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Las calles atiborradas de juventud se empapaban en la guerra encarnizada que cada año se repetía en las vísperas de carnaval. Armados de chisguetes, baldes y globos con agua que inflaban en sus casas, o que compraban a las caseritas astutamente apostadas en cada esquina, bien cargadas con bolsas llenas de globos o tarros de espuma sintética que le daban esa coloración blanca a los empapados heridos de la batalla.

Era puro caos. No teniendo uniformes, ni bandos concretos más allá del casual o el formado por afinidad, en aquella guerra las balas bien podían ser apuntadas al grupo de gente en la acera de enfrente, o a los que se paraban a lado tuyo, incluso a los osados jinetes de camionetas que lanzaban sus globos a todos los viandantes, expuestos a los contraataques de los atacados. La avenida de las Américas no tenía mucho tiempo de vida, aun menos como punto de encuentro popular en la ciudad, pero había reemplazado a la plaza principal como escenario de esa, ya tradicional, guerra carnavalera.

Mes y medio antes de la fecha festiva, los más jóvenes salían bien armados hacia aquel nuevo punto de encuentro y auspiciados por un sol jubiloso buscaban víctimas para sus municiones de agua, prefiriendo empapar a chicas mientras más jóvenes y hermosas mejor, pero que llegado el momento de la verdad no había discriminación, especialmente cuando las chicas abandonaban el reparo tonto de las víctimas y se unían a la guerra, demostrándose en ocasiones guerreras más eficaces y certeras. Las tardes de enero y febrero se convertían en riñas plagadas de carcajadas y gritos en los labios y voces de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que festejaban la llegada del carnaval. Era bien sabido que a medida que la fecha esperada se acercaba, nuevos elementos se iban incorporando a estos festejos. Primero se empezaba con pocos globos pensados para víctimas selectas, después aparecían chisguetes como para contrarrestar el aumento de esos globos, ya de ahí era una seguidilla de espumas, baldazos, trago, bandas de música y gente que convertían la avenida de las Américas en intransitable.

Eran vísperas del carnaval de aquel año, pero nada parecía muy distinto. Hoy recordamos ese episodio como una anécdota simbólica de todo lo que nos pasó después, seguros de que, efectivamente, pasó pero inseguros de porqué quisimos ignorarlo y hasta asertivos de que de haber sido otra la historia…pero cada quien ha sabido sacar su propia moraleja de lo dicho y de lo acaecido. Sucedió así: fue una tarde más, el sol no brillaba mucho pero su ola de calor era obvia en lo ligeros de ropa que andaban todos. De aquí a allá se veía más piel que telas, y cuentan que por mucho que el calor no era nada que los nativos de esa ciudad no pudiesen manejar, sí era una invitación a disfrutar una cerveza helada, porque todos sabían que al calor del sol nada tiene mejor sabor que eso. Faltaban apenas días para el carnaval, pero un observador ajeno habría pensado que aquel era el mismísimo día festivo. No podría culpársele, si de lleno se encontraba la avenida atiborrada de gente en ambas aceras, separadas por un hermoso paseo peatonal, una avenida donde podían verse a los bandos lanzando globos y gritando como locos al compás de cantos y bailes. En el ambiente los ruidos más comunes eran los de los globos golpeando puertas de fierro, madera, latón, o estrellándose contra el suelo y las paredes si acaso fallaban, pero también podían escucharse los alaridos de las chicas perseguidas por una ruda mayoría masculina, las voces roncas de risa de muchachos bien metidos en el romance de esa guerra, el silbido de los globos surcando el aire, las bocinas de los autos, la música con que trompetas , trombones, platillos y tambores amenizaban los ruidosos sorbos con que hasta los más jóvenes consumían sus cervezas, amén de los refunfuños rabiosos en que los ajenos a esa guerra declaraban al país como una mierda.

