Archivos para marzo, 2012

Un Comercial para Varones

Publicado: marzo 13, 2012 en Zopilotadas
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Un Comercial para Varones

Veánlo, las palabras están de más en esta ocasión.

Dicen que las mejores ideas ocurren (o se van por) aquí.

 

– “Por eso sé que puede ser vencido. Porque es un fanático. Y el fanático siempre está ocultando una duda secreta”

George Smiley, de Tomás Alfredson

 

Si les das tiempo suficiente, las discusiones o debates llegan a un punto de acuerdo mutuo.   Sea en las opiniones o en los mismos desacuerdos, puede verse como ambos debatientes, que antes no concordaban con algo de manera venenosamente elegante o visceralmente brutal, llegan a un punto en que no pueden negar que han descubierto un punto en común. Lo divertido son las maneras en que se lidia con esto, hay quienes logran convertir al otro a su punto de vista y otros que ignoran estos parecidos mediante la simpleza de la negación o el relativismo forzoso (esa manera peculiar de rendirse sin ceder) y, de todos modos, se empeñan en destrozarse mutuamente bajo el velo de decirse lo mucho que están de acuerdo con el otro, haciéndose amiguitos con la falsa paz del “Son puntos de vista”. Tristemente los primeros son jodidos que quieren ser admirados, cuando menos que se consideren sus verdades como absolutas, y los segundos son o flojos, o hipócritas, o apáticos, o quizá se dieron cuenta que la verdad es que ambas posiciones son mentiras porque toda verdad es una mentira que alguien eligió creer.

Lo que recibimos como educación (ese paso por las instituciones del colegio, la universidad o sus variantes, donde se nos enseña a encajar en la sociedad y lo que esta dice del conocimiento) es el producto de las investigaciones que la humanidad ha llevado a cabo durante milenios, mismas que se han actualizado a través del tiempo. Teorías han reemplazado a otras, verdades han sido declaradas mentiras pues otras verdades les quitaron el trono, modos de pensar se han considerado obsoletos y otros han fallado en retratar fenómenos de la realidad.

El meollo está en que la realidad es algo demasiado grande para lo que el humano la pueda abarcar en su totalidad. Si bien hay aproximaciones como la física, la matemática y otras ciencias, ellas solo pueden abarcar ciertos límites, e incluso son ellas mismas quienes dicen que necesitan mejorar sus alcances y definiciones para poder comprender mejor lo que Es la realidad (un “es” con mayúscula, un “es” absoluto, la última definición de lo que es el “es”), y es así como un tiempo se daba por sentado que X era Z, mas hoy en día se sabe que Z no es X, sino que en realidad es Y. Lo gracioso es que en el futuro puede que se diga que Z es, fue y siempre será R. El humano se ampara en absolutismos para poder salir adelante,  para que el terror de la incertidumbre no lo destruya, por eso se inventa verdades  y cree en ellas, para que la desesperación de admitir que es tan solo un moco triste no lo mate.

No se equivoquen. Una cosa es que ustedes crean que deseo provocar a alguien con estas cosas, otra es que lo haga solamente por eso. Si la gente vive feliz en su verdad, bien por ellos. No seré yo quien los saque de la belleza de sus absolutismos (es posible que ni yo, ni nadie, quizá, pueda) puesto que no hay muchas maneras de probar que lo que creen no es así, solo existen formas de comprobar que puede no serlo. Si lo que quiere uno es intentar llegar a aproximaciones de verdad tendría que dedicarse a la epistemología y morir deprimido.

Pero es que ahí que está la gana de adscribirse a una verdad. Probarla. Meterse a una corriente específica, designada, comprobada y aprobada que permita aproximarnos a una verdad que nos de la chance de sentirnos poseedores del Conocimiento Absoluto. Por muy torturado que te sientas, aun te queda el consuelo de creer que sabes más que los demás. Y puede pasar, no se niega que, en efecto, sepas más en ciertas esferas del conocimiento pero eres un pobre pelotudo en otras y no alcanzas a ver como a otras personas les funciona ser simples religiosos, o personas supersticiosas, o científicos y filósofos que se aprenden de memoria párrafos enteros de pensamientos ajenos, o tantas cosas de entre demasiados etcéteras. Y te sientes superior, aun cuando ambos están al mismo nivel.

¿Cuál es la mejor manera de manejar la tensión que ocurre cuando tu verdad, sustentada por tus mentiras, es confrontada por la verdad de los otros, sustentada por sus propias mentiras? Quizá eso depende de quienes confronten sus opiniones. Efectivamente hay gente que ha de tomar su argumento de forma dogmática y no analizará ni propondrá nuevos puntos de vista, pero siempre hay un punto de crisis, quizá cuando encuentra similitudes, quizá cuando sus verdades tiemblan ante los argumentos de las otras verdades que, para cada uno de nosotros, por supuesto, son mentiras.

Todo es mentira, así como todo es verdad. Todos estamos en lo correcto (pues en la vida diaria todos aplican diferentes filosofías y estrategias, diferentes pensamientos y métodos y les sirven, de alguna manera el método más científico puede ser tan útil como el misticismo más fantástico) y todos estamos equivocados (pues según cada línea del pensamiento son los otros quienes se equivocan, quienes no llegarán a la verdadera plenitud, a quienes tendría que salirles las cosas mal pues lo hacen de la manera equivocada y obtienen, sin embargo, los mismos o, a veces, mejores resultados). Quizá cada línea de pensamiento ha identificado una verdad pero no por ello lo es, simplemente es lo que quisieron llamar verdad o, si se quiere, lo que ellos pudieron comprender de, lo que desean que sea, LA Gran Verdad.

