Archivos para abril, 2017

(atrapado en una multitud sudorosa esperando a los Strokes durante una noche calurosa en Santiago de Chile)

Quiero un solo segundo sin tormento. Para poder perderme en tonos agradables y tararear canciones sin pensar en nada ni que nadie se acuerde de mí. Quisiera estar en paz con la tierra y el aire y así dedicarme a aprender a respirar sin necesidad de mis pulmones, o aprender a hablar con el cerebro apagado. Confieso que me deleito con el primer bocado de cada comida y la sensación  de un estómago lleno me hace sentir del mismo modo que de seguro se siente la gente que disfruta bailar. Me gusta escucharte hablar en esos tus tonitos tan propios de ti, la voz que nadie más que tú usa y los ojos entornados como globo perdiéndose en la vasta maravillosidad del cielo, ese océano que no nos empapa. Me hace feliz cantar con toda el alma y perderme en esos mis gritos de angustias, que a lo mejor son hasta tontas pero que son tan mías que nadie más entiende a la perfección suficiente como para divertirse con ellas.

Odio varias cosas pero me encanta odiarlas, mirarlas desde arriba y creer que puedo despreciarlas tal como yo a ellas puedo importarles muy poco. Cuando me deprimo vuelvo a tener 16 años, en esos tiempos en que me perseguía lo inevitable de la muerte y guardaba toda mi furia que de todas formas salía a borbotones pese a la represión a la que la sometía; quizá por eso es que adoro la percusión en casi cualquier canción, pues la rabia reprimida sale mejor pretendiendo que golpeas con las baquetas esa enorme batería imaginaria. Detesto al olvido, porque hacia allí todos nos dirigimos y por lo mismo me gusta sentirte encima mio, o a lado, debajo, desnudos, vestidos, virtuales, tú elige, pues en mi subjetividad son momentos infinitos en que miramos al cielo púrpura y recordamos que un día vendrá alguien más joven que nosotros a enseñarnos a mirar lo que hoy nadie puede ver. Y es jodido porque ese día llegará mientras yo te espero con esta impaciencia que detesto con la misma intensidad que la mantiene nutrida y que tantos sinsabores me ha traído. Me gusta lo intenso ¿qué puedo decir? Me hace sentir vivo, me acerca a ese límite mortífero que otros encuentran en el vértigo o la adrenalina.

Prefiero a los perros que a los gatos , y eso que los gatos son bastante importantes en esa alegoría odiosa de mi corazón. Adoro mi flojera pero me quita muchas oportunidades de robarle vida al tiempo, lo cual me deja con la misma sensación de recordar a mis muertos, esos amores agridulces que un día fueron  pero que ya no pueden ser más. Adoro mirar la luna y extraño a todas mis mascotas y, de nuevo, a mis muertos, tanto los que se marcharon al olvido como los que todavía respiran. También adoro los atardeceres, la noche, el frío y la luz del sol a las 9 de la mañana. Tengo un fetiche por la imagen y los colores intensos y me presto la música para expresar lo que siento, tal como me valgo de series y películas para escapar a una ficción ajena a la mía y así no pensar mucho en ese yo que tanto me aburre a ratos por el excesivo tiempo que pasamos juntos. Me gustan tus ojos y la forma que sonríes con ellos, me gusta que cuides a la gente y que entiendas que yo también tengo a mis amigos y amigas a los que amo más de lo que imaginamos. Me encanta hablarle a los perros porque no tengo que mentirles, porque no entienden y solo sienten, y si entienden pues yo no lo entiendo y estoy bien con ello. Soy capaz de callarlo todo pero también de hablar hasta lo que menos me conviene. Y por eso me matan los silencios, porque tiendo a ser muy partícipe de ellos.

El momento en que menos existo pero más vivo es cuando me pierdo en escribir. Para mí es jugar a ser dios saliendo de mi ficción, o más bien expandiéndola hacia allá donde se pierde la humanidad, el reino de lo incomprensible, esos lugares en que lo que me gusta no es mas que otro parpadeo momentáneo en un perpetuo donde nada dura. Me gustan las cosas que me hacen mal pero le tengo miedo a morir, me molesta lo excesivamente normal que soy pero me encantan los giros oscuros que mi mente puede dar, esos pensamientos a los que pocos se animan a entregarse por alguna suerte de sentido moral o, peor, sentido común. Me gustaría que estés acá y contigo un tropel de las personas que más quiero, todos riendo y comiendo y actuando como hobbits y yo a un lado fumándome mi pipa mientras me pierdo en las formas del humo contra el cielo del anochecer y los débiles resplandores de la sombralunar mientras te ansío cerca y no tengo más que pararme para estarlo. Y de la misma manera podría reírme de idioteces con mis amigos y escuchar sus sufrimientos angustiándome por tratar darles de mi querer porque eso igual me gusta, aunque suene peculiar. Añado que amo a mi madre y a mi padre, amo a mis primas menores y a mi gata. A los demás o los quiero o se han dejado olvidar. Muertos vivientes, ya lo dije.

Me intimida la gente linda pero me gusta mirarlos y mirarlas, preguntarme qué sucede detrás de sus miradas, sus rostros bellos, sus cuerpos irreales y me es muy molesto cuando descubro que son feos por dentro. Arruinan el momento. Y eso es porque a veces verlos es como mirar los colores de un atardecer, los ojos de un perro o un paisaje iluminado de una manera precisa, es mi forma de homenajear a ese momento llamado estética, la apreciación de la belleza momentánea que se pierde en el fluir del tiempo. Ese tiempo que nos consume, que se lleva nuestra salud o nuestra belleza y la transforma en otro tipo de belleza, o que nos amarga, nos ve intentar hacernos felices, darle un sentido a ese fluir eterno del que nadie escapa, nos ve fallar y escucha como algunos llegan a culparlo de nuestra irrelevancia en la existencia mientras algunos otros tratamos de sonreír con el poco sentido que podemos procurarnos. Así que admito que no me gusta la poesía pero sé reconocer a un buen poeta cuando me golpea en el rostro con sus versos, pero ni a golpes comprendo a los que les gusta el cine de terror o el picante. En cambio me saco el sombrero imaginario por aquella gente que baila y cocina, me embeleso con las voces bellas y las actitudes positivas pero tímidas en su optimismo. Quizá porque soy más de gente fatalista, pesimistas o, mejor aun, absurdistas que sepan que nada de esto tiene el más mínimo sentido y que solo podemos mirar a donde sea que queramos y creer lo que mejor le vaya a nuestros vacíos.

Me pregunto cual será el comienzo del olvido. Lo hago mientras noto que me gustas más y más, aceptando que quizá lo nuestro no sea más que otro parpadeo en la eternidad o, lo que es peor, un parpadeo en nuestras vidas. Me consuelo respirando y recordando que, por ahora, no existe otra cosa más que este presente en el que no quiero dejar de mirarte. Entonces me loqueo y escribo, escucho canciones que hablan acerca lo que consume a mi alma en silencio, me pudro en rutinas de no alarm and no surprises hasta que rompo con lo mundano y me escapo a algún viaje hacia cualquier tipo de lejanía donde siempre termino por encontrarme porque no me puedo dejar en paz. Y, de nuevo, despierto entre la gente que amo y la que odio, los que no tienen importancia y los que sí, me exprimo los sesos y les doy valor, los dejo poblarme sin envenenarme y retorno a disfrutar en ese momento en que admito que siempre he preferido la soledad, aun si la alternativa no me suena mal.