Archivos para agosto, 2013

No imagino a nadie más merecedor de una buena golpiza que el mequetrefe de mi ex. Mira que dejarme tras cuatro años fue una mala movida y no pensaba pasarla por alto. Él ya no me importa, es cosa de orgullo y cuando eres una mujer siendo abandonada por un cretino hay que hacer algo al respecto. Y no por las miles de mujeres abandonadas y abusadas por sus parejas, me valen gorro esas pobres estúpidas que se dejan pisar por imbéciles. En mi opinión si te abusan es porque te lo mereces. Porque no sabes defenderte y defenderse lo es todo en este mundo de mierda.

¿Qué me dijo ese nabo del Barbas el otro día? ¡Ah sí! Que sueno a amargada y resentida con este mi ex. Pobre nabo. No niego que quizá sí, pero un poquito nada más por la sorpresa. Se suponía que si alguien tiraba al caño esa relación sería yo y no él. Supongo que esto es algo común entre nosotras, no nos gusta ser abandonadas. Al menos a las que nos respetamos a nosotras mismas. Pero ya ni resentida podría estar con mi pinche ex. No después de lo que le pasó.

Pero con todo, nunca pensé que no sería yo quien dejase al gusano ese en el hospital. Pinche psicoloco asqueroso, de seguro me creía su amante segura, la que estaba esperando a que deje a su esposa e hijos para irse con ella a un país de ensueño y felicidad donde yo se la mamaría todos los días y me tragaría sus juguitos y pediría más. El men era bueno tirando, y me encantaba tirar con él. Conozco a dos de sus hijos, que son un tanto mayores que yo, y son también sexys, pero esos sí que son raros. Él era más divertido, agradable, lo conocí como mi terapeuta y me atrajo terriblemente. Tanto que no esperé ni cinco sesiones para saltarle. Y obvio que cedió, si de algo estoy segura es de que estoy buena. Yo pensaba que no iban a ser más de tres veces como máximo, antes de que se acobardara y recordara que tiene una vida a la que debe cuidar. Pero era buen sexo con el cabrón ese, nos encerrábamos en su consultorio y lo hacíamos, nos registrábamos en un telo y no salíamos por horas, viajábamos a un lugar cercano y nos la pasábamos tirando. Cuatro años de entregarle mi cuerpo al cretino, de soportarle otras amantes, de acceder a tríos con ellas, incluso de haber llegado a abortar por él. Obvio que lloré un poquito, pero de rabia porque ese cabrón ni siquiera se dignó a hacerlo cara a cara, me llamó por celular y me dijo que ya no lo buscase, que se había acabado y que adiós para siempre. Por celular. Como el puto cobarde que es. Quería matarlo, molerlo a golpes, escupirle en la cara y torturarlo, pero nada tan fuerte cómo lo que le hicieron en verdad.

Me daba rabia, sí. Pero dejarlo así tan maltrecho no es algo que yo haría. Por Dios, le cortaron el pito, le sacaron un ojo, lo encontraron en un basurero una semana después de que me dejó, sin uñas, con la espalda sin piel, los brazos rotos, completamente rapado y desnudo. Lo encontraron llorando con su único ojo abierto de terror. Lo internaron y lo cuidaron por dos semanas antes de que el tipo pudiese volver a hablar, aunque en la tele no decían mucho. Especulaban sobre pandillas aterrorizando las calles de nuestra ciudad, pero no deseaban dar mucha información al respecto. En la tele también la podías ver a la cornudita de su esposa llorando a moco suelto, indignada por la atrocidad que le habían hecho a su esposo. Que de seguro lo dijo porque mister psicoloco estaba bueno. Era de esos que se parecen a Johnny Depp, que se cuidaban el físico a como dé lugar, incluso en su actitud era sensual. Y me pregunté “¿Qué tan deforme estará ahora?”. Así que me propuse averiguarlo.

No fue nada difícil entrar a su hospital disfrazada de enfermera. Me quité los piercings, maquillé los tatuajes de mi cuello y mis brazos y me peiné engañosamente para cubrir la rapada con el pelo largo. A los guardias no les importó no haberme visto nunca, se quedaron lelos viendo mi atuendito sexy y se les debe de haber despertado quien sabe que fetiche por la falda cortita o el escote que exhibía mis poderosas, pero me sonrieron como babosos y me dejaron pasar, incluso me dijeron donde estaba el cuarto del psicoloco. Y subí hasta ahí, saludando a todos los doctores con una sonrisa y un tono respetuoso, solo para verlos babearse y tropezarse por saludarme, e ignorando a las otras enfermeras, no sea de que me descubriesen y me pusiesen de patitas en la calle. Típico de las envidiosas, botarme porque el jueguito sexual no les sale bien. Fija que de esos jueguitos hay miles en los hospitales, he estado con doctores y son de las personas más despreciables e hipócritas que conozco. Me entré a la sala de enfermeras del piso donde estaba el psicoloco, me informé acerca su número de cama en la unidad de cuidados intensivos, me saqué su historia y me fui con paso seguro a ese cuarto.

Admito que no estaba lista. Cuando entré solo vi el blanco grisáceo de la habitación siendo iluminado por un paupérrimo sol que apenas calentaba el ambiente. Al medio de todo, y rodeado de maquinitas, estaba él. Con un ojo vendado, con los brazos enyesados y suspendidos en el aire, casi colgando de un arnés que prevenía que su espalda tocase la cama. Dormía. Y yo solo me quedé viendo todo eso, ya no sé si con decoro o con horror. Me gustaría estar de nuevo ahí y verme la cara que puse. Que quizá fue inexpresiva hasta que me dieron ganas de vomitar, cosa que hice sobre él, porque el rencor es así de fraudulento. Esto lo despertó. Obvio. Y me asusté de verlo abrir su ojito a no dar más, de ver lágrimas salir de él como cascada, y de cómo movía sus labios en silencio, ahí noté que su dentadura de superestrella estaba rota e incompleta y me dio tanta lástima que chillé como niña. “¿Eres tú, psicoloco?” le pregunté en voz baja y él movió sus labios más frenéticamente, movió sus piernas como si estuviese corriendo y le empezó a sangrar la ingle a través de las vendas. Yo me quedé quieta hasta que su voz dejó de ser muda y entendí que decía “karma cobrado”. No pude más. Salí corriendo de la sala y del hospital, tropezándome, llorando y hasta perdiendo un zapato. Que linda puta Cenicienta.

Solo imagínense a una nena lindísima y candente disfrazada de enfermera sexy, tirada en el pasto de un parque cercano a un hospital, llorando y moqueando, de seguro con aliento a vómito y sin un zapato. No podía moverme, no quería ni pensar. Dicen que hay rencores que no conocen límites y desean siempre más castigo para el odiado. Pero no así, no de esta manera. El psicoloco no se merecía tanto. Y supongo que eso decía yo cuando el Barbas me encontró de pura casualidad, supongo que me reconoció y no se hizo al loco, me agarró y me trajo a este cuarto cinco estrellas donde me dejó ser por horas, se quedó sentado así todo sombrío y amenazante en un rincón y nunca dijo nada mientras yo chillaba a todo pulmón y me asustaba e intentaba recuperar el orgullo de no permitir que nadie me viese llorar. Que rabia, que rabia.

CAPÍTULO ANTERIOR