ww_compilation_by_jasric-d7w36dgPublicado originalmente en la Revista Gorila

En diciembre de 1941 salió el octavo numero de All Star Comics donde se presentó al mundo a la Mujer Maravilla. Entonces estábamos en la Era Dorada del cómic, esa época en que justamente empezó la industria del cómic y durante la cual plantó sus raíces más sólidas mediante personajes que aun hoy son importantes y mueven la cultura al generar modas. Fue una era prolífica y joven donde vimos a coloridos, y no tan coloridos, hombres disfrazados con capas y spandex que se enfrentaban a supervillanos, ladrones, asesinos, tu hermana, y hasta nazis en revistas que se vendían, especialmente, a colegiales de siete a diecisiete años de edad. Esos fueron los tiempos que permitieron a la industria del cómic perdurar hasta el día de hoy. Claro que también fue una época en que dominaba el género masculino y que los personajes mujeres eran o una peste, o una damisela en apuros o la versión femenina de algún varón. Fue en ese contexto que William Moulton Marston creó a la Mujer Maravilla.

Marston era un psicólogo que creó un aparato que se utilizó en la construcción del primer polígrafo y que, además, estaba convencido que la mujer era más honesta y confiable que el hombre, sin contar que también era más rápida y precisa trabajadora. Marston creía que el cómic tenía grandes probabilidades educativas y quiso crear un personaje que no triunfase con puñetazos y a la fuerza, como todos los superhéroes de esos tiempos. Gracias a la sugerencia de la esposa de Marston, hoy, tenemos a la Mujer Maravilla, quien se unió a las pocas heroínas de aquellos tiempos como la Viuda Negra y Fantomah, entre unas pocas otras. De repente Marston tenía a esta chica pin-up superpoderosa con la que podía cumplir todas sus fantasías y verlas dibujadas en aventuras que él mismo escribía, donde su arquetipo de mujer perfecta mostraba todo su esplendor. La posición feminista de Marston era tan evidente que hasta llegó a poner a un villano furioso de que las mujeres ayudaran en los esfuerzos bélicos, alegando que si es que eso continuaba pronto las mujeres se darían cuenta que son más poderosas que los hombres y escaparían al dominio masculino como las amazonas de Temiscira. Lo que Marston esperaba era poder influenciar a las niñas de aquella época a ser fuertes, empoderadas y atractivas como la Mujer Maravilla, lo cual fue bastante progresista para aquella época, pese a que Gardner Fox, escritor de la Liga de la Justicia entonces, hiciera a Diana la secretaria oficial del grupo de superhéroes aun si era igual de poderosa que Superman (no está demás aclarar que Marston estaba furioso). Con todo y obstáculos, pronto la Mujer Maravilla se adjudicó, en tan solo seis meses después de su segunda aparición (esta vez en Sensation Comics #1), su propio cómic.COVER_RUN_Wonder_Woman_by_AdamHughes

La intención original de Marston era la de crear un personaje que venciese todo con amor y pese a tener la fuerza de Superman, aun pudiese ser tierna y sumisa. Casi bautizada como Suprema, la Mujer Maravilla era ese personaje al que Marston se las arreglaba para dejar atada en una suerte de bondage que aparecía en cada página del cómic. Marston después diría que de esa manera podía reducir la violencia en el cómic sin que los lectores lo notaran, a la vez que conscientemente lanzaba imágenes que podían estimular a estos lectores sexualmente, no solo con dichas imágenes sino también mediante el uso de palabras que invitaban al innuendo sexual. Sí, Marston era un fanático no-tan-secreto del bondage y pensaba que la sumisión no solo era un fuerte elemento erótico y una hermosa virtud sino, también, la única forma en que la gente del mundo lograría la paz mundial. La Mujer Maravilla que idealizaba su creador era esta poderosa y hermosa muchacha cuya presencia inspiraba en los hombres el deseo de la sumisión y la felicidad absoluta por estar esclavizados a alguien así de superior, eso sumado a que Marston intentaba entregar una trama envuelta en temáticas de justicia transformativa y el rol del arrepentimiento en la sociedad.

Todo esto generó el debate acerca de si Marston hacía esto por cachondo o por inconscientemente estimular la cachondez de la juventud y mucho se dijo al respecto, pero nada de eso lo distrajo de seguir escribiendo a la Mujer Maravilla, sea cual fuese el motivo por el que lo hacía, hasta su muerte el año 1947. Tras ello le bajarían el feminismo al personaje convirtiéndola en una sombra de lo que antes representó;  le crearon el mítico jet invisible y añadieron otros elementos pero ya estaba transformada en una heroína más clásica y menos interesante que la de Marston. Esta versión de la Mujer Maravilla tuvo vida durante la odiosa época de la creación de la Autoridad de Códigos del Cómic, nacida porque un par de gilarys le creyeron al doctor Fredric Wertham que los cómics depravaban a los jóvenes y los transformaban en delincuentes. Fue así que en lo que los monos eruditos llaman, hoy, la era de Plata del cómic, tuvimos a una Mujer Maravilla que solo era la sombra de su, antes, sidekick Steve Trevor, más preocupada del romance y estar a la moda que otra cosa. Que no está mal, pero caía mal por el cambio abrupto de una figura empoderada e independiente a todo lo contrario. Esto duró hasta 1958 cuando Harry G. Peter fue reemplazado por Ross Andru y Mike Esposito, quienes le dieron origen revisado a Diana Prince y después justificarían el cambio usando la explicación del Multiverso en la DC y que las diferentes Mujeres Maravillas vivían en universos alternativos. Pero no sería hasta allá por el 73, durante la edad de Bronce del cómic, que tras sobrevivir a una extraña decisión de quitarle los poderes a Diana y regalarle una asistente china, la Mujer Maravilla volvería a levantar el interés del público. En gran parte gracias a Gloria Steinem, quien impulsó a toda costa el retorno de la superheroína, el cual llegaría a través de una hercúlea aventura para probarle a la Liga de la Justicia (y a sus lectores) que merecía estar arriba de nuevo.

Los ochentas verían a Diana Prince retornar al status quo de la guerra, con Steve Trevor vivo, nuevamente, y el retorno de personajes de soporte como Etta Candy y el general Darnell. Por estos tiempos la Mujer Maravilla estrenaría el emblema WW en su pecho en lugar de su, ya, tradicional águila debido a el valor comercial y de mercadeo que tenía registrar el nuevo emblema como marca registrada. En 1983 Dan Mishkin y Gene Colan trajeron de vuelta a Circe a la galería de enemigos de la Mujer Maravilla pero esto no alcanzaría para salvar las cada vez más bajas ventas del cómic, que concluiría en 1986 con el matrimonio de Diana con Steve Trevor, en un final feliz que sería eliminado de la continuidad del universo DC, no mucho después, gracias a la saga Crisis en las Tierras Infinitas, con la que borraron todas las versiones de la Mujer Maravilla y se alistaron para relanzar al personaje desde cero. Este primer reboot llegó el año 87 y puso a Greg Potter y George Pérez detrás de las bambalinas del cómic Wonder Woman, pero Potter no soportaría la presión y renunciaría para el segundo número dejando a Pérez a cargo del arte y la trama y si bien en temporadas tuvo ayuda de Len Wein y Mindy Newell, se le atribuye a él todo el éxito de su corrida de 62 números en el cómic.

1289749635675Como Marston en su época, Potter y Perez planificaron a esta nueva Mujer Maravilla como una feminista, además de añadir un contexto mitológico al mundo de Diana Prince. Aquí se establecieron los cánones de Temiscira, la isla matriarcal donde Wonder Woman era una princesa enviada como emisaria al mundo del patriarcado. Esta versión de la Mujer Maravilla era lo que creo que Marston hubiera querido: excesivamente hermosa, con una eterna sonrisa y de un aire inocente debido a su corazón tierno, todo esto regalo de Afrodita, muy sabia en actos y palabras por la voluntad de Atena, poderosa y fuerte como la tierra gracias a Deméter, hermanada con el fuego por la gracia de Hestia, capaz del vuelo y la velocidad mejorada gracias a Hermes y, además, una cazadora de poderosos instintos y unión con las bestias cortesía de Artemisa. Hasta le dieron un disfraz con temática más patriótica que supieron justificar elegantemente en una historia que involucraba a la madre de Steve Trevor, quien fue envejecido y emparejado con Etta Candy para evitar que los lectores pensaran que se seguiría explorando la vida romántica de la Mujer Maravilla con Steve. Pero lo más interesante de la época de Pérez no fue este retorno a la Isla Paraíso, sino como las aventuras de la Mujer Maravilla se enfocaron en las injusticias del Olimpo mientras se adaptaba a una vida, podría decirse, de inmigrante, acondicionándose a un nuevo mundo totalmente patriarcal, que hasta le extendía el reto de un nuevo idioma, y que vencía con la ayuda de una madre e hija de nacionalidad griega que la ayudaban como traductoras. Pérez mostraba a una Diana de aparente ingenuidad que, en realidad, era una guerrera bien entrenada en entender de guerra, muerte y destrucción, optando por defender el orden bajo cualquier coste necesario. Creo que la forma más simple de resumir a la Mujer Maravilla de Pérez es describir a una mujer con inteligencia y sentido compromiso y dedicación a la par de los de Batman, pero poseedora de muchos de los límites y poderes de Superman. Este cambio en su actitud resonó junto a todos los otros cambios en su contexto, cambios que le trajeron un aire nuevo a quien apenas descubría aquel mundo al que no estaba acostumbrada, donde la gente se apresuraba a llamarla superheroína y donde su ignorancia pasaba por ingenuidad, de tal forma que el contraste que se formaba cuando se mostraba a Diana la guerrera, quien demostraba que podía llegar a ser despiadada y brutal en sus batallas, como las que sostuvo contra Ares, Circe, Cheetah y, claro, Deimos.

Después de la aclamada era Pérez llegarían William Messner-Loebs como guionista y Mike Deodato como dibujante de una era cuyos grandes logros fueron quitarle el manto de la Mujer Maravilla a Diana para dárselo a la pelirroja Artemis y, en un ardid para humanizar a Diana, hacerla trabajar vendiendo tacos en un local de comida rápida. Ya luego John Byrne seguiría ese recurso de darle el manto de la Mujer Maravilla a otra amazona, en este caso la misma madre de Diana, Hipólita, en una intrincada trama de viaje en el tiempo y ascensos divinos tras la misma muerte que retornó a la Era Dorada de la Mujer Maravilla al canon, cuando declararon que la Mujer Maravilla de esa época era la mismísima Hipólita (#omaigá). Después, Eric Luke sería el encargado de otorgarle un giro más existencial a Diana, además de darle una onda que dejaba un sabor muy parecido a  la de Superman. Por suerte esto solo duró hasta que llegó la genial etapa de Phil Jimenez, quien con dibujos que evocaban a los de Pérez y en cuya representación de la Mujer Maravilla como una mujer fuerte, independiente, sabia, leída y poderosa no solo salvaba el mundo sino que se daba tiempo de ser activista de los derechos de la mujer alrededor del mundo. Esta visión de Jimenez serviría de antecedente a lo que más tarde hizo Greg Rucka con la genial villana Veronica Cale (cuyos métodos la harían una temible adversaria en estos tiempos) y su enfoque político y moderno que mandó a los silver oldies a freír monos.

Por esos tiempos se empezó a cocinar la trama de Crisis Infinita, la cual usaría a la Mujer Maravilla para romper un tabú del universo DC. Diana le rompería el cuello a Maxwell Lord (que, bueno, se lo merecía) haciendo lo que Batman y Superman no se animaban a hacer y por lo que, luego, ellos y el mundo, la repudiarían como una asesina a sangre fría. Sus actos generarían un efecto dómino en las psiques de sus compañeros de equipo y que, tras una sucesión de eventos, dejarían a la Mujer Maravilla sola y con su patria transportada a otra dimensión. La historia de Inifinite Crisis es importante pero no en el desarrollo de la Mujer Maravilla, sino en cómo unió al versión de Pérez con la de la Era Plateada y nos mostró que Diana podía solucionar las cosas haciendo lo que fuese necesario aunque nadie lo quisiese hacer, viendo más allá de los tabúes de sus compañeros, y aun despreciada y sola seguir haciéndolo en actos tan redentores como evitar que Batman matase a Alexander Luthor Jr. o que dos Supermanes de diferentes dimensiones se matasen a trompadas. Para entonces ya estábamos en el 2006 y Allan Heinberg, junto a Terry Dodson, se preparaba para relanzar al personaje, añadiendo al disfraz el emblema visto en Kingdom Come porque ¿por qué no?

