Yo quiero el nudo, no la corbata. Quiero la asfixia, no la cuerda. Quiero el horizonte, no la viga. Quiero la altura pura y, a veces también, la caída.

Oscar Martínez

 

Daban las seis de la mañana cuando Amancaya Salinas Lago despertó violentamente por el sonido estridente y sin interrupciones del despertador de su celular, una melodía de los Dire Straits que le gustaba mucho y que le ayudaba a ahuyentar las ganas de lanzar el aparatito contra la pared. Todavía medio dormida hizo su mejor esfuerzo para apagar la alarma sin distinguir bien qué era qué, mientras tanteaba el velador con la mirada borrosa y la boca seca, repleta de ese pastoso sabor que deja el mal aliento matutino. La noche anterior estaba bautizada por un insomnio, atípico en ella, sesgándole el total de horas de sueño que ahora le hacían mucha falta, especialmente ante el día que le esperaba. Reuniones, correteos, caprichos de la jefa y la fea actitud de algunos compañeros de trabajo eran solo el aperitivo que le deparaba la mañana y que no combinaban bien con aquel calor sofocante que desolaba la ciudad desde hacía días, todos horribles y caracterizados por el sudor afeando la piel y los olores del ambiente, tal como las resolanas atacando los ojos y ese sol que se pavoneaba todo brilloso e intenso ahuyentando cualquier suerte o chance de lluvias, tan esperadas por la población de una ciudad que se podría en promesas y burocracias. Amaia, como solía llamarla su abuelita, miró por la ventana hacia el cielo celeste y radiante, echando de menos las grises y frías madrugadas tan típicas de su ciudad ahora sustituidas por amaneceres que aparentaban un horario que no eran, con la misma luz y rigor que solía verse a las dos de la tarde, pero ocho horas antes. Le gustaba el calor, lo prefería al clima pálido e indeciso que era lo que la población en general de su ciudad acostumbraba, pero aquello era una de esas exageraciones que le quitaban lo lindo a lo bonito.

Empujó las sabanas y se desperezó echada todavía, pasó lentamente sus dedos por su piel algo sudada sin fijarse en las yemas de su mano izquierda entrando en contacto con su pecho, su aureola, su ombligo, su pubis, su muslo, demasiado ocupada en contemplar el paisaje de la ventana que daba hacia su patio verde brillante con toques rojos y blancos y amarillos y naranjas de las flores bajo los fulgores del sol. “Día de mierda” susurró un pensamiento cuyo suave sonido mental fue más poderoso que los gritos histéricos de otra voz cerebral, esa que le rogaba que de una buena vez se parase a perpetuar su deber de cada día, lo cual le resultaba difícil cuando el primer obstáculo, además del obvio salto de la cama al suelo, era esa ducha inoperante que al abrirla solo escupía aire. “Claro, la sequía” se recordó Amaia enojándose un poco consigo misma por pasar por alto que desde hacía unas semanas la ciudad enfrentaba un terrible estiaje que dejó a muchas de sus zonas sin agua, más por la mala administración de las represas que proveían el servicio a la ciudad entera que por culpa de los caprichos de mamita naturaleza. Extrañamente recién cayó en cuenta de los baldes y bidones llenados por ella misma en días previos de forzar los músculos cargando cada uno de esos envases del camión cisterna a casa, en un ir y venir que ya tenía hastiados a los vecinos de su zona, aunque más preciso sería decir “crispados”, y según auguraban los noticieros el hastío empezaba a propagarse como una plaga contagiosa por cada departamento del país.

Metió su cuerpo menudo a la tina y ayudándose de un balde y un vaso mojó todo su ser, de pies a cabeza con el agua helada que le ponía la piel de gallina pero que la refrescaba del clima maldito que les tocaba experimentar en aquellos tiempos extraños y poco sorpresivos en que se acababa uno de los recursos básicos de una ciudad. Al terminar contempló el agua sucia con esta mezcla de mugre y jabón de glicerina, cargando con trabajos el balde para derramarlo en el inodoro donde se acumulaban las meadas y excremento del día anterior; su rostro hizo un amago de puchero por asco hasta que recordó que aquello no era más que materia que su propio cuerpo había producido y por un segundo su mente casi divagó hacia la maternidad, primero, y a la indigestión, después, pero alejó rápido pensamientos que no le atraían, particularmente aquella mañana infernal y olorosa.

Ya con las entrañas vacías se dirigió a la cocina a llenarlas nuevamente. Untó un pan con mermelada y mantequilla mientras el agua calentaba y la bolsa de té esperaba el preciado líquido hervido, escuchando como Amaia cortaba un par de limones y exprimía su jugo en un pequeño vaso al que luego le añadió una cucharilla de aceite de oliva y bebió de un solo trago. La bolsa fue un mudo testigo de cómo la muchacha desayunó en silencio, perdida en pensamientos acerca las mejores formas de llegar rápido al trabajo, asumiendo que su padre, de seguro, estaba despertando e incurriendo, desde tan temprano, en improperios en contra el gobierno por someter a su población a semejante situación maldita. Convencida de que su madre le hacía oídos sordos, como respetando el silencio dentro ella y la necesidad de ruido del hombre que eligió para amar. Para la bolsa de té era curioso que Amaia fuera de las que creía en el amor de una manera romántica y lo atribuyó a pertenecer a ese vasto grupo de seres a los que su propia intensidad solía lastimar vehementemente y alejarlos de lugares, personas y canciones cuando el amor se acababa, de esos que tienen que romper con quien sea que pudo introducirse en su órbita, como siempre, dejándolos con la difícil tarea de cuidar sus memorias preciadas, separarlas de las dolorosas, a sabiendas que cualquier tipo de recuerdo iba a perderse de todas maneras. Alguna vez la bolsa, desde su vistoso escondite en la mesa de diario, le escuchó a Amaia decir que era difícil no pensar en términos fantásticos o mágicos acerca un sentimiento que tenía que ver con lo que consideraba hechizos en los que una caía, o que se conjuraban casi accidentalmente cuando se era tan peculiarmente preciosa como lo era ella. Esto último no lo escuchó de Amaia sino de dos ex novios y un pretendiente que, precisamente, pensaban en ella a la misma hora que esta reflexionaba sobre el amor y terminaba de darle los últimos mordiscos a su pan remojado en la sangre de la bolsa de té, cuyo cadáver ya no observaba a la muchacha sino que descansaba en paz en el fondo de su larga taza/tumba, haciendo eco a los muchos sacrificios animales y humanos que la deidad civilizatoria exigía a sus esclavos para que pudiese iniciar el día.

Cuando Amancaya salió a la calle la recibió el panorama colorido de la otra pequeña crisis de su ciudad: las colosales montañas, hediondas y variopintas, de porquería que se acumulaban en las puertas de las casas y edificios, o casi cada esquina en realidad, resultado de una amarga huelga de los recogedores de basura que pedían un aumento en sus sueldos antes que condiciones más salubres de trabajo sin saber que la municipalidad preparaba un golpe maestro para reemplazar a todos esos frágiles sistemas inmunitarios con la cómoda y silente automatización de los camiones basureros. Amaia contuvo un suspiro de molestia, los aromas desagradables fastidiaban a su sensible olfato y en las calles el mal olor de la basura se mezclaba con la falta de higiene de la gente por la alarmante carencia de agua. “Aunque algunos ni así se bañan” pensó creyéndose algo pícara mientras sus piernas la enfilaban a la parada del bus que la llevaría al trabajo. De pie en la organizada fila que esperaba ansiosamente al medio de transporte, poco sabía Amaia que aquel día, que olía tanto a rutina, empezaba a ser trastocado por una señora insulsa de gafas gruesas, que se teñía el pelo de blanco para aparentar canas que aún no le llegaban y, de esa forma, gozar de los privilegios para la tercera edad. Era famosa en el barrio y todos sabían de sus mañas, pero los más la respetaban por las formalidades más banales del contrato social y los menos no se atrevían a denunciar públicamente sus mañas por esa pereza que los años traen ante la perspectiva de complicaciones tan inútiles como discutir con necios. Aquella mañana, no era que esta señora llevase prisa alguna, o que existiese un apremio o motivo importante que la hubiese sacado de su hogar. Salió por salir, pero la fuerza de la costumbre le hizo actuar con apuro, como si estuviera en una urgencia o el mundo estuviese viviendo sus últimas mañanas y fuera imperioso que ella llegase al centro de la ciudad, justificando el saltarse la fila para subirse a empellones al bus, causando que reinase el caos y se rompiese la ilusión de orden, ayudando a la gente darse el permiso que esperaban para subir alocadamente al vehículo que se llenó entre empellones e insultos dejando a Amaia frente a la estampida de una pequeña muchedumbre apresurada que pronto la dejó fuera del bus que ya partía.

