Frases de Xavier Velasco II

Publicado: noviembre 19, 2013 en Inefable
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Puedo Explicarlo Todo

 

  • ¿Quién sabe si la muerte no es un segundo aire?
  • Si van a despreciarte porque eres lo peor, de una vez que se enteren que no tienes arreglo.
  • Que digan ay, qué cínico, pero nunca qué hipócrita.
  • Soy mi propio gurú en las ciencias ocultas del autoperjuicio.
  • Tú no entiendes lo que es ganarse las cosas, por eso nunca sabrás defenderlas.
  • Algo tiene la falsa sumisión que envanece y engolosina al incauto.
  • Tengo la dignidad de una puta con seis hijos hambreados.
  • Todo enamoramiento nace de una elección fraudulenta
  • Siento que estoy sacando provecho de un festín al que nadie me invitó. Peor aún, al que nadie me invitaría.
  • Ya sabes que la vida es como es y una se las arregla como puede. No es lo que yo quería, es lo que me cayó.
  • El rencor es así, vive con el sarcasmo a flor de labio.
  • Me salen miedos, fobias, rencores, prejuicios, me vuelvo como beata de pueblo. A cambio de eso, la intuición se me afina. No pienso pero huelo. Percibo, siento cosas, y es como si las estuviera viendo.
  • Pienso que te deseo. Fuera de eso, carezco de pensamientos.
  • La civilización consiste en que otros, no sabes quiénes, hagan las salvajadas en tu lugar, de preferencia mientras duermes en ese hogar sonriente y cariñoso donde nunca nadie ha matado a un cerdo.
  • Vivo así, puta mierda, esperando el colapso o la fatalidad, imaginando a veces que uno y otro corren con toda su alma para alcanzar la meta, que soy yo.
  • Una persona adulta espera a que otra persona adulta no se le ocurrirá cometer una niñería, cual si el origen de los miedos más hondos e irracionales no se escondiera en los primeros años.
  • Quedaba un gran consuelo para mi cobardía en saber que nunca hubo nada por hacer. Y aun si lo hubiese habido ¿qué tal si lo hacía mal, que era lo más probable?
  • ¿Quién, que viera a Caín recompensado, no alegaría que Dios es un demonio?
  • Uno sabe que tiene madera de villano cuando descubre en cada límite ajeno un desafío propio.
  • Tengo el perfil ideal del perdedor: decido con trabajos, me arrepiento de cada decisión, me arrepiento de haberme arrepentido.
  • Soy una fuerza contraproducente, y lo peor es sentir este entusiasmo.
  • Y ése era mi problema, como siempre. Pensar más en mi juego que en el del contrario.
  • La soledad nos vuelve bichos estrambóticos.
  • Si le confío estas cosas es para que se vaya dando cuenta de lo difícil que es mi posición. Yo tampoco soy una buscanovios, ni me interesa alcahuetear a nadie. Lo que pasa es que estamos en años difíciles, ya nadie tiene tiempo para nada, y menos para conocerse con extraños. Todos somos extraños, de repente. Lo único que yo hago es tratar de acercar a la gente, pero no a cualquier gente. Cuántas veces creemos, por desinformación, falta de tiempo, falta de observación, que encontramos a una persona que vale. Porque claro, queremos que nos entiendan. Valoramos para ser valorados. Y tanto lo queremos que pasamos por alto cosas muy importantes. Nos gusta la persona, nos mira muy bonito, nos dice cosas lindas. Y tómala, caemos redonditos. ¿Por qué? Porque tenemos esa necesidad. Les ayudamos a que nos digan mentiras, ya estamos de su lado cuando no han hecho ni el menor esfuerzo. No se vale, doctor. Yo misma me he enfrentado a esas situaciones infinidad de veces, y todo porque me faltó la frialdad suficiente para distinguir entre lo que se quiere y lo que se puede. Claro que quiere una el gran romance, la gran propuesta, la pareja perfecta, la familia ideal. Nada de eso nos llega si no tenemos cabeza fría.
  • Cuida uno sus palabras, su apariencia, sus modales, pero nunca sus muecas.
  • No es ella la que veo, es la que quiero ver. No podría decir que me atrae, pero así lo decido y es igual.
  • Sé que haré lo que haré porque soy uno de esos perseverantes que ni en sueños se privan de aprovechar una oportunidad para echarse la vida a perder.
  • Tiene un aura romántica esto de presentarse como el que nunca podrá uno ser.