La avenida era larga para los estándares de esa ciudad. Originalmente gris, el paso del tiempo había poblado los barrios circundantes de tal forma, que cuando una familia endeudada hasta la médula se hizo millonaria poniendo un negocio de pollos en ella, pronto una fiebre sin igual se apropió de los ciudadanos, quienes se apresuraron a adquirir propiedades en las cercanías de la avenida de las Américas, mismas que pronto dejaron el gris y el blanco con que habían sido edificadas y fueron pintarrajeadas según el negocio que ahí se abriría. A lo largo de los años, hasta que llegó la ruina que destruyó el espíritu de esa ciudad, la avenida de las Américas vio desfilar los colores de un sinfín de negocios, que en su mayoría fueron locales de comida que competían encarnizadamente para cerrarse los unos a los otros, a tal punto que un día, mucho después de lo que les cuento, estalló ese episodio curioso que los más bromistas llamaron la Guerra de las Frituras pero que los economistas más avezados nombraron la Metáfora del Fin, cuando la analizaron a la luz de las ruinas de nuestro país muerto y finiquitado. Pero en ese entonces, durante aquel carnaval que les narro, la avenida estaba en el punto más alto desde su creación hasta su fin. Los negocios trajeron carteles comerciales enormes y brillantes que dieron luz a la oscuridad tan célebre del lugar, donde por muchos años prosperó la criminalidad que haría tan famosa a una avenida que luego fue conocida como faro de esperanza del desarrollo económico de una ciudad, hasta del país. El resto de las luces las puso alguna de las muchas corruptas gestiones de la alcaldía local, y a medida que la avenida ganaba popularidad comenzaron a llegar más adornos para acompañar las luces naranjas de los postes y la iluminación de los carteles donde predominaba el rojo, el blanco y el amarillo. Luces que bañaban el guindo suave de los mosaicos del paseo que la alcaldía puso al justo medio de la avenida y que, de alguna forma extraña, combinó bien con el plomo de la calle y sus rayas blancas que delineaban las indicaciones de tráfico. Aquel día, sin embargo, todos aquellos colores se veían oscurecidos al estar bañados en el agua de los baldazos derramados y los proyectiles fallidos, a eso se sumaban no solo los colores de las ropas de los luchadores, o las chillonas estelas aéreas que dejaban los globos rosados, naranjas, blancos, negros, rojos, azules, celestes, amarillos, púrpuras y verdes, sino que también entraba en aquel óleo el color moreno, blanco, canela y marrón de las pieles al descubierto, causando una impresión fuerte en quien fuera que veía aquella escena, en especial cuando la luz del mediodía empezó a bajar y la ilusión de una guerra en sepia maravilló a los pocos exquisitos que dieron una breve pausa a la diversión para admirarse de toda aquella implosión de tonos y colores. Nunca olvidarían aquel día, pero esos pocos exquisitos tendrían la fortuna de recordar la tonalidad sepia por encima de todas las cosas.

Ahora, a la gente le gusta creer que el principio de la caída de nuestro país estuvo en la Metáfora del Fin, y no les damos la contra; pero muchos entre nosotros creemos que aquel carnaval fue una profecía, un ultimátum karmático enviado por el cosmos, o Dios, o cualquiera de esas expresiones de lo divino, de modo que nos avivemos un poco y tomásemos medidas para no terminar, justamente, donde terminamos. Pero, como en aquel capricho que nos quitó un mar, decidimos ignorar un par de detalles y el episodio sería recordado como peculiar tras ser pasado por el riguroso filtro de varias censuras. Pasó justo cuando aquel efecto sepia tomó su lugar en las percepciones de todos los batalladores, el alcohol corría libre pero en moderadas cantidades, pues los carnavaleros tempranos sabían que la verdadera borrachera debía ser reservada para la siguiente semana. La batalla de agua llevaba horas vigente, pero las risas todavía fluían, tanto y tan bien, como las numerosas pilas con que llenaban globos, baldes, chisguetes y todo aquello con que pudiesen mojar a otra persona. Había gente de todas las edades compartiendo y las bandas repetían canciones populares que la gente bailaba feliz mientras seguían bien metidos en aquella tradición.

