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Era una mañana horrible y neblinosa cuando Francisco Antezana decidió vencer la flojera y dejó de ignorar los ruegos de su médico, el Morsa, que ya desde hacía unos años le rogaba que llevara una vida más sana. Se levantó criminalmente temprano, ignoró las quejas del bulto que era su esposa y embutió su cuerpo en un atuendo deportivo, de esos térmicos que mantenían todo el calor y el sudor adentro, y no dibujándose en contornos ofensivos debajo las axilas, o la espalda baja. Llenó una botella con agua y decidió saltarse el desayuno hasta después, convencido de que si salía lleno volvería vacío y con el aliento rancio. Abrió la puerta, salió a las calles del condominio, maravillándose con el empecinado silencio que reinaba a esas horas de la madrugada. Quizá fue un poco para salir de casa, o tal vez fue porque ya no soportaba el vozarrón del Morsa sonando en bucle dentro su cabeza con ese mismo tono de reproche con que dominaba a los ancianos y con la calidad de una vieja grabadora de cassettes. El viento frío creó un par de dudas, pero ni bien se puso los audífonos con música a todo volumen, sus piernas comenzaron a moverse solas y a una velocidad de la que él mismo no se imaginaba capaz.

El barrio era el mismo siempre. Un pequeño mundo de casas lujosas, cada cual marcada por su propio estilo arquitectónico, como si en algún momento de la historia de aquel sitio una guerra de estética entre unos cuantos arquitectos muy snob hubiera tenido lugar. Al principio, hace quizá unos quince años, Antezana disfrutaba llegar desde su oficina en la ciudad hasta ese remanso oculto de la civilización. El condominio estaba tan alejado como para que un par de los más acaudalados habitantes se vieran obligados a hacer inversiones de tal forma que el lugar tuviera su propio supermercado. Eso llevó a que muchos otros pusieran cafés, hamburgueserías, galerías, clubes de cine, librerías, bazares y otros intentos de negocios, todos pequeños, ninguno más que un divertimento con que algunos maridos le daban sentido al vacío en la existencia de sus esposas, quienes decoraban y administraban locales no pensados para ganar nada más que aislamiento. Eso sí, llegar por las noches era un espectáculo de luz y vida. Las casas aparatosas con todos los focos encendidos, los negocios igual, pero con la gente entrando, saliendo, yendo de aquí para allá, riéndose los unos con los otros, hablando de la familia, la propiedad privada y la descarrilada juventud, esos que los escuchaban en silenciosa sonrisa, bueno, al menos los que no estaban alborotando las calles y la noche con sus risas y sus charlas sobre el colegio, la lejana vida y el amor. Francisco pertenecía al grupo de esposos trabajadores llegando en lujosos autos, saludando desde las ventanillas a la comunidad entera. Todos se conocían, todos rotaban invitaciones de cenitas y tecitos y almuercitos, y tantas cosas que Antezana ya no disfrutaba como antes. Tal como las llegadas nocturnas a ese infierno de luz y cordialidad, de señoras llamándolo Panchito y jóvenes lanzándole discretas miradas insolentes en las que siempre encontraba a su mujer. Quizá la magia se había perdido, quizá vivir tan lejos de la ciudad ya no era novedoso, y ni siquiera podía decir “tan lejos” pues en los alrededores ahora existían otros condominios, todos estructurados como burbujas perfectas, cada vez más numerosas y apelmazadas.

Durante aquel trote Antezana descubrió que prefería el estado matutino del barrio. Los hogares grises y quietos, muertos en vida, las calles deshabitadas, los autos sin sus molestos conductores. Hasta la misma neblina le gustaba, daba la impresión de un aire de desahucio que, por algún motivo, lo llenó de alegría, tanto como le turbó ver que la luz de la viuda Ramírez ya estaba encendida, tal como muchas luces en el hogar de los Cardona, pero tras un rato dejó de molestarle el detalle y hasta se permitió divagar sobre qué clase de actividades se llevaban a cabo en hogares tan -o más- conservadores que los demás. Esto lo divirtió hasta que recordó la mano de hierro con que su esposa solía administrar las cosas, a su hijo rebelde sin causa y todas las agrias peleas para que dejara de ser un papelón en el barrio y que, por favor, por lo que más quisiese, fuese un poco más como su hermana, la Silvita, su hija querida, tan ingenua la pobre, pero buenita, todo un pancito de Dios. Nunca supo si fue el aire de la mañana o el cansancio acezante, pero de pronto la santidad de su hija le parecía poco encantadora. Justamente a él, que hacía unos días la miraba agradeciendo aquel mismo detalle ante la ya no tan lejana llegada de sus tiempos universitarios.

Llevaba casi veinte minutos de arduo trote cuando, por fin, el vozarrón del Morsa bajó un poco su volumen. Se sentía bien, obviando la falta de aliento y el sudor excesivo; Antezana pensó que no estaba tan fuera de forma como el doctor le había hecho creer con todos esos discursos de dieta y ejercicio, de una vida más larga, de los beneficios del verde y todas esas basuras que su hija lograba seguir con una facilidad religiosa. Claro que ella tenía treinta dos años menos que él. No, eran treinta y tres. Antezana solía olvidar que estaba en sus cincuenta redonditos, pero en su defensa podría decirse que apenas llevaba tres semanas desde el cambio de dígitos. Un cambio que llegó acompañado, justamente, de la voz del Morsa en su cabeza y una nueva angustia por su antes ignorada panza y/o las canas que ya pintaban de gris su larga y azabache cabellera. Pero Francisco no pensaba renunciar a los ocasionales pollitos nocturnos de doña Rosa, o a las hamburguesas de su ahora único amigo en el barrio, el flaco Portoño, mucho menos a los jueves de pizza con su hija o los viernes de póker con su hermano, cuando aprovechaban para beber cerveza y jugar alguno de los disparatados juegos de mesa de su sobrino. No, para nada. Todos eran los únicos placeres de una vida que nadie, ni él, habría podido llamar sacrificada pero que, definitivamente, estaba plagada de estrés. Entre la oficina y los quehaceres diarios, tenía Antezana poco humor para llegar a comerse una ensalada aderezando uno de esos chistes de soya que su mucama insistía en llamar carne. Aparte estaba el detalle de saber que ceder a ello desembocaría en su esposa mirándolo desde el otro lado de la mesa, con aquellos ojos endulzados de resentimiento, devorando lentamente un enorme y oloroso plato de comida italiana. Sacudió la imagen de su cabeza y prefirió pensar en los domingos en la piscina de los Gorena, con casi todos los hombres del barrio mirando su panza con envidia, algunos con esa nostalgia por las cosas que nunca se tuvo y así fue sintiéndose bien con el mar de sudor que expulsaba su cuerpo, con las miradas que generaría la posible ausencia de la que, a toda regla, era una panza mínima. Pancita, como le decía Silvita.

Casi terminado el circuito, cerca de la puerta de su casa, sintió el peso de la fatiga con la respiración fuerte y entrecortada, los miembros abotagados, la mente deseosa de rendirse y zamparse un desayuno americano en algún café cercano a la oficina, porque el de doña Clara no abría a esa hora. Delante suyo, aun por encima de la música en los audífonos, escuchó un portazo desde la casa de sus vecinos y notó a una figura esbelta vestida de apretado rojo, curvas de sílfide, movimientos armoniosos y trasero de durazno, casi cubierto por esa cabellera pelirroja tan característica de los Otero. Al principio Antezana no sabía si la fatiga le hacía ver cosas, entonces la voz de su esposa acusándolo de exagerado se hizo un cuchillo y nada más por eso tuvo que pisar tierra y admitirse que aquella flama de vivo rojo no era otra que una de las integrantes de esa familia. Aquella visión excitante era Manuela, la madre, o alguna de las dos hijas en ese hogar de ocho que vivía sumido en molestos escándalos melodramáticos, o fiestas de viernes, sábado y domingo. Su entrepierna se abultó un poco con el movimiento pendular de las caderas de la Otero y casi sin preverlo su mente le hizo apretar el ritmo hasta que pudo pasar a lado de ella para ladrar un magro saludo matutino que ella respondió con una sonrisa.

Era Catalina. La menorcita.

Esa noche programó la alarma, pero la retrasó para darse unos diez minutos más de sueño mientras su esposa miraba una serie en su celular con los audífonos a todo volumen. Recostado en la oscuridad contempló el techo con una mirada inefable. Nadie, ni su esposa, habría podido desentrañar lo que sucedía en su cabeza. Quizá para alguien que lo hubiera visto terminar la última vuelta de su circuito habría resultado fácil, hasta obvio, pero incluso en su casa apenas notaron que salió y para la tarde todo estaba olvidado. Giró incómodo entre sus sábanas y dejó volar la mente. El sueño se confundía con los recuerdos: la vida que se comparte con los vecinos, el parpadeo en que una niña se convierte en mujer, la gigantografía de lencería de camino al trabajo, los forzados miércoles familiares para ir a la plaza de cines, abarrotada gracias al 2 por 1, inundada de juventud con escasos trapos. Se acomodó los pantalones del pijama, miró la hora, se escandalizó, se levantó silencioso y bajó las gradas hacia el baño de visitas. Apretó los labios y con paciencia esperó a que el sudor actuara para evitar la fricción. Por un breve instante consideró en pensar en su mujer, pero la imagen de Catalina enflamada se filtraba en forma de violentos flashazos que se probaron más efectivos que cualquier recuerdo, y hasta más que las varias ofertas gratuitas interneteras. Ni siquiera vio venir el chorro, no hasta que lo tuvo escurriéndose en su propio rostro, con la expresión de sorpresa ante la fuerza de la expulsión y la garganta resentida por el grito que tuvo que ahogar. Y así un par de veces más hasta que la madrugada lo despertó con su frío y aprovechó de orinar dado que ya estaba en el baño.

Esa madrugada se demoró en todo detalle que pudo al prepararse para obedecer al Morsa, y aun así estuvo sudando una eternidad de veinte minutos antes de que Catalina Otero saliera, esta vez con una calza negra más apretada que la del día anterior, un brevísimo top verde que no la protegía del frío invernal y unas gafas muy oscuras que velaban sus aceitunados ojos celestes de un sol ausente. Antezana se dio el gusto de pisar el suelo con la izquierda al compás del bamboneo de esa nalga derecha y estuvo a punto de tropezar un par de veces por no fijarse en los obstáculos esporádicos que traía el circuito. Tanto habían luchado los vecinos por un asfaltado mejor, pero la guerra contra el tiempo no la gana nadie, pensó apenado, justo cuando Catalina se dio la vuelta sin nunca dejar de trotar; le dirigió otra sonrisa que casi lo fulminó y apretó el paso hasta perderse de la vista de Antezana. Éste se esforzó, primero trotando y luego, cuando la compostura estuvo perdida, corriendo como un loco, aunque sea para ver un poquito de aquel poto y hacerle fotografías mentales, útiles para el insomnio. Pero la desgraciada era muy rápida y, cuando ya no pudo más, entró frustrado a su casa. Sin saber bien porqué, rompió a llorar en la ducha.

Mucho puede suceder en un mes. No pasó demasiado hasta que la familia Antezana se dio por enterada de los nuevos hábitos de su patriarca. Quizá fueron sus dramáticas entradas por las mañanas, cuando el resto de la familia desayunaba, todavía derrotados por la modorra, y él aparecía todo sudoroso, fatigado, con la respiración de quien sufrirá un ataque cardiaco en cualquier minuto, abriendo el refrigerador y quedándose parado ahí un rato, como deseoso de que el frío congelara las numerosas gotas chorreando desde su rostro, hasta que al fin sacaba una jarrita de zumo de naranja que se zampaba en un solo ruidoso golpe. Sí, quizá fueron esos momentos. O tal vez fue el progresivo cambio corporal de esbelto a atlético, que concordaba con el súbito capricho de entrar al gimnasio después de la oficina para llegar a casa tal como en las mañanas y repetir esas mismas pantomimas, hasta que cada quien se perdía en sus propios asuntos y el viejo seguro ya estaba fuera de la ducha y la vieja fija ya estaba en algún cafecito o snack del condominio, o la ciudad, o cualquier parte, no sabían, pero no en casa, eso era seguro. En todo ese mes, más que acostumbrarse al vacío hogar, tanto Silvita como Marito Antezana encontraron formas de explotar aquellas ausencias; ya sea en un encierro cada vez más premeditado y sesudo para escapar de los aullidos de los chicos que le pedían a la nerd que se sacase la actitud de monja y enseñase más las nalgas, o en la libertad absoluta para salir a vandalizar el condomio con otros muchachos disconformes con su barrio, siempre grabando todo para subirlo a una cuenta anónima de Instagram y ocultándose en la casa tan convenientemente vacía de padres.

Aquel mes fue el cielo para Marito. Por las mañanas soportaba el espectáculo de su padre hasta que éste se iba primerito que nadie, y entonces subía a su cuarto para demorarse en vestirse y alistarse de modo que su hermana -corcha de mierda- no tuviera otra más que irse sola a esperar la góndola. Su madre apenas le reprochaba el retraso y era la segunda más apresurada en salir, tomando el segundo auto hacia donde sea que fuesen las amas de casa que tienen una mucama que trabaje por ellas, pensaba Marito mientras esperaba los quince minutos tras la partida de sus padres para quedar completamente solo en su palacio. Las mañanas eran suyas para holgazanear y planificar las reuniones de la tarde. Sus amigos iban del colegio a su casa directamente, y algunos hasta saltaban el colegio de sus trayectos. De nueve de la mañana a cinco de la tarde, la casa Antezana era el mejor punto de reunión para ruidosos muchachos de dieciseis a diecisiete años con ganas de destrucción en las hormonas. Especialmente por las tardes que salían un rato de su rutina para tratar de espiar a la Cata Otero desde la ventana de la Silvita, quien no sabía cómo decirles que por favor se fueran para que pudiera estudiar en paz. La Cata solía llegar a las tres, directo a cambiarse el uniforme, y ellos, con las cortinas de la Silvita cerradas, con una cámara digital asomándose por una rendija, jugueteaban con el zoom hasta tener un vistazo de algo, lo que fuera, del cuerpo de la Cata. Nunca conseguían nada más que algún vistazo fugaz cuando a una cortina la elevaba el viento y ellos celebraban con un montón de grititos ahogados y risas gangosas. Mejor era cuando ella estaba apresurada y se olvidaba de cerrar esa condenada cortina y le veían la espalda en full technicolor, o aquella memorable vez que gracias a una hazaña del Urqueda, Cata se asomó a la ventana del baño y quedó retratada con la mirada inquisidora, mirando a todas partes menos hacia la cámara, con un sostén de frutillitas apenas conteniendo sus senos. Un video que batió un récord de vistas en los Whatsapp del curso y de otros colegios más.

Silvita soportaba la presencia de tanto muchacho en su habitación aprendiendo algo de los comentarios que lanzaban sin freno o filtro. Pronto se hizo experta en todas las formas en que se podía nombrar a los senos, o al trasero, o a las mujeres en general, y en ese mes desarrolló un oído que captaba hasta el más sutil de los innuendos. Podía soportar todo, tampoco tenía otra, se decía cada que su hermano convertía su dulce mirada de hermanito menor en los ojos de la furia encarnizada. Sentía pena, pues Catalina le caía bien. Era una chica inteligente y aplicada pero que también lograba muchísimo gracias a esa su irreal belleza. Lo más raro, y lo peor, era que Catalina podía ser muy amable y, por lo general, lo era. Rumores llegaban de lo arpía que podía ser, pero Silvita sabía que eran la clase de cosas que propagaba la Beatriz Pau de pura envidia. Otros rumores apuntaban a que la Bea Pau estaba enamorada de Catalina y por eso se esforzaba en odiarla, otros afirmaban que el lío estaba en que Catalina era una princesita que hablaba de feminismo y la Bea no creía que las princesas pudieran hacer eso. Su hermano le decía que Catalina estaba enamorada de un chico de la promoción, el mismo del que estaba enamorada la Bea y… por eso no le gustaba meterse mucho en ese mundo de socializar. Las ideas, los sentimientos y el tiempo se perdían en estupideces, en gente inútil como la tal Bea Pau. Pero Catalina sí que le caía bien y todos los días deseaba animarse a acercarse y decirle lo que su hermano hacía con sus amigos, consolarla por el video filtrado señalándole las gargantas de los culpables. Estaba más que segura de que ésta se lo agradecería y sería muy pero muy amable, y si no hubiera sido por las repercusiones en casa…

Silvita también temía por sus padres. No era nada nuevo que su madre nunca estuviera, aun cuando estaba ahí. Ya eran años de años que su madre llegaba de la calle con los ojos hinchados y actitud febril. Silvita la había visto en sus andares citadinos y no la culpaba por sentirse miserable en una casa que, a toda luz, no había logrado sobrevivir al crecimiento de los hijos. En realidad era su papá quien más la sorprendía. Esos cambios bruscos la asustaban y su nueva rutina le parecía demasiado brutal como para ser algo inocente. ¿Quién pasa de pedirse una triple hamburguesa con tocino a tomar batidos de manzana y apio mientras hace alrededor de tres horas de ejercicio por día? Les preguntaba a sus amigas y éstas especulaban que quizá era cosa de la edad. Su miedo entonces se exacerbaba, pues recordaba cómo alguna vez su padre, en una de esas rarísimas ocasiones que llegó borrachísimo de sus visitas al tío Raúl, confesó una fantasía que tenía. Un día salía de casa para pasear al perro y horas más tarde, quizá ella, quizá su madre, nunca Marito, se daban cuenta de la ausencia del perro. Preocupadas iban a buscarlo por la casa y lo encontraban atado al poste frente a la puerta de calle, tal vez aullando, aunque entre tufos Antezana le confesó a su hija que ese detalle ya era mucho melodrama. En fin, la fantasía continuaba con ellas, cualquiera de ellas, llamando molesta a su celular, pero sin que éste contestase nunca. Ahí por el tercer intento descubren que el celular está cargando dentro la casa y, molestas a no dar más, se sientan a esperar al retorno de Antezana para que explicase su conducta. Pasan dos, tres, cuatro horas pero éste no retorna, hasta que una de ellas, “probablemente tu madre” confesó Antezana a su cada vez más incómoda hija, se aburre y decide que ya es hora de dormir. Pasan los días, los años, pero él nunca retorna. “¿Esa es tu fantasía?”, le pregunto su hija. “Sí”, contestó Antezana. “No entiendo”, dijo ella. “Lo harás”, concluyó él. “Cuando crezcas, mi amor”, balbuceó dormido en el sillón.

Dos meses más pasaron. Nadie en la familia Antezana siquiera amagaba con la idea de una cena en conjunto. De hecho, se evitaban. Ahora la madre regresaba a las once, aprovechando que el marido hacía lo propio y Marito rumiaba rabia por cada esquina de la casa, reo de un castigo sin gendarme. Silvita había roto el silencio denunciando a su hermano con Catalina, y el padre de ésta con su nada sorprendida vecina que miró a Marito, como quien mira al mesero, y le anunció un severo castigo de meses y meses. De ahí en adelante las cosas mejoraron para Silvita. Ahora Catalina era su amiga, gracias a ello le iba mejor con la gente del colegio, de pronto sus notas mejoraron y hasta se consiguió un no muy tímido primer novio que le sonsacó el primer beso. Ella se sentía feliz, pero los momentos que pasaba en casa estaban plagados de su hermano susurrándole insultos, su hermano pateándole las canillas, su hermano mandándole crueles dibujos de ella como monja, de ella como rana, de ella como ornitorrinco, su hermano mandándole fotos de las cosas innombrables que le hacía a su cepillo, a su ropa, a sus toallas, y ella que no podía decir nada bajo la amenaza de la difusión de un supuesto video tomado mientras lloraba en el baño y susurraba el nombre de ese primer ex. Tal vez por eso prefirió el caos de la casa Otero, los cinco varones lanzándole miradas lujuriosas, dos de ellos, los mayores, siendo muy amables, la maternal hermana mayor tratándola como a niñita y Catalina siempre tan atenta, amorosa, riéndose de sus hermanos, hablando de muchachos, animándola a usar este maquillaje, esta faldita, esa blusa y la presencia del patriarca Otero, todo grande y robusto, peludo y serio, abultado en todos los cuartos a los que se metía, como llenando el breve espacio que no ocupaba su ausente esposa. Una mujer que, a diferencia de su propia madre, trabajaba y llegaba rendida en búsqueda de un remanso de silencio que encontraba en las píldoras somníferas que tomaba sagradamente tras engullirse cualquier cosa que pillaba en el refri. Pese al incidente con su hermano y su cámara morbosa, los Otero la querían mucho y en el condominio se decía que los Otero ahora eran nueve.

Francisco no sabía qué pensar de aquella situación. Cuando se enteró del crimen de su hijo, su reacción fue tan furibunda que, en la intimidad pública de su hogar, agarró a su único varón y le dio una descontrolada tunda de sopapos. Marito no obtuvo más que cuatro cachetes dolidos e irritados que dejaron de arder dos días después, pero nunca olvidaría la furia de su padre. Aquel alfeñique ya no lo era, y la ira en su mirada lo tuvo acatando un castigo del que no se sentía merecedor. Francisco por su parte fue personalmente a pedir disculpas a los Otero y, de paso, a conocer a toda la prole. Mucho lo sorprendió encontrar a su hija abriendo la puerta de la casa y con su propio puesto para la cena, pero se quedó colgado en el atuendo casero de Catalina y la nada despreciable belleza menguada de su hermana. Se guardó para después un interrogatorio a su hija y mejor habló con el padre, la hermana y la misma Catalina. Pidió perdón por su hijo y por enterarse tan tarde. “El trabajo, usted sabrá”, dijo, y el rostro casi inexpresivo de don Otero, sus ojos más oscuros que los de su hija, no decían nada, pero su voz expresaba, con una amabilidad que parecía forzada, que todo estaba bien, que todo estaría en paz y que la Silvita compensaba la fechoría de su hermano, luego la hermana de Catalina diciendo que la niña era más que bienvenida en esa casa y Catalina con su “gracias señor, no se preocupe”.

Aquel tercer mes desde que Antezana comenzara a trotar fue el mejor que recordaba haber tenido en años. Ya eran obvios los beneficios de sus intensivos entrenamientos y cada día se parecía un poco más a esa diversidad uniforme de tipos del gimnasio que se miraban fijamente al espejo mientras flexionaban los músculos. En parte deseaba sobreponerse a la envidia que lo anonadó durante su primer día, pero también tenía que verse bien para los encuentros matutinos. En el espacio de un par de semanas de resultados gimnasianos, las trotadas matutinas se convirtieron en algo más que perseguir a Catalina. Ahora era una especie de concurso de gente muy atlética que iba demasiado a la par y que jugaban a quién pillaba al otro mirando. Había algo muy sensual en mirarla sudar, en notar la cabeza y media de altura que le sacaba, en darse cuenta que nunca repetía algún conjunto para ejercitarse, y que cada día había un color nuevo censurando su cuerpo, llenando de una notoria novedad a las conocidas curvas de sus caderas, la planitud de su panza, el arco en su espalda baja y haciendo brillar con nuevas luces a esos ojos celestes aceitunados que sonreían cada que ambos perdían y se quedaban mirándose chorreados de sudor bajo la luz gris de la madrugada. Ahí, en las calles del condominio, todo era más directo que en su auto, al que Catalina se subía con actitud tímida, agarrándose la falda, con la sonrisa contenida dibujada en sus labios carnosos y la camisa del colegio reventando, los botones superiores abiertos en un enorme escote. Cuando ella subía, de pronto él sonreía y engrosaba la voz para preguntar acerca la familia (“todos bien, la casa un caos como siempre, ya sabe”), los estudios (“el otro día casi llego tarde porque usted no me pasó a buscar, realmente esa góndola es terrible, yo no sé cómo hace la Silvi”), el novio (“pero Francisco, no tengo novio, ¿no te conté?”), y él, que apenas podía dividir su atención entre el camino, sus ojos, los autos, sus piernas y la larga avenida de moteles de amor, esa en la que la había encontrado la primera vez que se animó a llevarla. “Pero ¿qué haces por acá?”, dijo deteniéndose de repente, su hija seguía desayunando, su esposa prendía el segundo auto, su hijo veía algo en Netflix. “La góndola me dejó, no hay taxis, ¡Ay señor Antezana! ¡Ayúdeme que llego tarde!”, diría ella con una angustia sonriente en el rostro y ¡puf!, adiós sospechas de algo sucio, hola fantasías obsesivas, imágenes que lo atrapaban en los momentos menos pensados, particularmente aquellas pocas noches que se encontraba de frente a su mujer en casa y ésta ni siquiera le podía devolver el saludo con decencia, siempre con la mirada triste y la voz agria.

Pasar frente a los moteles era su momento favorito del día. Cuatro o cinco edificios, todos con nombres de romance vulgar, carteles de neón, colores extravagantes y ofertas por doquier, todos ofreciendo el paraíso pero ninguno garantizando limpieza. Para Antezana significaba callar un rato, dejar la charla formal, mirarle el escote sin miedo pero con cautela, relamerse por dentro y verla relamerse por fuera, anhelar virar de golpe, bajarla en brazos, llevarla a un cuarto y tratar de no pensar en la limpieza de los mismos, o en esas camas tan húmedas como el ambiente, o la paranoia de las cámaras de seguridad en los pasillos y lo escandaloso que podría resultar aquel uniforme escolar de no tener cuidado. Entonces pasaban a una enorme curva y unos metros más allá estaba el colegio donde la dejaba, alcanzando a irse mucho antes de que llegase la góndola trayendo a sus hijos. El resto de su día se iba en desquitarse, perder la intensidad de aquellos momentos matinales en flirteos con compañeras de trabajo primero, charlas apasionadas con extrañas después, y, finalmente, breves encuentros con mujeres que lo dejaban inconforme, ansioso de más y más.

Un mes antes del colapso, Antezana tenía un sistema infalible para encubrir sus infidelidades. Con una nueva cuenta bancaria reservaba un cuarto en el Sheraton cada viernes por la noche y sábado por la tarde. Durante la semana se dedicaba a pasarse por cafés y bares, de preferencia cercanos a alguna universidad, y ahí conocía a docentes y estudiantes. Las seducía, jugaba un juego paciente para conocerlas, encontrar en ellas algo que lo atrapase y las citaba en aquella habitación. Algunas no iban y otras veces simplemente no tenía suerte con nadie. No le importaba demasiado, a decir verdad. Le importaba que fueran bellas, más que nada, y conocerlas era una forma de encontrar algo más que lo alejase de los pensamientos que ya no cesaban en su cabeza. Cuando todo fallaba se acercaba a alguna chica en el gimnasio y se conformaba con algún rapidito en el baño. Panchito, Francis, señor Antezana, le decían y él que se ponía más duro, invitaba otra ronda de cervezas, llamaba a la recepción del hotel para pedir otra champaña, prometía otro vestidito de regalo, a lo mejor un libro, dependía de con quién estaba, a decir verdad. Muchas volvían por el interés en esos regalos, otras lo tenían bien calado y lo usaban tanto como él las usaba a ellas. “Tú te estás tirando a otra mientras tiras con todas nosotras”, le dijo un día una docente de medicina y él no se lo negó, ni tampoco dijo nada. Se quedó en silencio y quietito, ansioso por el ver el famoso video de Catalina, bien guardado en su celular, y sólo salió del trance cuando fue ella la que empezó a moverse para que continuara la danza.

Aquella noche, mientras regresaba a casa, a pocos metros de la curva que llevaba a la avenida de los moteles, comenzó a hacer cálculos para comprar un departamento en la ciudad, pues el Sheraton no era nada barato y ya la última vez se encontró con un amigo de su esposa a quien le dijo que estaba de guía de un viejo y aburrido, pero famoso, empresario que pensaba invertir en su oficina. Por suerte era uno de esos amigos lelos e inocentes que se lo tragaban todo, pero el asunto lo disgustó tanto que aquella noche no pudo empalmarse, justo en frente a una mata de vellos pelirrojos de una muy joven estudiante de primer año de administración de empresas. Aquello era un colmo que escondía a otros. No sólo había fallado con una conquista que le costó más de lo que imaginaba, también estaba el hastío a correrse de sus deseos, a tratar de encontrar la voz de Catalina en unas, su poto en otras, sus ojos en nadie, su pelo en muchas, su cinturita en las del gimnasio y así hasta que sintió que trataba de armar un rompecabezas que ya tenía resuelto y listo para ser armado en la comodidad de lo que, al parecer, sería su última noche en el Sheraton, antes de encontrar una cueva más discreta en la cual podría explorar más a fondo los misterios de la Otero.

Lo planificó todo con cuidado y se atrevió a ser más osado con Catalina cada mañana. No tanto como para asustarla, lo suficiente como para que ella también tomara la iniciativa. Fue por eso que la mañana previa al día del colapso ocurrió el beso. Uno largo, apasionado, salivoso, con una que otra mordida, con la respiración de ella perdiendo el control y la mano de él recorriendo esas piernas que tanto le gustaba mirar. Cuando se separaron, él se quedó mirándola a los ojos. El sol brillaba intenso y el cielo estaba despejado, con algunas pintorescas nubes decorándolo. Estaban detenidos en un callejón de la ruta al colegio, pasando la curva de los moteles. En la radio sonaba alguna de esas canciones que tanto le gustaban a Catalina y que los padres y madres del condominio odiaban y condenaban cada que podían. Ella comentó acerca la perfección de la banda sonora para el momento. Antezana no la ignoró pero tampoco le contestó, se sentía muy perdido en el brillo de aquel día reflejado en esos ojos celestes aceitunados y en todas las posibilidades que delataban los carnosos labios apretándose. Ni bien llegó a su oficina le dijo a su secretaria, amante generosa y enérgica, que lo comunicara con aquel amable agente de bienes raíces que cada tanto llamaba. En un abrir y cerrar de ojos tenía una flamante propiedad comprada, tras un par de semanas de dudas legales que su abogado despejó. Quedaba dar la noticia.

