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(atrapado en una multitud sudorosa esperando a los Strokes durante una noche calurosa en Santiago de Chile)

Quiero un solo segundo sin tormento. Para poder perderme en tonos agradables y tararear canciones sin pensar en nada ni que nadie se acuerde de mí. Quisiera estar en paz con la tierra y el aire y así dedicarme a aprender a respirar sin necesidad de mis pulmones, o aprender a hablar con el cerebro apagado. Confieso que me deleito con el primer bocado de cada comida y la sensación  de un estómago lleno me hace sentir del mismo modo que de seguro se siente la gente que disfruta bailar. Me gusta escucharte hablar en esos tus tonitos tan propios de ti, la voz que nadie más que tú usa y los ojos entornados como globo perdiéndose en la vasta maravillosidad del cielo, ese océano que no nos empapa. Me hace feliz cantar con toda el alma y perderme en esos mis gritos de angustias, que a lo mejor son hasta tontas pero que son tan mías que nadie más entiende a la perfección suficiente como para divertirse con ellas.

Odio varias cosas pero me encanta odiarlas, mirarlas desde arriba y creer que puedo despreciarlas tal como yo a ellas puedo importarles muy poco. Cuando me deprimo vuelvo a tener 16 años, en esos tiempos en que me perseguía lo inevitable de la muerte y guardaba toda mi furia que de todas formas salía a borbotones pese a la represión a la que la sometía; quizá por eso es que adoro la percusión en casi cualquier canción, pues la rabia reprimida sale mejor pretendiendo que golpeas con las baquetas esa enorme batería imaginaria. Detesto al olvido, porque hacia allí todos nos dirigimos y por lo mismo me gusta sentirte encima mio, o a lado, debajo, desnudos, vestidos, virtuales, tú elige, pues en mi subjetividad son momentos infinitos en que miramos al cielo púrpura y recordamos que un día vendrá alguien más joven que nosotros a enseñarnos a mirar lo que hoy nadie puede ver. Y es jodido porque ese día llegará mientras yo te espero con esta impaciencia que detesto con la misma intensidad que la mantiene nutrida y que tantos sinsabores me ha traído. Me gusta lo intenso ¿qué puedo decir? Me hace sentir vivo, me acerca a ese límite mortífero que otros encuentran en el vértigo o la adrenalina.

Prefiero a los perros que a los gatos , y eso que los gatos son bastante importantes en esa alegoría odiosa de mi corazón. Adoro mi flojera pero me quita muchas oportunidades de robarle vida al tiempo, lo cual me deja con la misma sensación de recordar a mis muertos, esos amores agridulces que un día fueron  pero que ya no pueden ser más. Adoro mirar la luna y extraño a todas mis mascotas y, de nuevo, a mis muertos, tanto los que se marcharon al olvido como los que todavía respiran. También adoro los atardeceres, la noche, el frío y la luz del sol a las 9 de la mañana. Tengo un fetiche por la imagen y los colores intensos y me presto la música para expresar lo que siento, tal como me valgo de series y películas para escapar a una ficción ajena a la mía y así no pensar mucho en ese yo que tanto me aburre a ratos por el excesivo tiempo que pasamos juntos. Me gustan tus ojos y la forma que sonríes con ellos, me gusta que cuides a la gente y que entiendas que yo también tengo a mis amigos y amigas a los que amo más de lo que imaginamos. Me encanta hablarle a los perros porque no tengo que mentirles, porque no entienden y solo sienten, y si entienden pues yo no lo entiendo y estoy bien con ello. Soy capaz de callarlo todo pero también de hablar hasta lo que menos me conviene. Y por eso me matan los silencios, porque tiendo a ser muy partícipe de ellos.

El momento en que menos existo pero más vivo es cuando me pierdo en escribir. Para mí es jugar a ser dios saliendo de mi ficción, o más bien expandiéndola hacia allá donde se pierde la humanidad, el reino de lo incomprensible, esos lugares en que lo que me gusta no es mas que otro parpadeo momentáneo en un perpetuo donde nada dura. Me gustan las cosas que me hacen mal pero le tengo miedo a morir, me molesta lo excesivamente normal que soy pero me encantan los giros oscuros que mi mente puede dar, esos pensamientos a los que pocos se animan a entregarse por alguna suerte de sentido moral o, peor, sentido común. Me gustaría que estés acá y contigo un tropel de las personas que más quiero, todos riendo y comiendo y actuando como hobbits y yo a un lado fumándome mi pipa mientras me pierdo en las formas del humo contra el cielo del anochecer y los débiles resplandores de la sombralunar mientras te ansío cerca y no tengo más que pararme para estarlo. Y de la misma manera podría reírme de idioteces con mis amigos y escuchar sus sufrimientos angustiándome por tratar darles de mi querer porque eso igual me gusta, aunque suene peculiar. Añado que amo a mi madre y a mi padre, amo a mis primas menores y a mi gata. A los demás o los quiero o se han dejado olvidar. Muertos vivientes, ya lo dije.

Me intimida la gente linda pero me gusta mirarlos y mirarlas, preguntarme qué sucede detrás de sus miradas, sus rostros bellos, sus cuerpos irreales y me es muy molesto cuando descubro que son feos por dentro. Arruinan el momento. Y eso es porque a veces verlos es como mirar los colores de un atardecer, los ojos de un perro o un paisaje iluminado de una manera precisa, es mi forma de homenajear a ese momento llamado estética, la apreciación de la belleza momentánea que se pierde en el fluir del tiempo. Ese tiempo que nos consume, que se lleva nuestra salud o nuestra belleza y la transforma en otro tipo de belleza, o que nos amarga, nos ve intentar hacernos felices, darle un sentido a ese fluir eterno del que nadie escapa, nos ve fallar y escucha como algunos llegan a culparlo de nuestra irrelevancia en la existencia mientras algunos otros tratamos de sonreír con el poco sentido que podemos procurarnos. Así que admito que no me gusta la poesía pero sé reconocer a un buen poeta cuando me golpea en el rostro con sus versos, pero ni a golpes comprendo a los que les gusta el cine de terror o el picante. En cambio me saco el sombrero imaginario por aquella gente que baila y cocina, me embeleso con las voces bellas y las actitudes positivas pero tímidas en su optimismo. Quizá porque soy más de gente fatalista, pesimistas o, mejor aun, absurdistas que sepan que nada de esto tiene el más mínimo sentido y que solo podemos mirar a donde sea que queramos y creer lo que mejor le vaya a nuestros vacíos.

Me pregunto cual será el comienzo del olvido. Lo hago mientras noto que me gustas más y más, aceptando que quizá lo nuestro no sea más que otro parpadeo en la eternidad o, lo que es peor, un parpadeo en nuestras vidas. Me consuelo respirando y recordando que, por ahora, no existe otra cosa más que este presente en el que no quiero dejar de mirarte. Entonces me loqueo y escribo, escucho canciones que hablan acerca lo que consume a mi alma en silencio, me pudro en rutinas de no alarm and no surprises hasta que rompo con lo mundano y me escapo a algún viaje hacia cualquier tipo de lejanía donde siempre termino por encontrarme porque no me puedo dejar en paz. Y, de nuevo, despierto entre la gente que amo y la que odio, los que no tienen importancia y los que sí, me exprimo los sesos y les doy valor, los dejo poblarme sin envenenarme y retorno a disfrutar en ese momento en que admito que siempre he preferido la soledad, aun si la alternativa no me suena mal.

Cerrar los ojos

Publicado: mayo 23, 2016 en Zopilotadas
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Los clichés románticos de las películas enseñan que cerrar los ojos es signo de algo profundo y que requiere de mucha confianza como para hacerlo sin pensar en los párpados del otro, pues hay algo en la vulnerabilidad de cerrar los ojos que hace que el beso sea más especial, como si ser vulnerable con otra persona fuera, justamente, la prueba de la veracidad de un sentimiento, pero creo que esas son reflexiones ajenas y distantes, más próximas a la teoría que a la práctica. Cerrar los ojos, por el cliché, puede volverse un acto calculado, inclusive en un indicador, en esa señal que buscamos con los ojos entreabiertos, asegurándonos de si es que somos los únicos que besamos pensando en la mirada ajena, pero siempre con la chance de usarlo como un signo, verdadero o falso, de nuestra entrega. Sí, el romance puede ser fingido, el amor puede ser una mentira, hasta el enamoramiento o los caprichos pueden validarse como reales con gestos como este, que son sacados del folclor romántico alrededor del mundo. Y lo hacemos, lo hicimos y muchos lo seguirán haciendo porque no es malo, es algo tan normal que no tiene chances de ser especial. Los humanos tememos y calculamos, mentimos y creemos. Es parte de nosotros.

Pero luego pasa algo y resulta que tus labios encuentran a otros labios y cuando el choque ansiado se produce descubres que tus ojos están cerrados, y por un instante tu cabeza divaga en ese espacio silencioso, donde seguro está la eternidad, y tu mente se reduce a eso: a la sensación del beso, a la entrega total al presente sin pasado que importe, ni futuro que exista, solamente el momento mismo, inefable, inamovible, colmando tu ser y pensamientos, tu tiempo y existencia, tan fuerte que tus ojos no tienen otra más que cerrarse sin calcular cosa alguna, sin siquiera pensar en nada más que el goce del beso y sin ponerle nombres al sentimiento, solo dejándolo fluir en uno de esos raptos de los que tantos escritores hablaron a lo largo de los años, tratando de llenar y nombrar a todas las faltas y vacíos que habitan al humano. Cerrar los ojos, no como un gesto controlado, ni como un cliché de historia de amor, cerrar los ojos no por voluntad propia pero sí con la entrega del libre albedrío, completamente consciente que no puedes, ni quieres abrirlos, que te gusta disfrutar el instante pues sabes que lo ansiaras ni bien haya terminado y tu existencia se reducirá a la espera de la próxima vez que cierres los ojos y sientas ese choque de labios, de lenguas, de tiempos y existencias, ese vértigo de vulnerabilidad, esa emoción que mezcla al control con el poder, con la incredulidad y la entrega, flotando desnudos en lo que, de seguro, sienten los religiosos en sus catarsis ficticias y espirituales ¿Cómo no cerrar los ojos cuando siento que sus labios están cerca? ¿cómo no perderme en ese breve instante en que nada fue ni será sino que, simplemente, es y ya? No hay nombres para algo tan inenarrable y, de seguro, amor queda corto pero también queda grande. Quizá, por ahora, solo sea fluir y fluir hasta encontrar que ya no importan los nombres que le otorgues sino, simplemente, cerrar los ojos y flotar en la eternidad.

Monólogo 215184919

Publicado: febrero 16, 2016 en Zopilotadas

Hay ilusiones que nos sostienen, que nos brindan la artera y hasta magra ventaja de la esperanza, anclándonos a esa perspectiva de que hay un sol poniente en todos los horizontes. La ilusión es así, se vale de los conceptos más improbables,de las posibilidades más fantásticas, para crearnos la idea de que nuestros sueños podrían ser reales, de que nuestras metas no son solo un pensamiento correteando en nuestros cerebros. Aferrados a la esperanza se nos hace más fácil soportar el cruel peso de la vida y la realidad, las vicisitudes a las que está sujeta nuestra existencia, simplificándola o, por lo menos, ayudando a darnos un respiro de alegría que nos permita sentir que vale la pena vivir. Dicho de otra forma, se entrega uno a la esperanza porque aligera al sufrimiento.