  • Uno piensa que le teme a la sangre, supone que es del todo incompatible con cualquier fechoría de corte sanguinario, y cualquier día de éstos se descubre a merced del vértigo sensual de la crueldad, donde la sangre es solo uno más de los fluidos cuya derrama hace gozar al cuerpo.
  • Nadie sino uno mismo quisiera convencerse de que en realidad no es una cucaracha.
  • Vuelo libre con alas de mentira y turbinas de fe.
  • Se matrimonia uno con los vicios, se duerme y se despierta junto a ellos, disfruta de sus mimos sin pensar demasiado que es minoría dentro de sí mismo.
  • Las virtudes siempre tan vanidosas y repetitivas.
  • Creo que su más grande diversión era crear confusión para no dejar claro hasta dónde llegaba la broma.
  • Uno sabe que ha contraído un vicio cuando empieza a tratar de justificarlo.
  • Mis miedos son corruptos y oportunistas.
  • Nadie se aferra tanto a la vida como quienes han visto a otro perderla.
  • Las mentiras son como bisturíes, no cualquier huelepedos sabe usarlas sin que le tiemble la mano.
  • El chiste es que la gente desdeña los consejos de las clases sociales inferiores.
  • Todo lo que atormenta con el tiempo consuela.
  • Lo cierto era que estaba eligiendo desprotegerme cuando menos tres veces. Una, por escaparme con una sospechosa de mitomanía que ya me parecía lo bastante atractiva para pasarle cualquier falta por alto.
  • La sensación de escaparme junto a una loca potencial no me dejaba ni ponerme escéptico.
  • Ser romántico a solas y a la distancia, muchas veces a espaldas de la quimera amada, o hasta en venganza contra su desdén. Ser romántico para dar dignidad a la renuncia y color a la ausencia. Ser romántico por humor y cosquilla y capricho y por la conveniencia de lo inconveniente.
  • Tú no lo ves, pero esa zorra irradia mal fario. Le saltan los complejos. Fobias, resentimientos. Se le asoma el rencor de los bastardos.
  • Y es por eso que pierdo en el ajedrez, pienso más en mi juego que en el del enemigo, me importa poco que me coman los peones.
  • Los perdedores se consideran listos, les indigna que los menos dotados lleguen más lejos que ellos. Creen que el talento vale más que la persistencia.
  • ¿Qué es “mejor”, sin embargo, ser menos mentirosa o decir mejores mentiras, o no sé, más frecuentes?
  • Ya lo dicen los clásicos, no obtiene uno lo que merece, sino lo que negocia.
  • A los monstruos los apendejas con un valium, no se diga con antidepresivos. Pero el demonio tiene otro rango.
  • Uno teme a sus monstruos sólo porque escuchó la voz de sus demonios y creyó sin pensarlo que era la suya propia.
  • ¿Sabes cuál es el objetivo de un sarcasmo? Caricaturizar las fallas del otro.
  • Se trata de ofrecerle más, y luego más, y al final más, lo que tú quieres no es tirarte a una puta barata sino hacer cantidad de cochinadas al lado de la furcia más dichosa del mundo.
  • La gente cambia, Carnegie. A menos que la tenga uno contenta, y eso implica jugarle sucio a sus demonios.
  • ¿Cómo voy a explicarle al abogado que en ciertas circunstancias la imprudencia me tranquiliza más que la precaución?
  • Jugar ruleta rusa hasta el quinto intento, qué delicia vivir después de ese clic.
  • Hay días en que pienso que nací viejo.
  • Hay que ahorrar las mentiras, nunca sabes cuándo vas a necesitarlas.
  • Somos impunes frente a los cadáveres, podemos retorcer su jodida memoria de acuerdo a nuestras más mezquinas conveniencias.
  • Nadie nos asegura que hay un infierno, pero nos consta que existe la muerte.
  • Qué te puedo decir, Joaquín. Me gustas por verosímil. Pareces gente bien, nadie diría que eres mariguano y das las nalgas por mujeres conflictivas.
  • Al falso franciscano lo acusan sus eructos.
  • Los muertos también cuentan en el currículum. Te sacuden, te cimbran. Te enseñan más que todos los libros.
  • Puedes joder la vida que te habías propuesto reparar, y cuando lo hagas tendrás dos opciones: desangrarte o seguir chupando la sangre.
