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Muy capo el que hizo esto.

The Hobbit: The Tolkien Edit

TolkienEdit_IconLet me start by saying that I enjoy many aspects of Peter Jackson’s Hobbit trilogy. Overall, however, I felt that the story was spoiled by an interminable running time, unengaging plot tangents and constant narrative filibustering. What especially saddened me was how Bilbo (the supposed protagonist of the story) was rendered absent for large portions of the final two films. Back in 2012, I had high hopes of adding The Hobbit to my annual Lord of the Rings marathon, but in its current bloated format, I simply cannot see that happening.

So, over the weekend, I decided to condense all three installments (An Unexpected Journey, The Desolation of Smaug and The Battle of the Five Armies) into a single 4-hour feature that more closely resembled Tolkien’s original novel. Well, okay, it’s closer to 4.5 hours, but those are some long-ass credits! This new version was achieved through a series…

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Trabajar en la Revista Gorila es muy gratificante, especialmente porque me tengo que ocupar de cosas como ver películas, ir a parrilladas, escribir guiones y reír (todo el tiempo). Parte del trabajo, también, es escribir esta clase de artículos (sencillos y que intentan ser chistosos), que quisiera compartir con ustedes también. Acá el link.

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El joven manos de tijera

Publicado: julio 29, 2014 en Inefable

Un artista ambigüo, de los que usan la espada para escribir y la pluma para matar. Muy capo Juan Camilo Uribe, y buen artículo para informarse un poco sobre él.

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Declaración de amor a Venezuela. 1976.
(Colección Museo de Arte Moderno de Bogotá).

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Santa Clara Punk. 1993.
(Colección Particular, Medellín).

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En estos días en que hemos estado desempolvando y organizando la biblioteca popdelux nos encontrarnos con un libro sobre la obra del artista Juan Camilo Uribe (1945-2005) y caímos en cuenta de que nunca habíamos dicho ni una palabra sobre su obra aquí en Populardelujo. Lo cual es una falla terrible porque su trabajo es una referencia clave en lo que a la reflexión sobre la gráfica popular en Colombia se refiere.

Hasta la aparición de la obra de Uribe “nadie había creado algo tan propio con elementos de la imaginería religiosa y los objetos de uso común” escriben en el libro los curadores Alberto Sierra y María del Rosario Escobar. Esto significa que cualquiera que de 1969 para acá haya sacado a un Divino Niño, a una Virgen del…

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A continuación pongo un capítulo del libro “Tormenta de Espadas” de George R.R. Martin, perteneciente a su saga “Canción de Hielo y Fuego”. Según yo este es uno de los mejores capítulos de toda la saga, escrito de manera preciosa y metódica, que desarrollan y brindan un punto de viraje a un personaje impresionante. Si bien la serie de HBO logró captar muy bien esto, no pudieron darle la intensidad y emoción que uno siente al leer el libro, adentrados como estamos en la mente de Jamie, y eso que Nikolaj Coster-Waldau hizo un trabajo magistral e impresionante en la escena de la bañera. Por eso comparto este capítulo, pues es el que mejor retrata el maravilloso y brutal personaje que es Jamie.

 

JAMIE (4)

La mano le ardía.

Le seguía ardiendo mucho tiempo después de que se apagara la antorcha con la que le habían quemado el muñón sanguinolento, días y días después; todavía sentía la lanzada del fuego en el brazo, y sus dedos, los dedos que ya no tenía, se retorcían en las llamas.

Ya lo habían herido antes, pero nunca de aquella manera. Jamás había imaginado que se pudiera sentir tanto dolor. A veces, sin que supiera por qué, se le escapaban de los labios antiguas oraciones, plegarias que había aprendido de niño y que no había vuelto a recordar en años, las mismas que había rezado, arrodillado junto a Cersei, en el sept de Roca Casterly. En ocasiones llegaba incluso a llorar, hasta que oyó cómo se reían los Titiriteros. Aquello hizo que se le secaran los ojos y se le muriera el corazón, y en sus oraciones pidió que la fiebre le quemara las lágrimas.

«Ahora entiendo cómo se ha sentido Tyrion cada vez que se reían de él.»

Cuando se cayó de la silla por segunda vez, lo ataron a Brienne de Tarth y los obligaron a compartir caballo de nuevo. Una jornada, en vez de ponerlos espalda contra espalda, los ataron cara a cara.

—Mirad a los amantes —suspiró Shagwell—. ¿No son un bonito espectáculo? Sería muy cruel separar al buen caballero de su dama. —Soltó una carcajada, su carcajada aguda tan característica—. Aunque no se sabe bien cuál es el caballero y cuál la dama.

«Yo te explicaría la diferencia, si tuviera las dos manos», pensó Jaime. Le dolían los brazos y las cuerdas le habían dejado entumecidas las piernas, pero al cabo de un tiempo todo eso dejó de importar. Su mundo se redujo al palpitar agónico de su mano fantasma y a la presión de Brienne contra él. «Por lo menos es cálida», se consoló, aunque el aliento de la moza era tan hediondo como el suyo propio.

Su mano siempre se interponía entre ellos. Urswyck se la había colgado del cuello con una cuerda, de manera que le golpeteaba el pecho a él y las tetas a Brienne mientras Jaime perdía el conocimiento y lo volvía a recuperar. La hinchazón le había cerrado el ojo derecho, la herida que le había hecho Brienne durante la pelea estaba infectada, pero lo que más le dolía era la mano. Del muñón le salía sangre y pus, y la extremidad inexistente palpitaba con cada paso del caballo.

Tenía la garganta tan en carne viva que era incapaz de comer, pero bebía vino cuando se lo daban, y agua si no le ofrecían otra cosa. En cierta ocasión le dieron una taza, bebió el contenido con ansia, tembloroso, y los Compañeros Audaces estallaron en carcajadas tan violentas que le dolieron los oídos.

—Lo que estás bebiendo son meados de caballo —le dijo Rorge.

Jaime tenía tanta sed que de todos modos terminó de beber, pero inmediatamente lo vomitó todo. Obligaron a Brienne a limpiarle la barba, igual que la habían hecho limpiarlo cuando se hizo de vientre en la silla.

Una mañana fría y húmeda en la que se sentía un poco más fuerte, la locura se apoderó de él, cogió la espada del dorniense con la mano izquierda y, con torpeza, la sacó de la vaina.

«Que me maten —pensó—, me da igual, con tal de morir peleando, con una espada en la mano.» Pero no sirvió de nada. Shagwell se le acercó a saltitos, y esquivó con facilidad la estocada de Jaime, que perdió el equilibrio y se tambaleó hacia delante mientras lanzaba golpes contra el bufón. Pero Shagwell giró, se agachó y se apartó, hasta que todos los Titiriteros se estuvieron riendo de los esfuerzos fútiles de Jaime. Cuando tropezó contra una roca y cayó de rodillas, el bufón le saltó encima y le plantó un beso húmedo en la cabeza.

Por último, Rorge lo tiró a un lado y de una patada apartó la espada de los dedos débiles de Jaime cuando trató de esgrimirla de nuevo.

—Ha zido muy divertido, Matarreyez —dijo Vargo Hoat—. Pero, como vuelvaz a intentarlo, te cortaré la otra mano, o zi lo prefierez un pie.

Después de aquello, Jaime se quedó tendido de espaldas, contemplando el cielo nocturno y tratando de no sentir el dolor que le subía por el brazo cada vez que lo movía. La noche era de una extraña belleza. La luna estaba en cuarto creciente y le parecía que jamás había visto tantas estrellas. La Corona del Rey estaba en el cenit, divisó el Corcel sobre las patas traseras, y allí estaba también el Cisne. La Doncella Luna, tímida como siempre, quedaba medio oculta detrás de un pino.

«¿Cómo es posible que una noche sea tan bella? —se preguntó—. ¿Por qué salen todas esas estrellas a mirar a alguien como yo?»

—Jaime —susurró Brienne con voz tan queda que pensó que estaba soñando—. Jaime, ¿qué hacéis?

—Morirme —susurró a su vez.

—No —dijo ella—. No, tenéis que vivir.

Le hubiera gustado echarse a reír.

—Dejad de decirme lo que tengo que hacer, moza. Me moriré si me place.

—¿Tan cobarde sois?

El mero sonido de la palabra lo conmocionó. Él era Jaime Lannister, caballero de la Guardia Real, el Matarreyes. Jamás nadie lo había llamado cobarde. Otras cosas, sí: renegado, mentiroso, asesino… Decían que era cruel, traicionero y despiadado. Pero cobarde, jamás.

—¿Qué puedo hacer, aparte de morir?

—Vivir —replicó—. Vivir, pelear y vengaros.

Pero lo dijo en voz demasiado alta. Rorge la oyó, aunque no distinguiera las palabras, se acercó, la pateó y le dijo que tuviera quieta la lengua si no quería que se la cortaran.

