Archivos para septiembre, 2013

– Para Liliana Sánchez.

Armando Pereira jamás olvidaría aquella tarde de mayo en villa Chicani, la misma en la que se celebró el entierro de doña Dolores Villena de Pereira. Quizá no la olvidaría por la sorpresa de una muerte anunciada años atrás, tal vez estaba tan grabada por sus escasos quince años, o quizá no lo haría por la pompa y boato, las ostentosas parafernalias con que el pueblo de Chicani recibió a su hija predilecta. En su mente, Armando no podía asociar el gris velorio que había presenciado en la ciudad con las exequias pueblerinas. A lo mejor tan solo estaba triste, o tal vez hacía rato que lo había consumido una amargura profunda que ninguna miel pudo arreglar.

Su madre había enfermado hacia sabía Dios cuanto. Después de tantas batallas contra ese agresivo y empedernido cáncer, ni él ni ella llevaban cuentas del tiempo o el puntaje. Para ese entonces solo su padre, Mateo, mantenía un riguroso control de cada punto a favor y en contra de, la tres veces maldita, enfermedad. Aun cuando por cada tres puntos que entre médicos, tratamientos y otros conjuros se lograba adjudicar, el cáncer se conseguía siete más. Pero nada desanimaba a don Mateo que no lograba concebir una vida sin su mujer, a solas con un hijo adolescente al que no entendía pese a quererlo muchísimo, sin el criterio de su esposa quien era la culpable de todo su éxito en sus empresas y negocios, pero sobre todo por quedarse sin la única persona que había elegido aguantarlo por el resto de sus días. Su mejor amiga se le iba de las manos, y no pensaba que podría encontrar a una amiga mejor.

Armando lo sobrellevaba de otra manera. En su mente, su madre no moriría hasta después de que él tuviese sus hijos propios y la hubiese visto envejecer como a su abuelita, como dándose tiempo para procesar semejante ausencia y despedirla ancianita, ya cansada de la vida y de la vejez. Cuando, hacía tres años, le diagnosticaron a su madre con ese mal, lo único que Armando eligió no procesar fue ese “terminal” que el médico insistía en repetir y ante el cual los ojos de su padre se colmaban de lágrimas que lograba aguantar y disimular muy bien, por mucho que el quiebre en su voz fuera más evidente que el mismo llanto. En momentos como aquel, el muchacho odiaba a su padre por pesimista, por ser el pájaro de malagüero que se dedicaba a chillar cuando había que mantener una actitud más fuerte, una que no se derrumbase ante el primer comentario de un chiflado de blanco que probablemente había hecho mal su trabajo.

Eso siempre sorprendía a don Mateo, el cómo su hijo se las arreglaba para actuar con su madre como si nada la afligiese, como si la sombra de la Muerte no estuviese tan presente en aquel hogar. Don Mateo tenía que escaparse a llorar al baño, al jardín, al bar, pues solo ahí podía lanzarse a sollozar para terminar gritando el nombre de su mujer mientras sus lágrimas se mezclaban con su bebida. Pero no su hijo. Él parecía ser inmune a todo aquel dolor y sonreía como siempre, salía los viernes sagradamente pero ni de chiste se movía del lado de su madre el resto de la semana. Mateo podía notar que Dolores apreciaba mucho los gestos de su hijo, especialmente cuando, al segundo año, la quimioterapia la privó de su cabellera castaña y sus días los pasaba entre vómito y dolor inaguantable. “Dolor para Dolores” le decía Armando a su madre, quien siempre sonreía ante la ironía y apretaba más fuerte la mano de su hijo. En aquellos momentos era Armando quien soportaba el peso de la tragedia, ya que don Mateo no lograba contener el torrente lacrimoso y se largaba a chupar sin pena alguna, o con tantas que no le veía mejor salida a la realidad que evadirla de cualquier manera posible.