Por supuesto que hay quienes exageran pues no existe consuelo que no despierte algo de vicio…pero ese es otro asunto del que no vale la pena hablar casi nunca. El verdadero meollo en el tema de las ilusiones y esperanzas está en que se sostienen en mentiras que podrían ser verdades, en pensamientos que traducimos en metas para volverlos posibles y convencernos que ahí está la felicidad. Y en cierta medida lo está, y es por eso que nos empecinamos en perseguirlas, pues en este mundo de dificultades es lindo alcanzar anhelos y sentir que hemos triunfado. Y sí…es duro, es jodido, es una guerra sin cuartel ni bandos, es la mera lucha por sobrevivir impulsándonos con algo que para nosotros vale la pena y que hasta quizá no lo valga o, probablemente, no lo consigamos pero mientras luchemos por ello, sostenidos en nuestras ficciones, de alguna forma el mundo tiene sentido o, por lo menos, se vuelve interesante vivir para aprender de las adversidades y los pequeños respiros. No se equivoquen, la vida es despiadada y nuestras verdades no son más que mentiras pero es en sus velos que nos engañamos para no ansiar a la muerte y es en sus misterios que nos entregamos a cosas que nos superan como amar a alguien y perderle.

No puedo decir mucho más, solo admitir que también yo tengo una de esas ilusiones en las que se sostienen mis esperanzas y trabajo hacia ellas buscando una plenitud que yo sé que no existe…pero que en el contexto de mis anhelos son ilusiones que me enseñan con el dolor que me provocan, me alegran con sus amagues de realización y me hacen creer en algo que sobrepasa a cualquier dios o sentimiento. Me hacen querer luchar para perpetuar esas emociones y sensaciones que piensa uno como incompatibles con los pesos de la realidad antes de darse cuenta del estrecho espacio que los separa, y es que a la vida hay que vivenciarla y no acallarla con ilusiones. A las ilusiones hay que usarlas para sazonar los breves respiros de felicidad que logramos obtener de la realidad, para mejor manejarnos cuando la llegada de lo anhelado nos enseñe que conseguirlo es un paso enorme pero no tanto ni tan complicado como sostenerlo. Pero esa también es una lucha…una que puede valer la pena.

¿Cuál es el triunfo de los feos? En realidad no sabría si es tanto un triunfo como una ventaja, pero sigámosle el juego a esto del triunfo. Fetichistas condenados, empiezo por los feos porque ellos aprenden primero a mirar, después a contemplar y, finalmente, a observar con detalle no tanto por gusto como por revancha pues, a los feos, no hay quien los vea. Apenas miradas, eso es todo lo que obtienen y lo cierto es que ellos mismos lo comprenden, lo perdonan y hasta lo justifican. Saben que harían lo mismo, aun si se tratara de mirarse a sí mismos. Esclavos de las excusas de una sociedad de consumo, los feos y las feas miran lo que se antojan, contemplan lo que desean e idealizan en el trayecto, y observan todo aquello que no son y que, a veces, querrían ser.

La sociedad los refuerza y hasta los apoya con esa terrible tendencia de hacer primar lo estético para mejor vender y mejor ser comprado. Eso no nos extraña porque la sociedad se sostiene de esta manera, en esas mentiras inventadas para “nuestro bien” que nosotros les creemos porque no queremos que se caiga enterito el teatro de la civilización. Después de todo ¿no somos nosotros quienes inventamos esas mentiras, para algún día contárnolas como si no hubieran sido nuestra idea? Por eso los feos observan y se antojan, mientras que los lindos se dejan observar y se incomodan (por eso es que los regulares pretenden, mal y a medias, ser de cualquiera de estos dicotómicos bandos). Sin ese baile, sus identificaciones perderían sentido, sus preguntas serían otras y sus actuales certezas se irían por el mismo caño por el que desaparecen las defecaciones nuestras de cada día. ¿Cuándo se ha visto, en tierra de puro desconocido, que quien fuera se detenga a contemplar a un feo? Lo común, lo regular que le dicen, es pillar una de esas muchas características que nuestros instintos, normados por la sociedad, nos dicen que tenemos que chequear y nos perdemos en esa esquiva y regalada gana de disfrutar de instantes de superficialidad. Nada de malo hay en la muchacha con los ojos fijos en las pantorrillas de un atractivo chico con short, o en el crispamiento interno de los hombres cuando un cuerpo llama a su interés para posarlo en el todo de una mujer que su mente clasificó como preciosa. El problema no está en que miremos, el problema está en los filtros que nos imponen y que nosotros reforzamos.

Pero sigamos. A sabiendas de que todo ojo posado en ellos no estará ahí más que unos segundos, los feos aprovechan y lo ven todo desde una posición privilegiada que, simplemente, los atractivos no son propensos a alcanzar. Tal como buitres de mirada aguda, los feos circundan el anonimato y cuando no contemplan, observan cada detalle del objeto deseado – porque no hay forma de entrar en juegos superficiales sin volvernos todos objetos – y no siempre, pero casi invariablemente, caen en la trampa de enterarse que pueden mirar sin mucha consecuencia ni censura y hasta con más detalle que personas notorias por sus ventajas estéticas. Descubren, sin querer, que esa es su función. Mirar, contemplar, observar para imaginar a qué tanto sabe la gloria de estar al otro lado, conscientes de la complicidad de los observados, quienes se molestan al descubrirse observados, envaneciéndose secretamente de confirmarse habitantes del lugar donde el pasto es más verde y nada se parece a ese espacio en que habitan los feos, y que pueblan de vicios como la ilusión, probablemente intentando superar la amargura de la realidad antes de descubrir su verdadera ventaja: la segunda vista.

Rodeados de desconocidos, los ojos siempre se posan en los aventajados. Entrando en materia, y dicho de otra manera, uno no “chequea” a quien más asco le da sino a quien mejor encaja con lo que se tiene comprado acerca lo hermoso y, una vez encontrado, seguimos con disimulo a todo aquel que nos provoca algo de deseo, sin reparar que en el proceso se procura obviar todo aquello que en esos parámetros no encaja. Casi como un filtro que censura, o mejor dicho elimina, lo desagradable. Sin embargo, es así cómo obtienen su libertad los feos, que más que disfrutarla, y no adrede, la hacen su ama y señora, se esclavizan a ella, siempre deseando ser obviados de esos filtros y un día de esos figurar en los mapas, los radares, los pensamientos de aquellos que los ignoran. Es en esa libertad esclavizadora que dan cuerpo a sus pasiones secretas y, a veces, se esfuerzan por sobresalir, por importar, diferenciarse de ese grupo que tanto mira y nunca es mirado. Y sin querer algo se revela para algunos pero no ellos, algo que se gesta en sus traumas, sus deseos y sus medidas estéticas para ser aceptados que generan las actitudes que adoptan desde el esclavismo de querer pertenecer y la excéntrica libertad de estar siempre en el anonimato. Y es, justamente, por eso que un día un par de ojos que barrían el espacio en busca de algo hermoso se tropiezan con algo tan atípico que ningún filtro puede eludir.

De pronto los observados quieren observar y no saben cómo. Después de una vida que les dejó la costumbre de vivir distraídos por la belleza, gozando el enviciante placer de saberse ídolos de altares secretos, se enfrentan a la novedad de ese bizarro antojo de mirar lo que nunca miran, picados por la curiosidad que despertó alguna de estas excentricidades que usan los feos para esconderse. Esto puede, o no, ser una crisis para cualquiera de ellos, así como pueden, o no, notarlo. Eso no lo sabemos y no nos compete ¿Por qué diablos nos meteríamos a fingir que sí, cuando ni siquiera sabemos si no pertenecemos al tibio reino de los regulares? Lo más probable es que pasemos vidas enteras achicando lo descomunal e ignorando si somos de los feos, de los lindos, de los regulares, siempre cayendo en creernos algo que no somos y perdiéndonos de cosas tan gratificantes como el vuelo de ser observado, el viaje de observar o los triunfos secretos que todo ello implica.

Dedicado a A.B.C

Yet how superb, across the tumult braided,
The painted rainbow’s changeful life is bending,
Now clearly drawn, dissolving now and faded,
And evermore the showers of dew descending!
Of human striving there’s no symbol fuller:
Consider, and ‘tis easy comprehending –
Life is not light, but the refracted color.

– Faust II

Moría el 2007 sin mucha gloria, empezaba octubre y faltaba más de un mes para la muy hablada reunión de Led Zeppelin. Sería un año que, entre muchas otras cosas, trajo a Chris Cornell abandonando Audioslave, la popularización del Ipod de Apple, la inevitable decadencia de Avril Lavigne, además de ser el año en que Gnars Barkley, Nine Inch Nails y Panic! At the Disco eran los actos más populares mientras se fundaban bandas como Les Butcherettes, The Last Shadow Puppets y Mumford & Sons, entre otras. El internet ya era viejo conocido, no así las redes sociales para un público que se lanzaba a la novedad del Facebook, todavía recordando la moda pasajera del MySpace. Solo imaginen un tiempo sin Twitter, donde Facebook empezaba a tomar impulso en Latinoamérica, en que las tiendas de discos eran todavía populares y lo que opinaba Lilly Allen era importante para la prensa. Fue en un contexto así que, un 10 octubre del 2007, Radiohead estrenó su séptimo álbum In Rainbows, uno de los más controversiales, no tanto por su contenido como por factores comerciales que pillaron a la industria de la música por sorpresa. In Rainbows marcó un hito para la banda pues, entre muchas cosas, no solo era el primer disco que sacaban tras la finalización de su contrato con EMI sino que su estreno no fue, para nada, convencional. Dos años siendo trabajado, el anuncio de su salida fue un magro post en el blog de la banda en que anunciaban que en 10 días más estaría disponible vía web. Y no puedo remarcarlo lo suficiente: esto era tremendamente novedoso. Si bien no era la primera banda que lo hacía, sí eran los primeros de entre los perros grandes de la industria musical que se animaban a ello. Era una oferta genial llamada “Pay to download” en la que pagabas lo que quisieses para bajar el producto directamente a tu computador en formato mp3 con calidad de 128kbps. Podías dar todos tus ahorros, así como podías no dar un solo centavo por ello, en una época donde los sellos discográficos tenían ya estipulados precios estándar según la calidad o popularidad del artista, una época en que la lucha contra la piratería empezaba a atraer tanto a innovadores que querían ser los próximos responsables de algo como Napster, como a reguladores de la industria que empezaron a darles más importancia, movidos por su deseo de no perder un solo centavo de las ventas.

Radiohead tuvo esperando a sus fans por material nuevo por 4 años. Tiempo en que los integrantes de la banda descansaron de la presión, de las giras, de tocar las mismas canciones como monos hasta el hastío, dedicándose a proyectos independientes, contribuciones con otros artistas, o hasta enfocados en sus vidas familiares y personales. Hail to the Thief había sido un disco agotador y las giras no ayudaban con el cansancio y la saturación, así que por el espacio de dos años no hubo planes, ni intenciones de hacer nada con la banda pues ellos mismos sabían y presentían que estaban estancados. Su sonido amenazaba con volverse repetitivo y era opinión general de la banda que se habían acostumbrado demasiado a su zona de confort. El descanso se extendió hasta el 2005, año en que decidieron volver al estudio a ver si podían sacar algo nuevo e interesante, variando un poco la fórmula al despedir a Nigel Gondrich su, ya clásico, productor. Pero ni así lograban nada, no conseguían sacar un sonido que los convenciese y mucho menos un tema completo que los ayudase a salir del estancamiento en que se sentían hundidos. En esos bailes se fue un año que pasaron rumiando una venenosa frustración que no los llevaba a ninguna parte, y fue por eso que el 2006 hicieron un largo tour de conciertos para quitarse la presión de encima. Movida inteligente que les ayudó a divertirse de nuevo al tocar, ya no condicionados por el ominoso estudio que les recordaba su imposibilidad de componer algo que los satisfaga. Cuando volvieron – supongo – se sentían mejor, o quizá tuvieron alguna suerte de epifanía o alguna de esas cosas que te cambian la vida y la forma de pensar, el caso es que reenlistaron a Gondrich (en una escena que suena interesantemente intensa, amistosa e incómoda por igual) y Nigel, quizá un poco en venganza, tal vez porque es un productor que sabe sacar cosas de su gente, alquiló una mansión derruida y los hizo vivir, comer y grabar ahí. Movida que se probó efectiva pues así nacieron Bodysnatchers y Jigsaw Falling Into Place, dando forma a lo que más tarde sería In Rainbows.

