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Separarse de la especie por algo superior, no es soberbia es amor

Gustavo Cerati, Adiós

En un círculo imperfecto están sentados cuatro jóvenes estrafalarios. Tres son varones y la última es, obviamente, una mujer. Están repartidos de forma que si alguien, o dios, hubiese estado mirándolos desde arriba, la figura resultante habría dado más la impresión del contorno interrumpido de una estrella contra el pasto descuidado que la de un círculo como ellos pretenden. Dibujar esta figura, concretada casi con naturalidad, sin que ninguno tuviese que decir nada, los distrae de fijarse en el paisaje tupido por un exceso de árboles frondosos, todo apretujados los unos contra los otros que forman, ellos sí, un círculo perfecto alrededor de un vasto claro. Da la impresión de que el único color presente es el verde maleza del pasto que se siente un poco más suave en las hojas de los árboles, un verde que desde varias perspectivas se come al café corteza de los troncos y al blanco y el amarillo de alguna flores escondidas en la tupida maleza, dando una abrumante sensación de armonía unidimensional, como si tan solo existiese un color en este mundo poblado por insectos. El sol brilla con el magro fulgor de las 7 de la mañana, cubierto por algunas nubes grises que van a desaparecer en el transcurso del ritual que los jóvenes estrafalarios están preparando para consumir un San Pedro.

Al centro del círculo hay un termo plateado en el que alguno de los estrafalarios ha vertido el cactus preparado, ya convertido en un espeso jugo que sirven en los cuatro vasos de arcilla que ha traído otro de ellos, a sabiendas que este su estreno es, también, su muerte. Y eso no le importa tanto, está demasiado distraído en mirar el fulgor imposible de las piernas blanquísimas de la única muchacha del lugar, quien las cruza y retuerce acalorada pero orgullosa, fascinada por el efecto de la luz del sol sobre su vestido amarillo de motas azules. Azuzada por un ansia de superioridad espiritual, sirve el contenido del termo y le pasa un vaso a cada uno de los estrafalarios. Primero al de barba tipo amish y camisa tropical, después al gótico que suda la gota gorda y, finalmente, Sebastián, antes de servirse un vaso ella misma.

Beben. La brisa sopla tan ligera que no alcanza a generar sonido alguno y, de hecho, lo único que se escucha es el esfuerzo del grupo por apurar el amargo sorbo en un solo trago. La del vestido termina primero y dice algo sobre el sabor, agradece haberse dado el trabajo de convertirlo en jugo y no verse obligados a comer el cactus. Mientras lo dice espera que alguien le reconozca la hazaña, pero nadie lo hace. Frustrada se regocija con la escena que atestigua pues dos de ellos no aguantan y a duras penas alcanzan a romper el círculo imperfecto para vomitar copiosamente y por todas partes. El tropical arrepintiéndose por no seguir el consejo que alguien le dio de no comer ni beber nada unas horas antes y el gótico está convencido de que aquel sería un mal trip para recordar.

Sebastián, todavía sentado, siente las náuseas pero lucha contra el impulso del vómito pues no desea manchar su polera de Linda Hamilton como Sarah Connor, pero tampoco desea moverse de la posición de loto que encuentra cómoda. Lo hace feliz ver a dos de los estrafalarios pintar de mandarina y amarillo el gigantesco lienzo verde en el que se encuentran. Curiosamente no está preocupado por cuanto tiempo ha pasado, ni se pregunta en qué exacto momento sentirá el efecto por primera vez. Sebastián está algo ocupado en no expulsar fluidos pero también eso es una distracción que desea sostener todo el tiempo posible. Tal vez por eso es el único que recién repara en el escenario, intuye la predominancia del verde pero su perspectiva le permite notar el café y hasta uno que otro color de alguna flor intrusa, o de las briznas que sus amigos han coloreado con tanto esmero, hasta tiene la impresión de que sus ojos se salen y vuelan muy alto para observar mejor la escena. Es el cactus haciendo efecto. El resto pasa por cosas parecidas. Oídos expandiéndose, lenguas que cobran vida, a todos se les abren los poros de la piel y, de pronto, una cantidad abrumante de energía entra a sus cuerpos, más de lo que ninguno alcanza a soportar y que los deja atónitos el instante en que todo se abre, desde las emociones hasta el presente, pues no les parece concebible que exista otro tiempo más que aquel. Nada de eso los distrae de otras sensaciones que nacen muy de pronto, como descubre el tropical a quien le sofoca el calor que siente su cuerpo o la del vestido amarillo que escucha los pensamientos de todos y cada uno de los organismos presentes en el claro. La entrada de la energía del mundo sigue siendo insoportable para dos de ellos, pero tanto Sebastián como la única mujer reciben la conexión con el mundo casi con avidez.

Solo han pasado dos horas.

Sebastián recupera sus ojos y descubre que están llorando. No está seguro de si fue la humedad lo que delató las lágrimas, o una lejana voz femenina preguntándole porqué llueve en su mirada. Él no desea asumir que llora y tampoco se siente contento de que los estrafalarios lo observen en un estado tan frágil. No está seguro, pues no siente sus labios moverse, pero le parece que su voz expresa alguna excusa acerca la molesta luz del sol. No ayuda que nadie responda pero que, igual, todos lo miren. Se deja caer al pasto, de pronto se ve rodeado por las briznas que apenas dejan unas magras sombras que no cubren al sol ni tampoco detienen sus lágrimas. Una voz de alguien no presente ahí le dice que recuerde: al cactus se lo disfruta sin recatos, tienes que entregarte a la experiencia y a lo que sea que te esté haciendo sentir, resuena la voz y Sebastián, todavía echado en el pasto, con el cuerpo entumecido y un ligero mareo que mueve al cielo esférico, piensa en Mía. Su alma sale de su cuerpo y levita por encima de la escena, se queda con la mirada fijada en la saliva que gotea de la boca del gótico parado un tanto lejos con el rostro estancado en un ceño, en la dicha y sonrisa en los movimientos de la del vestido y como los colores azulados de la camisa del tropical se escurren poco a poco, a un inicio, y mucho más a medida que su alma se eleva y logra ver los contornos del claro, el pasto que ya no es verde y se ha decolorado hasta alcanzar un perfecto blanco, la presencia de los estrafalarios que forman, nuevamente, un pequeño círculo imperfecto, azul en los contornos, miel al centro, vivaz y dulce, sonriente pero triste. El ojo de Mía, suspira el alma de Sebastián y prepara el impulso para escapar, solo para recordarse que el trip necesita de entrega.

Mía, la flamante ex novia de Sebastián, irrumpe en toda la escena. El alma del muchacho cierra los ojos y los abre ya dentro su cuerpo; todos los colores han vuelto a su lugar pero le parecen más intensos, al punto que tiene que achinar los ojos para poder sentarse. Mareado nota que su sentido de profundidad le juega una mala pasada alejándose y acercándose infinitamente a todo aquello en lo que posa su mirada. Para él resulta un doble sufrimiento pues, de nuevo, no puede mover su cuerpo para asegurarse que todavía existe, a la vez que a su alrededor las memorias de una relación que él mismo terminó empiezan a desarrollarse con teatral precisión. No importa si la escena está lejos, su profundidad perturbada por el cactus lo acerca para presenciar una y otra vez aquellos momentos donde tanto la quiso, todos los instantes que ya no supo cómo quererla y los finales donde ya no pudo más que ser honesto con ella.

Gira la cabeza hacia la izquierda y se ve a sí mismo sentado al borde de un colchón en el suelo de un dúplex prácticamente vacío, eso no lo ve pero lo sabe, lo recuerda. A esta escena entra Mía; alta, flaca, ojos oscuramente claros, pelo castaño recogido en una cola, usa un jean celeste con un canguro azul claro que sacó de entre las cajas de la mudanza al no poder soportar más el frío. Se sienta al otro borde del colchón y el espacio que los separa esta rellenado por dos cajas de pizzas aun humeantes, compradas de un caro restaurante italiano que las vendía en oferta por aquel único día. Sebastián escucha a su otro yo hablar y hablar y le duele cuando Mía hace un chiste que sugiere que quizá ella no es otra cosa que una alucinación suya o viceversa. No aguanta más, gira la cabeza hacia el otro lado y encuentra a otra Mía y otro Sebastián sentados en la terraza del dúplex bajo la lluvia, bebiendo whisky y contemplando un paisaje que recuerda como un cielo estrellado brillando tras las nubes y una luz artificial alumbrando, a lo lejos, los restos de un derrumbe acaecido hacia unos días, que no cobró vidas pero sí dejó interesantes y apocalípticas grabaciones aficionadas circulando por la red. Vuelve a girar la cabeza, frenético, mientras ese Sebastián comenta que la lluvia empeorará. Siente el empapamiento que el otro solo antela, por un segundo, hasta que su mirada se acerca como lupa a una madrugada en la sala del mismo dúplex, el rostro de todavía otro Sebastián refleja un cansancio extremo pero también se le nota contento, se dan besos tímidos con Mía, que también está somnolienta, feliz y algo ebria en el gris silencio de una madrugada nublada tras un festejo que aún no acaba. Otro giro y cuando los ve salen del auto de Mía y se paran en un acantilado, es de noche y sacan fotos a la ciudad, otro giro y los pilla boquiabiertos, abrazados y de pie en un balcón, atrás suena El Cuarteto de Nos y en sus rostros detecta un reflejo púrpura. Inmediatamente reconoce la tarde lisérgica y cierra los ojos para volver a surcar aquel cielo púrpura, ese horizonte de misterios donde el futuro es un sueño que aún no llega. Sebastián flota un rato, se deja convencer de lo palpable de los colores de ese cielo, toca la luz y juega con la silueta de la ciudad, escucha las revelaciones que Mía le hace al Sebastián de ahí abajo y recién se admite que llora quieta y amargamente. No lo aguanta y se deja caer en picada, cierra los ojos y, por lo mismo, los abre en lo físico. De frente se halla ante Sebastián y Mía haciéndolo por primera y enésima vez, la ve una noche escabulléndose fuera de cama, toda deprimida y en la mañana callada y hermética, gira y ahí están hablando felices en el bar que a ella tanto le gusta, gira y ella ríe mientras él parece nervioso tras el volante, gira….

Ya no puede aguantar más. El cuerpo no le responde pero lo fuerza, le exige, concentra toda la atención de la que es capaz pero ni así el cuerpo responde. Piensa y flota hasta que nota que una mano se mueve tal como su cerebro ordena y cae en cuenta que siempre pudo solo que no alcanza a notarlo. Respira. Se enfoca. Ignora las visiones, los colores que chorrean de cada reflejo de luz, intenta cerrar su cuerpo al flujo de energía por un rato y pone todo su empeño en levantarse, esquivar los espacios que ocupan las memorias y darse un respiro de tanta lágrima asociada a Mía.

Han pasado cinco horas.

Se desliza. Quedan atrás las voces de los estrafalarios y, después de un rato, la sombra fría de los árboles que rodean al claro deja de ser un eterno y oscuro fractal que recorre mientras canta a susurros Lateralus, como medida precautelar para no volver a caer en las trampas de la memoria. Las visiones se transforman en otro cielo abierto y una carretera que Sebastián reconoce a duras penas pues su instinto le dictamina que no se aleje del borde. Curiosamente es este detalle el que termina de dibujar la idea de aquello como una carretera por la que los autos aceleran sin que les importe límite alguno. La velocidad le impresiona, lo deja atontado, parado en el borde mortífero donde toda canción y pensamiento se pierden entre los autos que no son más que una tenue sensación pasajera, fugaces coloraciones que se pierden en la serpentina infinitud del asfalto. Atrás queda el bosque y, quizá, el claro, pero frente a él está una montaña enorme, color tierra y casi sin plantas en la que Sebastián halla un rostro que le charla, le habla del clima cálido de las 3 de la tarde y cómo deshidrata a quienes se quedan parados como tontos en medio de aquel sitio. Con cada palabra de su pedregosa boca salen aves, cuis, cactus y maleza que caen sin remedio; atosigados por el poder del vozarrón de la montaña se quedan quietos antes de llegar al suelo y ahí permanecerán  inertes para siempre. Las lágrimas regresan. Copiosas vibran ante el discurso de la montaña que invita a Sebastián a dar el paso hacia adelante para convertirse en una larga franja de color rojo que alguien tendrá que limpiar.

Sebastián no entiende del todo los argumentos, pero los encuentra convincentes. El vértigo de poner un pie delante del otro, escapar del peso de los haces de luz que irrumpen en su cuerpo con la energía de la vida transformada en un caos inenarrable. Se arrodilla y tiene la tenue sensación pasajera de algo casi rozándole el rostro en el preciso instante en que comienza a llover. La montaña sigue en su monólogo pero él ya la ignora, se siente mal, cierra los ojos pero las palabras quedan como imágenes impresas en sus párpados cerrados. Grita. Es un eco primigenio, es la rabia acumulada de un adiós que se le hizo necesario, es cuando de nuevo aparecen todas las otras perspectivas que Mía trajo. Como sentirse inhibido, utilizado, como la sensación de hambre con una billetera vacía, como la perspectiva de trabajar horas extra, luchar hasta el cansancio, hacer añicos los sueños para cumplir los de otros, como sus ojos húmedos, como los brazos cansados, como si algo hubiese podido morir en él de haber seguido a Mía en su bien marcado escalafón de vida y predilección por la tristeza, como imaginarse un hijo al cual hacerle imaginar todo aquello, como arrodillarse al borde la autopista para llorar tus fracasos.

Un auto se detiene, una voz vagamente familiar le habla por debajo los ruidos ensordecedores de la montaña; flota dentro el auto, la parte de atrás de una camioneta en realidad, se queda echado en el suelo y el vehículo arranca. Alguien comienza a tocar una melodía en una flauta traversa que gana volumen a medida que la voz ancestral de la montaña, con sus amenazas y negros presagios, se apagan conforme el paisaje del campo abierto es sustituido por el progresivo gris de la ciudad. Ya pasaron 7 horas. Sebastián balbucea un pedido, el nombre del barrio que tanto evita, y el de la flauta detiene su melodía para hacerle saber eso a quien conduce. El resto del trayecto pasa entre gotas de lluvia que caen sobre Sebastián y la melodía de la flauta que este reconoce y canta partes a susurros muy quedos. “Llueve sobre las orejas de la gente/ que camina acurrucada en tu ciudad fetal/ llueve, llueve sobre tu ciudad”.

La camioneta lo deja en una suerte de callejón que conecta una corta avenida con aquel conjunto de edificios de cuatro a cinco pisos, habitados por familias clase media que buscan un buen lugar para criar a sus hijos y tiene que conformarse con eso, que tampoco está tan mal. Entre el viaje, discusiones y promesas han pasado ya 9 horas, pero Sebastián no lo sabe, tampoco le importa. Está parado en el límite que separa aquella callecita del lugar que para él es como un reino perdido, abandonado por él mismo, al que retorna por la nostalgia traicionera de decir un último adiós. Tiene la pinta de un rey vagabundo, de un errante que por fin tiene un destino al cual ha llegado muy rápido. Todavía siente que flota, la luz sigue intensa, los efectos del San Pedro no se han marchado. Desde afuera se lo ve caminar en tambaleos obvios y zigzagueantes. Conoce el lugar, lo conoce más que bien, sabe cuál es la torre que busca, con sus respectivas ventanas y balcones y terraza, pero el San Pedro lo guía hacía otro lado, explora un poco del laberíntico conjunto de edificios color ladrillo encontrándose con árboles, perros, flores, columpios, botellas, el sitio de la última charla, grafitis. Desde hace rato que el cielo ya no brilla con los colores del día y Sebastián recién nota que ha caído la noche con su apagado color azul, su falta de estrellas, las vulgares luces naranjas que iluminan el camino y el poco tráfico de gente que camina a esas horas por la barriada.

Finalmente se enfila hacia el lugar que le interesa, no sin ciertos recatos, no sin dudas que le ponen plomo a sus pasos. En el camino ve las mismas cosas que ya ha notado. Árboles, perros, flores, columpios, botellas, grafitis. Pero justo en un punto lejano a su meta, ahí, parado en un sitio poseedor del ángulo perfecto que deja ver la ventana de Mía, con las luces encendidas y separado por una distancia compuesta por el exacto equivalente a una cancha además de un par de pequeños edificios, ahí se encuentra un cactus, uno con pocas espinas, tan alto como una persona, tan verde como amarillo por el efecto de la luz naranja, uno con tantos brazos dispuestos de tal forma que lo que impresiona a Sebastián es que, de buenas a primeras, no ve un cactus sino que piensa que se ha encontrado con Mía. La impresión no se pasa, eres tú, le susurra, no ve una planta pero si ve a Mía mirándolo furiosa, distante, casi fuera de su vida. Siente vergüenza por sus lágrimas que nunca cesaron de caer, pero respira profundo, calma la voz, aclara la garganta…

– Tengo tanto para decirte. Tanto que al final no es nada. – el cactus lo mira fijamente, sin moverse ni respirar. Sebastián no encuentra esto extraño. – Porque poco te importa lo que te diga acerca nuestro final. Cuestiones como por qué esto, o lo otro… – parado frente al cactus, de pronto, se da cuenta que él también tenía preguntas pendientes – ¿por qué no luchaste? ¿por qué nos tuvo que definir lo que deseamos del futuro y no pudimos sostener las cabezas en el presente? – se detiene, un fulgor de la luna le revela la verdad de su interlocutor, recuerda que esas preguntas pendientes tuvieron que ser descartadas fieramente por despecho, primero, y por la perspectiva de un nuevo camino, después. Duda, suspira, las palabras ya están en su lengua, la visión del cactus alterna entre la planta y la persona. – Yo sé, dirás que es mi culpa por decir ciertas cosas, responderé que eran cosas que necesitaban ser dichas, tú dudarás de ellas y de mí, entonces reafirmaré mi posición y así estaremos en esos tangos en que se termina deseando al otro con una enorme mácula de rencor.

>> ¿Para qué? Entre tanto dolor supongo que ninguno cederá. De verdad no tiene sentido. Prefiero hablarte de otras cosas… no sé, de lo linda que te veías cuando me ignoraste hace unos días, de lo colgado que me quede de tus ojos pese a esa insana glacialidad con que quisiste atravesarme, sin saber que el mero hecho de verte de lejos, casual e inevitablemente llegando a mí, tan solo esa visión me volcó el pecho en un segundo. Fue un vuelco, oh sí, como si por dentro me partiera y todo en mi interior reventara, llenándome de vértigo. Tú apretando el paso y yo saludando con cierta alegría… verte me hizo ahondar un poco en el hecho de lo mucho que te extraño. Me devolvió momentáneamente a los días que compartimos, aun si lo que pude sacar de ese encuentro es que todo, de verdad, ha terminado.

>> Ya sé que hay hartísimos “quizás” tras nuestro súbito adiós, pero si algo creo es que también hubieron un montón de elecciones que ambos tomamos y que ahora nos trajeron acá. ¿Te acuerdas las primeras charlas? Esa insólita manera de conectar siendo la alucinación en el delirio del otro, hallar un ser que suspiraba por cosas parecidas y que sabía cómo el miedo puede ser aquel amasijo de monstruosidades paralizantes; eres esa mujer que en algún punto cree tan ingenua y genuinamente que termina, inesperada e irremediablemente, hecha añicos en el piso. – Sebastián no lo dice, quizá lo olvida o lo omite, pero sabe que esos añicos en un punto resultaron más punzantes y dolorosos de lo que quiere admitirse. – Fueron momentos muy curiosos, al menos para mí. Sentía que me había dejado derrotar por la vida hasta que en nuestros primeros encuentros hallé el humor necesario para aceptar que no hay otra que seguir. Pero este último se sintió mal porque ya no vi la sonrisa afable, ni oí el tonito tierno, tal vez fue que confirmé mis sospechas de una obvia distancia.

>> Lo cierto es que cuando intento explicarme qué pasó lo único que se me ocurre es que nos encontramos a destiempo. No me creerás, no tienes porqué, pero yo sé que si hubiéramos estado en otros momentos… no sé, me gusta creer que yo habría estado más dispuesto a ceder, lograr que nuestras metas personales pudiesen sincronizar con las de la pareja. A lo mejor aún ahora se podía, pero eso nos habría hecho hipócritas quienes, para colmos, deteriorarían lentamente al amor solo para evitar su muerte. No puedo dejar de pensar en una brecha, la que habríamos sentido al posponernos a nosotros mismos en nombre de ese amor tan natural entre dos acomplejados, ese amor de decepcionados con la vida que se encuentran para renacer en esperanzas. – piensa: “ese amor que no fue amor pero casi”, mas no lo dice – ¿Lo sentiste? ¿No es por eso que tú no luchaste? ¿Acaso no presentiste que en eso devendríamos ni bien te anuncié que mis metas estaban tan lejos de las tuyas? – las lágrimas cesan. La luz en el cuarto de Mía sigue encendida. La voz de Sebastián se alza fuerte entre los pequeños ecos de los edificios. El cactus sigue ahí, parado.

>> Perdóname pero no lo lamento. Me duele. Mierda que me duele, me es jodido aceptar que fui yo el que profirió las palabras que hicieron de lo nuestro otra torre de Babel, me frustra haberme entregado a transparentarme solo para descubrir que aquellas bien fundadas esperanzas también eran mortales. Es horrible y lo cargo, pero no imagino cómo habría sido estar ahí sin estarlo, cada vez más distante y callado, sumergido y perdiéndome en tus sueños y aspiraciones, me parece tan terrible como forzarte a que los pospongas para que yo pueda ir a mi ritmo.

Stop. Muerte. Sebastián inspira. Suspira. Se seca el rostro, nota que ya no llueve. Los fractales retornan y su punto central, entre tantos amarillos, naranjas y azules, es el cactus que ha quedado enmarcado por la encendida ventana de Mía.

– Estar contigo fue un viaje. Uno de descubrimiento espiritual, emocional y personal, un trip profundo donde expandí mi mente con las visiones de cielos violetas, paisajes de claroscuros intensos que dejaban a la ciudad hecha una sola silueta que iba desapareciendo a medida que caía la noche y las estrellas, opacadas por la luna, que nos contaban otras historias al son de toda la música que descubrimos el uno en el otro, una expansión brutal que no solo me enseñó a mirar donde antes no lo hacía sino que también me forzó a darle un sesudo análisis a mi presente y futuro, a ubicar qué falta, qué falla, qué necesito para ser quien quiero ser y, por un breve instante, quién tendría que haber sido, cuál era el verdadero alcance de mis límites y cómo todo jugó para que eligiese un camino diferente que me ha dejado lejos con este adiós atorado dentro mío, con sus ecos escapando frente a este cactus que crece solitario en las inmediaciones del reino urbano que contemplábamos desde tu balcón, preguntándonos qué clase de misterios se escondían detrás de las ventanas de tus vecinos… tantas familias y otros secretos.

>> Ay mierda, como me gustaría que escucharas todo esto y no fueras un cactus al que le hablo tan cerca y tan lejos de ti, con la canción de ese compositor argentino y sus palabras que hablan de vértigo, eternidad y soledad resonando en mi cabeza. Sugestionan a mis alucinaciones, me sumergen en este reino condenado al olvido del que ahora debo salir para reencontrarme en mi nuevo camino.

Ni bien lo dice lo encuentra cierto. Le agradece al cactus y le da una última mirada a la torre de Mía y mientras lo hace la luz se apaga. Los fractales no se han detenido, solo que ahora, y con un eco atrapante, armonizan con la melodía de otra canción de ese compositor argentino, una en la que habla de poner canciones tristes para sentirse mejor. La conexión con la tierra ahora le place, la penetración energética del mundo en su cuerpo se siente menos ominosa, más recubierta de cierta paz. Camina hasta quedar fuera del barrio, se despide, se enfila hasta una tienda que divisa a lo lejos, pide un agua y la bebe casi de un solo trago. Mira la luna, las estrellas, la luz blanca de un parque cercano, revisa su celular, tiene varios mensajes de Frida. Sonríe y susurra: “Quiero continuar”.

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Yo quiero el nudo, no la corbata. Quiero la asfixia, no la cuerda. Quiero el horizonte, no la viga. Quiero la altura pura y, a veces también, la caída.

Oscar Martínez

 

Daban las seis de la mañana cuando Amancaya Salinas Lago despertó violentamente por el sonido estridente y sin interrupciones del despertador de su celular, una melodía de los Dire Straits que le gustaba mucho y que le ayudaba a ahuyentar las ganas de lanzar el aparatito contra la pared. Todavía medio dormida hizo su mejor esfuerzo para apagar la alarma sin distinguir bien qué era qué, mientras tanteaba el velador con la mirada borrosa y la boca seca, repleta de ese pastoso sabor que deja el mal aliento matutino. La noche anterior estaba bautizada por un insomnio, atípico en ella, sesgándole el total de horas de sueño que ahora le hacían mucha falta, especialmente ante el día que le esperaba. Reuniones, correteos, caprichos de la jefa y la fea actitud de algunos compañeros de trabajo eran solo el aperitivo que le deparaba la mañana y que no combinaban bien con aquel calor sofocante que desolaba la ciudad desde hacía días, todos horribles y caracterizados por el sudor afeando la piel y los olores del ambiente, tal como las resolanas atacando los ojos y ese sol que se pavoneaba todo brilloso e intenso ahuyentando cualquier suerte o chance de lluvias, tan esperadas por la población de una ciudad que se podría en promesas y burocracias. Amaia, como solía llamarla su abuelita, miró por la ventana hacia el cielo celeste y radiante, echando de menos las grises y frías madrugadas tan típicas de su ciudad ahora sustituidas por amaneceres que aparentaban un horario que no eran, con la misma luz y rigor que solía verse a las dos de la tarde, pero ocho horas antes. Le gustaba el calor, lo prefería al clima pálido e indeciso que era lo que la población en general de su ciudad acostumbraba, pero aquello era una de esas exageraciones que le quitaban lo lindo a lo bonito.

Empujó las sabanas y se desperezó echada todavía, pasó lentamente sus dedos por su piel algo sudada sin fijarse en las yemas de su mano izquierda entrando en contacto con su pecho, su aureola, su ombligo, su pubis, su muslo, demasiado ocupada en contemplar el paisaje de la ventana que daba hacia su patio verde brillante con toques rojos y blancos y amarillos y naranjas de las flores bajo los fulgores del sol. “Día de mierda” susurró un pensamiento cuyo suave sonido mental fue más poderoso que los gritos histéricos de otra voz cerebral, esa que le rogaba que de una buena vez se parase a perpetuar su deber de cada día, lo cual le resultaba difícil cuando el primer obstáculo, además del obvio salto de la cama al suelo, era esa ducha inoperante que al abrirla solo escupía aire. “Claro, la sequía” se recordó Amaia enojándose un poco consigo misma por pasar por alto que desde hacía unas semanas la ciudad enfrentaba un terrible estiaje que dejó a muchas de sus zonas sin agua, más por la mala administración de las represas que proveían el servicio a la ciudad entera que por culpa de los caprichos de mamita naturaleza. Extrañamente recién cayó en cuenta de los baldes y bidones llenados por ella misma en días previos de forzar los músculos cargando cada uno de esos envases del camión cisterna a casa, en un ir y venir que ya tenía hastiados a los vecinos de su zona, aunque más preciso sería decir “crispados”, y según auguraban los noticieros el hastío empezaba a propagarse como una plaga contagiosa por cada departamento del país.

Metió su cuerpo menudo a la tina y ayudándose de un balde y un vaso mojó todo su ser, de pies a cabeza con el agua helada que le ponía la piel de gallina pero que la refrescaba del clima maldito que les tocaba experimentar en aquellos tiempos extraños y poco sorpresivos en que se acababa uno de los recursos básicos de una ciudad. Al terminar contempló el agua sucia con esta mezcla de mugre y jabón de glicerina, cargando con trabajos el balde para derramarlo en el inodoro donde se acumulaban las meadas y excremento del día anterior; su rostro hizo un amago de puchero por asco hasta que recordó que aquello no era más que materia que su propio cuerpo había producido y por un segundo su mente casi divagó hacia la maternidad, primero, y a la indigestión, después, pero alejó rápido pensamientos que no le atraían, particularmente aquella mañana infernal y olorosa.

