Archivos para febrero, 2013

 
A quién corresponda,

 
Escribo porque no encuentro otra forma de calificar lo que vivo más que como fruto de la curiosidad. Una de esas de la misma clase que las que matan a los gatos. Observo ese posible futuro níveo, esa posibilidad improbable, y luego reparo en toda la parafernalia que viene con mi adorable forma de ser. No es fácil enfrentarte a un deseo cuando te sientes vulnerable.

 
Pero no me he presentado. Mi nombre es irrelevante, así que puede llamarme como le venga en gana. Aunque tampoco es que tendrá muchas chances de llamarme por algún nombre dada su calidad de simple lector de las palabras que vomita mi bolígrafo. Si todo esto aún lo turba, confesaré que empecé este texto como un grito de auxilio desesperado, luego lo descubrí como una confesión atolondrada, y no tardé en redefinirla como una carta suicida. Ahora mismo descubro que esta es una de esas cartas escritas por un anónimo y leída por otro. Es reconfortante vaciar el alma de sus mierdas en los oídos de juicios que no alcanzaremos a degustar.

 
Podría confesar mis muchos crímenes. He robado, mentido, estafado, violado, matado, he usado megaupload y todo lo que poseo ha sido adquirido de variopintas deshonestidades sin jamás haber sido atrapado. Pero ya decidí que esta no es una confesión, ni una redención pues de esas cosas que hice nunca me he arrepentido. Además que todo eso es aburrido. Sería como si usted escribiese acerca su aburrido día en la oficina (o respectivo lugar de trabajo) que ni siquiera usted encuentra interesante. Mis cómplices dicen que debería escribir un libro de mis hazañas, pues ganaría mucho dinero, pero no le veo sentido ya que si lo hiciese no tendría que volver a trabajar, ni tampoco tendría cosas nuevas para contar. No. Prefiero escribir acerca cosas más irregulares para mi persona.

 
Por ejemplo: todo lo ocurrido que me trajo a donde sea que me encuentre. Hará cosa de un mes, o más, que estaba yo robando drogas de un hospital, cuando una extraña erección me distrajo de mi tarea. Y escribo extraña, no porque mi pajarito sea deforme, defectuoso o, mucho menos, pequeño. Es más, las mujeres suelen decir que el mío es un pajarraco, no un pajarito. Digo extraña, porque era como si no terminase de decidirse. Se endurecía un rato y luego quedaba blando como torta, para inflamarse casi inmediatamente, y perder volumen en tan solo un segundo.

 
Mi primera reacción fue la de echarle la culpa a los brebajes de la pinche borrachera en la que había estado el día anterior. Maldije, pues no sabía que putas podrían haberme dado en esa bacanal como para que pasase lo que estaba pasando. Tuve que dejar lo que hacía y pedirle a un médico que me revisase, dada la suerte de estar en un hospital mientras ocurrió. Cuando el doctor vio mi pene, abrió los ojos maravillado y lo estudió por horas. Su expresión pasaba del pasmo a una curiosidad que me incomodaba un poco. No me gusta que los maricones me miren, peor que me miren la pichula. No digo que el doctor que me revisó haya sido gay, pero bueno. El caso es que el doctor miró mi pirula y tras un buen rato de analizar, auscultar e incluso olisquear, me dijo que yo debía de estar enamorado.

 
Mi primera reacción fue rascarme las bolas, que me picaban desde hacía rato. Luego me sorbí los mocos y le dije al doc que eso era imposible, que no había aval posible a esa afirmación y que me mostrase una prueba fehaciente que certificase que yo estuviese siendo afectado por aquel sentimiento. El doc me miró como preparando un discurso de esos que cambian la vida, y me dijo “tus huevadas” y se alejó de mi pito, marchándose y dejándome hecho todo un signo de interrogación ¿Enamorado? ¿Cómo? Aunque la verdadera pregunta era ¿de quién?

 
No es fácil decidir las cosas desde la visión ajena. Si el doc decía que estaba enamorado, no significaba que lo estuviese. Quizá lo que yo llamo excitamiento es amor para este doctor exagerado y marica. La cosa es que me dejó pensando en quién podía haberme resultado interesante de aquella manera. Serán mierdas, pero son mierdas médicas y nunca me ha gustado subestimar el diagnostico de un médico.