En nada más varió su rutina. Mismos papeles, mismas horas, cafés, secretaria, colegas, reuniones y hasta el mismo sudor corrió por su rostro mientras mataba el deseo con el dolor del ejercicio. Sentenciaba a la noche como un refrito televisivo cuando divisó a su esposa entrando apresurada a un edificio. Unos días antes su abogado le advertía los peligros de mezclar divorcio con infidelidad, si alguien delataba algo de lo que ocurría en los cuartos del Sheraton, lo más probable era que terminase con la vida vuelta añicos, con más prospectos de terminar comiendo en la basura que alimentando a los que ahí viven. Sin embargo, algo en la actitud de su esposa le resultó extraño, aun si vagamente familiar. Quizá era la vivacidad con que caminaba, o su energía al girar la cabeza hacia los lados – pero no atrás, nunca hacia atrás – mientras traspasaba el umbral de la puerta y el portero la saludaba como si ella misma viviera en el edificio. Esperó mientras su esposa se metía al ascensor y los números digitales hablaban del catorce. Antezana se dirigió hacia el edificio y pasó de largo al portero diciéndole algo como piso catorce, donde el señor Archundia y sudó en seco durante todo el ascenso. ¿Cuánto tiempo sin ver a aquel viejo cascarrabias? Amigo de los padres difuntos de su mujer, Archundia era un viejo interesante que no toleraba la compañía, exceptuando la de ella, porque claro, era bonita y ese viejo cabrón siempre había sido un manoslargas en lo que refería a su esposa, aun desde pequeña. Llegó al piso esperando escuchar de todo menos los llantos a gritos de su mujer, una sarta de balbuceos incoherentes o incomprensibles que asustaron a Francisco. De pronto sentía ganas de derrumbar la puerta, tal vez sólo tocar el timbre, gritar él también, preguntarle en voz baja al vejete porqué lloraba su mujer, dejar de escuchar esa voz ronca derrotada por el tiempo diciendo cosas tan cliché como “déjalo salir”, “mejor afuera que adentro”, “no hay que aguantar las lágrimas” y en un punto Antezana se escuchó decir ya, a la mierda, antes de bajar corriendo las escalinatas, salir apresurado del edificio y quedarse sentado en las gradas que lo conectaban con la calle.

Esperó una hora, quizá dos, antes de que su esposa saliese. Gozó ligeramente con la expresión de horror y sorpresa que puso ella cuando lo vio y por un instante no supo cómo reaccionar más que con una euforia que tuvo la virtud de centrar a su mujer. Ésta se sentó a su lado y hablaron por horas, del clima, del gobierno, de su matrimonio, de sus vidas, del futuro. Casi como volverse a conocer. Francisco hablaba y, a la par, recordó su primera cita, cuando se encontraron en un restaurante de los caros y comieron charlando, se pensaron como personas fascinantes y tuvieron la certeza de que a cada uno le interesaba estar en la vida del otro. Aquella charla en las gradas del edificio, casi treinta años después, fue más como dos amigos reencontrándose. Ella contó que no había hecho gran cosa de su vida, que estaba casada, tenía dos hijos, no trabajaba porque no logró terminar la universidad. “Por los hijos”, le dijo ella. “Que cagada”, dijo él y añadió una pregunta sobre qué tal era su dichoso marido. Callaron, rieron un poco, callaron otra vez, ella se puso a llorar, él no supo qué hacer y entonces la abrazó, el llanto aumentó su cadencia, su intensidad, su humedad y entre balbuceos comprendió que su esposa trataba de hablar de él en términos lindos, pero sólo logrando sacar a relucir el techo que puso sobre sus cabezas, el pan que nunca faltaba y una vida incompleta, infeliz, que espera su turno para morir y probar suerte en ese asunto de la vida después de. “¿Es tan terrible?”, preguntó Antezana con una lágrima contenida. “No”, respondió ella, “es un tipo buen tipo que no sabe que soy lesbiana, eso no es culpa suya. Aparte que una mierda porque hace años le metí cuernos y ya no pude hacerlo más. Lo único que tengo es venir a llorar la frustración y el miedo en los brazos de un viejo verde que es lo más cercano que me queda a un padre. Amigo mío”, continuó su esposa, “créeme que yo quiero a mi marido, hasta he llegado a sentir cierto respeto por él, pero no me hace feliz y no sé cómo decirle que todo fue una mentira, que lo quiero dejar”.

A la mañana siguiente despertó con el cuerpo completamente extendido en la vastedad de su cama matrimonial. Tras muchos besos, abrazos y promesas de amistad, su mujer estuvo de acuerdo en quedarse en un hotel esa noche mientras él aprovechaba la ausencia de los niños para guardar algunas cosas. “No dejes las maletas fuera, por favor, primero tenemos que hablar con ellos”, le pidió su mujer y él estuvo muy de acuerdo. Por la mañana no fue a trotar. En lugar de ello hizo sus maletas y se conformó con mandarle un parco mensaje a Catalina. “Será hoy”, escribió y cómo respuesta recibió un emoji de besitos y caritas eufóricas. Antezana apresuró las cosas, metió treinta años de vida en aquel condominio dentro un par de maletas mal organizadas y bajó a las carreras al desayuno. Eran las ocho, seguro Marito y Silvita estaban ya en la góndola. Maldijo por lo bajo, pero pensando en Catalina. Sacó el auto, aceleró a lo desquiciado y cuando llegó a la parada ahí estaba ella, vestida con la ropa de su hermana, tal como Antezana le indicó. Arrancaron, surcando las calles como bólidos en dirección al Sheraton. Le dieron un cuarto casi de inmediato, tratándose de un cliente tan leal como era él y, dentro suyo, planificaba en cómo amoblaría su nuevo departamento donde se perdería en maratones sexuales con Catalina y sus ojos celestes aceitunados. Subieron besándose en el ascensor hasta el piso veinte y ella le pidió que esperase un minuto afuera del cuarto mientras preparaba el mood. Antezana aprovechó para ir a recoger los condones que guardaba en el auto y en su cabeza concluyó que estaba feliz. La noche anterior parecía un sueño, esos en los que todo empieza mal y termina bien.

El colapso empezó cuando Antezana volvía del garaje hacia la habitación. El ascensor paró en la planta baja y una marejada de gente luchó por entrar. Al parecer el hotel albergaba una convención de científicos o religiosos, Antezana los confundía, que esa semana celebraban un seminario o congreso en la ciudad. Era viernes y todos estaban deseosos de que se terminase el día y llegase la noche para caer rendidos en cama, o prepararse para ir a beber. Fue apenas un vistazo, esos que uno puede descartar como una ilusión óptica, pero Antezana sentía que no se podía equivocar: su hija estaba entre esa multitud, esperando el ascensor, perdida en ese maldito celular por el que su madre tanto le gritaba, maldiciendo a Catalina por haberla convertido en una dependiente del bendito aparato ese. Antezana se asustó, pulsó el botón del primer piso y bajó a las carreras, empujando a los demás y casi cayéndose en las gradas. Cuando llegó reconoció la ropa de su hija entrando a otro ascensor e hizo una nota mental de todos los pisos en los que se detuvo. Cinco, siete, diez, trece, diecinueve y veintidós. Se dio un rato para suspirar aliviado al no ver el veinte en digital y cuando llegó el otro ascensor se preguntó: “Entonces ¿qué hace acá?” Preocupado se detuvo en cada piso y llamó a su hija al celular, paseando frente a las puertas, escuchando atentamente ese ringtone estridente que le gustaba utilizar. Esa niña escucharía una cosa o dos sobre faltarse el colegio, se dijo en el piso diecinueve, justo cuando escuchó al celular sonar en una habitación del piso. Pegó el oído a la puerta para cerciorarse y ahí estaba el rumor vago de la cancioncita molesta y la voz de su hija riendo, pidiendo tregua, que no entendía por qué insistía tanto su papá y luego una voz profunda, ronca, peluda, le pedía que viniese a la cama y ella reía pero ya no como si le hicieran cosquillas sino diferente, raro, y entonces callan las risas y dan espacio a respiraciones y un gemido y Antezana, que ya no podía más, ciego de furia, tomó impulso y saltó para patear la puerta con ambas piernas. La puerta cedió y Antezana gimió en el suelo con el cuerpo magullado, se incorporó y el señor Otero lo miró sorprendido, con la espalda al desnudo cubriendo el cuerpo de su hija y un olor a humedad en el aire que casi lo hizo vomitar. El hombrón salió de su hija y se paró a lado de la ventana. El sol brillaba intensamente, estaba tan bonito el día. Otero lo miró con el cuerpo cubierto de vellos y sudor, el pene monstruoso enhiesto y desnudo, mirándolo como cíclope, tan sorprendido como su portador. Antezana se frotó el rostro, se arrancó un par de pelos, contuvo varios gritos y sintió su corazón palpitando en la frente. La niña lloraba y se cubría el cuerpo con una sábana, Otero movía los labios, con sus ojos azules aceitunados completamente cautelosos y ligeramente alarmados. La puerta estaba rota, así que sus puños sólo hicieron añicos los pedazos. A lo lejos su hija gritaba y también gritaban él y Otero. “Todos gritan”, pensó apenado y se levantó como zombie hacia su propia habitación.

Coño por coño, se dijo a sí mismo, ya capaz de un rencor del que no se habría creído capaz. Con una calma irreal subió las gradas y sacó las llaves, destrancó el seguro y se sacó la polera ante la sonriente Catalina, desnuda, escultural, esperándolo en la cama. De pronto alguien tocó la puerta y Antezana no quiso que todo terminase sin al menos probar. Se lanzó a la cama, la agarró de la cintura, la besó en los genitales y lamió aun cuando ella ahogó un grito de terror cuando oyó la voz de su padre pedirle a Antezana una chance para explicar. Lo ignoró y continuó lamiendo aun cuando la puerta se abrió y sólo se detuvo cuando un par de brazos lo arrancaron de entre las piernas de Catalina y lo lanzaron contra una pared.

Semidesnudos, furibundos, sordos a los llantos de sus hijas, pelearon ambos padres a lo largo de veinte pisos, siempre descendiendo, causando un escándalo de desmayos y grititos, que en retrospectiva fue más condenado por la desnudez y apenas se mencionó la extrema violencia. Superado, sangrante y asustado, Antezana tuvo la suerte de encontrar las llaves de su auto en el bolsillo del pantalón y se subió, acelerando ya sin que le importase nada más que escapar. El instinto lo llevó a casa, al condominio y ya cerca al colegio de sus hijos notó a Otero persiguiéndolo en su auto. “¿Cómo carajos…?”, susurró y apretó el pedal, soltándolo poco a poco hasta que Otero lo empezó a rebasar, ahí Antezana frenó de golpe y alcanzó a ver el rostro de Otero desfigurado en rabia, moretones y sorpresa, lo último que alcanzó a mirar antes del colapso.

Cuando despertó notó que estaban al inicio de la gran curva antes de los moteles. El auto de Otero estaba chocado contra la montaña y el suyo contra el de Otero. Salió a duras penas y no supo qué pensar de su brazo colgando y sus dedos doblados en ángulos imposibles. Ni siquiera le dolía. Lo que sí dolía, y mucho, era un vidrio enorme atravesando su muslo y un pequeño fierro atravesándole los perfectos abdominales que tanto le costó formar. Se arrastró como mejor pudo hasta el auto de Otero y lo encontró en el asiento del conductor. El auto parecía un acordeón, pero aun entre las tripas, Antezana reconoció un puente hábilmente ejecutado. Entonces notó el vidrio enorme que atravesaba la garganta de su rival y su cuerpo desecho entre el asiento trasero y el volante. Su rostro estaba congelado en aquella expresión que Antezana le vio antes del colapso, sólo que ahora también había algo de horror en ella, al menos eso certificaban ese ojo saltón, tan abierto como la boca en estertor, y el otro que colgaba y se metía dentro esa misma comisura. Antezana se arrastró hasta una piedra cercana y se quedó ahí sentado. El sol brillaba intensamente, estaba tan bonito el día. La presencia de gente mirando todo desde lejos, autos que pasaban o se detenían anonadados, devolvieron a su mente al condominio y sintió mucha curiosidad sobre lo que se diría de ahí en adelante. Supuso que pronto escucharía sirenas acercándose y voces intentando salvarlo. “¿Salvarme de qué?”, murmuró y sacó su celular, abrió la galería y puso el famoso video de Catalina Otero con su sostén de frutillitas.

 

 

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Hoy no pasó nada. Y si pasó algo es mejor callarlo, pues no lo entendí.

Roberto Bolaño, Los Detectives Salvajes

 

Para Oscar Martínez y Juan Veliz, esta narración de lo inenarrable.

Es un día caluroso, casi asfixiante. Ninguna nube cubre los cielos de Villa La Piedad, el barrio al que los vecinos se refieren como la Piedad, a secas, para ahorrarse un tiempo que de todas formas pierden. El celeste del cielo tiene una tonalidad universal, una que invita a la clase de evento que Colosio Obrañez prepara en su hogar. No es un evento magno, mucho menos popular, podría decirse que es sólo una reunión más en el historial de las fiestas que ha tenido Obrañez en esa casona, casi pequeño edificio, que en sus diferentes pisos alberga a los padres y hermanos de Colosio. Es sábado, porque reuniones como aquella solamente son exitosas los días exentos de obligaciones laborales o académicas. Son las diez de la mañana y Obrañez descansa en su soleado cuarto, dejando que la resaca de la breve salidita de ayer pase al olvido entre las caricias que le da a su aparentemente dormido schnauzer, leyendo sin leer un libro de Lamborghini, comprado no hace tanto con la primera paga de un trabajo inesperado. Su mente registra las letras pero no las entiende, sus pensamientos están a la espera de que su hermano Jorge toque la puerta para preguntarle a qué hora llegarán el José y el Damián con la comida y el trago, aun si Obrañez no tiene un respuesta para tal pregunta. Con los muchachos nunca se sabe, dice en voz alta sin saber bien por qué, y piensa en las probabilidades de que estén a punto de llegar borrachos y trasnochados, sin ninguno de los ingredientes, siquiera una moneda, para contribuir a la causa de la lasaña que José Velzú venía prometiendo desde hace tanto tiempo atrás.

Jorge nunca aparece y tres horas más tarde Obrañez sale de la ducha para encontrarse con Velzú durmiendo en un sillón de la sala. Se acerca silenciosamente y siente alrededor de su exalumno de la universidad un vaho de alcohol que habla de una noche intensa, el tipo de noches que conoce tan bien desde los días de colegial. Obrañez confirma todas sus sospechas y de paso nota que el rizado pelo de Velzú ha desaparecido para convertirse en una casi calva cabeza rapada. José ronca con los audífonos puestos con lo que suena a Rage Against The Machine a todo volumen. No es hasta que se aburre de mirarlo en su coma etílico que cae en cuenta que en el suelo están desparramados los contenidos de las bolsas en las que Velzú llevó todos los ingredientes para cocinar. Colosio considera que hay lo suficiente como para hacer tres lasañas. Ahí es cuando ante sus ojos aparece la otra bolsa, como por arte de magia. Está cuidadosamente apoyada contra el sillón, cerrada con un primor reconocible. La desata para encontrar latas de cerveza y una botella de singani de las caras esperando ser bebidas. Sonríe y murmura bien hecho, Josefo mientras lo recoge todo y carga las bolsas a la cocina donde Jorge y su amigo están trabajando en convertir una máscara antigas en una pipa para la mota. Obrañez piensa que la futura pipa es de aquellos objetos peculiares, resquicios de la Segunda Guerra Mundial, que por algún motivo que Colosio desconoce aún llegaban hasta Bolivia. Obrañez escucha vagamente a su hermano anunciarle la llegada de José, se ahorra un comentario sobre lo obvio y prefiere apresurarse a revisar su celular que lleva vibrando ya un buen rato.

Colosio Obrañez se enfrasca en la pantalla de su celular, absorto en la marejada de mensajes que mandan los posibles asistentes indagando datos que terminen de convencerlos para encaminarse a un lugar tan lejano como es su casa, o los otros mensajes que no son más que excusas (algunas brillantes, otras muy flojas) que lee con cierto placer sazonado de decepción, ni hablar de los clásicos mensajes de las ex que tienen un olfato peculiar para este tipo de eventos y siempre lo llaman cuando más borracho piensa estar; casi confirmándole que, de seguro, algún tipo de pacto con el Diablo tienen todas a las que no les alcanzó el amor para quedarse, inquietudes que los gritos y vítores de sus alumnos y ex alumnos a veces refuerzan, dentro y fuera del aula, peor los que están invitados a esa fiesta y estuvieron en otras más. Es en esos malabares que se pregunta ¿Para qué hago esto? ¿Qué mierdas gano yo de esta gente…  estos críos que se dicen mis alumnos? ¿Qué, carajo? ¿Qué sentido tiene dejar que un tropel de borrachos destruya mi sala y mi baño si en eso tampoco está la felicidad? No se da cuenta del paso de media hora en la que José despierta e irrumpe en la cocina donde Colosio lo recibe algo ausente, ocupado como está reenviando el mismo largo mensaje de instrucciones para llegar a su casa, que está por esos lares en los que el aire es hasta más limpio y las montañas que delimitan a la ciudad del resto del departamento se sienten cercanas. Vagamente ha notado la partida de su hermano y menos vagamente, eso sí, nota a Velzú iniciar la faena, sacar los ingredientes, las fuentes, mezclarlo todo y luchar contra el horno entre las típicas quejas que trae el chaqui y todas aquellas ironías relacionadas a lo útil que resulta Colosio en el proceso. Éste reacciona con una sonrisa de sinverguenzura que acompaña de preguntas casuales sobre el día a día a las que Velzú responde distraídamente. La cocina huele a carne, delante suyo ha aparecido un vaso con singani y naranja entremezclándose. ¿Qué del Damián?, pregunta Obrañez y Velzú responde que ya te dije que no sé, sabes que ese cojudo o llega tarde, o no viene, de seguro cagado por una mujer. ¿Acaso no se han chupado ayer?, pregunta Colosio con ligero tono de resentimiento y Velzú se enoja comentando que no sabe si Obrañez escuchó algo de lo que le dijo hacia un rato, y éste sólo sonríe y no dice nada.

A eso de las 3 de la tarde llega Damián Granizo con un tropel de paceños perdidos en La Paz que no sabían cómo encontrar un lugar como aquel. Ahí los junté a todos vagabundeando y los traje de la manito, les dice a Obrañez y Velzú. Colosio, que no le cree, supone que si se los encontró fue en la puerta o en sus cercanías, pero lo deja pasar y le da un abrazo efusivo al segundo discípulo más esperado, mientras que el primero da los toques finales a las ya listas tres lasañas, a las que se ha sumado una más, una vegetariana que Irina Caracará, otra alumna de Obrañez en la universidad, ha llevado anticipando que nadie en aquella reunión se preocuparía de los vegetarianos y veganos y todos sus afines. Colosio se levanta, observa a Velzú y Granizo charlando en esa su intimidad tan propia y se larga a la sala a hacer de anfitrión. Habla, ríe, pregunta y está disperso entre las muchas gentes que han llegado con o sin invitación. Nada de eso le impide notar a Irina yendo de aquí a allá, ayudando a servir vasos de trago que no tomará, procurando servirle un trozo de lasaña a todos, tarea que Obrañez sabe no harán ni Velzú ni Granizo, pensamiento que corrige ni bien ve que Velzú también está sirviendo comida a todos los dispersos por la sala. Suena música desigual, cada quien lucha por programar algo en la lista de espera del Youtube, fluye el trago a montones y en distintas variedades que han traído algunos sí, otros no y se oye el munch munch que precede a los cumplidos que prácticamente le gritan, primero, a Obrañez y, luego, a Velzú cuando se enteran que éste es el verdadero autor de tan suculento plato.

Nadie ha probado la lasaña vegetariana.

Extrañado, Obrañez, busca a Irina y la encuentra en la cocina, todavía sirviendo platos para otros que, pareciera, no paran nunca de llegar. Suspira aliviado, no sabe bien porqué, y por un rato decide quedarse en el pasillo mirándola enmarcada por el umbral de la puerta. Menuda, de caderas estrechas y piernas rellenas, bien enfrascadas en unas apretadas calzas que resaltan la jugosidad de sus curvas. Es linda esta Irina, piensa Obrañez notando sus ojos claros, su pelo castaño casi rubio, su apariencia de niñita mimada que seguro fue modelo a sus quince años hasta el día en que le dio por ser hippie y propensa al fitness como atestiguan esas nalgas. Es linda como inocencia en tierra de morbosos, se le ocurre, aunque otra voz en el fondo de su ser lo recrimina por andar imaginándose cosas de quien, en realidad, no conoce más que en su faceta de alumna semi interesante, ávida de aventuras y conocimientos, pero siempre tan marcada por ese su contexto de comodidad que Obrañez no puede dejar de subestimar. Atrás suyo escucha un vaso romperse e Irina da un respingo dramático antes de mirar en dirección del ruido para pillar a un Obrañez que finge leer su celular hasta que su mentira se hace verdad y otra charla inútil con una ex lo hace sentirse tan desafortunado como el Culito Silvino, piensa desesperado.

Para las 7, cuando el azul del cielo amenaza con la noche, todos han comido y ya tan sólo queda beber y beber. La música sigue errática y Granizo pelea con alguien (que Obrañez sabe podría ser el mismo Dios) para poner algo que disfrute él, y sólo él, cagándose un poco en los tantos otros que ahora son menos que cuando el sol todavía estaba arriba. Colosio, sentado en uno de los medios del círculo de sillas y sillones que se ha formado, cuenta las historias más divertidas de su ajetreada y experimentada vida, perdiéndose un poco en el placer de todo narrador: esas miradas atentas a lo que sucederá luego. Es sólo cuando ve que entre Velzú, Jorge y Granizo hacen secar vaso tras vaso a la bella Irina, sólo ahí se le ocurre rematarlo todo hablando de Julio Silvino, el afamado Culito al que hombres y mujeres por igual rehuían por esa legendaria fama de su mala suerte. Era un buen tipo el Culito, ríe Obrañez, pero era el tipo más desafortunado de la historia, cojudo. Con decirte que una vez que fuimos a comer no pudimos pasar siquiera de la sopa. A este Culito le traen el primer plato y ahí, delante de los ojos de la mesera, él, y yo, que una mosca vuela y se zambulle en la sopa hirviendo y ni modo que la mesera, testigo de primera mano, se niegue a mirar la realidad y ha tenido que pedirle disculpas y retirarse a la cocina. Y estamos hablando de uno de esos restaurants que les gustan a los jailones como el Granizo, y el aludido hace un rostro que esconde un ligero enojo que Obrañez, ya en camino a estar bien borracho, ignora y prosigue. Así de esos restaurants donde todo es más caro que pensión universitaria pero es lo más delicioso que vas a probar en la vida. Colosio hace una pausa para beber un largo trago de lo que sea que está servido en su vaso y aprovecha de mirar a su alrededor. Hay gente apartada del círculo que todavía comen, o beben, o tratan de poner alguna canción que el tirano del Granizo seguro cambiará si no la disfruta. Nota que su hermana ha llegado y ahora charla con Irina. Deja el vaso y toma aire mientras se extraña de la sonrisa en el rostro de Velzú, retoma la historia observando al Granizo cuyo rostro es iluminado por el celular que ahora lo tiene atrapado a él. La cosa es que vuelven con otro plato y la mesera está dejándolo bien primorosamente sobre la mesa mientras hace unas cuantas innecesarias disculpas y yo estaba impaciente pues, mi sopa se estaba enfriando y era de esas cosas por las que has pagado tanto que te molesta un poquito en lo más profundo de tu ser que tengas que aplazar el momento de probar semejante manjar, como tus lasañas hoy Josefo, y el aludido sonríe. La cuestión es que ni bien pone el plato, los tres vemos cómo un mísero pelo cae en la sopa y nadie puede hacer nada más que resoplar y esperar a que la tercera sea la vencida para luego descubrir que hasta el techo de los establecimientos caros y respetados pueden caerse a pedazos sobre la sopa de tu amigo hambriento, dice Obrañez. Con decirles que hubieron tres intentos más antes de que el dueño mismo viniese y nos rogase con toda la amabilidad del mundo que nos retirásemos y no volviésemos más. Risas. Muchas risas.

Y eso no es nada, prosigue Obrañez que ve a Velzú escuchar una canción de Rihanna con los ojos llorosos de un niño que ha entendido qué significa eso de que sus padres se van a divorciar, Irina que lo mira toda atenta, con sus ojazos ingenuos algo apenados por esa nadería de la mala suerte del Silvino, o quizá achispados por todo el trago que tomó y sigue tomando, brindando con su hermana como si fueran hermanas entre ellas a la vez que lo nota calmado al Granizo y descubre por qué cuando se da cuenta que en algún momento de su relato ha llegado Frida Monteazul (otra vegetariana, como para que no se sienta sola la Irina, se dice Obrañez que nota que nadie ha tocado la lasaña vegetariana) con la que habla sonriéndole con los ojos y los labios. Hay una que me contaron del Culito que espanta hasta al más estoico de los borrachos, dice Obrañez. ¿Por qué Culito?, se alza la tierna voz aguda de Irina. Porque la gente es mala y hablaban que de él sólo salía mala suerte, explica con una sonrisa Obrañez. ¿O sea le decían trasero en diminutivo para hacer notar que la cagaba y de paso jugando con su nombre?, pregunta Granizo. El grupo entero ríe, chocan los vasos, apresuran los líquidos, piden música ahora que Granizo parece distraído, alguno de ellos empieza otra historia, algún relato sobre otra persona de mala fortuna. Obrañez escucha, se conforma, decide dejar pasar el asunto, guardarse la historia de cómo el pobre del Culito había ido a sacar una tarjeta de débito al banco, sólo para terminar condenado a meses de burocracias de precios sangrantes por un par de irregularidades encontradas en su cédula de identidad. Se lamenta un poco por ese punchline, el del que ni las minas ni el Estado reconocían la existencia del Culito y por un rato sólo quiere irse al colchón que está tendido en el suelo de su escritorio y dormir escondido de tanto borracho que ha invadido su casa.

Obrañez siente que apenas ha parpadeado y de repente ya son las 9 de la noche. La sala es un desastre caótico de proporciones que sabe que recién acatará ni bien despierte del sueño que ya lo acecha. Cosa increíble: están todos borrachos, se dice internamente recordando las mil y un veces que recorrió esa sala con la mirada, en pasadas ocasiones, y siempre pudo encontrar a algún sobrio entre tanta ebriedad. Reina en el ambiente un aire entre festivo y destructivo, la música que suena adquiere los sonidos de la cumbia colombiana de antaño. Cuando los cumbieros eran rockstars, dice Obrañez a nadie y a todos. Velzú está hundido en cierta miseria y Colosio identifica en esa mirada el dolor que los une, la pérdida romántica, el vacío del que acaba de perderlo todo por enésima vez hincado frente al brillo de la pantalla, única luz del ambiente, de la vida. Granizo baila rígidamente con la grácil Frida, ambos borrachos pero no tan borrachos. No todavía, piensa Obrañez mientras con un eructo cambia el enfoque de su visión y la posa sobre Irina que está más borracha de lo que le convendría a nadie en una fiesta donde quedaban tantos chicos que parecían ser parte de ese fondo oscuro, con manos como garras que a la débil luz de la pantalla parecían ramas tétricas de árboles muertos rodeando a la caperucita choca y sus ojitos perdidos, su vocecita errática y ese bamboleo de caderas que los rockstars colombianos de antaño hubiesen deseado contemplar al menos una vez en sus vidas. Obrañez se reprocha el pensamiento pero se siente tentado por la tentación. Se olvida de los títulos académicos (por un rato sólo quiere eso) y calcula la diferencia de edad. Pese a que 14 no le parece exagerado, sí le suena a suficiente como para frenar ciertos pensamientos. Desvía la mirada de Irina, se fuerza a pensar en la vez que Granizo conoció al novio (por hoy ausente) y la descripción hiperbólica que se mandó a propósito de la altura del muchacho ese, que cuando Obrañez conoció no supo decir si es que acaso los jóvenes ahora crecían más rápido o si es que los adultos se empequeñecían más temprano. Piensa en el Culito Silvino, en toda esa mala suerte que se tragó antes de su trágica muerte y una sombra atraviesa su corazón amenazando con ponerlo en un estado parecido al de Velzú, o peor. No, murmura inaudiblemente para el tropel de lobos y borrachos, no, repite agarrando una botella de no sabe qué cosa y encaminándose hacia Velzú.

Cuando recupera el control de su voluntad ya es pasada la medianoche. Velzú ha perdido ese aire de tristeza y parece eufórico, enojado. Borracho con energías en todo caso, piensa Obrañez que mira a Granizo que está cabeceando, a punto de quedarse tan dormido como Frida que ya está acurrucada en un sillón a lado de su hermana, ésta última roncando con elegancia. El grueso de la gente se ha ido y al final han quedado pocos para terminar de rematar las muchas botellas que aún quedan. No pues Damián, no seas así, se queja Obrañez y pone Message in a Bottle en la tele lo cual despierta alguna fibra melancólica en Granizo y Velzú, tal como Obrañez tenía planeado. Bailan. Cada quien lo hace en su lugar y a su estilo. Obrañez mira a sus amigos y se sorprende de tantas cosas que podían pasar entre mentores y discípulos cuando se pierden las formalidades de la Academia. Con una nostalgia muy propia de la hora y del alcohol consumido, Obrañez se ve a sí mismo en miles de recuerdos relacionado con ellos. Riendo con los muchachos, comiendo con los muchachos, puteando contra los muchachos, llorando delante de los muchachos, juzgando a los muchachos, odiándoles un poquito, queriéndoles siempre, contándoles sus problemas profesionales, amorosos. Amigos los muchachos, al fin y al cabo, dice en voz alta antes de darse cuenta que Irina no está.

Detiene la música. Prende la luz. ¿Dónde está la Irina, che?, pregunta Colosio con ese tono que ya denota el pánico en el que pronto caerá y Velzú lo ignora categóricamente, perdido en el tema que suena. Es Granizo el único que se detiene. ¿Qué onda?, pregunta. ¿Dónde está la Irina?, se escucha decir Obrañez ya con un tono más de angustia y en voz todavía más alta. ¿Qué hablas, cojudo?, se escucha la voz de Velzú y el ambiente se siente pesado, su hermana despierta como advertida por algún instinto fraternal y se despereza secando una tapa de singani. Son las 2 de la mañana, afuera, en la Piedad, reina ese silencio que caracteriza los peligros de la madrugada en un barrio que sirve de paso para ebrios y pandillas. Obrañez va al baño de visitas, a su cuarto, al de Jorge, a la cocina, vuelve a tropezones a la sala donde Velzú y Granizo revisan detrás de los sillones y las cortinas. No hay nada, dice Damián. Obrañez se activa, baja corriendo a la planta baja donde su padre tiene un cementerio de automóviles que arregla como hobby, Velzú está con él, ambos buscan en frenético silencio iluminando la negra oscuridad con las luces de sus celulares. Desde arriba les llega la voz de Granizo diciendo que no responde el celular, que está apagado. Obrañez sube de nuevo, se sienta en la sala, se agarra la cabeza con ambas manos y se queda en pose de derrota. ¿No se habrá ido nomás?, dice Velzú. Yo la vi hace como media horita, aclara Granizo, dijo que iría al baño y ahora que lo pienso nunca volvió. Entonces esta tipa se ha ido a su casa borrachísima y por las calles de este barrio, concluye Obrañez. Ah, bueno, dice Granizo. No pues, cojudo, a ver pensá en lo que le van a hacer a una choquita, jailoncita y bonita como la Irina en un barrio como este, dice Obrañez y su mente se llena de imágenes horribles, escenas de violación, asesinato, robo, en todas Irina no hace gala de su fuerte actitud y no es otra cosa que una víctima más que pasará a ser un magro comentario matutino entre los habitantes de la Piedad, si es que acaso se llegaban a enterar de su muerte. ¿Y cómo no se van a enterar?, piensa Obrañez al darse cuenta que no era lo mismo que muriese alguien como él o que asesinaran a alguien tan fifí como Irina. Piensa en los titulares de la prensa, “Docente negligente deja a su alumna morir” y vuelve a recordar al Culito, sintiéndose hermanado a semejante desafortunado. Ya está bueno Colosio, dice su hermana con tono de reproche y de un jalón lo saca a la calle. Andá a la comisaría, le indica refiriéndose al portentoso edificio que está a media cuadra de la casa, y repórtala a la Irinita que el Granizo ya se fue a buscarla por el oeste, el Jorge por el sur, el Velzú por el este y yo me voy pal norte.