Nada de esto la molestó. Un silencio interesante se apoderó de su cabeza y no hubo estímulo alguno que pudiese sacarla de esa repentina ensoñación que la dejó colgada del paso de otros transeúntes por la calle, registrando cada atuendo, gesto y otras características, pero sin procesarlos de verdad. En aquel estado, que nadie podría llamar de gracia, fue que comenzó a moverse atribuyéndole el impulso a la inercia y sin darle más vueltas resolvió que aquel era el día que renunciaría a su trabajo. Pensarlo por un rato fue interesante pero entonces le golpeó la realidad de las cuentas, las deudas, los antojos y tantas cosas que necesitaban de una billetera siempre llena y rebosante que igual nunca alcanzaba para consentir en todo lo que habría querido. Todas esas pasiones que sentía que podría perseguir si estuviera menos ocupada con problemas ajenos y a veces estúpidos como el dinero, la familia y hasta las amistades. Fue un momento potente, lleno de dudas, reflexiones, cálculos del futuro y el pasado que aumentaban a cada paso, esos mismos que la dirigieron a la dirección del buen Jorge Barreras con la esperanza inconsciente de que estuviese en casa. En realidad buscaba una excusa, pese a que ya sabía que en el fondo estaba decidida y no necesitaba de nadie que reforzara su resolución, pero eso no le quitaba de la cabeza que, de menos, tenía que tener la decencia de hacer como que todavía dudaba. Cuando llegó al edificio color ladrillo en el que vivía Barreras recordó que no recordaba el timbre que tenía que tocar y su cerebro se esforzaba por no ver esto como una señal, aun si algo la movía a dejarse de chiquilladas y enfilarse a algún taxi que la dejara en su trabajo después de cobrarle más de lo que debería y muchísimo más de lo que ella de todas formas podía costearse. Tuvo la fortuna, o la mala suerte, de estar sincronizada con la salida de una mujer de traje, toda estresada y apresurada, para aprovechar ese ínfimo segundo y escurrirse peligrosamente dentro el edificio, antes de que la pesada puerta se cerrara sola aplastando su flaco y vegetariano cuerpo de huesos de pollo. Comenzó el ascenso de las gradas fijándose en las puertas esperando recordar cual era la de Barreras y cuando llegó al último piso tuvo que hacer un esfuerzo mental para callar las voces que todavía la invitaban a ser responsable y obtener una mejor imagen en sus memorias del apartamento que buscaba, luchando también contra los recuerdos dolorosos del último ex, colándose sin invitación a la deprimente fiesta que se armaba en su cerebro. Finalmente lo encontró, habiéndose equivocado solo una vez, y ahora su memoria estaba colmada por el bochorno tras ver el rostro desconcertado de un viejito, por lo que tampoco le dio tanta vergüenza encontrarse cara a cara con un medio dormido Barreras que miraba la hora en su celular, confirmando que eran las 7:43 a.m. y que aquella era la esquiva Amancaya Salinas tocando el timbre mientras que don Rojas, del apartamento de arriba, claramente daba un portazo. La invitó a pasar pidiéndole que la esperara en la sala mientras él se vestía y ella obedeció sin comentario alguno, ya con tres chistes preparados para hacerle notar a Barreras lo genial y peculiar que era que su pijama fuera un mameluco.

La sala tenía las ventanas cerradas y el aire estaba algo cargado, apenas unos rayos de sol se filtraban por Amaia no sabía dónde y bañaban de un aire de ensueño color beige a todos los muebles de segunda mano que se abarrotaban en una desordenada sala en donde, claramente, la noche anterior alguna suerte de parranda tuvo lugar. Notó el enorme sillón de cuero rescatado por Barreras de algún basurero de uno de esos restaurantes finos que renovaban imagen cada seis meses y que no se molestaban en donar nada, porque igual alguien podía autodonarse lo que se encontraban en plena acera y animada por el recuerdo de la forma en que Barreras narraba aquella historia se enfiló sin dudas hacia él. El sillón, cómodo como pocos, estaba atiborrado de mantas sobre las que Amaia se lanzó sin reparos y en las que se acomodó plácidamente, disfrutando de su calor tibio y vivaz que contrastaba bien con el infierno de afuera. Bostezó con todo su cuerpo, se agitó y retozó por segundos, saboreando esos instantes de olvido absoluto en que su boca se abría de par en par y la flojera era lo único que fluía desde la punta de su cráneo hasta su menudo potito asentado sobre los cojines que respiraban con regularidad alarmante.

Le tomó un rato notar lo peculiar que era que un sillón respirase y, antes de entregarse al horror de permitir a su imaginación volar hacia un mundo con objetos antropomorfizados conquistando el mundo, levantó las mantas y descubrió el durmiente rostro de Santiago Álvarez, con esa su expresión de cojudo tierno que dominaba su cara de todavía dormido profundamente. Ante tal imagen Amaia se preguntó cómo era posible que el tipo no se hubiese despertado después de aquel salto inicial y los pacíficos retozos que le siguieron cuando se creía sola en aquella sala y no pudo, aunque tampoco quiso, evitar soltar una carcajada bajita y suave, que otros habrían llamado risa pero que quienes la conocían podrían haber llamado risotada a eso que sonó casi discreto, de esas risas que dejaban dudas por su capacidad de transmitir su dicha pese a la falta de tono clásico y generalizado que por lo común se habría esperado.

No se levantó.

Sentada en el pecho de Tiago lo contempló por un momento dándose cuenta que no lo veía desde hace más tiempo del que hablaba con él. Los últimos chats habían sido más bien distantes, como faltos de esa intensa emoción que lo caracterizaba y por ahí le contaron que se debía a un pseudo romance entre él y una muchacha traumadita con el gimnasio, que tenía un fetiche por los novatos que entraban recién a esa selva de máquinas y pesas, una muy flexible y casi esculpida persona cuyas pocas preocupaciones revolucionaban alrededor de su forma y figura. Esto lo pensó sin malicia, sin pena, más bien neutral y podría decirse que admirada, tanto por ella como por él, que de seguro la pasaba bomba en algo que solo podía ser carnal para sostenerlo por tanto tiempo pese a ser lo que ella intuía como el choque de un egocéntrico tímido como Tiago con una traumadita con su propia figura o las formas de los cuerpos en general como, de seguro, era la amable desconocida. Esto le vino a la cabeza cuando notó el cuerpo del muchacho. Donde antes no había nada ahora se levantaban formas un tanto más definidas y duras, además de un rostro más delgado cuyo mentón se cubría con un poco de baba que derramaba el dormido sin saber que la mujer que lo trajo, y lo traía, loco estaba sentada en su pecho en una manera muy distinta a las muchas fantaseadas por él, incluso durante ese preciso momento que soñaba con ella.

