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¿Cuál es el triunfo de los feos? En realidad no sabría si es tanto un triunfo como una ventaja, pero sigámosle el juego a esto del triunfo. Fetichistas condenados, empiezo por los feos porque ellos aprenden primero a mirar, después a contemplar y, finalmente, a observar con detalle no tanto por gusto como por revancha pues, a los feos, no hay quien los vea. Apenas miradas, eso es todo lo que obtienen y lo cierto es que ellos mismos lo comprenden, lo perdonan y hasta lo justifican. Saben que harían lo mismo, aun si se tratara de mirarse a sí mismos. Esclavos de las excusas de una sociedad de consumo, los feos y las feas miran lo que se antojan, contemplan lo que desean e idealizan en el trayecto, y observan todo aquello que no son y que, a veces, querrían ser.

La sociedad los refuerza y hasta los apoya con esa terrible tendencia de hacer primar lo estético para mejor vender y mejor ser comprado. Eso no nos extraña porque la sociedad se sostiene de esta manera, en esas mentiras inventadas para “nuestro bien” que nosotros les creemos porque no queremos que se caiga enterito el teatro de la civilización. Después de todo ¿no somos nosotros quienes inventamos esas mentiras, para algún día contárnolas como si no hubieran sido nuestra idea? Por eso los feos observan y se antojan, mientras que los lindos se dejan observar y se incomodan (por eso es que los regulares pretenden, mal y a medias, ser de cualquiera de estos dicotómicos bandos). Sin ese baile, sus identificaciones perderían sentido, sus preguntas serían otras y sus actuales certezas se irían por el mismo caño por el que desaparecen las defecaciones nuestras de cada día. ¿Cuándo se ha visto, en tierra de puro desconocido, que quien fuera se detenga a contemplar a un feo? Lo común, lo regular que le dicen, es pillar una de esas muchas características que nuestros instintos, normados por la sociedad, nos dicen que tenemos que chequear y nos perdemos en esa esquiva y regalada gana de disfrutar de instantes de superficialidad. Nada de malo hay en la muchacha con los ojos fijos en las pantorrillas de un atractivo chico con short, o en el crispamiento interno de los hombres cuando un cuerpo llama a su interés para posarlo en el todo de una mujer que su mente clasificó como preciosa. El problema no está en que miremos, el problema está en los filtros que nos imponen y que nosotros reforzamos.

Pero sigamos. A sabiendas de que todo ojo posado en ellos no estará ahí más que unos segundos, los feos aprovechan y lo ven todo desde una posición privilegiada que, simplemente, los atractivos no son propensos a alcanzar. Tal como buitres de mirada aguda, los feos circundan el anonimato y cuando no contemplan, observan cada detalle del objeto deseado – porque no hay forma de entrar en juegos superficiales sin volvernos todos objetos – y no siempre, pero casi invariablemente, caen en la trampa de enterarse que pueden mirar sin mucha consecuencia ni censura y hasta con más detalle que personas notorias por sus ventajas estéticas. Descubren, sin querer, que esa es su función. Mirar, contemplar, observar para imaginar a qué tanto sabe la gloria de estar al otro lado, conscientes de la complicidad de los observados, quienes se molestan al descubrirse observados, envaneciéndose secretamente de confirmarse habitantes del lugar donde el pasto es más verde y nada se parece a ese espacio en que habitan los feos, y que pueblan de vicios como la ilusión, probablemente intentando superar la amargura de la realidad antes de descubrir su verdadera ventaja: la segunda vista.

Rodeados de desconocidos, los ojos siempre se posan en los aventajados. Entrando en materia, y dicho de otra manera, uno no “chequea” a quien más asco le da sino a quien mejor encaja con lo que se tiene comprado acerca lo hermoso y, una vez encontrado, seguimos con disimulo a todo aquel que nos provoca algo de deseo, sin reparar que en el proceso se procura obviar todo aquello que en esos parámetros no encaja. Casi como un filtro que censura, o mejor dicho elimina, lo desagradable. Sin embargo, es así cómo obtienen su libertad los feos, que más que disfrutarla, y no adrede, la hacen su ama y señora, se esclavizan a ella, siempre deseando ser obviados de esos filtros y un día de esos figurar en los mapas, los radares, los pensamientos de aquellos que los ignoran. Es en esa libertad esclavizadora que dan cuerpo a sus pasiones secretas y, a veces, se esfuerzan por sobresalir, por importar, diferenciarse de ese grupo que tanto mira y nunca es mirado. Y sin querer algo se revela para algunos pero no ellos, algo que se gesta en sus traumas, sus deseos y sus medidas estéticas para ser aceptados que generan las actitudes que adoptan desde el esclavismo de querer pertenecer y la excéntrica libertad de estar siempre en el anonimato. Y es, justamente, por eso que un día un par de ojos que barrían el espacio en busca de algo hermoso se tropiezan con algo tan atípico que ningún filtro puede eludir.

De pronto los observados quieren observar y no saben cómo. Después de una vida que les dejó la costumbre de vivir distraídos por la belleza, gozando el enviciante placer de saberse ídolos de altares secretos, se enfrentan a la novedad de ese bizarro antojo de mirar lo que nunca miran, picados por la curiosidad que despertó alguna de estas excentricidades que usan los feos para esconderse. Esto puede, o no, ser una crisis para cualquiera de ellos, así como pueden, o no, notarlo. Eso no lo sabemos y no nos compete ¿Por qué diablos nos meteríamos a fingir que sí, cuando ni siquiera sabemos si no pertenecemos al tibio reino de los regulares? Lo más probable es que pasemos vidas enteras achicando lo descomunal e ignorando si somos de los feos, de los lindos, de los regulares, siempre cayendo en creernos algo que no somos y perdiéndonos de cosas tan gratificantes como el vuelo de ser observado, el viaje de observar o los triunfos secretos que todo ello implica.