Mientras tanto, en el mundo real, la banda daba entrevistas donde hablaban en contra de la visión con que Terra Firma manejaba sus negocios en la industria musical, y esto es importante porque inspiró a todo lo que pasaría después. Valiéndose apenas del hastío que sentían y que les producía terror ante la perspectiva de confirmarse estancados, ya con la idea de un disco siendo lanzado via web, Radiohead continuó componiendo pero con un diferente enfoque, buscando manejar formas de poder crear y presentar su nuevo álbum de una manera más…no equitativa sino comunitaria, apuntando a una idea que iba en contra del capitalismo que los sustenta. Y sí, igual sacaron una versión física, un vinilo, un box set, todos esos productos destinados a exprimirle la última gota de jugo al fanático obsesionado o especialista (o como quieran llamarlo) y eso no está mal, ni le quita ciertos méritos a la movida de Radiohead. Tan sólo piensen que el mismo Omar Rodriguez-López admitió que es importante eso de ganar dinero para vivir y seguir produciendo nuevos discos. El caso es que no solo deseaban que el álbum saliese para todo el mundo al mismo tiempo sino que todos pudiesen tener acceso a él. Esto significaba no solo pensar en las personas que no tenían acceso a internet sino en que la gente recibiese el disco sin que este sea masticado previamente por la crítica, buscando entregar algo impoluto a los oídos de alegres compradores que podían haber no pagado nada por uno de los mejores discos del 2007. Era algo único y bastante acertado, pues resultó en una estrategia que dio mucho de qué hablar por varios años, no solo por la movida per sé sino porque dicha movida incluía el lanzamiento de un disco alabado por la crítica, por la prensa, por los fanáticos y hasta por Bono, quien dijo que se necesitaba mucho coraje para buscar otra forma de conectar con sus fans. Porque, bueno, Bono, él sabe sobre ese tema de conectarse con sus fanáticos.

(Este es el punto preciso en que si no escuchaste nunca In Rainbows, es obligatorio que lo hagas de inmediato)

Descrito por Yorke como lleno de canciones de seducción, este es un disco donde la música creaba un sentimiento refrescante respecto al estilo de Radiohead. Tampoco es que hubiesen renovado completamente su sonido, pero sí se sentía algo distinto e interesante, una suerte de vitalidad diferente que agradaba. Tenía su lógica pues, durante el descanso que tuvieron, cada quien pudo ir a explorar sus propios sonidos y experiencias, esto permitió que la onda de Yorke y Greenwood dejase de ser impuesta a la banda (aun si todavía primaban) y que se probase con un enfoque, digamos que, no más democrático sino más, de nuevo esta palabra, comunitario. Algo donde no solo fuesen Thom y Jonny quienes cargasen con todas las responsabilidades de la música, en pos de un producto casi generado por la mera inercia de las interacciones en estudio de la banda y su búsqueda de que todos los comportamientos, expectativas, ideas, esperanzas, valores, creencias y simbolismos de cada integrante de Radiohead importase y se revelasen en el producto final. Al menos a nivel musical, puesto que los líricos son reino absoluto de Yorke.

El disco comienza frenéticamente con 15 Step, un sabroso ritmo vengador de percusión movida y con una guitarra que parece relajarnos por un rato hasta que un coro de niños nos devuelven las ganas de bailar. La canción demarca, muy efectivamente, que este no es un álbum que lidiará con sus tópicas de la misma forma que sus predecesores. La onda yorkiana de electrónica experimental está presente pero no es dominante, Jonny Greenwood – como siempre – es el más sobresaliente, pero la batería, los teclados, la percusión y el bajo parecen tener más importancia en el juego, más fluidez y participación en lo que fue el primer anuncio de un gran momento. Los líricos nos pintan ese primer instante de lo que Thom Yorke luego diría que es el significado del álbum, fuera de ser una colección de canciones de amor. Un disco rico en letras que intentan describir el sentimiento de terror de que quizá deberías estar haciendo otra cosa con tu vida, misma que – recién notas – es más corta de lo que tú desearías. Yorke se metía con las partes más oscuras del amor, la vida y la muerte valiéndose de metáforas poderosas. Ilustrémoslo desarrollando un ejemplo que dio el mismo Thom. Imaginen a un hombre, al que llamaremos Fausto, sentado en su auto, atascado en el tráfico, mirando como loco el reloj porque está tarde para su trabajo. Estresado y aburrido detrás del volante, sus pensamientos empiezan a divagar por diferentes frustraciones hasta que se siente atrapado en el incesante y lento pasar de su rutina. De pronto le sucede algo que a todos nos pasa y que experimentamos con diferentes niveles de extrañeza: Fausto descuida sus escudos por un rato, vulnerado quizá por alguna pena amorosa, y alcanza a darse cuenta que su vida se le escapa; lo abruma un sentimiento sofocante, le perturba el pensamiento de que podría estar haciendo algo diferente a todo eso y, sin previo aviso, sin preparación alguna, lo asalta la consciencia, no la idea, de que algún día morirá. “It comes to us all” canta Yorke en 15 Step, en líricos que bien podrían ser el monólogo de la escena descrita en que Fausto mira hacia atrás, hacia su frustrada vida, y se pregunta ¿ahora qué?

(Curiosamente las horcas tenían quince peldaños antes del súbito salto que conducía a la muerte).

Manteniendo el ritmo y haciendo referencia a un importante film de culto, el disco continúa con Bodysnatchers. Una canción que se siente más como un juego de armonías explosivas y sucias que continúan alterando al oyente con esa onda más suelta, menos críptica y más directa que caracteriza al disco en general. Fausto, asediado por una crisis existencial, de aquellas que ponen en duda hasta los más intrincados mecanismos que tiene la realidad, continúa atascado en el tráfico sin nada más que los autos cercanos y el paisaje vacío de lo urbano para distraer la cabeza de toda idea que la asedia durante aquella árida mañana. Su piel le escuece, sus pensamientos le queman, el sol hace mala combinación con los bocinazos de los otros autos atrapados en un embotellamiento que parece nunca avanzará. A Fausto lo embarga el momento pues ha abandonado su zona de confort y eso le ha costado un conocimiento hasta entonces censurado: no es feliz, no está conforme y empieza a dudar de que su vida tenga sentido. Siente que se encuentra en un momento en que la negación y la aceptación colisionan, y así nuestro torturado conductor atascado empieza a golpear su volante, completamente confundido acerca de en qué momento todo se fue a la mierda. Los líricos denuncian la cobardía tanto propia como ajena, nos muestran la desesperanza neurótica de quien se siente estancado y terminan con dos grandes realidades previamente no admitidas. En este caso Fausto expresa sus conclusiones en boca y canto de Yorke: “I’m a lie/ I’ve seen it coming”

Pero tras los estallidos siempre viene una calma que, por lo general, anuncia la tormenta. Nude es esa balada que todo el mundo asoció con la sexualidad pero que una vez aplicada a nuestro conductor atrapado en este embotellamiento cortazariano puede equipararse con esos momentos lúcidos de autocrítica. Las malditas epifanías que les dicen, que para Fausto llegan después de haber golpeado su volante y gritado y quizá llorado, cuando por fin se calma y admite la mentira de sus verdades, se le ocurre pensar que la esperanza, las creencias, las certezas también pueden conducir a tamaña frustración en un momento digno de un absurdista como Camus. Quizá por eso la canción es lenta, tranquila, altamente dependiente del bajo y la guitarra, con una batería poco presente pero para nada ausente. Y eco. Mucho eco. Lo innegable es que Fausto ya empieza a admitirse la causa y posible solución a la crisis que lo embarga, y esto lo notamos en cómo los líricos de amor se hacen más obvios, tomando forma completa después de este momento tan triste y existencial, después de esa armonía trágica que es Nude, ese instante en que hay que volver a la crisis, al estallido, a la tormenta propiamente dicha, y aparece la metáfora perfecta de la esperanza amorosa en forma del siguiente tema de In Rainbows.

Weird fishes/Arpeggi es un crescendo fabuloso que la banda utiliza para alterarnos de nuevo, donde lo importante es que este tema es el punto preciso del disco en que se combinan tanto la calma con la tormenta. Tal como la nostalgia, la música y los liricos evocan lamentos, emociones intensas bajo el velo de la tranquilidad, que se va perdiendo a medida que la guitarra se distorsiona. Fausto está en ese punto de quiebre en que analiza qué hacer para mantener la mascarada mientras una vocecita le cuestiona si acaso todo eso vale la pena ¿Seguir y morir así? ¿Cambiar y morir de todas formas? Weird Fishes puede ser una atípica canción de amor, que serviría como la metáfora de una manera de sentirlo, además que su ritmo nos pone en un humor especial, su sonido nos despierta sentimientos más…no positivos sino alentadores pues su crescendo suena a esperanza, una que muere un poquito con la siguiente canción, All I Need, y su tono ominoso, lento y grave, importante variante del humor que ha estado predominando en el disco. Es un punto de quiebre interesante por no sentirse caótico ni abrumador. De nuevo reina el amor y Fausto mira a los otros conductores sin pensar en ellos, evocando la imagen de alguien más que no se encuentra presente, torturado por alguna imposibilidad que bien puede aplicarse a un inicio que no llega por muy deseado que es, o a una continuación que no sucede por algún motivo que Fausto desconoce. En pocas, una típica historia de amor y trascendencia que hace obvio que estamos ante una versión del Fausto de Goethe, libro donde se narra cómo un mortal hace trato con el demonio Mefistófeles para ser inmortal y obtener poder y conocimiento que perdería ni bien llegara a ser feliz. Esto es curioso pues el mismo Thom dice no saber mucho acerca de esa obra y, sin embargo, se delata no solo por el nombre de la próxima canción – Faust Arp, esa de ritmos trágicos y tensos, de guitarras acústicas que empujan al vacío –, ni de nuestro personaje, sino la de los contenidos de los líricos. Volviendo a nuestro Fausto, este puede ser el momento en que la pregunta que inició en la primera canción es propiamente hecha: ¿he vendido mi alma por esto? Sea cual sea la situación en la que está envuelto, se pregunta si vale la pena seguir, a la par que resuelve que ya no puede más.