  • Nunca sabemos cuál va a ser el capítulo del que se va a colgar quien nos lea, ni tampoco cuáles va a digerir.
  • No crece uno por el empuje natural de su talento como por el combate sostenido contra su estupidez.
  • Nos enseñamos a admirar y reverenciar al que peor se la pasa. Traicionado, azotado, calvado, abandonado por Su Padre. Nos postramos ante un hombre que sangra. Queremos más a nuestra mamá si ha debido sufrir por nosotros. Por lo visto sus buenos momentos no cuentan. Es oficialmente incapaz de sentir un orgasmo.
  • El chiste no es tumbarle los calzones, eso va a suceder por la pura fuerza de la gravedad. Lo que tienes que hacer es tumbarle la aureola.
  • La gente cree lo que le cuentan no por lo que le cuentan sino por la manera en que se lo cuentan.
  • Le gustan sus rencores. Con ellos justifica sus insuficiencias. Los transfiere, además. Y los protege, con la coartada de que quiere olvidarlos.
  • Las disculpas son densas, pesadas, nadie quisiera tener que pedirlas, ni todos están listos para concederlas.
  • Puesto que a un enemigo de verdad no basta con matarlo, hay que ir a cagarse en su tumba diariamente.
  • Si te sonrió, leerás en su expresión la burla, o el desdén, o el desafío, lo mejor que le cuadre a tu resentimiento.
  • Si hay la opción de elegir, un cobarde prefiere morirse de a poquitos.
  • La mujer, Carnegie, de eso se trata el mundo.
  • Rascarse hasta la muerte, que deleite.
  • No sabe mientras rasca dónde acaba el placer y comienza el ardor.
  • Nadie termina nunca de arrepentirse por no haber hecho lo que quiso, pudo y quizás debió hacer, cómo saberlo si no se atrevió.
  • De mi fatal tendencia hacia la verborrea. No me sé controlar, es más fuerte que yo.
  • Nunca vayas y cuentes más mentiras de las que luego puedas controlar.
  • Imponerles un dios, un catecismo, una parroquia. Sepultar una verdad con otra.
  • La evidencia es calumnia.
  • Nunca creas nada específicamente. Creer así nos quita el margen de maniobra. La fe que nos importa es más estática.
  • La gente avorazada no saborea el pastel.
  • Es muy fácil creernos las cosas en el momento que más nos convienen.
  • No sé porqué hay un tipo de mujer que prefiere a los hombres que no saben tratarla.
  • Nunca cometas el error garrafal de usurpar el lugar de un ser de otro sexo. No vas a entender nada, así te pintes y te pongas peluca.
  • El golpe de la muerte es contundente. Un mazazo haz de cuenta. No tanto para el muerto, que ya dejó de estar, como para los vivos, que aunque no lo parezca se han muerto un poquito.
  • Lo Qué Pasó es tan grande que incluye en su interior todo aquello que ya no pasará.
  • Una paciente que odia más allá de la muerte está más fría que una paciente triste.
  • Uno debe alejarse de los diablos a los que no es capaz de seducir. Que a veces, claro, son los más seductores.
  • A la gente le gusta creer en los que ven más lejos, tanto que de repente les basta con que alguno lo proclame.
  • Lo mejor que uno tiene rara vez lo conoce. Hay que sufrir para eso, y en estos tiempos nadie quiere sufrir.
  • Las coartadas no legitiman a nadie, aunque a algunos los libran de pagar consecuencias.
  • Soy uno de esos neuróticos magnéticos a los que les sucede todo aquello que temen.
  • Soy un niño, no entiendo casi nada del futuro porque lo veo lejano como un astro sin luz.
  • Con esa ingenuidad apasionada, incondicional e íntegra que distingue al amor infantil de todos los demás.