Este relanzamiento nos trajo a Donna Troy, hermana de Diana, como la nueva Mujer Maravilla mientras Diana andabaWonder_Woman_Commission_by_OverGround_EIC desaparecida y de parranda, con el mundo aun repudiándola por el asesinato de Maxwell Lord. Con el tiempo veríamos a Diana de vuelta en la acción como agente secreta del Departamento de Asuntos Metahumanos, lo cual no duró mucho pues no tardó en retomar el manto de la Mujer Maravilla. Esta época estuvo llena de decisiones de los guionistas que ofendieron a los lectores  pero encantaron a los críticos, al menos en el caso de Jodi Picoult, una novelista que dio cinco números que los fans detestaron y que en la #RedacciónGorila nos dejaron preguntándonos si es que hubiera mejorado la calidad de las historias si se le hubiera dado más tiempo. Pero los fanáticos ya estaban cansados de la irregularidad del cómic (gracias a los retrasos de entrega de Allan Heinberg) y la llegada de Gail Simone para encargarse del título solo estabilizaría las cosas a medias mientras Dan DiDio (el enemigo número 1 de los cómics y editor ejecutivo de la DC) le devolvía al cómic su numeración tradicional. Fue así que se llegó al número 600 donde colaboraron nombres importantes como Geoff Johns, George Pérez, Phil Jimenez y Amanda Conner en un número que funcionó más como un tributo, antes de que Michael Straczynski tomara las riendas, acompañado por los artistas Don Kramer y Michael Babinski, en una línea argumental donde Diana (usando un nuevo disfraz, cortesía de Jim Lee) intentaba recuperar sus memorias perdidas acerca una isla Paraíso destruida y, de esta forma, unir la realidad distorsionada con la realidad que no podía recordar. Trama continuada por Phil Hester, esta temporada no generaría especial atención en los lectores hasta su cancelación, el 2011, junto a muchos de los títulos más importantes de la DC, quienes a apuntaban a lo que ahora conocemos como los Infames 52.

Lo curioso es que si bien la mayoría de los relanzamientos de los nuevos 52 fueron de malos a pésimos y tampoco fueron bien recibidos por los lectores, el reboot de la Mujer Maravilla fue una de las mejores cosas que le pasó al título desde la tenencia de George Pérez o Phil Jimenez. Con el disfraz rediseñado, de nuevo, por Jim Lee, el poderoso escritor Brian Azzarello llegaría junto al artista Cliff Chiang para traernos muchas de las mejor escritas historias de la Mujer Maravilla, que fascinaron a los lectores por el giro oscuro y horrorífico que Azzarello le dio al personaje y sus aventuras. Diana ya no era la misma de antes y esto lo remarcó Azzarello cambiando el origen del personaje de ser una figura de arcilla que tenía vida gracias a la magia, a convertirse en la hija natural de Hipólita y Zeus. Esta historia llenó las páginas del primer arco argumental de Azzarello y dejó a los lectores satisfechos y deseosos de más. Eso mismo obtendrían de Azzarello, pues pronto brindó  otros arcos argumentales donde veíamos a Diana inmersa en un mundo cada vez más rico en mitología y personajes secundarios interesantes. Al mismo tiempo Geoff Johns escribía La Liga de la Justicia donde también aparecía la Mujer Maravilla y…sí, los fanáticos recibieron bien la interpretación de Johns del personaje, pero todos estábamos demasiados fascinados por Azzarello y Chiang como para darle bola, pues esos dos nos trajeron un mundo oscuro, poético y visualmente fascinante que nos atrapó por su poesía y complejidad.

Desde la Era Dorada del cómic que la Mujer Maravilla ha sido un personaje muy popular e icónico, particularmente para el movimiento feminista, además de poseer atributos que la pusieron en varias listas como la de los Mejores Personajes en la Historia del Cómic de la revista Empire. Diana hasta tiene su propio museo en Connecticut, donde podemos ver la mercadería con su imagen que apareció a lo largo de todos estos años, también tuvo una exitosa serie de tres temporadas donde Lynda Carter interpretó a una heroína más parecida a las versiones de Marston con algo de la de Pérez (aunque es más correcto decir que la de Peréz tiene algo de Lynda Carter) y, pronto, aparecerá por primera vez en el universo cinematográfico de la DC, encarnada por Gal Gadot.

A la Mujer Maravilla se la ha interpretado de varias formas y desde numerosos ángulos. Muchos lectores y lectoras se identificaron con la propaganda americana que el cómic exhibió durante la Segunda Guerra Mundial, otros quedaron prendados con el mensaje sexual implícito por Marston, otros la seguirían por la trama y actitud balanceada que Pérez le tumblr_muorc8Id3s1qfn8gbo1_500supo dar, solo superado por Azzarello y su horror poético, mientras que otros se irían más por la sensualidad con que fue retratada por los muchos artistas que la dibujaron desde su creación, pero sea cual fuere el caso lo importante de este personaje es que, de una forma u otra, quedó asentada en nosotros una personaje que nació del deseo de Marston de crear un modelo de fortaleza femenina, un ejemplo de que la mujer moderna podía ser empoderada, que podía sobrevivir y triunfar en el mundo monopolizado por el género masculino. Y era, es y será refrescante saber que mientras Superman fue creado como un ardid de ciencia ficción que batallaba contra el sentimiento de impotencia ante los más fuertes y Batman era ese detective escapado (y copiado) de los cómics pulp para instalarse en el universo de ese superhombre, solo probar que sin ser invulnerable podía patear traseros; pero la Mujer Maravilla no fue creada con los mismos conceptos e intenciones de esos dos héroes, la Mujer Maravilla le debe todo no a la Segunda Guerra Mundial, ni a batallar contra estereotipados enemigos de Estados Unidos sino a ser un ícono feminista de empoderamiento de la mujer, cuya historia de publicación y la, actual, falla de representarla en cine o televisión se traducen en el fracaso de la representación de la mujer y el matriarcado como algo factible y no desdeñado sin más.

Ese es un fracaso fuerte que termina por remontarse a su creador, Marston, quien se describía a sí mismo como feminista y estaba casado con Elizabeth Holloway, la mujer que inspiró la mayoría de los aspectos de la Mujer Maravilla y que le sugirió a su esposo que el héroe que creaba tenía que ser heroína. Holloway y Marston eran progresistas de su época y sus vidas privadas le costaron la reputación académica a Marston, pero todo ello contribuyó a que la presencia de la Mujer Maravilla haya sobrevivido incluso a los periodos de malos escritores. Todo este proceso con que Marston quiso reeducar a la juventud terminaría con su muerte y la renuencia de la DC de contratar a su obvia sucesora y esposa Elizabeth Holloway, que no podemos decir que fue un error pero basándonos en la baja calidad que tuvo el cómic hasta la llegada de Peréz, creo que nos gustaría pensar en todo lo que una mujer como Holloway podría haber logrado con una mujer como Diana. Pero ni modo, todo por lo que había luchado Marston con su personaje desapareció en las manos de Robert Kanigher, primer sucesor de Marston, y tuvimos que esperar a que George Pérez le devolviera la gloria a este personaje. Actualmente seguimos luchando para que la Mujer Maravilla sea bien representada en cualquier medio en que se les ocurra colocarla y hasta ahora las series animadas van ganando por goleada. La pregunta que perdura es si es que la versión encarnada por Gal Gadot logrará mostrarnos lo que la Furiosa de George Miller y Charlize Theron nos mostró, haciendo honor a este gran personaje de la DC.

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MAD_MAX_INSPIRED_ARTISTSOriginalmente publicado en la página de la Revista Gorila.

Estamos cansados de tanto remake y reboot. De verdad, consíganse algún creativo x y empiecen a sacar otra cosa que no sean los remakes, reboots o todavía más películas de superhéroes. No nos malentiendan, en la #RedacciónGorila somos fanáticos de los superhéroes, especialmente de esa obra maestra llamada Capitán America: El Soldado de Invierno, pero también somos capaces de reconocer que el cine anda estancándose en un ciclo que no promete ser provechoso. Incluso el Maestro así lo dijo, claro que sin el amor a los superhéroes.

Pero nunca tuvimos una sola duda de que George Miller reinventando a Max Rockatansky era una de las ideas más madmax-fury-road-brides-hardyestupendas de la vida. Tan solo tienen que ver la trilogía original (o ver el especial sobre Mad Max de la Revista Gorila) para comprenderlo. Miller, en Mad Max, nos entregó tres películas muy distintas entre sí que propusieron diferentes aspectos de una sola visión post-apocalíptica, misma que luego sería citada como la influencia de un gazillón de otras películas. Y ese es un récord que solo el mismísimo #BigGorila y unos pocos otros han logrado. Por todo eso nunca tuvimos una sola duda de que solo Miller podía superar a Miller. Y el tiempo ha probado que estábamos en lo correcto.

Alejado ya, Miller, del magro presupuesto de 356,000 dolarucos que tuvo la primera película sobre Mad Max y bordeando esa suma trescientas veces aumentada (sin contar la inflación, claro), es inevitable notar que cualquiera que haya sido la suma es poco precio para tan buena inversión, que resultó en 120 minutos de pura adrenalina, caos y violencia. Una película atrapante y aterradora que en pocas palabras nos entrega una historia bien narrada, bien pensada, genialmente planteada y todavía mejor realizada. Tomando el manto de Mel Gibson, Tom Hardy ha probado ser un Max más estoico pero mil veces más intenso. Expresivo y sutil, el papá Hardy siempre da impresionantes actuaciones, dignas de una Banana de Oro, pero en Mad Max su interpretación nos ayuda a digerir los cuantiosos detalles del mundo post-apocalíptico donde las caseritas venden leche materna y la alcaldía te dice que el agua es adictiva. Acompañado de un gran grupo de mujeres, Max emprende una persecución larga e intensa donde una formula se repite y repite, pero arreglándosela para sorprendernos con su visión y creatividad en cada reiteración de la formula. Y si bien, para horror de Aaron Clarey, la película es feminista ¿cúal sería el problema con eso? Para nosotros ninguno. En realidad, todo lo contrario: nos encanta.

Aun entre tanta calidad en las interpretaciones de Hardy, Theron, Hoult, Keough y Gale, el más memorable es Keays-Byrne, viejo conocido de las películas de Mad Max, con su grotesco, brutal y ligeramente basado en Ron L. Hubbard, personaje llamado Inmortan Joe, rey y tirano de la Citadela que le saco jugó a las películas de Thor y con eso tuvo para vivir comomad_max_fury_road_immortan_joe_by_maltian-d89hlf8 caficho pese a estar varado en un mundo de #@!. Los diferentes aspectos de los personajes se complementan con la apariencia de la película y todos los juegos gráficos y de colores que se manda Miller junto a la acertada y capa decisión de utilizar poco CGI y grabar las escenas de la forma más real posible durante 120 locos días en medio de paisajes desérticos de Australia y Sud África. Es, probablemente, la mejor película de acción que vemos después de mucho tiempo y todo en la película ayuda a que este sentimiento se intensifique, ya sean los diseños de los autos y atuendos, las estrategias que utilizan los distintos personajes a lo largo de la película o el suspenso, uno no desprende los ojos, en especial cuando están Theron o Hardy en pantalla.

De hecho que ya nos parecía raro que el buen George se nos hubiese puesto tan suave con Babe y Happy Feet, pero ahora hemos comprendido que toda la mala onda se la estaba guardando para esta película, una mala onda grotesca, morbosa y brutal que se expresa en explosiones irracionales de testosterona, violencia y adrenalina complementadas con todo el estrógeno de las mujeres que se prueban grandes guerreras y dignas supervivientes, gracias a las que se puede decir que este film tiene mucho de feminista. Bueno, eso y que Eve Ensler ayudó a pulir el guión. No subestimen a Theron que su Imperator Furiosa pronto será llamada a un #versus contra ellen Ripley y/o Sarah Connor y podemos afirmarles que Furiosa está muy a la altura del reto.

Con todo, Fury Road no solo es una película entretenida y emocionante sino que es un respiro para los fanáticos de Mad Max y del cine en general, pues nos trae algo que se siente fresco y más visionario que producciones de gente mucho más joven que George Miller, sin dejar de respetar nuestra nostalgia por el personaje titular y su mundo con el que muchos hemos crecido abrazando la locura en que está inmerso. Lo último que podemos decir es que si quieren refresquen la memoria de la trilogía original (así o así), pero que no pueden dejar de apresurarse en ir a ver Mad Max: Fury Road, aprobada por la #RedacciónGorila y recomendada por el mismísimo Mel Gibson.

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Cantar por cantar

Publicado: abril 14, 2015 en Zopilotadas
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Cantar por cantar. Nunca ha sido así, al menos para mí que desde que tengo memoria el canto ha estado asociado a las pocas mañanas calurosas de Potosí, sentado con el sol quemándome la espalda y la cara bondadosa de Hortensia Villena delante mío, mientras sus manos manipulaban las tazas de té y los platillos con pan y mantequilla que había preparado el doctor Gustavo Sánchez momentos atrás. Lo asocio porque ni bien terminaba esos desayunos tardíos, me quedaba inquieto y aburrido y la pobre Hortensia tenía que buscar una forma de distraer al crío que tenía a su cuidado.

Pero los chistes picantes, las historias tristes, las tramas de sus telenovelas, las críticas amables, los reproches censurados, la mirada brillante de orgullo, las justificaciones dolorosas, las pasivo-agresiones defensivas, los juegos y frases privadas y hasta las peleas, que nunca nos involucraban a nosotros dos sino a ese amplio universo de los otros que estaban más allá de la salvación, pero que seguían siendo importantes en nuestros universos entrelazados, todo eso vino después. Cuando yo no era más que un crío, en las mañanas soleadas de Potosí, durante esa época en que recién aprendía a hablar (o quizá un poco después, es posible que la nostalgia me esté traicionando), Hortensia me enseñó a cantar.

