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El Entierro

Publicado: agosto 29, 2012 en Cuentos, Zopilotadas
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“Tienes que olvidar a las Arianas, man” me dice Juan, mientras le meto un estupendo gol virtual. Como respuesta procedo a celebrarlo con más ahínco del necesario. Un gol como ese no podría meterlo en la vida real, siendo yo tan patoso. Es el destino de los que no pueden: celebrar cada ilusión falsa. Cada mentira.

No lo sabe, pero acaba de tocar un talón de Aquiles delicado. O al menos así es cuando le recuerdas a un egocéntrico que tan loser es. Me duele admitirlo pero no soy el superhombre de mi imaginación. No soy un Batman sin fortuna, o gadgets. Ni tampoco soy un genio capaz de apañárselas en cualquier situación o problema. Soy un imbécil que siempre pierde y no desea aceptar la derrota.

Y como no decirlo, las Arianas son de mis derrotas más grandes. Ariana Unzueta y Ariana Dossena. Ariana Uno y Ariana Dos para mis amigos. Ambas un juego distinto a los que me metí sin estrategia, ni talento alguno, para perder estrepitosamente por goleada vergonzosa e inefable. Aunque en realidad exagero, y lo hago porque mediante la exageración se salva uno de ciertos ridículos. Si yo convenzo a mi audiencia que el golpe fue mil veces más fuerte de lo que en realidad fue, entonces las burlas no durarán mucho. Irán menguando bajo el “hiciste todo lo que pudiste”, o el “era demasiado para un tarado como vos”. No me importa, mientras no me lo recuerden puedo olvidarlo y hasta eliminarlo de mi sistema. No creo que siquiera Eneas festejase la estrategia de los griegos mientras huía de Troya, por muy fundador de Roma se diga que haya sido.

A Ariana Uno la conocí hace cinco años. Primer día de clases de la universidad. Me sentaba yo junto a una ventana esperando a que llegue el docente. Fue cuando vi su espalda al desnudo. Bueno, mitad de su espalda al desnudo, gracias a un top revelador, que dejaba entrever el tatuaje de un angelito en su hombro derecho. Lo recuerdo bien porque era la primera clase de mi vida universitaria, y fue la primera persona que llamó mi atención. Muchas otras clases después me enteré de su nombre y, muchas otras más tarde, me animé a hablarle. Haciéndome al interesante por supuesto, sin darme cuenta de lo mucho que fallaba haciéndolo. E igual creyéndomelo y eso todo lo que necesitaba. Ampararse en la ignorancia puede llegar a ser, con trampas, una especie de valentía.

Ariana Uno fue de esos amores que uno romantiza hasta que ya nada queda de la original. Si los demás veían imperfecciones, o le escuchaban decir tonterías, yo solo veía a un ser impresionantemente bello, un ser incapaz de proferir palabras incorrectas o erradas. Durante todo un año me dediqué a guardarle el secreto de mi amor a mi amada, temeroso del día en que se enterase de todo y me mandase al mismísimo diablo. Sin piedad, ni cariño en la mirada. Después de todo, ahí está el vicio del romántico: escoger a una mujer y hacer que toda chance de tenerla sea imposible. Claro que nadie me aguantó los lloriqueos de “es-tan-perfecta-nunca-aceptaría-a-un-imbécil-como-yo”, y al final cuando por fin se lo dije, ya hasta ella lo sabía desde hacía un buen tiempo.

El mundo no es como uno se lo imagina. Pasé un año entero haciendo una imagen de una mujer perfecta, que tras recibir una confesión perfecta me daría el beso perfecto y culminaríamos en un perfecto matrimonio, lleno de mucho amor inquebrantable, leal ante toda prueba y colmado de hijos perfectos que nunca nos darían problemas. Pero cualquier cosa que tenga demasiados “perfectos” en ella no puede ser cierta, o no puede ser buena. Yo no lo sabía entonces, pero cuando por fin me animé a decirle todo lo que sentía, tras un año y medio de darle vueltas al asunto demasiado apegado a mi desesperanza,  no pudo haber mejor respuesta que su “pero tú a mi no me gustas”.

