahí, un tanto borrachos viendo aquella charla académica después de haber estado en una fiesta en casa de un amigo; o me detengo un rato en esa interjección del barrio de los moteles donde nos dimos un beso intenso que me quitó el aire toda esa noche en la que, luego, tuvimos que escuchar demasiadas bachatas. Lo más común es que recorra las mismas calles por las que tú y yo paseábamos, concentrado en fijarme en los detalles más nimios para que la memoria de nuestras charlas no lo acapare todo y me olvide de notar esas resquebrajaduras de la acera y en el asfalto que han permitido que pequeñas briznas de pasto verde veraniego asomen sus cuerpecitos, para darle color al gris con blanco y café blanquecino de las calles de tu barrio. Entonces miro al cielo, que a veces está celeste como hoy, todo adornado con algodones enormes que otorgan una aliviadora sombra para mis andares, a diferencia de los cielos azul intenso sin nubes, esos cielos que contrastan su color, en degradé, con un celeste tímido que se asoma cada que la tiranía del azul se lo permite. Te diré que ese cielo siempre me ha intrigado, no solo porque me permite notar la esfericidad de nuestra prisión azul sino porque así estaba el cielo cuando nos conocimos. Igual de azul, con esa brutal intensidad de la canícula brillando sobre todos nosotros, mortales, e iluminando las cosas para que refuljan ante la fuerza de sus llamaradas que nos llegan desde años luz de distancia. Pero hoy en el cielo hay nubes y en su sombra descansa mi piel y mi mente.

Otras veces el cielo está gris y húmedo, que tú sabes que es cuando más disfruto caminar pues la configuración de las cosas cambia. Nunca supe explicarlo. La gente se apresura a buscar refugio ante la posibilidad de mojarse, la luminosidad ploma le da fuerza a los colores fuertes y la misma perspectiva sensorial de la realidad metamorfosea. El olor de la tierra cambia, el agua coquetea con tu tacto y el constante ritmo de las gotas cayendo en sinfonía me parece un bizarro deleite, un premio auditivo que choca contra el suelo o cae sobre los charcos y las piedras, los arboles y los perritos callejeros cuyo olor es un gusto culpable. Pero lo mejor es el paisaje, lo oscuro recrudece y la claridad se opaca, haciéndome sentir hermanado con los panoramas cuyo rostro ha sido transfigurado por el clima. Ese ambiente no me lleva a los lugares donde te quise, sino que me remonta a los encierros en tu casa, o las memorables veces que estuviste en la mía y me entristezco porque hoy vivo en otra parte y ya no puedo decir que aun siento tu presencia en mi cuarto y me aferro al consuelo fetichista de creer que tu esencia aun se mantiene en mi colcha, en la que estabas sentada cuando nos dijimos que nos queríamos.

