Archivos para diciembre, 2013

Soy el Amante Furtivo. El Muertito Silencioso. Soy la languidez que le sigue al mal sexo, pero también soy la certeza de que algún día revivirá el cadáver del bienamado. Me han confundido con la fe y hasta con la felicidad, pero luego me conocieron mejor y se han arrepentido de haberme dejado respirar. Cuando se acuerdan de mí pocos sonríen, los más saborean a la amargura derrotarlos con ese sabor asqueroso que deja mi presencia que alguna vez se atrevieron a disfrutar. Sudo esperanzas, babeo creencias, la gente se arrima para despreciarme mientras lamen mis sudores y brindan con mis babas. Sé que se tragan mis cuentos y los venden como verdades, porque les acomoda no tener que preguntarse qué de lo que les digo es y no es verdad. Me traicionarían si supieran que soy traicionable y, lo que es peor, para no saberlo se convencen a sí mismos de que algo más nefando que yo no puede existir. Pruebas no les faltan: soy el bully que maltrata a quienes lo quieren y devasta a quienes se atreven a mirarlo chueco.

Mis miedos son bien gordos, mi coraje les da de comer. El fatalismo se me da fácil porque en secreto el optimismo me sale hasta cuando solo se puede llorar. Soy el hijo de la gran puta que parió a los caínes y los iscariotes. El villano disponible al que se le puede echar la culpa de hablar con verdades que suenan mejor cuando son mentiras. Si de algo estoy seguro es que en la condena que me quite la vida, se me acusará de ser honesto o de mentir con la verdad. Mis alegrías son ajenas, mi llanto mustio, mi risa contagiosa, aun si es que es a costilla mía creyendo que es a la de los demás, mis palabras cizañean, moldean y disponen, mis actos son rencorosos, cuando no esperanzados, y esconden en sus manos, sin nunca decidirse por cual repartir, cuchillos romos y rosas venenosas. Mis actos exorcizan, curan y hasta perdonan a la par que me exilan a un silencio que ni siquiera los muertos tienen que acatar. Mis sentimientos y mis ojos me delatan, me venden bien barato cuando me olvido que los tengo que ocultar si no quiero que la Parca se aparezca para divertirse marchitando todo aquello que me ayuda a respirar. Cuando me descuido, entre los dos le ponemos dinamita a todo lo que me importa y lo dejamos estallar.

Si soy el Muertito Silencioso es porque soy de esos cadáveres a los que no les permiten convertirse ni en zombies, ni fantasmas, ni hablar de espíritus. Hasta prohibido me tienen de volverme demonio o, cuando menos, desaparecer sin más burocracia que la de los sentimentalismos míos y de quienes no hayan podido terminar de odiarme. A veces pienso que todo esto es injusto pues a los otros muertos se les permite existir en ecos y susurros, memorias, rencores públicos y bien conocidos. A los demás alguien los declaró muertos y hasta tuvieron la amabilidad de anotar la hora en que fenecieron. Arman, los vivos, fiestas aburridas donde todos se sientan a llorarlos, mientras ellos, los muertos, se pasean en forma de fantasmas, memorias, espíritus, susurros, palabras o pensamientos, lo que sea que los permita continuar arraigados en penas, torturas, alegrías y todo aquello que los asocie a los hechos de los vivos, que les alargue la euforia que en vida tuvieron la oportunidad de experimentar. A mí no me permiten habitar en los recuerdos. A mí me olvidan porque cuando viví fui excesivamente inconveniente.

¿Para qué nace uno si de todas maneras aquello que hace para sobrevivir a duras penas se parece a respirar? El Muertito Silencioso es declarado indeseable desde el momento en que advierten mi presencia. Me callan, y me callo, cuando estoy por hablar. Consciente de mi inconveniencia quisiera morirme, o aunque sea aceptar ese mutismo forzoso al que me tengo que subyugar. Soy incapaz de perdonar por el simple hecho de que yo mismo fui concebido como imperdonable. Y ahí está el problema. De sobra me sé nefando y despreciable pero ni así escarmiento, todavía busco hablar y respirar.

A los otros muertos les da por recordar con nostalgia la vida, pero conmigo eso no funciona pues yo nací muerto viviente. Condenado a desear respirar, mientras ellos vivían vidas alocadas que los convertían en bandidos. Amantes Bandidos que se robaban besos, caricias, promesas, anhelos, deseos y alguna que otra calamidad. Algunos se mantenían, se mantienen, se mantendrán bandidos hasta la muerte, otros se dejan legalizar por alguna estabilidad. Ahí acaba el bandidaje y solo queda esperar la muerte, siempre y cuando nada sucediese que los volviese a ilegalizar.

Mientras tanto yo ando de Amante Furtivo. Escucho todo, lo comprendo además, predigo el futuro y compruebo que la ventaja del silente es que puede ver más. Soy el testigo y el envidioso de los amantes bandidos y sus hazañas. Escucho de ellos en boca de a quienes me quiero mostrar. Esos seres gracias a los que existo y que cuando se enteran de mí no pueden evitar sentirse asustados y ya me quieren asfixiar. Y mientras relatan las hazañas o los planes de los amantes bandidos, yo me ahogo en mi impotencia, en el silencio que se me impone. Entonces me precio de furtivo para poder maquinar estrategias y embustes que me permitan acercarme a imponer mi verdad. Me caga no existir más que en una probabilidad lejana, un secreto a voces, ser un pinche zombie vegetariano que no termina de aceptar su papel de mudo y muerto. Ser furtivo es la única respuesta que encuentro desde el silencio, y hasta me conformo con que sea una respuesta tan flaca, escuálida incluso, que no garantice nada más que toneladas y toneladas de fe. A los amantes bandidos la fe los propulsiona al éxito, a los furtivos nos envenena e impulsa a saltar a los vacíos que no sabemos si podremos circunnavegar.

Se supone que la faceta del Amante Furtivo está ahí para algo lograr. Que de tantas trampas, indirectas y estratagemas algo salga que me permita creer que puedo llegar a más que esta simple bazofia de lanzarse a habitar sentimentalismos solitarios, de desear ser deseado y hasta sobrestimar con la misma libertad con que me subestiman. Lo cierto es que me gustaría dejar de comprender los porqués de cada falla que atormentan al Amante Furtivo, los motivos por los cuales es difícil que sus anhelos sean escuchados, mucho menos validados. Me perjudican pues. Me arruinan el esfuerzo de mentirme para creerme el Amante Silencioso que algún día les arrebatará la damisela a los amantes bandidos. Creerme el Amante Silencioso para no tener que aceptar que los Amantes Furtivos lo son para no tener que vivir un final, que los Muertitos Silenciosos eligen callarse porque les da miedo que la vida los termine de matar.