Barreras irrumpió de repente, vestido de hippie/hípster con los ojos aun adormilados y un porro entre los dedos que con un ademán ofreció a la divertida Amaia, quien negó con un gesto de la mano izquierda mientras la derecha se impulsaba en el respaldo del sofá para levantarse de un salto que despertó a Tiago, quien se incorporó con el ojo izquierdo cerrado y el derecho semi-abierto, confundido pero inmediatamente ubicándose quien estaba delante suyo. Barreras presenció, desde las brumas de su porro, como Amaia sonrió a Tiago y este no pudo coordinar nada entre sonreír y poner una expresión que Barreras calificó como la de un cachorro asustado y golpeado por una sorpresa tan esperada que se convertía en inesperada. Barreras, movido más por su instinto que por algún pensamiento consciente, se interpuso entre ellos para ofrecerles un delicioso desayuno americano al que Tiago no se rehusó y que Amaia no aceptó. Un poco dolido por esta última negativa, olvidando que uno de ellos era vegetariana, Barreras le dio las últimas aspiradas al porro y pronto el departamento se llenó del aroma del humo proveniente del tocino y los huevos friéndose en una sartén algo sucia, que ocultaba el olor de las naranjas siendo exprimidas por un nervioso Tiago y el café ya caliente pitando para que alguien se lo bebiese de una buena vez. Hablaron de temas que sacaron a Amancaya del ensueño raro que Barreras le notó desde el momento en que abrió la puerta y se reencontró con ella tras varios meses sin siquiera pensar el uno en el otro, conversaciones que aceleraron el tiempo y sin que nadie pudiese notarlo de pronto fueran las 9 de la mañana, hora en la que el timbre volvió a sonar y Tiago abriera una puerta que reveló a una enojada chiquilla que le gritaba a Barreras algo acerca plantarla en un tono y cadencia que, según Jorge, no podrían haber permitido que ni Amaia ni Tiago pudieran determinar si el plantón había ocurrido aquella misma mañana o la noche anterior. Eso sí, la parte en que ambos fueron culpados por la desconocida de dicho plantón, con irreverentes y furiosas palabras que los apuraron fuera de la casa eran algo casi inconfundible y mientras Barreras les sonreía y les decía que no le hicieran caso pero que de todas formas se marcharan para verse más tarde, o algo así, atinó a pensar que lo único claro que quedó de toda aquella situación fue que la luz del sol bañando ambas miradas de sus invitados, sin querer y sin coincidencias, revelaba que estas evitaban encontrarse.

Amaia inició un recorrido al que Tiago se acopló solo para caminar juntos, charlando de todo lo que estuvieron haciendo últimamente pues la separación, aunque nadie salvo Tiago la habría llamado así, tuvo un longitud temporal relativamente amplia, por lo menos lo suficiente como para que las primeras tres horas de charla fluyeran en los caudales de diferentes pequeñas anécdotas de las últimas experiencias. Amaia, sin embargo, se cuidó de comentar lo que fuese acerca su repentina renuncia al trabajo de la que, ahora, Tiago era cómplice. Casi sin problemas, y después de caminar a través de varios paisajes urbanos donde los ojos de Amaia se detuvieron en escenas típicas del mediodía, esas que más la marcaban cuando salía a de su trabajo para buscar un almuerzo rápido. Hombres y mujeres caminando presurosos, perritos con los hocicos levantados aspirando la combinación de aromas de comidas grasosas, sanas, completas, deficientes o suculentas que llegaban de todos esas pensiones basadas en la oferta de sendos almuerzos por precios módicos o no tanto, ofertas compuestas de la clásica fórmula entrada-sopa-segundo-postre-cuenta que algunos, los más agotados, sazonaban con algún mate o té post-englutimiento y que otros, los que mejor sabían comer, coronaban con la sobremesa, que no todo el mundo podía costearse; “además los canes tienen la ventaja de que hay un banquete en cada esquina” reflexionó Amaia fijándose también en las imágenes del tráfico abarrotándose, el ruido casi corpóreo de la gente que subía y bajaba del transporte público, las monedas tintineando en los bolsillos de vendedoras de dulces, tratando de hacer oídos sordos a la sinfonía de radios que vociferaban dentro de cada cabina de auto con las noticias del día y otros programas plagados de mentiras para mantener la calma en la ciudad. Tiago anunció un hambre poco común y Amaia no detuvo sus cavilaciones cuando admitió distraídamente que ella también sentía algo parecido. Tenía claro que aquella hambre estaba dictaminada por un estrés oneroso que le retorcía los pensamientos, ya no invertidos en lo que podría decir para disculparse con los cretinos de aquel empleo al que renunciaba sino con la gente en su vida a la que ayudaba económicamente, muy aparte de las varias cuentas que la sociedad le forzaba para sostenerse a sí misma, asunto que le parecía cada vez más improbable con esa billetera vacía que ahora mellaba su propia noción de responsabilidad, preguntándose de donde salía ese atrevimiento que marcaba más y más al día, invitándolo a transformarse en sabían los dioses cuantos tipos de osadías nunca antes realizadas, siquiera planteadas, quizá soñadas, que en un golpe de suerte le permitirían vivir feliz y cómoda, tal como la gente de los comerciales parecía ser.

Apostaron por sentarse en el jardín de una plaza con varias marraquetas untadas con abundante palta en el interior, que al menor toque se escurría del pan a las manos, la lengua, los dientes, de quien lo tomaba. Daban mordiscos glotones, ese tipo de bocado ávido que servía para iniciar el rito de devorar perdiéndose en los aspectos lindos de un día en una ciudad que, por lo demás, parecía sacada de un cuento post-apocalíptico. Los compraron de una casera que les cobro barato y los trató de parejita, cosa que ambos acataron por el tácito presentimiento que eso les valdría un generoso descuento. Mientras comían eligieron quedarse con los límpidos paisajes celestes del cielo en lugar de las nubes oscuras frunciendo el ceño de la gente, no oler las pilas de basura amontonadas en casi cada esquina sino pintarse cuadros imaginarios con los colores que encontraban en ellas, perdiéndose en el rumor orquestal que traía el viento y ya no en los pasos de los drones, el andar de los autos, los tonos autómatas en las conversaciones y la percusión implícita de sus propias voces uniéndose a la orquesta. Casi en silencio, casi sin tratar de decir nada, en lo que ambos pensaron, al mismo tiempo, bueno, casi, que era el momento más perfecto que jamás compartirían.

Pero los estómagos se llenan, el tiempo pasa y frotándose, ella la barbilla con el índice y el pulgar izquierdos mientras miraba hacia ninguna parte, él una sien con la mano izquierda, la boca del estómago con la derecha y los ojos cerrados como guardando un secreto, decidieron que sus gargantas estaban tan secas como la ciudad. Se levantaron con trabajos y Tiago maldijo al sol de dientes para afuera pues le encantaba cómo enrojecía más el cabello de Amaia, en el que procuraba no perderse y poner esa cara de romanticón empedernido extraviándose en sus anhelos ilusorios que un amigo suyo alguna vez captó en una vergonzosa fotografía muy popular en Facebook. Tuvo un relativo éxito, ayudado por el hecho de que Amaia conducía la marcha hacia una tienda de barrio y poco se fijaba en las expresiones de su compañero, aun en la tienda donde se demoraron mirando en silencio mil productos que no se les antojaban. Tiago suponía que ella se perdía en otros tiempos y lugares, alejada de él, alejada de todos, en realidad, mientras que Amaia pensaba en él, cómo alargaba, hasta límites ridículos, las cosas en todos sus silencios cargados de sobrepensamientos. Finalmente rompieron el ensueño volviendo a hablar, comentando algo de la situación de mierda y discutiendo brevemente con la dueña de la tienda por ese escandaloso pero nada sorpresivo incremento en el precio de las botellitas de agua, en una charla que concluyó con un análisis a los efectos de la desgracia sobre el coste de las cosas y pronósticos hegelianos acerca el futuro.

