Naufragios silenciosos

Publicado: octubre 8, 2012 en Zopilotadas
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“There’s always a siren singing you to shipwreck”
– Thom Yorke, There there

“La paz a cambio del silencio, no vale una mierda”
– Laura Blandón

Hay silencios que preludian un adiós. Los hay, también, que preceden algo nuevo. Un saludo, quizá. Hay silencios que se nos adelantan y llenan con su ruido cualquier atisbo de conversación con alguien más. Hay silencios que nos importan, así como hay otros que pasan desapercibidos, como buenas compañías del momento. Y hay silencios que delatan la propia cobardía. La denuncian a gritos y esos son los peores de todos, pues significan saber que si uno calla es por miedo y no por imposibilidad. Lo que más duele es que una impotencia nacida del silencio es la más difícil de callar.

Toda la semana estuvo marcada por una especie de depresión extraña. No causada por nada específico, sino que solo pasaba. El gatillo era atribuible a la muerte de un personaje en una novela que leo. Pero la reacción era muy desmedida. No se puede estar tan deprimido por ello. Quizá era un antelamiento extraño, de esos que la gente insiste en transformar en místico. De esos que se revisten de vaticinio para validarse como previsores. Y luego, ya durante el fin de semana, caer en cuenta de que eran los silencios. Los muchos silencios que anunciaban tormentas. Y lo peor es que cuando ya estás en la tormenta hay tanto ruido interno que se censura en un silencio profundo, inviolable e infranqueable que buscaba esconder los variados pensamientos que asaltan la cabeza. Estar jodido, como le dicen en la calle.

 
Quizá por eso me atrevo a nombrar sirenas a mis fuentes de caos. Bellas criaturas que se menean sensuales en bailes provocativos, que con sus miradas claras no ven más allá de lo que ellas desean, que sonríen y coquetean hasta con los más ilusos porque pueden y les gusta oírlos caer. Sirenas que con su canción invitan a la locura, rompen las barreras de la lógica para que el marinero se vaya solito hacia su muerte. A la mierda, como se dice en la calle. Cuando los silencios se han apoderado de tus momentos, cuando los silencios anuncian una tristeza basada en escuchar demasiado de estos cantos de sirena, cuando los silencios se usan como escudo para no tener que enfrentar a nuevas sirenas ¿no es eso el caos quieto de vivir? ¿O es, acaso, estar perdiendo la cordura después de tanto vals con las sirenas?

Algo de loco hay que ser para meterse con las sirenas y su fatalidad anunciada. Los más se limitan a nombrar ninfas a muchachas comunes sin más belleza que la que sus ojos pueden ver, o a yacer con cualquier animal bajo la esperanza de que sea Zeus disfrazado. Otros son más rudos y se encaman con las gorgonas con ese ánimo suicida tan típico de los héroes de antes. Pero solo los locos se amarran a mástiles para probar el ruido de la canción de las sirenas. Personalmente, en el transcurso del año, he escuchado cuatro canciones de distintas sirenas, y ando con ánimos para escuchar a una quinta que divisé desde mi proa hace unos meses. Sobrevivir a tantas sinfonías, solos y duetos indica o que se tiene una predisposición ridícula a la locura, o quizá que el silencio es mejor armadura de lo que se cree. Quizá la locura es callarse tanto.

Escudarse en el silencio es una cobardía. Nacida, quizá, del deseo de no recibir herida alguna en las muchas guerras que se libran con los otros. Más probablemente se usa el silencio con una sirena para luchar contra su canto fatal, creyendo que eso librará a uno de naufragar. Lo cierto es que si uno elige callar cuando una sirena canta es porque se está entregando a la locura de escucharla y, aun peor, a la insana perspectiva de apasionarse por su canto. Encamotarse, como le dicen en las calles.

Los silencios pueden ser más ruidosos de lo que se cree. Si uno se empeña en que, por cualquier motivo, es mejor callar a expresar todo lo que bulle internamente deberá tomar en cuenta que la dificultad, en esa decisión, radica en que no hay peor traidor que la propia mente y sus pequeños deslices. El que guardes silencio no significa que no hables de nada, sino que no digas lo importante. Y lo malo de querer ser discreto es que no te das cuenta de todo el ruido que haces. Y eso es peor cuando vas confiado por el mundo creyendo que tus secretos son solo tuyos pues los haz recubierto de un silencio cobarde, uno tan fuerte que el ruido del mismo ha despertado a medio mundo que se enteran de todo e incluso de más de lo que tú sabes o sabrás. Al final, cuando el naufragio es un hecho y la canción de la sirena nunca se borrará de la memoria, se sufre más por la doble ilusión que se ha creado: la de creerse intocable, gracias al silencio, y la de haber tejido secretamente esperanzas estúpidas con todo lo no dicho. Y encima haber sufrido por que nunca te respondieron como deseabas al poco ruido que hiciste. O si lo hicieron resulta que podías haberte robado a la sirena pero ya era muy tarde

A veces la calma es la tormenta. Si uno manda mensajes crípticos es porque desea que sean interpretados. Algo así como arriesgarse pero sin correr riesgos. Y encima se sufre cuando los mensajes no son descifrados, pues los cobardes se torturan amarrándose las manos cuando tienen lo deseado frente a ellos. El drama del silencio del cobarde es esa preguntita que los ha vuelto tullidos: ¿Cómo garantizar que una vez roto el silencio todo sea bueno y dichoso?, pues ahí empiezan las dudas y ahí se origina el empecinamiento de soñar despiertos y nunca hacer nada. Pero las posibles respuestas solo llegan cuando rompen el silencio. Y he ahí el problema.

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