Ya con las entrañas vacías se dirigió a la cocina a llenarlas nuevamente. Untó un pan con mermelada y mantequilla mientras el agua calentaba y la bolsa de té esperaba el preciado líquido hervido, escuchando como Amaia cortaba un par de limones y exprimía su jugo en un pequeño vaso al que luego le añadió una cucharilla de aceite de oliva y bebió de un solo trago. La bolsa fue un mudo testigo de cómo la muchacha desayunó en silencio, perdida en pensamientos acerca las mejores formas de llegar rápido al trabajo, asumiendo que su padre, de seguro, estaba despertando e incurriendo, desde tan temprano, en improperios en contra el gobierno por someter a su población a semejante situación maldita. Convencida de que su madre le hacía oídos sordos, como respetando el silencio dentro ella y la necesidad de ruido del hombre que eligió para amar. Para la bolsa de té era curioso que Amaia fuera de las que creía en el amor de una manera romántica y lo atribuyó a pertenecer a ese vasto grupo de seres a los que su propia intensidad solía lastimar vehementemente y alejarlos de lugares, personas y canciones cuando el amor se acababa, de esos que tienen que romper con quien sea que pudo introducirse en su órbita, como siempre, dejándolos con la difícil tarea de cuidar sus memorias preciadas, separarlas de las dolorosas, a sabiendas que cualquier tipo de recuerdo iba a perderse de todas maneras. Alguna vez la bolsa, desde su vistoso escondite en la mesa de diario, le escuchó a Amaia decir que era difícil no pensar en términos fantásticos o mágicos acerca un sentimiento que tenía que ver con lo que consideraba hechizos en los que una caía, o que se conjuraban casi accidentalmente cuando se era tan peculiarmente preciosa como lo era ella. Esto último no lo escuchó de Amaia sino de dos ex novios y un pretendiente que, precisamente, pensaban en ella a la misma hora que esta reflexionaba sobre el amor y terminaba de darle los últimos mordiscos a su pan remojado en la sangre de la bolsa de té, cuyo cadáver ya no observaba a la muchacha sino que descansaba en paz en el fondo de su larga taza/tumba, haciendo eco a los muchos sacrificios animales y humanos que la deidad civilizatoria exigía a sus esclavos para que pudiese iniciar el día.

Cuando Amancaya salió a la calle la recibió el panorama colorido de la otra pequeña crisis de su ciudad: las colosales montañas, hediondas y variopintas, de porquería que se acumulaban en las puertas de las casas y edificios, o casi cada esquina en realidad, resultado de una amarga huelga de los recogedores de basura que pedían un aumento en sus sueldos antes que condiciones más salubres de trabajo sin saber que la municipalidad preparaba un golpe maestro para reemplazar a todos esos frágiles sistemas inmunitarios con la cómoda y silente automatización de los camiones basureros. Amaia contuvo un suspiro de molestia, los aromas desagradables fastidiaban a su sensible olfato y en las calles el mal olor de la basura se mezclaba con la falta de higiene de la gente por la alarmante carencia de agua. “Aunque algunos ni así se bañan” pensó creyéndose algo pícara mientras sus piernas la enfilaban a la parada del bus que la llevaría al trabajo. De pie en la organizada fila que esperaba ansiosamente al medio de transporte, poco sabía Amaia que aquel día, que olía tanto a rutina, empezaba a ser trastocado por una señora insulsa de gafas gruesas, que se teñía el pelo de blanco para aparentar canas que aún no le llegaban y, de esa forma, gozar de los privilegios para la tercera edad. Era famosa en el barrio y todos sabían de sus mañas, pero los más la respetaban por las formalidades más banales del contrato social y los menos no se atrevían a denunciar públicamente sus mañas por esa pereza que los años traen ante la perspectiva de complicaciones tan inútiles como discutir con necios. Aquella mañana, no era que esta señora llevase prisa alguna, o que existiese un apremio o motivo importante que la hubiese sacado de su hogar. Salió por salir, pero la fuerza de la costumbre le hizo actuar con apuro, como si estuviera en una urgencia o el mundo estuviese viviendo sus últimas mañanas y fuera imperioso que ella llegase al centro de la ciudad, justificando el saltarse la fila para subirse a empellones al bus, causando que reinase el caos y se rompiese la ilusión de orden, ayudando a la gente darse el permiso que esperaban para subir alocadamente al vehículo que se llenó entre empellones e insultos dejando a Amaia frente a la estampida de una pequeña muchedumbre apresurada que pronto la dejó fuera del bus que ya partía.

Nada de esto la molestó. Un silencio interesante se apoderó de su cabeza y no hubo estímulo alguno que pudiese sacarla de esa repentina ensoñación que la dejó colgada del paso de otros transeúntes por la calle, registrando cada atuendo, gesto y otras características, pero sin procesarlos de verdad. En aquel estado, que nadie podría llamar de gracia, fue que comenzó a moverse atribuyéndole el impulso a la inercia y sin darle más vueltas resolvió que aquel era el día que renunciaría a su trabajo. Pensarlo por un rato fue interesante pero entonces le golpeó la realidad de las cuentas, las deudas, los antojos y tantas cosas que necesitaban de una billetera siempre llena y rebosante que igual nunca alcanzaba para consentir en todo lo que habría querido. Todas esas pasiones que sentía que podría perseguir si estuviera menos ocupada con problemas ajenos y a veces estúpidos como el dinero, la familia y hasta las amistades. Fue un momento potente, lleno de dudas, reflexiones, cálculos del futuro y el pasado que aumentaban a cada paso, esos mismos que la dirigieron a la dirección del buen Jorge Barreras con la esperanza inconsciente de que estuviese en casa. En realidad buscaba una excusa, pese a que ya sabía que en el fondo estaba decidida y no necesitaba de nadie que reforzara su resolución, pero eso no le quitaba de la cabeza que, de menos, tenía que tener la decencia de hacer como que todavía dudaba. Cuando llegó al edificio color ladrillo en el que vivía Barreras recordó que no recordaba el timbre que tenía que tocar y su cerebro se esforzaba por no ver esto como una señal, aun si algo la movía a dejarse de chiquilladas y enfilarse a algún taxi que la dejara en su trabajo después de cobrarle más de lo que debería y muchísimo más de lo que ella de todas formas podía costearse. Tuvo la fortuna, o la mala suerte, de estar sincronizada con la salida de una mujer de traje, toda estresada y apresurada, para aprovechar ese ínfimo segundo y escurrirse peligrosamente dentro el edificio, antes de que la pesada puerta se cerrara sola aplastando su flaco y vegetariano cuerpo de huesos de pollo. Comenzó el ascenso de las gradas fijándose en las puertas esperando recordar cual era la de Barreras y cuando llegó al último piso tuvo que hacer un esfuerzo mental para callar las voces que todavía la invitaban a ser responsable y obtener una mejor imagen en sus memorias del apartamento que buscaba, luchando también contra los recuerdos dolorosos del último ex, colándose sin invitación a la deprimente fiesta que se armaba en su cerebro. Finalmente lo encontró, habiéndose equivocado solo una vez, y ahora su memoria estaba colmada por el bochorno tras ver el rostro desconcertado de un viejito, por lo que tampoco le dio tanta vergüenza encontrarse cara a cara con un medio dormido Barreras que miraba la hora en su celular, confirmando que eran las 7:43 a.m. y que aquella era la esquiva Amancaya Salinas tocando el timbre mientras que don Rojas, del apartamento de arriba, claramente daba un portazo. La invitó a pasar pidiéndole que la esperara en la sala mientras él se vestía y ella obedeció sin comentario alguno, ya con tres chistes preparados para hacerle notar a Barreras lo genial y peculiar que era que su pijama fuera un mameluco.

La sala tenía las ventanas cerradas y el aire estaba algo cargado, apenas unos rayos de sol se filtraban por Amaia no sabía dónde y bañaban de un aire de ensueño color beige a todos los muebles de segunda mano que se abarrotaban en una desordenada sala en donde, claramente, la noche anterior alguna suerte de parranda tuvo lugar. Notó el enorme sillón de cuero rescatado por Barreras de algún basurero de uno de esos restaurantes finos que renovaban imagen cada seis meses y que no se molestaban en donar nada, porque igual alguien podía autodonarse lo que se encontraban en plena acera y animada por el recuerdo de la forma en que Barreras narraba aquella historia se enfiló sin dudas hacia él. El sillón, cómodo como pocos, estaba atiborrado de mantas sobre las que Amaia se lanzó sin reparos y en las que se acomodó plácidamente, disfrutando de su calor tibio y vivaz que contrastaba bien con el infierno de afuera. Bostezó con todo su cuerpo, se agitó y retozó por segundos, saboreando esos instantes de olvido absoluto en que su boca se abría de par en par y la flojera era lo único que fluía desde la punta de su cráneo hasta su menudo potito asentado sobre los cojines que respiraban con regularidad alarmante.

Le tomó un rato notar lo peculiar que era que un sillón respirase y, antes de entregarse al horror de permitir a su imaginación volar hacia un mundo con objetos antropomorfizados conquistando el mundo, levantó las mantas y descubrió el durmiente rostro de Santiago Álvarez, con esa su expresión de cojudo tierno que dominaba su cara de todavía dormido profundamente. Ante tal imagen Amaia se preguntó cómo era posible que el tipo no se hubiese despertado después de aquel salto inicial y los pacíficos retozos que le siguieron cuando se creía sola en aquella sala y no pudo, aunque tampoco quiso, evitar soltar una carcajada bajita y suave, que otros habrían llamado risa pero que quienes la conocían podrían haber llamado risotada a eso que sonó casi discreto, de esas risas que dejaban dudas por su capacidad de transmitir su dicha pese a la falta de tono clásico y generalizado que por lo común se habría esperado.

No se levantó.

Sentada en el pecho de Tiago lo contempló por un momento dándose cuenta que no lo veía desde hace más tiempo del que hablaba con él. Los últimos chats habían sido más bien distantes, como faltos de esa intensa emoción que lo caracterizaba y por ahí le contaron que se debía a un pseudo romance entre él y una muchacha traumadita con el gimnasio, que tenía un fetiche por los novatos que entraban recién a esa selva de máquinas y pesas, una muy flexible y casi esculpida persona cuyas pocas preocupaciones revolucionaban alrededor de su forma y figura. Esto lo pensó sin malicia, sin pena, más bien neutral y podría decirse que admirada, tanto por ella como por él, que de seguro la pasaba bomba en algo que solo podía ser carnal para sostenerlo por tanto tiempo pese a ser lo que ella intuía como el choque de un egocéntrico tímido como Tiago con una traumadita con su propia figura o las formas de los cuerpos en general como, de seguro, era la amable desconocida. Esto le vino a la cabeza cuando notó el cuerpo del muchacho. Donde antes no había nada ahora se levantaban formas un tanto más definidas y duras, además de un rostro más delgado cuyo mentón se cubría con un poco de baba que derramaba el dormido sin saber que la mujer que lo trajo, y lo traía, loco estaba sentada en su pecho en una manera muy distinta a las muchas fantaseadas por él, incluso durante ese preciso momento que soñaba con ella.

Barreras irrumpió de repente, vestido de hippie/hípster con los ojos aun adormilados y un porro entre los dedos que con un ademán ofreció a la divertida Amaia, quien negó con un gesto de la mano izquierda mientras la derecha se impulsaba en el respaldo del sofá para levantarse de un salto que despertó a Tiago, quien se incorporó con el ojo izquierdo cerrado y el derecho semi-abierto, confundido pero inmediatamente ubicándose quien estaba delante suyo. Barreras presenció, desde las brumas de su porro, como Amaia sonrió a Tiago y este no pudo coordinar nada entre sonreír y poner una expresión que Barreras calificó como la de un cachorro asustado y golpeado por una sorpresa tan esperada que se convertía en inesperada. Barreras, movido más por su instinto que por algún pensamiento consciente, se interpuso entre ellos para ofrecerles un delicioso desayuno americano al que Tiago no se rehusó y que Amaia no aceptó. Un poco dolido por esta última negativa, olvidando que uno de ellos era vegetariana, Barreras le dio las últimas aspiradas al porro y pronto el departamento se llenó del aroma del humo proveniente del tocino y los huevos friéndose en una sartén algo sucia, que ocultaba el olor de las naranjas siendo exprimidas por un nervioso Tiago y el café ya caliente pitando para que alguien se lo bebiese de una buena vez. Hablaron de temas que sacaron a Amancaya del ensueño raro que Barreras le notó desde el momento en que abrió la puerta y se reencontró con ella tras varios meses sin siquiera pensar el uno en el otro, conversaciones que aceleraron el tiempo y sin que nadie pudiese notarlo de pronto fueran las 9 de la mañana, hora en la que el timbre volvió a sonar y Tiago abriera una puerta que reveló a una enojada chiquilla que le gritaba a Barreras algo acerca plantarla en un tono y cadencia que, según Jorge, no podrían haber permitido que ni Amaia ni Tiago pudieran determinar si el plantón había ocurrido aquella misma mañana o la noche anterior. Eso sí, la parte en que ambos fueron culpados por la desconocida de dicho plantón, con irreverentes y furiosas palabras que los apuraron fuera de la casa eran algo casi inconfundible y mientras Barreras les sonreía y les decía que no le hicieran caso pero que de todas formas se marcharan para verse más tarde, o algo así, atinó a pensar que lo único claro que quedó de toda aquella situación fue que la luz del sol bañando ambas miradas de sus invitados, sin querer y sin coincidencias, revelaba que estas evitaban encontrarse.

Amaia inició un recorrido al que Tiago se acopló solo para caminar juntos, charlando de todo lo que estuvieron haciendo últimamente pues la separación, aunque nadie salvo Tiago la habría llamado así, tuvo un longitud temporal relativamente amplia, por lo menos lo suficiente como para que las primeras tres horas de charla fluyeran en los caudales de diferentes pequeñas anécdotas de las últimas experiencias. Amaia, sin embargo, se cuidó de comentar lo que fuese acerca su repentina renuncia al trabajo de la que, ahora, Tiago era cómplice. Casi sin problemas, y después de caminar a través de varios paisajes urbanos donde los ojos de Amaia se detuvieron en escenas típicas del mediodía, esas que más la marcaban cuando salía a de su trabajo para buscar un almuerzo rápido. Hombres y mujeres caminando presurosos, perritos con los hocicos levantados aspirando la combinación de aromas de comidas grasosas, sanas, completas, deficientes o suculentas que llegaban de todos esas pensiones basadas en la oferta de sendos almuerzos por precios módicos o no tanto, ofertas compuestas de la clásica fórmula entrada-sopa-segundo-postre-cuenta que algunos, los más agotados, sazonaban con algún mate o té post-englutimiento y que otros, los que mejor sabían comer, coronaban con la sobremesa, que no todo el mundo podía costearse; “además los canes tienen la ventaja de que hay un banquete en cada esquina” reflexionó Amaia fijándose también en las imágenes del tráfico abarrotándose, el ruido casi corpóreo de la gente que subía y bajaba del transporte público, las monedas tintineando en los bolsillos de vendedoras de dulces, tratando de hacer oídos sordos a la sinfonía de radios que vociferaban dentro de cada cabina de auto con las noticias del día y otros programas plagados de mentiras para mantener la calma en la ciudad. Tiago anunció un hambre poco común y Amaia no detuvo sus cavilaciones cuando admitió distraídamente que ella también sentía algo parecido. Tenía claro que aquella hambre estaba dictaminada por un estrés oneroso que le retorcía los pensamientos, ya no invertidos en lo que podría decir para disculparse con los cretinos de aquel empleo al que renunciaba sino con la gente en su vida a la que ayudaba económicamente, muy aparte de las varias cuentas que la sociedad le forzaba para sostenerse a sí misma, asunto que le parecía cada vez más improbable con esa billetera vacía que ahora mellaba su propia noción de responsabilidad, preguntándose de donde salía ese atrevimiento que marcaba más y más al día, invitándolo a transformarse en sabían los dioses cuantos tipos de osadías nunca antes realizadas, siquiera planteadas, quizá soñadas, que en un golpe de suerte le permitirían vivir feliz y cómoda, tal como la gente de los comerciales parecía ser.

Apostaron por sentarse en el jardín de una plaza con varias marraquetas untadas con abundante palta en el interior, que al menor toque se escurría del pan a las manos, la lengua, los dientes, de quien lo tomaba. Daban mordiscos glotones, ese tipo de bocado ávido que servía para iniciar el rito de devorar perdiéndose en los aspectos lindos de un día en una ciudad que, por lo demás, parecía sacada de un cuento post-apocalíptico. Los compraron de una casera que les cobro barato y los trató de parejita, cosa que ambos acataron por el tácito presentimiento que eso les valdría un generoso descuento. Mientras comían eligieron quedarse con los límpidos paisajes celestes del cielo en lugar de las nubes oscuras frunciendo el ceño de la gente, no oler las pilas de basura amontonadas en casi cada esquina sino pintarse cuadros imaginarios con los colores que encontraban en ellas, perdiéndose en el rumor orquestal que traía el viento y ya no en los pasos de los drones, el andar de los autos, los tonos autómatas en las conversaciones y la percusión implícita de sus propias voces uniéndose a la orquesta. Casi en silencio, casi sin tratar de decir nada, en lo que ambos pensaron, al mismo tiempo, bueno, casi, que era el momento más perfecto que jamás compartirían.

Pero los estómagos se llenan, el tiempo pasa y frotándose, ella la barbilla con el índice y el pulgar izquierdos mientras miraba hacia ninguna parte, él una sien con la mano izquierda, la boca del estómago con la derecha y los ojos cerrados como guardando un secreto, decidieron que sus gargantas estaban tan secas como la ciudad. Se levantaron con trabajos y Tiago maldijo al sol de dientes para afuera pues le encantaba cómo enrojecía más el cabello de Amaia, en el que procuraba no perderse y poner esa cara de romanticón empedernido extraviándose en sus anhelos ilusorios que un amigo suyo alguna vez captó en una vergonzosa fotografía muy popular en Facebook. Tuvo un relativo éxito, ayudado por el hecho de que Amaia conducía la marcha hacia una tienda de barrio y poco se fijaba en las expresiones de su compañero, aun en la tienda donde se demoraron mirando en silencio mil productos que no se les antojaban. Tiago suponía que ella se perdía en otros tiempos y lugares, alejada de él, alejada de todos, en realidad, mientras que Amaia pensaba en él, cómo alargaba, hasta límites ridículos, las cosas en todos sus silencios cargados de sobrepensamientos. Finalmente rompieron el ensueño volviendo a hablar, comentando algo de la situación de mierda y discutiendo brevemente con la dueña de la tienda por ese escandaloso pero nada sorpresivo incremento en el precio de las botellitas de agua, en una charla que concluyó con un análisis a los efectos de la desgracia sobre el coste de las cosas y pronósticos hegelianos acerca el futuro.

 Sin asomo de recatos, y aprovechándose de un particular silencio cargado de reflexiones, le preguntó por la chica del gimnasio y Tiago percibió, como tantas otras veces, que ella se reía de su preocupación al lanzar palabras y así, sintiéndose ridículo, empezó a sentir angustia y la usó como combustible para inflamar el discurso de una sarta de descripciones que salían sin ton ni son. Habló de la chica del gimnasio y le dijo un nombre que no era el real porque lo cierto es que ese no lo recordaba, le puso Julieta pensando en una cantante que la chica del gimnasio escuchaba cuando quería hacer el amor y se empeñaba en explicarle, a lujo de detalles, las diferencias entre tirársela y hacerle el amor, la importancia de la música utilizada en ambos actos, pues para el sexo estaba la salsa y para el romance está el pop, como le decía Julieta cuando llegaban a la casa que compartía con su hermana, todo sudados y ansiosos de sacarse los ropajes deportivos que tiraban a un lado antes de meterse juntos a una ducha que solo escupía aire, mojándose el uno al otro con una tutuma que flotaba en un hondo contenedor lleno de agua, riéndose de lo fría que estaba, de lo mucho que les dolían los músculos, de lo holgada que era la ropa de él y lo apretada que era la ropa de ella, de lo estúpidamente detallado de su relato para Amaia. La mirada de Tiago se perdió en confines salvajes olvidando que caminaba durante una tarde calurosa con Amaia, hablando de esa manera de tocar la piel al lavar que tenía Julieta y ciertas finas redondeces que caracterizaban ese cuerpo, todas las poses con que lo seducía en el momento previo al coito, esas mismas que siempre mostraban la símil expresión pícara que funcionaba bien algunas veces y que luego se convertía en el rostro jadeante que mezclaba el placer y el dolor, parte de una rutina casi atlética, como el estímulo y la recompensa al mejor entrenamiento de cardio y abdominales que se podía pedir, concluyó Tiago.

– Claro, si cosificas a otros es porque también te cosificas a ti. – dice Amaia con tono de obviedad y él que sale de su trance y se pone callado, algo nervioso, que la mira y no puede evitar encontrarla atractiva pese a lo que acaba de decirle, que efectivamente se veía más bonita que la moral y que la estética y que tantas cosas que condicionaban el cerebro de Tiago moldeado en la dichosa colectividad de la sociedad. – Dime, ¿la reconocerías si la ves de espaldas en el gimnasio? – prosigue Amaia y Tiago que la mira y como buen objeto no dice nada.

La ola de calor continuaba con su azote y las botellas de agua fría de poco sirvieron para relajar la piel con su líquido penetrando la garganta como diamante. En el más absoluto de los silencios decidieron mantenerse así: con la duda visible en los ojos. Sus pasos los llevaron de vuelta al barrio de Barreras y Salinas sin que siquiera atisbaran a notarlo, tal como sucedía con los  saludos enérgicos que les daban unos cinco brazos al otro lado de la calle. Eran la China, el Chivo y el Manco quienes al sentirse ignorados no tuvieron mayor problema en cruzar el breve espacio que los separaba de los otros dos y así el trío formó un quinteto que tanto buscaban. Algo así dijeron después de unas rápidas palabras en donde ninguna pregunta vana fue realizada pues otra colgaba de sus lenguas. Entraron en tema con las usuales vueltas a un prolegómeno, frases preparadas que describían los problemas que tenían cada uno con la cuestión del agua que ya se estaba poniendo gorda e insoportable con detalles del tipo estar atentos todas las madrugadas al sonido de las duchas que, de repente, se encendían y despertaban a los de sueño ligero, que en casa de la China solía ser su hermanita mientras que en la del Manco era su viejo padre y el Chivo que no decía nada porque le daba vergüenza admitir que se dormía desnudo en la ducha para obligarse a bañarse si es que acaso a los de la planta de agua les daba la gana de habilitar el flujo en su barrio. Todos lamentaron la situación y aprovecharon para desquitar su ira contra una miríada de problemas, pero mientras las quejas de Amaia iban contra los tontos vecinos de su zona que se lanzaban a las protestas fomentadas por oportunistas políticos que buscaban tiempo en cámara para que el pueblo recordase que ellos lucharon por ellos cuando más se los necesitaba, indignada por este oportunismo tan típico de los engranajes políticos de su país, calificándolos de egocéntricos, sin nunca comentar acerca lo que inflamaba aquella indignación: el obvio perjuicio a su propia rutina. Tiago no tenía mucho de qué quejarse. De hecho aquella era una gran temporada en su vida pues no tenía problemas adaptándose a sus nuevos baños y el olor de la basura en las calles era algo que fácilmente podía ignorar, pero por no quedarse fuera de la charla empezó a mencionar algo sobre la limpieza de esa agua y todas las formas en que esto imposibilitaba poder tomar jugos en la calle, comentario que Amaia notó que la China y el Manco recibían con placer, intercambiando una mirada triunfante que logró que el Chivo por fin hablase para describir una terrible cagaina de una semana atrás luego de beber un poco del agua, que para ser sinceros si estaba un tanto amarillenta, como whisky saliendo de la pileta hacia el vaso que el Chivo llevó sin mucho tino a su boca y que solo mientras ingería el líquido que lo confinaría al inodoro por dos días notó que hacía algo que no debía.

– Lo peor es – prosiguió sin asomo de pudor – es que luego me enteré que por muy cristalina que saliese el agua, igual no hay que beberla, y claro que los malditos embotelladores se están aprovechando de eso.

La China observó cómo Amaia miraba su botella de agua diamantina y supuso que la muchacha pensaba en líquidos color ámbar por el rictus fugaz que puso, un asco profundo recorriendo su espina mientras hacía el esfuerzo de continuar escuchando las quejas del Chivo y del Manco, a la vez que sus ojos obviamente buscaban el perfil de Tiago, todo oídos y de expresión seria, seguramente para darle una señal secreta para retirarse. La China, entonces, analizó al dúo, se fijó en la belleza de ella y la corpulencia de él, creyó notar a Tiago mucho más atlético que la última vez, sin dejar de notar que la ropa de ella brillaba en colores llamativamente discretos. Quizá no eran la pareja perfecta para lo que deseaban hacer, pero los conocía lo suficiente como para saber que tenía más chance de convencerlos a ellos que a cualquier persona de las tantas que entre ella y Manco tantearon los últimos días. Fue entonces que se sorprendió a si misma profiriendo un discurso de incitación a la violencia que dejó a ambos con las miradas juiciosas fijas en ella.

– ¿Robar qué? – pregunta sorprendida Amaia y el Manco la mira casi con pudor pero sin dudar le confirma lo que propone la China, le dice que está cansada de la situación de mierda de un gobierno inútil y una municipalidad desubicada que no supieron gobernar empujándolos a querer asaltar un camión de agua embotellada.

– No tenemos dinero ni tiempo ni agua, estamos enfermos, queremos beber algo – se queja el Manco como niño y su secuaz ya no mira a Amaia sino que clava sus achinados ojos en los de Tiago que tiene cara de no querer hacerlo pero con rastros de dudas. Y lo sabe, está segura de que debe provocarlo, inflamar su ego y crearle ganas de acciones obviamente erróneas para compensar con creces el miedo que en realidad sentía. Le dice que no puede vivir hasta que estas a punto de morir, le habla con palabras duras y tono arenoso, pinta un cuadro dramático y exagera algunos detalles que terminan por convencer a Amaia quién decide acompañarlos para ver qué pasará.

– Nos vemos en la rotonda de la plazuela Archimboldi en una hora – concluyó Tiago movido por la inercia.

Entonces el mundo tomó otro cariz para la pareja caminando por la ciudad. Eran las cinco de la tarde y ya ninguno quiso hablar, tan solo surcaron las calles acaloradas y hediondas, poniendo a flor de piel las tensiones imaginarias de los últimos días. Él con sus devaneos románticos por Amaia por caminos sinuosos que conducían a diferentes mujeres, ella con su atípica y tempestuosa renuncia, situaciones que ambos confrontaban desde lo tácito en el delicado equilibrio que, según ambos pero con diferentes palabras, creaba el silencio. Tiago no alcanzaba a notar que en la mirada de Amancaya no existía señal alguna de aquel continuará que él cargaba a rastras, ojos que no se encontraban porque cada pequeño cruce marcaría una explosión de ilusiones versus un vacío de significados y es que Tiago aún no deseaba terminar de entender que al parecer todo desembocaría en nada. Ninguno sabía porqué se mantenían juntos, o qué parte del plan descabellado de sus amigos desesperados les parecía una buena idea a seguir. ¿Qué problema con comprar los botellones de agua en lugar de litros de cerveza y fernet el fin de semana? ¿Qué tanto lío con hablar con Amaia, con decirle que estaba enamorado de ella? ¿Julieta, o como fuese que se llamase la chica del gimnasio? ¿Por qué atraía tanto cachorro perdido? ¿Era tan atractiva su histeria como para que todos le siguieran con ojos enamorados pero ninguno usara la lengua con osadía suficiente como para asentar un par de palabras que harían más bien que todas las ilusiones del mundo diluyéndose en miradas?

Por fin hablaron y un espectador casual de sus andanzas habría dicho que primero lo hicieron sin objetivo, como disfrutándose el uno al otro, sin ninguna seriedad interfiriendo, con la misma sencillez que podía haberle hecho creer a dicho incauto que algo ahí podía funcionar y la charla fluyó sin trabajos hacia el plan trazado por la China, el Chivo y el Manco. Todo comenzaba con el Manco echado en el asfalto de la calle por donde pasaba el camión repartidor de botellones, pues las tres Mentes Maestras de aquel atraco lo analizaron por 5 días completos y anotaron las horas en que pasaba entre todas sus entregas, concluyendo que las seis de la tarde era la mejor hora para que la luz del atardecer le hiciera ver al conductor a un hombre sin mano retorciéndose en la calle con sangre falsa bañando sus ropas y su cuerpo. Ahí podían pasar una de dos cosas, o el conductor bajaría a asistir al herido, o se detendría para llamar a una ambulancia desde la cómoda seguridad de la cabina de su automotor.

– ¿Y si no se detiene? – le preguntó Amaia a Tiago y esperó una respuesta que él no se molestó en dar.

Fuera cual fuera el caso lo siguiente que pasaría serían ellos dos irrumpiendo en la escena con las máscaras que más tarde las Mentes Maestras les darían y su tarea sería la de distraer al conductor, quien ya shockeado con la visión de un muñón sangrante no sabría que ocurría cuando dos enmascarados empezasen a contenerlo y zarandearlo gritándole para, con suerte, así lograrían que escapase aterrorizado. Mientras la China y el Chivo llegarían por detrás con un auto donde guardarían algunos botellones para que pudiesen retirarse a la casa del Manco a celebrar con unas buenas copas de agua y quizá algo de vino.