 Sin asomo de recatos, y aprovechándose de un particular silencio cargado de reflexiones, le preguntó por la chica del gimnasio y Tiago percibió, como tantas otras veces, que ella se reía de su preocupación al lanzar palabras y así, sintiéndose ridículo, empezó a sentir angustia y la usó como combustible para inflamar el discurso de una sarta de descripciones que salían sin ton ni son. Habló de la chica del gimnasio y le dijo un nombre que no era el real porque lo cierto es que ese no lo recordaba, le puso Julieta pensando en una cantante que la chica del gimnasio escuchaba cuando quería hacer el amor y se empeñaba en explicarle, a lujo de detalles, las diferencias entre tirársela y hacerle el amor, la importancia de la música utilizada en ambos actos, pues para el sexo estaba la salsa y para el romance está el pop, como le decía Julieta cuando llegaban a la casa que compartía con su hermana, todo sudados y ansiosos de sacarse los ropajes deportivos que tiraban a un lado antes de meterse juntos a una ducha que solo escupía aire, mojándose el uno al otro con una tutuma que flotaba en un hondo contenedor lleno de agua, riéndose de lo fría que estaba, de lo mucho que les dolían los músculos, de lo holgada que era la ropa de él y lo apretada que era la ropa de ella, de lo estúpidamente detallado de su relato para Amaia. La mirada de Tiago se perdió en confines salvajes olvidando que caminaba durante una tarde calurosa con Amaia, hablando de esa manera de tocar la piel al lavar que tenía Julieta y ciertas finas redondeces que caracterizaban ese cuerpo, todas las poses con que lo seducía en el momento previo al coito, esas mismas que siempre mostraban la símil expresión pícara que funcionaba bien algunas veces y que luego se convertía en el rostro jadeante que mezclaba el placer y el dolor, parte de una rutina casi atlética, como el estímulo y la recompensa al mejor entrenamiento de cardio y abdominales que se podía pedir, concluyó Tiago.

– Claro, si cosificas a otros es porque también te cosificas a ti. – dice Amaia con tono de obviedad y él que sale de su trance y se pone callado, algo nervioso, que la mira y no puede evitar encontrarla atractiva pese a lo que acaba de decirle, que efectivamente se veía más bonita que la moral y que la estética y que tantas cosas que condicionaban el cerebro de Tiago moldeado en la dichosa colectividad de la sociedad. – Dime, ¿la reconocerías si la ves de espaldas en el gimnasio? – prosigue Amaia y Tiago que la mira y como buen objeto no dice nada.

La ola de calor continuaba con su azote y las botellas de agua fría de poco sirvieron para relajar la piel con su líquido penetrando la garganta como diamante. En el más absoluto de los silencios decidieron mantenerse así: con la duda visible en los ojos. Sus pasos los llevaron de vuelta al barrio de Barreras y Salinas sin que siquiera atisbaran a notarlo, tal como sucedía con los  saludos enérgicos que les daban unos cinco brazos al otro lado de la calle. Eran la China, el Chivo y el Manco quienes al sentirse ignorados no tuvieron mayor problema en cruzar el breve espacio que los separaba de los otros dos y así el trío formó un quinteto que tanto buscaban. Algo así dijeron después de unas rápidas palabras en donde ninguna pregunta vana fue realizada pues otra colgaba de sus lenguas. Entraron en tema con las usuales vueltas a un prolegómeno, frases preparadas que describían los problemas que tenían cada uno con la cuestión del agua que ya se estaba poniendo gorda e insoportable con detalles del tipo estar atentos todas las madrugadas al sonido de las duchas que, de repente, se encendían y despertaban a los de sueño ligero, que en casa de la China solía ser su hermanita mientras que en la del Manco era su viejo padre y el Chivo que no decía nada porque le daba vergüenza admitir que se dormía desnudo en la ducha para obligarse a bañarse si es que acaso a los de la planta de agua les daba la gana de habilitar el flujo en su barrio. Todos lamentaron la situación y aprovecharon para desquitar su ira contra una miríada de problemas, pero mientras las quejas de Amaia iban contra los tontos vecinos de su zona que se lanzaban a las protestas fomentadas por oportunistas políticos que buscaban tiempo en cámara para que el pueblo recordase que ellos lucharon por ellos cuando más se los necesitaba, indignada por este oportunismo tan típico de los engranajes políticos de su país, calificándolos de egocéntricos, sin nunca comentar acerca lo que inflamaba aquella indignación: el obvio perjuicio a su propia rutina. Tiago no tenía mucho de qué quejarse. De hecho aquella era una gran temporada en su vida pues no tenía problemas adaptándose a sus nuevos baños y el olor de la basura en las calles era algo que fácilmente podía ignorar, pero por no quedarse fuera de la charla empezó a mencionar algo sobre la limpieza de esa agua y todas las formas en que esto imposibilitaba poder tomar jugos en la calle, comentario que Amaia notó que la China y el Manco recibían con placer, intercambiando una mirada triunfante que logró que el Chivo por fin hablase para describir una terrible cagaina de una semana atrás luego de beber un poco del agua, que para ser sinceros si estaba un tanto amarillenta, como whisky saliendo de la pileta hacia el vaso que el Chivo llevó sin mucho tino a su boca y que solo mientras ingería el líquido que lo confinaría al inodoro por dos días notó que hacía algo que no debía.

– Lo peor es – prosiguió sin asomo de pudor – es que luego me enteré que por muy cristalina que saliese el agua, igual no hay que beberla, y claro que los malditos embotelladores se están aprovechando de eso.

La China observó cómo Amaia miraba su botella de agua diamantina y supuso que la muchacha pensaba en líquidos color ámbar por el rictus fugaz que puso, un asco profundo recorriendo su espina mientras hacía el esfuerzo de continuar escuchando las quejas del Chivo y del Manco, a la vez que sus ojos obviamente buscaban el perfil de Tiago, todo oídos y de expresión seria, seguramente para darle una señal secreta para retirarse. La China, entonces, analizó al dúo, se fijó en la belleza de ella y la corpulencia de él, creyó notar a Tiago mucho más atlético que la última vez, sin dejar de notar que la ropa de ella brillaba en colores llamativamente discretos. Quizá no eran la pareja perfecta para lo que deseaban hacer, pero los conocía lo suficiente como para saber que tenía más chance de convencerlos a ellos que a cualquier persona de las tantas que entre ella y Manco tantearon los últimos días. Fue entonces que se sorprendió a si misma profiriendo un discurso de incitación a la violencia que dejó a ambos con las miradas juiciosas fijas en ella.

– ¿Robar qué? – pregunta sorprendida Amaia y el Manco la mira casi con pudor pero sin dudar le confirma lo que propone la China, le dice que está cansada de la situación de mierda de un gobierno inútil y una municipalidad desubicada que no supieron gobernar empujándolos a querer asaltar un camión de agua embotellada.

– No tenemos dinero ni tiempo ni agua, estamos enfermos, queremos beber algo – se queja el Manco como niño y su secuaz ya no mira a Amaia sino que clava sus achinados ojos en los de Tiago que tiene cara de no querer hacerlo pero con rastros de dudas. Y lo sabe, está segura de que debe provocarlo, inflamar su ego y crearle ganas de acciones obviamente erróneas para compensar con creces el miedo que en realidad sentía. Le dice que no puede vivir hasta que estas a punto de morir, le habla con palabras duras y tono arenoso, pinta un cuadro dramático y exagera algunos detalles que terminan por convencer a Amaia quién decide acompañarlos para ver qué pasará.