 
Soy un hombre hecho y derecho. Soy caballeroso, gano buen dinero de mis matufias y garcho al menos una vez a la semana. Por eso me costó tanto identificar a Mónica como el objeto de mis deseos. Primero me detuve a pensar en todas aquellas con las que me había acostado en los últimos meses. Eso, señor lector, generó tanta duda de mi parte que incluso me esmeré en encontrarles algo a cada mujer que consideré digna de mis amores y erecciones. Incluso llegué a salir con dos, intentando escucharlas, mirarlas de cerca, hasta comprender sus huevadas. Pero mientras más me pasaba haciendo esto, más desconcertado me sentía ante la perspectiva de algún amor. Para empeorar las cosas, las erecciones intermitentes (nombradas así por el médico que me diagnosticó ese día, y que luego me revisaba cada semana desconcertado, aunque emocionado porque decía que esa condición lo haría famoso entre los médicos) eran de nunca acabar. Si bien tenía descansillos de un par de horas, mi pichi oscilaba entre estar blando o duro continuamente a lo largo del día.

 
Es difícil buscar algo que conoces por otro nombre. Mi problema con Mónica no es que me moleste esta intermitencia eréctil que me causa su ausencia. No, no. Lo molesto fue creerme atrapado en el enamoramiento cuando lo único que sentía era curiosidad. Y ese, señor lector, es el problema de vivir de lo que dicen los demás. Uno se esfuerza tanto por comprender lo que se dice de uno, que termina por olvidar lo que de verdad quiere uno pensar. Mi gran pedo fue explorar tanta mujer pensando que lo me afectaba era enamoramiento y no curiosidad.

 
Un cacho de esos por fin me cansé de tanta mierda. Decidí rendirme y aprender a vivir con mis erecciones oscilatorias. Obviamente no fue cosa fácil. Llamaba mucho la atención durante mi rutina y, francamente, le quitaba mucho feeling a casi todo lo que hacía. Hay que afrontar que cuando alguien te asalta y ves que pasa eso en su entrepierna, como que cuesta tomarlo en cuenta. Lo mismo en mi trabajo diurno de psicólogo, a los pacientes les cuesta hablar de cosas como sus infancias con tanto movimiento en los pantalones del terapeuta.

 
Descubrí a la causante de esta intermitencia eréctil mientras me afeitaba una mañana. Y fue un cague de risa recordar a Mónica al observar un frasco de crema Nívea. Era ella la novia del colega con el que compartíamos consulta y que lo visitaba de vez en cuando. La primera vez que la vi, llevaba un vestido veraniego blanco que dejaba al aire sus brazos y piernas de una blancura criminal. Decir que eran fosforescentes a la luz quizá sea poco. Recuerdo haberme sentido impresionado por la dulzura de su rostro y expresiones, soy de esos que les gusta saber que está matando inocencias cuando tira, me hace sentir como el chico bueno, el que les ilustra lo mierda que es la vida y cuanto nos quiere joder. Mi colega de consulta diría que la vida es bella y que simplemente nos quiere hacer el amor, pero yo diría que de todos modos nos la quiere meter. Y si usted es hombre, señor don lector, comprenderá que significa eso y que mi colega es un marica.

 
Había otros motivos por los que esta muchacha empezó a llamarme la atención, más allá de su blancura e inocencia. Un motivo era mi colega, que me caía gordo y hacía mucho que deseaba darle una lección, otro motivo era que Mónica, más allá de su aura de ternurita, tenía unos ojos criminales, de brillo peligroso, de intensa sensualidad y vértigo. De lo que se dice una loca de mierda. Además que está buena.

 
Aquella mañana vi la crema y esa blancura me trajo a la cabeza a Mónica y su vestidito. Y se me quedó dura. Firme, tiesa y sin vacilar. Sabe Dios cuantas mujeres había estado conquistando, o pagando, o forzando, buscando justamente eso, pero nunca nada. Por eso cuando mi pija se quedó inflamada y envalentonada de tanto pensar en Mónica, supe que había encontrado la solución a mi problema. Quiero decir, si una mujer te vuelve permanente lo intermitente debe ser porque la amas. Especialmente si es con las erecciones de tu poronga.