Y no lo puedo evitar. Nunca seré un amante bandido, aun peor el oficial. No seré ni el muertito ruidoso, jamás podré existir sin pasar por el secreto y la imposibilidad. A las damiselas no les agrada lo que tienen que decir los silencios de los Furtivos y los Silenciosos. A nadie en realidad. Ni siquiera a nosotros mismos nos gusta escucharnos cuando estamos tan conscientes de qué implica la imposibilidad. Pero ni modo, que igual existo. Me conformo con poco, sueño alto, sobrestimo y hasta se me ocurre esperar que de tanta lucha, alguien a quien le hablo se le ocurra escuchar.

I. Prólegomenos a una historia

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Cartas a los Jonquieres me devolvió a la lectura de Cortázar tras cuatro años de llorarlo atrasadamente por morirse y dejarnos así, egoísta como la misma muerte. O egoísta yo, por reprochárselo, no lo sé. Siendo Los Premios lo último que había leído, esos cuatro años se vieron interrumpidos apenas por una breve remembranza de Las Ménades, cuento con el que coqueteaba releer pero que al final quedó en puro coqueteo.

Todo comenzó hace cinco años, debía presentar un trabajo para una materia de la universidad que consistía en analizar la estructura de personalidad de alguien famoso a quien admirásemos, y Julio fue el primero en venir a mi cabeza. Por supuesto que no fue el único, pero sí fue el primero y el último. Entonces me arremangué las flojeras, me sacudí la importancia de otras materias y me dediqué de lleno a leer biografías de Julio, análisis de su literatura, me di la tarea de leer y releer toda obra suya que poseyese, me conseguí documentales y grabaciones, entrevistas y todo aquello que me pudiese acercar a elaborar la biografía. No diré que hice un trabajo digno, pero sí diré que fue algo muy divertido acercarme a uno de mis escritores favoritos, e influencia en mi literatura, de aquella manera, una que a mi yo universitario de entonces le pareció como un trabajo mastodónico y que puso a Cortázar en un lugar más de ídolo que de humano. En vez de humanizar al hombre con esa tendencia a etiquetarlo todo que tiene la psicología, terminé por idolatrizar la vida del escritor como si hubiera una suerte de realismo mágico en ella.

Cartas a los Jonquieres me dio el placer de humanizar a Cortázar de la manera correcta. Como ya indirecteaba, el análisis psicológico arruina de alguna forma, contamina un poquito la magia de la literatura con los embates desalmados del análisis; disfrazados de buenoides los sistémicos caen en la trampa de la funcionalidad y los estándares moralistas disfrazados de cura, mientras que el psicoanálisis encrudece la belleza de las palabras cortazarianas con sus reales acertados y sus imaginarios tan palpables. Pero leerlo hablar con los Jonquieres es una de esas delicias que lo fuerzan a uno a extrañarlo al Julito y hasta llorar cuando lees que le dedica el Oso a los Jonquieres menores. En Cartas a los Jonquieres puede uno asistir al nacimiento de los cronopios y leer a Cortázar tan íntimo, tan intelectual, tan capaz de usar varios tonos, de hacer literatura incluso cuando no está escribiendo un cuento o una novela, verlo en la misma cotidianeidad que rompió en sus escritos, darse cuenta que él también escribía para poder lo que no podía.

Otro habría sido el trabajo si hubiera tenido acceso a este libro. Pero no fue así. En todo caso llegó para devolverme a Cortázar y olvidar los estragos del análisis psicológico, conocerle facetas nuevas a uno de los escritores que más influenció a mi escritura. Por eso presentó acá una versión con redacción revisada de la biografía que hice para el trabajo mencionado, y además incluyo el dichoso trabajo íntegro (es decir, sin corregir los horrores de mi yo hace años).

II. Historia del Gran Cronopio   

Julio Cortázar fue un famoso escritor que sacudió a la literatura al proponer nuevos estilos de escritura e, incluso, nuevas formas de entender las palabras. Esas son las palabras de un fanático que sabe que Cortázar fue importante por ser quien puso en el aire la cuestión de la literatura como un juego. La gente que lo conoció lo recuerda como un personaje sin igual, un ser que fascinaba al auditorio tan solo con mostrarse en el lugar, elocuente y erudito, de memoria milimétrica, Cortázar resultaba un hombre inolvidable. Como escritor fue descrito como un excepcional cuentista, novelista de vanguardia, poeta sensible, dramaturgo lleno de ideas, crítico original e iluminador, realizador de artefactos artísticos en forma de libro, que renovaron los criterios industriales de producción. Ya fue dicho: un escritor que proponía jugar con la literatura, más que otra cosa, por no quedarse estancado en una sola forma de narrar, intentando tener variaciones en su estilo.

Pero pongámonos biográficos.

Julio Florencio Cortázar nació en Bruselas, el 24 de agosto de 1914 a las tres y cuarto de la tarde. Hijo de María Herminia Descotte y Julio José Cortázar Arias, dos argentinos, residentes en Bélgica por cuestiones diplomáticas según los relatos oficiales, cuestiones de turismo según el mismo Cortázar y cuestiones familiares según el biógrafo Montes-Bradley. Bruselas se encontraba, en ese entonces, ocupada por los alemanes debido a la Primera Guerra Mundial, por dicha razón todo belga se transformaba instantáneamente en ciudadano alemán, pero (y no sin esfuerzo) José Cortázar logra que su hijo sea inscrito como argentino mediante un trámite consular. Los Cortázar habitan en Bruselas hasta el 2 de septiembre de 1915, fecha en la que se trasladan a Zürich, donde habitarían por espacio de 2 años, tiempo tras el cual se mudan a Barcelona, de donde Julio Cortázar guardará vagos recuerdos infantiles. Es esta la época en que Julio José deja el hogar, abandonando a sus dos hijos con su mujer y su suegra. Esto generó un rencor en la madre de Cortázar, que más tarde intentaría proyectar en su hijo e hija, pues se quedaba sola en una sociedad machista donde, según el mismo Cortázar, no podía desarrollarse como podría haberlo hecho sino conformándose con lo “honorable” para una mujer. La familia pasó por grandes apuros económicos durante mucho tiempo y la ausencia del esposo de doña Descotte pesó como muerte. Sin embargo se ha dicho que aquel padre “inexistente” (como lo nombró el mismo Cortázar), ese fantasma, reapareció mucho tiempo después, presentándosele a Julio para pedirle que eligiera un seudónimo para publicar puesto que se sentía incómodo con el hecho de que su apellido se convirtiese en famoso, esta es una variante a la afirmación de Cortázar según la cual no volvió a saber de su padre hasta la muerte del mismo. La variante también nos dice que Cortázar lo despidió de mala manera y desde aquel entonces solo firmó como Julio Cortázar, en una especie de venganza a los años de abandono. La figura ausente del padre es muy notoria en los cuentos de Cortázar, ya sea por la inexistencia de una figura paterna en los mismos o por el retrato de chicos solitarios o padres errados. La biógrafa Paciencia Otaña afirma que esa ausencia es gran culpable de la producción literaria de Cortázar y fuente inagotable de temáticas constantes, un vacío que funciona como clave de la obra cortazariana.