No fue una sola mañana, pero tampoco creo que hayan sido miles. Creo que fueron muchos momentos en que Hortensia se sentaba y cantaba, con su voz suavita, temas infantiles que repasaba en mi cabeza cuando no los cantaba (para entenderlos), pero que cuando lo hacía, cuando cantaba, era con todos los sentidos puestos en ello. Hortensia aplaudía y reía, cantaba también, de pronto le entraba ese su humor negro (que escondía muy bien de los demás) y cantaba una canción triste que hacía llorar a sus hijos de pequeños pero que a mí me causaba solo una tantita pena (sería poco después que descubriría cuál era la canción para causar la lagrimera. Y ahí sí que me enteré que todos cojeamos de alguna pata). Con todo eran momentos felices, de los más felices que uno puede pedir. Momentos donde lo importante es cantar esas canciones que decían mil cosas, que contaban historias, canciones de ritmos que los niños hallaban alegres, canciones sencillas que cantaba esta mujer cada vez que podía hacerlo con su nieto. Y hasta el final lo haría. Cantaría para y con él, le regalaría el recuerdo de esa felicidad que terminó asociada en mi cabeza por lo que podría llamarse para siempre. Se convirtió en una presencia habitando la acción de cantar.

Por eso fue duro que primero se fueran las palabras, luego los tonos, después la vida. Fue duro que no pudiese darle todas las historias que quise contar, un poco para pagar las muchas historias que escuché de ella, pero también porque fue duro notar lo pequeño que un universo se puede hacer. Como si perdieses a un dios, dándome cuenta que ahora el canto se convertirá en un rezo y eso me repugna un poco. Después recuerdo que la ficción necesita de una trama y elijo cantar, ya no por cantar, ni convencido de prejuicios del pensamiento, pero si para seguir haciéndolo como antes: un poco en serio, un poco en chiste, un poco bien, demasiado mal, un poco sin motivo y otro poco recordando a mi abuelita. Pues, se marcha la cantora pero no el canto.

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Las calles atiborradas de juventud se empapaban en la guerra encarnizada que cada año se repetía en las vísperas de carnaval. Armados de chisguetes, baldes y globos con agua que inflaban en sus casas, o que compraban a las caseritas astutamente apostadas en cada esquina, bien cargadas con bolsas llenas de globos o tarros de espuma sintética que le daban esa coloración blanca a los empapados heridos de la batalla.

Era puro caos. No teniendo uniformes, ni bandos concretos más allá del casual o el formado por afinidad, en aquella guerra las balas bien podían ser apuntadas al grupo de gente en la acera de enfrente, o a los que se paraban a lado tuyo, incluso a los osados jinetes de camionetas que lanzaban sus globos a todos los viandantes, expuestos a los contraataques de los atacados. La avenida de las Américas no tenía mucho tiempo de vida, aun menos como punto de encuentro popular en la ciudad, pero había reemplazado a la plaza principal como escenario de esa, ya tradicional, guerra carnavalera.

Mes y medio antes de la fecha festiva, los más jóvenes salían bien armados hacia aquel nuevo punto de encuentro y auspiciados por un sol jubiloso buscaban víctimas para sus municiones de agua, prefiriendo empapar a chicas mientras más jóvenes y hermosas mejor, pero que llegado el momento de la verdad no había discriminación, especialmente cuando las chicas abandonaban el reparo tonto de las víctimas y se unían a la guerra, demostrándose en ocasiones guerreras más eficaces y certeras. Las tardes de enero y febrero se convertían en riñas plagadas de carcajadas y gritos en los labios y voces de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que festejaban la llegada del carnaval. Era bien sabido que a medida que la fecha esperada se acercaba, nuevos elementos se iban incorporando a estos festejos. Primero se empezaba con pocos globos pensados para víctimas selectas, después aparecían chisguetes como para contrarrestar el aumento de esos globos, ya de ahí era una seguidilla de espumas, baldazos, trago, bandas de música y gente que convertían la avenida de las Américas en intransitable.

Eran vísperas del carnaval de aquel año, pero nada parecía muy distinto. Hoy recordamos ese episodio como una anécdota simbólica de todo lo que nos pasó después, seguros de que, efectivamente, pasó pero inseguros de porqué quisimos ignorarlo y hasta asertivos de que de haber sido otra la historia…pero cada quien ha sabido sacar su propia moraleja de lo dicho y de lo acaecido. Sucedió así: fue una tarde más, el sol no brillaba mucho pero su ola de calor era obvia en lo ligeros de ropa que andaban todos. De aquí a allá se veía más piel que telas, y cuentan que por mucho que el calor no era nada que los nativos de esa ciudad no pudiesen manejar, sí era una invitación a disfrutar una cerveza helada, porque todos sabían que al calor del sol nada tiene mejor sabor que eso. Faltaban apenas días para el carnaval, pero un observador ajeno habría pensado que aquel era el mismísimo día festivo. No podría culpársele, si de lleno se encontraba la avenida atiborrada de gente en ambas aceras, separadas por un hermoso paseo peatonal, una avenida donde podían verse a los bandos lanzando globos y gritando como locos al compás de cantos y bailes. En el ambiente los ruidos más comunes eran los de los globos golpeando puertas de fierro, madera, latón, o estrellándose contra el suelo y las paredes si acaso fallaban, pero también podían escucharse los alaridos de las chicas perseguidas por una ruda mayoría masculina, las voces roncas de risa de muchachos bien metidos en el romance de esa guerra, el silbido de los globos surcando el aire, las bocinas de los autos, la música con que trompetas , trombones, platillos y tambores amenizaban los ruidosos sorbos con que hasta los más jóvenes consumían sus cervezas, amén de los refunfuños rabiosos en que los ajenos a esa guerra declaraban al país como una mierda.

La avenida era larga para los estándares de esa ciudad. Originalmente gris, el paso del tiempo había poblado los barrios circundantes de tal forma, que cuando una familia endeudada hasta la médula se hizo millonaria poniendo un negocio de pollos en ella, pronto una fiebre sin igual se apropió de los ciudadanos, quienes se apresuraron a adquirir propiedades en las cercanías de la avenida de las Américas, mismas que pronto dejaron el gris y el blanco con que habían sido edificadas y fueron pintarrajeadas según el negocio que ahí se abriría. A lo largo de los años, hasta que llegó la ruina que destruyó el espíritu de esa ciudad, la avenida de las Américas vio desfilar los colores de un sinfín de negocios, que en su mayoría fueron locales de comida que competían encarnizadamente para cerrarse los unos a los otros, a tal punto que un día, mucho después de lo que les cuento, estalló ese episodio curioso que los más bromistas llamaron la Guerra de las Frituras pero que los economistas más avezados nombraron la Metáfora del Fin, cuando la analizaron a la luz de las ruinas de nuestro país muerto y finiquitado. Pero en ese entonces, durante aquel carnaval que les narro, la avenida estaba en el punto más alto desde su creación hasta su fin. Los negocios trajeron carteles comerciales enormes y brillantes que dieron luz a la oscuridad tan célebre del lugar, donde por muchos años prosperó la criminalidad que haría tan famosa a una avenida que luego fue conocida como faro de esperanza del desarrollo económico de una ciudad, hasta del país. El resto de las luces las puso alguna de las muchas corruptas gestiones de la alcaldía local, y a medida que la avenida ganaba popularidad comenzaron a llegar más adornos para acompañar las luces naranjas de los postes y la iluminación de los carteles donde predominaba el rojo, el blanco y el amarillo. Luces que bañaban el guindo suave de los mosaicos del paseo que la alcaldía puso al justo medio de la avenida y que, de alguna forma extraña, combinó bien con el plomo de la calle y sus rayas blancas que delineaban las indicaciones de tráfico. Aquel día, sin embargo, todos aquellos colores se veían oscurecidos al estar bañados en el agua de los baldazos derramados y los proyectiles fallidos, a eso se sumaban no solo los colores de las ropas de los luchadores, o las chillonas estelas aéreas que dejaban los globos rosados, naranjas, blancos, negros, rojos, azules, celestes, amarillos, púrpuras y verdes, sino que también entraba en aquel óleo el color moreno, blanco, canela y marrón de las pieles al descubierto, causando una impresión fuerte en quien fuera que veía aquella escena, en especial cuando la luz del mediodía empezó a bajar y la ilusión de una guerra en sepia maravilló a los pocos exquisitos que dieron una breve pausa a la diversión para admirarse de toda aquella implosión de tonos y colores. Nunca olvidarían aquel día, pero esos pocos exquisitos tendrían la fortuna de recordar la tonalidad sepia por encima de todas las cosas.

Ahora, a la gente le gusta creer que el principio de la caída de nuestro país estuvo en la Metáfora del Fin, y no les damos la contra; pero muchos entre nosotros creemos que aquel carnaval fue una profecía, un ultimátum karmático enviado por el cosmos, o Dios, o cualquiera de esas expresiones de lo divino, de modo que nos avivemos un poco y tomásemos medidas para no terminar, justamente, donde terminamos. Pero, como en aquel capricho que nos quitó un mar, decidimos ignorar un par de detalles y el episodio sería recordado como peculiar tras ser pasado por el riguroso filtro de varias censuras. Pasó justo cuando aquel efecto sepia tomó su lugar en las percepciones de todos los batalladores, el alcohol corría libre pero en moderadas cantidades, pues los carnavaleros tempranos sabían que la verdadera borrachera debía ser reservada para la siguiente semana. La batalla de agua llevaba horas vigente, pero las risas todavía fluían, tanto y tan bien, como las numerosas pilas con que llenaban globos, baldes, chisguetes y todo aquello con que pudiesen mojar a otra persona. Había gente de todas las edades compartiendo y las bandas repetían canciones populares que la gente bailaba feliz mientras seguían bien metidos en aquella tradición.

Lo cierto es que, aun hoy, nadie se explica qué fue lo que pasó con el agua. Cuando fue analizado después, nadie pudo a ciencia cierta aclarar por qué el agua cesó de fluir y ya ninguna pila pudo proporcionar el preciado líquido de las municiones. Por un rato, ante la mala nueva del corte de agua, el campo de batalla quedó completamente inmóvil, divididos entre decepcionados y resignados que miraban a los lados buscando una fuente mágica de agua que nunca encontraron. Aquel habría sido el final de aquel episodio, de no ser por el descuido de un muchacho quien encontró una cerveza agitada en su bolsillo, abriéndola y rociando con su líquido color orín a un par de amigos, los cuales se maravillaron ante aquella idea brillante, aun si por lo demás aquel muchacho les parecía un patoso inútil, y celebraron aquel acto con risas mientras derramaban sus cervezas en el rostro del ocurrente desgraciado. Aquel gesto pronto fue imitado por todos aquellos que los rodeaban y la guerra en sepia reinició con nuevo brío, condimentada por el descubrimiento de aquella nueva munición que sustituía al agua perdida. No pasó mucho tiempo para que las latas de cerveza se agotasen y los luchadores tuvieran que apresurarse a comprar más de los negocios cercanos, cuyos dueños no cabían en sí de la alegría y cuyas sonrisas maravilladas por el flujo de dinero entrante quedaron plasmadas para siempre en rostros terroríficos de amargura, estancados en una sonrisa eterna. Ni bien el alcohol se terminó en las reservas de las tiendas, los luchadores, ahora empapados de agua, cerveza y espuma, procedieron a alzarse jugos, gaseosas, helados, vinos, singanis, vodkas y todo lo líquido al alcance de sus manos, de modo que la diversión no cesase por algo tan ridículo como falta de municiones. A estas alturas el dinero estaba de más y los luchadores no tenían tiempo de pensar en algo tan mundano como pagar mientras eran necesitados, ahí afuera, en una guerra sin cuartel ni bandos. Las calles desprendían un fuerte olor a alcohol combinado con los dulces aromas de todos los refrescos y bebidas espirituosas utilizadas, mezcladas en el aire con el sudor humano expulsado durante el esfuerzo de seguir cargando y lanzando globos y baldazos, sin que el ruido de la música y las carcajadas cesase. El cielo nuboso empezaba a oscurecer el tono sepia, pero este seguía tan intenso como antes cuando, atraídos por la fatalidad, aquellos que se habían encerrado en casa para no jugar salieron de sus guaridas picados por el escozor de la curiosidad y se unieron sin mucho trámite a la guerra que no parecía ni cerca de estar terminada.

Muchos generales, que se otorgaron a sí mismos dicho cargo, miraban desde algún punto estratégico el caos de la batalla, preocupados por la cercana falta de municiones. Algunos bromearon sonoramente con que podrían usar las lágrimas de los mercachifles saqueados, pero si no lo ponían en práctica era porque aquel era un método estúpido por lento. El milagro les llegó cuando la avenida entera se detuvo a respirar, inspirados quizá por el hado desgraciado de la nación, y fueron testigos de ese solitario globo azul oscuro surcando el cielo color atardecer, que descendió en una parábola perfecta hasta chocarse con un joven de piel canela y ojos lóbregos, cuyas ropas celestes y amarillas recibieron el impacto del globo que al estallar lo tiñó en el escarlata oscuro de la sangre. Aquel momento sería el más recordado, pero el menos verbalizado cuando la censura quiso evitar que recordásemos los eventos en el país, en cuya historia final se registró este episodio como algo mundano pero que hasta ahora no ha sido perdonado en la memoria de quienes lo vivieron. Un minuto entero miraron todos al joven anonadado y cubierto en sangre ajena. El silencio reinó, ni siquiera la naturaleza se libró del hechizo de ese momento, pero poco a poco un rumor de un clamor ancestral despertó en las voces de los guerreros de aquella batalla y, aun carcajeándose, retornaron al ruido ensordecedor de la guerra, llenando los globos, baldes y chisguetes con orines primero y desangrando a los más débiles para que, al menos, sirviesen como munición. Pronto las plomas calles se volvieron moradas de tanto líquido derramado, al que ahora se incorporaba la espesa sangre. La guerra en la avenida de las Américas no arreció, mas se intensifico a puntos bíblicos y más raros que la ficción donde los colores de un cielo, de pronto completamente rojo, exaltaban los sentidos de los guerreros, quienes reían contentos y felices al son de la animada música que las bandas aun tocaban y que las voces replicaban con cantos afinados al compás de una fiesta popular, ruidos que camuflaban el rumor de los cuchillos abriendo la garganta de hombres, mujeres, ancianos y niños y sus estertores penosos con que abandonaban la vida para nutrir la guerra de aquella tarde en sepia.