Y nunca la identifican. Parten de la premisa de que buscan una aproximación a la misma y, a partir de ello, llegan a conclusiones absolutistas, no pueden pensar en una idea de verdad inalcanzable al objeto cognosente podría decirse que para todos hay verdades pero nunca sabremos si lo son por el mismo hecho de pensar que pueden no serlo, o que todo es una mentira. La cosa está en que tan bueno eres en defender tus absolutismos, tu ilusión de completitud. No olvidemos un punto importante: la certeza. Los humanos viven en la Creencia, confundiéndola con la Certeza. Si es que hay, o no hay, una verdad última es una cosa que está más allá de los esfuerzos humanos: es un simple “no lo sé”, o un escueto “que se yo”… y por eso el humano elije ampararse en su creencia creyéndola certeza, incluso todo lo que digo precisamente aquí, o lo que sea que concluyó quien sea que haya leído estas palabras, son formas de lidiar con esa angustia de no poder aprehenderlo todo, con la imposibilidad del conocimiento absoluto, con el poco control que tenemos sobre la realidad, nosotros, los reyes y reinas de la creación.

Oración en MI menor

Publicado: marzo 10, 2012 en Cuentos
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Gracias dios del alba por dar paso al nuevo día, te agradezco dios del sol por permitir que tu hijo orbite en torno a nuestra tierra, centro del universo, te saludo dios de la naturaleza que mantienes vivos a los seres humanos y sobre todo gracias dios de la noche por marcharte humildemente y velarnos en nuestro sueño.

Gracias dios de la leche que me permites beberla copiosamente cada mañana antes de empezar un nuevo día, eres lo máximo dios del trigo que me traes el pan a la mesa como si fuese un milagro, gracias dios de la mermelada por ser tan dulce con tu néctar.

Gracias dios del peatón por cuidarme en las calles de cualquier mal, por permitirme caminar tranquilo con todas las certezas que nos dan, especialmente el semáforo ¡oh gran dios de la electricidad! Donde tú también actúas. Gracias dios del transporte público por permitirme subir a tus instrumentos y gracias dios del tiempo por permitirme adelantarme a la norma de mi empleo.

Gracias dios del trabajo por permitirme ganarme el derecho a vivir en mi sociedad querida, gracias dios del capitalismo por permitirme surfear tus venas y ser alguien en tu hermoso sistema, gracias dios de las mujeres por hacer hermosa a mi secretaria, gracias dios de la pereza por alejarte cuando debo trabajar.

Gracias dios de Job que me mandas estas pruebas duras cuando menos las necesito, ayúdame dios de la entereza a enfrentar este nuevo reto. Te lo ruego dios de la economía, no me apartes de tu ala protectora ¿estás ahí dios de la bancarrota? Ya no puedo más, dios de las vicisitudes, no puedo creerme que el dios de las estafas me haya desamparado, no me cabe haber sido delatado, sabrá quién por cual dios. Por favor dios humano, dios religioso enséñame el camino para llegar a la gloria del cielo que me prometes, dios de la fe evita que caiga en tentación, ciégame con tu velo y déjame ver el camino que tú eliges para mí.

Dios de las pistolas haz que esto sea rápido, dios de la muerte acógeme en tu abrazo; dios de los hombres, dios religioso, dios de la liturgia grítame si existes antes que descargue esta bala en mi cabeza, pruébame que estas ahí, soy hijo de las neo-sociedades, ver para creer me enseñaron… tan solo una prueba.

Gracias bala por penetrar en mi cabeza.

Especulemos con la imagen

Hay inseguridades que pueden terminar por asesinar lo que nos queda de valientes. Pero, eso sí, las inseguridades son madres de muchas dudas y más de un arrepentimiento. A las inseguridades no se les puede decir “FUCK YOU” así nomás, pues incluso al hacerlo se asoma un pequeño atisbo de reconocimiento de la propia mentira, después de todo no es fácil reconocer las flaquezas en uno mismo y tutearlas con la convicción del deseo de ustearles. A las inseguridades se las tiene arraigadas en algún lugar del ser, se ocultan en plena vista cizañando a las creencias, dinamitando los egos, ocultándose en las certezas y bien protegidas por mentiras que desearíamos que fueran verdades. Una persona, como tú o como yo, es esa que va por la vida verborreando extensos monólogos internos, preguntándose si debió comerse la torta del desayuno antes o después de vomitar, desvelándose por alguna frase malintencionadamente inocente que alguien dijo, repitiendo las palabras de un rechazo, incrédulos ante las aceptaciones, decididos ante sus apariencias pero de nuevo desinflados frente al espejo. Las inseguridades son como los desconsuelos, no se van sin dejar huella.

O cicatrices, si se prefiere el drama. Como sea que se lo llame, es una impresión fuerte el recordar cosas que no hicimos bien o no hicimos para nada solo para ponernos a mirar al suelo (algunos por segundos, otros por minutos) para dedicarnos a sabotear con alguna memoria estúpida, o un pensamiento disfrazado de sentimiento, nuestra regalada gana de hacer algo. Mustios o arrogantes nos apartamos de actos para ceder a los insultos de alguna inseguridad de turno. Arrepentidos nos largamos a odiarla a la Inseguridad (pues siempre hay un iluso que cree que hay una sola, así como está el necio que se cree libre de ellas) y a disfrutar de sus hijas, las dudas y su prima, el Arrepentimiento.

