Pankekke

Publicado: noviembre 17, 2014 en Cuentos
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Cuando Lucifer llegó al lugar donde lo habían invocado apenas pudo contener un bufido de molestia. No le molestaban los llamados, después de todo eran parte de su trabajo así que los asumía con total responsabilidad; lo que lo fastidiaba era la maldita actitud humana de pensar en él como un condenado villano, uno de esos seres enfermos que disfrutaban con la sangre, la muerte, y otras basuras muy humanas que no terminaban de entender. Pero, aun si era uno de esos raros humanos que entendían, lo hacían temblar mientras mantenía la cara impávida para no dar a relucir su asco, o su miedo, o algo que no tenía nombre en palabras humanas, algo que solo él y Dios conocían; ese sentimiento de observar a los humanos, de escucharlos hablar como si fuesen dueños de la verdad  querer reírse, querer llorar, querer gritar con todas sus fuerzas, mandando al olvido mundos y creando otros en el proceso.

Luego reparó en el humano que lo había invocado, notó que no era uno de esos tipos fríos y, de verdad, malignos, tampoco era uno de esos poseros sanguinarios, peor un metalero tatuado con frases satánicas que no tenían pies ni cabeza para quien sea que lo conociese a él o a su vasta progenie, en realidad su invocador no era más que un tipo raro, de pelo largo, todo lampiño y flacucho, vestido con pilchas finas y rimbombantes; parecía otro de esos hijitos de papá que lo llamaban cuando un morbo picaba sus curiosidades y hacían rituales con una emoción colmada de fantasías estúpidas y rencores floridos, rencores que buscaban ser satisfechos a costa de cualquier precio imposible, esos malcriados que en un arranque de ira mandaban al infierno a sus padres y vivían el resto de sus vidas lamentándose, culpándolo a él por algo tan monstruoso como quitarle a sus padres. Cobardes hipócritas a los que les llegaba demasiado tarde el arrepentimiento, que no podían asumir la responsabilidad de sus actos hasta que sus vidas terminaban en un solo lamento de culpa. Putos humanos y su entendimiento tan pobre de todo.

– Loco, mirá que no tengo nada de plata y hay un conciertango brutal en unos días. – dijo el muchacho con una voz gruesa infestada de algunos gallos que delataban lo joven que era. – pero tampoco te puedo estar dando mi alma ¿no ve? Entonces ¿qué propones flaco? ¿qué puedo darte a cambio de algunos billetotes?

Lucifer no contestó. Recordó sus días en el cielo, cuando los ángeles vagaban por los algodonosos confines de las nubes, derrochando grácilmente la exacta actitud del muchacho, como si aquel chico flacucho fuese un ángel caído que venía a recordarle aquellos días horribles en que se tenía que tragar a los ángeles y sus pavoneos coquetos y egomaníacos, sin mencionar a Dios y sus pretensiones de haber creado a los ángeles y a las cosas cuando ni siquiera sabía qué rayos hacía el mentado árbol prohibido a los humanos, cuando los humanos todavía eran dos y no eran tan variados, ni tan cretinos.

– Respóndeme, pues, loquito que estoy desesperado. – el muchacho esperó un buen rato pero a Lucifer no se le ocurría qué podía responderle a un ser tan angélico, le costaba comunicarse con esa clase de seres, no por nada había escapado del cielo. – porque si no se te ocurre nada yo tengo un par de ideas por ahí que te pueden estar sirviendo.

Mantuvo el silencio, pero asintió con la cabeza, notó que el muchacho se estremecía aunque no había miedo en aquellos ojos ambarinos que gritaban “jale” por todas partes.

– Yo en eso del alma no creo, pero por si acaso cuido la mía. Aunque, eso sí, puedo asegurarme de darte varias otras almas, vos me dices más o menos cómo y yo me doy forma de conseguirlas, porque un alma es un alma pero varias…bueno, vos debes ser de esos que mientras más consiga mejor está, así que es buena oferta ¿o no?

Lucifer se empecinó en su quieta y silenciosa terquedad. No emitió sonido alguno, solo recordó a Dios y sus ángeles, recordó la caída al infierno y la libertad absoluta de saberse su propio jefe, los deberes magros de ser el portero del inframundo y la plena sensación de bienestar que traía no oír los coros divinos, ni oler los alientos angélicos que se desgastaban en palabras tan propias de la boca de Dios, como si todos fueran el lamebotas ese de Metatron que solo repetía incansablemente lo que Dios improvisaba en las borracheras más intensas.

– Tengo una mejor idea… – prosiguió el muchacho.

Pocas cosas arruinaban el humor de Lucifer como las actitudes angelicales. Los condenados humanos pensaban en los ángeles como seres de luz, como la inocencia más bondadosa que un mundo pútrido como el suyo podía anhelar. A los humanos les gustaban los ángeles pues en ellos podían proyectar todos sus sueños de perfección y todas las bondades que el tiempo les iba robando, los humanos elegían rezar a los ángeles buscando sus protecciones porque en el fondo sabían que a los ángeles les valía tres palmas de pito lo que pudiese pasarles, y los humanos eran tan mentirosos que lo único que querían eran más mentiras que los dejasen seguir adelante, siempre adelante, nunca atrás, ni a los lados, ni arriba, ni abajo.

– Te daré las almas de millones de infantes, lo haré en un pestañeo y las tendrás en la palma de tu mano.

El muchacho insistía, ajeno a que Lucifer estaba pero no estaba y en tal condición no hizo nada cuando el chico tomó su mano, ni tampoco hizo nada cuando la sintió posada sobre el miembro erecto del jovenzuelo, solo pudo recordar a Dios y sus berrinches mientras el muchacho le cerraba los dedos en torno a su pene y movía su mano asiéndolo por la muñeca, empezando lento y continuando cada vez más rápido, progresivamente raído, soltando jadeos fuertes y gemidos que parecían gruñidos trancados en su garganta. Cerró los ojos y vio claramente a los coros de ángeles rodeándolo, a Dios mirando sonriente desde un trono improvisado desde donde se hacía al importante, y cuando en su mano nadaron muchos infantes condenados a la no-vida, cuando el último gemido del muchacho hubo escapado, solo entonces volvió a sentir la cálida ligereza de las sustancias angelicales chorreando de su rostro, los coros de risas y el chillido furioso que salió de su boca mandando a la mierda a Dios, que era peor que los mortales, separando el suave algodón de las nubes y tirándose al vacío, inmortal y liberado, dejando que el viento limpiase los restos de ese mundo celestial pegados a su rostro, listo para darle la bienvenida al calor de los fuegos infernales, que hacia rato clamaban por alguien que los cuidase, ansioso de ser el custodio de ese ejercito de pecadores a los ojos de un cretino, que no tenían quien los hiciese sentir bien en sus concepciones masoquistas del perdón, ni quien les brindase la paz eterna de saber que podían pagar todas sus deudas, todas sus culpas.

Cuando abrió los ojos vio los perdidos irises del muchacho muy cercanos a los suyos y supo que él tampoco era nada como para juzgar a los mortales por mentirse, cuando justamente chasqueaba los dedos para dejarle un montón de dinero al flacucho muchacho, quien se reía como desquiciado.

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