A las seis y cuarto aparecieron las Mentes Maestras con dos pasamontañas y dos coloridas máscaras que le pasaron a Amaia y Tiago. Ambos bufaron al reconocer a los personajes de historietas en ellas y se quejaron por un rato pero no pudieron rebatir la lógica de que si al final los atrapaban podían alegar que no estaban en confabulaciones con ellos y que solo jugaban como una linda pareja de tortolos enamorados que se dedican a las estupideces que se disfrutan en el amor. El Chivo ya estaba con su pasamontañas tras el volante de la peta gris en la que cargarían botellones para poder sobrevivir cuantos meses pudiese durar aquella maldita sequía y la China lo tenía puesto a medias mientras que la calle desierta era testigo del Manco echándose en el asfalto con la sangre falsa haciéndose un charquito debajo. Coordinaron los últimos detalles y hubo una última llamada a la cordura que nadie escuchó ni nunca recordaron quien la hizo. El auto con dos de las Mentes Maestras se marchó y ellos se sentaron a esperar el camión. Tiago miraba la máscara de Iron Man en el rostro de Amaia, lo extraño de su cuerpo menudo con el rostro de repente enorme, donde los ojos no eran más que dos rendijas que ocultaban bien esa mirada inteligente que mucho presentía sin necesidad de observar. Ella observaba divertida el extraño efecto de la máscara del Capitán América en el rostro de Tiago, la forma en que los ojos del muchacho brillaban ávidos a través de las cuencas de la máscara con lo que ella percibía como la ternura tonta de quienes albergan ilusiones y no saben cómo manejar el silencio en el que se recluyen con tantos estruendos. Quiso alejarlo de su vida tanto como deseó saber una forma en que las cosas pudiesen calmarse lo suficiente para que pudiese reparar los surcos abiertos en aquel día colmado de osadías, sorprendida por un camión llegando a contraluz del atardecer con una entrada musicalizada por los gemidos falsos del Manco y el rumor suave de un motor de una peta detenida a lo lejos. Miró el reloj e su celular, faltaban veinte minutos para la supuesta llegada del objetivo y un mensaje de la China, atenta con binoculares en la peta, le advirtió que aquel era un camión de otra cosa, forzando a todos a esconderse con la adrenalina alta esperando a que pasase el camión intruso y retornando a sus puestos cuando faltaban solo quince minutos para la llegada del objetivo. Entonces Amaia escuchó otro sonido familiar pero que de alguna forma tuvo un tono diferente.

– Eres una jodida, – comenzó a decir Tiago con el rostro semi escondido por la reveladora máscara del Capitán América –, eso es lo que me gusta. Te pienso así, por lo menos. Como una inquieta, inconforme, como alguien que sabe ser despiadada por lo que quiere sin nunca dejar de ser considerada. – hubo una pausa que Amaia sintió prolongada pero que en realidad no duró casi nada – Supongo que lo digo por tu manera de, a veces, acaparar a las charlas o las personas, aun no sé cuál. Esa tu forma en que me agarrabas y exigías toda mi atención, o quizá de plano era yo el que te la daba sin pedir nada a cambio. Ya no lo sé. Pero estoy seguro de que en esas charlas era imposible no darte mi atención, solo para escuchar con detalle tus argumentos que no se dejan callar por los peros y elevan esa tu voz medio ronca con tono de estar diciendo algo obvio, casi como si en tu cabeza la iluminación fuera ese paso que nadie quiere dar por mucho de que fácilmente podrían hacerlo. De entrada eso me atrajo a ti, de una manera distinta a las veces que te miraba de lejos y solo podía darle un festín de todas las correctas estéticas a mi mirada con tu presencia de punkera convertida al misticismo urbano. De lacaniana orgullosa pero insertada en la lógica simple de la civilización.

>>Eso del festín de mi mirada – Tiago interpretó el silencio de Amaia – fue antes de conocernos, cuando apenas nos saludábamos como meros conocidos, ni siquiera cuates. Tú tenías un chico alto y guapo que te seguía por todas partes. Yo estaba emparejado a una mujer maravillosa. Estábamos ocupados, pero nada de eso evitó que me fijase en esos tus irises medio claros por ese efecto del delineado, que también agrandaba las proporciones de tus ojos hasta el punto de hacer gigante tu mirada,  tu pelo castaño teñido de rojo resultando en un exquisito naranja recogido en una cola que funcionaba como una flecha perfecta hacia esa tu otra cola, la redondita y admirable que cubrías con calzas apretadas que le daban un aire sensual a tu aspecto de roquera empunquecida, de fresa rebelde y elegante. Eso fue lo que vi, eso fue lo que me hizo mirarte, aun a la distancia, y dar un silencioso gesto de aprobación que se juraba pasajero. Cuando te reencontré ambos estábamos solteros y un grupo de amigos en común nos puso en los mismos lugares y charlas que cualquier otro habría aprovechado para conquistarte o, por lo menos, encamarse contigo. A mí me habría gustado encamarme contigo, me encantaría ser así de osado, quizá entonces solo habrías sido el recuerdo de una noche de cachonderío, ese lujo que pude haber tenido encima, debajo, al lado mío, pero me colgué en estar demasiado absorto por probar el misterio del sabor de esos labios tuyos, amasar esas nalgas que llamaron a mi deseo aun en los tiempos cuando era el dichoso habitante de un romance que cambió mi vida. En lugar de eso me convertí en un amigo más, en el espectador de tus soliloquios sobre tus ires y venires, impaciente público de tus romances y complacido oyente de tu vida. – Amaia no evitó lanzar una compungida mirada que Tiago no pasó por alto pese a la máscara – No puedo quejarme, aun si ganas no me faltan, más que nada porque lo cierto es que el deseo era profundo y apuntaba a algo parecido al enamoramiento, pero al que le faltaba algo para calzarse semejante nombre.

>>Nos hicimos amigos y te vi en otras facetas, hasta me tocó soportarte cuando me tratabas de emparejar con tu amiga, que no es que no me guste pero es que no sabía cómo decirte que por mucho que me gustase me gustabas más tú. Ahí empezó ese mi alejamiento en cámara lenta, el exilio que me di de las tierras de tu mundo, renunciar a buscar un romance contigo, pese a que me moría por ello, a que hacía rato que no me enamoraba, pese a que me fascinaba pasar tiempo contigo y no me importaba que era obvio que no existía ningún tú y yo. – desde la mirada de Tiago solo podía verse el rostro de Iron Man petrificado – A la mierda, yo era el que me dejaba acaparar. Disfrutaba esa tu histeria rampante, la buscaba de repente y así ahondaba esa sensación de que me enamoraba de ti.

>>Mi error fue hacerte caso. Creo que fue la segunda vez que hablamos, cuando me dijiste que lo tuyo no eran los tipos como yo y, no sé porqué, no tuve más remedio que aceptar la cómoda excusa de tu rechazo, uno previo a cualquier movida mía, uno que me salvaba de arriesgar tu presencia en mi vida. Y, claro, ahora me pregunto ¿Para qué? ¿Para qué tenerte de amiga si ya tenemos más amigos de los que necesitamos? ¿Para qué sostenerte en mi vida si vas a ser un anhelo más? – Santiago notó el silencio e imaginó una suerte de incredulidad en las expresiones de Amancaya, aun si no supo decir si era por su repentina desenvoltura con las palabras o el terrible momento en que elegía incurrir en la verdad – Hay cierta ganancia en ello, porque a través del ego se siente como una ganancia mediocre. Bueno, de todas formas, la cosa se reduce a esa pregunta que nos hacemos los cobardes cuando llegamos a alguno de nuestros muchos colmos: ¿debería seguir o busco algo nuevo de lo que escapar? Y créeme que tengo todos los caminos disponibles, varios destinos a los que huir y no voy a mentir – el cielo, cada vez más naranja, brillaba con intensidad, faltaban cinco minutos para la llegada del camión según el reloj interno de Amaia – la verdad es que estaba haciéndolo hasta que llegó esa cerveza. Una que compré para combatir el re maldito calor de esta temporada, helada por días en el olvido de mi refrigerador y su páramo desolado de platos fríos, restos de un almuerzo que recalientas hasta que renace como cena. La abrí en plena mañana de sol y descanso, de entrada me quedé hipnotizado por el vapor del frío como neblina ascendiendo hacia esa mi mirada que se clavaba en la piscina de las sensaciones que era yo en ese momento. La primera probada de esa cerveza heló mi pecho mientras descendía por mi garganta hacia el estómago y la sensación de frescura me noqueó inmóvil por un rato. Inmediatamente pensé en ti. Me quedé colgado de tu memoria mientras me bebía esa cerveza. Pensé también en el romance, en las películas, en el sabor de la comida cuando tienes hambre y la sensación que cada quien tiene cuando le creen una mentira. Y entonces lo supe. Te supe como ese aire con aroma caótico que mis pulmones desean encontrar.

Callaron. Los rumores de la ciudad estaban apagados, el Manco aguardaba callado y el único ruido era el naranja chillón del atardecer, que ya empezaba a teñirse de nubes negras.

– No me hagas caso. – prosiguió Tiago – Te lo digo porque es verdad pero también porque quisiera llamar tu atención. Quizá es porque estos últimos días me han llegado otros aires de los alientos de otras mujeres, diferentes las unas de las otras y que han logrado despertar en mí el hambre de sus atenciones, pero con la mácula que le pone la culpa al apetito, con demasiados peros, nacidos de las mismas excusas que usé para alejarme de la posibilidad de lanzarme al vacío por la chance de salir contigo en un plan más romántico, más erótico, más lo que sea menos esta atracción pudriéndose en los anhelos de alguien que también le encanta tu amistad. Te hablaba de esa cerveza porque pensé en ti nomás de abrirla y verla tan mágica, tan fría, tan transparente pero insondable, deliciosa pero amarga, refrescante y embriagante, como algunos de mis momentos contigo. Pensar en ti fue un respiro a una angustia anunciada y procurada desde la voz de la neurosis desenmascarada, enfrentada a su mortalidad y al miedo hacia el inevitable olvido. Me calmó pensar en ti no porque seas la única redentora de mis días, o la mujer más hermosa jamás. Fue más por la sensación de la bebida fría embriagándome con el alcohol de sus venas líquidas y su sabor sobrepasando mis papilas, invadiendo hasta los surcos de mi cerebro. Estar con la mente enfocada en alguien normal que puede aplicar eso de la maldición de Ozymandias, quien con simplemente valerse de su lógica puede derribar a los más poderosos. Digámosle que un golpe directo al ego, como tus palabras irónicas y cargadas de esas ganas de joderme, de retarme y hacerme sentir dudas de mis propios pensamientos, como cuando quieres ayudar a los demás, como esa lástima tuya que evita que me mandes por completo al carajo. En fin, sé muy bien que disfruto de las dudas que me planteas y creo que por eso eres como un respiro, y también porque para mí había algo mal en la configuración de esos días en que andaba todo metido en ese estereotipado dilema de si la santa o la diabla. Porque ¿Cuál es el mejor pecado? ¿Corromper a la santita o dejarse corromper uno mismo? Contigo descubrí que esas posiciones son ficticias y que uno tiene que procurarse equilibrio, ese que une la lógica, la dinámica y los dilemas de la santidad con las sensaciones, el vértigo y el terror de la diablerie. Me reveló algo que tú siempre me andas diciendo: pensar está bien, pero sobrepensar ya es diferente. Y así fue como lo supe: respirar. Eso eres. Sí, eso es lo que yo siento cuando estoy cerca de ti. Y al final de todo, cielo mío – decía la voz de Tiago – qué extremo camino que seguimos, qué difícil es que logremos eso de tener una noche solamente para poder decirnos cosas que no sabemos y poblar este silencio con una guía confiable que explique qué es la vida, qué es este animal interno que te huele en los aires de su salvaje epifanía, con esa certeza de que nacimos para relatarnos historias temibles el uno al otro y saber que lo salvaje de verdad es no haber podido sacudir la luna de nuestros cielos ideales, habituados a las noches tan llenas de romance, ese único maestro de lecciones obvias y hasta repetitivas pero que traen un placer surrealista a quienes nos cegamos en su abrazo – concluyó con una sonrisa gallarda que la resolana no le dejó ver bien a una Amaia muda de la sorpresa cuyo rostro escondido por la máscara tuvo una expresión única que Tiago habría gozado observando.

No hubo mucho tiempo para sostener más el silencio. El camión llegaba de improviso, como si no lo hubieran estado esperando desde el momento en que la loca propuesta les sonó cuerda y fue vertiginoso el modo en que avanzó hasta tener casi delante suyo al Manco, deteniéndose para dejar salir al chofer apresurado por ver al herido mientras sacaba un celular de su bolsillo y marcaba desesperado, sin notar la peta que apareció casi silenciosamente por detrás, situándose de tal forma que la puerta del copiloto encarase el parachoques del camión. Para entonces el chofer ya estaba delante del Manco que aun fingía dolor y Amaia notó que de la peta ya bajaban la China y el Chivo lo cual la impulsó a querer saltar, viéndose inhabilitada por la pena que le daba causarle cualquier tipo de mal al pobre chofer, ahí todo confundido y con ojos de asustado, cada vez más cerca del fraude del Manco, generándole unas ganas locas de hacer ruido para distraerlo, traicionar a sus amigos y sus complots idiotas para continuar viviendo irresponsablemente y lanzarse saltando alrededor del Manco para que el chofer volviese de inmediato a su cabina y se alejase antes de que sucediese algo que le costase su trabajo, pero mientras pensaba en todo esto el chofer terminó su recorrido hasta el Manco y pronto notó el engaño, la falta de una herida en el muñón, la salsa de tomate cubriendo este y manchando la ropa del estafador y en fragmentos de segundo entendió que nada era lo que parecía, preguntándose si aquello era un atraco y, de serlo, ¿por qué alguien asaltaría un camión de botellones de agua? Retrocedió un par de pasos asustado en el momento que Tiago salió corriendo para situarse detrás del chofer y bloquear su paso al camión y así darles tiempo al Chivo y la China de robar su paso a meses de agua potable gratis. Amaia no tuvo otra más que seguirlo, aun si era para controlar que la situación no escalase a un desastre. El chofer los vio casi de reojo, sin atreverse a darse vuelta por completo, asustado ante los extraños enmascarados y la escena tan peculiar que vivía y le hacía sentir que los límites de la cordura desaparecían en la ciudad y que el miedo lo abordaba más y más, invitándolo al frenesí de pensar que aquellos maniáticos disfrazados eran los culpables de cortarle la mano a un pobre hombre que lloraba en el asfalto, ignorando en su agitación que ese falso cercenado fingía y que seguro estaban todos confabulados para asaltarlo, pensando con fervor en el revolver que guardaba en su maletín debajo el asiento de copiloto, saltando a preguntarse qué clase de bromistas enfermos ponían en escena algo como esa charada idiota de ¿qué? ¿Un asalto? ¿Un chiste? ¿Debía temer por su vida? ¿O solo por su mercancía? ¿estaba tan grave la situación del agua para llegar a estos extremos? Tenía que ser una equivocación, quizá los muy ineptos se confundieron y en lugar de asaltar el camión de algún banco fueron directo al que no tenía más que unas cuantas monedas en los bolsillos de su chofer.

Retrocedió otro par de pasos en ambas direcciones, como perro acorralado con la cola entre las patas y no animándose a mostrar los dientes. Pronto notó que ninguno de los asaltantes llevaba armas en las manos o los cintos y su reflexión le hizo recordar la navaja que llevaba pegada al cinturón gracias a un accesorio Victorinox comprado en dos cuotas motivadas por una paranoia extraña de hacía dos años. No prestaba atención a la voz distorsionada de la Iron Man cuyo tono conciliador se perdía en los ecos de la máscara, mientras que el fornido Capitán América se acercaba lentamente y el chofer, que siempre quiso ser un héroe para derrotar a villanos se repetía “hazlo” constantemente en la cabeza mientras sacaba a duras penas la navaja del cinto, empuñándola con manos temblorosas pero complacido con la reacción asustada que tuvo la Iron Man con todo su cuerpo y el rostro de pavor del Capitán. Nadie se movía. El chofer reflexionaba si lanzarse a dar un discurso acerca la valentía y la necesidad de soportar las adversidades de una ciudad que sufría una de sus crisis más fuertes, ahora totalmente convencido de que aquello no era más que el ataque inicial de una banda bien organizada de chiflados que iniciaría la guerra por el agua que llevaría a las ruinas a la nación. A veces pasa eso. Ves una parte de la ciudad en estado de frenesí y asumes que todos han enloquecido, sientes completamente justificado empuñar la navaja y correr hacia el único de los asaltantes que estaba solo, el mutilado de la sangre falsa que no parecía dar crédito a lo que pasaba y que, congelado sin respuestas, fue testigo de su propio terror mientras el chofer se lanzaba torpemente hacia él blandiendo una cuchilla corta en su mano pequeñita.

Amaia ahogó un grito. Por su mente pasaron varias películas con diferentes finales para semejante salto, en la mayoría de ellos el Manco terminaba muerto o gravemente herido con sangre real manando de su cuerpo cada vez más pálido, pero lo que pasó fue aún más delirante que las posibilidades de sus películas. No logró verlo muy bien y solo más tarde, tras pensarlo mucho, lograría rearmar la escena en su memoria, la forma en que el chofer inició su carga, la sorpresa en el rostro del Manco que no se movió un solo ápice, el grito chillón del chofer, su caída repentina y el palmazo sonoro de su cuerpo chocando contra el concreto; ella misma mirando a través de las rendijas de la máscara y encontrándose con un Tiago de rodillas en el suelo soltando la espalda del chofer, único culpable de su estrepitosa caída. Lo siguiente fue un sobresalto tras otro, el chofer quiso incorporarse y se dio vuelta con rapidez, con una mirada de cordero a punto de ser degollado fija en el Capitán América, procediendo a chillar como si estuviera a punto de llorar y con los ojos cerrados dio una estocada hacia Tiago, quien no tuvo tiempo de esquivar y solo pudo hacer un ademán pobre de protección poniendo ambas manos delante su pecho y recibiendo la cuchilla que atravesó ambas palmas y se quedó ahí trancada, bañándose en sangre, evitando que Tiago separase las manos mientras gritaba de dolor y el Manco empalidecía de todas formas. Entonces Amaia reaccionó al ver que el chofer empezaba a recobrarse de la impresión y se paraba trabajosamente, como si aquel chorro de sangre lo hubiese impresionado al punto de perder la vista o quizá solo hacía la vista gorda, que era bastante probable para alguien que parecía absolutamente sorprendido de sus propias acciones. Amaia se sacó la máscara, la lanzó al chofer para que la mirase y este se quedó quieto y silente ante la revelación del rostro de la Iron Man, su cara fina, sus ojos cafés, grandes y alargados coronados por cejas delgadas, el cabello naranja confundiéndose con los pocos retazos del cielo que insistían en ser atardecer y no convertirse en la noche, dándole un aire terrenal a la belleza obvia que por un rato lo pasmó y que lo dejó más aturdido cuando aquel rostro de cuerpo flaco y menudo habló con una voz que denotaba miedo y un dejo irónico, una voz algo ronca con ligeros dejos de un acento gaucho que le rogaba que se detuviese, alegando algo acerca líos legales y un abogangster de los tiempos del neoliberalismo que lo sepultaría  mientras, cerca de ellos, el sonido de una peta alejándose lo hizo retornar a la realidad. Derrotado, el chofer se sentó de golpe en plena calle y bajó la mirada y los tres cómplices aprovecharon el momento para escapar.

Tanto el Manco como Tiago corrieron sin dirección pero Amaia reaccionó mejor y los instó a seguirla, escabulléndose por un callejón cercano hasta un jardín de una urbanización. Se cubrieron de las miradas bajo un imponente sauce, el Manco sudaba y parecía descompuesto, con la sangre falsa dándole aires peligrosos y muy engañosos que podían atraer sospechas desagradables, un look que se complementaba con la cara colmada de dolor de Tiago y sus manos unidas por la navaja, su ropa manchándose con sangre y el rastro de la misma marcando los pasos del grupo hacia su paupérrimo escondite.

– Ya, calma. – dijo Amaia muy lentamente tras exhalar un profundo suspiro – Santiaguito ven, siéntate a mi lado, veré que tan mal están tus manos – esperó a que el adolorido muchacho obedeciera e inició un sesudo análisis del daño. La punta de la navaja apenas sobresalía por entre las dos palmas, separadas por una nimia distancia la una de la otra, con la herida limpiamente hecha en el extremo superior izquierdo de la palma, cerca al primer nudillo de la mano izquierda y del segundo de la derecha, la sangre de Tiago le manchaba las manos y la ropa, pero eso no importaba. – Tenemos que ir a un hospital. – concluyó sintiéndose como anunciadora de lo evidente.

– Ok, ok, déjame que llamo a los muchachos para que nos recojan en la peta y lo llevamos. – la voz del Manco sonaba a un vómito esperando a suceder.

– No – dijo Amaia taxativamente – estamos cerca al lugar donde todo pasó. Si ese chofer ya reaccionó y nos delató con la policía estarán buscando a la peta.

– No creo que el chofer los haya visto.

– Eso no lo sabes Manco, deja de discutir y ve a traer un taxi.

El Manco no dijo más y salió corriendo del lugar. Amaia ya no tuvo fuerzas de decirle que no actuara sospechosamente. En algún momento había anochecido y el cielo, ahora azul eléctrico ante los últimos resabios de luz solar, cedía a la fuerza de la luna llena que ya se mostraba en lo más alto. Hacía calor, o a lo mejor solo estaban acalorados por correr, por el miedo, por todas los atrevimientos de un solo día apelmazándose sin orden en el tsunami de pensamientos en la mente de Amancaya.

– Tranquilo, no se ve grave y en el hospital seguro lo cuidarán bien – Amaia se desesperó un poco con el vago asentimiento de cabeza que hizo Santiago. Le escocían las ganas de moverse, hacer algo para ayudar, quizá quitarle el dolor a Tiago, reprender a las dichosas Mentes Maestras y, de paso, reevaluar su propia sanidad mental ¿renunciar así como así? ¿participar de un asalto? En un inicio juzgó aquello como un pensamiento pueril de sus amigos que nunca pasaría al acto, pero a medida que el tiempo transcurría notó que, aun si solo por inercia, las cosas sucederían – ¿Cómo he dejado que esto pase? Tendría que haber detenido esta idiotez antes pero no los creí capaces, te juro que no – calló y miró la luna, siguiendo el ejemplo de Santiago, quien parecía casi ausente en su huracanado mutismo en el que, tal vez, escondía los quejidos por sus heridas – este Manco se está tardando ¿es muy fuerte el dolor? – Tiago asintió de nuevo con la frente perlada de sudor. Amaia tocó su propia frente y la descubrió seca – No sé porqué no lo detuve, el muy ridículo estaba ahí con su cátsup, papeloneando en la calle y… – se interrumpió sola con un trastabilleo de la lengua – …se me fue por completo.

“Claro” pensó “la confesión de este muchachito”. Asumió que ese era el motivo del mutismo de su amigo quien, de seguro, revolucionaba sus pensamientos alrededor de tamaño atrevimiento para alguien que pese a ser el más obvio, igual insistía en no ser honesto consigo mismo. De nuevo organizó sus pensamientos. Era un momento delicado, no tanto por la confesión como por las heridas en esas manos del baboso que seguía utilizando la máscara del Capitán América, quitándosela con ternura y dejándola a un lado para evitar mirar su rostro desnudo de frente y, sin querer, recordando que tenía las manos peor que atadas. Sintió una punzada de culpa a la vez que notaba la mirada de Tiago ya no fija en la luna sino hipnotizada en la cuchilla penetrando su carne. El viento empezó a soplar frescura que mitigó casi por completo el calor del ambiente, las ventanas de las casas decoraban la noche con sus luces prendiéndose de una en una, de dos en dos, de tres en tres y así hasta que la gran mayoría de la urbanización quedo iluminada por las estelas de estas luces color naranja, algunas blancas, para ser luego contrastadas por los postes estilizados a la antigua Gran Bretaña con que algún pretencioso arquitecto eligió para adornar las calles falsas del pequeño microverso que era aquella urbanización, cuyos miembros se sentían a salvo en la comodidad de sus mundos, poco conscientes que la seguridad ahí era tan basura que un trío de asaltantes noveles encontraron un seguro refugio en ella, dejando un rastro de sangre y todavía escondidos sin ninguno de los guardias de la misma descubriéndolos sentados bajo el voluminoso sauce. El ambiente de la noche estaba definitivamente hermoso cuando Tiago extendió las manos hacia ella y con la voz de pronto gruesa propia de un extraño pronunció con exagerada lentitud:

– Arráncame el cuchillo.

Amaia lo miró penetrada por el pánico para, inmediatamente, respirar y sentirse algo curiosa. La herida sangrante palpitaba frente suyo y el Manco que no llegaba, Tiago la miraba fijamente con sus ojos semi llorosos y entonces su propia mano moviéndose hacia el mango de la navaja para arrancarla de un solo tirón, tratando de hacer oídos sordos al inolvidable grito de dolor de Tiago, ahogado por el sonido de la carne y la sangre moviéndose violentamente ante la retirada del metal y la respiración de Tiago que se hizo jadeante, sus ojos brillando con las luces artificiales mientras la miraba intensamente y la luna se reflejaba en el sudor que cubría su rostro.

– Yo siempre ubico. No sé qué es pero siempre ubico y siempre caen. – escuchó Santiago decir a Amaia

Tiago aun jadeaba y movía sus manos lentamente para desentumecerlas mientras el aire de la noche infectaba sus heridas al descubierto.

– No. – la escuchó decir – no puedo, tampoco quiero.

Tiago cerró los ojos y asintió una vez más, a sus oídos llegó el rumor de Amaia sacando su celular y hablando con el Manco, incluso alcanzó a escuchar a este disculparse por la tardanza porque primero se había apresurado a recuperar la máscara de Iron Man de la escena del crimen y así no comprometer las huellas de nadie, solo para descubrir que ya no había rastro de movimiento alguno, como si la policía nunca hubiese ido por ahí, asegurándole desesperado que iba de camino en la peta con el Chivo y la China, a toda velocidad, surcando la noche, revisando Google Maps para definir la ruta más rápida para llegar a un hospital y así llevar al herido. Tiago abrió los ojos, miró a Amaia y sonrió con tristeza al notarla toda erguida con la luna de fondo, sabedor de que aquello era otra preciosa imagen grabándose en su memoria, esperando a ser olvidada.

(atrapado en una multitud sudorosa esperando a los Strokes durante una noche calurosa en Santiago de Chile)

Quiero un solo segundo sin tormento. Para poder perderme en tonos agradables y tararear canciones sin pensar en nada ni que nadie se acuerde de mí. Quisiera estar en paz con la tierra y el aire y así dedicarme a aprender a respirar sin necesidad de mis pulmones, o aprender a hablar con el cerebro apagado. Confieso que me deleito con el primer bocado de cada comida y la sensación  de un estómago lleno me hace sentir del mismo modo que de seguro se siente la gente que disfruta bailar. Me gusta escucharte hablar en esos tus tonitos tan propios de ti, la voz que nadie más que tú usa y los ojos entornados como globo perdiéndose en la vasta maravillosidad del cielo, ese océano que no nos empapa. Me hace feliz cantar con toda el alma y perderme en esos mis gritos de angustias, que a lo mejor son hasta tontas pero que son tan mías que nadie más entiende a la perfección suficiente como para divertirse con ellas.

Odio varias cosas pero me encanta odiarlas, mirarlas desde arriba y creer que puedo despreciarlas tal como yo a ellas puedo importarles muy poco. Cuando me deprimo vuelvo a tener 16 años, en esos tiempos en que me perseguía lo inevitable de la muerte y guardaba toda mi furia que de todas formas salía a borbotones pese a la represión a la que la sometía; quizá por eso es que adoro la percusión en casi cualquier canción, pues la rabia reprimida sale mejor pretendiendo que golpeas con las baquetas esa enorme batería imaginaria. Detesto al olvido, porque hacia allí todos nos dirigimos y por lo mismo me gusta sentirte encima mio, o a lado, debajo, desnudos, vestidos, virtuales, tú elige, pues en mi subjetividad son momentos infinitos en que miramos al cielo púrpura y recordamos que un día vendrá alguien más joven que nosotros a enseñarnos a mirar lo que hoy nadie puede ver. Y es jodido porque ese día llegará mientras yo te espero con esta impaciencia que detesto con la misma intensidad que la mantiene nutrida y que tantos sinsabores me ha traído. Me gusta lo intenso ¿qué puedo decir? Me hace sentir vivo, me acerca a ese límite mortífero que otros encuentran en el vértigo o la adrenalina.