«Cobarde —pensó Jaime mientras Brienne trataba de contener los sollozos—. ¿Será posible? Me han cortado la mano de la espada. ¿Qué pasa, que yo sólo era eso, una mano que esgrimía una espada? Por los dioses, ¿será verdad?»

La moza estaba en lo cierto. No podía morir. Cersei lo esperaba. Lo iba a necesitar. Y también Tyrion, su hermano pequeño, que lo quería por una mentira. Y también lo esperaban sus enemigos; el Joven Lobo, que lo había derrotado en el Bosque Susurrante y había matado a sus hombres, Edmure Tully, que lo había encerrado y encadenado en la oscuridad, aquellos Compañeros Audaces…

Cuando llegó la mañana se forzó a comer. Le dieron un potaje de avena, alimento para caballos, pero se obligó a tragar hasta la última cucharada. Aquella noche volvió a comer y también al día siguiente.

«Vive —se dijo con dureza cuando el potaje estuvo a punto de hacerle vomitar—, vive por Cersei, vive por Tyrion. Vive por la venganza. Un Lannister siempre paga sus deudas. —La mano amputada latía, ardía y apestaba—. Cuando llegue a Desembarco del Rey me haré forjar una mano nueva, una mano de oro, y algún día le arrancaré la garganta con ella a Vargo Hoat.»

Los días y las noches se fundían en una neblina de dolor. Durante el día dormitaba en la silla, apretado contra Brienne y con el hedor de la mano podrida en la nariz, y por las noches yacía despierto sobre el duro suelo, atrapado en una vigilia de pesadilla. Aunque estaba muy débil, siempre lo ataban a un árbol. En cierto modo lo consolaba saber que, incluso en sus circunstancias, le seguían teniendo miedo.

Brienne siempre estaba atada junto a él. Yacía allí con las cuerdas, como una enorme vaca muerta, sin decir palabra.

«La moza se ha construido una fortaleza por dentro. No tardarán en violarla, pero detrás de sus murallas no la pueden tocar.» En cambio, las murallas de Jaime habían desaparecido. Le habían quitado la mano, le habían quitado la mano de la espada, y sin ella no era nada. La otra no le servía para gran cosa. Desde que aprendió a caminar, el brazo izquierdo había sido para el escudo, sólo para el escudo. Era la mano derecha la que hacía de él un caballero, era la mano derecha la que hacía de él un hombre.

Un día oyó a Urswyck comentar algo sobre Harrenhal y recordó que era allí a donde se dirigían. Aquello hizo que soltara una carcajada sonora, y Timeon le azotó el rostro con una fusta larga y fina. El corte sangró, pero aparte de la mano apenas si notaba nada.

—¿Por qué os reísteis? —le preguntó aquella noche la moza en un susurro.

—En Harrenhal fue donde me pusieron la capa blanca —respondió, también en susurros—. En el gran torneo de Whent. Él quería presumir de su gran castillo y de sus valientes hijos. Yo también quería presumir. Sólo tenía quince años, pero aquel día nadie me habría podido derrotar. Aerys no me dejaba participar en las justas y me echó de allí. —Se rió de nuevo—. Pero ahora voy a volver.

Oyeron la carcajada. Aquella noche le tocó a Jaime recibir las patadas y los puñetazos. Tampoco los sintió, hasta que Rorge le pisoteó el muñón con una bota, y se desmayó.

Fue a la noche siguiente cuando por fin acudieron, y fueron los tres peores: Shagwell, el desnarigado Rorge y el obeso dothraki Zollo, el que le había cortado la mano. Mientras se acercaban, Zollo y Rorge discutían sobre quién sería el primero; por lo visto no cabía duda de que el bufón iba a ser el último. Shagwell sugirió que ambos fueran los primeros y la tomaran por delante y por detrás. Por lo visto a Zollo y a Rorge les gustó la idea, aunque entonces empezaron a discutir quién la tomaría por delante y quién por detrás.

«También la dejarán tullida, pero por dentro, donde no se nota.»

—Moza —susurró mientras Zollo y Rorge se insultaban—, que se queden con la carne, vos marchaos bien lejos. Todo acabará antes, y así obtendrán menos placer.

—No obtendrán placer alguno de lo que les voy a dar —susurró ella a su vez, desafiante.

«Mujer estúpida, testaruda y valiente. —Iba a hacer que la mataran y lo sabía—. Bueno, ¿y a mí qué me importa? Si no hubiera sido tan terca yo no habría perdido la mano.» Pero, casi sin querer, volvió a hablar en susurros.

—Dejadlos hacer y escapad a vuestro interior. —Eso era lo que había hecho él cuando mataron a los Stark en su presencia; Lord Rickard se coció en su armadura, mientras su hijo Brandon se estrangulaba intentando salvarlo—. Pensad en Renly si lo amabais. Pensad en Tarth, en las montañas, los mares, los estanques, las cascadas, en todo lo que teníais en vuestra Isla Zafiro…

Pero para entonces, Rorge ya había ganado la discusión.

—Eres la mujer más fea que he visto jamás —le dijo a Brienne—, pero te puedo dejar más fea todavía. ¿Quieres una nariz como la mía? Intenta resistirte y la tendrás. Y dos ojos son demasiados. Sólo un grito y te sacaré uno, y luego te lo haré comer. Y también te arrancaré los dientes, uno a uno.

—Ay, sí, Rorge —suplicó Shagwell—. Sin dientes quedará igualita que mi anciana madre. —Soltó una risita—. Y siempre he deseado metérsela por el culo a mi anciana madre.

—Qué bufón tan gracioso. —Jaime soltó una risita—. Me sé un acertijo, Shagwell. ¿Qué tienen las viejas de Tarth en vez de dientes? Espera, te lo digo yo… ¡Zafiros! —gritó tan alto como pudo.

Rorge soltó una maldición y volvió a patearle el muñón. Jaime lanzó un aullido. «No sabía que pudiera haber tanto dolor en el mundo», fue lo último que le pasó por la cabeza. No había manera de saber cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero cuando el dolor le devolvió el conocimiento allí estaban Urswyck y el propio Vargo Hoat.

—¡Nada de tocarle loz dientez! —gritó la Cabra, cubriendo a Zollo de salivillas—. ¡Y tiene que zeguir doncella, idiotaz! ¡Noz darán un zaco de zafiroz por ella!

Y desde entonces, todas las noches, Hoat les puso un guardia para protegerlos de los suyos.

Pasaron dos noches en silencio hasta que, por último, la moza reunió valor para volverse hacia él.

—¿Jaime? —le preguntó en susurros—. ¿Por qué gritasteis?

—¿Queréis decir que por qué grité «zafiros»? Pensad un poco, moza. ¿Creéis que esa gentuza hubiera reaccionado si llego a gritar «¡Que la violan!»?

—No teníais por qué gritar nada.

—Ya es demasiado difícil miraros teniendo nariz. Además, quería oír cómo la Cabra decía «zafiroz». —Soltó una risita—. Tenéis suerte de que sea tan mentiroso. Un hombre de honor les habría contado la verdad acerca de la Isla Zafiro.

—De todos modos, os lo agradezco, ser —dijo ella.

—Un Lannister siempre paga sus deudas —dijo—. Eso fue por lo del río y por las piedras que le tirasteis a Robin Ryger. —La mano le ardía de nuevo. Jaime apretó los dientes.

La Cabra quería montar un espectáculo con su llegada, de manera que hicieron desmontar a Jaime cuando aún estaban a un par de kilómetros de las puertas de Harrenhal, le ataron una cuerda a la cintura y a Brienne, otra en torno a las muñecas. Los extremos de ambas cuerdas iban a parar al pomo de la silla de Vargo Hoat. Ambos caminaron a tropezones, codo con codo, tras el caballo rayado del qohoriense.

A Jaime la rabia lo mantenía en pie. El vendaje del muñón estaba gris y apestaba a pus. Los dedos fantasmales le dolían con cada paso.

«Soy más fuerte de lo que imaginan —se dijo—. Sigo siendo un Lannister. Sigo siendo un caballero de la Guardia Real. —Llegaría a Harrenhal y luego a Desembarco del Rey. Viviría—. Y pagaré esta deuda con intereses.»

Cuando se aproximaron a las imponentes murallas del monstruoso castillo de Harren el Negro, Brienne le apretó el brazo.

—Lord Bolton es ahora el señor de este castillo. Los Bolton son vasallos de los Stark.

—Los Bolton despellejan a sus enemigos.

Era lo único que Jaime recordaba acerca del norteño. Seguro que Tyrion habría sabido todo lo relativo al señor de Fuerte Terror, pero Tyrion estaba a miles de leguas de distancia, con Cersei.

«No puedo morir mientras Cersei viva —se dijo—. Nacimos juntos y moriremos juntos.»

