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Yesenia abrazada de la jirafa púrpura esconde el escote, y con una enorme mochila caqui la forma de sus piernas tras la calza y la falda. El extraño de pelo largo la mira desde los asientos de enfrente. Es obvio. Demasiado. La mira sin vergüenza, se la come con los ojos, mueve incómodo la entrepierna cada que se reacomoda en el asiento. Yesenia escucha a su madre parlotear algo acerca su hermanita y de fondo la lengua incompresible de las informaciones de aeropuerto proclama algo que a ella no le incumbe. El clima está templado y agradable. No hay mucha gente alrededor. Solo un par de ancianos, un gringo que esconde su obvia calvicie y que mira a una fea de cuerpazo que, notoriamente, resiente a Yesenia las miradas robadas. Hay, además, un par de niños con su agotada madre que parece querer dormir. Y él, claro. El extraño de pelo largo y ojos grandes.

Yesenia detesta la manera en que la mira. Como hambriento y desesperado. Fijo y sin distraerse. Su madre no lo nota. Ella sigue dale que dale con hablar de Roxanita. Pinche feta malcriada. Se larga de vacaciones con su tía y retorna embarazada ¡Con qué cara llegaría la tonta! Ya su madre no mostraba huella alguna de todo el llanto que ella se había tenido que tragar. Demasiado bien sabía que Roxanita no tendría que ver a su mamá llorar y algo en ello le sonaba injusto. Revisó la pantalla de vuelos a su izquierda. Obvio. Roxanita, también en eso, se retrasaba.

La chica del cuerpazo se pasea por ahí. Meneándose como loca la muy culisuelta. Habla por el celular meneándose. De aquí a allá meneándose. Delante del gringo meneándose. Pero el extraño ni la mira. Sigue fijo en Yesenia.

– Perra – se le escapa.

– ¡Hija! ¿Cómo se te ocurre? Es tu hermana – alcanza a escuchar.

– No mamá. No la Rox. – responde señalando con la cabeza a la culisuelta.

– Hija, tenemos que apoyar a tu hermana, tenemos que… – la ignora su madre. Yesenia reflexiona. Aquel “tenemos” lo venía escuchando desde que Roxana había nacido. Desde beba que la malcriada se las arreglaba para desacomodar su vida. “Tú serás 12 años mayor así que debes cuidarla mucho” le dijeron con el tono con que se sentencia de muerte a un adolescente. Así perdió el cuarto, la ropa, las muñecas, los cariños, los tíos, las primas. Todo. “Yessy, la beba lo necesita.”, “hija, tu hermana también vive en esta casa.”, frases derivadas que poblaron su adolescencia y que ahora las escuchaba retumbar en su cabeza mientras su madre seguía con la perorata y el extraño de pelo largo continuaba mirándola a ella. Solo a ella.

“¿Será que me vine muy provocativa?” teoriza Yesenia poniendo a un lado la mochila y el peluche, dejando respirar aquel amplio y generoso escote que dejaba entrever sus maravillosos senos. “Ahora a la Rox le crecerán” pensó decepcionada, o quizá asustada de verse superada. Revisa su falda negra y corta adornada por encajes que le dan estilo a la apretada calza púrpura que se puso y se pregunta si el extraño de pelo largo es de esos que se excitan con algo tan chontano ¿O sería que aquel extraño miraba su cabello por aquel rojo claro que teñía el castaño del cuelllo para abajo? ¿O sus ojos, su nariz, sus labios, mucha pintura tal vez, o poca en todo caso? ¿Era por las botas? ¿Los aretes? ¿Qué mierdas veía el pervertido ese con tanta fijación?

Los niños armaban tremenda bahatola y los ancianos los miraban enojados. Yesenia no tenía calor pero sudaba. Sobretodo en el pecho y los piercings. Por un rato, mientras miraba a todas partes, se dedicó a sentirse avergonzada de su posible olor hasta que reparó en que el extraño de pelo largo estaba muy lejos como para olerla. Rió. Y meneó el pelo mientras lo hacía. Se avergonzó ¿Por qué tenía que hacerse a la sexy?

Entonces sucedió. Fue un golpe tremendo e inesperado, un miedo angustiante apretándole el pecho, dilatando sus pupilas, erectando sus pezones y creando un compás jazzero con sus latidos. El extraño se levantó y caminó hacia ella. Apurado, indiscreto, sediento fue acercándose y Yesenia paralizada ya ni pensó en Roxana o su madre. Solo en ese maldito acercándose tan seguro de sí. Sin saber si temía que el tipo ese la besara o la violara, o si es que lo que más temía era admitir que quería que el tipo la arrancase de su vida, la alejara de la realidad y la sumergiera en una fantasia sexual donde el olvido es un deliquio permanente, donde el placer no da paso al pensamiento y los cuerpos sudados y desnudos son un estado natural. Por eso no quiso aceptar que la ignorara por ver la pantalla de las llegadas y salidas de los aviones. No quiso tolerar que el desgraciado regresara campante a su asiento y hasta se atreviera a conversar con el gringo obviamente calvo mirando en dirección de la culisuelta. Mamá aun hablaba, Roxana no llegaba, los niños gritaban y la culisuelta se meneaba por aquí y por allá, por aquí y por allá y por aquí y por allá como si fuera la reina de algo tan vulgar como un cuerpo operado y vistoso. Yesenia miró su natural ampulosidad de sus senos, que caían un poco por su amplitud, y los comparó con aquel par de melones perfectos y esféricos de la culisuelta, que, de paso, parecía tener una cola con forma de manzana y cuya cara de seguro era muy distinta a la que tenía desde niña, ni así logrando verse medianamente decente. Abrazó, rabiosa, el peluche de jirafa púrpura que había comprado para regalar a su hermanita ¿Por qué podía la culisuelta menearse con semejante esperpento falso y artificial, cuando ella misma era toda una mezcla de redondeces que los hombres anhelaban probar? ¿Quién era ese extraño de pelo largo para dejar de verla luego de haber sido tan intenso con su manera de cosificarla con la mirada?

Cruzó las piernas. Mordió a la jirafa púrpura y le chupó el hocico mientras la alejaba de sí lentamente y mirando al vacío. Yesenia actuaba de puro reflejo mientras en su mente se arremolinaban imágenes variadas. Recuerdos, alegrías, rencores y frustraciones se mezclaban en un coctel que la emborrachaba. Se acomodó el corpiño y pasó los dedos por su pelo. Cerró los ojos y puso una mano encima su cabeza y la otra en el cuello. Y acarició. Lo hizo como por accidente, sin nunca abrir los ojos, ansiosa de saber si era observada, bajando un poco y deteniéndose en esa raja amplia y profunda de su pecho, sintiendo que a sus bultos le crecían un par de bultitos que gritaban por debajo de su delgada blusa ploma para hacerse notar. Cerró los ojos con más fuerza y murmuró algo como “por favor” al notar chillidos histéricos de su madre a lado. “habrá llegado la Rox” se dijo mientras una mano apretaba a la jirafa púrpura y la otra dejaba de demorarse en los senos para pasar al estómago y ahí tardarse cuanto pudiese en el ombligo y el piercing hasta que los zarandeos de su madre la fuerzan a abrir los ojos.

Los niños están quietos. Los ancianos cardiacos. La culisuelta fruncida. El gringo calvo divido entre la excitación y el escándalo. Su madre grita, levanta el nombre de Dios y se pregunta por qué esas hijas le tocaban a ella. Pero el extraño de pelo largo no parece reprochar nada. Él la mira con intensidad, con las manos crispadas, resoplando y con expresión de sorprendido, quizá maravillado, probablemente asustado. Ella lo mira fijamente y confirma que en los ojos del extraño de pelo largo se refleja la lujuria más pura, el deseo más profundo, el terror más abominable y entonces llega Rox y el culmen de todo acontece cuando la madre la ignora. Yesenia sonríe, abraza a su hermana, le entrega su jirafita, le anuncia que ya no es niña, le da la mano y se alejan en paz, haciendo oídos sordos de las quejas maternas, del murmullo de los ancianos, del sonido de la confusión de los niños y los pantalones apretados de gringos y extraños de pelo largo. Se alejan sin nunca mirar atrás

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Publicado originalmente en la Revista Gorila

Entre los fanáticos de Spider-Man hay uno de esos debates que encontramos en todas partes: el del huevo o la gallina ¿quién fue primero? ¿cuál quieres para cenar? No importa el enfoque, siempre será un debate inútil donde lo único que saldrá a la luz son las preferencias de cada debatiente y, siendo sinceros, no nos llevarán a nada. Pero, admitámoslo: es tremendamente divertido. Con ese espíritu, los fanáticos siempre nos andamos preguntando ¿Tobey o Andrew? Y solo esa pregunta nos detiene por días enteros mientras acaloradas discusiones se desarrollan, amistades se pierden, viudas son creadas y, bueno…es de nunca acabar. Por varias semanas solo se escuchan las recriminaciones de los malos perdedores, resuena el eco de los argumentos tardíos que gritamos por la mañana siguiente ya que solo se nos ocurren cuando llegamos a nuestras casas, luego de un pesado día de discutir y discutir y discutir, pues al parecer un mejor Spidey cinematográfico no puede ser definido.

Antes de empezar seré sincero al confesar que yo soy del #TeamAndrew, pienso que fue mejor Peter y mejor Spider-Man, además que sus películas me gustaron más. Pero en medio de toda la sangre y vísceras con las que uno tiene que lidiar cuando llega el tercer día de discusión, pues se me ocurrió que quizá era hora de que alguno de nosotros se anime a darle una mirada más neutral. Y no se preocupen, no saldré con que gana Nicholas Hammond o el mejor Spidey es Christoper Daniel Barnes, eso sería perder el tiempo de manera monumental. Así que ahí va. Spidey contra Spidey ¿cuál fue el mejor Spiderman del cine?

PARTE I: Tobey, tu amigable vecino bailarín.

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Cuando Spider-Man se estrenó el 2002 no pensábamos que sería el heraldo de una época llena de películas de superhéroes. Desde el 99 que nos llegaban Batmanes y Supermanes que causaban revuelo y alborotaban a los fans pero no sería hasta el estreno del Spider-Man de Sam Raimi que Hollywood le vería el negocio a las películas de superhéroes. No era para menos, no solo rompió récords de taquilla sino que visualmente era uno de los más grandes triunfos en el cine de acción y suspenso gracias a las escenas de Spidey peleando o balanceándose por los cielos de Nueva York que nos dejaron complacidos y sorprendidos, con ganas de mucho más. Y Tobey estuvo a la altura del reto de hacerse un creíble Hombre (que) Araña con la ayuda de todos estos efectos, CGI y etcétera. Punto para Tobey. Nunca es fácil ser el primero en hacer algo así, quizá Tobey no lo sabía pero estaba estableciendo el parámetro que tendría que seguir todo otro actor que encarnara a Peter Parker.

Por suerte, para Tobey, contaba con la ayuda de un director muy experimentado en cine de acción y aventura: el legendario Sam Raimi, que antes nos había fascinado con Evil Dead y Army of Darkness, y que se hacía cargo de un proyecto que casi tuvo a David Fincher como director, hasta que este renunció porque el estudio no deseaba hacer una versión sobre La Noche que Murió Gwen Stacy como era el plan de Fincher (off-topic: sí, yo también quisiera ver eso). Raimi se hizo cargo de un guión que se venía haciendo desde los ochentas y le quitó pesos extras y detalles que lo hacían sentir muy sobrecargado de villanos (¡oh! ¡la ironía!) e historias de orígenes que entre James Cameron y David Koepp habían ido poniendo en todo el tiempo que estuvieron trabajando con la historia. Raimi se enfocó en el Duende Verde y en aprender a usar efectos por computadora, porque el gran Sam salía de su zona de confort, que son los efectos reales y fabricados a mano, para traernos la historia de Spiderman. Lo que tienen que entender de todo esto es que habían muchas cosas nuevas siendo experimentadas, cosas que después nos traerían un universo cinematográfico bien construido de la Marvel pero que entonces no era más que un sueño loco al que aspiraba Kevin Feige. Como dije, Tobey no lo sabía entonces pero él, junto a Hugh Jackman, eran una suerte de base para todo esto, el borrador de lo que Feige moldearía, después, en Robert Downey Jr. y Chris Evans.

