Archivos para octubre, 2012

– Para Laura A.

– Al final el dolor será vitalidad (Anónimo)

– Under and behind and inside everything the man took for granted, something horrible had been growing (Chuck Palahniuk)

Quizá era un concepto que lo sobrepasaba. No sabía bien si porque de niño nunca le enseñaron a creer en esas cosas, o porque siempre estaba en la otra corriente. Se lanzó al pasto a llorar quedamente, mirando como si nada al sol mientras este lo acariciaba con calma, como quien consuela a un ser querido, mientras los recuerdos se amontonaban en su mente. No, no lo entendía. Le parecía imposible lo inefable de aquel momento y de algún modo eso bastaba. Aquel final marcaba un nuevo inicio, uno libre pero no exento de sus recuerdos de Helena.

 
A Helena la conoció en la casa de un Cupido. Sonaba raro, o quizá sonaba más a mentira pues costaba imaginarse a Ángel, el número 28, vestido con apenas un pañal y dotado con alitas, arco y flecha. Pero había sido un buen Cupido. Cuando conoció a Helena no pudo evitar quedarse mirándola embobado. Tiempo después ella se reiría de su expresión aquel día y preguntaría, con su mirada de súcubo, que tanto era lo que observaba; él, Ernesto, avergonzado confesaría la verdad a medias, no sería tan simple decir que la miraba sorprendido por la forma con que había entrado al cuarto, como con un dominio indiscutible de todo, y más bien murmuraría un par de palabras sobre la fuerza de sus movimientos. No diría que la encontraba helenamente hermosa, tan candente en esa estética tan masticada ya, tan rescatada constantemente por los teóricos de lo griego, tan precisa en sus caderas y sus nalgas, y obviaría su impresión ante sus primeras frases hasta mucho después cuando al fin podía perderse en sus brazos ardientes y aspirar su aliento de azufre, deseando caer muerto en semejante beatitud y sufrimiento.

 

X X X X X

 

El sol negro salía con virtuosa lentitud. El Diablo guardaba a su presa. Aunque quizá llamarlo presa era muy inexacto, pero su orgullo le obligaba a negarlo como sea, a sentirse inmune y omnipotente, cuando ni Dios lo era. Tosió suavemente bañado por la lluvia roja del alba. Le agradaba, lo relajaba, lo representaba. Lo malo de ser el Diablo era la divinización, no solo suya sino también de Dios. Si bien eran viejos e inmortales y podían hacer cosas raras, increíbles, mágicas, lo milagroso era una exageración insulsa. Le daba rabia que los humanos los creyesen reyes enfrentados por el reino terrenal. Egocéntricos les decía, la realidad era menos complicada y su poder sobre el mundo no era como se imaginaban. No podía negar que eran poderosos pero nada más, ni el Diablo ni Dios conocían a su creador. Un día despertaron y desde entonces se mantuvieron iguales ¿de dónde venían? No sabían ¿era la Creación obra de alguno de ellos? Aun peor, pero estaban ahí, en clara ventaja del resto… y lo usaron, cada cual a su modo, pero lo hicieron.

 
No estaban exentos del pecado. El de Dios era creerse superior a todo, el del Diablo permitírselo. Recordaba a los primeros humanos: frágiles y tontos, fáciles de convencer, aunque si se sentaba a analizarlo concienzudamente, él también lo era ¿no se había dejado comprar por los planes de Dios? ¿Ante la oferta de la adoración de esos idiotas? y aunque no hubo error en eso, no pudo predecir que él sería visto como el maldito, el errado. Ya no importaba, ya era muy tarde para cambiar lo que incontables generaciones de estúpidos humanos habían racionalizado y creído. Además Dios había sido castigado hacía mucho, aunque ya no le importase, porque ese Dios era canalla e insensible. O al menos eso aparentaba. Pero ahí estaba la cuestión, rememoraba al primer amor de Dios y encontraba que las situaciones eran horriblemente parecidas, y él no se sentía merecedor de aquel dolor. Si bien había hecho daño aquí y allá, nunca nada como Dios en su coup d’etat de todos esos montes de Olimpo. Él se había conformado con un segundo puesto, de odiado y todo eso. No merecía esto.

 
Era su momento de duda, uno de los pocos que había tenido y que tendría a lo largo de su vida. Tal vez no era gran cosa para alguien como él, pero siendo la primera vez, algo tenía que soltar, al menos eso era lo más humano a hacer. La duda es solo natural para un ser humano.

 
Ahora sería humano. Humana mejor dicho, el nacimiento de sí mismo en algo diferente, otro ser con una imagen no tan poderosa, no tan grande como él se creía. “Su propia versión del Mesías” decía Dios en tono de burla, recordando su chiste enfermo de convertirse en el hijo de una mujer de la que se había enamorado. Y es que el Diablo no quería terminar como Dios, usando a su amada como solo un instrumento para subrayar su imaginaria grandeza y luego descartarla.
Y de nuevo Ernesto. Pero Ernesto antes de Helena, y esta cuando aún era el Diablo. Ernesto estaba solo, aunque más desamparado que solo. Era ingenuo y era justamente esa ingenuidad lo que atraía al Diablo. No que fuese un alma pura, podría decirse que Ernesto era tan solo un alma confundida, tan aislada que caería fácilmente en las redes de engaños de su forma de amar. Lo que el Diablo no se admitía era el haber caído presa de casi lo mismo. Él, también, se sentía desastrosamente solo. Dios solo era un pedante más, que le hablaba bonito mientras lo hacía quedar mal con el mundo eterno. Además Ernesto lo enternecía, le atraía, lo confundía.

 
Fue breve el momento de transición de ser el Diablo a ser Helena. Su estatura se redujo, su figura cambio, varios órganos nacieron, su complexión se alteró, sus irises se tiñeron de un rojo infernal pero su mirada se hizo dulce. Dios se rió, un poco recordando su breve tiempo como Jesús, y vio como el Diabl… perdón, Helena se levantaba desnuda y bella, se vestía con trapos caros y creaba una vida falsa con los dones mágicos que ambos poseían. Entonces Dios se preguntó cuánto le duraría Ernesto.

 
Helena no sabía amar. A lo largo de su extensa vida se había ocupado de ayudar a Dios a ser quién era hoy, pero por ello había olvidado la cuestión de definirse a sí misma, y sin querer terminó convertida en lo que Dios decía de ella. El suyo era un concepto muy cliché del amor; general, conveniente, que no le servía para explicar que sentía por Ernesto al momento de presentarse ante él. Pero una vez cruzada esa línea de similitudes con Dios, cuando se autoproclamó mesías de sí mismo, debía seguir las reglas del juego. Y Dios era un tramposo colmado de envidias ¿o acaso celos?
Necesitaba práctica. Ahora que era humana, sentía que necesitaba crearse historias para contar a Ernesto. Su encanto le hizo fácil conseguir seguidores, hombres que se enamoraban de su belleza y que ella trataba como esclavos, que la seguían por la sola promesa de un beso, un abrazo… algo que sacie el vacio que dejaba atrás la vida que Helena les chupaba a sus “novios”.