Todo terminó cuando la brisa de la noche causó frío en los luchadores empapados de cuanto líquido era concebible, y quienes pronto se retiraron a sus casas para asearse lo mejor que pudieron ante la falta de agua. Así, sucios, se trasladarían a los bares del centro de la ciudad a beber en silencio, intentando enterrar en el olvido las pilas de cadáveres que adornaban la avenida de las Américas, cuerpos ahora fríos que ellos mismos habían ayudado a enfriar. Por un tiempo los cuerpos quedaron ahí apilados, pudriéndose en las bondades del calor a lado de los restos multicolor de los globos reventados y las brillosas latas de cerveza vacías, hasta que la alcaldía y el gobierno mandaron gente a limpiarlo todo sin hacer mención alguna sobre lo acaecido y más bien pidiendo a la gente el buen gusto del silencio y la discreción. No pasó mucho antes de que las rutinas retornasen y, por acuerdo tácito, nadie celebró funerales ni lloraron a todos los caídos de aquel día. El agua volvió una semana después, precisamente el día de carnaval, y la gente celebró el feriado bebiendo alcohol pero sin jugar a ninguna especie de guerra, contentos de al fin poder bañarse en ese país de mierda donde ni agua había para carnavalear.

 

Sería un día sin igual en aquel aeropuerto internacional. Empezaría con una mañana vibrante y hastiada de vida que arribó con el sol alrededor de las seis de la mañana, trayendo con ella los primeros bostezos de viajeros que despertaban de un sueño incómodo en los estrechos asientos de la terminal aérea. En años por venir, los empleados veteranos de las distintas aerolíneas, los mozos ancianos que cuidaban el aeropuerto para que se viese relativamente impecable y hasta la mafia dinástica de choferes apostados en la calle, metidos en taxis y minibuses, atentos con sentidos de buitre a rasgos foráneos pues preferían a clientes extranjeros para sacar una propina extra, todos y cada uno de los que quedaron recordarían ese día como inundado por una belleza inusitada, no solo en el aire general del aeropuerto, usualmente ajeno y bullicioso, sino en la apariencia de tanto pasajero atractivo que congraciaba la mañana de aquel día memorable.

La larga edificación poseía suelos de mármol y paredes pintarrajeadas según la aerolínea que las ocupaba. Por eso se podían ver combinaciones fortuitas de colores como un azul oscuro a lado de un naranja chillón que parecía darle espacio a un rojo sandía, el mismo que poco a poco pasaba a ser plomo para retornar violentamente al rojo pero esta vez con tonos sangre escarlata derritiéndose en celeste, gris, amarillo y blanco en todos aquellos espacios en que no se erguía algún mostrador o vitrina que contribuyese al caos de tonalidades con sus parcos colores de material de oficina, o el variopinto vómito arcoíris de los productos que los comerciantes aprovechaban para vender a diez veces el precio original con ánimos, de nuevo, de desangrar las billeteras extranjeras y locales por igual.

Fue cuando el sol terminó de asentarse, y con su luz cambiar la gris madrugada en una mañana con miras de soleada, que el aeropuerto fue invadido por muchas almas, algunas apresuradas, otras no tanto, rendidas a los ajetreos del estrés de hacer filas largas en las que se tenía que esperar hasta que el avión partía sin uno, u ociosas en la lenta manera en que pasaba el tiempo antes del momento de vuelo; almas camufladas entre miles de extraños procedentes de sabía Satanás qué tierras recónditas e historias extrañas. Aquello era algo regular en un edificio tan habituado a la misma eterna rutina, pero lo curioso fue que de alguna forma ininteligible para los habituales de la terminal, todos los que ingresaban aquella mañana eran bellos ejemplares de distintas formas de belleza, tan externa que su entrada levantó suspiros y cortó respiraciones hasta de los más exigentes jueces de lo estético y/o ciegos en los tules del amor.

Sería, también, una mañana memorable en la vida de Martín Riggan, quien gracias a uno de esos cósmicos y comunes descuidos de una línea aérea, arribó al aeropuerto cuatro horas antes de un vuelo cuyo destino lo llevaría a la penosa tarea de enterrar a una buena parte de su familia en el olvido final de la muerte. Todo triste y amargado llegaría junto al punto más intenso de la resolana matina, e inmerso en los dolores del duelo por tanta muerte, además del desconsuelo secreto de enamorado contrariado, no vería más allá de su amargura, atrapado por imágenes que el despecho y la frustración formaban en el silencio de sus pensamientos. Fue así que no pudo notar el obvio nerviosismo de los empleados que lo atendían, ni la fascinación de los muchos con los otros que dio de qué hablar durante bastantes años. Martín Riggan no vio a la sueca casi albina cuyo pelo rubio parecía blanco y enmarcaban un rostro frágil bendecido por unos enormes ojos celestes, ni tampoco se detuvo a contemplar las precisas redondeces que exhibía una joven de porte desafiante y seductor, que de no haber tenido aquella figura prodigiosa se habría bastado con sus meros aires eróticos. Tampoco notó al alto y flaco inglés cuyo canoso bigote de morsa daba la impresión de un control casi bendito sobre las voluntades de quien fuera que se animase a hablarle sin detenerse en sus ojos cálidos y su sonrisa fácil. Martín Riggan no notó a ninguno de ellos, así como tampoco notaba a todos los otros exponentes de algún tipo de sublimidad estética hasta que, una vez terminados los trámites de vuelo, estuvo bien apostado en la mesita de un café de aeropuerto con un brebaje colombiano, mezclado con leche y vainilla, en mano. No fue hasta que estuvo así que notó a Claudia Márquez sentada junto a su madre en la mesita de enfrente, bebiendo una taza de api humeante y empanadas fritas que no se parecían en nada a los golosos festines que las apieras vendían en los mercados de la ciudad.

Claudia se sabía preciosa, pero por su hermosura discreta que solo ciertos ojos alcanzaban a admirar en su totalidad. Los más se dejaban guiar por su belleza inmediata, la belleza fácil que todo el mundo notaba y en la que se perdieron más hombres de los que ella hubiese deseado a lo largo de su vida. Años más tarde, luego de una serie de eventos desafortunados y un marido seducido muy tempranamente por la Parca, Claudia hallaría solaz en una encarnizada nostalgia que le devolvía a los días felices con aquel marido que la había dejado viuda, y la memoria coqueta de ese día en el aeropuerto cuando notó los ojos tristes de Martín Riggan deteniéndose, heridos, en ella y tardándose en su rostro, en su cuerpo, en el enorme bolso Adidas donde llevaba un libro, una billetera, el perfume del que se enamoraría su futuro esposo y un par de regalos que los familiares a quienes visitaría no apreciarían para nada.

Fingió no haber notado nada y miró a su madre sin mirarla, tratando de distraerse del efecto sensual de aquellos ojos tristes recorriéndola, fallando miserablemente e intentando encontrar distracciones a su alrededor. Pero por mucho que por un rato se distrajo en los aires aventureros de mochileros barbados de ojos claros, seguramente fugitivos de alguna película romántica, o la elegancia de ejecutivos cuyos ojos despiadados contrastaban con sus sonrisas derretidoras, o hasta en los músculos bien marcados de los miembros de un equipo de fútbol, quienes esperaban ruidosamente a que su vuelo saliese, ninguna de estas distracciones estéticas le quitó el escozor que los ojos tristes de aquel desprolijo joven con gestos de anciano le causaron. Era una belleza distinta a la del guitarrista de la otra mesa con sus aires bohemios y melena larga y perfecta, o el curioso atractivo del gordito petiso y cuarentón que hacía cola para una aerolínea de paredes escarlata como sangre recién derramada bajo la luz del sol.

Martín Riggan olvidó, por un instante, los estertores de tanto pariente muerto y la pena que la distancia de Alejandra Borzueta, a quien consideraba el amor de su vida, causaban en su ánimo. Contempló a Claudia Márquez casi con avidez obsesiva, como si no existiese otra mujer en el aeropuerto. Complacido en ese rostro algo cuadrado de facciones suaves y amables, cuyo secreta sensualidad reposaba en la dureza con que se escudaba de que alguien le notase la ternura. Aun de viejo recordaría Martín el cabello negro y largo, liso y brilloso, las cejas peculiares encima de unos ojos oscuros y sinceros, la piel nívea revestida por un top sin mangas que apenas ocultaba su ombligo pequeñito, la chamarra de cuero café tan corta que apenas le llegaba a la cintura, bajo la cual un apretado jean cubría sus piernas robustas y el durazno perfecto que su trasero evocaba. Pero ni en el lecho de su muerte, con esas imágenes nítidas que su mente moribunda le proporcionaba, caería en cuenta que aquella Claudia podría haber sido la rebelde hermana gemela de Alejandra Borzueta.

Los aviones llegaban en hora pese a que el radiante sol, con que había empezado aquel peculiar día, ocultó su brillo tras nubes grises, y algunas otras blancas, que incrementaron la intensidad de sus escasas coloraciones gracias a la luz del astro. Los futbolistas movían las cabezas sin descanso para no perderse nada del desfile de bellezas que iban y venían por la terminal aérea; muchachas de ojos gráciles, figuras infartantes o sonrisas cautivadoras que fingían no notar el descaro con que las miraban tipos de mandíbulas firmes, sensuales posaderas, de miradas confiadas y manos grandes o pequeñas. Algunos viajeros incansables, otros ocasionales pero todos contagiados del placer fácil de contemplarse los unos a los otros, de aquel remanso de belleza que inspiró al amor a muchos aquel día, pero que se concretó en muy pocos casos, algunos cortos y babilónicos, otros románticos y que duraron para siempre, pero todos épicos.

Cuando faltaban tres horas para que partiese el vuelo de Riggan, Márquez le hizo un guiño cómplice a su madre mientras se levantaba y se sentaba en la mesa de Martín como si lo conociera de toda la vida, mientras este dejó de pretender que leía Los Detectives Salvajes y se quedó en silencio, mirándola. Ella le sonreía con todo el cuerpo, a él la tristeza se le escapaba hasta por los poros y por lo mismo ambos quisieron devorar al otro en un abrazo que poco a poco fuera dando espacio a un beso colmado de caricias. Pero el mundo real los dejó quietos, soñando despiertos en futuros que no llegaron jamás y nerviosos como solo estarían pocas veces en las distintas vidas que tuvieron.

Azuzado por el peso del amor, Riggan dijo algo sobre lo extraño que era que ningún vuelo se hubiese atrasado y ella, sonriendo aun más, comentó que de seguro algún milagro estaba en camino para que algo así sucediese. Rieron, no supieron porqué pero lo hicieron y después la conversación fluyó sin obstáculos, dejando atrás a todos los apuestos y las bellas, las bonitas y los guapos, las sensuales discretas y las muy obvias, los moldeados en máquinas médicas que preferían el camino fácil, o los otros que surcaban el camino de sudores en rutinas físicas que solo aquellos de disciplina más férrea conseguían continuar. Martín y Claudia se olvidaron de mirar de reojo la magia de aquel espectáculo peculiar y, a grandes rasgos, se avocaron a conocer la historia el uno del otro. Confesaron sus particularidades de rutina y hasta se atrevieron a mostrar uno que otro defecto, cuyo descubrimiento solo avivó la curiosidad con que él quería escuchar la voz de adolescente ronca que tenía Claudia y con que ella se internaba en el misterio de la tristeza en los ojos de Martín.

Faltaba una hora para el vuelo de Riggan cuando la madre de Claudia se levantó de la mesa. Hizo cuanto pudo para demorarse pagando la cuenta y leyendo sabiduría barata en el retrete, hasta que ya no pudo esperar más y se paró delante su hija mirándola con harta significación que esta entendió y a la que respondió con un gesto que solo comprendería su madre. Decepcionados, Riggan y Márquez intercambiaron datos que usaron para contactarse con avidez a lo largo de los años, sin nunca poder volver a verse más que en las fotos colgadas en las muchas redes sociales por las que se siguieron hasta sus respectivas muertes. Se abrazaron por un largo minuto, se dieron un piquito sin ninguna timidez inoportuna que viniese a arruinarles la fiesta y se miraron todo cuanto pudieron mientras ella tropezaba su camino a la sala de embarque. Riggan pagó el café que había consumido, tomó su bolso de mano en el que por las prisas había metido medias desiguales, poleras sucias y una chaqueta ajena cuando aquella misma mañana hizo el equipaje para viajar a enterrar a numerosos parientes muertos.