Todo esto significa que Tobey no pensaba que su actuación era tan importante, para él era solo un trabajo más, de un personaje que nunca antes había leído y que aceptó solo porque disfrutó el guión, en otras palabras y no puedo decirlo de otra manera: lo hizo muy bien pese a, y justamente por, que nadie, ni siquiera él mismo, tenía demasiadas expectativas sobre el asunto. Y sí, los geeks, los nerds y todo tipo de fanáticos teníamos, efectivamente, las expectativas en alto pero tampoco teníamos un punto de comparción ni existía tanta presión como la hay hoy en día. Tobey, sin presión ni expectativas, más que darle su propio enfoque al Hombre Araña captó lo que su director quería, le dio una profundidad emocional a su personaje que Raimi había visto a Tobey hacer antes en The Cider House Rules y, esto lo digo en el mejor sentido posible, ese es el estilo Maguire, todos sus papeles tienen cierta fragilidad e ingenuidad conflictuada por personas o eventos que él no puede controlar y los actúa de manera muy parecida. Raimi quería el tipo de personaje que Maguire sabe hacer y Tobey hizo un gran trabajo porque no estaba interpretando tanto a Peter Parker y Spider-Man como a cualquier otro papel que le pudieran dar. Por eso es bueno remarcar que mucho de ese crédito del Spidey de esta trilogía de películas se lo debemos más a Sam Raimi, ávido lector y coleccionista de cómics, a diferencia de Maguire, que supo traer fragilidad a un héroe, cosa que no era muy pensada en ese entonces, pues en la pantalla grande, y en la chica también, los más grandes ejemplos de superhéroes era el intocable de Superman y el infalible de Batman. Ambos personajes muy divertidos, pero que en cierto punto podemos spider-man-reboot-sdccllamarlos aburridos por predecibles. Spidey no es así y Sam Raimi lo interpretó muy bien, dio buenas directrices que Maguire cumplió con mucha efectividad. Ok, bueno, exagerando un poquito en sus expresiones y sus escenas dramáticas, sí, pero igual lo hizo bien. Hoy nos burlamos de la actuación de Tobey, sea con memes o recordando el infame baile de la aún más infame película sobre Spidey: El Hombre Araña 3 y curiosamente aquí se aplica una frase muy famosa de la competencia: “o mueres un héroe o vives lo suficiente para convertirte en el villano”. Y eso le pasó a Tobey, su buena interpretación se volvió ridícula. Si en la primera nos dieron un buena película, en la segunda nos dieron una excelente película, la tercera de pleno apestó en todos los aspectos y hasta en los que no, vuélvanla a ver y se darán cuenta que sí apestaron.

Ahora, Tobey siempre actuó bien, pero en estas películas dependía demasiado de su director y de lo que le dijeran que hiciese y eso no extraña mucho de una persona que no conocía nada del superhéroe al que iba a encarnar y que solo lo conoció antes de la segunda película (lo cual explicaría lo tremendamente increíble que es Spider-Man 2). Pero parte de lo que hizo memorables tanto al Spidey de Maguire como al de Garfield son los actores secundarios. Las películas de Raimi tuvieron grandes aportes por parte de sus actores, en especial William Dafoe, Alfred Molina, Rosemary Harris y J.K Simmons, este último un grande como J. Jonah Jameson a tal punto que Marc Webb no quiso tomar el riesgo de recastearlo y terminó por eliminarlo de su versión del Hombre Araña ya que sabía que ningún fan aceptaría a otro que no fuera J.K. Simmons y Webb buscaba alejarse de todo lo que estuviera relacionado con la versión de Raimi. Mi punto es que todos estos actores le dieron más calidad a la película y en el proceso ayudaron a que el Spidey de Tobey sea buenísimo, pues el entorno también es importante. Los personajes de apoyo ayudan a que la historia tenga más sentido y fluidez, a que la trama principal se mueva a buen ritmo y a mantenernos entretenidos en el proceso. Porque hay un momento en que te cansas de ver llorar a Peter y, por suerte, puedes distraerte de ello en Norman Osborn u Otto Octavius, incluso en la tierna y aguerrida tía May o en la comedia que se nos brinda a través de J. Jonah Jameson. Pero, así como tenían un buen reparto para hacer un mejor Spidey, Maguire y Raimi a lo largo de sus tres películas también tuvieron ciertos personajes que fueron arruinados, como Harry Osborn o Gwen Stacy, incluso la propia Mary Jane ya que a nadie le convenció del todo Kirsten Dunst en este papel, por cosas como ponerla en la mítica escena del puente de Nueva York y hasta hay quienes se quejan de la escena del beso por estar muy parada en la línea de lo cursi y lo romántico (a mí no me miren, esa escena me parece genial), u otras cosas como que no cayó bien que volvieran a Flint Marko un sensiblon o, bueno, casi todo lo que la 3 nos dejó. Pero más allá del reparto y del director, enfocándonos solo en Maguire, admito que las más grandes quejas sobre Maguire suenan tontas. Es cierto, lo suenan. Pero bien pensadas no lo son. Hay cierto sentido en quejarnos de un Peter Parker demasiado callado, muy tímido y silencioso. Sí, sé que Peter en los cómics es así. Sí, he leído todo Amazing Spider-Man y, también, Ultimate Spider-Man, no estoy hablando por hablar. Peter puede que sea callado y tímido y silencioso, pero no tanto. Este enfoque de fragilidad que tenía Maguire le quitó al personaje una de sus caracteristicas más importantes: los malos chistes para combatir el miedo, quintaesencia del personaje. Y sí, sé que el Spidey de Tobey a veces lo hace, pero es que es tan intensa su fragilidad que, además de que no lo hace tanto, cuando lo hace no siempre lo sentimos.

Algo que sí debo remarcar es que hay una evolución muy genial de Spidey/Peter Parker, porque cada película de Raimi se trata sobre el crecimiento, así que no podía faltar la evolución del personaje que, lamentablemente, en el gran cuadro se pierde pues estos cambios son más notorios en todos los demás y no tanto en Peter. Claro, eso antes de la famosa escena del club de jazz que no sólo tardaron ocho días en filmar sino que el mensaje que Raimi quizá quiso comunicar se perdió en la ridiculez de un Tobey Maguire que pasó de ser angustioso y calladito a ser incómodamente arrogante. La poca notoriedad de su evolución hizo que su cambio debido al simbiote se sintiera forzado, ridículo y risible por ese salto súbito de niño obediente y educado cuyo único pecado es tener algo de culpa en la muerte del tío Ben a…bueno…eso.

Sí, Tobey hizo su trabajo y lo hizo bien. Tuvo la suerte de un reparto genial, un director maravilloso y dos guiones que respetaban el camino y la evolución de un superhéroe. Además Tobey encarnó a un Spider-Man más basado en el Spiderman clásico de la Era de Plata del Cómic, con ciertos toques modernos. Su Spidey era un alma vieja con mucha carga nostálgica que todos los fans acérrimos, o más antiguos, disfrutaron por, justamente, esa nostalgia que transmite. Nos gusta el Spider-Man de Tobey Maguire y Sam Raimi no solo porque fue el primero sino porque su caracterización apuntaba a despertar sentimientos por él que se amparan en el velo de la nostalgia de los fanáticos. Y en aquellos que no conocían nada de Spidey, tenían una historia sencilla y bien caracterizada, divertida y llena de accion y colores y por eso era un reto muy difícil  para Marc Webb y Andrew Garfield superar a este Spidey, tanto que, y adelantando un poco de la parte dos de este artículo, el que la logró fue Garfield y no Webb.

PARTE II: Andrew, tu vecino hipster hecho al cool

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Y llegamos a Andrew, el hipster que el mundo condenó como demasiado cool y que muchos fanáticos de Maguire odiaron por motivos obvios. Pero, antes de hablar de Andrew y su actuación como Spidey es necesario hablar un poco de Marc Webb y sus películas.

El 2012, cincuenta años después de la primera aparición de Spider Man en Amazing Fantasy #15 y diez años después del estreno de la primera película de Spidey dirigida por Sam Raimi (de la que hablé en la PARTE I) nos llegó The Amazing Spider-Man, dirigida por Marc Webb y protagonizada por Andrew Garfield, un film que, antes de morir, Roger Ebert calificó como el segundo mejor de todos los de Spider-Man, siendo el mejor la segunda entrega de la trilogía de Raimi. Pero lo cierto es que las dos entregas de Marc Webb tienen muchas fallas, tanto a nivel de historia como en realización. Webb era director de videos musicales y en su currículo en la pantalla grande solo tenía una increíble prima opera muy romántica, cruda y divertida en su propio estilo. Webb no era a quién querían los fans y muchos aun sostienen que fue una pésima elección para dirigir. Lamentablemente no puedo negar que en cierto modo tienen razón, pero en cierto otro no. Webb no tenía muy claro lo que quería hacer con Spider-Man, aun sí tenía bastante claro lo que quería hacer con Peter Parker y como resultado tuvimos una hermosa y tierna historia de un muchacho asustado y debilucho que tiene que aprender a manejar un gran poder con responsabilidad. El problema fue que justo por ese enfoque más centrado en Peter, muchos otros elementos fueron mal manejados y generó lo peor de estas películas: la exagerada concentración en el romance hasta el punto de hacernos sentir viendo One Tree Hill, en dos películas que tienden a pecar de blandas y que pese a estar llenas de pequeños guiños y maravillosos detalles, estos no alcanzaron a distraer al público de que a ambos filmes les faltaba algo, les sobraba otra cosa y cuyas inconsistencias le costaron la aprobación de una gran mayoría de su público.

Lo más triste es que el guión original de Roberto Orci y Alex Kurtzman para la segunda entrega de Webb solucionaba muchas de las imperfecciones y agujeros en la trama de las que tanto se quejaron los fanáticos, y por X o Z motivo no se los hizo tal como fueron escritos. Pueden culpar a Avi Arad por ser un productor tan…problemático, que insistió tanto en los cambios que afearon la película, o pueden alegar que a Webb le faltó habilidad como director para lograr llevar a la pantalla un guión como el que tenía entre manos. En realidad no importa, las películas ya salieron y por muy divertidas, entretenidas, malas o buenas que les puedan parecer lo cierto es que están falladas. De poco valió que Webb usara menos CGI que Raimi para dar más realismo a la película, o que esta no fuera filmada en digital o tantos pequeños detalles que no pondré acá para no alargar demasiado el artículo. El punto es que Webb estaba muy condicionado por: 1) Avi Arad, 2) su propia inexperiencia y 3) las películas de Raimi. Tanto así que cometió demasiados tropiezos que nos quitaron de las manos la chance de una película que lograse la épica y casi imposible tarea de superar a Spider-Man 2 como mejor película del trepamuros. Lamentable. Pero ahora avoquémonos a lo que vinimos: Andrew Garfield como Spidey.

Imaginen a un fanboy, no uno cualquiera quizá, pero si a uno que tuvo la chance de ser su superhéroe favorito y se metió con alma, vida y corazón a lograrlo. Andrew Garfield era este fanboy que creció leyendo Spider-Man, quién, como nosotros, quedó emocionado con las películas de Raimi y que cuando se puso por primera vez el traje de Spidey no se aguantó y se puso a llorar de la mera emoción. Ahí ustedes dirán: “eso debe ser inventado” pero se están perdiendo el punto. Ninguna mentira aterriza lejos de la verdad y por lo que uno puede ver en las entrevistas de Garfield (el actor, no el gatito) es fácil intuir que ama al personaje genuinamente y que creció con él. Además, si pueden emocionarse con la WWE, las promesas de un político o los anuncios de la Blizzard y no con Andrew siendo un fanboy con el sueño siendo cumplido, entonces están fallando en algo poco relevante de la vida pero igual maravilloso.