Lo cierto es que, aun hoy, nadie se explica qué fue lo que pasó con el agua. Cuando fue analizado después, nadie pudo a ciencia cierta aclarar por qué el agua cesó de fluir y ya ninguna pila pudo proporcionar el preciado líquido de las municiones. Por un rato, ante la mala nueva del corte de agua, el campo de batalla quedó completamente inmóvil, divididos entre decepcionados y resignados que miraban a los lados buscando una fuente mágica de agua que nunca encontraron. Aquel habría sido el final de aquel episodio, de no ser por el descuido de un muchacho quien encontró una cerveza agitada en su bolsillo, abriéndola y rociando con su líquido color orín a un par de amigos, los cuales se maravillaron ante aquella idea brillante, aun si por lo demás aquel muchacho les parecía un patoso inútil, y celebraron aquel acto con risas mientras derramaban sus cervezas en el rostro del ocurrente desgraciado. Aquel gesto pronto fue imitado por todos aquellos que los rodeaban y la guerra en sepia reinició con nuevo brío, condimentada por el descubrimiento de aquella nueva munición que sustituía al agua perdida. No pasó mucho tiempo para que las latas de cerveza se agotasen y los luchadores tuvieran que apresurarse a comprar más de los negocios cercanos, cuyos dueños no cabían en sí de la alegría y cuyas sonrisas maravilladas por el flujo de dinero entrante quedaron plasmadas para siempre en rostros terroríficos de amargura, estancados en una sonrisa eterna. Ni bien el alcohol se terminó en las reservas de las tiendas, los luchadores, ahora empapados de agua, cerveza y espuma, procedieron a alzarse jugos, gaseosas, helados, vinos, singanis, vodkas y todo lo líquido al alcance de sus manos, de modo que la diversión no cesase por algo tan ridículo como falta de municiones. A estas alturas el dinero estaba de más y los luchadores no tenían tiempo de pensar en algo tan mundano como pagar mientras eran necesitados, ahí afuera, en una guerra sin cuartel ni bandos. Las calles desprendían un fuerte olor a alcohol combinado con los dulces aromas de todos los refrescos y bebidas espirituosas utilizadas, mezcladas en el aire con el sudor humano expulsado durante el esfuerzo de seguir cargando y lanzando globos y baldazos, sin que el ruido de la música y las carcajadas cesase. El cielo nuboso empezaba a oscurecer el tono sepia, pero este seguía tan intenso como antes cuando, atraídos por la fatalidad, aquellos que se habían encerrado en casa para no jugar salieron de sus guaridas picados por el escozor de la curiosidad y se unieron sin mucho trámite a la guerra que no parecía ni cerca de estar terminada.

Muchos generales, que se otorgaron a sí mismos dicho cargo, miraban desde algún punto estratégico el caos de la batalla, preocupados por la cercana falta de municiones. Algunos bromearon sonoramente con que podrían usar las lágrimas de los mercachifles saqueados, pero si no lo ponían en práctica era porque aquel era un método estúpido por lento. El milagro les llegó cuando la avenida entera se detuvo a respirar, inspirados quizá por el hado desgraciado de la nación, y fueron testigos de ese solitario globo azul oscuro surcando el cielo color atardecer, que descendió en una parábola perfecta hasta chocarse con un joven de piel canela y ojos lóbregos, cuyas ropas celestes y amarillas recibieron el impacto del globo que al estallar lo tiñó en el escarlata oscuro de la sangre. Aquel momento sería el más recordado, pero el menos verbalizado cuando la censura quiso evitar que recordásemos los eventos en el país, en cuya historia final se registró este episodio como algo mundano pero que hasta ahora no ha sido perdonado en la memoria de quienes lo vivieron. Un minuto entero miraron todos al joven anonadado y cubierto en sangre ajena. El silencio reinó, ni siquiera la naturaleza se libró del hechizo de ese momento, pero poco a poco un rumor de un clamor ancestral despertó en las voces de los guerreros de aquella batalla y, aun carcajeándose, retornaron al ruido ensordecedor de la guerra, llenando los globos, baldes y chisguetes con orines primero y desangrando a los más débiles para que, al menos, sirviesen como munición. Pronto las plomas calles se volvieron moradas de tanto líquido derramado, al que ahora se incorporaba la espesa sangre. La guerra en la avenida de las Américas no arreció, mas se intensifico a puntos bíblicos y más raros que la ficción donde los colores de un cielo, de pronto completamente rojo, exaltaban los sentidos de los guerreros, quienes reían contentos y felices al son de la animada música que las bandas aun tocaban y que las voces replicaban con cantos afinados al compás de una fiesta popular, ruidos que camuflaban el rumor de los cuchillos abriendo la garganta de hombres, mujeres, ancianos y niños y sus estertores penosos con que abandonaban la vida para nutrir la guerra de aquella tarde en sepia.