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Sinfonía

Publicado: noviembre 12, 2015 en Cuentos
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Nada resonaba en los vastos parajes del barrio. Las casas iluminadas se perdían en el anonimato y coloreaban la azul noche con tonos naranjas y amarillos que buscaban competir con la luz blanca de la luna. La más brillante de las edificaciones era la de la estación de policía, enorme, poco poblada, inútil fuera del simbolismo que infundía cierto respeto en aquellos que surcaban esas calles bajo la ley de la sangre derramada en conflictos pueriles, o no tanto, en que navajas y mariposas cortaban el aire y desangraban a víctimas que iban a parar al hospital cercano, separado de la comisaría solo por una cancha y un pequeño parque, en la empinada calle nombrada en honor a una patriota olvidada y conocida como Mercedes, en un barrio alejado de esta ciudad. Tenía fama el barrio, de peligroso, de terrible, de tantas cosas que a los vecinos, protegidos por la belleza de lo cotidiano, los traía sin cuidado ni sorpresa. La calle Mercedes descansaba tranquila durante aquella noche calurosa de sábado.

De repente un sonido hizo eco en las despobladas cuadras, un sonido un tanto agudo que se originó en la calle Mercedes pero que fue escuchado en todo el barrio, aun si no por todos sus habitantes. Era un grito. Un gritito, mejor dicho. Agudo, jadeante, penetrante a tal punto que cualquiera habría esperado que alguna ventana se viese oscurecida por la súbita aparición de la sombra de un curioso intentando otear la noche. Pero fue solo un instante antes de que el silencio reanudase su acostumbrada calma, con la diferencia de que ahora los habitantes de la calle Mercedes lo sentían diferente. Casi como si ya no fuese un continuo constante y ahora estuviese interrumpido, contaminado, por respiraciones entrecortadas que se unían al canto de los grillos y el zumbar de los postes de luz. Nadie interrumpió su cotidianeidad, pero mantuvieron los oídos atentos allá donde los ojos no se atrevían, en cada casa la gente intranquila dejaba las conversaciones y se sumían en un caprichoso mutismo, como intentando evocar un ejemplo que la calle debía seguir ¿quién osaba mancillar la paz de la noche?

Los grititos comenzaron a sonar con mayor frecuencia. Al principio venían irregulares, desordenados, algunos se habrían atrevido a decir inseguros, como si su origen no estuviese bien definido, como un grito continuo escuchado en parpadeos. Entonces las duraciones se alargaron y con ellas cambiaron los tonos, los ritmos, los tiempos de los grititos y a ellos se sumó un jadeo más pesado, más ansioso que complacido, más suave que los sonidos agudos que cada casa escuchaba con terrorífica nitidez esperando que nada más ocurriese, que por favor los culpables se callasen y así volver a la vida, volver a la espera de que algo pase, sentarse frente al televisor y ver cualquier basura ruidosa y ya. Pero a los gritos y al jadeo se sumó una estruendosa seguidilla de roces que los oídos creyeron identificar como una piel chocando con otra, como telas cayendo al concreto, dedos pasando apurados por vellos para hundirse y causar ese sonido húmedo que estremeció a las señoras, quienes se persignaron apresuradamente y cerraron los ojos para ya no escuchar. El escándalo no era novedoso, los ruidos tampoco, la gente crecía intentando ignorar esos sonidos cuando aparecían y aquella costumbre había pasado por generaciones enteras dedicadas a respetar el silencio de la noche por mucho ruido que escuchasen. Pero aquella ocasión algo estaba mal en todo ello ¿dónde estaban los sonidos habituales? ¿No era deber de la policía velar por la paz y el silencio del barrio? La comisaría estaba anormalmente silente. La calle, no, el barrio entero estaba tan acostumbrado al ruido infernal de la policía que, en sus mentes, lo tuvieron que transformar en silencio. Lo que inició como disonante era, ahora, común y no hacía mucho que descubrieron que ya no tenían que hacer ningún esfuerzo mental para ahogar las risas funestas, las bromas pesadas, las ordenes ricas en microscópicos escupitajos que se asentaban en la piel de subordinados aterrorizados que, poco a poco, se transformaban en eso que tenían que odiar. Ahora, sin embargo, ni siquiera eso, lo cual hizo pensar que ellos también escuchaban atentos, que sabían que algo pasaba cerca de ellos, una cuadra más debajo de ellos inclusive. No podían no saberlo, todos lo escuchaban, todos estaban atentos al roce pieles, a los toques apresurados, a los ropajes siendo arrancados, los sonidos de los movimientos invasivos que ocasionaban los grititos y el jadeo y ¿los besos? ¿las risas? ¿Qué estaba pasando?

El silencio volvió pero no tardó en ser interrumpido por susurros que una voz suave profería con angustia y que una voz más gruesa, que no se molestaba en susurrar, callaba con algo que sonaba a una bizarra combinación de dulzura e impaciencia. Pero los susurros insistían, cada vez menos tensos, cada vez más sonrientes, hasta que el sonido de pequeños besos fueron ocupando el ambiente y pronto volvieron los jadeos, los grititos, los toques húmedos, el roce de pieles y otros nuevos sonidos fueron apareciendo. Primero el viento trajo el rumor de un golpe seco contra el concreto, luego con su silbido frío le dio una agradable armonía a la curiosa canción de dos cuerpos rodando por la acera. Fue entonces que los roces fueron creciendo, los grititos cesaron y a los jadeos se sumaron otros jadeos más ansiosos, como adoloridos pero anhelantes y la calle entera cerró los ojos para escuchar mejor. Esos eran definitivamente besos, esas por supuesto que eran caricias, aquello ¿era o no era? Los habitantes de la calle Mercedes estaban confundidos, no porque desconociesen aquellos ruidos sino que algo novedoso en ellos les arrebataba la calma de lo conocido y los sumía en el terror de algo que parecía novedoso. Entonces volvió el gritito pero esta vez ya no era suave, ni entrecortado, ahora era fuerte, hermoso, cortado solo por pequeñas pausas que se daba la voz para respirar. Los jadeos, en cambio, bajaron su frecuencia pero se hicieron más potentes, compitiendo por el protagonismo entre tanto sonido en el silencio de la noche.

