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Akira Toriyama es un genio. La forma en que avanza la historia de Dragon Ball Z responde a una estructuración narrativa propia de la novela. Podemos ser testigos del desarrollo de las vidas de los guerreros Z y su paso por el mundo, al cual defienden de temibles monstruos como Cell o Majin Buu. Interesante es notar los pequeños elementos que se van dando alrededor de las predecibles sagas (todos sabemos que triunfará el bien y que serán Goku o Gohan quienes salven el día) y que salpimientan de la manera más suculenta el relato que trae Toriyama.

Son las pequeñas cosas. Algún comentario existencialista del narrador, alguna acción, aparentemente, fútil de cualquiera de los personajes que cobra una relevancia considerable en el futuro, incluso las partes subidas de tono que censuran en la versión latina, todos esos toqueteos y comentarios pervertidos del maestro Roshi, hasta la mera existencia de Maron, tan parecida a Bulma, tan representativa de la imagen que nos hacemos de la ligereza sexual. Pero, a todo esto, creo que uno de los elementos más interesantes es Míster Satán y la fe ciega que el mundo le tiene.

Es fe y es ciega (aunque ambas palabras se impliquen la una a la otra) pues poco sabe la humanidad sobre las hazañas de Míster Satán, solo conscientes de lo que quieren saber y hallando la calma y la felicidad en ello. Al buen Míster lo conocemos durante la saga de Cell donde nos lo presentan, y se queda para siempre, como un payaso, un típico charlatán papanatas que se da aires de importancia, negándose a admitir que todo lo que sus ojos presencian son cosas más allá de su entendimiento. Míster Satán mira sin mirar las hazañas de los Guerreros Z y no solo se sorprende, sino que les teme. Les tiene un miedo tremendo, de esos que a cualquier humano paralizarían, pero que, en él, no alcanza a ser más fuerte que su arrogancia (no confundir con el orgullo, eso es terreno del buen Vegeta), esa su necesidad de ser admirado para saberse por encima del resto de la humanidad.

Personalmente, pienso que debe ser una felicidad cruel esa de sentirse por encima de los demás sabihqdefaulténdose un fraude. Incluso me atrevería a compararlo con el fardo tortuoso de angustia que deben cargar los plagiadores que han logrado triunfar sin nunca haber sido capaces de expresar una idea propia. Pero nada de eso parece molestarle al buen farsante de Míster Satán, quien se vale de fanfarronería, mentiras y mucha fortuna para ser testigo de situaciones peligrosas, de las que sale incólume, y que torcerá a su conveniencia a la hora de dar el relato de lo acaecido, beneficiándose de paso. Un tipo cómico al que, por lo general, si viéramos en nuestro día a día (trabajo, colegio, noticias) mostrando esa parte suya que tanto oculta, calificaríamos de despreciable cobarde y embustero; y ese es el héroe supremo de una humanidad que ha visto, y ve, cosas más impresionantes que Míster Satán pero que insiste en creerlo el más poderoso, ensalzándolo como a un Jesús de las artes marciales. Quizá de mucho más que solo las artes marciales.

Y ese es el otro lado que complementa este asunto: la humanidad y su fe ciega (redundando, nuevamente) en Míster Satán. Hay un punto en que ese recurso cómico que usa Toriyama para que la historia no tenga tonos tan graves se abre a una interpretación más seria. Míster Satán miente, sí, pero los que más se mienten son los propios humanos, pues son ellos quienes perpetúan la farsa de su salvador. No importará que hayan grabaciones de los juegos de Cell que delatan la cobardía de Míster Satán, o que lo hayan visto hacer toda clase de papelones en el torneo de las Artes Marciales en que participan el Supremo Kaio-sama y Kibito, ya que la gente elige vendarse los ojos y apoyan las mentiras que el campeón dice. Aceptan las excusas de tropiezos falsos, dolores de estómago que no lo dejan pelear, eligen creerle cuando clama que se dejó vencer en su pelea con el pequeño Trunks, o sus mil peripecias y embustes cuando Majin Buu es convocado. En ese sentido, tampoco importaría que la gente se enterase que la androide 18 lo chantajeó para dejarse vencer por él, ni siquiera tendría la menor relevancia que vean las peleas de los Guerreros Z, cuando ni les interesa si se quedan mudos y con los ojos desorbitados ante las manifestaciones sobrenaturales de los poderes de los Guerreros Z. Creo que hasta es posible decir que tendría nula relevancia si ellos mismos pudiesen volar como esos seres fantásticos a los que, deliberadamente, niegan reconocimiento. Para ellos las habilidades de Goku y sus amigos serán trucos sucios y baratos que no engañan al ojo supremo de su Salvador, pues su fe está basada en algo que ellos piensan que ha sucedido, creyentes acérrimos de ser poseedores de pruebas irrefutables y absolutas que nadie puede, ni debería cuestionar.