Todo terminó cuando la brisa de la noche causó frío en los luchadores empapados de cuanto líquido era concebible, y quienes pronto se retiraron a sus casas para asearse lo mejor que pudieron ante la falta de agua. Así, sucios, se trasladarían a los bares del centro de la ciudad a beber en silencio, intentando enterrar en el olvido las pilas de cadáveres que adornaban la avenida de las Américas, cuerpos ahora fríos que ellos mismos habían ayudado a enfriar. Por un tiempo los cuerpos quedaron ahí apilados, pudriéndose en las bondades del calor a lado de los restos multicolor de los globos reventados y las brillosas latas de cerveza vacías, hasta que la alcaldía y el gobierno mandaron gente a limpiarlo todo sin hacer mención alguna sobre lo acaecido y más bien pidiendo a la gente el buen gusto del silencio y la discreción. No pasó mucho antes de que las rutinas retornasen y, por acuerdo tácito, nadie celebró funerales ni lloraron a todos los caídos de aquel día. El agua volvió una semana después, precisamente el día de carnaval, y la gente celebró el feriado bebiendo alcohol pero sin jugar a ninguna especie de guerra, contentos de al fin poder bañarse en ese país de mierda donde ni agua había para carnavalear.

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La conocí, una noche, llorando con rabia, toda maltrecha, en las gradas de un cine. A sus pies había un celular destrozado y en sus labios el nombre de su ex era repetido con un rencor que auguraba asesinato. Su pelo era rojo intenso, rapado del lado derecho y larguísimo del centro hacia el lado izquierdo, sus ropas eran negras y rotas en lugares estratégicos, su rostro de diosa estaba adornado por mil y un piercings, sus brazos estaban recubiertos por variopintos tatuajes. Me senté a consolarla con una botella de Lizto, y nos fuimos a Forum para que nos dijeran que no podíamos entrar. Asustamos a un par de fresitas facilonas que nos miraban con asco. Luego nos fuimos a la Belisario “Cantinas” y bebimos un combo mientras subíamos y bajábamos la empinada calle y esquivábamos a los pacos, para no tener que coimearlos y perder plata para el trago.

Me dijo que se llamaba Perra, y le dije que yo era un perro. Nos besamos un rato en una discoteca llena de gente sucia que danzaba con los monótonos sones de Bob Marley, que nos miraban como si fuéramos bichos raros, como queriendo preguntarnos qué hacíamos ahí, que si éramos punkeros, metaleros o qué clase de pesados para ser tan violentos y tan tatuados. Hablaban por ella, claro. A mí me veían como grande y peludo, con el ceño eternamente fruncido y eso los hacía asumirme peligroso y pirado.

Quizá era el modo obvio en que nos deseábamos o la forma en que criticábamos el reggae que resonaba como un castigo, pero de un momento al otro nos quitaron nuestros vasos y nos echaron a la calle, donde un par de metaleros nos hubieran asaltado de no ser que Perra los conocía de hacía mucho y charló con ellos, convenciéndolos de que yo estaba bien, de que no me golpearan. Después de un rato nos dejaron, no sin antes dirigirme miradas cargadas de celos y odio. Tres días más tarde me los encontré en una calle y me dieron la tunda prometida, y luego me invitaron a fumarme con ellos. Pero volviendo a Perra, cuando los metaleros nos dejaron entonces la llevé a un boliche de mala muerte y ella lo encontró agradable. Ahí dentro nos pedimos cinco botellas por persona, para empezar, y gastamos el resto en la rocola para escuchar rock y rock pesado.

No le gustábamos a los parroquianos. Todos choferes de taxis, micros y minibuses. Nos miraban con recelo y rabia, perdidos en inconsciencias alcohólicas que iban en aumento. Quizá era su voz ronca, o mis risas estridentes, quizá era el sexo con ropa, la crítica abierta y en voz alta, quizá eran sus tatuajes o mi barba, nuestra ropa o lo que sea. Quizá solo queríamos que nos desdeñen en cada lugar al que fuésemos esa noche, que nos mirasen con asco y que no ocultasen su rechazo, para poder disfrutar más del aceptarnos el uno al otro. Y regodearnos ante todos esos jailones, todos esos sucios hippies, todos estos chóferes, de que habíamos encontrado un escape morboso a nuestras sucias vidas. Y nos odiaban por eso. La cosa es que solo un chofer se animó a expresarlo. Se paró delante nuestro, mirándonos desorientado, y le preguntó a Perra por su pinta extraña y a mí sí me gustaban las lesbianas. Perra se paró sonriendo, viéndose hermosa, y le plantó un rodillazo en las bolas, tan fuerte que me extrañó no verlas salir por su boca. Luego se sentó como si nada, mientras que la cholita que acompañaba al desbolado gritaba al ver a su hombre tirado en el suelo vomitando de dolor. La mujer interpeló a mí, insultándome y empujándome fuera de mi silla, pero Perra se paró y la empujó hasta que empezaron a trenzarse y golpearse en el suelo. Un hombre bajito y rechoncho se acercó y me golpeó en el estomago, dejándome sin aire y casi derrotado, pero al escuchar a Perra aullando no pude más que incorporarme y morder a ese gordo que me había derribado. Con asco comprobé que le había mordido los genitales y tuve tiempo de enjuagarme la boca con cerveza antes que varios brazos me lanzaran a la calle donde ya despuntaba la madrugada. A mi lado descubrí a Perra, con la mirada feliz y sangrando de una ceja, nos reímos asustados y caminamos en silencio por un rato, hasta que llegamos a una casa de amigos suyos, donde continuamos tomando todo adoloridos y golpeados.