La comisaría estaba tan desierta como el cuarto de hospital del Culito cuando lo internaron por una torcedura de tobillo que se complicó hasta convertirse en fractura y que, más tarde, terminaría en tres dedos necrosados que Silvino perdió en lo que muchos abogados llamaron un muy particular caso de negligencia médica que ninguno de ellos quiso tomar por lo peculiar de la situación, empezando por la inusual progresión de la lesión. Colosio grita, pide ayuda como loco y más tarde que temprano sale un policía todavía limpiándose las lagañas. En un solo bostezo pregunta ¿por qué jode a las quinientas de la mañana? Y a Colosio se le sale su docente interno en forma de amenazas con su título, su entidad y luego la prensa si es que no ponía su culo en la calle para buscar a Irina Caracará, que se ha perdido hace unos instantes en la calles de la Piedad, le dice primero a un sargento, que lo deriva a un sub teniente, quien lo conduce a un teniente, quien tiene que consultarlo con un capitán, quien escucha impasible las palabras de Obrañez y rascándose la panza le ordena a todos que busquen a la choquita rica tras mirar la foto que Colosio ha sacado de Facebook y que ahora todos los policías miran en la pantalla de sus celulares con ojos hambrientos.

Obrañez retorna a su hogar y asciende desesperado hasta la terraza del techo. Desde ahí observa a la Piedad sumida en la oscuridad tan típica de las cuatro de la mañana, con ese su silencio engañoso que esconde los gritos que, de rato en rato, se hacen evidentes. Abajo ve a los policías saliendo a pie, o en moto, de la comisaría y asume que lo hacen para ir en busca de Irina. Manda un mensaje a todos los que están en las calles pidiéndoles que vuelvan, que la policía ya ha salido a buscar también y evita pensar en los mil y un abusos que sufría el Culito por parte de los polis, o por parte de cualquier sujeto que poseyese siquiera una gota de autoridad, en realidad. Eso le pasa a todo el mundo, se consuela Obrañez y obvia los abusos extremos a los que la gente tendía una vez que probaban la sensación de orinarse sobre el caído. En la puerta de calle están sus hermanos esperando a Velzú, a quien avista no muy lejos de ahí con su piel café con leche contrastando con el negriazul de la noche y los anaranjados de las luces de los postes. No sabe por qué, pero se imagina al rostro de José como asustado. No hay rastro de Granizo.

Se sientan todos en la sala donde Frida duerme plácidamente sobre un sillón. Obrañez cae derrotado sobre otro y con la mano temblando se sirve un trago puro de singani. Está aterrorizado. Conoce a la gente de esta ciudad. De este país, se corrige. Chismosos, morbosos e hipócritas por supuesto, murmura mientras seca otro vaso e intenta ignorar las imágenes de su cabeza, los mil y un titulares que lo condenan como un docente irresponsable, un hombre cochino y un borracho vicioso con fotos que censuran el gráficamente mutilado cadáver de Irina y hablan del eterno escándalo de culitos blancos siendo asesinados por manos morenas, pobres asesinando a los pudientes, clases sociales odiándose entre sí. Pero nunca es así, jamás es tan unidimensional como eso, dice su sociólogo interno. Seca otro vaso. Velzú está en plena narración de su búsqueda, todo ese trote intenso por las calles gritando su nombre, todo en vano. Todavía se lo siente algo jadeante y el sudor no se le ha secado, pero el efecto del trago lo va relajando más y más. Ahora te entiendo Culito, ahora sé algo de cómo sufriste cuando se perdió tu condenado perro, ese horrible pug mimado que era el único que te quería, piensa Obrañez pero le dice a su hermana algo acerca una rubiecita como presa perfecta de esa jungla en la que vivían y ella intenta pensar en positivo hasta que Jorge interrumpe los consuelos y la declara muerta, momento en el que Velzú pide calma y empieza a reconstruir los hechos desde el inicio. A Frida se le escapa un ronquido. Todos, menos ella, beben.

Con las primeras luces del alba vuelve Granizo. Ni bien llega se seca cinco vasos de singani y pone música para romper el ruidoso silencio de la sala. Se lo ve inquieto y asustado. Velzú, que lo conoce bien, le pregunta qué fue lo que vio y Granizo comenta algo sobre un jeep de vidrios oscuros en medio de las laberínticas calles de la Piedad, uno desde donde salían gemidos y gritos desesperados de una chica. Habla de su duda, su temor. Pensé que la Irinita estaba ahí y, no pues, me tuve que animar a tocarles la ventana, dice con Little Green Bag de fondo. Obrañez hace un terrible esfuerzo mental para distraer la mente de las imágenes del cadáver de Irina, del Culito Silvino y del escándalo que le espera, para poder escuchar el relato de Granizo. Ni bien toqué la puerta del jeep medio que me arrepentí porque juraba que iba a encontrarme con una mirada amenazante o el ojo ciclópeo del cañón de un arma, dice Damián mientras todos apresuran el trago y afuera se escuchan los gritos de la policía. Dentro vi a cuatro tipos y una changuita. Dos adelante y otros dos atrás con la changuita. La chica tenía la ropa rasgada y varios moretones, estaba llorando, el tipo de adelante tenía una pistola y los de atrás tenían las erecciones afuera, dice Granizo frotándose el ojo izquierdo con las yemas de la mano izquierda. No era la Irina, aclara, era otra chica que me miró como rogándome. Busco a otro chica les dije, aclara Damián. Si buscas a otra, esta no es, así que no jodas me dijo el conductor y el de al lado asintió y puso su mano en el arma, prosigue Granizo, así que corrí hacía el lado contrario de la ruta a tu casa. ¿Por si te seguían?, pregunta Jorge. Sí, responde Damián. Al volver me encontré con un policía y lo llevé al lugar pero ya no estaban, concluye con los ojos llorosos.

Ya despunta el alba, son casi las 7 de la mañana. Jorge y su hermana se han dormido en los sillones. Por el contrario, Frida está recién despertando y se frota los ojos mientras Granizo la pone al tanto de la situación. Velzú pone música y parece todo derrotado y borracho. Obrañez mira el vacío y en su fuero interno prepara todas las declaraciones que tendrá que dar. Las disculpas a los padres, a la comunidad académica, a sus otros alumnos, a sus propios padres, a sí mismo y, con el tiempo, al fantasma de Irina. Recuerda con cariño al Culito Silvino. Claro, piensa, a vos hermano lo que te jodía de tu mala suerte no eran esas cosas de las que los demás nos reíamos, como cuando en el curso descubriste de la peor forma que eras intolerante a la lactosa, o esa vez que te retamos a hacerte una paja en el baño de chicos del cole y te desgarraste el pito, que encima vimos todos los chicos y las chicas que se reían, por supuesto. Obrañez mira los rayos de la resolana iluminando el gris ambiente, bebe otro seco de singani y empieza a coquetear con la idea de prepararse un café antes de ir a la comisaría. Afuera los policías siguen gritando. Colosio Obrañez, en esta sinfonía, descubre que se siente triste, completamente derrotado. A lado suyo escucha un beso. Serán la Frida y el Damián, piensa. Claro pues Culito, a vos no te iba bien con las minas como les va a los muchachos, eso es lo que más te dolía, reflexiona Obrañez. Era que todas te rechazaban, todas te detestaban y eso que eras buen tipo y no tan feo. Y cuando les agradabas, algo pasaba que te lo cagaba todo. En colegio éramos nosotros que nos gustaba torturarte, pero ya de adulto era nomás tu suerte de mierda. Esa misma suerte que te puso en el camino de esa gringa. La Anne Lippowitz, murmura Obrañez y recuerda a esa mujer de pelos rubios casi blancos y piel pecosa. A ella le gustaste, y ella nos gustaba. Te la quisimos bajar, pero ella te era fiel. En secreto nomás, porque vos tampoco te animabas a hacer nada pese a que te gustaba, pero lo malo de la desgracia y la mala fortuna es que cuando te acostumbras a ella, la esperas en cada esquina, piensa Colosio y apresura su último trago desde la botella misma. Pero te moriste cabrón y te juro que fue ridículo, te moriste cuando ella al fin se te confesó, cuando estábamos los tres esperando micro en la avenida y charlábamos sobre lo mierda que son las películas románticas, me acuerdo que te dijo algo en su idioma europeo y vos te quedaste anonadado, presa de la incredulidad y luego de la euforia, esa que te hizo saltar y saltar con una alegría desconocida para ti y yo te veía y no me la creía, pero sonreía por vos, carajo, sonreía y mi cara se congeló en esa sonrisa cuando tu fortuna hizo que te tropezaras y como payaso tambalearas tu camino al medio de la calle, donde recuperaste el equilibrio en el preciso instante que dos irresponsables carros se chocaron contigo al medio. La cabeza de Obrañez se llena de las imágenes de ese día, los restos del Culito, su cabeza estallada, sus tripas desparramadas, los autos como acordeones, el rostro de Anne, los conductores ebrios e ilesos, la sonrisa congelada en su propia boca. Se lanza a llorar. Con amargura y miedo llora silenciosamente y son Velzú y Granizo quienes se acercan a intentar consolarlo mientras que Frida, todavía somnolienta, se levanta, se agarra la cabeza que le duele, camina por el pasillo hacia la puerta del baño principal, que está frente al escritorio, y se queda ahí parada tratando de recordar cuál es cuál, mientras que Irina duerme plácidamente en el colchón tendido en el suelo del escritorio.

 

Separarse de la especie por algo superior, no es soberbia es amor

Gustavo Cerati, Adiós

En un círculo imperfecto están sentados cuatro jóvenes estrafalarios. Tres son varones y la última es, obviamente, una mujer. Están repartidos de forma que si alguien, o dios, hubiese estado mirándolos desde arriba, la figura resultante habría dado más la impresión del contorno interrumpido de una estrella contra el pasto descuidado que la de un círculo como ellos pretenden. Dibujar esta figura, concretada casi con naturalidad, sin que ninguno tuviese que decir nada, los distrae de fijarse en el paisaje tupido por un exceso de árboles frondosos, todo apretujados los unos contra los otros que forman, ellos sí, un círculo perfecto alrededor de un vasto claro. Da la impresión de que el único color presente es el verde maleza del pasto que se siente un poco más suave en las hojas de los árboles, un verde que desde varias perspectivas se come al café corteza de los troncos y al blanco y el amarillo de alguna flores escondidas en la tupida maleza, dando una abrumante sensación de armonía unidimensional, como si tan solo existiese un color en este mundo poblado por insectos. El sol brilla con el magro fulgor de las 7 de la mañana, cubierto por algunas nubes grises que van a desaparecer en el transcurso del ritual que los jóvenes estrafalarios están preparando para consumir un San Pedro.

Al centro del círculo hay un termo plateado en el que alguno de los estrafalarios ha vertido el cactus preparado, ya convertido en un espeso jugo que sirven en los cuatro vasos de arcilla que ha traído otro de ellos, a sabiendas que este su estreno es, también, su muerte. Y eso no le importa tanto, está demasiado distraído en mirar el fulgor imposible de las piernas blanquísimas de la única muchacha del lugar, quien las cruza y retuerce acalorada pero orgullosa, fascinada por el efecto de la luz del sol sobre su vestido amarillo de motas azules. Azuzada por un ansia de superioridad espiritual, sirve el contenido del termo y le pasa un vaso a cada uno de los estrafalarios. Primero al de barba tipo amish y camisa tropical, después al gótico que suda la gota gorda y, finalmente, Sebastián, antes de servirse un vaso ella misma.

Beben. La brisa sopla tan ligera que no alcanza a generar sonido alguno y, de hecho, lo único que se escucha es el esfuerzo del grupo por apurar el amargo sorbo en un solo trago. La del vestido termina primero y dice algo sobre el sabor, agradece haberse dado el trabajo de convertirlo en jugo y no verse obligados a comer el cactus. Mientras lo dice espera que alguien le reconozca la hazaña, pero nadie lo hace. Frustrada se regocija con la escena que atestigua pues dos de ellos no aguantan y a duras penas alcanzan a romper el círculo imperfecto para vomitar copiosamente y por todas partes. El tropical arrepintiéndose por no seguir el consejo que alguien le dio de no comer ni beber nada unas horas antes y el gótico está convencido de que aquel sería un mal trip para recordar.

Sebastián, todavía sentado, siente las náuseas pero lucha contra el impulso del vómito pues no desea manchar su polera de Linda Hamilton como Sarah Connor, pero tampoco desea moverse de la posición de loto que encuentra cómoda. Lo hace feliz ver a dos de los estrafalarios pintar de mandarina y amarillo el gigantesco lienzo verde en el que se encuentran. Curiosamente no está preocupado por cuanto tiempo ha pasado, ni se pregunta en qué exacto momento sentirá el efecto por primera vez. Sebastián está algo ocupado en no expulsar fluidos pero también eso es una distracción que desea sostener todo el tiempo posible. Tal vez por eso es el único que recién repara en el escenario, intuye la predominancia del verde pero su perspectiva le permite notar el café y hasta uno que otro color de alguna flor intrusa, o de las briznas que sus amigos han coloreado con tanto esmero, hasta tiene la impresión de que sus ojos se salen y vuelan muy alto para observar mejor la escena. Es el cactus haciendo efecto. El resto pasa por cosas parecidas. Oídos expandiéndose, lenguas que cobran vida, a todos se les abren los poros de la piel y, de pronto, una cantidad abrumante de energía entra a sus cuerpos, más de lo que ninguno alcanza a soportar y que los deja atónitos el instante en que todo se abre, desde las emociones hasta el presente, pues no les parece concebible que exista otro tiempo más que aquel. Nada de eso los distrae de otras sensaciones que nacen muy de pronto, como descubre el tropical a quien le sofoca el calor que siente su cuerpo o la del vestido amarillo que escucha los pensamientos de todos y cada uno de los organismos presentes en el claro. La entrada de la energía del mundo sigue siendo insoportable para dos de ellos, pero tanto Sebastián como la única mujer reciben la conexión con el mundo casi con avidez.

Solo han pasado dos horas.

Sebastián recupera sus ojos y descubre que están llorando. No está seguro de si fue la humedad lo que delató las lágrimas, o una lejana voz femenina preguntándole porqué llueve en su mirada. Él no desea asumir que llora y tampoco se siente contento de que los estrafalarios lo observen en un estado tan frágil. No está seguro, pues no siente sus labios moverse, pero le parece que su voz expresa alguna excusa acerca la molesta luz del sol. No ayuda que nadie responda pero que, igual, todos lo miren. Se deja caer al pasto, de pronto se ve rodeado por las briznas que apenas dejan unas magras sombras que no cubren al sol ni tampoco detienen sus lágrimas. Una voz de alguien no presente ahí le dice que recuerde: al cactus se lo disfruta sin recatos, tienes que entregarte a la experiencia y a lo que sea que te esté haciendo sentir, resuena la voz y Sebastián, todavía echado en el pasto, con el cuerpo entumecido y un ligero mareo que mueve al cielo esférico, piensa en Mía. Su alma sale de su cuerpo y levita por encima de la escena, se queda con la mirada fijada en la saliva que gotea de la boca del gótico parado un tanto lejos con el rostro estancado en un ceño, en la dicha y sonrisa en los movimientos de la del vestido y como los colores azulados de la camisa del tropical se escurren poco a poco, a un inicio, y mucho más a medida que su alma se eleva y logra ver los contornos del claro, el pasto que ya no es verde y se ha decolorado hasta alcanzar un perfecto blanco, la presencia de los estrafalarios que forman, nuevamente, un pequeño círculo imperfecto, azul en los contornos, miel al centro, vivaz y dulce, sonriente pero triste. El ojo de Mía, suspira el alma de Sebastián y prepara el impulso para escapar, solo para recordarse que el trip necesita de entrega.

Mía, la flamante ex novia de Sebastián, irrumpe en toda la escena. El alma del muchacho cierra los ojos y los abre ya dentro su cuerpo; todos los colores han vuelto a su lugar pero le parecen más intensos, al punto que tiene que achinar los ojos para poder sentarse. Mareado nota que su sentido de profundidad le juega una mala pasada alejándose y acercándose infinitamente a todo aquello en lo que posa su mirada. Para él resulta un doble sufrimiento pues, de nuevo, no puede mover su cuerpo para asegurarse que todavía existe, a la vez que a su alrededor las memorias de una relación que él mismo terminó empiezan a desarrollarse con teatral precisión. No importa si la escena está lejos, su profundidad perturbada por el cactus lo acerca para presenciar una y otra vez aquellos momentos donde tanto la quiso, todos los instantes que ya no supo cómo quererla y los finales donde ya no pudo más que ser honesto con ella.

Gira la cabeza hacia la izquierda y se ve a sí mismo sentado al borde de un colchón en el suelo de un dúplex prácticamente vacío, eso no lo ve pero lo sabe, lo recuerda. A esta escena entra Mía; alta, flaca, ojos oscuramente claros, pelo castaño recogido en una cola, usa un jean celeste con un canguro azul claro que sacó de entre las cajas de la mudanza al no poder soportar más el frío. Se sienta al otro borde del colchón y el espacio que los separa esta rellenado por dos cajas de pizzas aun humeantes, compradas de un caro restaurante italiano que las vendía en oferta por aquel único día. Sebastián escucha a su otro yo hablar y hablar y le duele cuando Mía hace un chiste que sugiere que quizá ella no es otra cosa que una alucinación suya o viceversa. No aguanta más, gira la cabeza hacia el otro lado y encuentra a otra Mía y otro Sebastián sentados en la terraza del dúplex bajo la lluvia, bebiendo whisky y contemplando un paisaje que recuerda como un cielo estrellado brillando tras las nubes y una luz artificial alumbrando, a lo lejos, los restos de un derrumbe acaecido hacia unos días, que no cobró vidas pero sí dejó interesantes y apocalípticas grabaciones aficionadas circulando por la red. Vuelve a girar la cabeza, frenético, mientras ese Sebastián comenta que la lluvia empeorará. Siente el empapamiento que el otro solo antela, por un segundo, hasta que su mirada se acerca como lupa a una madrugada en la sala del mismo dúplex, el rostro de todavía otro Sebastián refleja un cansancio extremo pero también se le nota contento, se dan besos tímidos con Mía, que también está somnolienta, feliz y algo ebria en el gris silencio de una madrugada nublada tras un festejo que aún no acaba. Otro giro y cuando los ve salen del auto de Mía y se paran en un acantilado, es de noche y sacan fotos a la ciudad, otro giro y los pilla boquiabiertos, abrazados y de pie en un balcón, atrás suena El Cuarteto de Nos y en sus rostros detecta un reflejo púrpura. Inmediatamente reconoce la tarde lisérgica y cierra los ojos para volver a surcar aquel cielo púrpura, ese horizonte de misterios donde el futuro es un sueño que aún no llega. Sebastián flota un rato, se deja convencer de lo palpable de los colores de ese cielo, toca la luz y juega con la silueta de la ciudad, escucha las revelaciones que Mía le hace al Sebastián de ahí abajo y recién se admite que llora quieta y amargamente. No lo aguanta y se deja caer en picada, cierra los ojos y, por lo mismo, los abre en lo físico. De frente se halla ante Sebastián y Mía haciéndolo por primera y enésima vez, la ve una noche escabulléndose fuera de cama, toda deprimida y en la mañana callada y hermética, gira y ahí están hablando felices en el bar que a ella tanto le gusta, gira y ella ríe mientras él parece nervioso tras el volante, gira….

Ya no puede aguantar más. El cuerpo no le responde pero lo fuerza, le exige, concentra toda la atención de la que es capaz pero ni así el cuerpo responde. Piensa y flota hasta que nota que una mano se mueve tal como su cerebro ordena y cae en cuenta que siempre pudo solo que no alcanza a notarlo. Respira. Se enfoca. Ignora las visiones, los colores que chorrean de cada reflejo de luz, intenta cerrar su cuerpo al flujo de energía por un rato y pone todo su empeño en levantarse, esquivar los espacios que ocupan las memorias y darse un respiro de tanta lágrima asociada a Mía.

Han pasado cinco horas.

Se desliza. Quedan atrás las voces de los estrafalarios y, después de un rato, la sombra fría de los árboles que rodean al claro deja de ser un eterno y oscuro fractal que recorre mientras canta a susurros Lateralus, como medida precautelar para no volver a caer en las trampas de la memoria. Las visiones se transforman en otro cielo abierto y una carretera que Sebastián reconoce a duras penas pues su instinto le dictamina que no se aleje del borde. Curiosamente es este detalle el que termina de dibujar la idea de aquello como una carretera por la que los autos aceleran sin que les importe límite alguno. La velocidad le impresiona, lo deja atontado, parado en el borde mortífero donde toda canción y pensamiento se pierden entre los autos que no son más que una tenue sensación pasajera, fugaces coloraciones que se pierden en la serpentina infinitud del asfalto. Atrás queda el bosque y, quizá, el claro, pero frente a él está una montaña enorme, color tierra y casi sin plantas en la que Sebastián halla un rostro que le charla, le habla del clima cálido de las 3 de la tarde y cómo deshidrata a quienes se quedan parados como tontos en medio de aquel sitio. Con cada palabra de su pedregosa boca salen aves, cuis, cactus y maleza que caen sin remedio; atosigados por el poder del vozarrón de la montaña se quedan quietos antes de llegar al suelo y ahí permanecerán  inertes para siempre. Las lágrimas regresan. Copiosas vibran ante el discurso de la montaña que invita a Sebastián a dar el paso hacia adelante para convertirse en una larga franja de color rojo que alguien tendrá que limpiar.

Sebastián no entiende del todo los argumentos, pero los encuentra convincentes. El vértigo de poner un pie delante del otro, escapar del peso de los haces de luz que irrumpen en su cuerpo con la energía de la vida transformada en un caos inenarrable. Se arrodilla y tiene la tenue sensación pasajera de algo casi rozándole el rostro en el preciso instante en que comienza a llover. La montaña sigue en su monólogo pero él ya la ignora, se siente mal, cierra los ojos pero las palabras quedan como imágenes impresas en sus párpados cerrados. Grita. Es un eco primigenio, es la rabia acumulada de un adiós que se le hizo necesario, es cuando de nuevo aparecen todas las otras perspectivas que Mía trajo. Como sentirse inhibido, utilizado, como la sensación de hambre con una billetera vacía, como la perspectiva de trabajar horas extra, luchar hasta el cansancio, hacer añicos los sueños para cumplir los de otros, como sus ojos húmedos, como los brazos cansados, como si algo hubiese podido morir en él de haber seguido a Mía en su bien marcado escalafón de vida y predilección por la tristeza, como imaginarse un hijo al cual hacerle imaginar todo aquello, como arrodillarse al borde la autopista para llorar tus fracasos.

Un auto se detiene, una voz vagamente familiar le habla por debajo los ruidos ensordecedores de la montaña; flota dentro el auto, la parte de atrás de una camioneta en realidad, se queda echado en el suelo y el vehículo arranca. Alguien comienza a tocar una melodía en una flauta traversa que gana volumen a medida que la voz ancestral de la montaña, con sus amenazas y negros presagios, se apagan conforme el paisaje del campo abierto es sustituido por el progresivo gris de la ciudad. Ya pasaron 7 horas. Sebastián balbucea un pedido, el nombre del barrio que tanto evita, y el de la flauta detiene su melodía para hacerle saber eso a quien conduce. El resto del trayecto pasa entre gotas de lluvia que caen sobre Sebastián y la melodía de la flauta que este reconoce y canta partes a susurros muy quedos. “Llueve sobre las orejas de la gente/ que camina acurrucada en tu ciudad fetal/ llueve, llueve sobre tu ciudad”.

La camioneta lo deja en una suerte de callejón que conecta una corta avenida con aquel conjunto de edificios de cuatro a cinco pisos, habitados por familias clase media que buscan un buen lugar para criar a sus hijos y tiene que conformarse con eso, que tampoco está tan mal. Entre el viaje, discusiones y promesas han pasado ya 9 horas, pero Sebastián no lo sabe, tampoco le importa. Está parado en el límite que separa aquella callecita del lugar que para él es como un reino perdido, abandonado por él mismo, al que retorna por la nostalgia traicionera de decir un último adiós. Tiene la pinta de un rey vagabundo, de un errante que por fin tiene un destino al cual ha llegado muy rápido. Todavía siente que flota, la luz sigue intensa, los efectos del San Pedro no se han marchado. Desde afuera se lo ve caminar en tambaleos obvios y zigzagueantes. Conoce el lugar, lo conoce más que bien, sabe cuál es la torre que busca, con sus respectivas ventanas y balcones y terraza, pero el San Pedro lo guía hacía otro lado, explora un poco del laberíntico conjunto de edificios color ladrillo encontrándose con árboles, perros, flores, columpios, botellas, el sitio de la última charla, grafitis. Desde hace rato que el cielo ya no brilla con los colores del día y Sebastián recién nota que ha caído la noche con su apagado color azul, su falta de estrellas, las vulgares luces naranjas que iluminan el camino y el poco tráfico de gente que camina a esas horas por la barriada.

Finalmente se enfila hacia el lugar que le interesa, no sin ciertos recatos, no sin dudas que le ponen plomo a sus pasos. En el camino ve las mismas cosas que ya ha notado. Árboles, perros, flores, columpios, botellas, grafitis. Pero justo en un punto lejano a su meta, ahí, parado en un sitio poseedor del ángulo perfecto que deja ver la ventana de Mía, con las luces encendidas y separado por una distancia compuesta por el exacto equivalente a una cancha además de un par de pequeños edificios, ahí se encuentra un cactus, uno con pocas espinas, tan alto como una persona, tan verde como amarillo por el efecto de la luz naranja, uno con tantos brazos dispuestos de tal forma que lo que impresiona a Sebastián es que, de buenas a primeras, no ve un cactus sino que piensa que se ha encontrado con Mía. La impresión no se pasa, eres tú, le susurra, no ve una planta pero si ve a Mía mirándolo furiosa, distante, casi fuera de su vida. Siente vergüenza por sus lágrimas que nunca cesaron de caer, pero respira profundo, calma la voz, aclara la garganta…

– Tengo tanto para decirte. Tanto que al final no es nada. – el cactus lo mira fijamente, sin moverse ni respirar. Sebastián no encuentra esto extraño. – Porque poco te importa lo que te diga acerca nuestro final. Cuestiones como por qué esto, o lo otro… – parado frente al cactus, de pronto, se da cuenta que él también tenía preguntas pendientes – ¿por qué no luchaste? ¿por qué nos tuvo que definir lo que deseamos del futuro y no pudimos sostener las cabezas en el presente? – se detiene, un fulgor de la luna le revela la verdad de su interlocutor, recuerda que esas preguntas pendientes tuvieron que ser descartadas fieramente por despecho, primero, y por la perspectiva de un nuevo camino, después. Duda, suspira, las palabras ya están en su lengua, la visión del cactus alterna entre la planta y la persona. – Yo sé, dirás que es mi culpa por decir ciertas cosas, responderé que eran cosas que necesitaban ser dichas, tú dudarás de ellas y de mí, entonces reafirmaré mi posición y así estaremos en esos tangos en que se termina deseando al otro con una enorme mácula de rencor.

>> ¿Para qué? Entre tanto dolor supongo que ninguno cederá. De verdad no tiene sentido. Prefiero hablarte de otras cosas… no sé, de lo linda que te veías cuando me ignoraste hace unos días, de lo colgado que me quede de tus ojos pese a esa insana glacialidad con que quisiste atravesarme, sin saber que el mero hecho de verte de lejos, casual e inevitablemente llegando a mí, tan solo esa visión me volcó el pecho en un segundo. Fue un vuelco, oh sí, como si por dentro me partiera y todo en mi interior reventara, llenándome de vértigo. Tú apretando el paso y yo saludando con cierta alegría… verte me hizo ahondar un poco en el hecho de lo mucho que te extraño. Me devolvió momentáneamente a los días que compartimos, aun si lo que pude sacar de ese encuentro es que todo, de verdad, ha terminado.

>> Ya sé que hay hartísimos “quizás” tras nuestro súbito adiós, pero si algo creo es que también hubieron un montón de elecciones que ambos tomamos y que ahora nos trajeron acá. ¿Te acuerdas las primeras charlas? Esa insólita manera de conectar siendo la alucinación en el delirio del otro, hallar un ser que suspiraba por cosas parecidas y que sabía cómo el miedo puede ser aquel amasijo de monstruosidades paralizantes; eres esa mujer que en algún punto cree tan ingenua y genuinamente que termina, inesperada e irremediablemente, hecha añicos en el piso. – Sebastián no lo dice, quizá lo olvida o lo omite, pero sabe que esos añicos en un punto resultaron más punzantes y dolorosos de lo que quiere admitirse. – Fueron momentos muy curiosos, al menos para mí. Sentía que me había dejado derrotar por la vida hasta que en nuestros primeros encuentros hallé el humor necesario para aceptar que no hay otra que seguir. Pero este último se sintió mal porque ya no vi la sonrisa afable, ni oí el tonito tierno, tal vez fue que confirmé mis sospechas de una obvia distancia.

>> Lo cierto es que cuando intento explicarme qué pasó lo único que se me ocurre es que nos encontramos a destiempo. No me creerás, no tienes porqué, pero yo sé que si hubiéramos estado en otros momentos… no sé, me gusta creer que yo habría estado más dispuesto a ceder, lograr que nuestras metas personales pudiesen sincronizar con las de la pareja. A lo mejor aún ahora se podía, pero eso nos habría hecho hipócritas quienes, para colmos, deteriorarían lentamente al amor solo para evitar su muerte. No puedo dejar de pensar en una brecha, la que habríamos sentido al posponernos a nosotros mismos en nombre de ese amor tan natural entre dos acomplejados, ese amor de decepcionados con la vida que se encuentran para renacer en esperanzas. – piensa: “ese amor que no fue amor pero casi”, mas no lo dice – ¿Lo sentiste? ¿No es por eso que tú no luchaste? ¿Acaso no presentiste que en eso devendríamos ni bien te anuncié que mis metas estaban tan lejos de las tuyas? – las lágrimas cesan. La luz en el cuarto de Mía sigue encendida. La voz de Sebastián se alza fuerte entre los pequeños ecos de los edificios. El cactus sigue ahí, parado.