La calle Mercedes escuchó todo y solo algunos se animaron a utilizar el olfato para confirmar qué sucedía gracias a ese olor tan peculiar, ese aroma que los románticos insistían en rememorar con demasiado goce pero no detectaron el olor de moretones, ni golpes. Sí captaron sudor, alcohol, saliva y tantos otros fluidos conocidos para sus narices que jugaban a una especie de tula con un perfume que olía a sandía y un desodorante lima-limón. Mientras tanto la sinfonía creció, su armonía llegó al barrio entero, muchísimos más ojos se cerraron, ya no tanto para seguir la rutina de ignorar lo que usualmente pasaba cerca a la comisaría, como para no perderse detalle de esa canción que la novedad les traía, preguntándose qué clase de almas foráneas podían animarse a traer aquella composición escandalosa a un escenario tan público y habituado a canciones más violentas y sangrientas. Por un rato el barrio enteró calló ante el volumen de la sinfonía y, con las caras coloradas, con los ojos en el suelo, los habitantes de las casas optaron por hacer lo que siempre hacían y no dijeron ni hicieron nada, esta vez azotados por un pudor que intentaba esconder los deseos que aquellos ruidos les evocaban, estáticos en la última actividad en que aquellos sonidos los habían pillado. Y esperaron, silentes, a que todo terminase en esa conclusión abrupta, aliviadora, esa peculiar mezcla simultánea de jadeos, gritos, chorros, besos, palabras, sudor cayendo contra la piel, contra el concreto, dedos recorriendo kilómetros de lo que sonaba como una larga y sedosa cabellera, la distensión de la piel, el suspiro que terminaba con los jadeos, los botones siendo abrochados, la incomodidad rota con un besito que fue extendiéndose hasta hacerse un beso de esos que escuchas en las películas. Un taxi siendo detenido, una puerta cerrándose y ocultando el rumor de un par de voces que hablaban como si se les permitiera hablar en voz alta, el silencio retornando pero todavía incomodo, todavía sorprendido de haber sido mancillado de esa manera hasta que la comisaría volvió a sus ruidos habituales y solo así pudieron las casas volver a estar en paz.

Yesenia abrazada de la jirafa púrpura esconde el escote, y con una enorme mochila caqui la forma de sus piernas tras la calza y la falda. El extraño de pelo largo la mira desde los asientos de enfrente. Es obvio. Demasiado. La mira sin vergüenza, se la come con los ojos, mueve incómodo la entrepierna cada que se reacomoda en el asiento. Yesenia escucha a su madre parlotear algo acerca su hermanita y de fondo la lengua incompresible de las informaciones de aeropuerto proclama algo que a ella no le incumbe. El clima está templado y agradable. No hay mucha gente alrededor. Solo un par de ancianos, un gringo que esconde su obvia calvicie y que mira a una fea de cuerpazo que, notoriamente, resiente a Yesenia las miradas robadas. Hay, además, un par de niños con su agotada madre que parece querer dormir. Y él, claro. El extraño de pelo largo y ojos grandes.

Yesenia detesta la manera en que la mira. Como hambriento y desesperado. Fijo y sin distraerse. Su madre no lo nota. Ella sigue dale que dale con hablar de Roxanita. Pinche feta malcriada. Se larga de vacaciones con su tía y retorna embarazada ¡Con qué cara llegaría la tonta! Ya su madre no mostraba huella alguna de todo el llanto que ella se había tenido que tragar. Demasiado bien sabía que Roxanita no tendría que ver a su mamá llorar y algo en ello le sonaba injusto. Revisó la pantalla de vuelos a su izquierda. Obvio. Roxanita, también en eso, se retrasaba.

La chica del cuerpazo se pasea por ahí. Meneándose como loca la muy culisuelta. Habla por el celular meneándose. De aquí a allá meneándose. Delante del gringo meneándose. Pero el extraño ni la mira. Sigue fijo en Yesenia.

– Perra – se le escapa.

– ¡Hija! ¿Cómo se te ocurre? Es tu hermana – alcanza a escuchar.

– No mamá. No la Rox. – responde señalando con la cabeza a la culisuelta.

– Hija, tenemos que apoyar a tu hermana, tenemos que… – la ignora su madre. Yesenia reflexiona. Aquel “tenemos” lo venía escuchando desde que Roxana había nacido. Desde beba que la malcriada se las arreglaba para desacomodar su vida. “Tú serás 12 años mayor así que debes cuidarla mucho” le dijeron con el tono con que se sentencia de muerte a un adolescente. Así perdió el cuarto, la ropa, las muñecas, los cariños, los tíos, las primas. Todo. “Yessy, la beba lo necesita.”, “hija, tu hermana también vive en esta casa.”, frases derivadas que poblaron su adolescencia y que ahora las escuchaba retumbar en su cabeza mientras su madre seguía con la perorata y el extraño de pelo largo continuaba mirándola a ella. Solo a ella.

“¿Será que me vine muy provocativa?” teoriza Yesenia poniendo a un lado la mochila y el peluche, dejando respirar aquel amplio y generoso escote que dejaba entrever sus maravillosos senos. “Ahora a la Rox le crecerán” pensó decepcionada, o quizá asustada de verse superada. Revisa su falda negra y corta adornada por encajes que le dan estilo a la apretada calza púrpura que se puso y se pregunta si el extraño de pelo largo es de esos que se excitan con algo tan chontano ¿O sería que aquel extraño miraba su cabello por aquel rojo claro que teñía el castaño del cuelllo para abajo? ¿O sus ojos, su nariz, sus labios, mucha pintura tal vez, o poca en todo caso? ¿Era por las botas? ¿Los aretes? ¿Qué mierdas veía el pervertido ese con tanta fijación?

Los niños armaban tremenda bahatola y los ancianos los miraban enojados. Yesenia no tenía calor pero sudaba. Sobretodo en el pecho y los piercings. Por un rato, mientras miraba a todas partes, se dedicó a sentirse avergonzada de su posible olor hasta que reparó en que el extraño de pelo largo estaba muy lejos como para olerla. Rió. Y meneó el pelo mientras lo hacía. Se avergonzó ¿Por qué tenía que hacerse a la sexy?

