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Soy una sombra camuflada en la oscuridad de estos parajes desolados, un ruido enfermizo esperando su chance para romper el silencio con estas ganas enfermas de lastimarlo que le tengo. Soy una bestia salvaje agazapada en un rincón de este ambiente frío y húmedo que solo puede ser el resultado de algún clima adverso amenazando a este pequeño pueblo, pero vanamente pues no hay desastre natural que se iguale a lo que ya devino, la calamidad mayor y el pesar eterno que dejarán los lamentos de esta mortandad. Los cráneos rotos, las tripas brillosas, los ríos carmesí por las calles vacías y silenciosas. Es un espectáculo, no quiero confusiones, me esforcé mucho en que esto tenga una estética, una de esas que los pervertidos, los místicos, hípsters y hasta poseros verían por internet y calificarían de subversiva, incluso para los más gore del público morboso que se bebe esta clase de escena como un sediento se afana del agua.

Así lo he planificado y ha salido perfecto. Un atardecer sangrante con brillos naranjas dominan un cielo que exhibe nubes solamente en sus contornos, mismas que delatan a la lluvia que eventualmente llegará a lavar la delicia carmesí que he creado. Este pueblo, entre blanco y café con leche, ha sido usado como canvas de una pintura. Las calles empedradas fluyen dinámicas gracias a las emanaciones de sangre que por ellas corren en distintas direcciones y sentidos, a veces chocando afluentes, a ratos creando lagunillas preciosas e inertes, sin ninguna vibración, como para que contrasten con el movimiento constante de los ríos oscuros que le dan dinámica a mi cuadro ¿puede algo movedizo ser un cuadro? En este caso sí, no solo porque mi cuadro tiene esa vida entre las piedras, sino porque también funciona desde varias perspectivas con sus ornamentos que la delimitan a esas formas geométricas que tanto fascinan a la gente y para las que he usado de todo. Dientes, cabellos, ojos, intestinos, riñones, uñas, cuerpos enteros y desnudos cuyas pieles crean una paleta de colores tan humanos y asombrosos en equipo con todos esos miembros cercenados, que solo me queda agradecer a cualquiera sea el dios verdadero por estas condiciones climáticas que propiciaron el color del atardecer y también trajeron esta falta de viento, este frío ligero que haría temblar a estos pueblerinos si les quedara vida en sus ojos para experimentar las maravillas del temor al clima.

Los huesos han servido como los contornos del gran dibujo que he diseñado mil veces en arena, en crayones, al óleo, en computador, el diseño que me fascina y me atrapa, que nunca ha bastado y siempre he sentido incompleto, al menos hasta que el contorno de fémures, húmeros, costillas, tibias, radios, peronés, vertebras, clavículas, falanges y kilómetros de intestinos gruesos y delgados terminaron de dibujar el complicado diseño de formas atípicas e interconectadas que representan una de esas ideas que solo las personas complejas y profundas comprendemos y que la gente más sencilla suele mirar con falso respeto o sincero desprecio. Un diseño que ha exigido que mi sierra y cuchillo trabajasen arduamente para cerrar las pequeñas partes de un todo que algunos sabrán apreciar desde el lado espiritual y otros del estético, ese lado tan falto de moral.

El interior humano es más rico en contrastes de lo que jamás imaginé. Al principio pensé que serían colores oscuros y rojizos, pero a medida que mis uñas escarbaban en los cuerpos inertes de toda esta gente fui descubriendo rosado, café, beige, blancos grisáceos, turquesa y diferentes matices de negro que al ser mezclados con la tierra, el pasto, el concreto de las veredas, el mostaza de algunas paredes y el blanco de otras, además del color de la madera en los árboles y los arcaicos postes de luz han dado una gama muy variopinta y preciosa a lo que he adornado con el manejo de las luces artificiales y la mencionada luz natural que tanto ha contribuido a esta expresión de mi alma.