– Nos vemos en la rotonda de la plazuela Archimboldi en una hora – concluyó Tiago movido por la inercia.

Entonces el mundo tomó otro cariz para la pareja caminando por la ciudad. Eran las cinco de la tarde y ya ninguno quiso hablar, tan solo surcaron las calles acaloradas y hediondas, poniendo a flor de piel las tensiones imaginarias de los últimos días. Él con sus devaneos románticos por Amaia por caminos sinuosos que conducían a diferentes mujeres, ella con su atípica y tempestuosa renuncia, situaciones que ambos confrontaban desde lo tácito en el delicado equilibrio que, según ambos pero con diferentes palabras, creaba el silencio. Tiago no alcanzaba a notar que en la mirada de Amancaya no existía señal alguna de aquel continuará que él cargaba a rastras, ojos que no se encontraban porque cada pequeño cruce marcaría una explosión de ilusiones versus un vacío de significados y es que Tiago aún no deseaba terminar de entender que al parecer todo desembocaría en nada. Ninguno sabía porqué se mantenían juntos, o qué parte del plan descabellado de sus amigos desesperados les parecía una buena idea a seguir. ¿Qué problema con comprar los botellones de agua en lugar de litros de cerveza y fernet el fin de semana? ¿Qué tanto lío con hablar con Amaia, con decirle que estaba enamorado de ella? ¿Julieta, o como fuese que se llamase la chica del gimnasio? ¿Por qué atraía tanto cachorro perdido? ¿Era tan atractiva su histeria como para que todos le siguieran con ojos enamorados pero ninguno usara la lengua con osadía suficiente como para asentar un par de palabras que harían más bien que todas las ilusiones del mundo diluyéndose en miradas?

Por fin hablaron y un espectador casual de sus andanzas habría dicho que primero lo hicieron sin objetivo, como disfrutándose el uno al otro, sin ninguna seriedad interfiriendo, con la misma sencillez que podía haberle hecho creer a dicho incauto que algo ahí podía funcionar y la charla fluyó sin trabajos hacia el plan trazado por la China, el Chivo y el Manco. Todo comenzaba con el Manco echado en el asfalto de la calle por donde pasaba el camión repartidor de botellones, pues las tres Mentes Maestras de aquel atraco lo analizaron por 5 días completos y anotaron las horas en que pasaba entre todas sus entregas, concluyendo que las seis de la tarde era la mejor hora para que la luz del atardecer le hiciera ver al conductor a un hombre sin mano retorciéndose en la calle con sangre falsa bañando sus ropas y su cuerpo. Ahí podían pasar una de dos cosas, o el conductor bajaría a asistir al herido, o se detendría para llamar a una ambulancia desde la cómoda seguridad de la cabina de su automotor.

– ¿Y si no se detiene? – le preguntó Amaia a Tiago y esperó una respuesta que él no se molestó en dar.

Fuera cual fuera el caso lo siguiente que pasaría serían ellos dos irrumpiendo en la escena con las máscaras que más tarde las Mentes Maestras les darían y su tarea sería la de distraer al conductor, quien ya shockeado con la visión de un muñón sangrante no sabría que ocurría cuando dos enmascarados empezasen a contenerlo y zarandearlo gritándole para, con suerte, así lograrían que escapase aterrorizado. Mientras la China y el Chivo llegarían por detrás con un auto donde guardarían algunos botellones para que pudiesen retirarse a la casa del Manco a celebrar con unas buenas copas de agua y quizá algo de vino.

A las seis y cuarto aparecieron las Mentes Maestras con dos pasamontañas y dos coloridas máscaras que le pasaron a Amaia y Tiago. Ambos bufaron al reconocer a los personajes de historietas en ellas y se quejaron por un rato pero no pudieron rebatir la lógica de que si al final los atrapaban podían alegar que no estaban en confabulaciones con ellos y que solo jugaban como una linda pareja de tortolos enamorados que se dedican a las estupideces que se disfrutan en el amor. El Chivo ya estaba con su pasamontañas tras el volante de la peta gris en la que cargarían botellones para poder sobrevivir cuantos meses pudiese durar aquella maldita sequía y la China lo tenía puesto a medias mientras que la calle desierta era testigo del Manco echándose en el asfalto con la sangre falsa haciéndose un charquito debajo. Coordinaron los últimos detalles y hubo una última llamada a la cordura que nadie escuchó ni nunca recordaron quien la hizo. El auto con dos de las Mentes Maestras se marchó y ellos se sentaron a esperar el camión. Tiago miraba la máscara de Iron Man en el rostro de Amaia, lo extraño de su cuerpo menudo con el rostro de repente enorme, donde los ojos no eran más que dos rendijas que ocultaban bien esa mirada inteligente que mucho presentía sin necesidad de observar. Ella observaba divertida el extraño efecto de la máscara del Capitán América en el rostro de Tiago, la forma en que los ojos del muchacho brillaban ávidos a través de las cuencas de la máscara con lo que ella percibía como la ternura tonta de quienes albergan ilusiones y no saben cómo manejar el silencio en el que se recluyen con tantos estruendos. Quiso alejarlo de su vida tanto como deseó saber una forma en que las cosas pudiesen calmarse lo suficiente para que pudiese reparar los surcos abiertos en aquel día colmado de osadías, sorprendida por un camión llegando a contraluz del atardecer con una entrada musicalizada por los gemidos falsos del Manco y el rumor suave de un motor de una peta detenida a lo lejos. Miró el reloj e su celular, faltaban veinte minutos para la supuesta llegada del objetivo y un mensaje de la China, atenta con binoculares en la peta, le advirtió que aquel era un camión de otra cosa, forzando a todos a esconderse con la adrenalina alta esperando a que pasase el camión intruso y retornando a sus puestos cuando faltaban solo quince minutos para la llegada del objetivo. Entonces Amaia escuchó otro sonido familiar pero que de alguna forma tuvo un tono diferente.

– Eres una jodida, – comenzó a decir Tiago con el rostro semi escondido por la reveladora máscara del Capitán América –, eso es lo que me gusta. Te pienso así, por lo menos. Como una inquieta, inconforme, como alguien que sabe ser despiadada por lo que quiere sin nunca dejar de ser considerada. – hubo una pausa que Amaia sintió prolongada pero que en realidad no duró casi nada – Supongo que lo digo por tu manera de, a veces, acaparar a las charlas o las personas, aun no sé cuál. Esa tu forma en que me agarrabas y exigías toda mi atención, o quizá de plano era yo el que te la daba sin pedir nada a cambio. Ya no lo sé. Pero estoy seguro de que en esas charlas era imposible no darte mi atención, solo para escuchar con detalle tus argumentos que no se dejan callar por los peros y elevan esa tu voz medio ronca con tono de estar diciendo algo obvio, casi como si en tu cabeza la iluminación fuera ese paso que nadie quiere dar por mucho de que fácilmente podrían hacerlo. De entrada eso me atrajo a ti, de una manera distinta a las veces que te miraba de lejos y solo podía darle un festín de todas las correctas estéticas a mi mirada con tu presencia de punkera convertida al misticismo urbano. De lacaniana orgullosa pero insertada en la lógica simple de la civilización.

