De la Hipocresía y otras Conveniencias

Publicado: julio 1, 2013 en Zopilotadas
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A las hipocresías nos gusta justificarlas hasta la sinvergüenzura, solo porque nadie disfruta de verse expuesto en ese tipo de mentiras: las sociales. ¡Qué pequeño fin del mundo que lo que  pensamos no salga maquillado! Todos hemos estado ahí, es decir frente a alguien a quien no nos convenía mandar a la mismísima materia fecal, mas no lo hicimos pese a que ganas no nos faltaban, y ahí nos confirmamos como –  buenos o malos – mentirosos. Seamos sinceros con el hecho de que somos mentirosos. Mentimos desde que amanece hasta que nos morimos, ya sea a nosotros mismos, o a otros; nadie se libra de la mentira. Y, claro, hay quienes lo niegan y reniegan de esto, se hacen llamar honestos o sinceros, convencen a todos de la mentira de que ellos todo lo dicen, todo lo expresan y nunca se guardan nada sobre nada, ni nadie. Pero hay otros que han convertido a la hipocresía en una parte de ellos mismos como un ritual más, que mantiene todas sus relaciones funcionando a la perfección, o al menos sin el peligro de caer mal o de que los lastimen. Ninguna hipocresía está exenta de una paranoia a la que los hipócritas llaman cautela, ni tampoco de cierta vergonzosa sed de sangre – que se antoja de matar a diestro y siniestro, pero se conforma con apuñalar por debajo – o de esa mala costumbre de eufemizar las cosas en un intento más bien patético de suavizar una estocada.

Claro. La paranoia, mascarar con represión a la salvajía y la capacidad de hablar en eufemismos son vitales para que un hipócrita tenga éxito al engatusar a alguien, puesto que son sus instrumentos más preciados a la hora de convencernos que, de alguna manera, nos quieren. Pues ese es el juego del hipócrita: lograr ser bien visto hasta por quienes él ve como nefandos, todo por darse más espacio para evitar batallas mientras él planea como ganar la guerra. Aunque no siempre sea una batalla lo que libra para hundir a un incauto, el hipócrita siempre tiene en cuenta estas cosas por si algún rato le resulta útil ver caer al otro. “Mejor tú que yo” es algo que todos pensamos cada día ante diferentes estímulos, pero hay que ser hipócrita para realmente llevarlo a diferentes niveles de planificación o satisfacción ante ciertas estruendosas caídas mientras simulamos un amor desmedido profesado hacia quien serruchamos ¡Qué placer más sublime ver al pendejo de al lado tropezar en la piedra en la que yo no he tropezado! ¿No me hace eso mejor que él? ¿No me convierte en el indudable vencedor de una lucha, nunca declarada, que tengo con los demás y los demás tienen conmigo? ¿No ha pasado nunca nada parecido por su cabeza?

Seguro que leer esto resulta chocante. Es como un insulto, una provocación de alguien que se atreve a decirme que soy una mala persona, sin conocerme, a través de un pinche artículo que quien sea puede estar leyendo, y quizá ellos sí sean esa clase de hipócritas malditos, pero yo soy un pancito del Señor. Si bien generalizo, sí hablo desde una verdad: nadie está completamente limpio. Quizá usted no se considere un hipócrita, y quizá no lo sea pero ello no significa que usted no sea otra cosa, mejor o peor. O tal vez si es un hipócrita, y tanto que ni siquiera puede ser sincero con usted mismo. Después de todo, en la sociedad de hoy en día, a la hipocresía se la ha casado con el decoro, y ambos parieron a la cortesía ¿qué mejor manera de justificar la mentira?

No nos confundamos. Hipócritas somos todos pero, ciertamente, hay quienes exageran el papel al punto de tratarnos de “querido”, “amigo”, “compañero”, “hermano” o tantas palabras que denoten una cercanía tan fuerte, resguardada por unos lazos inquebrantables en apariencia pero para los cuales conservamos el secreto de cómo hacerlos añicos cuando sea necesario. Incluso sin ese nivel paranoico de conspiración, piensen en cada ocasión que se encontraron con el amigo de su amigo a quien ustedes detestan. No se lo recibe con la misma alegría con que uno saluda a sus amigos, sino que se le da un trato más frío y cordial donde hiede a obviedad la poca simpatía que se le profesa al saludado pero aun así es difícil evidenciarla por todas las burocracias sociales. Y, claro, esto es decoro, esto es cortesía y amabilidad pero ¿en qué momento dejamos que exagerar esto, nos convierta en otra cosa?

Y tampoco nos engañemos. Nadie deja de lado las hipocresías por mucho que las odie, aun peor si le gustan. Las hipocresías mantienen ciertos balances en nuestros equilibrios, y nos salvan de enemistades innecesarias. Si bien es molesto encontrarse con uno de esos hipócritas obvios que sonríen en todo momento y lugar, también es molesto encontrarse con uno de esos sinceros a muerte que dicen lo que sea sin medir consecuencias. Lo cierto es que cada quién elige como vivir sus mentiras y que mentiras creer. Nunca pararemos de mentir, pero si podemos bajar el tono a la hipocresía. Y ese es mi consejo: tratar de evitar a los hipócritas obvios, para no terminar como Cayo Julio Cesar.

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