Cuando sus amigos se desmayaron, Perra me miró extrañamente. Sus ojos estaban rojos y las ojeras la hacían parecer más vieja de los veinte años que en verdad tenía. Sostuvo la mirada intensamente hasta que se puso a vomitar el alma en una maceta. La agarré mientras vomitaba y la besé en cuanto dejó de hacerlo. Perra se aferró con rabia, con ternura, con picardía y me chupó entero mientras yo la lamía todita. Solo recuerdo la sensación de entrar en ella, pero nada más.

Cuando desperté, en un cuarto extraño, noté que estaba desnudo y ella, también desnuda, a mi lado. Cuando volvía  despertar estaba vestido, botado en la puerta de la casa de su amigo, sin dinero, ni celular, ni zapatos, con el cuerpo moreteado, el ego traumatizado y una nota con un número telefónico al que, por más que así lo deseaba, no pude encontrar las bolas para llamar en un buen tiempo.

 

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“Otros, en cambio, dilapidan dinero y autoestima en perseguir quimeras inalcanzables. El amor, por ejemplo.”
– Xavier Velasco, El Materialismo Histérico

Fumar mota no bastaba. Aquella ocasión ameritaba algo más fuerte, algo que quizá lo sumiría en reflexiones acerca lo que justamente intentaba evitar, pero desde la cómoda lejanía de la inconsciencia. Esa bruma casi perfecta de desesperación que deja huellas casi imperceptibles, de un sufrimiento que no se podrá evocar con la memoria. Un mecanismo autodestructivo para lidiar con esa rara urgencia de querer ver cosas hermosas terminar.

Joaquín Ballesteros vertió whisky y singani en el vino. Pensó en como su amigo Lucas frunciría el ceño ante ello, incluso lo escuchó diciéndole: “¿Por qué eres tan cholo, Joaquín?” con esa su sonrisa plena de carisma resistiblemente irresistible. Joaquín agregó vodka y un toque de ajenjo a su mezcla- a la que denominó suicida- sonriendo ante la perspectiva de dejar de pensar. Tenía una jarra casi al tope, que terminó de llenar con el zumo de varias naranjas, que tornó la mezcla en un dorado extraño que lo hizo dudar, nomás un poquito. Habría sido mejor tener algún hongo, un ácido quizá, hasta podía haber aceptado la desesperante angustia del cacto San Pedro, que un antiguo amigo drogadicto le había enseñado a preparar en forma de mate, para mayor comodidad. “A falta de pan: mierda” pensó Joaquín, mientras llevaba la fría jarra a su cuarto, donde lo esperaba un ladrillo de marihuana para poderse cruzar. “A veces es necesario matar lo pacato del ambiente” pensó con un ligero temblor en los dedos.

