Soy una sombra camuflada en la oscuridad de estos parajes desolados, un ruido enfermizo esperando su chance para romper el silencio con estas ganas enfermas de lastimarlo que le tengo. Soy una bestia salvaje agazapada en un rincón de este ambiente frío y húmedo que solo puede ser el resultado de algún clima adverso amenazando a este pequeño pueblo, pero vanamente pues no hay desastre natural que se iguale a lo que ya devino, la calamidad mayor y el pesar eterno que dejarán los lamentos de esta mortandad. Los cráneos rotos, las tripas brillosas, los ríos carmesí por las calles vacías y silenciosas. Es un espectáculo, no quiero confusiones, me esforcé mucho en que esto tenga una estética, una de esas que los pervertidos, los místicos, hípsters y hasta poseros verían por internet y calificarían de subversiva, incluso para los más gore del público morboso que se bebe esta clase de escena como un sediento se afana del agua.

Así lo he planificado y ha salido perfecto. Un atardecer sangrante con brillos naranjas dominan un cielo que exhibe nubes solamente en sus contornos, mismas que delatan a la lluvia que eventualmente llegará a lavar la delicia carmesí que he creado. Este pueblo, entre blanco y café con leche, ha sido usado como canvas de una pintura. Las calles empedradas fluyen dinámicas gracias a las emanaciones de sangre que por ellas corren en distintas direcciones y sentidos, a veces chocando afluentes, a ratos creando lagunillas preciosas e inertes, sin ninguna vibración, como para que contrasten con el movimiento constante de los ríos oscuros que le dan dinámica a mi cuadro ¿puede algo movedizo ser un cuadro? En este caso sí, no solo porque mi cuadro tiene esa vida entre las piedras, sino porque también funciona desde varias perspectivas con sus ornamentos que la delimitan a esas formas geométricas que tanto fascinan a la gente y para las que he usado de todo. Dientes, cabellos, ojos, intestinos, riñones, uñas, cuerpos enteros y desnudos cuyas pieles crean una paleta de colores tan humanos y asombrosos en equipo con todos esos miembros cercenados, que solo me queda agradecer a cualquiera sea el dios verdadero por estas condiciones climáticas que propiciaron el color del atardecer y también trajeron esta falta de viento, este frío ligero que haría temblar a estos pueblerinos si les quedara vida en sus ojos para experimentar las maravillas del temor al clima.

Los huesos han servido como los contornos del gran dibujo que he diseñado mil veces en arena, en crayones, al óleo, en computador, el diseño que me fascina y me atrapa, que nunca ha bastado y siempre he sentido incompleto, al menos hasta que el contorno de fémures, húmeros, costillas, tibias, radios, peronés, vertebras, clavículas, falanges y kilómetros de intestinos gruesos y delgados terminaron de dibujar el complicado diseño de formas atípicas e interconectadas que representan una de esas ideas que solo las personas complejas y profundas comprendemos y que la gente más sencilla suele mirar con falso respeto o sincero desprecio. Un diseño que ha exigido que mi sierra y cuchillo trabajasen arduamente para cerrar las pequeñas partes de un todo que algunos sabrán apreciar desde el lado espiritual y otros del estético, ese lado tan falto de moral.

El interior humano es más rico en contrastes de lo que jamás imaginé. Al principio pensé que serían colores oscuros y rojizos, pero a medida que mis uñas escarbaban en los cuerpos inertes de toda esta gente fui descubriendo rosado, café, beige, blancos grisáceos, turquesa y diferentes matices de negro que al ser mezclados con la tierra, el pasto, el concreto de las veredas, el mostaza de algunas paredes y el blanco de otras, además del color de la madera en los árboles y los arcaicos postes de luz han dado una gama muy variopinta y preciosa a lo que he adornado con el manejo de las luces artificiales y la mencionada luz natural que tanto ha contribuido a esta expresión de mi alma.

A nadie le importarán estas personas. Ni siquiera investigarán quién los mató y destripó y regó por todo el que fuera antes un pueblo vivo y movedizo, habitado por gente que se conocían bien los unos a los otros, sumergidos en una rutina que apuesto adoraban con cada fibra de sus simplonas existencias. Ni siquiera miraran dos veces hacia los horrores que sus ojos ignorantes verán en el reguero de cadáveres y dudo que nadie se dé la molestia de llegar hasta este rincón olvidado con un helicóptero para ver el gran cuadro que he creado. No importa. “De verdad, que no” le afirmó al aire mientras me bañó en el río para sacarme del cuerpo los gajes del oficio de pintor y veo la estela de la pira incendiaria que corona mi creación con su brillo azul y naranja, efecto de los materiales con que fabrican toda la ropa que usé para alimentar las flamas y que generarán el humo que alertará a las autoridades del pueblo más próximo a que enfrenten esta leve desestructuración de sus realidades, apelando al orden paupérrimo que brindan las autoridades. Calculo que llegarán en el zénit de mi cuadro, cuando el humo negro de mi pira naranja se eleve en el cielo pintado de ese azul blanquecino del anochecer, las luces de los postes que no destruí harán juego con la del sol moribundo y las pocas estrellas tempraneras estarán jugando con los matices humanos, internos y externos, acomodados con primor. Los más inteligentes podrán adivinar los métodos utilizados, quizá verán más allá que los ojos necios y sabrán reconocer la obra de un solo par de manos y no tomarán el camino fácil de achacarle todo a un ejército de psicópatas. Porque eso dirán de mí, que soy un psicópata y yo reiré en el anonimato, dejando ir este momento poco a poco hasta que no quede memoria.

Cerrar los ojos

Publicado: mayo 23, 2016 en Zopilotadas
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Los clichés románticos de las películas enseñan que cerrar los ojos es signo de algo profundo y que requiere de mucha confianza como para hacerlo sin pensar en los párpados del otro, pues hay algo en la vulnerabilidad de cerrar los ojos que hace que el beso sea más especial, como si ser vulnerable con otra persona fuera, justamente, la prueba de la veracidad de un sentimiento, pero creo que esas son reflexiones ajenas y distantes, más próximas a la teoría que a la práctica. Cerrar los ojos, por el cliché, puede volverse un acto calculado, inclusive en un indicador, en esa señal que buscamos con los ojos entreabiertos, asegurándonos de si es que somos los únicos que besamos pensando en la mirada ajena, pero siempre con la chance de usarlo como un signo, verdadero o falso, de nuestra entrega. Sí, el romance puede ser fingido, el amor puede ser una mentira, hasta el enamoramiento o los caprichos pueden validarse como reales con gestos como este, que son sacados del folclor romántico alrededor del mundo. Y lo hacemos, lo hicimos y muchos lo seguirán haciendo porque no es malo, es algo tan normal que no tiene chances de ser especial. Los humanos tememos y calculamos, mentimos y creemos. Es parte de nosotros.

Pero luego pasa algo y resulta que tus labios encuentran a otros labios y cuando el choque ansiado se produce descubres que tus ojos están cerrados, y por un instante tu cabeza divaga en ese espacio silencioso, donde seguro está la eternidad, y tu mente se reduce a eso: a la sensación del beso, a la entrega total al presente sin pasado que importe, ni futuro que exista, solamente el momento mismo, inefable, inamovible, colmando tu ser y pensamientos, tu tiempo y existencia, tan fuerte que tus ojos no tienen otra más que cerrarse sin calcular cosa alguna, sin siquiera pensar en nada más que el goce del beso y sin ponerle nombres al sentimiento, solo dejándolo fluir en uno de esos raptos de los que tantos escritores hablaron a lo largo de los años, tratando de llenar y nombrar a todas las faltas y vacíos que habitan al humano. Cerrar los ojos, no como un gesto controlado, ni como un cliché de historia de amor, cerrar los ojos no por voluntad propia pero sí con la entrega del libre albedrío, completamente consciente que no puedes, ni quieres abrirlos, que te gusta disfrutar el instante pues sabes que lo ansiaras ni bien haya terminado y tu existencia se reducirá a la espera de la próxima vez que cierres los ojos y sientas ese choque de labios, de lenguas, de tiempos y existencias, ese vértigo de vulnerabilidad, esa emoción que mezcla al control con el poder, con la incredulidad y la entrega, flotando desnudos en lo que, de seguro, sienten los religiosos en sus catarsis ficticias y espirituales ¿Cómo no cerrar los ojos cuando siento que sus labios están cerca? ¿cómo no perderme en ese breve instante en que nada fue ni será sino que, simplemente, es y ya? No hay nombres para algo tan inenarrable y, de seguro, amor queda corto pero también queda grande. Quizá, por ahora, solo sea fluir y fluir hasta encontrar que ya no importan los nombres que le otorgues sino, simplemente, cerrar los ojos y flotar en la eternidad.

Monólogo 215184919

Publicado: febrero 16, 2016 en Zopilotadas

Hay ilusiones que nos sostienen, que nos brindan la artera y hasta magra ventaja de la esperanza, anclándonos a esa perspectiva de que hay un sol poniente en todos los horizontes. La ilusión es así, se vale de los conceptos más improbables,de las posibilidades más fantásticas, para crearnos la idea de que nuestros sueños podrían ser reales, de que nuestras metas no son solo un pensamiento correteando en nuestros cerebros. Aferrados a la esperanza se nos hace más fácil soportar el cruel peso de la vida y la realidad, las vicisitudes a las que está sujeta nuestra existencia, simplificándola o, por lo menos, ayudando a darnos un respiro de alegría que nos permita sentir que vale la pena vivir. Dicho de otra forma, se entrega uno a la esperanza porque aligera al sufrimiento.

Por supuesto que hay quienes exageran pues no existe consuelo que no despierte algo de vicio…pero ese es otro asunto del que no vale la pena hablar casi nunca. El verdadero meollo en el tema de las ilusiones y esperanzas está en que se sostienen en mentiras que podrían ser verdades, en pensamientos que traducimos en metas para volverlos posibles y convencernos que ahí está la felicidad. Y en cierta medida lo está, y es por eso que nos empecinamos en perseguirlas, pues en este mundo de dificultades es lindo alcanzar anhelos y sentir que hemos triunfado. Y sí…es duro, es jodido, es una guerra sin cuartel ni bandos, es la mera lucha por sobrevivir impulsándonos con algo que para nosotros vale la pena y que hasta quizá no lo valga o, probablemente, no lo consigamos pero mientras luchemos por ello, sostenidos en nuestras ficciones, de alguna forma el mundo tiene sentido o, por lo menos, se vuelve interesante vivir para aprender de las adversidades y los pequeños respiros. No se equivoquen, la vida es despiadada y nuestras verdades no son más que mentiras pero es en sus velos que nos engañamos para no ansiar a la muerte y es en sus misterios que nos entregamos a cosas que nos superan como amar a alguien y perderle.

No puedo decir mucho más, solo admitir que también yo tengo una de esas ilusiones en las que se sostienen mis esperanzas y trabajo hacia ellas buscando una plenitud que yo sé que no existe…pero que en el contexto de mis anhelos son ilusiones que me enseñan con el dolor que me provocan, me alegran con sus amagues de realización y me hacen creer en algo que sobrepasa a cualquier dios o sentimiento. Me hacen querer luchar para perpetuar esas emociones y sensaciones que piensa uno como incompatibles con los pesos de la realidad antes de darse cuenta del estrecho espacio que los separa, y es que a la vida hay que vivenciarla y no acallarla con ilusiones. A las ilusiones hay que usarlas para sazonar los breves respiros de felicidad que logramos obtener de la realidad, para mejor manejarnos cuando la llegada de lo anhelado nos enseñe que conseguirlo es un paso enorme pero no tanto ni tan complicado como sostenerlo. Pero esa también es una lucha…una que puede valer la pena.

      Capítulo Dos

  1. AMANECER

Comienzo con un humito. Sensual y plomito, recorriendo el cuarto y haciéndolo oler a madre tierra. Mi colchón del suelo, mi ropa sucia y la limpia, hasta la laptop, todo huele a bayer. El sol está saliendo, un nuevo amanecer, nuevas energías, los rayos del sol que se filtran por mi ventana se sienten calentitos y combaten al frío paceño de la madrugada. La colcha calienta mi piel desnuda y los escasos rayos de sol calientan la colcha, le dan luz a este mi cuarto y evidencian las estelas de humo que salen de mi boca y mi porro. En el cuarto de al lado está Arturo escuchando su música punk. Gran tipo este Arturo, siempre tranquilo y tan inteligente. Lo malo es que no es de los que beben, ni trata de romper los límites de la conciencia. “Me gusta mi pre frontal” me repite y yo que me chineo siempre que él está cerca, pa’ que se hornee, pa’ que pueda vivir todas estas sensaciones aunque sea un poquito. Me da pena contaminar su energía con esa mala vibra de forzarlo a romper sus límites pero, carajo, me da penita cuando alguien se cierra en su cuadradez, no me gusta que no quieran ver más allá y experimentar este otro mundo tan rico, tan amplio y vitalizante y donde puedes perderte o puedes aprender las lecciones que la mayoría pasa de largo durante toda sus vidas. El Arturo es bien lindo chico y tranquilito, se nota que le asusta cuando me ve con algo más fuerte que chino. Soy injusta, él lo toma muy bien. Creo que son los demás de quienes estoy hablando.

¡Qué deli es chinear! No solo el humo llenando el cuarto, sino el humo comiéndose mi cuerpo. Cuando estoy desnuda es mejor, malditos trapos con que censuro mi desnudez, porque yo no siento hasta que siento al humo que me acaricia, y yo me dejo porque el muy bandido sabe cómo. No se detiene, no pone fuerza, solo me recorre por dentro y por fuera y todo se magnifica. De pronto mi piel se sensibiliza, mi garganta se seca, mi estomago cruje, todo se intensifica. Mis ojos ven cosas que otros no, mis oídos captan los susurros secretos del universo, mi lengua percibe los misterios detrás de cada sabor que la acaricia, mi tacto se fusiona con aquello que palpa y mi olfato penetra de tal forma que puedo sentir el sabor de la atmósfera en la lengua. Produzco infinidad y la mantengo dentro de mí, la expulso en cada bocanada y somos todos tan infinitos en esos breves momentos en que me estoy fumando y el mundo sigue girando con nosotros tan chiquitos ahí dentro.

Cuando chineo el cuerpo está más pesado, pero igual me muevo con más ligereza. Cuando chineo la risa me sale fácil y todo es absolutamente gracioso. Cuando me fumo mi cuerpo se vuelve un atolladero de sensaciones, de nerviosismo, electricidad y de color verde. Y, luego de que el humo me hace el amor, quiero que otras cosas me hagan el amor. Las brisas que entran por la ventana, el agua que colma la bañera, el calor de mi poderosa estufa, saborear leche, panes, frutitas, productos químicos, todo es sabroso con el mejor de los condimentos: la mouu-ta. Y con los sentidos así de libres, ¿quién tiene tiempo de hacerse a la ciega? ¿Por qué negaría ese torrente de fluidez que me permite reconectarme con mi alma y verme tal como soy? Me cae bien Arturo porque es un tipo correcto, inteligente, es un tipo que no quiere el lado secreto de su existir y se refugia en la belleza del raciocinio. Como mis padres, como el mismo Matías. Por eso me fumo cada día. Para conocerme mejor, porque no existe claridad más transparente que estar china. Y lo más genial es que estas sensaciones son nada, comparadas con las sensaciones que traen otro tipo de viajes. Otras sustancias. Otras vidas y mundos. Por eso no entiendo a los cuadrados, ni tampoco considero que puedan decirme qué es la vida, cuando ellos no la han explorado como yo. Los demás se asustan cuando comento estas cosas. También se asustan cuando me paseo así por la vida. O no sé. Por ahí no es que se asusten sino que lo rechazan pero no me rechazan a mí. Soy su amiga, la motera loquita, la que se pasea desnuda cuando le da la gana, siempre chineando, en ácidos, borracha a veces, en ayahuasca otras y debe ser rayante, porque, yo, también me pongo otra clase en esos estados. Las cosas son más claras y el significado de la vida está más dispuesto a mostrarse, pero hay que sufrir un poquito para romper las barreras. Y todos tenemos tantísimas barreras. Las primeras veces me reñían bien feo, después se calmaron porque yo no les tiraba bola pero igual insistían y me decían muy calmadamente que tenía que protegerme y no andar así, toda drogada, toda perdida, que eso era peligroso y no sé qué otros cuentos cuando los perdidos eran ellos. Por eso los quiero a mis roomies, son de los que no mencionan nada sobre el olor a marihuana en mi cuarto, o las otras cosas que me ven hacer. En el fondo, mis dos queridísimo compañeros de apartamento, saben que esta es mi casa, yo la conseguí, ellos son mis intrusos necesarios.

Ocho de la mañana. Ya no hay pajaritos madrugadores cantando en los árboles cercanos a este pequeño edificio de suburbios. ¿Qué día es hoy? Sábado. Sí, sábado. Había parrillada donde el Armeros. ¿Voy? El Poeta me tenía un trabajo enorme. Pero donde el Armeros siempre va el Moreno, y ese siempre tiene coke. Total que unas birras, un par de vacas muertas siendo rematadas por carbón encendido y unas jaladas pueden hacer una buena tarde. Pero primero…pues, primero: pararse. Segundo: espiar en los cuartos de los chicos. No están. Bien. Tercero: música, a todo volumen. Cuarto: Ducha, pero, eso sí, un porrito sentada en la sala, escuchando El Otro Yo, esta vez usaré un poco de la golden para que me pegue más duro, y cuando el tiempo deje de avanzar en línea recta y empieza a dar vueltas alrededor mío, ahí recién, me entro a las aguas de la ducha y todo será, y es, pura diversión, todo es una energía positiva detrás de otra, un tsunami de sensaciones dichosas en una pinche ducha. Quinto: vestirse. Esto último es más difícil de lo que parece, porque seré una destruida como dicen los chicos, pero me gusta vestirme bien, por mucho que mi ropa siempre termine rota o manchada más allá de todo detergente. Eso sí, ropa cómoda solamente. A ver. Que sea el jean celeste, el top de florcitas amarillas y rojas de fondo negro y mi chaqueta blanca. No se ve mal. Nada, nada mal. También la carterita blanca, entonces. ¿Qué debería llevar? Kleenex, claro, mi latita de bayer, la pipa, el papelillo y los filtros, un brete pa’ jalar más tardecito, dinero, llaves, celular, audífonos, encendedor. Salgo, le digo chau a mi casita, llamo al ascensor, pongo un poquito en la pipa, desciendo, me paro en el umbral de la puerta y fumo sin que nadie me moleste. Un último aire antes de salir.

 

 

Empecé mi año viniéndome dentro la esposa de uno de mis mejores amigos, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. No diré que no me moría de ganas de meterme entre sus piernas, pero tampoco quería dejar posibles evidencias que señalaran mi total e inequívoca culpa en todo el asunto. Soy de esos que lanzan la primera piedra y con la misma mano niega haberlo hecho, solo para poder lanzar un par de piedras más. Señoras y señores, soy el único culpable de mi propia autodestrucción. Si de pronto me abandoné al orgasmo fue más por susto que por saña, cuando los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año me sorprendieron intentando retrasar mi corrida pensando en cosas aburridas como las matemáticas, ir a la iglesia o las resacas que le siguen a toda borrachera; tarea difícil cuando todo me excitaba tanto. Supongo que lo necesitaba. No. Lo necesitábamos. Todo, pues. El encuentro fortuito, la excusa de la festividad, la ausencia no solo del marido sino de las preguntas, la ilusión de que el mundo no es una jungla, el whisky, el singani, la cerveza y el fernet, la presencia de otros, cómplices de los albores de nuestro pecado, además de la mota redentora, patrocinadora de charlas diferentes y sensaciones más profundas que en un punto nos evidenciaron como coquetos culpables de querer hacer algo perverso con nuestras vidas. Finalmente estábamos haciendo algo para no sentirnos tan dentro del pozo de mierda en el que jurábamos que estábamos. Ella frustrada por un matrimonio difícil, por un rato liberada del bebé que le robaba la juventud, yo en lo más bajo de un autocompadecimiento injustificado por la muerte de mi madre que no lograba sacudirme ni con las verdades más crudas siendo dichas en mi cara. Me dolía el pasado, me dolía que la gente se alejase o que muriese o, peor aún, que quedasen muertos en vida. Me sentía una piltrafa humana incapaz de nada y temeroso de todo. Ella también, pero de otro modo, uno que yo no alcanzo a entender pero que intuyo terrible y difícil de aguantar, aunque al final ¿qué clase de sufrimiento capaz de dejarte muerto en vida es fácil de soportar?

