Eternidad y Silencio (muestra)

Publicado: enero 21, 2016 en novela
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      Capítulo Dos

  1. AMANECER

Comienzo con un humito. Sensual y plomito, recorriendo el cuarto y haciéndolo oler a madre tierra. Mi colchón del suelo, mi ropa sucia y la limpia, hasta la laptop, todo huele a bayer. El sol está saliendo, un nuevo amanecer, nuevas energías, los rayos del sol que se filtran por mi ventana se sienten calentitos y combaten al frío paceño de la madrugada. La colcha calienta mi piel desnuda y los escasos rayos de sol calientan la colcha, le dan luz a este mi cuarto y evidencian las estelas de humo que salen de mi boca y mi porro. En el cuarto de al lado está Arturo escuchando su música punk. Gran tipo este Arturo, siempre tranquilo y tan inteligente. Lo malo es que no es de los que beben, ni trata de romper los límites de la conciencia. “Me gusta mi pre frontal” me repite y yo que me chineo siempre que él está cerca, pa’ que se hornee, pa’ que pueda vivir todas estas sensaciones aunque sea un poquito. Me da pena contaminar su energía con esa mala vibra de forzarlo a romper sus límites pero, carajo, me da penita cuando alguien se cierra en su cuadradez, no me gusta que no quieran ver más allá y experimentar este otro mundo tan rico, tan amplio y vitalizante y donde puedes perderte o puedes aprender las lecciones que la mayoría pasa de largo durante toda sus vidas. El Arturo es bien lindo chico y tranquilito, se nota que le asusta cuando me ve con algo más fuerte que chino. Soy injusta, él lo toma muy bien. Creo que son los demás de quienes estoy hablando.

¡Qué deli es chinear! No solo el humo llenando el cuarto, sino el humo comiéndose mi cuerpo. Cuando estoy desnuda es mejor, malditos trapos con que censuro mi desnudez, porque yo no siento hasta que siento al humo que me acaricia, y yo me dejo porque el muy bandido sabe cómo. No se detiene, no pone fuerza, solo me recorre por dentro y por fuera y todo se magnifica. De pronto mi piel se sensibiliza, mi garganta se seca, mi estomago cruje, todo se intensifica. Mis ojos ven cosas que otros no, mis oídos captan los susurros secretos del universo, mi lengua percibe los misterios detrás de cada sabor que la acaricia, mi tacto se fusiona con aquello que palpa y mi olfato penetra de tal forma que puedo sentir el sabor de la atmósfera en la lengua. Produzco infinidad y la mantengo dentro de mí, la expulso en cada bocanada y somos todos tan infinitos en esos breves momentos en que me estoy fumando y el mundo sigue girando con nosotros tan chiquitos ahí dentro.

Cuando chineo el cuerpo está más pesado, pero igual me muevo con más ligereza. Cuando chineo la risa me sale fácil y todo es absolutamente gracioso. Cuando me fumo mi cuerpo se vuelve un atolladero de sensaciones, de nerviosismo, electricidad y de color verde. Y, luego de que el humo me hace el amor, quiero que otras cosas me hagan el amor. Las brisas que entran por la ventana, el agua que colma la bañera, el calor de mi poderosa estufa, saborear leche, panes, frutitas, productos químicos, todo es sabroso con el mejor de los condimentos: la mouu-ta. Y con los sentidos así de libres, ¿quién tiene tiempo de hacerse a la ciega? ¿Por qué negaría ese torrente de fluidez que me permite reconectarme con mi alma y verme tal como soy? Me cae bien Arturo porque es un tipo correcto, inteligente, es un tipo que no quiere el lado secreto de su existir y se refugia en la belleza del raciocinio. Como mis padres, como el mismo Matías. Por eso me fumo cada día. Para conocerme mejor, porque no existe claridad más transparente que estar china. Y lo más genial es que estas sensaciones son nada, comparadas con las sensaciones que traen otro tipo de viajes. Otras sustancias. Otras vidas y mundos. Por eso no entiendo a los cuadrados, ni tampoco considero que puedan decirme qué es la vida, cuando ellos no la han explorado como yo. Los demás se asustan cuando comento estas cosas. También se asustan cuando me paseo así por la vida. O no sé. Por ahí no es que se asusten sino que lo rechazan pero no me rechazan a mí. Soy su amiga, la motera loquita, la que se pasea desnuda cuando le da la gana, siempre chineando, en ácidos, borracha a veces, en ayahuasca otras y debe ser rayante, porque, yo, también me pongo otra clase en esos estados. Las cosas son más claras y el significado de la vida está más dispuesto a mostrarse, pero hay que sufrir un poquito para romper las barreras. Y todos tenemos tantísimas barreras. Las primeras veces me reñían bien feo, después se calmaron porque yo no les tiraba bola pero igual insistían y me decían muy calmadamente que tenía que protegerme y no andar así, toda drogada, toda perdida, que eso era peligroso y no sé qué otros cuentos cuando los perdidos eran ellos. Por eso los quiero a mis roomies, son de los que no mencionan nada sobre el olor a marihuana en mi cuarto, o las otras cosas que me ven hacer. En el fondo, mis dos queridísimo compañeros de apartamento, saben que esta es mi casa, yo la conseguí, ellos son mis intrusos necesarios.

Ocho de la mañana. Ya no hay pajaritos madrugadores cantando en los árboles cercanos a este pequeño edificio de suburbios. ¿Qué día es hoy? Sábado. Sí, sábado. Había parrillada donde el Armeros. ¿Voy? El Poeta me tenía un trabajo enorme. Pero donde el Armeros siempre va el Moreno, y ese siempre tiene coke. Total que unas birras, un par de vacas muertas siendo rematadas por carbón encendido y unas jaladas pueden hacer una buena tarde. Pero primero…pues, primero: pararse. Segundo: espiar en los cuartos de los chicos. No están. Bien. Tercero: música, a todo volumen. Cuarto: Ducha, pero, eso sí, un porrito sentada en la sala, escuchando El Otro Yo, esta vez usaré un poco de la golden para que me pegue más duro, y cuando el tiempo deje de avanzar en línea recta y empieza a dar vueltas alrededor mío, ahí recién, me entro a las aguas de la ducha y todo será, y es, pura diversión, todo es una energía positiva detrás de otra, un tsunami de sensaciones dichosas en una pinche ducha. Quinto: vestirse. Esto último es más difícil de lo que parece, porque seré una destruida como dicen los chicos, pero me gusta vestirme bien, por mucho que mi ropa siempre termine rota o manchada más allá de todo detergente. Eso sí, ropa cómoda solamente. A ver. Que sea el jean celeste, el top de florcitas amarillas y rojas de fondo negro y mi chaqueta blanca. No se ve mal. Nada, nada mal. También la carterita blanca, entonces. ¿Qué debería llevar? Kleenex, claro, mi latita de bayer, la pipa, el papelillo y los filtros, un brete pa’ jalar más tardecito, dinero, llaves, celular, audífonos, encendedor. Salgo, le digo chau a mi casita, llamo al ascensor, pongo un poquito en la pipa, desciendo, me paro en el umbral de la puerta y fumo sin que nadie me moleste. Un último aire antes de salir.

 

 

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