Por supuesto que hay quienes se amparan en la deliciosa femme fatale, la Mentira. Esos que se sienten tan seguros que, aun así, dudan de que alguien pudiese romperle la crisma a sus creencias. Si nos movemos en la lógica de la patraña social, pues obviamente somos todos perfectos copos de nieves, únicos, luminosos, comunicativos y completos. No es que critique a la mentira, sería imposible dado que es la misma mentira la que nos permite continuar con nuestras vidas, pero intentando nombrar a la verdad diré: “todos mienten, y sabemos que nos creemos nuestras mentiras.” ¿Quién mejor que uno mismo para venderse la Más Gran Patraña del Mundo? Hay quienes, con tal de ignorar a sus inseguridades, se compran Chocolates Calientes para el Alma y lo beben con esa forzosa lentitud de no un, si no EL Secreto (a gritos) que les da Paz a sus Vidas, sensación de que nada anda mal, que Dios o Alá o Quién Corresponda los mueve como lindas marionetas. Los humanos preferimos vivir en la mentira de la completitud, en el engaño de la creencia absoluta ¿Quién puede culparnos? ¿No es el mundo un Real tan atemorizante que necesitamos escudarnos en mentiras imaginarias, en símbolos omnipotentes que nos salven de la Verdad con muchas otras verdades? ¿No es verdad que si ese Jesús de la biblia hubiese dicho “que lance la primera piedra quien esté libre de inseguridades”, Magdalena habría perecido 2 minutos más tarde sin más trámite?

Es cierto que la gran mayoría dirá que las inseguridades son algo “malo”, que los inseguros nunca llegan a Roma o alguna sandez de esas. Lo cierto es que tendemos a etiquetar de “bueno” o “malo” muy rápidamente. Hay inseguridades que pasan por prudencia, así como hay inseguros que posan como calculadores. Es un error saltar a etiquetar a las inseguridades, después de todo ¿hay algo absoluto en la vida? ¿Es correcto decir que mi verdad es la tuya y la de todos los demás? ¿O simplemente nos gustaría, pues así lo creemos, que todos pensasen como pensamos? ¿Es tan imperdonable algo como dudar de uno mismo? ¿Puede un humano alcanzar omnipotencialidades sin metamorfosear a las mentiras en verdades? Entonces ¿por qué nos torturan tanto nuestras inseguridades? Simple. Son ellas las que se encargan de limitar el alcance de las mentiras que lanzamos sobre nuestro ego. Pero esa es mi mentira, digo mi Verdad.

EROTOMANÍAS

Publicado: marzo 4, 2012 en Cuentos
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(Adrián Paredes/Diego Erostegui)

 Se levantó un tanto preocupado por el muñón palpitante de su brazo izquierdo. Ella giró lentamente para ver qué era lo que había dejado atrás. Entonces descubrió que los ojos no estaban, “cosa extraña” se dijo acalorada puesto que aun veía, decidió volver a levantar las pinzas, los cables y conectar el voltaje a 200v. No esperó, en esta ocasión, una nueva respuesta, era solo finalizar lo ya acabado, si es que podía llamarse acabado a la masa de carne que quedaba tras semejante choque. Ya de pie pudo distinguir mejor las sensaciones circundantes que abordaban sus remolinos mentales. Se acomodó la ropa mejor y cargó a esa masa sangrante en su espalda, sintiendo como se empapaba en sangre ajena.

Un llanto que intentaba aparentar ser fingido abandonaba su rostro, sentía, por primera vez, el calor de su sangre, el bombeo de aquel lento corazón, aquella sensación de poder ser uno, y sin querer se vió en una fantasía de amor ¡qué importaba la actual deformidad de su nuevo idilio! Con esa carne quemada, con las extremidades pérdidas y esa sangre tan sabrosa.

Era tan torpe cuando le tocaba, tan agresivo cuando se abalanzaba hacia ella, tan molesto como le mordía aquellos, ahora, magullados pezones y es que, de algún modo, ella disfrutaba esto, relamiéndose en el gusto de torturarlo con sus chillidos entrópicos, entonces él desde su amorfosidad mordía con más ardor que nunca, pese a su mandíbula dislocada. Ella, por vez primera, tenía lo que quería, un cuerpo obsoleto cuyo único fin era la supervivencia, la búsqueda de su placer y, esto, él lo sabía, entraba en una horrorosa conciencia de lo precario de su situación. Y sin querer quiso liberarse ante la muerte, al presentirlo ella se asustó y dijo “Si tetas  y comida no te van a faltar ¿qué más necesitas para vivir?”. Lo amarró con ganchos al sub piso de su habitación, apagó la luz y, por esa noche, lo abandonó.

De izquierda a derecha: Pelitos, Diana, Blacky.

En medio del rollo ese de reflexionar acerca la amistad, me pongo a pensar en quienes son mis amigos y quienes no. Entre todo ese pedo inútil me vienen a la mente tres nombres que realmente me marcaron, tres que influenciaron en mi vida como pocos pudieron, que siempre estuvieron ahí para escuchar (en la zamba imaginaria del neurótico) y que  jugaron conmigo pues crecí con ellos, al fin y al cabo.