Martín dedicó la hora que tenía para matar en un paseo pausado por el mármol del aeropuerto, ignorando los colores de las paredes y notando vestidos rosados con puntos negros  que hacían vistosas unas piernas por demás normales, poleras sencillas y muy usadas que daban un aire romántico a mochileros demacrados; Martín marchaba contagiándose del embelesamiento general de la gente, recordando a Claudia, añorando a Alejandra, ignorando a los muertos, confortablemente adormecido en las risas fáciles, los silbidos coquetos, las miradas pícaras, las voces eufóricas, el sonido del caminar tierno de los niños, la venerabilidad con que se quejaban los ancianos y la eficacia de los empleados, quienes se sorprendían a sí mismos con lo bien que iba todo, incapaces de siquiera pensar que algo podía salir mal.

La tristeza retornó a Martín Riggan cuando faltaba media hora para la salida de su vuelo, al que esperaba en la misma sala de embarque en la que hacía apenas una hora estaba Claudia Márquez, toda sonriente y expectante del futuro. La belleza seguía alborotando los ánimos de las almas que ese día estuvieron en ese aeropuerto y que no desaparecería hasta mucho más tarde, por la noche, cuando unos nubarrones repentinos, no predichos por ciencia o magia alguna, empezaron a formarse en un cielo que permaneció gris durante todo el transcurso de aquella jornada de beldad. Riggan abandonó todo pensamiento grato, o no grato, y con mucha dificultad apartó su mente de lo bello, a sabiendas que pronto enfrentaría tareas tristes y difíciles. Escuchó el llamado al embarque en los parlantes de la sala y dedicando pensamientos cariñosos a Alejandra Borzueta, antelando el paisaje maravilloso de las nubes como una tierra encima de la tierra, abordó el mismo avión que por la noche, gracias a la violenta fuerza de una súbita y negra tormenta, se estrellaría contra la imponente terminal que albergó tanta belleza en un solo día, matando a muchos que apenas notaron sus muertes, muertos en vida por las maravillosas sensaciones que causaba la contemplación de lo sublime.

Nubes

Publicado: enero 26, 2015 en Zopilotadas
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Recorro los lugares donde tanto te quise y me detengo a pensar en el paso del tiempo, en cómo el colegio ese donde fuimos a un simposio, el de dos canchas y fachada verde que por dentro parece una casa construida en los ochentas, anda en la misma decadencia de hace años, como si aun fuera ese día de lluvia en que estuvimos ahí, un tanto borrachos viendo aquella charla académica después de haber estado en una fiesta en casa de un amigo; o me detengo un rato en esa interjección del barrio de los moteles donde nos dimos un beso intenso que me quitó el aire toda esa noche en la que, luego, tuvimos que escuchar demasiadas bachatas. Lo más común es que recorra las mismas calles por las que tú y yo paseábamos, concentrado en fijarme en los detalles más nimios para que la memoria de nuestras charlas no lo acapare todo y me olvide de notar esas resquebrajaduras de la acera y en el asfalto que han permitido que pequeñas briznas de pasto verde veraniego asomen sus cuerpecitos, para darle color al gris con blanco y café blanquecino de las calles de tu barrio. Entonces miro al cielo, que a veces está celeste como hoy, todo adornado con algodones enormes que otorgan una aliviadora sombra para mis andares, a diferencia de los cielos azul intenso sin nubes, esos cielos que contrastan su color, en degradé, con un celeste tímido que se asoma cada que la tiranía del azul se lo permite. Te diré que ese cielo siempre me ha intrigado, no solo porque me permite notar la esfericidad de nuestra prisión azul sino porque así estaba el cielo cuando nos conocimos. Igual de azul, con esa brutal intensidad de la canícula brillando sobre todos nosotros, mortales, e iluminando las cosas para que refuljan ante la fuerza de sus llamaradas que nos llegan desde años luz de distancia. Pero hoy en el cielo hay nubes y en su sombra descansa mi piel y mi mente.

Otras veces el cielo está gris y húmedo, que tú sabes que es cuando más disfruto caminar pues la configuración de las cosas cambia. Nunca supe explicarlo. La gente se apresura a buscar refugio ante la posibilidad de mojarse, la luminosidad ploma le da fuerza a los colores fuertes y la misma perspectiva sensorial de la realidad metamorfosea. El olor de la tierra cambia, el agua coquetea con tu tacto y el constante ritmo de las gotas cayendo en sinfonía me parece un bizarro deleite, un premio auditivo que choca contra el suelo o cae sobre los charcos y las piedras, los arboles y los perritos callejeros cuyo olor es un gusto culpable. Pero lo mejor es el paisaje, lo oscuro recrudece y la claridad se opaca, haciéndome sentir hermanado con los panoramas cuyo rostro ha sido transfigurado por el clima. Ese ambiente no me lleva a los lugares donde te quise, sino que me remonta a los encierros en tu casa, o las memorables veces que estuviste en la mía y me entristezco porque hoy vivo en otra parte y ya no puedo decir que aun siento tu presencia en mi cuarto y me aferro al consuelo fetichista de creer que tu esencia aun se mantiene en mi colcha, en la que estabas sentada cuando nos dijimos que nos queríamos.

Pero lo peor es la noche, pues por las noches las memorias son más nítidas y vastas, además de que nuestros momentos más críticos han sido siempre por la noche. La noche me encuentra caminando mientras miro el suelo y dejo que mi vista periférica pille la decoloración del cielo que, a medida que se pierde la luz, empieza a llenar los espacios en blanco con nubes plomas, primero, nubes azul metálico, después, así hasta llegar a las rojas con dorado a las que quiero tanto porque ellas nos acompañaron mientras charlábamos en las inmediaciones del apartamento de tu tía. Ese cielo al anochecer tiene un tono siempre tan oscuro en sus nubes que, poco a poco, se hace dueño de la gris blancura del cielo e intensifican su oscuridad, mientras que los resabios de esas nubes rojas se van entintando con un sombreado escarlata que crea todo el contraste que embellece con efectos de luces y tintes inolvidables, que siempre se pierden con el advenimiento de las estrellas. Eso lo veo con agrado, lo admito, pues ese era el cielo que yo veía cuando me iba de tu casa a pie, sin decirte nada para que no te preocupes, usando la ruta alternativa para ir por detrás de la ciudad hasta llegar a mi casa que estaba al otro lado de la tuya; por eso también las caminatas y el sudor me recuerdan a tí, así como la caca de paloma que te cayó esa vez que caminábamos junto al Solomón. Sin embargo, la huída de la luz también me apesadumbra pues me deleito viendo aquellos atardeceres que le dan paso a la negra noche, la cual no solo me recuerda, obviamente, a ti sino que para cuando la veo, desde los laberínticos vericuetos de la ciudad y las luces de la misma que influyen en los irises para ocultar las estrellas, ya estoy predispuesto a la melancolía después del espectáculo del cielo oscureciendo. Y esa melancolía me encuentra vagando entre bares y risas, me hace vivir esa noche del cumpleaños de la Ariana, la misma noche en que me encamoté de ti, la misma noche que terminamos charlando de todo lo privado en nuestras vidas, por mucho que era la primera vez que charlábamos. Claro que no me libro de visualizar noches menos gratas, como cuando rompí esa ventana mientras lloraba por ti y la policía no pudo encontrarme, o cuando vimos ese choque en plena puerta de un supermercado, aunque ese no cuenta porque en ese momento yo era feliz de tenerte a mi lado, pero entonces rememoro el cumpleaños de nuestro amigo Néstor en que me emborraché como nunca en mi vida y rumié mi tristeza desquitándola contigo y el mundo. Solo para ese entonces el cielo ya está completamente negro y los ruidos citadinos se van perdiendo para darle espacio al silencio y que empiece su reinado. Eso me gustaba de tu casa, no solo lo cómodo que me sentía a lado tuyo sino la presencia tan histérica del silencio de afuera que me atraía por permitirme escucharte mejor, caperucita. Así logro reírme y recuerdo otras noches como esa fiesta en que nos vimos por lo baños y no pudimos evitar besarnos como locos, o cuando en los juegos de un parque charlábamos como si no hubiera mundo que importase. Y esos recuerdos me ponen más triste que avergonzado por las memorias anteriores, porque encuentro que sigo caminando y explorando nuevas rutas, así como antiguas, y mientras lo hago recorro estos lugares donde te quise mucho, dándome cuenta que aun te quiero tanto.

omnicida:

Muy capo el que hizo esto.

Originalmente publicado en The Hobbit: The Tolkien Edit:

TolkienEdit_IconLet me start by saying that I enjoy many aspects of Peter Jackson’s Hobbit trilogy. Overall, however, I felt that the story was spoiled by an interminable running time, unengaging plot tangents and constant narrative filibustering. What especially saddened me was how Bilbo (the supposed protagonist of the story) was rendered absent for large portions of the final two films. Back in 2012, I had high hopes of adding The Hobbit to my annual Lord of the Rings marathon, but in its current bloated format, I simply cannot see that happening.

So, over the weekend, I decided to condense all three installments (An Unexpected Journey, The Desolation of Smaug and The Battle of the Five Armies) into a single 4-hour feature that more closely resembled Tolkien’s original novel. Well, okay, it’s closer to 4.5 hours, but those are some long-ass credits! This new version was achieved through a series…

Ver original 953 palabras más

Mr__Satan_Closeup_Collab_by_carapau

Akira Toriyama es un genio. La forma en que avanza la historia de Dragon Ball Z responde a una estructuración narrativa propia de la novela. Podemos ser testigos del desarrollo de las vidas de los guerreros Z y su paso por el mundo, al cual defienden de temibles monstruos como Cell o Majin Buu. Interesante es notar los pequeños elementos que se van dando alrededor de las predecibles sagas (todos sabemos que triunfará el bien y que serán Goku o Gohan quienes salven el día) y que salpimientan de la manera más suculenta el relato que trae Toriyama.

Son las pequeñas cosas. Algún comentario existencialista del narrador, alguna acción, aparentemente, fútil de cualquiera de los personajes que cobra una relevancia considerable en el futuro, incluso las partes subidas de tono que censuran en la versión latina, todos esos toqueteos y comentarios pervertidos del maestro Roshi, hasta la mera existencia de Maron, tan parecida a Bulma, tan representativa de la imagen que nos hacemos de la ligereza sexual. Pero, a todo esto, creo que uno de los elementos más interesantes es Míster Satán y la fe ciega que el mundo le tiene.

Es fe y es ciega (aunque ambas palabras se impliquen la una a la otra) pues poco sabe la humanidad sobre las hazañas de Míster Satán, solo conscientes de lo que quieren saber y hallando la calma y la felicidad en ello. Al buen Míster lo conocemos durante la saga de Cell donde nos lo presentan, y se queda para siempre, como un payaso, un típico charlatán papanatas que se da aires de importancia, negándose a admitir que todo lo que sus ojos presencian son cosas más allá de su entendimiento. Míster Satán mira sin mirar las hazañas de los Guerreros Z y no solo se sorprende, sino que les teme. Les tiene un miedo tremendo, de esos que a cualquier humano paralizarían, pero que, en él, no alcanza a ser más fuerte que su arrogancia (no confundir con el orgullo, eso es terreno del buen Vegeta), esa su necesidad de ser admirado para saberse por encima del resto de la humanidad.

Personalmente, pienso que debe ser una felicidad cruel esa de sentirse por encima de los demás sabihqdefaulténdose un fraude. Incluso me atrevería a compararlo con el fardo tortuoso de angustia que deben cargar los plagiadores que han logrado triunfar sin nunca haber sido capaces de expresar una idea propia. Pero nada de eso parece molestarle al buen farsante de Míster Satán, quien se vale de fanfarronería, mentiras y mucha fortuna para ser testigo de situaciones peligrosas, de las que sale incólume, y que torcerá a su conveniencia a la hora de dar el relato de lo acaecido, beneficiándose de paso. Un tipo cómico al que, por lo general, si viéramos en nuestro día a día (trabajo, colegio, noticias) mostrando esa parte suya que tanto oculta, calificaríamos de despreciable cobarde y embustero; y ese es el héroe supremo de una humanidad que ha visto, y ve, cosas más impresionantes que Míster Satán pero que insiste en creerlo el más poderoso, ensalzándolo como a un Jesús de las artes marciales. Quizá de mucho más que solo las artes marciales.

Y ese es el otro lado que complementa este asunto: la humanidad y su fe ciega (redundando, nuevamente) en Míster Satán. Hay un punto en que ese recurso cómico que usa Toriyama para que la historia no tenga tonos tan graves se abre a una interpretación más seria. Míster Satán miente, sí, pero los que más se mienten son los propios humanos, pues son ellos quienes perpetúan la farsa de su salvador. No importará que hayan grabaciones de los juegos de Cell que delatan la cobardía de Míster Satán, o que lo hayan visto hacer toda clase de papelones en el torneo de las Artes Marciales en que participan el Supremo Kaio-sama y Kibito, ya que la gente elige vendarse los ojos y apoyan las mentiras que el campeón dice. Aceptan las excusas de tropiezos falsos, dolores de estómago que no lo dejan pelear, eligen creerle cuando clama que se dejó vencer en su pelea con el pequeño Trunks, o sus mil peripecias y embustes cuando Majin Buu es convocado. En ese sentido, tampoco importaría que la gente se enterase que la androide 18 lo chantajeó para dejarse vencer por él, ni siquiera tendría la menor relevancia que vean las peleas de los Guerreros Z, cuando ni les interesa si se quedan mudos y con los ojos desorbitados ante las manifestaciones sobrenaturales de los poderes de los Guerreros Z. Creo que hasta es posible decir que tendría nula relevancia si ellos mismos pudiesen volar como esos seres fantásticos a los que, deliberadamente, niegan reconocimiento. Para ellos las habilidades de Goku y sus amigos serán trucos sucios y baratos que no engañan al ojo supremo de su Salvador, pues su fe está basada en algo que ellos piensan que ha sucedido, creyentes acérrimos de ser poseedores de pruebas irrefutables y absolutas que nadie puede, ni debería cuestionar.

