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De izquierda a derecha: Pelitos, Diana, Blacky.

Sin ánimo a  ofender, ni provocar, sin ánimo a nada en realidad, en medio de todo el rollo del reflexionar acerca la amistad, me pongo a pensar en quienes son mis amigos y quienes no y en medio de todo ese pedo inútil me vienen a la mente tres nombres que realmente me marcaron, tres nombres que influenciaron en mi vida como pocos pudieron, que siempre estuvieron ahí para escuchar (en la zamba imaginaria del neurótico), que siempre jugaron conmigo y con los que crecí al fin y al cabo.

Blacky, Diana, Pelitos. Tres nombres de tres con los que jugué en las inmensidades de mi primera casa en Sucre. Toda mi infancia con el Blacky mordiéndome los zapatos hasta que se hacían añicos, yo haciéndole perseguir el reflejo del vidrio de mi reloj, él corriendo como loco cargando un ladrillo que le pesaba como plomo. Me acuerdo del Blacky y me viene a la mente toda esa infancia solitaria donde mi único amigo era ese pastor alemán hiperactivo que ladraba como loco a lo que sea, que saltaba de felicidad cuando mi abuelito estaba cerca (porque le daba pan), que se ponía a correr por todo el vasto patio cuando llegaba doña Petrona (la lavandera), pero también recuerdo a ese hermano más que perro al que mi madre compró en La Paz y lo llevó a nuestro nuevo destino en ese pueblo extraño donde nos refugiábamos de algo que, aún hoy, desconozco. Mi hermano, compañero de juegos infantiles y primer ser al que le conté mis secretos de infante (el primer contacto con algún humano, el primer enemigo, el primer amor, el primer dolor). No subestimemos los lazos fraternales que se pueden establecer con un perro, después de todo no hay ser más solícito al juego o al secreto, a esa complicidad que necesitan los niños, que un perro. El Blacky cumplió la tarea de ser un hijo más de mi madre, no porque él así lo quisiese o porque mi madre lo necesitaba, sino porque ese niño idiota y huraño que yo era necesitaba un contacto con el mundo.

Al Blacky lo vi sufrir y sufrí yo por él. Cuando se escapaba de casa y volvía al día siguiente sucio y maloliente, o cuando regresó con todo el pecho abierto en una herida sangrienta (la primera vez que vi sangre ajena, la primera vez que tuve miedo a la muerte), cuando le vinieron ataques convulsivos y el veterinario lo dió por desahuciado,  ya sugiriendo  maneras de matarlo ante mis lagrimas innumerables. Esa vez fueron mi abuelo y mi madre quienes lo curaron con drogas de humanos y una terquedad que evitaba que les saliesen lágrimas como a mi. Y sobrevivió a ese deshaucio causando una dicha tremenda en casa, porque así se lo quería al Blacky, ese perrito que se había metido en la piel de mi familia (mi mamá, mi abuelita y mi abuelito) como uno nunca se imagina que un animalito hará.

La siguiente fue la Diana. El regalito de doña Petrona para nosotros. Ella era mía, solo me obedecía a mí y me protegía siempre. Mientras que el Blacky fue siempre hermano mío y perro de mi madre, Diana era más mía. La doberman majestuosa y mañosa, que rompía las barricadas que le poníamos para que no entre a casa, que abría la ventana de mi cuarto a la medianoche y se echaba a dormir en mi cama, para irse siempre al amanecer antes de que mi mamá la pillase. La Diana que les ladraba a todos menos a mí, que ignoraba a todos menos a mí y que solo obedecía una voz y no porque yo fuera la gran autoridad sino porque había elegido, más que a un amo, un hijo a quién darle lealtad y cariño y ese fui, honrosamente, yo.