Y así llegamos a Reckoner, la canción más especial, incluso para Jonny. Una que combina sonidos trágicos con tonos esperanzadores y terribles, una donde la percusión y batería se roban el show, especialmente durante sus ausencias y sus entradas vertiginosas, las cuales caben muy bien con la interpretación de Yorke sobre esta canción como un sueño tripeante del que no quieres despertar y luego no puedes recordar bien. Reckoner es muchas cosas tanto para la banda como para los fanáticos, ya que todos le han dado interpretaciones muy parecidas entre sí, pues todas apuntan a que es una búsqueda de catarsis, es la frustración en la que te metes, es el ruego a los cielos oscuros durante una tormenta que parece nunca arreciará y que vives intensamente a sabiendas de que ahí vas a morir, solo y aferrándote a la lejana esperanza de que sobrevivirás. La canción evoca algo símil a lo que el Fausto de Goethe descubre al aprender que no se trata de buscar una luz divina sino vivir con la luz como guía en un disco que explora la idea de trascender, de empezar en un lugar y terminar en otro. La trascendencia como un tema a lo largo del disco, presente en la percusión que jugará junto a los teclados y la guitarra, tratando de emularla con ese ciclo de sonidos que se repiten y luego se doblan para sonar parecido pero con otros tonos, otros ritmos, otras velocidades, otro – y el mismo – Radiohead.

En Reckoner, Fausto, todavía embotellado, descubre que vivir no es obsesionarse, cuando logra despertar de una pesadilla de la que no quería despertar y aunque se resiste tiene que admitirse todo aquello que quería olvidar: la cruda realidad, que Fausto llama Mefistófeles, sigue ahí. No se fue, no se irá, es parte de él y está en él trascenderla. No olvidemos que el trato que hace el Fausto de Goethe con Mefistófeles es el de comprender el sentido de la vida hasta que logre ser feliz, momento en que su alma será tomada. Fausto hace un trato así porque en el fondo no piensa que pueda ser feliz, pero cuando lo logra su alma es reclamada y el cruel despertar llega junto a todo el horror de la consciencia y el súbito entendimiento de qué tanto arruinó la cosas. Pero a diferencia del Fausto de Goethe, el nuestro, el de Yorke, no tiene un coro de ángeles que lo salven de las garras del infierno, nuestro Fausto está condenado a ser su propio yo, sus propios ángeles y su propio Mefistófeles y no sabe cómo alternar todos esos roles.

Lo malo de los momentos de lucidez y claridad es que terminan. Y si no han sido aprovechados la trascendencia es mandada a un particular purgatorio, mientras nosotros continuamos atrapados en nuestros ciclos, esperando una indeseable nueva crisis que nos ayude a lograr dicha trascendencia para movernos a otros nuevos ciclos, donde igual terminaremos atrapados hasta lograr una nueva trascendencia y así hasta que la muerte nos detenga. Lo cual hace interesante que Reckoner también pueda ser traducido como “experto en cálculos” u “hoja de fórmulas matemáticas”, hasta “chanchullo”, lo cual le daría otro sentido al encierro de Fausto, quien atrapado y sin chances a escapar de sí mismo empieza a pensar en la existencia en los parámetros de hacer lo que se siente bien versus lo que uno debe hacer, además de las consecuencias de seguir cualquiera de estos caminos. La crisis de nuestro Fausto viene, precisamente, de siempre hacer lo que debe y nunca lo que quiere y es necesario que siempre esté calculando resultados, evitando morirse por dentro, cuando morir es lo que tiene que hacer para trascender a una experiencia humana, supuestamente, más sencilla.

En ese estado te encuentra House of Cards, donde vuelve una relativa calma gracias a los tonos menos graves y tristes que caracterizan a una canción que no sube ni baja su velocidad y que termina en lamento por un té para tres. Un ruego, en realidad. Una petición patética que hace Fausto a su amada desde su pequeña e infeliz celda motorizada, dando paso a Jigsaw Falling Into Place, que según Yorke trata sobre chupas universitarias, boliches donde la conexión con una persona se da en miradas, pequeños roces durante los bailes, en sonrisas tenues al compás de música ligera durante el transcurso de una noche coqueta, hasta que la pieza final del rompecabezas es puesta y las esperanzas quedan quebradas al notar que todas esas señales no generaron nada más que ilusiones sobre las que Fausto no pudo, o no quiso, hacer nada. El sonido va creciendo hasta sentirse como una energía contenida, ningún instrumento prima sobre el otro y la voz de Yorke retrata el quiebre de la esperanza, la fatalidad de la realidad, la decepción final que nos conduce a Videotape, un sonido trágico de tintes suicidas, otra balada, triste, oscura. Una despedida, en realidad. El final de todo un camino, el maldito momento en que el tráfico por fin avanza y Fausto ha quedado con la vida hecha pedazos.

Tal es el contenido de un disco intenso que refleja mucho del momento que vivía Radiohead. Un momento que bien podía haber sido crítico o no. No importa. La cosa es que buscaban reinvención pues no sabían qué hacer de sus vidas y eso es lo que se escucha en In Rainbows y en la historia de este accidental Fausto yorkiano. Es decir, crearon un disco muy introspectivo y de alguna forma trascendieron y se metieron a los nuevos ciclos de los que algún día tendrán que trascender. Y sí, estas son interpretaciones mías basadas en interpretaciones de otros fanáticos y las de la misma banda, porque al final esa era una intención del lanzamiento via web: unirnos en un nivel diferente al momento recibir y entender la música de este álbum. Y mientras esto pasaba en las mentes de Radiohead y sus fanáticos, en el mundo real la gente se concentraba más en la movida del “Pay to Download” usada por la banda. Con Gene Simmons y Trent Reznor a la cabeza, se hablaba de un mal modelo de negocios, se tildaba a In Rainbows como una carnada para música de sonido de baja calidad, se acusaba a la banda de fomentar la piratería y de arrebatarle oportunidades de crecimiento económico a bandas más jóvenes al proponer un modelo de ventas que no favorece a artistas desconocidos. Fue un lío tremendo en el que todos quisieron dar su opinión acerca de qué era lo malo y lo bueno de esta “revolución” que Radiohead había iniciado, con una gran mayoría de artistas de sellos discográficos hablando en contra del disco por sus consecuencias económicas, mientras que el público y la fanaticada estaban concentrados en lo mucho que les gustaba la música, y la crítica intentaba recuperar el territorio perdido ignorando el ruido de los análisis monetarios y dando sus opiniones acerca lo que podían escuchar en el álbum a un público que ya no necesitaba que les dijeran de antemano si era bueno o malo.

Yorke admite que sintieron placer al decirle “fuck you!” al modelo clásico de negocios de la industria musical, y estudios posteriores demostraron que pese al modelo igual hubo piratería, dado que si bien solo un 38% pagó por el disco, y el 62% restante se lo llevó gratis desde la página, más fueron los que se llevaron ese mismo producto en torrents y otras formas de descarga pirata. Y de todas formas eso no afectó mucho a la venta del álbum, que en las ganancias que generaron, en ese 38%, obtuvieron más dinero que en todos sus discos previos combinados. Nada mal para un “fuck you!” que no solo probó que hay otros caminos sino que combatió a la piratería de la que se le acusaba de fomentar y que ya estaba muy bien establecida el 2007 como para necesitar la ayuda de una banda inglesa. Y la industria lo notó, entendieron que si bien las ventas legítimas debían reducir la piratería, en realidad son el interés y la consciencia de la existencia de un producto lo que más la promueven. Evaluando el impacto años después es notorio como la polémica del momento ahogó muchos aspectos positivos del modelo utilizado para lanzar el disco. Hoy por hoy, los analistas y críticos concluyen que es mejor explorar nuevas opciones legales para distribuir productos artísticos en pos de batallar la piratería. Pero lo importante no es eso, sino que In Rainbows no solo demostró que era posible vender sin precios fijos un producto pues algunos fans querían pagar más, como haciendo un guiño cariñoso a su artista favorito, un guiño íntimo que lo más probable haya pasado desapercibido por los mismos Radiohead, pero que aun así generaba un sentimiento diferente para el fan a la hora de adquirir el producto.

“No era un modelo, era una respuesta una situación” dijo Yorke en medio del tumulto del 2007 y nadie le hizo caso hasta mucho después, cuando se comprobó el éxito del modelo que nunca más volvería a ser usado por la banda inglesa. Ya después otros artistas empezarían a tomar formas alternativas de estreno y financiación de sus discos, como Amanda Palmer hizo con Kickstarter el 2012 alegando que “cada músico tiene que buscar su fórmula”. Pero eso ya es otra historia. Lo importante es que el disco sobrevivió a polémica y trajo de vuelta el sentimiento de hacerte tiempo para comprar un álbum por el sentido comunitario que esto traía al conectar a sus fans con el artista y entre ellos mismos, en una movida que hoy solo generaría bostezos pero que en ese momento logró mostrarnos a todos, de distintas formas, que estábamos estancados y que ya era la hora de trascender a un nuevo ciclo y así hasta que Mefistófeles nos arrastre, o nos salve algún coro de ángeles de este maldito embotellamiento.

Cantar por cantar

Publicado: abril 14, 2015 en Zopilotadas
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Cantar por cantar. Nunca ha sido así, al menos para mí que desde que tengo memoria el canto ha estado asociado a las pocas mañanas calurosas de Potosí, sentado con el sol quemándome la espalda y la cara bondadosa de Hortensia Villena delante mío, mientras sus manos manipulaban las tazas de té y los platillos con pan y mantequilla que había preparado el doctor Gustavo Sánchez momentos atrás. Lo asocio porque ni bien terminaba esos desayunos tardíos, me quedaba inquieto y aburrido y la pobre Hortensia tenía que buscar una forma de distraer al crío que tenía a su cuidado.

Pero los chistes picantes, las historias tristes, las tramas de sus telenovelas, las críticas amables, los reproches censurados, la mirada brillante de orgullo, las justificaciones dolorosas, las pasivo-agresiones defensivas, los juegos y frases privadas y hasta las peleas, que nunca nos involucraban a nosotros dos sino a ese amplio universo de los otros que estaban más allá de la salvación, pero que seguían siendo importantes en nuestros universos entrelazados, todo eso vino después. Cuando yo no era más que un crío, en las mañanas soleadas de Potosí, durante esa época en que recién aprendía a hablar (o quizá un poco después, es posible que la nostalgia me esté traicionando), Hortensia me enseñó a cantar.

No fue una sola mañana, pero tampoco creo que hayan sido miles. Creo que fueron muchos momentos en que Hortensia se sentaba y cantaba, con su voz suavita, temas infantiles que repasaba en mi cabeza cuando no los cantaba (para entenderlos), pero que cuando lo hacía, cuando cantaba, era con todos los sentidos puestos en ello. Hortensia aplaudía y reía, cantaba también, de pronto le entraba ese su humor negro (que escondía muy bien de los demás) y cantaba una canción triste que hacía llorar a sus hijos de pequeños pero que a mí me causaba solo una tantita pena (sería poco después que descubriría cuál era la canción para causar la lagrimera. Y ahí sí que me enteré que todos cojeamos de alguna pata). Con todo eran momentos felices, de los más felices que uno puede pedir. Momentos donde lo importante es cantar esas canciones que decían mil cosas, que contaban historias, canciones de ritmos que los niños hallaban alegres, canciones sencillas que cantaba esta mujer cada vez que podía hacerlo con su nieto. Y hasta el final lo haría. Cantaría para y con él, le regalaría el recuerdo de esa felicidad que terminó asociada en mi cabeza por lo que podría llamarse para siempre. Se convirtió en una presencia habitando la acción de cantar.