  • Amor insobornable, devoto e indefenso. Amor sin cuerpo, ni esperanza, ni plan. Amor a solas siempre, y en silencio. Amor que se alimenta de sí mismo y encuentra coincidencias en la primera historia de amor que se le cruza. Amor desestimado y hasta cómico para cualquier adulto que atine a descubrirlo. Amor tierno que nada entiende de ternura porque se mira grave, cuando no trágico. Amor a todas luces imposible y  no obstante resuelto a respirar. Amor entre rendijas; clandestino, tenaz, escurridizo. Amor que se propone sobrevivir al tiempo y la distancia para cruzar un día, victorioso, el umbral de la mayoría de edad y demostrarse así capaz de cualquier cosa. Amor que da vergüenza y orgullo al propio tiempo. Amor sin restricciones de la imaginación, dueño de alas tan anchas que apenas caben dentro todos los sueños. Amor al otro lado de la barda, extranjero ante todos, minoría aplastante. Amor que se encarama en la cabeza y nos tapa los ojos con la vena tiránica de un redentor metido a lazarillo. Amor que imita todo cuanto cree que pueda parecerse al amor verdadero, pues se teme ilegítimo y se quiere infinito. Amor que nos perturba si buscamos la calma y nos calma si estamos perturbados. Amor sin nombre que de noche nos nombra y de día se esconde tras la sonrisa ingenua de quien cree haber dejado atrás la ingenuidad tan solo porque ya aprendió a fingirla. Amor cobarde que se quiere valiente y está dispuesto a todo menos a revelarse ante quien ama. Amor que llora a solas y en secreto, que antepone el secreto a sus demás apremios y pospone la vida por continuar en secreto. Amor que abre la boca cuando se ha hecho muy tarde y solo queda espacio para la añoranza. Amor que fue añoranza desde la hora misma de su alumbramiento, y hacia allá se dirige irremisiblemente. Amor siempre rendido, caído del cielo al limbo por obra y gracia de una deidad distante que nos lo entrega así, sin manual de instrucciones ni mucho menos póliza de garantía. Amor desobediente. Amor mandón. Amor de nadie más. Amor de mis entrañas. Amor mío.
  • Que todavía me gustan las chicas malas. Conservo la superstición enfermiza de creer que conmigo van a cambiar.
  • El verdadero triunfo de nuestros enemigos consiste en instalarse en nuestro pensamiento.
  • Precisamente porque no se puede, necesito que siga todo así.
  • ¿Cuál sería la palabra que designa a quienes se alimentan de relaciones imposibles?
  • Nunca conoce uno más que a quién se le da la gana de conocer.
  • Nadie se come kilos y kilos de mierda sin eructar rencor y vomitar revancha.
  • Más que de lo que se cuenta, la cizaña suele vivir de lo que calla.
  • El problema de las mujeres imposibles no es que sean imposibles, sino que llegan sin anunciarse.
  • Inclusive el ente más repelente sabe que no poder alcanzar al amor es una condición en extremo propicia para ser alcanzado por él.
  • Nada me inculpa más que mi inocencia.
  • Soporta uno la infancia y sobrevive a ella por la magia de la superstición.
  • ¿Qué es el amor, al fin, si no superstición? De él no sabemos nada y lo creemos todo, y a veces muy temprano averiguamos que en su ausencia se vive a merced del cinismo y la miseria, disimulando a medias la huella del fracaso primordial.
  • Voy cuesta abajo y no quiero parar.
  • Las criaturas, me explicaba entonces, sólo asimilan aquella información que pueden procesar sin desquiciarse.
  • Todo el día nos mienten, los cabrones adultos. Nos crían dentro de una burbuja de mentiras y todavía se atreven a exigirnos que les digamos la verdad.
  • Abusar del extremo cauteriza la herida. La inmuniza, también.
  • A veces uno suelta mentiras automáticas, que luego ya no logra desmantelar.
  • Es una de las leyes universales de la mediocridad. No intento porque no sé; no sé porque no intento.
  • Invitas a la gente a tu infiernito, para que vean lo que se siente. Que huyan despavoridos. Que te dejen reinar en tu silencio.
  • No es muy fácil contar la verdad sin mentiras.
  • Lo que más nos fastidia del enemigo, aquello que luchamos por no ver, y si es posible también suprimir, es algún asqueroso parecido.
  • No se ha inventado aún el odio sin celos, ni hay en el mundo celos libres de competencia.
  • ¿No era cierto que por ley natural el condenado duerme mejor que el sospechoso?
  • Todos los mentirosos nos ponemos en guardia siempre que la verdad se nos asoma.
  • Alejandrina juega a ser insoportablemente atractiva. La miro y se me ocurre que en realidad es atractivamente insoportable.
  • Nunca hay que contar todo, ni casi todo, y ni siquiera un poco, puta mierda. Pero cada uno quema las naves como puede.
  • Bendito sea el silencio, defensor natural de los acomplejados.
  • No existe el autoperjuicio sin automenosprecio.
  • El que se cree muy listo comete cuando menos dos errores. Uno es pensar que todos somos pendejos, el otro darle cuerda a la vanidad.

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