Pero lo peor es la noche, pues por las noches las memorias son más nítidas y vastas, además de que nuestros momentos más críticos han sido siempre por la noche. La noche me encuentra caminando mientras miro el suelo y dejo que mi vista periférica pille la decoloración del cielo que, a medida que se pierde la luz, empieza a llenar los espacios en blanco con nubes plomas, primero, nubes azul metálico, después, así hasta llegar a las rojas con dorado a las que quiero tanto porque ellas nos acompañaron mientras charlábamos en las inmediaciones del apartamento de tu tía. Ese cielo al anochecer tiene un tono siempre tan oscuro en sus nubes que, poco a poco, se hace dueño de la gris blancura del cielo e intensifican su oscuridad, mientras que los resabios de esas nubes rojas se van entintando con un sombreado escarlata que crea todo el contraste que embellece con efectos de luces y tintes inolvidables, que siempre se pierden con el advenimiento de las estrellas. Eso lo veo con agrado, lo admito, pues ese era el cielo que yo veía cuando me iba de tu casa a pie, sin decirte nada para que no te preocupes, usando la ruta alternativa para ir por detrás de la ciudad hasta llegar a mi casa que estaba al otro lado de la tuya; por eso también las caminatas y el sudor me recuerdan a tí, así como la caca de paloma que te cayó esa vez que caminábamos junto al Solomón. Sin embargo, la huída de la luz también me apesadumbra pues me deleito viendo aquellos atardeceres que le dan paso a la negra noche, la cual no solo me recuerda, obviamente, a ti sino que para cuando la veo, desde los laberínticos vericuetos de la ciudad y las luces de la misma que influyen en los irises para ocultar las estrellas, ya estoy predispuesto a la melancolía después del espectáculo del cielo oscureciendo. Y esa melancolía me encuentra vagando entre bares y risas, me hace vivir esa noche del cumpleaños de la Ariana, la misma noche en que me encamoté de ti, la misma noche que terminamos charlando de todo lo privado en nuestras vidas, por mucho que era la primera vez que charlábamos. Claro que no me libro de visualizar noches menos gratas, como cuando rompí esa ventana mientras lloraba por ti y la policía no pudo encontrarme, o cuando vimos ese choque en plena puerta de un supermercado, aunque ese no cuenta porque en ese momento yo era feliz de tenerte a mi lado, pero entonces rememoro el cumpleaños de nuestro amigo Néstor en que me emborraché como nunca en mi vida y rumié mi tristeza desquitándola contigo y el mundo. Solo para ese entonces el cielo ya está completamente negro y los ruidos citadinos se van perdiendo para darle espacio al silencio y que empiece su reinado. Eso me gustaba de tu casa, no solo lo cómodo que me sentía a lado tuyo sino la presencia tan histérica del silencio de afuera que me atraía por permitirme escucharte mejor, caperucita. Así logro reírme y recuerdo otras noches como esa fiesta en que nos vimos por lo baños y no pudimos evitar besarnos como locos, o cuando en los juegos de un parque charlábamos como si no hubiera mundo que importase. Y esos recuerdos me ponen más triste que avergonzado por las memorias anteriores, porque encuentro que sigo caminando y explorando nuevas rutas, así como antiguas, y mientras lo hago recorro estos lugares donde te quise mucho, dándome cuenta que aun te quiero tanto.

omnicida:

Muy capo el que hizo esto.

Originalmente publicado en The Hobbit: The Tolkien Edit:

TolkienEdit_IconLet me start by saying that I enjoy many aspects of Peter Jackson’s Hobbit trilogy. Overall, however, I felt that the story was spoiled by an interminable running time, unengaging plot tangents and constant narrative filibustering. What especially saddened me was how Bilbo (the supposed protagonist of the story) was rendered absent for large portions of the final two films. Back in 2012, I had high hopes of adding The Hobbit to my annual Lord of the Rings marathon, but in its current bloated format, I simply cannot see that happening.

So, over the weekend, I decided to condense all three installments (An Unexpected Journey, The Desolation of Smaug and The Battle of the Five Armies) into a single 4-hour feature that more closely resembled Tolkien’s original novel. Well, okay, it’s closer to 4.5 hours, but those are some long-ass credits! This new version was achieved through a series…

Ver original 953 palabras más

Mr__Satan_Closeup_Collab_by_carapau

Akira Toriyama es un genio. La forma en que avanza la historia de Dragon Ball Z responde a una estructuración narrativa propia de la novela. Podemos ser testigos del desarrollo de las vidas de los guerreros Z y su paso por el mundo, al cual defienden de temibles monstruos como Cell o Majin Buu. Interesante es notar los pequeños elementos que se van dando alrededor de las predecibles sagas (todos sabemos que triunfará el bien y que serán Goku o Gohan quienes salven el día) y que salpimientan de la manera más suculenta el relato que trae Toriyama.

Son las pequeñas cosas. Algún comentario existencialista del narrador, alguna acción, aparentemente, fútil de cualquiera de los personajes que cobra una relevancia considerable en el futuro, incluso las partes subidas de tono que censuran en la versión latina, todos esos toqueteos y comentarios pervertidos del maestro Roshi, hasta la mera existencia de Maron, tan parecida a Bulma, tan representativa de la imagen que nos hacemos de la ligereza sexual. Pero, a todo esto, creo que uno de los elementos más interesantes es Míster Satán y la fe ciega que el mundo le tiene.

