La Increíble Aventura de un Espermatozoide Negro

Publicado: marzo 3, 2012 en Zopilotadas
Etiquetas:, , , ,

Estaba hoy en clases (no diré de que por temor a delatarme) leyendo un libro de cuentos de mi autor favorito, Xavier Velasco. No prestaba atención al docente y mi amiga, Alejandra, quien inquieta quizá por mi descaro o movida por la curiosidad me preguntó que era lo que leía. Cuando le dí el nombre del autor ella sonrió, comentó que siempre me ve con distintos libros del mismo autor, respondí que efectivamente me encanta, a lo que ella preguntó simplemente: “¿Por qué?”. Le respondí con la siguiente historia, que fui improvisando en el momento:

Creo que los libros de Xavier Velasco me gustan por esa su manera de describir al mundo como un algo no exento de cierta grandiosa malignidad. Un escenario donde todos somos viciosos y mentirosos pero que nos gusta probarnos lo contrario, mientras que a otros les gusta revolcarse en esa deliciosa crapulencia. Me revientan esos que solo le ven lo bueno o lo malo a todo. Según yo, el mundo consiste en varias tonalidades grises que nunca llegamos a concebir totalmente. Lo bueno y lo malo son una ilusión totalitaria que nos ciega de vivir las cosas. Pero lo que más disfruto de Xavier son sus autodestructivos personajes, tal vez porque me siento hermanado a estos, como si fuese uno de ellos pero uno que nunca llegó a ser libro.

Es más, creo que cuando Xavier era joven se puso a desarrollar un personaje. Pero dado que, quizás, aún se sentía novato lo desechó rápidamente, dejó el bolígrafo con el que escribía a un lado y arrugó la hoja de papel sin misericordia para echarla sin contemplaciones en un basurero, allá en su México natal.

Mi teoría es que ese papel se sabía condenado. Todo le indicaba que su corta vida como receptáculo de tinta finalizaba en aquella triste noche en que Xavier Velasco concibió un personaje al cuál desechó. Digamos que mucha ambición no tiene un papel, quizá simplemente la de soportar la tortura de los tatuajes con que los llenamos y rogar al dios de los papeles que no lo boten, ni arruguen, desechen, quemen, corten o tantos etcéteras. El papel quiere jubilarse, que lo dejen tranquilo en alguna estantería o cajón, que lo lean sí pero que no lo maltraten. Pero este papel en cuestión se sabe ya muerto, escrito de cabo a rabo pero igual descartado. Digamos, también, que de vivir tampoco sabe mucho un papel, así que hizo lo único para lo que le alcanzó el instinto y el deseo de perpetuidad. El papel se desarrugó como pudo y rompiéndose un poco inició por primera, única y última vez en vida un onanismo feroz y rencoroso, tan acezante y vigoroso que en poco tiempo lo que eyaculó fue un pequeño esperma negro, un solo microscópico espermatozoide negro como la tinta que había desaparecido del ya difunto papel. Las palabras de Xavier Velasco, su personaje descartado ahora eran un diminuto espermatozoide negro.

Poco recordamos de nuestro tiempo como espermas, si no nada. Algunos dicen recordar una luz intensa y a un desgraciado vestido de blanco que los sacó de la comodidad del útero. Patrañas. Nadie tiene memoria suficiente como para recordar el momento traumático en que nos insertan a patadas en esta realidad. Pero habemos quienes recordamos nuestra odisea para llegar a los óvulos. Ese espermatozoide negro, creado del personaje rechazado de Xavier Velasco y traído al mundo por el desenfreno solitario de un papel moribundo, sabía que su misión consistía en llegar a un óvulo, su misión era vivir.