Entonces sucedió. Fue un golpe tremendo e inesperado, un miedo angustiante apretándole el pecho, dilatando sus pupilas, erectando sus pezones y creando un compás jazzero con sus latidos. El extraño se levantó y caminó hacia ella. Apurado, indiscreto, sediento fue acercándose y Yesenia paralizada ya ni pensó en Roxana o su madre. Solo en ese maldito acercándose tan seguro de sí. Sin saber si temía que el tipo ese la besara o la violara, o si es que lo que más temía era admitir que quería que el tipo la arrancase de su vida, la alejara de la realidad y la sumergiera en una fantasia sexual donde el olvido es un deliquio permanente, donde el placer no da paso al pensamiento y los cuerpos sudados y desnudos son un estado natural. Por eso no quiso aceptar que la ignorara por ver la pantalla de las llegadas y salidas de los aviones. No quiso tolerar que el desgraciado regresara campante a su asiento y hasta se atreviera a conversar con el gringo obviamente calvo mirando en dirección de la culisuelta. Mamá aun hablaba, Roxana no llegaba, los niños gritaban y la culisuelta se meneaba por aquí y por allá, por aquí y por allá y por aquí y por allá como si fuera la reina de algo tan vulgar como un cuerpo operado y vistoso. Yesenia miró su natural ampulosidad de sus senos, que caían un poco por su amplitud, y los comparó con aquel par de melones perfectos y esféricos de la culisuelta, que, de paso, parecía tener una cola con forma de manzana y cuya cara de seguro era muy distinta a la que tenía desde niña, ni así logrando verse medianamente decente. Abrazó, rabiosa, el peluche de jirafa púrpura que había comprado para regalar a su hermanita ¿Por qué podía la culisuelta menearse con semejante esperpento falso y artificial, cuando ella misma era toda una mezcla de redondeces que los hombres anhelaban probar? ¿Quién era ese extraño de pelo largo para dejar de verla luego de haber sido tan intenso con su manera de cosificarla con la mirada?

Cruzó las piernas. Mordió a la jirafa púrpura y le chupó el hocico mientras la alejaba de sí lentamente y mirando al vacío. Yesenia actuaba de puro reflejo mientras en su mente se arremolinaban imágenes variadas. Recuerdos, alegrías, rencores y frustraciones se mezclaban en un coctel que la emborrachaba. Se acomodó el corpiño y pasó los dedos por su pelo. Cerró los ojos y puso una mano encima su cabeza y la otra en el cuello. Y acarició. Lo hizo como por accidente, sin nunca abrir los ojos, ansiosa de saber si era observada, bajando un poco y deteniéndose en esa raja amplia y profunda de su pecho, sintiendo que a sus bultos le crecían un par de bultitos que gritaban por debajo de su delgada blusa ploma para hacerse notar. Cerró los ojos con más fuerza y murmuró algo como “por favor” al notar chillidos histéricos de su madre a lado. “habrá llegado la Rox” se dijo mientras una mano apretaba a la jirafa púrpura y la otra dejaba de demorarse en los senos para pasar al estómago y ahí tardarse cuanto pudiese en el ombligo y el piercing hasta que los zarandeos de su madre la fuerzan a abrir los ojos.

Los niños están quietos. Los ancianos cardiacos. La culisuelta fruncida. El gringo calvo divido entre la excitación y el escándalo. Su madre grita, levanta el nombre de Dios y se pregunta por qué esas hijas le tocaban a ella. Pero el extraño de pelo largo no parece reprochar nada. Él la mira con intensidad, con las manos crispadas, resoplando y con expresión de sorprendido, quizá maravillado, probablemente asustado. Ella lo mira fijamente y confirma que en los ojos del extraño de pelo largo se refleja la lujuria más pura, el deseo más profundo, el terror más abominable y entonces llega Rox y el culmen de todo acontece cuando la madre la ignora. Yesenia sonríe, abraza a su hermana, le entrega su jirafita, le anuncia que ya no es niña, le da la mano y se alejan en paz, haciendo oídos sordos de las quejas maternas, del murmullo de los ancianos, del sonido de la confusión de los niños y los pantalones apretados de gringos y extraños de pelo largo. Se alejan sin nunca mirar atrás

 

Sería un día sin igual en aquel aeropuerto internacional. Empezaría con una mañana vibrante y hastiada de vida que arribó con el sol alrededor de las seis de la mañana, trayendo con ella los primeros bostezos de viajeros que despertaban de un sueño incómodo en los estrechos asientos de la terminal aérea. En años por venir, los empleados veteranos de las distintas aerolíneas, los mozos ancianos que cuidaban el aeropuerto para que se viese relativamente impecable y hasta la mafia dinástica de choferes apostados en la calle, metidos en taxis y minibuses, atentos con sentidos de buitre a rasgos foráneos pues preferían a clientes extranjeros para sacar una propina extra, todos y cada uno de los que quedaron recordarían ese día como inundado por una belleza inusitada, no solo en el aire general del aeropuerto, usualmente ajeno y bullicioso, sino en la apariencia de tanto pasajero atractivo que congraciaba la mañana de aquel día memorable.

La larga edificación poseía suelos de mármol y paredes pintarrajeadas según la aerolínea que las ocupaba. Por eso se podían ver combinaciones fortuitas de colores como un azul oscuro a lado de un naranja chillón que parecía darle espacio a un rojo sandía, el mismo que poco a poco pasaba a ser plomo para retornar violentamente al rojo pero esta vez con tonos sangre escarlata derritiéndose en celeste, gris, amarillo y blanco en todos aquellos espacios en que no se erguía algún mostrador o vitrina que contribuyese al caos de tonalidades con sus parcos colores de material de oficina, o el variopinto vómito arcoíris de los productos que los comerciantes aprovechaban para vender a diez veces el precio original con ánimos, de nuevo, de desangrar las billeteras extranjeras y locales por igual.