Para 1918 la familia Cortázar (menos el padre; sin embargo una variante nos indica que el padre abandonó a la familia en 1920) se trasladan para Argentina, instalándose en Banfield, una localidad del sur de Buenos Aires. En esta vivienda Cortázar pasó una infancia sin padre, rodeado de una madre mimosa con fuerte rencor contra su esposo desertor,  una abuela que lo fascina, una hermana un año menor que él y una tía inefable. A lo largo de su infancia, estas mujeres estaban encima de Cortázar impidiendo que saliese a la calle, o hiciese cualquier actividad riesgosa porcortazar miedo a que se rompiese un hueso o contrajese una gripe y esto, sumado a la facilidad con que el muchacho se enfermaba, lo hacía un niño bastante sobreprotegido. Es más, se sabe que el niño sufrió varias enfermedades entre las que se pueden mencionar asmas, fracturas y un surmenage (síndrome de fatiga crónica: es un tipo de depresión que bloquea al sistema nervioso; cuando una persona lo padece su cuerpo pierde el control, se desmaya, deja de reaccionar ante cualquier estímulo, incluso puede caer en shock, y parecer un “zombi”). Cortázar vivió una infancia llena de miedo y sobreprotección femenina que recuerda con un cariño inmenso, no solo por el ambiente suburbano que lo rodeaba, sino por esa niñez poblada de barriletes y dominada por el ingenio de juegos que le proponían el atlas Tesoro de la juventud, el Pequeño Larousse Ilustrado, lentes de aumento, insectos, tesoros de la cómoda de su abuela, perros, gatos y un loro parlanchín que repetía Cocó (sobrenombre de Cortázar) y Memé (sobrenombre de Ofelia, hermana de Julio), el mismo Cortázar diría: “Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán.”. La relación con las mujeres de su familia fue muy íntima, especialmente con su madre por la cuál guardaba un cariño profundo y con quien nunca perdió contacto, incluso tras su partida a París.

En 1923, a los 9, realiza sus primero trabajos literarios que la familia sospecha como plagios. Esta suposición lo deprimió de sobremanera, haciéndolo sentir que el mundo era conspiración gigante contra un niño indefenso. Pese a dichas dudas, la madre considera a su hijo como un chico excepcional que debía recibir el doble de atención que algún chico normal. En esta época el niño leía demasiado y algunos médicos llegaron incluso a prohibirle al lectura, cosa que dejaba descorazonado a Julio; para no tener que prohibirle a su hijo la lectura que tanto adoraba, Herminia lo metió en clases de piano y trompeta; más tarde el gusto por estos instrumentos y el saxo lo conduciría al amor por el jazz. En estos primeros años adquirió conciencia de que era distinto  a los demás, no menos ni más, simplemente distinto. Estos primeros escritos, de la infancia de Cortázar, son textos inspirados sobretodo en Edgar Allan Poe y Julio Verne, Cortázar creía ciegamente en las palabras de los libros y en la realidad fantástica que estos le mostraban, y es a partir de esas realidades en las que creía fervientemente posibles, que escribe varios poemas y una novela.

En el transcurso de 1928 cursaría sus estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, a la que calificaría de “pésima, una de las peores escuelas imaginables”. Se recibiría en 1932 como maestro de la normal que lo habilitaba para ejercer en el magisterio. Ya en estos tiempos Cortázar se sentía hastiado de vivir en Argentina y parecía no encontrar solución a su dilema (que más tarde retrataría en su cuento Un lugar llamado Kindberg). Es también este el año que descubre el mítico libro Opio de Jean Cocteau que cambiaría su modo de ver la literatura y le harían descubrir el surrealismo.

Para 1935 obtiene el título de profesor en Letras (que, según Cortázar, esto significaba que podía enseñar cualquier cosa, desde matemáticas hasta geografía), además de ingresar a la facultad de Filosofía y Letras; sin embargo abandonaría esta para poder ayudar en el hogar con los ingresos económicos. Es durante esta época que Julio escribía cuentos que no se animaba a publicar. Poco tiempo después, en 1937, sería destinado a un pequeño pueblo llamado Bolívar, del cual se marcharía dos años más tarde, el año 1939, con destino a otro pueblito llamado Chivilcoy. Es importante recalcar la angustia de Cortázar ante la perspectiva de vivir en ambos pueblos, donde se sentía abrumado y ahogado. A partir de entonces hasta el día que zarpó a París, vivió principalmente de la docencia, ayudándose con traducciones y trabajos de oficina que despreciaba, repartiéndose el tiempo de modo que pudiese leer con la voracidad habitual que le atribuían sus amigos, conocer gente pese a su fama de solitario y escribir sin esperanzas de ser publicado. Más tarde los habitantes de Chivilcoy le recordarían como aquél profesor joven con altura de basquetbolista, cara aniñada, que pronunciaba las “erres” como “egues” (debido a que Cortázar sufría de una condición conocida como dislalia), solitario, taciturno y que se pasaba horas leyendo libros de autores franceses en lugares públicos. En 1944, Cortázar se encuentra impartiendo una cátedra de Literatura Francesa en Cuyo, Mendoza y es por ese entonces que empezó a participar en actividades antiperonistas. Sin embargo, Perón ganaría las elecciones en 1945 y Cortázar entonces renuncia a esta cátedra, que consideraba demasiado politizada durante la época. En Mendoza, Cortázar conoce a Sergio Sergi, quien sería de entonces en adelante, gran amigo suyo. En 1946 se publica el cuento Casa Tomada en la revista Los anales de Buenos Aires dirigida por Jorge Luis Borges, quién había leído y recomendado fervientemente el cuento de Cortázar; este gesto de Borges no pasaría desapercibido por su fama de austero e irónico a la hora del elogiar a otros escritores. También publicaría un artículo sobre John Keats y colaboraría con varias revistas de la época. En 1947, también en Anales de Buenos Aires publicaría Bestiario.