La Diana y el Pelitos

La Diana escuchó mi vida adolescente, los amores imposibles y el desgarramiento de existir. Ella tuvo la paciencia de escucharme llorar en el pequeño infierno que fue mi vida en esos tiempos y no fue menos atenta en los buenos tiempos. Fue la primera en irse, fue la primera en morir. Débil por lo flaca que estaba  ya que nunca engordó mucho tras dar a luz. Se me fue, enferma tras varios días de pena. Nunca me sacaré de la cabeza que esperó a que yo me marchase, el día de su muerte. Sé que esperó a que me acercase a despedirme de ella antes de ir al colegio y cerró ligeramente los ojitos cuando la acaricie con cariño, luego ella me miró con sus ojos cafés e inmensos, me lamió, me batió la cola (cosa que, mi madre se dió cuenta, no hacía desde hacía mucho) y me marché para que al volver a casa mi madre me dijese que el minuto que cerré la puerta para marcharme, ella la vió morir con un suspiro.

Solo quedaron el Blacky y ese cachorro suyo con la Diana: el Pelitos. Al pobre cachorro no logré disfrutarlo mucho cuando aún era pequeñuelo, todo ese tiempo estuve en viviendo un año en La Paz. Cuando regresé lo hice a tiempo para ver la muerte de mi Diana y al pequeñuelo más grande. El Pelos es ese perrito miedoso, comodón, desconfiado y mimoso que me recuerda a ese niño que le lloraba al Blacky, a esa huahua que se llevaba mejor con los canes y que no deseaba salir nunca de su casa, de su patio lleno de piedras y árboles de ciruela…de esa su soledad que ya desde pequeño lo seducía, cuya única panacea eran esos peludos canes. El Pelos me agarró un cariño de hijo, aprendió a temerle a todo menos a mí o a mi madre, pero aprendió a ser mañoso con esto, a manipular si se quiere con su aura de indefenso. El Pelitos poco conoció de mi primera casa, el suyo fue siempre el reino compacto de mi segunda casa, dónde el Blacky vivió su vejez, donde un día lo encontré echado en su cama, donde me miró con sus ojos viejos y casi ciegos mientras lo acariciaba para morir, así, en mis manos, tras años de ser mi hermano, mi amigo, dejando a mi madre, a mí y a su cachorro tras haber sobrevivido a tanta enfermedad, herida, mudanza, tras haber soportado las penas mías, las penas de mi mamá y la muerte de mi abuelo, el pobre pastor alemán se murió en mis manos luego de una vida larga pero, espero, hermosa.

El Blacky descansando en mi primera casa.

Hoy por hoy, me queda el Pelitos que me recibe como un Argos a Ulises cuando visito mi hogar en Sucre. El Pelitos que me recuerda que, aún en mi soledad, está él con su constancia, con su cariño puro, inmaculado por lo humano y su gana de seguirme a todas partes, de no perderme de vista como reprochándome mis largas ausencias. Y lo quiero tanto porque él logra sacarme del pantano de mi soledad, proyectarme a un poco de vida y de respirar sin sentirme tan mal.

Así que este día y todos los demás los dedico por siempre (forever) a esos tres. Ese hermano de mi infancia, a esa madre canina con ánimo sobreprotector de mi adolescencia, a ese hijo mañudo de mi presente, a esos seres que me salvaron de una existencia solitaria y dolorosa, esos canes que me vieron como nunca nadie me vió jamás, esos perros que me acompañaron en los momentos más difíciles de mi vida (la muerte de mi Abuelo, de la Hele, los problemas en mi casa, mi mudanza a La Paz, mi retorno a Sucre y se opusieron heroicamente como tres héroes a todo lo tóxicos en mi vida) y los no tan difíciles, pero aun así igual de dolorosos (tantos encuentros y desencuentros, amores imposibles y otros improbables).

El Pelitos oculto en la maleza de mi segunda casa.

Sé que este no es mi tono usual, se que quizá hablo de puro imaginarios como todo buen neurótico, pero eso no me importa porque nadie, ni nada puede borrar el hermoso recuerdo de mis perros en mi vida y de cómo me hicieron quien soy hoy.