 
Después de 2 años de probar diferentes carnes, Helena se lanzó al éxito y fue tras Ernesto. Oficialmente lo conoció en la casa de un Cupido que resultó poco angelical, y fue sorpresivamente difícil hablarle pese a la planificación tan meticulosamente estructurada. Helena descubrió que el aire solitario de Ernesto era demasiado desconsolado, su pacto de aislamiento era excesivamente estricto y su miedo a exponerse era abrumadoramente fuerte. Ni sus artes diabólicas, e incluso las divinas, lograban cautivarlo como para que se rindiese ante ella y abandonase esa empecinada soledad suya que lo mantenía contento en el placer de la desolación, al mismo tiempo que se podría en la añoranza de compañía.
Dios se reía en secreto de la turbación de Helena. La veía empecinada en una empresa imposible para seres fantásticos como ellos. Comprendía que Ernesto era una criatura destinada a la nada pura y desesperante, que él mismo, con todas sus dotes divinas y sus incontables seguidores, temía. Pero, al final, lo que enamoró a Ernesto, contra todas las profecías de Dios, no fueron las artes diabólicas o las dotes angelicales de Helena, fue más bien la humanización que experimentó al frustrarse por sus fallos constantes. De ahí en más, Ernesto se permitió soñar con cosas posibles y decidió abandonar el camino solitario a la muerte, se entregó a Helena hambriento de calor humano, y ella agradecida le dio de su calor infernal a cambio.

 
Era gracioso. Al menos así lo veía Dios, pues Helena parecía feliz y, efectivamente, lo estaba. Nunca fue, ni sería tan feliz como las dos primeras semanas de su enamoramiento con Ernesto. Pero Dios vigilaba al muchacho con ojos críticos, encontrándose ante alguien cuyas únicas grandiosidades eran esa terca desolación y esa simpleza de las personas con penas y sin glorias. El cambio del Diablo a Helena era algo que lo hizo reír con la rabia con que se carcajeó cuando lo clavaron en la cruz, desconsolado por haber usado a sus amores como instrumentos de su plan para su gloria, renunciando para siempre a compañía alguna. Y solo logró elucubrar dos posibles razones para semejante enamoramiento de quien fuera su Diablo y, ahora, era la Helena de Ernesto: o estaba intentando repetir la treta, por si mismo usada, para crecer en influencia entre los mortales, o es que en su perpetua sumisión a Dios, el Diablo se había enamorado de alguien que vivía en la misma luctuosa soledad. Descartó la primera opción, ya que sabía que hacía tiempo que el Diablo había renunciado a la gloria de existir para sí mismo por la áspera victoria de ser para Dios, pero por lo mismo lo asustó la chance de la segunda opción. Dios podía entender como el Diablo había visto en Ernesto una conjunción de ambos seres fantásticos. Un ser que vivía en el aislamiento que él, el Diablo, estaba y poseedor del halito solitario de sí mismo, Dios, y no supo medir si todo ello desembocaría en algo que lo despertaría del sopor de sumisión en que el pobre Diablo estaba sometido gracias a Dios. Como no estaba seguro, terminó por decidir que lo mejor era acostumbrarse a que el Diablo era Helena, dejando pasar los días siempre observador.

 
Ernesto, el número 29, se entregó a Helena casi completamente. Por mucho que intuía la mentira en la boca de su amada, y reconocía lo bizarro de las ocasiones que de tanto mentir a Helena le venía un aliento de azufre, o incluso que cuando la besaba sentía que la piel de Helena quemaba con un fuego infernal. Incluso su santidad falsa cuando lo provocaba y lo cegaba con lujuria. Helena ya estaba acostumbrada a ser adorada, no solo en su milenaria vida como Príncipe de las Tinieblas sino en su corta carrera como nena de agasajo, donde en poco tiempo se encargó de hacerse de 28 hombres que la amaron sin límites y que nunca fueron correspondidos como ellos hubiesen deseado. Ahora Ernesto se enfrentaba a la muerte de su eterna soltería, acostumbrado a deambular solo por el mundo se mareó ante la pequeña figura de Helena con su voz de mando, sus sutilezas venenosas, su ternura fingida y su lujuriosa necesidad de adoración. Siempre un paria, de niño jugaba con perros en la vastedad de la casa materna, su juventud la había pasado en un trance que no admitía la intromisión de otros, ahora bordeaba la edad adulta sin nada ni nadie. Las amistades le habían brindado un consuelo que a la hora de la verdad resultaba insuficiente y era extraño que ahora esa menuda belleza, como era Helena, lo despertase con el calor de mil soles en una maldita canícula. Era un nuevo tipo de encierro, se despertaba pensando en quererla y se dormía temiendo perderla. Helena, por otro lado, conoció la paz de descansar sabiéndose reina del mundo, y pese a que la suya era una conquista mundana, aun así la sentía como si hubiese iniciado una religión tan exitosa como las de Dios, y solo con sus 28 fieles y su favorito el número 29.

 
Pasaron los meses. Tiempo que Helena aprovechó para venderle a su crédulo novio sus pseudologías fantásticas que llenaban el breve espacio temporal de esa su vida de humana, así se enteró Ernesto de que Helena había nacido tras varios intentos fallidos de sus padres y que por ello era la corona de su padre, que de niña había sido muy precoz, una pequeña plaga muy decidida y sabia, bastante independiente desde sus cinco. Ernesto escuchó estupefacto la historia de Andrés, el 24, un ex novio suicida, que intentaba darse muerte cada vez que ella lo rechazaba, se forzó a tragarse la historia de que ella era una espía de un gobierno lejano y lloró convincentemente cuando se enteró que estaba enferma terminalmente y que algún día moriría, quizá más antes que después. Dios y Helena se maravillaban de lo crédulo que era, incluso el mismo Ernesto se preguntaba porque se creía toda esa basura que le contaba su novia aliento de azufre y solo cuando tiempo después terminaron, se dio cuenta que una parte suya no deseaba regresar a despertar pensando en dormirse y dormirse pensando en no despertar.