Sin embargo, ser un fanboy no te asegura ser un buen actor o un buen lo que sea, puede que incluso te ciegue a experimentar cosas nuevas o te ponga tanta presión que termines por arruinarlo todo y es, justamente, esto lo que le da puntos a la actuthe_amazing_spider_man_by_biggreenpepper-d5d5gefación de Andrew: el tipo estaba emocionadísimo, demasiado metido en su papel pero en ningún momento perdió el balance de su performance, por estar haciendo uso de sus propias ideas tanto como las de su director. Y ese profesionalismo es algo loable porque cuando algo que amamos está involucrado tenemos más propensión a perder la cabeza. Nomás vean a un buen fanático de fútbol viendo los últimos minutos de un partido donde su equipo está perdiendo por un mísero gol. Es de temer. Webb supo ver que Andrew, pese a ser un actor desconocido, tenía mucho potencial y no estaba muy quemado por otros roles. Era un riesgo, efectivamente, pero pagó bien porque resultó ser un riesgo fresco, gracioso e innovador, que los críticos amaron y que hasta el mismo Stan Lee dijo preferir por encima de Maguire. Pero nada de esto alcanza para convertirlo en mejor Spidey que Tobey, porque por más que, cómo fanáticos, queramos que alguien que sabe sobre Spider-Man sea Spidey siempre existirán otras manos que lo torcerán un poco a otras direcciones que las que los fanboys queremos, porque el cine no se trata de representar los cómics tal y como salieron, eso sería aburrido. El cine debería apuntar a crear versiones alternas de la historia original, cuidando de lograr cierto balance. Y, repito, Andrew lo hizo bien en ese sentido.

Ahora, el mismo Webb admitió que sus películas eran más sobre los orígenes de Peter Parker que los orígenes de Spider-Man y eso se lo puede ver en la interpretación de Andrew, quien representó a un adolescente de verdad, más cerca a la esencia de lo que significaba el personaje de Peter Parker en los cómics de Ultimate Spiderman y fue por esa cercanía a ese universo, y su búsqueda de diferenciarse al Peter Parker de Raimi, que obtuvimos un Parker más temperamental, discutidor y arrogante, pero eso también permitió que tuviese el toque burlón que Maguire no tiene. Dejenme aclarar que esto tampoco lo hace un mejor Spidey y, en realidad, jugó un poco en su contra. Lo bueno fue que, por fin, obtuvimos a un Peter que diseñaba tecnología avanzada y no solo respondía bien a preguntas del doctor Connors, pues el de Garfield es un Peter que demostraba su impresionante intelecto e inteligencia sin dejar de ser un nabo y, sí, admitámoslo de frente, un hipster hecho y derecho con un peinado ridículo. Un hipster adolescente, nabo e inteligente que no importaba que quisiese parecer cool, igual no era aceptado por sus compañeros. Y es que ambos, tanto Tobey como Andrew, fueron losers pero el de Garfield lo mostró con más elementos, diferente óptica y sin escenas de baile. El Peter asustado de Andrew hace bromas y se pone arrogante sin nunca perder la intensidad de su carisma mientras se desempeña bien en coreografías de pelea genialmente diseñadas, que contienen poco CGI y que generan una sensación más vertiginosa a las partes donde Spider-Man entra en acción. Hasta en cómo se comporta Peter después de ser mordido encontramos elementos más propios de una araña, pues Andrew se dio la molestia de estudiar el comportamiento y movimientos de estas para prepararse para su papel y los guionistas le siguieron el juego poniendo detalles de ese estilo a lo largo de la película. El punto es que el chico se esforzó, pero eso aun no alcanza para nombrarlo mejor Spidey ¿o me equivoco?

Algo que ambas sagas comparten es que contaron con un gran elenco de apoyo. Pero allá donde William Dafoe y Alfred Molina triunfaron, Rhys Ifans, Dane Deehan y Jamie Fox solo empataron. No es posible negar que el Spidey de Maguire tuvo villanos mejor interpretados, incluso si elevamos a Jameson a calidad de un villano buena onda. En el caso de Andrew, hay que vanagloriar a tres de su elenco de soporte: Martin Sheen y Sally Field por un lado, y Emma Stone por el otro. El tío Ben y la tía May siempre han sido una parte muy importante de la identidad tanto de Peter Parker como de Spider-Man y si bien Rosemary Harris cumplió su papel a la perfección junto a Maguire, la tía May que interpretó Sally Field es igual de perfecta pero en otro estilo. ¿Cómo explicarlo? A ver, olvidemos por un minuto lo falladas que están las películas de Webb y pensemos en el tono que quisieron poner: muy Batman Begins, muy The Dark Knight, muy oscuro en el modo en que se critica que no es al Universo Cinematográfico Marvel y que el Universo Cinematográfico DC es demasiado. En las películas de Webb tenemos un punto medio, entre oscuro, tierno y gracioso que se diferencia muchísimo del tono alegre, esperanzador con momentos de oscuridad y mucho drama de las películas de Raimi. Webb es más realista y emocional mientras que Raimi es más cálido y eso se nota muy bien en ambas tía May. Sally Field nos entregó una tía May conflictuada, frágil dentro su fortaleza, consciente de los secretos de su Peter de una manera más obvia y más temprana, además de representar muy bien a una figura materna y cariñosa para un adolescente atribulado. La relación del Peter de Andrew con su tía May sirve como respiro emocional y cómico al tono realista y angustioso de la película. Tal vez por eso generó una división entre fans que la adoraron y fans que no sabían qué pensar cuando Sally se mandaba líneas muy cliché. Eso significa que Rosemary Harris fue mejor tía May, pero tampoco podemos quitarle mérito a la muy buena actuación de Sally Field. Así como Martin Sheen, que sin decir las míticas palabras: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, nos transmitió el sentimiento de la frase con su mera actuación que resuena en ambas películas y no solo a nivel trama.

Y eso nos trae al segundo punto más fuerte de Garfield: Emma Stone. Porque si bien el carisma y los chistes del Spidey de Andrew nos gustan, de las películas de Webb rescatamos la forma en que exploran más la relación de Peter con Gwen sin reducirla a un interés romántico o damisela en apuros como fueron reducidas Kirsten Dunst y Bryce Dallas Howard. No entró solamente en juego la química entre Andrew y Emma que derivó en su romance fuera de cámaras, sino que Emma Stone es una buena actriz y su actuación en estas películas brindaron una Gwen Stacy que es más una compañera de Peter, que lo ayuda, lo soporta y lo apoya sin ser segundona, manteniendo su independencia como personaje y hasta mostrándose más eficaz o inteligente en ciertas situaciones. Pese a toda la ñoñez del romance, Stone nos dió a una Stacy de armas tomar, decidida e inteligente y ***spoilers*** su muerte es lo que más nos marca y duele de estas películas ***fin de spoilers***. El personaje de Emma Stone y su interpretación refuerzan todos los puntos fuertes de Andrew y ayudan a ilustrar el punto principal por el cual Andrew podría quedar como el mejor Spidey: Peter es un cobarde que obtiene poder y su historia nos muestra cómo alguien sin poder, al obtenerlo, puede vivir sin ser corrompido.

Garfield nos dio un buen Spider-Man y un genial Peter Parker, nos trajo buenas películas pese a que los productores, guionistas y director no estaban a la altura. Andrew peleó donde muchos actores se rinden y la peleó como nadie. Lo que quiero decir es: Andrew fue un Spidey demasiado bueno para sus películas.

TL;DR: Andrew fue un Spidey demasiado bueno para sus películas.

PARTE III: El Maravilloso Hombre Araña es…

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Andrew Garfield. Pero antes de que los miembros del #TeamTobey salten a rasgarse las vestiduras déjenme aclarar un par de cosas. Andrew podrá ser el mejor Spidey, pero las mejores películas son las de Tobey Maguire Sam Raimi, pues nada ni nadie puede borrar el hecho de que Spider-Man 2 es la mejor de todas las películas de Spidey, y que el viaje de superhéroe de Tobey fue mejor planificado, además que su actuación no solo estuvo bastante bien sino que fue la primera, la que puso todos los parámetros para todo futuro actor que encarne al Hombre Araña. Por eso no puedes decir que Maguire no es genial, eso es cierto, pero tampoco puedes encerrarte en insistir que lo es solo porque sí o porque sus películas son geniales (excepto la tres, no puedo remarcar eso lo suficiente) o porque no te cae Andrew. Bueno, puedes pero don’t be a douche.

Ambas sagas apelaron a metas distintas y se centraron en diferentes aspectos de un solo personaje. En las dos versiones ves lo que implica transformarse en Spidey, pero la de Webb explora mucho más a lo que significa ser Peter Parker y no lo limita a una escena a lo compilación ochentera. Claro que, tampoco se vuelve un exceso romántico que hasta meloso puede llegar a sentirse, en especial en la segunda película de Webb. Y es por eso que el debate perdura, porque muchas veces confundimos lo que pensamos de las películas con sus protagonistas y en este particular caso tenemos una trilogía que contó con un gran director, capaces guionistas y una actuación buena de Tobey Maguire, enfrentando a dos películas muy falladas pero que contaban con un actor que interpretó a un Peter que ya es un héroe antes de ser mordido, cuyos poderes (como la adolescencia) no hacen más que moverle el piso, que no son más importantes que la muerte de su tío o sus padres y que tiene que reencontrarse a sí mismo mientras se descubre como Spider-Man, evitando convertirse en otra cosa, más que Peter Parker, en el trayecto.

Y sea cierto o no lo que acabo de escribir, todavía tengo un argumento más a favor de Andrew. Actuó muy bien, se metió en el personaje, hizo su tarea, fue profesional y, siendo esto lo más importante, empezó a separarse del proyecto cuando se decepcionó por la manera en que se saboteó al guión original de The Amazing Spider-Man 2. De muy mala manera, eso sí. Como todo buen fanático se puso caprochoso y furioso e hizo tremendo papelón, pero le reconozco la pasión, a su favor diré que solo alguien que de verdad ama al personaje haría esa clase de peleas, que se parecen mucho a las de: quién fue primero ¿el huevo o la gallina? y, bueno, así es como hemos llegado hasta acá.

MAD_MAX_INSPIRED_ARTISTSOriginalmente publicado en la página de la Revista Gorila.

Estamos cansados de tanto remake y reboot. De verdad, consíganse algún creativo x y empiecen a sacar otra cosa que no sean los remakes, reboots o todavía más películas de superhéroes. No nos malentiendan, en la #RedacciónGorila somos fanáticos de los superhéroes, especialmente de esa obra maestra llamada Capitán America: El Soldado de Invierno, pero también somos capaces de reconocer que el cine anda estancándose en un ciclo que no promete ser provechoso. Incluso el Maestro así lo dijo, claro que sin el amor a los superhéroes.

Pero nunca tuvimos una sola duda de que George Miller reinventando a Max Rockatansky era una de las ideas más madmax-fury-road-brides-hardyestupendas de la vida. Tan solo tienen que ver la trilogía original (o ver el especial sobre Mad Max de la Revista Gorila) para comprenderlo. Miller, en Mad Max, nos entregó tres películas muy distintas entre sí que propusieron diferentes aspectos de una sola visión post-apocalíptica, misma que luego sería citada como la influencia de un gazillón de otras películas. Y ese es un récord que solo el mismísimo #BigGorila y unos pocos otros han logrado. Por todo eso nunca tuvimos una sola duda de que solo Miller podía superar a Miller. Y el tiempo ha probado que estábamos en lo correcto.

Alejado ya, Miller, del magro presupuesto de 356,000 dolarucos que tuvo la primera película sobre Mad Max y bordeando esa suma trescientas veces aumentada (sin contar la inflación, claro), es inevitable notar que cualquiera que haya sido la suma es poco precio para tan buena inversión, que resultó en 120 minutos de pura adrenalina, caos y violencia. Una película atrapante y aterradora que en pocas palabras nos entrega una historia bien narrada, bien pensada, genialmente planteada y todavía mejor realizada. Tomando el manto de Mel Gibson, Tom Hardy ha probado ser un Max más estoico pero mil veces más intenso. Expresivo y sutil, el papá Hardy siempre da impresionantes actuaciones, dignas de una Banana de Oro, pero en Mad Max su interpretación nos ayuda a digerir los cuantiosos detalles del mundo post-apocalíptico donde las caseritas venden leche materna y la alcaldía te dice que el agua es adictiva. Acompañado de un gran grupo de mujeres, Max emprende una persecución larga e intensa donde una formula se repite y repite, pero arreglándosela para sorprendernos con su visión y creatividad en cada reiteración de la formula. Y si bien, para horror de Aaron Clarey, la película es feminista ¿cúal sería el problema con eso? Para nosotros ninguno. En realidad, todo lo contrario: nos encanta.

