Del tiempo y otros sana sanas

Publicado: enero 14, 2013 en Zopilotadas
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– Para el famoso Coco Flowers

Es curioso como ciertos lugares recuerdan a uno vivencias específicas. Y no solo al nivel de ver en la cabeza la escena de dicha memoria en imágenes de antaño sino, también, por traer de vuelta olores, sonidos e incluso sensaciones que habíamos pensado olvidadas. De pronto retornan con una intensidad, a veces, poco saludable que nos golpea de pura sorpresa. No todo recuerdo es apreciado, ni toda vivencia es placentera. Los lugares terminan por ser una especie de recordatorio imposible de destruir. No son pocos los que fantasearon con destruir el Montículo o la Recoleta, y no por locos antisociales, solo por desconsolados furiosos. Los caudales de malas memorias que estos lugares causan son inevitables. Pero si son olvidables, ignorables e, incluso, con práctica, aceptables.

 
Al fin y al cabo cada espacio por el que nos movemos es el posible escenario de algún momento especial ¿O acaso, tras la ruptura, no nos duelen las locaciones en que hemos vivido cosas con la ex? ¿No sonreímos, casi idiotamente, al ver el parquecito al que nos llevmentally_by_jeffrey-d4tw9v4aban cuando aún creíamos en seres como Papa Noel, el Conejo de Pascua y todos esos bichos fantásticos? Uno nunca sabe que lugares serán testigos de nuestras vidas y sus cauces. Sea en la dicha o en la desgracia. De pronto un ambiente brindará una confusa mezcla de ambos, o quizá ninguno. Lo cierto es que nadie queda impune ante la vida y sus vicisitudes. Por muchas burbujas en las que se encierre uno.

 
Es curioso como la memoria transforma todo antiguo sentimiento en nostalgia, aún desde el rencor propio de los malos recuerdos. Pero ni así se deja de sentir una picazón de arrepentimiento o un ardor rabioso ante ciertas memorias. El tiempo cura nos dicen, y lo repetimos como si lo creyésemos simulando que una parte de nosotros no desprecia ese conformismo y se frustra ante la perspectiva de tener que esperar a que se pase el dolor. Y nada más impaciente que el dolor, quién exige ser aliviado en cuanto nace ¿o por qué los niños caen en la trampita del “sana sana colita de rana”? ¿No son esas palabras una inocente estafa convertida en bálsamo?

 
Un bálsamo es algo impredecible. Si bien todos tenemos nuestras propias recetas para prepararlos, no es raro que uno nuevo se aparezca para actuar de analgésico mientras esperamos a que el dichoso tiempo le dé por curarnos con el olvido, la aceptación o alguno de esos asuntos existenciales. Sin embargo lo cierto es que el tiempo es otro bálsamo casero al que confundimos con cura para nuestras algias. Si recorrer las calles de la ciudad donde crecí me remonta o, mejor dicho, me transporta atrás en el tiempo, me devuelve a ese instante olvidado en la supuesta linealidad del tiempo, entonces ¿de qué ha servido que el tiempo haya pasado? ¿No se acaba de negar el efecto de este bálsamo con tan solo un recuerdito? ¿De qué ha servido morderme frustrado, esperando que el tiempo me alivie si es que algo tan frágil como la memoria me arruina la terapia? ¿Vale la pena posponer los dolores para que retornen, así, inesperados?

 
No se debe confundir a la paciencia con la espera, ni a la aceptación con el conformismo. Si la herida aún arde es porque todavía no ha curado, y no será el tiempo, por sí solo, quién se encargue de cicatrizarla. Lo más probable es que, incluso, se encargue de añejarla. Añadirle algunos rencores, agrandarla con nuevas derrotas, infectarla con frustraciones o desengaños, abrirla a base de rabia e impotencia, en fin, lo que mejor le calce a nuestras sensibilidades. No olvidemos que al dolor no le importan tanto nuestros aciertos como nuestras fallas, razón por la cual no dudará en alimentarse de cuanto fatalismo encuentre. Incluso si, dejando pasar el tiempo, es olvido lo que logramos, no certificará que las cosas estén mejorando. No por ignorar la herida, evito que la gangrena me robe un brazo. Tampoco por aceptarla. Tan solo aceptar alguna de estas cosas, suena a respirar profundo y decir “de acuerdo”, sin haber cambiado nada.

 
Enfrentar las algias, curar las heridas, asumir los errores, resolver los rencores. Llámese con el romanticismo que se prefiera, en el fondo no se debe perder de vista que acá el dolido es uno, y debe encargarse de sus propias curas. Si uno no se responsabiliza de su herida, no importará cuantos médicos la suturen, ni cuantas enfermeras la atiendan, o cuantos Coelhos lo “autoayuden”, aun peor serán en balde todos los sana sanas que se le hagan. A la herida no le sirve el tratamiento si el paciente no se cuida para que no vuelva a abrirse. Obviando que siempre hay alguno que otro sangrado, a lo largo de la vida, de heridas que creíamos cicatrizadas, no es posible negar que existen quienes se desangran por el mero gusto de revolcarse en su propia sangre y ¿habrá muerte más dolorosamente ridícula que la de un desangramiento por herida mal curada?

 
A medida que pasa el tiempo, los sana sanas pierden su efectividad de manera progresiva. Ya para cuando uno está crecidito, los bálsamos se tornan en cosas complejas y difíciles de conseguir para el paupérrimo efecto que proporcionan. Como con las drogas y medicamentos, nuestros cuerpos terminan por habituarse al efecto y a requerir más y más ¿Quién tiene tanta vida, en este mundo, para depender del tiempo como analgésico o, aun peor, como cura? ¿Quién, que se respete a sí mismo, intenta ayudarse con la patraña de autoayudarse en vez de asumir que el único que puede ayudarse es él mismo, y no un charlatán? ¿Quién desea posponer sus dolores cuando puede detenerlos? No dudo que habrá más de un masoquista que prefiera el dolor tortuoso de la herida gangrenada, así como tampoco dudo que existirán quienes gozan causando estas heridas a diestra y siniestra por el placer de ver sangre chorrear, pero ellos son otro tema a tratar y el papel se me acaba.

 

 

Paciencia

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