En 1948 obtiene un titulo de traductor público de inglés y francés, superando en apenas nueve un meses una carrera de 3 años. Durante estos tiempos sacrificados sufre de creencias paranoicas sobre cucarachas en la comida, miedo Cortazar-785294paranoico que concluye con la creación del cuento Circe; este sería el año donde conocería a su primera esposa Aurora Bernárdez. Ya en 1949 publicaría Los Reyes, esta vez bajo su verdadero nombre; durante ese mismo año escribe una novela denominada Divertimento, publicada póstumamente en 1986,  que en cierta forma es un preludio a su famosa novela Rayuela. También, en 1950, escribe otra novela denominada El Examen, rechazada por el asesor literario, Guillermo de Torre. Cortázar también la  presentará a un concurso convocado por la misma editorial, sin éxito. Esta novela también será editada tras la  muerte del escritor, en 1986. Poco después Cortázar sería visto trabajando como gerente de la Cámara del Libro lo cual vino acompañado de ataques nerviosos que perturbaban su paz. Además de estos ataques neuróticos por la carga de trabajar en la Cámara del Libro, al tiempo que termina sus estudios como traductor público, se le suma su enorme disconformismo con el Peronismo de la época y el no poder escribir por lo ocupado que estaba. Todo esto impulsaría a Cortázar a realizar su primer viaje a Europa usando todos sus ahorros, en una estadía que se alargaría de 1949 a 1950.

Entonces llega 1951, que se convertiría en un año clave dentro la vida de Cortázar no solo por la publicación de Bestiario, sino porque obtiene una beca del gobierno francés y realiza un segundo viaje París, ya muy decidido a quedarse allí con tan solo una maleta con su ropa y un disco de jazz “Stack O’Lee blues”. De su temporada previa al viaje, Cortázar luego diría: “Por entonces, llevaba adelante una vida casi mínima, convencido de ser solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a casi todo lo que pasaba más allá de esfera estética”. Comienza a trabajar como traductor en la UNESCO que le brindó un salario fijo y viajes gratis alrededor del mundo con viáticos para cualquier gasto imprevisto y con un empleo como ese asegurado, empieza a desarrollar una vida en esa París que tanto había añorado. Sería en Europa donde se desarrollaría como el gran escritor que llegó a ser. Sobre este punto fue criticado más tarde, puesto que muchos críticos no encontraban la forma en que un Latinoamericano haya podido latinoamericanizarse estando en justamente en Europa, es decir lejos del idioma castellano; sin embargo se ha planteado que su genialidad se debió más a una evolución ideológica, él mismo diría: “Es paradójico, pero tengo claro que si no me hubiese instalado en París, jamás hubiera entendido bien a la sociedad en que me formé, ni comprendido la lógica de sus cambios políticos”. En 1952 se publicaría Axolotl en Buenos aires literaria. En 1953 se casa con Aurora Bernárdez, su primera esposa y para el año 54 realiza un viaje que influenciaría en gran parte en la creación del mítico personaje cortazariano La Maga. Cortazar publica Torito en Buenos Aires literaria y  continua escribiendo lo que luego serán las Historias de cronopios y de famas, que ya había empezado a escribir durante el 51. El 56 publica Final del Juego y el 59 Las Armas Secretas, donde aparece el cuento El Perseguidor; Cortázar dedicaría este cuento a Charlie Parker pues había nacido luego de que Cortázar leyese sobre la muerte del mismo, después declararía: “Fue una iluminación. Terminé de leer ese artículo (que anunciaba la muerte de Charlie Parker) y al otro día o ese mismo día, no me acuerdo, empecé a escribir el   cuento. Porque de inmediato sentí que el personaje era él (…) era lo que yo había estado buscando”. Es desde este cuento que Cortázar empieza a abordar “un problema de tipo existencial, de tipo humano”, que pasaría a ser ampliado en Los Premios (1960) y sobre todo en Rayuela. El año del 61 realizaría su primer viaje a Cuba, a partir de este momento se empezaría a manifestar un cambio en Cortázar al empezar actuar de manera más política, dado su aparente “letargo” en el tema hasta aquel entonces, desde ese entonces se convertiría en un devoto defensor de la Revolución cubana.

En el transcurso de 1963 se publicaría Rayuela, marcando un importante hito tanto en la historia de la literatura como en la vida de Julio Cortázar. La novela más famosa de Cortázar vendería 5.000 ejemplares en su primer año de publicación. Esto lo convertiría en una celebridad en el mundo, haciéndolo una importante figura pública, hecho que más tarde explotaría ya sea como portavoz de las demandas y necesidades de la izquierda latinoamericana o discutiendo repetidas veces con los opositores a Fidel Castro, en ocasiones para denunciar los crímenes de las 20071031elpepucul_19dictaduras y en sus últimos años para apoyar a la revolución sandinista. Pero esta fama no era muy de su agrado, ya sea por el constante acoso de sus admiradores o las innumerables entrevistas a las que se veía sometido. Por tanto desde 1965 pasa largas temporadas en su casa de campo en Saignon; Yurkievich diría a propósito de esto: “La fama era aplastante para él. Todo lector se sentía amigo íntimo, incluso gente que no lo conocía. Cualquiera podía, en cualquier momento, tocarle el timbre, enviado por Fulano o Zutano y entrar en su intimidad.” Tras ello se publicarían Todos los Fuegos el Fuego (1966),  La Vuelta al Día en Ochenta Mundos (1967) y 62, Modelo para Armar (1968). Esta ultima provocaría una reacción de puro desconcierto en la crítica ante la estructura peculiar de este libro. También publica Último Round (1969).