Blacky, Diana, Pelitos. Tres nombres de tres con los que compartí las inmensidades de mi primera casa en Sucre. Toda mi infancia con el Blacky mordiéndome los zapatos hasta que se hacían añicos, yo haciéndole perseguir el reflejo del vidrio de mi reloj, él corriendo como loco cargando un ladrillo que le pesaba como plomo. Me acuerdo del Blacky y me viene a la mente toda esa infancia solitaria donde mi único amigo era ese pastor alemán hiperactivo que ladraba como loco a lo que sea, que saltaba de felicidad cuando mi abuelito estaba cerca (porque, debido a ese ligero miedo inconfeso suyo que disfrazaba de generosidad, le daba pan), el mismo perro que se ponía a correr por todo el vasto patio cuando llegaba la lavandera doña Petrona, a quien queríamos pero que él adoraba, y también recuerdo a ese hermano más que perro al que mi madre compró en La Paz y lo llevó a nuestro nuevo destino en ese pueblo extraño donde nos refugiábamos de algo que, aún hoy, desconozco. Mi hermano, compañero de juegos infantiles y primer ser al que le conté mis secretos de infante (el primer contacto con algún humano, el primer enemigo, el primer amor, el primer dolor). No subestimemos los lazos fraternales que se pueden establecer con un perro, después de todo no hay ser más solícito al juego o al secreto, a esa complicidad que necesitan los niños, que un can. El Blacky cumplió la tarea de ser un hijo más de mi madre, no porque él así lo quisiese o porque mi madre lo necesitaba, quizá sí, no sé, solo puedo asegurar que ese niño idiota y huraño que yo era necesitaba un contacto con el mundo.

Al Blacky lo vi sufrir y también sufrí por él. Cuando se escapaba de casa y volvía al día siguiente sucio y maloliente, o cuando regresó con todo el pecho abierto en una herida sangrienta (la primera vez que vi sangre ajena, la primera vez que tuve miedo a la muerte), cuando le vinieron ataques convulsivos y el veterinario lo dió por desahuciado,  ya sugiriendo  maneras de matarlo ante mis lagrimas innumerables. Inspirando a mi abuelo y mi madre a curarlo con drogas de humanos y una terquedad que evitaba que les saliesen lágrimas como a mi. Y sobrevivió a ese deshaucio causando una dicha tremenda en casa, porque así se lo quería al Blacky, con esa intensidad tran propia de los solitarios cuando encuentran el amor. Ese perrito logró meterse en la piel de mi familia (mi mamá, mi abuelita y mi abuelito) como uno nunca se imagina que un animalito hará.

La siguiente fue la Diana. El regalito de doña Petrona para nosotros. Ella era mía, mientras que el Blacky fue hermano mío y perro de mi madre. La doberman majestuosa y mañosa, rompía las barricadas que le poníamos para que no entre a casa, abría la ventana de mi cuarto a la medianoche y se echaba a dormir en mi cama, para irse siempre al amanecer antes de que mi mamá la pillase. La Diana les ladraba a todos menos a mí, ignoraba a todos menos a mí y solo obedecía una voz, la mía, y no porque era yo la gran autoridad sino porque había sido elegido, más que como un amo, un hijo putativo a quién darle lealtad y cariño. Ese fui, honrosamente, yo.

La Diana y el Pelitos

La Diana escuchó mi vida pre puber, los amores imposibles y el desgarramiento de existir. Ella tuvo la paciencia de escucharme llorar en el pequeño infierno que fue mi vida en esos tiempos y no fue menos atenta en los buenos momentos. Fue la primera en irse, la primera en morir. Débil por lo flaca que estaba  ya que nunca engordó mucho tras dar a luz. Se me fue, enferma tras varios días de pena. Nunca me sacaré de la cabeza que esperó a que yo me marchase, el día de su muerte. Sé que esperó a que me acercase a despedirme antes de ir al colegio y cerró ligeramente los ojitos cuando la acaricie con cariño, luego ella me miró con sus ojos cafés e inmensos, me lamió, me batió la cola (cosa que, mi madre se dió cuenta, no lograba desde hacía mucho) y me marché para que al volver a casa mi madre me dijese que el minuto que cerré la puerta para marcharme, ella la vió morir con un suspiro.

Solo quedaron el Blacky y ese cachorro suyo con la Diana: el Pelitos. Al pobre cachorro no logré disfrutarlo mucho cuando aún era pequeñuelo, todo ese tiempo estuve en viviendo un año en La Paz. Cuando regresé lo hice a tiempo para ver la muerte de mi Diana y al cachorro ya un poco más grande. El Pelos es ese perrito miedoso, comodón, desconfiado y mimoso que me recuerda a ese niño que le lloraba al Blacky, a esa huahua que se llevaba mejor con los canes y que no deseaba salir nunca de su casa, de su patio lleno de piedras y árboles de ciruela…de esa su soledad que ya desde pequeño lo seducía, cuya única panacea eran esos peludos canes. El Pelos me agarró un cariño de hijo, aprendió a temerle a todo menos a mí o a mi madre, pero aprendió a ser mañoso con esto, a manipular si se quiere con su aura de indefenso. El Pelitos poco conoció de mi primera casa, el suyo fue siempre el reino compacto de mi segunda casa, dónde el Blacky vivió su vejez, donde un día lo encontré echado en su cama, donde me miró con sus ojos viejos y casi ciegos mientras lo acariciaba para morir, así, en mis manos, tras años de ser mi hermano, mi amigo, dejando a mi madre, a mí y a su cachorro tras haber sobrevivido a tanta enfermedad, herida, mudanza, tras haber soportado las penas mías, las penas de mi mamá y la muerte de mi abuelo, el pobre pastor alemán se murió en mis manos luego de una vida larga pero, espero, hermosa.

El Blacky descansando en mi primera casa.

Hoy por hoy, me queda el Pelitos que me recibe como un Argos a Ulises cuando visito mi hogar en Sucre. El Pelitos que me recuerda que, aún en mi soledad, está él con su constancia, con su cariño puro, inmaculado por lo humano y su gana de seguirme a todas partes, de no perderme de vista como reprochándome mis largas ausencias. Y lo quiero tanto porque él logra sacarme del pantano, proyectarme a un poco de vida y de respirar sin sentirme tan mal.

