Nubes

Publicado: enero 26, 2015 en Zopilotadas
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Recorro los lugares donde tanto te quise y me detengo a pensar en el paso del tiempo, en cómo el colegio ese donde fuimos a un simposio, el de dos canchas y fachada verde que por dentro parece una casa construida en los ochentas, anda en la misma decadencia de hace años, como si aun fuera ese día de lluvia en que estuvimos ahí, un tanto borrachos viendo aquella charla académica después de haber estado en una fiesta en casa de un amigo; o me detengo un rato en esa interjección del barrio de los moteles donde nos dimos un beso intenso que me quitó el aire toda esa noche en la que, luego, tuvimos que escuchar demasiadas bachatas. Lo más común es que recorra las mismas calles por las que tú y yo paseábamos, concentrado en fijarme en los detalles más nimios para que la memoria de nuestras charlas no lo acapare todo y me olvide de notar esas resquebrajaduras de la acera y en el asfalto que han permitido que pequeñas briznas de pasto verde veraniego asomen sus cuerpecitos, para darle color al gris con blanco y café blanquecino de las calles de tu barrio. Entonces miro al cielo, que a veces está celeste como hoy, todo adornado con algodones enormes que otorgan una aliviadora sombra para mis andares, a diferencia de los cielos azul intenso sin nubes, esos cielos que contrastan su color, en degradé, con un celeste tímido que se asoma cada que la tiranía del azul se lo permite. Te diré que ese cielo siempre me ha intrigado, no solo porque me permite notar la esfericidad de nuestra prisión azul sino porque así estaba el cielo cuando nos conocimos. Igual de azul, con esa brutal intensidad de la canícula brillando sobre todos nosotros, mortales, e iluminando las cosas para que refuljan ante la fuerza de sus llamaradas que nos llegan desde años luz de distancia. Pero hoy en el cielo hay nubes y en su sombra descansa mi piel y mi mente.

Otras veces el cielo está gris y húmedo, que tú sabes que es cuando más disfruto caminar pues la configuración de las cosas cambia. Nunca supe explicarlo. La gente se apresura a buscar refugio ante la posibilidad de mojarse, la luminosidad ploma le da fuerza a los colores fuertes y la misma perspectiva sensorial de la realidad metamorfosea. El olor de la tierra cambia, el agua coquetea con tu tacto y el constante ritmo de las gotas cayendo en sinfonía me parece un bizarro deleite, un premio auditivo que choca contra el suelo o cae sobre los charcos y las piedras, los arboles y los perritos callejeros cuyo olor es un gusto culpable. Pero lo mejor es el paisaje, lo oscuro recrudece y la claridad se opaca, haciéndome sentir hermanado con los panoramas cuyo rostro ha sido transfigurado por el clima. Ese ambiente no me lleva a los lugares donde te quise, sino que me remonta a los encierros en tu casa, o las memorables veces que estuviste en la mía y me entristezco porque hoy vivo en otra parte y ya no puedo decir que aun siento tu presencia en mi cuarto y me aferro al consuelo fetichista de creer que tu esencia aun se mantiene en mi colcha, en la que estabas sentada cuando nos dijimos que nos queríamos.

Pero lo peor es la noche, pues por las noches las memorias son más nítidas y vastas, además de que nuestros momentos más críticos han sido siempre por la noche. La noche me encuentra caminando mientras miro el suelo y dejo que mi vista periférica pille la decoloración del cielo que, a medida que se pierde la luz, empieza a llenar los espacios en blanco con nubes plomas, primero, nubes azul metálico, después, así hasta llegar a las rojas con dorado a las que quiero tanto porque ellas nos acompañaron mientras charlábamos en las inmediaciones del apartamento de tu tía. Ese cielo al anochecer tiene un tono siempre tan oscuro en sus nubes que, poco a poco, se hace dueño de la gris blancura del cielo e intensifican su oscuridad, mientras que los resabios de esas nubes rojas se van entintando con un sombreado escarlata que crea todo el contraste que embellece con efectos de luces y tintes inolvidables, que siempre se pierden con el advenimiento de las estrellas. Eso lo veo con agrado, lo admito, pues ese era el cielo que yo veía cuando me iba de tu casa a pie, sin decirte nada para que no te preocupes, usando la ruta alternativa para ir por detrás de la ciudad hasta llegar a mi casa que estaba al otro lado de la tuya; por eso también las caminatas y el sudor me recuerdan a tí, así como la caca de paloma que te cayó esa vez que caminábamos junto al Solomón. Sin embargo, la huída de la luz también me apesadumbra pues me deleito viendo aquellos atardeceres que le dan paso a la negra noche, la cual no solo me recuerda, obviamente, a ti sino que para cuando la veo, desde los laberínticos vericuetos de la ciudad y las luces de la misma que influyen en los irises para ocultar las estrellas, ya estoy predispuesto a la melancolía después del espectáculo del cielo oscureciendo. Y esa melancolía me encuentra vagando entre bares y risas, me hace vivir esa noche del cumpleaños de la Ariana, la misma noche en que me encamoté de ti, la misma noche que terminamos charlando de todo lo privado en nuestras vidas, por mucho que era la primera vez que charlábamos. Claro que no me libro de visualizar noches menos gratas, como cuando rompí esa ventana mientras lloraba por ti y la policía no pudo encontrarme, o cuando vimos ese choque en plena puerta de un supermercado, aunque ese no cuenta porque en ese momento yo era feliz de tenerte a mi lado, pero entonces rememoro el cumpleaños de nuestro amigo Néstor en que me emborraché como nunca en mi vida y rumié mi tristeza desquitándola contigo y el mundo. Solo para ese entonces el cielo ya está completamente negro y los ruidos citadinos se van perdiendo para darle espacio al silencio y que empiece su reinado. Eso me gustaba de tu casa, no solo lo cómodo que me sentía a lado tuyo sino la presencia tan histérica del silencio de afuera que me atraía por permitirme escucharte mejor, caperucita. Así logro reírme y recuerdo otras noches como esa fiesta en que nos vimos por lo baños y no pudimos evitar besarnos como locos, o cuando en los juegos de un parque charlábamos como si no hubiera mundo que importase. Y esos recuerdos me ponen más triste que avergonzado por las memorias anteriores, porque encuentro que sigo caminando y explorando nuevas rutas, así como antiguas, y mientras lo hago recorro estos lugares donde te quise mucho, dándome cuenta que aun te quiero tanto.

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