El año 1970, Cortázar viaja junto a su, ahora, concubina Ugné Karvelis a Chile para presenciar la ascensión al poder de Salvador Allende. La separación con Aurora Bernárdez había sido en buenos términos y seguirían manteniendo una estrecha relación amistosa. Ugné era una politizada traductora y mujer de época, muy alejada del estereotipo de mujer de letras que representaba Aurora. Tiempo más tarde publica Libro de Manuel (1973) y Octaedro (1974), ambos libros demostrarían lo comprometido que estaba Cortázar con las causas de la revolución izquierdista de Latinoamérica. El año 78 se separa de Ugné Karvelis, con la que sigue manteniendo una estrecha amistad. Ya para ese año emprende una relación con la que sería su tercera esposa Carol Dunlop, una mujer intelectual que le permitió seguir creyendo en la literatura como un juego. En los años siguientes Cortázar publicaría Queremos Tanto a Glenda (1980) y Deshoras (1982). El 24 de julio de 1981 Cortázar obtendría la ciudadanía francesa gracias a uno de los primeros decretos del gobierno socialista de François Miterrand. Este mismo año, por motivos de salud, tiene que ser internado en un hospital donde es diagnosticado con leucemia, cosa que Dunlop no le avisa por pena y temor a que su marido se deprimiese, al mismo tiempo que ella misma había sido diagnosticada con una condición terminal que Cortázar no había querido anunciar a su mujer para que esta no se deprimiese, creando así una situación irónicamente cortazariana. El año de la publicación de Deshoras (1982) muere su tercera esposa Carol Dunlop.

Al año siguiente aparece el libro Los autonautas de la cosmopista, escrito a cuatro manos con su ya fallecida tercera esposa Carol Dunlop; en este libro se narra un viaje de treinta y tres días entre París y Marsella a razón de dos parkings por día que la pareja había realizado. Los derechos de autor de este último libro los destina para el sandinismo nicaragüense. Este mismo año viaja a La Habana para asistir a una reunión del Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los pueblos de Nuestra América, y entre el 30 de noviembre y el 4 de diciembre viaja de vuelta a Buenos Aires, viaje que aprovecha para visitar a su madre después de la caída de  la dictadura y la asunción del gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Hay que destacar que pese a que Cortázar, aun a la distancia, había luchado contra la dictadura en la Argentina y había sido fichado como un peligro “sacrificable” por la misma, las autoridades del nuevo gobierno ignoran su presencia, sin embargo el pueblo argentino lo recibe calurosamente, mucha gente lo reconoce en las calles. Este mismo año se publica Nicaragua tan violentamente dulce.

Hasta que, finalmente, un domingo 12 de febrero de 1984 Julio Cortázar moriría en París, su hogar desde 1951, por una leucemia crónica. Su muerte turbó profundamente al mundo cultural alrededor del globo pues había fallecido uno de los escritores considerados como de los más importantes de la lengua española, un intelectual como pocos y una personalidad que tenía tantos fans como una estrella de cine. Ese mismo día se llevaría a cabo un suceso inédito en Buenos Aires: una invasión de mariposas. Esto fue explicado como una oleada de calor de una zona rural cercana que originó esta migración tan peculiar y, ya después, este fenómeno no se repitió nunca más. Si bien en el momento nadie pudo relacionar aquella muerte con aquel suceso de lógica tan cortazariana, luego sería casi inevitable pensar en la invasión de las mariposas como acaso un tributo del mundo hacia su hijo ya muerto.

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III. Palabras finales

Y de nuevo Cartas a los Jonquieres, libro que actúa a modo de diario desde el 50 hasta el 81. Una biografía de Cortázar escrita por él mismo, pero no en ese sentido egotista de hablar de su persona sino en el de contar a amigos queridos qué acaecía en sus andares, durante una época en que la carta era el medio de comunicación transcontinental y el internet no había llegado a simplificarnos los problemas y, de paso, la imaginación. Cortázar, el Gran Cronopio, se presentaba CortazarPsikebacomo ese intelectual que uno asumía por encima de los meros mortales. Basta leer un libro, un cuento, un texto de él para saberse un bicho tuerto que recién está empezando a aprender a leer. Pero Cortázar no era esto, Cartas a los Jonquieres lo prueba. Cortázar era un hombre lleno de temores, como cualquier otro, que los exorcizaba en su literatura, misma que estaba contaminada por su inmensa inteligencia y cultura. Era un niño juguetón que se proponía ser travieso en cada que escribía. Era un ingenuo sentimental y de fácil creencia, como de pronta amargura. Era un humano. Uno noble e increíble, pero humano nomás. Y no por ello menos merecedor de nuestra idolatría.

IV. El trabajito psicológico

http://www.mediafire.com/view/64gjmbh9rcb4hm1/Julio_Flo…doc

Para la Gata Negra

No one’s got it all

Regina Spektor, Hero

If you ask me to be honest
I think we should really worked
With your obnoxious depression
And communication skills

–          Juan Son, Mermaid Sashimi

 

And the hardest part
Was letting go, not taking part
You really broke my heart

–          Coldplay, The Hardest Part

 

I survived.

I speak, I breathe,
I’m incomplete
I’m alive – hooray!
You’re wrong again
‘Cause I feel no love

–          Queens of the Stone Age, The Vampyre of Time and Memories

 

Nunca más ya podre verte

Amarga tierra de ingratitud

Por amarte y por quererte

Tronchó la muerte mi juventud

Y a extraño poder te llevarás

Mi flor de amor

–          Taki Ongoy, Último Baile

 

And it was
A leap of faith I could not take
A promise that I could not make

–          Placebo, Ashtray Heart

 

But now I have finally seen the end

And I’m not expecting you to care But I have finally seen the light

 I have finally realized
I need to love

–          Muse, Madness

        

I didn’t want to ask you, baby
I didn’t want to have to ask anybody, baby,
Is anyone asking maybe?
Can anyone even hear me?

–          The Strokes, Machu Picchu

 

Aspiró delicadamente la boquilla de la pipa, expulsando el humo a medida que invadía su boca. El contraste gris azabache del anochecer invitaba a fumar lento, con disfrute, dejándose llevar por el aroma a vainilla de aquel tabaco, como pidiéndole perdón al tiempo, a las memorias, a los sueños. Miró por la ventana al cielo rompiéndose en aquel espectáculo, escuchando de fondo Último Baile de Taki Ongoy, permitiendo que los líricos se asienten en sus pensamientos. Contaminado, arrepentido, oscuro, silente e incompleto. Así estaba X. Además de sentado frente a una ventana, con un enorme San Bernardo echado a su lado, con pipa en mano, una taza de café en el alfeizar y un chocolate que el animal veía fijamente en cada que se movía.