>> Perdóname pero no lo lamento. Me duele. Mierda que me duele, me es jodido aceptar que fui yo el que profirió las palabras que hicieron de lo nuestro otra torre de Babel, me frustra haberme entregado a transparentarme solo para descubrir que aquellas bien fundadas esperanzas también eran mortales. Es horrible y lo cargo, pero no imagino cómo habría sido estar ahí sin estarlo, cada vez más distante y callado, sumergido y perdiéndome en tus sueños y aspiraciones, me parece tan terrible como forzarte a que los pospongas para que yo pueda ir a mi ritmo.

Stop. Muerte. Sebastián inspira. Suspira. Se seca el rostro, nota que ya no llueve. Los fractales retornan y su punto central, entre tantos amarillos, naranjas y azules, es el cactus que ha quedado enmarcado por la encendida ventana de Mía.

– Estar contigo fue un viaje. Uno de descubrimiento espiritual, emocional y personal, un trip profundo donde expandí mi mente con las visiones de cielos violetas, paisajes de claroscuros intensos que dejaban a la ciudad hecha una sola silueta que iba desapareciendo a medida que caía la noche y las estrellas, opacadas por la luna, que nos contaban otras historias al son de toda la música que descubrimos el uno en el otro, una expansión brutal que no solo me enseñó a mirar donde antes no lo hacía sino que también me forzó a darle un sesudo análisis a mi presente y futuro, a ubicar qué falta, qué falla, qué necesito para ser quien quiero ser y, por un breve instante, quién tendría que haber sido, cuál era el verdadero alcance de mis límites y cómo todo jugó para que eligiese un camino diferente que me ha dejado lejos con este adiós atorado dentro mío, con sus ecos escapando frente a este cactus que crece solitario en las inmediaciones del reino urbano que contemplábamos desde tu balcón, preguntándonos qué clase de misterios se escondían detrás de las ventanas de tus vecinos… tantas familias y otros secretos.

>> Ay mierda, como me gustaría que escucharas todo esto y no fueras un cactus al que le hablo tan cerca y tan lejos de ti, con la canción de ese compositor argentino y sus palabras que hablan de vértigo, eternidad y soledad resonando en mi cabeza. Sugestionan a mis alucinaciones, me sumergen en este reino condenado al olvido del que ahora debo salir para reencontrarme en mi nuevo camino.

Ni bien lo dice lo encuentra cierto. Le agradece al cactus y le da una última mirada a la torre de Mía y mientras lo hace la luz se apaga. Los fractales no se han detenido, solo que ahora, y con un eco atrapante, armonizan con la melodía de otra canción de ese compositor argentino, una en la que habla de poner canciones tristes para sentirse mejor. La conexión con la tierra ahora le place, la penetración energética del mundo en su cuerpo se siente menos ominosa, más recubierta de cierta paz. Camina hasta quedar fuera del barrio, se despide, se enfila hasta una tienda que divisa a lo lejos, pide un agua y la bebe casi de un solo trago. Mira la luna, las estrellas, la luz blanca de un parque cercano, revisa su celular, tiene varios mensajes de Frida. Sonríe y susurra: “Quiero continuar”.

Cerrar los ojos en lugares con luz nunca brinda el efecto deseado. El de alejarse, que todo sea oscuridad y ningún estímulo pueda venir a entregarte sentimientos o memorias. Que tu mente simplemente quede en blanco, o negro, no sé, supongo que cada quien representa sus pensamientos como mejor le place. Pero acá eso no es posible. Es por la luminosidad esa, la del final del pasillo, el intenso brillo de una mañana calurosa filtrándose en este lugar frío y húmedo iluminado con focos por mucho que estemos tan temprano en el día. Supongo que son las diez o las once, las doce o la una, como diría Sabina. No lo sé. De hecho hay mucho que ignoro y eso que ahora sé muchísimo más que antes. Tarde, como siempre. Es lo malo de vivir como testigo de tu vida hasta que ya no hay chances para que tus acciones propositivas sirvan para algo más que intentar calmarte frente a la perspectiva de pasar quién sabe cuánto tiempo en una celda y cuanto más condenada por ello.

Vuelvo a cerrar los ojos y el color negro que busco en mi mirada se torna rojo, amarillo o naranja o verde por los efectos de la luz, y ahí sé que ya nada importa. Ni todo lo que sé o lo que no sé. Me animo a mirar momentáneamente y vuelvo a enfermarme del panorama este con trajes elegantes de colores oscuros, algunos plomos, pocos beige, moviéndose desaforados por doquier, papeles cambiando de manos y siendo leídos por ojos avariciosos, indiferentes o irascibles, miradas de abogados que saben que en este país todo se maneja por debajo, que la justicia es de quien mejor miente y no de quien tiene la razón. Eso me lo comentó uno de ellos hace unos minutos. “En este sistema gana el más cínico o el más hijo de puta” dijo como quien habla con una niña y se fue todo sonriente con la pinta de quien se sabe el dueño del mundo y yo solo quiero ahuyentar el pensamiento de él y de todo lo que está pasando. Cierro los ojos, nuevamente, y giro la cabeza de tal forma que evite la luz que entra del final del pasillo. No la soporto. Es un recordatorio más de lo que no hay. Prefiero la oscuridad.

El problema con los edificios dedicados al reforzamiento de la ley es que son aburridos y si no lo son es porque estás en problemas con ella. Suena simplón pero es cierto, con la excepción de esos abogados o jueces que disfrutan su trabajo porque algo de morbosos deben tener. Aunque, por cierto, mientras más interactuó con los reforzadores de la ley más entiendo que no es que disfruten su trabajo, lo que en verdad sucede es que disfrutan del poder o del dinero, que no son lo mismo, bueno, no todo el tiempo. Por mi parte estoy nerviosa, pero también me admito ligeramente aburrida. No es que no esté en problemas, sino que ya he bajado las manos y pienso que lo mejor a hacer es entregarme, dejarme ir.

Rendirme.

Ya me han clarificado el panorama y sé muy bien que toda esta pantomima de los enforzadores de la ley no es más que otra excusa para que puedan sangrar dinero a alguien y se alimenten hasta quedar gordos, los muy parásitos. Nunca he sido alguien que se detenga demasiado en esperanzas, la gente siempre ha odiado eso de mí, pero ahora me será muy útil, así que al diablo con toda la gente que no soportaba mi manera de ser. Aparte, no es que no quiera pelear contra las injusticias de la vida, solamente me aferro a ser realista. Lo necesito. Eso lo supe desde el día de mi arresto, me di cuenta que tenía que adaptarme a lo que sea que viniese, que el camino al que entraba no era uno que tuviera justicia y no me equivoqué. Quizás fue más de lo que pude soportar pero eso no quita que fue útil ponerme terca con esto de ver las cosas cómo suceden y no como quisiera que sean o cómo deberían ser.

Lo cierto es que ya me tocaba. Cuando miras hacia atrás siempre encuentras pequeñas ingenuidades de las que fuiste culpable y sonríes. Pero cuando estás en las que yo estoy, notas que todo momento candoroso es otro clavo en tu cruz. La noche del arresto es uno de ellos, esos días que todo sale mal, que la presión ha sido intensa, que lo único que quieres es olvidarte un rato antes de dormir y que logras eso mismo cuando estás en tu casa, sola, fumándote la poderosa hierba que te dejó tu “mejor amiga” una semana atrás, pensando en tu vida, en dónde estás ahora, en cómo fue que terminaste con un empleo mediocre, sola con dos hijos y 35 años encima ya perdiéndose en las vorágines del tiempo remarcándote las pocas probabilidades de agarrar al toro por las astas y hacer algo que te haga sentir llena, fuera de ser mamá. Que me perdone mi hija y mi bebé, pero en mi mente me puedo dar el lujo de decir estas cosas. De admitir que los amo pero que mantenerlos ha sido una cruz bien pesada. Si dijera esto en voz alta alguien me condenaría por ello, ya sea en nombre de la decencia, de lo correcto, del amor, de tantas cosas que la gente usa para generar culpa. Por eso no lo dices, por eso te fumas marihuana algunas noches cuando tu hija ya duerme y tu bebé, esa pequeña sorpresita de la vida que no buscabas activamente, por fin ha dejado de llorar.

Esa noche pude cerrar los ojos y solamente ver oscuridad. Mis oídos no registraban este traqueteo enfermizo de abogados corriendo por doquier sino que solo disfrutaban el silencio pacífico de mi barrio y Soda Estéreo sonando bajito en mi celular. Y fue cuando me consolaba con sueños de mis hijos siendo felices y yo logrando algo más que trabajar en un lugar mediocre que sonó el timbre y un par de tipos vestidos de verde olivo mencionaron arresto y entraron a mi casa, revolvieron todo, me trataron con rudeza y no pararon nunca de hablar de dinero, no sé si esperando que no me queje cuando se robaron los pocos billetes que encontraron dispersos por ahí o porque pensaban que se los daría voluntariamente. No entendí nada, solo que me estaban llevando y no pude hacer otra cosa más que decirle a mi hija que cuidase al bebé y llamase a su abuela antes de que me sacasen de allí.

En la comisaria todo fue más claro. Habían atrapado a alguien, un jovencito cualquiera que delató a su vendedora, a quien buscaron y quien me delató como la proveedora. El problema no fue tanto que yo nunca fui proveedora de nada, sino que eso no importaba para nada, nadie siquiera se molestó en interrogarme o en escuchar mi historia, nadie quiso reparar en que no había grandes cantidades de droga en mi casa, solo el solitario porro que me fumaba y quizá lo suficiente como para hacer unos cuantos más. Eso fue lo que bastó. Una acusación y un poco de marihuana. Una noche de crisis de mierda porque mi vida no era el sueño que creí en mi adolescencia, porque a esa edad no supe escoger bien mis amistades y al parecer aun no sabía hacerlo porque si ella se acordó de mí para echarme encima sus culpas y el jovencito ese pudo identificarme es porque yo todavía andaba con ella y alguna vez, la muy astuta, me llevaba a sus tratos. Y hasta ahí todo estaría dentro del reino de lo aceptable. Una comete errores, una puede ser muy estúpida y podría vivir con responsabilizarme de mis propias equivocaciones. Pero ¿no ser escuchada? ¿Ser un asunto más que buscaban cerrar a la rápida? Poco entendía que ahí empezaba el asunto del castigo, que mis palabras no les interesaban. Era un número más en todas las estadísticas de personas siendo condenadas por tan poco, otra cifra añadida al impresionante grueso de mujeres que terminan siendo parte de la población carcelaria de este país.

Claro que eso tampoco lo entendía. Y lloré y negué todo hasta que me trasladaron a la cárcel de Obrajes. Ahí comprendí mejor la cosa. Lo que pasa es que cuando una quiere tener esperanza deja de ver las cosas de frente, porque tener esperanza es un poco como perder perspectiva. Me parecía que toda la violencia y los insultos de los policías eran parte de lo que una podía asumir lo que significa ser acusada de tráfico de drogas, de ser tildada como una criminal. El sadismo no lo esperaba pero sí los malos tratos. Como que también lo disfrutaban, se notaba que desfogaban algo más ahí, o a lo mejor les gustaba verse poderosos frente a alguien impotente. Así que dejé de llorar y luchar, me aburría, ya no deseaba darles la satisfacción de mi sufrimiento.  Hasta se aburrieron y me trasladaron a Obrajes. Lo que más me llamó la atención de la cárcel no fue el patio, ni las rajaduras en las paredes, o los espacios descuidados, tampoco los remodelados. Lo que más me llamó la atención fueron las miradas. Y supongo que ahí empezó este nuevo hábito de fijarme en ellas. Eran los ojos de todas estas personas forzadas a vivir en comunidad bajo el ojo de vigilantes castigadoras lo que más me enseñó a adaptarme a esta nueva situación. ¿Cómo decirlo? No era nada melodramático. Era algo así como ver colores de brillos poco lustrosos, eran las miradas de personas que observaban con excesiva atención a los uniformes verde olivo y que se miraban entre ellas con cierta calma y hasta comodidad, pero siempre con un brillo cauteloso que delataba la inexistencia de un descanso, como si en aquel lugar las reglas sociales estuvieran exentas de cierta hipocresía y en cambio hubieran terminado más entregadas a la salvajía de la vida en comunidad. Entre ellas las miradas eran algo que escondía historias y detalles, pequeños momentos y grandes también que seguro sus voces podían dar fé en crónicas más inteligibles pero no tan intensas como las de sus ojos. Con la policía sus miradas simplemente se apagaban un poco, tal como un escudo levantándose para protegerlas.

El asunto fue conmigo y un par de nuevas reclusas. Ahí sus miradas se volvían distintas. No creo que sea un asunto que se pueda describir porque quizá es algo que se tiene que vivir; eran miradas hambrientas pero en cada una el hambre era diferente. No todas tenían la misma intensidad, ni todas miraban lo mismo, pero cada una de ellas tenía los ojos fijos en alguna de nosotras y era notorio como no les importaba que les devolvamos la mirada o no. Quizá ni siquiera lo notaban. Nosotras sí lo notábamos, teníamos miedo y no ayudaba que algunas adornaban esas largas miradas fijas con pequeños gestos que delataban la naturaleza de sus apetitos. Algunas levantaban las cejas hasta donde su frente se los permitiese, otras sacaban la punta de la lengua y acariciaban su labio superior o inferior con ella, hubo alguno que otro ojo llenándose de lágrimas que nunca salían pero hubieron más torcidas de nariz, o caras en las que un solo extremo de los labios se elevaba hacía los ojos, vi un par de sonrisas de dientes no muy cuidados y ceños fruncidos por doquier, amén de unos cuantos puños siendo apretados. En ninguna de aquellas miradas vi pena, pero sí lástima. No sé si era el miedo, pero perdida en tantas miradas ya no pude pensar en mi inocencia, solo en no dejarme golpear por ninguno de aquellos ojos.

Después algunas nos hablaron, nos establecieron límites, dijeron cuáles eran las reglas y qué estaba prohibido, marcaron territorios específicos y mientras unas cuantas fueron directas con las amenazas, otras las dejaron colgando en el aire, como algo que no es certero pero que sin embargo se siente claramente en el aire, lo cual era peor de alguna forma. Pero una vez que pasó la primera tarde con su respectiva noche, la mañana siguiente fue algo más calmada ya con el revuelo de la novedad perdido. Yo tenía los ojos ojerosos y cansados, apenas había podido dormir tanto de incomodidad por el lugar en el que estaba pero especialmente de preocupación por mi hija cuidando al bebé. Será que fue intenso porque aquella mañana los ví. Niños, bebés, madres que los cuidaban como mejor podían y los dejaban corretear con las alas cortadas. Algo en eso movió mi suelo, me dejó pensando y me cagué, juro que no hay otra manera de ponerlo porque me cagué en todo y me fui a preguntar, me fui a cometer la imprudencia de mostrar lo perdida que estaba a todas esas mujeres que estaban atrapadas como yo. Muchas no me contestaron, otras eran niñas confundidas, apenas adolescentes que tenían más miedo que yo, pero otras me dieron información que en su mayoría solo servía para alimentar la desesperanza. Eran la maldita mayoría. Casi todas las que accedieron a hablarme estaban ahí por drogas. Venderlas, poseerlas, cargarlas, lo que comprendí es que no importaba qué diablos habías hecho si estaba relacionado con drogas terminabas con una cruz del tamaño del que Cristo jamás podría haber cargado. Me destrozo con pensar que hay reincidentes que al salir estaban tan marcadas por ello que hasta las que entraron por algo tan pequeño como cargar una mínima cantidad se dedicaban a cargar grandes cantidades, para tener con qué sostenerse a través de los meses, porque igual ya se las tildaba de drogadictas y la gran mayoría volvía a situaciones de mierda donde tienen que vender su cuerpo o robar para seguir adelante.

Pensar que todo eso fue lo que mejor me preparó para conocer a mi abogado, que llegó esa misma tarde y cuyo primer atributo que noté fueron esos ojos en los que nada pasaba, como si la desesperanza y el aburrimiento hubieran tenido un par de gemelos no deseados, los ojos de este tipo, este burócrata sin color, de traje que le queda grande y zapatos sucios, mi supuesto héroe y defensor, al único al que se pudo conseguir para que me saque de esta infame tortura. Me miró a los ojos y con voz igual de muerta me dio datos que para mí ya eran un poco más que inútiles. Eran clavos en mi cruz, eso eran. ¿Para qué carajos me sirve a mí saber que alrededor del 70 % de mujeres privadas de libertad a nivel nacional, están aisladas por crímenes relacionados a la Ley 1008? Eso me servía antes, pero lo único que saqué de esa charla con este burócrata muerto en vida es que no hay nada de información ahí afuera para prevenir esto. Y, ahora que lo pienso, tampoco es que yo hubiera escuchado. Perdida en mi misma o en mi lucha contra el día a día ¿quién tiene tiempo para pensar en las que caemos en este tipo de desgracias? Las menos afortunadas de ahí afuera escucharan sobre nosotras y descartaran la idea por no tener tiempo para pensar en ella, así como las más afortunadas no querrán ni saber que esto existe. Y a los parásitos que viven de esto, tampoco les conviene que sea sabido.

Las puertas se abren, entra otra reclusa mientras un tipo con lágrimas en los ojos sale. Me pregunto si a él también lo atraparon fumándose un porro o fue acusado por una hija de puta que solía decirse su amiga. En esta jungla de miradas no puedo evitar pensar en cómo serán los ojos de mi juez, que clase de mirada indiferente, o de brillo desesperado, me dirigirá, cual el momento que pueda abandonar la luz especial de este frío pasillo sin ventanas y quién sabe si condenarme le causará un cierto placer de sádico que se desquita como gato en cuerpo de ratón. Ya no importa, no hay muy buenos prospectos en mi futuro, aun si lograse salir de esto, o si cumpliese mi condena pronto, igual terminaría en las calles solo para ser estigmatizada como traficante o drogadicta, al punto que juro que me encantaría haberlo hecho, de verdad quisiera haber traficado algo y no solamente haberme fumado un poco en una noche de crisis, para que al menos hubiera valido la pena. En fin, lo inevitable ya no tiene por qué ser pensado. Aunque sí, hay algo. Cuando entre a la cárcel ¿debería entrar con mi hijo? ¿Cuidar a ese bebé en el ambiente de la central penitenciaria o cargar a mi hija con una responsabilidad que no merece? ¿A quién se le están perdiendo más posibilidades? ¿A ella, a él, a mí? ¿a nosotros?

Los trajes siguen moviéndose. La puerta se abre nuevamente. Mi abogado me dice algo con apatía. Dentro la sala está el juez y lo último que registran mis ojos antes de cerrarlos y volver a caminar es tanto al juez como a mi abogado enmarcados por el umbral de la puerta, con dos policías verde olivo a los lados y la luz de la ventana ahí dentro iluminándolos como en una ironía cruel en un cuadro de un pintor maldito.  ¿Quién pierde? pienso, “Ciertamente no a ellos” susurro y camino lentamente.

 

 

 

 

Soy una sombra camuflada en la oscuridad de estos parajes desolados, un ruido enfermizo esperando su chance para romper el silencio con estas ganas enfermas de lastimarlo que le tengo. Soy una bestia salvaje agazapada en un rincón de este ambiente frío y húmedo que solo puede ser el resultado de algún clima adverso amenazando a este pequeño pueblo, pero vanamente pues no hay desastre natural que se iguale a lo que ya devino, la calamidad mayor y el pesar eterno que dejarán los lamentos de esta mortandad. Los cráneos rotos, las tripas brillosas, los ríos carmesí por las calles vacías y silenciosas. Es un espectáculo, no quiero confusiones, me esforcé mucho en que esto tenga una estética, una de esas que los pervertidos, los místicos, hípsters y hasta poseros verían por internet y calificarían de subversiva, incluso para los más gore del público morboso que se bebe esta clase de escena como un sediento se afana del agua.

Así lo he planificado y ha salido perfecto. Un atardecer sangrante con brillos naranjas dominan un cielo que exhibe nubes solamente en sus contornos, mismas que delatan a la lluvia que eventualmente llegará a lavar la delicia carmesí que he creado. Este pueblo, entre blanco y café con leche, ha sido usado como canvas de una pintura. Las calles empedradas fluyen dinámicas gracias a las emanaciones de sangre que por ellas corren en distintas direcciones y sentidos, a veces chocando afluentes, a ratos creando lagunillas preciosas e inertes, sin ninguna vibración, como para que contrasten con el movimiento constante de los ríos oscuros que le dan dinámica a mi cuadro ¿puede algo movedizo ser un cuadro? En este caso sí, no solo porque mi cuadro tiene esa vida entre las piedras, sino porque también funciona desde varias perspectivas con sus ornamentos que la delimitan a esas formas geométricas que tanto fascinan a la gente y para las que he usado de todo. Dientes, cabellos, ojos, intestinos, riñones, uñas, cuerpos enteros y desnudos cuyas pieles crean una paleta de colores tan humanos y asombrosos en equipo con todos esos miembros cercenados, que solo me queda agradecer a cualquiera sea el dios verdadero por estas condiciones climáticas que propiciaron el color del atardecer y también trajeron esta falta de viento, este frío ligero que haría temblar a estos pueblerinos si les quedara vida en sus ojos para experimentar las maravillas del temor al clima.

Los huesos han servido como los contornos del gran dibujo que he diseñado mil veces en arena, en crayones, al óleo, en computador, el diseño que me fascina y me atrapa, que nunca ha bastado y siempre he sentido incompleto, al menos hasta que el contorno de fémures, húmeros, costillas, tibias, radios, peronés, vertebras, clavículas, falanges y kilómetros de intestinos gruesos y delgados terminaron de dibujar el complicado diseño de formas atípicas e interconectadas que representan una de esas ideas que solo las personas complejas y profundas comprendemos y que la gente más sencilla suele mirar con falso respeto o sincero desprecio. Un diseño que ha exigido que mi sierra y cuchillo trabajasen arduamente para cerrar las pequeñas partes de un todo que algunos sabrán apreciar desde el lado espiritual y otros del estético, ese lado tan falto de moral.

El interior humano es más rico en contrastes de lo que jamás imaginé. Al principio pensé que serían colores oscuros y rojizos, pero a medida que mis uñas escarbaban en los cuerpos inertes de toda esta gente fui descubriendo rosado, café, beige, blancos grisáceos, turquesa y diferentes matices de negro que al ser mezclados con la tierra, el pasto, el concreto de las veredas, el mostaza de algunas paredes y el blanco de otras, además del color de la madera en los árboles y los arcaicos postes de luz han dado una gama muy variopinta y preciosa a lo que he adornado con el manejo de las luces artificiales y la mencionada luz natural que tanto ha contribuido a esta expresión de mi alma.

A nadie le importarán estas personas. Ni siquiera investigarán quién los mató y destripó y regó por todo el que fuera antes un pueblo vivo y movedizo, habitado por gente que se conocían bien los unos a los otros, sumergidos en una rutina que apuesto adoraban con cada fibra de sus simplonas existencias. Ni siquiera miraran dos veces hacia los horrores que sus ojos ignorantes verán en el reguero de cadáveres y dudo que nadie se dé la molestia de llegar hasta este rincón olvidado con un helicóptero para ver el gran cuadro que he creado. No importa. “De verdad, que no” le afirmó al aire mientras me bañó en el río para sacarme del cuerpo los gajes del oficio de pintor y veo la estela de la pira incendiaria que corona mi creación con su brillo azul y naranja, efecto de los materiales con que fabrican toda la ropa que usé para alimentar las flamas y que generarán el humo que alertará a las autoridades del pueblo más próximo a que enfrenten esta leve desestructuración de sus realidades, apelando al orden paupérrimo que brindan las autoridades. Calculo que llegarán en el zénit de mi cuadro, cuando el humo negro de mi pira naranja se eleve en el cielo pintado de ese azul blanquecino del anochecer, las luces de los postes que no destruí harán juego con la del sol moribundo y las pocas estrellas tempraneras estarán jugando con los matices humanos, internos y externos, acomodados con primor. Los más inteligentes podrán adivinar los métodos utilizados, quizá verán más allá que los ojos necios y sabrán reconocer la obra de un solo par de manos y no tomarán el camino fácil de achacarle todo a un ejército de psicópatas. Porque eso dirán de mí, que soy un psicópata y yo reiré en el anonimato, dejando ir este momento poco a poco hasta que no quede memoria.

Empecé mi año viniéndome dentro la esposa de uno de mis mejores amigos, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. No diré que no me moría de ganas de meterme entre sus piernas, pero tampoco quería dejar posibles evidencias que señalaran mi total e inequívoca culpa en todo el asunto. Soy de esos que lanzan la primera piedra y con la misma mano niega haberlo hecho, solo para poder lanzar un par de piedras más. Señoras y señores, soy el único culpable de mi propia autodestrucción. Si de pronto me abandoné al orgasmo fue más por susto que por saña, cuando los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año me sorprendieron intentando retrasar mi corrida pensando en cosas aburridas como las matemáticas, ir a la iglesia o las resacas que le siguen a toda borrachera; tarea difícil cuando todo me excitaba tanto. Supongo que lo necesitaba. No. Lo necesitábamos. Todo, pues. El encuentro fortuito, la excusa de la festividad, la ausencia no solo del marido sino de las preguntas, la ilusión de que el mundo no es una jungla, el whisky, el singani, la cerveza y el fernet, la presencia de otros, cómplices de los albores de nuestro pecado, además de la mota redentora, patrocinadora de charlas diferentes y sensaciones más profundas que en un punto nos evidenciaron como coquetos culpables de querer hacer algo perverso con nuestras vidas. Finalmente estábamos haciendo algo para no sentirnos tan dentro del pozo de mierda en el que jurábamos que estábamos. Ella frustrada por un matrimonio difícil, por un rato liberada del bebé que le robaba la juventud, yo en lo más bajo de un autocompadecimiento injustificado por la muerte de mi madre que no lograba sacudirme ni con las verdades más crudas siendo dichas en mi cara. Me dolía el pasado, me dolía que la gente se alejase o que muriese o, peor aún, que quedasen muertos en vida. Me sentía una piltrafa humana incapaz de nada y temeroso de todo. Ella también, pero de otro modo, uno que yo no alcanzo a entender pero que intuyo terrible y difícil de aguantar, aunque al final ¿qué clase de sufrimiento capaz de dejarte muerto en vida es fácil de soportar?

No era fea, al contrario, era de esas guapas que han perdido lustre a fuerza de una rutina que no supo controlar. Tenía veintitrés cuando tuvo a su hijo y no supo bien en qué momento terminó casada, cada vez reconociendo menos al novio en el esposo, ansiosa de ser notada pero apenas pudiendo encontrar su golosa belleza en el espejo donde una mujer cansada le devolvía la mirada. Aquella era su noche, no la mía. Los tragos, los otros presentes, la mota fueron las excusas que se fue consiguiendo para hacer caso a un juego de miradas que ya teníamos instalado en nuestras interacciones desde hacía rato y aquella era, justamente, nuestra chance de medir la profundidad del pozo con ambas piernas. Yo buscaba morir, ella sentirse viva, yo quería terminar de condenarme y ella solo deseaba darse una chance más. Desnudos en la cama matrimonial, la ventana semi abierta nos traía los nada silenciosos rumores de una noche de año nuevo, la penumbra del cuarto se compensaba con el brillo lunar que parecía inundarlo, en el suelo estaban nuestras ropas encima los juguetes que su hijo dejaba regados por doquier, las puertas abiertas del armario mostraban la ropa del matrimonio mezclada en lo que solo podía ser una fuente de constante discusión, y desde la cómoda me miraba una foto de ella con esposo e hijo en un parque, los tres sonriendo ampliamente y yo sudado y jadeando que miraba esa foto y me preguntaba cuánto de esas sonrisas era real. Aquella sonrisa paupérrima nada tenía que ver con la sonrisota que plantó antes, durante y después del coito, ni con la simpleza con que me dijo “que no se haga costumbre, pero de vez en cuando no estaría mal”.

De acuerdo. La corrida dentro no fue tanto un accidente como un “dejarse-llevar”. Ya lo dije, estaba buscando destruirme la vida porque no podía tolerar que las cosas tengan un final. Suena estúpido y de repente lo es, no lo sé. Poco me importaba que mi sufrimiento estuviese justificado, lo único que parecía importar era que ese sufrir era mío  y a los demás no les tocaba sentir lo que yo siento. Contaminado de una miseria rencorosa, anidada por años en mis delirios donde maldecía la negligencia de mi familia después que murió mi mamá, me metí a seducir a la esposa de mi amigo para quemar las últimas naves que me quedaban. Nunca esperé que me siguiera el juego, aun menos que lo llevase a otro nivel. Si yo le robé el primer beso, ella me robó los siguientes veinticuatro, si le besaba el cuello, ella me arrancaba la ropa y ya con el mero entusiasmo se ganaba los puntos que en secreto solemos dar. Para cuando mi osadía solo alcanzó a poner una mano en su muslo, la de ella me contagió hasta que de mí vino la iniciativa de penetrar. Y lo digo así de crudo no para provocar escarnio ni motivar a los histriónicos a indignarse por cualquier motivo que alcancen a inventar, en esa su intención chueca de cubrir sus propios ascos. Lo digo así porque eso es lo que yo quería: penetrarla sin limitarme a lo carnal. Como dije, era una guapa sin lustre pero guapa de verdad. Ya sus ojos me llamaron desde un inicio, el día que la conocí, pero sus otras partes las fui notando a lo largo de los años hasta ese momento en que la vi como una preciosa región extranjera que yo ansiaba conocer y explorar. Notarlo logró que algo más que mi hombría se levantara, algo que no es difícil de nombrar pero sí de explicar. Era como un empujón, un vértigo fascinante que de seguro sintieron los herejes al morir gritando su verdad. No estaba exento de culpa ese algo, ni se olvidaba de mi deseo de autoperjuicio primordial, pero tenía una cosa más que conocía de antes pero que no alcancé a calcular. Ni bien estuvimos enredados en besos, abrazos, caricias y jadeos, noté como ella se mordía los labios al pedirme que ya de una vez entrase con un tono y una cara que me pusieron más duro de lo que jamás pensé que podía estar, y en ese instante mágico hizo contacto nuestra genitalia y ¡voilá! Que me descubro no sólo tirando con quien no debía sino disfrutando del placer con que ella se conducía, que ya al final es lo que más me convenció. El olvido absoluto de todo lo que estuviese “más-allá” de nuestro momento procaz. Gemía, cabalgaba, elevaba las piernas, sudaba pero no me dejaba alejarme del calor del abrazo que nos unía, ponía expresiones, además, que me volvían loco. Una sucesión de micro expresiones, en realidad, que empezaban en la sorpresa, se transformaban en arrepentimiento, seguidos por una mueca de dolor, otra de placer, de ahí su rostro mostraba la inefable cara del placer doloroso, el rostro de la calma tras la revancha y, solo entonces, volvía a la sorpresa como si nunca se hubiese movido de aquella expresión tan bien ornamentada por sus ojos grandes y azules que le daban candorosidad a un momento que lo era todo menos candoroso. Y me gustaba tanto que  quería más, no solo del placer enorme que me estaba brindando sino de la sensación triunfadora de estar reviviendo a una muerta desahuciada, la inevitable impresión de estar haciendo algo bueno mediante algo ruin y, claro, la ironía y colmo de mal villano que termina salvando a la humanidad. Se sentía bien, no puedo negarlo y hasta me entran tentaciones estúpidas de describir cada etapa de mi placer…pero ya para qué, no tiene mucho sentido. El punto es que aquel bienestar momentáneo me daba excusas para creer en algo de redención. Quería yo quemar las naves pero nunca había pedido el milagro de una isla para ir a naufragar. No deseaba salvarme o esconder mi condición canalla, ni quería excusas para sentirme bien, solo ansiaba que alguien me terminase de crucificar. También por eso le dije que no tenía condones y ni siquiera pedí disculpas cuando descargué a mis probables hijos dentro suyo, solo seguí hasta que descargué muchos más, motivado por este bien que, sin querer, le hacía y este mal que yo, muy a propósito, me deseaba causar.

