Archivos para marzo, 2013

The Pathology of Nowhere

 

 

Resistir implica la conciencia de un hastío de algo en específico. Resistir es tomar una acción en contra de cualquier cosa, más allá del porqué y para qué (mismos que pueden variar de persona a persona, de grupo a grupo). En medio de los anestésicos de la sociedad actual, el concepto de resistencia se hace extraño y débil. Por un lado no hay motivos, ni objetivos claros (no hay gran lucha que nos radicalice, ni opresor demarcado al cual asesinar) que nos hagan desear romper con el status quo. Por otro lado, la subjetividad individualista que trajo el postmodernismo, además del boom del confort, hacen que el planteamiento de salir de los límites se nos antoje una especie de incomodidad equiparable a salir de cama en un día frío, lluvioso y feriado. Si a esto sumamos a la moldeada actitud de la actual generación hedonista, sin ideales y poco pensamiento crítico, que prefiere renunciar a los porqués existencialistas (esos grandes complicadores de la vida), en beneficio de los para qués funcionalistas e ideas de caridad asistencialista, es polémico afirmar, como haré yo, que aún es posible resistirse al sistema hoy en día.

 
Complicado. Difícil. Lento. Improbable. Si bien es posible darle todos estos calificativos a semejante intento de verbo, también es necesario salvaguardarnos de todo tipo de extremismos. No cabe duda que pensar en términos tan simplistas es atractivo por fácil (otro problema de la actualidad), lo que hace que negar la posibilidad de resistencia sea abandonarse a una sola chance, como si el mundo fuese escueto. Cosa que no es, por mucho que así lo diga Coca-Cola y todas las marcas del mercado que nos venden placer, confort e ideas de completitud y felicidad (en un doble mensaje que, también, nos evidencia como vacíos, superfluos e incompletos). El mercado es así, se vale de nuestros complejos para chupar toda la sangre posible, convenciéndonos de anestesiarnos con pensamientos de bienestar y realización relacionados a cuanto tiene uJust don'tno, y cuanto le falta por tener. Eso se suma a otras anestesias que, pese a la globalización, nos alejan de enfrentar realidades como la guerra y la hambruna, que están menos promocionadas, por los medios, que las películas ¿no nos enteramos antes sobre la nueva película de Iron Man, antes de informarnos de cómo continúa (o cómo empezó) la situación de la franja de Gaza? Esto no sorprende en una generación criada en la única creencia del individualismo, tan propio de la postmodernidad, que invita a la letanía: “Yo soy yo. No hay nadie como yo. Soy un hermoso copo de nieve.”, repitiéndola hasta la creencia y permitiendo la proliferación de un egoísmo extremista, que ayuda a poner velos a incómodas realidades ¿quién, que esté seguro de ser bueno, vería necesario cambiar? ¿Quién, que se crea feliz, completo y funcional, arriesgaría reflexionar sobre hambrunas y otras bajezas, a costa de su propia sanidad y funcionalidad? ¿Cómo se sale de una lógica tan centrada en lo que se cree cada quién que es su bienestar?

 
El hastío parece algo improbable en medio de tanta novedad. Nos bombardean con nuevas tecnologías, novedosos conocimientos, chismes, películas y demasiados etcéteras que brillan con esa obviedad cegadora que fulgura nuestros ojos. Sin embargo el hastío es ese fenómeno inevitable por el cual las cosas se presentan como brillosas. Se ha vuelto tan común, hastiarse, que cada día nos deben sorprender con cosas “originales”. El problema no está en que nos hastiemos, sino en que no nos lo admitamos y prefiramos seguir en aquella rutina tan conocida, en esa seguridad cálida que brinda creer en absolutismos.

 
Y los absolutismos son fuerzas que caen bajo el peso de sus inestabilidades. Incluso en algo tan obvio como la cicatriz que dejará la postmodernidad. La ruptura de la lógica moderna exige replanteamientos espirituales, renuncias tecnológicas y crisis existenciales. Es sabido que las formas de control del mercado, globalización y postmodernidad apuntan a alimentar vacíos. Juego peligroso, puesto que es el mismo vacío quién desemboca en una incomodidad e inconformismo que nos harían dudar de hasta el más abrumante absolutismo. Y es que la completitud, según Lacan, es imposible. Ningún humano, neurótico, está satisfecho, ni puede estarlo. Si la probabilidad del hacer y el azar lo permiten, esta insatisfacción empujará a la resistencia porque, más que creer, las personas disfrutamos de quejarnos y rabiar, o conformarnos pensándonos completos. Bien llevado, o explotado, se puede inflamar al fuego buscando quemar la apatía individualista de nuestra conformidad. Bien direccionado se puede hacer del hastío el motor, la excusa, para revolucionar la forma de pensar en la actualidad.

 

 

The Pathology of Nowhere

Anuncios

 

 

Se conocieron en una fiesta donde ambos fingían ser alguien más. Él, dando libre albedrío a su eterna y secreta curiosidad por los superhéroes, bajo la cómoda evasiva del “no había otro disfraz”, y ella usando aquel escote que nunca habría usado en la vida real. Hablaron de cosas de las que jamás volvieron a hablar. Así, él, se permitió filosofar sobre Superman y denigrar al loser de Aquaman, y ella se sorprendió de estar tan coqueta y descarada. Atrevida, sucia y traviesa como nunca había sido, ni tampoco sería nunca más.