Puso pausa a la música. Dio más bocanadas a la pipa. Las luces de la ciudad empezaban a pintarse, el paisaje se iluminaba artificiosamente pero el aire nostálgico no se quería marchar, el velo de la noche se hacía cada vez más evidente y X sentía que estaba en el mismo anochecer de siempre, abrumado por la sensación de deja vu, convencido de que el aire lo transportaba a un día infinito que jamás se terminaba y evocaba a un encierro agradable. X se maravilló ante los gritos del silencio absoluto, pensando que ni siquiera la ciudad se atrevía romper aquella calma de anochecer, notando que hasta su respiración parecía más estridente y el infierno se desataba en sus pensamientos.

Le dio un sorbo al café, cargado y con mucha azúcar, olió y mordió su barra de chocolate y concluyó con una larga bocanada a la pipa. Las primeras estrellas se asomaban brillando coquetamente en los augurios que traía el cielo y su promesa de luna llena. Ahí apareció la gata. Dio un rodeo al San Bernardo y se posó en las faldas de X, buscando el chocolate, estirándose desvergonzada, maullando y mirando casi dulcemente, casi fijamente a los ojos de X. Acostumbrada a la presencia de X, la gata negra de ojos miel no se sabía hurtada de su hogar. O a lo mejor sí, pero no le importaba. X la trataba más que bien y había dejado que la felina se apoderase de su pequeño reino donde vivía con su San Bernardo, sus libros, sus fantasías, sus series y su soledad. La gata negra había llegado a apoderarse de la cama, de los asientos, a dejar rastros de su pelaje por doquier, el olor a sus meos se sentía especialmente fuerte en el cuarto de X y en la mini sala donde la gata negra era reina absoluta, maullando cada hora en punto, solo para recordarle a X que seguía ahí, o que se iba pero al rato volvía. A veces su miau significaba tengo hambre, otras quiero caricias, otras veces aquel solitario maullido – pues nunca había un segundo, mucho menos un tercero – era una queja que X escuchaba divertido o una risa que iluminaba al mismísimo San Bernardo. Pero siempre desde la sala. Si la gata negra maullaba, X era quién tenía que ir a ella. Tratarla como reina o ignorarla rotundamente. Aunque, a veces la gata negra cedía y marchaba a donde fuera que estuviese X. Lo miraba como con reproche y volvía a maullar ese miau de mil significados.

La gata negra se echó encima del San Bernardo. El perrazo emitió un ligero lamento desde la garganta, pero no se movió ni un ápice ya resignado a la soberanía gatuna en tierra de perros. X los observó divertido, olvidando por un momento al anochecer, y acarició la cabeza del San Bernardo, como reconociendo la escena, volviendo a sentir el deja vu, atorándose en el día infinito de nostalgias e ilusiones, frustraciones tercas que se rehusaban a marcharse, memorias vívidas de lo que sentía como una muerte. X lo sabía, lo aceptaba y hasta había llegado a necesitarlo. Era esa gata negra, era una memoria que se rehusaba a darse por muerta, X evocaba un dolor de hacía dos años atrás. Tiempo suficiente para parir una tortura impensable y ayudarla a crecer, nutrirla de rencores, lamentos, excusas, arrepentimientos y deseos furiosos, incluso ansiosos, deseos que visitaban ese solitario reino de X y le recordaban lo perdido. Una falla que encontraba un alivio superfluo en dejar a la gata negra reinar en los recovecos de aquel reino solitario.

La noche al fin reinaba absoluta. De afuera se escuchaban aullidos y ladridos de callejeros. La gata negra maulló y se subió a las faldas de X, quien no sabía si la felina buscaba caricias o comida. La gata negra ronroneó al sentir el toque brusco de X en su pelaje y comenzó a estirarse, cerrando los ojos complacida. X continuó acariciándola, automático, rutinario, deseoso. “¿Deseoso?” resonó en su cabeza, mientras la gata negra se relamía con los ojos cerrados ¿era todo eso, que se arremolinaba en su cuerpo, un deseo o un recuerdo? Podía ser posible que sus ojos lo engañasen, pero ¿acaso la patita de la gata negra se había transformado en una sensual pierna humana de piel canela?

X, de pura sorpresa, derrumbó la taza de café sobre su alfombra. A la pipa humeante la apretaba con su mano izquierda y encima suyo algo pasaba, algo que le despertaba los sentidos y engendraba una mano traviesa que se movía por un pelaje que ya no era pelaje. X no quiso mirar. Sintió que la gata negra era más grande, palpó una piel suave y sedosa, reconoció formas poco gatunas entre sus dedos y hasta la olió. De los vericuetos de su memoria, o tal vez de las profundidades de su anhelo, incluso podía ser que fueran las venganzas de sus frustraciones quienes se encargaban de convertir el olor del café derramado en la alfombra, el chocolate a medio comer, el humo de vainilla disolviéndose en el aire, o inclusive los meos felinos en una suerte de olor a vino tinto. ¿Debía X abrir los ojos? ¿Estaba listo para que la fuerza de lo que sea que pasaba lo aplastase con tantas cosas evidentes?

X separó los párpados lentamente. Se quedó mirando la luna llena prometida por un rato. Lloraba. Movía su mano ansiosa, manteniendo las caricias sin parar. Pero lloraba cuanto podía antes de tener que enfrentar lo que creía que iba a mirar. “X” dijo una voz suave y grave pero muy femenina, o quizá “X” aullaron sus ideas desaforadas, o acaso eran sus manos tembleques. Algo gritaba “X”.

X miró abajo como un ateo presenciando un milagro. Una femenina figura espléndida ronroneaba en su regazo. Desnuda, flaquita, echada sobre su estómago, todita color canela, excepto en el pelo negro y los ojos que, por mucho que X no los veía, él sabía que eran ligeramente claros, propensos al brillo, redondos, grandes y egipcios. Pero ella miraba hacia abajo y movía sus pequeños pies sobre sus muslos poderosos como bisagras, lentamente y como acompasando las caricias de X en su espalda. Sus nalgas, redondas e ideales, se balanceaban ligeramente ante cada compás, cada caricia arqueaba el cuerpo de la muchacha color canela haciendo que sus pequeños bultos en el pecho se presionasen jugosamente contra el jean de X, forzándola a mover la cabeza como perdida y complacida. X reconoció aquella piel y su toque se volvió ansioso, desesperado habría dicho algún testigo casual, o triste habrían testificado observadores más cuidadosos. Pero no X, quien sentía volverse loco a medida que tocaba más y más a la muchacha color canela, sudando ligeramente mientras la sangre se concentraba en un solo punto de su fisiología y en sus pensamientos se manifestaban las lujurias más concupiscentes, los deseos más básicos y las necesidades más obvias. X se sabía engañado por un cerebro solitario, X se sabía víctima de algún dios cruel y bromista, X se supo un terco reincidente, drogadicto de su propio anhelo y dealer de su más jodido veneno. La muchacha color canela gemía del mismo modo que gime uno al comer algo delicioso, la muchacha color canela se acariciaba el cuello con una mano y pasaba la otra entre su pelo negro. El olor a vino tinto embriaga a X, los ruidos de la calle parecían lejanos. Su reino nunca se había sentido tan vasto y solitario.