Por eso fue duro que primero se fueran las palabras, luego los tonos, después la vida. Fue duro que no pudiese darle todas las historias que quise contar, un poco para pagar las muchas historias que escuché de ella, pero también porque fue duro notar lo pequeño que un universo se puede hacer. Como si perdieses a un dios, dándome cuenta que ahora el canto se convertirá en un rezo y eso me repugna un poco. Después recuerdo que la ficción necesita de una trama y elijo cantar, ya no por cantar, ni convencido de prejuicios del pensamiento, pero si para seguir haciéndolo como antes: un poco en serio, un poco en chiste, un poco bien, demasiado mal, un poco sin motivo y otro poco recordando a mi abuelita. Pues, se marcha la cantora pero no el canto.

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Nubes

Publicado: enero 26, 2015 en Zopilotadas
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Recorro los lugares donde tanto te quise y me detengo a pensar en el paso del tiempo, en cómo el colegio ese donde fuimos a un simposio, el de dos canchas y fachada verde que por dentro parece una casa construida en los ochentas, anda en la misma decadencia de hace años, como si aun fuera ese día de lluvia en que estuvimos ahí, un tanto borrachos viendo aquella charla académica después de haber estado en una fiesta en casa de un amigo; o me detengo un rato en esa interjección del barrio de los moteles donde nos dimos un beso intenso que me quitó el aire toda esa noche en la que, luego, tuvimos que escuchar demasiadas bachatas. Lo más común es que recorra las mismas calles por las que tú y yo paseábamos, concentrado en fijarme en los detalles más nimios para que la memoria de nuestras charlas no lo acapare todo y me olvide de notar esas resquebrajaduras de la acera y en el asfalto que han permitido que pequeñas briznas de pasto verde veraniego asomen sus cuerpecitos, para darle color al gris con blanco y café blanquecino de las calles de tu barrio. Entonces miro al cielo, que a veces está celeste como hoy, todo adornado con algodones enormes que otorgan una aliviadora sombra para mis andares, a diferencia de los cielos azul intenso sin nubes, esos cielos que contrastan su color, en degradé, con un celeste tímido que se asoma cada que la tiranía del azul se lo permite. Te diré que ese cielo siempre me ha intrigado, no solo porque me permite notar la esfericidad de nuestra prisión azul sino porque así estaba el cielo cuando nos conocimos. Igual de azul, con esa brutal intensidad de la canícula brillando sobre todos nosotros, mortales, e iluminando las cosas para que refuljan ante la fuerza de sus llamaradas que nos llegan desde años luz de distancia. Pero hoy en el cielo hay nubes y en su sombra descansa mi piel y mi mente.

Otras veces el cielo está gris y húmedo, que tú sabes que es cuando más disfruto caminar pues la configuración de las cosas cambia. Nunca supe explicarlo. La gente se apresura a buscar refugio ante la posibilidad de mojarse, la luminosidad ploma le da fuerza a los colores fuertes y la misma perspectiva sensorial de la realidad metamorfosea. El olor de la tierra cambia, el agua coquetea con tu tacto y el constante ritmo de las gotas cayendo en sinfonía me parece un bizarro deleite, un premio auditivo que choca contra el suelo o cae sobre los charcos y las piedras, los arboles y los perritos callejeros cuyo olor es un gusto culpable. Pero lo mejor es el paisaje, lo oscuro recrudece y la claridad se opaca, haciéndome sentir hermanado con los panoramas cuyo rostro ha sido transfigurado por el clima. Ese ambiente no me lleva a los lugares donde te quise, sino que me remonta a los encierros en tu casa, o las memorables veces que estuviste en la mía y me entristezco porque hoy vivo en otra parte y ya no puedo decir que aun siento tu presencia en mi cuarto y me aferro al consuelo fetichista de creer que tu esencia aun se mantiene en mi colcha, en la que estabas sentada cuando nos dijimos que nos queríamos.

Pero lo peor es la noche, pues por las noches las memorias son más nítidas y vastas, además de que nuestros momentos más críticos han sido siempre por la noche. La noche me encuentra caminando mientras miro el suelo y dejo que mi vista periférica pille la decoloración del cielo que, a medida que se pierde la luz, empieza a llenar los espacios en blanco con nubes plomas, primero, nubes azul metálico, después, así hasta llegar a las rojas con dorado a las que quiero tanto porque ellas nos acompañaron mientras charlábamos en las inmediaciones del apartamento de tu tía. Ese cielo al anochecer tiene un tono siempre tan oscuro en sus nubes que, poco a poco, se hace dueño de la gris blancura del cielo e intensifican su oscuridad, mientras que los resabios de esas nubes rojas se van entintando con un sombreado escarlata que crea todo el contraste que embellece con efectos de luces y tintes inolvidables, que siempre se pierden con el advenimiento de las estrellas. Eso lo veo con agrado, lo admito, pues ese era el cielo que yo veía cuando me iba de tu casa a pie, sin decirte nada para que no te preocupes, usando la ruta alternativa para ir por detrás de la ciudad hasta llegar a mi casa que estaba al otro lado de la tuya; por eso también las caminatas y el sudor me recuerdan a tí, así como la caca de paloma que te cayó esa vez que caminábamos junto al Solomón. Sin embargo, la huída de la luz también me apesadumbra pues me deleito viendo aquellos atardeceres que le dan paso a la negra noche, la cual no solo me recuerda, obviamente, a ti sino que para cuando la veo, desde los laberínticos vericuetos de la ciudad y las luces de la misma que influyen en los irises para ocultar las estrellas, ya estoy predispuesto a la melancolía después del espectáculo del cielo oscureciendo. Y esa melancolía me encuentra vagando entre bares y risas, me hace vivir esa noche del cumpleaños de la Ariana, la misma noche en que me encamoté de ti, la misma noche que terminamos charlando de todo lo privado en nuestras vidas, por mucho que era la primera vez que charlábamos. Claro que no me libro de visualizar noches menos gratas, como cuando rompí esa ventana mientras lloraba por ti y la policía no pudo encontrarme, o cuando vimos ese choque en plena puerta de un supermercado, aunque ese no cuenta porque en ese momento yo era feliz de tenerte a mi lado, pero entonces rememoro el cumpleaños de nuestro amigo Néstor en que me emborraché como nunca en mi vida y rumié mi tristeza desquitándola contigo y el mundo. Solo para ese entonces el cielo ya está completamente negro y los ruidos citadinos se van perdiendo para darle espacio al silencio y que empiece su reinado. Eso me gustaba de tu casa, no solo lo cómodo que me sentía a lado tuyo sino la presencia tan histérica del silencio de afuera que me atraía por permitirme escucharte mejor, caperucita. Así logro reírme y recuerdo otras noches como esa fiesta en que nos vimos por lo baños y no pudimos evitar besarnos como locos, o cuando en los juegos de un parque charlábamos como si no hubiera mundo que importase. Y esos recuerdos me ponen más triste que avergonzado por las memorias anteriores, porque encuentro que sigo caminando y explorando nuevas rutas, así como antiguas, y mientras lo hago recorro estos lugares donde te quise mucho, dándome cuenta que aun te quiero tanto.

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Akira Toriyama es un genio. La forma en que avanza la historia de Dragon Ball Z responde a una estructuración narrativa propia de la novela. Podemos ser testigos del desarrollo de las vidas de los guerreros Z y su paso por el mundo, al cual defienden de temibles monstruos como Cell o Majin Buu. Interesante es notar los pequeños elementos que se van dando alrededor de las predecibles sagas (todos sabemos que triunfará el bien y que serán Goku o Gohan quienes salven el día) y que salpimientan de la manera más suculenta el relato que trae Toriyama.

Son las pequeñas cosas. Algún comentario existencialista del narrador, alguna acción, aparentemente, fútil de cualquiera de los personajes que cobra una relevancia considerable en el futuro, incluso las partes subidas de tono que censuran en la versión latina, todos esos toqueteos y comentarios pervertidos del maestro Roshi, hasta la mera existencia de Maron, tan parecida a Bulma, tan representativa de la imagen que nos hacemos de la ligereza sexual. Pero, a todo esto, creo que uno de los elementos más interesantes es Míster Satán y la fe ciega que el mundo le tiene.

Es fe y es ciega (aunque ambas palabras se impliquen la una a la otra) pues poco sabe la humanidad sobre las hazañas de Míster Satán, solo conscientes de lo que quieren saber y hallando la calma y la felicidad en ello. Al buen Míster lo conocemos durante la saga de Cell donde nos lo presentan, y se queda para siempre, como un payaso, un típico charlatán papanatas que se da aires de importancia, negándose a admitir que todo lo que sus ojos presencian son cosas más allá de su entendimiento. Míster Satán mira sin mirar las hazañas de los Guerreros Z y no solo se sorprende, sino que les teme. Les tiene un miedo tremendo, de esos que a cualquier humano paralizarían, pero que, en él, no alcanza a ser más fuerte que su arrogancia (no confundir con el orgullo, eso es terreno del buen Vegeta), esa su necesidad de ser admirado para saberse por encima del resto de la humanidad.

Personalmente, pienso que debe ser una felicidad cruel esa de sentirse por encima de los demás sabihqdefaulténdose un fraude. Incluso me atrevería a compararlo con el fardo tortuoso de angustia que deben cargar los plagiadores que han logrado triunfar sin nunca haber sido capaces de expresar una idea propia. Pero nada de eso parece molestarle al buen farsante de Míster Satán, quien se vale de fanfarronería, mentiras y mucha fortuna para ser testigo de situaciones peligrosas, de las que sale incólume, y que torcerá a su conveniencia a la hora de dar el relato de lo acaecido, beneficiándose de paso. Un tipo cómico al que, por lo general, si viéramos en nuestro día a día (trabajo, colegio, noticias) mostrando esa parte suya que tanto oculta, calificaríamos de despreciable cobarde y embustero; y ese es el héroe supremo de una humanidad que ha visto, y ve, cosas más impresionantes que Míster Satán pero que insiste en creerlo el más poderoso, ensalzándolo como a un Jesús de las artes marciales. Quizá de mucho más que solo las artes marciales.

Y ese es el otro lado que complementa este asunto: la humanidad y su fe ciega (redundando, nuevamente) en Míster Satán. Hay un punto en que ese recurso cómico que usa Toriyama para que la historia no tenga tonos tan graves se abre a una interpretación más seria. Míster Satán miente, sí, pero los que más se mienten son los propios humanos, pues son ellos quienes perpetúan la farsa de su salvador. No importará que hayan grabaciones de los juegos de Cell que delatan la cobardía de Míster Satán, o que lo hayan visto hacer toda clase de papelones en el torneo de las Artes Marciales en que participan el Supremo Kaio-sama y Kibito, ya que la gente elige vendarse los ojos y apoyan las mentiras que el campeón dice. Aceptan las excusas de tropiezos falsos, dolores de estómago que no lo dejan pelear, eligen creerle cuando clama que se dejó vencer en su pelea con el pequeño Trunks, o sus mil peripecias y embustes cuando Majin Buu es convocado. En ese sentido, tampoco importaría que la gente se enterase que la androide 18 lo chantajeó para dejarse vencer por él, ni siquiera tendría la menor relevancia que vean las peleas de los Guerreros Z, cuando ni les interesa si se quedan mudos y con los ojos desorbitados ante las manifestaciones sobrenaturales de los poderes de los Guerreros Z. Creo que hasta es posible decir que tendría nula relevancia si ellos mismos pudiesen volar como esos seres fantásticos a los que, deliberadamente, niegan reconocimiento. Para ellos las habilidades de Goku y sus amigos serán trucos sucios y baratos que no engañan al ojo supremo de su Salvador, pues su fe está basada en algo que ellos piensan que ha sucedido, creyentes acérrimos de ser poseedores de pruebas irrefutables y absolutas que nadie puede, ni debería cuestionar.