Aun sacudido por el shock de esa sensación misteriosa me largué a caminar por la ciudad, sin rumbo ni objetivo. Mi entrepierna se sentía especial, mis dedos olían a su sexo, tenía el sabor de su saliva en mi boca y aun temblaba ligeramente de la sensación dejada por el orgasmo y los recuerdos de esa intensa madrugada. Ni ella ni yo nos recuperábamos de inmediato, sino que nos tardábamos lo necesario en disfrutar el reencuentro con el placer. Había algo renovador en mancillar algo tan puro, algo fresco en creerla ingenua y sentirme el maldito que le venía a arruinar el candor. De pronto me sentía vivo y aun más porque se notaba que a ella no le molestaba mi mal llamada conquista de su inocencia. Vivificar era la palabra precisa de lo que yo quise hacer por ella y que ella terminó haciendo por mí. Nos vivificó a los dos con su osadía de frustrada y hasta me ayudó a darme cuenta que también mientras uno muere puede atreverse a vivir un poquito más. Se sentía bien eso de haber logrado que haya menos mierda en el pozo de otra persona, más todavía porque entre las ganancias estaba mi placer tanto físico como mental, en un trato en el que pensé que lo único que ganaría sería abandonarme a la villanía y ya de plano mandar al garete todo aquel intento de redención que pudiese elucubrar. Lo cierto es que me convencí de su candor solo para recordarme que todo eso estaba mal y no perder el rumbo hacía la muerte, el destino final. Pero soy un mal suicida, me perdono antes de saltar, me da un hambre tremenda cuando estoy por disparar el caño en mi sien y hasta me enamoro cuando la horca ya está ejerciendo presión en mi garganta. Claro que, no me enamoré de ella, ni ella de mí, tampoco quedó embarazada de ningún hijo mío. Supongo que cuento todo esto porque creo que sin ello nada de lo demás hubiese sido posible. No olvidemos que estaba cuesta abajo y que ninguna cogida, por magnifica que sea, cura todos los males, mucho menos soluciona problemas. Si por un rato había podido escapar a un lugar maravilloso, la realidad empezaba a perseguirme con todo y hedor. El paso de las semanas no trajo nada más que los mismos problemas y los mismos dolores repitiéndose, con breves escapes morbosos donde me jodía un poquito la vida de la forma que pudiese, más que nada rondando antros y otros calurosos hogares putativos, silencioso reviviendo la gloria de aquella vivificación que le devolvía frescura a mi cuerpo. No había vuelto a ver a la esposa de mi amigo pero ganas no me faltaban de repetir esa combinación de suplicio culposo que se goza a sí mismo y hasta se cree salvador. ¿No es culpa de él por no hacerla feliz? ¿No es santo quien cura el sufrimiento aunque sea por un rato? ¿Qué no un tango lo bailan dos? ¿Cuál quería ser yo, entonces? ¿El bailarín? ¿La bailarina? ¿El fisgón? Con preguntas parecidas intentaba justificarme nuevas visitas cuando, en los baños de un bar medianamente decente, me topé con una gótica de venas bien abiertas y tirada sobre un retrete desde donde abandonaría la mortalidad.

No puedo explicar lo que hice, no puedo explicar nada en realidad. Mi primer instinto fue el de cubrirla con mi abrigo, el segundo fue el de jalarla fuera del lugar. Sin correr ni apurarla, ir casi con calma, sosteniéndola del brazo para que no se cayese, dejando un rastro de sangre en el camino al hospital, dándole instrucciones que ella cumplía mansamente, quizá un poquito más allá que acá, y disfrutando del modo en que eso resultaba atractivo para mí ¿qué mejor vivificación que la que, de paso, evita que la afectada se mude para el otro lado? Le pregunté su nombre mientras caminábamos y murmuró Alicia, le pregunté su edad y me agradó enterarme que teníamos la misma edad pues, al final, nos gusta saber que alguien más está en el agujero a las mismas alturas de la vida que tú. Consuelo de tontos pero consuelo al final, y es que en situaciones como las nuestras cualquier consuelo es oasis. “Si los suicidas dan el último paso”, le dije mientras caminábamos al hospital, “es porque ya perdieron la perspectiva de cualquier consuelo, no les alcanzó la creatividad para ver una salida” y ella me observaba desde su obvia convalecencia con una mirada que, debo admitirlo, me ayudaba a respirar. Tenía aspecto de camorrera derrotada, de reina en exilio, de junkie emputecida y acabada, sin otra esperanza que de una vez irse a donde ninguno de nosotros la juzguemos ¿qué hacía yo vistiéndome de salvador de lo que, a todas luces, parecía un caso perdido? ¿la salvaba de un posible desfavorable juicio divino o me agenciaba puntos con cualquier dios en las alturas? No parecía, ella, una persona sencilla, pese a que la primera impresión era el juego oximorónico entre su aspecto tierno y su estilo gótico que le daba aires sensuales. Ahora que lo pienso, parecía un dibujo de Dean Yeagle. Las proporciones, las expresiones, hasta por las situaciones en las que se metía. Le faltaba el pelo rubio y el schnauzer tierno que propicia el accidente sensual pero inocentón. No podía evitar mirarle las piernas enmalladas, el corsé que apretaba la generosidad de su pecho, el negro intensificando el color de su piel y el de sus ojos ¿qué clase de salvador considera a una casi muerta como posible tire de una noche? ¿los puntos ganados por la buena obra alcanzaban a compensar los perdidos por los puros malos pensamientos? ¿es más pecado actuar que pensar, o ya desde el pensamiento estás condenado? No me fue difícil decir que yo era su primo hermano, ni siquiera me pidieron identificaciones, de pronto ya tenía permiso para quedarme en el cuarto que compartía con una viejita loca y un señor con quemaduras de cuerda en su irritado cuello, todos internos de un destartalado hospital. Eran compañeros de cuarto discretos por el día, inmersos en silencios imposibles que Alicia ni yo podíamos soportar, pero que agradecíamos porque camuflaban con su estruendo el propio del silencio que había entre ella y yo. Por las noches era otra cosa, si al principio pensé en la noche como el único momento donde podía pasarla dormido, evitando el angustiante silencio cómplice de no explicarnos qué hacía cada uno todavía acá, tanto la viejita con sus gritos roncos y agudos pidiendo que la dejen escapar, como los sollozos desgarradores que el don ese quería atenuar con la almohada, nos quitaron el sueño y pronto las noches se volvieron el escenario de charlas incómodas que intentaban no hablar de nada que no fuese superficial.

¿Qué tantas cosas nos perderemos por sucumbir a la tensión sexual y qué tantas otras perderíamos si no existiese tal cosa? De nuestro primer encuentro me llamaron más sus ojos moribundos que la sangre sobre los azulejos, y más me detuve a disfrutar del fetiche de sus ropas de gótica que a preocuparme de su fuga suicida o de estar en la rara situación de poder ser el testigo de un estertor. Creo que lo que me movió, y lo que tardé una semana de silencios en el hospital para confesar, fue que si la salvé era porque en medio de su agonía y desesperación tuvo el humor suficiente de mirarme a los ojos y decirme “¿qué quieres, buitre? ¿No vas a esperar a que me muera antes de penetrar?” con una sonrisa irónica y hasta trágica que me hizo excitar. Algo de mística hubo en que dijese “penetrar”, algo que me hizo querer creer en el destino por la rara coincidencia de que supiese justo la palabra tan pensada mientras traicionaba la confianza de mi amigo, incluso me fascinaba que hubiera reconocido al carroñero en mí sin mayor problema en semejante situación. Era el destino, pues ¿qué otra cosa podía ser? Cuando al fin se lo dije sonrió y me dijo que me podía quedar y, bueno, ¿ya para que pelearla si hasta mi instinto me empujaba hacia allá? Ni modo que niegue mi naturaleza mal agüera, o tenga reparos cuando igual yo me pensaba matar. Hay que ser buitre nomás.

Desde ese momento empecé a notar otras cosas. De pronto los silencios matutinos y el infierno de las noches en el hospital se convirtieron en un remanso de confidencias que Alicia y yo, de un momento a otro, comenzamos a disfrutar. No nos decíamos nada importante, solo anécdotas tontas como la primera vez que bebimos, nuestros colores favoritos y otras idioteces como nombres de nuestros primeros y últimos todo, intentos muy pobres de describir sabores sin usar los adjetivos usuales o largas y detalladas descripciones de nuestros paisajes favoritos. Creo que estábamos buscando los extremos históricos de momentos memorables, la clase de preguntas que un suicida le hace otro para enterarse de los pequeños consuelos con que alimenta sus excusas para quedarse un cacho más. Fue así que descubrí que el mérito del salvador no está en llegar para arreglar el día, sino en saber cuándo hacerlo. Alicia tenía otro montón de problemas en su propia vida, que yo no alcanzaba a intuir. Una historia complicada, llena de excusas válidas para sentirse mal, aun si según ella lo que le dolía era que nada de la terrible tragedia que asolaba a su familia la lastimase de verdad. Un accidente de avión, un aterrizaje forzoso, un par de fierros fuera la garganta de papá, hermano, hermana, tíos, primos, y hasta una de las abuelas. Una tragedia griega, un festival de lágrimas donde sólo faltó que todos se tirasen a los féretros para que el asunto adquiera más melodramatismo y de una vez enterrar a la familia apestada con el hado maldito de mortandad. En todo caso, más de lo que Alicia estaba dispuesta a soportar. Lo que me dijo que le jodía era que de pronto su desgracia ya no era privada sino que estaba en todas partes y a la vista de los demás. Incuso yo recordé que había leído algo sobre la tragedia de los Saenz Valdivia; las muertes trágicas, la viuda inconsolable, las dos hijas que quedaban, una muy infanta, la otra Alicia, los lamentos por la muerte de tan magnifico empresario como fue el padre y el pronto cobro de deudas que dejaron a los Saenz Valdivia sin propiedad privada donde morirse, todavía debiendo, además, un poco por las deudas secretas del padre y otro poco gracias a todos los fastuosos entierros que quizá nunca alcanzarían a pagar. “Jamás entierres a un muerto con lujo” me repitió con asco en el rostro, Alicia, mientras la viejita gritaba “háganme caso, por favor” con tono entre caprichoso y asustado. La luz naranja apenas iluminaba las penumbras, poco se podía ver de las sonrisas tenues de Alicia pero desde ya supe que por esa pata coja era que la llegaría a atrapar, si quería vivificarla tenía que ocuparme de esa herida gangrenada que ella se negaba a mirar, ser el único responsable de apretarle sus pústulas, tragarme su pus y así convencerla que yo era un buen carroñero, que tras comérmela la iba a resucitar, no como todos esos abogados y cobradores que enloquecieron a su madre y le robaron porvenir a la hermana infanta que no veía hacía meses y de la que no quería hablar.

No quería hablar de nada, en realidad. Parecía que solo deseaba sufrir en silencio y sin que nadie la molestase. Excepto yo, no tanto porque lo permitiera ella como porque me lo permitía yo. Si me distraía en considerar sus opiniones era porque estaba buscando la mejor forma de vulnerarla. Su empecinado silencio me enseñó que provocar a que se enojen de inicio es un lindo atajo para resolver las cosas de una buena vez y que nada es mejor que los roces como para hacerle recuerdo a alguien de que todavía vive. Hay que recordarle a la muerta en vida que sus huesos aún tienen algo de qué temblar y si Alicia se empecinaba en mantenerme carroñeando pero nunca consumiendo de su carne, pues de alguna forma tenía que intentar yo vivificarla. No mentía cuando dije que me traía loco la sensación esa que le dejaba a uno vivificar de cualquier forma, aunque tampoco mentiré en eso y lo diré de lleno: me la quería tirar. Nada más.

Otros, la mayoría, mirarían con malos ojos ese brote de sinceridad, la simpleza con que uno puede admitir querer tirarse a la deprimida suicida que ha sufrido un trauma de esos fuertes. Ella no. Supongo que encontraba novedosa la sinceridad, por lo que me enteré después supe que había crecido en la Florida entre tipos pijos y jailones, poco enterada de la existencia de otros barrios más humildes y con menos propensión a consumir caviar. La muerte del padre había sido un duro despertar para quien se pensaba intocable en una vida perfecta en la que nunca nada le iba a faltar. No creo que entonces pensase eso, pero vaya que lo pensaba mientras estuvimos en el hospital. Y así, en silencio, me fui armando de todos los argumentos y estocadas que necesitaría darle para resucitarla en mi cama y no volverla a llamar. Me gustaba el drama pero tampoco me gustaba tanto, además que estaba ocupado en destruir mi propia vida como para ayudar a reconstruir la vida de alguien que no se atrevía a volver a respirar. Lo mío era distinto, no solo era algo químico que me tenía perpetuamente en riesgo de depresión sino que ya no pretendía esconderme de mis problemas al ignorarlos, el plan ahora era dejar que los problemas cayeran bajo su propio peso, que me arruinen de una vez para asentarme en el fondo del agujero y ya no saber nada más. Los ratos que no estaba en el hospital me los pasaba visitando a cada persona que conocía y les decía la verdad, mi verdad, acerca sus vidas. No siempre era linda la reacción y cuando lo era, y la que reaccionaba era mujer, aprovechaba para robarle unas horas en sus camas sin importar su estado civil o anímico, como para echarle más leña a mi pira funeraria que insistía en edificar. Qué me importaba si al final esos encuentros eran mis últimas cenas antes de rendirme al abismo de la tristeza y la soledad. Ya no tenía dinero para comprar mis antidepresivos, les robaba comida a mis confrontados o los abandonaba en el restaurant del encuentro sin dejar más que unos simbólicos 5 bs. para la cuenta. No bebía pero me fumaba para no pensar tanto y para que toda sensación fuese más intensa todavía. Esto último lo sabía Alicia, no todo lo demás. Del resto se enteró por casualidad cuando me encontré con una de mis vivificadas mientras mudábamos las pocas cosas de Alicia a un nuevo departamento que había logrado alquilar. Tampoco podía decirse que estuviese muy interesada en mi vida, para ella yo era el basurero emocional donde podía verter su dolor, el amable desconocido al que le cuentas tu vida porque presientes algo de tu desgracia en sus gestos, sus palabras y acciones. Según ella jamás me la iba a tirar, según yo no hay mentira bien lanzada que no pueda derrumbar una verdad.

Hay cierto perdón en mandarse un lindo gesto antes, o después, de haber hecho lo peor. Como para perdonarse a sí mismo por lo no tan malo que al final uno fue. Con Alicia empecé suave pero pronto el “pinche emo glorificada” no alcanzaba a generar lo que obtenía del “huerfanita de cuervo de ala rota”. Eran insultos que parecían amigables, como los que hace alguien torpe o desubicado, pero yo los pensaba mucho antes de decirlos. Uno de esos insultos bien construido significaba una diferencia enorme en el humor de Alicia. No era lo mismo tenerla rabiosa por la noche y lista para estallar, azuzada por todo un día de los insultos más sutiles y perversos que se me podían ocurrir, comparado al de una Alicia que se la había pasado sola y atrapada en las mismas miserias que un día la alejaron de la vida esa donde se creía feliz. Cada nuevo insulto, apodo y calumnia que yo decía de su familia la volvían loca y día a día perdía el pudor de golpearme, escupirme, arañarme, gritarme cada vez con más intensidad. Solo lloraba cuando me pasaba de la raya, lo cual para ser justos no fue tanto como uno esperaría de los límites de una heredera mimada. Y ahí estaba el detalle, en darle una excusa para salir de su abulia, obligarla a canalizar el odio y la rabia en un solo lugar, en alguien que no fuera ella. Me consta que le ayudaban nuestras charlas post-pleito, cuando nos sentábamos en su mugre sillón y nos fumábamos un cigarrillo, felices de todo el caos de nuestros gritos, lapos, salivazos y otros horrores de los matrimonios más desahuciados que nosotros parecíamos disfrutar.

Para mí planificar esas peleas era una delicia, pero vivirlas era, digamos, otra realidad. Terminaba uno rendido, con un placer de arrogante y el desmayo del descanso tras la maratón. Según Alicia era como la macurca, un dolor repudiado pero en secreto disfrutado, “casi como un masoquismo” decía y se ponía a saltar balando como borrega alrededor mío y tanto esa opinión como aquel gesto eran muy buenas noticias para mí, pues me confirmaba que por muy agotador que fuera iba a valer la pena, después de todo solo un cordero de verdad vulnerable y culposo pondrá su propio cuello al alcance del cuchillo y ni modo que al anunciarme carroñero no cumpla con esa precisa función. Verla cada vez más en contacto con su dolor me garantizaba que cualquiera de estos días la pudiese tener pandeándose debajo de mí, con una sicalíptica mirada suya clavada en mis ojos, en mi cuerpo, en donde fuera mientras se tratase de mí. Y esa ilusión valía mucho, entonces, porque me ayudaba a escapar de mi otra realidad. No quise decirlo antes, porque esta es la clase de cosas que solo admites en confianza, pero ahí va: para entonces mi atención estaba en destruir mi familia, no toda pero si una gran parte de ella, la que me daba asco, la parte traidora que se habían cagado en las penurias que pasamos con mis padres cuando yo era adolescente, antes y después de que me quedase huérfano de madre, con un padre más dedicado a darle comodidad a la ancianidad de sus padres que cultivar cualquier tipo de relación con su hijo o su moribunda mujer. Siendo justo tendría que decir que ese tren ya había partido hacia tiempo y que si la muerte de mi madre no nos pudo unir, entonces decidí que tampoco lo necesitaba y  escapé de mi hogar. A él poco le importó y creo que más bien fue un respiro, la excusa perfecta para dedicar todas sus energías a sus propios papás. Él no me indignaba, finalmente existía muchísima historia por detrás que de alguna forma justificaba todo eso, e igual pensaba yo que llegaría el día del ajuste de cuentas una vez que ya no le quedara nadie más. Por eso lo dejé en paz. Por eso y porque no había peor castigo que cuidar los caprichos de mi abuela, cada vez más senil y paranoica. ¿Cómo hace una serpiente para parir perros falderos? ¿cómo hacen estos para engendrar cuervos? Pero esa era una cuestión para después, me convencí de ello y pasé a observar formas de arruinar a los demás. Para mí es obvio que arruinarles la vida a mis familiares no era solo una forma de exorcizar el dolor por el abandono en que nos tuvieron, sino que era otra manera de cortar todos mis lazos para, después. mejor morir en paz. Era mi excusa tanto para ya no tener nada que pudiese atarme a la vida, como para quedarme en el más acá y por eso que le tiraba tanta pelota, que me pasaba mis horas de insomnio planificando bien qué haría y las de ocio atreviéndome a hurgar donde nadie me había llamado. El plan tenía que ser sencillo. Para los primos tendría que preparar la total y completa destrucción de su vida social, lo cual repercutiría en la vida de los tíos, para los que tenía que alistar cosas más específicas. De entrada perdoné a muchos que siempre se habían portado bien conmigo, aparte que entendí que tampoco necesitaba demasiado para ser considerado nefando a los ojos de otros familiares ni bien escucharan el rumor de mis fechorías. Mis victimas elegidas eran mi tía Carmen y su esposo Florian, para los que preparaba un infierno a la medida de sus bajezas. El punto final a la vida perfecta que a toda costa se habían querido fabricar.

Nada de esto sabía Alicia, pero se la olía. Aburrida de hablar de sí misma, un día empezó a preguntar sobre mí. Y al principio no dije gran cosa, pero a medida que ella se sentía mejor empecé a comunicarme más. Admito que fue un alivio, que hasta me sentía mejor pero ese bienestar solo le dio renovadas fuerzas a mis rencores y agudizó mi olfato para la revancha. Fue así que le encontré una utilidad al atractivo de Alicia, el mismo que a mí me tenía un par de meses intentando tirármela. Lo dije antes, era linda Alicia y a mí me gustaba el fetiche de sus atuendos góticos y todo el maquillaje que utilizaba, pero en una de esas tardes tras una temprana discusión mañanera nos encontramos jugando a los disfraces y pude verla usando vestidos de gala, trajes de ejecutiva, ropas de señora y de universitaria, diferentes aspectos de la que quizá habría sido ella de haber seguido vivo su papá. Y en todos esos atuendos parecía una persona diferente a la que yo conocía. Igual de atractiva como camaleónica, con aspectos difíciles de asociar, ya que no era lo mismo la imagen de una Alicia en vestido de gala y peinada por estilista que la de Alicia vestida de señora agobiada por su rutina. Era buena actriz, además. Muy buena, la verdad. Se metía tanto en el papel que, luego, era difícil sacarla del trance mientras le durase la emoción. Y esa era la clase de compromiso que yo buscaba, que necesitaba mejor dicho, para poder realizar de la mejor manera posible el Plan, que a todas luces no era nada complejo o intrincado. Era más bien simple: a él, Florian, lo delataba de adúltero y corrupto, a sus hijos los aislaba del resto de la familia con alguna clase de escándalo y lo demás era pura inercia. El asunto aquí no era tanto denunciar como evidenciar lo obvio. Mi tía era de esas que podía comerse kilos de mierda con tal de cuidar su imagen ante los demás. No era muy inteligente, pero sí astuta y tenía la sabiduría suficiente como para hacer la vista gorda a las numerosas infidelidades de su marido, quien la callaba con dinero y una vida cómoda en uno de los mejores barrios de La Paz, luego Santa Cruz, después otra vez La Paz. Tenían dos hijas y un hijo. El mayor era el hijo, Norberto, pero extra oficialmente ya no era bienvenido en el seno de esa familia por no sé qué líos que tenían doña Carmen y don Florian con la esposa que se había escogido su primogénito y otros líos más. La del medio estaba casada con un famoso cirujano plástico del que mi tía estaba enamorada y la menor vivía en Santa Cruz en un matrimonio tan de mierda como el que tanto le criticaron a mi madre cuando estaba viva.

Como dije el asunto estaba en ponerlos en evidencia, sacar sus trapos más sucios al aire y que todos vieran sus bajezas y vergüenzas. No podía imaginarme peor muerte para mi tía, ni mayor molestia para mi tío que ser puestos en evidencia ante sus hijos y la sociedad. Todo esto le expliqué a una Alicia que no paraba de llorar. Me dijo que algo recordó sobre sus padres y confesó no sentirse capaz de arruinar la vida de una familia como le habían hecho a ella. “Mierda, punto crítico” me dije y por un rato temí no contar con mi cómplice ideal, pero después de mucho chantaje emocional al fin aceptó al menos joder a los primos en su círculo social. Qué importaba. Total que eso era, de todos modos, la primera fase del Plan, y resultó aún más sencilla con la ayuda de Alicia, quien en su faceta de actriz y sus muchos disfraces, que un día robamos de su casa sin que nos descubriese su mamá, fue la carnada perfecta para introducirnos a las mundos de mis primos. Siempre disfrazados nos dedicamos a atender a eventos sociales donde sabíamos que estaría algún amigo de la familia y sacábamos información de todo lo que podíamos. Muchas veces ella tenía que quedarse sola haciendo algo llamativo mientras yo me escabullía a revisar los computadores en busca de mails o documentos que me dijesen algo acerca mi familia. No siempre conseguíamos nada, en especial porque nos teníamos que marchar ni bien llegaba alguno de mi familia, pero igual comíamos gratis y nos daba la chance de ser otras personas por un rato. De pronto nos metíamos mucho en el papel y teníamos bien pensadas las biografías y personalidades de nuestros personajes, en cada evento al que íbamos notábamos como nuestras actuaciones cada vez jugueteaban más con extremos histriónicos y escandalosos. Nos gustaba, nos hacía felices esa excusa para descansar de nuestras penas y preocupaciones. En su exhibicionismo y mi autodestrucción hallamos cierto solaz. Como si ya de por sí aceptáramos que éramos bichos raros con vidas de mierda que se encargaban de cagar más con tal de no tener que solucionarlas o de una vez tirarlas por el caño. Queríamos hundirnos, carajo. Y lo queríamos más porque también nos daba permisos para las libertades que nunca tuvimos. Ella era testigo del mundo del que su padre le había protegido, yo me enteraba de las cosas que nunca me enteré respecto a mi familia, encima nos dábamos el gusto de exorcizar demonios y fantasmas con esa farsa. Yo me vengaba por años de negligencia, ella se desquitaba con los suyos por atreverse a morirse y dejarla en tremenda cagada de situación.

No fue necesario mucho esfuerzo para llegar a la segunda parte del Plan. Ya infiltrados era más sencillo ir lanzando rumores que desprestigiasen a mis primos a ojos de sus amigos. Fue en el espacio de un par de meses de mentiras quirúrgicas y sutiles que pudimos convencer al mundo de que mi primo se había casado con su medio hermana y que el esposo de mi prima tenía un affair con su suegra. Mentiras infalibles pues se amparaban, relativamente, en la verdad. Si mis tíos no le admitían a nadie que odiaban a su primogénito, al menos se notaba el trato diferente que le profesaban, como más distante, más frío y hasta cargado de silencios. Por lo que me enteré de una prima hermana de mis primos, don Florian ya no hablaba con su hijo ni siquiera en un evento social y hasta con algunas copas de más admitía que se arrepentía de haberle dado vida y otras cosas de ese estilo que me contaban los primos de mis primos con caras de escándalo que escondían su morbosidad. Y no se necesitaba de un experto para notar que la suegra estaba camote del yerno, aunque claro ¿era convincente como para alcanzar a una verdad? Lo cierto es que la mentira no necesita mucho para volverse verdad. A los ojos de la gente, mis familiares eran ejemplares, gente buena y noble con las mejores intenciones y la familia perfecta. Eso los hacía una presa más suculenta de sus sospechas, de cualquier cosa que los confirmase como otra familia de mierda, más aun con acusaciones tan graves como incestuosas ¿es por eso que el Floriancito es tan sarcástico?¿Pero no le saca muchos años como para meterse con su yerno?¿quién se cree esa para serrucharle el piso a su propia hija?¿Es de verdad su media hermana del Norbertito? Entonces ¿la Carmencita es cornuda?¿tiene más hijos bastardos? ¿y la hija? ¿sabe? ¿sabe Norberto que esa es su hermana? ¡Y aun así se casó con ella! Después de un rato la sorpresa en sus rostros se convertía en asco y horror, escandalizados de haber compartido comidas con esos depravados y sus vidas pervertidas.

La fase tres exigía algo más tangible que rumores que señoras chismosas elegían creer. Necesitaba pruebas de que era mi tío un adúltero para terminar de mandar al carajo la situación de una familia que todavía no sabía la famita que se les endilgaba. Alguno de los amigos que hicimos en esas fiestas me mantenían al día con los chismes, mismos que ya habían crecido más allá de lo que jamás hubiera imaginado. Pero al final eran mentiras que proliferaban en el silencio de los chismosos y lo que yo necesitaba era una verdad imperdonable que los terminase de arruinar. Así fue que Alicia se disfrazó de empleadita y esperó a que hubiera vacante en la casa de mis tíos. Bien sabía yo que las empeladas nunca le duraban por esa costumbre de mi tía de enseñarles a ser perfeccionistas a base de gritos e insultos que muchas no lograban soportar. Total que Alicia eso mucho no le importaba porque no estaba atada a ellos y peores eran nuestras sesiones donde le tocaba las llagas y ella se ponía el limón y la sal en las heridas abiertas. Parecía mejor y más tranquila, establecida en una rutina que tenía de todo menos repetitiva. Sí estaba algo apagada, pero lo cierto es que yo andaba tenso esos días y no era muy fácil estar a mi alrededor. Aun peor, Alicia seguía sin dejarse vivificar, pero creo que eso fue porque en el proceso de hacerse a la imposible encontró el placer que a mí me negaba. Me preocupaba que todavía no contactase a su madre y hermana pero parecía más en paz con ello. Su lógica era que una boca menos de la que preocuparse era una gran ayuda y los mensajes esporádicos que mandaba desde celulares ajenos asegurándole estar bien le calmaban la consciencia de desaparecida. Mi lógica era que uno hace las cosas cuando está preparado para hacerlas sin enloquecer en el proceso. Las semanas siguientes las pasamos ensayando su acto de ignorancia y lentitud que volvería loca a mi tía y creo que logramos armar un acto bastante convincente, lo malo es que nunca lo pudimos usar porque, pues, conocimos a Fátima.

Era una chica más joven en la cabeza que en el cuerpo, era hija de un amigo de Florian, quien le sacaba treinta años. Eran amantes, de los que se ven cuatro veces por semana y siempre en el mismo motel, misma habitación, con el mes pagado por adelantado. La conocimos en una fiesta de unas amigas de mi tía Carmen, a la que nos colamos alegando ser los primos perdidos de Cochabamba. En situaciones sociales como esa la gente no le gusta dar cuenta de que no te conocen cuando tú, todo mamón, vas y los tratas con familiaridad. El asunto es que Fátima estaba ahí con su cara de corderito redimido, sus tremendos ojos celestes nunca mirando directamente, sus labios pintados de un rojo intenso, el vestido de gala todo azul eléctrico y su vaso lleno de leche chocolatada. Tenía un aire de las buenotas en los dibujos y los cómics, de esas que no dejan de sonreír, como si poblaran una dimensión alterna en donde estos problemas mundanos nuestros no son más que nimiedades, nada dignas de su atención. La corona fue un tatuaje en su espalda de un par de alas y el símbolo celta de la paz al medio, con eso yo no tuve otro objetivo que meterme entre sus piernas a toda costa para contaminarla un poquito. Me costó una rabieta terrible de Alicia pero conseguimos convencerla de ir a nuestro departamento a tomar unas copas y Fátima, en el papel de virgencita, primero no aceptó hasta que un susurro de Alicia la hizo dudar y nada más que la duda se necesita para que alguien horrible te secuestre. Y prácticamente eso hicimos, pero los culpables de que se loqueara fueron el trago y ella misma, pues ya en el departamento, y con un par de copas nada más, entró en un estado de euforia. Como niña pequeña preguntaba sobre todo y ni siquiera parecía escuchar las respuestas, de pronto pedía canciones, bebía y bebía y saltaba en el sofá y abrazaba a Alicia como si fuera su hermana y a mí me miraba como con ternura y picardía. No es necesario contarlo todo, pero la hice mierda en ese mismo sofá y a ella le gustó tanto que volvió por más a lo largo de la semana. En este punto yo no sabía que esta criatura era la amante de mi tío Florian, y me enteraría de la peor manera cuando, después de una sesión particularmente intensa, su celular recibió una llamada y en el id pude ver no solo el número de Florian, sino también una foto de él y ella besándose.

