Crónicas de Cariños Perrunos

Publicado: septiembre 16, 2012 en Zopilotadas
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Para la Gata Negra

“Soy una bestia huraña, saco las uñas y enseño los dientes, pero muevo la cola cuando unos ojos francos me sonríen.”
– Xavier Velasco

Los perros callejeros son seres solitarios que divagan por las calles buscando comida, o un lugar caliente donde dormir, sin nadie que los acompañe. Los vemos cada día ir y venir sin un lugar fijo, algunos huraños, otros sucios, los más son perros mestizos de razas indefinidas que fueron abandonados o nacieron en la cruel intemperie urbana. Los perros callejeros son muy diferentes a los falderos, y eso es muy notable en como tienen una mirada distinta. Una mirada más marcada por la soledad y la tristeza, pero con una sonrisa secreta ante cada gesto de cariño.

Rápidos para la desconfianza, lentos para el apego, juguetones ante el cariño, mimosos cuando se lo permiten a sí mismos, sabios como ancianos, caprichosos como niños y más solitarios que cualquiera de los muchos dioses concebidos. Tal es la naturaleza de un callejero. Ocasionalmente se encuentran con otros perros, y juguetean juntos, pelean o pasan un rato. Pero siguen solos. Si los hombres sobrellevamos ciertas soledades, lo hacemos anhelando un poco de compañía. Sea desde la airada exigencia del selectivo, hasta la desesperada dicha del dadivoso, los humanos encuentran remedios a sus muchas soledades mediante la inevitable búsqueda de otro, uno que nos dé tanto como damos nosotros, incluso que dé antes que demos nosotros. No pasa así con los perros, especialmente con los callejeros, que están acostumbrados a dar cariños a quién los alimenta, a quién los acaricia o, finalmente, a quién no se para amenazador frente a ellos. Son ellos quienes se quedan cuando reciben, pero dan solamente por dar.

 
Un perro callejero nunca cesa de estar solo. Caminan en soledad, comen en soledad y mueren en soledad. Incluso si son adoptados, siempre habrá un resquicio de esa soledad impresa en sus miradas, en sus costumbres y en sus actos. Es una soledad absoluta que nos pasamos la vida temiendo, que si entramos en consciencia de ella nos aplastaría las certezas, después de todo no hay bien que la soledad no pueda trastocar. Y a veces, los callejeros, reciben caricias y persiguen al portador de la mano cariñosa hasta que se los adopta o se les lanza una piedra para alejarlos. Tal tozudez es solo concebible del lado de quién nunca tiene nada, ni nadie. Pero lo que estos callejeros hacen es regalarte un poco de su soledad, brindarte un cariño extraño, generar en ti un apego momentáneo lleno de una ternura cruel, que morirá en cuanto se deje atrás a dicho perro. Y de todas maneras la soledad de quién acaricia a un callejero se alivia un poco, es como dice Ximena Sariñana a propósito de un libro de Saint-Exupéry: “el Principito no hizo al amigo, para dejarlo desaparecer.”, pues aun cuando dejamos a esos perros atrás, el recuerdo de su calidez, o esa ternura que nos empeñamos en atribuirles, se mantiene y nos cura de la soledad por un momento.

Hay suicidas que nos ponemos en la posición de un callejero. Aún desde nuestra pobre condición humana. Y ello implica menear la cola en espera de otra caricia, de echarse en el pasto a escuchar como alguien cuenta sus problemas en voz alta, o sentarse con la lengua afuera esperando a que la persona te suelte otro poco de comida y te deje pasar a su hogar y, claro, temer que la persona de pronto te lance una piedra para sacarte definitivamente de su vida. Pero el problema ahí, es el mismo que el de cualquier niño, que sorprendido con Superman intenta volar saltando desde su terraza usando una toalla roja a manera de capa ¿Quién, que fuera humano, podría soportar dar sin esperar? ¿Querer sin expectativas? ¿Aceptar sin condiciones? ¿No que Superman es un kryptoniano que apenas entiende a la raza humana y, simplemente, nos compadece?

Hay crónicas que, por muy gloriosas que sean para uno, se las debe callar. Así son las crónicas de los cariños perrunos. Empiezan un día y pueden durar más de lo que durará el amor más hermoso de, nosotros, los humanos. Y cuando somos nosotros quienes las vivimos, a estas crónicas, no podemos aguantarnos y las gritamos a los cuatro vientos. Algunos hacen música con eso, otros escribirán novelas, los más intentan simplificarlo en un estado de Facebook. Pero ninguno sabe guardarlo en el secreto de la mirada. Quizá por eso nuestros ojos solo se profundizan con la vejez, y las de los perros callejeros siempre son profundas miradas que enternecen tanto como asustan.

Ponerse en la posición de un perro callejero, siendo humano es un juego peligroso, por no mencionar doloroso e ingrato. Si los canes están capacitados para vagabundear por todas partes regalando porciones de su soledad, viviéndola con la tranquilidad impresa en el abismo de sus miradas, ello no significará que los humanos seamos capaces de tal proeza. Nos preciamos de ser la raza superior, la raza racional y nos encerramos en vernos como centros del universo, sin notar que hay precios ante tanta “genialidad”. Si un perro puede ¿por qué no yo? Será la pregunta en general. La respuesta es simple, pero solo la entienden los perros.

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