Archivos para septiembre, 2012

En su “Tratado de la Desesperación”, Kierkegaard decía que una de las características de la desesperación, postulada en términos similares a la locura, era aprender mentiras como si fueran verdades. Un aproximamiento un tanto iluso diría yo ¿no creemos, todos, que nuestras verdades son las únicas, mientras que los demás están equivocados? Todos tenemos una versión de la verdad, y todos nos creemos nuestras mentiras como verdades. Si uno lo piensa bien, nuestras verdades (por muy científicas que sean) podrán ser mentiras a ojos ajenos. Y viceversa.

 
La verdad no es una cosa simple como aun Aristóteles creía. La realidad es algo más que los sentidos y sus capacidades, también están lo que subjetivamente crea nuestro cerebro, mismo que está condicionado por el lenguaje, por lo que se dice del sujeto, por la cultura y tantos etcéteras que nos llevan a formular diversas miradas y percepciones a diferentes situaciones y fenómenos. Especialmente en estas épocas donde la postmodernidad ha cambiado la forma que tiene el individuo de concebirse y construirse.

 
Es desde esa luz, que no parece raro que sea la familia la principal responsable de criarte para la funcionalidad social, o sea quién nos lleve a ser parte de este gran sistema. Aun si es a precio de lo que uno desea o prefiere. Se nos venden verdades a través de las estrellas de cine, el internet, la publicidad y la televisión. Se nos enseña que la belleza tiene parámetros específicos que pueden comprarse con más de 100 dólares invertidos en Yanbal o en Gucci, Calvin Klein, o incluso consumiendo Camel o Coca Cola. Ser un individuo, hoy en día, significa buscar el triunfo individual. Pero esto no basta, pues el ser necesita un algo social, un vinculamiento. Sin embargo, podría decirse que hoy en día no se crean estos lazos, así como antes solían establecerse. Podría decirse, que hoy en día lo que se hace es reunir congregaciones que siguen una moda, o unas normas, para poder ser aceptados en un grupo social (tribu urbana o parecidos) quienes los validarán como sujetos (de dinero, fama, poder o lo que sea que la identidad necesite) y les permitirán avanzar en las jerarquías de cada grupo. De ahí, con esa seguridad de la aceptación, es más fácil saltar al camino de la “normalidad”. El ser social, totalmente funcional, que busca su éxito a costa de sus deseos.

 
Pagar por éxito con tus deseos es un precio muy caro. Olvidarse de uno mismo para poder ser un mejor ciudadano. Prohibirse, por ejemplo, amar para poder triunfar individualmente. No pensar más allá de la línea límite entre lo permitido y lo deseado. Si amar nos crea un nuevo mundo, basado en un deseo, ¿por qué la sociedad permitiría felicidad más allá de sus tiránicos mandatos? ¿por qué validaría un éxito no medible en sus términos?

 

La verdad os hará libres

 

No es sorpresivo que el matrimonio sea presentado como una institución. Una inviolable además. Una sociedad en que dos personas firman un contrato con la sociedad en el que juran ser fieles a los objetivos de la empresa, disfrazándolo de amor y fidelidad. La ruptura de este contrato conlleva a consecuencias de castigo social. Ahí se ven las pérdidas económicas, el cada vez menos frecuente oprobio del divorciado y la pelea entre dos que confundieron amor con negocios. De ahí que la lucha sea tan encarnizada: meterse a los negocios de la manera en que uno ama, es un suicidio sentimental. Si bien ambos son guerras violentas donde todo es posible y todo vale, cuando uno realiza inversiones obnubilado por las emociones, lo más seguro es que el primer estafador, que lo note, te añada a su lista de favoritos.

