La Verdad sobre los Lunares

Publicado: noviembre 5, 2012 en Cuentos
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– Para Helene Fechener          – Para Gustavo Sánchez

– Para Diana                                 – Para Blacky

Y una mención muy especial para:                   

– Liliana Sánchez                                        

De niño, Alejandro, no temía a la muerte. Era como un concepto muy lejano e inexistente en las posibilidades de su vida. Bien podía acabarse el mundo, pero su madre, su abuelo y sus perros estarían para siempre ahí. Pero eso solo fue hasta que Diana murió, y fue entonces que adquirió una desesperante conciencia de la mortalidad. Una especie de sentimiento de vacio avallasador que se presentaba por sorpresa y lo amedrentaba hasta el cansancio, lo dejaba con las lágrimas trancadas en el pecho y con la angustia a flor de piel. Tales eran las tortuosas visitas a los pensamientos acerca la mortalidad.

 
Diana había sido una doberman orgullosa con un complejo de madre sobreprotectora cuando se trataba de Alejandro. Su muerte había llegado tras dos días de enfermedad, al haberse quedado débil al dar a luz a una cuantiosa camada de cachorritos. Era una perra inteligente y traviesa. Se daba modos de colarse dentro de la casa, sea derribando puertas, rompiendo ventanas, aprendiendo a manejar manivelas, todo para pasar tiempo con su hijo adoptivo, su cachorro humano Alejandro. Aun antes de morir se había preocupado de mantenerse viva, hasta que el infante Alejandro se despidiese y marchase al colegio, había alargado su vida lo necesario para que Alejandro cerrase la puerta de calle y así ahorrarle el horror de la desolación al ver la vida abandonando a un ser amado.

 
La impresión lo había calado tan hondo que, pronto, la noción recién aprendida de muerte sacó más lágrimas a los ojos del niño, además de las que había derramado cuando su madre le explicó sobre la muerte de su perrita. Y entre lágrimas rogaba a su madre que no se muriese, que jamás se muriera. Y tanto rogó, que al final su madre le contó una mentira piadosa para calmar el llanto de su niño. “¿Ves este lunar en mi ojo? Quienes lo tenemos nunca moriremos” había dicho con una sonrisa en la mirada y voz conciliadora. Fue desde ese entonces que la muerte se convirtió en revisar quienes tenían aquel lunar en el ojo.

 
Fue así como no lo sorprendió cuando, mucho tiempo después, su abuelo murió. Él también le ahorro el horror de la desolación puesto que murió, tras una larga enfermedad, mientras él estaba en la escuela. Y si bien el dolor estaba ahí, además del miedo acezante, no pudo evitar pensar que hacía mucho que sabía que su abuelo moriría. Pero de la misma manera estaba consciente de que él también moriría.

 
Lo había notado días después de que su madre le revelara la verdad sobre los lunares de ojo. Se había revisado durante horas sus ojos celestes pero sin ningún éxito. Sin ningún lunar que certificase su eterna permanencia en el mundo. Y eso lo introdujo al horror de la mortalidad propia. Y su angustia pasó a preguntarse a donde se iban los muertos, a qué lugar inaudito partían los muertos ¿sería la muerte una inconsciencia infinita? ¿un espacio negro donde ni los pensamientos tenían cabida? ¿era la muerte olvidarse de existir, o era aprender a existir de otra manera?

 
Por eso se sentía más o menos curtido para cuando la tercera muerte en su vida acaeció. No era más que un adolescente cuando Blacky, su perro más viejo, murió en sus brazos, cansado del mundo en esa innatural muerte natural. En aquella ocasión, por fin, había presenciado el horror de la desolación, mismo que lo remitió a esos antiguos y perenes vacios de su infancia. La angustia absoluta ante la muerte de su perra, ante la chance de la muerte de su madre, ante la repentina realización de su propia fragilidad de mortal, ante el cese de quien en vida había sido más padre que abuelo, más consentidor que severo, más bondadoso y sensible que aquella figura mítica que su madre decía que era el abuelo. La muerte de Blacky, en cambio, fue la muerte de un hermano, fue la muerte que le hizo dar cuenta que su pobrecilla madre inmortal quedaría sola en el mundo cuando todos ellos, incluido él, se hubiesen ido. Y aquello representaba otra razón para temerle a la muerte.

 
Fue Helene quien lo cambió todo. Helene y sus verdes ojos, sus inocentes ideas, su vocecilla tierna, su belleza de mujer y su aura de niña. Helene y sus tristezas, la dicha que ella traía y la dicha que se robaba. Ella y su lunar en el ojo, uno igual al de su madre. Incluso ubicado de la misma manera. La maravilla de Alejandro por encontrar a otra alma inmortal era una sin par, como nunca más se vio en el mundo. Sabiendo inmortal a Helene, se largó a amarla con la misma intensidad con la que temía a la muerte, se lanzó a unirla a su pobre inmortal madre para que se hicieran compañía cuando el inevitablemente muriese y las dejase solas para irse a un lugar donde no podría darles de su cariño. Ni tampoco recibirlo. Aunque quizá, con algo de suerte, si estar con sus perros y su abuelo.

 
Por eso el golpe fue más profundo, poco tiempo después, cuando una voz al teléfono le anunció que Helene se había suicidado. De nuevo lo atrapó el vacio, le recordó al horror de la desolación y lo dejó estúpido ante la mala nueva de que no existía nada inmortal en la vida. Y convencido de que más allá solo esperaba un olvido tan enorme del que ningún lunar podría salvarlo.

 
Cuando se lo dijo a su madre las lágrimas le nublaron la mirada. Se encontró a si mismo todo mayor y crecido llorando en los brazos de su madre como el niño que alguna vez había sido. Llorando por su perrita y su perrito, por su abuelo y por si mismo, por Helene y su suicidio, por Helene a quien amaba, por Helene a quien extrañaba, por su madre para que nunca se fuese de su lado, por su madre para que no lo dejase solo esperando a la muerte, mientras a su alrededor todos se marchaban, lloró más que nada por la abominación de la desolación y el eterno vacio, la nada absoluta y el olvido supremo que significaban para la muerte.

 
Fue entonces que su madre lo miró con una especie de tierno reproche. Le señaló su lunar en su ojo y le dijo: “¡Ay mi tonto hijito! ¿Qué no entiendes que la vida no se trata de eso? Quizá la vida es creer que se tiene un lunar en el ojo, justamente porque nadie lo tiene.

 

 

comentarios
  1. Angie dice:

    ME INSPIRO A UN DULCE RECUERDO DE INFANCIA … MI MADRE TENIA ALGO PARECIDO PARA CALMAR EL LLANTO ….

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