No era fea, al contrario, era de esas guapas que han perdido lustre a fuerza de una rutina que no supo controlar. Tenía veintitrés cuando tuvo a su hijo y no supo bien en qué momento terminó casada, cada vez reconociendo menos al novio en el esposo, ansiosa de ser notada pero apenas pudiendo encontrar su golosa belleza en el espejo donde una mujer cansada le devolvía la mirada. Aquella era su noche, no la mía. Los tragos, los otros presentes, la mota fueron las excusas que se fue consiguiendo para hacer caso a un juego de miradas que ya teníamos instalado en nuestras interacciones desde hacía rato y aquella era, justamente, nuestra chance de medir la profundidad del pozo con ambas piernas. Yo buscaba morir, ella sentirse viva, yo quería terminar de condenarme y ella solo deseaba darse una chance más. Desnudos en la cama matrimonial, la ventana semi abierta nos traía los nada silenciosos rumores de una noche de año nuevo, la penumbra del cuarto se compensaba con el brillo lunar que parecía inundarlo, en el suelo estaban nuestras ropas encima los juguetes que su hijo dejaba regados por doquier, las puertas abiertas del armario mostraban la ropa del matrimonio mezclada en lo que solo podía ser una fuente de constante discusión, y desde la cómoda me miraba una foto de ella con esposo e hijo en un parque, los tres sonriendo ampliamente y yo sudado y jadeando que miraba esa foto y me preguntaba cuánto de esas sonrisas era real. Aquella sonrisa paupérrima nada tenía que ver con la sonrisota que plantó antes, durante y después del coito, ni con la simpleza con que me dijo “que no se haga costumbre, pero de vez en cuando no estaría mal”.

De acuerdo. La corrida dentro no fue tanto un accidente como un “dejarse-llevar”. Ya lo dije, estaba buscando destruirme la vida porque no podía tolerar que las cosas tengan un final. Suena estúpido y de repente lo es, no lo sé. Poco me importaba que mi sufrimiento estuviese justificado, lo único que parecía importar era que ese sufrir era mío  y a los demás no les tocaba sentir lo que yo siento. Contaminado de una miseria rencorosa, anidada por años en mis delirios donde maldecía la negligencia de mi familia después que murió mi mamá, me metí a seducir a la esposa de mi amigo para quemar las últimas naves que me quedaban. Nunca esperé que me siguiera el juego, aun menos que lo llevase a otro nivel. Si yo le robé el primer beso, ella me robó los siguientes veinticuatro, si le besaba el cuello, ella me arrancaba la ropa y ya con el mero entusiasmo se ganaba los puntos que en secreto solemos dar. Para cuando mi osadía solo alcanzó a poner una mano en su muslo, la de ella me contagió hasta que de mí vino la iniciativa de penetrar. Y lo digo así de crudo no para provocar escarnio ni motivar a los histriónicos a indignarse por cualquier motivo que alcancen a inventar, en esa su intención chueca de cubrir sus propios ascos. Lo digo así porque eso es lo que yo quería: penetrarla sin limitarme a lo carnal. Como dije, era una guapa sin lustre pero guapa de verdad. Ya sus ojos me llamaron desde un inicio, el día que la conocí, pero sus otras partes las fui notando a lo largo de los años hasta ese momento en que la vi como una preciosa región extranjera que yo ansiaba conocer y explorar. Notarlo logró que algo más que mi hombría se levantara, algo que no es difícil de nombrar pero sí de explicar. Era como un empujón, un vértigo fascinante que de seguro sintieron los herejes al morir gritando su verdad. No estaba exento de culpa ese algo, ni se olvidaba de mi deseo de autoperjuicio primordial, pero tenía una cosa más que conocía de antes pero que no alcancé a calcular. Ni bien estuvimos enredados en besos, abrazos, caricias y jadeos, noté como ella se mordía los labios al pedirme que ya de una vez entrase con un tono y una cara que me pusieron más duro de lo que jamás pensé que podía estar, y en ese instante mágico hizo contacto nuestra genitalia y ¡voilá! Que me descubro no sólo tirando con quien no debía sino disfrutando del placer con que ella se conducía, que ya al final es lo que más me convenció. El olvido absoluto de todo lo que estuviese “más-allá” de nuestro momento procaz. Gemía, cabalgaba, elevaba las piernas, sudaba pero no me dejaba alejarme del calor del abrazo que nos unía, ponía expresiones, además, que me volvían loco. Una sucesión de micro expresiones, en realidad, que empezaban en la sorpresa, se transformaban en arrepentimiento, seguidos por una mueca de dolor, otra de placer, de ahí su rostro mostraba la inefable cara del placer doloroso, el rostro de la calma tras la revancha y, solo entonces, volvía a la sorpresa como si nunca se hubiese movido de aquella expresión tan bien ornamentada por sus ojos grandes y azules que le daban candorosidad a un momento que lo era todo menos candoroso. Y me gustaba tanto que  quería más, no solo del placer enorme que me estaba brindando sino de la sensación triunfadora de estar reviviendo a una muerta desahuciada, la inevitable impresión de estar haciendo algo bueno mediante algo ruin y, claro, la ironía y colmo de mal villano que termina salvando a la humanidad. Se sentía bien, no puedo negarlo y hasta me entran tentaciones estúpidas de describir cada etapa de mi placer…pero ya para qué, no tiene mucho sentido. El punto es que aquel bienestar momentáneo me daba excusas para creer en algo de redención. Quería yo quemar las naves pero nunca había pedido el milagro de una isla para ir a naufragar. No deseaba salvarme o esconder mi condición canalla, ni quería excusas para sentirme bien, solo ansiaba que alguien me terminase de crucificar. También por eso le dije que no tenía condones y ni siquiera pedí disculpas cuando descargué a mis probables hijos dentro suyo, solo seguí hasta que descargué muchos más, motivado por este bien que, sin querer, le hacía y este mal que yo, muy a propósito, me deseaba causar.

Aun sacudido por el shock de esa sensación misteriosa me largué a caminar por la ciudad, sin rumbo ni objetivo. Mi entrepierna se sentía especial, mis dedos olían a su sexo, tenía el sabor de su saliva en mi boca y aun temblaba ligeramente de la sensación dejada por el orgasmo y los recuerdos de esa intensa madrugada. Ni ella ni yo nos recuperábamos de inmediato, sino que nos tardábamos lo necesario en disfrutar el reencuentro con el placer. Había algo renovador en mancillar algo tan puro, algo fresco en creerla ingenua y sentirme el maldito que le venía a arruinar el candor. De pronto me sentía vivo y aun más porque se notaba que a ella no le molestaba mi mal llamada conquista de su inocencia. Vivificar era la palabra precisa de lo que yo quise hacer por ella y que ella terminó haciendo por mí. Nos vivificó a los dos con su osadía de frustrada y hasta me ayudó a darme cuenta que también mientras uno muere puede atreverse a vivir un poquito más. Se sentía bien eso de haber logrado que haya menos mierda en el pozo de otra persona, más todavía porque entre las ganancias estaba mi placer tanto físico como mental, en un trato en el que pensé que lo único que ganaría sería abandonarme a la villanía y ya de plano mandar al garete todo aquel intento de redención que pudiese elucubrar. Lo cierto es que me convencí de su candor solo para recordarme que todo eso estaba mal y no perder el rumbo hacía la muerte, el destino final. Pero soy un mal suicida, me perdono antes de saltar, me da un hambre tremenda cuando estoy por disparar el caño en mi sien y hasta me enamoro cuando la horca ya está ejerciendo presión en mi garganta. Claro que, no me enamoré de ella, ni ella de mí, tampoco quedó embarazada de ningún hijo mío. Supongo que cuento todo esto porque creo que sin ello nada de lo demás hubiese sido posible. No olvidemos que estaba cuesta abajo y que ninguna cogida, por magnifica que sea, cura todos los males, mucho menos soluciona problemas. Si por un rato había podido escapar a un lugar maravilloso, la realidad empezaba a perseguirme con todo y hedor. El paso de las semanas no trajo nada más que los mismos problemas y los mismos dolores repitiéndose, con breves escapes morbosos donde me jodía un poquito la vida de la forma que pudiese, más que nada rondando antros y otros calurosos hogares putativos, silencioso reviviendo la gloria de aquella vivificación que le devolvía frescura a mi cuerpo. No había vuelto a ver a la esposa de mi amigo pero ganas no me faltaban de repetir esa combinación de suplicio culposo que se goza a sí mismo y hasta se cree salvador. ¿No es culpa de él por no hacerla feliz? ¿No es santo quien cura el sufrimiento aunque sea por un rato? ¿Qué no un tango lo bailan dos? ¿Cuál quería ser yo, entonces? ¿El bailarín? ¿La bailarina? ¿El fisgón? Con preguntas parecidas intentaba justificarme nuevas visitas cuando, en los baños de un bar medianamente decente, me topé con una gótica de venas bien abiertas y tirada sobre un retrete desde donde abandonaría la mortalidad.

No puedo explicar lo que hice, no puedo explicar nada en realidad. Mi primer instinto fue el de cubrirla con mi abrigo, el segundo fue el de jalarla fuera del lugar. Sin correr ni apurarla, ir casi con calma, sosteniéndola del brazo para que no se cayese, dejando un rastro de sangre en el camino al hospital, dándole instrucciones que ella cumplía mansamente, quizá un poquito más allá que acá, y disfrutando del modo en que eso resultaba atractivo para mí ¿qué mejor vivificación que la que, de paso, evita que la afectada se mude para el otro lado? Le pregunté su nombre mientras caminábamos y murmuró Alicia, le pregunté su edad y me agradó enterarme que teníamos la misma edad pues, al final, nos gusta saber que alguien más está en el agujero a las mismas alturas de la vida que tú. Consuelo de tontos pero consuelo al final, y es que en situaciones como las nuestras cualquier consuelo es oasis. “Si los suicidas dan el último paso”, le dije mientras caminábamos al hospital, “es porque ya perdieron la perspectiva de cualquier consuelo, no les alcanzó la creatividad para ver una salida” y ella me observaba desde su obvia convalecencia con una mirada que, debo admitirlo, me ayudaba a respirar. Tenía aspecto de camorrera derrotada, de reina en exilio, de junkie emputecida y acabada, sin otra esperanza que de una vez irse a donde ninguno de nosotros la juzguemos ¿qué hacía yo vistiéndome de salvador de lo que, a todas luces, parecía un caso perdido? ¿la salvaba de un posible desfavorable juicio divino o me agenciaba puntos con cualquier dios en las alturas? No parecía, ella, una persona sencilla, pese a que la primera impresión era el juego oximorónico entre su aspecto tierno y su estilo gótico que le daba aires sensuales. Ahora que lo pienso, parecía un dibujo de Dean Yeagle. Las proporciones, las expresiones, hasta por las situaciones en las que se metía. Le faltaba el pelo rubio y el schnauzer tierno que propicia el accidente sensual pero inocentón. No podía evitar mirarle las piernas enmalladas, el corsé que apretaba la generosidad de su pecho, el negro intensificando el color de su piel y el de sus ojos ¿qué clase de salvador considera a una casi muerta como posible tire de una noche? ¿los puntos ganados por la buena obra alcanzaban a compensar los perdidos por los puros malos pensamientos? ¿es más pecado actuar que pensar, o ya desde el pensamiento estás condenado? No me fue difícil decir que yo era su primo hermano, ni siquiera me pidieron identificaciones, de pronto ya tenía permiso para quedarme en el cuarto que compartía con una viejita loca y un señor con quemaduras de cuerda en su irritado cuello, todos internos de un destartalado hospital. Eran compañeros de cuarto discretos por el día, inmersos en silencios imposibles que Alicia ni yo podíamos soportar, pero que agradecíamos porque camuflaban con su estruendo el propio del silencio que había entre ella y yo. Por las noches era otra cosa, si al principio pensé en la noche como el único momento donde podía pasarla dormido, evitando el angustiante silencio cómplice de no explicarnos qué hacía cada uno todavía acá, tanto la viejita con sus gritos roncos y agudos pidiendo que la dejen escapar, como los sollozos desgarradores que el don ese quería atenuar con la almohada, nos quitaron el sueño y pronto las noches se volvieron el escenario de charlas incómodas que intentaban no hablar de nada que no fuese superficial.

¿Qué tantas cosas nos perderemos por sucumbir a la tensión sexual y qué tantas otras perderíamos si no existiese tal cosa? De nuestro primer encuentro me llamaron más sus ojos moribundos que la sangre sobre los azulejos, y más me detuve a disfrutar del fetiche de sus ropas de gótica que a preocuparme de su fuga suicida o de estar en la rara situación de poder ser el testigo de un estertor. Creo que lo que me movió, y lo que tardé una semana de silencios en el hospital para confesar, fue que si la salvé era porque en medio de su agonía y desesperación tuvo el humor suficiente de mirarme a los ojos y decirme “¿qué quieres, buitre? ¿No vas a esperar a que me muera antes de penetrar?” con una sonrisa irónica y hasta trágica que me hizo excitar. Algo de mística hubo en que dijese “penetrar”, algo que me hizo querer creer en el destino por la rara coincidencia de que supiese justo la palabra tan pensada mientras traicionaba la confianza de mi amigo, incluso me fascinaba que hubiera reconocido al carroñero en mí sin mayor problema en semejante situación. Era el destino, pues ¿qué otra cosa podía ser? Cuando al fin se lo dije sonrió y me dijo que me podía quedar y, bueno, ¿ya para que pelearla si hasta mi instinto me empujaba hacia allá? Ni modo que niegue mi naturaleza mal agüera, o tenga reparos cuando igual yo me pensaba matar. Hay que ser buitre nomás.

Desde ese momento empecé a notar otras cosas. De pronto los silencios matutinos y el infierno de las noches en el hospital se convirtieron en un remanso de confidencias que Alicia y yo, de un momento a otro, comenzamos a disfrutar. No nos decíamos nada importante, solo anécdotas tontas como la primera vez que bebimos, nuestros colores favoritos y otras idioteces como nombres de nuestros primeros y últimos todo, intentos muy pobres de describir sabores sin usar los adjetivos usuales o largas y detalladas descripciones de nuestros paisajes favoritos. Creo que estábamos buscando los extremos históricos de momentos memorables, la clase de preguntas que un suicida le hace otro para enterarse de los pequeños consuelos con que alimenta sus excusas para quedarse un cacho más. Fue así que descubrí que el mérito del salvador no está en llegar para arreglar el día, sino en saber cuándo hacerlo. Alicia tenía otro montón de problemas en su propia vida, que yo no alcanzaba a intuir. Una historia complicada, llena de excusas válidas para sentirse mal, aun si según ella lo que le dolía era que nada de la terrible tragedia que asolaba a su familia la lastimase de verdad. Un accidente de avión, un aterrizaje forzoso, un par de fierros fuera la garganta de papá, hermano, hermana, tíos, primos, y hasta una de las abuelas. Una tragedia griega, un festival de lágrimas donde sólo faltó que todos se tirasen a los féretros para que el asunto adquiera más melodramatismo y de una vez enterrar a la familia apestada con el hado maldito de mortandad. En todo caso, más de lo que Alicia estaba dispuesta a soportar. Lo que me dijo que le jodía era que de pronto su desgracia ya no era privada sino que estaba en todas partes y a la vista de los demás. Incuso yo recordé que había leído algo sobre la tragedia de los Saenz Valdivia; las muertes trágicas, la viuda inconsolable, las dos hijas que quedaban, una muy infanta, la otra Alicia, los lamentos por la muerte de tan magnifico empresario como fue el padre y el pronto cobro de deudas que dejaron a los Saenz Valdivia sin propiedad privada donde morirse, todavía debiendo, además, un poco por las deudas secretas del padre y otro poco gracias a todos los fastuosos entierros que quizá nunca alcanzarían a pagar. “Jamás entierres a un muerto con lujo” me repitió con asco en el rostro, Alicia, mientras la viejita gritaba “háganme caso, por favor” con tono entre caprichoso y asustado. La luz naranja apenas iluminaba las penumbras, poco se podía ver de las sonrisas tenues de Alicia pero desde ya supe que por esa pata coja era que la llegaría a atrapar, si quería vivificarla tenía que ocuparme de esa herida gangrenada que ella se negaba a mirar, ser el único responsable de apretarle sus pústulas, tragarme su pus y así convencerla que yo era un buen carroñero, que tras comérmela la iba a resucitar, no como todos esos abogados y cobradores que enloquecieron a su madre y le robaron porvenir a la hermana infanta que no veía hacía meses y de la que no quería hablar.

No quería hablar de nada, en realidad. Parecía que solo deseaba sufrir en silencio y sin que nadie la molestase. Excepto yo, no tanto porque lo permitiera ella como porque me lo permitía yo. Si me distraía en considerar sus opiniones era porque estaba buscando la mejor forma de vulnerarla. Su empecinado silencio me enseñó que provocar a que se enojen de inicio es un lindo atajo para resolver las cosas de una buena vez y que nada es mejor que los roces como para hacerle recuerdo a alguien de que todavía vive. Hay que recordarle a la muerta en vida que sus huesos aún tienen algo de qué temblar y si Alicia se empecinaba en mantenerme carroñeando pero nunca consumiendo de su carne, pues de alguna forma tenía que intentar yo vivificarla. No mentía cuando dije que me traía loco la sensación esa que le dejaba a uno vivificar de cualquier forma, aunque tampoco mentiré en eso y lo diré de lleno: me la quería tirar. Nada más.

Otros, la mayoría, mirarían con malos ojos ese brote de sinceridad, la simpleza con que uno puede admitir querer tirarse a la deprimida suicida que ha sufrido un trauma de esos fuertes. Ella no. Supongo que encontraba novedosa la sinceridad, por lo que me enteré después supe que había crecido en la Florida entre tipos pijos y jailones, poco enterada de la existencia de otros barrios más humildes y con menos propensión a consumir caviar. La muerte del padre había sido un duro despertar para quien se pensaba intocable en una vida perfecta en la que nunca nada le iba a faltar. No creo que entonces pensase eso, pero vaya que lo pensaba mientras estuvimos en el hospital. Y así, en silencio, me fui armando de todos los argumentos y estocadas que necesitaría darle para resucitarla en mi cama y no volverla a llamar. Me gustaba el drama pero tampoco me gustaba tanto, además que estaba ocupado en destruir mi propia vida como para ayudar a reconstruir la vida de alguien que no se atrevía a volver a respirar. Lo mío era distinto, no solo era algo químico que me tenía perpetuamente en riesgo de depresión sino que ya no pretendía esconderme de mis problemas al ignorarlos, el plan ahora era dejar que los problemas cayeran bajo su propio peso, que me arruinen de una vez para asentarme en el fondo del agujero y ya no saber nada más. Los ratos que no estaba en el hospital me los pasaba visitando a cada persona que conocía y les decía la verdad, mi verdad, acerca sus vidas. No siempre era linda la reacción y cuando lo era, y la que reaccionaba era mujer, aprovechaba para robarle unas horas en sus camas sin importar su estado civil o anímico, como para echarle más leña a mi pira funeraria que insistía en edificar. Qué me importaba si al final esos encuentros eran mis últimas cenas antes de rendirme al abismo de la tristeza y la soledad. Ya no tenía dinero para comprar mis antidepresivos, les robaba comida a mis confrontados o los abandonaba en el restaurant del encuentro sin dejar más que unos simbólicos 5 bs. para la cuenta. No bebía pero me fumaba para no pensar tanto y para que toda sensación fuese más intensa todavía. Esto último lo sabía Alicia, no todo lo demás. Del resto se enteró por casualidad cuando me encontré con una de mis vivificadas mientras mudábamos las pocas cosas de Alicia a un nuevo departamento que había logrado alquilar. Tampoco podía decirse que estuviese muy interesada en mi vida, para ella yo era el basurero emocional donde podía verter su dolor, el amable desconocido al que le cuentas tu vida porque presientes algo de tu desgracia en sus gestos, sus palabras y acciones. Según ella jamás me la iba a tirar, según yo no hay mentira bien lanzada que no pueda derrumbar una verdad.

Hay cierto perdón en mandarse un lindo gesto antes, o después, de haber hecho lo peor. Como para perdonarse a sí mismo por lo no tan malo que al final uno fue. Con Alicia empecé suave pero pronto el “pinche emo glorificada” no alcanzaba a generar lo que obtenía del “huerfanita de cuervo de ala rota”. Eran insultos que parecían amigables, como los que hace alguien torpe o desubicado, pero yo los pensaba mucho antes de decirlos. Uno de esos insultos bien construido significaba una diferencia enorme en el humor de Alicia. No era lo mismo tenerla rabiosa por la noche y lista para estallar, azuzada por todo un día de los insultos más sutiles y perversos que se me podían ocurrir, comparado al de una Alicia que se la había pasado sola y atrapada en las mismas miserias que un día la alejaron de la vida esa donde se creía feliz. Cada nuevo insulto, apodo y calumnia que yo decía de su familia la volvían loca y día a día perdía el pudor de golpearme, escupirme, arañarme, gritarme cada vez con más intensidad. Solo lloraba cuando me pasaba de la raya, lo cual para ser justos no fue tanto como uno esperaría de los límites de una heredera mimada. Y ahí estaba el detalle, en darle una excusa para salir de su abulia, obligarla a canalizar el odio y la rabia en un solo lugar, en alguien que no fuera ella. Me consta que le ayudaban nuestras charlas post-pleito, cuando nos sentábamos en su mugre sillón y nos fumábamos un cigarrillo, felices de todo el caos de nuestros gritos, lapos, salivazos y otros horrores de los matrimonios más desahuciados que nosotros parecíamos disfrutar.