 
El amor, a veces, no necesita avales sociales. A veces, por poner un ejemplo, consiste en liberar las tensiones corporales, para luego compartir un simple beso en la mejilla. Un orgasmo seguido de un besito ¡que gloria tan asocial! Especialmente por librarse un rato de todo concepto, de toda preocupación en la pequeña muerte del orgasmo. Darle un alivio a esa tensión que brinda el estrés, a todo ese malestar físico que conlleva estar estresado, es una gran huida de los yugos tiránicos de tener éxito en la sociedad. Después de todo, hoy en día, el precio del confort es el disconfrot. Si se nos asocia al placer sexual con la locura, con el pecado, con el tabú es debido a que una perdición de este estilo nos obliga a mirar más allá del plano cartesiano. Y he ahí el pecado más grande, según lo que se nos enseña.

 
Amar es una muerte en vida. Para el poder, en cambio, es una lenta ponzoña que le desbarata todas sus funciones antes de mandarlo al otro mundo. Si el poder se midiese en inmortalidad, entonces los muertos en vida serían los débiles por excelencia. Pero, es cierto que los poderosos deben asumir deberes y responsabilidades más allá de sus voluntades, mientras que los débiles tienen más libertades. El amo y el esclavo dirían Hegel, Kojeve y Lacan.

 
Pero, y este es un gran pero, nos movemos en escudos. En esos modos de ser, las identidades, esas conciencias de nosotros mismos que nos regulan y nos protegen ante las impertinencias del mundo. Aquello que nos facilita la función social, adaptar nuestros deseos de ser a lo que la sociedad espera de nosotros y, así, nos centramos en ese otro social. La creación de la identidad y la personalidad serán esos escudos definitivos, así como serán las luces con que guiamos nuestros caminos. Armas de doble filo, si se quiere simplificar.

 
Pero la personalidad no lo define a uno. Hacerlo significaría limitarse. Significaría anclarse en una idea fija que no se irá fácilmente y nos condicionará el resto de los movimientos, nos encerrará en nosotros mismos, nos convencerá de la certeza de nuestras verdades ¿Y qué peor locura que creer que estamos en lo correcto?

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Para la Gata Negra

“Soy una bestia huraña, saco las uñas y enseño los dientes, pero muevo la cola cuando unos ojos francos me sonríen.”
– Xavier Velasco

Los perros callejeros son seres solitarios que divagan por las calles buscando comida, o un lugar caliente donde dormir, sin nadie que los acompañe. Los vemos cada día ir y venir sin un lugar fijo, algunos huraños, otros sucios, los más son perros mestizos de razas indefinidas que fueron abandonados o nacieron en la cruel intemperie urbana. Los perros callejeros son muy diferentes a los falderos, y eso es muy notable en como tienen una mirada distinta. Una mirada más marcada por la soledad y la tristeza, pero con una sonrisa secreta ante cada gesto de cariño.

Rápidos para la desconfianza, lentos para el apego, juguetones ante el cariño, mimosos cuando se lo permiten a sí mismos, sabios como ancianos, caprichosos como niños y más solitarios que cualquiera de los muchos dioses concebidos. Tal es la naturaleza de un callejero. Ocasionalmente se encuentran con otros perros, y juguetean juntos, pelean o pasan un rato. Pero siguen solos. Si los hombres sobrellevamos ciertas soledades, lo hacemos anhelando un poco de compañía. Sea desde la airada exigencia del selectivo, hasta la desesperada dicha del dadivoso, los humanos encuentran remedios a sus muchas soledades mediante la inevitable búsqueda de otro, uno que nos dé tanto como damos nosotros, incluso que dé antes que demos nosotros. No pasa así con los perros, especialmente con los callejeros, que están acostumbrados a dar cariños a quién los alimenta, a quién los acaricia o, finalmente, a quién no se para amenazador frente a ellos. Son ellos quienes se quedan cuando reciben, pero dan solamente por dar.