Dolores era oriunda de aquel pueblo gris y frío llamado Chicani. Un pedazo de tierra y pasto no más grande que dos barrios de la ciudad, y donde vivían poco más de mil personas que se conocían todas entre sí, pues estaban emparentadas de alguna manera. Y aun cuando no lo estaban, elegían llamar primo al prójimo antes que tener que adoptar aquella distancia protocolar que a los citadinos tanto les gustaba. Olvidado por la tecnología, el pueblo podía disfrutar de la radio como si fuese novedosa, de la televisión como si la animase no otra cosa que magia, e incluso sentarse a reírse de ese famoso internet que obsesionaba a tantos. No porque no conociesen estas cosas, sino por un olvido voluntario que el pueblo experimentaba. La mayoría de los jóvenes se marchaban a los dieciocho a conocer el mundo y sus locuras, pero todos volvían para cuando se sentían viejos y cansados, listos para dedicarse a ser abuelos de quien sea, mientras se reencontraban con los espacios de la niñez, ya como viejos agrios, buscando, y logrando, recuperar un poco de aquella fe ciega y felicidad fácil de cuando eran infantes. De paso, en ese aparentemente interminable tiempo de los pueblos, se enteraban de que habían hecho los demás en sus vidas alrededor del mundo y se acompañaban hasta que llegaba el momento de sus muertes que el pueblo siempre honraba como mejor podía.

Tal habría sido el destino de Dolores Villena si la enfermedad no se la hubiese llevado a sus treinta y nueve, en lugar de que la ancianidad la matase a sus ciento veintisiete años después de haber sobrevivido a su marido. Cuando ocurrió, Armando se encontraba a su lado dormitando y don Mateo estaba sentado en su puerta de calle temeroso de entrar. Luego, de viejo, Mateo diría que una premonición lo había dejado una hora parado con la llave en mano, cuando en realidad era la misma amargura que había alimentado por tres años lo que lo tuvo tres horas mirando su puerta sin que pudiese siquiera sacar las llaves. Al despuntar el alba un susurro despertaría a Armando, quien alcanzaría a murmurar un atropellado “te quiero” antes de que el brillo abandonase los ojos de su madre. Su padre lo hallaría abrazando el cadáver sin vida mientras se mordía los labios para no llorar. Por su parte el hijo nunca olvidaría el sollozo silencioso de su padre y la seguidilla de “hasta luegos” que profirió tan suavemente, que solo porque el mundo callaba pudo Armando escuchar. Luego de tres años de victorias pírricas terminaba una guerra que nunca tuvieron la chance de ganar.

Tras ello, don Mateo se derrumbó en la cama junto a su esposa muerta mientras que Armando se bañaba, desayunaba, iba a la escuela y retornaba a casa. Cuando don Mateo escuchó el portazo que anunciaba la llegada de su hijo, pudo sentir que el muchacho estaba dolido, pero supo que lo mejor era no decir nada. El muchacho entonces se dedicó a realizar llamadas para arreglar todos los asuntos legales del entierro, del velorio, del testamento, llamó a todos los periódicos que pudo y les dictó un obituario ideado por él, contrató un cathering para el velorio e hizo los arreglos necesarios para el traslado de los restos de su madre a Chicani, cuando el abogado le comunicó que eso estaba estipulado en el testamento. Don Armando vio como su hijo se hacía cargo desde las cómodas faldas de una simpática enfermera regordeta, contratada por su hijo, quien le suministraba tranquilizantes cada cierto tiempo y que se sentía admirada, además de algo intimidada, de ese quinceañero tan frío que llamaba a los familiares de todas partes y les comunicaba la mala nueva con una serenidad casi cruel. Solo Mateo podía notar cuan cortante era su hijo en realidad, y no pudo especificar desde las brumas de los calmantes, y un poco de marihuana de contrabando que le daba la enfermera, si a su hijo le molestaba más tener que hacerse cargo de aquello que había negado durante años, o tener que hablar con todos aquellos familiares que nunca se acordaban de su madre, y que a duras penas la habían visitado ni bien salió el diagnóstico o cuando ya se encontraba postrada en cama, toda derrotada y adolorida. Afligida y luego derrotada, así la recordarían esos parientes hipócritas que se llevarían esa imagen a sus tumbas sin, quizá, recordar a Dolores la bromista, la fuerte y apasionada de sus creencias. Muchos sin haberse dado la molestia de intentar conocerla. Y tal vez por eso fue que Armando se esforzó para que el velorio de su madre fuese una fiesta de nostalgias en donde familiares y amigos de la difunta se dedicasen a recordarla en todo su esplendor, pero lo único que obtuvo fue un enorme cuarto lleno de desconocidos que guardaban un silencio forzado, que se acercaban a su drogado padre a expresar su más sentido pésame y luego se marchaban a cuchichear de todo menos de su madre. Amén de un par de tías, paternas, que lo miraron reprobatoriamente y le indicaron que tenía que respetar el luto. Armando siempre recordaría la amargura con que se mordió el labio tras escuchar eso y ver a su padre con un porro en mano y los ojos rojos llenos de lágrimas.

