Borrador Libre Número 12: Del optimismo y otras atrocidades

Publicado: febrero 4, 2013 en Zopilotadas
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Las ilusiones se pagan caras. Uno pone demasiado de sí mismo en esperanzas, quizá cuerdas, quizá idiotas, pero esperanzas al fin y al cabo. Las encontramos, las criamos, las alimentamos, les damos lumbre, techo, atención y cariño en la ingenua espera de que nos traten bien cuando crezcan, alimentándonos de su esencia para poder creer que hay algo más allá de la basura del día a día. Para poder escapar al obvio maltrato de los pesimismos y los derrotismos, para ignorar sus pintas extravagantes y medio góticas que alejan a quienes gustan vestirse de la puta “pureza” del color blanco.

 
Lo malo de las ilusiones y las esperanzas es que son fáciles de concebir y, encima, son más fértiles que conejos. Se empieza con una y, sin saber cómo, se termina teniendo mil, de las cuáles cinco son sanas, tres son productivas y una es posible. Solo una termina por darnos un poco de lo que quisimos inicialmente, y ni siquiera exactamentaaaawe así. Lo que recibimos de lo que esperamos es, indudablemente, menos de lo que jamás nos atrevimos a imaginar. Y aunque nos duele, lo recibimos agradecidos, como sedientos viajeros bebiendo agua sucia. Arrodillados y sumisos, nos humillamos agradecidos ante nuestras esperanzas que nos miran como las mascotas suyas que somos y sonríen con una confianza improbable en un ser humano. Y somos felices con semejante oprobio.

 
Lo más terrible es que les agarramos un cariño extraño. De esos intensos cargados de ternura y bienestar. Casi como adoptar a un cachorro tierno y suavecito que nos mira desde su inevitable estado indefenso y se ampara, sin querer, en esa su belleza cándida para que lo cuidemos, alimentemos y queramos en orden de no dejarlo morir ¿qué clase de monstruo mata cachorritos? Ya, cuando menos lo esperamos, las queremos, a las ilusiones y esperanzas, demasiado como para dejarlas ir. Y no quieren irse, aún cuando la vida se encarga de reducir sus probabilidades de existencia, las esperanzas se mantienen y se agarran con uñas y dientes a nuestros pensamientos.

 
Ver la verdad de las esperanzas no es sencillo. Si nos quitamos los velos de bienestar que nos trae el creer en algo, las esperanzas no se parecerán a tiernos cachorros sino a demonios grotescos que nos seducen con sus artes de ilusionistas, se aferran a nuestros pensamientos y nos violan con esa delicadeza imposible del optimismo y los lindos pensamientos. Uno no sabe que lo violan, que lo agreden y lastiman, disfrutándolo sin querer, pidiéndole más, a gritos, a sus muchos violadores. Nadie quiere admitirse como un abusado por sus propias esperanzas, nadie quiere pensarlas como dañinas, especialmente cuando se cumplen y nos dan un hermoso efecto placebo con tan solo un poco de lo que esperábamos.

 
Imagino que habrá más de una persona que saltará ante estas aseveraciones. Mentiras, exageraciones, pesimismos las llamarán y se refugiarán en las cálidas faldas de sus esperanzas y optimismos. Obvio. Nadie quiere enterarse que lo que creen que les hace bien, en realidad les hace mal. A ningún padre le gusta escuchar, y de pasob94f19dcfdd8e6e2322a7db7b9c3c92b-d5hqsqp admitir, que su hijo es un tarado sin gracia, ni talento más que poder recordar que debe respirar para mantenerse vivo. Y a duras penas. Tampoco nos gustaría que alguno de nuestros muchos mesías nos confesase que todo lo que ha predicado ha sido una elaborada farsa para hacerse de dinero ¿quién soportaría el sonido de sus confesiones? ¿Quién realizaría el conteo de suicidas decepcionados, desamparados sin sus esperanzas?

 
Pero seamos sinceros. Las necesitamos. Las esperanzas son como las palabras: traicioneras, sensuales, mentirosas, confusas pero imprescindibles dadas sus funciones. Sin palabras no hay formas de “comunicarse”, sin esperanzas no hay forma de seguir, de creer, ni de verle el lado luminoso- el dichoso silver lining, como en la genial novela de Matthew Quick The Silver Linings Playbook– que al fin y al cabo nos sirve para mentirnos y así darnos la capacidad de continuar sin que duelan mucho las verdades.

 
Solo puedo dar un sano consejo: no siempre es el lado luminoso de las cosas lo apropiado para enfrentar al mundo -de nuevo, lean a Matthew Quick- puesto que a veces necesitamos, también, usar la óptica del lado oscuro para poder comprender ciertas cosas. Además que ya es suficiente con que nuestros demonios nos persigan y torturen como para que, encima, alimentemos el hambre de las esperanzas e ilusiones –cuídense de embusteros como Coelho- cayendo en ese desesperado agujero de que luminoso siempre es bueno. No siempre, y si no me creen comparen el Parachutes de la etapa pesimista de Coldplay con el de su etapa más optimista: el Viva la Vida! No hay donde perderse, el Parachutes gana por knock-out en el primer round.

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