El grupo de casas que se habían alzado junto a los muros estaban quemadas, reducidas a cenizas y a piedras ennegrecidas, y muchos hombres con sus monturas habían acampado recientemente a orillas del lago, donde Lord Whent había celebrado su gran torneo en el año de la falsa primavera. Una sonrisa de amargura aleteó en los labios de Jaime al cruzar el terreno desolado. Habían excavado una letrina en el mismísimo lugar donde él se había arrodillado ante el rey para prestarle juramento.

«Nunca llegué a imaginarme cuán deprisa lo dulce se tornaría amargo. Aerys no me dejó disfrutar ni una noche. Me honró y luego me escupió.»

—Mirad los estandartes —señaló Brienne—. El hombre desollado y los torreones gemelos, ¿veis? Los caballeros juramentados del rey Robb. Allí, sobre la caseta de la guardia, gris sobre blanco. El huargo.

—Pues sí —asintió Jaime mirando hacia arriba—, es la mierda del lobo ése. Y lo que hay a ambos lados son cabezas.

Los soldados, los criados y los seguidores del campamento iban detrás de ellos y los abucheaban. Una perra con manchas les pisó los talones entre ladridos y gruñidos hasta que uno de los lysenos la atravesó con una lanza y se puso al galope para encabezar la columna.

—¡Llevo el estandarte del Matarreyes! —gritó al tiempo que agitaba el cadáver del perro sobre la cabeza de Jaime.

Las murallas de Harrenhal eran tan gruesas que pasar bajo ellas era como atravesar un túnel de piedra. Vargo Hoat había enviado por delante a dos de sus dothrakis para informar a Lord Bolton de que se aproximaban, de manera que el patio de armas estaba abarrotado de curiosos. Abrieron paso al tambaleante Jaime. La cuerda que llevaba a la cintura se tensaba y lo tironeaba cada vez que aflojaba el paso.

—¡Oz traigo al Matarreyez! —anunció Vargo Hoat con su voz ceceante.

Una lanza golpeó a Jaime en la rabadilla y lo hizo caer. El instinto le hizo echar las manos al frente para frenar la caída. Cuando el muñón golpeó contra el suelo, el dolor fue cegador, pero aun así se las arregló para incorporarse sobre una rodilla. Ante él, una amplia escalinata de piedra llevaba a la entrada de una de las colosales torres redondas de Harrenhal. Cinco caballeros y un norteño lo miraban desde arriba, el norteño con sus ojos claros, vestido con lana y pieles, y los caballeros imponentes con sus armaduras y corazas, con el emblema de los torreones gemelos bordado en las sobrevestas.

—Vaya, los Frey —dijo Jaime—. Ser Danwell, Ser Aenys, Ser Hosteen. —Conocía de vista a los hijos de Lord Walder; al fin y al cabo, su tía estaba casada con uno de ellos—. Recibid mi más sentido pésame.

—¿Por qué, ser? —quiso saber Ser Danwell Frey.

—Por la muerte del hijo de vuestro hermano, Ser Cleos —dijo Jaime—. Iba con nosotros hasta que unos forajidos nos dieron alcance y lo llenaron de flechas. Urswyck y su gentuza desvalijaron el cadáver y lo abandonaron a los lobos.

—¡Mis señores! —Brienne se liberó como pudo y dio un paso adelante—. He visto vuestros estandartes. ¡Por vuestros juramentos, escuchadme!

—¿Quién habla? —quiso saber Ser Aenys Frey.

—Ez la niñera del Lannizter.

—Soy Brienne de Tarth, hija de Lord Selwyn, el Lucero de la Tarde, e igual que vosotros vasallo juramentado de la Casa Stark.

Ser Aenys le escupió a los pies.

—Eso es lo que valen vuestros juramentos. Nosotros confiamos en la palabra de Robb Stark y él pagó nuestra fidelidad con traición.

«Esto se pone interesante.» Jaime se volvió para ver cómo encajaba Brienne la acusación, pero la moza era terca como una mula.

—No sé nada de ninguna traición. —Sacudió las cuerdas que le ataban las muñecas—. Lady Catelyn me envió a entregar a Lannister a su hermano en Desembarco del Rey…

—Cuando los encontramos, ella estaba intentando ahogarlo —dijo Urswyck el Fiel.

—Fue un ataque de ira —se disculpó la moza sonrojándose—, perdí el control, pero jamás lo habría matado. Si llega a morir, los Lannister pasarán por la espada a las hijas de mi señora.

—¿Y a nosotros qué nos importa? —Ser Aenys se había quedado igual.

—Devolvámoslo a Aguasdulces a cambio de un rescate —pidió Ser Danwell.

—Roca Casterly tiene más oro —se opuso otro hermano.

—¡Matémoslo! —pidió otro—. ¡Su cabeza por la de Ned Stark!

El bufón Shagwell, con su disfraz gris y rosa, dio una voltereta que acabó al pie de las escaleras y empezó a cantar.

—«Un día el león bailó con el oso, fue maravilloso…»

—Zilencio, eztúpido. —Vargo Hoat le dio una bofetada—. El Matarreyez no ez para el ozo. Ez mío.

—Si muere no será de nadie. —Roose Bolton hablaba tan bajo que los hombres se callaron para escucharlo—. Y por favor, mi señor, recordad que no tendréis el mando de Harrenhal hasta que no emprenda la marcha hacia el norte.

—¿Será posible que seáis el Señor de Fuerte Terror? —La fiebre hacía que Jaime se sintiera tan valeroso como mareado—. La última vez que supe algo de vos, mi padre os había puesto en fuga con el rabo entre las piernas. ¿Qué hizo que dejarais de correr, mi señor?

El silencio de Bolton era cien veces más amenazador que la malevolencia ceceante de Vargo Hoat. Pálido como la niebla de la mañana, sus ojos escondían más de lo que revelaban. A Jaime no le gustaban aquellos ojos. Le recordaban el día en que Ned Stark lo había encontrado sentado en el Trono de Hierro, en Desembarco del Rey. Por fin, el señor de Fuerte Terror frunció los labios.

—Habéis perdido una mano —dijo.

—No —replicó Jaime—, la tengo aquí, colgada del cuello.

Roose Bolton extendió el brazo, se la arrancó de un tirón y se la tiró a la Cabra.

—Llevaos esto de mi vista. Me ofende.

—Ze la enviaré a zu zeñor padre. Le diré que tiene que pagarnoz cien mil dragonez zi no quiere que le devolvamoz al Matarreyez pedazo por pedazo. Y cuando ya tengamoz zu oro, ezo ez lo que haremoz: ¡Entregaremoz a Zer Jaime a Karztark y a cambio él noz dará una doncella!

Los Compañeros Audaces rompieron en carcajadas.

—Excelente plan —dijo Roose Bolton, en el mismo tono que habría podido decir «excelente vino» a un compañero de mesa—, aunque Lord Karstark no os entregará a su hija. El rey Robb le quitó una cabeza de altura, por traición y asesinato. En cuanto a Lord Tywin, sigue en Desembarco del Rey y allí permanecerá hasta el año nuevo, cuando su nieto tome por esposa a una hija de Altojardín.

—De Invernalia —dijo Brienne—. Queréis decir de Invernalia. El rey Joffrey está prometido a Sansa Stark.

—Ya no. La batalla del Aguasnegras lo cambió todo. La rosa y el león se unieron para acabar con las huestes de Stannis Baratheon y reducir su flota a cenizas.

«Te lo advertí, Urswyck —pensó Jaime—. Y a ti, Cabra. Si apuestas contra los leones, pierdes algo más que la bolsa.»

—¿Hay alguna noticia de mi hermana? —preguntó.

—Está bien. Al igual que vuestro… sobrino. —Bolton hizo una pausa antes de «sobrino», una pausa que quería decir «lo sé»—. Vuestro hermano vive también, aunque resultó herido en la batalla. —Hizo un gesto con la mano para llamar a un norteño de aspecto severo, con cota de mallas tachonada de clavos—. Escoltad a Ser Jaime hasta Qyburn. Y soltadle las manos a esta mujer. —Mientras cortaban la cuerda que ataba las muñecas de Brienne, se volvió hacia ella—. Mi señora, os ruego que nos perdonéis. Corren tiempos difíciles, es difícil distinguir al amigo del enemigo.

Brienne se frotó la cara interior de la muñeca, la soga de cáñamo se la había dejado en carne viva.

—Mi señor, estos hombres trataron de violarme.

—¿De veras? —Lord Bolton clavó los ojos claros en Vargo Hoat—. Eso no me complace. Lo de la mano de Ser Jaime, tampoco.

Por cada Compañero Audaz, en el patio había cinco norteños y otros tantos Freys. La Cabra no era ningún prodigio de inteligencia, pero sabía contar. No dijo nada.

—Me quitaron la espada —dijo Brienne—, la armadura…

—Aquí no tendréis necesidad de armadura alguna, mi señora —le dijo Lord Bolton—. En Harrenhal os encontráis bajo mi protección. Amabel, buscad habitaciones adecuadas para Lady Brienne. Walton, ocupaos de Ser Jaime de inmediato.