Tomó un sorbo de la mezcla suicida y la encontró extrañamente agradable. No era fanático de los sabores amargos del alcohol, pero supuso que sus amarguras hacían que todo le supiese más dulce que amargo. Miró la simpleza de su cuarto. Una cama destendida, un escritorio con un computador, un ropero lleno de ropa negra, una silla de madera antigua con grabados ornamentales y cojines rosados ubicada bajo la única ventana del cuarto con sus cortinas blancas, además de un estante de libros robados y/o comprados. Todas las paredes estaban tan desnudas y blancas, que cuando Joaquín apagó la luz adquirieron unas tonalidades plomas que denotaban las muchas manchas que el descuido había provocado a lo largo de los tiempos. Cookie, una amiga de Joaquín, solía decir que el actual cuarto del muchacho era una especie de dejadez forjada en decepciones estúpidas, una especie de espera por un algo que lo obligase a llenar las paredes de color y ornamentos inútiles. “Algo así como esperar a la felicidad intentando ser miserable” decía Cookie a quien sea que preguntase por la decoración del cuarto del muchacho.
En la oscuridad se quitó la polera y la lanzó a un lado. Se echó de un salto en su cama y luego estiró su largo brazo para tomar un poco de la mezcla suicida, sin poder evitar comparar el dorado del líquido con el rubio de los cabellos de Celia. Por un rato se perdió en el deliquio de pensar en ella, de recordar sus momentos con ella, de las ropas que había usado aquel día, del café discreto de sus ojos que Joaquín tanto disfrutaba, el celeste de su top (¿o era verde marino?), su jean, la chaqueta de cuero negro, su piel blanca y el contraste con el rubio semi-oscuro de sus cabellos. Sonrió con esa expresión que incluso los enamorados reconocen como estúpida, y el peso angustioso del desconsuelo en su pecho volvió a crecer, después de todo no hay peso que se disfrute con tanto sufrimiento como el de los enamorados. Peor aún, cuando quien se enamora eleva a la categoría de imposible a su amada.

Pronto el humo inundó el cuarto con el peculiar aroma de la mota. La espesura de las nubes de humo no dejaba a Joaquín ver más allá de su cama y su vaso de mezcla suicida. Ambos narcóticos habían tenido la virtud de idiotizarlo más allá de lo cualquier emocionalidad podía. Sus pensamientos ya no se perdían en la incómoda deriva de la desesperanza, ni en las desmesuradas ilusiones de su deseo, o el desconsuelo de saber que no podía ser más que un número imperfecto en los cálculos de Celia. La suya era la típica pena de quienes no se sienten dignos de algo, y aun así terminan añorándolo ¿Qué otro nombre, más que el más nefasto, amor, podía usar Joaquín para nombrar aquella tristeza constante? ¿Con qué otra palabra podía resumir tanta mierda? “Se grita, se maldice pero si ya te convenciste de que el escozor que sientes en las tripas es amor, rascarse es equiparable a un cadalso o a un suicidio.- le había dicho Cookie alguna vez- Al menos si eres de esos cachorros que prefieren ser buenas personas, de esos nobles que intentan ser caballerosos y respetuosos, que entran con los sentimientos en la mano y con la sinceridad en cada acto romántico que efectúan en nombre de a quien sea que digan amar. Y eso es jodido nene, pues las nenas como que nos gustan los cretinos que nos tratan medio mal, que en la mano solo tienen el pene hambriento de nuestras rajitas y cuyos actos los rodea de misterio y una seductora suciedad que no deja traslucir sus verdaderas intenciones”. Joaquín sabía que su terco romanticismo lo había llevado a cagarla de nuevo. Justamente por eso se encerraba con sus narcóticos, para establecer una distancia entre sus añoranzas y él mismo, de modo que a través de la distancia pudiese olvidar que Celia existía, que Celia respiraba, que Celia era tan genial, para olvidar su fisionomía y su voz ronca que él disfrutaba tanto, para olvidar sus frases matadoras a lo Cookie, para olvidar su risa repentina y sus miradas cómplices, para dejar de hacerse las mil y un películas en su cabeza donde ambos se amaban, donde todo salía como él deseaba y donde todos podían ser infelices, menos él y ella. Olvidando que si bien la distancia puede, también, curar el mal de amores, es, sin embargo, una apuesta riesgosa pues, por lo general, suele agravarlo.

Joaquín se perdió en la confusión de los efectos del cruce de narcóticos. Hacía rato que la jarra de mezcla suicida estaba vacía y que el ladrillo de marihuana se había esfumado en forma de porros, bongs y pipas que su fiel candela había iluminado. Y fue así, con los ojos perdidos, su cabeza perdida, su vida perdiéndose y sus sentimientos apagados ante el abrumador desequilibrio de sus pensamientos, fue así como lo encontraron los cuervos.

Primero se preguntó de dónde habían salido tantos. Intentó recordar si había dejado la ventana abierta, puesto que la espesura del humo no le dejaba ver más allá de su posición fetal en la cama, pero no lograba concentrarse ante los revoloteos de los pajarracos encima suyo. Había algo raro en la hostilidad con que sobrevolaban, en la manera en que sus picos se abrían con espumas rabiosas fluyendo y graznaban violentamente sonidos estridentes que lastimaban a Joaquín. Y fue cuando vio la inquietante negrura de los ojos de los cuervos, esa oscuridad palpable que parecía transmitir un desasosiego tan familiar, fue entonces que comprendió que los cuervos estaban pero no estaban. Eran alucinaciones, quizá, que reflejaban sus propios demonios. Demonio, en realidad.