Así que este día y todos los demás los dedico por siempre (forever) a esos tres. Ese hermano de mi infancia, a esa madre canina con ánimo sobreprotector de mi adolescencia, a ese hijo mañudo de mi presente, a esos seres que me salvaron de una existencia solitaria y dolorosa, esos canes que me vieron como nunca nadie me vió jamás, esos perros que me acompañaron en los momentos más difíciles de mi vida y se opusieron heroicamente como tres héroes a todo lo tóxico, también en los momentos no tan difíciles, pero aun así igual de dolorosos (tantos encuentros y desencuentros, amores imposibles y otros improbables).

El Pelitos oculto en la maleza de mi segunda casa.

Sé que quizá hablo de puro imaginarios como todo buen neurótico, pero eso no me importa porque nadie, ni nada puede borrar el hermoso recuerdo de mis perros en mi vida y de cómo me hicieron quien soy hoy.

¡Gracias Blacky, Diana, Pelitos!

04/03/12

ADENDA (2017).- Acá un breve texto de despedida al Pelitos que murió el 31 de octubre del 2016

“Nunca alcanza el adiós. Está lleno de preguntas, tristeza, de asuntos pendientes y amplios deseos de inmortalidad. El adiós puede, también, estar lleno de una esperanza ciega y, probablemente, idiota o de un desconsuelo alarmante y destructor…pero en el fondo no es más que otro momento que se va y se pierde en la historia, que se asienta para solo existir en la memoria, trastocado por la subjetividad, y que se perderá tal como se pierde a quien despedimos, el mismo que, como los momentos, igual se asentará en la memoria hasta que un día nos reunamos quizá en el gran vacío o en los muchos más allá con los que los humanos nos consolamos cuando enfrentamos a la muerte.

Adiós a la inocencia, adiós pequeño Pelitos, tú el más miedosito, el más tierno, el último de mis hermanos canes, el más astuto, eternamente cachorro que ni con tus achaques de viejo dejaste de parecer el inocente niño que siempre fuiste. De ti me quedaré con tu afán por los gatitos, con creer que las tormentas eléctricas se solidarizan con tus temores y con mis penas, con los baños que te daba y de los que vos te escapabas, con la ilusión del amor incondicional, con los mejores recibimientos a casa que tuve y, especialmente, con la conexión que me enseñó sobre ternura, cariño, responsabilidad y que no estamos tan solos en esta vida. Me dolerá por siempre la distancia y yo sé que la tristeza que dejas no se irá nunca pero no tiene nada que envidiarle a las alegrías que hemos vivido, a todo lo que en ti he proyectado, al amor absoluto que por vos siento y que me ha ayudado tanto cuando era más joven y no sabía cómo enfrentarme con la vida, cómo hoy en día que todavía no sé pero que ya no me importa porque he podido compartir cosas con seres como vos que mientras yo viva no van a caer en el olvido.”

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ImageSalve salve, oh tierra serás maldecida
Salve salve, oh Patria fecunda en alcohol.
Nuestro orgullo es no tener sida
Nuestro anhelo morir por alcohol
Salve, Oh Patria…………..Salve

Si atesora La Paz tu cinismo
también Charcas boluda está en ti;

Cochabamba probó tu hedonismo

Y tu pobreza mental Potosí.

Pando y Beni no aportan ni un duro Image
Ya ni usan sostén en Santa Cruz
El poder del borracho en Oruro
y Tarija sus calles sin luz. (Bis)

Tocopilla, Cobija y Calama;
Mejillones en el Litoral
nuestra Patria caprichosa reclama
Antofagasta excusa pa’ llorar

Que tiranos tal vez invasores,
oscurezcan tu “gran” porvenir
o al redoble de alegres tambores
¡carnavalea! ¡Oh pueblo! Cantando, chicheando con todo tu ser

Image

“All that’s left is the proof that love’s not only blind but deaf”

The Artic Monkeys, Fake Tales of San Francisco

El sentimiento más nefasto tiene que ser ese llamado “enamoramiento”.  Hay quien dice que es discutible si algo así como una infatuación romántica puede ascender a los rangos de un sentimiento, pero yo digo que solo los soberbios y arrogantes tienden a jerarquizar las posiciones de lo que debería ser o no llamado un sentimiento, al fin al cabo ¿no es sentimiento una palabra más abstracta pero aun así similar a emoción? ¿Quién dijo que enamorarse es mejor que excitarse o, lo que es igual, que el sentimiento es superior a la emoción? Pero más allá de esa discusión, y por fines prácticos, quedémonos con que enamorarse es un sentimiento al que vengo a clasificar como nefasto. Y eso porque, sin duda alguna, no hay cosa más angustiante que enamorarse.

No nos confundamos, es posible que haya quienes lean esto y salten, con esa predecible pequeña rabia de quién se siente atacado, pero solo saltarán por esa costumbre a romantizar las emociones, esa creencia que el amor es a primera vista. Siempre he odiado esa pinche frase: “Amor a primera vista”, uno no va por ahí elevando a cualquiera, con quien se cruce por la calle, de extraño a amado, solo porque le gustó como le quedaba la minifalda o porque es alto y apuesto ¿se podría negar que esa ligereza con que nombramos al amor no es otra cosa que excitamiento? Sin ir muy lejos, amor es algo que ocurre después del enamoramiento, no es el enamoramiento mismo.