A nadie le importarán estas personas. Ni siquiera investigarán quién los mató y destripó y regó por todo el que fuera antes un pueblo vivo y movedizo, habitado por gente que se conocían bien los unos a los otros, sumergidos en una rutina que apuesto adoraban con cada fibra de sus simplonas existencias. Ni siquiera miraran dos veces hacia los horrores que sus ojos ignorantes verán en el reguero de cadáveres y dudo que nadie se dé la molestia de llegar hasta este rincón olvidado con un helicóptero para ver el gran cuadro que he creado. No importa. “De verdad, que no” le afirmó al aire mientras me bañó en el río para sacarme del cuerpo los gajes del oficio de pintor y veo la estela de la pira incendiaria que corona mi creación con su brillo azul y naranja, efecto de los materiales con que fabrican toda la ropa que usé para alimentar las flamas y que generarán el humo que alertará a las autoridades del pueblo más próximo a que enfrenten esta leve desestructuración de sus realidades, apelando al orden paupérrimo que brindan las autoridades. Calculo que llegarán en el zénit de mi cuadro, cuando el humo negro de mi pira naranja se eleve en el cielo pintado de ese azul blanquecino del anochecer, las luces de los postes que no destruí harán juego con la del sol moribundo y las pocas estrellas tempraneras estarán jugando con los matices humanos, internos y externos, acomodados con primor. Los más inteligentes podrán adivinar los métodos utilizados, quizá verán más allá que los ojos necios y sabrán reconocer la obra de un solo par de manos y no tomarán el camino fácil de achacarle todo a un ejército de psicópatas. Porque eso dirán de mí, que soy un psicópata y yo reiré en el anonimato, dejando ir este momento poco a poco hasta que no quede memoria.

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– Dementes. Están todos dementes.

 
Era un susurro cargado de rencor y dolor. La sangre corría de las palmas de don Anselmo a las pequeñísimas manos de Mateo a través del cuchillo. Roberto sintió un temblor en sus piernas y se aferró al brazo de don Anselmo; su deber era mantenerlo quieto mientras se realizaba el cobro. Deseaba vomitar pero sabía que eso supondría un castigo, por eso se tragaba el vómito en cada que veía a Mateo hacer un nuevo corte.

 
– ¡Déjenme ir! ¡Piedad!

 
Esta vez don Anselmo había gritado. Mateo y Lucas se rieron quedamente, Pablo apretó más el cuello y Juan, a su lado, paralizó la pierna de don Anselmo lo mejor que pudo. Los otros dos también era novatos, como Juan y él mismo, uno sujetaba el pie izquierdo y el otro vigilaba por si alguien se acercaba. Mateo sonrió ampliamente y la poca luz transformó en macabro el gesto. Roberto se volvió a sentir incómodo, le escocía la nariz y un poco de sudor de don Anselmo le goteaba a un zapato. La hoja del cuchillo brilló ante la luz de la luna, y don Anselmo se largó a llorar mientras gritaba algo parecido a “¿por qué?”.

 
– Maldito hijo de puta ¿hasta te animas a preguntar?

 
La voz de Mateo era gangosa y arrastrada; además que siempre hablaba con un dejo de rabia que atemorizaba a Roberto. Nada de esto se parecía a los trabajos de las anteriores semanas con el grupo de Mario. Trabajos de dar cosas a la gente, pero solo a quienes se lo merecían, premios por su buen karma. Mario era un tipo duro y bondadoso. Pero había sido el mismísimo Mario quien había sugerido que se estrenasen los nuevitos. A Roberto le caía bien Mario, pero solo hasta que los puso en manos de Mateo.

 
Pablo dio un fuerte puntapié en el trasero a don Anselmo, mientras el cuchillo de Mateo se hundía en su pierna derecha. Las carcajadas de Mateo ahogaron los gritos de don Anselmo. El cuchillo giró sobre su eje ayudado por las manitas de Mateo. Un olor nauseabundo a mierda llegó a la nariz de Roberto, chorreaba del pobre don Anselmo.

