Archivos para julio, 2013

La conocí, una noche, llorando con rabia, toda maltrecha, en las gradas de un cine. A sus pies había un celular destrozado y en sus labios el nombre de su ex era repetido con un rencor que auguraba asesinato. Su pelo era rojo intenso, rapado del lado derecho y larguísimo del centro hacia el lado izquierdo, sus ropas eran negras y rotas en lugares estratégicos, su rostro de diosa estaba adornado por mil y un piercings, sus brazos estaban recubiertos por variopintos tatuajes. Me senté a consolarla con una botella de Lizto, y nos fuimos a Forum para que nos dijeran que no podíamos entrar. Asustamos a un par de fresitas facilonas que nos miraban con asco. Luego nos fuimos a la Belisario “Cantinas” y bebimos un combo mientras subíamos y bajábamos la empinada calle y esquivábamos a los pacos, para no tener que coimearlos y perder plata para el trago.

Me dijo que se llamaba Perra, y le dije que yo era un perro. Nos besamos un rato en una discoteca llena de gente sucia que danzaba con los monótonos sones de Bob Marley, que nos miraban como si fuéramos bichos raros, como queriendo preguntarnos qué hacíamos ahí, que si éramos punkeros, metaleros o qué clase de pesados para ser tan violentos y tan tatuados. Hablaban por ella, claro. A mí me veían como grande y peludo, con el ceño eternamente fruncido y eso los hacía asumirme peligroso y pirado.

Quizá era el modo obvio en que nos deseábamos o la forma en que criticábamos el reggae que resonaba como un castigo, pero de un momento al otro nos quitaron nuestros vasos y nos echaron a la calle, donde un par de metaleros nos hubieran asaltado de no ser que Perra los conocía de hacía mucho y charló con ellos, convenciéndolos de que yo estaba bien, de que no me golpearan. Después de un rato nos dejaron, no sin antes dirigirme miradas cargadas de celos y odio. Tres días más tarde me los encontré en una calle y me dieron la tunda prometida, y luego me invitaron a fumarme con ellos. Pero volviendo a Perra, cuando los metaleros nos dejaron entonces la llevé a un boliche de mala muerte y ella lo encontró agradable. Ahí dentro nos pedimos cinco botellas por persona, para empezar, y gastamos el resto en la rocola para escuchar rock y rock pesado.

No le gustábamos a los parroquianos. Todos choferes de taxis, micros y minibuses. Nos miraban con recelo y rabia, perdidos en inconsciencias alcohólicas que iban en aumento. Quizá era su voz ronca, o mis risas estridentes, quizá era el sexo con ropa, la crítica abierta y en voz alta, quizá eran sus tatuajes o mi barba, nuestra ropa o lo que sea. Quizá solo queríamos que nos desdeñen en cada lugar al que fuésemos esa noche, que nos mirasen con asco y que no ocultasen su rechazo, para poder disfrutar más del aceptarnos el uno al otro. Y regodearnos ante todos esos jailones, todos esos sucios hippies, todos estos chóferes, de que habíamos encontrado un escape morboso a nuestras sucias vidas. Y nos odiaban por eso. La cosa es que solo un chofer se animó a expresarlo. Se paró delante nuestro, mirándonos desorientado, y le preguntó a Perra por su pinta extraña y a mí sí me gustaban las lesbianas. Perra se paró sonriendo, viéndose hermosa, y le plantó un rodillazo en las bolas, tan fuerte que me extrañó no verlas salir por su boca. Luego se sentó como si nada, mientras que la cholita que acompañaba al desbolado gritaba al ver a su hombre tirado en el suelo vomitando de dolor. La mujer interpeló a mí, insultándome y empujándome fuera de mi silla, pero Perra se paró y la empujó hasta que empezaron a trenzarse y golpearse en el suelo. Un hombre bajito y rechoncho se acercó y me golpeó en el estomago, dejándome sin aire y casi derrotado, pero al escuchar a Perra aullando no pude más que incorporarme y morder a ese gordo que me había derribado. Con asco comprobé que le había mordido los genitales y tuve tiempo de enjuagarme la boca con cerveza antes que varios brazos me lanzaran a la calle donde ya despuntaba la madrugada. A mi lado descubrí a Perra, con la mirada feliz y sangrando de una ceja, nos reímos asustados y caminamos en silencio por un rato, hasta que llegamos a una casa de amigos suyos, donde continuamos tomando todo adoloridos y golpeados.