Sin embargo, lo más curioso no es la fanfarronería del suertudo Míster Satán, ni los velos a prueba de realidad que la humanidad se coloca para poder llamarlo campeón del universo, lo más curioso es que son los mismos Guerreros Z quienes terminan por alcahuetear los comportamientos de ambos. En un principio porque no les importa por mucho que a algunos SatanBlueEyesde ellos les indigne, pues es válido decir que tienen cosas más importantes en las que pensar que un don nadie dándose aires de algo que no es; después continúa sin importarles porque no tienen esa lujuria de adoración que posee Míster Satán, sea debido a que no se consideran dignos de ser adorados, quizás porque nunca son suficientemente fuertes bajo sus propios estándares, o porque todas sus vidas han conocido a seres impresionantes de poder apabullante que siempre los hicieron sentirse pequeños, hasta puede influir que algunos deseen cosas simples como una novia, una familia, paz interna, derrotar a un eterno rival o convertirse en un investigador, sea como sea lo más factible es que para seres que hablan con Kami-sama (Dios, literalmente) como a un cuate más, los embustes de Míster Satán y lo que sea que quieran creer los humanos no son asuntos que los inquieten o molesten, son más bien asuntos nimios que no merecen mucha atención, o mayor indignación que la de una maldición ligera o un par de ojos entornados. Los molesta, pero no les quita el sueño. Ya por el final los vemos deseosos de quitarse la molesta carga de la fama y la opinión pública usando a Míster Satán como receptáculo de algo que ellos no quieren y que a él, obviamente, le gusta. Tal vez por eso, al final de la serie, los vemos como cómplices del “campeón”, además de políticamente emparentados gracias al matrimonio de Gohan y Videl.

Así que tenemos a todo un universo conspirando para que Míster Satán sea un héroe. A todos les conviene, sea para disfrutar la fama, o para evitarla, sea para tener algo que los ayude a levantarse cada día de sus camas, completamente convencidos de que no todo es basura bajo el sol. Y si bien este último grupo decide ver las cosas incompletas, no significa que estén por completo equivocados, después de todo aun siendo un papanatas mentiroso que vive de aprovecharse de la gente, no es que Mister Satán sea un bueno para nada. Quizá no sea tan relevante como se pinta, pero sus acciones son vitales para la resolución del nudo de la trama en las sagas que estuvo presente. No solo distrae al Majin Buu gordo, llegando incluso a convertirlo en casi inofensivo, también le salva la vida cuando Vegeta desea asesinarlo (rogando por él hasta las lágrimas), mucho antes de eso ayuda lanzando hasta Gohan la cabeza de número 16, quien convencerá al joven sayayin de que no hay nada malo en pelear para proteger al mundo (lo cual, junto al deseo de salvar a sus seres queridos, liberará el tremendo poder de Gohan), pero lo más relevante será que en la hora más oscura, cuando Vegeta arriesga su vida luchando contra Kid Buu mientras Goku junta energías del universo para formar una tremenda genki dama, en ese momento no será Goku, ni kami-sama, ni Vegeta quienes convenzan a los humanos de salvarse a sí mismos, será el mismísimo hombre al que eligieron como embustero oficial quien los salvará usando esas mismas mentiras, cerrando el círculo al convertirse en el héroe que siempre clamaba ser, sin serlo.

Es de locos. Y lo es porque no es raro encontrar ejemplos de esto fuera de la ficción; en nuestros pensamientos, creencias e ideales con los que procuramos explicarnos la vida los unos a los otros, en todas esas mentiras pintadas de verdades podemos encontrar alguna suerte de bondad, un beneficio que por muy grande que sea, al final, no justifica nada.

De todas formas, Míster Satán no es el único caso interesante en el universo que crea Toriyama, pues este es vasto y las historias narradas en él tienen interpretaciones muy divertidas. Pero me quedo con la pregunta de qué habrá pensado Toriyama al escribir a Míster Satán. Tal vez solo en un bufón que terminó siendo más profundo de lo que se esperaba, o quizá nos quiso mostrar un poco de lo que piensa de los humanos y la perpetuación de las farsas. Lo cierto es que todo esto está abierto a interpretaciones pues, una vez público, el personaje deja de pertenecerle al escritor y se vuelve propiedad de los lectores. Aunque, probablemente, no perderíamos nada con preguntarle.

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– Mira a tu cuerpo –

Una marioneta pintada, un pobre juguete

De partes unidas listas para colapsar,

Una cosa sufriente y enferma

Con la cabeza llena de falsos imaginarios

La Dhammapada

Las hermanas Escobar y yo teníamos mucha historia entre nosotros cuando tocaron mi timbre aquella mañana de invierno. Estaba yo totalmente cansado y asqueado de los excesos de la noche previa, así que el retumbar infernal del timbre me despertó de un profundo letargo que solo abandoné por la insistencia del repiqueteo de la campana. Cuando abrí la puerta me las encontré, de repente, frente a mí tras un año y medio que no sabía nada sobre ellas. Quedé totalmente petrificado al encontrarlas tan sanas, tan hermosas, como si la vida se hubiese encargado de sonreírles y sonreírles en aquel tiempo que pasamos separados. Las envidié, pues en mí se mostraban pruebas de todo lo contrario, cualquier observador ajeno a nuestra historia se habría preguntado qué hacían aquellos preciosos ángeles hablando con ese roñoso y destrozado intento de hombre. Lo admito, estaba demacrado, estresado, fuera de forma, deprimido y siempre intoxicado, mientras que ellas parecían rubicundas, alegres, tan preciosas como las más finas modelos famosas, incluso tenían un aire de contagioso bienestar que no tardó en molestarme. Me saludaron con cariño, me dieron abrazos cuya sinceridad me asqueó en un principio pero que, poco a poco, fueron quebrándome hasta que me encontré a mi mismo confortado como crío en el refugio del abrazo de ambas, con los ojos secos y furiosos, pero aun así disfrutando del abrazo de las hermanas.

Durante el abrazo las recordé como no las recordaba desde que sus abandonos en mi vida iniciaron. Mi mente viajó en el tiempo sin que yo pudiera evitarlo y, pronto, me encontré a mi mismo pensando en el tiempo en que las conocí, cuando aun íbamos a la escuela y estábamos en séptimo básico. Era la tercera vez que me enamoraba en toda mi vida. La escogida fue Martha, dos años menor que yo, un año menor que su hermana Raquel. Martha captó mi atención, primero, por su belleza innegable, acompañada de sus ojos cafés hipnotizantes, además de su trato fácil y agradable; años más tarde me seguiría enamorando, esta vez con su aspecto inocentón que salpimentaba la sensualidad de sus piernas y sus pechos, además de esos ojos tan grandes y redondos que gritaban ternura con un brillo peligroso y seductor que la disfrazaba de víctima y disimulaba su malicia. Raquel, su hermana, era más sensual, era un remolino de lujuria latente que inquietaba hasta al más cauto, sus ojos eran achinados en comparación a los redondos perfectos que eran los ojos de su hermana, pero eso solo le daba un aire más críptico a sus miradas penetrantes, miradas que yo disfrutaba mucho y a las que me sometía en largos diálogos que solo trataban de mi amor platónico por su hermana. Eran temporadas divertidas, aquellas de colegio, temporadas fáciles y llenas de dicha en que solo tenía que preocuparme de mi mudez ante Martha y disfrutar de mi estrecha amistad con Raquel. Para resumirlo en una palabra: cómodo. Era total y absolutamente cómodo estar así, atrapado en un amor imposible al que nunca podría tener, siendo consolado por otro amor imposible del cual ni yo era consciente.

Ese fue el antecedente, una infancia incómoda que solo cobraba sentido cuando olía, en la sana distancia, el perfume de Martha mientras las manos de Raquel acariciaban mi rosto. Todas esas tardes en casa de las Escobar riendo y jugando, dichoso de ser el centro de las atenciones de ambas hermanas, como si fuéramos ya un triangulo amoroso, aun en la tierna infancia. Luego vendría una adolescencia tumultuosa, totalmente rendida a los encantos florecientes de las Escobar, que cada día se parecían más a las leyendas de belleza que leía en los libros de ficción que poblaron aquella etapa de mi vida. Disfruté mucho de sus atenciones durante toda mi adolescencia, eran mías y solo mías, por más que sus atenciones nunca habían derivado en aquellos sentimientos románticos que yo tanto ansiaba.

Tras ello, ya cumplidos los dieciocho, desaparecieron de mi historia por un tiempo, temporada que aproveché para vivir. Lo recuerdo como si fuera reciente, pues el primer día sin las Escobar en mí vida fue triste, lleno de lamentos por su forzada partida, obligadas a morar en otro país, tan lejos del mío que cuando me lo anunciaron, lo primero que pensé fue que no las volvería a ver nunca jamás. Días pasaron antes de que pudiese digerirlo, mas cuando lo hice empecé a sentirme aliviado, como consciente de una cadena que me tenía atrapado a ellas y que con ellas lejos cesaba de existir. Fue así que caí en los vicios. Suena a una cobarde justificación y lo más probable es que lo sea. La ausencia de las hermanas me reveló un vacío dentro de mí que solo los vicios me ayudaban a olvidar, un vacío que me empujaba cada vez más lejos en los caminos más tumultuosos y malsanos, pues solo en esa miseria podía yo dejar atrás los hermosos días de antaño. Me había convertido en un parásito que chupaba vitalidad de los demás para mantener su patético intento de vida vigente Admitiré que no lo recuerdo con arrepentimiento, las memorias de esos días no me ruborizan en lo más mínimo, por mucho que cometí actos innombrables. Todo fue en aras de la diversión, de la juventud y la irresponsabilidad, todo fue para poder un día decir que yo había vivido como nadie, que había disfrutado de los excesos cuando el cuerpo aun era joven. Según Raquel eso me hacía un viejo atrapado en un cuerpo juvenil, pero en esos tiempos no estaba Raquel para recordármelo. Durante esos años, el perfume de Martha y el toque de Raquel no eran más que pueriles e inocentes recuerdos de una época mejor, una mucho más feliz y sencilla.

Volvieron a mi vida cuando recién daba yo mis primeros pasos en el mundo de los adultos. Me aterrorizaba la perspectiva de pagar por mis propias necesidades y eso cortó todos mis vicios con una efectividad que ningún duodécimo paso podría haber logrado. Dejé de ser el parásito vicioso y, en adelante, tuve que concentrarme en ignorar la voz caótica detrás de mi cabeza que me invitaba al desorden. Aprendí a callarla para poder hacerme un androide más del sistema, otro esclavo de la rutina que deja de tener aventuras y las cambia por un ambiente tranquilo, donde el miedo se traslada de los finales a los inicios y donde la inercia es la única amenaza a lo más preciado que tenemos los androides: la conformidad con el estancamiento. Era miserable, de verdad miserable, en aquella no tan lejana época, tenía que pelear cada día contra las tentaciones más ruines y triunfar si quería sobrevivir en el mundo de los autómatas, un mundo que hedía a engranajes triturando los cuerpos de los trabajadores para seguir lubricados con la sangre y el sufrimiento de estos. Quizá lo pinto exageradamente, pero lo hago porque fue así como lo viví en su momento. Fue esa dificultad de resistir las tentaciones la que forjó la dureza de mis modos y el silencio con que manifestaba mi conformismo. Creo, firmemente, que estaba en camino a convertirme en un ser despreciable, de aquellos que consideran al mundo inocente y a la gente buena, esos caprichosos cobardes que derraman lágrimas ante la primera manifestación del azar, o de la malicia del mundo. Ahora me da un poco de gusto verme como soy hoy, sin hallar culpa cuando analizo las cosas que hago para sobrevivir, para mantener viva mi sangre.

En esta época de androide recibí un llamado telefónico de un número desconocido. Fue peculiar porque al agarrar el celular me sentí extraño, y cuando al otro lado escuché la voz de Martha me sentí completamente fuera de mí, como si la imposibilidad se diese la contra a sí misma y se manifestase para mis oídos. Creo que habría esperado una llamada de Raquel, creo que hasta la iba ansiando desde el día de nuestra separación, más seguro de la amistad que tenía con ella que de las ínfulas amorosas que tuve con su hermana, por ello resultó aun más bizarro que fuera la voz de Martha la que me buscaba y me pedía un encuentro, una cita, un café. Lo que sea con tal de volver a contemplarnos.

Acepté, en medio del más profundo y desesperante terror acepté. No sé qué me asustaba tanto, no sé qué fue lo que me llevó a temblar cada vez que recordaba la cita que tendría en unos días. Pudo ser la antelación, la emoción de la reunión posiblemente, pero creo que hubo un oscuro presagio para quien era yo en ese entonces, como si un recóndito y misterioso resabio de magia me anunciara que aquel encuentro con Martha sería algo fuera de lugar, un reencuentro muy esperado en que todos los anhelos pasados serían cumplidos, por fin.