 
– No llores man.

 
Juan lo miraba y le hablaba en el más bajo susurro. Roberto se frotó la cara contra el hombro desesperado. Llorar a un cobrado era mal karma. Después de todo don Anselmo era culpable. Roberto seguía sin saber de qué, pero por algo la pandilla se dedicaba a cobrar karmas. Era obvio que si lo hacían era porque el cobrado se lo merecía.

 
– Vos- lo miró Mateo- rómpele el brazo y ven pa’cá.

 
Cuando dio esa orden, Mateo tenía autoridad en la voz y amabilidad en la mirada. Esto desconcertó por un rato a Roberto, que tardó en digerir la dulzura de esos ojos grises. Cuando se recompuso, atinó a abrazar el brazo de don Anselmo e hizo presión mientras le doblaba el codo. El tiempo se alargaba y Roberto desesperaba ante cuanto tardaba, hasta que el hombro cedió y el codo de Anselmo se fue para atrás. No escuchaba el grito, pero una vez frente a don Anselmo notó que este se había mordido la lengua. La sangre chorreaba entre los labios.

 
– Anselmo Soto Guarín – dijo la voz profunda de Pablo, que leía en voz alta un hoja de cuaderno – se le ejecuta hoy un cobro, en pago a todo el mal karma que haz juntado en tu vida. Mismo que nunca ha sido pagado, ni solventado. Nosotros venimos a darte castigos adecuados a tus acciones y la impunidad de las mismas.

 
El cuchillo que Mateo le había pasado picaba a Roberto en la palma.

 
– ¿Gue guwe o e hize?- lloró don Anselmo- o guro que no sabdía, o guro, o guro.

 
Roberto sintió pena por Anselmo. Parecía un hombre común, uno que le recordó a su abuelo y sus regalitos de viejito bondadoso. Mientras el vozarrón de Pablo seguía con la lectura, Roberto se transportó a cuando visitaba a su abuelo y este le daba variopintos chocolates. Observó las lágrimas de don Anselmo mezclándose con la sangre y lo vio negar con la cabeza mientras dirigía una mirada suplicante al cielo. Se giró a ver a Mateo que parecía rezar con los ojos cerrados, murmurando algo parecido a “karma siendo cobrado”. Juan y el otro novato agarraban las piernas del viejo con mirada vacías; cuando Pablo calló, Roberto tardó un momento en darse cuenta que todos, aun Anselmo, lo miraban expectantes. Pero nadie ordenó nada, ni se produjo el más mínimo ruido. El mundo callaba con esa clase de silencios que Roberto sentía tensos e incómodos. “El momento del cobro lo define el karma, no el cobrador” recordó que había dicho Mateo cuando el azar quiso que el cobrador de aquella noche fuese Roberto.

 
Se adelantó un solo paso agarrando el cuchillo. En sus manos estaba decidir que herida final aplicarle al cobrado. El silencio lo abrumó con su absoluta y enorme presencia, pese a que recién lograba registrar ruidos de bocinas lejanas y grillos inoportunos cantando para semejante escena. Incluso don Anselmo miraba casi inerte a Roberto, sin suplicas en la mirada. O quizá aceptando sus crímenes. “Debo matarlo” pensó Roberto sosteniendo su vejiga con un titánico esfuerzo, cuidando que el cuchillo no resbalase con el sudor de su mano.