 
Dios fingía. No era nuevo para él actuar como si nada ocurriese en las misteriosas profundidades de su mágico ser. Empezó a distraerse con lo usual: alguna catástrofe espontanea que quitara la fe del mundo en él, pasearse por los campos de los damnificados otorgándoles pequeños milagros que los reconfortasen de la miseria en que ahora vivían, para recuperar, y con creces, los feligreses perdidos. Entonces se aburría de limpiar su desastre y marchaba a “meditar” en Castelgandolfo para poder estar ebrio de néctar y adoración. Fue en medio de estas papales orgias que Dios pudo apreciar cuanto lo lastimaba la ausencia del Diablo. O que era lo que sentía por él ¿Qué era? Y debía recordar que ya no era un él, era una ella. Dios se vio a sí mismo el día que despertaron, vieron el mundo y tuvieron miedo de él. Recordó el desasosiego con que temblaban abrazados mientras atestiguaban las pequeñas magias de la naturaleza. Pronto se dio cuenta que en un principio fueron inseparables y que hasta los humanos, en su inevitable ignorancia, los habían percibido y nombrado como Yavéh y Asherah. De pronto Helena era lo más bello de la Creación y el alcance de aquella belleza iba más allá de las mentiras sembradas a lo largo de los años, y Dios no soportaba como lo contaminaba aquella belleza y su ira se dirigía a su actual propietario: Ernesto.

 

X X X X X

 

Ernesto nunca pudo desentrañar cual fue el momento exacto en que inició su mala suerte. De algún modo lo rememoró como algo presente desde su nacimiento, claro que solo Dios sabía cuando había empezado a torturarlo desde lejos. Nada muy grave, lo asaltaba con caiditas tontas, poco éxito con el dinero, coordinando para su mal los tiempos de sus actividades o evitándole los pequeños placeres de ciertas cosas. Helena no lo notaba, triunfante con su amado domado se relamía en el poder de la influencia que sobre él ejercía, sobre el 29 y los otros 28… y eso solo ahondaba la desesperanza de Dios, que veía a Ernesto cada vez más enamorado, aun en su posición de juguete de los dioses, juguete maldito que lo hacía infeliz pero hacía dichosa a Helena. Lo malo es que Dios nunca había deseado su dicha, más bien anhelaba su sumisión como antes. Helena ahora lo negligía, concentraba todo en sus 29 Idiotas que la adoraban y ella que les repetía “¡Los adoro!” como quién habla a su perro.

 
Ernesto estaba feliz. Prefería ignorar a los fans de su novia, así como obviaba su aliento a azufre cuando mentía constantemente, o su mirada lujuriosa cuando lo provocaba con su virginidad forzada, su piel quemante cuando se acariciaban acezantes y hasta ese extraño hábito que tenía de despreciar a los demás con ternura e inocencia, casi con cariño.

 
Nada de esto agradaba a Dios. Solo. Desamparado buscó consuelo en los feligreses que lo llamaban por distintos nombres apelando a una misma autoridad, y por un rato se sentía bien escuchando lo absoluto y todopoderoso, lo bueno y justo, lo omnipotente y grande que era ¡Oh Padre! Creador del cielo y de la tierra. Pero luego llegaban los ruegos, las basuras mundanas que escuchaba y repetía burlonamente con tono mongólico: “cura mi cáncer”, “salva a mi hijo”, “el mundo se muere”, “no tengo dinero”, “quiero ganar la lotería”, “cuida a mis seres queridos” imitaba burlón. Era esa la razón porque odiaba a los mortales, y si no les mandaba algo lo suficientemente groso como un Apocalipsis era porque entonces los ruegos cesaban y daban paso a injurias contra ella, llamaban a Helena por su antiguo nombre, la condenaban como la Caída y débil, la maldad y el castigo, la traidora del señor ¡Sálvanos de ella Oh Padre! Y era eso lo que quería oír, era eso lo que lo emborrachaba, lo dejaba llorando a cantaros, gritando que la amaba a su Helenita, que era tan buena y paciente, que sin ella no era nada y prefería ahogar a los imbéciles de abajo antes que vivir su eternidad sin ella. Para los mortales llovía.

 
Diluviaba más bien. Subía el nivel del mar y cada vez se tenía que drenar más seguido, algunos países se ahogaban. La gente veía la imparable lluvia como la única posible conclusión a tanta destrucción del hombre a su propio mundo, otros le llamaban el fin de los días que Nostradamus, los mayas y tantos otros habían profesado. Nadie supo que esa lenta muerte de la humanidad se debía a que Dios estaba enamorado. Y algo intuía Helena, sintiéndose observada pero importante, fue esa la temporada en que el olor a azufre de su aliento más fuerte se hizo, cuando Ernesto tenía que tragarse la historia de un tal Armando que la espiaba y la vigilaba y ella pobrecita se quejaba a sus 29 y todos sufrían. Luego les dijo que su enfermedad se había agravado, seguía siendo un misterio de que exactamente padecía, pero los 29 suspiraban tranquilos pues ella les hablaba de un valiente médico que la estaba ayudando a seguir viva con técnicas dolorosas e innovadoras. Y Ernesto tan impotente y frustrado se preguntaba porque nunca podía ver a este médico o porque no podía librarla de ese tal Armando. Y se sentía solo, pero no tanto.

 
Para Helena aquel era el paraíso. Dividida entre Ernesto y esa lluvia imparable, en la cual se empapaba y saboreaba ese gusto a agua bendita, con su maligna sonrisa y sus ojos falsos adorando a Dios que lloraba y lloraba.
¿Qué hacía un humano entre dos “dioses”? sobretodo alguien tan nada como Ernesto. Metiéndose a actuar de amante, de comprensivo, de bueno, de útil, de tierno, cooperador, amable, paciente y tantos etcéteras en orden de no estar solo. Recién cuando el nivel del mar subió tanto que inundó parte de América, empequeñeció Asia, dejó a Europa en una ruina equiparable a la desesperada situación africana, solo entonces Ernesto aceptó que solo era y solo estaba, que odiaba a Helena con su voz de chillido infernal, con su piel tan fría que quemaba como fuego, sus ojos de mirar falso, su horrible tendencia a pseudologías fantásticas, sus 28 exnovios que la perseguían por todas partes y su enfermedad falsa, su tal Armando que ni existía, aparte su aliento a azufre y su manipulación constante, su falso tono inocentón pero amén que estaba buena.

 
La dejó. La abandonó un día soleado y lluvioso, terminó aquel noviazgo en su lugar favorito. Ella se molestó, lo amenazó, lo engatusó, lo tentó, le rogó pero él se fue, tan de repente como ella llegó a su vida, y así dejó de llover, así paró de mentirse.