Previsiblemente no fue así. Martha me trató con cariño, con infinita ternura me hablaba y me contaba de su vida, de todo lo que había hecho desde que habíamos dejado de vernos, lo hizo con terrible detalle, lo cual me permitió inferir no solo los pormenores de su historia, sino los de su hermana y toda su familia también. La vida no había sido del todo amable con los Escobar, tenían fortuna económica, sí, pero a cambio la salud de los padres se precipitaba al abismo final, la muerte los esperaba en forma de tumores malignos inoperables que lentamente trasladaban a los señores Escobar más allá del alcance de sus hijas. A la par, Raquel había desaparecido en una sucesión de novios infieles que los padres miraban con malos ojos, pero Raquel parecía no querer parar, parecía no entender todo el sufrimiento que a sus padres traían sus ires y venires por las vidas de tipos que no la merecían. Ahí intuí el motivo por el que había sido convocado y Martha me lo confirmó minutos después, cuando me pidió que la ayudara a convencer a su hermana de calmarse un poco, aunque fuese por un rato para darles una tregua a sus enfermos padres. Yo no supe qué responder, no sabía cómo hablar de eso con Raquel, a quién, además, no veía hacía años, pero Martha ya lo tenía todo planeado, según ella solo tenía que volver a su vida para que ella encontrase, nuevamente, el camino adecuado. Fue así que volví a ver cada día a las hermanas Escobar.

¿Qué puedo decir de esa temporada? Llegaba por la noche, me recibía Raquel con una sonrisa muy amplia y me daba abrazos mientras Martha preparaba algo de comer, entonces nos echábamos a ver televisión sin verla, más concentrados en amenas charlas que me dejaban completamente sonriente. Fue una época alegre, eufórica mejor dicho. Me reencontré con los días de mi niñez al acompañar a Martha y Raquel cada minuto que podía. Las dos vivían juntas en un apartamento minúsculo, en el centro de la ciudad, al cual me trasladaba después de enfrentar mi agotadora jornada laboral. Llegaba a la puerta de ese apartamento con los ojos casi cerrados del cansancio, con el humor por los suelos debido a los inevitables choques con jefes o compañeros de trabajo, fatigado por las exigencias que la rutina imponía en mi vida, manejándola como le daba la regalada gana, sin consideración a mis proyectos y anhelos, perdidos ya en el remolino de mantener vivo mi vicioso consumismo con el que construía el hogar perfecto, equipado con los mejores muebles, los ornamentos más caros e inútiles que podía encontrar, esclavizado a hipotecas, cuotas, deudas y todos esos tormentos. Admito que tras todas esas jornadas agotadoras para ganarme el dinero que pagaría mis deudas, llegaba desganado y dispuesto a irme tras media hora de visita. Siempre me decía eso a mí mismo: “media hora y me largo que tengo mucho que hacer mañana” pero me quedaba, hasta bien entrada la madrugada me quedaba con ellas y reíamos y comíamos, bebíamos a veces, era un espacio donde hasta un androide como yo podía sentirse menos maquina y más humano, un lugar donde dejaba de preguntarme por qué necesitaba, un solitario como yo, el paquete de la casa, los muebles, los ornamentos cuando no tenía ni perro que me ladre. Me concentraba en reír, en disfrutar de la compañía de las hermanas que consolaban mis dudas y me daban ánimos para volver al trabajo a cumplir mis jornadas laborales y ganar el sustento, pagar mis deudas, ahorrarme dinero, ser un androide feliz y conforme.

Todo eso terminó un día en que antes de llegar al apartamento de las Escobar me encontré con Martha esperándome en la esquina de su cuadra. Me miró con una determinación que abrumó mis sentidos y confundió mis pensamientos durante un breve instante en que no pude respirar, me pidió que por favor esa noche no fuera a su casa pero que al día siguiente me pasase por ahí para visitarlas en el transcurso de la tarde. “No puedo” le dije “tú sabes muy bien que trabajo” agregué angustiado ¿por qué me negaba mi refugio nocturno? ¿Dónde curaría mi angustia laboral si no era en la relajada felicidad de pasarla bien con las Escobar? Pero ella me insistió delicadamente, hasta el punto en que mi terquedad cedió y le juré que al día siguiente acudiría a su llamado.

Tuve que reportarme enfermo aquella misma mañana, mandando una nota médica del puño y letra de un amigo galeno, al cual terminé debiendo un par de complicados favores de los cuales no quiero hablar en este momento. Sin embargo logré presentarme en el departamento de las Escobar ni bien el reloj dio las dos de la tarde. Dentro pensé que encontraría a ambas hermanas, así que grande fue mi sorpresa cuando solo me encontré con Martha. La tarde fue incómoda, no podía entender porqué pero sí lo sentía en los huesos y en la mente, algo no cuadraba en la hermenéutica de nuestras cortesías, algo había cambiado en nuestras miradas y en la forma en que las palabras sonaban cuando eran expulsadas de nuestras mentes a través de nuestras bocas. Como si algo estuviese descolocado y no hubiese forma de especificar qué. Esto era molesto en más de un sentido, pues le quitaba el aura de santuario al hogar de las Escobar, el único lugar donde me deshacía de todas mis preocupaciones terrenales estaba siendo mancillado por aquel ambiente extraño que la actitud de Martha propiciaba.

Pero he ahí que los designios misteriosos del vacío comenzaron a obrar. Cuando ya empezaba a enfadarme por la situación, Martha rompió un silencio que venía arrastrando desde hacia media hora y me pidió que le hiciese un hijo. La sorpresa que experimenté solo puede ser medida en cifras inefables, en expresiones en mi rostro que no creo poder repetir jamás, mientras que el rostro de Martha era frío, totalmente calculador e inconmovible ante mi sorpresa. Nos enfrascamos en otro silencio, aunque lo cierto es que solo era yo el callado, abstraído en la realización de que nunca había notado la frialdad en los ojos de Martha, mientras ella me lanzaba un discurso de la cercanía de la muerte de sus padres, del deseo de darles un nieto antes del amargo final y no sé cuantas justificaciones a semejante propuesta. Admito que mi deseo por ella se remontaba a la infancia, incluso puedo confesar que más de una vez incurrí en vergonzosas prácticas onanistas con ella en mente, prácticas sazonadas por fantasías cursis e imposibles en las que ella me entregaba todo su ser y se sometía a mis deseos más sublimes, en coitos en los que, a veces, participaba también Raquel, su hermana. No me oponía a tener relaciones sexuales con ella, para nada, pero sí me inquietaba la petición de un hijo. ¿Cómo podía darle yo un hijo? ¿Acaso era posible que yo fuera capaz de engendrar a un pequeño androide que terminaría igual de atrapado en la gran maquinaria del mundo en aras de sobrevivir? ¿Qué, en el vasto mundo de Dios, podía haberle hecho pensar a esta muchacha que yo era el candidato ideal para ser padre de su primogénito?

Ninguna de estas preguntas me fueron respondidas entonces. Por enésima vez en mi vida no supe qué hacer, ni qué pensar y mientras yo callaba completamente inmóvil, Martha se desnudaba revelando las carnes que siempre había imaginado en aquellas noches adolescentes. Mas ni siquiera mi cuerpo respondía a ninguna de las órdenes de mi cerebro, estaba paralizado de terror y por eso dejé que me quitara la ropa y me eché en su cama mientras ella frotaba su piel contra la mía, dejándome completamente electrizado ante cada embate de su cuerpo rozando al mío. Y ni así pude obtener una erección, en un acto que declaro fue una completa traición al joven yo que tanto había soñado con las Escobar, seguro de que nunca las tendría, poco consciente de la traición de su yo del futuro. Ese sentimiento no ayudaba al cometido de las caricias de Martha. Sin embargo ella insistía, me susurraba muchos por favores al oído, me rogaba que le plantase mi semilla, que la hiciera mía para siempre, que ella lo venía soñando desde que éramos más jóvenes, como si estuviera hablando directamente a mi pasado, haciéndome feliz demasiado tarde. Llegó al punto de estimularme de todas las maneras posibles con sus palabras, con sus caricias, con su lengua y hasta con su sexo, no fue hasta después de horas que pudo obtener una erección mía y la aprovechó sin perder el tiempo mientras yo me quedaba inmóvil, nuevamente, y perdido en el miedo a procrear, el más arraigado temor a arrastrar una nueva vida al destino mísero de los humanos, enjaulados por la sociedad, obligados a vivir engañados por empleos mentirosos que prometen bienestar al ingenuo que los necesita, solo para encerrarlos en círculos viciosos que perpetuán la desesperanza del ciclo de la vida y la muerte. Vidas controladas por una insistente ceguera que nos protege de ver los hilos que cuelgan de nuestros cuerpos de marionetas. Tales eran mis pensamientos mientras Martha me montaba, gimiendo suavemente, estimulando mis temores con una mirada espectral que tardó mucho en desaparecer de mi vida. Tardé demasiado en acabar, pero cuando lo hice fue cuantioso y dentro ella, cumpliendo así con la petición que ella me había formulado horas antes.

Luego se echó a lado mío y se quedó dormida. No tapó su desnudez con nada, solo se durmió y me dejó a solas con mis pensamientos. Podría haberme detenido a pensar en todo lo acaecido, pude – y a toda costa evité – llorar amargamente pues, por alguna razón, eso deseaba; tenía un peso titánico en el pecho, una angustia insoportable que me lleno de pensamientos oscuros y me obligó a salir a medio vestir de aquel lugar que alguna vez había considerado mi santuario. Ni bien llegué a la calle me largué a correr como nunca he corrido en mi vida, hasta que mis ojos ardían por el contacto con el sudor y mis extremidades pedían a gritos un descanso antes de que sucumbieran y quedaran completamente destrozadas. No podía entender el origen de mi ansiedad, no lograba comprender nada en ese momento, solo sabía que vislumbraba dentro mío algo innombrable que amenazaba con cambiar la configuración de mis días, un oscuro presagio que me eliminaría poco a poco, hasta que no quedase de mí más que un mísero intento de humano, una burda imitación de vivir, y a eso se reduciría mi historia.

Así se manifestaban los miedos en mi cabeza y yo intentaba olvidarlos con el dolor de mi fatigado cuerpo. No fue hasta que tropecé y me rompí el brazo que pude dejar de gritar en mi mente y escuché una voz acusadora y angelical que me recordó que yo era un androide, que yo había sido un parásito, un mísero intento de humano que imitaba, burdamente, lo que en su achicada percepción era vivir. Me levanté con la nariz sangrante y el brazo torcido, cojeé por los callejones más oscuros de esta ciudad hasta que la voz de Raquel me llegó como si de un sueño dentro una pesadilla se tratase. Efectivamente, pude notar que ella estaba ahí cuando sequé el sudor de mis ojos y dejé entrar aire a mis desvencijados pulmones. Me pareció un milagro hermoso y terrible encontrarme con ella, captar el olor a desodorante femenino que ella siempre desprendía y que colmó todos mis sentidos en apenas segundos. No sé cómo explicarlo, pero estoy seguro de que pude tocar ese aroma, pude verlo, degustarlo y hasta escucharlo abrirse paso por el aire frío de la noche, en aquel callejón que carecía de tráfico, apenas iluminado por una luz titilante. Raquel me dio un abrazo poderoso mientras decía cosas sin sentido, mencionaba algo sobre una rastrera y me preguntaba si es que había acabado dentro su hermana; yo respondí con la verdad a esa y muchas otras preguntas que prefiero no recordar, pues delataban al autómata que soy, a la mísera simulacra de humano que he sido siempre.

Ignoro cuando fue que me puse a gritarle, tampoco recuerdo qué fue lo que me provocó tanta rabia. Solo sé que de un momento a otro me vi a mi mismo gritándole a Raquel como si ella fuese la culpable de mi cobardía, de mi miseria y mi angustia. Me abochorna confesar que hasta le di un revés en pleno rostro y me avergüenza aun más confesar que encontré placentero verla gritar de esa manera, no porque sus gritos indicaran que sufría, sino porque me pedía que continuara, lo gritaba a viva voz, parecía desquiciada y perdida en morbosas peticiones de más golpes, de muchísimo más dolor que solo mis propias manos podían darle. “Lo deseo” me repetía, “dámelo” gritaba en mi oído hasta que mis instintos más deplorables estallaron a flor de piel y, poniéndola contra la pared, arranqué sus ropas y la tuve ahí mismo, olvidado de toda vergüenza y cuidado, del riesgo mortal que implicaba haber estado dentro de otra mujer unas horas antes – nada menos que su hermana – sin protección y entrar dentro ella, también sin protección. Tuve a Raquel en aquel callejón gris que brillaba naranja intermitentemente, gracias al palpitante y magro fulgor del poste de luz, la tuve violentamente mientras el sudor volvía a cegar mis ojos y la sangre de mi nariz bañaba su espalda, primero, y su hombro y pecho izquierdo, después, hasta que ya no quedó nada de mi semilla y toda fue vertida dentro Raquel.