Aun entre tanta calidad en las interpretaciones de Hardy, Theron, Hoult, Keough y Gale, el más memorable es Keays-Byrne, viejo conocido de las películas de Mad Max, con su grotesco, brutal y ligeramente basado en Ron L. Hubbard, personaje llamado Inmortan Joe, rey y tirano de la Citadela que le saco jugó a las películas de Thor y con eso tuvo para vivir comomad_max_fury_road_immortan_joe_by_maltian-d89hlf8 caficho pese a estar varado en un mundo de #@!. Los diferentes aspectos de los personajes se complementan con la apariencia de la película y todos los juegos gráficos y de colores que se manda Miller junto a la acertada y capa decisión de utilizar poco CGI y grabar las escenas de la forma más real posible durante 120 locos días en medio de paisajes desérticos de Australia y Sud África. Es, probablemente, la mejor película de acción que vemos después de mucho tiempo y todo en la película ayuda a que este sentimiento se intensifique, ya sean los diseños de los autos y atuendos, las estrategias que utilizan los distintos personajes a lo largo de la película o el suspenso, uno no desprende los ojos, en especial cuando están Theron o Hardy en pantalla.

De hecho que ya nos parecía raro que el buen George se nos hubiese puesto tan suave con Babe y Happy Feet, pero ahora hemos comprendido que toda la mala onda se la estaba guardando para esta película, una mala onda grotesca, morbosa y brutal que se expresa en explosiones irracionales de testosterona, violencia y adrenalina complementadas con todo el estrógeno de las mujeres que se prueban grandes guerreras y dignas supervivientes, gracias a las que se puede decir que este film tiene mucho de feminista. Bueno, eso y que Eve Ensler ayudó a pulir el guión. No subestimen a Theron que su Imperator Furiosa pronto será llamada a un #versus contra ellen Ripley y/o Sarah Connor y podemos afirmarles que Furiosa está muy a la altura del reto.

Con todo, Fury Road no solo es una película entretenida y emocionante sino que es un respiro para los fanáticos de Mad Max y del cine en general, pues nos trae algo que se siente fresco y más visionario que producciones de gente mucho más joven que George Miller, sin dejar de respetar nuestra nostalgia por el personaje titular y su mundo con el que muchos hemos crecido abrazando la locura en que está inmerso. Lo último que podemos decir es que si quieren refresquen la memoria de la trilogía original (así o así), pero que no pueden dejar de apresurarse en ir a ver Mad Max: Fury Road, aprobada por la #RedacciónGorila y recomendada por el mismísimo Mel Gibson.

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Contamínese

Publicado: octubre 23, 2014 en Zopilotadas
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Detrás del miedo se esconde la verdad, porque todo aquello que tememos nos recuerda a esa realidad incómoda de la que escapamos como pirofóbicos en llamas. Puede tratarse de muchas cosas en el vasto espectro que tiene el reino de lo terrorífico, pero sea lo que sea, es algo que refleja algo muy intimo, tan nuestro que ponerle colmillos o cubrirlo de sangre resulta más cómodo que mirar a los ojos del vacío dentro nuestros seres.

Pero habría que dejarnos de joder, habría que aprender a abrazar el miedo y consumirlo hasta acostumbrarnos a su amargo sabor, hasta pillarle el gusto a mirarle las cuencas vacías a la muerte. Piénselo, por un rato piense en las probabilidades que ello le abriría en su vida. Sin importar quién sea usted, podría dejarse de mamadas y, de una buena vez, cumplir con todas las cosas que no ha estado haciendo. “Claro, muy fácil decirlo” estará pensando “de seguro este cabrón no sigue su propio ofensivo consejo”, no voy a decirle que no pero tampoco le diré que sí; solo le diré que ambos (usted, lector, y yo, escritor) somos unos pendejos por asumir tanto. En todo caso, déme un gustito, ya sé que me dió por llamarlo pendejo y, hasta quizá, jodido, pero deme gustito en reflexionar esto que le escribo porque, admítalo, si aun no ha hecho ciertas cosas no es por falta de tiempo, de dinero o de ganas, no, ambos sabemos que hay un cobarde dentro suyo, o una cobarde. En realidad no es que importe su género, lo que importa es que es usted un cobarde genérico y haría mejor en ahorrarnos tiempo y de una vez admitirlo.

Pero ¿quién puede culparlo? ¿Acaso la vida es sencilla como para no tener que valerse de la cobardía solo para seguir vivo? ¿No es el miedo algo que nos inculcan diferentes adultos cuando no somos más que niños? ¿No lo inculcamos nosotros en otros niños, casi como completando el círculo? Es cierto, admitamos que el miedo es útil, nos da límites que nos alejan de peligros intensos que es posible no podríamos soportar, pero es, también, la excusa perfecta para quedarnos quietos hasta que la inercia decida mandarnos, de todos modos, donde tanto temíamos ir.

Entonces ¿por qué no dar el salto? ¿Por qué no cerrar los ojos al borde del precipicio? ¿Por qué no zambullirte cuando no sabes nadar? ¿Qué tiene el re maldito monstruo de cien cabezas que no podamos aprender a tolerar? De acuerdo, tiene colmillos filosos, garras ensangrentadas, un aire de duda y terror que inunda nuestros pulmones, nos quita la respiración y nos hace temblar, seguros de que pronto nos iremos al otro lado mirando esos ojos vacíos donde podemos ver la oscuridad que nos reclama, la verdad detrás nuestros miedos que no queremos enfrentar, ni aun cuando el monstruo ya está a punto de devorarnos. Sí, todo eso. Y más.

Pero repito: déjese de joder. El monstruo siempre nos agarra, el miedo no es una excusa y no alcanza la vida para casi vivirla, hay que contaminarse del terror y estar a punto de casi morirnos siempre que se pueda.

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Trabajar en la Revista Gorila es muy gratificante, especialmente porque me tengo que ocupar de cosas como ver películas, ir a parrilladas, escribir guiones y reír (todo el tiempo). Parte del trabajo, también, es escribir esta clase de artículos (sencillos y que intentan ser chistosos), que quisiera compartir con ustedes también. Acá el link.

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Cuando llegamos a la finca de los Avellardo estábamos algo cansados por la caminata desde la carretera hasta el caserón, aparte que lo habíamos hecho en medio de la noche y sin linternas ante la insistencia de Álvaro de acostumbrar los ojos a ver en la oscuridad porque, según él, había que ahorrar baterías. Fue una caminata agotadora y confusa por un camino complicado y sin sendero claro, además que la oscuridad en el campo es diferente, por esa falta de artificialidad, y no hay más luz que las estrellas, que aquella noche brillaban por su ausencia, para colmos la lluvia había creado un fango arcilloso que restaba estabilidad a nuestros pasos y los rumores de la noche nos turbaban, así como los gritos del viento que amedrentaban el coraje. Pero supongo que es más fácil ponerte cobarde cuando te piensas desamparado en medio de la nada.

Se sentía una especie de compañía no deseada a nuestro alrededor, aunque no podría especificar si éramos nosotros los no deseados, o si lo no deseado era esa incertidumbre de qué pasaba. Sin luz no se distinguía quién era quién, o qué era qué, todo se resumía en el frío penetrante y la marcha a ciegas hacia la finca, apenas vislumbrando las rocas del camino, las ramas de árboles altos y tétricos que parecían brazos de ancianos tratando de acariciarnos. Si la ausencia de luna y estrellas era inquietante, ninguno de nosotros la mencionaba, concentrados, como estábamos, en mantenernos en pie hasta llegar al “Nogal”.

Lo primero que hicimos, cuando al fin llegamos, fue lanzarnos rendidos a un antiguo sillón de la sala, mientras Álvaro se daba el trabajo de revisar la casa. Me sentía agradecido por tener electricidad en aquel ombligo del mundo, y solo me levanté a verter el contenido de mi cantimplora en la caldera que descansaba en una de las dos hornillas de la mini cocina a gas, los demás se pararon a ordenar el resto de la cocina y las camas del dormitorio principal. La mesa para doce pronto crujió ante el peso de los víveres que habíamos llevado, Eduardo llenaba con recatos la alacena húmeda con algunos de ellos y yo servía té para tres y café para uno, pues nunca puedo dormir si no tomo café. La vejez de la casa me irritaba, de alguna manera, sus muebles polvorientos y crujientes, los insectos paseándose por el piso sucio con la total libertad del abandono humano. No me sentía muy cómodo, pero siempre me gustó irme al campo para extrañar la ciudad. Eduardo y Álvaro mataban alacranes en el otro cuarto, riendo y recordando anécdotas, sus preciados viejos tiempos pues ambos habían crecido visitando frecuentemente esa finca, al igual que Edmundo, quien cocinaba algo ligero y, creo, me contaba algo acerca su carrera, o quizá cosas sobre el clima, o las estrellas… Edmundo siempre fue de esos que adoran las estrellas y le gusta hablar sobre ellas, así que lo dejaba dar su cháchara mientras yo escuchaba intranquilo a Álvaro y su risa seca ante cada alacrán muerto, preocupado por que los matasen a todos y que no pasase que en una de las sacudidas de las sabanas se escapara uno y nos matase durante la oscuridad absoluta de la noche rupestre. Luego de comer todos en paz y charlar de esto y de aquello, entre risas nos venció el sueño y nos metimos en las camas del cuarto principal. Fue linda aquella noche. Solo nosotros, disfrutando de ese auto exilio de la vida.

Antes de dormir todos juramos despertar a las siete para poder salir a caminar por el campo, pero igual nos dormimos hasta eso de las diez y despertamos para un desayuno rápido, a la par que planeábamos el resto del día. Eduardo y yo nos encargamos de ir al pueblo para hacer algunas compras, Álvaro se quedó a limpiar mientras que Edmundo llenaba la piscina.

El pueblo era un simple reducto del mundo que, al menos, estaba pavimentado, y no hacía mucho en aquel entonces. Relleno con casas que parecían de barro y que cuando uno miraba dentro eran oscuras y húmedas, poseedor de pocos y elusivos habitantes, aquel pueblo contaba con instalaciones para un mercado más grandes de lo necesario y hasta un paupérrimo hospital, sin doctor que lo atienda. El pueblo tenía un aire antiguo, imposible de ignorar en medio de aquel silencio profundo tan propio del campo. Contaba la leyenda que desde un balcón, de este pueblo, la capitana más famosa del mundo había arengado a sus tropas, en orden de enfrentar a esos demonios que los esclavizaban. Observaba yo, justamente, este balcón, pensando en lo fácil que hoy en día le resultaría a un francotirador matar a quien sea se subiese ahí, cuando sentí el primer escalofrío. Fue rápido, casi letal y me hizo mirar a mi alrededor como si el francotirador de mi mente estuviese a punto de matarme. De ahí lo recordé: “los francotiradores solo matan gente que vale la pena”.

–      ¿Ernesto?

Me despertó Eduardo de mi alerta, me señaló la tienda y fuimos con calma mientras reíamos un poco, sin pensar en nada, uan sacudido por aquel escalofrío. Creo que hablábamos algo de que cuando uno no está en casa, la rutina se vuelve tan chica y lejana que al retornar todo su peso parece capaz de matarnos, pero ahí, en el Nogal, todo quedaba tan lejos con ese cielo caluroso y la promesa de pura diversión, o de excesos que uno nunca olvida, y eso hacía que la rutina del diario vivir pareciera una nada.

La tiendita la atendía una chiquilla que hubiera sido como cualquier otra, salvo que era difImagen001erente. Su silueta recordaba a un ideal extraño para aquellos que vivían en el pueblo, puesto que nadie tenía un cuerpo como ese entre sus habitantes; incluso por el detalle del pelo negro inmaculado parecía ser tan distinta. Pero lo más increíble eran sus ojos verdes. Tenían una grandeza especial, vivaces pícaramente pero como envueltos en una capa brillante de desconfianza que se notaba tanto en esa su, maldita, claridad. ¿Qué puedo decir? Hay memorias que revives con rencor, quizá por lo que pasó pero más por lo que no pasó. No hablaba mucho, la muchacha, ni cuando le pedimos pan, ni cuando preguntamos por cerveza, ni durante la viandada o el atún. Eso sí, sonrió con alguno de mis chistes y bajó la mirada cuando puse mis ojos en los suyos. Ahí supe que la deseaba.

