Preludio: Karmacobradores

Publicado: diciembre 10, 2012 en Crónicas Violentas, Cuentos
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– Dementes. Están todos dementes.

 
Era un susurro cargado de rencor y dolor. La sangre corría de las palmas de don Anselmo a las pequeñísimas manos de Mateo a través del cuchillo. Roberto sintió un temblor en sus piernas y se aferró al brazo de don Anselmo; su deber era mantenerlo quieto mientras se realizaba el cobro. Deseaba vomitar pero sabía que eso supondría un castigo, por eso se tragaba el vómito en cada que veía a Mateo hacer un nuevo corte.

 
– ¡Déjenme ir! ¡Piedad!

 
Esta vez don Anselmo había gritado. Mateo y Lucas se rieron quedamente, Pablo apretó más el cuello y Juan, a su lado, paralizó la pierna de don Anselmo lo mejor que pudo. Los otros dos también era novatos, como Juan y él mismo, uno sujetaba el pie izquierdo y el otro vigilaba por si alguien se acercaba. Mateo sonrió ampliamente y la poca luz transformó en macabro el gesto. Roberto se volvió a sentir incómodo, le escocía la nariz y un poco de sudor de don Anselmo le goteaba a un zapato. La hoja del cuchillo brilló ante la luz de la luna, y don Anselmo se largó a llorar mientras gritaba algo parecido a “¿por qué?”.

 
– Maldito hijo de puta ¿hasta te animas a preguntar?

 
La voz de Mateo era gangosa y arrastrada; además que siempre hablaba con un dejo de rabia que atemorizaba a Roberto. Nada de esto se parecía a los trabajos de las anteriores semanas con el grupo de Mario. Trabajos de dar cosas a la gente, pero solo a quienes se lo merecían, premios por su buen karma. Mario era un tipo duro y bondadoso. Pero había sido el mismísimo Mario quien había sugerido que se estrenasen los nuevitos. A Roberto le caía bien Mario, pero solo hasta que los puso en manos de Mateo.

 
Pablo dio un fuerte puntapié en el trasero a don Anselmo, mientras el cuchillo de Mateo se hundía en su pierna derecha. Las carcajadas de Mateo ahogaron los gritos de don Anselmo. El cuchillo giró sobre su eje ayudado por las manitas de Mateo. Un olor nauseabundo a mierda llegó a la nariz de Roberto, chorreaba del pobre don Anselmo.

 
– No llores man.

 
Juan lo miraba y le hablaba en el más bajo susurro. Roberto se frotó la cara contra el hombro desesperado. Llorar a un cobrado era mal karma. Después de todo don Anselmo era culpable. Roberto seguía sin saber de qué, pero por algo la pandilla se dedicaba a cobrar karmas. Era obvio que si lo hacían era porque el cobrado se lo merecía.

 
– Vos- lo miró Mateo- rómpele el brazo y ven pa’cá.

 
Cuando dio esa orden, Mateo tenía autoridad en la voz y amabilidad en la mirada. Esto desconcertó por un rato a Roberto, que tardó en digerir la dulzura de esos ojos grises. Cuando se recompuso, atinó a abrazar el brazo de don Anselmo e hizo presión mientras le doblaba el codo. El tiempo se alargaba y Roberto desesperaba ante cuanto tardaba, hasta que el hombro cedió y el codo de Anselmo se fue para atrás. No escuchaba el grito, pero una vez frente a don Anselmo notó que este se había mordido la lengua. La sangre chorreaba entre los labios.

 
– Anselmo Soto Guarín – dijo la voz profunda de Pablo, que leía en voz alta un hoja de cuaderno – se le ejecuta hoy un cobro, en pago a todo el mal karma que haz juntado en tu vida. Mismo que nunca ha sido pagado, ni solventado. Nosotros venimos a darte castigos adecuados a tus acciones y la impunidad de las mismas.

 
El cuchillo que Mateo le había pasado picaba a Roberto en la palma.

 
– ¿Gue guwe o e hize?- lloró don Anselmo- o guro que no sabdía, o guro, o guro.

 
Roberto sintió pena por Anselmo. Parecía un hombre común, uno que le recordó a su abuelo y sus regalitos de viejito bondadoso. Mientras el vozarrón de Pablo seguía con la lectura, Roberto se transportó a cuando visitaba a su abuelo y este le daba variopintos chocolates. Observó las lágrimas de don Anselmo mezclándose con la sangre y lo vio negar con la cabeza mientras dirigía una mirada suplicante al cielo. Se giró a ver a Mateo que parecía rezar con los ojos cerrados, murmurando algo parecido a “karma siendo cobrado”. Juan y el otro novato agarraban las piernas del viejo con mirada vacías; cuando Pablo calló, Roberto tardó un momento en darse cuenta que todos, aun Anselmo, lo miraban expectantes. Pero nadie ordenó nada, ni se produjo el más mínimo ruido. El mundo callaba con esa clase de silencios que Roberto sentía tensos e incómodos. “El momento del cobro lo define el karma, no el cobrador” recordó que había dicho Mateo cuando el azar quiso que el cobrador de aquella noche fuese Roberto.