Sin embargo, lo más curioso no es la fanfarronería del suertudo Míster Satán, ni los velos a prueba de realidad que la humanidad se coloca para poder llamarlo campeón del universo, lo más curioso es que son los mismos Guerreros Z quienes terminan por alcahuetear los comportamientos de ambos. En un principio porque no les importa por mucho que a algunos SatanBlueEyesde ellos les indigne, pues es válido decir que tienen cosas más importantes en las que pensar que un don nadie dándose aires de algo que no es; después continúa sin importarles porque no tienen esa lujuria de adoración que posee Míster Satán, sea debido a que no se consideran dignos de ser adorados, quizás porque nunca son suficientemente fuertes bajo sus propios estándares, o porque todas sus vidas han conocido a seres impresionantes de poder apabullante que siempre los hicieron sentirse pequeños, hasta puede influir que algunos deseen cosas simples como una novia, una familia, paz interna, derrotar a un eterno rival o convertirse en un investigador, sea como sea lo más factible es que para seres que hablan con Kami-sama (Dios, literalmente) como a un cuate más, los embustes de Míster Satán y lo que sea que quieran creer los humanos no son asuntos que los inquieten o molesten, son más bien asuntos nimios que no merecen mucha atención, o mayor indignación que la de una maldición ligera o un par de ojos entornados. Los molesta, pero no les quita el sueño. Ya por el final los vemos deseosos de quitarse la molesta carga de la fama y la opinión pública usando a Míster Satán como receptáculo de algo que ellos no quieren y que a él, obviamente, le gusta. Tal vez por eso, al final de la serie, los vemos como cómplices del “campeón”, además de políticamente emparentados gracias al matrimonio de Gohan y Videl.

Así que tenemos a todo un universo conspirando para que Míster Satán sea un héroe. A todos les conviene, sea para disfrutar la fama, o para evitarla, sea para tener algo que los ayude a levantarse cada día de sus camas, completamente convencidos de que no todo es basura bajo el sol. Y si bien este último grupo decide ver las cosas incompletas, no significa que estén por completo equivocados, después de todo aun siendo un papanatas mentiroso que vive de aprovecharse de la gente, no es que Mister Satán sea un bueno para nada. Quizá no sea tan relevante como se pinta, pero sus acciones son vitales para la resolución del nudo de la trama en las sagas que estuvo presente. No solo distrae al Majin Buu gordo, llegando incluso a convertirlo en casi inofensivo, también le salva la vida cuando Vegeta desea asesinarlo (rogando por él hasta las lágrimas), mucho antes de eso ayuda lanzando hasta Gohan la cabeza de número 16, quien convencerá al joven sayayin de que no hay nada malo en pelear para proteger al mundo (lo cual, junto al deseo de salvar a sus seres queridos, liberará el tremendo poder de Gohan), pero lo más relevante será que en la hora más oscura, cuando Vegeta arriesga su vida luchando contra Kid Buu mientras Goku junta energías del universo para formar una tremenda genki dama, en ese momento no será Goku, ni kami-sama, ni Vegeta quienes convenzan a los humanos de salvarse a sí mismos, será el mismísimo hombre al que eligieron como embustero oficial quien los salvará usando esas mismas mentiras, cerrando el círculo al convertirse en el héroe que siempre clamaba ser, sin serlo.

Es de locos. Y lo es porque no es raro encontrar ejemplos de esto fuera de la ficción; en nuestros pensamientos, creencias e ideales con los que procuramos explicarnos la vida los unos a los otros, en todas esas mentiras pintadas de verdades podemos encontrar alguna suerte de bondad, un beneficio que por muy grande que sea, al final, no justifica nada.

De todas formas, Míster Satán no es el único caso interesante en el universo que crea Toriyama, pues este es vasto y las historias narradas en él tienen interpretaciones muy divertidas. Pero me quedo con la pregunta de qué habrá pensado Toriyama al escribir a Míster Satán. Tal vez solo en un bufón que terminó siendo más profundo de lo que se esperaba, o quizá nos quiso mostrar un poco de lo que piensa de los humanos y la perpetuación de las farsas. Lo cierto es que todo esto está abierto a interpretaciones pues, una vez público, el personaje deja de pertenecerle al escritor y se vuelve propiedad de los lectores. Aunque, probablemente, no perderíamos nada con preguntarle.

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Contamínese

Publicado: octubre 23, 2014 en Zopilotadas
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Detrás del miedo se esconde la verdad, porque todo aquello que tememos nos recuerda a esa realidad incómoda de la que escapamos como pirofóbicos en llamas. Puede tratarse de muchas cosas en el vasto espectro que tiene el reino de lo terrorífico, pero sea lo que sea, es algo que refleja algo muy intimo, tan nuestro que ponerle colmillos o cubrirlo de sangre resulta más cómodo que mirar a los ojos del vacío dentro nuestros seres.

Pero habría que dejarnos de joder, habría que aprender a abrazar el miedo y consumirlo hasta acostumbrarnos a su amargo sabor, hasta pillarle el gusto a mirarle las cuencas vacías a la muerte. Piénselo, por un rato piense en las probabilidades que ello le abriría en su vida. Sin importar quién sea usted, podría dejarse de mamadas y, de una buena vez, cumplir con todas las cosas que no ha estado haciendo. “Claro, muy fácil decirlo” estará pensando “de seguro este cabrón no sigue su propio ofensivo consejo”, no voy a decirle que no pero tampoco le diré que sí; solo le diré que ambos (usted, lector, y yo, escritor) somos unos pendejos por asumir tanto. En todo caso, déme un gustito, ya sé que me dió por llamarlo pendejo y, hasta quizá, jodido, pero deme gustito en reflexionar esto que le escribo porque, admítalo, si aun no ha hecho ciertas cosas no es por falta de tiempo, de dinero o de ganas, no, ambos sabemos que hay un cobarde dentro suyo, o una cobarde. En realidad no es que importe su género, lo que importa es que es usted un cobarde genérico y haría mejor en ahorrarnos tiempo y de una vez admitirlo.

Pero ¿quién puede culparlo? ¿Acaso la vida es sencilla como para no tener que valerse de la cobardía solo para seguir vivo? ¿No es el miedo algo que nos inculcan diferentes adultos cuando no somos más que niños? ¿No lo inculcamos nosotros en otros niños, casi como completando el círculo? Es cierto, admitamos que el miedo es útil, nos da límites que nos alejan de peligros intensos que es posible no podríamos soportar, pero es, también, la excusa perfecta para quedarnos quietos hasta que la inercia decida mandarnos, de todos modos, donde tanto temíamos ir.

Entonces ¿por qué no dar el salto? ¿Por qué no cerrar los ojos al borde del precipicio? ¿Por qué no zambullirte cuando no sabes nadar? ¿Qué tiene el re maldito monstruo de cien cabezas que no podamos aprender a tolerar? De acuerdo, tiene colmillos filosos, garras ensangrentadas, un aire de duda y terror que inunda nuestros pulmones, nos quita la respiración y nos hace temblar, seguros de que pronto nos iremos al otro lado mirando esos ojos vacíos donde podemos ver la oscuridad que nos reclama, la verdad detrás nuestros miedos que no queremos enfrentar, ni aun cuando el monstruo ya está a punto de devorarnos. Sí, todo eso. Y más.

Pero repito: déjese de joder. El monstruo siempre nos agarra, el miedo no es una excusa y no alcanza la vida para casi vivirla, hay que contaminarse del terror y estar a punto de casi morirnos siempre que se pueda.

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Ella es una gordibuena de peligrosas curvas que me ha guiñado el ojo y luego, casi inevitablemente, hemos terminado en su cuarto, en casa de sus padres, intentando no hacer ruido y riendo ante nuestra estrepitosa falla en ello. Tiene ojos grandes y cabello castaño, se mueve mejor que yo en este asunto del juego previo y, hasta, retrasa el acto, como si con esa histeria quisiera matarme con una espera desgraciada. Cuando, por fin, empieza a quitarse sus pantaletas color naranja claro, lo hace de espaldas, agachada, como presumiendo de la casi perfecta redondez de la figura en forma de corazón que puedo apreciar cuando sus manos tocan el suelo. Y entonces, sin motivo, me viene a la cabeza la imagen de un durazno.

Pocos admiten los devaneos de la cachondez interna. A veces pasa que vemos un jugoso durazno, o un plátano recién pelado, quizá una cerveza explotando y expulsando espuma por doquier, o escuchamos un llanto plagado de gemidos que nos recuerdan a otro tipo de gemidos que llegan durante la intimidad de una buena follada y, por lo general, nos preguntamos: “¿qué me pasa?”, sea porque la situación no amerita que pensemos en sexo o porque, tal vez, pensamos que lo hacemos demasiado. Bien puede pasar que aceptemos, o no, dichos pensamientos, pero eso no quita que siempre están ahí y que llegarán en momentos insospechados, pues a la cachondez le importa poco cuan apropiada es su presencia.

Lo gracioso son las situaciones que esto genera. A lo apropiado lo dejamos pasar por su condición de niño bueno y legal, pero es cuando nos calienta el llanto, o le vemos lo sexy a una fruta, o cuando una erección perturba el curso de actividades que poco, o nada, tenían que ver con cualquier acto sexual, es ahí cuando nos da por levantarnos el estandarte de lo inapropiado y, encima, darnos palo con su mástil. Pero eso no solo pasa por esa tendencia santurrona de la presión social y la dichosa decencia, todo eso también es atribuible a que nos hemos olvidado de la picardía.

Es un juego, nada más. Los más se escandalizan si es que la cachondez los asalta en plena escena dramática, cuando la protagonista de la película se está muriendo y el pelmazo de su enamorado, al que le queda corto el rol de príncipe azul, se desvive en lágrimas. “¿Por qué esto me está excitando?” se preguntará, al igual que lo harán la publicista negociando un contrato, el abogado cocinando un bife, la abuela leyendo el libro de su nieta, el padre yendo al colegio de su hija, un político diciendo la verdad, o una jovencita cuidando ancianos. Y será un por qué tortuoso y cargado de dudas, apuntando como revólver bien cargado a la cabeza de sus certezas y amenazando con acabarlas. Ni siquiera tiene que ser continuo, ni constante, a veces no es más que un relámpago de pensamiento que impresiona tanto al que lo ha concebido, que después la duda se hace fuerte y abrumadora, tanto que da paso al miedo y a muchas muletas que, en realidad, evitan que caminemos. Humanos, demasiado humanos.

Hay un sabor dulcemente delicioso en reírnos de la cachondez. En mirar un durazno y encontrarlo parecido a alguna parte de la biología de otra persona, en reír con aquellos que ríen sonrojados ante alguna frase desafortunada, de algún desubicado que no sabe que decir “dame de tu mayonesa” puede suscitar chistes burdos, simplones y, hasta, los mal catalogados, chistes infantiles. Pero ¿y qué? Seguro, toda exageración aburre y los chistes, o los pensamientos, morbosos tienden a salirse de control con relativa sencillez (¿será que son como el sexo al que evocan, en este sentido?), pero bien controlados, y acompañados de una sana picardía, traen más risas que otra cosa. Risas que hasta podrían convertirse en curiosidad, en el descubrimiento de nuevos placeres o novedosos fracasos. Que importa, nada les quita lo bailado. Mejor dicho: “lo reído” y, aun mejor dicho, “lo gozado”.