¡Gracias Blacky, Diana, Pelitos!

Estaba hoy en clases (no diré de que por temor a delatarme) leyendo un libro de cuentos de mi autor favorito, Xavier Velasco. No prestaba atención al docente y mi amiga, Alejandra, quien inquieta quizá por mi descaro o movida por la curiosidad me preguntó que era lo que leía. Cuando le dí el nombre del autor ella sonrió, comentó que siempre me ve con distintos libros del mismo autor, respondí que efectivamente me encanta, a lo que ella preguntó simplemente: “¿Por qué?”. Le respondí con la siguiente historia, que fui improvisando en el momento:

Creo que los libros de Xavier Velasco me gustan por esa su manera de describir al mundo como un algo no exento de cierta grandiosa malignidad. Un escenario donde todos somos viciosos y mentirosos pero que nos gusta probarnos lo contrario, mientras que a otros les gusta revolcarse en esa deliciosa crapulencia. Me revientan esos que solo le ven lo bueno o lo malo a todo. Según yo, el mundo consiste en varias tonalidades grises que nunca llegamos a concebir totalmente. Lo bueno y lo malo son una ilusión totalitaria que nos ciega de vivir las cosas. Pero lo que más disfruto de Xavier son sus autodestructivos personajes, tal vez porque me siento hermanado a estos, como si fuese uno de ellos pero uno que nunca llegó a ser libro.

Es más, creo que cuando Xavier era joven se puso a desarrollar un personaje. Pero dado que, quizás, aún se sentía novato lo desechó rápidamente, dejó el bolígrafo con el que escribía a un lado y arrugó la hoja de papel sin misericordia para echarla sin contemplaciones en un basurero, allá en su México natal.

Mi teoría es que ese papel se sabía condenado. Todo le indicaba que su corta vida como receptáculo de tinta finalizaba en aquella triste noche en que Xavier Velasco concibió un personaje al cuál desechó. Digamos que mucha ambición no tiene un papel, quizá simplemente la de soportar la tortura de los tatuajes con que los llenamos y rogar al dios de los papeles que no lo boten, ni arruguen, desechen, quemen, corten o tantos etcéteras. El papel quiere jubilarse, que lo dejen tranquilo en alguna estantería o cajón, que lo lean sí pero que no lo maltraten. Pero este papel en cuestión se sabe ya muerto, escrito de cabo a rabo pero igual descartado. Digamos, también, que de vivir tampoco sabe mucho un papel, así que hizo lo único para lo que le alcanzó el instinto y el deseo de perpetuidad. El papel se desarrugó como pudo y rompiéndose un poco inició por primera, única y última vez en vida un onanismo feroz y rencoroso, tan acezante y vigoroso que en poco tiempo lo que eyaculó fue un pequeño esperma negro, un solo microscópico espermatozoide negro como la tinta que había desaparecido del ya difunto papel. Las palabras de Xavier Velasco, su personaje descartado ahora eran un diminuto espermatozoide negro.

Poco recordamos de nuestro tiempo como espermas, si no nada. Algunos dicen recordar una luz intensa y a un desgraciado vestido de blanco que los sacó de la comodidad del útero. Patrañas. Nadie tiene memoria suficiente como para recordar el momento traumático en que nos insertan a patadas en esta realidad. Pero habemos quienes recordamos nuestra odisea para llegar a los óvulos. Ese espermatozoide negro, creado del personaje rechazado de Xavier Velasco y traído al mundo por el desenfreno solitario de un papel moribundo, sabía que su misión consistía en llegar a un óvulo, su misión era vivir.

Hablar de las peripecias de un minúsculo espermatozoide es aun más magnifico de lo que uno pudiese imaginar. El mismísimo Xavier Velasco lo dijo: “Y pensar que hay pazguatos que suponen a la naturaleza pacífica”. Tan solo imaginen a algo tan poco visto y tan débil como un esperma negro. Ahora imagínenlo caminando por el mundo asediado por las hostiles bacterias, hostigado por insectos monstruosos de variados colores y tamaños, aterrorizado de esos gargantuas humanos con sus caminares destructivos, y eso que ni siquiera estamos hablando de las condiciones climáticas (para un espermatozoide, por ejemplo, una llovizna es lo mismo que mil y un tsunamis) o de las chances de extinguirse, sin más, mezclado, sin querer, en alguna otra sustancia.