>>Eso del festín de mi mirada – Tiago interpretó el silencio de Amaia – fue antes de conocernos, cuando apenas nos saludábamos como meros conocidos, ni siquiera cuates. Tú tenías un chico alto y guapo que te seguía por todas partes. Yo estaba emparejado a una mujer maravillosa. Estábamos ocupados, pero nada de eso evitó que me fijase en esos tus irises medio claros por ese efecto del delineado, que también agrandaba las proporciones de tus ojos hasta el punto de hacer gigante tu mirada,  tu pelo castaño teñido de rojo resultando en un exquisito naranja recogido en una cola que funcionaba como una flecha perfecta hacia esa tu otra cola, la redondita y admirable que cubrías con calzas apretadas que le daban un aire sensual a tu aspecto de roquera empunquecida, de fresa rebelde y elegante. Eso fue lo que vi, eso fue lo que me hizo mirarte, aun a la distancia, y dar un silencioso gesto de aprobación que se juraba pasajero. Cuando te reencontré ambos estábamos solteros y un grupo de amigos en común nos puso en los mismos lugares y charlas que cualquier otro habría aprovechado para conquistarte o, por lo menos, encamarse contigo. A mí me habría gustado encamarme contigo, me encantaría ser así de osado, quizá entonces solo habrías sido el recuerdo de una noche de cachonderío, ese lujo que pude haber tenido encima, debajo, al lado mío, pero me colgué en estar demasiado absorto por probar el misterio del sabor de esos labios tuyos, amasar esas nalgas que llamaron a mi deseo aun en los tiempos cuando era el dichoso habitante de un romance que cambió mi vida. En lugar de eso me convertí en un amigo más, en el espectador de tus soliloquios sobre tus ires y venires, impaciente público de tus romances y complacido oyente de tu vida. – Amaia no evitó lanzar una compungida mirada que Tiago no pasó por alto pese a la máscara – No puedo quejarme, aun si ganas no me faltan, más que nada porque lo cierto es que el deseo era profundo y apuntaba a algo parecido al enamoramiento, pero al que le faltaba algo para calzarse semejante nombre.

>>Nos hicimos amigos y te vi en otras facetas, hasta me tocó soportarte cuando me tratabas de emparejar con tu amiga, que no es que no me guste pero es que no sabía cómo decirte que por mucho que me gustase me gustabas más tú. Ahí empezó ese mi alejamiento en cámara lenta, el exilio que me di de las tierras de tu mundo, renunciar a buscar un romance contigo, pese a que me moría por ello, a que hacía rato que no me enamoraba, pese a que me fascinaba pasar tiempo contigo y no me importaba que era obvio que no existía ningún tú y yo. – desde la mirada de Tiago solo podía verse el rostro de Iron Man petrificado – A la mierda, yo era el que me dejaba acaparar. Disfrutaba esa tu histeria rampante, la buscaba de repente y así ahondaba esa sensación de que me enamoraba de ti.

>>Mi error fue hacerte caso. Creo que fue la segunda vez que hablamos, cuando me dijiste que lo tuyo no eran los tipos como yo y, no sé porqué, no tuve más remedio que aceptar la cómoda excusa de tu rechazo, uno previo a cualquier movida mía, uno que me salvaba de arriesgar tu presencia en mi vida. Y, claro, ahora me pregunto ¿Para qué? ¿Para qué tenerte de amiga si ya tenemos más amigos de los que necesitamos? ¿Para qué sostenerte en mi vida si vas a ser un anhelo más? – Santiago notó el silencio e imaginó una suerte de incredulidad en las expresiones de Amancaya, aun si no supo decir si era por su repentina desenvoltura con las palabras o el terrible momento en que elegía incurrir en la verdad – Hay cierta ganancia en ello, porque a través del ego se siente como una ganancia mediocre. Bueno, de todas formas, la cosa se reduce a esa pregunta que nos hacemos los cobardes cuando llegamos a alguno de nuestros muchos colmos: ¿debería seguir o busco algo nuevo de lo que escapar? Y créeme que tengo todos los caminos disponibles, varios destinos a los que huir y no voy a mentir – el cielo, cada vez más naranja, brillaba con intensidad, faltaban cinco minutos para la llegada del camión según el reloj interno de Amaia – la verdad es que estaba haciéndolo hasta que llegó esa cerveza. Una que compré para combatir el re maldito calor de esta temporada, helada por días en el olvido de mi refrigerador y su páramo desolado de platos fríos, restos de un almuerzo que recalientas hasta que renace como cena. La abrí en plena mañana de sol y descanso, de entrada me quedé hipnotizado por el vapor del frío como neblina ascendiendo hacia esa mi mirada que se clavaba en la piscina de las sensaciones que era yo en ese momento. La primera probada de esa cerveza heló mi pecho mientras descendía por mi garganta hacia el estómago y la sensación de frescura me noqueó inmóvil por un rato. Inmediatamente pensé en ti. Me quedé colgado de tu memoria mientras me bebía esa cerveza. Pensé también en el romance, en las películas, en el sabor de la comida cuando tienes hambre y la sensación que cada quien tiene cuando le creen una mentira. Y entonces lo supe. Te supe como ese aire con aroma caótico que mis pulmones desean encontrar.

Callaron. Los rumores de la ciudad estaban apagados, el Manco aguardaba callado y el único ruido era el naranja chillón del atardecer, que ya empezaba a teñirse de nubes negras.

– No me hagas caso. – prosiguió Tiago – Te lo digo porque es verdad pero también porque quisiera llamar tu atención. Quizá es porque estos últimos días me han llegado otros aires de los alientos de otras mujeres, diferentes las unas de las otras y que han logrado despertar en mí el hambre de sus atenciones, pero con la mácula que le pone la culpa al apetito, con demasiados peros, nacidos de las mismas excusas que usé para alejarme de la posibilidad de lanzarme al vacío por la chance de salir contigo en un plan más romántico, más erótico, más lo que sea menos esta atracción pudriéndose en los anhelos de alguien que también le encanta tu amistad. Te hablaba de esa cerveza porque pensé en ti nomás de abrirla y verla tan mágica, tan fría, tan transparente pero insondable, deliciosa pero amarga, refrescante y embriagante, como algunos de mis momentos contigo. Pensar en ti fue un respiro a una angustia anunciada y procurada desde la voz de la neurosis desenmascarada, enfrentada a su mortalidad y al miedo hacia el inevitable olvido. Me calmó pensar en ti no porque seas la única redentora de mis días, o la mujer más hermosa jamás. Fue más por la sensación de la bebida fría embriagándome con el alcohol de sus venas líquidas y su sabor sobrepasando mis papilas, invadiendo hasta los surcos de mi cerebro. Estar con la mente enfocada en alguien normal que puede aplicar eso de la maldición de Ozymandias, quien con simplemente valerse de su lógica puede derribar a los más poderosos. Digámosle que un golpe directo al ego, como tus palabras irónicas y cargadas de esas ganas de joderme, de retarme y hacerme sentir dudas de mis propios pensamientos, como cuando quieres ayudar a los demás, como esa lástima tuya que evita que me mandes por completo al carajo. En fin, sé muy bien que disfruto de las dudas que me planteas y creo que por eso eres como un respiro, y también porque para mí había algo mal en la configuración de esos días en que andaba todo metido en ese estereotipado dilema de si la santa o la diabla. Porque ¿Cuál es el mejor pecado? ¿Corromper a la santita o dejarse corromper uno mismo? Contigo descubrí que esas posiciones son ficticias y que uno tiene que procurarse equilibrio, ese que une la lógica, la dinámica y los dilemas de la santidad con las sensaciones, el vértigo y el terror de la diablerie. Me reveló algo que tú siempre me andas diciendo: pensar está bien, pero sobrepensar ya es diferente. Y así fue como lo supe: respirar. Eso eres. Sí, eso es lo que yo siento cuando estoy cerca de ti. Y al final de todo, cielo mío – decía la voz de Tiago – qué extremo camino que seguimos, qué difícil es que logremos eso de tener una noche solamente para poder decirnos cosas que no sabemos y poblar este silencio con una guía confiable que explique qué es la vida, qué es este animal interno que te huele en los aires de su salvaje epifanía, con esa certeza de que nacimos para relatarnos historias temibles el uno al otro y saber que lo salvaje de verdad es no haber podido sacudir la luna de nuestros cielos ideales, habituados a las noches tan llenas de romance, ese único maestro de lecciones obvias y hasta repetitivas pero que traen un placer surrealista a quienes nos cegamos en su abrazo – concluyó con una sonrisa gallarda que la resolana no le dejó ver bien a una Amaia muda de la sorpresa cuyo rostro escondido por la máscara tuvo una expresión única que Tiago habría gozado observando.