Fue cuando el sol terminó de asentarse, y con su luz cambiar la gris madrugada en una mañana con miras de soleada, que el aeropuerto fue invadido por muchas almas, algunas apresuradas, otras no tanto, rendidas a los ajetreos del estrés de hacer filas largas en las que se tenía que esperar hasta que el avión partía sin uno, u ociosas en la lenta manera en que pasaba el tiempo antes del momento de vuelo; almas camufladas entre miles de extraños procedentes de sabía Satanás qué tierras recónditas e historias extrañas. Aquello era algo regular en un edificio tan habituado a la misma eterna rutina, pero lo curioso fue que de alguna forma ininteligible para los habituales de la terminal, todos los que ingresaban aquella mañana eran bellos ejemplares de distintas formas de belleza, tan externa que su entrada levantó suspiros y cortó respiraciones hasta de los más exigentes jueces de lo estético y/o ciegos en los tules del amor.

Sería, también, una mañana memorable en la vida de Martín Riggan, quien gracias a uno de esos cósmicos y comunes descuidos de una línea aérea, arribó al aeropuerto cuatro horas antes de un vuelo cuyo destino lo llevaría a la penosa tarea de enterrar a una buena parte de su familia en el olvido final de la muerte. Todo triste y amargado llegaría junto al punto más intenso de la resolana matina, e inmerso en los dolores del duelo por tanta muerte, además del desconsuelo secreto de enamorado contrariado, no vería más allá de su amargura, atrapado por imágenes que el despecho y la frustración formaban en el silencio de sus pensamientos. Fue así que no pudo notar el obvio nerviosismo de los empleados que lo atendían, ni la fascinación de los muchos con los otros que dio de qué hablar durante bastantes años. Martín Riggan no vio a la sueca casi albina cuyo pelo rubio parecía blanco y enmarcaban un rostro frágil bendecido por unos enormes ojos celestes, ni tampoco se detuvo a contemplar las precisas redondeces que exhibía una joven de porte desafiante y seductor, que de no haber tenido aquella figura prodigiosa se habría bastado con sus meros aires eróticos. Tampoco notó al alto y flaco inglés cuyo canoso bigote de morsa daba la impresión de un control casi bendito sobre las voluntades de quien fuera que se animase a hablarle sin detenerse en sus ojos cálidos y su sonrisa fácil. Martín Riggan no notó a ninguno de ellos, así como tampoco notaba a todos los otros exponentes de algún tipo de sublimidad estética hasta que, una vez terminados los trámites de vuelo, estuvo bien apostado en la mesita de un café de aeropuerto con un brebaje colombiano, mezclado con leche y vainilla, en mano. No fue hasta que estuvo así que notó a Claudia Márquez sentada junto a su madre en la mesita de enfrente, bebiendo una taza de api humeante y empanadas fritas que no se parecían en nada a los golosos festines que las apieras vendían en los mercados de la ciudad.

Claudia se sabía preciosa, pero por su hermosura discreta que solo ciertos ojos alcanzaban a admirar en su totalidad. Los más se dejaban guiar por su belleza inmediata, la belleza fácil que todo el mundo notaba y en la que se perdieron más hombres de los que ella hubiese deseado a lo largo de su vida. Años más tarde, luego de una serie de eventos desafortunados y un marido seducido muy tempranamente por la Parca, Claudia hallaría solaz en una encarnizada nostalgia que le devolvía a los días felices con aquel marido que la había dejado viuda, y la memoria coqueta de ese día en el aeropuerto cuando notó los ojos tristes de Martín Riggan deteniéndose, heridos, en ella y tardándose en su rostro, en su cuerpo, en el enorme bolso Adidas donde llevaba un libro, una billetera, el perfume del que se enamoraría su futuro esposo y un par de regalos que los familiares a quienes visitaría no apreciarían para nada.

Fingió no haber notado nada y miró a su madre sin mirarla, tratando de distraerse del efecto sensual de aquellos ojos tristes recorriéndola, fallando miserablemente e intentando encontrar distracciones a su alrededor. Pero por mucho que por un rato se distrajo en los aires aventureros de mochileros barbados de ojos claros, seguramente fugitivos de alguna película romántica, o la elegancia de ejecutivos cuyos ojos despiadados contrastaban con sus sonrisas derretidoras, o hasta en los músculos bien marcados de los miembros de un equipo de fútbol, quienes esperaban ruidosamente a que su vuelo saliese, ninguna de estas distracciones estéticas le quitó el escozor que los ojos tristes de aquel desprolijo joven con gestos de anciano le causaron. Era una belleza distinta a la del guitarrista de la otra mesa con sus aires bohemios y melena larga y perfecta, o el curioso atractivo del gordito petiso y cuarentón que hacía cola para una aerolínea de paredes escarlata como sangre recién derramada bajo la luz del sol.

Martín Riggan olvidó, por un instante, los estertores de tanto pariente muerto y la pena que la distancia de Alejandra Borzueta, a quien consideraba el amor de su vida, causaban en su ánimo. Contempló a Claudia Márquez casi con avidez obsesiva, como si no existiese otra mujer en el aeropuerto. Complacido en ese rostro algo cuadrado de facciones suaves y amables, cuyo secreta sensualidad reposaba en la dureza con que se escudaba de que alguien le notase la ternura. Aun de viejo recordaría Martín el cabello negro y largo, liso y brilloso, las cejas peculiares encima de unos ojos oscuros y sinceros, la piel nívea revestida por un top sin mangas que apenas ocultaba su ombligo pequeñito, la chamarra de cuero café tan corta que apenas le llegaba a la cintura, bajo la cual un apretado jean cubría sus piernas robustas y el durazno perfecto que su trasero evocaba. Pero ni en el lecho de su muerte, con esas imágenes nítidas que su mente moribunda le proporcionaba, caería en cuenta que aquella Claudia podría haber sido la rebelde hermana gemela de Alejandra Borzueta.

Los aviones llegaban en hora pese a que el radiante sol, con que había empezado aquel peculiar día, ocultó su brillo tras nubes grises, y algunas otras blancas, que incrementaron la intensidad de sus escasas coloraciones gracias a la luz del astro. Los futbolistas movían las cabezas sin descanso para no perderse nada del desfile de bellezas que iban y venían por la terminal aérea; muchachas de ojos gráciles, figuras infartantes o sonrisas cautivadoras que fingían no notar el descaro con que las miraban tipos de mandíbulas firmes, sensuales posaderas, de miradas confiadas y manos grandes o pequeñas. Algunos viajeros incansables, otros ocasionales pero todos contagiados del placer fácil de contemplarse los unos a los otros, de aquel remanso de belleza que inspiró al amor a muchos aquel día, pero que se concretó en muy pocos casos, algunos cortos y babilónicos, otros románticos y que duraron para siempre, pero todos épicos.