Hay quienes salen de sus casas, un día X o Z, y caminan con la certeza de la normalidad y es ahí que cuando menos lo esperan, pero si lo desesperan, que ven un par de buenas piernas o unos ojos fulgurantes y sienten un intenso malestar por el estomago (o más abajo si nos sinceramos), caminan confundidos con sus certezas temblando hasta que encuentran una cara amiga y después de cumplir con famoso contrato social van y le sueltan “Oye, Fulanito creo que estoy enamorado”. Ya después de verbalizarlo, todo se divide entre los que sin darse cuenta aceptan que ello no es más que el imperioso deseo de su genitalia y los otros que se lanzan a soñar los sueños más alocados de romances y otros infiernos. Es curioso como algo como el encontrar a alguien atractivo puede convertirse en un viaje tan romantizado. Eso se ve cuando a los primeros se les empieza a confundir en la cabeza si están con ganas o si es que quieren tener a quien miraron solo por conquistar o ser conquistados, y también se ve cuando los segundos eliminan todo resquicio de la persona que miraron y se crean una nueva, enterita y parecidísima pero pensada para ser algo tan imposible como la perfección hecha persona.

Llamar enamoramiento a este proceso no es más que una justificación. Al enamoramiento se lo reviste de amor con la excusa patética de poder escapar al tabú del deseo sexual, sin darnos cuenta que caemos en la mentira de forzarnos a exaltar a un paroxismo injusto, si no insulso, a algo tan común como la superficialidad de la atracción física. Enamorarse no es más que interesarse en otra persona por algún motivo indefinible, enamorarse no es más que brindarle más atención a alguien en comparación a los demás, enamorarse no significa haber sido tocado por el destino. Enamorarse está exento de amor.

Amar ocurre en otro momento, un “te amo” se escapa cuando algo se mueve en uno pese a que hemos visto lados oscuros de una persona (y no hablo de esos lugares donde no llega el sol), el amor no se fundamenta en el romance, ni en la atracción, pero no está exento de ellos.

“Todo enamoramiento nace de una elección fraudulenta” dijo Xavier Velasco en Puedo Explicarlo Todo. Frase que toca ciertas venas importantes del asunto. Todos alguna vez hemos pensado en la inevitabilidad del amor, creímos que uno se enamora inevitablemente, sin nunca saber cómo o de quien o en qué momento. Lo cierto es que si bien uno no controla de quien se siente atraído, hay un momento breve en el que nos dejamos llevar por una elección shakesperiana: ¿Enamorarse o no enamorarse? Que en sí es preguntarse: ¿Joderse o no joderse? Midiendo esa disposición a que lo racional pierda poder, rendirse a la salvajía de esos sentimentalismos ilusorios que la televisión (gran chivo expiatorio) se ha encargado de reforzar. Joderse al revestir una linda vista en ese único ser elegido por el destino al que quisieras llamar: “amorcito”, embatiendo a ciegas y sin saber porque, con oídos sordos a los defectos o las dudas propias, manejando sin frenos al peñasco del romance.

Estaba hoy en clases (no diré de que por temor a delatarme) leyendo un libro de cuentos de mi autor favorito, Xavier Velasco. No prestaba atención al docente y mi amiga, Alejandra, quien inquieta quizá por mi descaro o movida por la curiosidad me preguntó que era lo que leía. Cuando le dí el nombre del autor ella sonrió, comentó que siempre me ve con distintos libros del mismo autor, respondí que efectivamente me encanta, a lo que ella preguntó simplemente: “¿Por qué?”. Le respondí con la siguiente historia, que fui improvisando en el momento:

Creo que los libros de Xavier Velasco me gustan por esa su manera de describir al mundo como un algo no exento de cierta grandiosa malignidad. Un escenario donde todos somos viciosos y mentirosos pero que nos gusta probarnos lo contrario, mientras que a otros les gusta revolcarse en esa deliciosa crapulencia. Me revientan esos que solo le ven lo bueno o lo malo a todo. Según yo, el mundo consiste en varias tonalidades grises que nunca llegamos a concebir totalmente. Lo bueno y lo malo son una ilusión totalitaria que nos ciega de vivir las cosas. Pero lo que más disfruto de Xavier son sus autodestructivos personajes, tal vez porque me siento hermanado a estos, como si fuese uno de ellos pero uno que nunca llegó a ser libro.

Es más, creo que cuando Xavier era joven se puso a desarrollar un personaje. Pero dado que, quizás, aún se sentía novato lo desechó rápidamente, dejó el bolígrafo con el que escribía a un lado y arrugó la hoja de papel sin misericordia para echarla sin contemplaciones en un basurero, allá en su México natal.

Mi teoría es que ese papel se sabía condenado. Todo le indicaba que su corta vida como receptáculo de tinta finalizaba en aquella triste noche en que Xavier Velasco concibió un personaje al cuál desechó. Digamos que mucha ambición no tiene un papel, quizá simplemente la de soportar la tortura de los tatuajes con que los llenamos y rogar al dios de los papeles que no lo boten, ni arruguen, desechen, quemen, corten o tantos etcéteras. El papel quiere jubilarse, que lo dejen tranquilo en alguna estantería o cajón, que lo lean sí pero que no lo maltraten. Pero este papel en cuestión se sabe ya muerto, escrito de cabo a rabo pero igual descartado. Digamos, también, que de vivir tampoco sabe mucho un papel, así que hizo lo único para lo que le alcanzó el instinto y el deseo de perpetuidad. El papel se desarrugó como pudo y rompiéndose un poco inició por primera, única y última vez en vida un onanismo feroz y rencoroso, tan acezante y vigoroso que en poco tiempo lo que eyaculó fue un pequeño esperma negro, un solo microscópico espermatozoide negro como la tinta que había desaparecido del ya difunto papel. Las palabras de Xavier Velasco, su personaje descartado ahora eran un diminuto espermatozoide negro.