 
– ¡Cagaste pinche viejo maricón!- oyó a su voz sonando grave y llena de rabia- ¿te creías inmune al castigo? ¿Qué tus pecados no aflorarían? ¡Paga el coste de tus mentiras sin rogar a Dios!- de pronto empezó a gritar sin saber porqué- ¡Escúchame viejo puto! ¡Dios es un producto del arte! ¡arte que nos consuela y nos distrae de la justicia que yo y mis hermanos repartimos!- Roberto acercó el cuchillo al cuello de Anselmo- Arte que nos protege de pensar o sufrir con su belleza, su consuelo y sus formas…

 
Todo quedó en silencio, nuevamente. Juan, Pablo y Mateo lo miraban fijamente. Roberto asumió que les molestaban sus falsas pretensiones como Karmacobrador. No pudo menos que quedarse anonadado cuando Mateo y Pablo le dijeron cosas parecidas a don Anselmo, el cobrado. Eso dio tiempo a Roberto para reagruparse, limpiarse el sudor de las manos y la frente, controlar los temblores en sus piernas. Escuchó, aparentemente, impasible los insultos que Mateo lanzaba a don Anselmo y lo siguió escuchando hasta que Anselmo gritó llamando a Dios, chillando por una muerte rápida.

 
– No somos Dios. Somos Karmacobradores.

 
La frase se le había escapado mientras hundía el cuchillo en el estomago de Anselmo y lo movía brutalmente usando toda la fuerza posible en sus brazos para cercenar todo lo que pudiese. La sangre salió casi chorreando, tibia y espesa, tiñendo de negro su mano derecha. De pronto Roberto estaba relajado, se sentía ligero y cansado. Se sentó de golpe en el suelo abandonando el esfuerzo de comprender las cosas, mientras veía a don Anselmo retorcerse en el suelo agarrándose algo que parecían entrañas saliendo de su barriga en un simple y penetrante grito de dolor. Acomodó mejor el trasero y reparó en que se había orinado, rió suavemente de ello mientras notaba, con asco, que Anselmo se estaba cagando nuevamente. Intentó respirar mientras pensaba en la dolorosa muerte de Anselmo, un sufrimiento terrible que terminaría de expiar todo karma de su cuerpo vicioso. “Es una limpieza” pensó sintiéndose bien por estar limpiando algo tan sucio, como la suave satisfacción de limpiar polvo amontonado durante años, como repartir redenciones; era tener el poder de purificar. Por un rato evadió la ineludible culpa y se regocijó en los gemidos y estertores de don Anselmo. Hasta que Pablo lo devolvió a la realidad de un tirón.

 
– ¡Pacos! ¡corre cojudo! ¡la poli!

 
Se levantó a las carreras y corrió como condenado. El viento le enfriaba la entrepierna mojada y le hacía lagrimear los ojos, a su lado corría Mateo aun carcajeándose. Una vez a salvo, notaron la ausencia de un novato pero Pablo los calmó con alguna referencia al karma que Roberto no alcanzó a escuchar. De pronto lo había asaltado una duda maligna que le provocó arcadas. Cuando recuperó la compostura se enfrentó a las insondables miradas de los otros.

 
– ¿Cuál fue el crimen de don Anselmo?- su voz, aun jadeante, resonó en el silencio.

 
– ¿Crimen?- Pablo fruncía el entrecejo. Pero Mateo sonreía con la mirada.

 
– ¿Crees que somos vulgares verdugos? Hay diferencias entre castigar crímenes y cobrar karma- el tono de Mateo parecía una carcajada.- Puedes ser el más legal y más santurrón del mundo, pero el karma se acumula en miles de pequeños malos actos no cobrados que pueden merecer estos cobros. A don Anselmo nunca le fue mal, no había castigos activos en su vida que solventasen su buenaventura.- Mateo tenía voz de predicador- Por otro lado, ¡que buen discurso allá atrás, hermano! Parecíamos muy unidos y violentos. Propondré a los demás….

 
Pero Roberto no escuchó más. Se movió junto a ellos automáticamente, se tragó la bilis y el vómito, se aguantó las lágrimas, sonrió ante las alabanzas. Pero cuando dejaron de prestarle atención se le escapó un susurro:

 
– Dementes. Estamos todos dementes.