 
Y se lanzó al césped incapaz de explicar el momento inefable que le tocaba vivir, cuando la lluvia cesó de repente y de los cielos descendió Dios en toda su gloria inventada. Casi todos quienes lo vieron murieron o se quedaron ciegos, Ernesto lo observó calmado, percibió a un alma parecida a la suya, reconoció al 0 y al 30, el primero y el último en ese ser raro. Y a Helena la vió en llamas, con sus ojos brillando, sonriendo maligna y acercándose a Dios, presenció el momento en que se unieron en un beso hereje que vieron en Babilonia, en Sodoma, en Gomorra, lo vieron estupefactos desde Castelgandolfo y lo alabaron los muertos de Tierra de Fuego, lo vitorearon desde los cementerios cimentados en tragedias tan humanas, más aun ante ese beso inmortal de Dios y su Diablo. Helena maligna con su apóstol numero treinta que la amaba, y la amaba de verdad, la conocía como nadie y ella a él. Se perdieron en el esfuerzo de vencer la incomodidad de ese primer beso de amigos, a la par que se elevaban al abismo infinito del cielo mientras sus manos se palpaban y se unían en un coito que el mundo entero y Ernesto atestiguaron mudos de asombro. O de indignación quizá. Presenciaron como abandonaban la tierra y el mundo de Ernesto en cada gemido, cada movimiento pélvico, cada milímetro que se elevaban abandonando a los mortales, más allá del espacio, de las galaxias y de la existencia en realidad, hasta que se perdió el último gemido de Helena y los continuos jadeos de Dios, y el caos dominó al mundo por la buena nueva: Dios existe, y la mala nueva: se coge al Diablo. Y todos reconociendo que en verdad eran ellos, que sin lugar a duda el mundo entero había presenciado a Dios y al Diablo. Y se preguntaron si es que se habían ido por siempre, mientras Ernesto se echaba en el pasto, libre de toda vergüenza y congelado sin respuestas, solo al fin dispuesto a esperar su muerte en soledad, en aquel mundo sin dioses que por primera vez se sentía desamparado.

 

 

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Noche y día. Quizá la fuerza de este cambio no se encuentre tanto en el porqué se oculta el sol o brilla la luna. Quizá la fuerza de este cambio opere al nivel de las acciones de las personas. Sobre todo porque la gente misma no nota estos cambios. Y es que están ahí e incluso se habla de ellos, pero la cara de la ciudad cambia drásticamente en cuanto se asoma la noche. Desde la calma falsa de la Belisario Salinas, los puestos del burguero muertos a la luz del día, los boliches en general con ese su silencio que parece anteceder las mil y un tormentas que ocurrirán en sus fueros internos cuando caiga la noche. La mentalidad de la gente, en sí, parece sufrir un cambio. Se sonríe más, se está menos apurado, se deja de temer una inevitable marcha que lo bloquee todo, se espera en la trancadera al trufi que nos lleve a casa, se despierta una sed poderosa que se delata en nuestras miradas y que muchos intentan calmar con alcoholes, drogas o amor. Pero esta es una sed quejumbrosa que reclama una saciedad que jamás tendrá, pues lo que busca es librarse de los velos del día, y no hacemos más que dar otro velo. El de la noche. Pero este velo también le da vigor a los paisajes paceños, cuando se ven grupos que salen a comprar bebidas alcohólicas o se entran a los antes muertos boliches para darles vida con sus insanas peroratas, y sus sedientas gargantas de un líquido que los transporte a la no-preocupación.

 

 

 

Esto es muy notorio en cómo se apostan en las plazas, en puertas y otros boliches dispuestos a darle vida a la noche. Si en el día caminaron agotados, sudaron para ganar el Samsung Galaxy de cada día, pensaron en sus problemas cotidianos y se ahorraron todas las lágrimas… por la noche todo estallará en un proceso de juerga que les quitará el agotamiento, mientras se mueven de un boliche al otro, beben en exceso o amistosamente y suben el tono de la voz al ritmo de un canto que algún DJ se digne a poner. En otros se notará en como tomarán las calles, y todos esos espacios que la gente ignora, transformándolos en una pista de baile, en un bar improvisado o en un espacio para recurrir a los besos. También se notará en como muchos llorarán sin lágrimas o a viva voz, pero llorarán al fin y al cabo.

 

 

A todo esto el alcohol seguirá fluyendo, los mendigos seguirán pobres, el gobierno seguirá trabajando, las oficinas estarán desiertas como sus hermanos los boliches lo estuvieron por la mañana, y las voces de la razón se apagarán cada vez un poco más hasta que se pueda recuperar un poco de la conciencia con algún burguero madrugador, o tal vez solo se atine a pasar de todo para terminar perdiendo el pinche Samsung Galaxy por el que tanto trabajaste.

 

 

El día conlleva ese aire de responsabilidades y secretos en susurros. La noche conlleva ese aire de olvido y secretos revelados. En el monologo de los que habitan la noche, se nota como sus frustraciones y alegrías afloran. En el día estará esa necesidad de la apariencia, de ser funcional y demostrarlo. Trabajar, caminar, saludar, ir a un retrete para ir al baño, beber a ocultas, emborracharse anónimamente en algún boliche práctico que abre los brazos desde las 4 de la tarde. La noche despierta una especie de salvajismo forzado que mueve a la gente a divertirse, lamentarse sin vergüenza, motivarse con sustancias, de repente solo perderte en amores u otros venenos, mear donde a uno le plazca como ignorando la normativización de lo correcto en sociedad, beber en público y a gritos hasta que la cana asome la fea cara.

 

 

Si la gente se pusiera a pensar en cómo son de día, y cómo son cuando salen de noche, notarían mil y un cosas que antes dieron por comunes. De pronto se extrañarían de que los burgueros de las 6 de agosto sean posibles solo por la noche (pues más allá de antojarse ¿Quién podría concebir una guesa al mediodía? ¿No es el almuercito un respetable contrapunto a la doña guesa?), también verán con otro rostro la puerta del equi o del mecca, y recordarán cualquier cosa mientras pasan distraídos por la Belisario Salinas, un escenario que vió borrachos a más de uno, sino a todos nosotros. Quizá hasta nos daríamos cuenta de esa eterna transformación entre el día y la noche, que es tan fuerte que hasta a la misma ciudad le cambia el rostro. Tal vez podríamos vernos en nuestra metamorfosis y podríamos sacar una especie de conclusión, una unión entre nuestro yo rutinario y nuestro yo fiestero, y, claro, nuestro otro yo que está al medio. Pero el día vela para que esa magia se pierda y la noche vela porque esa magia se difumine entre tanto olvido al que deseamos someternos.