Prefiero a los perros que a los gatos , y eso que los gatos son bastante importantes en esa alegoría odiosa de mi corazón. Adoro mi flojera pero me quita muchas oportunidades de robarle vida al tiempo, lo cual me deja con la misma sensación de recordar a mis muertos, esos amores agridulces que un día fueron  pero que ya no pueden ser más. Adoro mirar la luna y extraño a todas mis mascotas y, de nuevo, a mis muertos, tanto los que se marcharon al olvido como los que todavía respiran. También adoro los atardeceres, la noche, el frío y la luz del sol a las 9 de la mañana. Tengo un fetiche por la imagen y los colores intensos y me presto la música para expresar lo que siento, tal como me valgo de series y películas para escapar a una ficción ajena a la mía y así no pensar mucho en ese yo que tanto me aburre a ratos por el excesivo tiempo que pasamos juntos. Me gustan tus ojos y la forma que sonríes con ellos, me gusta que cuides a la gente y que entiendas que yo también tengo a mis amigos y amigas a los que amo más de lo que imaginamos. Me encanta hablarle a los perros porque no tengo que mentirles, porque no entienden y solo sienten, y si entienden pues yo no lo entiendo y estoy bien con ello. Soy capaz de callarlo todo pero también de hablar hasta lo que menos me conviene. Y por eso me matan los silencios, porque tiendo a ser muy partícipe de ellos.

El momento en que menos existo pero más vivo es cuando me pierdo en escribir. Para mí es jugar a ser dios saliendo de mi ficción, o más bien expandiéndola hacia allá donde se pierde la humanidad, el reino de lo incomprensible, esos lugares en que lo que me gusta no es mas que otro parpadeo momentáneo en un perpetuo donde nada dura. Me gustan las cosas que me hacen mal pero le tengo miedo a morir, me molesta lo excesivamente normal que soy pero me encantan los giros oscuros que mi mente puede dar, esos pensamientos a los que pocos se animan a entregarse por alguna suerte de sentido moral o, peor, sentido común. Me gustaría que estés acá y contigo un tropel de las personas que más quiero, todos riendo y comiendo y actuando como hobbits y yo a un lado fumándome mi pipa mientras me pierdo en las formas del humo contra el cielo del anochecer y los débiles resplandores de la sombralunar mientras te ansío cerca y no tengo más que pararme para estarlo. Y de la misma manera podría reírme de idioteces con mis amigos y escuchar sus sufrimientos angustiándome por tratar darles de mi querer porque eso igual me gusta, aunque suene peculiar. Añado que amo a mi madre y a mi padre, amo a mis primas menores y a mi gata. A los demás o los quiero o se han dejado olvidar. Muertos vivientes, ya lo dije.

Me intimida la gente linda pero me gusta mirarlos y mirarlas, preguntarme qué sucede detrás de sus miradas, sus rostros bellos, sus cuerpos irreales y me es muy molesto cuando descubro que son feos por dentro. Arruinan el momento. Y eso es porque a veces verlos es como mirar los colores de un atardecer, los ojos de un perro o un paisaje iluminado de una manera precisa, es mi forma de homenajear a ese momento llamado estética, la apreciación de la belleza momentánea que se pierde en el fluir del tiempo. Ese tiempo que nos consume, que se lleva nuestra salud o nuestra belleza y la transforma en otro tipo de belleza, o que nos amarga, nos ve intentar hacernos felices, darle un sentido a ese fluir eterno del que nadie escapa, nos ve fallar y escucha como algunos llegan a culparlo de nuestra irrelevancia en la existencia mientras algunos otros tratamos de sonreír con el poco sentido que podemos procurarnos. Así que admito que no me gusta la poesía pero sé reconocer a un buen poeta cuando me golpea en el rostro con sus versos, pero ni a golpes comprendo a los que les gusta el cine de terror o el picante. En cambio me saco el sombrero imaginario por aquella gente que baila y cocina, me embeleso con las voces bellas y las actitudes positivas pero tímidas en su optimismo. Quizá porque soy más de gente fatalista, pesimistas o, mejor aun, absurdistas que sepan que nada de esto tiene el más mínimo sentido y que solo podemos mirar a donde sea que queramos y creer lo que mejor le vaya a nuestros vacíos.

Me pregunto cual será el comienzo del olvido. Lo hago mientras noto que me gustas más y más, aceptando que quizá lo nuestro no sea más que otro parpadeo en la eternidad o, lo que es peor, un parpadeo en nuestras vidas. Me consuelo respirando y recordando que, por ahora, no existe otra cosa más que este presente en el que no quiero dejar de mirarte. Entonces me loqueo y escribo, escucho canciones que hablan acerca lo que consume a mi alma en silencio, me pudro en rutinas de no alarm and no surprises hasta que rompo con lo mundano y me escapo a algún viaje hacia cualquier tipo de lejanía donde siempre termino por encontrarme porque no me puedo dejar en paz. Y, de nuevo, despierto entre la gente que amo y la que odio, los que no tienen importancia y los que sí, me exprimo los sesos y les doy valor, los dejo poblarme sin envenenarme y retorno a disfrutar en ese momento en que admito que siempre he preferido la soledad, aun si la alternativa no me suena mal.

Empecé mi año viniéndome dentro la esposa de uno de mis mejores amigos, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. No diré que no me moría de ganas de meterme entre sus piernas, pero tampoco quería dejar posibles evidencias que señalaran mi total e inequívoca culpa en todo el asunto. Soy de esos que lanzan la primera piedra y con la misma mano niega haberlo hecho, solo para poder lanzar un par de piedras más. Señoras y señores, soy el único culpable de mi propia autodestrucción. Si de pronto me abandoné al orgasmo fue más por susto que por saña, cuando los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año me sorprendieron intentando retrasar mi corrida pensando en cosas aburridas como las matemáticas, ir a la iglesia o las resacas que le siguen a toda borrachera; tarea difícil cuando todo me excitaba tanto. Supongo que lo necesitaba. No. Lo necesitábamos. Todo, pues. El encuentro fortuito, la excusa de la festividad, la ausencia no solo del marido sino de las preguntas, la ilusión de que el mundo no es una jungla, el whisky, el singani, la cerveza y el fernet, la presencia de otros, cómplices de los albores de nuestro pecado, además de la mota redentora, patrocinadora de charlas diferentes y sensaciones más profundas que en un punto nos evidenciaron como coquetos culpables de querer hacer algo perverso con nuestras vidas. Finalmente estábamos haciendo algo para no sentirnos tan dentro del pozo de mierda en el que jurábamos que estábamos. Ella frustrada por un matrimonio difícil, por un rato liberada del bebé que le robaba la juventud, yo en lo más bajo de un autocompadecimiento injustificado por la muerte de mi madre que no lograba sacudirme ni con las verdades más crudas siendo dichas en mi cara. Me dolía el pasado, me dolía que la gente se alejase o que muriese o, peor aún, que quedasen muertos en vida. Me sentía una piltrafa humana incapaz de nada y temeroso de todo. Ella también, pero de otro modo, uno que yo no alcanzo a entender pero que intuyo terrible y difícil de aguantar, aunque al final ¿qué clase de sufrimiento capaz de dejarte muerto en vida es fácil de soportar?

No era fea, al contrario, era de esas guapas que han perdido lustre a fuerza de una rutina que no supo controlar. Tenía veintitrés cuando tuvo a su hijo y no supo bien en qué momento terminó casada, cada vez reconociendo menos al novio en el esposo, ansiosa de ser notada pero apenas pudiendo encontrar su golosa belleza en el espejo donde una mujer cansada le devolvía la mirada. Aquella era su noche, no la mía. Los tragos, los otros presentes, la mota fueron las excusas que se fue consiguiendo para hacer caso a un juego de miradas que ya teníamos instalado en nuestras interacciones desde hacía rato y aquella era, justamente, nuestra chance de medir la profundidad del pozo con ambas piernas. Yo buscaba morir, ella sentirse viva, yo quería terminar de condenarme y ella solo deseaba darse una chance más. Desnudos en la cama matrimonial, la ventana semi abierta nos traía los nada silenciosos rumores de una noche de año nuevo, la penumbra del cuarto se compensaba con el brillo lunar que parecía inundarlo, en el suelo estaban nuestras ropas encima los juguetes que su hijo dejaba regados por doquier, las puertas abiertas del armario mostraban la ropa del matrimonio mezclada en lo que solo podía ser una fuente de constante discusión, y desde la cómoda me miraba una foto de ella con esposo e hijo en un parque, los tres sonriendo ampliamente y yo sudado y jadeando que miraba esa foto y me preguntaba cuánto de esas sonrisas era real. Aquella sonrisa paupérrima nada tenía que ver con la sonrisota que plantó antes, durante y después del coito, ni con la simpleza con que me dijo “que no se haga costumbre, pero de vez en cuando no estaría mal”.

De acuerdo. La corrida dentro no fue tanto un accidente como un “dejarse-llevar”. Ya lo dije, estaba buscando destruirme la vida porque no podía tolerar que las cosas tengan un final. Suena estúpido y de repente lo es, no lo sé. Poco me importaba que mi sufrimiento estuviese justificado, lo único que parecía importar era que ese sufrir era mío  y a los demás no les tocaba sentir lo que yo siento. Contaminado de una miseria rencorosa, anidada por años en mis delirios donde maldecía la negligencia de mi familia después que murió mi mamá, me metí a seducir a la esposa de mi amigo para quemar las últimas naves que me quedaban. Nunca esperé que me siguiera el juego, aun menos que lo llevase a otro nivel. Si yo le robé el primer beso, ella me robó los siguientes veinticuatro, si le besaba el cuello, ella me arrancaba la ropa y ya con el mero entusiasmo se ganaba los puntos que en secreto solemos dar. Para cuando mi osadía solo alcanzó a poner una mano en su muslo, la de ella me contagió hasta que de mí vino la iniciativa de penetrar. Y lo digo así de crudo no para provocar escarnio ni motivar a los histriónicos a indignarse por cualquier motivo que alcancen a inventar, en esa su intención chueca de cubrir sus propios ascos. Lo digo así porque eso es lo que yo quería: penetrarla sin limitarme a lo carnal. Como dije, era una guapa sin lustre pero guapa de verdad. Ya sus ojos me llamaron desde un inicio, el día que la conocí, pero sus otras partes las fui notando a lo largo de los años hasta ese momento en que la vi como una preciosa región extranjera que yo ansiaba conocer y explorar. Notarlo logró que algo más que mi hombría se levantara, algo que no es difícil de nombrar pero sí de explicar. Era como un empujón, un vértigo fascinante que de seguro sintieron los herejes al morir gritando su verdad. No estaba exento de culpa ese algo, ni se olvidaba de mi deseo de autoperjuicio primordial, pero tenía una cosa más que conocía de antes pero que no alcancé a calcular. Ni bien estuvimos enredados en besos, abrazos, caricias y jadeos, noté como ella se mordía los labios al pedirme que ya de una vez entrase con un tono y una cara que me pusieron más duro de lo que jamás pensé que podía estar, y en ese instante mágico hizo contacto nuestra genitalia y ¡voilá! Que me descubro no sólo tirando con quien no debía sino disfrutando del placer con que ella se conducía, que ya al final es lo que más me convenció. El olvido absoluto de todo lo que estuviese “más-allá” de nuestro momento procaz. Gemía, cabalgaba, elevaba las piernas, sudaba pero no me dejaba alejarme del calor del abrazo que nos unía, ponía expresiones, además, que me volvían loco. Una sucesión de micro expresiones, en realidad, que empezaban en la sorpresa, se transformaban en arrepentimiento, seguidos por una mueca de dolor, otra de placer, de ahí su rostro mostraba la inefable cara del placer doloroso, el rostro de la calma tras la revancha y, solo entonces, volvía a la sorpresa como si nunca se hubiese movido de aquella expresión tan bien ornamentada por sus ojos grandes y azules que le daban candorosidad a un momento que lo era todo menos candoroso. Y me gustaba tanto que  quería más, no solo del placer enorme que me estaba brindando sino de la sensación triunfadora de estar reviviendo a una muerta desahuciada, la inevitable impresión de estar haciendo algo bueno mediante algo ruin y, claro, la ironía y colmo de mal villano que termina salvando a la humanidad. Se sentía bien, no puedo negarlo y hasta me entran tentaciones estúpidas de describir cada etapa de mi placer…pero ya para qué, no tiene mucho sentido. El punto es que aquel bienestar momentáneo me daba excusas para creer en algo de redención. Quería yo quemar las naves pero nunca había pedido el milagro de una isla para ir a naufragar. No deseaba salvarme o esconder mi condición canalla, ni quería excusas para sentirme bien, solo ansiaba que alguien me terminase de crucificar. También por eso le dije que no tenía condones y ni siquiera pedí disculpas cuando descargué a mis probables hijos dentro suyo, solo seguí hasta que descargué muchos más, motivado por este bien que, sin querer, le hacía y este mal que yo, muy a propósito, me deseaba causar.

Aun sacudido por el shock de esa sensación misteriosa me largué a caminar por la ciudad, sin rumbo ni objetivo. Mi entrepierna se sentía especial, mis dedos olían a su sexo, tenía el sabor de su saliva en mi boca y aun temblaba ligeramente de la sensación dejada por el orgasmo y los recuerdos de esa intensa madrugada. Ni ella ni yo nos recuperábamos de inmediato, sino que nos tardábamos lo necesario en disfrutar el reencuentro con el placer. Había algo renovador en mancillar algo tan puro, algo fresco en creerla ingenua y sentirme el maldito que le venía a arruinar el candor. De pronto me sentía vivo y aun más porque se notaba que a ella no le molestaba mi mal llamada conquista de su inocencia. Vivificar era la palabra precisa de lo que yo quise hacer por ella y que ella terminó haciendo por mí. Nos vivificó a los dos con su osadía de frustrada y hasta me ayudó a darme cuenta que también mientras uno muere puede atreverse a vivir un poquito más. Se sentía bien eso de haber logrado que haya menos mierda en el pozo de otra persona, más todavía porque entre las ganancias estaba mi placer tanto físico como mental, en un trato en el que pensé que lo único que ganaría sería abandonarme a la villanía y ya de plano mandar al garete todo aquel intento de redención que pudiese elucubrar. Lo cierto es que me convencí de su candor solo para recordarme que todo eso estaba mal y no perder el rumbo hacía la muerte, el destino final. Pero soy un mal suicida, me perdono antes de saltar, me da un hambre tremenda cuando estoy por disparar el caño en mi sien y hasta me enamoro cuando la horca ya está ejerciendo presión en mi garganta. Claro que, no me enamoré de ella, ni ella de mí, tampoco quedó embarazada de ningún hijo mío. Supongo que cuento todo esto porque creo que sin ello nada de lo demás hubiese sido posible. No olvidemos que estaba cuesta abajo y que ninguna cogida, por magnifica que sea, cura todos los males, mucho menos soluciona problemas. Si por un rato había podido escapar a un lugar maravilloso, la realidad empezaba a perseguirme con todo y hedor. El paso de las semanas no trajo nada más que los mismos problemas y los mismos dolores repitiéndose, con breves escapes morbosos donde me jodía un poquito la vida de la forma que pudiese, más que nada rondando antros y otros calurosos hogares putativos, silencioso reviviendo la gloria de aquella vivificación que le devolvía frescura a mi cuerpo. No había vuelto a ver a la esposa de mi amigo pero ganas no me faltaban de repetir esa combinación de suplicio culposo que se goza a sí mismo y hasta se cree salvador. ¿No es culpa de él por no hacerla feliz? ¿No es santo quien cura el sufrimiento aunque sea por un rato? ¿Qué no un tango lo bailan dos? ¿Cuál quería ser yo, entonces? ¿El bailarín? ¿La bailarina? ¿El fisgón? Con preguntas parecidas intentaba justificarme nuevas visitas cuando, en los baños de un bar medianamente decente, me topé con una gótica de venas bien abiertas y tirada sobre un retrete desde donde abandonaría la mortalidad.

No puedo explicar lo que hice, no puedo explicar nada en realidad. Mi primer instinto fue el de cubrirla con mi abrigo, el segundo fue el de jalarla fuera del lugar. Sin correr ni apurarla, ir casi con calma, sosteniéndola del brazo para que no se cayese, dejando un rastro de sangre en el camino al hospital, dándole instrucciones que ella cumplía mansamente, quizá un poquito más allá que acá, y disfrutando del modo en que eso resultaba atractivo para mí ¿qué mejor vivificación que la que, de paso, evita que la afectada se mude para el otro lado? Le pregunté su nombre mientras caminábamos y murmuró Alicia, le pregunté su edad y me agradó enterarme que teníamos la misma edad pues, al final, nos gusta saber que alguien más está en el agujero a las mismas alturas de la vida que tú. Consuelo de tontos pero consuelo al final, y es que en situaciones como las nuestras cualquier consuelo es oasis. “Si los suicidas dan el último paso”, le dije mientras caminábamos al hospital, “es porque ya perdieron la perspectiva de cualquier consuelo, no les alcanzó la creatividad para ver una salida” y ella me observaba desde su obvia convalecencia con una mirada que, debo admitirlo, me ayudaba a respirar. Tenía aspecto de camorrera derrotada, de reina en exilio, de junkie emputecida y acabada, sin otra esperanza que de una vez irse a donde ninguno de nosotros la juzguemos ¿qué hacía yo vistiéndome de salvador de lo que, a todas luces, parecía un caso perdido? ¿la salvaba de un posible desfavorable juicio divino o me agenciaba puntos con cualquier dios en las alturas? No parecía, ella, una persona sencilla, pese a que la primera impresión era el juego oximorónico entre su aspecto tierno y su estilo gótico que le daba aires sensuales. Ahora que lo pienso, parecía un dibujo de Dean Yeagle. Las proporciones, las expresiones, hasta por las situaciones en las que se metía. Le faltaba el pelo rubio y el schnauzer tierno que propicia el accidente sensual pero inocentón. No podía evitar mirarle las piernas enmalladas, el corsé que apretaba la generosidad de su pecho, el negro intensificando el color de su piel y el de sus ojos ¿qué clase de salvador considera a una casi muerta como posible tire de una noche? ¿los puntos ganados por la buena obra alcanzaban a compensar los perdidos por los puros malos pensamientos? ¿es más pecado actuar que pensar, o ya desde el pensamiento estás condenado? No me fue difícil decir que yo era su primo hermano, ni siquiera me pidieron identificaciones, de pronto ya tenía permiso para quedarme en el cuarto que compartía con una viejita loca y un señor con quemaduras de cuerda en su irritado cuello, todos internos de un destartalado hospital. Eran compañeros de cuarto discretos por el día, inmersos en silencios imposibles que Alicia ni yo podíamos soportar, pero que agradecíamos porque camuflaban con su estruendo el propio del silencio que había entre ella y yo. Por las noches era otra cosa, si al principio pensé en la noche como el único momento donde podía pasarla dormido, evitando el angustiante silencio cómplice de no explicarnos qué hacía cada uno todavía acá, tanto la viejita con sus gritos roncos y agudos pidiendo que la dejen escapar, como los sollozos desgarradores que el don ese quería atenuar con la almohada, nos quitaron el sueño y pronto las noches se volvieron el escenario de charlas incómodas que intentaban no hablar de nada que no fuese superficial.

¿Qué tantas cosas nos perderemos por sucumbir a la tensión sexual y qué tantas otras perderíamos si no existiese tal cosa? De nuestro primer encuentro me llamaron más sus ojos moribundos que la sangre sobre los azulejos, y más me detuve a disfrutar del fetiche de sus ropas de gótica que a preocuparme de su fuga suicida o de estar en la rara situación de poder ser el testigo de un estertor. Creo que lo que me movió, y lo que tardé una semana de silencios en el hospital para confesar, fue que si la salvé era porque en medio de su agonía y desesperación tuvo el humor suficiente de mirarme a los ojos y decirme “¿qué quieres, buitre? ¿No vas a esperar a que me muera antes de penetrar?” con una sonrisa irónica y hasta trágica que me hizo excitar. Algo de mística hubo en que dijese “penetrar”, algo que me hizo querer creer en el destino por la rara coincidencia de que supiese justo la palabra tan pensada mientras traicionaba la confianza de mi amigo, incluso me fascinaba que hubiera reconocido al carroñero en mí sin mayor problema en semejante situación. Era el destino, pues ¿qué otra cosa podía ser? Cuando al fin se lo dije sonrió y me dijo que me podía quedar y, bueno, ¿ya para que pelearla si hasta mi instinto me empujaba hacia allá? Ni modo que niegue mi naturaleza mal agüera, o tenga reparos cuando igual yo me pensaba matar. Hay que ser buitre nomás.

Desde ese momento empecé a notar otras cosas. De pronto los silencios matutinos y el infierno de las noches en el hospital se convirtieron en un remanso de confidencias que Alicia y yo, de un momento a otro, comenzamos a disfrutar. No nos decíamos nada importante, solo anécdotas tontas como la primera vez que bebimos, nuestros colores favoritos y otras idioteces como nombres de nuestros primeros y últimos todo, intentos muy pobres de describir sabores sin usar los adjetivos usuales o largas y detalladas descripciones de nuestros paisajes favoritos. Creo que estábamos buscando los extremos históricos de momentos memorables, la clase de preguntas que un suicida le hace otro para enterarse de los pequeños consuelos con que alimenta sus excusas para quedarse un cacho más. Fue así que descubrí que el mérito del salvador no está en llegar para arreglar el día, sino en saber cuándo hacerlo. Alicia tenía otro montón de problemas en su propia vida, que yo no alcanzaba a intuir. Una historia complicada, llena de excusas válidas para sentirse mal, aun si según ella lo que le dolía era que nada de la terrible tragedia que asolaba a su familia la lastimase de verdad. Un accidente de avión, un aterrizaje forzoso, un par de fierros fuera la garganta de papá, hermano, hermana, tíos, primos, y hasta una de las abuelas. Una tragedia griega, un festival de lágrimas donde sólo faltó que todos se tirasen a los féretros para que el asunto adquiera más melodramatismo y de una vez enterrar a la familia apestada con el hado maldito de mortandad. En todo caso, más de lo que Alicia estaba dispuesta a soportar. Lo que me dijo que le jodía era que de pronto su desgracia ya no era privada sino que estaba en todas partes y a la vista de los demás. Incuso yo recordé que había leído algo sobre la tragedia de los Saenz Valdivia; las muertes trágicas, la viuda inconsolable, las dos hijas que quedaban, una muy infanta, la otra Alicia, los lamentos por la muerte de tan magnifico empresario como fue el padre y el pronto cobro de deudas que dejaron a los Saenz Valdivia sin propiedad privada donde morirse, todavía debiendo, además, un poco por las deudas secretas del padre y otro poco gracias a todos los fastuosos entierros que quizá nunca alcanzarían a pagar. “Jamás entierres a un muerto con lujo” me repitió con asco en el rostro, Alicia, mientras la viejita gritaba “háganme caso, por favor” con tono entre caprichoso y asustado. La luz naranja apenas iluminaba las penumbras, poco se podía ver de las sonrisas tenues de Alicia pero desde ya supe que por esa pata coja era que la llegaría a atrapar, si quería vivificarla tenía que ocuparme de esa herida gangrenada que ella se negaba a mirar, ser el único responsable de apretarle sus pústulas, tragarme su pus y así convencerla que yo era un buen carroñero, que tras comérmela la iba a resucitar, no como todos esos abogados y cobradores que enloquecieron a su madre y le robaron porvenir a la hermana infanta que no veía hacía meses y de la que no quería hablar.

No quería hablar de nada, en realidad. Parecía que solo deseaba sufrir en silencio y sin que nadie la molestase. Excepto yo, no tanto porque lo permitiera ella como porque me lo permitía yo. Si me distraía en considerar sus opiniones era porque estaba buscando la mejor forma de vulnerarla. Su empecinado silencio me enseñó que provocar a que se enojen de inicio es un lindo atajo para resolver las cosas de una buena vez y que nada es mejor que los roces como para hacerle recuerdo a alguien de que todavía vive. Hay que recordarle a la muerta en vida que sus huesos aún tienen algo de qué temblar y si Alicia se empecinaba en mantenerme carroñeando pero nunca consumiendo de su carne, pues de alguna forma tenía que intentar yo vivificarla. No mentía cuando dije que me traía loco la sensación esa que le dejaba a uno vivificar de cualquier forma, aunque tampoco mentiré en eso y lo diré de lleno: me la quería tirar. Nada más.

Otros, la mayoría, mirarían con malos ojos ese brote de sinceridad, la simpleza con que uno puede admitir querer tirarse a la deprimida suicida que ha sufrido un trauma de esos fuertes. Ella no. Supongo que encontraba novedosa la sinceridad, por lo que me enteré después supe que había crecido en la Florida entre tipos pijos y jailones, poco enterada de la existencia de otros barrios más humildes y con menos propensión a consumir caviar. La muerte del padre había sido un duro despertar para quien se pensaba intocable en una vida perfecta en la que nunca nada le iba a faltar. No creo que entonces pensase eso, pero vaya que lo pensaba mientras estuvimos en el hospital. Y así, en silencio, me fui armando de todos los argumentos y estocadas que necesitaría darle para resucitarla en mi cama y no volverla a llamar. Me gustaba el drama pero tampoco me gustaba tanto, además que estaba ocupado en destruir mi propia vida como para ayudar a reconstruir la vida de alguien que no se atrevía a volver a respirar. Lo mío era distinto, no solo era algo químico que me tenía perpetuamente en riesgo de depresión sino que ya no pretendía esconderme de mis problemas al ignorarlos, el plan ahora era dejar que los problemas cayeran bajo su propio peso, que me arruinen de una vez para asentarme en el fondo del agujero y ya no saber nada más. Los ratos que no estaba en el hospital me los pasaba visitando a cada persona que conocía y les decía la verdad, mi verdad, acerca sus vidas. No siempre era linda la reacción y cuando lo era, y la que reaccionaba era mujer, aprovechaba para robarle unas horas en sus camas sin importar su estado civil o anímico, como para echarle más leña a mi pira funeraria que insistía en edificar. Qué me importaba si al final esos encuentros eran mis últimas cenas antes de rendirme al abismo de la tristeza y la soledad. Ya no tenía dinero para comprar mis antidepresivos, les robaba comida a mis confrontados o los abandonaba en el restaurant del encuentro sin dejar más que unos simbólicos 5 bs. para la cuenta. No bebía pero me fumaba para no pensar tanto y para que toda sensación fuese más intensa todavía. Esto último lo sabía Alicia, no todo lo demás. Del resto se enteró por casualidad cuando me encontré con una de mis vivificadas mientras mudábamos las pocas cosas de Alicia a un nuevo departamento que había logrado alquilar. Tampoco podía decirse que estuviese muy interesada en mi vida, para ella yo era el basurero emocional donde podía verter su dolor, el amable desconocido al que le cuentas tu vida porque presientes algo de tu desgracia en sus gestos, sus palabras y acciones. Según ella jamás me la iba a tirar, según yo no hay mentira bien lanzada que no pueda derrumbar una verdad.

Hay cierto perdón en mandarse un lindo gesto antes, o después, de haber hecho lo peor. Como para perdonarse a sí mismo por lo no tan malo que al final uno fue. Con Alicia empecé suave pero pronto el “pinche emo glorificada” no alcanzaba a generar lo que obtenía del “huerfanita de cuervo de ala rota”. Eran insultos que parecían amigables, como los que hace alguien torpe o desubicado, pero yo los pensaba mucho antes de decirlos. Uno de esos insultos bien construido significaba una diferencia enorme en el humor de Alicia. No era lo mismo tenerla rabiosa por la noche y lista para estallar, azuzada por todo un día de los insultos más sutiles y perversos que se me podían ocurrir, comparado al de una Alicia que se la había pasado sola y atrapada en las mismas miserias que un día la alejaron de la vida esa donde se creía feliz. Cada nuevo insulto, apodo y calumnia que yo decía de su familia la volvían loca y día a día perdía el pudor de golpearme, escupirme, arañarme, gritarme cada vez con más intensidad. Solo lloraba cuando me pasaba de la raya, lo cual para ser justos no fue tanto como uno esperaría de los límites de una heredera mimada. Y ahí estaba el detalle, en darle una excusa para salir de su abulia, obligarla a canalizar el odio y la rabia en un solo lugar, en alguien que no fuera ella. Me consta que le ayudaban nuestras charlas post-pleito, cuando nos sentábamos en su mugre sillón y nos fumábamos un cigarrillo, felices de todo el caos de nuestros gritos, lapos, salivazos y otros horrores de los matrimonios más desahuciados que nosotros parecíamos disfrutar.