Sin embargo, lo más curioso no es la fanfarronería del suertudo Míster Satán, ni los velos a prueba de realidad que la humanidad se coloca para poder llamarlo campeón del universo, lo más curioso es que son los mismos Guerreros Z quienes terminan por alcahuetear los comportamientos de ambos. En un principio porque no les importa por mucho que a algunos SatanBlueEyesde ellos les indigne, pues es válido decir que tienen cosas más importantes en las que pensar que un don nadie dándose aires de algo que no es; después continúa sin importarles porque no tienen esa lujuria de adoración que posee Míster Satán, sea debido a que no se consideran dignos de ser adorados, quizás porque nunca son suficientemente fuertes bajo sus propios estándares, o porque todas sus vidas han conocido a seres impresionantes de poder apabullante que siempre los hicieron sentirse pequeños, hasta puede influir que algunos deseen cosas simples como una novia, una familia, paz interna, derrotar a un eterno rival o convertirse en un investigador, sea como sea lo más factible es que para seres que hablan con Kami-sama (Dios, literalmente) como a un cuate más, los embustes de Míster Satán y lo que sea que quieran creer los humanos no son asuntos que los inquieten o molesten, son más bien asuntos nimios que no merecen mucha atención, o mayor indignación que la de una maldición ligera o un par de ojos entornados. Los molesta, pero no les quita el sueño. Ya por el final los vemos deseosos de quitarse la molesta carga de la fama y la opinión pública usando a Míster Satán como receptáculo de algo que ellos no quieren y que a él, obviamente, le gusta. Tal vez por eso, al final de la serie, los vemos como cómplices del “campeón”, además de políticamente emparentados gracias al matrimonio de Gohan y Videl.

Así que tenemos a todo un universo conspirando para que Míster Satán sea un héroe. A todos les conviene, sea para disfrutar la fama, o para evitarla, sea para tener algo que los ayude a levantarse cada día de sus camas, completamente convencidos de que no todo es basura bajo el sol. Y si bien este último grupo decide ver las cosas incompletas, no significa que estén por completo equivocados, después de todo aun siendo un papanatas mentiroso que vive de aprovecharse de la gente, no es que Mister Satán sea un bueno para nada. Quizá no sea tan relevante como se pinta, pero sus acciones son vitales para la resolución del nudo de la trama en las sagas que estuvo presente. No solo distrae al Majin Buu gordo, llegando incluso a convertirlo en casi inofensivo, también le salva la vida cuando Vegeta desea asesinarlo (rogando por él hasta las lágrimas), mucho antes de eso ayuda lanzando hasta Gohan la cabeza de número 16, quien convencerá al joven sayayin de que no hay nada malo en pelear para proteger al mundo (lo cual, junto al deseo de salvar a sus seres queridos, liberará el tremendo poder de Gohan), pero lo más relevante será que en la hora más oscura, cuando Vegeta arriesga su vida luchando contra Kid Buu mientras Goku junta energías del universo para formar una tremenda genki dama, en ese momento no será Goku, ni kami-sama, ni Vegeta quienes convenzan a los humanos de salvarse a sí mismos, será el mismísimo hombre al que eligieron como embustero oficial quien los salvará usando esas mismas mentiras, cerrando el círculo al convertirse en el héroe que siempre clamaba ser, sin serlo.

Es de locos. Y lo es porque no es raro encontrar ejemplos de esto fuera de la ficción; en nuestros pensamientos, creencias e ideales con los que procuramos explicarnos la vida los unos a los otros, en todas esas mentiras pintadas de verdades podemos encontrar alguna suerte de bondad, un beneficio que por muy grande que sea, al final, no justifica nada.