Para mí planificar esas peleas era una delicia, pero vivirlas era, digamos, otra realidad. Terminaba uno rendido, con un placer de arrogante y el desmayo del descanso tras la maratón. Según Alicia era como la macurca, un dolor repudiado pero en secreto disfrutado, “casi como un masoquismo” decía y se ponía a saltar balando como borrega alrededor mío y tanto esa opinión como aquel gesto eran muy buenas noticias para mí, pues me confirmaba que por muy agotador que fuera iba a valer la pena, después de todo solo un cordero de verdad vulnerable y culposo pondrá su propio cuello al alcance del cuchillo y ni modo que al anunciarme carroñero no cumpla con esa precisa función. Verla cada vez más en contacto con su dolor me garantizaba que cualquiera de estos días la pudiese tener pandeándose debajo de mí, con una sicalíptica mirada suya clavada en mis ojos, en mi cuerpo, en donde fuera mientras se tratase de mí. Y esa ilusión valía mucho, entonces, porque me ayudaba a escapar de mi otra realidad. No quise decirlo antes, porque esta es la clase de cosas que solo admites en confianza, pero ahí va: para entonces mi atención estaba en destruir mi familia, no toda pero si una gran parte de ella, la que me daba asco, la parte traidora que se habían cagado en las penurias que pasamos con mis padres cuando yo era adolescente, antes y después de que me quedase huérfano de madre, con un padre más dedicado a darle comodidad a la ancianidad de sus padres que cultivar cualquier tipo de relación con su hijo o su moribunda mujer. Siendo justo tendría que decir que ese tren ya había partido hacia tiempo y que si la muerte de mi madre no nos pudo unir, entonces decidí que tampoco lo necesitaba y  escapé de mi hogar. A él poco le importó y creo que más bien fue un respiro, la excusa perfecta para dedicar todas sus energías a sus propios papás. Él no me indignaba, finalmente existía muchísima historia por detrás que de alguna forma justificaba todo eso, e igual pensaba yo que llegaría el día del ajuste de cuentas una vez que ya no le quedara nadie más. Por eso lo dejé en paz. Por eso y porque no había peor castigo que cuidar los caprichos de mi abuela, cada vez más senil y paranoica. ¿Cómo hace una serpiente para parir perros falderos? ¿cómo hacen estos para engendrar cuervos? Pero esa era una cuestión para después, me convencí de ello y pasé a observar formas de arruinar a los demás. Para mí es obvio que arruinarles la vida a mis familiares no era solo una forma de exorcizar el dolor por el abandono en que nos tuvieron, sino que era otra manera de cortar todos mis lazos para, después. mejor morir en paz. Era mi excusa tanto para ya no tener nada que pudiese atarme a la vida, como para quedarme en el más acá y por eso que le tiraba tanta pelota, que me pasaba mis horas de insomnio planificando bien qué haría y las de ocio atreviéndome a hurgar donde nadie me había llamado. El plan tenía que ser sencillo. Para los primos tendría que preparar la total y completa destrucción de su vida social, lo cual repercutiría en la vida de los tíos, para los que tenía que alistar cosas más específicas. De entrada perdoné a muchos que siempre se habían portado bien conmigo, aparte que entendí que tampoco necesitaba demasiado para ser considerado nefando a los ojos de otros familiares ni bien escucharan el rumor de mis fechorías. Mis victimas elegidas eran mi tía Carmen y su esposo Florian, para los que preparaba un infierno a la medida de sus bajezas. El punto final a la vida perfecta que a toda costa se habían querido fabricar.

Nada de esto sabía Alicia, pero se la olía. Aburrida de hablar de sí misma, un día empezó a preguntar sobre mí. Y al principio no dije gran cosa, pero a medida que ella se sentía mejor empecé a comunicarme más. Admito que fue un alivio, que hasta me sentía mejor pero ese bienestar solo le dio renovadas fuerzas a mis rencores y agudizó mi olfato para la revancha. Fue así que le encontré una utilidad al atractivo de Alicia, el mismo que a mí me tenía un par de meses intentando tirármela. Lo dije antes, era linda Alicia y a mí me gustaba el fetiche de sus atuendos góticos y todo el maquillaje que utilizaba, pero en una de esas tardes tras una temprana discusión mañanera nos encontramos jugando a los disfraces y pude verla usando vestidos de gala, trajes de ejecutiva, ropas de señora y de universitaria, diferentes aspectos de la que quizá habría sido ella de haber seguido vivo su papá. Y en todos esos atuendos parecía una persona diferente a la que yo conocía. Igual de atractiva como camaleónica, con aspectos difíciles de asociar, ya que no era lo mismo la imagen de una Alicia en vestido de gala y peinada por estilista que la de Alicia vestida de señora agobiada por su rutina. Era buena actriz, además. Muy buena, la verdad. Se metía tanto en el papel que, luego, era difícil sacarla del trance mientras le durase la emoción. Y esa era la clase de compromiso que yo buscaba, que necesitaba mejor dicho, para poder realizar de la mejor manera posible el Plan, que a todas luces no era nada complejo o intrincado. Era más bien simple: a él, Florian, lo delataba de adúltero y corrupto, a sus hijos los aislaba del resto de la familia con alguna clase de escándalo y lo demás era pura inercia. El asunto aquí no era tanto denunciar como evidenciar lo obvio. Mi tía era de esas que podía comerse kilos de mierda con tal de cuidar su imagen ante los demás. No era muy inteligente, pero sí astuta y tenía la sabiduría suficiente como para hacer la vista gorda a las numerosas infidelidades de su marido, quien la callaba con dinero y una vida cómoda en uno de los mejores barrios de La Paz, luego Santa Cruz, después otra vez La Paz. Tenían dos hijas y un hijo. El mayor era el hijo, Norberto, pero extra oficialmente ya no era bienvenido en el seno de esa familia por no sé qué líos que tenían doña Carmen y don Florian con la esposa que se había escogido su primogénito y otros líos más. La del medio estaba casada con un famoso cirujano plástico del que mi tía estaba enamorada y la menor vivía en Santa Cruz en un matrimonio tan de mierda como el que tanto le criticaron a mi madre cuando estaba viva.

Como dije el asunto estaba en ponerlos en evidencia, sacar sus trapos más sucios al aire y que todos vieran sus bajezas y vergüenzas. No podía imaginarme peor muerte para mi tía, ni mayor molestia para mi tío que ser puestos en evidencia ante sus hijos y la sociedad. Todo esto le expliqué a una Alicia que no paraba de llorar. Me dijo que algo recordó sobre sus padres y confesó no sentirse capaz de arruinar la vida de una familia como le habían hecho a ella. “Mierda, punto crítico” me dije y por un rato temí no contar con mi cómplice ideal, pero después de mucho chantaje emocional al fin aceptó al menos joder a los primos en su círculo social. Qué importaba. Total que eso era, de todos modos, la primera fase del Plan, y resultó aún más sencilla con la ayuda de Alicia, quien en su faceta de actriz y sus muchos disfraces, que un día robamos de su casa sin que nos descubriese su mamá, fue la carnada perfecta para introducirnos a las mundos de mis primos. Siempre disfrazados nos dedicamos a atender a eventos sociales donde sabíamos que estaría algún amigo de la familia y sacábamos información de todo lo que podíamos. Muchas veces ella tenía que quedarse sola haciendo algo llamativo mientras yo me escabullía a revisar los computadores en busca de mails o documentos que me dijesen algo acerca mi familia. No siempre conseguíamos nada, en especial porque nos teníamos que marchar ni bien llegaba alguno de mi familia, pero igual comíamos gratis y nos daba la chance de ser otras personas por un rato. De pronto nos metíamos mucho en el papel y teníamos bien pensadas las biografías y personalidades de nuestros personajes, en cada evento al que íbamos notábamos como nuestras actuaciones cada vez jugueteaban más con extremos histriónicos y escandalosos. Nos gustaba, nos hacía felices esa excusa para descansar de nuestras penas y preocupaciones. En su exhibicionismo y mi autodestrucción hallamos cierto solaz. Como si ya de por sí aceptáramos que éramos bichos raros con vidas de mierda que se encargaban de cagar más con tal de no tener que solucionarlas o de una vez tirarlas por el caño. Queríamos hundirnos, carajo. Y lo queríamos más porque también nos daba permisos para las libertades que nunca tuvimos. Ella era testigo del mundo del que su padre le había protegido, yo me enteraba de las cosas que nunca me enteré respecto a mi familia, encima nos dábamos el gusto de exorcizar demonios y fantasmas con esa farsa. Yo me vengaba por años de negligencia, ella se desquitaba con los suyos por atreverse a morirse y dejarla en tremenda cagada de situación.

No fue necesario mucho esfuerzo para llegar a la segunda parte del Plan. Ya infiltrados era más sencillo ir lanzando rumores que desprestigiasen a mis primos a ojos de sus amigos. Fue en el espacio de un par de meses de mentiras quirúrgicas y sutiles que pudimos convencer al mundo de que mi primo se había casado con su medio hermana y que el esposo de mi prima tenía un affair con su suegra. Mentiras infalibles pues se amparaban, relativamente, en la verdad. Si mis tíos no le admitían a nadie que odiaban a su primogénito, al menos se notaba el trato diferente que le profesaban, como más distante, más frío y hasta cargado de silencios. Por lo que me enteré de una prima hermana de mis primos, don Florian ya no hablaba con su hijo ni siquiera en un evento social y hasta con algunas copas de más admitía que se arrepentía de haberle dado vida y otras cosas de ese estilo que me contaban los primos de mis primos con caras de escándalo que escondían su morbosidad. Y no se necesitaba de un experto para notar que la suegra estaba camote del yerno, aunque claro ¿era convincente como para alcanzar a una verdad? Lo cierto es que la mentira no necesita mucho para volverse verdad. A los ojos de la gente, mis familiares eran ejemplares, gente buena y noble con las mejores intenciones y la familia perfecta. Eso los hacía una presa más suculenta de sus sospechas, de cualquier cosa que los confirmase como otra familia de mierda, más aun con acusaciones tan graves como incestuosas ¿es por eso que el Floriancito es tan sarcástico?¿Pero no le saca muchos años como para meterse con su yerno?¿quién se cree esa para serrucharle el piso a su propia hija?¿Es de verdad su media hermana del Norbertito? Entonces ¿la Carmencita es cornuda?¿tiene más hijos bastardos? ¿y la hija? ¿sabe? ¿sabe Norberto que esa es su hermana? ¡Y aun así se casó con ella! Después de un rato la sorpresa en sus rostros se convertía en asco y horror, escandalizados de haber compartido comidas con esos depravados y sus vidas pervertidas.

La fase tres exigía algo más tangible que rumores que señoras chismosas elegían creer. Necesitaba pruebas de que era mi tío un adúltero para terminar de mandar al carajo la situación de una familia que todavía no sabía la famita que se les endilgaba. Alguno de los amigos que hicimos en esas fiestas me mantenían al día con los chismes, mismos que ya habían crecido más allá de lo que jamás hubiera imaginado. Pero al final eran mentiras que proliferaban en el silencio de los chismosos y lo que yo necesitaba era una verdad imperdonable que los terminase de arruinar. Así fue que Alicia se disfrazó de empleadita y esperó a que hubiera vacante en la casa de mis tíos. Bien sabía yo que las empeladas nunca le duraban por esa costumbre de mi tía de enseñarles a ser perfeccionistas a base de gritos e insultos que muchas no lograban soportar. Total que Alicia eso mucho no le importaba porque no estaba atada a ellos y peores eran nuestras sesiones donde le tocaba las llagas y ella se ponía el limón y la sal en las heridas abiertas. Parecía mejor y más tranquila, establecida en una rutina que tenía de todo menos repetitiva. Sí estaba algo apagada, pero lo cierto es que yo andaba tenso esos días y no era muy fácil estar a mi alrededor. Aun peor, Alicia seguía sin dejarse vivificar, pero creo que eso fue porque en el proceso de hacerse a la imposible encontró el placer que a mí me negaba. Me preocupaba que todavía no contactase a su madre y hermana pero parecía más en paz con ello. Su lógica era que una boca menos de la que preocuparse era una gran ayuda y los mensajes esporádicos que mandaba desde celulares ajenos asegurándole estar bien le calmaban la consciencia de desaparecida. Mi lógica era que uno hace las cosas cuando está preparado para hacerlas sin enloquecer en el proceso. Las semanas siguientes las pasamos ensayando su acto de ignorancia y lentitud que volvería loca a mi tía y creo que logramos armar un acto bastante convincente, lo malo es que nunca lo pudimos usar porque, pues, conocimos a Fátima.

Era una chica más joven en la cabeza que en el cuerpo, era hija de un amigo de Florian, quien le sacaba treinta años. Eran amantes, de los que se ven cuatro veces por semana y siempre en el mismo motel, misma habitación, con el mes pagado por adelantado. La conocimos en una fiesta de unas amigas de mi tía Carmen, a la que nos colamos alegando ser los primos perdidos de Cochabamba. En situaciones sociales como esa la gente no le gusta dar cuenta de que no te conocen cuando tú, todo mamón, vas y los tratas con familiaridad. El asunto es que Fátima estaba ahí con su cara de corderito redimido, sus tremendos ojos celestes nunca mirando directamente, sus labios pintados de un rojo intenso, el vestido de gala todo azul eléctrico y su vaso lleno de leche chocolatada. Tenía un aire de las buenotas en los dibujos y los cómics, de esas que no dejan de sonreír, como si poblaran una dimensión alterna en donde estos problemas mundanos nuestros no son más que nimiedades, nada dignas de su atención. La corona fue un tatuaje en su espalda de un par de alas y el símbolo celta de la paz al medio, con eso yo no tuve otro objetivo que meterme entre sus piernas a toda costa para contaminarla un poquito. Me costó una rabieta terrible de Alicia pero conseguimos convencerla de ir a nuestro departamento a tomar unas copas y Fátima, en el papel de virgencita, primero no aceptó hasta que un susurro de Alicia la hizo dudar y nada más que la duda se necesita para que alguien horrible te secuestre. Y prácticamente eso hicimos, pero los culpables de que se loqueara fueron el trago y ella misma, pues ya en el departamento, y con un par de copas nada más, entró en un estado de euforia. Como niña pequeña preguntaba sobre todo y ni siquiera parecía escuchar las respuestas, de pronto pedía canciones, bebía y bebía y saltaba en el sofá y abrazaba a Alicia como si fuera su hermana y a mí me miraba como con ternura y picardía. No es necesario contarlo todo, pero la hice mierda en ese mismo sofá y a ella le gustó tanto que volvió por más a lo largo de la semana. En este punto yo no sabía que esta criatura era la amante de mi tío Florian, y me enteraría de la peor manera cuando, después de una sesión particularmente intensa, su celular recibió una llamada y en el id pude ver no solo el número de Florian, sino también una foto de él y ella besándose.

Momentos como ese son raros porque significan una oportunidad de inversión que dificilmente se volverá a repetir. Casi como viajar en el tiempo y que te regalen acciones mayoritarias de Apple, o como un trato de Vito Corleone. Simplemente no me podía dar el lujo de perder esa oportunidad. Me sentía tremendamente asqueado de haber estado con la misma persona que se acostaba mi tío, pero haciendo tripas corazón no me fue difícil mirar los candorosos ojos celestes de Fátima y planificar una forma de aprovecharme de toda esa información. Le hice un pequeño drama. No tanto por el asco que sentía dentro de mí, como por capitalizar una oportunidad tan caidita del cielo. Ella lloró, me lo contó todo, yo lo grabé, le juré amor eterno, me juró que lo terminaría, nos fumamos un poco de mota, lo hicimos con la pasión de los reconciliados, en realidad yo la quería agotada y dormida, lo cual logré y sin miedo ni vergüenza hurgué su cuarto, encontré fotos, cartas, emails y regalos que sospecho venían de la profunda billetera de don Florian. Todo. Miré hacia el rostro angelical de Fátima dormida y, por un instante, la quise con toda mi alma y al otro ya me escapaba hacia Alicia para contarle las novedades.

Lo malo del misticismo es que lo obnubila a uno de ver a su alrededor. O para ser sincero tendría que decir que es la excusa perfecta para dejarse convencer de algo, lo que sea, que nos permita construir certezas con raíces lo suficientemente poderosas como para aguantar cualquier embate de la realidad. Es un error muy común tratar de convertir a la fuerza cualquier argumento en axioma y con eso tener una solución rápida a la vida. Es el problema de confundir al azar con el destino, también es el problema con la sincronía, se confía uno no solo de la fortuna de haber estado en el lugar correcto en el momento preciso sino que sienten que se lo tienen que explicar, necesitan agradecérselo a algo o alguien y considerar que su deuda con el universo ha sido pagada, verse validados ante los ojos de un jefe supremo, una entidad cósmica, una deidad, y no tener que sentir culpa por disfrutar de cualquier bien que tienen por delante. Se aplica también a la desgracia ¿de qué otra forma se quita el estafado el sabor de la estafa? Con la misma leche amarga que le dieron a beber. Si me enojo porque me estafaron debería enojarme por haberme dejado convencer, total que ya me dieron hasta la excusa perfecta: no es mi culpa, me lo vendieron, me dejé convencer y con eso ya estas enganchado al perdón gratuito de un poder superior. Un negocio redondo y autosostenible. No es coincidencia que hayan tantas religiones y templos y rezos y santos y dioses y montón de cosas que por muy reales que sean, también te ayudan a justificar tus propias mentiras. El incidente con Fátima era demasiado bueno para ser cierto y desde niño que he sentido alerta cuando todo está muy bien, pero ¿qué podía esconderse detrás del candor de esos ojos azules?¿quién que se sonrojaba con miradas y se cubría los senos durante el orgasmo podía ser capaz de alguna maldad? Tampoco me detuve a sospechar mucho de ella, me enfoqué en el juego que controlaba e hice lo mejor que pude.

Reunimos las pruebas de la infidelidad de mi tío Florian en un enorme archivador ordenado de tal manera que el golpe fuera lento y cada vez más terrible. Me había leído toda esa correspondencia y mucha otra más en cosa de una semana. Mi tío era de esos cochinazos sentimentales que le demuestra a su amante que la ama dándole las contraseñas de casi todo, exceptuando la tarjeta de crédito. No solo leí los amoríos con Fátima, sino que tecleando “153962FS” me enteré del romance con Zuleyma, los encuentros con Josefina, las pensiones para Eva, las demandas de Cecilia, las visitas a Patricia y los horarios de Rubí. Era tan amable el universo que hasta me mandaba fotos, videos, mensajes de voz y confirmaciones via mail para compra de pasajes a exóticos lugares que nunca escuché a mi tía presumir. Era perfecto. Once días tomó clasificar el material, ordenarlo según su impacto y ponerlo en el archivador al que Alicia y yo llamábamos El Collage. Incluso nos dimos el trabajo de grabar cada mensaje de voz y video en dvd’s que incluíamos en el archivador. El Collage sería la obsesión de mi tía por un largo período de tiempo, el suficiente como para calmar mi propia rabia, la que guiaba a mi olfato hacia los lugares que más podían sangrar. Y ese era el problema: demasiado angurriento, entregado a las benditas justificaciones potenciadas por la mística que insistía en buscar, siempre en pos de ese encanto que tiene el mundo cuando se lo ve a través de la fe. Si nos escudamos en algo tan grande como es la mística es porque intuimos que ninguna de nuestras necesidades, pensamientos o deseos tienen la menor importancia. Toleramos, y hasta creemos, en la religión, en la fortuna, en el vendedor, por ser esos encantadores potenciadores que le dan alas a nuestro ego y nos colocan como los mimados de una entidad cósmica, de un concepto abstracto capaz de crear vida de la nada. Lo malo, al fin, de las revanchas no es que uno esté ciego, ni sordo, peor mudo de ira sino que se agudiza el olfato. De pronto lo identificas todo desde lo visceral, azuzado por la ira que te dice, te jura, te susurra que después tendrás tiempo para reparar la tierra quemada cuando la revancha haya terminado. Y sí, es cierto, aunque no del todo. Quema uno las naves con esa ilusión de que aparezca alguien lo suficientemente idiota como para intentar apagar tamaño incendio, que en nada se compara al conflicto interno que buscas expresar, quema uno las naves porque es más sencillo destruir que terminar de irse al más allá. Quema uno las naves para que lo miren, pero no siempre lo vamos a notar.