Cuando sus amigos se desmayaron, Perra me miró extrañamente. Sus ojos estaban rojos y las ojeras la hacían parecer más vieja de los veinte años que en verdad tenía. Sostuvo la mirada intensamente hasta que se puso a vomitar el alma en una maceta. La agarré mientras vomitaba y la besé en cuanto dejó de hacerlo. Perra se aferró con rabia, con ternura, con picardía y me chupó entero mientras yo la lamía todita. Solo recuerdo la sensación de entrar en ella, pero nada más.

Cuando desperté, en un cuarto extraño, noté que estaba desnudo y ella, también desnuda, a mi lado. Cuando volvía  despertar estaba vestido, botado en la puerta de la casa de su amigo, sin dinero, ni celular, ni zapatos, con el cuerpo moreteado, el ego traumatizado y una nota con un número telefónico al que, por más que así lo deseaba, no pude encontrar las bolas para llamar en un buen tiempo.

 

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tumblr_mnn9gcAnBR1qiv63po2_500Los colmos operan de una manera extraña. Sus límites varían, pero siempre que se llega a uno se ingresa en un punto de inflexión en donde nos preguntamos que tanto tuvo que pasar para llegar hasta ahí ¿Cómo acabé acá? ¿No es esa la pregunta clásica de quién aun no termina de comprender su papel en sus propias desgracias? Y es en este punto de inflexión en que muchas ideas pasan por la cabeza, la mayoría replanteando todo aquello que creamos causa de nuestra actual llegada al fondo. Al colmo de los colmos.

Los puntos de inflexión son propiciados por el colmo porque solo cuando algo es demasiado nos dignamos a darle cierta importancia. Es como no bañarte durante semanas. Puede que tú no lo notes, pero los demás sí que habrán de notarlo, y pasará mucho (o poco, depende de que tanto le pesen los olores a uno) antes de que el olfato se digne a arrugarse ante nuestra propia hediondez. Es en este punto en que habremos llegado a un colmo, la famosa gota que derramó el vaso al cual nosotros vimos llenarse pasivamente, solo para reaccionar cuando estalla. Típico: llorar sobre leche derramada. Nuestras abuelas no estarían orgullosas.

Volviendo a la metáfora: el punto de inflexión es como darse un baño de tina y quedarte echado, sumergido en el agua contaminada por la suciedad de tu cuerpo y sintiéndote limpio pese a seguir flotando en tu mugre. No es que el dichoso punto este sea el gran cambio, o el instante en que todo empieza a ser diferente; es simplemente el momento en que uno se da cuenta que ha tocado fondo. Y admitirlo resulta engañoso.

El colmo solo nos ilustra un límite que no habíamos podido definir antes. Esa frontera que escapaba a nuestra percepción mientras nos mordíamos el labio, apretábamos los puños y jurábamos, dentro nuestro, mil y un fechorías, venganzas que pudiesen traernos paz. O incluso cuando estoicamente nos tragábamos todo gracias a una paciencia bíblica, de esas que solo los santos son capaces de tener. Muy en el fondo toda paciencia es dinamita esperando la chispa adecuada. Y en los colmos estallamos. Y en los puntos de inflexión nos rearmamos.

Aguantar es más sencillo de lo que uno cree. A veces nos tragamos todo tipo de boñiga sin darnos cuenta del saborcito peculiar en nuestras bocas. Y otras lo hacemos a consciencia, conocedores absolutos de que lo que mascamos lo hacemos porque así lo hemos decidido nosotros. Quizá retrasando un colmo, evitando el punto de inflexión que nos obliga a repensarlo todo y darnos cuenta que algo anda mal. No confrontar al colmo, ignorarlo como si fuese nada especial, he ahí una gran fórmula para perderse uno mismo en los sabores desgraciados de confundir paciencia con cobardía.      

 