(Uno espera la seguridad de los monosílabos, el sí o el no, pues son simples y concisos. Cuando se emprende la tarea de confesarse, es casi siempre ante una supuesta autoridad de mayor jerarquía. Usarlo en el amor equivale a pedir una condena, pero una que puede ser gloriosa o puede ser el peor oprobio.)

“Igual no soy de los que les gusta perder”, pienso mientras Juan me da la vuelta el partido ante mi estupefacción y rabia secreta. Si Ariana Uno no me quería, si ella no podía ver que yo deseaba volverme príncipe puesto que ella era mi princesa,  y prefería a quien sabe cuántos sapos, pues no tuve otra, o eso pensaba, que convertirme en su lacayo. Aunque más adecuado sería hablar de un bufón. Uno que se dejaba pisar, que callaba ante los reproches injustos, que intentaba complacerla por mucho que no la entendiese. El bufón que escuchaba las confidencias de su ama acerca de galanes que iban y venían a su antojo por su vida (desde extraños de pelo largo, hasta amigos cercanos del propio bufón) y se quedaba contento ante el oprobio de ser nombrado Sir Mejor Amigo. Solo para que, hace poco, me ocultase una noticia que ayer me reveló de un sopetón que se sintió como violento. Como una patada cuando te esperas un lapo.

Juan grita de rabia cuando le empato el partido después de un error suyo. Estamos 2 a 2, y tengo ganas de más, pero me sigue jodiendo la memoria. Ahora con Ariana Dos y sus decisiones cegadas. O eso me digo yo, hirviendo de rencor, pero no rencor contra ella ¿Quién podría odiar a una mujer tan increíble? Solo necios. Si en esta situación le guardo rencor a alguien es a su novio. Por llegar primero, por feo, por tarado pero sobre todo por buen tipo. Cuando uno los ve, se pregunta a que espíritu o demonio le vendió su alma este tipo para estar de novio con semejante bomboncito. Y no es que esté en el mismo idealismo iluso con que endiosé a Ariana Uno. Porque si mi amor por Ariana Uno se basó en puros sueños y falsas esperanzas, lo que sentí por Ariana Dos fue cimentado en cosas reales que al final no se dieron.

Yo le gustaba a Ariana Dos. Creo. Al menos dio todas las señales de que así era. Y el bufón abandono su papel y se metió de lleno a exorcizar la memoria de Ariana Uno con Ariana Dos. Sin querer, la verdad. No podía evitar pensar que había cierta justicia poética en que una hermosa mujer, cuya apariencia era la exacta contraria a la primera Ariana, que se veía mejor que esta, cuya personalidad también era el exacto contrario a Ariana Uno, incluso más de mi onda,  que encima compartieran el nombre, y se plantase delante mío y me diera a entender que yo le gustaba, y solo por ser yo mismo, no por intentar ser alguien más. A los inseguros no nos cabe la aceptación dentro del coco. Nos pasamos la vida intentando ser quienes los demás desean, para poder ser queridos o aceptados y, paradójicamente, cuando lo hacen, cuando nos aceptan, pues nos torturamos que aceptaron a quienes fingíamos ser y no a quienes somos en realidad.

Ariana Dos es más linda que Ariana Uno, y hasta es mejor persona. Pero igual me dejó hecho mierda. Fue un idilio hermoso que duró lo que dura un choque de carros. El momento del choque te parece eterno, el antes y el después también, pero cuando ves el reloj te das cuenta que nomás pasaron cuatro minutos. Así fue todo mi romance con Ariana Dos, corto pero lo sentí maravillosamente largo. Fue hace como un año y eso me jode todavía. Los pesimistas somos malos para sacar lo lindo a las situaciones, de repente nos gusta ahogarnos en nuestra propia mierda. Y ni de eso estoy seguro. Aunque si estoy seguro que todo ese asunto me dejó como cagado por tan enamorado que me sentía, dolido por haber sido usado de alguna forma, porque ella solía dar a entender que algo pasaría y que nunca pasó, porque un tipo la tuvo antes que yo y por muy superior que me sienta a él, no pude bajarle la novia, carajo.