De todas formas, Míster Satán no es el único caso interesante en el universo que crea Toriyama, pues este es vasto y las historias narradas en él tienen interpretaciones muy divertidas. Pero me quedo con la pregunta de qué habrá pensado Toriyama al escribir a Míster Satán. Tal vez solo en un bufón que terminó siendo más profundo de lo que se esperaba, o quizá nos quiso mostrar un poco de lo que piensa de los humanos y la perpetuación de las farsas. Lo cierto es que todo esto está abierto a interpretaciones pues, una vez público, el personaje deja de pertenecerle al escritor y se vuelve propiedad de los lectores. Aunque, probablemente, no perderíamos nada con preguntarle.

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(Advertencia de spoilers)

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“Siempre pensé que era algo para que los niños hagan, mantenerlos ocupados, contarles historias de porqué están amarrando palitos.” Este casual comentario, realizado por el predicar de la congregación Afroamericana en el primer episodio, es una útil pista. Él nos habla de las Redes del Demonio, las cuales son haces de palitos unidos por cuerdas, pero en el momento exacto que pronuncia esta línea la imagen nos muestra una cruz de madera, dos palos amarrados juntos. Redes del Demonio y Cruces, ambos símbolos hechos de madera, compuestos por los mismos elementos, y poseedores de significados similares pero totalmente opuestos. Justo como una mente puede tomar la misma “realidad” y transformarla en narrativas opuestas.

Las Redes del Demonio, la religión cristiana y los detectives están conectados. Todos ellos existen, supuestamente, para repeler al mal. Específicamente, las Redes del Demonio son descritas como pasatiempos infantiles cuyo propósito es atrapar al Diablo si se acerca mucho; Cohle describe a la religión como una narrativa que absorbe el pavor de su audiencia proyectando una falsa certeza; y Cohle describe a los detectives como él y Marty como hombres malos “que mantienen a otros hombres malos de las puertas de los demás”. En cada caso hay una duda de si la intención del objeto/ritual/narrativa/autoridad para repeler a la maldad de hecho funcionó, o si es que introdujo nuevos males. La Red del Demonio parece como una manualidad infantil inofensiva, pero es asociada con el sacrificio ritual. La religión cristiana parece beneficiosa, pero es alienante para sus practicantes (piensen en los revivalistas de la carpa), a la vez que son guiados por hombres peligrosos y, posiblemente, depravados (cómo Tuttle).

Los detectives son la clave de la dramatización de esta idea de narrativas de protección contra el mal que nos formamos que son, por lo general, velos que nos escudan de ver al verdadero mal delante nuestro. Estos profesados hombres malvados, quienes cada cual a su modo viven vidas inmorales (Marty el infiel que destruye su familia, que trata mal a las mujeres, que se violenta y asesina sin pensar, quien está colmado de negación, rabia e impotencia; Cohle el pesimista que piensa que la humanidad merece apagarse, que puede hacer “cosas terribles a las personas con impunidad”, que puede descartar a las personas con un rápido “que se joda”, y que posiblemente podría ser el asesino al que persigue), y quienes son el modo de protección civil que la sociedad tiene contra la anarquía y la locura del mal absoluto.

La importancia y el peligro de la narrativa es el escenario principal, dado que las narrativas que nos formamos para iluminar nuestro camino y conectarnos significativamente al mundo terminan cegándonos y desconectándonos de la realidad, enmascarando a la maldad que está frente nuestro. Lo que pensamos como bueno puede ser malo. Lo que pensamos verdadero de nosotros puede ser falso. Las señales toman el lugar de la realidad hasta que ya no está claro qué es verdadero y qué es falso, qué es correcto y qué no. Ese es el motivo por el cual nuestra vida es una “brillante y larga oscuridad”, llena de “estrellas oscuras”, vividas en un “cuarto cerrado” en donde el “secreto destino de toda la vida” es estar “atrapado por esa pesadilla en la que sigues despertando.” Uno está eternamente destinado a ser aprisionado por nuestra propia, siempre evolutiva, narrativa, la cual brilla y oscurece al mismo tiempo, ilumina y ofusca, lo cual no está necesariamente divorciado de la realidad pero también está indeleblemente marcado por todas las corrupciones del mundo y del propio yo. Cohle y Hart lidian con esta pesadilla perpetua a través de estrategias opuestas, uno abraza la verdad de la maldad, el otro la niega. Cohle siente vértigo por ver al abismo, regodeándose en cada dolorosa verdad, mientras que Hart está lleno de negaciones y rabia latente a la par que reacciona en expensas de su familia. La conciencia de Cohle, más aguda, más compleja y aventurosa que la de Hart, intenta darle sentido a una vida de horrores (hija asesinada y familia destruida, vida inmersa en violencia y depravación) a través de, simultáneamente, profundo desamparo respecto a los humanos y una noción romántica de cómo salvarlos. Hablando de Cohle, el autor Pizzolatto dijo: “El pesimismo y el romanticismo son dos lados de su misma ilusión.” Esa ilusión es que no hay una verdad objetiva para ser “detectada” que sea redentora.