No esperó respuesta, sino que se dio la vuelta y subió por las escaleras con la capa ribeteada en piel ondeando a la espalda. Jaime sólo tuvo tiempo de intercambiar una mirada rápida con Brienne antes de que los escoltaran en direcciones opuestas.

En las estancias del maestre, debajo de la pajarera, un hombre de cabello gris y aspecto paternal llamado Qyburn tragó saliva cuando vio qué había bajo las vendas del muñón de Jaime.

—¿Tan mal está? ¿Voy a morir?

Qyburn presionó la herida con un dedo y arrugó la nariz ante el borbotón de pus.

—No. Aunque, si hubieran pasado unos días más… —Cortó la manga del jubón de Jaime—. La podredumbre se ha extendido. ¿Veis lo blanda que está la carne? Tengo que cortarla toda. Para estar seguros habría que cortaros el brazo.

—Hacedlo y os mataré —le prometió Jaime—. Limpiad el muñón y cosedlo. Prefiero correr el riesgo.

—Podría respetaros la parte superior del brazo —dijo Qyburn con el ceño fruncido— y cortar por el codo, pero…

—Si me cortáis algo del brazo más os vale cortarme también el otro, o si no después lo utilizaré para estrangularos.

Qyburn lo miró a los ojos. Viera lo que viera en ellos, lo hizo meditar un instante.

—Muy bien. Cortaré la carne podrida y nada más. Trataré de quemar la podredumbre con vino hirviendo y una cataplasma de ortigas, mostaza en grano y moho del pan. Tal vez baste con eso, ya que estáis tan determinado. Os daré la leche de la amapola…

—No. —Jaime no se atrevía a permitir que lo durmieran. Pese a las promesas del hombre, al despertar podía encontrarse sin brazo.

—Os dolerá. —Qyburn se quedó boquiabierto.

—Gritaré.

—Os dolerá mucho.

—Gritaré muy fuerte.

—¿Aceptaréis al menos beber un poco de vino?

—¿Reza alguna vez el Septon Supremo?

—No sabría qué deciros. Traeré el vino. Recostaos, tengo que ataros el brazo.

Con un cuenco y una hoja bien afilada, Qyburn limpió el muñón mientras Jaime tragaba el vino fuerte, aunque buena parte se le derramaba encima. Su mano izquierda no parecía conocer el camino hacia la boca, pero eso al menos tenía una ventaja: el olor del vino en la barba sucia ayudaba a disfrazar el hedor del pus.

Pero no le sirvió de nada cuando llegó el momento de recortar la carne podrida. Entonces Jaime gritó y golpeó la mesa con el puño, una vez, otra y otra. Gritó de nuevo cuando Qyburn le vertió el vino hirviendo sobre lo que le quedaba del muñón. Pese a todas las promesas y todos los temores, durante un rato perdió el conocimiento. Cuando despertó, el maestre le estaba cosiendo el brazo con una aguja y cuerda de tripa.

—He dejado una tira de piel para doblarla en la muñeca.

—No es la primera vez que hacéis esto —murmuró Jaime con debilidad. Notaba sabor a sangre en la boca, se había mordido la lengua.

—Todo el que sirve a Vargo Hoat ha visto muchos muñones. Los va dejando a su paso.

Jaime pensó que Qyburn no tenía aspecto de monstruo. Era reservado, de voz suave y cálidos ojos castaños.

—¿Cómo es que un maestre cabalga con los Compañeros Audaces?

—La Ciudadela me quitó la cadena. —Qyburn dejó a un lado la aguja—. Tengo que cuidaros también ese corte que tenéis sobre el ojo. La carne está muy inflamada.

—Habladme de la batalla. —Jaime cerró los ojos y permitió que Qyburn y el vino hicieran su trabajo.

Como encargado de los cuervos de Harrenhal, Qyburn habría sido el primero en enterarse de las noticias.

—Lord Stannis quedó atrapado entre vuestro padre y el fuego. Se dice que el Gnomo prendió fuego al mismísimo río.

Jaime vio llamas verdes que se alzaban hacia el cielo, más altas que las más altas torres, mientras hombres con las ropas incendiadas gritaban por las calles.

«Esto lo he soñado antes.» Resultaba casi divertido, pero no tenía a nadie con quien compartir el chiste.

—Abrid el ojo. —Qyburn empapó en agua caliente un paño y le limpió la costra de sangre seca. El párpado estaba hinchado, pero Jaime consiguió abrirlo un poco. Vio sobre él el rostro del maestre—. ¿Cómo os habéis hecho esto? —preguntó.

—Fue regalo de una moza.

—¿Un cortejo difícil, mi señor?

—Esa moza es más grande que yo y más fea que vos. Más vale que la atendáis a ella también. Todavía cojea de la pierna que le pinché durante la pelea.

—Preguntaré por ella. ¿Qué es esa mujer para vos?

—Mi protectora. —Por mucho que doliera, Jaime no tuvo más remedio que echarse a reír.

—Machacaré unas hierbas para que las mezcléis con el vino, os bajarán la fiebre. Mañana por la mañana volveré y os pondré una sanguijuela en el ojo para sacar la sangre sucia.

—Una sanguijuela. Qué encanto.

—Lord Bolton es muy aficionado a las sanguijuelas —dijo Qyburn con toda ceremonia.

—Sí —dijo Jaime—. Ya me lo imagino.

 

(Este texto no me pertenece, ni escribí nada en él, este texto pertenece a George R.R. Martin)

(Advertencia de spoilers)

D17ub9v

 

“Siempre pensé que era algo para que los niños hagan, mantenerlos ocupados, contarles historias de porqué están amarrando palitos.” Este casual comentario, realizado por el predicar de la congregación Afroamericana en el primer episodio, es una útil pista. Él nos habla de las Redes del Demonio, las cuales son haces de palitos unidos por cuerdas, pero en el momento exacto que pronuncia esta línea la imagen nos muestra una cruz de madera, dos palos amarrados juntos. Redes del Demonio y Cruces, ambos símbolos hechos de madera, compuestos por los mismos elementos, y poseedores de significados similares pero totalmente opuestos. Justo como una mente puede tomar la misma “realidad” y transformarla en narrativas opuestas.

Las Redes del Demonio, la religión cristiana y los detectives están conectados. Todos ellos existen, supuestamente, para repeler al mal. Específicamente, las Redes del Demonio son descritas como pasatiempos infantiles cuyo propósito es atrapar al Diablo si se acerca mucho; Cohle describe a la religión como una narrativa que absorbe el pavor de su audiencia proyectando una falsa certeza; y Cohle describe a los detectives como él y Marty como hombres malos “que mantienen a otros hombres malos de las puertas de los demás”. En cada caso hay una duda de si la intención del objeto/ritual/narrativa/autoridad para repeler a la maldad de hecho funcionó, o si es que introdujo nuevos males. La Red del Demonio parece como una manualidad infantil inofensiva, pero es asociada con el sacrificio ritual. La religión cristiana parece beneficiosa, pero es alienante para sus practicantes (piensen en los revivalistas de la carpa), a la vez que son guiados por hombres peligrosos y, posiblemente, depravados (cómo Tuttle).

Los detectives son la clave de la dramatización de esta idea de narrativas de protección contra el mal que nos formamos que son, por lo general, velos que nos escudan de ver al verdadero mal delante nuestro. Estos profesados hombres malvados, quienes cada cual a su modo viven vidas inmorales (Marty el infiel que destruye su familia, que trata mal a las mujeres, que se violenta y asesina sin pensar, quien está colmado de negación, rabia e impotencia; Cohle el pesimista que piensa que la humanidad merece apagarse, que puede hacer “cosas terribles a las personas con impunidad”, que puede descartar a las personas con un rápido “que se joda”, y que posiblemente podría ser el asesino al que persigue), y quienes son el modo de protección civil que la sociedad tiene contra la anarquía y la locura del mal absoluto.

