–          Dedicado a lo indedicable.

–  El azar y la irracionalidad de un momento pasado han truncado que mi futuro sea el suyo, y viceversa. Hoy somos amigos, pero como me duele en lo interno.

Antonio de Jesús Chávez

–          All of us food, that hasn’t died.

Josh Homme

¿Qué nos pasó, Muerte? Solías ser mi anhelo más alto, mi verdad más pura, solía verte como el paso hacia la grandeza, como la única chance de importar en este mundo. Te he buscado en los alcoholes que me ofrecían hermosas señoritas de piernas ágiles, en los puños de desconocidos furibundos y las balas de creyentes de los otros bandos cuando escuchan mis monólogos. Incluso he llegado a sentirte cerca cuando me hospedaba en cuartos blancos que hedían a matadero, o en el suave abrazo de los orgasmos todas esas veces que busqué anestesiarme en los brazos del Placer. Mi rutina giraba en torno a buscarte y entregarme a tus tiernos consuelos, tus ojos que yo pensaba profundos y hermosos, tus piernas robustas y kilométricas que me mostrabas coqueta cuando la luna iluminaba mi mirada, o probar tus labios colorados por medio de besos indirectos robados a cualquier superficie en que se hubiesen posado, abrazarme a ese cuerpo hecho a mi medida. Perfecta. Así eras para mí, Muerte amada mía. Eras un remanso de perfección pura y absoluta, omnipotente como los del otro lado se imaginan a sus dioses.

Me gustaba añorarte. Eras esa muchacha prohibida que todos detestaban. A lo largo de mi vida te he visto coquetear con mucha gente, y te he visto llevarte con tus besos hasta al más leal de los esposos, o esposas dado que a ti te da igual como son los genitales de quien amas ¿Puedes creer que sentía celos de ellos? Me acercaba a los féretros con rostro compungido, me guardaba de la vigilancia de los dolientes y fijaba la mirada en los fallecidos. Los contemplaba con envidia, imaginando escenas morbosas donde sus cuerpos inertes se insertaban en tus carnes, donde el rigor mortis se convertía en una ventaja que una mirada pícara tuya capitalizaba. Solo entonces me paraba a observar el saco de carne que llamo mi cuerpo, detestándolo por ser mancebo y lozano, por devenir en mi mayor obstáculo para estar contigo. Era joven, el mundo era lo que yo quería que fuera, la vida dependía de mis creencias.

Me confié. Creí que la vida era tan simplona como para que solo exista un camino a la verdad. Me refugié en mi lealtad hacia tu amor, en mi insana obsesión de anhelar, imaginando encuentros contigo, formas de poder acercarme a ti. Y fuera de eso nada importaba, todo era pequeño y hasta nimio ¿quién puede oponerse a la Muerte? Nada, ni nadie. Y era tan cómodo que todo fuera así de simple, ser el príncipe del corazón roto, enamorado del amor, encamotado de la Muerte, por siempre expectante a que me devolvieses lo que yo tan alocadamente creía darte. Y eso estaba bien, habría sido feliz si hubiera aprendido a no esperar más de lo que yo podía dar.

Por ese entonces llegó Carlota. Vino cuando el pensamiento de tu amor primaba por encima de todo lo demás, en la época en que quise olvidarme de ti y tus artimañas. Ahí fue que llegó Carlota con su ternura, sus ojos grandes, su graciosa torpeza y sus formas de simplificarme las complicaciones. Carlota se anunció como otro coqueteo contigo, Muerte, pero terminó siendo un guiño a vivir. Carlota era la mentira más hermosa, de esas en las que uno cree por mero gusto, porque más allá de la fe uno sentía amor, o sentía algo que no era raro llamar amor. Y lo extraño no era sentir todo eso, lo raro era lo sencillo que resultaba convencerse de semejante mentira tras cada beso pudoroso que posaba en mis labios. Más raro aún era lo correcto que se sentía creer en ella.

Alguna vez me di cuenta que cada quien le gusta creer lo que más le conviene. Y Carlota no me convenía. O no nos convenía, mejor dicho. Quizá no tanto por ella, como por lo que representaba para mi vida y para mis desórdenes el mezclarme con ella. Pero sí, me mezclé con ella; y no me vengas con celos querida, no te quedan. Especialmente porque tú, promiscua, abrazas a quién sabe cuántos cada día. No sería justo que me digas que estás celosa, por mucho que yo sepa que sí lo estás. Es más, lo estuviste desde que Carlota y yo nos hicimos novios. Dejé de pensar en ti, ya no te buscaba en ningún callejón, ni en los bares, ni siquiera en las pelvis de limítrofes sensualonas. Pasaba mis días tratando de robarle su tiempo a la ocupada Carlota, monopolizar sus distraídos pensamientos, beber de su aroma, complacer su cada-momento y encabritarme en sus preocupaciones. Carlota era un bello malestar para lo que tú y yo teníamos. Pronto dejé de pensar en el destino secreto de todas las cosas, olvidé mis prédicas en contra la fatua sensación de verdad absoluta, por un instante dejé de verte, Muerte adorada, como la solución al problema humano. Al problema de mi vida y mi conciencia chocándose contra la imposibilidad de aprehender, siquiera, algo real. Carlota es alguien en quién el mundo debería creer, es otra de esas corrientes a los que nos aferramos para no enloquecer. Carlota es tan importante y hermosa como ella misma, como diosa de la eternidad repetitiva, como humana atrapada en la pesadilla de la existencia, como agente de una felicidad que muy tarde logré aceptar. Ya no sé si por honesto o autodesturctivo, solo sé que no lo pude manejar.