Mientras Eduardo visitaba la iglesia me quedé con ella para convencerla de ir a la finca.

–      ¿El Nogal?- me preguntó con duda.

–      ¡Claro! ¡Anímate! Hay piscina, habrá parrillada, te vas a divertir – dije con la cachondería oculta en un velo de cordialidad.

Ahora recuerdo que me miró a los ojos y sonrió, despertando aun más lujuria en mí, concentrando mis pensamientos en imágenes de sus curvas, sus elevaciones, la sensualidad de sus exactas carnosidades como si fuese alguna especie de necesitado. Al final pude convencerla y quedamos en que iría a eso de las seis a la finca. Regresamos, con Eduardo, rápido para ayudar a arreglarlo todo para la tarde pues en unas horas más llegaría más gente desde la ciudad. Pasamos mucho tiempo sacando basuras, revolviendo cuartos olvidados que nadie, ni el cuidador, habitaban, sorprendiéndonos ante el polvo y el desgaste de todo, riéndonos de las historias que Álvaro contaba acerca del pasado oscuro de esa región. Él, junto a Eduardo y Edmundo, eran hijos de los actuales herederos de la finca. Eduardo y Edmundo hermanos y Álvaro su primo. Durante su infancia visitaron muchas veces El Nogal, conocieron la finca cuando era más grande y desde niños se habían familiarizado con las leyendas, historias, anécdotas y lugares de aquel sitio. Siempre contaban como cazaban pajarillos, o cómo los locales actuaban frente a ellos, también me contaron historias de duendes y aparecidos, las cuales en su momento encontré ridículas. Aun de niño prefería la lógica y la aplicaba a todo lo que me decían. Mi madre era la única crédula, ella estaba feliz creyendo que yo me tragaba todo eso de Papa Noel, el Conejo de Pascua y todos esos bichos, pero nunca lo hice. Las historias de los Avellardo no eran distintas. Todo el asunto de los aparecidos, del Silbaco ese, del diablo y esa clase de pendejadas simplemente no calzaban en la estructura lógica de la realidad. De mi realidad.

A eso de las 4 terminamos de limpiar. Yo me eché a dormir un rato, hasta eso de las cinco y media que fue cuando llegaron los demás.

La fiesta prometía. Invitamos a muchísima gente que acudieron a la finca en camionetas, petas, motocicletas que dejaron parqueadas delante la entrada principal de la vieja finca, llegaron muchos invitados y otros tantos no invitados pero que igual entraron con mucha familiaridad a la casona. Amigos, desconocidos, chicas lindas, carne a montones, mucho alcohol, música, además que Renato y Benjamín habían llevado marihuana para todos, y en cantidades bíblicas. También se tomaron la molestia de llevar unos cuantos ácidos, hongos y peyote para quien quisiese hundirse en la más profunda de las inconsciencias, olvidarse definitivamente del mundo, de los alrededores, sumergirse en un viaje inútil al olvido, que fue como yo siempre lo ví y experimenté. Tan solo un viaje al falso misticismo del no-quiero-que-nada-me importe. Pero con todo éramos una fiesta épica y ruidosa, éramos tipos apurando sus bebidas y muchachas mareadas que se dejaban toquetear coquetamente por tipos igual de ebrios que ellas, éramos gritos de euforia y bocas llenas de carne sangrante con un deje de limón y grasa de parrilla, cervezas derramadas en los pisos antiguos de los patios de la anciana finca, y música moderna que los silencios de la pampa no conocían.

De hecho, fue una gran noche. Cocinamos, reímos, algunos bailaban, otros bebían, unos cuantos se iban aparte con Renato y Benjamín a perderse en esas anestesias. A eso de las seis y media llegó la chica de la tienda. La recibí contento, y algo orgulloso de las miradas de envidia tanto de chicos como de chicas. Me la llevé a un lado y la engatusé como pude, me empeñé y logré seducirla a toda costa, bajo cualquier precio. A medida que pasaba la noche, la escuchaba hablar y hablar cada vez menos tímida, le juraba no cargar demasiado su vaso mientras aumentaba las dosis de ron y bajaba el nivel de refresco. Se llamaba Amanda, en honor a una madrina española que tenía, esa noche me contó que su madre siempre le repetía que esa madrina era su madre verdadera, pues su padre era un puto de aquellos. Lo cual, viéndola, tenía sentido pues sus rasgos eran muy distintos, pese a que conservaban cierto aire parecido, a los lugareños, especialmente en su piel morena tan suave a la vista, y al tacto como pude notar cuando la toqué por primera vez en su vida. Cuando nos quedamos solos me la llevé a la piscina y me apresuré a tenerla desnuda y solo para mí, quitándole la chance a otro hombre de ser el primero al ver un rastro de sangre en el agua. Solos, los dos, en una entrega bizarra, placenteramente gozosa. Puro promesas vacías mías, palabras que la compraban para seguir probando su piel morena y esos sus ojos brillantes, completamente seguro de que en una semana me iría del Nogal y no volvería a verla nunca más.

Cuando desperté estaba avanzada la mañana. Me sentía observado. Me encontraba en la habitación principal, enfrente mío dormía Eduardo en un catre viejo y astillado, a su izquierda estaba Edmundo tumbado en la cama con dosel como elefante muerto, junto a una chica que no logré reconocer, fue mientras buscaba a Álvaro en la cama de la derecha que descubrí, a mi lado, la mirada de Amanda cargada de una sonrisa ligera. Y al recordar la noche anterior, sonreí también. No me molestó mucho que siguiese ahí, después de todo estaríamos seis días más en el Nogal y tenerla cerca a lo mejor hasta resultaba grato. Me paré y fui a la huerta a orinar, reparando en que me preocupaba un poco que la pobre tuviese algún desliz con su interpretación de mis intenciones, pero esos pensamientos desaparecieron cuando ella se presentó en la cocina mientras yo calentaba agua para el desayuno. Estaba completamente vestida y parecía dispuesta a escabullirse. Recuerdo haber pensado “genial, esta chica lo entendió todo bien”, no quería tenerla cerca si no iba a ser para divertirnos. Es como cuando acaricias a un perro callejero, pues es probable que te siga en busca de más caricias. Pero yo no quería esa responsabilidad. Yo solo quería vivir tranquilo y feliz, sin preocupaciones ni sufrimientos. Me acerqué para darle un beso de despedida en la mejilla pero de algún modo terminamos enrollados sobre la mesa del comedor, como si no tuviésemos control de nuestros actos.

Tras terminar, ella se vistió nuevamente y se encaminó a la puerta trasera de la finca, decidí escoltarla pretendiendo caballerosidad, haciendo quizá algún comentario estúpido, o tal vez sugiriéndole venir otro día, hasta que llegamos al umbral de la puerta trasera y nos vimos, ambos, paralizados por un miedo extraño pero intenso, tan descorazonantemente fuerte que solo 1010100_10152287841325281_1685268524_npudimos congelarnos por un rato. El sol quemaba la pampa, el sonido de muchas abejas perforaba la extraña calma, el verde de las plantas parecía brillar con un fulgor cegador y hermoso mientras nosotros, congelados en el umbral de aquella puerta, temblábamos ligeramente, sudando frío y con expresiones blancas y de sorpresa. Finalmente, al movernos nuevamente, automáticamente nos tomamos de la mano y entramos de nuevo a la cocina. Ella temblaba. Yo también. La abracé y ella me besó.

A nadie le pareció raro que Amanda se quedase, tal vez porque del otro cuarto salieron cinco amigos más y en el patio había otros tres durmiendo la mona. Desayunamos todos juntos, y no se podía negar el ambiente festivo pero no exento de la resaca. Aquel miedo parecía una lejana memoria, para mí y para amanda, y el único sombrío era Camilo quien, tras despertar en el patio, se unió al desayuno y bebía su café con una mirada trepidante y ausente.

Álvaro recordaba, en voz alta, los pormenores de la noche anterior, y no dejaba en paz a Eduardo pues creía haberlo visto con una amiga suya, haciéndose la burla ruidosamente, a propósito de ello. Tal vez por eso fue tan descolocadora la pregunta de Camilo, ¿o sería su tono de voz? ¿su mirada desquiciada y perdida en un punto sucio de la pared de la casona?, hubo algo en él que nos extrañó cuando se paró y preguntó:

–      ¿Alguien sabe quién era el de rojo?

–      ¿De rojo? Que yo recuerde no vi a nadie usando rojo anoche. – contestó Álvaro con una sonrisa cordial.

–      Te digo que vi a un tipo vestido de rojo- dijo Camilo con un tono que sonaba a súplica, sus ojos estaban muy abiertos y su mano izquierda se cerró como un puño. Su consternación empezaba a preocuparnos. Nadie recordaba a nadie de rojo.

–      ¿Qué hay del cuidador?- preguntó una chica con cara de sueño. Amanda se apretó contra mía.

–      No, el cuidador se fue de viaje ayer cuando llegamos. – respondió distraídamente Edmundo.

Todos callamos. Nadie parecía muy deseoso de crearse un misterio tan temprano, sobre todo después de semejante fiesta. Álvaro intentaba retomar el ambiente festivo, Eduardo parecía deseoso de seguir durmiendo, Edmundo le miraba el escote a la chica con la que había pasado la noche, los demás en silencio. Al final alguien sugirió ver las fotos para comprobar lo que Camilo decía. Mientras Eduardo iba por la cámara, todos guardamos un profundo silencio. Teníamos ganas de reírnos, pero Camilo parecía tan turbado que ni siquiera esas ganas podían contra la pesadez de su ánimo. Cuando empezamos a ver las fotos, sin embargo, no pudimos evitar reírnos ante las cosas que veíamos, o que decía alguno de los presentes, menos Camilo que miraba expectante y desorbitado. Habían fotos de la parrilla, Eduardo riendo, Álvaro sin polera saltando a la piscina, yo secando un shot de tequila, Amanda posando sonriente y sugerentemente, una foto que una chica maldijo porque salía con los ojos cerrados, la fogata, y así hasta que llegamos a una foto curiosa: muchos sentados alrededor de la fogata que había preparado Edmundo, riendo y gritando felices. Lo curioso era Camilo brindando con un tipo bajito que estaba de espaldas a la foto y vestía un traje rojo. Sus pelos canosos eran lo único que se veía de su cabeza. Nadie lo reconoció, no aparecía en otras fotos. Todos se preguntaron por su identidad, pero al no poder llegar a respuesta alguna simplemente nos conformamos con pensar que era un viejo colado.

Después de un rato algunos se marcharon a la ciudad. Solo Camilo, mi amiga Érica y Benjamín prefirieron quedarse. El resto del día pasó en el letargo de la resaca; Edmundo dormía, Eduardo escuchaba música romántica con sus audífonos, Álvaro salió en busca de perdigones y yo jugueteaba con Amanda. Por su lado, Camilo revisaba las fotos una y otra vez inquietando a Érica, quien se quejaba en voz alta de la actitud de Camilo. Benjamín, aburrido de esas quejas, optó por fumarse un porro y echarse a ver el cielo embobado. Todo el día pasó en una calma intensa donde incluso si nacía la idea de hacer algo, moría en los labios de quien la propusiese, como si todos deseáramos mantener aquella absurda quietud. Fue una tarde de muertos, de calor infernal y de un letargo como nunca sentí después. Sse sentía horriblemente irremediable, como si ni siquiera aferrarme al cuerpo de Amanda y esforzarnos en hacer ruido nos ayudase a escapar del silencio.

Por la noche escuchamos una risa. Calentábamos las sobras del día anterior al son de esta risa, una de esas forzadas y malintencionadas. Camilo no tenía hambre, parecía enfermo y no pudo parar de vomitar en todo aquel día, se lo veía triste y nos pedía que lo dejáramos solo. Después de un rato nos dimos cuenta que cuando se apartaba de nuestro lado, recién comenzaban las risas. Érica sugirió que Camilo se hacía el gracioso y que no le prestemos atención. No necesitaba decirlo, sentíamos mucha desesperante calma en el ambiente como para ocuparnos de los desvaríos de alguien.