Se señala con el dedo al humorista soez, se lo llega a calificar de inmoral por valerse del mismo descaro con que los santurrones entierran sus pensamientos impuros y proclaman pureza, o exigen respeto faltando al mismo, encerrados en su idea “solo yo estoy en lo correcto” y empeñándose en seguir las reglas de libros escritos, o no, que determinan, en perversos absolutismos, qué sí y qué no, qué bien o qué mal. Pero repito: es un juego. Vale la pena ver que sale de él. Puede ser bueno, malo, divertido, aburrido, fatal o una gloria, la cosa es dejar surgir al pensamiento, mirar con una sonrisa al durazno y darle un pícaro mordisco. Quizá así se calienten las cosas.

 

I. Prólegomenos a una historia

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Cartas a los Jonquieres me devolvió a la lectura de Cortázar tras cuatro años de llorarlo atrasadamente por morirse y dejarnos así, egoísta como la misma muerte. O egoísta yo, por reprochárselo, no lo sé. Siendo Los Premios lo último que había leído, esos cuatro años se vieron interrumpidos apenas por una breve remembranza de Las Ménades, cuento con el que coqueteaba releer pero que al final quedó en puro coqueteo.

Todo comenzó hace cinco años, debía presentar un trabajo para una materia de la universidad que consistía en analizar la estructura de personalidad de alguien famoso a quien admirásemos, y Julio fue el primero en venir a mi cabeza. Por supuesto que no fue el único, pero sí fue el primero y el último. Entonces me arremangué las flojeras, me sacudí la importancia de otras materias y me dediqué de lleno a leer biografías de Julio, análisis de su literatura, me di la tarea de leer y releer toda obra suya que poseyese, me conseguí documentales y grabaciones, entrevistas y todo aquello que me pudiese acercar a elaborar la biografía. No diré que hice un trabajo digno, pero sí diré que fue algo muy divertido acercarme a uno de mis escritores favoritos, e influencia en mi literatura, de aquella manera, una que a mi yo universitario de entonces le pareció como un trabajo mastodónico y que puso a Cortázar en un lugar más de ídolo que de humano. En vez de humanizar al hombre con esa tendencia a etiquetarlo todo que tiene la psicología, terminé por idolatrizar la vida del escritor como si hubiera una suerte de realismo mágico en ella.

Cartas a los Jonquieres me dio el placer de humanizar a Cortázar de la manera correcta. Como ya indirecteaba, el análisis psicológico arruina de alguna forma, contamina un poquito la magia de la literatura con los embates desalmados del análisis; disfrazados de buenoides los sistémicos caen en la trampa de la funcionalidad y los estándares moralistas disfrazados de cura, mientras que el psicoanálisis encrudece la belleza de las palabras cortazarianas con sus reales acertados y sus imaginarios tan palpables. Pero leerlo hablar con los Jonquieres es una de esas delicias que lo fuerzan a uno a extrañarlo al Julito y hasta llorar cuando lees que le dedica el Oso a los Jonquieres menores. En Cartas a los Jonquieres puede uno asistir al nacimiento de los cronopios y leer a Cortázar tan íntimo, tan intelectual, tan capaz de usar varios tonos, de hacer literatura incluso cuando no está escribiendo un cuento o una novela, verlo en la misma cotidianeidad que rompió en sus escritos, darse cuenta que él también escribía para poder lo que no podía.

Otro habría sido el trabajo si hubiera tenido acceso a este libro. Pero no fue así. En todo caso llegó para devolverme a Cortázar y olvidar los estragos del análisis psicológico, conocerle facetas nuevas a uno de los escritores que más influenció a mi escritura. Por eso presentó acá una versión con redacción revisada de la biografía que hice para el trabajo mencionado, y además incluyo el dichoso trabajo íntegro (es decir, sin corregir los horrores de mi yo hace años).

II. Historia del Gran Cronopio   

Julio Cortázar fue un famoso escritor que sacudió a la literatura al proponer nuevos estilos de escritura e, incluso, nuevas formas de entender las palabras. Esas son las palabras de un fanático que sabe que Cortázar fue importante por ser quien puso en el aire la cuestión de la literatura como un juego. La gente que lo conoció lo recuerda como un personaje sin igual, un ser que fascinaba al auditorio tan solo con mostrarse en el lugar, elocuente y erudito, de memoria milimétrica, Cortázar resultaba un hombre inolvidable. Como escritor fue descrito como un excepcional cuentista, novelista de vanguardia, poeta sensible, dramaturgo lleno de ideas, crítico original e iluminador, realizador de artefactos artísticos en forma de libro, que renovaron los criterios industriales de producción. Ya fue dicho: un escritor que proponía jugar con la literatura, más que otra cosa, por no quedarse estancado en una sola forma de narrar, intentando tener variaciones en su estilo.

Pero pongámonos biográficos.

Julio Florencio Cortázar nació en Bruselas, el 24 de agosto de 1914 a las tres y cuarto de la tarde. Hijo de María Herminia Descotte y Julio José Cortázar Arias, dos argentinos, residentes en Bélgica por cuestiones diplomáticas según los relatos oficiales, cuestiones de turismo según el mismo Cortázar y cuestiones familiares según el biógrafo Montes-Bradley. Bruselas se encontraba, en ese entonces, ocupada por los alemanes debido a la Primera Guerra Mundial, por dicha razón todo belga se transformaba instantáneamente en ciudadano alemán, pero (y no sin esfuerzo) José Cortázar logra que su hijo sea inscrito como argentino mediante un trámite consular. Los Cortázar habitan en Bruselas hasta el 2 de septiembre de 1915, fecha en la que se trasladan a Zürich, donde habitarían por espacio de 2 años, tiempo tras el cual se mudan a Barcelona, de donde Julio Cortázar guardará vagos recuerdos infantiles. Es esta la época en que Julio José deja el hogar, abandonando a sus dos hijos con su mujer y su suegra. Esto generó un rencor en la madre de Cortázar, que más tarde intentaría proyectar en su hijo e hija, pues se quedaba sola en una sociedad machista donde, según el mismo Cortázar, no podía desarrollarse como podría haberlo hecho sino conformándose con lo “honorable” para una mujer. La familia pasó por grandes apuros económicos durante mucho tiempo y la ausencia del esposo de doña Descotte pesó como muerte. Sin embargo se ha dicho que aquel padre “inexistente” (como lo nombró el mismo Cortázar), ese fantasma, reapareció mucho tiempo después, presentándosele a Julio para pedirle que eligiera un seudónimo para publicar puesto que se sentía incómodo con el hecho de que su apellido se convirtiese en famoso, esta es una variante a la afirmación de Cortázar según la cual no volvió a saber de su padre hasta la muerte del mismo. La variante también nos dice que Cortázar lo despidió de mala manera y desde aquel entonces solo firmó como Julio Cortázar, en una especie de venganza a los años de abandono. La figura ausente del padre es muy notoria en los cuentos de Cortázar, ya sea por la inexistencia de una figura paterna en los mismos o por el retrato de chicos solitarios o padres errados. La biógrafa Paciencia Otaña afirma que esa ausencia es gran culpable de la producción literaria de Cortázar y fuente inagotable de temáticas constantes, un vacío que funciona como clave de la obra cortazariana.

Para 1918 la familia Cortázar (menos el padre; sin embargo una variante nos indica que el padre abandonó a la familia en 1920) se trasladan para Argentina, instalándose en Banfield, una localidad del sur de Buenos Aires. En esta vivienda Cortázar pasó una infancia sin padre, rodeado de una madre mimosa con fuerte rencor contra su esposo desertor,  una abuela que lo fascina, una hermana un año menor que él y una tía inefable. A lo largo de su infancia, estas mujeres estaban encima de Cortázar impidiendo que saliese a la calle, o hiciese cualquier actividad riesgosa porcortazar miedo a que se rompiese un hueso o contrajese una gripe y esto, sumado a la facilidad con que el muchacho se enfermaba, lo hacía un niño bastante sobreprotegido. Es más, se sabe que el niño sufrió varias enfermedades entre las que se pueden mencionar asmas, fracturas y un surmenage (síndrome de fatiga crónica: es un tipo de depresión que bloquea al sistema nervioso; cuando una persona lo padece su cuerpo pierde el control, se desmaya, deja de reaccionar ante cualquier estímulo, incluso puede caer en shock, y parecer un “zombi”). Cortázar vivió una infancia llena de miedo y sobreprotección femenina que recuerda con un cariño inmenso, no solo por el ambiente suburbano que lo rodeaba, sino por esa niñez poblada de barriletes y dominada por el ingenio de juegos que le proponían el atlas Tesoro de la juventud, el Pequeño Larousse Ilustrado, lentes de aumento, insectos, tesoros de la cómoda de su abuela, perros, gatos y un loro parlanchín que repetía Cocó (sobrenombre de Cortázar) y Memé (sobrenombre de Ofelia, hermana de Julio), el mismo Cortázar diría: “Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán.”. La relación con las mujeres de su familia fue muy íntima, especialmente con su madre por la cuál guardaba un cariño profundo y con quien nunca perdió contacto, incluso tras su partida a París.

En 1923, a los 9, realiza sus primero trabajos literarios que la familia sospecha como plagios. Esta suposición lo deprimió de sobremanera, haciéndolo sentir que el mundo era conspiración gigante contra un niño indefenso. Pese a dichas dudas, la madre considera a su hijo como un chico excepcional que debía recibir el doble de atención que algún chico normal. En esta época el niño leía demasiado y algunos médicos llegaron incluso a prohibirle al lectura, cosa que dejaba descorazonado a Julio; para no tener que prohibirle a su hijo la lectura que tanto adoraba, Herminia lo metió en clases de piano y trompeta; más tarde el gusto por estos instrumentos y el saxo lo conduciría al amor por el jazz. En estos primeros años adquirió conciencia de que era distinto  a los demás, no menos ni más, simplemente distinto. Estos primeros escritos, de la infancia de Cortázar, son textos inspirados sobretodo en Edgar Allan Poe y Julio Verne, Cortázar creía ciegamente en las palabras de los libros y en la realidad fantástica que estos le mostraban, y es a partir de esas realidades en las que creía fervientemente posibles, que escribe varios poemas y una novela.

En el transcurso de 1928 cursaría sus estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, a la que calificaría de “pésima, una de las peores escuelas imaginables”. Se recibiría en 1932 como maestro de la normal que lo habilitaba para ejercer en el magisterio. Ya en estos tiempos Cortázar se sentía hastiado de vivir en Argentina y parecía no encontrar solución a su dilema (que más tarde retrataría en su cuento Un lugar llamado Kindberg). Es también este el año que descubre el mítico libro Opio de Jean Cocteau que cambiaría su modo de ver la literatura y le harían descubrir el surrealismo.