Ahí me reatrapaste, Muerte. Te extrañé y mandé al carajo lo que tenía con Carlota, porque no podía dejar de buscarte. Necesitaba besarte en los labios y seguir vivo, o a lo mejor necesitaba irme afuera de todo, sin saber bien a donde iría. Tan sólo irme y no notar nada, nunca más. No te culpo, ojo, mea culpa, lo puedo aceptar. Puedo decirte que el error de mi vida fue no poder dejarte ir, el problema fue que no pude admitirme que tú no eras una solución sino que eras tan solo una historia más esperando a ser repetida, o aceptar que tarde o temprano tú vendrías a por mí y nos uniríamos en un abrazo que me permitiese ¿dirigirme al olvido? ¿confirmar que no existe verdad, ni siquiera en el vacío del más allá, en el olvido de cesar de vivir?. Pero ¿quién quiere adentrarse por completo en el olvido? No yo. O por un instante ya no quise. Y sí quise caminar por la tierra viendo como los cielos se mueven cambiando sus colores de celestes a grises, a blancos, negros, rojos e infinito; anhelé presenciar cómo los hombres moldean al mundo, quise probar los sabores de todo lo nimio y olvidar que el tiempo es simultáneo y que, en cada segundo, mi vida entera sucede al mismo tiempo. En un segundo donde estoy naciendo, y en ese mismo segundo estoy con Carlota, además de estar muriendo. En ese segundo es tanto ayer, como hoy, mañana, como cualquier momento de mi pasado y mi futuro. Pretendí olvidar que en ese suspiro, que es la vida humana, no alcanzamos a nada más que contarnos mentiras sobre quiénes somos y a quienes queremos, repitiendo las palabras y los actos hasta formar una narrativa que nos permita vivir en paz, engañados y felices, como si no fuéramos marionetas que se dejan manejar por la ilusión de completitud, por la promesa de que el vacio está en realidad lleno, de que podemos ver las cosas por como son, que la realidad es tan simple como nos la pintamos.

Yo escogí la narrativa adecuada para estar cerca tuyo, Muerte. Pero luego me di cuenta que esa era mi mentira. Y de pronto quise creer en otra mentira, una menos complicada, una que me hacía sonreír con sus ocurrencias y rabiar cariñosamente con sus necedades. Una mentira que creía en sus propias mentiras a las que llamaba verdades, una mentira que no me prometía el paso al vacío eterno, ni ninguna de esas cosas. Pasé de la narrativa de la Muerte a la narrativa de Carlota. Derrotado por la ficción, ansioso de no darle un vistazo a cómo sería vivir sin narrativas.

Alguna vez volví con Carlota, pero ella ya me había dejado por mucho que decía que estábamos juntos. Pienso que Carlota se dio cuenta que pese a que me quería, quizá no le convenía tenerme en su narrativa. Se alejó, me dejó y yo volví a tus brazos Muerte, pero ambos nos dimos cuenta que ya no era lo mismo. Por primera vez viste en mí un deje de rechazo cuando vi, por fin, tu rostro; cuando furioso por Carlota haciéndome a un lado, ambicioné dejar de verte a través de los velos con que te ornamentabas y me atreví a estirar la mano, agarrar la seda fina y oscura, jalar de ella pese a tus quejidos débiles, y lo vi querida, vi tu rostro por mucho que me cegaste de inmediato con un beso de los labios que yo creía carnosos y que ahora se revelaban como tenias viscosas que se frotaban contra mis propios labios y forzaban su paso dentro mío. Y cuando esos horribles gusanos terminaron de colarse en mi garganta, pude alejarme asqueado y mirar bien al objeto de mis anhelos. Y algo en mí se marchitó cuando observé las cuencas de tu calaca, vacías y demasiado inmensas, que me provocaron tremendos escalofríos mientras tus ropajes caían y dejaban ver un brillante agujero que todo lo chupaba, un agujero que sostenía tu astillada calaca. Y lloré, Muerte. Lloré no solo del asco de sentir a las tenias moviéndose dentro mío, también lloré porque supe que no te estaba mirando a ti, estaba mirando un algo que nunca podré especificar, un algo que velaba al verdadero terror detrás suyo. Y sentí que podía explicar el problema de lo humano mientras el agujero me succionaba adentro tuyo y yo no veía ni luz, ni oscuridad, solo podía ver la mirada fija de tus ojos siguiéndome a donde fuera que yo me moviese, totalmente consciente de que mi piel goteaba en cada instante de la eternidad, y que yo no podía evitar ese derrame mayor en que me desestructuraba en el continuo de las cosas, viviendo cada punto de la historia y derritiéndola como a una fábula. Disperso por todas partes, Muerte, me dejaste disperso y sin ficción a la que aferrarme. Y detrás de la inmensidad de tu vacío interno, había un vacío más enorme y más insondable, un vacío perpetuo al que no se podía ni tocar sin volverte en nada tú mismo.

Y cuando volví, pues lo visto no podía ser no visto, las ficciones me habían abandonado. Por un tiempo hasta intenté recuperar a Carlota, pero así me enteré que las historias que no quieren ser contadas se mantienen inenarrables. Y así me quede persiguiéndola en vano, tal como a ti Muerte. Me quedé persiguiendo una verdad que ya no quería que yo la creyese. Pero me di cuenta que me quedaba una mentira a la que ya no podía llamar verdad. Me quedas tú, Muerte. Me queda también la vida, pero me sobra el horror de verte al rostro y recordar que soy una marioneta de mi propia tendencia a creerme los cuentos para seguir respirando, me pesa el pensamiento de ser una no-existencia aspirando a creer que existe, o estar acá esperando una chance para por siempre zambullirme en el olvido.

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