Momentos como ese son raros porque significan una oportunidad de inversión que dificilmente se volverá a repetir. Casi como viajar en el tiempo y que te regalen acciones mayoritarias de Apple, o como un trato de Vito Corleone. Simplemente no me podía dar el lujo de perder esa oportunidad. Me sentía tremendamente asqueado de haber estado con la misma persona que se acostaba mi tío, pero haciendo tripas corazón no me fue difícil mirar los candorosos ojos celestes de Fátima y planificar una forma de aprovecharme de toda esa información. Le hice un pequeño drama. No tanto por el asco que sentía dentro de mí, como por capitalizar una oportunidad tan caidita del cielo. Ella lloró, me lo contó todo, yo lo grabé, le juré amor eterno, me juró que lo terminaría, nos fumamos un poco de mota, lo hicimos con la pasión de los reconciliados, en realidad yo la quería agotada y dormida, lo cual logré y sin miedo ni vergüenza hurgué su cuarto, encontré fotos, cartas, emails y regalos que sospecho venían de la profunda billetera de don Florian. Todo. Miré hacia el rostro angelical de Fátima dormida y, por un instante, la quise con toda mi alma y al otro ya me escapaba hacia Alicia para contarle las novedades.

Lo malo del misticismo es que lo obnubila a uno de ver a su alrededor. O para ser sincero tendría que decir que es la excusa perfecta para dejarse convencer de algo, lo que sea, que nos permita construir certezas con raíces lo suficientemente poderosas como para aguantar cualquier embate de la realidad. Es un error muy común tratar de convertir a la fuerza cualquier argumento en axioma y con eso tener una solución rápida a la vida. Es el problema de confundir al azar con el destino, también es el problema con la sincronía, se confía uno no solo de la fortuna de haber estado en el lugar correcto en el momento preciso sino que sienten que se lo tienen que explicar, necesitan agradecérselo a algo o alguien y considerar que su deuda con el universo ha sido pagada, verse validados ante los ojos de un jefe supremo, una entidad cósmica, una deidad, y no tener que sentir culpa por disfrutar de cualquier bien que tienen por delante. Se aplica también a la desgracia ¿de qué otra forma se quita el estafado el sabor de la estafa? Con la misma leche amarga que le dieron a beber. Si me enojo porque me estafaron debería enojarme por haberme dejado convencer, total que ya me dieron hasta la excusa perfecta: no es mi culpa, me lo vendieron, me dejé convencer y con eso ya estas enganchado al perdón gratuito de un poder superior. Un negocio redondo y autosostenible. No es coincidencia que hayan tantas religiones y templos y rezos y santos y dioses y montón de cosas que por muy reales que sean, también te ayudan a justificar tus propias mentiras. El incidente con Fátima era demasiado bueno para ser cierto y desde niño que he sentido alerta cuando todo está muy bien, pero ¿qué podía esconderse detrás del candor de esos ojos azules?¿quién que se sonrojaba con miradas y se cubría los senos durante el orgasmo podía ser capaz de alguna maldad? Tampoco me detuve a sospechar mucho de ella, me enfoqué en el juego que controlaba e hice lo mejor que pude.

Reunimos las pruebas de la infidelidad de mi tío Florian en un enorme archivador ordenado de tal manera que el golpe fuera lento y cada vez más terrible. Me había leído toda esa correspondencia y mucha otra más en cosa de una semana. Mi tío era de esos cochinazos sentimentales que le demuestra a su amante que la ama dándole las contraseñas de casi todo, exceptuando la tarjeta de crédito. No solo leí los amoríos con Fátima, sino que tecleando “153962FS” me enteré del romance con Zuleyma, los encuentros con Josefina, las pensiones para Eva, las demandas de Cecilia, las visitas a Patricia y los horarios de Rubí. Era tan amable el universo que hasta me mandaba fotos, videos, mensajes de voz y confirmaciones via mail para compra de pasajes a exóticos lugares que nunca escuché a mi tía presumir. Era perfecto. Once días tomó clasificar el material, ordenarlo según su impacto y ponerlo en el archivador al que Alicia y yo llamábamos El Collage. Incluso nos dimos el trabajo de grabar cada mensaje de voz y video en dvd’s que incluíamos en el archivador. El Collage sería la obsesión de mi tía por un largo período de tiempo, el suficiente como para calmar mi propia rabia, la que guiaba a mi olfato hacia los lugares que más podían sangrar. Y ese era el problema: demasiado angurriento, entregado a las benditas justificaciones potenciadas por la mística que insistía en buscar, siempre en pos de ese encanto que tiene el mundo cuando se lo ve a través de la fe. Si nos escudamos en algo tan grande como es la mística es porque intuimos que ninguna de nuestras necesidades, pensamientos o deseos tienen la menor importancia. Toleramos, y hasta creemos, en la religión, en la fortuna, en el vendedor, por ser esos encantadores potenciadores que le dan alas a nuestro ego y nos colocan como los mimados de una entidad cósmica, de un concepto abstracto capaz de crear vida de la nada. Lo malo, al fin, de las revanchas no es que uno esté ciego, ni sordo, peor mudo de ira sino que se agudiza el olfato. De pronto lo identificas todo desde lo visceral, azuzado por la ira que te dice, te jura, te susurra que después tendrás tiempo para reparar la tierra quemada cuando la revancha haya terminado. Y sí, es cierto, aunque no del todo. Quema uno las naves con esa ilusión de que aparezca alguien lo suficientemente idiota como para intentar apagar tamaño incendio, que en nada se compara al conflicto interno que buscas expresar, quema uno las naves porque es más sencillo destruir que terminar de irse al más allá. Quema uno las naves para que lo miren, pero no siempre lo vamos a notar.

Todos caemos, carajo. Sea en estafar o ser estafados y no hay vergüenza en ello. Lo peor es estar al medio, en la parte gris y plagada de la aburrida sensación de duda ¿era mejor ese extremo, o el otro? ¿vale la pena? Después de un rato le hallas lo bonito a lo gris y hasta, en un descuido, encuentras felicidad e ilusión de plenitud. Con la mística, cómo si no. Pero nunca es lo mismo que irse a los extremos, ni tiene igual sabor, el del vértigo de casi morirse y el goce de por fin respirar. Tan visceral que no necesitamos a la mística para magnificarlo sino para protegernos de que nos desquicie. Y por eso caí, por candoroso. Planificamos todo para un lunes por la noche, movidos por el morbo de jugar con las supersticiones de mi tía, quien juraba que si el lunes ocurrían desgracias entonces la semana también estaría llena de ellas. Tocaría la puerta durante la cena, lo común era que tanto Florian como Carmen estuviesen, acompañados por mi prima, la del medio, que vivía a lado y mis sobrinos esperando a que llegué su papá. Estarían sorprendidos y bastante incómodos de verme, serían amables, me harían chistes culposos respecto a mi ausencia, cómo para lavarse las manos de ellos no haberme buscado tampoco, me preguntarían en qué trabajo, qué hago de mi vida y tantas otras cosas que yo no respondería. Me limitaría a entregarle su copia a mi tía, otra a mi tío, a mi prima, a su esposo, anunciar que las copias de sus otros hijos ya estaban siendo enviadas y que algunas habían sido mandadas, por error, claro, a algunos de sus amigos. Me quedaría a ver sus rostros y disfrutarlos, muy al margen de la apuesta que tenía con Alicia de si mi tía primero me atacaría a mí por actuar de Capitán Obvio, o a su marido, por fin, después de tantos años de aguantarse. Nos retrasó mucho, tener que hacer las copias del Collage, hacer los arreglos para que los entreguen pero en las vísperas de nuestro golpe era todo pura euforia y nada nos podía arruinar. Alicia me sonreía como nunca y yo no podía evitar sentirme, desde ya, algo aliviado. No hay peor ciego que el que puede ver, como quitándole la mística al famoso dicho en la espera de que rompiendo místicas pueda ver uno más claro a su alrededor. No comprarse la propia estafa, ni engolosinarse en las ofertas ajenas, cuidar el trasero propio y de los tuyos, tener planes de respaldo y siempre cuidar las ganancias. Enterarse que hay dimensiones en esto de la ingenuidad.

Por supuesto que todo salió más o menos como lo planeado, pero para nada cómo lo esperado. Los Collages llegaron a todos y cada uno de los que tenían que recibir uno y ya no sé si los habrán visto pero de que los tienen, los tienen. El problema es que hubo dos sorpresas esa noche. La primera empezó una hora antes de mi momento de partir hacia casa de mis tíos. Alicia estaba de un humor especial y yo muy nervioso cuando tocaron el timbre, nos sobresaltamos y nos preguntamos en voz baja quién podía ser, hasta que los chillidos alegres de Fátima nos cortaron la incertidumbre. La dejé entrar y rato más tarde me abalanzaba sobre la puerta para apresurarme a la casa de mis tíos. Nunca calculé que Fátima se tomase tan a pecho su vivificación y el pequeño drama que le armé para que me revelara sus secretos. En lo que sin duda consideraba el acto más romántico de amor supremo, la chica fue a casa de Florian y se reveló ante mi tía, le contó toda la verdad o, bueno, una verdad llena de censuras y disculpas ante cada lágrima que veía en los ojos de esa operada señora. Así las encontró mi tío, abrazadas y chillando, la una de rabia con su rostro inexpresivo de tanto botox inyectado, y la otra de arrepentimiento con su carita candorosa brillante y compungida ¿se esperaba ese giro de sucesos? ¿qué clase de pesadilla es que tu mujer y tu amante se lleven bien y a tus espaldas? ¿dónde, exactamente, está lo pesadillesco de todo eso? El lío adquirió nuevos carices y Fátima fue testigo silente de una discusión entre dos que pronto olvidaron la presencia de la tercera, lo cual le permitió escaparse a darme las buenas nuevas de nuestra exclusividad.

No pensé, solo me lancé a la calle con los Collages y paré el primer radiotaxi que quiso llevarme. Ni bien llegué lo que encontré fue la puerta de calle abierta y una seguidilla de decepciones empezaron a operar en mi cabeza ¿me lo había perdido? Maldiciendo mi suerte entré sin dudar y noté que en el jardín, que también servía de garaje, estaba solo un auto y no los dos que solía albergar. “No es nada” me dije y hasta me propuse que quizá ya no tenían dos autos como acostumbraban, que mucho podía haber cambiado en tanto tiempo y otras basuras parecidas, pero el pensamiento se me pinchó ni bien escuché los sollozos de mi tía en la sala de su casa. Entré, el suelo estaba lleno de macetas y adornos rotos, mi tía estaba sentada en un sillón para tres, lloraba a moco tendido con las luces apagadas sumidas en las sombras de la noche y una estela de luz de luna cayendo a sus pies. No dijo nada al verme, ni cuando me reí, peor cuando dejé un Collage a su lado y me fui. Más tarde encontré a don Florian en el Hotel Radisson y dejé su Collage como mensaje en recepción. Tras esas dos entregas emprendí el camino a casa algo triste pero más feliz que otra cosa. Mi madre no había muerto por directa culpa de esa gente, pero se sentía bien culparlos del abandono, destruirlos hurgando en sus cuidadosas hipocresías, hacerles doler lo mucho que me hicieron falta cuando ya nadie me quedó en el mundo más que un padre que estaba demasiado ocupado en sus padres como para ayudarme a lo que sea. Si dejarle el Collage a mi llorosa tía era un golpe bajo y en el suelo, eso no evitó que me sintiera tremendamente feliz al imaginarme torciendo un cuchillo imaginario que acababa de clavar en la boca del estómago de esa familiar detestada. Hasta el dolor y la tristeza parecieron ceder, me dieron la perspectiva de un mundo perfecto, uno donde el rencor calmado ya no sería un factor que me controlase y aun si era patético sentirme bien a la costa de la desgracia de alguien más. Estaba chocho de la vida porque hacía rato que no me sentía así de genial. No calculé que le arreglé la vida a mi tía con ese gesto cruel puesto que, mucho después, pediría el divorcio y presentaría el Collage como evidencia suficiente como para dar por muerto cualquier futuro que don Florian hubiera podido abrazar, sentenciándolo a una vejez amarga y pobre, solo y abandonado por los hijos que él alguna vez no dudó en abandonar. Como dije, eso le valió mucho dinero a mi tía y le arregló la vida en los modos que yo hubiera deseado le saliesen mal, pero eso no quitó que tuvo que mudarse y cortar relaciones con mucha gente clave de su importante circulo social. Igual que sus hijos hicieron, después de repudiarla, no dudo que haya rearmado todas sus farsas en Santa Cruz, que fue donde se mudó, pero nunca debió de ser lo mismo para ella hacerlo vieja, cornuda y divorciada a ser la señora perfecta de antes, esa con el marido que proveía y una familia ejemplar. Una hora después de la fechoría ya me sentía vacío, un tanto arrepentido pero todavía satisfecho. De menos le quité la facilidad a sus farsas e hipocresías, que sigue siendo poco considerando cuánto me costó todo esto. Por lo que sé nunca se volvió a casar y solo una de sus hijas le perdonó las infidelidades del padre. No los culpo, ni creo que lo haya hecho ella, después de todo habían sido criados en el cautiverio de esa hipocresía de la familia ejemplar. Yo mismo reflexioné y concluí que probablemente ellos no entendían la gravedad de sus acciones, justificadas por la creencia de pertenecer a la funcionalidad de esa dichosa familia ejemplar. Y, antes de la segunda sorpresa, entendí que mi mística había sido el odio y que ahora necesitaba ver la realidad.

¿Qué es lo peor de la verdad? Algunos piensan que su inevitabilidad pero olvidan al olvido, precisamente. Si la mentira tiene patas cortas, la verdad apenas camina con lo largo de las suyas. Y es justo por esa notoriedad histriónica que tiene la verdad, que lo peor es ser el último en notarla, en enterarse de ella y todas sus implicaciones. ¿Qué clase de simpatía es esa de cortarse las venas en una bañera? Te vas a morir, ya qué importa que alguien tenga que limpiar, total que no será tu problema y si decidiste abandonar este mundo es porque te recontra cagas en el alma y las opiniones de los demás. Lo que los suicidas no saben, o prefieren ignorar, es que una vez que se van de este mundo sus opiniones, sus deseos, sus preferencias se van a la mierda, se pierden en lo que los deudos necesitan. Los vivos siempre son el problema, son los que imponen sus caprichos internos disfrazados del “así lo hubiera querido el difunto”. Es una forma de lidiar con la pérdida de alguien y la consciencia de la muerte, pero eso no le quita lo hipócrita. Por eso los suicidas no deberían tener atenciones como cortarse las venas en una tina para que el agua se mezcle con la sangre ¿piensan que será más fácil, más cómodo? ¿Cómodo para quién, entonces? El muerto siempre estará cómodo, ya no hay nada ni nadie que lo pueda molestar y lo suyo será esa región innombrable que ninguno nosotros conoce pero que la mística nos ayuda a soportar. De seguro Alicia mostró señales que yo no noté, lo cierto es que elegí creerme la farsa de su sonrisa para mejor calmar esta sed de revancha que más se parecía a una indigestión de ego y autodestrucción. Nunca le pude decir lo mucho que me vivificó y jamás lamenté tanto no haber podido vivificar a una muerta en vida. Subestimamos, o sobrestimamos también, a las personas en base a nuestras conveniencias. Queremos la entrega absoluta hasta que la obtenemos y cuando lo hacemos nos gana el terror a que la plenitud sea más jodida que el vacío. “Qué cosa más pesada debe ser vivir el infinito” me puso en un papel que encontré a lado de su cuerpo inerte y desnudo en la tina. La sonrisa revanchista desapareció en un mar de lágrimas y lamentos, no me atreví a sacarla del agua roja y, siempre con la nota en la mano, me fui a recorrer cada cuarto para rastrear los últimos pasos de la reciente muertita que se pasaba en calidad de zombie al más allá. En la cocina faltaba el trozo de pizza que guardé para celebrar, en su cuarto estaba todo ordenado y empacado con la precisión de quien sabe que no volverá, en la sala habían muchos pañuelos usados y los borradores de la nota que al final me dejó.

Entre lectura y lectura fui comprendiendo que Alicia hacía rato que tenía planeado marcharse y que mi supuesta vivificación no fue más que una última distracción que se permitió antes de matarse. La nota era muy corta pero todo se compensó con el exceso de confesiones que fui encontrando en cada borrador y en su diario, que forcé cuando despuntaba el alba y mis ojos ya no podían llorar más. Así fue que me enteré que su madre se había matado hacía un mes y con ella se había llevado a la hija más pequeña en un suicidio brutal y hasta repugnante que Alicia tuvo que soportar mientras yo la arrastraba a fiestas de gente estúpida solo para darme la chance de una revancha tan tonta como fútil. En su nota de despedida, la madre parecía segura de que Alicia nunca volvería al seno de una familia desgraciada, a la que el sufrimiento se quería llevar al otro lado a toda costa y no encontró mejor salida que liberarla de la desgracia con el sacrificio doble que “calmaría la sed de este Dios cruel, hija mía”. Los misticismos sostienen verdades y mentiras, pero que tan cierto sea algo no le quita lo mortífero. Mientras yo creía ciegamente en la revancha, la madre de Alicia se consolaba con la idea del sacrificio, por lo que pude enterarme después la señora no estaba en sus cabales pero tampoco nadie se ocupó de auxiliarla, ni internarla, nadie pensó en la niña, todos se encerraron a lidiar con lo que había pasado en soledad. Alicia no se perdonaba haber creído que su distancia le hacía bien a su madre y hermana, cuando lo cierto es que estaba movida por motivos egoístas. De haberla encontrado viva le habría dicho que no era del todo su culpa, que ella también necesitaba recuperarse en soledad y que su único pecado fue tardarse en animarse a buscarlas, a dejar de ver lo que ella quería y enfrentar la realidad. Como yo, que me arrepentía de eso mismo y le expresaba, tarde y motivado por una reveladora entrada en su diario, que yo también la quería, que hasta la amaba, y que yo también lo había descubierto la misma noche que  Fátima entró en juego con esa su presencia karmática que tanto terminó por marcar. ¿Quién sospecha de los ingenuos? Peor aún ¿quién se imagina que lo que lo joderá no será la astucia sino la mera ingenuidad? Ya no pude volver a ver a Fátima, no sé que habrá sido de ella, pero sospecho que sufrió y volvió a ser linda y finita, de seguro se casó con algún Florian que la condenará al destino al que se condenó Carmen. O no sé, estoy consciente que nada fue su culpa pero disfruto un poco esos pensamientos de ave de mal agüero. Si yo, señoras y señores, caí por engolosinarme de mi olfato revanchista y distraerme en estas ganas de vivificar, lo mejor que podía hacer tras tantas tragedias era aceptarme como el cuervo que soy y que siempre seré.

Cuando volví al baño recién noté que sonaba un disco de NERD en la radio que compramos para escuchar mientras nos duchábamos. A Alicia le fascinaba Pharrell, le encantaba que fuera tan feíto y atípico y aun así estuviera tan cómodo en su propia piel, como para hacerte querer bailar esos sus temas sexistas y plagiados. Solía pasarse horas vanagloriándolo a la par que le lanzaba esos insultos sutiles y venenosos de fan resentida e indignada. Se ponía intensa y así se veía sexy, le decía yo y la comparaba con Alesha Dixon en el video de She Wants to Move y ella se reía a carcajadas, se ponía un vestido corto e imitaba el baile de la actriz. Lo hacía muy mal pero igual a mi me encantaba verla feliz en ese baile que era aborto de sensualidad. “Lo que más recordamos de She Wants to Move no es tanto a Pharrell siendo tan peculiar, sino a Alesha Dixon probándose a la altura de diosa, una mera ninfa del baile y la sensualidad y la actitud” le decía mientras le robaba besos a sus cachetes, a su frente, a sus manos y hasta sus hombros, pero nunca en la boca, ni en los labios, jamás un beso donde hubiera contado para ver si nuestro romance la convencía de quedarse un rato más o terminaba de indicarle que ya era su hora de partir. Que al final eso pasó, pero sin darme a mí la chance de convencerla, sin que pudiese recuperar las oportunidades perdidas para vivificarla, estancado para siempre en el gris de las cosas, con preguntas que ya no serían contestadas y con ganas de desnudarme y unirme a ella en esa bañera en la que también podía dejar mi sangre para que quien fuera que limpiase la escena del crimen no lo pasara tan mal. “¿Y eso a mi qué me importa?” me dije entre llantos y miré distraídamente el dorso de la nota donde noté que estaba escrita otra frase que antes no leí. “¿Qué pasa, cuervo? Siga volando que afuera hay mucha carroña para que puedas penetrar”. Y lloré, claro. Chillar sería más apropiada palabra para ese momento de mierda en que abandonaba la anestesia emocional y permitía al dolor fluir en ese peculiar adiós a mis muertos. Dejé la nota a un lado, llamé a la policía y me metí a la bañera para darle un incómodo último abrazo a mi entrañable suicida, mi cómplice perfecta, un abrazo más para mis morbos mortales que para intentar robársela a la eternidad.

Sinfonía

Publicado: noviembre 12, 2015 en Cuentos
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Nada resonaba en los vastos parajes del barrio. Las casas iluminadas se perdían en el anonimato y coloreaban la azul noche con tonos naranjas y amarillos que buscaban competir con la luz blanca de la luna. La más brillante de las edificaciones era la de la estación de policía, enorme, poco poblada, inútil fuera del simbolismo que infundía cierto respeto en aquellos que surcaban esas calles bajo la ley de la sangre derramada en conflictos pueriles, o no tanto, en que navajas y mariposas cortaban el aire y desangraban a víctimas que iban a parar al hospital cercano, separado de la comisaría solo por una cancha y un pequeño parque, en la empinada calle nombrada en honor a una patriota olvidada y conocida como Mercedes, en un barrio alejado de esta ciudad. Tenía fama el barrio, de peligroso, de terrible, de tantas cosas que a los vecinos, protegidos por la belleza de lo cotidiano, los traía sin cuidado ni sorpresa. La calle Mercedes descansaba tranquila durante aquella noche calurosa de sábado.

De repente un sonido hizo eco en las despobladas cuadras, un sonido un tanto agudo que se originó en la calle Mercedes pero que fue escuchado en todo el barrio, aun si no por todos sus habitantes. Era un grito. Un gritito, mejor dicho. Agudo, jadeante, penetrante a tal punto que cualquiera habría esperado que alguna ventana se viese oscurecida por la súbita aparición de la sombra de un curioso intentando otear la noche. Pero fue solo un instante antes de que el silencio reanudase su acostumbrada calma, con la diferencia de que ahora los habitantes de la calle Mercedes lo sentían diferente. Casi como si ya no fuese un continuo constante y ahora estuviese interrumpido, contaminado, por respiraciones entrecortadas que se unían al canto de los grillos y el zumbar de los postes de luz. Nadie interrumpió su cotidianeidad, pero mantuvieron los oídos atentos allá donde los ojos no se atrevían, en cada casa la gente intranquila dejaba las conversaciones y se sumían en un caprichoso mutismo, como intentando evocar un ejemplo que la calle debía seguir ¿quién osaba mancillar la paz de la noche?

Los grititos comenzaron a sonar con mayor frecuencia. Al principio venían irregulares, desordenados, algunos se habrían atrevido a decir inseguros, como si su origen no estuviese bien definido, como un grito continuo escuchado en parpadeos. Entonces las duraciones se alargaron y con ellas cambiaron los tonos, los ritmos, los tiempos de los grititos y a ellos se sumó un jadeo más pesado, más ansioso que complacido, más suave que los sonidos agudos que cada casa escuchaba con terrorífica nitidez esperando que nada más ocurriese, que por favor los culpables se callasen y así volver a la vida, volver a la espera de que algo pase, sentarse frente al televisor y ver cualquier basura ruidosa y ya. Pero a los gritos y al jadeo se sumó una estruendosa seguidilla de roces que los oídos creyeron identificar como una piel chocando con otra, como telas cayendo al concreto, dedos pasando apurados por vellos para hundirse y causar ese sonido húmedo que estremeció a las señoras, quienes se persignaron apresuradamente y cerraron los ojos para ya no escuchar. El escándalo no era novedoso, los ruidos tampoco, la gente crecía intentando ignorar esos sonidos cuando aparecían y aquella costumbre había pasado por generaciones enteras dedicadas a respetar el silencio de la noche por mucho ruido que escuchasen. Pero aquella ocasión algo estaba mal en todo ello ¿dónde estaban los sonidos habituales? ¿No era deber de la policía velar por la paz y el silencio del barrio? La comisaría estaba anormalmente silente. La calle, no, el barrio entero estaba tan acostumbrado al ruido infernal de la policía que, en sus mentes, lo tuvieron que transformar en silencio. Lo que inició como disonante era, ahora, común y no hacía mucho que descubrieron que ya no tenían que hacer ningún esfuerzo mental para ahogar las risas funestas, las bromas pesadas, las ordenes ricas en microscópicos escupitajos que se asentaban en la piel de subordinados aterrorizados que, poco a poco, se transformaban en eso que tenían que odiar. Ahora, sin embargo, ni siquiera eso, lo cual hizo pensar que ellos también escuchaban atentos, que sabían que algo pasaba cerca de ellos, una cuadra más debajo de ellos inclusive. No podían no saberlo, todos lo escuchaban, todos estaban atentos al roce pieles, a los toques apresurados, a los ropajes siendo arrancados, los sonidos de los movimientos invasivos que ocasionaban los grititos y el jadeo y ¿los besos? ¿las risas? ¿Qué estaba pasando?

El silencio volvió pero no tardó en ser interrumpido por susurros que una voz suave profería con angustia y que una voz más gruesa, que no se molestaba en susurrar, callaba con algo que sonaba a una bizarra combinación de dulzura e impaciencia. Pero los susurros insistían, cada vez menos tensos, cada vez más sonrientes, hasta que el sonido de pequeños besos fueron ocupando el ambiente y pronto volvieron los jadeos, los grititos, los toques húmedos, el roce de pieles y otros nuevos sonidos fueron apareciendo. Primero el viento trajo el rumor de un golpe seco contra el concreto, luego con su silbido frío le dio una agradable armonía a la curiosa canción de dos cuerpos rodando por la acera. Fue entonces que los roces fueron creciendo, los grititos cesaron y a los jadeos se sumaron otros jadeos más ansiosos, como adoloridos pero anhelantes y la calle entera cerró los ojos para escuchar mejor. Esos eran definitivamente besos, esas por supuesto que eran caricias, aquello ¿era o no era? Los habitantes de la calle Mercedes estaban confundidos, no porque desconociesen aquellos ruidos sino que algo novedoso en ellos les arrebataba la calma de lo conocido y los sumía en el terror de algo que parecía novedoso. Entonces volvió el gritito pero esta vez ya no era suave, ni entrecortado, ahora era fuerte, hermoso, cortado solo por pequeñas pausas que se daba la voz para respirar. Los jadeos, en cambio, bajaron su frecuencia pero se hicieron más potentes, compitiendo por el protagonismo entre tanto sonido en el silencio de la noche.

La calle Mercedes escuchó todo y solo algunos se animaron a utilizar el olfato para confirmar qué sucedía gracias a ese olor tan peculiar, ese aroma que los románticos insistían en rememorar con demasiado goce pero no detectaron el olor de moretones, ni golpes. Sí captaron sudor, alcohol, saliva y tantos otros fluidos conocidos para sus narices que jugaban a una especie de tula con un perfume que olía a sandía y un desodorante lima-limón. Mientras tanto la sinfonía creció, su armonía llegó al barrio entero, muchísimos más ojos se cerraron, ya no tanto para seguir la rutina de ignorar lo que usualmente pasaba cerca a la comisaría, como para no perderse detalle de esa canción que la novedad les traía, preguntándose qué clase de almas foráneas podían animarse a traer aquella composición escandalosa a un escenario tan público y habituado a canciones más violentas y sangrientas. Por un rato el barrio enteró calló ante el volumen de la sinfonía y, con las caras coloradas, con los ojos en el suelo, los habitantes de las casas optaron por hacer lo que siempre hacían y no dijeron ni hicieron nada, esta vez azotados por un pudor que intentaba esconder los deseos que aquellos ruidos les evocaban, estáticos en la última actividad en que aquellos sonidos los habían pillado. Y esperaron, silentes, a que todo terminase en esa conclusión abrupta, aliviadora, esa peculiar mezcla simultánea de jadeos, gritos, chorros, besos, palabras, sudor cayendo contra la piel, contra el concreto, dedos recorriendo kilómetros de lo que sonaba como una larga y sedosa cabellera, la distensión de la piel, el suspiro que terminaba con los jadeos, los botones siendo abrochados, la incomodidad rota con un besito que fue extendiéndose hasta hacerse un beso de esos que escuchas en las películas. Un taxi siendo detenido, una puerta cerrándose y ocultando el rumor de un par de voces que hablaban como si se les permitiera hablar en voz alta, el silencio retornando pero todavía incomodo, todavía sorprendido de haber sido mancillado de esa manera hasta que la comisaría volvió a sus ruidos habituales y solo así pudieron las casas volver a estar en paz.

Yesenia abrazada de la jirafa púrpura esconde el escote, y con una enorme mochila caqui la forma de sus piernas tras la calza y la falda. El extraño de pelo largo la mira desde los asientos de enfrente. Es obvio. Demasiado. La mira sin vergüenza, se la come con los ojos, mueve incómodo la entrepierna cada que se reacomoda en el asiento. Yesenia escucha a su madre parlotear algo acerca su hermanita y de fondo la lengua incompresible de las informaciones de aeropuerto proclama algo que a ella no le incumbe. El clima está templado y agradable. No hay mucha gente alrededor. Solo un par de ancianos, un gringo que esconde su obvia calvicie y que mira a una fea de cuerpazo que, notoriamente, resiente a Yesenia las miradas robadas. Hay, además, un par de niños con su agotada madre que parece querer dormir. Y él, claro. El extraño de pelo largo y ojos grandes.