Así viajaron en el carro fúnebre. Él conteniendo las lágrimas, don Mateo fumándose un porro delante del atónito chofer a quien le preocupaba hornearse. Atrás estaba el ataúd, que era largo y de color negro, sin cruces que lo adornaran, ni nada dorado que lo afeara. El velorio había terminado tan sutilmente como había empezado. Para cuando las doce horas de viaje concluyeron, muchos – mas no todos – ya olvidaban a Dolores y su repentina muerte. El chofer no sabía qué hacer con aquel par tan extraño al cual tenía que llevar a un pueblo del que nunca había escuchado, quizá porque en realidad no tenía que hacer nada más que manejar, pero de alguna forma empezaba a sentir una pena profunda por aquellos dos que no abrieron la boca ni una sola vez durante todo el viaje, y cuyos dolores eran demasiado obvios como para pasarlos por alto, aun cuando fuesen lo suficientemente sutiles y misteriosos como para que alguien ingenuo comenzase a amarlos.

Aquel entierro sería un evento que ni el mismo chofer pudo jamás olvidar, y que en el pueblo se recordaría durante más tiempo del que Armando se habría animado a anhelar. Ni él, ni su padre conocían Chicani, o a la totalidad de la familia de Dolores, pero alguna que otra vez ella hablaba del pueblo y daba por sentado que, llegado el momento, su esposo la seguiría mansamente a ese retiro alejado de las prisas citadinas y el ahogo del estrés. También recordaban fotos de alguno que otro miembro de aquella parentela lejana que prefería el frío intenso de una tierra de nadie, a los colores y sonidos tan variados que ofrecía la ciudad. Y fue exactamente por eso que no se esperaban los pétalos púrpuras esparcidos a lo largo de la entrada al pueblo, brillando contra el gris del empedrado y dándole una tonalidad diferente a la tarde nublada.

Armando no podía dar crédito a lo que sus ojos le decían. Aun de anciano, escucharía el relato de esos pétalos siendo pisoteados por humildes zapatos, todo brillosos y con olor a gasolina, que se apresuraban hacia las complicadas zapatillas que utilizaba su yo quinceañero. Y ni repitiéndose el relato de sus ojos podía creer, completamente, en las calles todas recubiertas con pétalos púrpuras y amarillos, negros y verdes, o las paredes adornadas por pequeñas fotos de una niña llamada Dolores, una adolescente llamada Dolores, una adulta llamada Dolores que sonreían desde los marcos colgados en las paredes de piedra, ladrillo y adobe, cubriendo las mal pintadas fachadas de las humildes casas. En las ventanas y en los coloniales balcones, Armando notó a señoras y ancianas llorando con estoicismo, mordiéndose el labio pero entregándose al llanto, aunque sea quedamente. De pronto, reparó en quienes lo rodeaban y se quedó congelado sin respuestas ante el torrente de hombres y mujeres que hablaban sin parar a él o a su padre, comentando sobre su madre, recordando a su madre, cantando despedidas y besando el féretro con devoción, o solamente un cariño muy real.