Para mí planificar esas peleas era una delicia, pero vivirlas era, digamos, otra realidad. Terminaba uno rendido, con un placer de arrogante y el desmayo del descanso tras la maratón. Según Alicia era como la macurca, un dolor repudiado pero en secreto disfrutado, “casi como un masoquismo” decía y se ponía a saltar balando como borrega alrededor mío y tanto esa opinión como aquel gesto eran muy buenas noticias para mí, pues me confirmaba que por muy agotador que fuera iba a valer la pena, después de todo solo un cordero de verdad vulnerable y culposo pondrá su propio cuello al alcance del cuchillo y ni modo que al anunciarme carroñero no cumpla con esa precisa función. Verla cada vez más en contacto con su dolor me garantizaba que cualquiera de estos días la pudiese tener pandeándose debajo de mí, con una sicalíptica mirada suya clavada en mis ojos, en mi cuerpo, en donde fuera mientras se tratase de mí. Y esa ilusión valía mucho, entonces, porque me ayudaba a escapar de mi otra realidad. No quise decirlo antes, porque esta es la clase de cosas que solo admites en confianza, pero ahí va: para entonces mi atención estaba en destruir mi familia, no toda pero si una gran parte de ella, la que me daba asco, la parte traidora que se habían cagado en las penurias que pasamos con mis padres cuando yo era adolescente, antes y después de que me quedase huérfano de madre, con un padre más dedicado a darle comodidad a la ancianidad de sus padres que cultivar cualquier tipo de relación con su hijo o su moribunda mujer. Siendo justo tendría que decir que ese tren ya había partido hacia tiempo y que si la muerte de mi madre no nos pudo unir, entonces decidí que tampoco lo necesitaba y  escapé de mi hogar. A él poco le importó y creo que más bien fue un respiro, la excusa perfecta para dedicar todas sus energías a sus propios papás. Él no me indignaba, finalmente existía muchísima historia por detrás que de alguna forma justificaba todo eso, e igual pensaba yo que llegaría el día del ajuste de cuentas una vez que ya no le quedara nadie más. Por eso lo dejé en paz. Por eso y porque no había peor castigo que cuidar los caprichos de mi abuela, cada vez más senil y paranoica. ¿Cómo hace una serpiente para parir perros falderos? ¿cómo hacen estos para engendrar cuervos? Pero esa era una cuestión para después, me convencí de ello y pasé a observar formas de arruinar a los demás. Para mí es obvio que arruinarles la vida a mis familiares no era solo una forma de exorcizar el dolor por el abandono en que nos tuvieron, sino que era otra manera de cortar todos mis lazos para, después. mejor morir en paz. Era mi excusa tanto para ya no tener nada que pudiese atarme a la vida, como para quedarme en el más acá y por eso que le tiraba tanta pelota, que me pasaba mis horas de insomnio planificando bien qué haría y las de ocio atreviéndome a hurgar donde nadie me había llamado. El plan tenía que ser sencillo. Para los primos tendría que preparar la total y completa destrucción de su vida social, lo cual repercutiría en la vida de los tíos, para los que tenía que alistar cosas más específicas. De entrada perdoné a muchos que siempre se habían portado bien conmigo, aparte que entendí que tampoco necesitaba demasiado para ser considerado nefando a los ojos de otros familiares ni bien escucharan el rumor de mis fechorías. Mis victimas elegidas eran mi tía Carmen y su esposo Florian, para los que preparaba un infierno a la medida de sus bajezas. El punto final a la vida perfecta que a toda costa se habían querido fabricar.

Nada de esto sabía Alicia, pero se la olía. Aburrida de hablar de sí misma, un día empezó a preguntar sobre mí. Y al principio no dije gran cosa, pero a medida que ella se sentía mejor empecé a comunicarme más. Admito que fue un alivio, que hasta me sentía mejor pero ese bienestar solo le dio renovadas fuerzas a mis rencores y agudizó mi olfato para la revancha. Fue así que le encontré una utilidad al atractivo de Alicia, el mismo que a mí me tenía un par de meses intentando tirármela. Lo dije antes, era linda Alicia y a mí me gustaba el fetiche de sus atuendos góticos y todo el maquillaje que utilizaba, pero en una de esas tardes tras una temprana discusión mañanera nos encontramos jugando a los disfraces y pude verla usando vestidos de gala, trajes de ejecutiva, ropas de señora y de universitaria, diferentes aspectos de la que quizá habría sido ella de haber seguido vivo su papá. Y en todos esos atuendos parecía una persona diferente a la que yo conocía. Igual de atractiva como camaleónica, con aspectos difíciles de asociar, ya que no era lo mismo la imagen de una Alicia en vestido de gala y peinada por estilista que la de Alicia vestida de señora agobiada por su rutina. Era buena actriz, además. Muy buena, la verdad. Se metía tanto en el papel que, luego, era difícil sacarla del trance mientras le durase la emoción. Y esa era la clase de compromiso que yo buscaba, que necesitaba mejor dicho, para poder realizar de la mejor manera posible el Plan, que a todas luces no era nada complejo o intrincado. Era más bien simple: a él, Florian, lo delataba de adúltero y corrupto, a sus hijos los aislaba del resto de la familia con alguna clase de escándalo y lo demás era pura inercia. El asunto aquí no era tanto denunciar como evidenciar lo obvio. Mi tía era de esas que podía comerse kilos de mierda con tal de cuidar su imagen ante los demás. No era muy inteligente, pero sí astuta y tenía la sabiduría suficiente como para hacer la vista gorda a las numerosas infidelidades de su marido, quien la callaba con dinero y una vida cómoda en uno de los mejores barrios de La Paz, luego Santa Cruz, después otra vez La Paz. Tenían dos hijas y un hijo. El mayor era el hijo, Norberto, pero extra oficialmente ya no era bienvenido en el seno de esa familia por no sé qué líos que tenían doña Carmen y don Florian con la esposa que se había escogido su primogénito y otros líos más. La del medio estaba casada con un famoso cirujano plástico del que mi tía estaba enamorada y la menor vivía en Santa Cruz en un matrimonio tan de mierda como el que tanto le criticaron a mi madre cuando estaba viva.

Como dije el asunto estaba en ponerlos en evidencia, sacar sus trapos más sucios al aire y que todos vieran sus bajezas y vergüenzas. No podía imaginarme peor muerte para mi tía, ni mayor molestia para mi tío que ser puestos en evidencia ante sus hijos y la sociedad. Todo esto le expliqué a una Alicia que no paraba de llorar. Me dijo que algo recordó sobre sus padres y confesó no sentirse capaz de arruinar la vida de una familia como le habían hecho a ella. “Mierda, punto crítico” me dije y por un rato temí no contar con mi cómplice ideal, pero después de mucho chantaje emocional al fin aceptó al menos joder a los primos en su círculo social. Qué importaba. Total que eso era, de todos modos, la primera fase del Plan, y resultó aún más sencilla con la ayuda de Alicia, quien en su faceta de actriz y sus muchos disfraces, que un día robamos de su casa sin que nos descubriese su mamá, fue la carnada perfecta para introducirnos a las mundos de mis primos. Siempre disfrazados nos dedicamos a atender a eventos sociales donde sabíamos que estaría algún amigo de la familia y sacábamos información de todo lo que podíamos. Muchas veces ella tenía que quedarse sola haciendo algo llamativo mientras yo me escabullía a revisar los computadores en busca de mails o documentos que me dijesen algo acerca mi familia. No siempre conseguíamos nada, en especial porque nos teníamos que marchar ni bien llegaba alguno de mi familia, pero igual comíamos gratis y nos daba la chance de ser otras personas por un rato. De pronto nos metíamos mucho en el papel y teníamos bien pensadas las biografías y personalidades de nuestros personajes, en cada evento al que íbamos notábamos como nuestras actuaciones cada vez jugueteaban más con extremos histriónicos y escandalosos. Nos gustaba, nos hacía felices esa excusa para descansar de nuestras penas y preocupaciones. En su exhibicionismo y mi autodestrucción hallamos cierto solaz. Como si ya de por sí aceptáramos que éramos bichos raros con vidas de mierda que se encargaban de cagar más con tal de no tener que solucionarlas o de una vez tirarlas por el caño. Queríamos hundirnos, carajo. Y lo queríamos más porque también nos daba permisos para las libertades que nunca tuvimos. Ella era testigo del mundo del que su padre le había protegido, yo me enteraba de las cosas que nunca me enteré respecto a mi familia, encima nos dábamos el gusto de exorcizar demonios y fantasmas con esa farsa. Yo me vengaba por años de negligencia, ella se desquitaba con los suyos por atreverse a morirse y dejarla en tremenda cagada de situación.

No fue necesario mucho esfuerzo para llegar a la segunda parte del Plan. Ya infiltrados era más sencillo ir lanzando rumores que desprestigiasen a mis primos a ojos de sus amigos. Fue en el espacio de un par de meses de mentiras quirúrgicas y sutiles que pudimos convencer al mundo de que mi primo se había casado con su medio hermana y que el esposo de mi prima tenía un affair con su suegra. Mentiras infalibles pues se amparaban, relativamente, en la verdad. Si mis tíos no le admitían a nadie que odiaban a su primogénito, al menos se notaba el trato diferente que le profesaban, como más distante, más frío y hasta cargado de silencios. Por lo que me enteré de una prima hermana de mis primos, don Florian ya no hablaba con su hijo ni siquiera en un evento social y hasta con algunas copas de más admitía que se arrepentía de haberle dado vida y otras cosas de ese estilo que me contaban los primos de mis primos con caras de escándalo que escondían su morbosidad. Y no se necesitaba de un experto para notar que la suegra estaba camote del yerno, aunque claro ¿era convincente como para alcanzar a una verdad? Lo cierto es que la mentira no necesita mucho para volverse verdad. A los ojos de la gente, mis familiares eran ejemplares, gente buena y noble con las mejores intenciones y la familia perfecta. Eso los hacía una presa más suculenta de sus sospechas, de cualquier cosa que los confirmase como otra familia de mierda, más aun con acusaciones tan graves como incestuosas ¿es por eso que el Floriancito es tan sarcástico?¿Pero no le saca muchos años como para meterse con su yerno?¿quién se cree esa para serrucharle el piso a su propia hija?¿Es de verdad su media hermana del Norbertito? Entonces ¿la Carmencita es cornuda?¿tiene más hijos bastardos? ¿y la hija? ¿sabe? ¿sabe Norberto que esa es su hermana? ¡Y aun así se casó con ella! Después de un rato la sorpresa en sus rostros se convertía en asco y horror, escandalizados de haber compartido comidas con esos depravados y sus vidas pervertidas.

La fase tres exigía algo más tangible que rumores que señoras chismosas elegían creer. Necesitaba pruebas de que era mi tío un adúltero para terminar de mandar al carajo la situación de una familia que todavía no sabía la famita que se les endilgaba. Alguno de los amigos que hicimos en esas fiestas me mantenían al día con los chismes, mismos que ya habían crecido más allá de lo que jamás hubiera imaginado. Pero al final eran mentiras que proliferaban en el silencio de los chismosos y lo que yo necesitaba era una verdad imperdonable que los terminase de arruinar. Así fue que Alicia se disfrazó de empleadita y esperó a que hubiera vacante en la casa de mis tíos. Bien sabía yo que las empeladas nunca le duraban por esa costumbre de mi tía de enseñarles a ser perfeccionistas a base de gritos e insultos que muchas no lograban soportar. Total que Alicia eso mucho no le importaba porque no estaba atada a ellos y peores eran nuestras sesiones donde le tocaba las llagas y ella se ponía el limón y la sal en las heridas abiertas. Parecía mejor y más tranquila, establecida en una rutina que tenía de todo menos repetitiva. Sí estaba algo apagada, pero lo cierto es que yo andaba tenso esos días y no era muy fácil estar a mi alrededor. Aun peor, Alicia seguía sin dejarse vivificar, pero creo que eso fue porque en el proceso de hacerse a la imposible encontró el placer que a mí me negaba. Me preocupaba que todavía no contactase a su madre y hermana pero parecía más en paz con ello. Su lógica era que una boca menos de la que preocuparse era una gran ayuda y los mensajes esporádicos que mandaba desde celulares ajenos asegurándole estar bien le calmaban la consciencia de desaparecida. Mi lógica era que uno hace las cosas cuando está preparado para hacerlas sin enloquecer en el proceso. Las semanas siguientes las pasamos ensayando su acto de ignorancia y lentitud que volvería loca a mi tía y creo que logramos armar un acto bastante convincente, lo malo es que nunca lo pudimos usar porque, pues, conocimos a Fátima.

Era una chica más joven en la cabeza que en el cuerpo, era hija de un amigo de Florian, quien le sacaba treinta años. Eran amantes, de los que se ven cuatro veces por semana y siempre en el mismo motel, misma habitación, con el mes pagado por adelantado. La conocimos en una fiesta de unas amigas de mi tía Carmen, a la que nos colamos alegando ser los primos perdidos de Cochabamba. En situaciones sociales como esa la gente no le gusta dar cuenta de que no te conocen cuando tú, todo mamón, vas y los tratas con familiaridad. El asunto es que Fátima estaba ahí con su cara de corderito redimido, sus tremendos ojos celestes nunca mirando directamente, sus labios pintados de un rojo intenso, el vestido de gala todo azul eléctrico y su vaso lleno de leche chocolatada. Tenía un aire de las buenotas en los dibujos y los cómics, de esas que no dejan de sonreír, como si poblaran una dimensión alterna en donde estos problemas mundanos nuestros no son más que nimiedades, nada dignas de su atención. La corona fue un tatuaje en su espalda de un par de alas y el símbolo celta de la paz al medio, con eso yo no tuve otro objetivo que meterme entre sus piernas a toda costa para contaminarla un poquito. Me costó una rabieta terrible de Alicia pero conseguimos convencerla de ir a nuestro departamento a tomar unas copas y Fátima, en el papel de virgencita, primero no aceptó hasta que un susurro de Alicia la hizo dudar y nada más que la duda se necesita para que alguien horrible te secuestre. Y prácticamente eso hicimos, pero los culpables de que se loqueara fueron el trago y ella misma, pues ya en el departamento, y con un par de copas nada más, entró en un estado de euforia. Como niña pequeña preguntaba sobre todo y ni siquiera parecía escuchar las respuestas, de pronto pedía canciones, bebía y bebía y saltaba en el sofá y abrazaba a Alicia como si fuera su hermana y a mí me miraba como con ternura y picardía. No es necesario contarlo todo, pero la hice mierda en ese mismo sofá y a ella le gustó tanto que volvió por más a lo largo de la semana. En este punto yo no sabía que esta criatura era la amante de mi tío Florian, y me enteraría de la peor manera cuando, después de una sesión particularmente intensa, su celular recibió una llamada y en el id pude ver no solo el número de Florian, sino también una foto de él y ella besándose.

Momentos como ese son raros porque significan una oportunidad de inversión que dificilmente se volverá a repetir. Casi como viajar en el tiempo y que te regalen acciones mayoritarias de Apple, o como un trato de Vito Corleone. Simplemente no me podía dar el lujo de perder esa oportunidad. Me sentía tremendamente asqueado de haber estado con la misma persona que se acostaba mi tío, pero haciendo tripas corazón no me fue difícil mirar los candorosos ojos celestes de Fátima y planificar una forma de aprovecharme de toda esa información. Le hice un pequeño drama. No tanto por el asco que sentía dentro de mí, como por capitalizar una oportunidad tan caidita del cielo. Ella lloró, me lo contó todo, yo lo grabé, le juré amor eterno, me juró que lo terminaría, nos fumamos un poco de mota, lo hicimos con la pasión de los reconciliados, en realidad yo la quería agotada y dormida, lo cual logré y sin miedo ni vergüenza hurgué su cuarto, encontré fotos, cartas, emails y regalos que sospecho venían de la profunda billetera de don Florian. Todo. Miré hacia el rostro angelical de Fátima dormida y, por un instante, la quise con toda mi alma y al otro ya me escapaba hacia Alicia para contarle las novedades.

Lo malo del misticismo es que lo obnubila a uno de ver a su alrededor. O para ser sincero tendría que decir que es la excusa perfecta para dejarse convencer de algo, lo que sea, que nos permita construir certezas con raíces lo suficientemente poderosas como para aguantar cualquier embate de la realidad. Es un error muy común tratar de convertir a la fuerza cualquier argumento en axioma y con eso tener una solución rápida a la vida. Es el problema de confundir al azar con el destino, también es el problema con la sincronía, se confía uno no solo de la fortuna de haber estado en el lugar correcto en el momento preciso sino que sienten que se lo tienen que explicar, necesitan agradecérselo a algo o alguien y considerar que su deuda con el universo ha sido pagada, verse validados ante los ojos de un jefe supremo, una entidad cósmica, una deidad, y no tener que sentir culpa por disfrutar de cualquier bien que tienen por delante. Se aplica también a la desgracia ¿de qué otra forma se quita el estafado el sabor de la estafa? Con la misma leche amarga que le dieron a beber. Si me enojo porque me estafaron debería enojarme por haberme dejado convencer, total que ya me dieron hasta la excusa perfecta: no es mi culpa, me lo vendieron, me dejé convencer y con eso ya estas enganchado al perdón gratuito de un poder superior. Un negocio redondo y autosostenible. No es coincidencia que hayan tantas religiones y templos y rezos y santos y dioses y montón de cosas que por muy reales que sean, también te ayudan a justificar tus propias mentiras. El incidente con Fátima era demasiado bueno para ser cierto y desde niño que he sentido alerta cuando todo está muy bien, pero ¿qué podía esconderse detrás del candor de esos ojos azules?¿quién que se sonrojaba con miradas y se cubría los senos durante el orgasmo podía ser capaz de alguna maldad? Tampoco me detuve a sospechar mucho de ella, me enfoqué en el juego que controlaba e hice lo mejor que pude.

Reunimos las pruebas de la infidelidad de mi tío Florian en un enorme archivador ordenado de tal manera que el golpe fuera lento y cada vez más terrible. Me había leído toda esa correspondencia y mucha otra más en cosa de una semana. Mi tío era de esos cochinazos sentimentales que le demuestra a su amante que la ama dándole las contraseñas de casi todo, exceptuando la tarjeta de crédito. No solo leí los amoríos con Fátima, sino que tecleando “153962FS” me enteré del romance con Zuleyma, los encuentros con Josefina, las pensiones para Eva, las demandas de Cecilia, las visitas a Patricia y los horarios de Rubí. Era tan amable el universo que hasta me mandaba fotos, videos, mensajes de voz y confirmaciones via mail para compra de pasajes a exóticos lugares que nunca escuché a mi tía presumir. Era perfecto. Once días tomó clasificar el material, ordenarlo según su impacto y ponerlo en el archivador al que Alicia y yo llamábamos El Collage. Incluso nos dimos el trabajo de grabar cada mensaje de voz y video en dvd’s que incluíamos en el archivador. El Collage sería la obsesión de mi tía por un largo período de tiempo, el suficiente como para calmar mi propia rabia, la que guiaba a mi olfato hacia los lugares que más podían sangrar. Y ese era el problema: demasiado angurriento, entregado a las benditas justificaciones potenciadas por la mística que insistía en buscar, siempre en pos de ese encanto que tiene el mundo cuando se lo ve a través de la fe. Si nos escudamos en algo tan grande como es la mística es porque intuimos que ninguna de nuestras necesidades, pensamientos o deseos tienen la menor importancia. Toleramos, y hasta creemos, en la religión, en la fortuna, en el vendedor, por ser esos encantadores potenciadores que le dan alas a nuestro ego y nos colocan como los mimados de una entidad cósmica, de un concepto abstracto capaz de crear vida de la nada. Lo malo, al fin, de las revanchas no es que uno esté ciego, ni sordo, peor mudo de ira sino que se agudiza el olfato. De pronto lo identificas todo desde lo visceral, azuzado por la ira que te dice, te jura, te susurra que después tendrás tiempo para reparar la tierra quemada cuando la revancha haya terminado. Y sí, es cierto, aunque no del todo. Quema uno las naves con esa ilusión de que aparezca alguien lo suficientemente idiota como para intentar apagar tamaño incendio, que en nada se compara al conflicto interno que buscas expresar, quema uno las naves porque es más sencillo destruir que terminar de irse al más allá. Quema uno las naves para que lo miren, pero no siempre lo vamos a notar.

Todos caemos, carajo. Sea en estafar o ser estafados y no hay vergüenza en ello. Lo peor es estar al medio, en la parte gris y plagada de la aburrida sensación de duda ¿era mejor ese extremo, o el otro? ¿vale la pena? Después de un rato le hallas lo bonito a lo gris y hasta, en un descuido, encuentras felicidad e ilusión de plenitud. Con la mística, cómo si no. Pero nunca es lo mismo que irse a los extremos, ni tiene igual sabor, el del vértigo de casi morirse y el goce de por fin respirar. Tan visceral que no necesitamos a la mística para magnificarlo sino para protegernos de que nos desquicie. Y por eso caí, por candoroso. Planificamos todo para un lunes por la noche, movidos por el morbo de jugar con las supersticiones de mi tía, quien juraba que si el lunes ocurrían desgracias entonces la semana también estaría llena de ellas. Tocaría la puerta durante la cena, lo común era que tanto Florian como Carmen estuviesen, acompañados por mi prima, la del medio, que vivía a lado y mis sobrinos esperando a que llegué su papá. Estarían sorprendidos y bastante incómodos de verme, serían amables, me harían chistes culposos respecto a mi ausencia, cómo para lavarse las manos de ellos no haberme buscado tampoco, me preguntarían en qué trabajo, qué hago de mi vida y tantas otras cosas que yo no respondería. Me limitaría a entregarle su copia a mi tía, otra a mi tío, a mi prima, a su esposo, anunciar que las copias de sus otros hijos ya estaban siendo enviadas y que algunas habían sido mandadas, por error, claro, a algunos de sus amigos. Me quedaría a ver sus rostros y disfrutarlos, muy al margen de la apuesta que tenía con Alicia de si mi tía primero me atacaría a mí por actuar de Capitán Obvio, o a su marido, por fin, después de tantos años de aguantarse. Nos retrasó mucho, tener que hacer las copias del Collage, hacer los arreglos para que los entreguen pero en las vísperas de nuestro golpe era todo pura euforia y nada nos podía arruinar. Alicia me sonreía como nunca y yo no podía evitar sentirme, desde ya, algo aliviado. No hay peor ciego que el que puede ver, como quitándole la mística al famoso dicho en la espera de que rompiendo místicas pueda ver uno más claro a su alrededor. No comprarse la propia estafa, ni engolosinarse en las ofertas ajenas, cuidar el trasero propio y de los tuyos, tener planes de respaldo y siempre cuidar las ganancias. Enterarse que hay dimensiones en esto de la ingenuidad.

Por supuesto que todo salió más o menos como lo planeado, pero para nada cómo lo esperado. Los Collages llegaron a todos y cada uno de los que tenían que recibir uno y ya no sé si los habrán visto pero de que los tienen, los tienen. El problema es que hubo dos sorpresas esa noche. La primera empezó una hora antes de mi momento de partir hacia casa de mis tíos. Alicia estaba de un humor especial y yo muy nervioso cuando tocaron el timbre, nos sobresaltamos y nos preguntamos en voz baja quién podía ser, hasta que los chillidos alegres de Fátima nos cortaron la incertidumbre. La dejé entrar y rato más tarde me abalanzaba sobre la puerta para apresurarme a la casa de mis tíos. Nunca calculé que Fátima se tomase tan a pecho su vivificación y el pequeño drama que le armé para que me revelara sus secretos. En lo que sin duda consideraba el acto más romántico de amor supremo, la chica fue a casa de Florian y se reveló ante mi tía, le contó toda la verdad o, bueno, una verdad llena de censuras y disculpas ante cada lágrima que veía en los ojos de esa operada señora. Así las encontró mi tío, abrazadas y chillando, la una de rabia con su rostro inexpresivo de tanto botox inyectado, y la otra de arrepentimiento con su carita candorosa brillante y compungida ¿se esperaba ese giro de sucesos? ¿qué clase de pesadilla es que tu mujer y tu amante se lleven bien y a tus espaldas? ¿dónde, exactamente, está lo pesadillesco de todo eso? El lío adquirió nuevos carices y Fátima fue testigo silente de una discusión entre dos que pronto olvidaron la presencia de la tercera, lo cual le permitió escaparse a darme las buenas nuevas de nuestra exclusividad.

No pensé, solo me lancé a la calle con los Collages y paré el primer radiotaxi que quiso llevarme. Ni bien llegué lo que encontré fue la puerta de calle abierta y una seguidilla de decepciones empezaron a operar en mi cabeza ¿me lo había perdido? Maldiciendo mi suerte entré sin dudar y noté que en el jardín, que también servía de garaje, estaba solo un auto y no los dos que solía albergar. “No es nada” me dije y hasta me propuse que quizá ya no tenían dos autos como acostumbraban, que mucho podía haber cambiado en tanto tiempo y otras basuras parecidas, pero el pensamiento se me pinchó ni bien escuché los sollozos de mi tía en la sala de su casa. Entré, el suelo estaba lleno de macetas y adornos rotos, mi tía estaba sentada en un sillón para tres, lloraba a moco tendido con las luces apagadas sumidas en las sombras de la noche y una estela de luz de luna cayendo a sus pies. No dijo nada al verme, ni cuando me reí, peor cuando dejé un Collage a su lado y me fui. Más tarde encontré a don Florian en el Hotel Radisson y dejé su Collage como mensaje en recepción. Tras esas dos entregas emprendí el camino a casa algo triste pero más feliz que otra cosa. Mi madre no había muerto por directa culpa de esa gente, pero se sentía bien culparlos del abandono, destruirlos hurgando en sus cuidadosas hipocresías, hacerles doler lo mucho que me hicieron falta cuando ya nadie me quedó en el mundo más que un padre que estaba demasiado ocupado en sus padres como para ayudarme a lo que sea. Si dejarle el Collage a mi llorosa tía era un golpe bajo y en el suelo, eso no evitó que me sintiera tremendamente feliz al imaginarme torciendo un cuchillo imaginario que acababa de clavar en la boca del estómago de esa familiar detestada. Hasta el dolor y la tristeza parecieron ceder, me dieron la perspectiva de un mundo perfecto, uno donde el rencor calmado ya no sería un factor que me controlase y aun si era patético sentirme bien a la costa de la desgracia de alguien más. Estaba chocho de la vida porque hacía rato que no me sentía así de genial. No calculé que le arreglé la vida a mi tía con ese gesto cruel puesto que, mucho después, pediría el divorcio y presentaría el Collage como evidencia suficiente como para dar por muerto cualquier futuro que don Florian hubiera podido abrazar, sentenciándolo a una vejez amarga y pobre, solo y abandonado por los hijos que él alguna vez no dudó en abandonar. Como dije, eso le valió mucho dinero a mi tía y le arregló la vida en los modos que yo hubiera deseado le saliesen mal, pero eso no quitó que tuvo que mudarse y cortar relaciones con mucha gente clave de su importante circulo social. Igual que sus hijos hicieron, después de repudiarla, no dudo que haya rearmado todas sus farsas en Santa Cruz, que fue donde se mudó, pero nunca debió de ser lo mismo para ella hacerlo vieja, cornuda y divorciada a ser la señora perfecta de antes, esa con el marido que proveía y una familia ejemplar. Una hora después de la fechoría ya me sentía vacío, un tanto arrepentido pero todavía satisfecho. De menos le quité la facilidad a sus farsas e hipocresías, que sigue siendo poco considerando cuánto me costó todo esto. Por lo que sé nunca se volvió a casar y solo una de sus hijas le perdonó las infidelidades del padre. No los culpo, ni creo que lo haya hecho ella, después de todo habían sido criados en el cautiverio de esa hipocresía de la familia ejemplar. Yo mismo reflexioné y concluí que probablemente ellos no entendían la gravedad de sus acciones, justificadas por la creencia de pertenecer a la funcionalidad de esa dichosa familia ejemplar. Y, antes de la segunda sorpresa, entendí que mi mística había sido el odio y que ahora necesitaba ver la realidad.

¿Qué es lo peor de la verdad? Algunos piensan que su inevitabilidad pero olvidan al olvido, precisamente. Si la mentira tiene patas cortas, la verdad apenas camina con lo largo de las suyas. Y es justo por esa notoriedad histriónica que tiene la verdad, que lo peor es ser el último en notarla, en enterarse de ella y todas sus implicaciones. ¿Qué clase de simpatía es esa de cortarse las venas en una bañera? Te vas a morir, ya qué importa que alguien tenga que limpiar, total que no será tu problema y si decidiste abandonar este mundo es porque te recontra cagas en el alma y las opiniones de los demás. Lo que los suicidas no saben, o prefieren ignorar, es que una vez que se van de este mundo sus opiniones, sus deseos, sus preferencias se van a la mierda, se pierden en lo que los deudos necesitan. Los vivos siempre son el problema, son los que imponen sus caprichos internos disfrazados del “así lo hubiera querido el difunto”. Es una forma de lidiar con la pérdida de alguien y la consciencia de la muerte, pero eso no le quita lo hipócrita. Por eso los suicidas no deberían tener atenciones como cortarse las venas en una tina para que el agua se mezcle con la sangre ¿piensan que será más fácil, más cómodo? ¿Cómodo para quién, entonces? El muerto siempre estará cómodo, ya no hay nada ni nadie que lo pueda molestar y lo suyo será esa región innombrable que ninguno nosotros conoce pero que la mística nos ayuda a soportar. De seguro Alicia mostró señales que yo no noté, lo cierto es que elegí creerme la farsa de su sonrisa para mejor calmar esta sed de revancha que más se parecía a una indigestión de ego y autodestrucción. Nunca le pude decir lo mucho que me vivificó y jamás lamenté tanto no haber podido vivificar a una muerta en vida. Subestimamos, o sobrestimamos también, a las personas en base a nuestras conveniencias. Queremos la entrega absoluta hasta que la obtenemos y cuando lo hacemos nos gana el terror a que la plenitud sea más jodida que el vacío. “Qué cosa más pesada debe ser vivir el infinito” me puso en un papel que encontré a lado de su cuerpo inerte y desnudo en la tina. La sonrisa revanchista desapareció en un mar de lágrimas y lamentos, no me atreví a sacarla del agua roja y, siempre con la nota en la mano, me fui a recorrer cada cuarto para rastrear los últimos pasos de la reciente muertita que se pasaba en calidad de zombie al más allá. En la cocina faltaba el trozo de pizza que guardé para celebrar, en su cuarto estaba todo ordenado y empacado con la precisión de quien sabe que no volverá, en la sala habían muchos pañuelos usados y los borradores de la nota que al final me dejó.