Desde niño que el amor era un límite de lo ilegal para alguien como él: demasiado invisible, demasiado pequeño, como una especie de accidente con patas que de haber amado y demostrado que lo hacía, sufriría un castigo por su crimen. Algo peor que simplemente soñar con la imposibilidad de tornar lo imposible en posible, aunque Joaquín no sabía de nada peor que aquello. ¿Cómo era que había terminado ahí, en el amor? ¿Qué clase de intensa soledad lo había empujado a tejer ilusiones de adolescente enamorado? ¿Cómo era que Celia había logrado pasar las pruebas de sus estándares, de por sí altos, para sentarse tan cómodamente en un trono que, quizá, exageraba sus atributos? Los cuervos que lo torturaban le recordaban la fragilidad de su mortalidad, representaban cada derrota, cada fracaso, cada defecto y cada motivo por el cual nunca sería digno a los ojos de Celia, con esa arrogancia que tienen los acomplejados y/o amargados de creerse capaces de antelarse a lo que se pensará de ellos. Pero más allá de los dolores típicos de un enamoramiento desesperanzado, los cuervos traían las torturas de cada aspecto de su vida, de todas las cargas con que se entorpecen los acomplejados. Y en medio de la bruma de los narcóticos sufrió. Con una inefable angustia y una inenarrable conjunción de tristezas, que le recordaban lo “loser” que era.

Nos entregamos a la Perdición cuando aun no deseamos casarnos con la Muerte. Es más bien una especie de coqueteo distante, donde miramos fijamente a la Muerte y susurramos cosas sucias mientras la manoseamos a la Perdición, quién nos deja marcas imborrables con sus besos y chupeteos. Quizá Ballesteros intuía que los cuervos no esperarían a su muerte para comer de su carne, quizá pudo leer, en aquellos temibles ojos completamente negros, que la paciencia era una maricada y que, primero, lo matarían para, después, llenarse más rápido sus estómagos.

No le sorprendió cuando los humos de la marihuana se disiparon de repente. No pudo sentir más que un estúpido embelesamiento cuando vio que la imagen de Celia se manifestaba en su habitación que había cerrado con llave y con la ventana intacta, como si nunca se hubiese abierto. Aun drogado, pudo notar que esta Celia brillaba con una luz tan digna de ella, como solo ella misma podía ser. En un flash de conciencia se sintió ridículo por todas las maricadas que pensaba. Pero luego reparó en la corona de flores que flotaba encima la cabeza de Celia, como si de una aureola se tratase. También notó que la oscuridad retrocedía ante su reconfortante luz, una luminosidad que los cuervos odiaban y ante la cual retrocedían furiosos.

Se arrastró. Se rindió ante el peso de aquella visión aceptando la cabrona realidad, consciente de que nada era real y que, sin embargo, todo lo era. Lo malo de los simbolismos es que crean imaginarios que nos gusta asumir como reales. Y era aquel un simbolismo perfecto en donde el amor linchaba, con su luz purificadora, todo sufrimiento pasado, toda derrota, toda posible amenaza a su ser. Y era el simbolismo que permitía al amor triunfar por encima de todas las cosas, donde el amor todo lo podía y todo lo perdonaba, donde el amor se presentaba en forma de Celia y dejaba a Joaquín Ballesteros entregarse a la enfermedad de amar como un “loser” y soñar, e ilusionarse y no dejarse lastimar por los cuervos. Fue así que Joaquín terminó arrodillado y refugiándose en la visión de su amada, mirando temeroso a los cuervos y hallando cierto tipo de confort en aquella aparición, quien miraba fijamente a los cuervos con una expresión de neutra conmiseración en el rostro igualito al de Celia, y los fulminaba con esos terribles y profundos ojos completamente negros.