No hubo mucho tiempo para sostener más el silencio. El camión llegaba de improviso, como si no lo hubieran estado esperando desde el momento en que la loca propuesta les sonó cuerda y fue vertiginoso el modo en que avanzó hasta tener casi delante suyo al Manco, deteniéndose para dejar salir al chofer apresurado por ver al herido mientras sacaba un celular de su bolsillo y marcaba desesperado, sin notar la peta que apareció casi silenciosamente por detrás, situándose de tal forma que la puerta del copiloto encarase el parachoques del camión. Para entonces el chofer ya estaba delante del Manco que aun fingía dolor y Amaia notó que de la peta ya bajaban la China y el Chivo lo cual la impulsó a querer saltar, viéndose inhabilitada por la pena que le daba causarle cualquier tipo de mal al pobre chofer, ahí todo confundido y con ojos de asustado, cada vez más cerca del fraude del Manco, generándole unas ganas locas de hacer ruido para distraerlo, traicionar a sus amigos y sus complots idiotas para continuar viviendo irresponsablemente y lanzarse saltando alrededor del Manco para que el chofer volviese de inmediato a su cabina y se alejase antes de que sucediese algo que le costase su trabajo, pero mientras pensaba en todo esto el chofer terminó su recorrido hasta el Manco y pronto notó el engaño, la falta de una herida en el muñón, la salsa de tomate cubriendo este y manchando la ropa del estafador y en fragmentos de segundo entendió que nada era lo que parecía, preguntándose si aquello era un atraco y, de serlo, ¿por qué alguien asaltaría un camión de botellones de agua? Retrocedió un par de pasos asustado en el momento que Tiago salió corriendo para situarse detrás del chofer y bloquear su paso al camión y así darles tiempo al Chivo y la China de robar su paso a meses de agua potable gratis. Amaia no tuvo otra más que seguirlo, aun si era para controlar que la situación no escalase a un desastre. El chofer los vio casi de reojo, sin atreverse a darse vuelta por completo, asustado ante los extraños enmascarados y la escena tan peculiar que vivía y le hacía sentir que los límites de la cordura desaparecían en la ciudad y que el miedo lo abordaba más y más, invitándolo al frenesí de pensar que aquellos maniáticos disfrazados eran los culpables de cortarle la mano a un pobre hombre que lloraba en el asfalto, ignorando en su agitación que ese falso cercenado fingía y que seguro estaban todos confabulados para asaltarlo, pensando con fervor en el revolver que guardaba en su maletín debajo el asiento de copiloto, saltando a preguntarse qué clase de bromistas enfermos ponían en escena algo como esa charada idiota de ¿qué? ¿Un asalto? ¿Un chiste? ¿Debía temer por su vida? ¿O solo por su mercancía? ¿estaba tan grave la situación del agua para llegar a estos extremos? Tenía que ser una equivocación, quizá los muy ineptos se confundieron y en lugar de asaltar el camión de algún banco fueron directo al que no tenía más que unas cuantas monedas en los bolsillos de su chofer.

Retrocedió otro par de pasos en ambas direcciones, como perro acorralado con la cola entre las patas y no animándose a mostrar los dientes. Pronto notó que ninguno de los asaltantes llevaba armas en las manos o los cintos y su reflexión le hizo recordar la navaja que llevaba pegada al cinturón gracias a un accesorio Victorinox comprado en dos cuotas motivadas por una paranoia extraña de hacía dos años. No prestaba atención a la voz distorsionada de la Iron Man cuyo tono conciliador se perdía en los ecos de la máscara, mientras que el fornido Capitán América se acercaba lentamente y el chofer, que siempre quiso ser un héroe para derrotar a villanos se repetía “hazlo” constantemente en la cabeza mientras sacaba a duras penas la navaja del cinto, empuñándola con manos temblorosas pero complacido con la reacción asustada que tuvo la Iron Man con todo su cuerpo y el rostro de pavor del Capitán. Nadie se movía. El chofer reflexionaba si lanzarse a dar un discurso acerca la valentía y la necesidad de soportar las adversidades de una ciudad que sufría una de sus crisis más fuertes, ahora totalmente convencido de que aquello no era más que el ataque inicial de una banda bien organizada de chiflados que iniciaría la guerra por el agua que llevaría a las ruinas a la nación. A veces pasa eso. Ves una parte de la ciudad en estado de frenesí y asumes que todos han enloquecido, sientes completamente justificado empuñar la navaja y correr hacia el único de los asaltantes que estaba solo, el mutilado de la sangre falsa que no parecía dar crédito a lo que pasaba y que, congelado sin respuestas, fue testigo de su propio terror mientras el chofer se lanzaba torpemente hacia él blandiendo una cuchilla corta en su mano pequeñita.

Amaia ahogó un grito. Por su mente pasaron varias películas con diferentes finales para semejante salto, en la mayoría de ellos el Manco terminaba muerto o gravemente herido con sangre real manando de su cuerpo cada vez más pálido, pero lo que pasó fue aún más delirante que las posibilidades de sus películas. No logró verlo muy bien y solo más tarde, tras pensarlo mucho, lograría rearmar la escena en su memoria, la forma en que el chofer inició su carga, la sorpresa en el rostro del Manco que no se movió un solo ápice, el grito chillón del chofer, su caída repentina y el palmazo sonoro de su cuerpo chocando contra el concreto; ella misma mirando a través de las rendijas de la máscara y encontrándose con un Tiago de rodillas en el suelo soltando la espalda del chofer, único culpable de su estrepitosa caída. Lo siguiente fue un sobresalto tras otro, el chofer quiso incorporarse y se dio vuelta con rapidez, con una mirada de cordero a punto de ser degollado fija en el Capitán América, procediendo a chillar como si estuviera a punto de llorar y con los ojos cerrados dio una estocada hacia Tiago, quien no tuvo tiempo de esquivar y solo pudo hacer un ademán pobre de protección poniendo ambas manos delante su pecho y recibiendo la cuchilla que atravesó ambas palmas y se quedó ahí trancada, bañándose en sangre, evitando que Tiago separase las manos mientras gritaba de dolor y el Manco empalidecía de todas formas. Entonces Amaia reaccionó al ver que el chofer empezaba a recobrarse de la impresión y se paraba trabajosamente, como si aquel chorro de sangre lo hubiese impresionado al punto de perder la vista o quizá solo hacía la vista gorda, que era bastante probable para alguien que parecía absolutamente sorprendido de sus propias acciones. Amaia se sacó la máscara, la lanzó al chofer para que la mirase y este se quedó quieto y silente ante la revelación del rostro de la Iron Man, su cara fina, sus ojos cafés, grandes y alargados coronados por cejas delgadas, el cabello naranja confundiéndose con los pocos retazos del cielo que insistían en ser atardecer y no convertirse en la noche, dándole un aire terrenal a la belleza obvia que por un rato lo pasmó y que lo dejó más aturdido cuando aquel rostro de cuerpo flaco y menudo habló con una voz que denotaba miedo y un dejo irónico, una voz algo ronca con ligeros dejos de un acento gaucho que le rogaba que se detuviese, alegando algo acerca líos legales y un abogangster de los tiempos del neoliberalismo que lo sepultaría  mientras, cerca de ellos, el sonido de una peta alejándose lo hizo retornar a la realidad. Derrotado, el chofer se sentó de golpe en plena calle y bajó la mirada y los tres cómplices aprovecharon el momento para escapar.