 
A ella la ilusionó que un chico tan lindo hablase de cosas como Spiderman. Él no podía dejar de pensar en aquella figura despampanante que el disfraz de gatita dejaba entrever y admirar. Se emborracharon y se besaron, sin detenerse a considerar el lugar donde estaban, y quienes los vieron testificaron, luego, que parecía que se devoraban y que faltaba poquito para que empezaran a desnudarse.

 
Se despidieron, aquella noche, sin coito, ni manoseo pero sí con una fuerte promesa y gana de intimar. En un atrevimiento poco común, se lanzaron a planear encuentros más allá de la desechable cercanía de aquel prende intenso y pasional. A él lo ilusionaba intimar pélvicamente para calmar una sed cachonda que su mano ya no podía saciar, a ella la ilusionaba la chance de que después de tanto beso a sapos, este fuese el dichoso príncipe a quién se había cansado de esperar.

 
El primer encuentro estuvo marcado por la incomodidad. Se vieron en una plaza concurrida y calurosa, y ni siquiera supieron como saludar ¿debía, él, tomar el control y besarla en la boca sin dudar? ¿Debía, ella, quedarse esperando a que su príncipe le diese por ser romántico robándole un beso? En lugar de todo eso, se dieron un incómodo saludo distante, sin tocarse y apenas mirándose, para luego arrepentirse y besarse en las mejillas, ambos sonrientes como si aquello no fuese un adelanto de la decepción que les tocaría vivir.

 
Su noviazgo empezó más por inercia que por voluntad. Él la buscaba porque quería tirar, a ella le gustaba que un chico la quisiese cortejar. Calificada como geek por sus iguales, ella nunca había estado consciente de que tan alto era, en verdad, su atractivo y sensualidad. Rechazada, enamoradiza y limitada, la chica iba por el mundo creyéndose fea, siendo incluso más linda y sensual que una pornstar. Él era un chico muy sociable, parco y un tanto inseguro, que hacía de dos años que no hacía más que dedicarse a acariciarse viendo videos en redtube, pornhub y tube8. Si un día empezaron a usar los títulos de pareja, fue porque ambos buscaban deshacerse de los complejos que los acomplejaban, los forzaban a tildarse de perdedores sin perdón, ni antifaz.

 
Su treceavo encuentro, primero con los títulos de noviazgo ya vigentes, se caracterizó por una lucha encarnizada en que la idea de pareja se impuso, a lo que iba encarrilado a una funcional amistad. Angustiados por no saber si tomarse la mano, si saludarse de pico, o darle un apodo cariñoso al otro (incluso preguntarse si aun era muy pronto para ello), encerrándose en un retroceso a esos noviazgos adolescentes que ambos ya habían experimentado con anterioridad.

 
A partir de entonces todo empezó a declinar. La ilusión, de ambos, era la de que toda pareja termina por amarse entre ellos a pesar de toda adversidad, y no estaban conscientes de que, en realidad, es un tanto más común que se terminen odiando debido, justamente, a las adversidades. A ella le incomodaba el poco respeto que él sentía por ella, a él le molestaba que ella pensase que el sexo fuese un modo de faltarle el respeto. Él odiaba el nivel de detalle y atención que ella exigía para sentirse deseada, ella se deprimía por la malagana con que él hacía cosas lindas por ella. Él siempre la manoseaba, la ignoraba cuando ella deseaba hablar, le criticaba su ropa de monja, su poca sensualidad, era brusco durante el sexo, no se llevaba bien con sus amigas, hablaba mucho de fútbol y tomaba hasta la total borrachera cada fin de semana. Ella nunca estaba de humor para el sexo, siempre ocupada y nunca disponible para salir o hacer lo que sea juntos, lo celaba con toda chica que le hablaba, pero ella misma no admitía que sus amigos frikis le tenían ganas, y lo miraba con mala cara cuando él deseaba comentar sobre la Champions y no sobre Spiderman.

 

Desencuentros. Ella deseaba un Príncipe Azul, él una Puta Insaciable. Ella esperaba que los modelos de Disney y las mentiras de una vida mejor se impusieran a la cruda realidad de los hombres en que se fijaba, que de nobles poco tenían en verdad. Él anhelaba que la vida fuese tan simple como la trama de una película porno, donde no se tenía más que decir un par de cosas tontas para que una mujer voluptuosa se entregase a un desenfreno sin límites, ni piedad. Ella esperaba todo el romance y un final feliz, olvidando que los finales felices son un incompleto que no censura la vida, que anula la muerte. Él no deseaba ver más allá de sus deseos básicos, de su miedo paralizante a explorar lo que no podía palpar. Ella no deseaba ver que los hombres son hombres y no príncipes, él no se admitía que no hay algo tan simple como un ser humano que solo desee tirar, que no hay mujer, ni tampoco un hombre, que no sea un estereotipo y nada más. Y mientras más se encerraban en esas lógicas burbuja, esperando que cambie lo que no podía cambiar, más se ahondaba el pútrido rencor que los llevaría a pensar en matar, en llorar, en mirar al cielo y pedir que todo acabase sin tener que volver a mirarse, nunca, nunca jamás.

 

 

De Príncipes Azules y Putas Insaciables280386735_n