 

 

Milonga. Un baile vertiginoso que invita a la sensualidad, a una violencia sorda marcada por un romance de un tinte sexual ¿cómo pude yo mantener la calma en semejante baile? Aun peor ¿cómo osé robarle un baile a una sirena? Y eso que empecé con una pareja sin importancia. Una mujer de sonrisa agradable pero de risa chocante a la que agarré por la cintura para guiarla en los primeros pasos de aquel baile. Y terminé abrazado a una mujer impactante y a quien pude guiar en los pasos de aquella danza. Sin darme cuenta que un baile nunca es simplemente eso.

 
En sí era solo un baile. Al menos con aquella primera pareja no era más que eso. No era su culpa no despertar nada en mí; apuesto que quizá alguien la ve con mejores ojos que yo. Quizá nunca lo sepa. Lo más probable es que nunca me importe. Lo de verdad importante empezó cuando una vocecilla mandona gritó, con un dejo imperioso, “¡cambio de parejas!”. Lo siguiente fue una confusión leve, de esas que pasan en un parpadeo pero que quitan el aliento. Todo en un segundo que basta para atufar, y no lograr nada más que conformarse con cualquier esperpento que te agarre. Pero no aquella vez. “No lo permitiré” me dije. Fue, como, mágica la forma en que el tiempo se dobló para permitirme reflexionar, para buscarla con la mirada, para encontrar sus ojos y murmurar “es ahora o nunca”, y abalanzarme, correr hacia ella y abrazarla para indicarle que bailaría conmigo y solo conmigo.

 
Agarrarla de la cintura fue una gloria discreta. De esas que no se celebran, ni se sonríe por ellas, sino que son como un escalofrío delicioso del que nunca se habla. Ella sonreía con una amistad evidente que me golpeaba como un lapo, y fue ahí que me di cuenta que no bailaba un solo y simple baile. Uno más grande y difícil estaba en juego en aquel momento: la conquista.

 
Mientras nos deslizábamos entre las parejas, luchando contra nuestros cuatro pies izquierdos, alcancé a ignorar al Gran Baile y ser feliz con ese bailecito, que no es más que un simple baile y no una metáfora de algo más complicado. Un baile sublime que difumina tristezas, para luego agudizar las desesperanzas cuando se acaba la insana euforia del contacto y la melodía que lo propicia. Y no sé si es la música o el atrevimiento, pero nunca nada ha sido tan armonioso como esto.

 
Son los cuerpos que se acercan y se tocan con ligereza. Es su aliento cerca al mío y las miradas que deben sostenerse mientras las piernas se deslizan por el suelo en coordinaciones que pegan sus pechos a mi torso. Es mi mano en su espalda baja, que quiere, justamente, bajar a sus nalgas, es su sonrisa nerviosa mientras mi mente se queda en blanco, sin reparar en complejos o vergüenzas mientras un discreto deseo se asoma en mi piel estremecida y nos reímos de cuan malos somos en esta milonga. Es la vocecilla mandona de la instructora que nos dice que las mujeres cierren los ojos y se dejen guiar, para que yo pueda reparar en su ropa, en la cercanía y en su lento respirar que llega directo a mi cuello. Y es un estremecimiento sin par, sin igual y sin bis.

 
Cuando termina miro a mi pareja a los ojos y sonreímos divertidos. Para ella ha sido un baile, para mí también. Para ella termina todo ahí, y para mí seguirá en la piel durante toda la semana, y más quizá puesto que yo seguiré danzando el Gran Baile con todas sus vicisitudes. Esa complicada sucesión de pasos de quién desea convencer a otro de que vale, y mucho, para un encuentro más allá de la amistad. Esa forma de lanzarse al vacío esperando que a uno le crezcan alas ¿cuántas otras maneras habrá de nombrar al momento en que una mujer te da la señal de seguir adelante con tus galanteos? ¿Será que solo a quienes les cuesta tanto, pueden sentirlo como un triunfo casi inigualable?

 
Todos gozan ese Gran Baile. Desde los románticos empedernidos hasta los mujeriegos reincidentes. Todos danzan al compás de esa milonga apabullante llamada conquista, y cada quien la baila a su modo. Algunos en la racha exitosa del carismático, otros en la virginal comodidad del aislamiento, hay quienes optan por el conformismo y obtienen mucho más de lo que esperaban cuantitativamente (intentando no pensar en lo cualitativo). Los danzarines expertos leerán todas estas palabras y se reirán o se preguntarán cómo algo tan simple puede ser tan complicado para otros. Otro gran sector se preguntará porque alguien se arriesgaría a tanto para algo tan nimio como un baile con alguien que te mueve las seguridades (y las inseguridades también). Otros sabrán a que me refiero cuando digo que no sé bailar, ni el Gran Baile ni el bailecito, pero quiero atreverme a igual bailarlos.

Mandrake bailando bien el Gran Baile

Quiero danzar para olvidar este Baile. Ya no pensar en cuanto duele, sino es en términos de cuanto vives a través de ello. Ser capaz de sentir aquella misma sensualidad de la milonga en el Gran Baile, convenciéndola a ella de que no seré buen bailarín pero que al menos si soy un esforzado patoso que la hará bailar ritmos que nunca creyó poder probar. Caerme, tropezarme, rozarla, acariciarla, guiarla, avergonzarme pero seguir de todas maneras, respirarla, ser respirado, dar los pasos, volver a sexta, sonreír cuando me pisa, pisarla sin querer (o queriendo, pues hasta en el romance se tiene que lastimar) y dejarse llevar por esa música que taponea al silencio, poder embrutecerme con la armonía y tenerla bailando conmigo, con los rostros descubiertos, danzando al borde del vacío.

 
Pero, al final, el mejor velo y la peor tortura es el silencio.

 

 

 

“There’s always a siren singing you to shipwreck”
– Thom Yorke, There there

“La paz a cambio del silencio, no vale una mierda”
– Laura Blandón

Hay silencios que preludian un adiós. Los hay, también, que preceden algo nuevo. Un saludo, quizá. Hay silencios que se nos adelantan y llenan con su ruido cualquier atisbo de conversación con alguien más. Hay silencios que nos importan, así como hay otros que pasan desapercibidos, como buenas compañías del momento. Y hay silencios que delatan la propia cobardía. La denuncian a gritos y esos son los peores de todos, pues significan saber que si uno calla es por miedo y no por imposibilidad. Lo que más duele es que una impotencia nacida del silencio es la más difícil de callar.

Toda la semana estuvo marcada por una especie de depresión extraña. No causada por nada específico, sino que solo pasaba. El gatillo era atribuible a la muerte de un personaje en una novela que leo. Pero la reacción era muy desmedida. No se puede estar tan deprimido por ello. Quizá era un antelamiento extraño, de esos que la gente insiste en transformar en místico. De esos que se revisten de vaticinio para validarse como previsores. Y luego, ya durante el fin de semana, caer en cuenta de que eran los silencios. Los muchos silencios que anunciaban tormentas. Y lo peor es que cuando ya estás en la tormenta hay tanto ruido interno que se censura en un silencio profundo, inviolable e infranqueable que buscaba esconder los variados pensamientos que asaltan la cabeza. Estar jodido, como le dicen en la calle.