 

Laura Blandón 2

por Laura Blandón

Noche y día. Quizá la fuerza de este cambio no se encuentre tanto en el porqué se oculta el sol o brilla la luna. Quizá la fuerza de este cambio opere al nivel de las acciones de las personas. Sobre todo porque la gente misma no nota estos cambios. Y es que están ahí e incluso se habla de ellos, pero la cara de la ciudad cambia drásticamente en cuanto se asoma la noche. Desde la calma falsa de la Belisario Salinas, los puestos del burguero muertos a la luz del día, los boliches en general con ese su silencio que parece anteceder las mil y un tormentas que ocurrirán en sus fueros internos cuando caiga la noche. La mentalidad de la gente, en sí, parece sufrir un cambio. Se sonríe más, se está menos apurado, se deja de temer una inevitable marcha que lo bloquee todo, se espera en la trancadera al trufi que nos lleve a casa, se despierta una sed poderosa que se delata en nuestras miradas y que muchos intentan calmar con alcoholes, drogas o amor. Pero esta es una sed quejumbrosa que reclama una saciedad que jamás tendrá, pues lo que busca es librarse de los velos del día, y no hacemos más que dar otro velo. El de la noche. Pero este velo también le da vigor a los paisajes paceños, cuando se ven grupos que salen a comprar bebidas alcohólicas o se entran a los antes muertos boliches para darles vida con sus insanas peroratas, y sus sedientas gargantas de un líquido que los transporte a la no-preocupación.

 

 

 

Esto es muy notorio en cómo se apostan en las plazas, en puertas y otros boliches dispuestos a darle vida a la noche. Si en el día caminaron agotados, sudaron para ganar el Samsung Galaxy de cada día, pensaron en sus problemas cotidianos y se ahorraron todas las lágrimas… por la noche todo estallará en un proceso de juerga que les quitará el agotamiento, mientras se mueven de un boliche al otro, beben en exceso o amistosamente y suben el tono de la voz al ritmo de un canto que algún DJ se digne a poner. En otros se notará en como tomarán las calles, y todos esos espacios que la gente ignora, transformándolos en una pista de baile, en un bar improvisado o en un espacio para recurrir a los besos. También se notará en como muchos llorarán sin lágrimas o a viva voz, pero llorarán al fin y al cabo.

 

 

A todo esto el alcohol seguirá fluyendo, los mendigos seguirán pobres, el gobierno seguirá trabajando, las oficinas estarán desiertas como sus hermanos los boliches lo estuvieron por la mañana, y las voces de la razón se apagarán cada vez un poco más hasta que se pueda recuperar un poco de la conciencia con algún burguero madrugador, o tal vez solo se atine a pasar de todo para terminar perdiendo el pinche Samsung Galaxy por el que tanto trabajaste.

 

 

El día conlleva ese aire de responsabilidades y secretos en susurros. La noche conlleva ese aire de olvido y secretos revelados. En el monologo de los que habitan la noche, se nota como sus frustraciones y alegrías afloran. En el día estará esa necesidad de la apariencia, de ser funcional y demostrarlo. Trabajar, caminar, saludar, ir a un retrete para ir al baño, beber a ocultas, emborracharse anónimamente en algún boliche práctico que abre los brazos desde las 4 de la tarde. La noche despierta una especie de salvajismo forzado que mueve a la gente a divertirse, lamentarse sin vergüenza, motivarse con sustancias, de repente solo perderte en amores u otros venenos, mear donde a uno le plazca como ignorando la normativización de lo correcto en sociedad, beber en público y a gritos hasta que la cana asome la fea cara.

 

 

Si la gente se pusiera a pensar en cómo son de día, y cómo son cuando salen de noche, notarían mil y un cosas que antes dieron por comunes. De pronto se extrañarían de que los burgueros de las 6 de agosto sean posibles solo por la noche (pues más allá de antojarse ¿Quién podría concebir una guesa al mediodía? ¿No es el almuercito un respetable contrapunto a la doña guesa?), también verán con otro rostro la puerta del equi o del mecca, y recordarán cualquier cosa mientras pasan distraídos por la Belisario Salinas, un escenario que vió borrachos a más de uno, sino a todos nosotros. Quizá hasta nos daríamos cuenta de esa eterna transformación entre el día y la noche, que es tan fuerte que hasta a la misma ciudad le cambia el rostro. Tal vez podríamos vernos en nuestra metamorfosis y podríamos sacar una especie de conclusión, una unión entre nuestro yo rutinario y nuestro yo fiestero, y, claro, nuestro otro yo que está al medio. Pero el día vela para que esa magia se pierda y la noche vela porque esa magia se difumine entre tanto olvido al que deseamos someternos.