Es fe y es ciega (aunque ambas palabras se impliquen la una a la otra) pues poco sabe la humanidad sobre las hazañas de Míster Satán, solo conscientes de lo que quieren saber y hallando la calma y la felicidad en ello. Al buen Míster lo conocemos durante la saga de Cell donde nos lo presentan, y se queda para siempre, como un payaso, un típico charlatán papanatas que se da aires de importancia, negándose a admitir que todo lo que sus ojos presencian son cosas más allá de su entendimiento. Míster Satán mira sin mirar las hazañas de los Guerreros Z y no solo se sorprende, sino que les teme. Les tiene un miedo tremendo, de esos que a cualquier humano paralizarían, pero que, en él, no alcanza a ser más fuerte que su arrogancia (no confundir con el orgullo, eso es terreno del buen Vegeta), esa su necesidad de ser admirado para saberse por encima del resto de la humanidad.

Personalmente, pienso que debe ser una felicidad cruel esa de sentirse por encima de los demás sabihqdefaulténdose un fraude. Incluso me atrevería a compararlo con el fardo tortuoso de angustia que deben cargar los plagiadores que han logrado triunfar sin nunca haber sido capaces de expresar una idea propia. Pero nada de eso parece molestarle al buen farsante de Míster Satán, quien se vale de fanfarronería, mentiras y mucha fortuna para ser testigo de situaciones peligrosas, de las que sale incólume, y que torcerá a su conveniencia a la hora de dar el relato de lo acaecido, beneficiándose de paso. Un tipo cómico al que, por lo general, si viéramos en nuestro día a día (trabajo, colegio, noticias) mostrando esa parte suya que tanto oculta, calificaríamos de despreciable cobarde y embustero; y ese es el héroe supremo de una humanidad que ha visto, y ve, cosas más impresionantes que Míster Satán pero que insiste en creerlo el más poderoso, ensalzándolo como a un Jesús de las artes marciales. Quizá de mucho más que solo las artes marciales.

Y ese es el otro lado que complementa este asunto: la humanidad y su fe ciega (redundando, nuevamente) en Míster Satán. Hay un punto en que ese recurso cómico que usa Toriyama para que la historia no tenga tonos tan graves se abre a una interpretación más seria. Míster Satán miente, sí, pero los que más se mienten son los propios humanos, pues son ellos quienes perpetúan la farsa de su salvador. No importará que hayan grabaciones de los juegos de Cell que delatan la cobardía de Míster Satán, o que lo hayan visto hacer toda clase de papelones en el torneo de las Artes Marciales en que participan el Supremo Kaio-sama y Kibito, ya que la gente elige vendarse los ojos y apoyan las mentiras que el campeón dice. Aceptan las excusas de tropiezos falsos, dolores de estómago que no lo dejan pelear, eligen creerle cuando clama que se dejó vencer en su pelea con el pequeño Trunks, o sus mil peripecias y embustes cuando Majin Buu es convocado. En ese sentido, tampoco importaría que la gente se enterase que la androide 18 lo chantajeó para dejarse vencer por él, ni siquiera tendría la menor relevancia que vean las peleas de los Guerreros Z, cuando ni les interesa si se quedan mudos y con los ojos desorbitados ante las manifestaciones sobrenaturales de los poderes de los Guerreros Z. Creo que hasta es posible decir que tendría nula relevancia si ellos mismos pudiesen volar como esos seres fantásticos a los que, deliberadamente, niegan reconocimiento. Para ellos las habilidades de Goku y sus amigos serán trucos sucios y baratos que no engañan al ojo supremo de su Salvador, pues su fe está basada en algo que ellos piensan que ha sucedido, creyentes acérrimos de ser poseedores de pruebas irrefutables y absolutas que nadie puede, ni debería cuestionar.

