Milongas Apabullantes

Publicado: octubre 15, 2012 en Zopilotadas
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Milonga. Un baile vertiginoso que invita a la sensualidad, a una violencia sorda marcada por un romance de un tinte sexual ¿cómo pude yo mantener la calma en semejante baile? Aun peor ¿cómo osé robarle un baile a una sirena? Y eso que empecé con una pareja sin importancia. Una mujer de sonrisa agradable pero de risa chocante a la que agarré por la cintura para guiarla en los primeros pasos de aquel baile. Y terminé abrazado a una mujer impactante y a quien pude guiar en los pasos de aquella danza. Sin darme cuenta que un baile nunca es simplemente eso.

 
En sí era solo un baile. Al menos con aquella primera pareja no era más que eso. No era su culpa no despertar nada en mí; apuesto que quizá alguien la ve con mejores ojos que yo. Quizá nunca lo sepa. Lo más probable es que nunca me importe. Lo de verdad importante empezó cuando una vocecilla mandona gritó, con un dejo imperioso, “¡cambio de parejas!”. Lo siguiente fue una confusión leve, de esas que pasan en un parpadeo pero que quitan el aliento. Todo en un segundo que basta para atufar, y no lograr nada más que conformarse con cualquier esperpento que te agarre. Pero no aquella vez. “No lo permitiré” me dije. Fue, como, mágica la forma en que el tiempo se dobló para permitirme reflexionar, para buscarla con la mirada, para encontrar sus ojos y murmurar “es ahora o nunca”, y abalanzarme, correr hacia ella y abrazarla para indicarle que bailaría conmigo y solo conmigo.

 
Agarrarla de la cintura fue una gloria discreta. De esas que no se celebran, ni se sonríe por ellas, sino que son como un escalofrío delicioso del que nunca se habla. Ella sonreía con una amistad evidente que me golpeaba como un lapo, y fue ahí que me di cuenta que no bailaba un solo y simple baile. Uno más grande y difícil estaba en juego en aquel momento: la conquista.

 
Mientras nos deslizábamos entre las parejas, luchando contra nuestros cuatro pies izquierdos, alcancé a ignorar al Gran Baile y ser feliz con ese bailecito, que no es más que un simple baile y no una metáfora de algo más complicado. Un baile sublime que difumina tristezas, para luego agudizar las desesperanzas cuando se acaba la insana euforia del contacto y la melodía que lo propicia. Y no sé si es la música o el atrevimiento, pero nunca nada ha sido tan armonioso como esto.

 
Son los cuerpos que se acercan y se tocan con ligereza. Es su aliento cerca al mío y las miradas que deben sostenerse mientras las piernas se deslizan por el suelo en coordinaciones que pegan sus pechos a mi torso. Es mi mano en su espalda baja, que quiere, justamente, bajar a sus nalgas, es su sonrisa nerviosa mientras mi mente se queda en blanco, sin reparar en complejos o vergüenzas mientras un discreto deseo se asoma en mi piel estremecida y nos reímos de cuan malos somos en esta milonga. Es la vocecilla mandona de la instructora que nos dice que las mujeres cierren los ojos y se dejen guiar, para que yo pueda reparar en su ropa, en la cercanía y en su lento respirar que llega directo a mi cuello. Y es un estremecimiento sin par, sin igual y sin bis.

 
Cuando termina miro a mi pareja a los ojos y sonreímos divertidos. Para ella ha sido un baile, para mí también. Para ella termina todo ahí, y para mí seguirá en la piel durante toda la semana, y más quizá puesto que yo seguiré danzando el Gran Baile con todas sus vicisitudes. Esa complicada sucesión de pasos de quién desea convencer a otro de que vale, y mucho, para un encuentro más allá de la amistad. Esa forma de lanzarse al vacío esperando que a uno le crezcan alas ¿cuántas otras maneras habrá de nombrar al momento en que una mujer te da la señal de seguir adelante con tus galanteos? ¿Será que solo a quienes les cuesta tanto, pueden sentirlo como un triunfo casi inigualable?

 
Todos gozan ese Gran Baile. Desde los románticos empedernidos hasta los mujeriegos reincidentes. Todos danzan al compás de esa milonga apabullante llamada conquista, y cada quien la baila a su modo. Algunos en la racha exitosa del carismático, otros en la virginal comodidad del aislamiento, hay quienes optan por el conformismo y obtienen mucho más de lo que esperaban cuantitativamente (intentando no pensar en lo cualitativo). Los danzarines expertos leerán todas estas palabras y se reirán o se preguntarán cómo algo tan simple puede ser tan complicado para otros. Otro gran sector se preguntará porque alguien se arriesgaría a tanto para algo tan nimio como un baile con alguien que te mueve las seguridades (y las inseguridades también). Otros sabrán a que me refiero cuando digo que no sé bailar, ni el Gran Baile ni el bailecito, pero quiero atreverme a igual bailarlos.

Mandrake bailando bien el Gran Baile

Quiero danzar para olvidar este Baile. Ya no pensar en cuanto duele, sino es en términos de cuanto vives a través de ello. Ser capaz de sentir aquella misma sensualidad de la milonga en el Gran Baile, convenciéndola a ella de que no seré buen bailarín pero que al menos si soy un esforzado patoso que la hará bailar ritmos que nunca creyó poder probar. Caerme, tropezarme, rozarla, acariciarla, guiarla, avergonzarme pero seguir de todas maneras, respirarla, ser respirado, dar los pasos, volver a sexta, sonreír cuando me pisa, pisarla sin querer (o queriendo, pues hasta en el romance se tiene que lastimar) y dejarse llevar por esa música que taponea al silencio, poder embrutecerme con la armonía y tenerla bailando conmigo, con los rostros descubiertos, danzando al borde del vacío.

 
Pero, al final, el mejor velo y la peor tortura es el silencio.

 

 

 

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comentarios
  1. Eros dice:

    That was like hot…

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