La importancia y el peligro de la narrativa es el escenario principal, dado que las narrativas que nos formamos para iluminar nuestro camino y conectarnos significativamente al mundo terminan cegándonos y desconectándonos de la realidad, enmascarando a la maldad que está frente nuestro. Lo que pensamos como bueno puede ser malo. Lo que pensamos verdadero de nosotros puede ser falso. Las señales toman el lugar de la realidad hasta que ya no está claro qué es verdadero y qué es falso, qué es correcto y qué no. Ese es el motivo por el cual nuestra vida es una “brillante y larga oscuridad”, llena de “estrellas oscuras”, vividas en un “cuarto cerrado” en donde el “secreto destino de toda la vida” es estar “atrapado por esa pesadilla en la que sigues despertando.” Uno está eternamente destinado a ser aprisionado por nuestra propia, siempre evolutiva, narrativa, la cual brilla y oscurece al mismo tiempo, ilumina y ofusca, lo cual no está necesariamente divorciado de la realidad pero también está indeleblemente marcado por todas las corrupciones del mundo y del propio yo. Cohle y Hart lidian con esta pesadilla perpetua a través de estrategias opuestas, uno abraza la verdad de la maldad, el otro la niega. Cohle siente vértigo por ver al abismo, regodeándose en cada dolorosa verdad, mientras que Hart está lleno de negaciones y rabia latente a la par que reacciona en expensas de su familia. La conciencia de Cohle, más aguda, más compleja y aventurosa que la de Hart, intenta darle sentido a una vida de horrores (hija asesinada y familia destruida, vida inmersa en violencia y depravación) a través de, simultáneamente, profundo desamparo respecto a los humanos y una noción romántica de cómo salvarlos. Hablando de Cohle, el autor Pizzolatto dijo: “El pesimismo y el romanticismo son dos lados de su misma ilusión.” Esa ilusión es que no hay una verdad objetiva para ser “detectada” que sea redentora.

Pese a la imposibilidad de ver claramente, todo el mundo está atrapado en una construcción constante de una narrativa. Cohle dice: “Todos quieren confesión, todos quieren una narrativa catártica para eso; especialmente los culpables.” En otras palabras, todos necesitan una narrativa que, en esencia, es una fantasía para sentirse menos culpables de su propia e inexplicable maldad.

Cierta maldad, sin embargo, es tan terrorífica que no puede ser repelida por la narrativa, y es por ello que el testigo de esta maldad enloquece. El Rey Amarillo es una historia acerca una historia que vuelve loco a quien sea que la lea. Rust es el hombre que no tiene miedo de esta narrativa, y posiblemente ella lo haya enloquecido. Marty es el hombre que esta aterrorizado de esta narrativa, y se esconde de ella al negar verdades y evadir la claridad. Si lo terrible de la verdad es suficiente para conducir a los hombres a la locura, entonces no es sopresa que la mayoría de nosotros estamos, como Marty, atrapados en incesantes intentos de evitar la confrontación con esa realidad.

Esta idea de ambigüedad y ofuscación narrativa, como un modo de rechazar verdades terribles acerca el mundo y el yo, es proporcionada por Pizzolatto a la audiencia en un meta-sentido. Nosotros, el público, somos forzados a ser detectives, analizando signos y formando narrativas para darle un sentido a todo, como yo lo hago ahora. Hart explica: “Estás buscando una narrativa. Interrogas testigos, juntas evidencia, estableces una línea cronológica, construyes una historia, día tras día.” Nosotros, en el público, somos quienes vivimos fuera de las dimensiones normales del tiempo de Hart y Cohle, mirando como dioses hacia abajo, hacia el círculo plano que son sus vidas, cada momento condensado, esparcido ante nosotros, disponible para ser movido a través del antes y el después, eternamente recurrente para nuestra consideración. Somos quienes buscamos olvido en una, supuestamente, confortante narrativa y aun así somos confrontados por un desespero existencialista; muerte, maldad, y la misma ilusión de creer. Somos forzados a considerar la fragilidad de nuestras propias narrativas, mientras el show se mueve y desliza lejos de nuestras suposiciones, y sostiene multiples y competitivas interpretaciones (¿Es Rust el asesino? O ¿Hay una conspiración que incluye a la iglesia y la policía?). Así que extasiados por la creación de nuestra propia narrativa es fácil olvidar que estamos siendo guiados a comparar y contrastar sistemáticamente una variedad de comportamientos inmorales, de asesinato ritualístico a infidelidad, a mala paternidad, a elecciones de fe o creencias tercas, y todo lo que está en el medio. Somos forzados a contemplar la naturaleza y el alcance y la maldad y nuestro lugar dentro ellos. Nuestras propias narrativas nos informan qué es bueno y qué es maligno, expía nuestra culpa al ponernos en el lado opuesto de una dimensión “ficticia” de maldad, pero el terrible centro de verdad que el show revela es que estamos implicados en esa maldad que el show explora, y aun así comprometidos en mantenernos alejados de ella. Catárticamente nos deshacemos de nuestra culpa a través de una narrativa que absorbe nuestro pavor y que distorsiona, y esconde, nuestra complicidad con la maldad.

True Detective articula a una persona con visión. La visión tiene un significado, y el significado es histórico. Tú eres esa persona.

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Por marvelousD (artículo original)

Traducido por: Adrián Nieve

 

Los números del 2013

Publicado: enero 6, 2014 en Inefable

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 4.500 veces en 2013. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 4 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Hola a todos. Empecé con este asunto de las recomendaciones en La Cabina Azul, y lo adoro tanto que ahora lo muevo a mi blog. Cada semana les dejaré las cosas que me gustaría que los demás puedan ver, escuchar y disfrutar. A ver, entremos en materia.

SERIE: The Thick of It es de las más perfectas exposiciones de humor negro y político que encontré hasta ahora. Además de tener un estilo de cámaras y filmación que los distingue, los personajes y el guión están desarrollados de una manera simple pero que igual suena a compleja. Los chistes son contundentes y bien pensados, y lo hacen reír a uno con la seguridad de que si viera aquello en la vida real también se reíria pero con un dejo de realismo más trágico. Con un reparto muy bueno, donde está incluido el próximo Doctor Peter Capaldi (encarnando al mítico Malcolm Tucker, un personaje inolvidable) esta es de las mejores series de comedia que jamás verán y se encontrarán pensando en que tanto se parece la política tal como se la maneja en la serie a la de la vida real. Les dejo un link a sus tres primeras temporadas, y otro a su cuarta y última.
Link a las 3 primeras temporadas: http://thepiratebay.sx/torrent/6191900/
Link para la cuarta temporada: http://thepiratebay.sx/torrent/8512242/The_Thick_Of_It_%28UK%29_COMPLETE_Series_4_%282012%29_720p

MÚSICA: El ámbito de la música boliviana posee bandas buenas, rescatables y pésimas. Pero una de las mejores fue Enfant, donde Horuset trajo música como pocas veces se ha creado en Bolivia y lo hizo de la mano de contribuidores como el gran Freddy Mendizabal, Alex Iturralde, Dan Zlotnik, Mark Aanderud, Pier Alour, Andrea Camacho, Marcelo Villegas y Armando Rivero. Para mí, lo mejor que escuché de músicos bolivianos. Descarguenlo por acá: http://www.mediafire.com/download/awmaxa2x3r3c24z/Enfant+-+Filium+Ex+Machina+%28320+kbps%29.rar#1

LIBRO: Dado que pronto saldrá una continuación de Fight Club (novel) en foma de novela gráfica (y me enteré de que la trama revolucionará alrededor de Tyler Durden mirando como Cornelius, el narrador de la anterior entrega, se aburre en su vida sin salida) pues recomiendo fuertemente que se lean el libro. La película es increíble y siempre será la mejor de los noventas. Pero el libro no se queda atrás y nos brinda una perspectiva más cruda de los eventos en la vida de Tyler Durden. Acá se las dejo: http://kickass.to/fight-club-by-chuck-palahniuk-epub-mobi-retail-t6883215.html

JUEGO: Retornemos al clásico Warcraft. Sí, el WoW es cool y nos trajo muchas sonrisas (hasta que lo arruinó todo a partir del Cataclysm) pero no podemos olvidarnos de sus gloriosos inicios. Ahora si no quieren retroceder demasiado, pueden quedarse con el WarCraft 3, que marcó un cambio en los juegos y que fue el primer paso ahcie el WoW. Dicen que supuestamente se lo puede bajar de acá: http://warcraft-iii-reign-of-chaos.en.softonic.com/

COMIC: Pocos críticos, movimientistas y/o (ae, ae) intelectuales han podido lograr lo que Quino (Joaquín Salvador Lavado) logra en cada una de sus tiras cómicas. Más conocido por la célebre e impresionante Mafalda, Quino ha publicado las más graciosas y descorazonantes tiras cómicas, solo superadas por Bill Waterson con Calvin y Hobbes. En este Tumblr encontrarán imágenes, además de links de descarga: http://quinoterapia.tumblr.com/

PELÍCULA: In the Loop es una película que reunió a todo el personal de The Thick Of It (y a otros que formarían parte de Veep la nueva serie del creador de The Thick of It, Armando Ianucci). Como la serie la película es excelente. Veremos a los actores de la serie en roles distintos (a excepción de Capaldi que nos trae otra gloriosa interpretación de Malcolm Tucker) y hasta veremos a actores como Gandolfini y Will Smith. La película está muy bien balanceada, inteligentemente escrita, los personajes tienen líneas poderosas y la crítica al conflicto del armisticio contra Iraq. Quienes quieran ver como funciona la política y horrorizarse/reírse de ello, no se pueden perder esta película. Acá les dejo el link: http://kickass.to/in-the-loop-dvdrip-t5205027.html

Eso es todo por esta semana. Les agradezco la atención y espero que disfruten de lo recomendado.