Poco recordamos de nuestro tiempo como espermas, si no nada. Algunos dicen recordar una luz intensa y a un desgraciado vestido de blanco que los sacó de la comodidad del útero. Patrañas. Nadie tiene memoria suficiente como para recordar el momento traumático en que nos insertan a patadas en esta realidad. Pero habemos quienes recordamos nuestra odisea para llegar a los óvulos. Ese espermatozoide negro, creado del personaje rechazado de Xavier Velasco y traído al mundo por el desenfreno solitario de un papel moribundo, sabía que su misión consistía en llegar a un óvulo, su misión era vivir.

Hablar de las peripecias de un minúsculo espermatozoide es aun más magnifico de lo que uno pudiese imaginar. El mismísimo Xavier Velasco lo dijo: “Y pensar que hay pazguatos que suponen a la naturaleza pacífica”. Tan solo imaginen a algo tan poco visto y tan débil como un esperma negro. Ahora imagínenlo caminando por el mundo asediado por las hostiles bacterias, hostigado por insectos monstruosos de variados colores y tamaños, aterrorizado de esos gargantuas humanos con sus caminares destructivos, y eso que ni siquiera estamos hablando de las condiciones climáticas (para un espermatozoide, por ejemplo, una llovizna es lo mismo que mil y un tsunamis) o de las chances de extinguirse, sin más, mezclado, sin querer, en alguna otra sustancia.

Si algún día se escribiese un libro sobre esto, se llamaría “Las Increíbles Aventuras del Espermatozoide Negro”. Y pese a que todos se reirían de titulo semejante, pronto mandarían a la mismísima mierda a Ulises, Aquiles, Ollanta, Eneas y todos esos héroes épicos. Ninguna aventura puede tener la magnitud, la grandiosidad y la peligrosidad de un espermatozoide buscando un óvulo. Aun peor si este esperma está hecho de tinta y se muda, sin saber cómo, de México a Bolivia.

Pero volvamos al esperma negro. Estamos en agosto del 88, los horribles años ochenta llegan a su fin y el esperma negro ha llegado a Bolivia después de haber sufrido miles de pesadillas que aun lo persiguen. Está buscando a la persona ideal en la que meterse, pero aun no ha dado con aquel ser. Se guía por un instinto funesto, una rabia que le ha permitido sobrevivir hasta ahora. Fue entonces que vio a una pareja dispareja, un hombre y una mujer que parecen movidos por un deseo extraño, una especie de polaridad que confirma lo que dicen los Artic Monkeys (“All that’s left is the proof that love’s not only blind but deaf”). El carácter que Xavier Velasco le imprime a sus personajes, la forma en que sobrellevan sus vidas, la trampa implícita, la resignación mentirosa de los que se auto condenan al cadalso, la inocencia a la que uno se aferra con las garras del zopilote que uno sabe que es, quizá todo eso y más fue lo que movió al esperma negro a introducirse al pene de mi padre, hacerlo lentamente, sin llamar la atención de todos esos espermatozoides blancos, acomodarse y observarlos con esa paciencia que solo tienen los ociosos.

La carnicería de los espermatozoides blancos vino poco después (ya cuando agosto amenazaba con terminarse). El esperma negro sabía que aunque la vida puede que sea un regalo, no es regalada. Hay un precio, un coste que siempre hay que pagar. Entonces el esperma negro tomó una decisión tal vez cruel, pero no muy diferente a lo que hacen los hombres (adolescentes y adultos) cuando deciden darse placer a sí mismos, y millones de potenciales hijos terminan muriendo en algún Kleenex encubridor del crimen. El espermatozoide negro mató a todo esperma blanco existente en mi padre, los aniquiló con la minuciosidad con que un obsesivo se limpia después de ir al baño, con la crueldad de los niños al pensar en apodos humillantes para un compañero en desgracia. Y cuando ya no hubo ninguna competencia, cuando todo esperma blanco estuvo muerto, recién se supo seguro de su próxima existencia, fue ahí cuando mandó mensajes discretos al cerebro que lo increparon a tener sexo con aquella mujer tan brutalmente opuesta, con ese deseo inentendible (como todo deseo) con que la tomó, sin saber que un condón, para un esperma de tinta que ha pasado por peligros más nocivos en su periplo del basurero del cuarto de Xavier Velasco a la eyaculación de quién sería mi padre, era una nada.

Nueve meses más tarde, en un nevado invierno paceño de mayo del 89, del útero de mi madre y a través de una cesárea necesaria, se materializó un personaje de Xavier Velasco en el mundo, se hizo de carne y hueso. Pero no lo llamaron Joaquín, o Pig, o Isaías, o incluso Basilio, mucho menos lo apellidaron Alcalde, Basaldúa o Flexus. Lo nombraron Adrián Paredes, el personaje rechazado de Xavier Velasco que gracias a la osadía de un esperma de tinta negra pudo materializarse en este mundo con zopilotadas incluidas.

No hay como darle otro nombre que no sea frustración. ¿No es ese acaso el nombre que le damos a una espera vana? Sentado espero una respuesta que no llega y, por supuesto, esta respuesta es más que simplemente eso. Involucra, o mejor dicho encierra, el deseo de una ilusión, el querer algo con toda tu alma pero quererlo como caído del cielo, aceptador ciego de quién uno es, como un regalo inmerecido que, sin la más mínima duda, aceptamos como lo más justo. La paga a tantos clavos en nuestras crucifixiones. Pero cuando nos quedamos sin lo que aguardamos, no sabemos a quién atribuir la culpa, y es entonces que caemos en la salvaje libertad de señalar con el dedo al cielo para evitar que ese mismo dedo apunte a nuestro propio cuerpo, después de todo ¿A quién le gusta ser culpado de sus derrotas? Eso sería como revolcarse enfermizamente en la propia mierda, con el perdón de los finos respecto a lo vulgar. Y quienes así se revuelcan lo hacen porque encuentran un gusto martirizante en comer de sus propias heces, o son de esos que, a punta de una terrible pistola invisible, se sienten obligados a hacerlo.