 

 

Beso Marrón

Publicado: octubre 1, 2012 en Cuentos
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Cuento a 8 manos por Rocio Bedregal, Diego Eróstegui, Ana Rosa López y Adrián Paredes

Sentía su aliento fétido en la nariz. Habría querido decirle que se echase a la boca una menta, pero supo medir que quizá el Muelas no lo recibiría con mucho agrado. Se acomodó incómoda en su silla y vio el reloj. Faltaba poco para que las pastillas hicieran efecto. Pronto el Muelas se cagaría hasta la muerte. Literalmente.

Observó su reloj unas cinco veces por minuto a partir de aquel momento. Tragó saliva y una lágrima se arrastró bajo sus ojos. Saliva, esa sería su última comida. Ese pensamiento le hizo realizar que sus actos no tenían sentido, como ella, en todos los años que jugaba a ser dios siempre reía sobre la inimaginable orgía que tendría como última cena. De niña siempre se imaginó que estaría vestida de seda blanca el día de su muerte, y no desnuda y sucia, soportando el aliento de un ser que no le permitía más que tolerar la miserable vida que le había regalado.

Ella encontraba, dentro de su deseo, un homenaje al cuerpo de aquel hombre que le había quitado la vida. No sentía más que pequeños espasmos como los últimos recuerdos de esa putrefacción antigua. Una donde se creía feliz, o por lo menos eufórica ¿quién pueda decir, certeramente, cuál es el límite real que las separa? El Muelas sonrió, o al menos profirió esa su mueca desdentada y podrida que hedía a mil demonios. “Maldito” pensó rencorosa mientras se imaginaba el efecto de los laxantes, “te vas a morir cagando desgraciado, vas a expulsar toda tu vida por el ano hijo de mil putas”. Tenía miedo de que sus pensamientos fueran escuchados, era ridículo, pero le parecía que su mente gritaba estas cosas y al menor descuido el Muelas se enteraría y, de seguro, la mataría antes de morirse él.

No podía creer que un hombre de tan baja estirpe había sido capaz de quitarle todo, al punto de tener que quitarle lo único que le quedaba en un acto suicida. Tampoco entendía porqué había tomado las mismas pastillas. ¿Fue su último acto de amor?, ¿Fue la culpa burlándose de ella?. Tenía miedo. No sabía si había hecho lo correcto. El día en que se conocieron se imaginaba dentro de sus dedos, ella siempre repetía entre risas eso que él alguna vez le dijo de borracho: “se podía observar cómo mi amigo temblaba. Soñaba y sentía, yo, que podía vivir y estar así, tranquilito como siempre. Casi sin morder, casi mirándome con ternura.” extrañamente sentía que al fin la frase tenía sentido. Había usado aquella frase para describir el día que lo había conocido, ahora presentía la usaría nuevamente para el día en que lo despedía. Aun si otros dijesen que era un tremendo sin sentido.

El efecto de los síntomas empezó a manifestarse en el rostro del Muelas, y también en el olor del cuarto. Él sudaba, ella también. Mientras él fingía calma, ella dio un sollozo ligero ante el primer retortijón violento en sus entrañas. “¿Te duele también a ti, desgraciado?” le dirigió una mirada de rencor ofuscada en su pelo. Y cuando cerró los ojos ante el dolor comenzó a recordar aquel hermoso pasado jamás construido.

Conocer a gente por internet era peligroso, según le decían. Abundaban los maníacos y los pervertidos que buscaban víctimas ingenuas a quienes ilusionar. Y pese a ello no pudo evitar sentir una vertiginosa curiosidad cuando la ventana del chat se abrió de repente. Solo decía: “Hola mamacita, ¿es tu foto real o me estoy enamorando en vano?”

– ¿Quién eres tú? – había escrito entre temerosa y emocionada.

– Yo no soy nadie – aquella respuesta la enfureció

-¿Y por qué has venido a mí? – y espero una respuesta que no llegó. Al menos no de su boca podrida.