Cuando faltaban tres horas para que partiese el vuelo de Riggan, Márquez le hizo un guiño cómplice a su madre mientras se levantaba y se sentaba en la mesa de Martín como si lo conociera de toda la vida, mientras este dejó de pretender que leía Los Detectives Salvajes y se quedó en silencio, mirándola. Ella le sonreía con todo el cuerpo, a él la tristeza se le escapaba hasta por los poros y por lo mismo ambos quisieron devorar al otro en un abrazo que poco a poco fuera dando espacio a un beso colmado de caricias. Pero el mundo real los dejó quietos, soñando despiertos en futuros que no llegaron jamás y nerviosos como solo estarían pocas veces en las distintas vidas que tuvieron.

Azuzado por el peso del amor, Riggan dijo algo sobre lo extraño que era que ningún vuelo se hubiese atrasado y ella, sonriendo aun más, comentó que de seguro algún milagro estaba en camino para que algo así sucediese. Rieron, no supieron porqué pero lo hicieron y después la conversación fluyó sin obstáculos, dejando atrás a todos los apuestos y las bellas, las bonitas y los guapos, las sensuales discretas y las muy obvias, los moldeados en máquinas médicas que preferían el camino fácil, o los otros que surcaban el camino de sudores en rutinas físicas que solo aquellos de disciplina más férrea conseguían continuar. Martín y Claudia se olvidaron de mirar de reojo la magia de aquel espectáculo peculiar y, a grandes rasgos, se avocaron a conocer la historia el uno del otro. Confesaron sus particularidades de rutina y hasta se atrevieron a mostrar uno que otro defecto, cuyo descubrimiento solo avivó la curiosidad con que él quería escuchar la voz de adolescente ronca que tenía Claudia y con que ella se internaba en el misterio de la tristeza en los ojos de Martín.

Faltaba una hora para el vuelo de Riggan cuando la madre de Claudia se levantó de la mesa. Hizo cuanto pudo para demorarse pagando la cuenta y leyendo sabiduría barata en el retrete, hasta que ya no pudo esperar más y se paró delante su hija mirándola con harta significación que esta entendió y a la que respondió con un gesto que solo comprendería su madre. Decepcionados, Riggan y Márquez intercambiaron datos que usaron para contactarse con avidez a lo largo de los años, sin nunca poder volver a verse más que en las fotos colgadas en las muchas redes sociales por las que se siguieron hasta sus respectivas muertes. Se abrazaron por un largo minuto, se dieron un piquito sin ninguna timidez inoportuna que viniese a arruinarles la fiesta y se miraron todo cuanto pudieron mientras ella tropezaba su camino a la sala de embarque. Riggan pagó el café que había consumido, tomó su bolso de mano en el que por las prisas había metido medias desiguales, poleras sucias y una chaqueta ajena cuando aquella misma mañana hizo el equipaje para viajar a enterrar a numerosos parientes muertos.

Martín dedicó la hora que tenía para matar en un paseo pausado por el mármol del aeropuerto, ignorando los colores de las paredes y notando vestidos rosados con puntos negros  que hacían vistosas unas piernas por demás normales, poleras sencillas y muy usadas que daban un aire romántico a mochileros demacrados; Martín marchaba contagiándose del embelesamiento general de la gente, recordando a Claudia, añorando a Alejandra, ignorando a los muertos, confortablemente adormecido en las risas fáciles, los silbidos coquetos, las miradas pícaras, las voces eufóricas, el sonido del caminar tierno de los niños, la venerabilidad con que se quejaban los ancianos y la eficacia de los empleados, quienes se sorprendían a sí mismos con lo bien que iba todo, incapaces de siquiera pensar que algo podía salir mal.

La tristeza retornó a Martín Riggan cuando faltaba media hora para la salida de su vuelo, al que esperaba en la misma sala de embarque en la que hacía apenas una hora estaba Claudia Márquez, toda sonriente y expectante del futuro. La belleza seguía alborotando los ánimos de las almas que ese día estuvieron en ese aeropuerto y que no desaparecería hasta mucho más tarde, por la noche, cuando unos nubarrones repentinos, no predichos por ciencia o magia alguna, empezaron a formarse en un cielo que permaneció gris durante todo el transcurso de aquella jornada de beldad. Riggan abandonó todo pensamiento grato, o no grato, y con mucha dificultad apartó su mente de lo bello, a sabiendas que pronto enfrentaría tareas tristes y difíciles. Escuchó el llamado al embarque en los parlantes de la sala y dedicando pensamientos cariñosos a Alejandra Borzueta, antelando el paisaje maravilloso de las nubes como una tierra encima de la tierra, abordó el mismo avión que por la noche, gracias a la violenta fuerza de una súbita y negra tormenta, se estrellaría contra la imponente terminal que albergó tanta belleza en un solo día, matando a muchos que apenas notaron sus muertes, muertos en vida por las maravillosas sensaciones que causaba la contemplación de lo sublime.

Basado en un “chequeo” real

Había sido un día caluroso y desgraciado. La canícula se había hecho notar desde la mañana, hasta unos momentos previos al atardecer, luego el sol se había perdido tras nubes grises de amenazadora lluvia. Joaquín Ballesteros esperaba por un taxi desde hacía ya media hora. Su paciencia se agotaba en la espera, ahí apoyado contra un poste de luz viendo toda clase de transportes pasar llenos hasta el tope mientras se fumaba un cigarrillo. La luz gris del atardecer daba una especie de luminosidad trágica al momento. Como una nostalgia ploma con sus nubes negras, y la humedad de una lluvia inminente y los vientos fríos y fuertes que parecían disculparse por el sofocante sol que había torturado a la ciudad temprano aquel día.