 
Quizá por eso me atrevo a nombrar sirenas a mis fuentes de caos. Bellas criaturas que se menean sensuales en bailes provocativos, que con sus miradas claras no ven más allá de lo que ellas desean, que sonríen y coquetean hasta con los más ilusos porque pueden y les gusta oírlos caer. Sirenas que con su canción invitan a la locura, rompen las barreras de la lógica para que el marinero se vaya solito hacia su muerte. A la mierda, como se dice en la calle. Cuando los silencios se han apoderado de tus momentos, cuando los silencios anuncian una tristeza basada en escuchar demasiado de estos cantos de sirena, cuando los silencios se usan como escudo para no tener que enfrentar a nuevas sirenas ¿no es eso el caos quieto de vivir? ¿O es, acaso, estar perdiendo la cordura después de tanto vals con las sirenas?

Algo de loco hay que ser para meterse con las sirenas y su fatalidad anunciada. Los más se limitan a nombrar ninfas a muchachas comunes sin más belleza que la que sus ojos pueden ver, o a yacer con cualquier animal bajo la esperanza de que sea Zeus disfrazado. Otros son más rudos y se encaman con las gorgonas con ese ánimo suicida tan típico de los héroes de antes. Pero solo los locos se amarran a mástiles para probar el ruido de la canción de las sirenas. Personalmente, en el transcurso del año, he escuchado cuatro canciones de distintas sirenas, y ando con ánimos para escuchar a una quinta que divisé desde mi proa hace unos meses. Sobrevivir a tantas sinfonías, solos y duetos indica o que se tiene una predisposición ridícula a la locura, o quizá que el silencio es mejor armadura de lo que se cree. Quizá la locura es callarse tanto.

Escudarse en el silencio es una cobardía. Nacida, quizá, del deseo de no recibir herida alguna en las muchas guerras que se libran con los otros. Más probablemente se usa el silencio con una sirena para luchar contra su canto fatal, creyendo que eso librará a uno de naufragar. Lo cierto es que si uno elige callar cuando una sirena canta es porque se está entregando a la locura de escucharla y, aun peor, a la insana perspectiva de apasionarse por su canto. Encamotarse, como le dicen en las calles.

Los silencios pueden ser más ruidosos de lo que se cree. Si uno se empeña en que, por cualquier motivo, es mejor callar a expresar todo lo que bulle internamente deberá tomar en cuenta que la dificultad, en esa decisión, radica en que no hay peor traidor que la propia mente y sus pequeños deslices. El que guardes silencio no significa que no hables de nada, sino que no digas lo importante. Y lo malo de querer ser discreto es que no te das cuenta de todo el ruido que haces. Y eso es peor cuando vas confiado por el mundo creyendo que tus secretos son solo tuyos pues los haz recubierto de un silencio cobarde, uno tan fuerte que el ruido del mismo ha despertado a medio mundo que se enteran de todo e incluso de más de lo que tú sabes o sabrás. Al final, cuando el naufragio es un hecho y la canción de la sirena nunca se borrará de la memoria, se sufre más por la doble ilusión que se ha creado: la de creerse intocable, gracias al silencio, y la de haber tejido secretamente esperanzas estúpidas con todo lo no dicho. Y encima haber sufrido por que nunca te respondieron como deseabas al poco ruido que hiciste. O si lo hicieron resulta que podías haberte robado a la sirena pero ya era muy tarde

A veces la calma es la tormenta. Si uno manda mensajes crípticos es porque desea que sean interpretados. Algo así como arriesgarse pero sin correr riesgos. Y encima se sufre cuando los mensajes no son descifrados, pues los cobardes se torturan amarrándose las manos cuando tienen lo deseado frente a ellos. El drama del silencio del cobarde es esa preguntita que los ha vuelto tullidos: ¿Cómo garantizar que una vez roto el silencio todo sea bueno y dichoso?, pues ahí empiezan las dudas y ahí se origina el empecinamiento de soñar despiertos y nunca hacer nada. Pero las posibles respuestas solo llegan cuando rompen el silencio. Y he ahí el problema.

Beso Marrón

Publicado: octubre 1, 2012 en Cuentos
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Cuento a 8 manos por Rocio Bedregal, Diego Eróstegui, Ana Rosa López y Adrián Paredes

Sentía su aliento fétido en la nariz. Habría querido decirle que se echase a la boca una menta, pero supo medir que quizá el Muelas no lo recibiría con mucho agrado. Se acomodó incómoda en su silla y vio el reloj. Faltaba poco para que las pastillas hicieran efecto. Pronto el Muelas se cagaría hasta la muerte. Literalmente.

Observó su reloj unas cinco veces por minuto a partir de aquel momento. Tragó saliva y una lágrima se arrastró bajo sus ojos. Saliva, esa sería su última comida. Ese pensamiento le hizo realizar que sus actos no tenían sentido, como ella, en todos los años que jugaba a ser dios siempre reía sobre la inimaginable orgía que tendría como última cena. De niña siempre se imaginó que estaría vestida de seda blanca el día de su muerte, y no desnuda y sucia, soportando el aliento de un ser que no le permitía más que tolerar la miserable vida que le había regalado.

Ella encontraba, dentro de su deseo, un homenaje al cuerpo de aquel hombre que le había quitado la vida. No sentía más que pequeños espasmos como los últimos recuerdos de esa putrefacción antigua. Una donde se creía feliz, o por lo menos eufórica ¿quién pueda decir, certeramente, cuál es el límite real que las separa? El Muelas sonrió, o al menos profirió esa su mueca desdentada y podrida que hedía a mil demonios. “Maldito” pensó rencorosa mientras se imaginaba el efecto de los laxantes, “te vas a morir cagando desgraciado, vas a expulsar toda tu vida por el ano hijo de mil putas”. Tenía miedo de que sus pensamientos fueran escuchados, era ridículo, pero le parecía que su mente gritaba estas cosas y al menor descuido el Muelas se enteraría y, de seguro, la mataría antes de morirse él.