Si algún día se escribiese un libro sobre esto, se llamaría “Las Increíbles Aventuras del Espermatozoide Negro”. Y pese a que todos se reirían de titulo semejante, pronto mandarían a la mismísima mierda a Ulises, Aquiles, Ollanta, Eneas y todos esos héroes épicos. Ninguna aventura puede tener la magnitud, la grandiosidad y la peligrosidad de un espermatozoide buscando un óvulo. Aun peor si este esperma está hecho de tinta y se muda, sin saber cómo, de México a Bolivia.

Pero volvamos al esperma negro. Estamos en agosto del 88, los horribles años ochenta llegan a su fin y el esperma negro ha llegado a Bolivia después de haber sufrido miles de pesadillas que aun lo persiguen. Está buscando a la persona ideal en la que meterse, pero aun no ha dado con aquel ser. Se guía por un instinto funesto, una rabia que le ha permitido sobrevivir hasta ahora. Fue entonces que vio a una pareja dispareja, un hombre y una mujer que parecen movidos por un deseo extraño, una especie de polaridad que confirma lo que dicen los Artic Monkeys (“All that’s left is the proof that love’s not only blind but deaf”). El carácter que Xavier Velasco le imprime a sus personajes, la forma en que sobrellevan sus vidas, la trampa implícita, la resignación mentirosa de los que se auto condenan al cadalso, la inocencia a la que uno se aferra con las garras del zopilote que uno sabe que es, quizá todo eso y más fue lo que movió al esperma negro a introducirse al pene de mi padre, hacerlo lentamente, sin llamar la atención de todos esos espermatozoides blancos, acomodarse y observarlos con esa paciencia que solo tienen los ociosos.

La carnicería de los espermatozoides blancos vino poco después (ya cuando agosto amenazaba con terminarse). El esperma negro sabía que aunque la vida puede que sea un regalo, no es regalada. Hay un precio, un coste que siempre hay que pagar. Entonces el esperma negro tomó una decisión tal vez cruel, pero no muy diferente a lo que hacen los hombres (adolescentes y adultos) cuando deciden darse placer a sí mismos, y millones de potenciales hijos terminan muriendo en algún Kleenex encubridor del crimen. El espermatozoide negro mató a todo esperma blanco existente en mi padre, los aniquiló con la minuciosidad con que un obsesivo se limpia después de ir al baño, con la crueldad de los niños al pensar en apodos humillantes para un compañero en desgracia. Y cuando ya no hubo ninguna competencia, cuando todo esperma blanco estuvo muerto, recién se supo seguro de su próxima existencia, fue ahí cuando mandó mensajes discretos al cerebro que lo increparon a tener sexo con aquella mujer tan brutalmente opuesta, con ese deseo inentendible (como todo deseo) con que la tomó, sin saber que un condón, para un esperma de tinta que ha pasado por peligros más nocivos en su periplo del basurero del cuarto de Xavier Velasco a la eyaculación de quién sería mi padre, era una nada.

Nueve meses más tarde, en un nevado invierno paceño de mayo del 89, del útero de mi madre y a través de una cesárea necesaria, se materializó un personaje de Xavier Velasco en el mundo, se hizo de carne y hueso. Pero no lo llamaron Joaquín, o Pig, o Isaías, o incluso Basilio, mucho menos lo apellidaron Alcalde, Basaldúa o Flexus. Lo nombraron Adrián Paredes, el personaje rechazado de Xavier Velasco que gracias a la osadía de un esperma de tinta negra pudo materializarse en este mundo con zopilotadas incluidas.