Entuertamientos Voluntarios

Publicado: enero 7, 2013 en Zopilotadas
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La oficialidad está ahí para hacernos creer que dentro las entrañas de la civilización no se esconden mecanismos violentos no menos espeluznantes que una película snuff. Cuando salimos, cada día, de nuestros hogares rumbo al inevitable cumplimiento de la rutina (o deber, como le dicen en círculos más militarizados), de repente no notamos la cantidad de velos que se nos impone en orden de no notar el nivel de primitivismo con que funcionamos. Nos convencen de que el mundo funciona como un reloj suizo y que solo los degenerados son aquellos que hacen sus chanchadas para afear al mundo.

 
Las carnicerías están llenas de testimonios a ello ¿no es, acaso, muy cómodo que la carne nos llegue ya troceada y bien muerta, en lugar de llegarnos vivita y coleando? ¿no serían mayoría los vegetarianos si para comer carne tuviésemos que, repentinamente, conseguirnos al cerdo y matarlo con nuestras propias manos? Y no solo eso, damos por sentado que si la sociedad no se cae es porque los sistemas legales y de control son los buenos de la película que nos mantienen a salvo de cualquier Guasón o Nefastófeles que pudiese aparecer.

 
La ilegalidad avala la legalidad ¿cómo si no podríamos pintar al “bueno” de blanco y al “malo” de negro? Necesitamos de esa dualidad donde lo correcto es algo que merece ser preservado por encima de todas las cosas. Y si bien hay normas y reglas que apuntan a causas dignas, incluso nobles pero sin hipocresía, hay otras que son como eufemismos: maneras de delinquir pero dentro los rangos oficiales de la legalidad. Esto permite que veamos a famosos ladrones narrar sus fechorías en los medios de comunicación (otros agentes del eufemismo).

 
“Es nuestro deber, como ciudadanos, denunciar cualquier falta, aunque quien la haga sea un amigo mío” me dijo un amigo muy querido, un poco recuperándose de los efectos del delicioso licor frutado que venden en estos lares, un poco sacando las uñas por las convicciones que mueven su mundo. Postulaba, mi amigo, que cada quien debe poner su granito de arena para Es fácil callar a un policia por Daniel Uriaque el mundo sea un lugar mejor. Y si bien yo apoyo completamente la lucha por un mundo más justo (aunque, a ratos, equitativo suena mejor), debo decir que no se puede decir esas palabras (y encima creerlas) sin una carga candorosa en el propio fuero interno.

 
Incluso me atrevo a llamarlo ceguera. Pero una voluntaria, de esas en que uno se pone solito la venda antes del fusilamiento. Y no nos culpo, después de todo en país de ciegos, el tuerto se arranca el ojo sano. Ninguno de nosotros podría vivir en la sociedad si estuviésemos totalmente conscientes de cuanta matufia se orquesta por detrás. Nos gusta ver a nuestras autoridades como personas justas, dignas de ser seguidas e incapaces de las atrocidades que los reos han cometido. Incluso cuando los pintamos como la misma estafa de siempre a la que nos vemos sometidos ¿no es esa una forma más de legimitizar? Asimismo, preferimos pensar que el reo se está pudriendo en la cárcel y no está jugando billar mientras ve los partidos de la Champions durante una orgiástica parrillada en que tanto policías y ladrones se olvidan que la gente se cree el cuento del bueno y el malo.

 
Se dice que la necesidad tiene cara de hereje. Pero eso solo se dice desde una oficialidad religiosa. Lo cierto es que la necesidad es la única regla universal y, a veces, la excusa más utilizada. Todo “bueno” y algunos “malos” terminan por justificar sus medios con tan bella coartada. De alguna manera sentimos lastima por el “bueno” que tiene que traficar con los “malos”, pero del “malo” nos indigna que tenga acceso a ciertas comodidades que quienes son culpables de crímenes grandes contra la sociedad no merecen. No defenderé a criminales, ni sus crímenes puesto que no soy de esos que se creen que en el fondo somos todos “buenos”, aun peor no soy de quienes defienden lo indefendible. Pero tampoco, y por lo mismo, podría callarme ante la satisfacción de quienes se creen “buenos” por creer que el sistema es justo, que la sociedad no es una juntucha de hipocresías y mentiras que nos venden en orden de evitar el desorden. No es uno más “bueno” por hacer gala de sus eufemismos, así como tampoco lo es por creer los de los demás.

 
Lo importante es entender que “buenos” y “malos” somos todos. Siempre, y al mismo tiempo. Podemos convencernos que nuestros caminos son menos chuecos que otros, pero en el fondo todos actuamos en las mismas áreas grises morales y legales. Si los pensamientos nos condenasen, ningún infierno podría dar cabida a tanto huésped de sus calabozos. Habría, también, que entender que el candor de los “buenos” no siempre trae consecuencias positivas para todo el mundo. O que no todo acto maligno es castigado, por mucho que se lo haya denunciado.

 
Es cierto que para vivir en paz se tiene que recurrir a un entuertamiento voluntario. Pero de ahí a enceguecerse para creernos el cuento del bien y del mal, es demasiado. Podrá ser más simple, más cómodo lanzarnos a condenar a quienes rompen las normas de manera tan obvia y reprochable, o incluso a quienes no cumplen con ciertos requisitos tontos de la tan mal llamada “normalidad”, pero no caigamos en la trampa de creer que todo lo que brilla es de oro o, que es lo mismo, que todo aquel que se viste de “bueno” o de “malo” necesariamente lo es.

 

Foto por Niki Nickey (Nicole Llanos)

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