Todos caemos, carajo. Sea en estafar o ser estafados y no hay vergüenza en ello. Lo peor es estar al medio, en la parte gris y plagada de la aburrida sensación de duda ¿era mejor ese extremo, o el otro? ¿vale la pena? Después de un rato le hallas lo bonito a lo gris y hasta, en un descuido, encuentras felicidad e ilusión de plenitud. Con la mística, cómo si no. Pero nunca es lo mismo que irse a los extremos, ni tiene igual sabor, el del vértigo de casi morirse y el goce de por fin respirar. Tan visceral que no necesitamos a la mística para magnificarlo sino para protegernos de que nos desquicie. Y por eso caí, por candoroso. Planificamos todo para un lunes por la noche, movidos por el morbo de jugar con las supersticiones de mi tía, quien juraba que si el lunes ocurrían desgracias entonces la semana también estaría llena de ellas. Tocaría la puerta durante la cena, lo común era que tanto Florian como Carmen estuviesen, acompañados por mi prima, la del medio, que vivía a lado y mis sobrinos esperando a que llegué su papá. Estarían sorprendidos y bastante incómodos de verme, serían amables, me harían chistes culposos respecto a mi ausencia, cómo para lavarse las manos de ellos no haberme buscado tampoco, me preguntarían en qué trabajo, qué hago de mi vida y tantas otras cosas que yo no respondería. Me limitaría a entregarle su copia a mi tía, otra a mi tío, a mi prima, a su esposo, anunciar que las copias de sus otros hijos ya estaban siendo enviadas y que algunas habían sido mandadas, por error, claro, a algunos de sus amigos. Me quedaría a ver sus rostros y disfrutarlos, muy al margen de la apuesta que tenía con Alicia de si mi tía primero me atacaría a mí por actuar de Capitán Obvio, o a su marido, por fin, después de tantos años de aguantarse. Nos retrasó mucho, tener que hacer las copias del Collage, hacer los arreglos para que los entreguen pero en las vísperas de nuestro golpe era todo pura euforia y nada nos podía arruinar. Alicia me sonreía como nunca y yo no podía evitar sentirme, desde ya, algo aliviado. No hay peor ciego que el que puede ver, como quitándole la mística al famoso dicho en la espera de que rompiendo místicas pueda ver uno más claro a su alrededor. No comprarse la propia estafa, ni engolosinarse en las ofertas ajenas, cuidar el trasero propio y de los tuyos, tener planes de respaldo y siempre cuidar las ganancias. Enterarse que hay dimensiones en esto de la ingenuidad.

Por supuesto que todo salió más o menos como lo planeado, pero para nada cómo lo esperado. Los Collages llegaron a todos y cada uno de los que tenían que recibir uno y ya no sé si los habrán visto pero de que los tienen, los tienen. El problema es que hubo dos sorpresas esa noche. La primera empezó una hora antes de mi momento de partir hacia casa de mis tíos. Alicia estaba de un humor especial y yo muy nervioso cuando tocaron el timbre, nos sobresaltamos y nos preguntamos en voz baja quién podía ser, hasta que los chillidos alegres de Fátima nos cortaron la incertidumbre. La dejé entrar y rato más tarde me abalanzaba sobre la puerta para apresurarme a la casa de mis tíos. Nunca calculé que Fátima se tomase tan a pecho su vivificación y el pequeño drama que le armé para que me revelara sus secretos. En lo que sin duda consideraba el acto más romántico de amor supremo, la chica fue a casa de Florian y se reveló ante mi tía, le contó toda la verdad o, bueno, una verdad llena de censuras y disculpas ante cada lágrima que veía en los ojos de esa operada señora. Así las encontró mi tío, abrazadas y chillando, la una de rabia con su rostro inexpresivo de tanto botox inyectado, y la otra de arrepentimiento con su carita candorosa brillante y compungida ¿se esperaba ese giro de sucesos? ¿qué clase de pesadilla es que tu mujer y tu amante se lleven bien y a tus espaldas? ¿dónde, exactamente, está lo pesadillesco de todo eso? El lío adquirió nuevos carices y Fátima fue testigo silente de una discusión entre dos que pronto olvidaron la presencia de la tercera, lo cual le permitió escaparse a darme las buenas nuevas de nuestra exclusividad.

No pensé, solo me lancé a la calle con los Collages y paré el primer radiotaxi que quiso llevarme. Ni bien llegué lo que encontré fue la puerta de calle abierta y una seguidilla de decepciones empezaron a operar en mi cabeza ¿me lo había perdido? Maldiciendo mi suerte entré sin dudar y noté que en el jardín, que también servía de garaje, estaba solo un auto y no los dos que solía albergar. “No es nada” me dije y hasta me propuse que quizá ya no tenían dos autos como acostumbraban, que mucho podía haber cambiado en tanto tiempo y otras basuras parecidas, pero el pensamiento se me pinchó ni bien escuché los sollozos de mi tía en la sala de su casa. Entré, el suelo estaba lleno de macetas y adornos rotos, mi tía estaba sentada en un sillón para tres, lloraba a moco tendido con las luces apagadas sumidas en las sombras de la noche y una estela de luz de luna cayendo a sus pies. No dijo nada al verme, ni cuando me reí, peor cuando dejé un Collage a su lado y me fui. Más tarde encontré a don Florian en el Hotel Radisson y dejé su Collage como mensaje en recepción. Tras esas dos entregas emprendí el camino a casa algo triste pero más feliz que otra cosa. Mi madre no había muerto por directa culpa de esa gente, pero se sentía bien culparlos del abandono, destruirlos hurgando en sus cuidadosas hipocresías, hacerles doler lo mucho que me hicieron falta cuando ya nadie me quedó en el mundo más que un padre que estaba demasiado ocupado en sus padres como para ayudarme a lo que sea. Si dejarle el Collage a mi llorosa tía era un golpe bajo y en el suelo, eso no evitó que me sintiera tremendamente feliz al imaginarme torciendo un cuchillo imaginario que acababa de clavar en la boca del estómago de esa familiar detestada. Hasta el dolor y la tristeza parecieron ceder, me dieron la perspectiva de un mundo perfecto, uno donde el rencor calmado ya no sería un factor que me controlase y aun si era patético sentirme bien a la costa de la desgracia de alguien más. Estaba chocho de la vida porque hacía rato que no me sentía así de genial. No calculé que le arreglé la vida a mi tía con ese gesto cruel puesto que, mucho después, pediría el divorcio y presentaría el Collage como evidencia suficiente como para dar por muerto cualquier futuro que don Florian hubiera podido abrazar, sentenciándolo a una vejez amarga y pobre, solo y abandonado por los hijos que él alguna vez no dudó en abandonar. Como dije, eso le valió mucho dinero a mi tía y le arregló la vida en los modos que yo hubiera deseado le saliesen mal, pero eso no quitó que tuvo que mudarse y cortar relaciones con mucha gente clave de su importante circulo social. Igual que sus hijos hicieron, después de repudiarla, no dudo que haya rearmado todas sus farsas en Santa Cruz, que fue donde se mudó, pero nunca debió de ser lo mismo para ella hacerlo vieja, cornuda y divorciada a ser la señora perfecta de antes, esa con el marido que proveía y una familia ejemplar. Una hora después de la fechoría ya me sentía vacío, un tanto arrepentido pero todavía satisfecho. De menos le quité la facilidad a sus farsas e hipocresías, que sigue siendo poco considerando cuánto me costó todo esto. Por lo que sé nunca se volvió a casar y solo una de sus hijas le perdonó las infidelidades del padre. No los culpo, ni creo que lo haya hecho ella, después de todo habían sido criados en el cautiverio de esa hipocresía de la familia ejemplar. Yo mismo reflexioné y concluí que probablemente ellos no entendían la gravedad de sus acciones, justificadas por la creencia de pertenecer a la funcionalidad de esa dichosa familia ejemplar. Y, antes de la segunda sorpresa, entendí que mi mística había sido el odio y que ahora necesitaba ver la realidad.

¿Qué es lo peor de la verdad? Algunos piensan que su inevitabilidad pero olvidan al olvido, precisamente. Si la mentira tiene patas cortas, la verdad apenas camina con lo largo de las suyas. Y es justo por esa notoriedad histriónica que tiene la verdad, que lo peor es ser el último en notarla, en enterarse de ella y todas sus implicaciones. ¿Qué clase de simpatía es esa de cortarse las venas en una bañera? Te vas a morir, ya qué importa que alguien tenga que limpiar, total que no será tu problema y si decidiste abandonar este mundo es porque te recontra cagas en el alma y las opiniones de los demás. Lo que los suicidas no saben, o prefieren ignorar, es que una vez que se van de este mundo sus opiniones, sus deseos, sus preferencias se van a la mierda, se pierden en lo que los deudos necesitan. Los vivos siempre son el problema, son los que imponen sus caprichos internos disfrazados del “así lo hubiera querido el difunto”. Es una forma de lidiar con la pérdida de alguien y la consciencia de la muerte, pero eso no le quita lo hipócrita. Por eso los suicidas no deberían tener atenciones como cortarse las venas en una tina para que el agua se mezcle con la sangre ¿piensan que será más fácil, más cómodo? ¿Cómodo para quién, entonces? El muerto siempre estará cómodo, ya no hay nada ni nadie que lo pueda molestar y lo suyo será esa región innombrable que ninguno nosotros conoce pero que la mística nos ayuda a soportar. De seguro Alicia mostró señales que yo no noté, lo cierto es que elegí creerme la farsa de su sonrisa para mejor calmar esta sed de revancha que más se parecía a una indigestión de ego y autodestrucción. Nunca le pude decir lo mucho que me vivificó y jamás lamenté tanto no haber podido vivificar a una muerta en vida. Subestimamos, o sobrestimamos también, a las personas en base a nuestras conveniencias. Queremos la entrega absoluta hasta que la obtenemos y cuando lo hacemos nos gana el terror a que la plenitud sea más jodida que el vacío. “Qué cosa más pesada debe ser vivir el infinito” me puso en un papel que encontré a lado de su cuerpo inerte y desnudo en la tina. La sonrisa revanchista desapareció en un mar de lágrimas y lamentos, no me atreví a sacarla del agua roja y, siempre con la nota en la mano, me fui a recorrer cada cuarto para rastrear los últimos pasos de la reciente muertita que se pasaba en calidad de zombie al más allá. En la cocina faltaba el trozo de pizza que guardé para celebrar, en su cuarto estaba todo ordenado y empacado con la precisión de quien sabe que no volverá, en la sala habían muchos pañuelos usados y los borradores de la nota que al final me dejó.

Entre lectura y lectura fui comprendiendo que Alicia hacía rato que tenía planeado marcharse y que mi supuesta vivificación no fue más que una última distracción que se permitió antes de matarse. La nota era muy corta pero todo se compensó con el exceso de confesiones que fui encontrando en cada borrador y en su diario, que forcé cuando despuntaba el alba y mis ojos ya no podían llorar más. Así fue que me enteré que su madre se había matado hacía un mes y con ella se había llevado a la hija más pequeña en un suicidio brutal y hasta repugnante que Alicia tuvo que soportar mientras yo la arrastraba a fiestas de gente estúpida solo para darme la chance de una revancha tan tonta como fútil. En su nota de despedida, la madre parecía segura de que Alicia nunca volvería al seno de una familia desgraciada, a la que el sufrimiento se quería llevar al otro lado a toda costa y no encontró mejor salida que liberarla de la desgracia con el sacrificio doble que “calmaría la sed de este Dios cruel, hija mía”. Los misticismos sostienen verdades y mentiras, pero que tan cierto sea algo no le quita lo mortífero. Mientras yo creía ciegamente en la revancha, la madre de Alicia se consolaba con la idea del sacrificio, por lo que pude enterarme después la señora no estaba en sus cabales pero tampoco nadie se ocupó de auxiliarla, ni internarla, nadie pensó en la niña, todos se encerraron a lidiar con lo que había pasado en soledad. Alicia no se perdonaba haber creído que su distancia le hacía bien a su madre y hermana, cuando lo cierto es que estaba movida por motivos egoístas. De haberla encontrado viva le habría dicho que no era del todo su culpa, que ella también necesitaba recuperarse en soledad y que su único pecado fue tardarse en animarse a buscarlas, a dejar de ver lo que ella quería y enfrentar la realidad. Como yo, que me arrepentía de eso mismo y le expresaba, tarde y motivado por una reveladora entrada en su diario, que yo también la quería, que hasta la amaba, y que yo también lo había descubierto la misma noche que  Fátima entró en juego con esa su presencia karmática que tanto terminó por marcar. ¿Quién sospecha de los ingenuos? Peor aún ¿quién se imagina que lo que lo joderá no será la astucia sino la mera ingenuidad? Ya no pude volver a ver a Fátima, no sé que habrá sido de ella, pero sospecho que sufrió y volvió a ser linda y finita, de seguro se casó con algún Florian que la condenará al destino al que se condenó Carmen. O no sé, estoy consciente que nada fue su culpa pero disfruto un poco esos pensamientos de ave de mal agüero. Si yo, señoras y señores, caí por engolosinarme de mi olfato revanchista y distraerme en estas ganas de vivificar, lo mejor que podía hacer tras tantas tragedias era aceptarme como el cuervo que soy y que siempre seré.

Cuando volví al baño recién noté que sonaba un disco de NERD en la radio que compramos para escuchar mientras nos duchábamos. A Alicia le fascinaba Pharrell, le encantaba que fuera tan feíto y atípico y aun así estuviera tan cómodo en su propia piel, como para hacerte querer bailar esos sus temas sexistas y plagiados. Solía pasarse horas vanagloriándolo a la par que le lanzaba esos insultos sutiles y venenosos de fan resentida e indignada. Se ponía intensa y así se veía sexy, le decía yo y la comparaba con Alesha Dixon en el video de She Wants to Move y ella se reía a carcajadas, se ponía un vestido corto e imitaba el baile de la actriz. Lo hacía muy mal pero igual a mi me encantaba verla feliz en ese baile que era aborto de sensualidad. “Lo que más recordamos de She Wants to Move no es tanto a Pharrell siendo tan peculiar, sino a Alesha Dixon probándose a la altura de diosa, una mera ninfa del baile y la sensualidad y la actitud” le decía mientras le robaba besos a sus cachetes, a su frente, a sus manos y hasta sus hombros, pero nunca en la boca, ni en los labios, jamás un beso donde hubiera contado para ver si nuestro romance la convencía de quedarse un rato más o terminaba de indicarle que ya era su hora de partir. Que al final eso pasó, pero sin darme a mí la chance de convencerla, sin que pudiese recuperar las oportunidades perdidas para vivificarla, estancado para siempre en el gris de las cosas, con preguntas que ya no serían contestadas y con ganas de desnudarme y unirme a ella en esa bañera en la que también podía dejar mi sangre para que quien fuera que limpiase la escena del crimen no lo pasara tan mal. “¿Y eso a mi qué me importa?” me dije entre llantos y miré distraídamente el dorso de la nota donde noté que estaba escrita otra frase que antes no leí. “¿Qué pasa, cuervo? Siga volando que afuera hay mucha carroña para que puedas penetrar”. Y lloré, claro. Chillar sería más apropiada palabra para ese momento de mierda en que abandonaba la anestesia emocional y permitía al dolor fluir en ese peculiar adiós a mis muertos. Dejé la nota a un lado, llamé a la policía y me metí a la bañera para darle un incómodo último abrazo a mi entrañable suicida, mi cómplice perfecta, un abrazo más para mis morbos mortales que para intentar robársela a la eternidad.

¿Cuál es el triunfo de los feos? En realidad no sabría si es tanto un triunfo como una ventaja, pero sigámosle el juego a esto del triunfo. Fetichistas condenados, empiezo por los feos porque ellos aprenden primero a mirar, después a contemplar y, finalmente, a observar con detalle no tanto por gusto como por revancha pues, a los feos, no hay quien los vea. Apenas miradas, eso es todo lo que obtienen y lo cierto es que ellos mismos lo comprenden, lo perdonan y hasta lo justifican. Saben que harían lo mismo, aun si se tratara de mirarse a sí mismos. Esclavos de las excusas de una sociedad de consumo, los feos y las feas miran lo que se antojan, contemplan lo que desean e idealizan en el trayecto, y observan todo aquello que no son y que, a veces, querrían ser.

La sociedad los refuerza y hasta los apoya con esa terrible tendencia de hacer primar lo estético para mejor vender y mejor ser comprado. Eso no nos extraña porque la sociedad se sostiene de esta manera, en esas mentiras inventadas para “nuestro bien” que nosotros les creemos porque no queremos que se caiga enterito el teatro de la civilización. Después de todo ¿no somos nosotros quienes inventamos esas mentiras, para algún día contárnolas como si no hubieran sido nuestra idea? Por eso los feos observan y se antojan, mientras que los lindos se dejan observar y se incomodan (por eso es que los regulares pretenden, mal y a medias, ser de cualquiera de estos dicotómicos bandos). Sin ese baile, sus identificaciones perderían sentido, sus preguntas serían otras y sus actuales certezas se irían por el mismo caño por el que desaparecen las defecaciones nuestras de cada día. ¿Cuándo se ha visto, en tierra de puro desconocido, que quien fuera se detenga a contemplar a un feo? Lo común, lo regular que le dicen, es pillar una de esas muchas características que nuestros instintos, normados por la sociedad, nos dicen que tenemos que chequear y nos perdemos en esa esquiva y regalada gana de disfrutar de instantes de superficialidad. Nada de malo hay en la muchacha con los ojos fijos en las pantorrillas de un atractivo chico con short, o en el crispamiento interno de los hombres cuando un cuerpo llama a su interés para posarlo en el todo de una mujer que su mente clasificó como preciosa. El problema no está en que miremos, el problema está en los filtros que nos imponen y que nosotros reforzamos.

Pero sigamos. A sabiendas de que todo ojo posado en ellos no estará ahí más que unos segundos, los feos aprovechan y lo ven todo desde una posición privilegiada que, simplemente, los atractivos no son propensos a alcanzar. Tal como buitres de mirada aguda, los feos circundan el anonimato y cuando no contemplan, observan cada detalle del objeto deseado – porque no hay forma de entrar en juegos superficiales sin volvernos todos objetos – y no siempre, pero casi invariablemente, caen en la trampa de enterarse que pueden mirar sin mucha consecuencia ni censura y hasta con más detalle que personas notorias por sus ventajas estéticas. Descubren, sin querer, que esa es su función. Mirar, contemplar, observar para imaginar a qué tanto sabe la gloria de estar al otro lado, conscientes de la complicidad de los observados, quienes se molestan al descubrirse observados, envaneciéndose secretamente de confirmarse habitantes del lugar donde el pasto es más verde y nada se parece a ese espacio en que habitan los feos, y que pueblan de vicios como la ilusión, probablemente intentando superar la amargura de la realidad antes de descubrir su verdadera ventaja: la segunda vista.

Rodeados de desconocidos, los ojos siempre se posan en los aventajados. Entrando en materia, y dicho de otra manera, uno no “chequea” a quien más asco le da sino a quien mejor encaja con lo que se tiene comprado acerca lo hermoso y, una vez encontrado, seguimos con disimulo a todo aquel que nos provoca algo de deseo, sin reparar que en el proceso se procura obviar todo aquello que en esos parámetros no encaja. Casi como un filtro que censura, o mejor dicho elimina, lo desagradable. Sin embargo, es así cómo obtienen su libertad los feos, que más que disfrutarla, y no adrede, la hacen su ama y señora, se esclavizan a ella, siempre deseando ser obviados de esos filtros y un día de esos figurar en los mapas, los radares, los pensamientos de aquellos que los ignoran. Es en esa libertad esclavizadora que dan cuerpo a sus pasiones secretas y, a veces, se esfuerzan por sobresalir, por importar, diferenciarse de ese grupo que tanto mira y nunca es mirado. Y sin querer algo se revela para algunos pero no ellos, algo que se gesta en sus traumas, sus deseos y sus medidas estéticas para ser aceptados que generan las actitudes que adoptan desde el esclavismo de querer pertenecer y la excéntrica libertad de estar siempre en el anonimato. Y es, justamente, por eso que un día un par de ojos que barrían el espacio en busca de algo hermoso se tropiezan con algo tan atípico que ningún filtro puede eludir.

De pronto los observados quieren observar y no saben cómo. Después de una vida que les dejó la costumbre de vivir distraídos por la belleza, gozando el enviciante placer de saberse ídolos de altares secretos, se enfrentan a la novedad de ese bizarro antojo de mirar lo que nunca miran, picados por la curiosidad que despertó alguna de estas excentricidades que usan los feos para esconderse. Esto puede, o no, ser una crisis para cualquiera de ellos, así como pueden, o no, notarlo. Eso no lo sabemos y no nos compete ¿Por qué diablos nos meteríamos a fingir que sí, cuando ni siquiera sabemos si no pertenecemos al tibio reino de los regulares? Lo más probable es que pasemos vidas enteras achicando lo descomunal e ignorando si somos de los feos, de los lindos, de los regulares, siempre cayendo en creernos algo que no somos y perdiéndonos de cosas tan gratificantes como el vuelo de ser observado, el viaje de observar o los triunfos secretos que todo ello implica.

Dedicado a A.B.C

Yet how superb, across the tumult braided,
The painted rainbow’s changeful life is bending,
Now clearly drawn, dissolving now and faded,
And evermore the showers of dew descending!
Of human striving there’s no symbol fuller:
Consider, and ‘tis easy comprehending –
Life is not light, but the refracted color.