La muchacha color canela se dio la vuelta. Sus ojos egipcios se posaron en X casi rendidos, casi eróticos, un poco tiernos, y X se quedó fijo en esos labios con forma de corazón, húmedos y listos para ser mordidos y saboreados. Entonces notó que los pezones de la muchacha color canela lo miraban fijamente y les devolvió la mirada como a viejos amigos, como si de alguna forma los hubiera conocido de toda la vida, los palpó consciente de que la sangre se concentraba más y más, notando el peligro de una explosión como única consecuencia lógica a tanto deseo.

La muchacha color canela se levantó y se sentó en el alfeizar de la ventana. X se acomodó los pantalones y respiró profundamente, puso stop a la música, retrocedió unas cuantas canciones y puso play nuevamente. Inmediatamente sonó un piano y una hermosa voz femenina: “He never ever saw it coming at all“. Supo que necesitaba hablar. Pero igual guardó silencio por un rato. Un rato muy largo.

–  ¿Cómoda? – preguntó repentinamente mientras su radio escupía de sus parlantes un: “Field trip to the chocolate factory/Field trip to the slaughter house/Field trip to darkest places/You can hold up in your mind/Your philosophy, your poetry/You beautiful scum back/Even though you don’t have feelings/I’m obsessed with you right now” – Claro que estás cómoda. De eso se trató todo al final ¿no? De que estuvieses cómoda. Con tu vida, con tus conformismos, con las limitaciones. Conmigo, con él, con quien sea tenías que estar cómoda hasta que ya no lo estabas y, cómo podía saber yo que, te escabullías. – la muchacha color canela cruzó las piernas –  “Al diablo con X, qué importan sus anhelos, o las cosas que me dice, y las que yo dije aun peor.” – X apretaba la pipa con furia en una mano, y posaba la otra sobre las piernas de la muchacha color canela. Dentro suyo lo recorría un escalofrío, un nerviosismo de virgen que le quitaba el aliento – ¿No me aseguraste que tú también? Lo recuerdo bien, lo he recordado mucho. Lo dijiste frente a una verja negra como tu gata, a las seis de la mañana, mientras regresábamos de una noche intensa y espléndida. – el silencio reinó el cuarto mientras la muchacha color canela lo miraba fijamente casi triste, casi soberbia – Y luego te narré mis sueños, te dije mi nombre, te conté quien era. Te hice mi reina. – la muchacha color canela puso sus manos sobre la mano traviesa de X, sonriéndole tímidamente con la mirada – Me dejé llevar por la fe en tu Palabra, por un rato dejé de lado a la nada y te convertí en todo, me preparé para una corta eternidad a tu lado y fui feliz.  Aun desde mi insistente soledad, mi especial forma de ser, pese a mis constantes pedos mentales y mi empeño en la autodestrucción creí, por un segundo, que eso temblaría ante aquello que íbamos a construir. – en las bocinas resonó: “Everything I know is wrong/Everything I do, it’s just comes undone/And everything is torn apart” – Y ni siquiera días después, horas después machucaste eso. Cortaste de plano todo anhelo, sueño, deseo. Whatever. La cosa es que lo mataste. Me mataste.

>> Y claro, después me buscaste como si nada. – la mano exploradora de X acariciaba, la muchacha color canela cerraba los ojos como animalito cuando le rascan detrás de las orejas – “Amigo” me llamaste, con vergüenza en tu voz, con culpa mientras me mirabas y yo te evité.  Me preguntabas “¿Por qué te alejas?”, y yo resoplaba furioso, como si no supieses. – X guardó un corto silencio. La muchacha color canela lo miraba casi fijamente, casi preocupadamente. X aun sostenía la pipa, y con la otra mano se frotaba el rostro. – Me escondí en mis tugurios, en otros senos, más grandes y más nefastos, huía de ti refugiándome en todo lugar en que las sensaciones le ganaban a los sentimientos y a toda costa busqué perderte de mi vida – y la música dijo: “Si el capricho de la suerte/Me deparó tan triste fin/Para mí la misma muerte/Será mi hermoso verde jardín/Allí brotará, mi pobre amor/Blanco jazmín.” -, y logré volverte ausente. Te dejé en paz con tus perros falderos, con tus laberintos, con tus tatuajes, tus terapias, con tus chocolates europeos, tu música de Daniel Johnston, Tarafs de Hadiouks y Avenge Seafold, me alejé de ti, de Dalí y Hunter Thompson. Te olvidé recordándote cada día. Me forcé a sentir cosas parecidas por otras, pero nunca iguales. Me colé en tu casa cuando sabía que no estabas y te robé a tu gata para tener con que recordarte, pero también para vengarme, lastimarte, sentir que algo te dolía como todo me había dolido a mí.

>>Por dos años. Sí. Fueron dos jodidos años los que he estado invirtiendo en olvidar aquel domingo en que me dejaste. – la luna brillaba en la piel canela de la muchacha, su cuerpo desnudo, su elegancia, su mirada le parecían a X divinos, dolorosos, estrepitosos – Y yo alimenté rencores y rencores, porque yo lo sabía querida, yo estaba seguro de que tú y yo – y en lo parlantes resonó “You were alone before we met/No more folorn than one could get/How could we know/We had found treasure/How sinister and how correct.” – estábamos en lo correcto mientras nos duró el sueño. Tú y yo podríamos haber sido como Beren y Luthién.