¿Qué tiene la esperanza que se hace como un vicio? ¿Será debido a que es una falta social execrable? ¿O será que por ser la característica de los sancionados, quienes no saben tomar las cosas con medida, termina por volverse una tendencia victimaria que salva del pecado? La esperanza hecha vicio se hace una lepra interna. Es una ponzoña de las peores, la más deliciosa y contra la que menos se nos advierte.Cualquiera sabe que la Coca Cola puede acelerar el nacimiento de una diabetes, que el alcohol puede destruir las pocas neuronas que tiene, o que las drogas lo van a endeudar con algo más que solo dinero y no por eso dejaremos de gastar por gusto o necesidad.

(Dinero, otro vicio que nadie condena.)

A la esperanza nos la promocionan, la vende desde el predicador más anónimo hasta el famoso más privado de privacidad. La esperanza tiene adeptos desperdigados por donde sea. Los ves en los valores de diferentes religiones, en las charlatanerías de los libros de auto ayuda, en el podio de sabiduría absoluta de los psicólogos, en el fondo de una fría botella de chela, en las palabras de un amigo que no desea contaminarse con tus lágrimas, o incluso en una mano extraña que desea cumplir su cuota karmática con algún acto “altruista”. La esperanza hecha vicio sabe a gloria, lo asciende a uno a pedestales más altos que los tronos arrogantes de la religión y de la ciencia, es una sensación mejor que la droga más desconectadora y hasta es más sabrosa que un orgasmo en una noche de sosiego. Y aun con tanta propaganda nadie se anima a decir que, ya después, el cuerpo se malogra con tanta espera, la mente se ha atrofiado de puro cuento que uno mismo se cuenta y que la ilusión sigue ahí, bailando arrepentida y a la fuerza con la frustración.

Es un vicio perverso el de esperar. Tal vez sea más correcto decir el de ilusionarse, pero toda ilusión en el fondo es una espera. Y quienes están enviciados con ello son espernibles bembos o, más procazmente, despreciables estúpidos demasiado conscientes del veneno que se inyectan, de la peligrosidad de soñar. Quien toma el camino del soñador está lo suficientemente desesperado como para creerse cualquier mentira. ¿Qué tan fácil es negar que quienes esperan en realidad solo desean mentirse? ¿No es la mejor mentira la espera eterna de algo justo o, cuando menos, bien merecido? El vicioso de esperanza se deja vencer por un deseo suicida. Es seducido por un impulso de muerte ornamentado de cosas bellas, recontra ca(r)gado por mentiras de felicidad. Su único momento cuerdo: la frustración. Esa espera que se ha ganado el calificativo de vana, ese dolor que se vive como el más maldito, esas lágrimas porque se nos acabó el veneno para nuestro suicidio.  

“Ja Ja”

Ese desgraciado de Murphy y yo no nos llevamos para nada bien. Desde chiquito que el muy grandulón se las ensaña conmigo. Y yo, ni modo ni que hacer pues crecí en una de esas guerras eternas, más por no saber cuándo y por qué comenzaron que por el tiempo que duraron.

Pensemos un poco ¿Cómo contratacar a quién aplica sus leyes en base al fatalismo de lo posible? ¿Es el mismo Murphy inmune a sus propias cochinadas? Después de años de solo defenderme de sus embates invisibles y sus reveses de tenista avinagrado, como que me vino el deseo de atacar. Se me despertó esta lujuria por ver correr sangre del Murphy este.

(Una lujuria de sangre murphiana es equiparable al secreto dolor de la decepción cuando nos enteramos que después del colegio tenemos que seguir la charada en la universidad.)

Pero atacar a un omnisciente como Murphy es difícil. Cada vez que intento que algo salga bien, previsiblemente, sale mal. Y ese es el triunfo del pinche Murphy este. Hacer caer el helado del niño acalorado, esconder las pastillas del anciano desahuciado, hacer pasar trufis a Achumani cuando quiero ir a Irpavi, y solo traer trufis a Los Pinos cuando quiero ir a Achumani. Dicen que eso es nada, pero es peor puesto que con las cosas pequeñas el grandulón de Murphy disfruta más. Es ahí cuando más se retuerce de risa, deleitándose en la manera que nos mordemos los labios y decimos: “Ya, ni que hacer”.

¿Cómo no sentir una ligera comezón cuando las cosas no salen como querías? O, cuando menos, cercanamente a lo que querías. Cuando se nos niegan esos pequeños placeres que hacen a las desgracias llevaderas. Murphy sabe que nunca nos bastan esos miles de entes, invisibles o no, pertenecientes a cualquier Olimpo, a los que encargamos nuestras grandes empresas, a los que ruegas para que te pase algo bueno. Murphy sabe que muchas veces nos ignoran, y al muy pendejo le excita quitar las cosas pequeñas por lo mismo.

Por eso deseo esta guerra. Pero es injusta, pues ¿a dónde podría haber escapado Jesús cuando Dios le ordenó morir? Nos consta que lo intentó pero, como bien sabemos, no lo logró. El error de los que luchan contra lo inevitable es que lo hacen desde el ángulo de evitar. Somos humanos, al fin y al cabo ¿Cómo sabes que es inevitable y qué no? Máximo podemos trampearlo al Murphy y sacarle ganancias a la desgracia. No negarla sino invertir en ella. Así sacarle la enseñanza a lo negativo y no engañarnos con lo positivo, es decir esa horrible mentira de creer que todo es lindo.