– Faust II

Moría el 2007 sin mucha gloria, empezaba octubre y faltaba más de un mes para la muy hablada reunión de Led Zeppelin. Sería un año que, entre muchas otras cosas, trajo a Chris Cornell abandonando Audioslave, la popularización del Ipod de Apple, la inevitable decadencia de Avril Lavigne, además de ser el año en que Gnars Barkley, Nine Inch Nails y Panic! At the Disco eran los actos más populares mientras se fundaban bandas como Les Butcherettes, The Last Shadow Puppets y Mumford & Sons, entre otras. El internet ya era viejo conocido, no así las redes sociales para un público que se lanzaba a la novedad del Facebook, todavía recordando la moda pasajera del MySpace. Solo imaginen un tiempo sin Twitter, donde Facebook empezaba a tomar impulso en Latinoamérica, en que las tiendas de discos eran todavía populares y lo que opinaba Lilly Allen era importante para la prensa. Fue en un contexto así que, un 10 octubre del 2007, Radiohead estrenó su séptimo álbum In Rainbows, uno de los más controversiales, no tanto por su contenido como por factores comerciales que pillaron a la industria de la música por sorpresa. In Rainbows marcó un hito para la banda pues, entre muchas cosas, no solo era el primer disco que sacaban tras la finalización de su contrato con EMI sino que su estreno no fue, para nada, convencional. Dos años siendo trabajado, el anuncio de su salida fue un magro post en el blog de la banda en que anunciaban que en 10 días más estaría disponible vía web. Y no puedo remarcarlo lo suficiente: esto era tremendamente novedoso. Si bien no era la primera banda que lo hacía, sí eran los primeros de entre los perros grandes de la industria musical que se animaban a ello. Era una oferta genial llamada “Pay to download” en la que pagabas lo que quisieses para bajar el producto directamente a tu computador en formato mp3 con calidad de 128kbps. Podías dar todos tus ahorros, así como podías no dar un solo centavo por ello, en una época donde los sellos discográficos tenían ya estipulados precios estándar según la calidad o popularidad del artista, una época en que la lucha contra la piratería empezaba a atraer tanto a innovadores que querían ser los próximos responsables de algo como Napster, como a reguladores de la industria que empezaron a darles más importancia, movidos por su deseo de no perder un solo centavo de las ventas.

Radiohead tuvo esperando a sus fans por material nuevo por 4 años. Tiempo en que los integrantes de la banda descansaron de la presión, de las giras, de tocar las mismas canciones como monos hasta el hastío, dedicándose a proyectos independientes, contribuciones con otros artistas, o hasta enfocados en sus vidas familiares y personales. Hail to the Thief había sido un disco agotador y las giras no ayudaban con el cansancio y la saturación, así que por el espacio de dos años no hubo planes, ni intenciones de hacer nada con la banda pues ellos mismos sabían y presentían que estaban estancados. Su sonido amenazaba con volverse repetitivo y era opinión general de la banda que se habían acostumbrado demasiado a su zona de confort. El descanso se extendió hasta el 2005, año en que decidieron volver al estudio a ver si podían sacar algo nuevo e interesante, variando un poco la fórmula al despedir a Nigel Gondrich su, ya clásico, productor. Pero ni así lograban nada, no conseguían sacar un sonido que los convenciese y mucho menos un tema completo que los ayudase a salir del estancamiento en que se sentían hundidos. En esos bailes se fue un año que pasaron rumiando una venenosa frustración que no los llevaba a ninguna parte, y fue por eso que el 2006 hicieron un largo tour de conciertos para quitarse la presión de encima. Movida inteligente que les ayudó a divertirse de nuevo al tocar, ya no condicionados por el ominoso estudio que les recordaba su imposibilidad de componer algo que los satisfaga. Cuando volvieron – supongo – se sentían mejor, o quizá tuvieron alguna suerte de epifanía o alguna de esas cosas que te cambian la vida y la forma de pensar, el caso es que reenlistaron a Gondrich (en una escena que suena interesantemente intensa, amistosa e incómoda por igual) y Nigel, quizá un poco en venganza, tal vez porque es un productor que sabe sacar cosas de su gente, alquiló una mansión derruida y los hizo vivir, comer y grabar ahí. Movida que se probó efectiva pues así nacieron Bodysnatchers y Jigsaw Falling Into Place, dando forma a lo que más tarde sería In Rainbows.

Mientras tanto, en el mundo real, la banda daba entrevistas donde hablaban en contra de la visión con que Terra Firma manejaba sus negocios en la industria musical, y esto es importante porque inspiró a todo lo que pasaría después. Valiéndose apenas del hastío que sentían y que les producía terror ante la perspectiva de confirmarse estancados, ya con la idea de un disco siendo lanzado via web, Radiohead continuó componiendo pero con un diferente enfoque, buscando manejar formas de poder crear y presentar su nuevo álbum de una manera más…no equitativa sino comunitaria, apuntando a una idea que iba en contra del capitalismo que los sustenta. Y sí, igual sacaron una versión física, un vinilo, un box set, todos esos productos destinados a exprimirle la última gota de jugo al fanático obsesionado o especialista (o como quieran llamarlo) y eso no está mal, ni le quita ciertos méritos a la movida de Radiohead. Tan sólo piensen que el mismo Omar Rodriguez-López admitió que es importante eso de ganar dinero para vivir y seguir produciendo nuevos discos. El caso es que no solo deseaban que el álbum saliese para todo el mundo al mismo tiempo sino que todos pudiesen tener acceso a él. Esto significaba no solo pensar en las personas que no tenían acceso a internet sino en que la gente recibiese el disco sin que este sea masticado previamente por la crítica, buscando entregar algo impoluto a los oídos de alegres compradores que podían haber no pagado nada por uno de los mejores discos del 2007. Era algo único y bastante acertado, pues resultó en una estrategia que dio mucho de qué hablar por varios años, no solo por la movida per sé sino porque dicha movida incluía el lanzamiento de un disco alabado por la crítica, por la prensa, por los fanáticos y hasta por Bono, quien dijo que se necesitaba mucho coraje para buscar otra forma de conectar con sus fans. Porque, bueno, Bono, él sabe sobre ese tema de conectarse con sus fanáticos.

(Este es el punto preciso en que si no escuchaste nunca In Rainbows, es obligatorio que lo hagas de inmediato)

Descrito por Yorke como lleno de canciones de seducción, este es un disco donde la música creaba un sentimiento refrescante respecto al estilo de Radiohead. Tampoco es que hubiesen renovado completamente su sonido, pero sí se sentía algo distinto e interesante, una suerte de vitalidad diferente que agradaba. Tenía su lógica pues, durante el descanso que tuvieron, cada quien pudo ir a explorar sus propios sonidos y experiencias, esto permitió que la onda de Yorke y Greenwood dejase de ser impuesta a la banda (aun si todavía primaban) y que se probase con un enfoque, digamos que, no más democrático sino más, de nuevo esta palabra, comunitario. Algo donde no solo fuesen Thom y Jonny quienes cargasen con todas las responsabilidades de la música, en pos de un producto casi generado por la mera inercia de las interacciones en estudio de la banda y su búsqueda de que todos los comportamientos, expectativas, ideas, esperanzas, valores, creencias y simbolismos de cada integrante de Radiohead importase y se revelasen en el producto final. Al menos a nivel musical, puesto que los líricos son reino absoluto de Yorke.

El disco comienza frenéticamente con 15 Step, un sabroso ritmo vengador de percusión movida y con una guitarra que parece relajarnos por un rato hasta que un coro de niños nos devuelven las ganas de bailar. La canción demarca, muy efectivamente, que este no es un álbum que lidiará con sus tópicas de la misma forma que sus predecesores. La onda yorkiana de electrónica experimental está presente pero no es dominante, Jonny Greenwood – como siempre – es el más sobresaliente, pero la batería, los teclados, la percusión y el bajo parecen tener más importancia en el juego, más fluidez y participación en lo que fue el primer anuncio de un gran momento. Los líricos nos pintan ese primer instante de lo que Thom Yorke luego diría que es el significado del álbum, fuera de ser una colección de canciones de amor. Un disco rico en letras que intentan describir el sentimiento de terror de que quizá deberías estar haciendo otra cosa con tu vida, misma que – recién notas – es más corta de lo que tú desearías. Yorke se metía con las partes más oscuras del amor, la vida y la muerte valiéndose de metáforas poderosas. Ilustrémoslo desarrollando un ejemplo que dio el mismo Thom. Imaginen a un hombre, al que llamaremos Fausto, sentado en su auto, atascado en el tráfico, mirando como loco el reloj porque está tarde para su trabajo. Estresado y aburrido detrás del volante, sus pensamientos empiezan a divagar por diferentes frustraciones hasta que se siente atrapado en el incesante y lento pasar de su rutina. De pronto le sucede algo que a todos nos pasa y que experimentamos con diferentes niveles de extrañeza: Fausto descuida sus escudos por un rato, vulnerado quizá por alguna pena amorosa, y alcanza a darse cuenta que su vida se le escapa; lo abruma un sentimiento sofocante, le perturba el pensamiento de que podría estar haciendo algo diferente a todo eso y, sin previo aviso, sin preparación alguna, lo asalta la consciencia, no la idea, de que algún día morirá. “It comes to us all” canta Yorke en 15 Step, en líricos que bien podrían ser el monólogo de la escena descrita en que Fausto mira hacia atrás, hacia su frustrada vida, y se pregunta ¿ahora qué?

(Curiosamente las horcas tenían quince peldaños antes del súbito salto que conducía a la muerte).

Manteniendo el ritmo y haciendo referencia a un importante film de culto, el disco continúa con Bodysnatchers. Una canción que se siente más como un juego de armonías explosivas y sucias que continúan alterando al oyente con esa onda más suelta, menos críptica y más directa que caracteriza al disco en general. Fausto, asediado por una crisis existencial, de aquellas que ponen en duda hasta los más intrincados mecanismos que tiene la realidad, continúa atascado en el tráfico sin nada más que los autos cercanos y el paisaje vacío de lo urbano para distraer la cabeza de toda idea que la asedia durante aquella árida mañana. Su piel le escuece, sus pensamientos le queman, el sol hace mala combinación con los bocinazos de los otros autos atrapados en un embotellamiento que parece nunca avanzará. A Fausto lo embarga el momento pues ha abandonado su zona de confort y eso le ha costado un conocimiento hasta entonces censurado: no es feliz, no está conforme y empieza a dudar de que su vida tenga sentido. Siente que se encuentra en un momento en que la negación y la aceptación colisionan, y así nuestro torturado conductor atascado empieza a golpear su volante, completamente confundido acerca de en qué momento todo se fue a la mierda. Los líricos denuncian la cobardía tanto propia como ajena, nos muestran la desesperanza neurótica de quien se siente estancado y terminan con dos grandes realidades previamente no admitidas. En este caso Fausto expresa sus conclusiones en boca y canto de Yorke: “I’m a lie/ I’ve seen it coming”

Pero tras los estallidos siempre viene una calma que, por lo general, anuncia la tormenta. Nude es esa balada que todo el mundo asoció con la sexualidad pero que una vez aplicada a nuestro conductor atrapado en este embotellamiento cortazariano puede equipararse con esos momentos lúcidos de autocrítica. Las malditas epifanías que les dicen, que para Fausto llegan después de haber golpeado su volante y gritado y quizá llorado, cuando por fin se calma y admite la mentira de sus verdades, se le ocurre pensar que la esperanza, las creencias, las certezas también pueden conducir a tamaña frustración en un momento digno de un absurdista como Camus. Quizá por eso la canción es lenta, tranquila, altamente dependiente del bajo y la guitarra, con una batería poco presente pero para nada ausente. Y eco. Mucho eco. Lo innegable es que Fausto ya empieza a admitirse la causa y posible solución a la crisis que lo embarga, y esto lo notamos en cómo los líricos de amor se hacen más obvios, tomando forma completa después de este momento tan triste y existencial, después de esa armonía trágica que es Nude, ese instante en que hay que volver a la crisis, al estallido, a la tormenta propiamente dicha, y aparece la metáfora perfecta de la esperanza amorosa en forma del siguiente tema de In Rainbows.

Weird fishes/Arpeggi es un crescendo fabuloso que la banda utiliza para alterarnos de nuevo, donde lo importante es que este tema es el punto preciso del disco en que se combinan tanto la calma con la tormenta. Tal como la nostalgia, la música y los liricos evocan lamentos, emociones intensas bajo el velo de la tranquilidad, que se va perdiendo a medida que la guitarra se distorsiona. Fausto está en ese punto de quiebre en que analiza qué hacer para mantener la mascarada mientras una vocecita le cuestiona si acaso todo eso vale la pena ¿Seguir y morir así? ¿Cambiar y morir de todas formas? Weird Fishes puede ser una atípica canción de amor, que serviría como la metáfora de una manera de sentirlo, además que su ritmo nos pone en un humor especial, su sonido nos despierta sentimientos más…no positivos sino alentadores pues su crescendo suena a esperanza, una que muere un poquito con la siguiente canción, All I Need, y su tono ominoso, lento y grave, importante variante del humor que ha estado predominando en el disco. Es un punto de quiebre interesante por no sentirse caótico ni abrumador. De nuevo reina el amor y Fausto mira a los otros conductores sin pensar en ellos, evocando la imagen de alguien más que no se encuentra presente, torturado por alguna imposibilidad que bien puede aplicarse a un inicio que no llega por muy deseado que es, o a una continuación que no sucede por algún motivo que Fausto desconoce. En pocas, una típica historia de amor y trascendencia que hace obvio que estamos ante una versión del Fausto de Goethe, libro donde se narra cómo un mortal hace trato con el demonio Mefistófeles para ser inmortal y obtener poder y conocimiento que perdería ni bien llegara a ser feliz. Esto es curioso pues el mismo Thom dice no saber mucho acerca de esa obra y, sin embargo, se delata no solo por el nombre de la próxima canción – Faust Arp, esa de ritmos trágicos y tensos, de guitarras acústicas que empujan al vacío –, ni de nuestro personaje, sino la de los contenidos de los líricos. Volviendo a nuestro Fausto, este puede ser el momento en que la pregunta que inició en la primera canción es propiamente hecha: ¿he vendido mi alma por esto? Sea cual sea la situación en la que está envuelto, se pregunta si vale la pena seguir, a la par que resuelve que ya no puede más.

Y así llegamos a Reckoner, la canción más especial, incluso para Jonny. Una que combina sonidos trágicos con tonos esperanzadores y terribles, una donde la percusión y batería se roban el show, especialmente durante sus ausencias y sus entradas vertiginosas, las cuales caben muy bien con la interpretación de Yorke sobre esta canción como un sueño tripeante del que no quieres despertar y luego no puedes recordar bien. Reckoner es muchas cosas tanto para la banda como para los fanáticos, ya que todos le han dado interpretaciones muy parecidas entre sí, pues todas apuntan a que es una búsqueda de catarsis, es la frustración en la que te metes, es el ruego a los cielos oscuros durante una tormenta que parece nunca arreciará y que vives intensamente a sabiendas de que ahí vas a morir, solo y aferrándote a la lejana esperanza de que sobrevivirás. La canción evoca algo símil a lo que el Fausto de Goethe descubre al aprender que no se trata de buscar una luz divina sino vivir con la luz como guía en un disco que explora la idea de trascender, de empezar en un lugar y terminar en otro. La trascendencia como un tema a lo largo del disco, presente en la percusión que jugará junto a los teclados y la guitarra, tratando de emularla con ese ciclo de sonidos que se repiten y luego se doblan para sonar parecido pero con otros tonos, otros ritmos, otras velocidades, otro – y el mismo – Radiohead.

En Reckoner, Fausto, todavía embotellado, descubre que vivir no es obsesionarse, cuando logra despertar de una pesadilla de la que no quería despertar y aunque se resiste tiene que admitirse todo aquello que quería olvidar: la cruda realidad, que Fausto llama Mefistófeles, sigue ahí. No se fue, no se irá, es parte de él y está en él trascenderla. No olvidemos que el trato que hace el Fausto de Goethe con Mefistófeles es el de comprender el sentido de la vida hasta que logre ser feliz, momento en que su alma será tomada. Fausto hace un trato así porque en el fondo no piensa que pueda ser feliz, pero cuando lo logra su alma es reclamada y el cruel despertar llega junto a todo el horror de la consciencia y el súbito entendimiento de qué tanto arruinó la cosas. Pero a diferencia del Fausto de Goethe, el nuestro, el de Yorke, no tiene un coro de ángeles que lo salven de las garras del infierno, nuestro Fausto está condenado a ser su propio yo, sus propios ángeles y su propio Mefistófeles y no sabe cómo alternar todos esos roles.

Lo malo de los momentos de lucidez y claridad es que terminan. Y si no han sido aprovechados la trascendencia es mandada a un particular purgatorio, mientras nosotros continuamos atrapados en nuestros ciclos, esperando una indeseable nueva crisis que nos ayude a lograr dicha trascendencia para movernos a otros nuevos ciclos, donde igual terminaremos atrapados hasta lograr una nueva trascendencia y así hasta que la muerte nos detenga. Lo cual hace interesante que Reckoner también pueda ser traducido como “experto en cálculos” u “hoja de fórmulas matemáticas”, hasta “chanchullo”, lo cual le daría otro sentido al encierro de Fausto, quien atrapado y sin chances a escapar de sí mismo empieza a pensar en la existencia en los parámetros de hacer lo que se siente bien versus lo que uno debe hacer, además de las consecuencias de seguir cualquiera de estos caminos. La crisis de nuestro Fausto viene, precisamente, de siempre hacer lo que debe y nunca lo que quiere y es necesario que siempre esté calculando resultados, evitando morirse por dentro, cuando morir es lo que tiene que hacer para trascender a una experiencia humana, supuestamente, más sencilla.

En ese estado te encuentra House of Cards, donde vuelve una relativa calma gracias a los tonos menos graves y tristes que caracterizan a una canción que no sube ni baja su velocidad y que termina en lamento por un té para tres. Un ruego, en realidad. Una petición patética que hace Fausto a su amada desde su pequeña e infeliz celda motorizada, dando paso a Jigsaw Falling Into Place, que según Yorke trata sobre chupas universitarias, boliches donde la conexión con una persona se da en miradas, pequeños roces durante los bailes, en sonrisas tenues al compás de música ligera durante el transcurso de una noche coqueta, hasta que la pieza final del rompecabezas es puesta y las esperanzas quedan quebradas al notar que todas esas señales no generaron nada más que ilusiones sobre las que Fausto no pudo, o no quiso, hacer nada. El sonido va creciendo hasta sentirse como una energía contenida, ningún instrumento prima sobre el otro y la voz de Yorke retrata el quiebre de la esperanza, la fatalidad de la realidad, la decepción final que nos conduce a Videotape, un sonido trágico de tintes suicidas, otra balada, triste, oscura. Una despedida, en realidad. El final de todo un camino, el maldito momento en que el tráfico por fin avanza y Fausto ha quedado con la vida hecha pedazos.

Tal es el contenido de un disco intenso que refleja mucho del momento que vivía Radiohead. Un momento que bien podía haber sido crítico o no. No importa. La cosa es que buscaban reinvención pues no sabían qué hacer de sus vidas y eso es lo que se escucha en In Rainbows y en la historia de este accidental Fausto yorkiano. Es decir, crearon un disco muy introspectivo y de alguna forma trascendieron y se metieron a los nuevos ciclos de los que algún día tendrán que trascender. Y sí, estas son interpretaciones mías basadas en interpretaciones de otros fanáticos y las de la misma banda, porque al final esa era una intención del lanzamiento via web: unirnos en un nivel diferente al momento recibir y entender la música de este álbum. Y mientras esto pasaba en las mentes de Radiohead y sus fanáticos, en el mundo real la gente se concentraba más en la movida del “Pay to Download” usada por la banda. Con Gene Simmons y Trent Reznor a la cabeza, se hablaba de un mal modelo de negocios, se tildaba a In Rainbows como una carnada para música de sonido de baja calidad, se acusaba a la banda de fomentar la piratería y de arrebatarle oportunidades de crecimiento económico a bandas más jóvenes al proponer un modelo de ventas que no favorece a artistas desconocidos. Fue un lío tremendo en el que todos quisieron dar su opinión acerca de qué era lo malo y lo bueno de esta “revolución” que Radiohead había iniciado, con una gran mayoría de artistas de sellos discográficos hablando en contra del disco por sus consecuencias económicas, mientras que el público y la fanaticada estaban concentrados en lo mucho que les gustaba la música, y la crítica intentaba recuperar el territorio perdido ignorando el ruido de los análisis monetarios y dando sus opiniones acerca lo que podían escuchar en el álbum a un público que ya no necesitaba que les dijeran de antemano si era bueno o malo.

Yorke admite que sintieron placer al decirle “fuck you!” al modelo clásico de negocios de la industria musical, y estudios posteriores demostraron que pese al modelo igual hubo piratería, dado que si bien solo un 38% pagó por el disco, y el 62% restante se lo llevó gratis desde la página, más fueron los que se llevaron ese mismo producto en torrents y otras formas de descarga pirata. Y de todas formas eso no afectó mucho a la venta del álbum, que en las ganancias que generaron, en ese 38%, obtuvieron más dinero que en todos sus discos previos combinados. Nada mal para un “fuck you!” que no solo probó que hay otros caminos sino que combatió a la piratería de la que se le acusaba de fomentar y que ya estaba muy bien establecida el 2007 como para necesitar la ayuda de una banda inglesa. Y la industria lo notó, entendieron que si bien las ventas legítimas debían reducir la piratería, en realidad son el interés y la consciencia de la existencia de un producto lo que más la promueven. Evaluando el impacto años después es notorio como la polémica del momento ahogó muchos aspectos positivos del modelo utilizado para lanzar el disco. Hoy por hoy, los analistas y críticos concluyen que es mejor explorar nuevas opciones legales para distribuir productos artísticos en pos de batallar la piratería. Pero lo importante no es eso, sino que In Rainbows no solo demostró que era posible vender sin precios fijos un producto pues algunos fans querían pagar más, como haciendo un guiño cariñoso a su artista favorito, un guiño íntimo que lo más probable haya pasado desapercibido por los mismos Radiohead, pero que aun así generaba un sentimiento diferente para el fan a la hora de adquirir el producto.