Los últimos días de Dolores fueron de pura agonía. Armando presenció cómo su madre tosía parte de sus órganos y profería sonidos que debían de ser quejidos de un dolor del que ya ni quejarse podía. Su padre también había sido testigo de eso, y reaccionaba jurándole a su esposa que la curaría, que Dios la ayudaría y que con todos los tratamientos mejoraría. Lo que don Mateo nunca quiso ver fueron los ojos de su mujer, que siempre buscaban a su hijo para pedirle la muerte de una buena vez, y aquella memoria jamás se iría de Armando quien, una vez muerta su madre, se encargó de cubrir todos sus orificios, tal como leyó en internet, y a vestirla y dejarla de lo más guapa para la última misa a la que jamás iría.

Mateo notó que el pueblo entero salió a las estrechas calles para lanzar un adiós. En medio de los efectos de la marihuana, sus sentidos pudieron captar otros detalles del homenaje a su esposa. No eran solo las malas colonias, los shampús baratos y olor a lluvia tan propio del pueblo. Era también como su nariz se engulaba con placenteros aromas a chicharrones, parrilladas, cerveza, ajíes, vino, el incomodo olor de la chicha y la nada ignorable picazón que las especias utilizadas en cada cocina del pueblo dejaban al entrar. Un apetito voraz nació en Mateo, quien no imaginaba que una fiesta tan grande,  con tantas risas y alegría, fuese el modo correcto de despedir a algo tan terrible como la muerte. Pero era difícil no contagiarse del humor en general, tanto del de los dolientes que se atropellaban por llegar al ataúd, como el de los que lo lograban y se marchaban a continuar la fiesta con lágrimas en los ojos.

A lado de Armando se presentaron varias primas, de pintas distintas, que actuaban de plañideras y le recitaban al primo citadino nombres y nombres, todos parecidos y hasta repetidos, pero aun así imposibles de recordar. Armando siempre evocaría el espectáculo que aquellas plañideras dejarían en su memoria, con esos llantos discretos que no rompían con lo que se imaginaba como dolor sentido y respetuoso, pero que no se percibían trágicos en el ambiente festivo con que era recibida Dolores. Ya de viejo, derrotado por su vida, Armando marcharía por los recovecos de Chicani cerrando los ojos para volver a escuchar los comentarios de cada habitante a propósito de su madre. Con la misma nitidez con que podía escuchar un disco, así retornaban los fragmentos de historias sobre Dolores, los lamentos sinceros, o no tanto, los brindis en su honor y los cantos de sus canciones favoritas. Hasta el día de su muerte, Armando derramaría lágrimas en cada que escuchaba sweet home alabama, casi lo que sea de Cat Stevens, o alguna de las canciones que sonaban a todo volumen en diferentes radios a lo largo del pequeño pueblo, y que hacían un tributo musical que ni él mismo había imaginado el día anterior mientras, furioso, observaba aquel gris funeral citadino. Desde entonces Armando y Mateo agradecerían profundamente al pueblo de Chicani, por haberle dado un homenaje apropiado a alguien como Dolores.

Cuando el pueblo entero hubo saludado a los recién llegados, iniciaron la marcha fúnebre. A Mateo lo sorprendería el modo en que Chicani había organizado comparsas que desfilaran bailando tras el ataúd. En medio de la bruma de las drogas, vería bailes típicos, pero también modernos siendo realizados con vigor y casi con furia, como sudando dolores y frustraciones, olvidándose de las desgracias recientes, pasadas y futuras. No fue hasta que notó que el mismo se había unido a una de las comparsas y bailaba y bebía y reía, no fue hasta entonces que se permitió admitir la derrota y se abandonó a sí mismo. Se dejó a un lado, y le dio el control total al olvido. Durante el funeral de Dolores Villena, Mateo Pereira olvidaría que alguna vez tuvo esposa, que su hijo lo miraba desde muy cerca, que él mismo sufría, y que sufriría por el resto de sus días, privado del privilegio que otros tenían de olvidarse de la difunta. Mandarla al olvido y seguir con la vida, eso no era posible para don Mateo, quien sabía bien que pese a todo, en algún momento, lo superaría, y la sonrisa retornaría a su mirada. Pero olvidar, nunca.