Tanto el Manco como Tiago corrieron sin dirección pero Amaia reaccionó mejor y los instó a seguirla, escabulléndose por un callejón cercano hasta un jardín de una urbanización. Se cubrieron de las miradas bajo un imponente sauce, el Manco sudaba y parecía descompuesto, con la sangre falsa dándole aires peligrosos y muy engañosos que podían atraer sospechas desagradables, un look que se complementaba con la cara colmada de dolor de Tiago y sus manos unidas por la navaja, su ropa manchándose con sangre y el rastro de la misma marcando los pasos del grupo hacia su paupérrimo escondite.

– Ya, calma. – dijo Amaia muy lentamente tras exhalar un profundo suspiro – Santiaguito ven, siéntate a mi lado, veré que tan mal están tus manos – esperó a que el adolorido muchacho obedeciera e inició un sesudo análisis del daño. La punta de la navaja apenas sobresalía por entre las dos palmas, separadas por una nimia distancia la una de la otra, con la herida limpiamente hecha en el extremo superior izquierdo de la palma, cerca al primer nudillo de la mano izquierda y del segundo de la derecha, la sangre de Tiago le manchaba las manos y la ropa, pero eso no importaba. – Tenemos que ir a un hospital. – concluyó sintiéndose como anunciadora de lo evidente.

– Ok, ok, déjame que llamo a los muchachos para que nos recojan en la peta y lo llevamos. – la voz del Manco sonaba a un vómito esperando a suceder.

– No – dijo Amaia taxativamente – estamos cerca al lugar donde todo pasó. Si ese chofer ya reaccionó y nos delató con la policía estarán buscando a la peta.

– No creo que el chofer los haya visto.

– Eso no lo sabes Manco, deja de discutir y ve a traer un taxi.

El Manco no dijo más y salió corriendo del lugar. Amaia ya no tuvo fuerzas de decirle que no actuara sospechosamente. En algún momento había anochecido y el cielo, ahora azul eléctrico ante los últimos resabios de luz solar, cedía a la fuerza de la luna llena que ya se mostraba en lo más alto. Hacía calor, o a lo mejor solo estaban acalorados por correr, por el miedo, por todas los atrevimientos de un solo día apelmazándose sin orden en el tsunami de pensamientos en la mente de Amancaya.

– Tranquilo, no se ve grave y en el hospital seguro lo cuidarán bien – Amaia se desesperó un poco con el vago asentimiento de cabeza que hizo Santiago. Le escocían las ganas de moverse, hacer algo para ayudar, quizá quitarle el dolor a Tiago, reprender a las dichosas Mentes Maestras y, de paso, reevaluar su propia sanidad mental ¿renunciar así como así? ¿participar de un asalto? En un inicio juzgó aquello como un pensamiento pueril de sus amigos que nunca pasaría al acto, pero a medida que el tiempo transcurría notó que, aun si solo por inercia, las cosas sucederían – ¿Cómo he dejado que esto pase? Tendría que haber detenido esta idiotez antes pero no los creí capaces, te juro que no – calló y miró la luna, siguiendo el ejemplo de Santiago, quien parecía casi ausente en su huracanado mutismo en el que, tal vez, escondía los quejidos por sus heridas – este Manco se está tardando ¿es muy fuerte el dolor? – Tiago asintió de nuevo con la frente perlada de sudor. Amaia tocó su propia frente y la descubrió seca – No sé porqué no lo detuve, el muy ridículo estaba ahí con su cátsup, papeloneando en la calle y… – se interrumpió sola con un trastabilleo de la lengua – …se me fue por completo.

“Claro” pensó “la confesión de este muchachito”. Asumió que ese era el motivo del mutismo de su amigo quien, de seguro, revolucionaba sus pensamientos alrededor de tamaño atrevimiento para alguien que pese a ser el más obvio, igual insistía en no ser honesto consigo mismo. De nuevo organizó sus pensamientos. Era un momento delicado, no tanto por la confesión como por las heridas en esas manos del baboso que seguía utilizando la máscara del Capitán América, quitándosela con ternura y dejándola a un lado para evitar mirar su rostro desnudo de frente y, sin querer, recordando que tenía las manos peor que atadas. Sintió una punzada de culpa a la vez que notaba la mirada de Tiago ya no fija en la luna sino hipnotizada en la cuchilla penetrando su carne. El viento empezó a soplar frescura que mitigó casi por completo el calor del ambiente, las ventanas de las casas decoraban la noche con sus luces prendiéndose de una en una, de dos en dos, de tres en tres y así hasta que la gran mayoría de la urbanización quedo iluminada por las estelas de estas luces color naranja, algunas blancas, para ser luego contrastadas por los postes estilizados a la antigua Gran Bretaña con que algún pretencioso arquitecto eligió para adornar las calles falsas del pequeño microverso que era aquella urbanización, cuyos miembros se sentían a salvo en la comodidad de sus mundos, poco conscientes que la seguridad ahí era tan basura que un trío de asaltantes noveles encontraron un seguro refugio en ella, dejando un rastro de sangre y todavía escondidos sin ninguno de los guardias de la misma descubriéndolos sentados bajo el voluminoso sauce. El ambiente de la noche estaba definitivamente hermoso cuando Tiago extendió las manos hacia ella y con la voz de pronto gruesa propia de un extraño pronunció con exagerada lentitud:

– Arráncame el cuchillo.

Amaia lo miró penetrada por el pánico para, inmediatamente, respirar y sentirse algo curiosa. La herida sangrante palpitaba frente suyo y el Manco que no llegaba, Tiago la miraba fijamente con sus ojos semi llorosos y entonces su propia mano moviéndose hacia el mango de la navaja para arrancarla de un solo tirón, tratando de hacer oídos sordos al inolvidable grito de dolor de Tiago, ahogado por el sonido de la carne y la sangre moviéndose violentamente ante la retirada del metal y la respiración de Tiago que se hizo jadeante, sus ojos brillando con las luces artificiales mientras la miraba intensamente y la luna se reflejaba en el sudor que cubría su rostro.

– Yo siempre ubico. No sé qué es pero siempre ubico y siempre caen. – escuchó Santiago decir a Amaia

Tiago aun jadeaba y movía sus manos lentamente para desentumecerlas mientras el aire de la noche infectaba sus heridas al descubierto.

– No. – la escuchó decir – no puedo, tampoco quiero.

Tiago cerró los ojos y asintió una vez más, a sus oídos llegó el rumor de Amaia sacando su celular y hablando con el Manco, incluso alcanzó a escuchar a este disculparse por la tardanza porque primero se había apresurado a recuperar la máscara de Iron Man de la escena del crimen y así no comprometer las huellas de nadie, solo para descubrir que ya no había rastro de movimiento alguno, como si la policía nunca hubiese ido por ahí, asegurándole desesperado que iba de camino en la peta con el Chivo y la China, a toda velocidad, surcando la noche, revisando Google Maps para definir la ruta más rápida para llegar a un hospital y así llevar al herido. Tiago abrió los ojos, miró a Amaia y sonrió con tristeza al notarla toda erguida con la luna de fondo, sabedor de que aquello era otra preciosa imagen grabándose en su memoria, esperando a ser olvidada.

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