“No era un modelo, era una respuesta una situación” dijo Yorke en medio del tumulto del 2007 y nadie le hizo caso hasta mucho después, cuando se comprobó el éxito del modelo que nunca más volvería a ser usado por la banda inglesa. Ya después otros artistas empezarían a tomar formas alternativas de estreno y financiación de sus discos, como Amanda Palmer hizo con Kickstarter el 2012 alegando que “cada músico tiene que buscar su fórmula”. Pero eso ya es otra historia. Lo importante es que el disco sobrevivió a polémica y trajo de vuelta el sentimiento de hacerte tiempo para comprar un álbum por el sentido comunitario que esto traía al conectar a sus fans con el artista y entre ellos mismos, en una movida que hoy solo generaría bostezos pero que en ese momento logró mostrarnos a todos, de distintas formas, que estábamos estancados y que ya era la hora de trascender a un nuevo ciclo y así hasta que Mefistófeles nos arrastre, o nos salve algún coro de ángeles de este maldito embotellamiento.

Sinfonía

Publicado: noviembre 12, 2015 en Cuentos
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Nada resonaba en los vastos parajes del barrio. Las casas iluminadas se perdían en el anonimato y coloreaban la azul noche con tonos naranjas y amarillos que buscaban competir con la luz blanca de la luna. La más brillante de las edificaciones era la de la estación de policía, enorme, poco poblada, inútil fuera del simbolismo que infundía cierto respeto en aquellos que surcaban esas calles bajo la ley de la sangre derramada en conflictos pueriles, o no tanto, en que navajas y mariposas cortaban el aire y desangraban a víctimas que iban a parar al hospital cercano, separado de la comisaría solo por una cancha y un pequeño parque, en la empinada calle nombrada en honor a una patriota olvidada y conocida como Mercedes, en un barrio alejado de esta ciudad. Tenía fama el barrio, de peligroso, de terrible, de tantas cosas que a los vecinos, protegidos por la belleza de lo cotidiano, los traía sin cuidado ni sorpresa. La calle Mercedes descansaba tranquila durante aquella noche calurosa de sábado.

De repente un sonido hizo eco en las despobladas cuadras, un sonido un tanto agudo que se originó en la calle Mercedes pero que fue escuchado en todo el barrio, aun si no por todos sus habitantes. Era un grito. Un gritito, mejor dicho. Agudo, jadeante, penetrante a tal punto que cualquiera habría esperado que alguna ventana se viese oscurecida por la súbita aparición de la sombra de un curioso intentando otear la noche. Pero fue solo un instante antes de que el silencio reanudase su acostumbrada calma, con la diferencia de que ahora los habitantes de la calle Mercedes lo sentían diferente. Casi como si ya no fuese un continuo constante y ahora estuviese interrumpido, contaminado, por respiraciones entrecortadas que se unían al canto de los grillos y el zumbar de los postes de luz. Nadie interrumpió su cotidianeidad, pero mantuvieron los oídos atentos allá donde los ojos no se atrevían, en cada casa la gente intranquila dejaba las conversaciones y se sumían en un caprichoso mutismo, como intentando evocar un ejemplo que la calle debía seguir ¿quién osaba mancillar la paz de la noche?

Los grititos comenzaron a sonar con mayor frecuencia. Al principio venían irregulares, desordenados, algunos se habrían atrevido a decir inseguros, como si su origen no estuviese bien definido, como un grito continuo escuchado en parpadeos. Entonces las duraciones se alargaron y con ellas cambiaron los tonos, los ritmos, los tiempos de los grititos y a ellos se sumó un jadeo más pesado, más ansioso que complacido, más suave que los sonidos agudos que cada casa escuchaba con terrorífica nitidez esperando que nada más ocurriese, que por favor los culpables se callasen y así volver a la vida, volver a la espera de que algo pase, sentarse frente al televisor y ver cualquier basura ruidosa y ya. Pero a los gritos y al jadeo se sumó una estruendosa seguidilla de roces que los oídos creyeron identificar como una piel chocando con otra, como telas cayendo al concreto, dedos pasando apurados por vellos para hundirse y causar ese sonido húmedo que estremeció a las señoras, quienes se persignaron apresuradamente y cerraron los ojos para ya no escuchar. El escándalo no era novedoso, los ruidos tampoco, la gente crecía intentando ignorar esos sonidos cuando aparecían y aquella costumbre había pasado por generaciones enteras dedicadas a respetar el silencio de la noche por mucho ruido que escuchasen. Pero aquella ocasión algo estaba mal en todo ello ¿dónde estaban los sonidos habituales? ¿No era deber de la policía velar por la paz y el silencio del barrio? La comisaría estaba anormalmente silente. La calle, no, el barrio entero estaba tan acostumbrado al ruido infernal de la policía que, en sus mentes, lo tuvieron que transformar en silencio. Lo que inició como disonante era, ahora, común y no hacía mucho que descubrieron que ya no tenían que hacer ningún esfuerzo mental para ahogar las risas funestas, las bromas pesadas, las ordenes ricas en microscópicos escupitajos que se asentaban en la piel de subordinados aterrorizados que, poco a poco, se transformaban en eso que tenían que odiar. Ahora, sin embargo, ni siquiera eso, lo cual hizo pensar que ellos también escuchaban atentos, que sabían que algo pasaba cerca de ellos, una cuadra más debajo de ellos inclusive. No podían no saberlo, todos lo escuchaban, todos estaban atentos al roce pieles, a los toques apresurados, a los ropajes siendo arrancados, los sonidos de los movimientos invasivos que ocasionaban los grititos y el jadeo y ¿los besos? ¿las risas? ¿Qué estaba pasando?

El silencio volvió pero no tardó en ser interrumpido por susurros que una voz suave profería con angustia y que una voz más gruesa, que no se molestaba en susurrar, callaba con algo que sonaba a una bizarra combinación de dulzura e impaciencia. Pero los susurros insistían, cada vez menos tensos, cada vez más sonrientes, hasta que el sonido de pequeños besos fueron ocupando el ambiente y pronto volvieron los jadeos, los grititos, los toques húmedos, el roce de pieles y otros nuevos sonidos fueron apareciendo. Primero el viento trajo el rumor de un golpe seco contra el concreto, luego con su silbido frío le dio una agradable armonía a la curiosa canción de dos cuerpos rodando por la acera. Fue entonces que los roces fueron creciendo, los grititos cesaron y a los jadeos se sumaron otros jadeos más ansiosos, como adoloridos pero anhelantes y la calle entera cerró los ojos para escuchar mejor. Esos eran definitivamente besos, esas por supuesto que eran caricias, aquello ¿era o no era? Los habitantes de la calle Mercedes estaban confundidos, no porque desconociesen aquellos ruidos sino que algo novedoso en ellos les arrebataba la calma de lo conocido y los sumía en el terror de algo que parecía novedoso. Entonces volvió el gritito pero esta vez ya no era suave, ni entrecortado, ahora era fuerte, hermoso, cortado solo por pequeñas pausas que se daba la voz para respirar. Los jadeos, en cambio, bajaron su frecuencia pero se hicieron más potentes, compitiendo por el protagonismo entre tanto sonido en el silencio de la noche.

La calle Mercedes escuchó todo y solo algunos se animaron a utilizar el olfato para confirmar qué sucedía gracias a ese olor tan peculiar, ese aroma que los románticos insistían en rememorar con demasiado goce pero no detectaron el olor de moretones, ni golpes. Sí captaron sudor, alcohol, saliva y tantos otros fluidos conocidos para sus narices que jugaban a una especie de tula con un perfume que olía a sandía y un desodorante lima-limón. Mientras tanto la sinfonía creció, su armonía llegó al barrio entero, muchísimos más ojos se cerraron, ya no tanto para seguir la rutina de ignorar lo que usualmente pasaba cerca a la comisaría, como para no perderse detalle de esa canción que la novedad les traía, preguntándose qué clase de almas foráneas podían animarse a traer aquella composición escandalosa a un escenario tan público y habituado a canciones más violentas y sangrientas. Por un rato el barrio enteró calló ante el volumen de la sinfonía y, con las caras coloradas, con los ojos en el suelo, los habitantes de las casas optaron por hacer lo que siempre hacían y no dijeron ni hicieron nada, esta vez azotados por un pudor que intentaba esconder los deseos que aquellos ruidos les evocaban, estáticos en la última actividad en que aquellos sonidos los habían pillado. Y esperaron, silentes, a que todo terminase en esa conclusión abrupta, aliviadora, esa peculiar mezcla simultánea de jadeos, gritos, chorros, besos, palabras, sudor cayendo contra la piel, contra el concreto, dedos recorriendo kilómetros de lo que sonaba como una larga y sedosa cabellera, la distensión de la piel, el suspiro que terminaba con los jadeos, los botones siendo abrochados, la incomodidad rota con un besito que fue extendiéndose hasta hacerse un beso de esos que escuchas en las películas. Un taxi siendo detenido, una puerta cerrándose y ocultando el rumor de un par de voces que hablaban como si se les permitiera hablar en voz alta, el silencio retornando pero todavía incomodo, todavía sorprendido de haber sido mancillado de esa manera hasta que la comisaría volvió a sus ruidos habituales y solo así pudieron las casas volver a estar en paz.

Yesenia abrazada de la jirafa púrpura esconde el escote, y con una enorme mochila caqui la forma de sus piernas tras la calza y la falda. El extraño de pelo largo la mira desde los asientos de enfrente. Es obvio. Demasiado. La mira sin vergüenza, se la come con los ojos, mueve incómodo la entrepierna cada que se reacomoda en el asiento. Yesenia escucha a su madre parlotear algo acerca su hermanita y de fondo la lengua incompresible de las informaciones de aeropuerto proclama algo que a ella no le incumbe. El clima está templado y agradable. No hay mucha gente alrededor. Solo un par de ancianos, un gringo que esconde su obvia calvicie y que mira a una fea de cuerpazo que, notoriamente, resiente a Yesenia las miradas robadas. Hay, además, un par de niños con su agotada madre que parece querer dormir. Y él, claro. El extraño de pelo largo y ojos grandes.

Yesenia detesta la manera en que la mira. Como hambriento y desesperado. Fijo y sin distraerse. Su madre no lo nota. Ella sigue dale que dale con hablar de Roxanita. Pinche feta malcriada. Se larga de vacaciones con su tía y retorna embarazada ¡Con qué cara llegaría la tonta! Ya su madre no mostraba huella alguna de todo el llanto que ella se había tenido que tragar. Demasiado bien sabía que Roxanita no tendría que ver a su mamá llorar y algo en ello le sonaba injusto. Revisó la pantalla de vuelos a su izquierda. Obvio. Roxanita, también en eso, se retrasaba.

La chica del cuerpazo se pasea por ahí. Meneándose como loca la muy culisuelta. Habla por el celular meneándose. De aquí a allá meneándose. Delante del gringo meneándose. Pero el extraño ni la mira. Sigue fijo en Yesenia.

– Perra – se le escapa.

– ¡Hija! ¿Cómo se te ocurre? Es tu hermana – alcanza a escuchar.

– No mamá. No la Rox. – responde señalando con la cabeza a la culisuelta.

– Hija, tenemos que apoyar a tu hermana, tenemos que… – la ignora su madre. Yesenia reflexiona. Aquel “tenemos” lo venía escuchando desde que Roxana había nacido. Desde beba que la malcriada se las arreglaba para desacomodar su vida. “Tú serás 12 años mayor así que debes cuidarla mucho” le dijeron con el tono con que se sentencia de muerte a un adolescente. Así perdió el cuarto, la ropa, las muñecas, los cariños, los tíos, las primas. Todo. “Yessy, la beba lo necesita.”, “hija, tu hermana también vive en esta casa.”, frases derivadas que poblaron su adolescencia y que ahora las escuchaba retumbar en su cabeza mientras su madre seguía con la perorata y el extraño de pelo largo continuaba mirándola a ella. Solo a ella.

“¿Será que me vine muy provocativa?” teoriza Yesenia poniendo a un lado la mochila y el peluche, dejando respirar aquel amplio y generoso escote que dejaba entrever sus maravillosos senos. “Ahora a la Rox le crecerán” pensó decepcionada, o quizá asustada de verse superada. Revisa su falda negra y corta adornada por encajes que le dan estilo a la apretada calza púrpura que se puso y se pregunta si el extraño de pelo largo es de esos que se excitan con algo tan chontano ¿O sería que aquel extraño miraba su cabello por aquel rojo claro que teñía el castaño del cuelllo para abajo? ¿O sus ojos, su nariz, sus labios, mucha pintura tal vez, o poca en todo caso? ¿Era por las botas? ¿Los aretes? ¿Qué mierdas veía el pervertido ese con tanta fijación?

Los niños armaban tremenda bahatola y los ancianos los miraban enojados. Yesenia no tenía calor pero sudaba. Sobretodo en el pecho y los piercings. Por un rato, mientras miraba a todas partes, se dedicó a sentirse avergonzada de su posible olor hasta que reparó en que el extraño de pelo largo estaba muy lejos como para olerla. Rió. Y meneó el pelo mientras lo hacía. Se avergonzó ¿Por qué tenía que hacerse a la sexy?

Entonces sucedió. Fue un golpe tremendo e inesperado, un miedo angustiante apretándole el pecho, dilatando sus pupilas, erectando sus pezones y creando un compás jazzero con sus latidos. El extraño se levantó y caminó hacia ella. Apurado, indiscreto, sediento fue acercándose y Yesenia paralizada ya ni pensó en Roxana o su madre. Solo en ese maldito acercándose tan seguro de sí. Sin saber si temía que el tipo ese la besara o la violara, o si es que lo que más temía era admitir que quería que el tipo la arrancase de su vida, la alejara de la realidad y la sumergiera en una fantasia sexual donde el olvido es un deliquio permanente, donde el placer no da paso al pensamiento y los cuerpos sudados y desnudos son un estado natural. Por eso no quiso aceptar que la ignorara por ver la pantalla de las llegadas y salidas de los aviones. No quiso tolerar que el desgraciado regresara campante a su asiento y hasta se atreviera a conversar con el gringo obviamente calvo mirando en dirección de la culisuelta. Mamá aun hablaba, Roxana no llegaba, los niños gritaban y la culisuelta se meneaba por aquí y por allá, por aquí y por allá y por aquí y por allá como si fuera la reina de algo tan vulgar como un cuerpo operado y vistoso. Yesenia miró su natural ampulosidad de sus senos, que caían un poco por su amplitud, y los comparó con aquel par de melones perfectos y esféricos de la culisuelta, que, de paso, parecía tener una cola con forma de manzana y cuya cara de seguro era muy distinta a la que tenía desde niña, ni así logrando verse medianamente decente. Abrazó, rabiosa, el peluche de jirafa púrpura que había comprado para regalar a su hermanita ¿Por qué podía la culisuelta menearse con semejante esperpento falso y artificial, cuando ella misma era toda una mezcla de redondeces que los hombres anhelaban probar? ¿Quién era ese extraño de pelo largo para dejar de verla luego de haber sido tan intenso con su manera de cosificarla con la mirada?

Cruzó las piernas. Mordió a la jirafa púrpura y le chupó el hocico mientras la alejaba de sí lentamente y mirando al vacío. Yesenia actuaba de puro reflejo mientras en su mente se arremolinaban imágenes variadas. Recuerdos, alegrías, rencores y frustraciones se mezclaban en un coctel que la emborrachaba. Se acomodó el corpiño y pasó los dedos por su pelo. Cerró los ojos y puso una mano encima su cabeza y la otra en el cuello. Y acarició. Lo hizo como por accidente, sin nunca abrir los ojos, ansiosa de saber si era observada, bajando un poco y deteniéndose en esa raja amplia y profunda de su pecho, sintiendo que a sus bultos le crecían un par de bultitos que gritaban por debajo de su delgada blusa ploma para hacerse notar. Cerró los ojos con más fuerza y murmuró algo como “por favor” al notar chillidos histéricos de su madre a lado. “habrá llegado la Rox” se dijo mientras una mano apretaba a la jirafa púrpura y la otra dejaba de demorarse en los senos para pasar al estómago y ahí tardarse cuanto pudiese en el ombligo y el piercing hasta que los zarandeos de su madre la fuerzan a abrir los ojos.

Los niños están quietos. Los ancianos cardiacos. La culisuelta fruncida. El gringo calvo divido entre la excitación y el escándalo. Su madre grita, levanta el nombre de Dios y se pregunta por qué esas hijas le tocaban a ella. Pero el extraño de pelo largo no parece reprochar nada. Él la mira con intensidad, con las manos crispadas, resoplando y con expresión de sorprendido, quizá maravillado, probablemente asustado. Ella lo mira fijamente y confirma que en los ojos del extraño de pelo largo se refleja la lujuria más pura, el deseo más profundo, el terror más abominable y entonces llega Rox y el culmen de todo acontece cuando la madre la ignora. Yesenia sonríe, abraza a su hermana, le entrega su jirafita, le anuncia que ya no es niña, le da la mano y se alejan en paz, haciendo oídos sordos de las quejas maternas, del murmullo de los ancianos, del sonido de la confusión de los niños y los pantalones apretados de gringos y extraños de pelo largo. Se alejan sin nunca mirar atrás

Publicado originalmente en la Revista Gorila

Entre los fanáticos de Spider-Man hay uno de esos debates que encontramos en todas partes: el del huevo o la gallina ¿quién fue primero? ¿cuál quieres para cenar? No importa el enfoque, siempre será un debate inútil donde lo único que saldrá a la luz son las preferencias de cada debatiente y, siendo sinceros, no nos llevarán a nada. Pero, admitámoslo: es tremendamente divertido. Con ese espíritu, los fanáticos siempre nos andamos preguntando ¿Tobey o Andrew? Y solo esa pregunta nos detiene por días enteros mientras acaloradas discusiones se desarrollan, amistades se pierden, viudas son creadas y, bueno…es de nunca acabar. Por varias semanas solo se escuchan las recriminaciones de los malos perdedores, resuena el eco de los argumentos tardíos que gritamos por la mañana siguiente ya que solo se nos ocurren cuando llegamos a nuestras casas, luego de un pesado día de discutir y discutir y discutir, pues al parecer un mejor Spidey cinematográfico no puede ser definido.

Antes de empezar seré sincero al confesar que yo soy del #TeamAndrew, pienso que fue mejor Peter y mejor Spider-Man, además que sus películas me gustaron más. Pero en medio de toda la sangre y vísceras con las que uno tiene que lidiar cuando llega el tercer día de discusión, pues se me ocurrió que quizá era hora de que alguno de nosotros se anime a darle una mirada más neutral. Y no se preocupen, no saldré con que gana Nicholas Hammond o el mejor Spidey es Christoper Daniel Barnes, eso sería perder el tiempo de manera monumental. Así que ahí va. Spidey contra Spidey ¿cuál fue el mejor Spiderman del cine?

PARTE I: Tobey, tu amigable vecino bailarín.

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Cuando Spider-Man se estrenó el 2002 no pensábamos que sería el heraldo de una época llena de películas de superhéroes. Desde el 99 que nos llegaban Batmanes y Supermanes que causaban revuelo y alborotaban a los fans pero no sería hasta el estreno del Spider-Man de Sam Raimi que Hollywood le vería el negocio a las películas de superhéroes. No era para menos, no solo rompió récords de taquilla sino que visualmente era uno de los más grandes triunfos en el cine de acción y suspenso gracias a las escenas de Spidey peleando o balanceándose por los cielos de Nueva York que nos dejaron complacidos y sorprendidos, con ganas de mucho más. Y Tobey estuvo a la altura del reto de hacerse un creíble Hombre (que) Araña con la ayuda de todos estos efectos, CGI y etcétera. Punto para Tobey. Nunca es fácil ser el primero en hacer algo así, quizá Tobey no lo sabía pero estaba estableciendo el parámetro que tendría que seguir todo otro actor que encarnara a Peter Parker.

