Más Dañino Que Mucha Cocaína

Publicado: marzo 3, 2012 en Zopilotadas
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No hay como darle otro nombre que no sea frustración. ¿No es ese acaso el nombre que le damos a una espera vana? Sentado espero una respuesta que no llega y, por supuesto, esta respuesta es más que simplemente eso. Involucra, o mejor dicho encierra, el deseo de una ilusión, el querer algo con toda tu alma pero quererlo como caído del cielo, aceptador ciego de quién uno es, como un regalo inmerecido que, sin la más mínima duda, aceptamos como lo más justo. La paga a tantos clavos en nuestras crucifixiones. Pero cuando nos quedamos sin lo que aguardamos, no sabemos a quién atribuir la culpa, y es entonces que caemos en la salvaje libertad de señalar con el dedo al cielo para evitar que ese mismo dedo apunte a nuestro propio cuerpo, después de todo ¿A quién le gusta ser culpado de sus derrotas? Eso sería como revolcarse enfermizamente en la propia mierda, con el perdón de los finos respecto a lo vulgar. Y quienes así se revuelcan lo hacen porque encuentran un gusto martirizante en comer de sus propias heces, o son de esos que, a punta de una terrible pistola invisible, se sienten obligados a hacerlo.

¿Qué tiene la esperanza que se hace como un vicio? ¿Será debido a que es una falta social execrable? ¿O será que por ser la característica de los sancionados, quienes no saben tomar las cosas con medida, termina por volverse una tendencia victimaria que salva del pecado? La esperanza hecha vicio se hace una lepra interna. Es una ponzoña de las peores, la más deliciosa y contra la que menos se nos advierte.Cualquiera sabe que la Coca Cola puede acelerar el nacimiento de una diabetes, que el alcohol puede destruir las pocas neuronas que tiene, o que las drogas lo van a endeudar con algo más que solo dinero y no por eso dejaremos de gastar por gusto o necesidad.

(Dinero, otro vicio que nadie condena.)

A la esperanza nos la promocionan, la vende desde el predicador más anónimo hasta el famoso más privado de privacidad. La esperanza tiene adeptos desperdigados por donde sea. Los ves en los valores de diferentes religiones, en las charlatanerías de los libros de auto ayuda, en el podio de sabiduría absoluta de los psicólogos, en el fondo de una fría botella de chela, en las palabras de un amigo que no desea contaminarse con tus lágrimas, o incluso en una mano extraña que desea cumplir su cuota karmática con algún acto “altruista”. La esperanza hecha vicio sabe a gloria, lo asciende a uno a pedestales más altos que los tronos arrogantes de la religión y de la ciencia, es una sensación mejor que la droga más desconectadora y hasta es más sabrosa que un orgasmo en una noche de sosiego. Y aun con tanta propaganda nadie se anima a decir que, ya después, el cuerpo se malogra con tanta espera, la mente se ha atrofiado de puro cuento que uno mismo se cuenta y que la ilusión sigue ahí, bailando arrepentida y a la fuerza con la frustración.

Es un vicio perverso el de esperar. Tal vez sea más correcto decir el de ilusionarse, pero toda ilusión en el fondo es una espera. Y quienes están enviciados con ello son espernibles bembos o, más procazmente, despreciables estúpidos demasiado conscientes del veneno que se inyectan, de la peligrosidad de soñar. Quien toma el camino del soñador está lo suficientemente desesperado como para creerse cualquier mentira. ¿Qué tan fácil es negar que quienes esperan en realidad solo desean mentirse? ¿No es la mejor mentira la espera eterna de algo justo o, cuando menos, bien merecido? El vicioso de esperanza se deja vencer por un deseo suicida. Es seducido por un impulso de muerte ornamentado de cosas bellas, recontra ca(r)gado por mentiras de felicidad. Su único momento cuerdo: la frustración. Esa espera que se ha ganado el calificativo de vana, ese dolor que se vive como el más maldito, esas lágrimas porque se nos acabó el veneno para nuestro suicidio.  

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