Hablar de las peripecias de un minúsculo espermatozoide es aun más magnifico de lo que uno pudiese imaginar. El mismísimo Xavier Velasco lo dijo: “Y pensar que hay pazguatos que suponen a la naturaleza pacífica”. Tan solo imaginen a algo tan poco visto y tan débil como un esperma negro. Ahora imagínenlo caminando por el mundo asediado por las hostiles bacterias, hostigado por insectos monstruosos de variados colores y tamaños, aterrorizado de esos gargantuas humanos con sus caminares destructivos, y eso que ni siquiera estamos hablando de las condiciones climáticas (para un espermatozoide, por ejemplo, una llovizna es lo mismo que mil y un tsunamis) o de las chances de extinguirse, sin más, mezclado, sin querer, en alguna otra sustancia.

Si algún día se escribiese un libro sobre esto, se llamaría “Las Increíbles Aventuras del Espermatozoide Negro”. Y pese a que todos se reirían de titulo semejante, pronto mandarían a la mismísima mierda a Ulises, Aquiles, Ollanta, Eneas y todos esos héroes épicos. Ninguna aventura puede tener la magnitud, la grandiosidad y la peligrosidad de un espermatozoide buscando un óvulo. Aun peor si este esperma está hecho de tinta y se muda, sin saber cómo, de México a Bolivia.

Pero volvamos al esperma negro. Estamos en agosto del 88, los horribles años ochenta llegan a su fin y el esperma negro ha llegado a Bolivia después de haber sufrido miles de pesadillas que aun lo persiguen. Está buscando a la persona ideal en la que meterse, pero aun no ha dado con aquel ser. Se guía por un instinto funesto, una rabia que le ha permitido sobrevivir hasta ahora. Fue entonces que vio a una pareja dispareja, un hombre y una mujer que parecen movidos por un deseo extraño, una especie de polaridad que confirma lo que dicen los Artic Monkeys (“All that’s left is the proof that love’s not only blind but deaf”). El carácter que Xavier Velasco le imprime a sus personajes, la forma en que sobrellevan sus vidas, la trampa implícita, la resignación mentirosa de los que se auto condenan al cadalso, la inocencia a la que uno se aferra con las garras del zopilote que uno sabe que es, quizá todo eso y más fue lo que movió al esperma negro a introducirse al pene de mi padre, hacerlo lentamente, sin llamar la atención de todos esos espermatozoides blancos, acomodarse y observarlos con esa paciencia que solo tienen los ociosos.

La carnicería de los espermatozoides blancos vino poco después (ya cuando agosto amenazaba con terminarse). El esperma negro sabía que aunque la vida puede que sea un regalo, no es regalada. Hay un precio, un coste que siempre hay que pagar. Entonces el esperma negro tomó una decisión tal vez cruel, pero no muy diferente a lo que hacen los hombres (adolescentes y adultos) cuando deciden darse placer a sí mismos, y millones de potenciales hijos terminan muriendo en algún Kleenex encubridor del crimen. El espermatozoide negro mató a todo esperma blanco existente en mi padre, los aniquiló con la minuciosidad con que un obsesivo se limpia después de ir al baño, con la crueldad de los niños al pensar en apodos humillantes para un compañero en desgracia. Y cuando ya no hubo ninguna competencia, cuando todo esperma blanco estuvo muerto, recién se supo seguro de su próxima existencia, fue ahí cuando mandó mensajes discretos al cerebro que lo increparon a tener sexo con aquella mujer tan brutalmente opuesta, con ese deseo inentendible (como todo deseo) con que la tomó, sin saber que un condón, para un esperma de tinta que ha pasado por peligros más nocivos en su periplo del basurero del cuarto de Xavier Velasco a la eyaculación de quién sería mi padre, era una nada.

Nueve meses más tarde, en un nevado invierno paceño de mayo del 89, del útero de mi madre y a través de una cesárea necesaria, se materializó un personaje de Xavier Velasco en el mundo, se hizo de carne y hueso. Pero no lo llamaron Joaquín, o Pig, o Isaías, o incluso Basilio, mucho menos lo apellidaron Alcalde, Basaldúa o Flexus. Lo nombraron Adrián Paredes, el personaje rechazado de Xavier Velasco que gracias a la osadía de un esperma de tinta negra pudo materializarse en este mundo con zopilotadas incluidas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s