No podía creer que un hombre de tan baja estirpe había sido capaz de quitarle todo, al punto de tener que quitarle lo único que le quedaba en un acto suicida. Tampoco entendía porqué había tomado las mismas pastillas. ¿Fue su último acto de amor?, ¿Fue la culpa burlándose de ella?. Tenía miedo. No sabía si había hecho lo correcto. El día en que se conocieron se imaginaba dentro de sus dedos, ella siempre repetía entre risas eso que él alguna vez le dijo de borracho: “se podía observar cómo mi amigo temblaba. Soñaba y sentía, yo, que podía vivir y estar así, tranquilito como siempre. Casi sin morder, casi mirándome con ternura.” extrañamente sentía que al fin la frase tenía sentido. Había usado aquella frase para describir el día que lo había conocido, ahora presentía la usaría nuevamente para el día en que lo despedía. Aun si otros dijesen que era un tremendo sin sentido.

El efecto de los síntomas empezó a manifestarse en el rostro del Muelas, y también en el olor del cuarto. Él sudaba, ella también. Mientras él fingía calma, ella dio un sollozo ligero ante el primer retortijón violento en sus entrañas. “¿Te duele también a ti, desgraciado?” le dirigió una mirada de rencor ofuscada en su pelo. Y cuando cerró los ojos ante el dolor comenzó a recordar aquel hermoso pasado jamás construido.

Conocer a gente por internet era peligroso, según le decían. Abundaban los maníacos y los pervertidos que buscaban víctimas ingenuas a quienes ilusionar. Y pese a ello no pudo evitar sentir una vertiginosa curiosidad cuando la ventana del chat se abrió de repente. Solo decía: “Hola mamacita, ¿es tu foto real o me estoy enamorando en vano?”

– ¿Quién eres tú? – había escrito entre temerosa y emocionada.

– Yo no soy nadie – aquella respuesta la enfureció

-¿Y por qué has venido a mí? – y espero una respuesta que no llegó. Al menos no de su boca podrida.

Su primer encuentro presencial permanecía intacto en su memoria. Le vio la boca y le dio asco, pero hubo algo en aquellos ojos que al final la impulsó a salir de su escondite y presentarse frente al Muelas, siempre se preguntó si la primera vez que él la vio también sintió asco pero nunca fue capaz de preguntarlo, incluso ahora, a minutos de olvidarlos.

El Muelas corrió al baño y desde adentro gritaba de manera horripilante. Ella lo siguió y se quedó en la puerta llorando. Se sentó en el suelo y notó que se había ensuciado. Vió al Muelas llorar y gritar sentado en el retrete.

– ¿Eres tú? – dijo entre asustado y adolorido.

Recordó. Quizá intentando aplacar el temor de su propia ignorancia sedujeron al destino para realizar un beso poco ético para un primer encuentro. Sentían como el mundo les miraba con desprecio, y aquellas pequeñas criaturas, producto de la infamia colectiva sonreían y sacaban sus teléfonos para filmar el acto. Al menos eso se había imaginado en ese entonces ella cuando lo besó por primera vez, y cuando notó que un par de niños filmaban a la pútrida boca del Muelas dando un beso.

El beso se propagó por las paredes de un mal iluminado callejón. “Nada importaba ahora, eso decíamos” pensó ella viendo al Muelas pedir piedad a Dios. “Los besos de esta clase son un poco incómodos, casi nunca llegan al orgasmo. Es estar demasiado tenso. Ahí estábamos, esforzándonos por conseguir algo, pero esas estúpidas risas distraían demasiado, y me revienta que nunca me hayas aclarado si se reían de tí por no saber besar o de mi por estarte enseñando”

“Fue un beso de mierda.” concluyó viendo el café que manchaba el azulejo celeste del baño.

Todavía tenía guardada la conversación que tuvieron por chat, pocas noches después de aquel primer beso, riéndose, coqueteando. Ella era feliz, había conocido a un chico tímido que parecía perfecto en todo sentido. E incluso se mojaba sólo de pensar que había conseguido su email sin que ella se lo dijese. Nunca nadie supo esto. Llorando se echó en los fríos azulejos y recitó de memoria aquella conversación.

-¡Oooobvio! mas bien ¿cuándo nos volveremos a ver?

-No lo sé, estoy terminando unos trabajos y estoy un poco ocupado – “Te odio, no me jodas con eso” fue lo que pensó de manera automática en aquel entonces

-Puedo sacar un tiempito para tomarnos un café este miércoles ¿Te animas?

Eso era lo único que quería, que deseaba, verlo y tomar un café, charlar, hablar, reír, coquetear un poco. Hacer que se enamore y le confiese todo lo inconfesable, que le compre flores, la saque a bailar, aprender tango o, quizá, poder escribir un cuento juntos. Pero no tomaron el café no se vieron aquel miércoles ni tampoco el siguiente. Sus habilidades sociales no eran tan fuertes y el internet no era exactamente su mejor arma.

Él la miró con extrañeza desde el inodoro. Le gritó algo como “esta loca ya hasta habla sola” y ella no pudo evitar quedarse pensando “Si tan sólo nos hubiéramos conocido más, tomado un par de cafés como nos habíamos prometido hubiera sido distinto. Si lo hubiera conocido antes de caer en la tentación del amor, hubiera corrido y podría seguir viva para hacer el amor con otro mañana ¿Por qué no nos dimos el tiempo ni el espacio? ¿Por qué tuvimos que vernos en las noches, borrachos, rompiendo nuestros valores y nuestra moral? Si tan sólo hubiéramos tomado ese puto café su aliento me habría espantado…” Su estómago se retorció y la devolvió en sí, las pastillas ya estaban tomando efecto y recordar el pasado carecía de sentido en aquel momento.

Desde ayer que todo había sido algo así como una nebulosa en su cabeza. Estaba frente a los ojos cristalinos del Muelas. Volvió a sumergirse ahí, para perder de nuevo el gesto de creación que le atraía esa tacita de baño delante de su rostro. “Habrá que dejarlo para después”, pensó mientras rendía el placer de verlo sufrir, mientras se entregaba a esa sucia muerte café. Se incorporó como pudo, chorreando el vertedero de sus calzones. La vomitiva imagen de su cara llena de pelos, reflejada en el espejo, la horrorizó un momento. Ese día, ese café, esos mocos, todo eso también estaba en el pelo de su rostro. El Muelas era de esos, pensaba, a los que el ser un señorito lo convertían, según él, en un ser menos masculino. Él lloraba como niño mientras la cagantina lo vaciaba poco a poco. Ella fue a darle un abrazo tierno, y él la beso llorando.

Era un beso de mierda de un maraco de mierda.

Era un beso marrón.