 
El problema, paciente lector, es que yo en el fondo soy tímido. Y hasta caballeresco. Todas esas mujeres a las que conquisté, o forcé, nunca significaron nada para mí. Eran simples transacciones donde yo recibía placer y ellas también. Y nadie piensa mucho cuando va a un cajero a sacar plata. Ahora, no nos confundamos y lleguemos a conclusiones apresuradas. Mónica no significa nada para mí. Lo que me mueve es la preocupación por mis erecciones oscilatorias, y algo de curiosidad por probar la locura que se esconde en su mirada. Así que mi dilema era afrontar a esta chica sintiendo algo más que necesidad. Para empeorar las cosas, ese mismo día encontré llorando a mi colega en su consultorio pues Mónica lo había dejado para siempre. Mi primera reacción fue arder en deseos de echarle en cara que la vida es una mierda, pero entonces me di cuenta que ya no tendría acceso a ella.

 
No escribiré aquí los detalles de cómo logré encontrar a Mónica nuevamente, ni de los métodos de los que me valí para conocerla y entrar en su órbita. En parte porque me da paja. Aparte que no quiero pensar mucho en ello, pues todo fue puro engaño muy trabajado que me absorbieron y fatigaron a límites que yo no imaginaba posibles.

 
Siempre me he visto a mi mismo como un hombre sin límites, uno que donde se lo propone la pone. Y no me refiero solo al sexo. Al principio no me di cuenta, porque estaba muy distraído preparando mis estafas y artimañas, pero una vez que me vi delante Mónica apenas si pude pedirle una cita. Y no era porque delante suyo mi pito se ponía como roca, delatando su agrandamiento en mi pantalón. No, no, no. Algo más pasaba ahí. Algo que me bloqueaba cuando le hablaba, algo que me hacía sentir ridículo, poco compatible con una mujer tan correcta y gentil. Maricadas de ese estilo.

 
El miedo es como una boa constrictora. Te paraliza, te inutiliza, te aplasta y te devora. El miedo contamina todo, con el tiempo nos posee y nos abruma, nos vuelve inválidos pusilánimes y timoratos que no pueden hacer nada. Que tiemblan ante el mero pensamiento de cambiar. Los cobardes somos seres rencorosos, que echamos la culpa de nuestras fallas y derrotas a todo, menos a nuestra falta de coraje. Somos asquerosos, y lo sabemos bien. Pero admitirlo sería como poner en evidencia que tenemos que enfrentarlo ¿quién desea pelear consigo mismo?

 
No que yo ame a esta cojuda. Creo que lo único es que me excita con lo buena que está, me maravilla su piel casi albina, sus ojos, su mirada, su forma de ser positiva, funcional, correcta ¿cómo podría Batman casarse con el Guasón? Y ¿cómo admitirme que soy un cobarde? Yo que me cago hasta en Dios, que he realizado las proezas más increíbles de lo que ningún afeminadito escritor podría imaginarse, yo que soy famoso en el alto y bajo mundo. Incluso el del medio, por si se tarda señor lector. Pero no encuentro la forma de enfrentar mi cobardía cada que la veo y la deseo y me la quiero tirar. Así como quiero acariciarla y saber cómo harían dos personas como nosotros para estar juntos. Siquiera si somos compatibles. O si es que importa algo tan neurótico como la compatibilidad.

 
Hay batallas que son perdidas en la cabeza antes que en el campo de batalla. Empecé este texto como un desahogo, lo continué como una carta suicida, y ahora lo termino como una plegaria de piedad. Que alguien me salve de estas erecciones intermitentes pero sin enfrentar a Mónica, que alguien me quite esta curiosidad que siento por Mónica, que ningún médico llame amor a sangre concentrada en mis cuerpos cavernosos, que ningún idiota positivo y optimista se vea (a mis ojos) más digno de Mónica que yo mismo, que alguien me permita regresar a la maldita ignorancia, a no saberme un cobarde, un marica sin remedio que se pasma ante la posibilidad del rechazo, que me salven de alegrarme como un niño cuando Mónica me habla, cuando parece que podría vivir en la cómoda eternidad de tenerla cerca sin buscar nada más que su presencia, sin tener que lidiar con la sangre poniéndome tieso. Rescátenme de imaginármela desnuda, a mi lado, atrapada por mi brazo derecho y con la mano izquierda explorando sus cavidades más privadas, y ella pidiendo más y más, porque los cobardes preferimos el reino de lo imaginado donde somos dioses sin necesidad de cambiar nada. Arránquenme de esta realidad tan real, que siempre he sido mejor en lo irreal, como los engaños y las estafas.