Joaquín miró a ambos lados de la larga avenida. Los autos venían a montones por ambas vías, la de subida y la de bajada. No había nadie alrededor, lo cual era raro al tratarse de una avenida principal, aunque no tanto cuando Joaquín re analizó los nubarrones de lluvia en el cielo. Quizá toda la gente estaba en los taxis que él deseaba abordar. Joaquín se dio la vuelta y se observó en un vidrio. “Carajo- no pudo evitar pensar cuando su reflejo le devolvió una mirada triste- ¡qué feo que soy!”. Se analizó por un rato más sin poder evitar detenerse a menospreciar sus peores detalles físicos y quedarse pensando en sus peores defectos como persona. Se sentía enfermo de aquella autocompasión sobre su poco atractivo, pero de algún modo era inevitable. Al menos aquel día no había podido evitar sentirse como una basura, una piltrafa humana que para colmos no poseía ningún atractivo físico. Quizá no era cierto, quizá sí lo era. No importaba si lo era, solo como se sentía.

El fuerte resoplido del viento lo devolvió a la realidad. Notó que tras el vidrio, el dueño de una tienda lo miraba con extrañeza, picado quizá por la forma tan fija con que Joaquín miraba su reflejo. De seguro creía que lo miraba a él. “Tonto” pensó Joaquín sin saber si se refería al dueño de la tienda o a sí mismo. Estaba enojado, quizá porque la vida no salía como esperaba, quizá por la gente de mierda que le declaraban guerras injustas- pero no por ello un tanto inmerecidas-, o quizá le frustraba que recién se hubiese ocultado el odioso sol, para dar paso a ese hermoso clima frio. Quizá le enojaba que ya se le hubieran acabado los puchos, o que no hubiese plata para más. Lo cierto era que Joaquín no recordaba haberse sentido más desgraciado en su vida. Eran dramas tontos, pero reales en su cabeza. Era un eterno lloriqueo por estupideces sin valor. Pero luego ya no pudo recordar que era cuando la vio adelante.

Era una mujer. Como no iba a serlo con esa piel nívea, con aquel pelo rubiorojizo que flameaba junto a la corriente de aire de la calle. La iluminación gris de aquel escenario contrastó con no solamente ese cabello, sino con toda ella. Una muchacha de baja estatura, flaca pero robusta, de senos y piernas redondas, vestida con corto vestido de verano blanco y tacones que dejaban ver sus uñas perfectas. Sus enormes ojos verdes como círculos brillaban mirando hacia el frente y hacían juego con sus boca redondita rojísima que parecía pintada pero que iba así au naturel como demostrando que los ornamentos naturales si existen. Joaquín abrió la boca y se quedó con expresión imbécil mirándola como a una aparición. Joaquín se maravilló con el brillo naranja de la muchacha, desde sus cabellos que resaltaban su presencia entera, hasta el ancho cinturón naranja que cubría su redonda cadera, o los dibujos de cascaras de naranja que plagaban su vestido y le daban más color a la oscuridad del atardecer nuboso.

“Me cago que mina más hermosa” alcanzó a elucubrar Joaquín en su cabeza ante la aparición de la chica. Esta seguía cruzando la calle cuando una ráfaga de viento sopló con mucha fuerza, haciendo que su vestido blanco de cascaras de naranja ondease como una bandera, jamás levantándose, nunca revelando más que una pequeña porción de sus piernas blancas y sedosas, pero moviéndose como si estuviese a punto de volar, de levantarse y permitir a Joaquín ver si es que sus bragas eran también naranjas. Pero nunca sucedía. El viento soplaba con extraña furia, y ni así cedía el vestido de verano. La chica sonreía. La gloriosa belleza posó su ojazos verdes en el asfalto, cerrándolos ligeramente mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Una sonrisa amplia y pícara que enmascaraba una especie de vergüenza ridícula. Joaquín no podía creer que veía un poco más de lo que el brevísimo vestido dejaba ver de por sí, quizá no era mucho más pero si era lo suficiente para que Joaquín sintiese que sus pantalones le apretaban a la altura de su entrepierna.

La aparición de pelo rubiorojizo pronto reparó en el mal vestido Joaquín. Sus brillosos ojos se posaron en la estúpida mirada de Joaquín, quien no pudo menos que sentirse angustiado, casi asaltado por una especie de herida de muerte. Pero ni así logró quitar la expresión estúpida de su rostro, sino que la siguió mientras caminaba elegantemente haciéndose más sensual a cada paso, más imposiblemente bella. El corazón y la entrepierna le palpitaron a Joaquín, cuando la mujer de los ojos verdes pasó detrás de él, pero no se dio la vuelta para mirarla mejor. Aprovechó el breve segundo para respirar y perder la expresión de tonto, pero no pudo calmar su notable erección con la misma facilidad. Por un momento Joaquín Ballesteros se preguntó porque semejante reacción, tan desmedida, tan precipitada, tan atípica por una mujer. Pero no tuvo más que girar la cabeza para verla marcharse y responderse sin esfuerzo que la mujer rubiarojiza lo ameritaba.

Sus manos delgadas, sus muslos suculentos, sus nalgas redondas aun notorias tras el vestido, la maraña liza de su bizarramente precioso y llamativo pelo. Y el alma de Joaquín a punto de escaparse cuando la muchacha giró la cabeza sin dejar de caminar, su angustia profunda cuando ella sonrió con los ojos mostrándole su amplia dentadura en un gesto embriagante que implosionó en un beso de esos labios rojísimos que la chica mandó mirándolo a los ojos. Una angustia temible se apoderó de él, mientras la muchacha retornaba la cabeza a su pose original y se arreglaba el pelo con una de esas delgadas manos. Rascándose con un dedo, haciendo parecer que invitaba a Joaquín a perseguirla. Pero Joaquín se quedó dubitativo, congelado en el lugar, creyéndose un pobre loco que imaginaba cosas, pensó que una mina tan candente y bella no podía ser real. Fue ahí que reparó en el dueño de la tienda saliendo apresuradamente a su puerta para quedarse como idiota mirando a la belleza rubiarojiza alejarse. Fue ahí que Joaquín supo que no estaba loco.