Yesenia detesta la manera en que la mira. Como hambriento y desesperado. Fijo y sin distraerse. Su madre no lo nota. Ella sigue dale que dale con hablar de Roxanita. Pinche feta malcriada. Se larga de vacaciones con su tía y retorna embarazada ¡Con qué cara llegaría la tonta! Ya su madre no mostraba huella alguna de todo el llanto que ella se había tenido que tragar. Demasiado bien sabía que Roxanita no tendría que ver a su mamá llorar y algo en ello le sonaba injusto. Revisó la pantalla de vuelos a su izquierda. Obvio. Roxanita, también en eso, se retrasaba.

La chica del cuerpazo se pasea por ahí. Meneándose como loca la muy culisuelta. Habla por el celular meneándose. De aquí a allá meneándose. Delante del gringo meneándose. Pero el extraño ni la mira. Sigue fijo en Yesenia.

– Perra – se le escapa.

– ¡Hija! ¿Cómo se te ocurre? Es tu hermana – alcanza a escuchar.

– No mamá. No la Rox. – responde señalando con la cabeza a la culisuelta.

– Hija, tenemos que apoyar a tu hermana, tenemos que… – la ignora su madre. Yesenia reflexiona. Aquel “tenemos” lo venía escuchando desde que Roxana había nacido. Desde beba que la malcriada se las arreglaba para desacomodar su vida. “Tú serás 12 años mayor así que debes cuidarla mucho” le dijeron con el tono con que se sentencia de muerte a un adolescente. Así perdió el cuarto, la ropa, las muñecas, los cariños, los tíos, las primas. Todo. “Yessy, la beba lo necesita.”, “hija, tu hermana también vive en esta casa.”, frases derivadas que poblaron su adolescencia y que ahora las escuchaba retumbar en su cabeza mientras su madre seguía con la perorata y el extraño de pelo largo continuaba mirándola a ella. Solo a ella.

“¿Será que me vine muy provocativa?” teoriza Yesenia poniendo a un lado la mochila y el peluche, dejando respirar aquel amplio y generoso escote que dejaba entrever sus maravillosos senos. “Ahora a la Rox le crecerán” pensó decepcionada, o quizá asustada de verse superada. Revisa su falda negra y corta adornada por encajes que le dan estilo a la apretada calza púrpura que se puso y se pregunta si el extraño de pelo largo es de esos que se excitan con algo tan chontano ¿O sería que aquel extraño miraba su cabello por aquel rojo claro que teñía el castaño del cuelllo para abajo? ¿O sus ojos, su nariz, sus labios, mucha pintura tal vez, o poca en todo caso? ¿Era por las botas? ¿Los aretes? ¿Qué mierdas veía el pervertido ese con tanta fijación?

Los niños armaban tremenda bahatola y los ancianos los miraban enojados. Yesenia no tenía calor pero sudaba. Sobretodo en el pecho y los piercings. Por un rato, mientras miraba a todas partes, se dedicó a sentirse avergonzada de su posible olor hasta que reparó en que el extraño de pelo largo estaba muy lejos como para olerla. Rió. Y meneó el pelo mientras lo hacía. Se avergonzó ¿Por qué tenía que hacerse a la sexy?

Entonces sucedió. Fue un golpe tremendo e inesperado, un miedo angustiante apretándole el pecho, dilatando sus pupilas, erectando sus pezones y creando un compás jazzero con sus latidos. El extraño se levantó y caminó hacia ella. Apurado, indiscreto, sediento fue acercándose y Yesenia paralizada ya ni pensó en Roxana o su madre. Solo en ese maldito acercándose tan seguro de sí. Sin saber si temía que el tipo ese la besara o la violara, o si es que lo que más temía era admitir que quería que el tipo la arrancase de su vida, la alejara de la realidad y la sumergiera en una fantasia sexual donde el olvido es un deliquio permanente, donde el placer no da paso al pensamiento y los cuerpos sudados y desnudos son un estado natural. Por eso no quiso aceptar que la ignorara por ver la pantalla de las llegadas y salidas de los aviones. No quiso tolerar que el desgraciado regresara campante a su asiento y hasta se atreviera a conversar con el gringo obviamente calvo mirando en dirección de la culisuelta. Mamá aun hablaba, Roxana no llegaba, los niños gritaban y la culisuelta se meneaba por aquí y por allá, por aquí y por allá y por aquí y por allá como si fuera la reina de algo tan vulgar como un cuerpo operado y vistoso. Yesenia miró su natural ampulosidad de sus senos, que caían un poco por su amplitud, y los comparó con aquel par de melones perfectos y esféricos de la culisuelta, que, de paso, parecía tener una cola con forma de manzana y cuya cara de seguro era muy distinta a la que tenía desde niña, ni así logrando verse medianamente decente. Abrazó, rabiosa, el peluche de jirafa púrpura que había comprado para regalar a su hermanita ¿Por qué podía la culisuelta menearse con semejante esperpento falso y artificial, cuando ella misma era toda una mezcla de redondeces que los hombres anhelaban probar? ¿Quién era ese extraño de pelo largo para dejar de verla luego de haber sido tan intenso con su manera de cosificarla con la mirada?

Cruzó las piernas. Mordió a la jirafa púrpura y le chupó el hocico mientras la alejaba de sí lentamente y mirando al vacío. Yesenia actuaba de puro reflejo mientras en su mente se arremolinaban imágenes variadas. Recuerdos, alegrías, rencores y frustraciones se mezclaban en un coctel que la emborrachaba. Se acomodó el corpiño y pasó los dedos por su pelo. Cerró los ojos y puso una mano encima su cabeza y la otra en el cuello. Y acarició. Lo hizo como por accidente, sin nunca abrir los ojos, ansiosa de saber si era observada, bajando un poco y deteniéndose en esa raja amplia y profunda de su pecho, sintiendo que a sus bultos le crecían un par de bultitos que gritaban por debajo de su delgada blusa ploma para hacerse notar. Cerró los ojos con más fuerza y murmuró algo como “por favor” al notar chillidos histéricos de su madre a lado. “habrá llegado la Rox” se dijo mientras una mano apretaba a la jirafa púrpura y la otra dejaba de demorarse en los senos para pasar al estómago y ahí tardarse cuanto pudiese en el ombligo y el piercing hasta que los zarandeos de su madre la fuerzan a abrir los ojos.

Los niños están quietos. Los ancianos cardiacos. La culisuelta fruncida. El gringo calvo divido entre la excitación y el escándalo. Su madre grita, levanta el nombre de Dios y se pregunta por qué esas hijas le tocaban a ella. Pero el extraño de pelo largo no parece reprochar nada. Él la mira con intensidad, con las manos crispadas, resoplando y con expresión de sorprendido, quizá maravillado, probablemente asustado. Ella lo mira fijamente y confirma que en los ojos del extraño de pelo largo se refleja la lujuria más pura, el deseo más profundo, el terror más abominable y entonces llega Rox y el culmen de todo acontece cuando la madre la ignora. Yesenia sonríe, abraza a su hermana, le entrega su jirafita, le anuncia que ya no es niña, le da la mano y se alejan en paz, haciendo oídos sordos de las quejas maternas, del murmullo de los ancianos, del sonido de la confusión de los niños y los pantalones apretados de gringos y extraños de pelo largo. Se alejan sin nunca mirar atrás

 

Las calles atiborradas de juventud se empapaban en la guerra encarnizada que cada año se repetía en las vísperas de carnaval. Armados de chisguetes, baldes y globos con agua que inflaban en sus casas, o que compraban a las caseritas astutamente apostadas en cada esquina, bien cargadas con bolsas llenas de globos o tarros de espuma sintética que le daban esa coloración blanca a los empapados heridos de la batalla.

Era puro caos. No teniendo uniformes, ni bandos concretos más allá del casual o el formado por afinidad, en aquella guerra las balas bien podían ser apuntadas al grupo de gente en la acera de enfrente, o a los que se paraban a lado tuyo, incluso a los osados jinetes de camionetas que lanzaban sus globos a todos los viandantes, expuestos a los contraataques de los atacados. La avenida de las Américas no tenía mucho tiempo de vida, aun menos como punto de encuentro popular en la ciudad, pero había reemplazado a la plaza principal como escenario de esa, ya tradicional, guerra carnavalera.

Mes y medio antes de la fecha festiva, los más jóvenes salían bien armados hacia aquel nuevo punto de encuentro y auspiciados por un sol jubiloso buscaban víctimas para sus municiones de agua, prefiriendo empapar a chicas mientras más jóvenes y hermosas mejor, pero que llegado el momento de la verdad no había discriminación, especialmente cuando las chicas abandonaban el reparo tonto de las víctimas y se unían a la guerra, demostrándose en ocasiones guerreras más eficaces y certeras. Las tardes de enero y febrero se convertían en riñas plagadas de carcajadas y gritos en los labios y voces de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que festejaban la llegada del carnaval. Era bien sabido que a medida que la fecha esperada se acercaba, nuevos elementos se iban incorporando a estos festejos. Primero se empezaba con pocos globos pensados para víctimas selectas, después aparecían chisguetes como para contrarrestar el aumento de esos globos, ya de ahí era una seguidilla de espumas, baldazos, trago, bandas de música y gente que convertían la avenida de las Américas en intransitable.

Eran vísperas del carnaval de aquel año, pero nada parecía muy distinto. Hoy recordamos ese episodio como una anécdota simbólica de todo lo que nos pasó después, seguros de que, efectivamente, pasó pero inseguros de porqué quisimos ignorarlo y hasta asertivos de que de haber sido otra la historia…pero cada quien ha sabido sacar su propia moraleja de lo dicho y de lo acaecido. Sucedió así: fue una tarde más, el sol no brillaba mucho pero su ola de calor era obvia en lo ligeros de ropa que andaban todos. De aquí a allá se veía más piel que telas, y cuentan que por mucho que el calor no era nada que los nativos de esa ciudad no pudiesen manejar, sí era una invitación a disfrutar una cerveza helada, porque todos sabían que al calor del sol nada tiene mejor sabor que eso. Faltaban apenas días para el carnaval, pero un observador ajeno habría pensado que aquel era el mismísimo día festivo. No podría culpársele, si de lleno se encontraba la avenida atiborrada de gente en ambas aceras, separadas por un hermoso paseo peatonal, una avenida donde podían verse a los bandos lanzando globos y gritando como locos al compás de cantos y bailes. En el ambiente los ruidos más comunes eran los de los globos golpeando puertas de fierro, madera, latón, o estrellándose contra el suelo y las paredes si acaso fallaban, pero también podían escucharse los alaridos de las chicas perseguidas por una ruda mayoría masculina, las voces roncas de risa de muchachos bien metidos en el romance de esa guerra, el silbido de los globos surcando el aire, las bocinas de los autos, la música con que trompetas , trombones, platillos y tambores amenizaban los ruidosos sorbos con que hasta los más jóvenes consumían sus cervezas, amén de los refunfuños rabiosos en que los ajenos a esa guerra declaraban al país como una mierda.

La avenida era larga para los estándares de esa ciudad. Originalmente gris, el paso del tiempo había poblado los barrios circundantes de tal forma, que cuando una familia endeudada hasta la médula se hizo millonaria poniendo un negocio de pollos en ella, pronto una fiebre sin igual se apropió de los ciudadanos, quienes se apresuraron a adquirir propiedades en las cercanías de la avenida de las Américas, mismas que pronto dejaron el gris y el blanco con que habían sido edificadas y fueron pintarrajeadas según el negocio que ahí se abriría. A lo largo de los años, hasta que llegó la ruina que destruyó el espíritu de esa ciudad, la avenida de las Américas vio desfilar los colores de un sinfín de negocios, que en su mayoría fueron locales de comida que competían encarnizadamente para cerrarse los unos a los otros, a tal punto que un día, mucho después de lo que les cuento, estalló ese episodio curioso que los más bromistas llamaron la Guerra de las Frituras pero que los economistas más avezados nombraron la Metáfora del Fin, cuando la analizaron a la luz de las ruinas de nuestro país muerto y finiquitado. Pero en ese entonces, durante aquel carnaval que les narro, la avenida estaba en el punto más alto desde su creación hasta su fin. Los negocios trajeron carteles comerciales enormes y brillantes que dieron luz a la oscuridad tan célebre del lugar, donde por muchos años prosperó la criminalidad que haría tan famosa a una avenida que luego fue conocida como faro de esperanza del desarrollo económico de una ciudad, hasta del país. El resto de las luces las puso alguna de las muchas corruptas gestiones de la alcaldía local, y a medida que la avenida ganaba popularidad comenzaron a llegar más adornos para acompañar las luces naranjas de los postes y la iluminación de los carteles donde predominaba el rojo, el blanco y el amarillo. Luces que bañaban el guindo suave de los mosaicos del paseo que la alcaldía puso al justo medio de la avenida y que, de alguna forma extraña, combinó bien con el plomo de la calle y sus rayas blancas que delineaban las indicaciones de tráfico. Aquel día, sin embargo, todos aquellos colores se veían oscurecidos al estar bañados en el agua de los baldazos derramados y los proyectiles fallidos, a eso se sumaban no solo los colores de las ropas de los luchadores, o las chillonas estelas aéreas que dejaban los globos rosados, naranjas, blancos, negros, rojos, azules, celestes, amarillos, púrpuras y verdes, sino que también entraba en aquel óleo el color moreno, blanco, canela y marrón de las pieles al descubierto, causando una impresión fuerte en quien fuera que veía aquella escena, en especial cuando la luz del mediodía empezó a bajar y la ilusión de una guerra en sepia maravilló a los pocos exquisitos que dieron una breve pausa a la diversión para admirarse de toda aquella implosión de tonos y colores. Nunca olvidarían aquel día, pero esos pocos exquisitos tendrían la fortuna de recordar la tonalidad sepia por encima de todas las cosas.

Ahora, a la gente le gusta creer que el principio de la caída de nuestro país estuvo en la Metáfora del Fin, y no les damos la contra; pero muchos entre nosotros creemos que aquel carnaval fue una profecía, un ultimátum karmático enviado por el cosmos, o Dios, o cualquiera de esas expresiones de lo divino, de modo que nos avivemos un poco y tomásemos medidas para no terminar, justamente, donde terminamos. Pero, como en aquel capricho que nos quitó un mar, decidimos ignorar un par de detalles y el episodio sería recordado como peculiar tras ser pasado por el riguroso filtro de varias censuras. Pasó justo cuando aquel efecto sepia tomó su lugar en las percepciones de todos los batalladores, el alcohol corría libre pero en moderadas cantidades, pues los carnavaleros tempranos sabían que la verdadera borrachera debía ser reservada para la siguiente semana. La batalla de agua llevaba horas vigente, pero las risas todavía fluían, tanto y tan bien, como las numerosas pilas con que llenaban globos, baldes, chisguetes y todo aquello con que pudiesen mojar a otra persona. Había gente de todas las edades compartiendo y las bandas repetían canciones populares que la gente bailaba feliz mientras seguían bien metidos en aquella tradición.

Lo cierto es que, aun hoy, nadie se explica qué fue lo que pasó con el agua. Cuando fue analizado después, nadie pudo a ciencia cierta aclarar por qué el agua cesó de fluir y ya ninguna pila pudo proporcionar el preciado líquido de las municiones. Por un rato, ante la mala nueva del corte de agua, el campo de batalla quedó completamente inmóvil, divididos entre decepcionados y resignados que miraban a los lados buscando una fuente mágica de agua que nunca encontraron. Aquel habría sido el final de aquel episodio, de no ser por el descuido de un muchacho quien encontró una cerveza agitada en su bolsillo, abriéndola y rociando con su líquido color orín a un par de amigos, los cuales se maravillaron ante aquella idea brillante, aun si por lo demás aquel muchacho les parecía un patoso inútil, y celebraron aquel acto con risas mientras derramaban sus cervezas en el rostro del ocurrente desgraciado. Aquel gesto pronto fue imitado por todos aquellos que los rodeaban y la guerra en sepia reinició con nuevo brío, condimentada por el descubrimiento de aquella nueva munición que sustituía al agua perdida. No pasó mucho tiempo para que las latas de cerveza se agotasen y los luchadores tuvieran que apresurarse a comprar más de los negocios cercanos, cuyos dueños no cabían en sí de la alegría y cuyas sonrisas maravilladas por el flujo de dinero entrante quedaron plasmadas para siempre en rostros terroríficos de amargura, estancados en una sonrisa eterna. Ni bien el alcohol se terminó en las reservas de las tiendas, los luchadores, ahora empapados de agua, cerveza y espuma, procedieron a alzarse jugos, gaseosas, helados, vinos, singanis, vodkas y todo lo líquido al alcance de sus manos, de modo que la diversión no cesase por algo tan ridículo como falta de municiones. A estas alturas el dinero estaba de más y los luchadores no tenían tiempo de pensar en algo tan mundano como pagar mientras eran necesitados, ahí afuera, en una guerra sin cuartel ni bandos. Las calles desprendían un fuerte olor a alcohol combinado con los dulces aromas de todos los refrescos y bebidas espirituosas utilizadas, mezcladas en el aire con el sudor humano expulsado durante el esfuerzo de seguir cargando y lanzando globos y baldazos, sin que el ruido de la música y las carcajadas cesase. El cielo nuboso empezaba a oscurecer el tono sepia, pero este seguía tan intenso como antes cuando, atraídos por la fatalidad, aquellos que se habían encerrado en casa para no jugar salieron de sus guaridas picados por el escozor de la curiosidad y se unieron sin mucho trámite a la guerra que no parecía ni cerca de estar terminada.

Muchos generales, que se otorgaron a sí mismos dicho cargo, miraban desde algún punto estratégico el caos de la batalla, preocupados por la cercana falta de municiones. Algunos bromearon sonoramente con que podrían usar las lágrimas de los mercachifles saqueados, pero si no lo ponían en práctica era porque aquel era un método estúpido por lento. El milagro les llegó cuando la avenida entera se detuvo a respirar, inspirados quizá por el hado desgraciado de la nación, y fueron testigos de ese solitario globo azul oscuro surcando el cielo color atardecer, que descendió en una parábola perfecta hasta chocarse con un joven de piel canela y ojos lóbregos, cuyas ropas celestes y amarillas recibieron el impacto del globo que al estallar lo tiñó en el escarlata oscuro de la sangre. Aquel momento sería el más recordado, pero el menos verbalizado cuando la censura quiso evitar que recordásemos los eventos en el país, en cuya historia final se registró este episodio como algo mundano pero que hasta ahora no ha sido perdonado en la memoria de quienes lo vivieron. Un minuto entero miraron todos al joven anonadado y cubierto en sangre ajena. El silencio reinó, ni siquiera la naturaleza se libró del hechizo de ese momento, pero poco a poco un rumor de un clamor ancestral despertó en las voces de los guerreros de aquella batalla y, aun carcajeándose, retornaron al ruido ensordecedor de la guerra, llenando los globos, baldes y chisguetes con orines primero y desangrando a los más débiles para que, al menos, sirviesen como munición. Pronto las plomas calles se volvieron moradas de tanto líquido derramado, al que ahora se incorporaba la espesa sangre. La guerra en la avenida de las Américas no arreció, mas se intensifico a puntos bíblicos y más raros que la ficción donde los colores de un cielo, de pronto completamente rojo, exaltaban los sentidos de los guerreros, quienes reían contentos y felices al son de la animada música que las bandas aun tocaban y que las voces replicaban con cantos afinados al compás de una fiesta popular, ruidos que camuflaban el rumor de los cuchillos abriendo la garganta de hombres, mujeres, ancianos y niños y sus estertores penosos con que abandonaban la vida para nutrir la guerra de aquella tarde en sepia.

Todo terminó cuando la brisa de la noche causó frío en los luchadores empapados de cuanto líquido era concebible, y quienes pronto se retiraron a sus casas para asearse lo mejor que pudieron ante la falta de agua. Así, sucios, se trasladarían a los bares del centro de la ciudad a beber en silencio, intentando enterrar en el olvido las pilas de cadáveres que adornaban la avenida de las Américas, cuerpos ahora fríos que ellos mismos habían ayudado a enfriar. Por un tiempo los cuerpos quedaron ahí apilados, pudriéndose en las bondades del calor a lado de los restos multicolor de los globos reventados y las brillosas latas de cerveza vacías, hasta que la alcaldía y el gobierno mandaron gente a limpiarlo todo sin hacer mención alguna sobre lo acaecido y más bien pidiendo a la gente el buen gusto del silencio y la discreción. No pasó mucho antes de que las rutinas retornasen y, por acuerdo tácito, nadie celebró funerales ni lloraron a todos los caídos de aquel día. El agua volvió una semana después, precisamente el día de carnaval, y la gente celebró el feriado bebiendo alcohol pero sin jugar a ninguna especie de guerra, contentos de al fin poder bañarse en ese país de mierda donde ni agua había para carnavalear.

 

Sería un día sin igual en aquel aeropuerto internacional. Empezaría con una mañana vibrante y hastiada de vida que arribó con el sol alrededor de las seis de la mañana, trayendo con ella los primeros bostezos de viajeros que despertaban de un sueño incómodo en los estrechos asientos de la terminal aérea. En años por venir, los empleados veteranos de las distintas aerolíneas, los mozos ancianos que cuidaban el aeropuerto para que se viese relativamente impecable y hasta la mafia dinástica de choferes apostados en la calle, metidos en taxis y minibuses, atentos con sentidos de buitre a rasgos foráneos pues preferían a clientes extranjeros para sacar una propina extra, todos y cada uno de los que quedaron recordarían ese día como inundado por una belleza inusitada, no solo en el aire general del aeropuerto, usualmente ajeno y bullicioso, sino en la apariencia de tanto pasajero atractivo que congraciaba la mañana de aquel día memorable.

La larga edificación poseía suelos de mármol y paredes pintarrajeadas según la aerolínea que las ocupaba. Por eso se podían ver combinaciones fortuitas de colores como un azul oscuro a lado de un naranja chillón que parecía darle espacio a un rojo sandía, el mismo que poco a poco pasaba a ser plomo para retornar violentamente al rojo pero esta vez con tonos sangre escarlata derritiéndose en celeste, gris, amarillo y blanco en todos aquellos espacios en que no se erguía algún mostrador o vitrina que contribuyese al caos de tonalidades con sus parcos colores de material de oficina, o el variopinto vómito arcoíris de los productos que los comerciantes aprovechaban para vender a diez veces el precio original con ánimos, de nuevo, de desangrar las billeteras extranjeras y locales por igual.

Fue cuando el sol terminó de asentarse, y con su luz cambiar la gris madrugada en una mañana con miras de soleada, que el aeropuerto fue invadido por muchas almas, algunas apresuradas, otras no tanto, rendidas a los ajetreos del estrés de hacer filas largas en las que se tenía que esperar hasta que el avión partía sin uno, u ociosas en la lenta manera en que pasaba el tiempo antes del momento de vuelo; almas camufladas entre miles de extraños procedentes de sabía Satanás qué tierras recónditas e historias extrañas. Aquello era algo regular en un edificio tan habituado a la misma eterna rutina, pero lo curioso fue que de alguna forma ininteligible para los habituales de la terminal, todos los que ingresaban aquella mañana eran bellos ejemplares de distintas formas de belleza, tan externa que su entrada levantó suspiros y cortó respiraciones hasta de los más exigentes jueces de lo estético y/o ciegos en los tules del amor.

Sería, también, una mañana memorable en la vida de Martín Riggan, quien gracias a uno de esos cósmicos y comunes descuidos de una línea aérea, arribó al aeropuerto cuatro horas antes de un vuelo cuyo destino lo llevaría a la penosa tarea de enterrar a una buena parte de su familia en el olvido final de la muerte. Todo triste y amargado llegaría junto al punto más intenso de la resolana matina, e inmerso en los dolores del duelo por tanta muerte, además del desconsuelo secreto de enamorado contrariado, no vería más allá de su amargura, atrapado por imágenes que el despecho y la frustración formaban en el silencio de sus pensamientos. Fue así que no pudo notar el obvio nerviosismo de los empleados que lo atendían, ni la fascinación de los muchos con los otros que dio de qué hablar durante bastantes años. Martín Riggan no vio a la sueca casi albina cuyo pelo rubio parecía blanco y enmarcaban un rostro frágil bendecido por unos enormes ojos celestes, ni tampoco se detuvo a contemplar las precisas redondeces que exhibía una joven de porte desafiante y seductor, que de no haber tenido aquella figura prodigiosa se habría bastado con sus meros aires eróticos. Tampoco notó al alto y flaco inglés cuyo canoso bigote de morsa daba la impresión de un control casi bendito sobre las voluntades de quien fuera que se animase a hablarle sin detenerse en sus ojos cálidos y su sonrisa fácil. Martín Riggan no notó a ninguno de ellos, así como tampoco notaba a todos los otros exponentes de algún tipo de sublimidad estética hasta que, una vez terminados los trámites de vuelo, estuvo bien apostado en la mesita de un café de aeropuerto con un brebaje colombiano, mezclado con leche y vainilla, en mano. No fue hasta que estuvo así que notó a Claudia Márquez sentada junto a su madre en la mesita de enfrente, bebiendo una taza de api humeante y empanadas fritas que no se parecían en nada a los golosos festines que las apieras vendían en los mercados de la ciudad.

Claudia se sabía preciosa, pero por su hermosura discreta que solo ciertos ojos alcanzaban a admirar en su totalidad. Los más se dejaban guiar por su belleza inmediata, la belleza fácil que todo el mundo notaba y en la que se perdieron más hombres de los que ella hubiese deseado a lo largo de su vida. Años más tarde, luego de una serie de eventos desafortunados y un marido seducido muy tempranamente por la Parca, Claudia hallaría solaz en una encarnizada nostalgia que le devolvía a los días felices con aquel marido que la había dejado viuda, y la memoria coqueta de ese día en el aeropuerto cuando notó los ojos tristes de Martín Riggan deteniéndose, heridos, en ella y tardándose en su rostro, en su cuerpo, en el enorme bolso Adidas donde llevaba un libro, una billetera, el perfume del que se enamoraría su futuro esposo y un par de regalos que los familiares a quienes visitaría no apreciarían para nada.

Fingió no haber notado nada y miró a su madre sin mirarla, tratando de distraerse del efecto sensual de aquellos ojos tristes recorriéndola, fallando miserablemente e intentando encontrar distracciones a su alrededor. Pero por mucho que por un rato se distrajo en los aires aventureros de mochileros barbados de ojos claros, seguramente fugitivos de alguna película romántica, o la elegancia de ejecutivos cuyos ojos despiadados contrastaban con sus sonrisas derretidoras, o hasta en los músculos bien marcados de los miembros de un equipo de fútbol, quienes esperaban ruidosamente a que su vuelo saliese, ninguna de estas distracciones estéticas le quitó el escozor que los ojos tristes de aquel desprolijo joven con gestos de anciano le causaron. Era una belleza distinta a la del guitarrista de la otra mesa con sus aires bohemios y melena larga y perfecta, o el curioso atractivo del gordito petiso y cuarentón que hacía cola para una aerolínea de paredes escarlata como sangre recién derramada bajo la luz del sol.

Martín Riggan olvidó, por un instante, los estertores de tanto pariente muerto y la pena que la distancia de Alejandra Borzueta, a quien consideraba el amor de su vida, causaban en su ánimo. Contempló a Claudia Márquez casi con avidez obsesiva, como si no existiese otra mujer en el aeropuerto. Complacido en ese rostro algo cuadrado de facciones suaves y amables, cuyo secreta sensualidad reposaba en la dureza con que se escudaba de que alguien le notase la ternura. Aun de viejo recordaría Martín el cabello negro y largo, liso y brilloso, las cejas peculiares encima de unos ojos oscuros y sinceros, la piel nívea revestida por un top sin mangas que apenas ocultaba su ombligo pequeñito, la chamarra de cuero café tan corta que apenas le llegaba a la cintura, bajo la cual un apretado jean cubría sus piernas robustas y el durazno perfecto que su trasero evocaba. Pero ni en el lecho de su muerte, con esas imágenes nítidas que su mente moribunda le proporcionaba, caería en cuenta que aquella Claudia podría haber sido la rebelde hermana gemela de Alejandra Borzueta.

Los aviones llegaban en hora pese a que el radiante sol, con que había empezado aquel peculiar día, ocultó su brillo tras nubes grises, y algunas otras blancas, que incrementaron la intensidad de sus escasas coloraciones gracias a la luz del astro. Los futbolistas movían las cabezas sin descanso para no perderse nada del desfile de bellezas que iban y venían por la terminal aérea; muchachas de ojos gráciles, figuras infartantes o sonrisas cautivadoras que fingían no notar el descaro con que las miraban tipos de mandíbulas firmes, sensuales posaderas, de miradas confiadas y manos grandes o pequeñas. Algunos viajeros incansables, otros ocasionales pero todos contagiados del placer fácil de contemplarse los unos a los otros, de aquel remanso de belleza que inspiró al amor a muchos aquel día, pero que se concretó en muy pocos casos, algunos cortos y babilónicos, otros románticos y que duraron para siempre, pero todos épicos.

Cuando faltaban tres horas para que partiese el vuelo de Riggan, Márquez le hizo un guiño cómplice a su madre mientras se levantaba y se sentaba en la mesa de Martín como si lo conociera de toda la vida, mientras este dejó de pretender que leía Los Detectives Salvajes y se quedó en silencio, mirándola. Ella le sonreía con todo el cuerpo, a él la tristeza se le escapaba hasta por los poros y por lo mismo ambos quisieron devorar al otro en un abrazo que poco a poco fuera dando espacio a un beso colmado de caricias. Pero el mundo real los dejó quietos, soñando despiertos en futuros que no llegaron jamás y nerviosos como solo estarían pocas veces en las distintas vidas que tuvieron.

Azuzado por el peso del amor, Riggan dijo algo sobre lo extraño que era que ningún vuelo se hubiese atrasado y ella, sonriendo aun más, comentó que de seguro algún milagro estaba en camino para que algo así sucediese. Rieron, no supieron porqué pero lo hicieron y después la conversación fluyó sin obstáculos, dejando atrás a todos los apuestos y las bellas, las bonitas y los guapos, las sensuales discretas y las muy obvias, los moldeados en máquinas médicas que preferían el camino fácil, o los otros que surcaban el camino de sudores en rutinas físicas que solo aquellos de disciplina más férrea conseguían continuar. Martín y Claudia se olvidaron de mirar de reojo la magia de aquel espectáculo peculiar y, a grandes rasgos, se avocaron a conocer la historia el uno del otro. Confesaron sus particularidades de rutina y hasta se atrevieron a mostrar uno que otro defecto, cuyo descubrimiento solo avivó la curiosidad con que él quería escuchar la voz de adolescente ronca que tenía Claudia y con que ella se internaba en el misterio de la tristeza en los ojos de Martín.