 
Se adelantó un solo paso agarrando el cuchillo. En sus manos estaba decidir que herida final aplicarle al cobrado. El silencio lo abrumó con su absoluta y enorme presencia, pese a que recién lograba registrar ruidos de bocinas lejanas y grillos inoportunos cantando para semejante escena. Incluso don Anselmo miraba casi inerte a Roberto, sin suplicas en la mirada. O quizá aceptando sus crímenes. “Debo matarlo” pensó Roberto sosteniendo su vejiga con un titánico esfuerzo, cuidando que el cuchillo no resbalase con el sudor de su mano.

 
– ¡Cagaste pinche viejo maricón!- oyó a su voz sonando grave y llena de rabia- ¿te creías inmune al castigo? ¿Qué tus pecados no aflorarían? ¡Paga el coste de tus mentiras sin rogar a Dios!- de pronto empezó a gritar sin saber porqué- ¡Escúchame viejo puto! ¡Dios es un producto del arte! ¡arte que nos consuela y nos distrae de la justicia que yo y mis hermanos repartimos!- Roberto acercó el cuchillo al cuello de Anselmo- Arte que nos protege de pensar o sufrir con su belleza, su consuelo y sus formas…

 
Todo quedó en silencio, nuevamente. Juan, Pablo y Mateo lo miraban fijamente. Roberto asumió que les molestaban sus falsas pretensiones como Karmacobrador. No pudo menos que quedarse anonadado cuando Mateo y Pablo le dijeron cosas parecidas a don Anselmo, el cobrado. Eso dio tiempo a Roberto para reagruparse, limpiarse el sudor de las manos y la frente, controlar los temblores en sus piernas. Escuchó, aparentemente, impasible los insultos que Mateo lanzaba a don Anselmo y lo siguió escuchando hasta que Anselmo gritó llamando a Dios, chillando por una muerte rápida.

 
– No somos Dios. Somos Karmacobradores.

 
La frase se le había escapado mientras hundía el cuchillo en el estomago de Anselmo y lo movía brutalmente usando toda la fuerza posible en sus brazos para cercenar todo lo que pudiese. La sangre salió casi chorreando, tibia y espesa, tiñendo de negro su mano derecha. De pronto Roberto estaba relajado, se sentía ligero y cansado. Se sentó de golpe en el suelo abandonando el esfuerzo de comprender las cosas, mientras veía a don Anselmo retorcerse en el suelo agarrándose algo que parecían entrañas saliendo de su barriga en un simple y penetrante grito de dolor. Acomodó mejor el trasero y reparó en que se había orinado, rió suavemente de ello mientras notaba, con asco, que Anselmo se estaba cagando nuevamente. Intentó respirar mientras pensaba en la dolorosa muerte de Anselmo, un sufrimiento terrible que terminaría de expiar todo karma de su cuerpo vicioso. “Es una limpieza” pensó sintiéndose bien por estar limpiando algo tan sucio, como la suave satisfacción de limpiar polvo amontonado durante años, como repartir redenciones; era tener el poder de purificar. Por un rato evadió la ineludible culpa y se regocijó en los gemidos y estertores de don Anselmo. Hasta que Pablo lo devolvió a la realidad de un tirón.

 
– ¡Pacos! ¡corre cojudo! ¡la poli!

 
Se levantó a las carreras y corrió como condenado. El viento le enfriaba la entrepierna mojada y le hacía lagrimear los ojos, a su lado corría Mateo aun carcajeándose. Una vez a salvo, notaron la ausencia de un novato pero Pablo los calmó con alguna referencia al karma que Roberto no alcanzó a escuchar. De pronto lo había asaltado una duda maligna que le provocó arcadas. Cuando recuperó la compostura se enfrentó a las insondables miradas de los otros.

 
– ¿Cuál fue el crimen de don Anselmo?- su voz, aun jadeante, resonó en el silencio.

 
– ¿Crimen?- Pablo fruncía el entrecejo. Pero Mateo sonreía con la mirada.

 
– ¿Crees que somos vulgares verdugos? Hay diferencias entre castigar crímenes y cobrar karma- el tono de Mateo parecía una carcajada.- Puedes ser el más legal y más santurrón del mundo, pero el karma se acumula en miles de pequeños malos actos no cobrados que pueden merecer estos cobros. A don Anselmo nunca le fue mal, no había castigos activos en su vida que solventasen su buenaventura.- Mateo tenía voz de predicador- Por otro lado, ¡que buen discurso allá atrás, hermano! Parecíamos muy unidos y violentos. Propondré a los demás….

 
Pero Roberto no escuchó más. Se movió junto a ellos automáticamente, se tragó la bilis y el vómito, se aguantó las lágrimas, sonrió ante las alabanzas. Pero cuando dejaron de prestarle atención se le escapó un susurro:

 
– Dementes. Estamos todos dementes.

 

 

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