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A las hipocresías nos gusta justificarlas hasta la sinvergüenzura, solo porque nadie disfruta de verse expuesto en ese tipo de mentiras: las sociales. ¡Qué pequeño fin del mundo que lo que  pensamos no salga maquillado! Todos hemos estado ahí, es decir frente a alguien a quien no nos convenía mandar a la mismísima materia fecal, mas no lo hicimos pese a que ganas no nos faltaban, y ahí nos confirmamos como –  buenos o malos – mentirosos. Seamos sinceros con el hecho de que somos mentirosos. Mentimos desde que amanece hasta que nos morimos, ya sea a nosotros mismos, o a otros; nadie se libra de la mentira. Y, claro, hay quienes lo niegan y reniegan de esto, se hacen llamar honestos o sinceros, convencen a todos de la mentira de que ellos todo lo dicen, todo lo expresan y nunca se guardan nada sobre nada, ni nadie. Pero hay otros que han convertido a la hipocresía en una parte de ellos mismos como un ritual más, que mantiene todas sus relaciones funcionando a la perfección, o al menos sin el peligro de caer mal o de que los lastimen. Ninguna hipocresía está exenta de una paranoia a la que los hipócritas llaman cautela, ni tampoco de cierta vergonzosa sed de sangre – que se antoja de matar a diestro y siniestro, pero se conforma con apuñalar por debajo – o de esa mala costumbre de eufemizar las cosas en un intento más bien patético de suavizar una estocada.

Claro. La paranoia, mascarar con represión a la salvajía y la capacidad de hablar en eufemismos son vitales para que un hipócrita tenga éxito al engatusar a alguien, puesto que son sus instrumentos más preciados a la hora de convencernos que, de alguna manera, nos quieren. Pues ese es el juego del hipócrita: lograr ser bien visto hasta por quienes él ve como nefandos, todo por darse más espacio para evitar batallas mientras él planea como ganar la guerra. Aunque no siempre sea una batalla lo que libra para hundir a un incauto, el hipócrita siempre tiene en cuenta estas cosas por si algún rato le resulta útil ver caer al otro. “Mejor tú que yo” es algo que todos pensamos cada día ante diferentes estímulos, pero hay que ser hipócrita para realmente llevarlo a diferentes niveles de planificación o satisfacción ante ciertas estruendosas caídas mientras simulamos un amor desmedido profesado hacia quien serruchamos ¡Qué placer más sublime ver al pendejo de al lado tropezar en la piedra en la que yo no he tropezado! ¿No me hace eso mejor que él? ¿No me convierte en el indudable vencedor de una lucha, nunca declarada, que tengo con los demás y los demás tienen conmigo? ¿No ha pasado nunca nada parecido por su cabeza?

Seguro que leer esto resulta chocante. Es como un insulto, una provocación de alguien que se atreve a decirme que soy una mala persona, sin conocerme, a través de un pinche artículo que quien sea puede estar leyendo, y quizá ellos sí sean esa clase de hipócritas malditos, pero yo soy un pancito del Señor. Si bien generalizo, sí hablo desde una verdad: nadie está completamente limpio. Quizá usted no se considere un hipócrita, y quizá no lo sea pero ello no significa que usted no sea otra cosa, mejor o peor. O tal vez si es un hipócrita, y tanto que ni siquiera puede ser sincero con usted mismo. Después de todo, en la sociedad de hoy en día, a la hipocresía se la ha casado con el decoro, y ambos parieron a la cortesía ¿qué mejor manera de justificar la mentira?

No nos confundamos. Hipócritas somos todos pero, ciertamente, hay quienes exageran el papel al punto de tratarnos de “querido”, “amigo”, “compañero”, “hermano” o tantas palabras que denoten una cercanía tan fuerte, resguardada por unos lazos inquebrantables en apariencia pero para los cuales conservamos el secreto de cómo hacerlos añicos cuando sea necesario. Incluso sin ese nivel paranoico de conspiración, piensen en cada ocasión que se encontraron con el amigo de su amigo a quien ustedes detestan. No se lo recibe con la misma alegría con que uno saluda a sus amigos, sino que se le da un trato más frío y cordial donde hiede a obviedad la poca simpatía que se le profesa al saludado pero aun así es difícil evidenciarla por todas las burocracias sociales. Y, claro, esto es decoro, esto es cortesía y amabilidad pero ¿en qué momento dejamos que exagerar esto, nos convierta en otra cosa?

Y tampoco nos engañemos. Nadie deja de lado las hipocresías por mucho que las odie, aun peor si le gustan. Las hipocresías mantienen ciertos balances en nuestros equilibrios, y nos salvan de enemistades innecesarias. Si bien es molesto encontrarse con uno de esos hipócritas obvios que sonríen en todo momento y lugar, también es molesto encontrarse con uno de esos sinceros a muerte que dicen lo que sea sin medir consecuencias. Lo cierto es que cada quién elige como vivir sus mentiras y que mentiras creer. Nunca pararemos de mentir, pero si podemos bajar el tono a la hipocresía. Y ese es mi consejo: tratar de evitar a los hipócritas obvios, para no terminar como Cayo Julio Cesar.

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