Por suerte, para Tobey, contaba con la ayuda de un director muy experimentado en cine de acción y aventura: el legendario Sam Raimi, que antes nos había fascinado con Evil Dead y Army of Darkness, y que se hacía cargo de un proyecto que casi tuvo a David Fincher como director, hasta que este renunció porque el estudio no deseaba hacer una versión sobre La Noche que Murió Gwen Stacy como era el plan de Fincher (off-topic: sí, yo también quisiera ver eso). Raimi se hizo cargo de un guión que se venía haciendo desde los ochentas y le quitó pesos extras y detalles que lo hacían sentir muy sobrecargado de villanos (¡oh! ¡la ironía!) e historias de orígenes que entre James Cameron y David Koepp habían ido poniendo en todo el tiempo que estuvieron trabajando con la historia. Raimi se enfocó en el Duende Verde y en aprender a usar efectos por computadora, porque el gran Sam salía de su zona de confort, que son los efectos reales y fabricados a mano, para traernos la historia de Spiderman. Lo que tienen que entender de todo esto es que habían muchas cosas nuevas siendo experimentadas, cosas que después nos traerían un universo cinematográfico bien construido de la Marvel pero que entonces no era más que un sueño loco al que aspiraba Kevin Feige. Como dije, Tobey no lo sabía entonces pero él, junto a Hugh Jackman, eran una suerte de base para todo esto, el borrador de lo que Feige moldearía, después, en Robert Downey Jr. y Chris Evans.

Todo esto significa que Tobey no pensaba que su actuación era tan importante, para él era solo un trabajo más, de un personaje que nunca antes había leído y que aceptó solo porque disfrutó el guión, en otras palabras y no puedo decirlo de otra manera: lo hizo muy bien pese a, y justamente por, que nadie, ni siquiera él mismo, tenía demasiadas expectativas sobre el asunto. Y sí, los geeks, los nerds y todo tipo de fanáticos teníamos, efectivamente, las expectativas en alto pero tampoco teníamos un punto de comparción ni existía tanta presión como la hay hoy en día. Tobey, sin presión ni expectativas, más que darle su propio enfoque al Hombre Araña captó lo que su director quería, le dio una profundidad emocional a su personaje que Raimi había visto a Tobey hacer antes en The Cider House Rules y, esto lo digo en el mejor sentido posible, ese es el estilo Maguire, todos sus papeles tienen cierta fragilidad e ingenuidad conflictuada por personas o eventos que él no puede controlar y los actúa de manera muy parecida. Raimi quería el tipo de personaje que Maguire sabe hacer y Tobey hizo un gran trabajo porque no estaba interpretando tanto a Peter Parker y Spider-Man como a cualquier otro papel que le pudieran dar. Por eso es bueno remarcar que mucho de ese crédito del Spidey de esta trilogía de películas se lo debemos más a Sam Raimi, ávido lector y coleccionista de cómics, a diferencia de Maguire, que supo traer fragilidad a un héroe, cosa que no era muy pensada en ese entonces, pues en la pantalla grande, y en la chica también, los más grandes ejemplos de superhéroes era el intocable de Superman y el infalible de Batman. Ambos personajes muy divertidos, pero que en cierto punto podemos spider-man-reboot-sdccllamarlos aburridos por predecibles. Spidey no es así y Sam Raimi lo interpretó muy bien, dio buenas directrices que Maguire cumplió con mucha efectividad. Ok, bueno, exagerando un poquito en sus expresiones y sus escenas dramáticas, sí, pero igual lo hizo bien. Hoy nos burlamos de la actuación de Tobey, sea con memes o recordando el infame baile de la aún más infame película sobre Spidey: El Hombre Araña 3 y curiosamente aquí se aplica una frase muy famosa de la competencia: “o mueres un héroe o vives lo suficiente para convertirte en el villano”. Y eso le pasó a Tobey, su buena interpretación se volvió ridícula. Si en la primera nos dieron un buena película, en la segunda nos dieron una excelente película, la tercera de pleno apestó en todos los aspectos y hasta en los que no, vuélvanla a ver y se darán cuenta que sí apestaron.

Ahora, Tobey siempre actuó bien, pero en estas películas dependía demasiado de su director y de lo que le dijeran que hiciese y eso no extraña mucho de una persona que no conocía nada del superhéroe al que iba a encarnar y que solo lo conoció antes de la segunda película (lo cual explicaría lo tremendamente increíble que es Spider-Man 2). Pero parte de lo que hizo memorables tanto al Spidey de Maguire como al de Garfield son los actores secundarios. Las películas de Raimi tuvieron grandes aportes por parte de sus actores, en especial William Dafoe, Alfred Molina, Rosemary Harris y J.K Simmons, este último un grande como J. Jonah Jameson a tal punto que Marc Webb no quiso tomar el riesgo de recastearlo y terminó por eliminarlo de su versión del Hombre Araña ya que sabía que ningún fan aceptaría a otro que no fuera J.K. Simmons y Webb buscaba alejarse de todo lo que estuviera relacionado con la versión de Raimi. Mi punto es que todos estos actores le dieron más calidad a la película y en el proceso ayudaron a que el Spidey de Tobey sea buenísimo, pues el entorno también es importante. Los personajes de apoyo ayudan a que la historia tenga más sentido y fluidez, a que la trama principal se mueva a buen ritmo y a mantenernos entretenidos en el proceso. Porque hay un momento en que te cansas de ver llorar a Peter y, por suerte, puedes distraerte de ello en Norman Osborn u Otto Octavius, incluso en la tierna y aguerrida tía May o en la comedia que se nos brinda a través de J. Jonah Jameson. Pero, así como tenían un buen reparto para hacer un mejor Spidey, Maguire y Raimi a lo largo de sus tres películas también tuvieron ciertos personajes que fueron arruinados, como Harry Osborn o Gwen Stacy, incluso la propia Mary Jane ya que a nadie le convenció del todo Kirsten Dunst en este papel, por cosas como ponerla en la mítica escena del puente de Nueva York y hasta hay quienes se quejan de la escena del beso por estar muy parada en la línea de lo cursi y lo romántico (a mí no me miren, esa escena me parece genial), u otras cosas como que no cayó bien que volvieran a Flint Marko un sensiblon o, bueno, casi todo lo que la 3 nos dejó. Pero más allá del reparto y del director, enfocándonos solo en Maguire, admito que las más grandes quejas sobre Maguire suenan tontas. Es cierto, lo suenan. Pero bien pensadas no lo son. Hay cierto sentido en quejarnos de un Peter Parker demasiado callado, muy tímido y silencioso. Sí, sé que Peter en los cómics es así. Sí, he leído todo Amazing Spider-Man y, también, Ultimate Spider-Man, no estoy hablando por hablar. Peter puede que sea callado y tímido y silencioso, pero no tanto. Este enfoque de fragilidad que tenía Maguire le quitó al personaje una de sus caracteristicas más importantes: los malos chistes para combatir el miedo, quintaesencia del personaje. Y sí, sé que el Spidey de Tobey a veces lo hace, pero es que es tan intensa su fragilidad que, además de que no lo hace tanto, cuando lo hace no siempre lo sentimos.

Algo que sí debo remarcar es que hay una evolución muy genial de Spidey/Peter Parker, porque cada película de Raimi se trata sobre el crecimiento, así que no podía faltar la evolución del personaje que, lamentablemente, en el gran cuadro se pierde pues estos cambios son más notorios en todos los demás y no tanto en Peter. Claro, eso antes de la famosa escena del club de jazz que no sólo tardaron ocho días en filmar sino que el mensaje que Raimi quizá quiso comunicar se perdió en la ridiculez de un Tobey Maguire que pasó de ser angustioso y calladito a ser incómodamente arrogante. La poca notoriedad de su evolución hizo que su cambio debido al simbiote se sintiera forzado, ridículo y risible por ese salto súbito de niño obediente y educado cuyo único pecado es tener algo de culpa en la muerte del tío Ben a…bueno…eso.

Sí, Tobey hizo su trabajo y lo hizo bien. Tuvo la suerte de un reparto genial, un director maravilloso y dos guiones que respetaban el camino y la evolución de un superhéroe. Además Tobey encarnó a un Spider-Man más basado en el Spiderman clásico de la Era de Plata del Cómic, con ciertos toques modernos. Su Spidey era un alma vieja con mucha carga nostálgica que todos los fans acérrimos, o más antiguos, disfrutaron por, justamente, esa nostalgia que transmite. Nos gusta el Spider-Man de Tobey Maguire y Sam Raimi no solo porque fue el primero sino porque su caracterización apuntaba a despertar sentimientos por él que se amparan en el velo de la nostalgia de los fanáticos. Y en aquellos que no conocían nada de Spidey, tenían una historia sencilla y bien caracterizada, divertida y llena de accion y colores y por eso era un reto muy difícil  para Marc Webb y Andrew Garfield superar a este Spidey, tanto que, y adelantando un poco de la parte dos de este artículo, el que la logró fue Garfield y no Webb.

PARTE II: Andrew, tu vecino hipster hecho al cool

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Y llegamos a Andrew, el hipster que el mundo condenó como demasiado cool y que muchos fanáticos de Maguire odiaron por motivos obvios. Pero, antes de hablar de Andrew y su actuación como Spidey es necesario hablar un poco de Marc Webb y sus películas.

El 2012, cincuenta años después de la primera aparición de Spider Man en Amazing Fantasy #15 y diez años después del estreno de la primera película de Spidey dirigida por Sam Raimi (de la que hablé en la PARTE I) nos llegó The Amazing Spider-Man, dirigida por Marc Webb y protagonizada por Andrew Garfield, un film que, antes de morir, Roger Ebert calificó como el segundo mejor de todos los de Spider-Man, siendo el mejor la segunda entrega de la trilogía de Raimi. Pero lo cierto es que las dos entregas de Marc Webb tienen muchas fallas, tanto a nivel de historia como en realización. Webb era director de videos musicales y en su currículo en la pantalla grande solo tenía una increíble prima opera muy romántica, cruda y divertida en su propio estilo. Webb no era a quién querían los fans y muchos aun sostienen que fue una pésima elección para dirigir. Lamentablemente no puedo negar que en cierto modo tienen razón, pero en cierto otro no. Webb no tenía muy claro lo que quería hacer con Spider-Man, aun sí tenía bastante claro lo que quería hacer con Peter Parker y como resultado tuvimos una hermosa y tierna historia de un muchacho asustado y debilucho que tiene que aprender a manejar un gran poder con responsabilidad. El problema fue que justo por ese enfoque más centrado en Peter, muchos otros elementos fueron mal manejados y generó lo peor de estas películas: la exagerada concentración en el romance hasta el punto de hacernos sentir viendo One Tree Hill, en dos películas que tienden a pecar de blandas y que pese a estar llenas de pequeños guiños y maravillosos detalles, estos no alcanzaron a distraer al público de que a ambos filmes les faltaba algo, les sobraba otra cosa y cuyas inconsistencias le costaron la aprobación de una gran mayoría de su público.

Lo más triste es que el guión original de Roberto Orci y Alex Kurtzman para la segunda entrega de Webb solucionaba muchas de las imperfecciones y agujeros en la trama de las que tanto se quejaron los fanáticos, y por X o Z motivo no se los hizo tal como fueron escritos. Pueden culpar a Avi Arad por ser un productor tan…problemático, que insistió tanto en los cambios que afearon la película, o pueden alegar que a Webb le faltó habilidad como director para lograr llevar a la pantalla un guión como el que tenía entre manos. En realidad no importa, las películas ya salieron y por muy divertidas, entretenidas, malas o buenas que les puedan parecer lo cierto es que están falladas. De poco valió que Webb usara menos CGI que Raimi para dar más realismo a la película, o que esta no fuera filmada en digital o tantos pequeños detalles que no pondré acá para no alargar demasiado el artículo. El punto es que Webb estaba muy condicionado por: 1) Avi Arad, 2) su propia inexperiencia y 3) las películas de Raimi. Tanto así que cometió demasiados tropiezos que nos quitaron de las manos la chance de una película que lograse la épica y casi imposible tarea de superar a Spider-Man 2 como mejor película del trepamuros. Lamentable. Pero ahora avoquémonos a lo que vinimos: Andrew Garfield como Spidey.

Imaginen a un fanboy, no uno cualquiera quizá, pero si a uno que tuvo la chance de ser su superhéroe favorito y se metió con alma, vida y corazón a lograrlo. Andrew Garfield era este fanboy que creció leyendo Spider-Man, quién, como nosotros, quedó emocionado con las películas de Raimi y que cuando se puso por primera vez el traje de Spidey no se aguantó y se puso a llorar de la mera emoción. Ahí ustedes dirán: “eso debe ser inventado” pero se están perdiendo el punto. Ninguna mentira aterriza lejos de la verdad y por lo que uno puede ver en las entrevistas de Garfield (el actor, no el gatito) es fácil intuir que ama al personaje genuinamente y que creció con él. Además, si pueden emocionarse con la WWE, las promesas de un político o los anuncios de la Blizzard y no con Andrew siendo un fanboy con el sueño siendo cumplido, entonces están fallando en algo poco relevante de la vida pero igual maravilloso.

Sin embargo, ser un fanboy no te asegura ser un buen actor o un buen lo que sea, puede que incluso te ciegue a experimentar cosas nuevas o te ponga tanta presión que termines por arruinarlo todo y es, justamente, esto lo que le da puntos a la actuthe_amazing_spider_man_by_biggreenpepper-d5d5gefación de Andrew: el tipo estaba emocionadísimo, demasiado metido en su papel pero en ningún momento perdió el balance de su performance, por estar haciendo uso de sus propias ideas tanto como las de su director. Y ese profesionalismo es algo loable porque cuando algo que amamos está involucrado tenemos más propensión a perder la cabeza. Nomás vean a un buen fanático de fútbol viendo los últimos minutos de un partido donde su equipo está perdiendo por un mísero gol. Es de temer. Webb supo ver que Andrew, pese a ser un actor desconocido, tenía mucho potencial y no estaba muy quemado por otros roles. Era un riesgo, efectivamente, pero pagó bien porque resultó ser un riesgo fresco, gracioso e innovador, que los críticos amaron y que hasta el mismo Stan Lee dijo preferir por encima de Maguire. Pero nada de esto alcanza para convertirlo en mejor Spidey que Tobey, porque por más que, cómo fanáticos, queramos que alguien que sabe sobre Spider-Man sea Spidey siempre existirán otras manos que lo torcerán un poco a otras direcciones que las que los fanboys queremos, porque el cine no se trata de representar los cómics tal y como salieron, eso sería aburrido. El cine debería apuntar a crear versiones alternas de la historia original, cuidando de lograr cierto balance. Y, repito, Andrew lo hizo bien en ese sentido.

Ahora, el mismo Webb admitió que sus películas eran más sobre los orígenes de Peter Parker que los orígenes de Spider-Man y eso se lo puede ver en la interpretación de Andrew, quien representó a un adolescente de verdad, más cerca a la esencia de lo que significaba el personaje de Peter Parker en los cómics de Ultimate Spiderman y fue por esa cercanía a ese universo, y su búsqueda de diferenciarse al Peter Parker de Raimi, que obtuvimos un Parker más temperamental, discutidor y arrogante, pero eso también permitió que tuviese el toque burlón que Maguire no tiene. Dejenme aclarar que esto tampoco lo hace un mejor Spidey y, en realidad, jugó un poco en su contra. Lo bueno fue que, por fin, obtuvimos a un Peter que diseñaba tecnología avanzada y no solo respondía bien a preguntas del doctor Connors, pues el de Garfield es un Peter que demostraba su impresionante intelecto e inteligencia sin dejar de ser un nabo y, sí, admitámoslo de frente, un hipster hecho y derecho con un peinado ridículo. Un hipster adolescente, nabo e inteligente que no importaba que quisiese parecer cool, igual no era aceptado por sus compañeros. Y es que ambos, tanto Tobey como Andrew, fueron losers pero el de Garfield lo mostró con más elementos, diferente óptica y sin escenas de baile. El Peter asustado de Andrew hace bromas y se pone arrogante sin nunca perder la intensidad de su carisma mientras se desempeña bien en coreografías de pelea genialmente diseñadas, que contienen poco CGI y que generan una sensación más vertiginosa a las partes donde Spider-Man entra en acción. Hasta en cómo se comporta Peter después de ser mordido encontramos elementos más propios de una araña, pues Andrew se dio la molestia de estudiar el comportamiento y movimientos de estas para prepararse para su papel y los guionistas le siguieron el juego poniendo detalles de ese estilo a lo largo de la película. El punto es que el chico se esforzó, pero eso aun no alcanza para nombrarlo mejor Spidey ¿o me equivoco?

Algo que ambas sagas comparten es que contaron con un gran elenco de apoyo. Pero allá donde William Dafoe y Alfred Molina triunfaron, Rhys Ifans, Dane Deehan y Jamie Fox solo empataron. No es posible negar que el Spidey de Maguire tuvo villanos mejor interpretados, incluso si elevamos a Jameson a calidad de un villano buena onda. En el caso de Andrew, hay que vanagloriar a tres de su elenco de soporte: Martin Sheen y Sally Field por un lado, y Emma Stone por el otro. El tío Ben y la tía May siempre han sido una parte muy importante de la identidad tanto de Peter Parker como de Spider-Man y si bien Rosemary Harris cumplió su papel a la perfección junto a Maguire, la tía May que interpretó Sally Field es igual de perfecta pero en otro estilo. ¿Cómo explicarlo? A ver, olvidemos por un minuto lo falladas que están las películas de Webb y pensemos en el tono que quisieron poner: muy Batman Begins, muy The Dark Knight, muy oscuro en el modo en que se critica que no es al Universo Cinematográfico Marvel y que el Universo Cinematográfico DC es demasiado. En las películas de Webb tenemos un punto medio, entre oscuro, tierno y gracioso que se diferencia muchísimo del tono alegre, esperanzador con momentos de oscuridad y mucho drama de las películas de Raimi. Webb es más realista y emocional mientras que Raimi es más cálido y eso se nota muy bien en ambas tía May. Sally Field nos entregó una tía May conflictuada, frágil dentro su fortaleza, consciente de los secretos de su Peter de una manera más obvia y más temprana, además de representar muy bien a una figura materna y cariñosa para un adolescente atribulado. La relación del Peter de Andrew con su tía May sirve como respiro emocional y cómico al tono realista y angustioso de la película. Tal vez por eso generó una división entre fans que la adoraron y fans que no sabían qué pensar cuando Sally se mandaba líneas muy cliché. Eso significa que Rosemary Harris fue mejor tía May, pero tampoco podemos quitarle mérito a la muy buena actuación de Sally Field. Así como Martin Sheen, que sin decir las míticas palabras: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, nos transmitió el sentimiento de la frase con su mera actuación que resuena en ambas películas y no solo a nivel trama.

Y eso nos trae al segundo punto más fuerte de Garfield: Emma Stone. Porque si bien el carisma y los chistes del Spidey de Andrew nos gustan, de las películas de Webb rescatamos la forma en que exploran más la relación de Peter con Gwen sin reducirla a un interés romántico o damisela en apuros como fueron reducidas Kirsten Dunst y Bryce Dallas Howard. No entró solamente en juego la química entre Andrew y Emma que derivó en su romance fuera de cámaras, sino que Emma Stone es una buena actriz y su actuación en estas películas brindaron una Gwen Stacy que es más una compañera de Peter, que lo ayuda, lo soporta y lo apoya sin ser segundona, manteniendo su independencia como personaje y hasta mostrándose más eficaz o inteligente en ciertas situaciones. Pese a toda la ñoñez del romance, Stone nos dió a una Stacy de armas tomar, decidida e inteligente y ***spoilers*** su muerte es lo que más nos marca y duele de estas películas ***fin de spoilers***. El personaje de Emma Stone y su interpretación refuerzan todos los puntos fuertes de Andrew y ayudan a ilustrar el punto principal por el cual Andrew podría quedar como el mejor Spidey: Peter es un cobarde que obtiene poder y su historia nos muestra cómo alguien sin poder, al obtenerlo, puede vivir sin ser corrompido.

Garfield nos dio un buen Spider-Man y un genial Peter Parker, nos trajo buenas películas pese a que los productores, guionistas y director no estaban a la altura. Andrew peleó donde muchos actores se rinden y la peleó como nadie. Lo que quiero decir es: Andrew fue un Spidey demasiado bueno para sus películas.

TL;DR: Andrew fue un Spidey demasiado bueno para sus películas.

PARTE III: El Maravilloso Hombre Araña es…

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Andrew Garfield. Pero antes de que los miembros del #TeamTobey salten a rasgarse las vestiduras déjenme aclarar un par de cosas. Andrew podrá ser el mejor Spidey, pero las mejores películas son las de Tobey Maguire Sam Raimi, pues nada ni nadie puede borrar el hecho de que Spider-Man 2 es la mejor de todas las películas de Spidey, y que el viaje de superhéroe de Tobey fue mejor planificado, además que su actuación no solo estuvo bastante bien sino que fue la primera, la que puso todos los parámetros para todo futuro actor que encarne al Hombre Araña. Por eso no puedes decir que Maguire no es genial, eso es cierto, pero tampoco puedes encerrarte en insistir que lo es solo porque sí o porque sus películas son geniales (excepto la tres, no puedo remarcar eso lo suficiente) o porque no te cae Andrew. Bueno, puedes pero don’t be a douche.

