Derrotas Entrañables

Publicado: septiembre 10, 2012 en Zopilotadas
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La derrota nuestra de cada día

A las derrotas uno no las recibe como viejas compañeras. No se las invita a pasar por una fría cerveza para recordar glorias pasadas ¿cómo podríamos si fueron, en esencia, ellas quienes nos quitaron el dulce sabor de la victoria? A las derrotas, las antiguas por lo menos, las recibimos con cierta incomodidad. Se las invita a pasar y se les ofrece un mero vaso de agua, para luego hacer preguntas rutinarias que eviten el desarrollo de cualquier charla, alargamos la tortura del silencio aun a sabiendas que más tarde caeremos redondito en reprocharles injusticias y frustraciones, sabiendo que luego de eso estaremos abrazados a ellas con un cariño extraño, borrachos del ego desinflado y del “se-sufre-pero-se-aprende”. Después de todo, el tiempo transforma a las antiguas derrotas en amigas entrañables a quienes, tras superar el primer momento de incomodidad, sonreímos con un cariño extraño nacido de piedad por nuestros errores pasados.

 
Las derrotas del presente son otra historia. Son como las heridas de un niño, puede que no sean la gran cosa, puede que no sean serias o significantes, ni que vayan a causar menor cambio en el curso de la historia, pero a las derrotas recientes se las vive con esas lágrimas de desamparo que buscan a una madre que las limpie. Se precian de dolorosas con un ardor insoportable hasta que algún consuelo viene a salvar el día con sus propiedades medicinales que duran poco, pero ayudan a tragar mejor la noticia: usted ha perdido, es un loser, no ha logrado triunfar ni siquiera en esta tarea.

 
Una derrota puede traducirse en mil maneras. No será simplemente una competencia la que nombrará derrotados como si de mortandad se tratase. Las derrotas están, también, en ojos que te rehúyen, sonrisas tristes, rechazos silenciosos, relaciones consumadas, loterías ganadas, arrepentimientos insondables y orgullos que sumen al orgulloso en un mutismo mortal, que termina de condenar a la derrota como absoluta. Es decir que las derrotas no están solo en perder, a veces las derrotas están en la victoria de otros, o en empates ilógicos. Está en lo emocional, tanto como en lo físico, en lo relacional y lo simbólico. Finalmente la derrota te puede venir de cualquier lado, dependiendo de donde ha plantado uno su esfuerzo sin recibir fruto alguno a cambio.

 
Estar en aquel momento, cuando la derrota se planta delante de uno a exhibirse como una diva lo haría, equivale a un dolor aislado. Nos recuerda nuestras falencias y nuestros límites, nos da constancia de nuestra calidad de humanos y nos sume en un, a voces, secreto pesimismo ¿O es que existe alguien que se meta a competir o, simplemente, a hacer algo sin expectativas de éxito o beneficio desde algún lado? ¿Es la medalla de las olimpiadas codiciada, o los participantes van por competir? ¿No que los futbolistas se ven tremendamente humillados en ese calvario de recibir las medallas de subcampeones en alguna final perdida? Lo mismo en la derrota en el terreno de lo emocional e intelectual, o sea cuando nos rechazan, cuando nos excluyen, cuando nos corrigen o cuando se nos calla.

 
Las victorias son amigas efímeras. Son recordadas con alegría para siempre pero, por lo general, son olvidadas la mayor parte del tiempo. Las victorias nos sumen en pensamientos positivos que no cuadran con la realidad. La vida es triste y llena de derrotas, pero ello no significará que sea mala. La tristeza es también una función, es una manera de observar al mundo y de adaptarse a él. Ver al mundo desde una sola óptica implica el vicio de la superioridad moral o la desacreditación de una persona por si misma. No hay peor tullido que aquel que solo le ve lo bueno a todo, ni más gran necio que quién solo tiene ojos para lo negativo.

 
Lo difícil está en hallar el equilibrio, porque podrá uno creerse muy bueno o muy normal, pero es cierto que es necesario sufrir por las derrotas y aprender de ellas, tanto como es necesario verle lo agradable hasta a la tragedia más dura. Recibir a las derrotas con una sonrisa falsa, con un discursito ensayado de las sandeces de al autoayuda o incluso pensar solo en cosas buenas durante un problema. No se busca que exploten, se busca que se expresen y puedan moverse fuera del coma del “todo-positivo”. Se busca que uno pueda mirar a la montaña de derrotas mientras se adormila con la tranquilidad de quien sabe ver con ambos ojos.

 

 

Eran un equipo mejor y aun así perdieron.

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