Faltaba una hora para el vuelo de Riggan cuando la madre de Claudia se levantó de la mesa. Hizo cuanto pudo para demorarse pagando la cuenta y leyendo sabiduría barata en el retrete, hasta que ya no pudo esperar más y se paró delante su hija mirándola con harta significación que esta entendió y a la que respondió con un gesto que solo comprendería su madre. Decepcionados, Riggan y Márquez intercambiaron datos que usaron para contactarse con avidez a lo largo de los años, sin nunca poder volver a verse más que en las fotos colgadas en las muchas redes sociales por las que se siguieron hasta sus respectivas muertes. Se abrazaron por un largo minuto, se dieron un piquito sin ninguna timidez inoportuna que viniese a arruinarles la fiesta y se miraron todo cuanto pudieron mientras ella tropezaba su camino a la sala de embarque. Riggan pagó el café que había consumido, tomó su bolso de mano en el que por las prisas había metido medias desiguales, poleras sucias y una chaqueta ajena cuando aquella misma mañana hizo el equipaje para viajar a enterrar a numerosos parientes muertos.

Martín dedicó la hora que tenía para matar en un paseo pausado por el mármol del aeropuerto, ignorando los colores de las paredes y notando vestidos rosados con puntos negros  que hacían vistosas unas piernas por demás normales, poleras sencillas y muy usadas que daban un aire romántico a mochileros demacrados; Martín marchaba contagiándose del embelesamiento general de la gente, recordando a Claudia, añorando a Alejandra, ignorando a los muertos, confortablemente adormecido en las risas fáciles, los silbidos coquetos, las miradas pícaras, las voces eufóricas, el sonido del caminar tierno de los niños, la venerabilidad con que se quejaban los ancianos y la eficacia de los empleados, quienes se sorprendían a sí mismos con lo bien que iba todo, incapaces de siquiera pensar que algo podía salir mal.

La tristeza retornó a Martín Riggan cuando faltaba media hora para la salida de su vuelo, al que esperaba en la misma sala de embarque en la que hacía apenas una hora estaba Claudia Márquez, toda sonriente y expectante del futuro. La belleza seguía alborotando los ánimos de las almas que ese día estuvieron en ese aeropuerto y que no desaparecería hasta mucho más tarde, por la noche, cuando unos nubarrones repentinos, no predichos por ciencia o magia alguna, empezaron a formarse en un cielo que permaneció gris durante todo el transcurso de aquella jornada de beldad. Riggan abandonó todo pensamiento grato, o no grato, y con mucha dificultad apartó su mente de lo bello, a sabiendas que pronto enfrentaría tareas tristes y difíciles. Escuchó el llamado al embarque en los parlantes de la sala y dedicando pensamientos cariñosos a Alejandra Borzueta, antelando el paisaje maravilloso de las nubes como una tierra encima de la tierra, abordó el mismo avión que por la noche, gracias a la violenta fuerza de una súbita y negra tormenta, se estrellaría contra la imponente terminal que albergó tanta belleza en un solo día, matando a muchos que apenas notaron sus muertes, muertos en vida por las maravillosas sensaciones que causaba la contemplación de lo sublime.

 

– Mira a tu cuerpo –

Una marioneta pintada, un pobre juguete

De partes unidas listas para colapsar,

Una cosa sufriente y enferma

Con la cabeza llena de falsos imaginarios

La Dhammapada

Las hermanas Escobar y yo teníamos mucha historia entre nosotros cuando tocaron mi timbre aquella mañana de invierno. Estaba yo totalmente cansado y asqueado de los excesos de la noche previa, así que el retumbar infernal del timbre me despertó de un profundo letargo que solo abandoné por la insistencia del repiqueteo de la campana. Cuando abrí la puerta me las encontré, de repente, frente a mí tras un año y medio que no sabía nada sobre ellas. Quedé totalmente petrificado al encontrarlas tan sanas, tan hermosas, como si la vida se hubiese encargado de sonreírles y sonreírles en aquel tiempo que pasamos separados. Las envidié, pues en mí se mostraban pruebas de todo lo contrario, cualquier observador ajeno a nuestra historia se habría preguntado qué hacían aquellos preciosos ángeles hablando con ese roñoso y destrozado intento de hombre. Lo admito, estaba demacrado, estresado, fuera de forma, deprimido y siempre intoxicado, mientras que ellas parecían rubicundas, alegres, tan preciosas como las más finas modelos famosas, incluso tenían un aire de contagioso bienestar que no tardó en molestarme. Me saludaron con cariño, me dieron abrazos cuya sinceridad me asqueó en un principio pero que, poco a poco, fueron quebrándome hasta que me encontré a mi mismo confortado como crío en el refugio del abrazo de ambas, con los ojos secos y furiosos, pero aun así disfrutando del abrazo de las hermanas.

Durante el abrazo las recordé como no las recordaba desde que sus abandonos en mi vida iniciaron. Mi mente viajó en el tiempo sin que yo pudiera evitarlo y, pronto, me encontré a mi mismo pensando en el tiempo en que las conocí, cuando aun íbamos a la escuela y estábamos en séptimo básico. Era la tercera vez que me enamoraba en toda mi vida. La escogida fue Martha, dos años menor que yo, un año menor que su hermana Raquel. Martha captó mi atención, primero, por su belleza innegable, acompañada de sus ojos cafés hipnotizantes, además de su trato fácil y agradable; años más tarde me seguiría enamorando, esta vez con su aspecto inocentón que salpimentaba la sensualidad de sus piernas y sus pechos, además de esos ojos tan grandes y redondos que gritaban ternura con un brillo peligroso y seductor que la disfrazaba de víctima y disimulaba su malicia. Raquel, su hermana, era más sensual, era un remolino de lujuria latente que inquietaba hasta al más cauto, sus ojos eran achinados en comparación a los redondos perfectos que eran los ojos de su hermana, pero eso solo le daba un aire más críptico a sus miradas penetrantes, miradas que yo disfrutaba mucho y a las que me sometía en largos diálogos que solo trataban de mi amor platónico por su hermana. Eran temporadas divertidas, aquellas de colegio, temporadas fáciles y llenas de dicha en que solo tenía que preocuparme de mi mudez ante Martha y disfrutar de mi estrecha amistad con Raquel. Para resumirlo en una palabra: cómodo. Era total y absolutamente cómodo estar así, atrapado en un amor imposible al que nunca podría tener, siendo consolado por otro amor imposible del cual ni yo era consciente.

Ese fue el antecedente, una infancia incómoda que solo cobraba sentido cuando olía, en la sana distancia, el perfume de Martha mientras las manos de Raquel acariciaban mi rosto. Todas esas tardes en casa de las Escobar riendo y jugando, dichoso de ser el centro de las atenciones de ambas hermanas, como si fuéramos ya un triangulo amoroso, aun en la tierna infancia. Luego vendría una adolescencia tumultuosa, totalmente rendida a los encantos florecientes de las Escobar, que cada día se parecían más a las leyendas de belleza que leía en los libros de ficción que poblaron aquella etapa de mi vida. Disfruté mucho de sus atenciones durante toda mi adolescencia, eran mías y solo mías, por más que sus atenciones nunca habían derivado en aquellos sentimientos románticos que yo tanto ansiaba.

Tras ello, ya cumplidos los dieciocho, desaparecieron de mi historia por un tiempo, temporada que aproveché para vivir. Lo recuerdo como si fuera reciente, pues el primer día sin las Escobar en mí vida fue triste, lleno de lamentos por su forzada partida, obligadas a morar en otro país, tan lejos del mío que cuando me lo anunciaron, lo primero que pensé fue que no las volvería a ver nunca jamás. Días pasaron antes de que pudiese digerirlo, mas cuando lo hice empecé a sentirme aliviado, como consciente de una cadena que me tenía atrapado a ellas y que con ellas lejos cesaba de existir. Fue así que caí en los vicios. Suena a una cobarde justificación y lo más probable es que lo sea. La ausencia de las hermanas me reveló un vacío dentro de mí que solo los vicios me ayudaban a olvidar, un vacío que me empujaba cada vez más lejos en los caminos más tumultuosos y malsanos, pues solo en esa miseria podía yo dejar atrás los hermosos días de antaño. Me había convertido en un parásito que chupaba vitalidad de los demás para mantener su patético intento de vida vigente Admitiré que no lo recuerdo con arrepentimiento, las memorias de esos días no me ruborizan en lo más mínimo, por mucho que cometí actos innombrables. Todo fue en aras de la diversión, de la juventud y la irresponsabilidad, todo fue para poder un día decir que yo había vivido como nadie, que había disfrutado de los excesos cuando el cuerpo aun era joven. Según Raquel eso me hacía un viejo atrapado en un cuerpo juvenil, pero en esos tiempos no estaba Raquel para recordármelo. Durante esos años, el perfume de Martha y el toque de Raquel no eran más que pueriles e inocentes recuerdos de una época mejor, una mucho más feliz y sencilla.

Volvieron a mi vida cuando recién daba yo mis primeros pasos en el mundo de los adultos. Me aterrorizaba la perspectiva de pagar por mis propias necesidades y eso cortó todos mis vicios con una efectividad que ningún duodécimo paso podría haber logrado. Dejé de ser el parásito vicioso y, en adelante, tuve que concentrarme en ignorar la voz caótica detrás de mi cabeza que me invitaba al desorden. Aprendí a callarla para poder hacerme un androide más del sistema, otro esclavo de la rutina que deja de tener aventuras y las cambia por un ambiente tranquilo, donde el miedo se traslada de los finales a los inicios y donde la inercia es la única amenaza a lo más preciado que tenemos los androides: la conformidad con el estancamiento. Era miserable, de verdad miserable, en aquella no tan lejana época, tenía que pelear cada día contra las tentaciones más ruines y triunfar si quería sobrevivir en el mundo de los autómatas, un mundo que hedía a engranajes triturando los cuerpos de los trabajadores para seguir lubricados con la sangre y el sufrimiento de estos. Quizá lo pinto exageradamente, pero lo hago porque fue así como lo viví en su momento. Fue esa dificultad de resistir las tentaciones la que forjó la dureza de mis modos y el silencio con que manifestaba mi conformismo. Creo, firmemente, que estaba en camino a convertirme en un ser despreciable, de aquellos que consideran al mundo inocente y a la gente buena, esos caprichosos cobardes que derraman lágrimas ante la primera manifestación del azar, o de la malicia del mundo. Ahora me da un poco de gusto verme como soy hoy, sin hallar culpa cuando analizo las cosas que hago para sobrevivir, para mantener viva mi sangre.

En esta época de androide recibí un llamado telefónico de un número desconocido. Fue peculiar porque al agarrar el celular me sentí extraño, y cuando al otro lado escuché la voz de Martha me sentí completamente fuera de mí, como si la imposibilidad se diese la contra a sí misma y se manifestase para mis oídos. Creo que habría esperado una llamada de Raquel, creo que hasta la iba ansiando desde el día de nuestra separación, más seguro de la amistad que tenía con ella que de las ínfulas amorosas que tuve con su hermana, por ello resultó aun más bizarro que fuera la voz de Martha la que me buscaba y me pedía un encuentro, una cita, un café. Lo que sea con tal de volver a contemplarnos.

Acepté, en medio del más profundo y desesperante terror acepté. No sé qué me asustaba tanto, no sé qué fue lo que me llevó a temblar cada vez que recordaba la cita que tendría en unos días. Pudo ser la antelación, la emoción de la reunión posiblemente, pero creo que hubo un oscuro presagio para quien era yo en ese entonces, como si un recóndito y misterioso resabio de magia me anunciara que aquel encuentro con Martha sería algo fuera de lugar, un reencuentro muy esperado en que todos los anhelos pasados serían cumplidos, por fin.

Previsiblemente no fue así. Martha me trató con cariño, con infinita ternura me hablaba y me contaba de su vida, de todo lo que había hecho desde que habíamos dejado de vernos, lo hizo con terrible detalle, lo cual me permitió inferir no solo los pormenores de su historia, sino los de su hermana y toda su familia también. La vida no había sido del todo amable con los Escobar, tenían fortuna económica, sí, pero a cambio la salud de los padres se precipitaba al abismo final, la muerte los esperaba en forma de tumores malignos inoperables que lentamente trasladaban a los señores Escobar más allá del alcance de sus hijas. A la par, Raquel había desaparecido en una sucesión de novios infieles que los padres miraban con malos ojos, pero Raquel parecía no querer parar, parecía no entender todo el sufrimiento que a sus padres traían sus ires y venires por las vidas de tipos que no la merecían. Ahí intuí el motivo por el que había sido convocado y Martha me lo confirmó minutos después, cuando me pidió que la ayudara a convencer a su hermana de calmarse un poco, aunque fuese por un rato para darles una tregua a sus enfermos padres. Yo no supe qué responder, no sabía cómo hablar de eso con Raquel, a quién, además, no veía hacía años, pero Martha ya lo tenía todo planeado, según ella solo tenía que volver a su vida para que ella encontrase, nuevamente, el camino adecuado. Fue así que volví a ver cada día a las hermanas Escobar.

¿Qué puedo decir de esa temporada? Llegaba por la noche, me recibía Raquel con una sonrisa muy amplia y me daba abrazos mientras Martha preparaba algo de comer, entonces nos echábamos a ver televisión sin verla, más concentrados en amenas charlas que me dejaban completamente sonriente. Fue una época alegre, eufórica mejor dicho. Me reencontré con los días de mi niñez al acompañar a Martha y Raquel cada minuto que podía. Las dos vivían juntas en un apartamento minúsculo, en el centro de la ciudad, al cual me trasladaba después de enfrentar mi agotadora jornada laboral. Llegaba a la puerta de ese apartamento con los ojos casi cerrados del cansancio, con el humor por los suelos debido a los inevitables choques con jefes o compañeros de trabajo, fatigado por las exigencias que la rutina imponía en mi vida, manejándola como le daba la regalada gana, sin consideración a mis proyectos y anhelos, perdidos ya en el remolino de mantener vivo mi vicioso consumismo con el que construía el hogar perfecto, equipado con los mejores muebles, los ornamentos más caros e inútiles que podía encontrar, esclavizado a hipotecas, cuotas, deudas y todos esos tormentos. Admito que tras todas esas jornadas agotadoras para ganarme el dinero que pagaría mis deudas, llegaba desganado y dispuesto a irme tras media hora de visita. Siempre me decía eso a mí mismo: “media hora y me largo que tengo mucho que hacer mañana” pero me quedaba, hasta bien entrada la madrugada me quedaba con ellas y reíamos y comíamos, bebíamos a veces, era un espacio donde hasta un androide como yo podía sentirse menos maquina y más humano, un lugar donde dejaba de preguntarme por qué necesitaba, un solitario como yo, el paquete de la casa, los muebles, los ornamentos cuando no tenía ni perro que me ladre. Me concentraba en reír, en disfrutar de la compañía de las hermanas que consolaban mis dudas y me daban ánimos para volver al trabajo a cumplir mis jornadas laborales y ganar el sustento, pagar mis deudas, ahorrarme dinero, ser un androide feliz y conforme.

Todo eso terminó un día en que antes de llegar al apartamento de las Escobar me encontré con Martha esperándome en la esquina de su cuadra. Me miró con una determinación que abrumó mis sentidos y confundió mis pensamientos durante un breve instante en que no pude respirar, me pidió que por favor esa noche no fuera a su casa pero que al día siguiente me pasase por ahí para visitarlas en el transcurso de la tarde. “No puedo” le dije “tú sabes muy bien que trabajo” agregué angustiado ¿por qué me negaba mi refugio nocturno? ¿Dónde curaría mi angustia laboral si no era en la relajada felicidad de pasarla bien con las Escobar? Pero ella me insistió delicadamente, hasta el punto en que mi terquedad cedió y le juré que al día siguiente acudiría a su llamado.

Tuve que reportarme enfermo aquella misma mañana, mandando una nota médica del puño y letra de un amigo galeno, al cual terminé debiendo un par de complicados favores de los cuales no quiero hablar en este momento. Sin embargo logré presentarme en el departamento de las Escobar ni bien el reloj dio las dos de la tarde. Dentro pensé que encontraría a ambas hermanas, así que grande fue mi sorpresa cuando solo me encontré con Martha. La tarde fue incómoda, no podía entender porqué pero sí lo sentía en los huesos y en la mente, algo no cuadraba en la hermenéutica de nuestras cortesías, algo había cambiado en nuestras miradas y en la forma en que las palabras sonaban cuando eran expulsadas de nuestras mentes a través de nuestras bocas. Como si algo estuviese descolocado y no hubiese forma de especificar qué. Esto era molesto en más de un sentido, pues le quitaba el aura de santuario al hogar de las Escobar, el único lugar donde me deshacía de todas mis preocupaciones terrenales estaba siendo mancillado por aquel ambiente extraño que la actitud de Martha propiciaba.

Pero he ahí que los designios misteriosos del vacío comenzaron a obrar. Cuando ya empezaba a enfadarme por la situación, Martha rompió un silencio que venía arrastrando desde hacia media hora y me pidió que le hiciese un hijo. La sorpresa que experimenté solo puede ser medida en cifras inefables, en expresiones en mi rostro que no creo poder repetir jamás, mientras que el rostro de Martha era frío, totalmente calculador e inconmovible ante mi sorpresa. Nos enfrascamos en otro silencio, aunque lo cierto es que solo era yo el callado, abstraído en la realización de que nunca había notado la frialdad en los ojos de Martha, mientras ella me lanzaba un discurso de la cercanía de la muerte de sus padres, del deseo de darles un nieto antes del amargo final y no sé cuantas justificaciones a semejante propuesta. Admito que mi deseo por ella se remontaba a la infancia, incluso puedo confesar que más de una vez incurrí en vergonzosas prácticas onanistas con ella en mente, prácticas sazonadas por fantasías cursis e imposibles en las que ella me entregaba todo su ser y se sometía a mis deseos más sublimes, en coitos en los que, a veces, participaba también Raquel, su hermana. No me oponía a tener relaciones sexuales con ella, para nada, pero sí me inquietaba la petición de un hijo. ¿Cómo podía darle yo un hijo? ¿Acaso era posible que yo fuera capaz de engendrar a un pequeño androide que terminaría igual de atrapado en la gran maquinaria del mundo en aras de sobrevivir? ¿Qué, en el vasto mundo de Dios, podía haberle hecho pensar a esta muchacha que yo era el candidato ideal para ser padre de su primogénito?

Ninguna de estas preguntas me fueron respondidas entonces. Por enésima vez en mi vida no supe qué hacer, ni qué pensar y mientras yo callaba completamente inmóvil, Martha se desnudaba revelando las carnes que siempre había imaginado en aquellas noches adolescentes. Mas ni siquiera mi cuerpo respondía a ninguna de las órdenes de mi cerebro, estaba paralizado de terror y por eso dejé que me quitara la ropa y me eché en su cama mientras ella frotaba su piel contra la mía, dejándome completamente electrizado ante cada embate de su cuerpo rozando al mío. Y ni así pude obtener una erección, en un acto que declaro fue una completa traición al joven yo que tanto había soñado con las Escobar, seguro de que nunca las tendría, poco consciente de la traición de su yo del futuro. Ese sentimiento no ayudaba al cometido de las caricias de Martha. Sin embargo ella insistía, me susurraba muchos por favores al oído, me rogaba que le plantase mi semilla, que la hiciera mía para siempre, que ella lo venía soñando desde que éramos más jóvenes, como si estuviera hablando directamente a mi pasado, haciéndome feliz demasiado tarde. Llegó al punto de estimularme de todas las maneras posibles con sus palabras, con sus caricias, con su lengua y hasta con su sexo, no fue hasta después de horas que pudo obtener una erección mía y la aprovechó sin perder el tiempo mientras yo me quedaba inmóvil, nuevamente, y perdido en el miedo a procrear, el más arraigado temor a arrastrar una nueva vida al destino mísero de los humanos, enjaulados por la sociedad, obligados a vivir engañados por empleos mentirosos que prometen bienestar al ingenuo que los necesita, solo para encerrarlos en círculos viciosos que perpetuán la desesperanza del ciclo de la vida y la muerte. Vidas controladas por una insistente ceguera que nos protege de ver los hilos que cuelgan de nuestros cuerpos de marionetas. Tales eran mis pensamientos mientras Martha me montaba, gimiendo suavemente, estimulando mis temores con una mirada espectral que tardó mucho en desaparecer de mi vida. Tardé demasiado en acabar, pero cuando lo hice fue cuantioso y dentro ella, cumpliendo así con la petición que ella me había formulado horas antes.

Luego se echó a lado mío y se quedó dormida. No tapó su desnudez con nada, solo se durmió y me dejó a solas con mis pensamientos. Podría haberme detenido a pensar en todo lo acaecido, pude – y a toda costa evité – llorar amargamente pues, por alguna razón, eso deseaba; tenía un peso titánico en el pecho, una angustia insoportable que me lleno de pensamientos oscuros y me obligó a salir a medio vestir de aquel lugar que alguna vez había considerado mi santuario. Ni bien llegué a la calle me largué a correr como nunca he corrido en mi vida, hasta que mis ojos ardían por el contacto con el sudor y mis extremidades pedían a gritos un descanso antes de que sucumbieran y quedaran completamente destrozadas. No podía entender el origen de mi ansiedad, no lograba comprender nada en ese momento, solo sabía que vislumbraba dentro mío algo innombrable que amenazaba con cambiar la configuración de mis días, un oscuro presagio que me eliminaría poco a poco, hasta que no quedase de mí más que un mísero intento de humano, una burda imitación de vivir, y a eso se reduciría mi historia.

Así se manifestaban los miedos en mi cabeza y yo intentaba olvidarlos con el dolor de mi fatigado cuerpo. No fue hasta que tropecé y me rompí el brazo que pude dejar de gritar en mi mente y escuché una voz acusadora y angelical que me recordó que yo era un androide, que yo había sido un parásito, un mísero intento de humano que imitaba, burdamente, lo que en su achicada percepción era vivir. Me levanté con la nariz sangrante y el brazo torcido, cojeé por los callejones más oscuros de esta ciudad hasta que la voz de Raquel me llegó como si de un sueño dentro una pesadilla se tratase. Efectivamente, pude notar que ella estaba ahí cuando sequé el sudor de mis ojos y dejé entrar aire a mis desvencijados pulmones. Me pareció un milagro hermoso y terrible encontrarme con ella, captar el olor a desodorante femenino que ella siempre desprendía y que colmó todos mis sentidos en apenas segundos. No sé cómo explicarlo, pero estoy seguro de que pude tocar ese aroma, pude verlo, degustarlo y hasta escucharlo abrirse paso por el aire frío de la noche, en aquel callejón que carecía de tráfico, apenas iluminado por una luz titilante. Raquel me dio un abrazo poderoso mientras decía cosas sin sentido, mencionaba algo sobre una rastrera y me preguntaba si es que había acabado dentro su hermana; yo respondí con la verdad a esa y muchas otras preguntas que prefiero no recordar, pues delataban al autómata que soy, a la mísera simulacra de humano que he sido siempre.

Ignoro cuando fue que me puse a gritarle, tampoco recuerdo qué fue lo que me provocó tanta rabia. Solo sé que de un momento a otro me vi a mi mismo gritándole a Raquel como si ella fuese la culpable de mi cobardía, de mi miseria y mi angustia. Me abochorna confesar que hasta le di un revés en pleno rostro y me avergüenza aun más confesar que encontré placentero verla gritar de esa manera, no porque sus gritos indicaran que sufría, sino porque me pedía que continuara, lo gritaba a viva voz, parecía desquiciada y perdida en morbosas peticiones de más golpes, de muchísimo más dolor que solo mis propias manos podían darle. “Lo deseo” me repetía, “dámelo” gritaba en mi oído hasta que mis instintos más deplorables estallaron a flor de piel y, poniéndola contra la pared, arranqué sus ropas y la tuve ahí mismo, olvidado de toda vergüenza y cuidado, del riesgo mortal que implicaba haber estado dentro de otra mujer unas horas antes – nada menos que su hermana – sin protección y entrar dentro ella, también sin protección. Tuve a Raquel en aquel callejón gris que brillaba naranja intermitentemente, gracias al palpitante y magro fulgor del poste de luz, la tuve violentamente mientras el sudor volvía a cegar mis ojos y la sangre de mi nariz bañaba su espalda, primero, y su hombro y pecho izquierdo, después, hasta que ya no quedó nada de mi semilla y toda fue vertida dentro Raquel.

Cuando abrí los ojos ya era de día y estaba tirado en plena acera, con los pantalones abajo y la cara manchada por sangre seca. Por mi vida que no alcanzo a recordar en qué momento me desmayé, pero poco me importaba ese tonto detalle en aquel instante pues estaba ahogado por una profunda vergüenza que logró resquebrajar las resoluciones más intensas de mi corazón. Ni siquiera intenté asearme, o beber, o comer, volví a correr sin el menor aprecio por mi cuerpo de androide, ni la fatiga acumulada del traumático día anterior que me había tocado vivir, solo corrí al hogar de las Escobar y estuve tocando la puerta por buena parte de la mañana sin respuesta alguna. Alrededor del mediodía la frustración le ganó a mi paciencia y le di una patada a la puerta que, para mi sorpresa, se abrió con facilidad pues no estaba cerrada con llave. Dentro no me esperaba nada y por mucho que esperé un par de meses sin moverme de ese lugar, las Escobar nunca retornaron. Dejaron todas sus cosas atrás y se marcharon a donde yo no podía perseguirlas.

Huelga decir que mi primer mes ahí estuvo dominado por la culpa. Cada día me despertaba y revivía las escenas vividas con cada una de las hermanas. Por mucho tiempo lamenté mi indecisión, mis dudas, mi cobardía frente a Martha, pero luego recordaba mi violencia, mi morbosidad y el descontrol frente a Raquel y ya no sabía qué pensar. El segundo mes estuvo dominado por la rabia, pues empecé a preguntarme demasiados porqués que me mantenían en vela, que me hicieron olvidar mi programación de autómata y me permitieron dejar ir todas las angustias, transformadas en una furia asesina que no encontraba donde ser encausada. O al menos no lo encontraba hasta que, al terminar el segundo mes en casa de las Escobar, destruí el lugar con mis propias manos en un estallido tremendo y sin precedentes que dejó cicatrices en todo mi cuerpo.

Pasé el siguiente año y medio ganando el dinero justo para sobrevivir y para costear vicios, fueran los que fueran, ninguno me quedaba corto, todos esos vicios me ayudaban a dejar de lado mi pasado de autómata, olvidando que si bien ya no era uno, me había convertido en otro tipo de esclavo. Uno mucho peor pues no lograba olvidar las angustias de su pasado de androide, ni podía perdonar a quienes le habían robado la comodidad de esa vida. Tenía cuantiosos ahorros acumulados, precisamente, en esa época, pero era dinero que las Escobar me habían motivado a ganar y por lo mismo me asqueaba. No quería volver a entrar en contacto con lo ya vivido, ni siquiera con el futuro, solo deseaba olvidarlo todo y morirme en vida. Y así fue hasta que, una mañana de invierno, abrí la puerta y ahí estaban las Escobar.

No fue un encuentro grato. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no vomitar, para no estallar en lágrimas de crío al verlas sentadas en mi desastrosa sala, todas serias y altivas, frías con un aura gélida que lastimó mi cabeza torturada por una resaca karmática que hacía tiempo venía durmiendo con más alcohol y narcóticos. Pero esa resaca tenía que llegar, ver a las Escobar lo hizo más claro que nunca.

Me lo explicaron todo y vaya que dolió, cada palabra que dijeron dolió como lanzas atravesando mi pútrida carne. Era todo una mentira, desde la tierna infancia hasta el último y pérfido día. Yo no era más que una apuesta entre las hermanas, una víctima de un, particularmente enfermo, juego largo, un juego que había evolucionado con el tiempo. “Empezó como apuestas de quién te hacía reír” comenzó Martha, “luego pasamos a ver quién lograba hacerte llorar, pero nunca nadie ganó esa apuesta” continuó Raquel, “el tiempo trajo diferentes retos que fuimos logrando, mantuvimos un registro de nuestros puntajes muy estricto” siguió Martha y, entre ambas, me contaron acerca muchas de sus apuestas, de esa cruel y encarnizada competición que, muy a mi pesar, encontré apasionante por el relato fiero que daban mis dos torturadoras. La noche ya teñía el cielo cuando llegaron a la apuesta final, la trampa en la que caí como idiota al creerme esa mentira infame de los padres moribundos, de la vida descontrolada de Raquel, toda una sinfonía tocada por la mejor de las sinfónicas, pero por esa noche me consolé con el hecho de que esa apuesta final, al parecer, había resultado infructuosa.

Se fueron esa misma noche. Dijeron que se marchaban del país, que Martha tenía un prometido europeo y que Raquel recorrería Asia. Naturalmente no les creí nada de nada, pero comprendí que no mentían en el hecho de que se marchaban y de que, por fin, me dejarían en paz. Entonces retornó la angustia, cuando Martha y Raquel me dieron un último beso de despedida y me anunciaron que partían sin más arrepentimiento que nunca haber logrado cumplir con la apuesta de hacerme llorar, punto que habría roto el empate en que todo había quedado.

Esa noche no dormí, acosado por pensamientos nefastos traídos por las revelaciones de aquella jornada. No lloré, no experimenté ira, no sentí absolutamente nada, como si ya no fuera ni un autómata, ni un parásito, como si por fin fuera un homúnculo sin sentimientos, creado para no reaccionar, ni indignarme, perdido en la más absoluta apatía. Y esperé. Esperé a que la madrugada pasase, vi como los cielos oscuros se fueron destiñendo hasta que alcanzaron las tonalidades grises del amanecer y el sol fue saliendo poco a poco, iluminando mis cansados ojos rojos que miraban al vacío como nunca antes lo habían hecho – directamente y sin velos – sin más mentiras que las propias que me salvaban de enloquecer, ojos desfallecientes que no parpadearon cuando el timbre sonó y no se cerraron en la media hora que esperé tras el repiqueteo de la campana. Cuando, por fin, me levante y abrí la puerta me esperaban dos pequeños paquetes que se movían y respiraban pero, milagrosamente, no lloraban.

Metí a los bebés a casa y las revisé por toda buena parte de una hora. Eran dos niñas preciosas a las que nombré en el acto, las acomodé en mi cama y las contemplé con los mismos ojos rojos que hacía poco contemplaban el vacío. Después de un rato viéndolas dormir, descubrí que sonreía como un idiota y supe que ya no era ni un androide, ni un parásito, ni un homúnculo. No supe, ni sé que soy, pero ahí mismo descubrí que importa poco lo que yo sea o lo que yo pueda ser, nunca dejaré de ser un esclavo, mas ahora puedo ser un esclavo feliz, un esclavo que sonríe y ama a sus nuevas amas. Un esclavo que rompió a llorar mientras las contemplaba, sangre de su sangre, rendido a amarlas.