Entre lectura y lectura fui comprendiendo que Alicia hacía rato que tenía planeado marcharse y que mi supuesta vivificación no fue más que una última distracción que se permitió antes de matarse. La nota era muy corta pero todo se compensó con el exceso de confesiones que fui encontrando en cada borrador y en su diario, que forcé cuando despuntaba el alba y mis ojos ya no podían llorar más. Así fue que me enteré que su madre se había matado hacía un mes y con ella se había llevado a la hija más pequeña en un suicidio brutal y hasta repugnante que Alicia tuvo que soportar mientras yo la arrastraba a fiestas de gente estúpida solo para darme la chance de una revancha tan tonta como fútil. En su nota de despedida, la madre parecía segura de que Alicia nunca volvería al seno de una familia desgraciada, a la que el sufrimiento se quería llevar al otro lado a toda costa y no encontró mejor salida que liberarla de la desgracia con el sacrificio doble que “calmaría la sed de este Dios cruel, hija mía”. Los misticismos sostienen verdades y mentiras, pero que tan cierto sea algo no le quita lo mortífero. Mientras yo creía ciegamente en la revancha, la madre de Alicia se consolaba con la idea del sacrificio, por lo que pude enterarme después la señora no estaba en sus cabales pero tampoco nadie se ocupó de auxiliarla, ni internarla, nadie pensó en la niña, todos se encerraron a lidiar con lo que había pasado en soledad. Alicia no se perdonaba haber creído que su distancia le hacía bien a su madre y hermana, cuando lo cierto es que estaba movida por motivos egoístas. De haberla encontrado viva le habría dicho que no era del todo su culpa, que ella también necesitaba recuperarse en soledad y que su único pecado fue tardarse en animarse a buscarlas, a dejar de ver lo que ella quería y enfrentar la realidad. Como yo, que me arrepentía de eso mismo y le expresaba, tarde y motivado por una reveladora entrada en su diario, que yo también la quería, que hasta la amaba, y que yo también lo había descubierto la misma noche que  Fátima entró en juego con esa su presencia karmática que tanto terminó por marcar. ¿Quién sospecha de los ingenuos? Peor aún ¿quién se imagina que lo que lo joderá no será la astucia sino la mera ingenuidad? Ya no pude volver a ver a Fátima, no sé que habrá sido de ella, pero sospecho que sufrió y volvió a ser linda y finita, de seguro se casó con algún Florian que la condenará al destino al que se condenó Carmen. O no sé, estoy consciente que nada fue su culpa pero disfruto un poco esos pensamientos de ave de mal agüero. Si yo, señoras y señores, caí por engolosinarme de mi olfato revanchista y distraerme en estas ganas de vivificar, lo mejor que podía hacer tras tantas tragedias era aceptarme como el cuervo que soy y que siempre seré.

Cuando volví al baño recién noté que sonaba un disco de NERD en la radio que compramos para escuchar mientras nos duchábamos. A Alicia le fascinaba Pharrell, le encantaba que fuera tan feíto y atípico y aun así estuviera tan cómodo en su propia piel, como para hacerte querer bailar esos sus temas sexistas y plagiados. Solía pasarse horas vanagloriándolo a la par que le lanzaba esos insultos sutiles y venenosos de fan resentida e indignada. Se ponía intensa y así se veía sexy, le decía yo y la comparaba con Alesha Dixon en el video de She Wants to Move y ella se reía a carcajadas, se ponía un vestido corto e imitaba el baile de la actriz. Lo hacía muy mal pero igual a mi me encantaba verla feliz en ese baile que era aborto de sensualidad. “Lo que más recordamos de She Wants to Move no es tanto a Pharrell siendo tan peculiar, sino a Alesha Dixon probándose a la altura de diosa, una mera ninfa del baile y la sensualidad y la actitud” le decía mientras le robaba besos a sus cachetes, a su frente, a sus manos y hasta sus hombros, pero nunca en la boca, ni en los labios, jamás un beso donde hubiera contado para ver si nuestro romance la convencía de quedarse un rato más o terminaba de indicarle que ya era su hora de partir. Que al final eso pasó, pero sin darme a mí la chance de convencerla, sin que pudiese recuperar las oportunidades perdidas para vivificarla, estancado para siempre en el gris de las cosas, con preguntas que ya no serían contestadas y con ganas de desnudarme y unirme a ella en esa bañera en la que también podía dejar mi sangre para que quien fuera que limpiase la escena del crimen no lo pasara tan mal. “¿Y eso a mi qué me importa?” me dije entre llantos y miré distraídamente el dorso de la nota donde noté que estaba escrita otra frase que antes no leí. “¿Qué pasa, cuervo? Siga volando que afuera hay mucha carroña para que puedas penetrar”. Y lloré, claro. Chillar sería más apropiada palabra para ese momento de mierda en que abandonaba la anestesia emocional y permitía al dolor fluir en ese peculiar adiós a mis muertos. Dejé la nota a un lado, llamé a la policía y me metí a la bañera para darle un incómodo último abrazo a mi entrañable suicida, mi cómplice perfecta, un abrazo más para mis morbos mortales que para intentar robársela a la eternidad.

Dedicado a A.B.C

Yet how superb, across the tumult braided,
The painted rainbow’s changeful life is bending,
Now clearly drawn, dissolving now and faded,
And evermore the showers of dew descending!
Of human striving there’s no symbol fuller:
Consider, and ‘tis easy comprehending –
Life is not light, but the refracted color.

– Faust II

Moría el 2007 sin mucha gloria, empezaba octubre y faltaba más de un mes para la muy hablada reunión de Led Zeppelin. Sería un año que, entre muchas otras cosas, trajo a Chris Cornell abandonando Audioslave, la popularización del Ipod de Apple, la inevitable decadencia de Avril Lavigne, además de ser el año en que Gnars Barkley, Nine Inch Nails y Panic! At the Disco eran los actos más populares mientras se fundaban bandas como Les Butcherettes, The Last Shadow Puppets y Mumford & Sons, entre otras. El internet ya era viejo conocido, no así las redes sociales para un público que se lanzaba a la novedad del Facebook, todavía recordando la moda pasajera del MySpace. Solo imaginen un tiempo sin Twitter, donde Facebook empezaba a tomar impulso en Latinoamérica, en que las tiendas de discos eran todavía populares y lo que opinaba Lilly Allen era importante para la prensa. Fue en un contexto así que, un 10 octubre del 2007, Radiohead estrenó su séptimo álbum In Rainbows, uno de los más controversiales, no tanto por su contenido como por factores comerciales que pillaron a la industria de la música por sorpresa. In Rainbows marcó un hito para la banda pues, entre muchas cosas, no solo era el primer disco que sacaban tras la finalización de su contrato con EMI sino que su estreno no fue, para nada, convencional. Dos años siendo trabajado, el anuncio de su salida fue un magro post en el blog de la banda en que anunciaban que en 10 días más estaría disponible vía web. Y no puedo remarcarlo lo suficiente: esto era tremendamente novedoso. Si bien no era la primera banda que lo hacía, sí eran los primeros de entre los perros grandes de la industria musical que se animaban a ello. Era una oferta genial llamada “Pay to download” en la que pagabas lo que quisieses para bajar el producto directamente a tu computador en formato mp3 con calidad de 128kbps. Podías dar todos tus ahorros, así como podías no dar un solo centavo por ello, en una época donde los sellos discográficos tenían ya estipulados precios estándar según la calidad o popularidad del artista, una época en que la lucha contra la piratería empezaba a atraer tanto a innovadores que querían ser los próximos responsables de algo como Napster, como a reguladores de la industria que empezaron a darles más importancia, movidos por su deseo de no perder un solo centavo de las ventas.

Radiohead tuvo esperando a sus fans por material nuevo por 4 años. Tiempo en que los integrantes de la banda descansaron de la presión, de las giras, de tocar las mismas canciones como monos hasta el hastío, dedicándose a proyectos independientes, contribuciones con otros artistas, o hasta enfocados en sus vidas familiares y personales. Hail to the Thief había sido un disco agotador y las giras no ayudaban con el cansancio y la saturación, así que por el espacio de dos años no hubo planes, ni intenciones de hacer nada con la banda pues ellos mismos sabían y presentían que estaban estancados. Su sonido amenazaba con volverse repetitivo y era opinión general de la banda que se habían acostumbrado demasiado a su zona de confort. El descanso se extendió hasta el 2005, año en que decidieron volver al estudio a ver si podían sacar algo nuevo e interesante, variando un poco la fórmula al despedir a Nigel Gondrich su, ya clásico, productor. Pero ni así lograban nada, no conseguían sacar un sonido que los convenciese y mucho menos un tema completo que los ayudase a salir del estancamiento en que se sentían hundidos. En esos bailes se fue un año que pasaron rumiando una venenosa frustración que no los llevaba a ninguna parte, y fue por eso que el 2006 hicieron un largo tour de conciertos para quitarse la presión de encima. Movida inteligente que les ayudó a divertirse de nuevo al tocar, ya no condicionados por el ominoso estudio que les recordaba su imposibilidad de componer algo que los satisfaga. Cuando volvieron – supongo – se sentían mejor, o quizá tuvieron alguna suerte de epifanía o alguna de esas cosas que te cambian la vida y la forma de pensar, el caso es que reenlistaron a Gondrich (en una escena que suena interesantemente intensa, amistosa e incómoda por igual) y Nigel, quizá un poco en venganza, tal vez porque es un productor que sabe sacar cosas de su gente, alquiló una mansión derruida y los hizo vivir, comer y grabar ahí. Movida que se probó efectiva pues así nacieron Bodysnatchers y Jigsaw Falling Into Place, dando forma a lo que más tarde sería In Rainbows.

Mientras tanto, en el mundo real, la banda daba entrevistas donde hablaban en contra de la visión con que Terra Firma manejaba sus negocios en la industria musical, y esto es importante porque inspiró a todo lo que pasaría después. Valiéndose apenas del hastío que sentían y que les producía terror ante la perspectiva de confirmarse estancados, ya con la idea de un disco siendo lanzado via web, Radiohead continuó componiendo pero con un diferente enfoque, buscando manejar formas de poder crear y presentar su nuevo álbum de una manera más…no equitativa sino comunitaria, apuntando a una idea que iba en contra del capitalismo que los sustenta. Y sí, igual sacaron una versión física, un vinilo, un box set, todos esos productos destinados a exprimirle la última gota de jugo al fanático obsesionado o especialista (o como quieran llamarlo) y eso no está mal, ni le quita ciertos méritos a la movida de Radiohead. Tan sólo piensen que el mismo Omar Rodriguez-López admitió que es importante eso de ganar dinero para vivir y seguir produciendo nuevos discos. El caso es que no solo deseaban que el álbum saliese para todo el mundo al mismo tiempo sino que todos pudiesen tener acceso a él. Esto significaba no solo pensar en las personas que no tenían acceso a internet sino en que la gente recibiese el disco sin que este sea masticado previamente por la crítica, buscando entregar algo impoluto a los oídos de alegres compradores que podían haber no pagado nada por uno de los mejores discos del 2007. Era algo único y bastante acertado, pues resultó en una estrategia que dio mucho de qué hablar por varios años, no solo por la movida per sé sino porque dicha movida incluía el lanzamiento de un disco alabado por la crítica, por la prensa, por los fanáticos y hasta por Bono, quien dijo que se necesitaba mucho coraje para buscar otra forma de conectar con sus fans. Porque, bueno, Bono, él sabe sobre ese tema de conectarse con sus fanáticos.

(Este es el punto preciso en que si no escuchaste nunca In Rainbows, es obligatorio que lo hagas de inmediato)

Descrito por Yorke como lleno de canciones de seducción, este es un disco donde la música creaba un sentimiento refrescante respecto al estilo de Radiohead. Tampoco es que hubiesen renovado completamente su sonido, pero sí se sentía algo distinto e interesante, una suerte de vitalidad diferente que agradaba. Tenía su lógica pues, durante el descanso que tuvieron, cada quien pudo ir a explorar sus propios sonidos y experiencias, esto permitió que la onda de Yorke y Greenwood dejase de ser impuesta a la banda (aun si todavía primaban) y que se probase con un enfoque, digamos que, no más democrático sino más, de nuevo esta palabra, comunitario. Algo donde no solo fuesen Thom y Jonny quienes cargasen con todas las responsabilidades de la música, en pos de un producto casi generado por la mera inercia de las interacciones en estudio de la banda y su búsqueda de que todos los comportamientos, expectativas, ideas, esperanzas, valores, creencias y simbolismos de cada integrante de Radiohead importase y se revelasen en el producto final. Al menos a nivel musical, puesto que los líricos son reino absoluto de Yorke.

El disco comienza frenéticamente con 15 Step, un sabroso ritmo vengador de percusión movida y con una guitarra que parece relajarnos por un rato hasta que un coro de niños nos devuelven las ganas de bailar. La canción demarca, muy efectivamente, que este no es un álbum que lidiará con sus tópicas de la misma forma que sus predecesores. La onda yorkiana de electrónica experimental está presente pero no es dominante, Jonny Greenwood – como siempre – es el más sobresaliente, pero la batería, los teclados, la percusión y el bajo parecen tener más importancia en el juego, más fluidez y participación en lo que fue el primer anuncio de un gran momento. Los líricos nos pintan ese primer instante de lo que Thom Yorke luego diría que es el significado del álbum, fuera de ser una colección de canciones de amor. Un disco rico en letras que intentan describir el sentimiento de terror de que quizá deberías estar haciendo otra cosa con tu vida, misma que – recién notas – es más corta de lo que tú desearías. Yorke se metía con las partes más oscuras del amor, la vida y la muerte valiéndose de metáforas poderosas. Ilustrémoslo desarrollando un ejemplo que dio el mismo Thom. Imaginen a un hombre, al que llamaremos Fausto, sentado en su auto, atascado en el tráfico, mirando como loco el reloj porque está tarde para su trabajo. Estresado y aburrido detrás del volante, sus pensamientos empiezan a divagar por diferentes frustraciones hasta que se siente atrapado en el incesante y lento pasar de su rutina. De pronto le sucede algo que a todos nos pasa y que experimentamos con diferentes niveles de extrañeza: Fausto descuida sus escudos por un rato, vulnerado quizá por alguna pena amorosa, y alcanza a darse cuenta que su vida se le escapa; lo abruma un sentimiento sofocante, le perturba el pensamiento de que podría estar haciendo algo diferente a todo eso y, sin previo aviso, sin preparación alguna, lo asalta la consciencia, no la idea, de que algún día morirá. “It comes to us all” canta Yorke en 15 Step, en líricos que bien podrían ser el monólogo de la escena descrita en que Fausto mira hacia atrás, hacia su frustrada vida, y se pregunta ¿ahora qué?

(Curiosamente las horcas tenían quince peldaños antes del súbito salto que conducía a la muerte).

Manteniendo el ritmo y haciendo referencia a un importante film de culto, el disco continúa con Bodysnatchers. Una canción que se siente más como un juego de armonías explosivas y sucias que continúan alterando al oyente con esa onda más suelta, menos críptica y más directa que caracteriza al disco en general. Fausto, asediado por una crisis existencial, de aquellas que ponen en duda hasta los más intrincados mecanismos que tiene la realidad, continúa atascado en el tráfico sin nada más que los autos cercanos y el paisaje vacío de lo urbano para distraer la cabeza de toda idea que la asedia durante aquella árida mañana. Su piel le escuece, sus pensamientos le queman, el sol hace mala combinación con los bocinazos de los otros autos atrapados en un embotellamiento que parece nunca avanzará. A Fausto lo embarga el momento pues ha abandonado su zona de confort y eso le ha costado un conocimiento hasta entonces censurado: no es feliz, no está conforme y empieza a dudar de que su vida tenga sentido. Siente que se encuentra en un momento en que la negación y la aceptación colisionan, y así nuestro torturado conductor atascado empieza a golpear su volante, completamente confundido acerca de en qué momento todo se fue a la mierda. Los líricos denuncian la cobardía tanto propia como ajena, nos muestran la desesperanza neurótica de quien se siente estancado y terminan con dos grandes realidades previamente no admitidas. En este caso Fausto expresa sus conclusiones en boca y canto de Yorke: “I’m a lie/ I’ve seen it coming”

Pero tras los estallidos siempre viene una calma que, por lo general, anuncia la tormenta. Nude es esa balada que todo el mundo asoció con la sexualidad pero que una vez aplicada a nuestro conductor atrapado en este embotellamiento cortazariano puede equipararse con esos momentos lúcidos de autocrítica. Las malditas epifanías que les dicen, que para Fausto llegan después de haber golpeado su volante y gritado y quizá llorado, cuando por fin se calma y admite la mentira de sus verdades, se le ocurre pensar que la esperanza, las creencias, las certezas también pueden conducir a tamaña frustración en un momento digno de un absurdista como Camus. Quizá por eso la canción es lenta, tranquila, altamente dependiente del bajo y la guitarra, con una batería poco presente pero para nada ausente. Y eco. Mucho eco. Lo innegable es que Fausto ya empieza a admitirse la causa y posible solución a la crisis que lo embarga, y esto lo notamos en cómo los líricos de amor se hacen más obvios, tomando forma completa después de este momento tan triste y existencial, después de esa armonía trágica que es Nude, ese instante en que hay que volver a la crisis, al estallido, a la tormenta propiamente dicha, y aparece la metáfora perfecta de la esperanza amorosa en forma del siguiente tema de In Rainbows.

Weird fishes/Arpeggi es un crescendo fabuloso que la banda utiliza para alterarnos de nuevo, donde lo importante es que este tema es el punto preciso del disco en que se combinan tanto la calma con la tormenta. Tal como la nostalgia, la música y los liricos evocan lamentos, emociones intensas bajo el velo de la tranquilidad, que se va perdiendo a medida que la guitarra se distorsiona. Fausto está en ese punto de quiebre en que analiza qué hacer para mantener la mascarada mientras una vocecita le cuestiona si acaso todo eso vale la pena ¿Seguir y morir así? ¿Cambiar y morir de todas formas? Weird Fishes puede ser una atípica canción de amor, que serviría como la metáfora de una manera de sentirlo, además que su ritmo nos pone en un humor especial, su sonido nos despierta sentimientos más…no positivos sino alentadores pues su crescendo suena a esperanza, una que muere un poquito con la siguiente canción, All I Need, y su tono ominoso, lento y grave, importante variante del humor que ha estado predominando en el disco. Es un punto de quiebre interesante por no sentirse caótico ni abrumador. De nuevo reina el amor y Fausto mira a los otros conductores sin pensar en ellos, evocando la imagen de alguien más que no se encuentra presente, torturado por alguna imposibilidad que bien puede aplicarse a un inicio que no llega por muy deseado que es, o a una continuación que no sucede por algún motivo que Fausto desconoce. En pocas, una típica historia de amor y trascendencia que hace obvio que estamos ante una versión del Fausto de Goethe, libro donde se narra cómo un mortal hace trato con el demonio Mefistófeles para ser inmortal y obtener poder y conocimiento que perdería ni bien llegara a ser feliz. Esto es curioso pues el mismo Thom dice no saber mucho acerca de esa obra y, sin embargo, se delata no solo por el nombre de la próxima canción – Faust Arp, esa de ritmos trágicos y tensos, de guitarras acústicas que empujan al vacío –, ni de nuestro personaje, sino la de los contenidos de los líricos. Volviendo a nuestro Fausto, este puede ser el momento en que la pregunta que inició en la primera canción es propiamente hecha: ¿he vendido mi alma por esto? Sea cual sea la situación en la que está envuelto, se pregunta si vale la pena seguir, a la par que resuelve que ya no puede más.

Y así llegamos a Reckoner, la canción más especial, incluso para Jonny. Una que combina sonidos trágicos con tonos esperanzadores y terribles, una donde la percusión y batería se roban el show, especialmente durante sus ausencias y sus entradas vertiginosas, las cuales caben muy bien con la interpretación de Yorke sobre esta canción como un sueño tripeante del que no quieres despertar y luego no puedes recordar bien. Reckoner es muchas cosas tanto para la banda como para los fanáticos, ya que todos le han dado interpretaciones muy parecidas entre sí, pues todas apuntan a que es una búsqueda de catarsis, es la frustración en la que te metes, es el ruego a los cielos oscuros durante una tormenta que parece nunca arreciará y que vives intensamente a sabiendas de que ahí vas a morir, solo y aferrándote a la lejana esperanza de que sobrevivirás. La canción evoca algo símil a lo que el Fausto de Goethe descubre al aprender que no se trata de buscar una luz divina sino vivir con la luz como guía en un disco que explora la idea de trascender, de empezar en un lugar y terminar en otro. La trascendencia como un tema a lo largo del disco, presente en la percusión que jugará junto a los teclados y la guitarra, tratando de emularla con ese ciclo de sonidos que se repiten y luego se doblan para sonar parecido pero con otros tonos, otros ritmos, otras velocidades, otro – y el mismo – Radiohead.

En Reckoner, Fausto, todavía embotellado, descubre que vivir no es obsesionarse, cuando logra despertar de una pesadilla de la que no quería despertar y aunque se resiste tiene que admitirse todo aquello que quería olvidar: la cruda realidad, que Fausto llama Mefistófeles, sigue ahí. No se fue, no se irá, es parte de él y está en él trascenderla. No olvidemos que el trato que hace el Fausto de Goethe con Mefistófeles es el de comprender el sentido de la vida hasta que logre ser feliz, momento en que su alma será tomada. Fausto hace un trato así porque en el fondo no piensa que pueda ser feliz, pero cuando lo logra su alma es reclamada y el cruel despertar llega junto a todo el horror de la consciencia y el súbito entendimiento de qué tanto arruinó la cosas. Pero a diferencia del Fausto de Goethe, el nuestro, el de Yorke, no tiene un coro de ángeles que lo salven de las garras del infierno, nuestro Fausto está condenado a ser su propio yo, sus propios ángeles y su propio Mefistófeles y no sabe cómo alternar todos esos roles.

Lo malo de los momentos de lucidez y claridad es que terminan. Y si no han sido aprovechados la trascendencia es mandada a un particular purgatorio, mientras nosotros continuamos atrapados en nuestros ciclos, esperando una indeseable nueva crisis que nos ayude a lograr dicha trascendencia para movernos a otros nuevos ciclos, donde igual terminaremos atrapados hasta lograr una nueva trascendencia y así hasta que la muerte nos detenga. Lo cual hace interesante que Reckoner también pueda ser traducido como “experto en cálculos” u “hoja de fórmulas matemáticas”, hasta “chanchullo”, lo cual le daría otro sentido al encierro de Fausto, quien atrapado y sin chances a escapar de sí mismo empieza a pensar en la existencia en los parámetros de hacer lo que se siente bien versus lo que uno debe hacer, además de las consecuencias de seguir cualquiera de estos caminos. La crisis de nuestro Fausto viene, precisamente, de siempre hacer lo que debe y nunca lo que quiere y es necesario que siempre esté calculando resultados, evitando morirse por dentro, cuando morir es lo que tiene que hacer para trascender a una experiencia humana, supuestamente, más sencilla.

En ese estado te encuentra House of Cards, donde vuelve una relativa calma gracias a los tonos menos graves y tristes que caracterizan a una canción que no sube ni baja su velocidad y que termina en lamento por un té para tres. Un ruego, en realidad. Una petición patética que hace Fausto a su amada desde su pequeña e infeliz celda motorizada, dando paso a Jigsaw Falling Into Place, que según Yorke trata sobre chupas universitarias, boliches donde la conexión con una persona se da en miradas, pequeños roces durante los bailes, en sonrisas tenues al compás de música ligera durante el transcurso de una noche coqueta, hasta que la pieza final del rompecabezas es puesta y las esperanzas quedan quebradas al notar que todas esas señales no generaron nada más que ilusiones sobre las que Fausto no pudo, o no quiso, hacer nada. El sonido va creciendo hasta sentirse como una energía contenida, ningún instrumento prima sobre el otro y la voz de Yorke retrata el quiebre de la esperanza, la fatalidad de la realidad, la decepción final que nos conduce a Videotape, un sonido trágico de tintes suicidas, otra balada, triste, oscura. Una despedida, en realidad. El final de todo un camino, el maldito momento en que el tráfico por fin avanza y Fausto ha quedado con la vida hecha pedazos.

Tal es el contenido de un disco intenso que refleja mucho del momento que vivía Radiohead. Un momento que bien podía haber sido crítico o no. No importa. La cosa es que buscaban reinvención pues no sabían qué hacer de sus vidas y eso es lo que se escucha en In Rainbows y en la historia de este accidental Fausto yorkiano. Es decir, crearon un disco muy introspectivo y de alguna forma trascendieron y se metieron a los nuevos ciclos de los que algún día tendrán que trascender. Y sí, estas son interpretaciones mías basadas en interpretaciones de otros fanáticos y las de la misma banda, porque al final esa era una intención del lanzamiento via web: unirnos en un nivel diferente al momento recibir y entender la música de este álbum. Y mientras esto pasaba en las mentes de Radiohead y sus fanáticos, en el mundo real la gente se concentraba más en la movida del “Pay to Download” usada por la banda. Con Gene Simmons y Trent Reznor a la cabeza, se hablaba de un mal modelo de negocios, se tildaba a In Rainbows como una carnada para música de sonido de baja calidad, se acusaba a la banda de fomentar la piratería y de arrebatarle oportunidades de crecimiento económico a bandas más jóvenes al proponer un modelo de ventas que no favorece a artistas desconocidos. Fue un lío tremendo en el que todos quisieron dar su opinión acerca de qué era lo malo y lo bueno de esta “revolución” que Radiohead había iniciado, con una gran mayoría de artistas de sellos discográficos hablando en contra del disco por sus consecuencias económicas, mientras que el público y la fanaticada estaban concentrados en lo mucho que les gustaba la música, y la crítica intentaba recuperar el territorio perdido ignorando el ruido de los análisis monetarios y dando sus opiniones acerca lo que podían escuchar en el álbum a un público que ya no necesitaba que les dijeran de antemano si era bueno o malo.

Yorke admite que sintieron placer al decirle “fuck you!” al modelo clásico de negocios de la industria musical, y estudios posteriores demostraron que pese al modelo igual hubo piratería, dado que si bien solo un 38% pagó por el disco, y el 62% restante se lo llevó gratis desde la página, más fueron los que se llevaron ese mismo producto en torrents y otras formas de descarga pirata. Y de todas formas eso no afectó mucho a la venta del álbum, que en las ganancias que generaron, en ese 38%, obtuvieron más dinero que en todos sus discos previos combinados. Nada mal para un “fuck you!” que no solo probó que hay otros caminos sino que combatió a la piratería de la que se le acusaba de fomentar y que ya estaba muy bien establecida el 2007 como para necesitar la ayuda de una banda inglesa. Y la industria lo notó, entendieron que si bien las ventas legítimas debían reducir la piratería, en realidad son el interés y la consciencia de la existencia de un producto lo que más la promueven. Evaluando el impacto años después es notorio como la polémica del momento ahogó muchos aspectos positivos del modelo utilizado para lanzar el disco. Hoy por hoy, los analistas y críticos concluyen que es mejor explorar nuevas opciones legales para distribuir productos artísticos en pos de batallar la piratería. Pero lo importante no es eso, sino que In Rainbows no solo demostró que era posible vender sin precios fijos un producto pues algunos fans querían pagar más, como haciendo un guiño cariñoso a su artista favorito, un guiño íntimo que lo más probable haya pasado desapercibido por los mismos Radiohead, pero que aun así generaba un sentimiento diferente para el fan a la hora de adquirir el producto.