 
Acabo esta carta, a quien sea que corresponda, pidiendo que trate con paciencia al bulto que con ella venía, puesto que lo más probable es que sea yo, todo derrotado. No se ría de mi erección intermitente (ese bultito que se achica y se agranda) y sálveme de la muerte, pero cuando esté de nuevo consciente (porque lo más probable es que me haya chupado jodido y esté perdido de borracho) no me consuele, ni me reflexione. Guárdese sus opiniones, y déjeme hundirme en mi dolor, deje que yo decida que tanto y cuando me voy a la mierda. Y si quién leyó esto eres tú Mónica, pues solo puedo decirte ¿quieres salir el miércoles por la noche?

 

 

Té para Tres

Publicado: febrero 11, 2013 en Cuentos
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– Inspirado en la canción del mismo título de Soda Estéreo

– Para la Pequeña Gatita, porque le gusta esta canción, porque también escribió sobre ella y por su duro fin de semana.

Él se ha puesto sus ropas más elegantes. Él ha sacado la vajilla de una de esas bisabuelas que nunca conoció, y la ha invitado a tomar el té en esa tarde de agua que cae. La mesa ha sido puesta con la minuciosidad obsesiva que le ayuda a sobrellevar su vitalidad desde el día en que adquirió conciencia. Con la misma neurosis con que puede ignorar el desliz de su pareja.

 

La lluvia golpeaba el techo causando un ruido molesto. La mujer miraba su taza, escondía sus ojos de la penetración de la mirada de su esposo. “¿Un poco de miel?” pregunta el marido con voz ronca y asfixiante, con esa monotonía de la misma carne que pruebas una y otra vez. Y ya no quieres más.

 

Su eclipse no se había completado. Ella se pandeaba de rabia en aquel vestido corto y floreado, tan rosado y chillón, con sus labios rojísimos invadidos por un pucho, que se desgastaba poco a poco en el aire amargo, dejando que el té se enfriase como si no desease beberlo. “No basta” dijo, de repente, la mujer. Él bebió un sorbo largo, simulando que no veía las lágrimas que su mujer vertía por el otro.

 

Se sumió en su brebaje buscando una manera de convertirla en algo menos críptico, distraído en encontrar una forma de romper el código arcano de su nuevo problema, evitar la corrupción de su lecho ¿cómo reparar las ruinas de algo irreversible?

 

Las lágrimas silenciosas estallaron en sollozos, y estos se convirtieron en un llanto ruidoso y desesperado. La mujer se cubre la cara con ambas manos, mientras el marido observa paciente. Ella aun deja que su té se enfríe y repite el nombre del tercero en quedos murmullos. Cuando cesa sus lloriqueos, mira al marido casi con sorpresa, rencor y pena. “No hay nada mejor…” empieza, la mujer, pero la interrumpe el marido: “No hay nada mejor que casa” sentencia con mirada suave y voz fría. Ella rompe a llorar de nuevo con renovadas energías. Afuera sigue lloviendo.

 

 

Las ilusiones se pagan caras. Uno pone demasiado de sí mismo en esperanzas, quizá cuerdas, quizá idiotas, pero esperanzas al fin y al cabo. Las encontramos, las criamos, las alimentamos, les damos lumbre, techo, atención y cariño en la ingenua espera de que nos traten bien cuando crezcan, alimentándonos de su esencia para poder creer que hay algo más allá de la basura del día a día. Para poder escapar al obvio maltrato de los pesimismos y los derrotismos, para ignorar sus pintas extravagantes y medio góticas que alejan a quienes gustan vestirse de la puta “pureza” del color blanco.