 
Un perro callejero nunca cesa de estar solo. Caminan en soledad, comen en soledad y mueren en soledad. Incluso si son adoptados, siempre habrá un resquicio de esa soledad impresa en sus miradas, en sus costumbres y en sus actos. Es una soledad absoluta que nos pasamos la vida temiendo, que si entramos en consciencia de ella nos aplastaría las certezas, después de todo no hay bien que la soledad no pueda trastocar. Y a veces, los callejeros, reciben caricias y persiguen al portador de la mano cariñosa hasta que se los adopta o se les lanza una piedra para alejarlos. Tal tozudez es solo concebible del lado de quién nunca tiene nada, ni nadie. Pero lo que estos callejeros hacen es regalarte un poco de su soledad, brindarte un cariño extraño, generar en ti un apego momentáneo lleno de una ternura cruel, que morirá en cuanto se deje atrás a dicho perro. Y de todas maneras la soledad de quién acaricia a un callejero se alivia un poco, es como dice Ximena Sariñana a propósito de un libro de Saint-Exupéry: “el Principito no hizo al amigo, para dejarlo desaparecer.”, pues aun cuando dejamos a esos perros atrás, el recuerdo de su calidez, o esa ternura que nos empeñamos en atribuirles, se mantiene y nos cura de la soledad por un momento.

Hay suicidas que nos ponemos en la posición de un callejero. Aún desde nuestra pobre condición humana. Y ello implica menear la cola en espera de otra caricia, de echarse en el pasto a escuchar como alguien cuenta sus problemas en voz alta, o sentarse con la lengua afuera esperando a que la persona te suelte otro poco de comida y te deje pasar a su hogar y, claro, temer que la persona de pronto te lance una piedra para sacarte definitivamente de su vida. Pero el problema ahí, es el mismo que el de cualquier niño, que sorprendido con Superman intenta volar saltando desde su terraza usando una toalla roja a manera de capa ¿Quién, que fuera humano, podría soportar dar sin esperar? ¿Querer sin expectativas? ¿Aceptar sin condiciones? ¿No que Superman es un kryptoniano que apenas entiende a la raza humana y, simplemente, nos compadece?

Hay crónicas que, por muy gloriosas que sean para uno, se las debe callar. Así son las crónicas de los cariños perrunos. Empiezan un día y pueden durar más de lo que durará el amor más hermoso de, nosotros, los humanos. Y cuando somos nosotros quienes las vivimos, a estas crónicas, no podemos aguantarnos y las gritamos a los cuatro vientos. Algunos hacen música con eso, otros escribirán novelas, los más intentan simplificarlo en un estado de Facebook. Pero ninguno sabe guardarlo en el secreto de la mirada. Quizá por eso nuestros ojos solo se profundizan con la vejez, y las de los perros callejeros siempre son profundas miradas que enternecen tanto como asustan.

Ponerse en la posición de un perro callejero, siendo humano es un juego peligroso, por no mencionar doloroso e ingrato. Si los canes están capacitados para vagabundear por todas partes regalando porciones de su soledad, viviéndola con la tranquilidad impresa en el abismo de sus miradas, ello no significará que los humanos seamos capaces de tal proeza. Nos preciamos de ser la raza superior, la raza racional y nos encerramos en vernos como centros del universo, sin notar que hay precios ante tanta “genialidad”. Si un perro puede ¿por qué no yo? Será la pregunta en general. La respuesta es simple, pero solo la entienden los perros.

Derrotas Entrañables

Publicado: septiembre 10, 2012 en Zopilotadas
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La derrota nuestra de cada día

A las derrotas uno no las recibe como viejas compañeras. No se las invita a pasar por una fría cerveza para recordar glorias pasadas ¿cómo podríamos si fueron, en esencia, ellas quienes nos quitaron el dulce sabor de la victoria? A las derrotas, las antiguas por lo menos, las recibimos con cierta incomodidad. Se las invita a pasar y se les ofrece un mero vaso de agua, para luego hacer preguntas rutinarias que eviten el desarrollo de cualquier charla, alargamos la tortura del silencio aun a sabiendas que más tarde caeremos redondito en reprocharles injusticias y frustraciones, sabiendo que luego de eso estaremos abrazados a ellas con un cariño extraño, borrachos del ego desinflado y del “se-sufre-pero-se-aprende”. Después de todo, el tiempo transforma a las antiguas derrotas en amigas entrañables a quienes, tras superar el primer momento de incomodidad, sonreímos con un cariño extraño nacido de piedad por nuestros errores pasados.