Dormimos en la misma disposición que la noche anterior. Eduardo frente mío pero a la derecha, Edmundo frente mío pero mirando a Eduardo, Álvaro a mi derecha y yo con Amanda. Fue la primera vez que el miedo me quitó el sueño. Me era tan extraño y nuevo el estar en la oscuridad sin poder sentirme tranquilo, envuelto por esa tan palpable negrura, y pese a que sabía jhtgjgfque Amanda dormía a mi lado, pese a que recordaba la distribución de mis amigos en la habitación, pese a todo eso, la oscuridad era tan extrema que no podía recordarlo, ni siquiera podía ver mis manos pero sentía que podía tocar a la oscuridad y que la oscuridad me tocaba a mí, y los dos temíamos al otro. Lo de verdad inquietante era que Amanda me abrazaba pero yo no la sentía. Solo podía sentir un desamparo en el mundo y no lograba encontrar nada en mis pensamientos que me diese indicios de mi vida previa, me abandoné a la desesperanza sin dormir y angustiado, dedicándole mis pensamientos a la brevedad de la vida y a la tortuosa reflexión acerca qué pasaría una vez yo muerto. Edmundo diría el cielo o el infierno, pero yo diría que no sabemos, diría que hay certezas demasiado absolutas como para ser ciertas. Y en esa oscuridad, el miedo a la nada se intensificaba por una risa maldita que viajaba en medio de esa ceguera forzada, obligándome a llorar hasta caer dormido.

Fuí el primero en despertar. Estaba abrazado de Amanda y no quise pararme. Vi que Álvaro estaba despertando y que tampoco parecía querer pararse. Nos quedamos en silencio. Tras un rato Eduardo despertó, y también se quedó callado esperando, hasta que Edmundo despertó casi al mismo tiempo que Amanda. Nadie habló, ni nos movimos, tan solo nos quedamos esperando, como si lo supiésemos de antemano, casi como si estuviésemos esperando el grito tremendo que vino del cuarto de al lado. Recuerdo haberme parado y vestido con calma. Eduardo y Edmundo salieron en pijamas y a toda prisa, Álvaro buscó primero su cuchillo y tras ello se apresuró al otro cuarto, ero yo seguía vistiéndome con calma, y una vez que estuve bien vestido dejé a Amanda en la cama y me dirigí al sitio del grito. Estaba Camilo tirado en su cama con las venas abiertas, la sangre fluía como una maldita fuente de agua, esparciéndose por el cuarto y hasta, incluso, manchando el techo. Era posible vislumbrar los huesos de Camilo a través de las heridas, estaba desnudo y tenía marcas de mordidas casi humanas por todo el pecho. Lo peor era su expresión, sus ojos abiertos y en blanco con lágrimas aun cayéndole copiosamente, como si estuviese vivo pese a la ridícula gravedad de sus heridas. Quise gritar ante su boca torcida que contenía un estertor, su escalofriante aire de absoluto horror en vida y ese mirar que brillaba con una chispa de vida, aun cuando comprobamos que no tenía pulso o latidos. Érica lloraba petrificada en su cama, vomitaba pero no parecía darse cuenta de ello, Benjamín miraba al suelo repitiendo algo que no logré entender. Entre Álvaro y Edmundo calmaron a esos dos, mientras Eduardo y yo revisábamos el cadáver. Las heridas estaban hechas con violencia profunda, era como un descuartizamiento incompleto. Sentí que Álvaro y Edmundo llevaban a Érica y Benjamín a la cocina para que, rato después, un grito histérico nos urgiese a correr a nosotros también hasta ahí.

Sentado en la mesa estaba un enano de gran nariz. Vestía un entero de color rojo con una capa negra, en sus manos arrugadas y filosas sostenía un sombrero de copa muy desgastado. Sus ojos nos analizaban con picardía, de rato en rato se llevaba a la boca una taza de peltre, ocultando por un rato su sonrisa terrorífica y amplia que dejaba ver una serie de colmillos afilados.

–      ¡Aaah! Buenos días- dijo con una voz ronca, aguda y un tanto cantada.

Nos mantuvimos callados ante el asombro. Ver su cara arrugada y su narizota era, de algún modo, una confirmación de que la sanidad era algo del pasado.

–      Dije: “Buenos días”. Lo educado es que me saluden de vuelta.

Érica rompió a llorar, Álvaro y Eduardo saludaron débilmente, Benjamín vomitó sobre Edmundo y yo corrí donde Amanda, quien temblaba sin saber por qué.

El extraño ser nos hizo sentar en la mesa. Nos miraba burlonamente mientras cada quién hacía lo imposible por no mirarlo.

–      ¡Aaah! Pues me presentaré. Les diría mi nombre pero es algo que humanos estúpidos no podrían pronunciar, algo demasiado sublime y exquisito, digno de los duendes, como para que un humano lo sepa en toda su magnitud. Pero supongo que debo darles un nombre. Pueden llamarme el Duende Sombrerero.

Lo dijo con un canturreo molesto para su voz carrasposa, casi como una dicha arrogante. Sin embargo lo que más nos sorprendió fue que se presentase, justamente, como una de las criaturas de las historias del campo. El duende sombrerero era una criatura que raptaba niños y se los comía, contaba la leyenda que disfrutaba, especialmente, los pequeños dedos de los cAskCnwniños que deambulan muy lejos de casa. Se decía que era un monstruo astuto y engañoso, que se ocultaba para cazar sus presas y que no se dejaba ver por los humanos. Pero ahí estaba uno, sentado en la cocina de los Avellardo, a pocos metros de donde Camilo yacía en su horroroso lecho de muerte.

 

–      Los he salvado- dijo el Duende mientras sacaba una gran pipa. Todos callamos, solo se escuchaban los sollozos de Érica- Los rescaté de sus muertes.

Una expresión de ira se dibujó en la cara del Duende tras esperar vanamente una respuesta. Presintiendo el peligro Edmundo preguntó, en medio de un tartamudeo, por qué decía eso. La expresión del Duende se suavizó y esbozó una amplia sonrisa.

–      Mi amigo… él vino por la noche y quiso devorarlos. Pero lo contuve, oh sí oh sí, vaya que contuve a ese sanguinario carnívoro.

–      ¿Tu amigo o tú?- pregunté con rabia en la voz y la mirada.

–      ¡Aaah! ¡Ernesto! Te he estado viendo. Tú deberías haber nacido duende – contestó en medio de una carcajada – pero, de hecho, los he salvado. Verán, mi amigo siente un placer especial por masticar los miembros de su víctima, disfrutándolos lentamente. Y sé de buena fuente que siempre está añorando ser bañado en la purificante sangre que expulsan ustedes, los humanos, cuando los descuartizamos. – prendió su pipa y se quedó mirando fijamente a Érica llorando. Así nos quedamos por un rato hasta que nos obligó a todos a fumar con él, tras ello se puso su sombrero y salió por la puerta trasera de la cocina que daba a la huerta.

La pampa sonaba a silencio. Desde el balcón del patio observábamos aturdidos la pampa con las montañas de fondo. Érica aun lloraba a mares, de rato en rato le venían espasmos espumosos e incontenibles, Benjamín optó por fumarse hierba hasta que su mirada se ausentó, Álvaro sacó el viejo rifle de su abuelo y se dedicó a darle mantenimiento, Eduardo rezaba con toda su ruidosa fe, Amanda estaba desmayada en un sillón, Edmundo y yo mirábamos al vacío en silencio. Creo que ambos buscábamos lógica a lo que habíamos visto. Al menos yo lo hacía, con una confusión creciente y desesperante.

Después de que se marchase el Duende hubo un caos tremendo. Nadie sabía qué hacer, o a qué atenerse cuando ya no escuchamos su risa. Nadie quería volver a ver el cadáver de Camilo pero, a eso de las diez de la mañana, llegó Santiago Mataindios, el famoso amigo del Duende, a comerse el cadáver. Apareció con su atuendo igual al de la estatua de la iglesia. Es más, parecía una de ellas pero más grande, debía de tener unos dos metros de altura, su piel era, también, como las de las estatuas de la iglesia, parecía hecha de cerámica y yeso, lo cual le daba un aire más inquietante ¿Qué tan a menudo un objeto como esos camina? Nunca. E igual lo vimos llegar, desde el balcón, con lentitud golémica, dejándonos paralizados ante su presencia. Pateó la puerta para abrirla, subió hasta donde Edmundo y yo mirábamos sin movernos, nos hizo un saludo sacándose el sombrero. Sus ojos de estatua estaban fijos en nosotros. Sin vida y con esa imposibilidad de movimiento, sus ojos se posaron de una manera tal, que descubrí que Edmundo y yo estábamos llorando ante la mera vista. La boca de Santiago Mataindios se abrió ligeramente, como la de una marioneta, y de allí salió un sonido como un gruñido de animal furioso y moribundo que aun nos persigue. Tras su saludo descendió con calma y se encerró en la casa ante la sorpresa de todos. No pasó mucho hasta que escuchamos mordidas, huesos rotos, líquido escurriéndose entre los dedos de Santiago y sus gruñidos ansiosos. Dos horas más tarde salió inmaculado, nos saludó de nuevo y se marchó. Nadie quiso entrar a la casa por un rato. Cuando finalmente lo hicimos, no pudimos encontrar rastro alguno de la existencia de Camilo, ni una sola mancha, ni un solo trozo de su ser, ni siquiera sus cosas, como si nunca hubiese venido.

 

XXXXXXX

 

La sequía azotaba la pampa desde hacía tres semanas. Para nosotros esto era crítico, pues hacía unos días que pudimos confirmar que Amanda estaba embarazada. Al principio nos asustamos porque sin agua, ni comida, era muy difícil cuidarla adecuadamente. Pero el Duende nos ayudó. Aparecía por las noches con una bolsa llena de manjares que solo Amanda podía comer, nosotros teníamos que comprar nuestra comida del pueblo y el dinero no era exactamente abundante. Cada día Santiago Mataindios nos traía dos grandes baldes con agua, se aparecía por la puerta trasera, la abría violentamente y dejaba los baldes en pleno patio, siempre con esa inexpresividad que me parecía hambre, yéndose con la misma velocidad con que llegaba. Por las tardes nos visitaba el Duende. Se quedaba horas charlando con cada uno, por lo general pregonaba su talento para cocinar, 551478_10151540104409835_181291349_ndescribía “suculentos” platos de niños asados, freídos, al horno, en aceite, en sus propios jugos, rellenos de vegetales y especias que solo los duendes conocen, o sopa de ojos y, su favorito, deditos acaramelados. Álvaro lo odiaba, no soportaba sus comentarios sardónicos ni sus alusiones al mundo de los duendes. A mí no me molestaba tanto, pero me sentía intimidado por su modo de mirarme cuando estaba con Amanda, me inquietaba también su manera constante de buscarme, charlarme como si fuese un amigo perdido instándome a fumar pipa con él, mirándome con malicia y sonreír mientras mencionaba que yo habría sido un grande entre los duendes con esa su voz de gallo. Eduardo y Edmundo estaban más espantados con Santiago el apóstol, quien a veces venía con el Duende y se sentaba silente a escuchar nuestras conversaciones mirando a la nada, comiéndose algún animalito muerto o algún miembro humano, casi con distracción.

El calor era cada día peor. En el pueblo corría el rumor de que el diablo se paseaba por los alrededores quemando cruces, y una viuda afirmaba haberlo visto orinar en el agua bendita de la iglesia. La pobre anciana lo gritó por las calles desiertas del pueblito, e incluso llegó a culpar al diablo de ese calor infernal pero nadie salió a escucharla por mucho que sabían que no mentía, ni exageraba. Al día siguiente se encontraron huellas descomunales marcadas en el duro concreto de la plaza y el cura bendijo cada esquina de pueblo solo para que se escuchase una carcajada burlona esa misma noche.