Su primer encuentro presencial permanecía intacto en su memoria. Le vio la boca y le dio asco, pero hubo algo en aquellos ojos que al final la impulsó a salir de su escondite y presentarse frente al Muelas, siempre se preguntó si la primera vez que él la vio también sintió asco pero nunca fue capaz de preguntarlo, incluso ahora, a minutos de olvidarlos.

El Muelas corrió al baño y desde adentro gritaba de manera horripilante. Ella lo siguió y se quedó en la puerta llorando. Se sentó en el suelo y notó que se había ensuciado. Vió al Muelas llorar y gritar sentado en el retrete.

– ¿Eres tú? – dijo entre asustado y adolorido.

Recordó. Quizá intentando aplacar el temor de su propia ignorancia sedujeron al destino para realizar un beso poco ético para un primer encuentro. Sentían como el mundo les miraba con desprecio, y aquellas pequeñas criaturas, producto de la infamia colectiva sonreían y sacaban sus teléfonos para filmar el acto. Al menos eso se había imaginado en ese entonces ella cuando lo besó por primera vez, y cuando notó que un par de niños filmaban a la pútrida boca del Muelas dando un beso.

El beso se propagó por las paredes de un mal iluminado callejón. “Nada importaba ahora, eso decíamos” pensó ella viendo al Muelas pedir piedad a Dios. “Los besos de esta clase son un poco incómodos, casi nunca llegan al orgasmo. Es estar demasiado tenso. Ahí estábamos, esforzándonos por conseguir algo, pero esas estúpidas risas distraían demasiado, y me revienta que nunca me hayas aclarado si se reían de tí por no saber besar o de mi por estarte enseñando”

“Fue un beso de mierda.” concluyó viendo el café que manchaba el azulejo celeste del baño.

Todavía tenía guardada la conversación que tuvieron por chat, pocas noches después de aquel primer beso, riéndose, coqueteando. Ella era feliz, había conocido a un chico tímido que parecía perfecto en todo sentido. E incluso se mojaba sólo de pensar que había conseguido su email sin que ella se lo dijese. Nunca nadie supo esto. Llorando se echó en los fríos azulejos y recitó de memoria aquella conversación.

-¡Oooobvio! mas bien ¿cuándo nos volveremos a ver?

-No lo sé, estoy terminando unos trabajos y estoy un poco ocupado – “Te odio, no me jodas con eso” fue lo que pensó de manera automática en aquel entonces

-Puedo sacar un tiempito para tomarnos un café este miércoles ¿Te animas?

Eso era lo único que quería, que deseaba, verlo y tomar un café, charlar, hablar, reír, coquetear un poco. Hacer que se enamore y le confiese todo lo inconfesable, que le compre flores, la saque a bailar, aprender tango o, quizá, poder escribir un cuento juntos. Pero no tomaron el café no se vieron aquel miércoles ni tampoco el siguiente. Sus habilidades sociales no eran tan fuertes y el internet no era exactamente su mejor arma.

Él la miró con extrañeza desde el inodoro. Le gritó algo como “esta loca ya hasta habla sola” y ella no pudo evitar quedarse pensando “Si tan sólo nos hubiéramos conocido más, tomado un par de cafés como nos habíamos prometido hubiera sido distinto. Si lo hubiera conocido antes de caer en la tentación del amor, hubiera corrido y podría seguir viva para hacer el amor con otro mañana ¿Por qué no nos dimos el tiempo ni el espacio? ¿Por qué tuvimos que vernos en las noches, borrachos, rompiendo nuestros valores y nuestra moral? Si tan sólo hubiéramos tomado ese puto café su aliento me habría espantado…” Su estómago se retorció y la devolvió en sí, las pastillas ya estaban tomando efecto y recordar el pasado carecía de sentido en aquel momento.