>>No te culpo. Ya no. – X relajó el tenso cuerpo, dejó que su mirada lo hiciese vulnerable – Hace un mes que me ayudaron a ver que no fuiste solo tú quien me dejó, fui también yo quien me rendí. Deje de lado la insistencia y la lucha, empecinado en victimizarme, en sentirme dolido y tratar de culparte del desastre de nuestros sueños – dijo mientras pensaba “mis sueños” – rotos. Y luego de dos años noté que necesitaba olvidarte, que quizá nunca te superaría pero que ya era hora de hacerlo. – X calló, y en su silencio notó que la música ya no decía nada – Pero tú fuiste la primera a quien le dediqué ese sentimiento innombrable. Y ni siquiera fue completo, ni siquiera pude dártelo todo y me quedé con tanto para ti dentro mío, que siento que no alcancé a darte casi nada. Porque yo fui un cobarde – admitió al fin –, porque tú también lo fuiste. Tal vez porque me engañaste, o me engañé yo solito. Puta mierda, no sé. Quisiera saber. Preguntarte – continuó X sintiendo la pena y la frustración ganándole en el pecho, pesados sentimientos que le recordaban que a veces es mejor el olvido que perdona al olvido que resiente – hasta que punto fueron reales los besos y todo eso. ¿Te arrepientes? ¿Ya nos olvidó el tiempo? ¿Habrá un mañana? ¿Será que alguna otra me acepte como tú lo hiciste en un principio? – la muchacha color canela lo miró casi enamorada, casi culposa – Responde por favor – rogó X – Dímelo, de una vez explícamelo todo.

– Miau.

Un lengüetazo canino en su mano sacó a X de su monólogo. El reloj en el aparato de música decía que eran las doce, su reloj de pulsera indicaba que eran las veintitrés en punto. La gata negra, sentada en el alfeizar de la ventana, miraba a X casi tiernamente, casi fijamente cuando dio su único maullido de cada hora en punto. X acarició al San Bernardo, agradecido y preguntándose qué significaba aquel miau. Aspiró el olor a café que llegaba de la alfombra, vació el tabaco chamuscado al cenicero, mascó el chocolate, puso stop a la música, se incorporó y se estiró mientras la gata negra y el San Bernardo miraban fijamente sus movimientos, contempló a la noche una vez más, y bajó a la cocina para preparar comida para ambos animales.

Hola a todos. Empecé con este asunto de las recomendaciones en La Cabina Azul, y lo adoro tanto que ahora lo muevo a mi blog. Cada semana les dejaré las cosas que me gustaría que los demás puedan ver, escuchar y disfrutar. A ver, entremos en materia.

SERIE: The Thick of It es de las más perfectas exposiciones de humor negro y político que encontré hasta ahora. Además de tener un estilo de cámaras y filmación que los distingue, los personajes y el guión están desarrollados de una manera simple pero que igual suena a compleja. Los chistes son contundentes y bien pensados, y lo hacen reír a uno con la seguridad de que si viera aquello en la vida real también se reíria pero con un dejo de realismo más trágico. Con un reparto muy bueno, donde está incluido el próximo Doctor Peter Capaldi (encarnando al mítico Malcolm Tucker, un personaje inolvidable) esta es de las mejores series de comedia que jamás verán y se encontrarán pensando en que tanto se parece la política tal como se la maneja en la serie a la de la vida real. Les dejo un link a sus tres primeras temporadas, y otro a su cuarta y última.
Link a las 3 primeras temporadas: http://thepiratebay.sx/torrent/6191900/
Link para la cuarta temporada: http://thepiratebay.sx/torrent/8512242/The_Thick_Of_It_%28UK%29_COMPLETE_Series_4_%282012%29_720p

MÚSICA: El ámbito de la música boliviana posee bandas buenas, rescatables y pésimas. Pero una de las mejores fue Enfant, donde Horuset trajo música como pocas veces se ha creado en Bolivia y lo hizo de la mano de contribuidores como el gran Freddy Mendizabal, Alex Iturralde, Dan Zlotnik, Mark Aanderud, Pier Alour, Andrea Camacho, Marcelo Villegas y Armando Rivero. Para mí, lo mejor que escuché de músicos bolivianos. Descarguenlo por acá: http://www.mediafire.com/download/awmaxa2x3r3c24z/Enfant+-+Filium+Ex+Machina+%28320+kbps%29.rar#1

LIBRO: Dado que pronto saldrá una continuación de Fight Club (novel) en foma de novela gráfica (y me enteré de que la trama revolucionará alrededor de Tyler Durden mirando como Cornelius, el narrador de la anterior entrega, se aburre en su vida sin salida) pues recomiendo fuertemente que se lean el libro. La película es increíble y siempre será la mejor de los noventas. Pero el libro no se queda atrás y nos brinda una perspectiva más cruda de los eventos en la vida de Tyler Durden. Acá se las dejo: http://kickass.to/fight-club-by-chuck-palahniuk-epub-mobi-retail-t6883215.html

JUEGO: Retornemos al clásico Warcraft. Sí, el WoW es cool y nos trajo muchas sonrisas (hasta que lo arruinó todo a partir del Cataclysm) pero no podemos olvidarnos de sus gloriosos inicios. Ahora si no quieren retroceder demasiado, pueden quedarse con el WarCraft 3, que marcó un cambio en los juegos y que fue el primer paso ahcie el WoW. Dicen que supuestamente se lo puede bajar de acá: http://warcraft-iii-reign-of-chaos.en.softonic.com/

COMIC: Pocos críticos, movimientistas y/o (ae, ae) intelectuales han podido lograr lo que Quino (Joaquín Salvador Lavado) logra en cada una de sus tiras cómicas. Más conocido por la célebre e impresionante Mafalda, Quino ha publicado las más graciosas y descorazonantes tiras cómicas, solo superadas por Bill Waterson con Calvin y Hobbes. En este Tumblr encontrarán imágenes, además de links de descarga: http://quinoterapia.tumblr.com/

PELÍCULA: In the Loop es una película que reunió a todo el personal de The Thick Of It (y a otros que formarían parte de Veep la nueva serie del creador de The Thick of It, Armando Ianucci). Como la serie la película es excelente. Veremos a los actores de la serie en roles distintos (a excepción de Capaldi que nos trae otra gloriosa interpretación de Malcolm Tucker) y hasta veremos a actores como Gandolfini y Will Smith. La película está muy bien balanceada, inteligentemente escrita, los personajes tienen líneas poderosas y la crítica al conflicto del armisticio contra Iraq. Quienes quieran ver como funciona la política y horrorizarse/reírse de ello, no se pueden perder esta película. Acá les dejo el link: http://kickass.to/in-the-loop-dvdrip-t5205027.html

Eso es todo por esta semana. Les agradezco la atención y espero que disfruten de lo recomendado.

Adrián Nieve