Para 1935 obtiene el título de profesor en Letras (que, según Cortázar, esto significaba que podía enseñar cualquier cosa, desde matemáticas hasta geografía), además de ingresar a la facultad de Filosofía y Letras; sin embargo abandonaría esta para poder ayudar en el hogar con los ingresos económicos. Es durante esta época que Julio escribía cuentos que no se animaba a publicar. Poco tiempo después, en 1937, sería destinado a un pequeño pueblo llamado Bolívar, del cual se marcharía dos años más tarde, el año 1939, con destino a otro pueblito llamado Chivilcoy. Es importante recalcar la angustia de Cortázar ante la perspectiva de vivir en ambos pueblos, donde se sentía abrumado y ahogado. A partir de entonces hasta el día que zarpó a París, vivió principalmente de la docencia, ayudándose con traducciones y trabajos de oficina que despreciaba, repartiéndose el tiempo de modo que pudiese leer con la voracidad habitual que le atribuían sus amigos, conocer gente pese a su fama de solitario y escribir sin esperanzas de ser publicado. Más tarde los habitantes de Chivilcoy le recordarían como aquél profesor joven con altura de basquetbolista, cara aniñada, que pronunciaba las “erres” como “egues” (debido a que Cortázar sufría de una condición conocida como dislalia), solitario, taciturno y que se pasaba horas leyendo libros de autores franceses en lugares públicos. En 1944, Cortázar se encuentra impartiendo una cátedra de Literatura Francesa en Cuyo, Mendoza y es por ese entonces que empezó a participar en actividades antiperonistas. Sin embargo, Perón ganaría las elecciones en 1945 y Cortázar entonces renuncia a esta cátedra, que consideraba demasiado politizada durante la época. En Mendoza, Cortázar conoce a Sergio Sergi, quien sería de entonces en adelante, gran amigo suyo. En 1946 se publica el cuento Casa Tomada en la revista Los anales de Buenos Aires dirigida por Jorge Luis Borges, quién había leído y recomendado fervientemente el cuento de Cortázar; este gesto de Borges no pasaría desapercibido por su fama de austero e irónico a la hora del elogiar a otros escritores. También publicaría un artículo sobre John Keats y colaboraría con varias revistas de la época. En 1947, también en Anales de Buenos Aires publicaría Bestiario.

En 1948 obtiene un titulo de traductor público de inglés y francés, superando en apenas nueve un meses una carrera de 3 años. Durante estos tiempos sacrificados sufre de creencias paranoicas sobre cucarachas en la comida, miedo Cortazar-785294paranoico que concluye con la creación del cuento Circe; este sería el año donde conocería a su primera esposa Aurora Bernárdez. Ya en 1949 publicaría Los Reyes, esta vez bajo su verdadero nombre; durante ese mismo año escribe una novela denominada Divertimento, publicada póstumamente en 1986,  que en cierta forma es un preludio a su famosa novela Rayuela. También, en 1950, escribe otra novela denominada El Examen, rechazada por el asesor literario, Guillermo de Torre. Cortázar también la  presentará a un concurso convocado por la misma editorial, sin éxito. Esta novela también será editada tras la  muerte del escritor, en 1986. Poco después Cortázar sería visto trabajando como gerente de la Cámara del Libro lo cual vino acompañado de ataques nerviosos que perturbaban su paz. Además de estos ataques neuróticos por la carga de trabajar en la Cámara del Libro, al tiempo que termina sus estudios como traductor público, se le suma su enorme disconformismo con el Peronismo de la época y el no poder escribir por lo ocupado que estaba. Todo esto impulsaría a Cortázar a realizar su primer viaje a Europa usando todos sus ahorros, en una estadía que se alargaría de 1949 a 1950.

Entonces llega 1951, que se convertiría en un año clave dentro la vida de Cortázar no solo por la publicación de Bestiario, sino porque obtiene una beca del gobierno francés y realiza un segundo viaje París, ya muy decidido a quedarse allí con tan solo una maleta con su ropa y un disco de jazz “Stack O’Lee blues”. De su temporada previa al viaje, Cortázar luego diría: “Por entonces, llevaba adelante una vida casi mínima, convencido de ser solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a casi todo lo que pasaba más allá de esfera estética”. Comienza a trabajar como traductor en la UNESCO que le brindó un salario fijo y viajes gratis alrededor del mundo con viáticos para cualquier gasto imprevisto y con un empleo como ese asegurado, empieza a desarrollar una vida en esa París que tanto había añorado. Sería en Europa donde se desarrollaría como el gran escritor que llegó a ser. Sobre este punto fue criticado más tarde, puesto que muchos críticos no encontraban la forma en que un Latinoamericano haya podido latinoamericanizarse estando en justamente en Europa, es decir lejos del idioma castellano; sin embargo se ha planteado que su genialidad se debió más a una evolución ideológica, él mismo diría: “Es paradójico, pero tengo claro que si no me hubiese instalado en París, jamás hubiera entendido bien a la sociedad en que me formé, ni comprendido la lógica de sus cambios políticos”. En 1952 se publicaría Axolotl en Buenos aires literaria. En 1953 se casa con Aurora Bernárdez, su primera esposa y para el año 54 realiza un viaje que influenciaría en gran parte en la creación del mítico personaje cortazariano La Maga. Cortazar publica Torito en Buenos Aires literaria y  continua escribiendo lo que luego serán las Historias de cronopios y de famas, que ya había empezado a escribir durante el 51. El 56 publica Final del Juego y el 59 Las Armas Secretas, donde aparece el cuento El Perseguidor; Cortázar dedicaría este cuento a Charlie Parker pues había nacido luego de que Cortázar leyese sobre la muerte del mismo, después declararía: “Fue una iluminación. Terminé de leer ese artículo (que anunciaba la muerte de Charlie Parker) y al otro día o ese mismo día, no me acuerdo, empecé a escribir el   cuento. Porque de inmediato sentí que el personaje era él (…) era lo que yo había estado buscando”. Es desde este cuento que Cortázar empieza a abordar “un problema de tipo existencial, de tipo humano”, que pasaría a ser ampliado en Los Premios (1960) y sobre todo en Rayuela. El año del 61 realizaría su primer viaje a Cuba, a partir de este momento se empezaría a manifestar un cambio en Cortázar al empezar actuar de manera más política, dado su aparente “letargo” en el tema hasta aquel entonces, desde ese entonces se convertiría en un devoto defensor de la Revolución cubana.

En el transcurso de 1963 se publicaría Rayuela, marcando un importante hito tanto en la historia de la literatura como en la vida de Julio Cortázar. La novela más famosa de Cortázar vendería 5.000 ejemplares en su primer año de publicación. Esto lo convertiría en una celebridad en el mundo, haciéndolo una importante figura pública, hecho que más tarde explotaría ya sea como portavoz de las demandas y necesidades de la izquierda latinoamericana o discutiendo repetidas veces con los opositores a Fidel Castro, en ocasiones para denunciar los crímenes de las 20071031elpepucul_19dictaduras y en sus últimos años para apoyar a la revolución sandinista. Pero esta fama no era muy de su agrado, ya sea por el constante acoso de sus admiradores o las innumerables entrevistas a las que se veía sometido. Por tanto desde 1965 pasa largas temporadas en su casa de campo en Saignon; Yurkievich diría a propósito de esto: “La fama era aplastante para él. Todo lector se sentía amigo íntimo, incluso gente que no lo conocía. Cualquiera podía, en cualquier momento, tocarle el timbre, enviado por Fulano o Zutano y entrar en su intimidad.” Tras ello se publicarían Todos los Fuegos el Fuego (1966),  La Vuelta al Día en Ochenta Mundos (1967) y 62, Modelo para Armar (1968). Esta ultima provocaría una reacción de puro desconcierto en la crítica ante la estructura peculiar de este libro. También publica Último Round (1969).

El año 1970, Cortázar viaja junto a su, ahora, concubina Ugné Karvelis a Chile para presenciar la ascensión al poder de Salvador Allende. La separación con Aurora Bernárdez había sido en buenos términos y seguirían manteniendo una estrecha relación amistosa. Ugné era una politizada traductora y mujer de época, muy alejada del estereotipo de mujer de letras que representaba Aurora. Tiempo más tarde publica Libro de Manuel (1973) y Octaedro (1974), ambos libros demostrarían lo comprometido que estaba Cortázar con las causas de la revolución izquierdista de Latinoamérica. El año 78 se separa de Ugné Karvelis, con la que sigue manteniendo una estrecha amistad. Ya para ese año emprende una relación con la que sería su tercera esposa Carol Dunlop, una mujer intelectual que le permitió seguir creyendo en la literatura como un juego. En los años siguientes Cortázar publicaría Queremos Tanto a Glenda (1980) y Deshoras (1982). El 24 de julio de 1981 Cortázar obtendría la ciudadanía francesa gracias a uno de los primeros decretos del gobierno socialista de François Miterrand. Este mismo año, por motivos de salud, tiene que ser internado en un hospital donde es diagnosticado con leucemia, cosa que Dunlop no le avisa por pena y temor a que su marido se deprimiese, al mismo tiempo que ella misma había sido diagnosticada con una condición terminal que Cortázar no había querido anunciar a su mujer para que esta no se deprimiese, creando así una situación irónicamente cortazariana. El año de la publicación de Deshoras (1982) muere su tercera esposa Carol Dunlop.

Al año siguiente aparece el libro Los autonautas de la cosmopista, escrito a cuatro manos con su ya fallecida tercera esposa Carol Dunlop; en este libro se narra un viaje de treinta y tres días entre París y Marsella a razón de dos parkings por día que la pareja había realizado. Los derechos de autor de este último libro los destina para el sandinismo nicaragüense. Este mismo año viaja a La Habana para asistir a una reunión del Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los pueblos de Nuestra América, y entre el 30 de noviembre y el 4 de diciembre viaja de vuelta a Buenos Aires, viaje que aprovecha para visitar a su madre después de la caída de  la dictadura y la asunción del gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Hay que destacar que pese a que Cortázar, aun a la distancia, había luchado contra la dictadura en la Argentina y había sido fichado como un peligro “sacrificable” por la misma, las autoridades del nuevo gobierno ignoran su presencia, sin embargo el pueblo argentino lo recibe calurosamente, mucha gente lo reconoce en las calles. Este mismo año se publica Nicaragua tan violentamente dulce.

Hasta que, finalmente, un domingo 12 de febrero de 1984 Julio Cortázar moriría en París, su hogar desde 1951, por una leucemia crónica. Su muerte turbó profundamente al mundo cultural alrededor del globo pues había fallecido uno de los escritores considerados como de los más importantes de la lengua española, un intelectual como pocos y una personalidad que tenía tantos fans como una estrella de cine. Ese mismo día se llevaría a cabo un suceso inédito en Buenos Aires: una invasión de mariposas. Esto fue explicado como una oleada de calor de una zona rural cercana que originó esta migración tan peculiar y, ya después, este fenómeno no se repitió nunca más. Si bien en el momento nadie pudo relacionar aquella muerte con aquel suceso de lógica tan cortazariana, luego sería casi inevitable pensar en la invasión de las mariposas como acaso un tributo del mundo hacia su hijo ya muerto.

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III. Palabras finales

Y de nuevo Cartas a los Jonquieres, libro que actúa a modo de diario desde el 50 hasta el 81. Una biografía de Cortázar escrita por él mismo, pero no en ese sentido egotista de hablar de su persona sino en el de contar a amigos queridos qué acaecía en sus andares, durante una época en que la carta era el medio de comunicación transcontinental y el internet no había llegado a simplificarnos los problemas y, de paso, la imaginación. Cortázar, el Gran Cronopio, se presentaba CortazarPsikebacomo ese intelectual que uno asumía por encima de los meros mortales. Basta leer un libro, un cuento, un texto de él para saberse un bicho tuerto que recién está empezando a aprender a leer. Pero Cortázar no era esto, Cartas a los Jonquieres lo prueba. Cortázar era un hombre lleno de temores, como cualquier otro, que los exorcizaba en su literatura, misma que estaba contaminada por su inmensa inteligencia y cultura. Era un niño juguetón que se proponía ser travieso en cada que escribía. Era un ingenuo sentimental y de fácil creencia, como de pronta amargura. Era un humano. Uno noble e increíble, pero humano nomás. Y no por ello menos merecedor de nuestra idolatría.

IV. El trabajito psicológico

http://www.mediafire.com/view/64gjmbh9rcb4hm1/Julio_Flo…doc