Sin embargo, lo más curioso no es la fanfarronería del suertudo Míster Satán, ni los velos a prueba de realidad que la humanidad se coloca para poder llamarlo campeón del universo, lo más curioso es que son los mismos Guerreros Z quienes terminan por alcahuetear los comportamientos de ambos. En un principio porque no les importa por mucho que a algunos SatanBlueEyesde ellos les indigne, pues es válido decir que tienen cosas más importantes en las que pensar que un don nadie dándose aires de algo que no es; después continúa sin importarles porque no tienen esa lujuria de adoración que posee Míster Satán, sea debido a que no se consideran dignos de ser adorados, quizás porque nunca son suficientemente fuertes bajo sus propios estándares, o porque todas sus vidas han conocido a seres impresionantes de poder apabullante que siempre los hicieron sentirse pequeños, hasta puede influir que algunos deseen cosas simples como una novia, una familia, paz interna, derrotar a un eterno rival o convertirse en un investigador, sea como sea lo más factible es que para seres que hablan con Kami-sama (Dios, literalmente) como a un cuate más, los embustes de Míster Satán y lo que sea que quieran creer los humanos no son asuntos que los inquieten o molesten, son más bien asuntos nimios que no merecen mucha atención, o mayor indignación que la de una maldición ligera o un par de ojos entornados. Los molesta, pero no les quita el sueño. Ya por el final los vemos deseosos de quitarse la molesta carga de la fama y la opinión pública usando a Míster Satán como receptáculo de algo que ellos no quieren y que a él, obviamente, le gusta. Tal vez por eso, al final de la serie, los vemos como cómplices del “campeón”, además de políticamente emparentados gracias al matrimonio de Gohan y Videl.

Así que tenemos a todo un universo conspirando para que Míster Satán sea un héroe. A todos les conviene, sea para disfrutar la fama, o para evitarla, sea para tener algo que los ayude a levantarse cada día de sus camas, completamente convencidos de que no todo es basura bajo el sol. Y si bien este último grupo decide ver las cosas incompletas, no significa que estén por completo equivocados, después de todo aun siendo un papanatas mentiroso que vive de aprovecharse de la gente, no es que Mister Satán sea un bueno para nada. Quizá no sea tan relevante como se pinta, pero sus acciones son vitales para la resolución del nudo de la trama en las sagas que estuvo presente. No solo distrae al Majin Buu gordo, llegando incluso a convertirlo en casi inofensivo, también le salva la vida cuando Vegeta desea asesinarlo (rogando por él hasta las lágrimas), mucho antes de eso ayuda lanzando hasta Gohan la cabeza de número 16, quien convencerá al joven sayayin de que no hay nada malo en pelear para proteger al mundo (lo cual, junto al deseo de salvar a sus seres queridos, liberará el tremendo poder de Gohan), pero lo más relevante será que en la hora más oscura, cuando Vegeta arriesga su vida luchando contra Kid Buu mientras Goku junta energías del universo para formar una tremenda genki dama, en ese momento no será Goku, ni kami-sama, ni Vegeta quienes convenzan a los humanos de salvarse a sí mismos, será el mismísimo hombre al que eligieron como embustero oficial quien los salvará usando esas mismas mentiras, cerrando el círculo al convertirse en el héroe que siempre clamaba ser, sin serlo.

Es de locos. Y lo es porque no es raro encontrar ejemplos de esto fuera de la ficción; en nuestros pensamientos, creencias e ideales con los que procuramos explicarnos la vida los unos a los otros, en todas esas mentiras pintadas de verdades podemos encontrar alguna suerte de bondad, un beneficio que por muy grande que sea, al final, no justifica nada.

De todas formas, Míster Satán no es el único caso interesante en el universo que crea Toriyama, pues este es vasto y las historias narradas en él tienen interpretaciones muy divertidas. Pero me quedo con la pregunta de qué habrá pensado Toriyama al escribir a Míster Satán. Tal vez solo en un bufón que terminó siendo más profundo de lo que se esperaba, o quizá nos quiso mostrar un poco de lo que piensa de los humanos y la perpetuación de las farsas. Lo cierto es que todo esto está abierto a interpretaciones pues, una vez público, el personaje deja de pertenecerle al escritor y se vuelve propiedad de los lectores. Aunque, probablemente, no perderíamos nada con preguntarle.

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