Ambas sagas apelaron a metas distintas y se centraron en diferentes aspectos de un solo personaje. En las dos versiones ves lo que implica transformarse en Spidey, pero la de Webb explora mucho más a lo que significa ser Peter Parker y no lo limita a una escena a lo compilación ochentera. Claro que, tampoco se vuelve un exceso romántico que hasta meloso puede llegar a sentirse, en especial en la segunda película de Webb. Y es por eso que el debate perdura, porque muchas veces confundimos lo que pensamos de las películas con sus protagonistas y en este particular caso tenemos una trilogía que contó con un gran director, capaces guionistas y una actuación buena de Tobey Maguire, enfrentando a dos películas muy falladas pero que contaban con un actor que interpretó a un Peter que ya es un héroe antes de ser mordido, cuyos poderes (como la adolescencia) no hacen más que moverle el piso, que no son más importantes que la muerte de su tío o sus padres y que tiene que reencontrarse a sí mismo mientras se descubre como Spider-Man, evitando convertirse en otra cosa, más que Peter Parker, en el trayecto.

Y sea cierto o no lo que acabo de escribir, todavía tengo un argumento más a favor de Andrew. Actuó muy bien, se metió en el personaje, hizo su tarea, fue profesional y, siendo esto lo más importante, empezó a separarse del proyecto cuando se decepcionó por la manera en que se saboteó al guión original de The Amazing Spider-Man 2. De muy mala manera, eso sí. Como todo buen fanático se puso caprochoso y furioso e hizo tremendo papelón, pero le reconozco la pasión, a su favor diré que solo alguien que de verdad ama al personaje haría esa clase de peleas, que se parecen mucho a las de: quién fue primero ¿el huevo o la gallina? y, bueno, así es como hemos llegado hasta acá.

ww_compilation_by_jasric-d7w36dgPublicado originalmente en la Revista Gorila

En diciembre de 1941 salió el octavo numero de All Star Comics donde se presentó al mundo a la Mujer Maravilla. Entonces estábamos en la Era Dorada del cómic, esa época en que justamente empezó la industria del cómic y durante la cual plantó sus raíces más sólidas mediante personajes que aun hoy son importantes y mueven la cultura al generar modas. Fue una era prolífica y joven donde vimos a coloridos, y no tan coloridos, hombres disfrazados con capas y spandex que se enfrentaban a supervillanos, ladrones, asesinos, tu hermana, y hasta nazis en revistas que se vendían, especialmente, a colegiales de siete a diecisiete años de edad. Esos fueron los tiempos que permitieron a la industria del cómic perdurar hasta el día de hoy. Claro que también fue una época en que dominaba el género masculino y que los personajes mujeres eran o una peste, o una damisela en apuros o la versión femenina de algún varón. Fue en ese contexto que William Moulton Marston creó a la Mujer Maravilla.

Marston era un psicólogo que creó un aparato que se utilizó en la construcción del primer polígrafo y que, además, estaba convencido que la mujer era más honesta y confiable que el hombre, sin contar que también era más rápida y precisa trabajadora. Marston creía que el cómic tenía grandes probabilidades educativas y quiso crear un personaje que no triunfase con puñetazos y a la fuerza, como todos los superhéroes de esos tiempos. Gracias a la sugerencia de la esposa de Marston, hoy, tenemos a la Mujer Maravilla, quien se unió a las pocas heroínas de aquellos tiempos como la Viuda Negra y Fantomah, entre unas pocas otras. De repente Marston tenía a esta chica pin-up superpoderosa con la que podía cumplir todas sus fantasías y verlas dibujadas en aventuras que él mismo escribía, donde su arquetipo de mujer perfecta mostraba todo su esplendor. La posición feminista de Marston era tan evidente que hasta llegó a poner a un villano furioso de que las mujeres ayudaran en los esfuerzos bélicos, alegando que si es que eso continuaba pronto las mujeres se darían cuenta que son más poderosas que los hombres y escaparían al dominio masculino como las amazonas de Temiscira. Lo que Marston esperaba era poder influenciar a las niñas de aquella época a ser fuertes, empoderadas y atractivas como la Mujer Maravilla, lo cual fue bastante progresista para aquella época, pese a que Gardner Fox, escritor de la Liga de la Justicia entonces, hiciera a Diana la secretaria oficial del grupo de superhéroes aun si era igual de poderosa que Superman (no está demás aclarar que Marston estaba furioso). Con todo y obstáculos, pronto la Mujer Maravilla se adjudicó, en tan solo seis meses después de su segunda aparición (esta vez en Sensation Comics #1), su propio cómic.COVER_RUN_Wonder_Woman_by_AdamHughes

La intención original de Marston era la de crear un personaje que venciese todo con amor y pese a tener la fuerza de Superman, aun pudiese ser tierna y sumisa. Casi bautizada como Suprema, la Mujer Maravilla era ese personaje al que Marston se las arreglaba para dejar atada en una suerte de bondage que aparecía en cada página del cómic. Marston después diría que de esa manera podía reducir la violencia en el cómic sin que los lectores lo notaran, a la vez que conscientemente lanzaba imágenes que podían estimular a estos lectores sexualmente, no solo con dichas imágenes sino también mediante el uso de palabras que invitaban al innuendo sexual. Sí, Marston era un fanático no-tan-secreto del bondage y pensaba que la sumisión no solo era un fuerte elemento erótico y una hermosa virtud sino, también, la única forma en que la gente del mundo lograría la paz mundial. La Mujer Maravilla que idealizaba su creador era esta poderosa y hermosa muchacha cuya presencia inspiraba en los hombres el deseo de la sumisión y la felicidad absoluta por estar esclavizados a alguien así de superior, eso sumado a que Marston intentaba entregar una trama envuelta en temáticas de justicia transformativa y el rol del arrepentimiento en la sociedad.

Todo esto generó el debate acerca de si Marston hacía esto por cachondo o por inconscientemente estimular la cachondez de la juventud y mucho se dijo al respecto, pero nada de eso lo distrajo de seguir escribiendo a la Mujer Maravilla, sea cual fuese el motivo por el que lo hacía, hasta su muerte el año 1947. Tras ello le bajarían el feminismo al personaje convirtiéndola en una sombra de lo que antes representó;  le crearon el mítico jet invisible y añadieron otros elementos pero ya estaba transformada en una heroína más clásica y menos interesante que la de Marston. Esta versión de la Mujer Maravilla tuvo vida durante la odiosa época de la creación de la Autoridad de Códigos del Cómic, nacida porque un par de gilarys le creyeron al doctor Fredric Wertham que los cómics depravaban a los jóvenes y los transformaban en delincuentes. Fue así que en lo que los monos eruditos llaman, hoy, la era de Plata del cómic, tuvimos a una Mujer Maravilla que solo era la sombra de su, antes, sidekick Steve Trevor, más preocupada del romance y estar a la moda que otra cosa. Que no está mal, pero caía mal por el cambio abrupto de una figura empoderada e independiente a todo lo contrario. Esto duró hasta 1958 cuando Harry G. Peter fue reemplazado por Ross Andru y Mike Esposito, quienes le dieron origen revisado a Diana Prince y después justificarían el cambio usando la explicación del Multiverso en la DC y que las diferentes Mujeres Maravillas vivían en universos alternativos. Pero no sería hasta allá por el 73, durante la edad de Bronce del cómic, que tras sobrevivir a una extraña decisión de quitarle los poderes a Diana y regalarle una asistente china, la Mujer Maravilla volvería a levantar el interés del público. En gran parte gracias a Gloria Steinem, quien impulsó a toda costa el retorno de la superheroína, el cual llegaría a través de una hercúlea aventura para probarle a la Liga de la Justicia (y a sus lectores) que merecía estar arriba de nuevo.

Los ochentas verían a Diana Prince retornar al status quo de la guerra, con Steve Trevor vivo, nuevamente, y el retorno de personajes de soporte como Etta Candy y el general Darnell. Por estos tiempos la Mujer Maravilla estrenaría el emblema WW en su pecho en lugar de su, ya, tradicional águila debido a el valor comercial y de mercadeo que tenía registrar el nuevo emblema como marca registrada. En 1983 Dan Mishkin y Gene Colan trajeron de vuelta a Circe a la galería de enemigos de la Mujer Maravilla pero esto no alcanzaría para salvar las cada vez más bajas ventas del cómic, que concluiría en 1986 con el matrimonio de Diana con Steve Trevor, en un final feliz que sería eliminado de la continuidad del universo DC, no mucho después, gracias a la saga Crisis en las Tierras Infinitas, con la que borraron todas las versiones de la Mujer Maravilla y se alistaron para relanzar al personaje desde cero. Este primer reboot llegó el año 87 y puso a Greg Potter y George Pérez detrás de las bambalinas del cómic Wonder Woman, pero Potter no soportaría la presión y renunciaría para el segundo número dejando a Pérez a cargo del arte y la trama y si bien en temporadas tuvo ayuda de Len Wein y Mindy Newell, se le atribuye a él todo el éxito de su corrida de 62 números en el cómic.

1289749635675Como Marston en su época, Potter y Perez planificaron a esta nueva Mujer Maravilla como una feminista, además de añadir un contexto mitológico al mundo de Diana Prince. Aquí se establecieron los cánones de Temiscira, la isla matriarcal donde Wonder Woman era una princesa enviada como emisaria al mundo del patriarcado. Esta versión de la Mujer Maravilla era lo que creo que Marston hubiera querido: excesivamente hermosa, con una eterna sonrisa y de un aire inocente debido a su corazón tierno, todo esto regalo de Afrodita, muy sabia en actos y palabras por la voluntad de Atena, poderosa y fuerte como la tierra gracias a Deméter, hermanada con el fuego por la gracia de Hestia, capaz del vuelo y la velocidad mejorada gracias a Hermes y, además, una cazadora de poderosos instintos y unión con las bestias cortesía de Artemisa. Hasta le dieron un disfraz con temática más patriótica que supieron justificar elegantemente en una historia que involucraba a la madre de Steve Trevor, quien fue envejecido y emparejado con Etta Candy para evitar que los lectores pensaran que se seguiría explorando la vida romántica de la Mujer Maravilla con Steve. Pero lo más interesante de la época de Pérez no fue este retorno a la Isla Paraíso, sino como las aventuras de la Mujer Maravilla se enfocaron en las injusticias del Olimpo mientras se adaptaba a una vida, podría decirse, de inmigrante, acondicionándose a un nuevo mundo totalmente patriarcal, que hasta le extendía el reto de un nuevo idioma, y que vencía con la ayuda de una madre e hija de nacionalidad griega que la ayudaban como traductoras. Pérez mostraba a una Diana de aparente ingenuidad que, en realidad, era una guerrera bien entrenada en entender de guerra, muerte y destrucción, optando por defender el orden bajo cualquier coste necesario. Creo que la forma más simple de resumir a la Mujer Maravilla de Pérez es describir a una mujer con inteligencia y sentido compromiso y dedicación a la par de los de Batman, pero poseedora de muchos de los límites y poderes de Superman. Este cambio en su actitud resonó junto a todos los otros cambios en su contexto, cambios que le trajeron un aire nuevo a quien apenas descubría aquel mundo al que no estaba acostumbrada, donde la gente se apresuraba a llamarla superheroína y donde su ignorancia pasaba por ingenuidad, de tal forma que el contraste que se formaba cuando se mostraba a Diana la guerrera, quien demostraba que podía llegar a ser despiadada y brutal en sus batallas, como las que sostuvo contra Ares, Circe, Cheetah y, claro, Deimos.

Después de la aclamada era Pérez llegarían William Messner-Loebs como guionista y Mike Deodato como dibujante de una era cuyos grandes logros fueron quitarle el manto de la Mujer Maravilla a Diana para dárselo a la pelirroja Artemis y, en un ardid para humanizar a Diana, hacerla trabajar vendiendo tacos en un local de comida rápida. Ya luego John Byrne seguiría ese recurso de darle el manto de la Mujer Maravilla a otra amazona, en este caso la misma madre de Diana, Hipólita, en una intrincada trama de viaje en el tiempo y ascensos divinos tras la misma muerte que retornó a la Era Dorada de la Mujer Maravilla al canon, cuando declararon que la Mujer Maravilla de esa época era la mismísima Hipólita (#omaigá). Después, Eric Luke sería el encargado de otorgarle un giro más existencial a Diana, además de darle una onda que dejaba un sabor muy parecido a  la de Superman. Por suerte esto solo duró hasta que llegó la genial etapa de Phil Jimenez, quien con dibujos que evocaban a los de Pérez y en cuya representación de la Mujer Maravilla como una mujer fuerte, independiente, sabia, leída y poderosa no solo salvaba el mundo sino que se daba tiempo de ser activista de los derechos de la mujer alrededor del mundo. Esta visión de Jimenez serviría de antecedente a lo que más tarde hizo Greg Rucka con la genial villana Veronica Cale (cuyos métodos la harían una temible adversaria en estos tiempos) y su enfoque político y moderno que mandó a los silver oldies a freír monos.

Por esos tiempos se empezó a cocinar la trama de Crisis Infinita, la cual usaría a la Mujer Maravilla para romper un tabú del universo DC. Diana le rompería el cuello a Maxwell Lord (que, bueno, se lo merecía) haciendo lo que Batman y Superman no se animaban a hacer y por lo que, luego, ellos y el mundo, la repudiarían como una asesina a sangre fría. Sus actos generarían un efecto dómino en las psiques de sus compañeros de equipo y que, tras una sucesión de eventos, dejarían a la Mujer Maravilla sola y con su patria transportada a otra dimensión. La historia de Inifinite Crisis es importante pero no en el desarrollo de la Mujer Maravilla, sino en cómo unió al versión de Pérez con la de la Era Plateada y nos mostró que Diana podía solucionar las cosas haciendo lo que fuese necesario aunque nadie lo quisiese hacer, viendo más allá de los tabúes de sus compañeros, y aun despreciada y sola seguir haciéndolo en actos tan redentores como evitar que Batman matase a Alexander Luthor Jr. o que dos Supermanes de diferentes dimensiones se matasen a trompadas. Para entonces ya estábamos en el 2006 y Allan Heinberg, junto a Terry Dodson, se preparaba para relanzar al personaje, añadiendo al disfraz el emblema visto en Kingdom Come porque ¿por qué no?

Este relanzamiento nos trajo a Donna Troy, hermana de Diana, como la nueva Mujer Maravilla mientras Diana andabaWonder_Woman_Commission_by_OverGround_EIC desaparecida y de parranda, con el mundo aun repudiándola por el asesinato de Maxwell Lord. Con el tiempo veríamos a Diana de vuelta en la acción como agente secreta del Departamento de Asuntos Metahumanos, lo cual no duró mucho pues no tardó en retomar el manto de la Mujer Maravilla. Esta época estuvo llena de decisiones de los guionistas que ofendieron a los lectores  pero encantaron a los críticos, al menos en el caso de Jodi Picoult, una novelista que dio cinco números que los fans detestaron y que en la #RedacciónGorila nos dejaron preguntándonos si es que hubiera mejorado la calidad de las historias si se le hubiera dado más tiempo. Pero los fanáticos ya estaban cansados de la irregularidad del cómic (gracias a los retrasos de entrega de Allan Heinberg) y la llegada de Gail Simone para encargarse del título solo estabilizaría las cosas a medias mientras Dan DiDio (el enemigo número 1 de los cómics y editor ejecutivo de la DC) le devolvía al cómic su numeración tradicional. Fue así que se llegó al número 600 donde colaboraron nombres importantes como Geoff Johns, George Pérez, Phil Jimenez y Amanda Conner en un número que funcionó más como un tributo, antes de que Michael Straczynski tomara las riendas, acompañado por los artistas Don Kramer y Michael Babinski, en una línea argumental donde Diana (usando un nuevo disfraz, cortesía de Jim Lee) intentaba recuperar sus memorias perdidas acerca una isla Paraíso destruida y, de esta forma, unir la realidad distorsionada con la realidad que no podía recordar. Trama continuada por Phil Hester, esta temporada no generaría especial atención en los lectores hasta su cancelación, el 2011, junto a muchos de los títulos más importantes de la DC, quienes a apuntaban a lo que ahora conocemos como los Infames 52.

Lo curioso es que si bien la mayoría de los relanzamientos de los nuevos 52 fueron de malos a pésimos y tampoco fueron bien recibidos por los lectores, el reboot de la Mujer Maravilla fue una de las mejores cosas que le pasó al título desde la tenencia de George Pérez o Phil Jimenez. Con el disfraz rediseñado, de nuevo, por Jim Lee, el poderoso escritor Brian Azzarello llegaría junto al artista Cliff Chiang para traernos muchas de las mejor escritas historias de la Mujer Maravilla, que fascinaron a los lectores por el giro oscuro y horrorífico que Azzarello le dio al personaje y sus aventuras. Diana ya no era la misma de antes y esto lo remarcó Azzarello cambiando el origen del personaje de ser una figura de arcilla que tenía vida gracias a la magia, a convertirse en la hija natural de Hipólita y Zeus. Esta historia llenó las páginas del primer arco argumental de Azzarello y dejó a los lectores satisfechos y deseosos de más. Eso mismo obtendrían de Azzarello, pues pronto brindó  otros arcos argumentales donde veíamos a Diana inmersa en un mundo cada vez más rico en mitología y personajes secundarios interesantes. Al mismo tiempo Geoff Johns escribía La Liga de la Justicia donde también aparecía la Mujer Maravilla y…sí, los fanáticos recibieron bien la interpretación de Johns del personaje, pero todos estábamos demasiados fascinados por Azzarello y Chiang como para darle bola, pues esos dos nos trajeron un mundo oscuro, poético y visualmente fascinante que nos atrapó por su poesía y complejidad.

Desde la Era Dorada del cómic que la Mujer Maravilla ha sido un personaje muy popular e icónico, particularmente para el movimiento feminista, además de poseer atributos que la pusieron en varias listas como la de los Mejores Personajes en la Historia del Cómic de la revista Empire. Diana hasta tiene su propio museo en Connecticut, donde podemos ver la mercadería con su imagen que apareció a lo largo de todos estos años, también tuvo una exitosa serie de tres temporadas donde Lynda Carter interpretó a una heroína más parecida a las versiones de Marston con algo de la de Pérez (aunque es más correcto decir que la de Peréz tiene algo de Lynda Carter) y, pronto, aparecerá por primera vez en el universo cinematográfico de la DC, encarnada por Gal Gadot.

A la Mujer Maravilla se la ha interpretado de varias formas y desde numerosos ángulos. Muchos lectores y lectoras se identificaron con la propaganda americana que el cómic exhibió durante la Segunda Guerra Mundial, otros quedaron prendados con el mensaje sexual implícito por Marston, otros la seguirían por la trama y actitud balanceada que Pérez le tumblr_muorc8Id3s1qfn8gbo1_500supo dar, solo superado por Azzarello y su horror poético, mientras que otros se irían más por la sensualidad con que fue retratada por los muchos artistas que la dibujaron desde su creación, pero sea cual fuere el caso lo importante de este personaje es que, de una forma u otra, quedó asentada en nosotros una personaje que nació del deseo de Marston de crear un modelo de fortaleza femenina, un ejemplo de que la mujer moderna podía ser empoderada, que podía sobrevivir y triunfar en el mundo monopolizado por el género masculino. Y era, es y será refrescante saber que mientras Superman fue creado como un ardid de ciencia ficción que batallaba contra el sentimiento de impotencia ante los más fuertes y Batman era ese detective escapado (y copiado) de los cómics pulp para instalarse en el universo de ese superhombre, solo probar que sin ser invulnerable podía patear traseros; pero la Mujer Maravilla no fue creada con los mismos conceptos e intenciones de esos dos héroes, la Mujer Maravilla le debe todo no a la Segunda Guerra Mundial, ni a batallar contra estereotipados enemigos de Estados Unidos sino a ser un ícono feminista de empoderamiento de la mujer, cuya historia de publicación y la, actual, falla de representarla en cine o televisión se traducen en el fracaso de la representación de la mujer y el matriarcado como algo factible y no desdeñado sin más.

Ese es un fracaso fuerte que termina por remontarse a su creador, Marston, quien se describía a sí mismo como feminista y estaba casado con Elizabeth Holloway, la mujer que inspiró la mayoría de los aspectos de la Mujer Maravilla y que le sugirió a su esposo que el héroe que creaba tenía que ser heroína. Holloway y Marston eran progresistas de su época y sus vidas privadas le costaron la reputación académica a Marston, pero todo ello contribuyó a que la presencia de la Mujer Maravilla haya sobrevivido incluso a los periodos de malos escritores. Todo este proceso con que Marston quiso reeducar a la juventud terminaría con su muerte y la renuencia de la DC de contratar a su obvia sucesora y esposa Elizabeth Holloway, que no podemos decir que fue un error pero basándonos en la baja calidad que tuvo el cómic hasta la llegada de Peréz, creo que nos gustaría pensar en todo lo que una mujer como Holloway podría haber logrado con una mujer como Diana. Pero ni modo, todo por lo que había luchado Marston con su personaje desapareció en las manos de Robert Kanigher, primer sucesor de Marston, y tuvimos que esperar a que George Pérez le devolviera la gloria a este personaje. Actualmente seguimos luchando para que la Mujer Maravilla sea bien representada en cualquier medio en que se les ocurra colocarla y hasta ahora las series animadas van ganando por goleada. La pregunta que perdura es si es que la versión encarnada por Gal Gadot logrará mostrarnos lo que la Furiosa de George Miller y Charlize Theron nos mostró, haciendo honor a este gran personaje de la DC.

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