Adrián Nieve

Puedo Explicarlo Todo

 

  • ¿Quién sabe si la muerte no es un segundo aire?
  • Si van a despreciarte porque eres lo peor, de una vez que se enteren que no tienes arreglo.
  • Que digan ay, qué cínico, pero nunca qué hipócrita.
  • Soy mi propio gurú en las ciencias ocultas del autoperjuicio.
  • Tú no entiendes lo que es ganarse las cosas, por eso nunca sabrás defenderlas.
  • Algo tiene la falsa sumisión que envanece y engolosina al incauto.
  • Tengo la dignidad de una puta con seis hijos hambreados.
  • Todo enamoramiento nace de una elección fraudulenta
  • Siento que estoy sacando provecho de un festín al que nadie me invitó. Peor aún, al que nadie me invitaría.
  • Ya sabes que la vida es como es y una se las arregla como puede. No es lo que yo quería, es lo que me cayó.
  • El rencor es así, vive con el sarcasmo a flor de labio.
  • Me salen miedos, fobias, rencores, prejuicios, me vuelvo como beata de pueblo. A cambio de eso, la intuición se me afina. No pienso pero huelo. Percibo, siento cosas, y es como si las estuviera viendo.
  • Pienso que te deseo. Fuera de eso, carezco de pensamientos.
  • La civilización consiste en que otros, no sabes quiénes, hagan las salvajadas en tu lugar, de preferencia mientras duermes en ese hogar sonriente y cariñoso donde nunca nadie ha matado a un cerdo.
  • Vivo así, puta mierda, esperando el colapso o la fatalidad, imaginando a veces que uno y otro corren con toda su alma para alcanzar la meta, que soy yo.
  • Una persona adulta espera a que otra persona adulta no se le ocurrirá cometer una niñería, cual si el origen de los miedos más hondos e irracionales no se escondiera en los primeros años.
  • Quedaba un gran consuelo para mi cobardía en saber que nunca hubo nada por hacer. Y aun si lo hubiese habido ¿qué tal si lo hacía mal, que era lo más probable?
  • ¿Quién, que viera a Caín recompensado, no alegaría que Dios es un demonio?
  • Uno sabe que tiene madera de villano cuando descubre en cada límite ajeno un desafío propio.
  • Tengo el perfil ideal del perdedor: decido con trabajos, me arrepiento de cada decisión, me arrepiento de haberme arrepentido.
  • Soy una fuerza contraproducente, y lo peor es sentir este entusiasmo.
  • Y ése era mi problema, como siempre. Pensar más en mi juego que en el del contrario.
  • La soledad nos vuelve bichos estrambóticos.
  • Si le confío estas cosas es para que se vaya dando cuenta de lo difícil que es mi posición. Yo tampoco soy una buscanovios, ni me interesa alcahuetear a nadie. Lo que pasa es que estamos en años difíciles, ya nadie tiene tiempo para nada, y menos para conocerse con extraños. Todos somos extraños, de repente. Lo único que yo hago es tratar de acercar a la gente, pero no a cualquier gente. Cuántas veces creemos, por desinformación, falta de tiempo, falta de observación, que encontramos a una persona que vale. Porque claro, queremos que nos entiendan. Valoramos para ser valorados. Y tanto lo queremos que pasamos por alto cosas muy importantes. Nos gusta la persona, nos mira muy bonito, nos dice cosas lindas. Y tómala, caemos redonditos. ¿Por qué? Porque tenemos esa necesidad. Les ayudamos a que nos digan mentiras, ya estamos de su lado cuando no han hecho ni el menor esfuerzo. No se vale, doctor. Yo misma me he enfrentado a esas situaciones infinidad de veces, y todo porque me faltó la frialdad suficiente para distinguir entre lo que se quiere y lo que se puede. Claro que quiere una el gran romance, la gran propuesta, la pareja perfecta, la familia ideal. Nada de eso nos llega si no tenemos cabeza fría.
  • Cuida uno sus palabras, su apariencia, sus modales, pero nunca sus muecas.
  • No es ella la que veo, es la que quiero ver. No podría decir que me atrae, pero así lo decido y es igual.
  • Sé que haré lo que haré porque soy uno de esos perseverantes que ni en sueños se privan de aprovechar una oportunidad para echarse la vida a perder.
  • Tiene un aura romántica esto de presentarse como el que nunca podrá uno ser.
  • Uno piensa que le teme a la sangre, supone que es del todo incompatible con cualquier fechoría de corte sanguinario, y cualquier día de éstos se descubre a merced del vértigo sensual de la crueldad, donde la sangre es solo uno más de los fluidos cuya derrama hace gozar al cuerpo.
  • Nadie sino uno mismo quisiera convencerse de que en realidad no es una cucaracha.
  • Vuelo libre con alas de mentira y turbinas de fe.
  • Se matrimonia uno con los vicios, se duerme y se despierta junto a ellos, disfruta de sus mimos sin pensar demasiado que es minoría dentro de sí mismo.
  • Las virtudes siempre tan vanidosas y repetitivas.
  • Creo que su más grande diversión era crear confusión para no dejar claro hasta dónde llegaba la broma.
  • Uno sabe que ha contraído un vicio cuando empieza a tratar de justificarlo.
  • Mis miedos son corruptos y oportunistas.
  • Nadie se aferra tanto a la vida como quienes han visto a otro perderla.
  • Las mentiras son como bisturíes, no cualquier huelepedos sabe usarlas sin que le tiemble la mano.
  • El chiste es que la gente desdeña los consejos de las clases sociales inferiores.
  • Todo lo que atormenta con el tiempo consuela.
  • Lo cierto era que estaba eligiendo desprotegerme cuando menos tres veces. Una, por escaparme con una sospechosa de mitomanía que ya me parecía lo bastante atractiva para pasarle cualquier falta por alto.
  • La sensación de escaparme junto a una loca potencial no me dejaba ni ponerme escéptico.
  • Ser romántico a solas y a la distancia, muchas veces a espaldas de la quimera amada, o hasta en venganza contra su desdén. Ser romántico para dar dignidad a la renuncia y color a la ausencia. Ser romántico por humor y cosquilla y capricho y por la conveniencia de lo inconveniente.
  • Tú no lo ves, pero esa zorra irradia mal fario. Le saltan los complejos. Fobias, resentimientos. Se le asoma el rencor de los bastardos.
  • Y es por eso que pierdo en el ajedrez, pienso más en mi juego que en el del enemigo, me importa poco que me coman los peones.
  • Los perdedores se consideran listos, les indigna que los menos dotados lleguen más lejos que ellos. Creen que el talento vale más que la persistencia.
  • ¿Qué es “mejor”, sin embargo, ser menos mentirosa o decir mejores mentiras, o no sé, más frecuentes?
  • Ya lo dicen los clásicos, no obtiene uno lo que merece, sino lo que negocia.
  • A los monstruos los apendejas con un valium, no se diga con antidepresivos. Pero el demonio tiene otro rango.
  • Uno teme a sus monstruos sólo porque escuchó la voz de sus demonios y creyó sin pensarlo que era la suya propia.
  • ¿Sabes cuál es el objetivo de un sarcasmo? Caricaturizar las fallas del otro.
  • Se trata de ofrecerle más, y luego más, y al final más, lo que tú quieres no es tirarte a una puta barata sino hacer cantidad de cochinadas al lado de la furcia más dichosa del mundo.
  • La gente cambia, Carnegie. A menos que la tenga uno contenta, y eso implica jugarle sucio a sus demonios.
  • ¿Cómo voy a explicarle al abogado que en ciertas circunstancias la imprudencia me tranquiliza más que la precaución?
  • Jugar ruleta rusa hasta el quinto intento, qué delicia vivir después de ese clic.
  • Hay días en que pienso que nací viejo.
  • Hay que ahorrar las mentiras, nunca sabes cuándo vas a necesitarlas.
  • Somos impunes frente a los cadáveres, podemos retorcer su jodida memoria de acuerdo a nuestras más mezquinas conveniencias.
  • Nadie nos asegura que hay un infierno, pero nos consta que existe la muerte.
  • Qué te puedo decir, Joaquín. Me gustas por verosímil. Pareces gente bien, nadie diría que eres mariguano y das las nalgas por mujeres conflictivas.
  • Al falso franciscano lo acusan sus eructos.
  • Los muertos también cuentan en el currículum. Te sacuden, te cimbran. Te enseñan más que todos los libros.
  • Puedes joder la vida que te habías propuesto reparar, y cuando lo hagas tendrás dos opciones: desangrarte o seguir chupando la sangre.
  • Nunca sabemos cuál va a ser el capítulo del que se va a colgar quien nos lea, ni tampoco cuáles va a digerir.
  • No crece uno por el empuje natural de su talento como por el combate sostenido contra su estupidez.