No mucho después el Duende lo invitó a nuestra mesa. Todas las noches, mientras el Duende alimentaba a Amanda con su bolsa de manjares, nosotros comíamos lo que podíamos en compañía de Santiago, pero desde entonces se nos unió la mole imponente del Diablo. Parecía un gigantesco fisicoculturista, sus músculos era tan abultados y marcados que asqueaba, tenía ojos completamente blancos, bigotes finos y cuernos gigantescos, se sentó junto a Santiago el apóstol y entre ambos se devoraron a la mujer gorda del pueblo. Era un charlatán, hablaba hasta por los codos y siempre decía la cosa adecuada, sus chistes eran muy buenos y hasta su olor era delicioso y adictivo, a diferencia de Santiago que dejaba un olor a azufre intenso.

El Diablo nunca se marchó. Más bien se acomodó en la antigua cama de Camilo para el horror de Érica y Benjamín. Después de eso, cada mañana se los notaba nerviosos y fatigados, a punto de llorar o gritar, pero el Diablo siempre bien, manteniéndose fresco y con su encantador carisma. Se levantaba tarde y salía hasta la noche, regresaba cuando Érica estaba a punto de dormirse entre sollozos, la levantaba y los obligaba a rezar, junto a él, tres padres nuestros, seis aves marías y un credo. Una noche trajo más inquilinos para “El Nogal”: varios súcubos y un íncubo que se acomodaron en distintas partes, algunos afuera, otros adentro, lo más se metían en nuestras camas o nos llamaban a las suyas con sus miradas de ojos falsos que nos invitaban a creer en su amor. Solo Benjamín cedió cuando no pudo más, pero cuando lo vimos al día siguiente lo encontramos drogado con todo lo que había podido traer o encontrar, dándole a su presencia un aire de retardo y el Diablo que se reía frotándose las manos con ansia, complacido por verlo en semejante estado.

 

XXXXXXX

 

Pese a no tener control médico, Amanda iba por su cuarto mes con aparente lozanía y hasta felicidad. Me sorprendía lo resistente que era a los monstruos que desfilaban en sus narices cada día. No mucho después del Diablo y su séquito infernal, fueron llegando fantasmas y condenados, cosas amarillas con miles de ojos que daban la impresión de saber algo de cada uno de nosotros, y después la insoportable presencia de la Achalay y su séquito de ninfas y sirenas, además de mil ciraturas y pesadillas indescriptibles que se paseaban por la casona y los patios.

Las noches se tornaron en terribles y no estoy muy seguro cómo sobrevivimos a lo que pasamos durante todo ese tiempo, porque tampoco existía el tiempo, parecía alargado e irresoluto, como un susurro que intentábamos escuchar. El Diablo y los suyos se perdían en ruidosas fiestas en que se divertían burlándose de nosotros, en actos impensables con todas esas bellas ninfas y sirenas, mismas que después nos buscaban y trataban de tentarnos. Cada día una nueva criatura se nos acercaba, uno de esos días pude ver un insecto del tamaño de un caballo trepándose a mi cama, mientras yo me orinaba inevitablemente, llorando a mares y maldiciendo la vida. Alrededor del segundo mes se instaló una niñita que pedía a gritos sus muñecas a una bailarina de ballet con piernas de cabra. En el pueblo nos llamaban “los malditos”, se decía que en el Nogal se respiraba un aire pesado, se rumoreaba que quien sea que estuviese por las cercanías desaparecía. El Duende decía que la culpa era de Edmundo, Eduardo, Álvaro y mía por nuestro aspecto: pálidos, sin bañarnos pero por la falta de agua, barbudos, olorosos, flacos, cansados y con una eterna cara de sufrimiento. El único momento que recuerdo haber sonreído fue cuando encontramos un tapado y no tuvimos que trabajar más. Ya por el sexto mes el pueblo entero se escondía a nuestro paso. Esto desesperaba sobre todo a Eduardo, según él eso solo levantaba una duda en su cabeza ¿estábamos vivos o muertos?

Personalmente no me importaba si estábamos vivos o muertos, tampoco me importaba el tiempo, ni el trabajo o el hambre. Me importaba la oscuridad, me importaba Amanda. Todo aquello era más ficción que terror. Así lo vemos hoy al menos. En su momento sufrimos por las muchas noches sin dormir, aterrados de cada habitante de la puta finca y escapábamos a largas caminatas por el campo hasta que nos deshidratábamos sudando, la mayoría de las veces nos seguía alguno de esos y se burlaba 1655915_10152300932604835_1014388940_nde nosotros con risas estridentes, igual que cuando regresábamos solo para quedar atrapados en sus fiestas interminables, pero cuando la panza de Amanda se hizo muy grande ya ni escapar podíamos. Ella estaba en su séptimo mes y parecía ilusionada, hasta planeaba llamar al bebé Ernesto como yo, su padre, o Sara si salía mujercita, como su madre-madrina española. Se preocupaba de comer bien, de cuidarse de hacer esfuerzos o cualquier asunto que la pusiese en riesgo de abortar, y el Duende también se preocupaba por ella. La acompañaba todo el día, charlándole para entretenerla, viendo si se encontraba cómoda, sirviéndole lujosos y deliciosos platos, y se portaba raro cuando yo estaba ahí. Todo era raro, por Satanás y Amanda no notaba nada, estaba tan feliz por su bebé que no notaba a las criaturas que vivían en la finca. Era todo tan bizarro al punto que Amanda solía recibirme cariñosa y alegre, deseosa de mimar y ser mimada como si fuéramos una pareja normal y no rehenes de todas esas criaturas. Me veía flaco, deshidratado, ojeroso y asustado pero me daba besitos tiernos, me preparaba sopas reconfortantes y me decía palabras hermosas, aparte me contaba su día, me hablaba del Duende como su mejor amigo y lo invitaba a comer con nosotros, pese a que él siempre declinaba probar bocado y prefería quedarse mirándome malicioso, sonriendo ampliamente con sus dientes de aguja y haciendo comentarios de doble sentido, sugiriendo que yo debería de haber nacido duende, fumando su pipa y carcajeándose suavemente de algún secreto.

Siete meses. A los siete meses yo me entregué a beber y beber sabiendo que nunca cesaría de tener sed. Edmundo, por su lado, parecía contrariado. Lo cierto es que nadie dormía mucho, pero creo que eso le afectaba mucho más a él, encima aseguraba que la Achalay se metía a su cama y lo tentaba todas las noches. Eduardo juraba que encerrándose en la capilla de la finca estaba protegido, pero eso le duró hasta que los sirios empezaron a flotar solitos y de la estatua de la virgen salieron gusanos con patas y dientes que le arrancaron un dedo del pie, cuando eso pasó decidimos dormir todos cerca al río, pero ahí los aparecidos no dejaban de mostrar sus desfiguradas formas y ahuyentaban la cordura y el sueño, entonces nos largábamos al pueblo a fumar en la plaza principal; y nadie se nos acercaba, nadie quería estar en contacto con nosotros, los maldecidos. Para ese entonces Álvaro ya acompañaba a Santiago a cazar, el uno iba con su rifle de la guerra del Chaco y el otro en su caballo blanco como el hielo, con su espada bañada en sangre de indios. Ericka estaba muerta una semana ya, no había podido soportar al miembro de un diablo que una de esas noches había decidido violarla. Lo peor fue verla colgando de la pelvis de aquel demonio durante días y días porque el muy ‘joputa le daba risa tenerla como ornamento. Benjamín murió de sobredosis y entre Santiago y el Diablo se dieron un festín con su cuerpo, luego caminaron por la pampa totalmente drogados de tanta droga que había en el cuerpo del tonto de Benjamín.

Edmundo se repetía que estábamos muertos, creo que lo hacía como excusa para dejarse convencer por la Achalay sin miedo al deliquio mortal pero sin sucumbir nunca, Álvaro se protegía enseñándole usar el rifle a Santiago mientras los demonios se reían de Eduardo rezando empecinadamente. Por esos tiempos le agarré un gran cariño a Amanda, para mediados de su séptimo mes conocía gran parte de su vida y secretos que ella me había confiado, todos esos pensamientos tan suyos, muy suyos, que me ahuyentaban la realidad horrible y me hacían quererla, dejarme convencer con las bellezas de la paternidad y hasta desear que de una vez salga ese niño o niña. Para el octavo mes todo era Amanda y poco me preocupaba de la vida de los demás, y tal vez por eso no noté que el silencio de la pampa se iba llenando cada vez más y más de seres innombrables y ruidos inefables. Los días se fueron llenando de un calor intenso que parecía incendiar el pasto que dejaba ese color verdoso para dar paso a un amarillo opaco que al tacto era demasiado seco y áspero, y para colmos la Achalay convocaba a las ninfas y sirenas y las hacía danzar en el patio principal de la finca, como si con el sol no bastara para esas presencias seductoras que insistían en elevar las temperaturas más aun. Pero yo no miraba mucho ese espectáculo, yo me perdía más en que todo me sonaba a Amanda. Y ahora lo pienso y lo sobrepienso y siento que debí hablar más con el Duende. Debí tragarme el miedo y preguntarle cosas, sacarle cuanto pudiese de lo que nos rodeaba, a lo mejor hasta podríamos haber visto venir más cosas, no sé. Incluso creo que habríamos tenido menos miedo, especialmente de Santiago, quien cada día estaba más inquieto, y quien después de dominar el uso del rifle inmediatamente se sentó en una piedra del segundo patio y se quedó inmóvil. Era impresionante ver esos ojos, pintados sobre el yeso y la cerámica, estar así de quietos, estando cerca a él se respiraba un aire que cortaba el pecho y provocaba mucho frío en todas partes. Era casi fantasmal verlo sin moverse bajo las luces de la mañana, o al crepitar de los fuegos que provocaban las orgías de los muchos seres que invadieron la finca, era hasta insoportable esperar el momento en que posaría los ojos sobre uno y se lanzaría a toda velocidad para devorar la carne de nuestros huesos débiles. Los chicos pasaban todo el tiempo en aquel patio con la esperanza de que Santiago tuviese hambre, pero yo me encerraba en el cuarto de Amanda y le acariciaba el vientre, se lo besaba, le susurraba promesas y me quedaba callado cuando el Duende dejaba de lado sus obligaciones y modales de anfitrión y entraba al cuarto, a veces acompañado por alguna criatura a la que le susurraba cosas mientras yo podía sentir una atención asesina posada en mi persona, en mi debilitado ser que ya no podía dormir a ninguna hora, un ente cognoscente cuyo cuerpo no podía reconocer sus propias funciones, que vivía cada momento de la realidad como un soñador atrapado en una pesadilla que nunca cesaba, que parecía alargarse durante décadas y décadas pero sin jamás moverse, un trozo de carne que sabía que nada de aquello era real pero que se electrizaba cada vez que algo le demostraba que todo era cierto, que la realidad y el horror eran el mismo espacio vacío al que miraba a cada segundo y que ese espacio avanzaba y devoraba todo a su paso en una orgía de sangre, intestinos y llanto.

Era todo un círculo. Esa maldita realidad cíclica que le decían. Todos los días las mismas pesadillas se repetían en las caderas de las ninfas, los senos de las sirenas, los ojos de la Achalay, en los tentáculos que salían de los suelos, o de las extremidades de manchas borrosas que se deslizaban por las piedras y las maderas, por el pasto seco y la tierra mojada de las babas de bestias enormes y hediondas, con la sangre de demonios, de insectos, o los excrementos de humanoides. Cada día era el mismo y hasta era automático. Nos movíamos entre las pesadillas sin chistar, les traíamos aquello que nos ordenaban llevarles, los dejábamos amenazar con vejarnos y vilipendiarnos y luego cargábamos los cadáveres de lo que quedaba del pueblo y los apilábamos cerca a la plaza principal. Y los pueblerinos nunca se extinguían, las pesadillas nunca paraban, los demonios nunca descendían, Amanda no paría y ni Santiago se movía.