Pese a la imposibilidad de ver claramente, todo el mundo está atrapado en una construcción constante de una narrativa. Cohle dice: “Todos quieren confesión, todos quieren una narrativa catártica para eso; especialmente los culpables.” En otras palabras, todos necesitan una narrativa que, en esencia, es una fantasía para sentirse menos culpables de su propia e inexplicable maldad.

Cierta maldad, sin embargo, es tan terrorífica que no puede ser repelida por la narrativa, y es por ello que el testigo de esta maldad enloquece. El Rey Amarillo es una historia acerca una historia que vuelve loco a quien sea que la lea. Rust es el hombre que no tiene miedo de esta narrativa, y posiblemente ella lo haya enloquecido. Marty es el hombre que esta aterrorizado de esta narrativa, y se esconde de ella al negar verdades y evadir la claridad. Si lo terrible de la verdad es suficiente para conducir a los hombres a la locura, entonces no es sopresa que la mayoría de nosotros estamos, como Marty, atrapados en incesantes intentos de evitar la confrontación con esa realidad.

Esta idea de ambigüedad y ofuscación narrativa, como un modo de rechazar verdades terribles acerca el mundo y el yo, es proporcionada por Pizzolatto a la audiencia en un meta-sentido. Nosotros, el público, somos forzados a ser detectives, analizando signos y formando narrativas para darle un sentido a todo, como yo lo hago ahora. Hart explica: “Estás buscando una narrativa. Interrogas testigos, juntas evidencia, estableces una línea cronológica, construyes una historia, día tras día.” Nosotros, en el público, somos quienes vivimos fuera de las dimensiones normales del tiempo de Hart y Cohle, mirando como dioses hacia abajo, hacia el círculo plano que son sus vidas, cada momento condensado, esparcido ante nosotros, disponible para ser movido a través del antes y el después, eternamente recurrente para nuestra consideración. Somos quienes buscamos olvido en una, supuestamente, confortante narrativa y aun así somos confrontados por un desespero existencialista; muerte, maldad, y la misma ilusión de creer. Somos forzados a considerar la fragilidad de nuestras propias narrativas, mientras el show se mueve y desliza lejos de nuestras suposiciones, y sostiene multiples y competitivas interpretaciones (¿Es Rust el asesino? O ¿Hay una conspiración que incluye a la iglesia y la policía?). Así que extasiados por la creación de nuestra propia narrativa es fácil olvidar que estamos siendo guiados a comparar y contrastar sistemáticamente una variedad de comportamientos inmorales, de asesinato ritualístico a infidelidad, a mala paternidad, a elecciones de fe o creencias tercas, y todo lo que está en el medio. Somos forzados a contemplar la naturaleza y el alcance y la maldad y nuestro lugar dentro ellos. Nuestras propias narrativas nos informan qué es bueno y qué es maligno, expía nuestra culpa al ponernos en el lado opuesto de una dimensión “ficticia” de maldad, pero el terrible centro de verdad que el show revela es que estamos implicados en esa maldad que el show explora, y aun así comprometidos en mantenernos alejados de ella. Catárticamente nos deshacemos de nuestra culpa a través de una narrativa que absorbe nuestro pavor y que distorsiona, y esconde, nuestra complicidad con la maldad.

True Detective articula a una persona con visión. La visión tiene un significado, y el significado es histórico. Tú eres esa persona.

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Por marvelousD (artículo original)

Traducido por: Adrián Nieve