Pasaba el tiempo. Solo cinco minutos la distanciaban de la gloria eterna o eso es lo que esperaba. Los pelos ya no eran un problema, ya todo se desvanecía en el aire esperando algo de él. “Esto es muy sucio” susurró con un dejo de arrepentimiento que no pasó desapercibido al Muelas. Los azulejos azules parecían haberse perdido bajo un mar café que, curiosamente, ya no la asqueaba. Vio que el Muelas ya no lloraba, estaba como congelado con la expresión de dolor desfigurándole el rostro. El hedor de su aliento la volvió a invadir “¿Cuantas mentiras te lo han dejado así, pinche mitómano?” pensó amargamente “¿Me amabas puto? Yo sí, pese a tu aliento, a tu nariz grasosa, pese a tus modales, a tu risa gangosa, pese a tu inutilidad y a que en la cama nunca te importaba” y sin darse cuenta comenzó un susurro débil “Ojalá te duela maldito, ojalá sufras la decepción que yo sufrí cada que te rogaba, en cada que te besaba, en cada que la metías, en cada que te amaba como una estúpida y, especialmente, por cada vez que te preguntaba si tú me amabas y te quedabas callado mirándome con esa sonrisa perversa que sabes que odio tanto” Un retortijón la hizo arrodillarse de dolor, dirigió una mirada rabiosa al Muelas que la miraba como perdido, y cuando menos lo pensó estaba gritando como posesa “¿Me amas? ¿Me amaste? ¿Ahora vas a sonreir, putito? ¿Me amas?” y un estruendoso pedo escapó ese momento, resonando en la taza con un eco que subrayaba un incómodo silencio. Ella lo tomó como respuesta.

Sentía un sabor mierdoso salir por su boca. Sonrió entregándose a su olfato, su boca y sus poros. Sabía que era solo una idea patética para intentar animarse de los errores que había cometido en su vida. Especialmente este último, de matarse dándole valor a su vida a través de limpiar la basura “¡Pobre la señora de la limpieza! Ojalá que al desmayarme mi rostro no caiga en la taza, o que por lo menos tenga fuerzas para apuntar a un azulejo limpio, no quisiera que el último recuerdo que le entregue al mundo sea yo nadando en caca.” pensó esperanzada mientras se alejaba del mar, lejos del Muelas y sus promesas falsas y sus pedos fétidos.

Un sonido seco acompañado de algunas gotas salpicando en sus labios la distrajeron, el Muelas se encontraba ahora en el piso, a su lado, embadurnado, embadurnándola.

– Ahora sí te voy a amar putita- le dijo al oído mientras su alma se congelaba, ella sintió una mano intentando jalar su pantalón y toda la culpa que a momentos la dominaba desapareció. Más que asustada se sentía tranquila. El Muelas, con su último aliento, le hacía recuerdo el porqué de sus actos y lo correcto de aquel asesinato.

Su cabeza se golpeó contra la pared, el Muelas la estaba volteando, jalándole del pelo, arrastrándola por el suelo embadurnado. Ella vió en el azulejo su reflejo, un rostro manchado por la historia, de toda la mierda que el Muelas le había entregado, se veía feliz, relajó su cuerpo, dejó de contenerse para seguir limpia, para reclamar su turno en la taza. Sintió que le bajaba su pantalón, y que no era lo único que ese momento bajaba. Sintió un quejido por parte del Muelas, un tono de asco acompañado de pedos y retorcijones. “Incluso este animal tiene sus límites.” pensó, y eso la asustó ¿qué tal si no era su único límite? ¿qué tal si era la persona que alguna vez deseo?. Un dejo de arrepentimiento le escurría por su cuerpo, hasta que le invadió un penetrante dolor, las pastillas estaban tomando un nuevo rumbo, un enema de verdad acompañaba a sus pensamientos mientras sólo cerraba los ojos e intentaba dejarse a la muerte.

Intentaba dejar de respirar, sofocarse, pero aquel movimiento, acompañado de retorcijones se lo impedían, “Ojalá que sea la dosis indicada..” pensó en voz baja, deseando nada más que la muerte. Ya no esperaba el verlo morir, ni poder saber que lo había logrado, simplemente quería desaparecer. Hubo un nuevo silencio, una nueva pausa en la que ella sólo escuchaba el sufrimiento de alguien que había amado. Se preguntaba si estaría al fin muriendo, si era hora de cortar la vida, pensó que tal vez le quedaría tiempo para tomar una ducha y morir hermosa, resplandeciente entre la mierda, pero el vómito en su espalda le recordó que aquello era una pesadilla, no una ilusión. “Como mi relación con él” pensó mientras empezaba a reírse frenéticamente.

Un grito de dolor cortó de golpe aquella risa, el Muelas ante una falta de fortaleza cayó de golpe sobre su espalda empujándola hacia abajo. “No pude apuntar al azulejo limpio”, pensó mientras un pequeño chorro de sangre le daba un poco de color a la escena.

– ¿Por qué me has hecho esto, puta de mierda? – le dijo mientras intentaba levantarse apoyándose de su cabeza.- Ahora sí te voy a enseñar pelotuda lo que es sufrir… me las vas a pagar, de esta no te escapas mujer fallada.

Volvió a caerse sobre ella, las fuerzas le faltaban. Y ella no entendía porque el golpe no la dejaba inconsciente, porque ella se sentía tan viva entre la mierda, esperando la muerte mientras ese gordo era dominado por su destino.”Por favor, que sea la dosis adecuada, Dios, por favor, permíteme verte ahora y no prolongues mi presencia en esta put… voy a vomitar”

– No- susurró ella- si yo me voy, solo te quedará la soledad en tus últimos momentos. No habrá nada más que el silencio de este vacío, de este lago café que huele mejor que tu aliento y llorarás y no habrá quién te consuele hasta que mueras acá en el final donde todo se derrama y todo es grotesco y todo es primario y todo es fluidos. Y todo cae.

Su mirada era fiera, su expresión no. El olor era terrible, y el Muelas no pudo evitar comprobar su aliento con la mano pintada de café. Ella se desmayó tras un grito espantoso y una expulsión con tonalidades rojas. Él se agacho y la cogió entre brazos, intentando murmurar un “te amo” pero siendo lo suficientemente reprimido como para lograrlo. Ella no abrió los ojos, pero se las arregló para escupirle en el rostro.

El Muelas la miró sorprendido. Casi sin morder, casi mirándola con ternura, sentía como sus retorcijones se apagaban. Agachó la cabeza mientras un escalofrío le agitaba la espalda. Sentía cómo su amigo de la entrepierna temblaba, necesitaba una cerveza.

– Puta de mierda – fueron sus únicas palabras, mientras caía dormido sobre la mierda de lo que fue su relación. “Te voy a extrañar demasiado” pensó mientras repetía casi adormecido -puta de mierda, puta de mierda, puta d…- casi sin morderse, casi mirándola con ternura.

 

Dibujo inspirado en el cuento.