“Y ni a eso me habría atrevido” resumo en mi cabeza mientras le meto un espectacular gol a Juan, que lo hace rabiar un rato. Mientras sigue el partido me voy dando cuenta que a Ariana Uno ya no le soporto las mismas cosas que antes, pero porque ya no la veo con el sesgo del enamorado. Ya no le tolero cada cosa que hace o dice solo porque me gusta. E incluso descubro que pese a mi título de Sir Best Friend, como que la chica esta no es que me busque o me pregunte como estoy fuera de las veces que la veo en clases, tampoco es que intente comprenderme o que simplemente reconozca las veces que ella me caga a mí. Es más como si me diera ese título por ser el único que se quedó a su lado cuando más lo necesitaba. Y no es justo que yo dé algo que a ella la deja satisfecha, y hasta que quizá no necesita, y yo me quede cagado queriendo probar el néctar que me fue negado. Y todo ese lio, solo para que ayer me dijese que estaba embarazada y se iba a casar con su actual novio, a quién ni conozco, ni deseo conocer. Lo mismo con la otrita “¿Aun enamorado de Ariana Dos?”, me pregunta Juan y yo respondo dejándome meter un gol que vuelve a empatar las cosas. Obvio que sí, pero igual me cago porque si hasta ella me recuerda lo loser que soy por perder ante otro cuate que todo el mundo tilda de tonto, pues ni modo. Mejor sufrir en silencio ese amor correspondido a medias, a tener que seguir dedicándole Mr. Brightside de The Killers por los siglos de los siglos, hasta que la espera me derrote.

“Me tengo que olvidar de las Arianas, bro” le digo a Juan mientras nos vamos a pie a nuestras casas. Pobrecilla Ariana Uno que pierde a míster bufón, el que todo le aguantaba en nombre del amor. Pobrecillo yo, por ser tan apendejado de esperar a que Ariana Dos algún día se pronuncie, que algún día me diga “lo dejé al cuate con el que estaba. Solo para poder estar contigo.”, pero igual sé que eso es lo mismo que fantasear con siquiera gustarle un poquito a Ariana Uno. Es triste admitir las derrotas, lo mismo que alejarse de una amiga a quien querías mucho, o aceptar que ese tipo con cara de baboso tiene algo que vos no. Pero ¿es rendirse la respuesta? Quizá sí, quizá no. Sin importarlo, el asunto está en que uno tiene límites que debe aprender a respetar. Aun cuando romperlos sea algo tan delicioso. Lo cierto es que seguir con cualquiera de las Arianas, sea siendo el paciente mejor amigo o el eterno enamorado que espera su chance con quien nunca será suya, es una mala inversión. Uno tiene que poner sus billetes donde más se multipliquen y no donde se estanquen sin remedio. No deseo ser el estafado, anhelo ser el estafador. Y quedándome con los recibos de tan malas inversiones, no estoy más cerca de poder estafar a nadie.

Al final uno cree lo que quiere creer. Sea en la claudicación del momento, o en la revancha del después. No diré que Ariana Uno no me aguantó pendejadas a mí, o que no le dio pena, algún rato, tener que rechazarme. Tampoco diré que no sabía al agujero al que me lanzaba cuando empecé a salir con Ariana Dos, aun a sabiendas de que tenía novio. Uno elije la mejor forma de cagarse la vida, y yo elijo dejar de cargármela con estos asuntos. Elijo buscar nuevos problemas, nuevas mujeres y nuevas situaciones para cagarme la vida. Y sí, para ello debo matar a las ideas e ilusiones que me formulé con ambas Arianas.  Para ello debo asesinar al amor que sentí por cada una. Que así sea. Que me odien, que estén tristes, que noten como me alejo. Ya no es mi problema. “Agosto es un mes aburrido” le comento a Juan y él procede a explicarme no se qué teoría de septiembre como un mes donde las cosas siempre explotan. Reviso la fecha, 30 de agosto, y sonrío. Este septiembre voy a morir, voy a matar a míster bufón, a míster Brightside, voy a salir a vivir y explorar a gente distinta que me ayude a poder matarlos a estos dos insoportables, e intentaré conocer gente y sacarme de la cabeza este círculo vicioso del mal perdedor enamorado, quien sabe si para meterme en nuevos círculos o para de una vez probar que tal será dibujar hexágonos. Este será el mes del Entierro.