  • Nos enseñamos a admirar y reverenciar al que peor se la pasa. Traicionado, azotado, calvado, abandonado por Su Padre. Nos postramos ante un hombre que sangra. Queremos más a nuestra mamá si ha debido sufrir por nosotros. Por lo visto sus buenos momentos no cuentan. Es oficialmente incapaz de sentir un orgasmo.
  • El chiste no es tumbarle los calzones, eso va a suceder por la pura fuerza de la gravedad. Lo que tienes que hacer es tumbarle la aureola.
  • La gente cree lo que le cuentan no por lo que le cuentan sino por la manera en que se lo cuentan.
  • Le gustan sus rencores. Con ellos justifica sus insuficiencias. Los transfiere, además. Y los protege, con la coartada de que quiere olvidarlos.
  • Las disculpas son densas, pesadas, nadie quisiera tener que pedirlas, ni todos están listos para concederlas.
  • Puesto que a un enemigo de verdad no basta con matarlo, hay que ir a cagarse en su tumba diariamente.
  • Si te sonrió, leerás en su expresión la burla, o el desdén, o el desafío, lo mejor que le cuadre a tu resentimiento.
  • Si hay la opción de elegir, un cobarde prefiere morirse de a poquitos.
  • La mujer, Carnegie, de eso se trata el mundo.
  • Rascarse hasta la muerte, que deleite.
  • No sabe mientras rasca dónde acaba el placer y comienza el ardor.
  • Nadie termina nunca de arrepentirse por no haber hecho lo que quiso, pudo y quizás debió hacer, cómo saberlo si no se atrevió.
  • De mi fatal tendencia hacia la verborrea. No me sé controlar, es más fuerte que yo.
  • Nunca vayas y cuentes más mentiras de las que luego puedas controlar.
  • Imponerles un dios, un catecismo, una parroquia. Sepultar una verdad con otra.
  • La evidencia es calumnia.
  • Nunca creas nada específicamente. Creer así nos quita el margen de maniobra. La fe que nos importa es más estática.
  • La gente avorazada no saborea el pastel.
  • Es muy fácil creernos las cosas en el momento que más nos convienen.
  • No sé porqué hay un tipo de mujer que prefiere a los hombres que no saben tratarla.
  • Nunca cometas el error garrafal de usurpar el lugar de un ser de otro sexo. No vas a entender nada, así te pintes y te pongas peluca.
  • El golpe de la muerte es contundente. Un mazazo haz de cuenta. No tanto para el muerto, que ya dejó de estar, como para los vivos, que aunque no lo parezca se han muerto un poquito.
  • Lo Qué Pasó es tan grande que incluye en su interior todo aquello que ya no pasará.
  • Una paciente que odia más allá de la muerte está más fría que una paciente triste.
  • Uno debe alejarse de los diablos a los que no es capaz de seducir. Que a veces, claro, son los más seductores.
  • A la gente le gusta creer en los que ven más lejos, tanto que de repente les basta con que alguno lo proclame.
  • Lo mejor que uno tiene rara vez lo conoce. Hay que sufrir para eso, y en estos tiempos nadie quiere sufrir.
  • Las coartadas no legitiman a nadie, aunque a algunos los libran de pagar consecuencias.
  • Soy uno de esos neuróticos magnéticos a los que les sucede todo aquello que temen.
  • Soy un niño, no entiendo casi nada del futuro porque lo veo lejano como un astro sin luz.
  • Con esa ingenuidad apasionada, incondicional e íntegra que distingue al amor infantil de todos los demás.
  • Amor insobornable, devoto e indefenso. Amor sin cuerpo, ni esperanza, ni plan. Amor a solas siempre, y en silencio. Amor que se alimenta de sí mismo y encuentra coincidencias en la primera historia de amor que se le cruza. Amor desestimado y hasta cómico para cualquier adulto que atine a descubrirlo. Amor tierno que nada entiende de ternura porque se mira grave, cuando no trágico. Amor a todas luces imposible y  no obstante resuelto a respirar. Amor entre rendijas; clandestino, tenaz, escurridizo. Amor que se propone sobrevivir al tiempo y la distancia para cruzar un día, victorioso, el umbral de la mayoría de edad y demostrarse así capaz de cualquier cosa. Amor que da vergüenza y orgullo al propio tiempo. Amor sin restricciones de la imaginación, dueño de alas tan anchas que apenas caben dentro todos los sueños. Amor al otro lado de la barda, extranjero ante todos, minoría aplastante. Amor que se encarama en la cabeza y nos tapa los ojos con la vena tiránica de un redentor metido a lazarillo. Amor que imita todo cuanto cree que pueda parecerse al amor verdadero, pues se teme ilegítimo y se quiere infinito. Amor que nos perturba si buscamos la calma y nos calma si estamos perturbados. Amor sin nombre que de noche nos nombra y de día se esconde tras la sonrisa ingenua de quien cree haber dejado atrás la ingenuidad tan solo porque ya aprendió a fingirla. Amor cobarde que se quiere valiente y está dispuesto a todo menos a revelarse ante quien ama. Amor que llora a solas y en secreto, que antepone el secreto a sus demás apremios y pospone la vida por continuar en secreto. Amor que abre la boca cuando se ha hecho muy tarde y solo queda espacio para la añoranza. Amor que fue añoranza desde la hora misma de su alumbramiento, y hacia allá se dirige irremisiblemente. Amor siempre rendido, caído del cielo al limbo por obra y gracia de una deidad distante que nos lo entrega así, sin manual de instrucciones ni mucho menos póliza de garantía. Amor desobediente. Amor mandón. Amor de nadie más. Amor de mis entrañas. Amor mío.
  • Que todavía me gustan las chicas malas. Conservo la superstición enfermiza de creer que conmigo van a cambiar.
  • El verdadero triunfo de nuestros enemigos consiste en instalarse en nuestro pensamiento.
  • Precisamente porque no se puede, necesito que siga todo así.
  • ¿Cuál sería la palabra que designa a quienes se alimentan de relaciones imposibles?
  • Nunca conoce uno más que a quién se le da la gana de conocer.
  • Nadie se come kilos y kilos de mierda sin eructar rencor y vomitar revancha.
  • Más que de lo que se cuenta, la cizaña suele vivir de lo que calla.
  • El problema de las mujeres imposibles no es que sean imposibles, sino que llegan sin anunciarse.
  • Inclusive el ente más repelente sabe que no poder alcanzar al amor es una condición en extremo propicia para ser alcanzado por él.
  • Nada me inculpa más que mi inocencia.
  • Soporta uno la infancia y sobrevive a ella por la magia de la superstición.
  • ¿Qué es el amor, al fin, si no superstición? De él no sabemos nada y lo creemos todo, y a veces muy temprano averiguamos que en su ausencia se vive a merced del cinismo y la miseria, disimulando a medias la huella del fracaso primordial.
  • Voy cuesta abajo y no quiero parar.
  • Las criaturas, me explicaba entonces, sólo asimilan aquella información que pueden procesar sin desquiciarse.
  • Todo el día nos mienten, los cabrones adultos. Nos crían dentro de una burbuja de mentiras y todavía se atreven a exigirnos que les digamos la verdad.
  • Abusar del extremo cauteriza la herida. La inmuniza, también.
  • A veces uno suelta mentiras automáticas, que luego ya no logra desmantelar.
  • Es una de las leyes universales de la mediocridad. No intento porque no sé; no sé porque no intento.
  • Invitas a la gente a tu infiernito, para que vean lo que se siente. Que huyan despavoridos. Que te dejen reinar en tu silencio.
  • No es muy fácil contar la verdad sin mentiras.
  • Lo que más nos fastidia del enemigo, aquello que luchamos por no ver, y si es posible también suprimir, es algún asqueroso parecido.
  • No se ha inventado aún el odio sin celos, ni hay en el mundo celos libres de competencia.
  • ¿No era cierto que por ley natural el condenado duerme mejor que el sospechoso?
  • Todos los mentirosos nos ponemos en guardia siempre que la verdad se nos asoma.
  • Alejandrina juega a ser insoportablemente atractiva. La miro y se me ocurre que en realidad es atractivamente insoportable.
  • Nunca hay que contar todo, ni casi todo, y ni siquiera un poco, puta mierda. Pero cada uno quema las naves como puede.
  • Bendito sea el silencio, defensor natural de los acomplejados.
  • No existe el autoperjuicio sin automenosprecio.
  • El que se cree muy listo comete cuando menos dos errores. Uno es pensar que todos somos pendejos, el otro darle cuerda a la vanidad.

