Almendras

Publicado: octubre 9, 2013 en Zopilotadas
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–          Para la Fuerza Inenarrable

Marrón almendra

En materia de placeres, colores y sabores existen demasiadas opiniones y variables como para que todos manejemos un mismo estándar. Si se dice que en estos temas no hay nada escrito, es nomás para evitarnos la complicación de la discusión que el tema trae. Por eso no existe un estándar absoluto, porque nadie quiere meterse a esa guerra encarnizada que pone en juego el estatus bueno de su gusto ¿o quién disfrutaría como poseedor de la famita de tener un mal gusto?

Más allá de eso, lo que, casi siempre, fallamos en notar es como nuestros gustos son tan cambiantes, como es apático el asombro. Una vez que uno ha comido su plato favorito por enésima vez, se encuentra repitiéndose lo sabroso y glorioso que es, en voz alta, como necesitado de pregonarlo, pero sin sentir algo especial. Nada nuevo ha pasado. El sabor, no es que lo haya sorprendido, simplemente uno recuerda que siempre clamó a eso que se ha comido como su comida favorita. Y el protocolo, o la costumbre, dictan que uno lo disfrute.

El asombro se aburre fácil. Prueba de todo, y lanza opiniones intensas, extremas y axiomáticas si es que se excita. Pero pronto se olvida de lo que ha probado y se dedica a esperar la siguiente sorpresa. Que no siempre llega de inmediato, pero siempre está a la vista en el horizonte por mucho que uno no le vea ni la silueta. El asombro es ese curioso malnacido que nada le importa más que la novedad, solo la novedad y nada más que la novedad. Pues la vive de la única forma en que sabe vivir: con intensidad.

Pero lo que el asombro no sabe, o no mide, es que la intensidad nunca se va sin dejar huella. O, mejor dicho, cicatrices. Pues mientras más se tiene, menos se siente. Con el tiempo solo amarga, y eso obliga a la intensidad a contenerse más. No menguar, pero sí que estar contenida de modo que sea cada vez más difícil despertarla. tumblr_mfvmjpspnp1qz6f9yo1_500Entonces sucede que lo más fácil es amargarse, o ya no deslumbrarse. Que a la larga viene a ser lo mismo, pues si ya no te deslumbras, si no tienes cuidado con eso, la falta de lumbre te amarga, y te encierra en esa lógica adictiva de las drogas, pues la intensidad es como una droga. Mientras más las usas, más te jodes la cabeza.

¿Qué ocurre cuando la intensidad se pasa de la raya, e invade otros lugares que no le incumben? ¿Cuánto daño hace una sobredosis de intensidad? ¿Con qué métodos destruye todo aquello que no debería ser intenso? Preguntas importantes que al asombro lo traen sin cuidado, pues es solo a través del toque de la intensidad que encuentra excusas para no suicidarse. Hambriento de novedad, el asombro suele olvidar que ciertos placeres están exentos de aquello que la intensidad necesita para existir.

Pero hasta el asombro se sorprende, de vez en cuando, con lo viejo. Prueba una variación de un sabor antiguo y se siente complacido ante el nuevo enfoque. Igual se olvida al rato, pero por unos instantes se da cuenta que es un amargado. Que a medida que el tiempo pasa, las cosas que le parecían brillosas han perdido su lumbre. Y cada vez le es más difícil encontrar algo que ilumine con el mismo fulgor de antaño. Cuando uno come por enésima vez una fruta, ya no hay sensaciones nuevas. No hay misterio que valga, solo una cómoda espera. Un sabor antelado, masticado y demasiado conocido. Y si bien se lo disfruta mucho, el asombro lo empuja a uno a preguntarse ¿dónde está ese vértigo? ¿Por qué ya nada me gusta con la misma intensidad que solía sentir?

(El tiempo no solo nos vuelve sabios. Nos amarga, nos quita la curiosidad, nos enseña a dar por sentadas muchas cosas que antes constituían preguntas irrespondibles, cuya búsqueda de respuestas terminaban en crisis. El tiempo nos hace olvidar no solo lo malo, sino también lo bueno. Aminora la novedad y nos pone en riesgo de ahogarnos en rutina.)

Nunca me gustaron las almendras. De hecho solo las probé una vez, de pequeño, y el sabor me pareció algo mediocre. Como que no había textura, ni progresión, o misterio alguno que las hiciera dignas de mis dentelladas. Total que era lo 1098481suficientemente joven como para desterrarlas al olvido tras tan solo degustarlas una mera vez. Soy de esos que se pone exigente con lo que prueba y ese detalle, con el tiempo, me convirtió en seleccionador riguroso de aquello que glorificaré en mis gustos. Pero después vinieron la rutina, sabores nuevos, numerosos sinsabores y demasiados etcéteras que sin querer, y sin que yo me dé cuenta, me fueron cambiando el panorama. Me afianzaron en la comodidad de lo conocido y me vetaron los misterios de lo ya rechazado. Olvidé que uno cambia tan sutilmente, que se aferra a lo masticado para no derrumbar los axiomas en los que ha construido su vida ¿quién desea ser el autor de la destrucción de sus certezas? Ni siquiera los autodestructivos atentan contra algo tan delicado como las certezas, pues son ellas las que nos mueven a donde sea que vayamos.

La comodidad de masticar lo digerido. Rumiar. Supongo que eso le quitó sorpresa a la vida. Confiarme en que lo rechazado ya no puede ser aceptado, en que lo aceptado es lo único que puede ser tragado. O tal vez fue el esforzarse demasiado en buscar cosas nuevas bajo la luna. Todo cambia, queramos o no todo fluye sin que lo percibamos hasta que algo, o alguien, lo pone en evidencia. Y cuando eso pasa, podemos ir con la corriente o mantenernos firmes en pensar que nada ha fluido. Ambas son opciones válidas.

Y de nuevo las almendras. Hace ya casi dos años que una fuerza inenarrable me cambió los parámetros. Me sumergió en una reevaluación del asombro, de la rutina, de qué importa y qué no. Me alteró los estándares, y yo acepté la metamorfosis. No cambia uno su esencia, solo el cómo la enfoca. En el fondo seguimos siendo los mismos perros de siempre. Sigo siendo el niño que prueba almendras y las rechaza tras un mero mordisco. Pero he aquí que la Fuerza Inenarrable adquiere sus, bien merecidas, mayúsculas, cuando, al dar otro mordisco a las almendras, descubre uno que el asombro ha retornado con todo y empuja a querer devorar esas semillas a montones, enviciado por un sabor nuevo y un ansia incontrolable.

Quizá las almendras sean solo un prolegómeno a otra cosa. Quizá las almendras sean un gusto más fijo. Quizá no valga la pena tanta reflexión en que traerá el sabor de las almendras, y solo importe dejarse abandonar en el placer de saborearlas mientras dure el asombro.

almendra1[1]

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