Desde ayer que todo había sido algo así como una nebulosa en su cabeza. Estaba frente a los ojos cristalinos del Muelas. Volvió a sumergirse ahí, para perder de nuevo el gesto de creación que le atraía esa tacita de baño delante de su rostro. “Habrá que dejarlo para después”, pensó mientras rendía el placer de verlo sufrir, mientras se entregaba a esa sucia muerte café. Se incorporó como pudo, chorreando el vertedero de sus calzones. La vomitiva imagen de su cara llena de pelos, reflejada en el espejo, la horrorizó un momento. Ese día, ese café, esos mocos, todo eso también estaba en el pelo de su rostro. El Muelas era de esos, pensaba, a los que el ser un señorito lo convertían, según él, en un ser menos masculino. Él lloraba como niño mientras la cagantina lo vaciaba poco a poco. Ella fue a darle un abrazo tierno, y él la beso llorando.

Era un beso de mierda de un maraco de mierda.

Era un beso marrón.

Pasaba el tiempo. Solo cinco minutos la distanciaban de la gloria eterna o eso es lo que esperaba. Los pelos ya no eran un problema, ya todo se desvanecía en el aire esperando algo de él. “Esto es muy sucio” susurró con un dejo de arrepentimiento que no pasó desapercibido al Muelas. Los azulejos azules parecían haberse perdido bajo un mar café que, curiosamente, ya no la asqueaba. Vio que el Muelas ya no lloraba, estaba como congelado con la expresión de dolor desfigurándole el rostro. El hedor de su aliento la volvió a invadir “¿Cuantas mentiras te lo han dejado así, pinche mitómano?” pensó amargamente “¿Me amabas puto? Yo sí, pese a tu aliento, a tu nariz grasosa, pese a tus modales, a tu risa gangosa, pese a tu inutilidad y a que en la cama nunca te importaba” y sin darse cuenta comenzó un susurro débil “Ojalá te duela maldito, ojalá sufras la decepción que yo sufrí cada que te rogaba, en cada que te besaba, en cada que la metías, en cada que te amaba como una estúpida y, especialmente, por cada vez que te preguntaba si tú me amabas y te quedabas callado mirándome con esa sonrisa perversa que sabes que odio tanto” Un retortijón la hizo arrodillarse de dolor, dirigió una mirada rabiosa al Muelas que la miraba como perdido, y cuando menos lo pensó estaba gritando como posesa “¿Me amas? ¿Me amaste? ¿Ahora vas a sonreir, putito? ¿Me amas?” y un estruendoso pedo escapó ese momento, resonando en la taza con un eco que subrayaba un incómodo silencio. Ella lo tomó como respuesta.

Sentía un sabor mierdoso salir por su boca. Sonrió entregándose a su olfato, su boca y sus poros. Sabía que era solo una idea patética para intentar animarse de los errores que había cometido en su vida. Especialmente este último, de matarse dándole valor a su vida a través de limpiar la basura “¡Pobre la señora de la limpieza! Ojalá que al desmayarme mi rostro no caiga en la taza, o que por lo menos tenga fuerzas para apuntar a un azulejo limpio, no quisiera que el último recuerdo que le entregue al mundo sea yo nadando en caca.” pensó esperanzada mientras se alejaba del mar, lejos del Muelas y sus promesas falsas y sus pedos fétidos.

Un sonido seco acompañado de algunas gotas salpicando en sus labios la distrajeron, el Muelas se encontraba ahora en el piso, a su lado, embadurnado, embadurnándola.

– Ahora sí te voy a amar putita- le dijo al oído mientras su alma se congelaba, ella sintió una mano intentando jalar su pantalón y toda la culpa que a momentos la dominaba desapareció. Más que asustada se sentía tranquila. El Muelas, con su último aliento, le hacía recuerdo el porqué de sus actos y lo correcto de aquel asesinato.