 
Lo malo de las ilusiones y las esperanzas es que son fáciles de concebir y, encima, son más fértiles que conejos. Se empieza con una y, sin saber cómo, se termina teniendo mil, de las cuáles cinco son sanas, tres son productivas y una es posible. Solo una termina por darnos un poco de lo que quisimos inicialmente, y ni siquiera exactamentaaaawe así. Lo que recibimos de lo que esperamos es, indudablemente, menos de lo que jamás nos atrevimos a imaginar. Y aunque nos duele, lo recibimos agradecidos, como sedientos viajeros bebiendo agua sucia. Arrodillados y sumisos, nos humillamos agradecidos ante nuestras esperanzas que nos miran como las mascotas suyas que somos y sonríen con una confianza improbable en un ser humano. Y somos felices con semejante oprobio.

 
Lo más terrible es que les agarramos un cariño extraño. De esos intensos cargados de ternura y bienestar. Casi como adoptar a un cachorro tierno y suavecito que nos mira desde su inevitable estado indefenso y se ampara, sin querer, en esa su belleza cándida para que lo cuidemos, alimentemos y queramos en orden de no dejarlo morir ¿qué clase de monstruo mata cachorritos? Ya, cuando menos lo esperamos, las queremos, a las ilusiones y esperanzas, demasiado como para dejarlas ir. Y no quieren irse, aún cuando la vida se encarga de reducir sus probabilidades de existencia, las esperanzas se mantienen y se agarran con uñas y dientes a nuestros pensamientos.

 
Ver la verdad de las esperanzas no es sencillo. Si nos quitamos los velos de bienestar que nos trae el creer en algo, las esperanzas no se parecerán a tiernos cachorros sino a demonios grotescos que nos seducen con sus artes de ilusionistas, se aferran a nuestros pensamientos y nos violan con esa delicadeza imposible del optimismo y los lindos pensamientos. Uno no sabe que lo violan, que lo agreden y lastiman, disfrutándolo sin querer, pidiéndole más, a gritos, a sus muchos violadores. Nadie quiere admitirse como un abusado por sus propias esperanzas, nadie quiere pensarlas como dañinas, especialmente cuando se cumplen y nos dan un hermoso efecto placebo con tan solo un poco de lo que esperábamos.

 
Imagino que habrá más de una persona que saltará ante estas aseveraciones. Mentiras, exageraciones, pesimismos las llamarán y se refugiarán en las cálidas faldas de sus esperanzas y optimismos. Obvio. Nadie quiere enterarse que lo que creen que les hace bien, en realidad les hace mal. A ningún padre le gusta escuchar, y de pasob94f19dcfdd8e6e2322a7db7b9c3c92b-d5hqsqp admitir, que su hijo es un tarado sin gracia, ni talento más que poder recordar que debe respirar para mantenerse vivo. Y a duras penas. Tampoco nos gustaría que alguno de nuestros muchos mesías nos confesase que todo lo que ha predicado ha sido una elaborada farsa para hacerse de dinero ¿quién soportaría el sonido de sus confesiones? ¿Quién realizaría el conteo de suicidas decepcionados, desamparados sin sus esperanzas?

 
Pero seamos sinceros. Las necesitamos. Las esperanzas son como las palabras: traicioneras, sensuales, mentirosas, confusas pero imprescindibles dadas sus funciones. Sin palabras no hay formas de “comunicarse”, sin esperanzas no hay forma de seguir, de creer, ni de verle el lado luminoso- el dichoso silver lining, como en la genial novela de Matthew Quick The Silver Linings Playbook– que al fin y al cabo nos sirve para mentirnos y así darnos la capacidad de continuar sin que duelan mucho las verdades.

 
Solo puedo dar un sano consejo: no siempre es el lado luminoso de las cosas lo apropiado para enfrentar al mundo -de nuevo, lean a Matthew Quick- puesto que a veces necesitamos, también, usar la óptica del lado oscuro para poder comprender ciertas cosas. Además que ya es suficiente con que nuestros demonios nos persigan y torturen como para que, encima, alimentemos el hambre de las esperanzas e ilusiones –cuídense de embusteros como Coelho- cayendo en ese desesperado agujero de que luminoso siempre es bueno. No siempre, y si no me creen comparen el Parachutes de la etapa pesimista de Coldplay con el de su etapa más optimista: el Viva la Vida! No hay donde perderse, el Parachutes gana por knock-out en el primer round.