 
Las derrotas del presente son otra historia. Son como las heridas de un niño, puede que no sean la gran cosa, puede que no sean serias o significantes, ni que vayan a causar menor cambio en el curso de la historia, pero a las derrotas recientes se las vive con esas lágrimas de desamparo que buscan a una madre que las limpie. Se precian de dolorosas con un ardor insoportable hasta que algún consuelo viene a salvar el día con sus propiedades medicinales que duran poco, pero ayudan a tragar mejor la noticia: usted ha perdido, es un loser, no ha logrado triunfar ni siquiera en esta tarea.

 
Una derrota puede traducirse en mil maneras. No será simplemente una competencia la que nombrará derrotados como si de mortandad se tratase. Las derrotas están, también, en ojos que te rehúyen, sonrisas tristes, rechazos silenciosos, relaciones consumadas, loterías ganadas, arrepentimientos insondables y orgullos que sumen al orgulloso en un mutismo mortal, que termina de condenar a la derrota como absoluta. Es decir que las derrotas no están solo en perder, a veces las derrotas están en la victoria de otros, o en empates ilógicos. Está en lo emocional, tanto como en lo físico, en lo relacional y lo simbólico. Finalmente la derrota te puede venir de cualquier lado, dependiendo de donde ha plantado uno su esfuerzo sin recibir fruto alguno a cambio.

 
Estar en aquel momento, cuando la derrota se planta delante de uno a exhibirse como una diva lo haría, equivale a un dolor aislado. Nos recuerda nuestras falencias y nuestros límites, nos da constancia de nuestra calidad de humanos y nos sume en un, a voces, secreto pesimismo ¿O es que existe alguien que se meta a competir o, simplemente, a hacer algo sin expectativas de éxito o beneficio desde algún lado? ¿Es la medalla de las olimpiadas codiciada, o los participantes van por competir? ¿No que los futbolistas se ven tremendamente humillados en ese calvario de recibir las medallas de subcampeones en alguna final perdida? Lo mismo en la derrota en el terreno de lo emocional e intelectual, o sea cuando nos rechazan, cuando nos excluyen, cuando nos corrigen o cuando se nos calla.

 
Las victorias son amigas efímeras. Son recordadas con alegría para siempre pero, por lo general, son olvidadas la mayor parte del tiempo. Las victorias nos sumen en pensamientos positivos que no cuadran con la realidad. La vida es triste y llena de derrotas, pero ello no significará que sea mala. La tristeza es también una función, es una manera de observar al mundo y de adaptarse a él. Ver al mundo desde una sola óptica implica el vicio de la superioridad moral o la desacreditación de una persona por si misma. No hay peor tullido que aquel que solo le ve lo bueno a todo, ni más gran necio que quién solo tiene ojos para lo negativo.

 
Lo difícil está en hallar el equilibrio, porque podrá uno creerse muy bueno o muy normal, pero es cierto que es necesario sufrir por las derrotas y aprender de ellas, tanto como es necesario verle lo agradable hasta a la tragedia más dura. Recibir a las derrotas con una sonrisa falsa, con un discursito ensayado de las sandeces de al autoayuda o incluso pensar solo en cosas buenas durante un problema. No se busca que exploten, se busca que se expresen y puedan moverse fuera del coma del “todo-positivo”. Se busca que uno pueda mirar a la montaña de derrotas mientras se adormila con la tranquilidad de quien sabe ver con ambos ojos.

 

 

Eran un equipo mejor y aun así perdieron.