Frases de Xavier Velasco I

Publicado: noviembre 8, 2013 en Inefable
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Diablo Guardián

  • El sepelio es el fin de la primera persona. Una ocasión pomposa donde unos cuantos ellos despiden a otro yo de su nosotros, a la vez que lo envían a otro ellos, más hondo e insondable.
  • Pero ¿qué no un cristiano de verdad humilde tendría que considerarse criado, antes que siervo?
  • Las mujeres que duermen con cerdos poco a poco se van haciendo cerdas.
  • Siempre quiso esconderse, volverse invisible.
  • Un día descubrió que escribir era una buena forma de transparentarse, de estar sin nunca estar.
  • Si en el recreo estaba escribiendo en lugar de jugar fútbol o basquetbol o bote pateado, ello al menos le daba a su aislamiento el decoro de la propia elección: estoy solo porque me da la gana.
  • Escribirlas era darse a una vida subterránea.
  • El amor: qué cosa tan prohibida.
  • ¿En qué clase de infierno se habría convertido su ya de por sí horrenda escuela si alguno entre todos eso extraños hubiese conseguido asomarse a sus cartas de amor?
  • Para los otros, su cuaderno era el símbolo de la soledad y el tedio, para él, era como cargar dinamita en la mochila.
  • Cada historia era un fracaso asegurado, pero en tanto duraba era más divertida que todos los trofeos concebibles.
  • Para escribir, es preciso poseer un detecto de mierda, innato y a prueba de golpes.
  • O tal vez con el propósito de llegar a ser lo suficientemente duro para escribir alguna cosa de la que luego no se avergonzara hasta los huesos. Ya no una historia larga, ni corta, ni en episodios, sino cualquier escrito que le permitiera el lujo de medirse en una cancha reglamentaria – periódicos, revistas, lo que fuera –. Una reseña, una opinión, una idea preferentemente demoledora.
  • No es difícil ser implacable cuando se ha crecido entre toda suerte de mimos y licencias.
  • Pig no subía a los hombros de gigantes para ver más lejos, sino para dinamitarlos.
  • Mamita tenía una ventaja sobre el resto del mundo: sabía perder.
  • Como que a esas edades casi todo te pasa.
  • Vivía intensamente amores imposibles de raíz.
  • Prefería eludir todas las probables amistades para mejor centrar sus esfuerzos en seguirlas de cerca, siempre desde una sombra segura, aunque febril.
  • Ciertas mentiras dejan de serlo apenas son creídas por quien las concibió.
  • Por más que el Sapo, el Muecas, el Kilos y el Mister apreciaran sonoramente la huella escrita de sus desvaríos, Pig concentraba todos sus esfuerzos en atrapar los ojos, los oídos, el alma de la Sopa: la primera mujer que descompuso el Detector de Faulkner.
  • Acurrucado en una timidez todavía inexpugnable, Pig hubiera querido llamarla por su nombre.
  • Lejos de enamorarse de ella, Pig estaba prendado de su propia creación.
  • Con esa mezcla de prepotencia y piedad por si mismo que suele proteger al inseguro del ridículo abierto.
  • ¿Desde cuándo los cobardones que hacen pedazos todo lo que escriben necesitan musas?
  • ¿Para qué le servían todas esas trincheras, además de garantizarle un aislamiento a prueba de calor humano?
  • Digo, soy lo que quieras, nomás llégame al precio.
  • ¿Para qué quieres un millón de dólares guardados en el clóset? ¿Cuándo has visto a una niña rica llenando cochinitos?
  • A veces divertirte es llorar con toda tu alma.
  • Nadie se toma el trabajo de armar esas ofensivas asesinas sin un perol de pasiones quemándosele dentro.
  • ¿Te has fijado en lo poco decorativa que llega a ser la verdad?
  • Y si uno se confiesa es porque le hace falta.
  • Además una nunca le confiesa al padre los pecados que piensa cometer.
  • Hay cosas que a los adultos no se les pueden contar. Tampoco cuando crecemos y nos volvemos adultos, pues para entonces ya hemos aprendido a arrepentirnos de haberlas pensado, creído, temido, y así las enterramos en el subsuelo de la memoria: donde nunca hay por qué rascar.
  • Las personas adultas se avergüenzan de su infancia como de su inocencia, y luego también de su juventud, porque lo más fácil y lo más cómodo y lo de mejor gusto es olvidar a tiempo lo que ya no se tiene.
  • Era como el dolor, que siempre llega pero siempre se va. Hasta que cualquier día nos vamos con él.
  • Imposible lograr cualquier aplauso sin antes empuñar bien alto una nueva cabeza chorreando hemoglobina.
  • Exagerar su vida inconfesable, mirarla de soslayo.
  • ¿Cómo darse completamente a la escritura, sin desafiar con ello al buen gusto imperante?
  • Porque hasta cuando sabes que no puedes confiar en nadie te topas con que tienes que confiar.
  • No es cosa de dinero, sino de inversión. El que más invierte tiene la palabra.
  • Los senos son como dinero, ninguno acepta que los necesita pero ninguno deja de pensar en ellos.
  • ¿Por qué la gente cree que llorando y quejándose de lo triste que es su vida va a merecerse cualquier cosa mejor?
  • Una le inventa nuevos nombres a la gente para apropiarse de ella. Nombres con los que nadie más les llama, solo tú.
  • Necesitaba un Dios a mi medida.
  • Pero jamás tocaba el tema de sí mismo: demasiado pequeño a sus ojos. Inoportuno, aparte.
  • Su merecido era: soñar el día entero con ella.
  • Mirándose a los ojos tímidos y triunfantes, como dos niños que recién ahogaron al bebé de la sirvienta.
  • O porque, como tanto se lo había dicho Mamita, su temperamento de hijo único lo emparentaba naturalmente con los chivos: animales habituados al gozo simultaneo de mamar y dar topes.
  • Y no quiso desear, pero deseó.
  • Saltar es como apostar: nadie te obliga, pero lo haces como si no tuvieras otra opción.
  • Negociar: virtud de creativo, pecado de creador.
  • Harto de soledad, listo para treparse en cualquier tren.
  • ¿Cómo hace una mujer para insertarte en su órbita sin siquiera verte?
  • A la gente le gusta ver sufrir a la gente.
  • Aferrarse a la inercia que los lleva a la catástrofe.
  • ¿Cuál era el atractivo que había hecho de la casi-bonita una hermosura?
  • Que con tal de seguir apareciendo conveniente a los ojos de Rosalba podía hacer verdad cualquier mentira, hasta el punto de él mismo creerla y defenderla cual sólo se defienden las intensas certezas.
  • La intensidad de una pasión se mide por la soledad que la precede.
  • Uno prefiere hablar con las estampas porque ellas no se ríen, ni se apiadan.
  • Vamos por la noche como las ambulancias, aullando para silenciar las carcajadas del Creador.
  • Aunque después, muy tarde, Pig terminase descubriendo que no eran tanto los monstruos quienes pedían comida, cuanto la soledad que por su cuenta los amamantaba.
  • ¿Cómo, si no en soledad, puede uno dar crédito y cuerpo al pavor por la nada?
  • Amamos de la única manera soportable: como si jamás fuésemos a morirnos.
  • El amor es lo más parecido a las mentiras. Justifica u opaca la razón, por derecho o torcido que parezca, no requiere de justificaciones.
  • Uno le cambia el nombre a las personas y a las cosas porque así las convierte en solo suyos.
  • ¿No es acaso el amor una asombrosa, y a veces milagrosa, conjunción de patrañas?
  • No te quiero, te codicio.
  • El amor es, como la vida y la ficción, estúpido.
  • A veces las mentiras más obscenas resultan preferibles a una verdad del todo detestable.
  • Cualquiera se habría carcajeado de mirar sus estúpidos rituales, que sin embargo eran lo único que tenía para defenderse de la nada: esa mustia perversa que primero se había transfigurado en Hombre Lobo y después en aquella urgencia convulsiva que le exigía a gritos llamarle por su nombre: amor.
  • Se elige ser feliz, besado, afortunado, aun en la certeza de que sucederá lo opuesto, igual que se le dice “que te vaya bien” a un enfermo terminal.
  • El diablo de allá abajo y el diablo del amor podrán ser parientes y en momentos socios.
  • Pues pasa que el amor – su presencia engañosa i su ausencia estridente – es capaz de mimar todas las tentaciones, y llegado el momento resistirlas, si es preciso.
  • Dar fe a lo improbable es saberse caído, presa dentro, cautivo de una irrealidad en la que solo resta sumergirse, y así andar por las calles con lo que el desdichado juzga una sonrisa imbécil ¿Cuántos santos y mártires han muerto en el cadalso con la sonrisa impresa por una fe impermeable a la desdicha?
  • Porque en el reino del amor sólo sabe quién cree, y lo demás no existe.
  • Se iría solo, como había llegado, como se van al diablo siempre los que esperan.
  • ¿Cómo vivir así, con la vergüenza de aguantarse las ganas de encajarle a la vida una pistola en el ombligo?

Pon una pelirroja en tu vida: Emma Stone

Publicado: septiembre 9, 2013 en Inefable

Siempre voy poniendo fotos de Emma con la frase “I’m Stoned”. Bueno, parece que no soy el único.