Su cabeza se golpeó contra la pared, el Muelas la estaba volteando, jalándole del pelo, arrastrándola por el suelo embadurnado. Ella vió en el azulejo su reflejo, un rostro manchado por la historia, de toda la mierda que el Muelas le había entregado, se veía feliz, relajó su cuerpo, dejó de contenerse para seguir limpia, para reclamar su turno en la taza. Sintió que le bajaba su pantalón, y que no era lo único que ese momento bajaba. Sintió un quejido por parte del Muelas, un tono de asco acompañado de pedos y retorcijones. “Incluso este animal tiene sus límites.” pensó, y eso la asustó ¿qué tal si no era su único límite? ¿qué tal si era la persona que alguna vez deseo?. Un dejo de arrepentimiento le escurría por su cuerpo, hasta que le invadió un penetrante dolor, las pastillas estaban tomando un nuevo rumbo, un enema de verdad acompañaba a sus pensamientos mientras sólo cerraba los ojos e intentaba dejarse a la muerte.

Intentaba dejar de respirar, sofocarse, pero aquel movimiento, acompañado de retorcijones se lo impedían, “Ojalá que sea la dosis indicada..” pensó en voz baja, deseando nada más que la muerte. Ya no esperaba el verlo morir, ni poder saber que lo había logrado, simplemente quería desaparecer. Hubo un nuevo silencio, una nueva pausa en la que ella sólo escuchaba el sufrimiento de alguien que había amado. Se preguntaba si estaría al fin muriendo, si era hora de cortar la vida, pensó que tal vez le quedaría tiempo para tomar una ducha y morir hermosa, resplandeciente entre la mierda, pero el vómito en su espalda le recordó que aquello era una pesadilla, no una ilusión. “Como mi relación con él” pensó mientras empezaba a reírse frenéticamente.

Un grito de dolor cortó de golpe aquella risa, el Muelas ante una falta de fortaleza cayó de golpe sobre su espalda empujándola hacia abajo. “No pude apuntar al azulejo limpio”, pensó mientras un pequeño chorro de sangre le daba un poco de color a la escena.

– ¿Por qué me has hecho esto, puta de mierda? – le dijo mientras intentaba levantarse apoyándose de su cabeza.- Ahora sí te voy a enseñar pelotuda lo que es sufrir… me las vas a pagar, de esta no te escapas mujer fallada.

Volvió a caerse sobre ella, las fuerzas le faltaban. Y ella no entendía porque el golpe no la dejaba inconsciente, porque ella se sentía tan viva entre la mierda, esperando la muerte mientras ese gordo era dominado por su destino.”Por favor, que sea la dosis adecuada, Dios, por favor, permíteme verte ahora y no prolongues mi presencia en esta put… voy a vomitar”

– No- susurró ella- si yo me voy, solo te quedará la soledad en tus últimos momentos. No habrá nada más que el silencio de este vacío, de este lago café que huele mejor que tu aliento y llorarás y no habrá quién te consuele hasta que mueras acá en el final donde todo se derrama y todo es grotesco y todo es primario y todo es fluidos. Y todo cae.

Su mirada era fiera, su expresión no. El olor era terrible, y el Muelas no pudo evitar comprobar su aliento con la mano pintada de café. Ella se desmayó tras un grito espantoso y una expulsión con tonalidades rojas. Él se agacho y la cogió entre brazos, intentando murmurar un “te amo” pero siendo lo suficientemente reprimido como para lograrlo. Ella no abrió los ojos, pero se las arregló para escupirle en el rostro.

El Muelas la miró sorprendido. Casi sin morder, casi mirándola con ternura, sentía como sus retorcijones se apagaban. Agachó la cabeza mientras un escalofrío le agitaba la espalda. Sentía cómo su amigo de la entrepierna temblaba, necesitaba una cerveza.

– Puta de mierda – fueron sus únicas palabras, mientras caía dormido sobre la mierda de lo que fue su relación. “Te voy a extrañar demasiado” pensó mientras repetía casi adormecido -puta de mierda, puta de mierda, puta d…- casi sin morderse, casi mirándola con ternura.

 

Dibujo inspirado en el cuento.