“No era un modelo, era una respuesta una situación” dijo Yorke en medio del tumulto del 2007 y nadie le hizo caso hasta mucho después, cuando se comprobó el éxito del modelo que nunca más volvería a ser usado por la banda inglesa. Ya después otros artistas empezarían a tomar formas alternativas de estreno y financiación de sus discos, como Amanda Palmer hizo con Kickstarter el 2012 alegando que “cada músico tiene que buscar su fórmula”. Pero eso ya es otra historia. Lo importante es que el disco sobrevivió a polémica y trajo de vuelta el sentimiento de hacerte tiempo para comprar un álbum por el sentido comunitario que esto traía al conectar a sus fans con el artista y entre ellos mismos, en una movida que hoy solo generaría bostezos pero que en ese momento logró mostrarnos a todos, de distintas formas, que estábamos estancados y que ya era la hora de trascender a un nuevo ciclo y así hasta que Mefistófeles nos arrastre, o nos salve algún coro de ángeles de este maldito embotellamiento.

Cantar por cantar

Publicado: abril 14, 2015 en Zopilotadas
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Cantar por cantar. Nunca ha sido así, al menos para mí que desde que tengo memoria el canto ha estado asociado a las pocas mañanas calurosas de Potosí, sentado con el sol quemándome la espalda y la cara bondadosa de Hortensia Villena delante mío, mientras sus manos manipulaban las tazas de té y los platillos con pan y mantequilla que había preparado el doctor Gustavo Sánchez momentos atrás. Lo asocio porque ni bien terminaba esos desayunos tardíos, me quedaba inquieto y aburrido y la pobre Hortensia tenía que buscar una forma de distraer al crío que tenía a su cuidado.

Pero los chistes picantes, las historias tristes, las tramas de sus telenovelas, las críticas amables, los reproches censurados, la mirada brillante de orgullo, las justificaciones dolorosas, las pasivo-agresiones defensivas, los juegos y frases privadas y hasta las peleas, que nunca nos involucraban a nosotros dos sino a ese amplio universo de los otros que estaban más allá de la salvación, pero que seguían siendo importantes en nuestros universos entrelazados, todo eso vino después. Cuando yo no era más que un crío, en las mañanas soleadas de Potosí, durante esa época en que recién aprendía a hablar (o quizá un poco después, es posible que la nostalgia me esté traicionando), Hortensia me enseñó a cantar.

No fue una sola mañana, pero tampoco creo que hayan sido miles. Creo que fueron muchos momentos en que Hortensia se sentaba y cantaba, con su voz suavita, temas infantiles que repasaba en mi cabeza cuando no los cantaba (para entenderlos), pero que cuando lo hacía, cuando cantaba, era con todos los sentidos puestos en ello. Hortensia aplaudía y reía, cantaba también, de pronto le entraba ese su humor negro (que escondía muy bien de los demás) y cantaba una canción triste que hacía llorar a sus hijos de pequeños pero que a mí me causaba solo una tantita pena (sería poco después que descubriría cuál era la canción para causar la lagrimera. Y ahí sí que me enteré que todos cojeamos de alguna pata). Con todo eran momentos felices, de los más felices que uno puede pedir. Momentos donde lo importante es cantar esas canciones que decían mil cosas, que contaban historias, canciones de ritmos que los niños hallaban alegres, canciones sencillas que cantaba esta mujer cada vez que podía hacerlo con su nieto. Y hasta el final lo haría. Cantaría para y con él, le regalaría el recuerdo de esa felicidad que terminó asociada en mi cabeza por lo que podría llamarse para siempre. Se convirtió en una presencia habitando la acción de cantar.

Por eso fue duro que primero se fueran las palabras, luego los tonos, después la vida. Fue duro que no pudiese darle todas las historias que quise contar, un poco para pagar las muchas historias que escuché de ella, pero también porque fue duro notar lo pequeño que un universo se puede hacer. Como si perdieses a un dios, dándome cuenta que ahora el canto se convertirá en un rezo y eso me repugna un poco. Después recuerdo que la ficción necesita de una trama y elijo cantar, ya no por cantar, ni convencido de prejuicios del pensamiento, pero si para seguir haciéndolo como antes: un poco en serio, un poco en chiste, un poco bien, demasiado mal, un poco sin motivo y otro poco recordando a mi abuelita. Pues, se marcha la cantora pero no el canto.

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Sería un día sin igual en aquel aeropuerto internacional. Empezaría con una mañana vibrante y hastiada de vida que arribó con el sol alrededor de las seis de la mañana, trayendo con ella los primeros bostezos de viajeros que despertaban de un sueño incómodo en los estrechos asientos de la terminal aérea. En años por venir, los empleados veteranos de las distintas aerolíneas, los mozos ancianos que cuidaban el aeropuerto para que se viese relativamente impecable y hasta la mafia dinástica de choferes apostados en la calle, metidos en taxis y minibuses, atentos con sentidos de buitre a rasgos foráneos pues preferían a clientes extranjeros para sacar una propina extra, todos y cada uno de los que quedaron recordarían ese día como inundado por una belleza inusitada, no solo en el aire general del aeropuerto, usualmente ajeno y bullicioso, sino en la apariencia de tanto pasajero atractivo que congraciaba la mañana de aquel día memorable.

La larga edificación poseía suelos de mármol y paredes pintarrajeadas según la aerolínea que las ocupaba. Por eso se podían ver combinaciones fortuitas de colores como un azul oscuro a lado de un naranja chillón que parecía darle espacio a un rojo sandía, el mismo que poco a poco pasaba a ser plomo para retornar violentamente al rojo pero esta vez con tonos sangre escarlata derritiéndose en celeste, gris, amarillo y blanco en todos aquellos espacios en que no se erguía algún mostrador o vitrina que contribuyese al caos de tonalidades con sus parcos colores de material de oficina, o el variopinto vómito arcoíris de los productos que los comerciantes aprovechaban para vender a diez veces el precio original con ánimos, de nuevo, de desangrar las billeteras extranjeras y locales por igual.

Fue cuando el sol terminó de asentarse, y con su luz cambiar la gris madrugada en una mañana con miras de soleada, que el aeropuerto fue invadido por muchas almas, algunas apresuradas, otras no tanto, rendidas a los ajetreos del estrés de hacer filas largas en las que se tenía que esperar hasta que el avión partía sin uno, u ociosas en la lenta manera en que pasaba el tiempo antes del momento de vuelo; almas camufladas entre miles de extraños procedentes de sabía Satanás qué tierras recónditas e historias extrañas. Aquello era algo regular en un edificio tan habituado a la misma eterna rutina, pero lo curioso fue que de alguna forma ininteligible para los habituales de la terminal, todos los que ingresaban aquella mañana eran bellos ejemplares de distintas formas de belleza, tan externa que su entrada levantó suspiros y cortó respiraciones hasta de los más exigentes jueces de lo estético y/o ciegos en los tules del amor.

Sería, también, una mañana memorable en la vida de Martín Riggan, quien gracias a uno de esos cósmicos y comunes descuidos de una línea aérea, arribó al aeropuerto cuatro horas antes de un vuelo cuyo destino lo llevaría a la penosa tarea de enterrar a una buena parte de su familia en el olvido final de la muerte. Todo triste y amargado llegaría junto al punto más intenso de la resolana matina, e inmerso en los dolores del duelo por tanta muerte, además del desconsuelo secreto de enamorado contrariado, no vería más allá de su amargura, atrapado por imágenes que el despecho y la frustración formaban en el silencio de sus pensamientos. Fue así que no pudo notar el obvio nerviosismo de los empleados que lo atendían, ni la fascinación de los muchos con los otros que dio de qué hablar durante bastantes años. Martín Riggan no vio a la sueca casi albina cuyo pelo rubio parecía blanco y enmarcaban un rostro frágil bendecido por unos enormes ojos celestes, ni tampoco se detuvo a contemplar las precisas redondeces que exhibía una joven de porte desafiante y seductor, que de no haber tenido aquella figura prodigiosa se habría bastado con sus meros aires eróticos. Tampoco notó al alto y flaco inglés cuyo canoso bigote de morsa daba la impresión de un control casi bendito sobre las voluntades de quien fuera que se animase a hablarle sin detenerse en sus ojos cálidos y su sonrisa fácil. Martín Riggan no notó a ninguno de ellos, así como tampoco notaba a todos los otros exponentes de algún tipo de sublimidad estética hasta que, una vez terminados los trámites de vuelo, estuvo bien apostado en la mesita de un café de aeropuerto con un brebaje colombiano, mezclado con leche y vainilla, en mano. No fue hasta que estuvo así que notó a Claudia Márquez sentada junto a su madre en la mesita de enfrente, bebiendo una taza de api humeante y empanadas fritas que no se parecían en nada a los golosos festines que las apieras vendían en los mercados de la ciudad.

Claudia se sabía preciosa, pero por su hermosura discreta que solo ciertos ojos alcanzaban a admirar en su totalidad. Los más se dejaban guiar por su belleza inmediata, la belleza fácil que todo el mundo notaba y en la que se perdieron más hombres de los que ella hubiese deseado a lo largo de su vida. Años más tarde, luego de una serie de eventos desafortunados y un marido seducido muy tempranamente por la Parca, Claudia hallaría solaz en una encarnizada nostalgia que le devolvía a los días felices con aquel marido que la había dejado viuda, y la memoria coqueta de ese día en el aeropuerto cuando notó los ojos tristes de Martín Riggan deteniéndose, heridos, en ella y tardándose en su rostro, en su cuerpo, en el enorme bolso Adidas donde llevaba un libro, una billetera, el perfume del que se enamoraría su futuro esposo y un par de regalos que los familiares a quienes visitaría no apreciarían para nada.

Fingió no haber notado nada y miró a su madre sin mirarla, tratando de distraerse del efecto sensual de aquellos ojos tristes recorriéndola, fallando miserablemente e intentando encontrar distracciones a su alrededor. Pero por mucho que por un rato se distrajo en los aires aventureros de mochileros barbados de ojos claros, seguramente fugitivos de alguna película romántica, o la elegancia de ejecutivos cuyos ojos despiadados contrastaban con sus sonrisas derretidoras, o hasta en los músculos bien marcados de los miembros de un equipo de fútbol, quienes esperaban ruidosamente a que su vuelo saliese, ninguna de estas distracciones estéticas le quitó el escozor que los ojos tristes de aquel desprolijo joven con gestos de anciano le causaron. Era una belleza distinta a la del guitarrista de la otra mesa con sus aires bohemios y melena larga y perfecta, o el curioso atractivo del gordito petiso y cuarentón que hacía cola para una aerolínea de paredes escarlata como sangre recién derramada bajo la luz del sol.

Martín Riggan olvidó, por un instante, los estertores de tanto pariente muerto y la pena que la distancia de Alejandra Borzueta, a quien consideraba el amor de su vida, causaban en su ánimo. Contempló a Claudia Márquez casi con avidez obsesiva, como si no existiese otra mujer en el aeropuerto. Complacido en ese rostro algo cuadrado de facciones suaves y amables, cuyo secreta sensualidad reposaba en la dureza con que se escudaba de que alguien le notase la ternura. Aun de viejo recordaría Martín el cabello negro y largo, liso y brilloso, las cejas peculiares encima de unos ojos oscuros y sinceros, la piel nívea revestida por un top sin mangas que apenas ocultaba su ombligo pequeñito, la chamarra de cuero café tan corta que apenas le llegaba a la cintura, bajo la cual un apretado jean cubría sus piernas robustas y el durazno perfecto que su trasero evocaba. Pero ni en el lecho de su muerte, con esas imágenes nítidas que su mente moribunda le proporcionaba, caería en cuenta que aquella Claudia podría haber sido la rebelde hermana gemela de Alejandra Borzueta.

Los aviones llegaban en hora pese a que el radiante sol, con que había empezado aquel peculiar día, ocultó su brillo tras nubes grises, y algunas otras blancas, que incrementaron la intensidad de sus escasas coloraciones gracias a la luz del astro. Los futbolistas movían las cabezas sin descanso para no perderse nada del desfile de bellezas que iban y venían por la terminal aérea; muchachas de ojos gráciles, figuras infartantes o sonrisas cautivadoras que fingían no notar el descaro con que las miraban tipos de mandíbulas firmes, sensuales posaderas, de miradas confiadas y manos grandes o pequeñas. Algunos viajeros incansables, otros ocasionales pero todos contagiados del placer fácil de contemplarse los unos a los otros, de aquel remanso de belleza que inspiró al amor a muchos aquel día, pero que se concretó en muy pocos casos, algunos cortos y babilónicos, otros románticos y que duraron para siempre, pero todos épicos.

Cuando faltaban tres horas para que partiese el vuelo de Riggan, Márquez le hizo un guiño cómplice a su madre mientras se levantaba y se sentaba en la mesa de Martín como si lo conociera de toda la vida, mientras este dejó de pretender que leía Los Detectives Salvajes y se quedó en silencio, mirándola. Ella le sonreía con todo el cuerpo, a él la tristeza se le escapaba hasta por los poros y por lo mismo ambos quisieron devorar al otro en un abrazo que poco a poco fuera dando espacio a un beso colmado de caricias. Pero el mundo real los dejó quietos, soñando despiertos en futuros que no llegaron jamás y nerviosos como solo estarían pocas veces en las distintas vidas que tuvieron.

Azuzado por el peso del amor, Riggan dijo algo sobre lo extraño que era que ningún vuelo se hubiese atrasado y ella, sonriendo aun más, comentó que de seguro algún milagro estaba en camino para que algo así sucediese. Rieron, no supieron porqué pero lo hicieron y después la conversación fluyó sin obstáculos, dejando atrás a todos los apuestos y las bellas, las bonitas y los guapos, las sensuales discretas y las muy obvias, los moldeados en máquinas médicas que preferían el camino fácil, o los otros que surcaban el camino de sudores en rutinas físicas que solo aquellos de disciplina más férrea conseguían continuar. Martín y Claudia se olvidaron de mirar de reojo la magia de aquel espectáculo peculiar y, a grandes rasgos, se avocaron a conocer la historia el uno del otro. Confesaron sus particularidades de rutina y hasta se atrevieron a mostrar uno que otro defecto, cuyo descubrimiento solo avivó la curiosidad con que él quería escuchar la voz de adolescente ronca que tenía Claudia y con que ella se internaba en el misterio de la tristeza en los ojos de Martín.

Faltaba una hora para el vuelo de Riggan cuando la madre de Claudia se levantó de la mesa. Hizo cuanto pudo para demorarse pagando la cuenta y leyendo sabiduría barata en el retrete, hasta que ya no pudo esperar más y se paró delante su hija mirándola con harta significación que esta entendió y a la que respondió con un gesto que solo comprendería su madre. Decepcionados, Riggan y Márquez intercambiaron datos que usaron para contactarse con avidez a lo largo de los años, sin nunca poder volver a verse más que en las fotos colgadas en las muchas redes sociales por las que se siguieron hasta sus respectivas muertes. Se abrazaron por un largo minuto, se dieron un piquito sin ninguna timidez inoportuna que viniese a arruinarles la fiesta y se miraron todo cuanto pudieron mientras ella tropezaba su camino a la sala de embarque. Riggan pagó el café que había consumido, tomó su bolso de mano en el que por las prisas había metido medias desiguales, poleras sucias y una chaqueta ajena cuando aquella misma mañana hizo el equipaje para viajar a enterrar a numerosos parientes muertos.

Martín dedicó la hora que tenía para matar en un paseo pausado por el mármol del aeropuerto, ignorando los colores de las paredes y notando vestidos rosados con puntos negros  que hacían vistosas unas piernas por demás normales, poleras sencillas y muy usadas que daban un aire romántico a mochileros demacrados; Martín marchaba contagiándose del embelesamiento general de la gente, recordando a Claudia, añorando a Alejandra, ignorando a los muertos, confortablemente adormecido en las risas fáciles, los silbidos coquetos, las miradas pícaras, las voces eufóricas, el sonido del caminar tierno de los niños, la venerabilidad con que se quejaban los ancianos y la eficacia de los empleados, quienes se sorprendían a sí mismos con lo bien que iba todo, incapaces de siquiera pensar que algo podía salir mal.

La tristeza retornó a Martín Riggan cuando faltaba media hora para la salida de su vuelo, al que esperaba en la misma sala de embarque en la que hacía apenas una hora estaba Claudia Márquez, toda sonriente y expectante del futuro. La belleza seguía alborotando los ánimos de las almas que ese día estuvieron en ese aeropuerto y que no desaparecería hasta mucho más tarde, por la noche, cuando unos nubarrones repentinos, no predichos por ciencia o magia alguna, empezaron a formarse en un cielo que permaneció gris durante todo el transcurso de aquella jornada de beldad. Riggan abandonó todo pensamiento grato, o no grato, y con mucha dificultad apartó su mente de lo bello, a sabiendas que pronto enfrentaría tareas tristes y difíciles. Escuchó el llamado al embarque en los parlantes de la sala y dedicando pensamientos cariñosos a Alejandra Borzueta, antelando el paisaje maravilloso de las nubes como una tierra encima de la tierra, abordó el mismo avión que por la noche, gracias a la violenta fuerza de una súbita y negra tormenta, se estrellaría contra la imponente terminal que albergó tanta belleza en un solo día, matando a muchos que apenas notaron sus muertes, muertos en vida por las maravillosas sensaciones que causaba la contemplación de lo sublime.

Nubes

Publicado: enero 26, 2015 en Zopilotadas
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Recorro los lugares donde tanto te quise y me detengo a pensar en el paso del tiempo, en cómo el colegio ese donde fuimos a un simposio, el de dos canchas y fachada verde que por dentro parece una casa construida en los ochentas, anda en la misma decadencia de hace años, como si aun fuera ese día de lluvia en que estuvimos ahí, un tanto borrachos viendo aquella charla académica después de haber estado en una fiesta en casa de un amigo; o me detengo un rato en esa interjección del barrio de los moteles donde nos dimos un beso intenso que me quitó el aire toda esa noche en la que, luego, tuvimos que escuchar demasiadas bachatas. Lo más común es que recorra las mismas calles por las que tú y yo paseábamos, concentrado en fijarme en los detalles más nimios para que la memoria de nuestras charlas no lo acapare todo y me olvide de notar esas resquebrajaduras de la acera y en el asfalto que han permitido que pequeñas briznas de pasto verde veraniego asomen sus cuerpecitos, para darle color al gris con blanco y café blanquecino de las calles de tu barrio. Entonces miro al cielo, que a veces está celeste como hoy, todo adornado con algodones enormes que otorgan una aliviadora sombra para mis andares, a diferencia de los cielos azul intenso sin nubes, esos cielos que contrastan su color, en degradé, con un celeste tímido que se asoma cada que la tiranía del azul se lo permite. Te diré que ese cielo siempre me ha intrigado, no solo porque me permite notar la esfericidad de nuestra prisión azul sino porque así estaba el cielo cuando nos conocimos. Igual de azul, con esa brutal intensidad de la canícula brillando sobre todos nosotros, mortales, e iluminando las cosas para que refuljan ante la fuerza de sus llamaradas que nos llegan desde años luz de distancia. Pero hoy en el cielo hay nubes y en su sombra descansa mi piel y mi mente.

Otras veces el cielo está gris y húmedo, que tú sabes que es cuando más disfruto caminar pues la configuración de las cosas cambia. Nunca supe explicarlo. La gente se apresura a buscar refugio ante la posibilidad de mojarse, la luminosidad ploma le da fuerza a los colores fuertes y la misma perspectiva sensorial de la realidad metamorfosea. El olor de la tierra cambia, el agua coquetea con tu tacto y el constante ritmo de las gotas cayendo en sinfonía me parece un bizarro deleite, un premio auditivo que choca contra el suelo o cae sobre los charcos y las piedras, los arboles y los perritos callejeros cuyo olor es un gusto culpable. Pero lo mejor es el paisaje, lo oscuro recrudece y la claridad se opaca, haciéndome sentir hermanado con los panoramas cuyo rostro ha sido transfigurado por el clima. Ese ambiente no me lleva a los lugares donde te quise, sino que me remonta a los encierros en tu casa, o las memorables veces que estuviste en la mía y me entristezco porque hoy vivo en otra parte y ya no puedo decir que aun siento tu presencia en mi cuarto y me aferro al consuelo fetichista de creer que tu esencia aun se mantiene en mi colcha, en la que estabas sentada cuando nos dijimos que nos queríamos.

Pero lo peor es la noche, pues por las noches las memorias son más nítidas y vastas, además de que nuestros momentos más críticos han sido siempre por la noche. La noche me encuentra caminando mientras miro el suelo y dejo que mi vista periférica pille la decoloración del cielo que, a medida que se pierde la luz, empieza a llenar los espacios en blanco con nubes plomas, primero, nubes azul metálico, después, así hasta llegar a las rojas con dorado a las que quiero tanto porque ellas nos acompañaron mientras charlábamos en las inmediaciones del apartamento de tu tía. Ese cielo al anochecer tiene un tono siempre tan oscuro en sus nubes que, poco a poco, se hace dueño de la gris blancura del cielo e intensifican su oscuridad, mientras que los resabios de esas nubes rojas se van entintando con un sombreado escarlata que crea todo el contraste que embellece con efectos de luces y tintes inolvidables, que siempre se pierden con el advenimiento de las estrellas. Eso lo veo con agrado, lo admito, pues ese era el cielo que yo veía cuando me iba de tu casa a pie, sin decirte nada para que no te preocupes, usando la ruta alternativa para ir por detrás de la ciudad hasta llegar a mi casa que estaba al otro lado de la tuya; por eso también las caminatas y el sudor me recuerdan a tí, así como la caca de paloma que te cayó esa vez que caminábamos junto al Solomón. Sin embargo, la huída de la luz también me apesadumbra pues me deleito viendo aquellos atardeceres que le dan paso a la negra noche, la cual no solo me recuerda, obviamente, a ti sino que para cuando la veo, desde los laberínticos vericuetos de la ciudad y las luces de la misma que influyen en los irises para ocultar las estrellas, ya estoy predispuesto a la melancolía después del espectáculo del cielo oscureciendo. Y esa melancolía me encuentra vagando entre bares y risas, me hace vivir esa noche del cumpleaños de la Ariana, la misma noche en que me encamoté de ti, la misma noche que terminamos charlando de todo lo privado en nuestras vidas, por mucho que era la primera vez que charlábamos. Claro que no me libro de visualizar noches menos gratas, como cuando rompí esa ventana mientras lloraba por ti y la policía no pudo encontrarme, o cuando vimos ese choque en plena puerta de un supermercado, aunque ese no cuenta porque en ese momento yo era feliz de tenerte a mi lado, pero entonces rememoro el cumpleaños de nuestro amigo Néstor en que me emborraché como nunca en mi vida y rumié mi tristeza desquitándola contigo y el mundo. Solo para ese entonces el cielo ya está completamente negro y los ruidos citadinos se van perdiendo para darle espacio al silencio y que empiece su reinado. Eso me gustaba de tu casa, no solo lo cómodo que me sentía a lado tuyo sino la presencia tan histérica del silencio de afuera que me atraía por permitirme escucharte mejor, caperucita. Así logro reírme y recuerdo otras noches como esa fiesta en que nos vimos por lo baños y no pudimos evitar besarnos como locos, o cuando en los juegos de un parque charlábamos como si no hubiera mundo que importase. Y esos recuerdos me ponen más triste que avergonzado por las memorias anteriores, porque encuentro que sigo caminando y explorando nuevas rutas, así como antiguas, y mientras lo hago recorro estos lugares donde te quise mucho, dándome cuenta que aun te quiero tanto.

–          Dedicado a lo indedicable.

–  El azar y la irracionalidad de un momento pasado han truncado que mi futuro sea el suyo, y viceversa. Hoy somos amigos, pero como me duele en lo interno.

Antonio de Jesús Chávez

–          All of us food, that hasn’t died.

Josh Homme

¿Qué nos pasó, Muerte? Solías ser mi anhelo más alto, mi verdad más pura, solía verte como el paso hacia la grandeza, como la única chance de importar en este mundo. Te he buscado en los alcoholes que me ofrecían hermosas señoritas de piernas ágiles, en los puños de desconocidos furibundos y las balas de creyentes de los otros bandos cuando escuchan mis monólogos. Incluso he llegado a sentirte cerca cuando me hospedaba en cuartos blancos que hedían a matadero, o en el suave abrazo de los orgasmos todas esas veces que busqué anestesiarme en los brazos del Placer. Mi rutina giraba en torno a buscarte y entregarme a tus tiernos consuelos, tus ojos que yo pensaba profundos y hermosos, tus piernas robustas y kilométricas que me mostrabas coqueta cuando la luna iluminaba mi mirada, o probar tus labios colorados por medio de besos indirectos robados a cualquier superficie en que se hubiesen posado, abrazarme a ese cuerpo hecho a mi medida. Perfecta. Así eras para mí, Muerte amada mía. Eras un remanso de perfección pura y absoluta, omnipotente como los del otro lado se imaginan a sus dioses.

Me gustaba añorarte. Eras esa muchacha prohibida que todos detestaban. A lo largo de mi vida te he visto coquetear con mucha gente, y te he visto llevarte con tus besos hasta al más leal de los esposos, o esposas dado que a ti te da igual como son los genitales de quien amas ¿Puedes creer que sentía celos de ellos? Me acercaba a los féretros con rostro compungido, me guardaba de la vigilancia de los dolientes y fijaba la mirada en los fallecidos. Los contemplaba con envidia, imaginando escenas morbosas donde sus cuerpos inertes se insertaban en tus carnes, donde el rigor mortis se convertía en una ventaja que una mirada pícara tuya capitalizaba. Solo entonces me paraba a observar el saco de carne que llamo mi cuerpo, detestándolo por ser mancebo y lozano, por devenir en mi mayor obstáculo para estar contigo. Era joven, el mundo era lo que yo quería que fuera, la vida dependía de mis creencias.

Me confié. Creí que la vida era tan simplona como para que solo exista un camino a la verdad. Me refugié en mi lealtad hacia tu amor, en mi insana obsesión de anhelar, imaginando encuentros contigo, formas de poder acercarme a ti. Y fuera de eso nada importaba, todo era pequeño y hasta nimio ¿quién puede oponerse a la Muerte? Nada, ni nadie. Y era tan cómodo que todo fuera así de simple, ser el príncipe del corazón roto, enamorado del amor, encamotado de la Muerte, por siempre expectante a que me devolvieses lo que yo tan alocadamente creía darte. Y eso estaba bien, habría sido feliz si hubiera aprendido a no esperar más de lo que yo podía dar.

Por ese entonces llegó Carlota. Vino cuando el pensamiento de tu amor primaba por encima de todo lo demás, en la época en que quise olvidarme de ti y tus artimañas. Ahí fue que llegó Carlota con su ternura, sus ojos grandes, su graciosa torpeza y sus formas de simplificarme las complicaciones. Carlota se anunció como otro coqueteo contigo, Muerte, pero terminó siendo un guiño a vivir. Carlota era la mentira más hermosa, de esas en las que uno cree por mero gusto, porque más allá de la fe uno sentía amor, o sentía algo que no era raro llamar amor. Y lo extraño no era sentir todo eso, lo raro era lo sencillo que resultaba convencerse de semejante mentira tras cada beso pudoroso que posaba en mis labios. Más raro aún era lo correcto que se sentía creer en ella.

Alguna vez me di cuenta que cada quien le gusta creer lo que más le conviene. Y Carlota no me convenía. O no nos convenía, mejor dicho. Quizá no tanto por ella, como por lo que representaba para mi vida y para mis desórdenes el mezclarme con ella. Pero sí, me mezclé con ella; y no me vengas con celos querida, no te quedan. Especialmente porque tú, promiscua, abrazas a quién sabe cuántos cada día. No sería justo que me digas que estás celosa, por mucho que yo sepa que sí lo estás. Es más, lo estuviste desde que Carlota y yo nos hicimos novios. Dejé de pensar en ti, ya no te buscaba en ningún callejón, ni en los bares, ni siquiera en las pelvis de limítrofes sensualonas. Pasaba mis días tratando de robarle su tiempo a la ocupada Carlota, monopolizar sus distraídos pensamientos, beber de su aroma, complacer su cada-momento y encabritarme en sus preocupaciones. Carlota era un bello malestar para lo que tú y yo teníamos. Pronto dejé de pensar en el destino secreto de todas las cosas, olvidé mis prédicas en contra la fatua sensación de verdad absoluta, por un instante dejé de verte, Muerte adorada, como la solución al problema humano. Al problema de mi vida y mi conciencia chocándose contra la imposibilidad de aprehender, siquiera, algo real. Carlota es alguien en quién el mundo debería creer, es otra de esas corrientes a los que nos aferramos para no enloquecer. Carlota es tan importante y hermosa como ella misma, como diosa de la eternidad repetitiva, como humana atrapada en la pesadilla de la existencia, como agente de una felicidad que muy tarde logré aceptar. Ya no sé si por honesto o autodesturctivo, solo sé que no lo pude manejar.