Un día apilábamos cuerpos cercenados, todo manchados en sangre, sudando y oliendo mal, nuestros cuerpos magullados apenas podían moverse a sí mismos por lo que cargar con esos trozos de carne muerta resultaba tortuoso. Había algo en el aire que nunca habíamos olido antes, pero que luego supimos se debía a la falta de gente dentro las casas. Estábamos en un pueblo silencioso que solo hedía a podrido y ya no a miedo. Antes podíamos escuchar los susurros asustados dentro de cada puerta y ventana, pero ahora solo veíamos las almas en pena quejarse adoloridas y sin posibilidad de muerte. Pero no era solo eso, había algo más en las estructuras de los tiempos y los susurros del viento, notaba algo distinto en las miradas de Eduardo, Edmundo y Álvaro, y el mismo camino que recorríamos, en esa eternidad, del pueblo a la finca, de la finca al pueblo, parecía haber cambiado de colores. Los cafés enlodados y los mostazas de paja pasaron a ser guindos rocosos y gris cielo, olía a sudor, todo olía a sudor y a sexo, como si una fiesta estuviese pasando, como si el calor trajese el hedor de los cadáveres descomponiéndose en la plaza del pueblo. Y fue en un desvío del camino entre el pueblo y la finca que nos encontramos con el Duende, sentado en una roca enorme que el río había traído hacía muchos años. No habló. Solo sonreía con sus dientes de aguja y miraba al cielo con paz en el rostro. Era casi religioso ver aquel rostro arrugado y horrible inundado por paz, Eduardo jura que era como si el Duende hubiese visto la cara de Dios, pero nadie que vea eso no podría continuar su vida sin perderse en el horror. Pasó un rato así, y luego se fijo en todos nosotros y no dijo nada. No habló. Volvió a sonreír y a by Bruno Nacifmirar al cielo. El atardecer lluvioso nos obligó a movernos rápido por la luz blanca que se proyectaba en la pampa y que parecía exenta de los brillos lúgubres de las criaturas y sus festejos. El calor había desaparecido y ya no sudábamos sino que nos mojábamos en la, cada vez un poco más, torrencial lluvia. Y era como si los cielos limpiaran la suciedad de mi cuerpo, de los cuerpos de mis amigos, el olor a sudor desaparecía y en su lugar mi nariz se inundaba de ese aroma a tierra y pasto mojados; Edmundo jura que el pasto seco se iba pintando de verde a medida que la lluvia lo empapaba, y puedo creerle porque aquella lluvia parecía una irrealidad hecha real, esa lluvia desbordaba el río teñido de rojo carmesí en cuya fuerte corriente se podían ver trozos de personas o partes indescriptibles de aquellas pesadillas, quienes se mataban las unas a las otras en los patios de la finca. Recuerdo que nos quedamos en el umbral de la puerta trasera de la finca, mojándonos en la lluvia, descansando de alguna forma pues fuera del rumor de las gotas no había otro sonido a nuestro alrededor y cuando entramos vimos a todas aquellas criaturas durmientes, descansando en paz como si fuera una tarde de verano, echados a lo largo de los patios, algunos roncando, otros abrazados entre sí, era totalmente inenarrable ver a todos esos monstruos en semejantes actitudes, como si fueran gente de bien, como si todo un pueblo no yaciera muerto en su propia plaza, como si el río teñido de sangre no fuera un espectáculo para helar el alma. Nos fuimos a buscar a Amanda y al pasar por el segundo patio comprobamos que Santiago seguía ahí, completamente inmóvil, pero con una ligera sonrisa en su cara de estatua. Entramos pero no encontrábamos a Amanda por ninguna parte, y un presentimiento funesto se apoderaba de todos nosotros. Tranquilamente salimos de la durmiente finca y corrimos por el sendero a buscar al Duende.

Quizá no la vi antes, quizá nos distrajimos tanto con la paz y quietud en el rostro del Duende que no nos fijamos en nuestro alrededor, no notamos las manchas oscuras en la piedra gigantesca que había traído el río, o tal vez el rojo del río nos acostumbró tanto que ni siquiera notamos las tonalidades de rojo mezclándose con el verde y el amarillo del pasto, con el café de la tierra, con el gris y blanco del cielo, con el transparente de la lluvia o el guindo y beige de las hojas. Asumo que estábamos tan cansados y demolidos que ya no era raro observar partes humanas por doquier y pienso que ya después de un rato no las veíamos, las bloqueábamos de nuestras miradas porque mirarlas era horrorizarse y ya no nos alcanzaban las fuerzas para tener miedo. Pero cuando retornamos a la piedra lo vimos. Lo vimos y Edmundo vomitó, Álvaro apartó la mirada mientras que Eduardo y yo lloramos. Sobre un montoncito de pasto arrancado, en la base de la piedra gigantesca, descansaba el cuerpo de Amanda. Desnuda con la piel, antes morena, ahora blanca como la leche, con un fulgor en cada centímetro de su cuerpo, las piernas largas contrastadas por pequeñas gotas rojas y algo de tierra, los brazos rasguñados, las manos sin dedos, los senos redondos y hermosos emanando hilillos de leche, el vientre abierto como si hubiera explotado desde dentro, su interior vacío y color carne, su rostro paralizado en terror, sus ojos abiertos y verdes con tonalidades de amarillo invadiéndolos como en un mal chiste post mortem, su pelo negro alrededor su cabeza como un sol. Amanda muerta descansaba sobre un montoncito de pasto. Y mientras Edmundo y Álvaro le ponían rosas, margaritas, lirios y jazmines, Eduardo sacó un encendedor de su bolsillo y empezó a quemar eucaliptos mientras rezaba en voz alta y yo miraba la sangre seca, los pedazos de intestinos repartidos por todas partes y escuchaba el sonido del masticar del Duende, hasta que no pude más y trepé a la piedra. El Duende me recibió con un abrazo cariñoso que me sabía a hermandad.

–      ¿Quieres? – dijo extendiéndome con su brazo derecho un pequeño brazito arrancado violentamente, a la par que se valía de su brazo y mano izquierda para devorar una regordeta piernita cubierta en placenta y sangre.

Grité. Grité hasta que dolió, lloré mirando como el Duende se reía con la boca llena y con el viento furioso acariciando mi rostro. Después vomité sobre la piedra y el Duende se reía más y más, casi atragantándose con su comida.

–      ¡Ah! ¡Deberías haberlo visto, Ernesto! ¡La fiesta se disparó! ¡Íbamos en comparsa por los patios! Y, no me vas a creer, pero Amanda vino voluntariamente mi querido Ernesto, se paró a duras penas y bailó con nosotros. Bailó tanto y con tanta fuerza que entró en labores de parto cuando nuestra comparsa pasaba por acá. – los ojos púrpuras del Duende no abandonaban los míos, sus arrugas parecían más pronunciadas ante la luz del cielo y la lluvia nos tenía calados a todos. Edmundo y Álvaro lloraban en silencio cerca de mí, Eduardo gritaba su rezo como desquiciado. – Me dio pena, créeme, me dio mucha pena. La muchachilla lloraba Ernesto, gritaba de dolor. Y te juro que si me quedé fue por buen samaritano, los demás marcharon a seguir la fiesta, y yo me quedé aquí a asistirla – su cara de bondad parecía sincera – ¿cómo, preguntas? – continuó tras mi silencio – Pues, simple. Introduje mi mano por su vientre y saqué al niño. Niña, quiero decir. Era enérgica, deberías estar orgulloso porque también era hermosa. Tenía deditos sabrositos. Suculentos, Ernesto. – una especie de locura empezaba a heder en él, en mí. – como para chuparlos por horas, los tragué ni siquiera los comí, y los de Amanda tampoco estaban mal, pero no se compara con lo suculenta que era la carne de ese bebé. Me estoy guardando el torso Ernesto, es chiquito pero carnoso. Es demasiado delicioso – la lluvia amilanó, los vientos se callaron, mis amigos seguían cerca, el Duende se puso serio, yo seguía llorando – Tu producto es excelente. A decir verdad, es lo mejor que he probado, aun los ojos tenían sabor a miel, era irreal mi queridísimo Ernesto. – el Duende acercó su rostro al mío, parecía como si estuviera a punto de besarme, podía oler la carne cruda en su aliento, podía contar los pliegues de sus arrugas. – Quédate. – susurró – Quédate con nosotros y hazme niños, puedes ser el chef principal de mis cocinas.

No respondí. Solo me quedé llorando. El Duende insistía e insistía y lo hizo hasta que le rogué que no, hasta que me volví loco gritando que por favor no. Y el Duende nunca perdió su sonrisa, ni tampoco se enojó, nos condujo de nuevo a la finca y nos dio de beber, lleno nuestros vasos de chicha, cerveza, vino y quién sabe que otros licores, nos dejamos alimentar por sus manjares y por todo aquello que solo las pesadillas devoran, nos dejamos desnudar por la Achalay y sus ninfas y sirenas, copulamos con todas ellas ya sin pensar en nuestra mortalidad, como si no estuviéramos cansados, ni tristes o enojados. Solo teníamos miedo. Eduardo, Edmundo, Álvaro, yo, todos desnudos y asustados, invadidos, siendo invadidos, registrando fugaces vistazos de las criaturas y sintiendo sus asperezas, viscosidades, la consistencia porosa de muchas pieles, o insectos entrándose a nuestras bocas. Recuerdo lenguas llenando mis intestinos y garras causando las cicatrices que aun hoy desfiguran mi espalda, recuerdo a Edmundo jadeando mientras una sirena le chupaba el cuello, a Eduardo gimiendo ante cada embate de los demonios, me recuerdo a mi mismo llenando y siendo llenado, recuerdo que ya no sentía placer después de un buen rato y que lo único que importaba era evitar que el horror me desquiciase ahí mismo.

Cuando abrí los ojos estaba en el segundo patio. Mantuve la mirada en el sol, esperando que todo hubiese sido un sueño, pese a que el ardor de las heridas en mi espalda me decía lo contrario. Me incorporé y noté que Santiago no estaba ahí, y que todas esas criaturas yacían muertas en charcos de los líquidos que segregaban sus masas corporales. Desnudo, solo, dolido, triste, horrorizado, me paseé por entre los cuerpos inertes de mil y un pesadillas y recorrí los vericuetos de la casa, los pasajes de mi memoria que ahora se asemejaban a pesadillas y cuando terminé de pensar y caminar me encontré con Santiago rematando a la última criatura en el umbral de la puerta trasera que daba al río. Estaban, tanto él como su espada, empapados en sangre y en líquidos de distintos colores, dándole un aspecto como si estuviera empapado por arcoíris de brutalidad. Santiago mascaba, se tragaba todo lo que estaba a su alcance con voracidad, desde los bellos contornos de la Achalay hasta los dedos como garras del Duende, cosas innombrables entraban por la boca de Santiago y yo observaba sentado, triste, ojeroso, viendo a la oscuridad y sintiendo que ella me veía a mí, y ambos nos temíamos. De la capilla, de la orilla del rio, de la copa de un árbol fueron saliendo Eduardo, Álvaro y Edmundo, quienes también se sentaron a ver al Mataindios aniquilando con sus fauces devoradoras. Cuando hubo terminado alguien murmuró “Dios” y Santiago se nos acercó lentamente, no nos movimos, esperamos resignados que llegase, pero solo se quedó mirándonos con sus ojos de bafometa, inexpresivo nos transmitía el vacío en sus facciones, en el fulgor del yeso y la cerámica y entonces dijo con una voz profunda y devastadora: “Soy yo”. Luego se dio la vuelta y se subió a su caballo blanco, a paso ligero se fue alejando y nosotros lo seguimos en silencio, hasta que llegó a la iglesia del pueblo y se posó en el lugar que le correspondía como imagen de santo, quedándose inmóvil en la misma posición en que lo encontramos dos años más tarde, cuando volvimos a la finca para hacer una parrillada y supimos que los nuevos habitantes del pueblo le rendían tributo cada semana.

Al salir de la iglesia volvimos a la finca, recogimos nuestras cosas, nos bañamos en las aguas del río que ya estaban menos rojas, nos vestimos y caminamos de vuelta al pueblo, donde encontramos un auto viejo y abandonado. Nos subimos sin mucha prisa y arrancamos para alejarnos del pueblo. Eduardo y yo íbamos atrás, Álvaro conducía y Edmundo iba de copiloto. Antes de llegar a la ciudad lanzamos el auto de un peñasco y proseguimos a pie hasta la ciudad donde nos recibieron con alegría y sin muchas preguntas.

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