El chofer observó a don Mateo lanzarse a ese desenfreno y veló por él. Lo cuidó en cada paso y tropiezo, le limpió los vómitos y los excrementos incontrolables de su inconsciencia analgésica. Durante sus últimos días, cuando ya era un hombre importante en Chicani, el chofer, seguiría velando por aquel anciano triste que paseaba medio ciego, que la pasaba encerrado en la casita de la niña Dolores, leyendo y escribiendo historias locas, coqueteando con su irremediable soledad y saliendo solamente para recibir a su hijo, siempre que lo visitaba. Don Mateo moriría bailando como aquel día del funeral de su esposa, pese a que la vejez le pesaba y que desde aquella ocasión que no bailaba. Moriría con lágrimas por una memoria que no admitía más olvido que el de la muerte.

Por su parte, Armando Pereira mantuvo la compostura al ver que su padre la perdía. Demasiado hipnotizado por las nostalgias, los colores, las palabras, los sonidos, no tuvo tiempo de tener rabia por verse obligado a ser el fuerte, el frío, por forzarse a no derramar lágrimas, por aun no creer que su madre se había ido para siempre y que toda esa fiesta solo era un preámbulo al olvido.

Armando seguía al ataúd en silencio. Caminando lento en el gris atardecer, escuchando a la multitud entera bailar detrás de él, observando las mínimas gotas de lluvia que caían y oscurecían el empedrado. El viento agitaba los pétalos y mecía por el aire las fotos de Dolores, los olores de comidas y tragos se mezclaban con la sensación de las lágrimas de las primas cayéndole en el rostro junto al frío soplido del viento. Y marchaba recordando los abrazos de su madre, la forma en que le mentía para que él no se sintiese mal por nada, la recordó amaneciéndose escribiendo en la computadora para darle todos sus gustos cuando el dinero no alcanzaba. Y mientras más recordaba, más memorias se apoderaban de sus recuerdos y lo abrumaban con los pequeños detalles con que su madre le demostraba su amor. Pero así como cierto tipo de felicidad le dibujaba sonrisas, un vacio en forma de abandono le carcomía las entrañas, apretaba más sus dientes contra los labios y pintaba de color sangre su lengua. Armando, entonces, respiraba agitado, ignorando a la multitud tras suyo, manteniendo una cara imperceptible congojada mientras Chicani entero lanzaba gritos y llantos, en diferentes grados de sinceridad, que ya se transformaban en un amable olvido de Dolores la viva, suplantándola por Dolores la muerta.

El pueblo entero siempre recordaría, además de los festejos tan impresionantes en los que por el aire se movían fotos y pétalos, en los que miles de colores de disfraces de baile coloreaban el gris del pueblo, en que los aromas de varios banquetes traían regocijo, en que el dolor y la pena era palpables pero no ahogantes, en que la tierra temblaba ante el vigor de las danzas y el volumen de la música; además de todo eso, el pueblo recordaría a Dolores con el cariño que ella misma no pudo encontrar en su hermana que no la quería, en su hermano siempre distante, en su otro hermano demasiado mimado y en los citadinos ambiciosos que alguna vez buscaron derrumbarla. Pero el pueblo tampoco olvidaría aquella escena en la que Armando Pereira rompió a llorar con fuerza, con furia, con espíritu y miseria, justo en el momento en que tapaban la tumba de Dolores Villena y la visión del féretro se perdía para siempre en lo que, más tarde, nombraría como las puertas del olvido. Y solo entonces el muchacho lloraría todo lo no llorado por tres años de penas, sin detenerse a pensar, ni a mentirse. Aceptando aquellas lágrimas por la muerte del ser al que más amaba, seguro de que podía ser que el mundo entero se olvidase de su madre, pero que ni aun muerto podría él olvidarla.

 

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Pon una pelirroja en tu vida: Emma Stone

Publicado: septiembre 9, 2013 en Inefable

Siempre voy poniendo fotos de Emma con la frase “I’m Stoned”. Bueno, parece que no soy el único.