Cuando abrí los ojos ya era de día y estaba tirado en plena acera, con los pantalones abajo y la cara manchada por sangre seca. Por mi vida que no alcanzo a recordar en qué momento me desmayé, pero poco me importaba ese tonto detalle en aquel instante pues estaba ahogado por una profunda vergüenza que logró resquebrajar las resoluciones más intensas de mi corazón. Ni siquiera intenté asearme, o beber, o comer, volví a correr sin el menor aprecio por mi cuerpo de androide, ni la fatiga acumulada del traumático día anterior que me había tocado vivir, solo corrí al hogar de las Escobar y estuve tocando la puerta por buena parte de la mañana sin respuesta alguna. Alrededor del mediodía la frustración le ganó a mi paciencia y le di una patada a la puerta que, para mi sorpresa, se abrió con facilidad pues no estaba cerrada con llave. Dentro no me esperaba nada y por mucho que esperé un par de meses sin moverme de ese lugar, las Escobar nunca retornaron. Dejaron todas sus cosas atrás y se marcharon a donde yo no podía perseguirlas.

Huelga decir que mi primer mes ahí estuvo dominado por la culpa. Cada día me despertaba y revivía las escenas vividas con cada una de las hermanas. Por mucho tiempo lamenté mi indecisión, mis dudas, mi cobardía frente a Martha, pero luego recordaba mi violencia, mi morbosidad y el descontrol frente a Raquel y ya no sabía qué pensar. El segundo mes estuvo dominado por la rabia, pues empecé a preguntarme demasiados porqués que me mantenían en vela, que me hicieron olvidar mi programación de autómata y me permitieron dejar ir todas las angustias, transformadas en una furia asesina que no encontraba donde ser encausada. O al menos no lo encontraba hasta que, al terminar el segundo mes en casa de las Escobar, destruí el lugar con mis propias manos en un estallido tremendo y sin precedentes que dejó cicatrices en todo mi cuerpo.

Pasé el siguiente año y medio ganando el dinero justo para sobrevivir y para costear vicios, fueran los que fueran, ninguno me quedaba corto, todos esos vicios me ayudaban a dejar de lado mi pasado de autómata, olvidando que si bien ya no era uno, me había convertido en otro tipo de esclavo. Uno mucho peor pues no lograba olvidar las angustias de su pasado de androide, ni podía perdonar a quienes le habían robado la comodidad de esa vida. Tenía cuantiosos ahorros acumulados, precisamente, en esa época, pero era dinero que las Escobar me habían motivado a ganar y por lo mismo me asqueaba. No quería volver a entrar en contacto con lo ya vivido, ni siquiera con el futuro, solo deseaba olvidarlo todo y morirme en vida. Y así fue hasta que, una mañana de invierno, abrí la puerta y ahí estaban las Escobar.

No fue un encuentro grato. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no vomitar, para no estallar en lágrimas de crío al verlas sentadas en mi desastrosa sala, todas serias y altivas, frías con un aura gélida que lastimó mi cabeza torturada por una resaca karmática que hacía tiempo venía durmiendo con más alcohol y narcóticos. Pero esa resaca tenía que llegar, ver a las Escobar lo hizo más claro que nunca.

Me lo explicaron todo y vaya que dolió, cada palabra que dijeron dolió como lanzas atravesando mi pútrida carne. Era todo una mentira, desde la tierna infancia hasta el último y pérfido día. Yo no era más que una apuesta entre las hermanas, una víctima de un, particularmente enfermo, juego largo, un juego que había evolucionado con el tiempo. “Empezó como apuestas de quién te hacía reír” comenzó Martha, “luego pasamos a ver quién lograba hacerte llorar, pero nunca nadie ganó esa apuesta” continuó Raquel, “el tiempo trajo diferentes retos que fuimos logrando, mantuvimos un registro de nuestros puntajes muy estricto” siguió Martha y, entre ambas, me contaron acerca muchas de sus apuestas, de esa cruel y encarnizada competición que, muy a mi pesar, encontré apasionante por el relato fiero que daban mis dos torturadoras. La noche ya teñía el cielo cuando llegaron a la apuesta final, la trampa en la que caí como idiota al creerme esa mentira infame de los padres moribundos, de la vida descontrolada de Raquel, toda una sinfonía tocada por la mejor de las sinfónicas, pero por esa noche me consolé con el hecho de que esa apuesta final, al parecer, había resultado infructuosa.

Se fueron esa misma noche. Dijeron que se marchaban del país, que Martha tenía un prometido europeo y que Raquel recorrería Asia. Naturalmente no les creí nada de nada, pero comprendí que no mentían en el hecho de que se marchaban y de que, por fin, me dejarían en paz. Entonces retornó la angustia, cuando Martha y Raquel me dieron un último beso de despedida y me anunciaron que partían sin más arrepentimiento que nunca haber logrado cumplir con la apuesta de hacerme llorar, punto que habría roto el empate en que todo había quedado.

Esa noche no dormí, acosado por pensamientos nefastos traídos por las revelaciones de aquella jornada. No lloré, no experimenté ira, no sentí absolutamente nada, como si ya no fuera ni un autómata, ni un parásito, como si por fin fuera un homúnculo sin sentimientos, creado para no reaccionar, ni indignarme, perdido en la más absoluta apatía. Y esperé. Esperé a que la madrugada pasase, vi como los cielos oscuros se fueron destiñendo hasta que alcanzaron las tonalidades grises del amanecer y el sol fue saliendo poco a poco, iluminando mis cansados ojos rojos que miraban al vacío como nunca antes lo habían hecho – directamente y sin velos – sin más mentiras que las propias que me salvaban de enloquecer, ojos desfallecientes que no parpadearon cuando el timbre sonó y no se cerraron en la media hora que esperé tras el repiqueteo de la campana. Cuando, por fin, me levante y abrí la puerta me esperaban dos pequeños paquetes que se movían y respiraban pero, milagrosamente, no lloraban.

Metí a los bebés a casa y las revisé por toda buena parte de una hora. Eran dos niñas preciosas a las que nombré en el acto, las acomodé en mi cama y las contemplé con los mismos ojos rojos que hacía poco contemplaban el vacío. Después de un rato viéndolas dormir, descubrí que sonreía como un idiota y supe que ya no era ni un androide, ni un parásito, ni un homúnculo. No supe, ni sé que soy, pero ahí mismo descubrí que importa poco lo que yo sea o lo que yo pueda ser, nunca dejaré de ser un esclavo, mas ahora puedo ser un esclavo feliz, un esclavo que sonríe y ama a sus nuevas amas. Un esclavo que rompió a llorar mientras las contemplaba, sangre de su sangre, rendido a amarlas.

Cuando Lucifer llegó al lugar donde lo habían invocado apenas pudo contener un bufido de molestia. No le molestaban los llamados, después de todo eran parte de su trabajo así que los asumía con total responsabilidad; lo que lo fastidiaba era la maldita actitud humana de pensar en él como un condenado villano, uno de esos seres enfermos que disfrutaban con la sangre, la muerte, y otras basuras muy humanas que no terminaban de entender. Pero, aun si era uno de esos raros humanos que entendían, lo hacían temblar mientras mantenía la cara impávida para no dar a relucir su asco, o su miedo, o algo que no tenía nombre en palabras humanas, algo que solo él y Dios conocían; ese sentimiento de observar a los humanos, de escucharlos hablar como si fuesen dueños de la verdad  querer reírse, querer llorar, querer gritar con todas sus fuerzas, mandando al olvido mundos y creando otros en el proceso.

Luego reparó en el humano que lo había invocado, notó que no era uno de esos tipos fríos y, de verdad, malignos, tampoco era uno de esos poseros sanguinarios, peor un metalero tatuado con frases satánicas que no tenían pies ni cabeza para quien sea que lo conociese a él o a su vasta progenie, en realidad su invocador no era más que un tipo raro, de pelo largo, todo lampiño y flacucho, vestido con pilchas finas y rimbombantes; parecía otro de esos hijitos de papá que lo llamaban cuando un morbo picaba sus curiosidades y hacían rituales con una emoción colmada de fantasías estúpidas y rencores floridos, rencores que buscaban ser satisfechos a costa de cualquier precio imposible, esos malcriados que en un arranque de ira mandaban al infierno a sus padres y vivían el resto de sus vidas lamentándose, culpándolo a él por algo tan monstruoso como quitarle a sus padres. Cobardes hipócritas a los que les llegaba demasiado tarde el arrepentimiento, que no podían asumir la responsabilidad de sus actos hasta que sus vidas terminaban en un solo lamento de culpa. Putos humanos y su entendimiento tan pobre de todo.

– Loco, mirá que no tengo nada de plata y hay un conciertango brutal en unos días. – dijo el muchacho con una voz gruesa infestada de algunos gallos que delataban lo joven que era. – pero tampoco te puedo estar dando mi alma ¿no ve? Entonces ¿qué propones flaco? ¿qué puedo darte a cambio de algunos billetotes?

Lucifer no contestó. Recordó sus días en el cielo, cuando los ángeles vagaban por los algodonosos confines de las nubes, derrochando grácilmente la exacta actitud del muchacho, como si aquel chico flacucho fuese un ángel caído que venía a recordarle aquellos días horribles en que se tenía que tragar a los ángeles y sus pavoneos coquetos y egomaníacos, sin mencionar a Dios y sus pretensiones de haber creado a los ángeles y a las cosas cuando ni siquiera sabía qué rayos hacía el mentado árbol prohibido a los humanos, cuando los humanos todavía eran dos y no eran tan variados, ni tan cretinos.

– Respóndeme, pues, loquito que estoy desesperado. – el muchacho esperó un buen rato pero a Lucifer no se le ocurría qué podía responderle a un ser tan angélico, le costaba comunicarse con esa clase de seres, no por nada había escapado del cielo. – porque si no se te ocurre nada yo tengo un par de ideas por ahí que te pueden estar sirviendo.

Mantuvo el silencio, pero asintió con la cabeza, notó que el muchacho se estremecía aunque no había miedo en aquellos ojos ambarinos que gritaban “jale” por todas partes.

– Yo en eso del alma no creo, pero por si acaso cuido la mía. Aunque, eso sí, puedo asegurarme de darte varias otras almas, vos me dices más o menos cómo y yo me doy forma de conseguirlas, porque un alma es un alma pero varias…bueno, vos debes ser de esos que mientras más consiga mejor está, así que es buena oferta ¿o no?

Lucifer se empecinó en su quieta y silenciosa terquedad. No emitió sonido alguno, solo recordó a Dios y sus ángeles, recordó la caída al infierno y la libertad absoluta de saberse su propio jefe, los deberes magros de ser el portero del inframundo y la plena sensación de bienestar que traía no oír los coros divinos, ni oler los alientos angélicos que se desgastaban en palabras tan propias de la boca de Dios, como si todos fueran el lamebotas ese de Metatron que solo repetía incansablemente lo que Dios improvisaba en las borracheras más intensas.

– Tengo una mejor idea… – prosiguió el muchacho.

Pocas cosas arruinaban el humor de Lucifer como las actitudes angelicales. Los condenados humanos pensaban en los ángeles como seres de luz, como la inocencia más bondadosa que un mundo pútrido como el suyo podía anhelar. A los humanos les gustaban los ángeles pues en ellos podían proyectar todos sus sueños de perfección y todas las bondades que el tiempo les iba robando, los humanos elegían rezar a los ángeles buscando sus protecciones porque en el fondo sabían que a los ángeles les valía tres palmas de pito lo que pudiese pasarles, y los humanos eran tan mentirosos que lo único que querían eran más mentiras que los dejasen seguir adelante, siempre adelante, nunca atrás, ni a los lados, ni arriba, ni abajo.

– Te daré las almas de millones de infantes, lo haré en un pestañeo y las tendrás en la palma de tu mano.

El muchacho insistía, ajeno a que Lucifer estaba pero no estaba y en tal condición no hizo nada cuando el chico tomó su mano, ni tampoco hizo nada cuando la sintió posada sobre el miembro erecto del jovenzuelo, solo pudo recordar a Dios y sus berrinches mientras el muchacho le cerraba los dedos en torno a su pene y movía su mano asiéndolo por la muñeca, empezando lento y continuando cada vez más rápido, progresivamente raído, soltando jadeos fuertes y gemidos que parecían gruñidos trancados en su garganta. Cerró los ojos y vio claramente a los coros de ángeles rodeándolo, a Dios mirando sonriente desde un trono improvisado desde donde se hacía al importante, y cuando en su mano nadaron muchos infantes condenados a la no-vida, cuando el último gemido del muchacho hubo escapado, solo entonces volvió a sentir la cálida ligereza de las sustancias angelicales chorreando de su rostro, los coros de risas y el chillido furioso que salió de su boca mandando a la mierda a Dios, que era peor que los mortales, separando el suave algodón de las nubes y tirándose al vacío, inmortal y liberado, dejando que el viento limpiase los restos de ese mundo celestial pegados a su rostro, listo para darle la bienvenida al calor de los fuegos infernales, que hacia rato clamaban por alguien que los cuidase, ansioso de ser el custodio de ese ejercito de pecadores a los ojos de un cretino, que no tenían quien los hiciese sentir bien en sus concepciones masoquistas del perdón, ni quien les brindase la paz eterna de saber que podían pagar todas sus deudas, todas sus culpas.

Cuando abrió los ojos vio los perdidos irises del muchacho muy cercanos a los suyos y supo que él tampoco era nada como para juzgar a los mortales por mentirse, cuando justamente chasqueaba los dedos para dejarle un montón de dinero al flacucho muchacho, quien se reía como desquiciado.