Ahí me reatrapaste, Muerte. Te extrañé y mandé al carajo lo que tenía con Carlota, porque no podía dejar de buscarte. Necesitaba besarte en los labios y seguir vivo, o a lo mejor necesitaba irme afuera de todo, sin saber bien a donde iría. Tan sólo irme y no notar nada, nunca más. No te culpo, ojo, mea culpa, lo puedo aceptar. Puedo decirte que el error de mi vida fue no poder dejarte ir, el problema fue que no pude admitirme que tú no eras una solución sino que eras tan solo una historia más esperando a ser repetida, o aceptar que tarde o temprano tú vendrías a por mí y nos uniríamos en un abrazo que me permitiese ¿dirigirme al olvido? ¿confirmar que no existe verdad, ni siquiera en el vacío del más allá, en el olvido de cesar de vivir?. Pero ¿quién quiere adentrarse por completo en el olvido? No yo. O por un instante ya no quise. Y sí quise caminar por la tierra viendo como los cielos se mueven cambiando sus colores de celestes a grises, a blancos, negros, rojos e infinito; anhelé presenciar cómo los hombres moldean al mundo, quise probar los sabores de todo lo nimio y olvidar que el tiempo es simultáneo y que, en cada segundo, mi vida entera sucede al mismo tiempo. En un segundo donde estoy naciendo, y en ese mismo segundo estoy con Carlota, además de estar muriendo. En ese segundo es tanto ayer, como hoy, mañana, como cualquier momento de mi pasado y mi futuro. Pretendí olvidar que en ese suspiro, que es la vida humana, no alcanzamos a nada más que contarnos mentiras sobre quiénes somos y a quienes queremos, repitiendo las palabras y los actos hasta formar una narrativa que nos permita vivir en paz, engañados y felices, como si no fuéramos marionetas que se dejan manejar por la ilusión de completitud, por la promesa de que el vacio está en realidad lleno, de que podemos ver las cosas por como son, que la realidad es tan simple como nos la pintamos.

Yo escogí la narrativa adecuada para estar cerca tuyo, Muerte. Pero luego me di cuenta que esa era mi mentira. Y de pronto quise creer en otra mentira, una menos complicada, una que me hacía sonreír con sus ocurrencias y rabiar cariñosamente con sus necedades. Una mentira que creía en sus propias mentiras a las que llamaba verdades, una mentira que no me prometía el paso al vacío eterno, ni ninguna de esas cosas. Pasé de la narrativa de la Muerte a la narrativa de Carlota. Derrotado por la ficción, ansioso de no darle un vistazo a cómo sería vivir sin narrativas.

Alguna vez volví con Carlota, pero ella ya me había dejado por mucho que decía que estábamos juntos. Pienso que Carlota se dio cuenta que pese a que me quería, quizá no le convenía tenerme en su narrativa. Se alejó, me dejó y yo volví a tus brazos Muerte, pero ambos nos dimos cuenta que ya no era lo mismo. Por primera vez viste en mí un deje de rechazo cuando vi, por fin, tu rostro; cuando furioso por Carlota haciéndome a un lado, ambicioné dejar de verte a través de los velos con que te ornamentabas y me atreví a estirar la mano, agarrar la seda fina y oscura, jalar de ella pese a tus quejidos débiles, y lo vi querida, vi tu rostro por mucho que me cegaste de inmediato con un beso de los labios que yo creía carnosos y que ahora se revelaban como tenias viscosas que se frotaban contra mis propios labios y forzaban su paso dentro mío. Y cuando esos horribles gusanos terminaron de colarse en mi garganta, pude alejarme asqueado y mirar bien al objeto de mis anhelos. Y algo en mí se marchitó cuando observé las cuencas de tu calaca, vacías y demasiado inmensas, que me provocaron tremendos escalofríos mientras tus ropajes caían y dejaban ver un brillante agujero que todo lo chupaba, un agujero que sostenía tu astillada calaca. Y lloré, Muerte. Lloré no solo del asco de sentir a las tenias moviéndose dentro mío, también lloré porque supe que no te estaba mirando a ti, estaba mirando un algo que nunca podré especificar, un algo que velaba al verdadero terror detrás suyo. Y sentí que podía explicar el problema de lo humano mientras el agujero me succionaba adentro tuyo y yo no veía ni luz, ni oscuridad, solo podía ver la mirada fija de tus ojos siguiéndome a donde fuera que yo me moviese, totalmente consciente de que mi piel goteaba en cada instante de la eternidad, y que yo no podía evitar ese derrame mayor en que me desestructuraba en el continuo de las cosas, viviendo cada punto de la historia y derritiéndola como a una fábula. Disperso por todas partes, Muerte, me dejaste disperso y sin ficción a la que aferrarme. Y detrás de la inmensidad de tu vacío interno, había un vacío más enorme y más insondable, un vacío perpetuo al que no se podía ni tocar sin volverte en nada tú mismo.

Y cuando volví, pues lo visto no podía ser no visto, las ficciones me habían abandonado. Por un tiempo hasta intenté recuperar a Carlota, pero así me enteré que las historias que no quieren ser contadas se mantienen inenarrables. Y así me quede persiguiéndola en vano, tal como a ti Muerte. Me quedé persiguiendo una verdad que ya no quería que yo la creyese. Pero me di cuenta que me quedaba una mentira a la que ya no podía llamar verdad. Me quedas tú, Muerte. Me queda también la vida, pero me sobra el horror de verte al rostro y recordar que soy una marioneta de mi propia tendencia a creerme los cuentos para seguir respirando, me pesa el pensamiento de ser una no-existencia aspirando a creer que existe, o estar acá esperando una chance para por siempre zambullirme en el olvido.

Soy el Amante Furtivo. El Muertito Silencioso. Soy la languidez que le sigue al mal sexo, pero también soy la certeza de que algún día revivirá el cadáver del bienamado. Me han confundido con la fe y hasta con la felicidad, pero luego me conocieron mejor y se han arrepentido de haberme dejado respirar. Cuando se acuerdan de mí pocos sonríen, los más saborean a la amargura derrotarlos con ese sabor asqueroso que deja mi presencia que alguna vez se atrevieron a disfrutar. Sudo esperanzas, babeo creencias, la gente se arrima para despreciarme mientras lamen mis sudores y brindan con mis babas. Sé que se tragan mis cuentos y los venden como verdades, porque les acomoda no tener que preguntarse qué de lo que les digo es y no es verdad. Me traicionarían si supieran que soy traicionable y, lo que es peor, para no saberlo se convencen a sí mismos de que algo más nefando que yo no puede existir. Pruebas no les faltan: soy el bully que maltrata a quienes lo quieren y devasta a quienes se atreven a mirarlo chueco.

Mis miedos son bien gordos, mi coraje les da de comer. El fatalismo se me da fácil porque en secreto el optimismo me sale hasta cuando solo se puede llorar. Soy el hijo de la gran puta que parió a los caínes y los iscariotes. El villano disponible al que se le puede echar la culpa de hablar con verdades que suenan mejor cuando son mentiras. Si de algo estoy seguro es que en la condena que me quite la vida, se me acusará de ser honesto o de mentir con la verdad. Mis alegrías son ajenas, mi llanto mustio, mi risa contagiosa, aun si es que es a costilla mía creyendo que es a la de los demás, mis palabras cizañean, moldean y disponen, mis actos son rencorosos, cuando no esperanzados, y esconden en sus manos, sin nunca decidirse por cual repartir, cuchillos romos y rosas venenosas. Mis actos exorcizan, curan y hasta perdonan a la par que me exilan a un silencio que ni siquiera los muertos tienen que acatar. Mis sentimientos y mis ojos me delatan, me venden bien barato cuando me olvido que los tengo que ocultar si no quiero que la Parca se aparezca para divertirse marchitando todo aquello que me ayuda a respirar. Cuando me descuido, entre los dos le ponemos dinamita a todo lo que me importa y lo dejamos estallar.

Si soy el Muertito Silencioso es porque soy de esos cadáveres a los que no les permiten convertirse ni en zombies, ni fantasmas, ni hablar de espíritus. Hasta prohibido me tienen de volverme demonio o, cuando menos, desaparecer sin más burocracia que la de los sentimentalismos míos y de quienes no hayan podido terminar de odiarme. A veces pienso que todo esto es injusto pues a los otros muertos se les permite existir en ecos y susurros, memorias, rencores públicos y bien conocidos. A los demás alguien los declaró muertos y hasta tuvieron la amabilidad de anotar la hora en que fenecieron. Arman, los vivos, fiestas aburridas donde todos se sientan a llorarlos, mientras ellos, los muertos, se pasean en forma de fantasmas, memorias, espíritus, susurros, palabras o pensamientos, lo que sea que los permita continuar arraigados en penas, torturas, alegrías y todo aquello que los asocie a los hechos de los vivos, que les alargue la euforia que en vida tuvieron la oportunidad de experimentar. A mí no me permiten habitar en los recuerdos. A mí me olvidan porque cuando viví fui excesivamente inconveniente.

¿Para qué nace uno si de todas maneras aquello que hace para sobrevivir a duras penas se parece a respirar? El Muertito Silencioso es declarado indeseable desde el momento en que advierten mi presencia. Me callan, y me callo, cuando estoy por hablar. Consciente de mi inconveniencia quisiera morirme, o aunque sea aceptar ese mutismo forzoso al que me tengo que subyugar. Soy incapaz de perdonar por el simple hecho de que yo mismo fui concebido como imperdonable. Y ahí está el problema. De sobra me sé nefando y despreciable pero ni así escarmiento, todavía busco hablar y respirar.

A los otros muertos les da por recordar con nostalgia la vida, pero conmigo eso no funciona pues yo nací muerto viviente. Condenado a desear respirar, mientras ellos vivían vidas alocadas que los convertían en bandidos. Amantes Bandidos que se robaban besos, caricias, promesas, anhelos, deseos y alguna que otra calamidad. Algunos se mantenían, se mantienen, se mantendrán bandidos hasta la muerte, otros se dejan legalizar por alguna estabilidad. Ahí acaba el bandidaje y solo queda esperar la muerte, siempre y cuando nada sucediese que los volviese a ilegalizar.

Mientras tanto yo ando de Amante Furtivo. Escucho todo, lo comprendo además, predigo el futuro y compruebo que la ventaja del silente es que puede ver más. Soy el testigo y el envidioso de los amantes bandidos y sus hazañas. Escucho de ellos en boca de a quienes me quiero mostrar. Esos seres gracias a los que existo y que cuando se enteran de mí no pueden evitar sentirse asustados y ya me quieren asfixiar. Y mientras relatan las hazañas o los planes de los amantes bandidos, yo me ahogo en mi impotencia, en el silencio que se me impone. Entonces me precio de furtivo para poder maquinar estrategias y embustes que me permitan acercarme a imponer mi verdad. Me caga no existir más que en una probabilidad lejana, un secreto a voces, ser un pinche zombie vegetariano que no termina de aceptar su papel de mudo y muerto. Ser furtivo es la única respuesta que encuentro desde el silencio, y hasta me conformo con que sea una respuesta tan flaca, escuálida incluso, que no garantice nada más que toneladas y toneladas de fe. A los amantes bandidos la fe los propulsiona al éxito, a los furtivos nos envenena e impulsa a saltar a los vacíos que no sabemos si podremos circunnavegar.

Se supone que la faceta del Amante Furtivo está ahí para algo lograr. Que de tantas trampas, indirectas y estratagemas algo salga que me permita creer que puedo llegar a más que esta simple bazofia de lanzarse a habitar sentimentalismos solitarios, de desear ser deseado y hasta sobrestimar con la misma libertad con que me subestiman. Lo cierto es que me gustaría dejar de comprender los porqués de cada falla que atormentan al Amante Furtivo, los motivos por los cuales es difícil que sus anhelos sean escuchados, mucho menos validados. Me perjudican pues. Me arruinan el esfuerzo de mentirme para creerme el Amante Silencioso que algún día les arrebatará la damisela a los amantes bandidos. Creerme el Amante Silencioso para no tener que aceptar que los Amantes Furtivos lo son para no tener que vivir un final, que los Muertitos Silenciosos eligen callarse porque les da miedo que la vida los termine de matar.

Y no lo puedo evitar. Nunca seré un amante bandido, aun peor el oficial. No seré ni el muertito ruidoso, jamás podré existir sin pasar por el secreto y la imposibilidad. A las damiselas no les agrada lo que tienen que decir los silencios de los Furtivos y los Silenciosos. A nadie en realidad. Ni siquiera a nosotros mismos nos gusta escucharnos cuando estamos tan conscientes de qué implica la imposibilidad. Pero ni modo, que igual existo. Me conformo con poco, sueño alto, sobrestimo y hasta se me ocurre esperar que de tanta lucha, alguien a quien le hablo se le ocurra escuchar.

Para la Gata Negra

No one’s got it all

Regina Spektor, Hero

If you ask me to be honest
I think we should really worked
With your obnoxious depression
And communication skills

–          Juan Son, Mermaid Sashimi

 

And the hardest part
Was letting go, not taking part
You really broke my heart

–          Coldplay, The Hardest Part

 

I survived.

I speak, I breathe,
I’m incomplete
I’m alive – hooray!
You’re wrong again
‘Cause I feel no love

–          Queens of the Stone Age, The Vampyre of Time and Memories

 

Nunca más ya podre verte

Amarga tierra de ingratitud

Por amarte y por quererte

Tronchó la muerte mi juventud

Y a extraño poder te llevarás

Mi flor de amor

–          Taki Ongoy, Último Baile

 

And it was
A leap of faith I could not take
A promise that I could not make

–          Placebo, Ashtray Heart

 

But now I have finally seen the end

And I’m not expecting you to care But I have finally seen the light

 I have finally realized
I need to love

–          Muse, Madness

        

I didn’t want to ask you, baby
I didn’t want to have to ask anybody, baby,
Is anyone asking maybe?
Can anyone even hear me?

–          The Strokes, Machu Picchu

 

Aspiró delicadamente la boquilla de la pipa, expulsando el humo a medida que invadía su boca. El contraste gris azabache del anochecer invitaba a fumar lento, con disfrute, dejándose llevar por el aroma a vainilla de aquel tabaco, como pidiéndole perdón al tiempo, a las memorias, a los sueños. Miró por la ventana al cielo rompiéndose en aquel espectáculo, escuchando de fondo Último Baile de Taki Ongoy, permitiendo que los líricos se asienten en sus pensamientos. Contaminado, arrepentido, oscuro, silente e incompleto. Así estaba X. Además de sentado frente a una ventana, con un enorme San Bernardo echado a su lado, con pipa en mano, una taza de café en el alfeizar y un chocolate que el animal veía fijamente en cada que se movía.

Puso pausa a la música. Dio más bocanadas a la pipa. Las luces de la ciudad empezaban a pintarse, el paisaje se iluminaba artificiosamente pero el aire nostálgico no se quería marchar, el velo de la noche se hacía cada vez más evidente y X sentía que estaba en el mismo anochecer de siempre, abrumado por la sensación de deja vu, convencido de que el aire lo transportaba a un día infinito que jamás se terminaba y evocaba a un encierro agradable. X se maravilló ante los gritos del silencio absoluto, pensando que ni siquiera la ciudad se atrevía romper aquella calma de anochecer, notando que hasta su respiración parecía más estridente y el infierno se desataba en sus pensamientos.

Le dio un sorbo al café, cargado y con mucha azúcar, olió y mordió su barra de chocolate y concluyó con una larga bocanada a la pipa. Las primeras estrellas se asomaban brillando coquetamente en los augurios que traía el cielo y su promesa de luna llena. Ahí apareció la gata. Dio un rodeo al San Bernardo y se posó en las faldas de X, buscando el chocolate, estirándose desvergonzada, maullando y mirando casi dulcemente, casi fijamente a los ojos de X. Acostumbrada a la presencia de X, la gata negra de ojos miel no se sabía hurtada de su hogar. O a lo mejor sí, pero no le importaba. X la trataba más que bien y había dejado que la felina se apoderase de su pequeño reino donde vivía con su San Bernardo, sus libros, sus fantasías, sus series y su soledad. La gata negra había llegado a apoderarse de la cama, de los asientos, a dejar rastros de su pelaje por doquier, el olor a sus meos se sentía especialmente fuerte en el cuarto de X y en la mini sala donde la gata negra era reina absoluta, maullando cada hora en punto, solo para recordarle a X que seguía ahí, o que se iba pero al rato volvía. A veces su miau significaba tengo hambre, otras quiero caricias, otras veces aquel solitario maullido – pues nunca había un segundo, mucho menos un tercero – era una queja que X escuchaba divertido o una risa que iluminaba al mismísimo San Bernardo. Pero siempre desde la sala. Si la gata negra maullaba, X era quién tenía que ir a ella. Tratarla como reina o ignorarla rotundamente. Aunque, a veces la gata negra cedía y marchaba a donde fuera que estuviese X. Lo miraba como con reproche y volvía a maullar ese miau de mil significados.

La gata negra se echó encima del San Bernardo. El perrazo emitió un ligero lamento desde la garganta, pero no se movió ni un ápice ya resignado a la soberanía gatuna en tierra de perros. X los observó divertido, olvidando por un momento al anochecer, y acarició la cabeza del San Bernardo, como reconociendo la escena, volviendo a sentir el deja vu, atorándose en el día infinito de nostalgias e ilusiones, frustraciones tercas que se rehusaban a marcharse, memorias vívidas de lo que sentía como una muerte. X lo sabía, lo aceptaba y hasta había llegado a necesitarlo. Era esa gata negra, era una memoria que se rehusaba a darse por muerta, X evocaba un dolor de hacía dos años atrás. Tiempo suficiente para parir una tortura impensable y ayudarla a crecer, nutrirla de rencores, lamentos, excusas, arrepentimientos y deseos furiosos, incluso ansiosos, deseos que visitaban ese solitario reino de X y le recordaban lo perdido. Una falla que encontraba un alivio superfluo en dejar a la gata negra reinar en los recovecos de aquel reino solitario.

La noche al fin reinaba absoluta. De afuera se escuchaban aullidos y ladridos de callejeros. La gata negra maulló y se subió a las faldas de X, quien no sabía si la felina buscaba caricias o comida. La gata negra ronroneó al sentir el toque brusco de X en su pelaje y comenzó a estirarse, cerrando los ojos complacida. X continuó acariciándola, automático, rutinario, deseoso. “¿Deseoso?” resonó en su cabeza, mientras la gata negra se relamía con los ojos cerrados ¿era todo eso, que se arremolinaba en su cuerpo, un deseo o un recuerdo? Podía ser posible que sus ojos lo engañasen, pero ¿acaso la patita de la gata negra se había transformado en una sensual pierna humana de piel canela?

X, de pura sorpresa, derrumbó la taza de café sobre su alfombra. A la pipa humeante la apretaba con su mano izquierda y encima suyo algo pasaba, algo que le despertaba los sentidos y engendraba una mano traviesa que se movía por un pelaje que ya no era pelaje. X no quiso mirar. Sintió que la gata negra era más grande, palpó una piel suave y sedosa, reconoció formas poco gatunas entre sus dedos y hasta la olió. De los vericuetos de su memoria, o tal vez de las profundidades de su anhelo, incluso podía ser que fueran las venganzas de sus frustraciones quienes se encargaban de convertir el olor del café derramado en la alfombra, el chocolate a medio comer, el humo de vainilla disolviéndose en el aire, o inclusive los meos felinos en una suerte de olor a vino tinto. ¿Debía X abrir los ojos? ¿Estaba listo para que la fuerza de lo que sea que pasaba lo aplastase con tantas cosas evidentes?

X separó los párpados lentamente. Se quedó mirando la luna llena prometida por un rato. Lloraba. Movía su mano ansiosa, manteniendo las caricias sin parar. Pero lloraba cuanto podía antes de tener que enfrentar lo que creía que iba a mirar. “X” dijo una voz suave y grave pero muy femenina, o quizá “X” aullaron sus ideas desaforadas, o acaso eran sus manos tembleques. Algo gritaba “X”.

X miró abajo como un ateo presenciando un milagro. Una femenina figura espléndida ronroneaba en su regazo. Desnuda, flaquita, echada sobre su estómago, todita color canela, excepto en el pelo negro y los ojos que, por mucho que X no los veía, él sabía que eran ligeramente claros, propensos al brillo, redondos, grandes y egipcios. Pero ella miraba hacia abajo y movía sus pequeños pies sobre sus muslos poderosos como bisagras, lentamente y como acompasando las caricias de X en su espalda. Sus nalgas, redondas e ideales, se balanceaban ligeramente ante cada compás, cada caricia arqueaba el cuerpo de la muchacha color canela haciendo que sus pequeños bultos en el pecho se presionasen jugosamente contra el jean de X, forzándola a mover la cabeza como perdida y complacida. X reconoció aquella piel y su toque se volvió ansioso, desesperado habría dicho algún testigo casual, o triste habrían testificado observadores más cuidadosos. Pero no X, quien sentía volverse loco a medida que tocaba más y más a la muchacha color canela, sudando ligeramente mientras la sangre se concentraba en un solo punto de su fisiología y en sus pensamientos se manifestaban las lujurias más concupiscentes, los deseos más básicos y las necesidades más obvias. X se sabía engañado por un cerebro solitario, X se sabía víctima de algún dios cruel y bromista, X se supo un terco reincidente, drogadicto de su propio anhelo y dealer de su más jodido veneno. La muchacha color canela gemía del mismo modo que gime uno al comer algo delicioso, la muchacha color canela se acariciaba el cuello con una mano y pasaba la otra entre su pelo negro. El olor a vino tinto embriaga a X, los ruidos de la calle parecían lejanos. Su reino nunca se había sentido tan vasto y solitario.

La muchacha color canela se dio la vuelta. Sus ojos egipcios se posaron en X casi rendidos, casi eróticos, un poco tiernos, y X se quedó fijo en esos labios con forma de corazón, húmedos y listos para ser mordidos y saboreados. Entonces notó que los pezones de la muchacha color canela lo miraban fijamente y les devolvió la mirada como a viejos amigos, como si de alguna forma los hubiera conocido de toda la vida, los palpó consciente de que la sangre se concentraba más y más, notando el peligro de una explosión como única consecuencia lógica a tanto deseo.

La muchacha color canela se levantó y se sentó en el alfeizar de la ventana. X se acomodó los pantalones y respiró profundamente, puso stop a la música, retrocedió unas cuantas canciones y puso play nuevamente. Inmediatamente sonó un piano y una hermosa voz femenina: “He never ever saw it coming at all“. Supo que necesitaba hablar. Pero igual guardó silencio por un rato. Un rato muy largo.

–  ¿Cómoda? – preguntó repentinamente mientras su radio escupía de sus parlantes un: “Field trip to the chocolate factory/Field trip to the slaughter house/Field trip to darkest places/You can hold up in your mind/Your philosophy, your poetry/You beautiful scum back/Even though you don’t have feelings/I’m obsessed with you right now” – Claro que estás cómoda. De eso se trató todo al final ¿no? De que estuvieses cómoda. Con tu vida, con tus conformismos, con las limitaciones. Conmigo, con él, con quien sea tenías que estar cómoda hasta que ya no lo estabas y, cómo podía saber yo que, te escabullías. – la muchacha color canela cruzó las piernas –  “Al diablo con X, qué importan sus anhelos, o las cosas que me dice, y las que yo dije aun peor.” – X apretaba la pipa con furia en una mano, y posaba la otra sobre las piernas de la muchacha color canela. Dentro suyo lo recorría un escalofrío, un nerviosismo de virgen que le quitaba el aliento – ¿No me aseguraste que tú también? Lo recuerdo bien, lo he recordado mucho. Lo dijiste frente a una verja negra como tu gata, a las seis de la mañana, mientras regresábamos de una noche intensa y espléndida. – el silencio reinó el cuarto mientras la muchacha color canela lo miraba fijamente casi triste, casi soberbia – Y luego te narré mis sueños, te dije mi nombre, te conté quien era. Te hice mi reina. – la muchacha color canela puso sus manos sobre la mano traviesa de X, sonriéndole tímidamente con la mirada – Me dejé llevar por la fe en tu Palabra, por un rato dejé de lado a la nada y te convertí en todo, me preparé para una corta eternidad a tu lado y fui feliz.  Aun desde mi insistente soledad, mi especial forma de ser, pese a mis constantes pedos mentales y mi empeño en la autodestrucción creí, por un segundo, que eso temblaría ante aquello que íbamos a construir. – en las bocinas resonó: “Everything I know is wrong/Everything I do, it’s just comes undone/And everything is torn apart” – Y ni siquiera días después, horas después machucaste eso. Cortaste de plano todo anhelo, sueño, deseo. Whatever. La cosa es que lo mataste. Me mataste.

>> Y claro, después me buscaste como si nada. – la mano exploradora de X acariciaba, la muchacha color canela cerraba los ojos como animalito cuando le rascan detrás de las orejas – “Amigo” me llamaste, con vergüenza en tu voz, con culpa mientras me mirabas y yo te evité.  Me preguntabas “¿Por qué te alejas?”, y yo resoplaba furioso, como si no supieses. – X guardó un corto silencio. La muchacha color canela lo miraba casi fijamente, casi preocupadamente. X aun sostenía la pipa, y con la otra mano se frotaba el rostro. – Me escondí en mis tugurios, en otros senos, más grandes y más nefastos, huía de ti refugiándome en todo lugar en que las sensaciones le ganaban a los sentimientos y a toda costa busqué perderte de mi vida – y la música dijo: “Si el capricho de la suerte/Me deparó tan triste fin/Para mí la misma muerte/Será mi hermoso verde jardín/Allí brotará, mi pobre amor/Blanco jazmín.” -, y logré volverte ausente. Te dejé en paz con tus perros falderos, con tus laberintos, con tus tatuajes, tus terapias, con tus chocolates europeos, tu música de Daniel Johnston, Tarafs de Hadiouks y Avenge Seafold, me alejé de ti, de Dalí y Hunter Thompson. Te olvidé recordándote cada día. Me forcé a sentir cosas parecidas por otras, pero nunca iguales. Me colé en tu casa cuando sabía que no estabas y te robé a tu gata para tener con que recordarte, pero también para vengarme, lastimarte, sentir que algo te dolía como todo me había dolido a mí.

>>Por dos años. Sí. Fueron dos jodidos años los que he estado invirtiendo en olvidar aquel domingo en que me dejaste. – la luna brillaba en la piel canela de la muchacha, su cuerpo desnudo, su elegancia, su mirada le parecían a X divinos, dolorosos, estrepitosos – Y yo alimenté rencores y rencores, porque yo lo sabía querida, yo estaba seguro de que tú y yo – y en lo parlantes resonó “You were alone before we met/No more folorn than one could get/How could we know/We had found treasure/How sinister and how correct.” – estábamos en lo correcto mientras nos duró el sueño. Tú y yo podríamos haber sido como Beren y Luthién.

>>No te culpo. Ya no. – X relajó el tenso cuerpo, dejó que su mirada lo hiciese vulnerable – Hace un mes que me ayudaron a ver que no fuiste solo tú quien me dejó, fui también yo quien me rendí. Deje de lado la insistencia y la lucha, empecinado en victimizarme, en sentirme dolido y tratar de culparte del desastre de nuestros sueños – dijo mientras pensaba “mis sueños” – rotos. Y luego de dos años noté que necesitaba olvidarte, que quizá nunca te superaría pero que ya era hora de hacerlo. – X calló, y en su silencio notó que la música ya no decía nada – Pero tú fuiste la primera a quien le dediqué ese sentimiento innombrable. Y ni siquiera fue completo, ni siquiera pude dártelo todo y me quedé con tanto para ti dentro mío, que siento que no alcancé a darte casi nada. Porque yo fui un cobarde – admitió al fin –, porque tú también lo fuiste. Tal vez porque me engañaste, o me engañé yo solito. Puta mierda, no sé. Quisiera saber. Preguntarte – continuó X sintiendo la pena y la frustración ganándole en el pecho, pesados sentimientos que le recordaban que a veces es mejor el olvido que perdona al olvido que resiente – hasta que punto fueron reales los besos y todo eso. ¿Te arrepientes? ¿Ya nos olvidó el tiempo? ¿Habrá un mañana? ¿Será que alguna otra me acepte como tú lo hiciste en un principio? – la muchacha color canela lo miró casi enamorada, casi culposa – Responde por favor – rogó X – Dímelo, de una vez explícamelo todo.

– Miau.

Un lengüetazo canino en su mano sacó a X de su monólogo. El reloj en el aparato de música decía que eran las doce, su reloj de pulsera indicaba que eran las veintitrés en punto. La gata negra, sentada en el alfeizar de la ventana, miraba a X casi tiernamente, casi fijamente cuando dio su único maullido de cada hora en punto. X acarició al San Bernardo, agradecido y preguntándose qué significaba aquel miau. Aspiró el olor a café que llegaba de la alfombra, vació el tabaco chamuscado al cenicero, mascó el chocolate, puso stop a la música, se incorporó y se estiró mientras la gata negra y el San Bernardo miraban fijamente sus movimientos, contempló a la noche una vez más, y bajó a la cocina para preparar comida para ambos animales.