Solo quedaba caminar calle arriba e inventar una patética excusa para hablarle. Solo necesitaba decir un par de palabras incómodas y sabía que conseguiría algo, pero antes debía mover un pie detrás del otro en dirección a ella, intentando ignorar que ahora todos los taxis pasaban vacios, y que incluso frenaban cerca suyo como invitándolo a entrar y alejarse de aquella ilusión rubiorojiza.

¿Qué hace a la belleza? Cuando uno se detiene a pensarlo, es muy probable que se vea bombardeado por un aluvión de respuestas que no brindan tranquilidad alguna. Y creo que se debe a que tenemos a los muchos empresarios vendiéndonos a todas las Adrianas Lima que puedan, o incluso tentándonos con alguna Zooey Deschannel. “¿Desea una Hayden Panettiere? ¿Quizá una Julieta Prandi para llevar?”, “No, deme una Scarlett Johansson y una Alison Brie condimentadas con Hollywood.” “Y ¿de postre señor?” “Una Emma Stone, por supuesto.” Y nos distraemos en estas bellezas perfectas, estas mujeres irreales que nos muestran las propagandas, los carteles y las películas.

 
Y ¿por qué no? Después de todo, nuestros sentidos aprecian las cosas de diferente manera. Las chicas de cartel están ahí para inflamar los deseos visuales, virtuales y sexuales de los hombres. Por eso las poses lascivas, la poca ropa, las miradas hambrientas de las modelos dirigidas al vacío de la cámara, todo lo que sirva para que nos sintamos obligados a observar cuando alguna propaganda nos la imponga a la vista y las deseemos tanto que siempre pidamos más. No por nada las modelos dedican su vida a trabajar su cuerpo, sufren con dietas y rutinas de trabajo que las empuja a límites que otros no experimentan; podría decirse que, de cierta forma, venden su cuerpo y nosotros los compramos de mil y un maneras que nunca bastan para satisfacer esta sed adolescente de carne joven, fresca y sin máculas.

 
No se puede culpar a un hombre por no usar la cabeza. Al menos no la de arriba. No se lo puede culpar por quedarse viendo un escote con senos tan grandes como uno se imagina que Dios es grande (dijo Chuck Palahniuk), o quizá admirando un trasero ampuloso ceñido a un jean, sobresaliendo casi como una invitación a la contemplación insana, plagada de ávidos deseos de manoseo, tal vez quedarse hipnotizado por unos ojos sicalípticos que brillan irrealmente tan claros, photoshopeados y luminosos que quitan el aliento, o hasta perderse en el deseo de recorrer con las palmas la longitud de un par de piernas asesinas. Lo malo, sin embargo, es que esto puede llevar a creer que las mujeres de nuestros entornos no se comparan a las de cartel en la vida real.

 

Pero están mal. Lo que pasa es que las chicas de cartel están inmersas en una dimensión que involucra a la realidad pero la disfraza y la condimenta con mentiras visuales que son mucho más sencillas de creer. Si embargo, en la vida real hacemos prácticamente lo mismo. Muchos se conforman con mirar a las mujeres a su alrededor y encontrarlas bonitas o buenotas basándose en esos estándares. Pero lo cierto es que resulta más fascinante buscar y encontrar sus bellezas discretas en desmedro de la corta y breve satisfacción de mirar las bellezas de las ninfas imposibles de los carteles. Incluso olvidando que, muchas veces, lo que ven en esos carteles es más photoshop que otra cosa. Comprensible. Las ilusiones son algo delicioso, quedarse prendados de esas mujeres es lo más cercano a amar a diosas de lo que creemos que estaremos jamás ¿qué hombre heterosexual, o lesbiana, se negaría a manosearse con Katy Perry? Y ya entrando más en lo real ¿quién sería capaz de hacerlo sin arruinarse la ilusión de divinidad? ¿Quién que conociese los defectos de su dios seguiría idolatrándolo?

 
Prefiero a las mujeres que me rodean. No me malinterpreten, me encanta mirar a las mujeres de cartel con hirvientes deseos adolescentes. Pero hay mayor fascinación en encontrar esos rasgos irreales en alguien a quien, de hecho, puedes ver tan de cerca que aun puedes oler e incluso tocar. Mujeres que no siempre se verán bien o incluso olerán como a sin bañar, como a un día pesado, que no siempre tendrán el peinado perfecto o estarán vestidas para matar. Ahí, descubres, hay un beneficio adicional: son mujeres a las que puedes escuchar, conocer y admirar o soportar. Prefiero morir deseando ver unos ojos color miel que uno vive como intensos, solo porque pueden estar cerca o lejos, pero que, finalmente, están en mi entorno. Existen en los límites de mi existencia. Mujeres con las que podría cruzarme en la calle, y hasta ser reconocido por ellas, mujeres que sean algo más que un estímulo visual y/o sexual, que no solo posean una voz sino que esta profiera cosas que a mi me sacudan por dentro, por fuera, por encima, por donde sea. Lo prefiero a emocionarme porque existan fotos de Megan Fox topless. Elijo sorprenderme con la belleza de alguien que puede decepcionarme, a quien yo mismo enmascararé con mentiras a la talla de la realidad que me toca vivir, antes que las imágenes sin vida de alguien presentada bajo la máscara de la perfección falsa.

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Y las palabras. No olvidemos que una modelo hablará al vacío del público, de la opinión pública, del “qué-dirán”. Las mujeres que nos rodean podrán decirnos cosas parecidas, pero si uno escucha, si uno se da el trabajo de escarbar un poco más en el discurso superficial, se encuentra con bellezas marcadas por secretos horribles, gustos inimaginables, por frases destructoras y sensualidades impresas en los tonos, en el orden de las palabras, en mentiras obvias, en verdades inimaginables. Bellezas naturales cuando por accidente dicen o hacen cosas que no planeaban, en contraste a esas bellezas superficiales y sus discursos ensayados y repetidos hasta el hastío.

Lo cierto es que incluso las chicas de cartel deben ser chicas del entorno para alguien. Deben de ser tan reales para unos como son irreales para otros. Aún así me animo a decir que no hay mujer más bella que a la que uno le va descubriendo la belleza. Física o interna, la que más lo ponga a uno. O quizá esté hablando tonterías y simplemente necesite dejar de idealizar a las bellezas femeninas.