¿Qué hace a la belleza? Cuando uno se detiene a pensarlo, es muy probable que se vea bombardeado por un aluvión de respuestas que no brindan tranquilidad alguna. Y creo que se debe a que tenemos a los muchos empresarios vendiéndonos a todas las Adrianas Lima que puedan, o incluso tentándonos con alguna Zooey Deschannel. “¿Desea una Hayden Panettiere? ¿Quizá una Julieta Prandi para llevar?”, “No, deme una Scarlett Johansson y una Alison Brie condimentadas con Hollywood.” “Y ¿de postre señor?” “Una Emma Stone, por supuesto.” Y nos distraemos en estas bellezas perfectas, estas mujeres irreales que nos muestran las propagandas, los carteles y las películas.

 
Y ¿por qué no? Después de todo, nuestros sentidos aprecian las cosas de diferente manera. Las chicas de cartel están ahí para inflamar los deseos visuales, virtuales y sexuales de los hombres. Por eso las poses lascivas, la poca ropa, las miradas hambrientas de las modelos dirigidas al vacío de la cámara, todo lo que sirva para que nos sintamos obligados a observar cuando alguna propaganda nos la imponga a la vista y las deseemos tanto que siempre pidamos más. No por nada las modelos dedican su vida a trabajar su cuerpo, sufren con dietas y rutinas de trabajo que las empuja a límites que otros no experimentan; podría decirse que, de cierta forma, venden su cuerpo y nosotros los compramos de mil y un maneras que nunca bastan para satisfacer esta sed adolescente de carne joven, fresca y sin máculas.

 
No se puede culpar a un hombre por no usar la cabeza. Al menos no la de arriba. No se lo puede culpar por quedarse viendo un escote con senos tan grandes como uno se imagina que Dios es grande (dijo Chuck Palahniuk), o quizá admirando un trasero ampuloso ceñido a un jean, sobresaliendo casi como una invitación a la contemplación insana, plagada de ávidos deseos de manoseo, tal vez quedarse hipnotizado por unos ojos sicalípticos que brillan irrealmente tan claros, photoshopeados y luminosos que quitan el aliento, o hasta perderse en el deseo de recorrer con las palmas la longitud de un par de piernas asesinas. Lo malo, sin embargo, es que esto puede llevar a creer que las mujeres de nuestros entornos no se comparan a las de cartel en la vida real.

 

Pero están mal. Lo que pasa es que las chicas de cartel están inmersas en una dimensión que involucra a la realidad pero la disfraza y la condimenta con mentiras visuales que son mucho más sencillas de creer. Si embargo, en la vida real hacemos prácticamente lo mismo. Muchos se conforman con mirar a las mujeres a su alrededor y encontrarlas bonitas o buenotas basándose en esos estándares. Pero lo cierto es que resulta más fascinante buscar y encontrar sus bellezas discretas en desmedro de la corta y breve satisfacción de mirar las bellezas de las ninfas imposibles de los carteles. Incluso olvidando que, muchas veces, lo que ven en esos carteles es más photoshop que otra cosa. Comprensible. Las ilusiones son algo delicioso, quedarse prendados de esas mujeres es lo más cercano a amar a diosas de lo que creemos que estaremos jamás ¿qué hombre heterosexual, o lesbiana, se negaría a manosearse con Katy Perry? Y ya entrando más en lo real ¿quién sería capaz de hacerlo sin arruinarse la ilusión de divinidad? ¿Quién que conociese los defectos de su dios seguiría idolatrándolo?

 
Prefiero a las mujeres que me rodean. No me malinterpreten, me encanta mirar a las mujeres de cartel con hirvientes deseos adolescentes. Pero hay mayor fascinación en encontrar esos rasgos irreales en alguien a quien, de hecho, puedes ver tan de cerca que aun puedes oler e incluso tocar. Mujeres que no siempre se verán bien o incluso olerán como a sin bañar, como a un día pesado, que no siempre tendrán el peinado perfecto o estarán vestidas para matar. Ahí, descubres, hay un beneficio adicional: son mujeres a las que puedes escuchar, conocer y admirar o soportar. Prefiero morir deseando ver unos ojos color miel que uno vive como intensos, solo porque pueden estar cerca o lejos, pero que, finalmente, están en mi entorno. Existen en los límites de mi existencia. Mujeres con las que podría cruzarme en la calle, y hasta ser reconocido por ellas, mujeres que sean algo más que un estímulo visual y/o sexual, que no solo posean una voz sino que esta profiera cosas que a mi me sacudan por dentro, por fuera, por encima, por donde sea. Lo prefiero a emocionarme porque existan fotos de Megan Fox topless. Elijo sorprenderme con la belleza de alguien que puede decepcionarme, a quien yo mismo enmascararé con mentiras a la talla de la realidad que me toca vivir, antes que las imágenes sin vida de alguien presentada bajo la máscara de la perfección falsa.

http://bob-rz.deviantart.com/
Y las palabras. No olvidemos que una modelo hablará al vacío del público, de la opinión pública, del “qué-dirán”. Las mujeres que nos rodean podrán decirnos cosas parecidas, pero si uno escucha, si uno se da el trabajo de escarbar un poco más en el discurso superficial, se encuentra con bellezas marcadas por secretos horribles, gustos inimaginables, por frases destructoras y sensualidades impresas en los tonos, en el orden de las palabras, en mentiras obvias, en verdades inimaginables. Bellezas naturales cuando por accidente dicen o hacen cosas que no planeaban, en contraste a esas bellezas superficiales y sus discursos ensayados y repetidos hasta el hastío.

Lo cierto es que incluso las chicas de cartel deben ser chicas del entorno para alguien. Deben de ser tan reales para unos como son irreales para otros. Aún así me animo a decir que no hay mujer más bella que a la que uno le va descubriendo la belleza. Física o interna, la que más lo ponga a uno. O quizá esté hablando tonterías y simplemente necesite dejar de idealizar a las bellezas femeninas.

 

 

comentarios
  1. Tony dice:

    Un gran articulo. Ya decía yo que las cajeras del super eran más lindas…

  2. “como una invitación a la contemplación insana plagada de ávidos deseos de manoseo” Mah nigga!

    Está bueno, habría que revisar un poco el estilo de artículo, pero me agrada… además de que más nos parecemos, más jodido el asunto.

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