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Sería un día sin igual en aquel aeropuerto internacional. Empezaría con una mañana vibrante y hastiada de vida que arribó con el sol alrededor de las seis de la mañana, trayendo con ella los primeros bostezos de viajeros que despertaban de un sueño incómodo en los estrechos asientos de la terminal aérea. En años por venir, los empleados veteranos de las distintas aerolíneas, los mozos ancianos que cuidaban el aeropuerto para que se viese relativamente impecable y hasta la mafia dinástica de choferes apostados en la calle, metidos en taxis y minibuses, atentos con sentidos de buitre a rasgos foráneos pues preferían a clientes extranjeros para sacar una propina extra, todos y cada uno de los que quedaron recordarían ese día como inundado por una belleza inusitada, no solo en el aire general del aeropuerto, usualmente ajeno y bullicioso, sino en la apariencia de tanto pasajero atractivo que congraciaba la mañana de aquel día memorable.

La larga edificación poseía suelos de mármol y paredes pintarrajeadas según la aerolínea que las ocupaba. Por eso se podían ver combinaciones fortuitas de colores como un azul oscuro a lado de un naranja chillón que parecía darle espacio a un rojo sandía, el mismo que poco a poco pasaba a ser plomo para retornar violentamente al rojo pero esta vez con tonos sangre escarlata derritiéndose en celeste, gris, amarillo y blanco en todos aquellos espacios en que no se erguía algún mostrador o vitrina que contribuyese al caos de tonalidades con sus parcos colores de material de oficina, o el variopinto vómito arcoíris de los productos que los comerciantes aprovechaban para vender a diez veces el precio original con ánimos, de nuevo, de desangrar las billeteras extranjeras y locales por igual.

Fue cuando el sol terminó de asentarse, y con su luz cambiar la gris madrugada en una mañana con miras de soleada, que el aeropuerto fue invadido por muchas almas, algunas apresuradas, otras no tanto, rendidas a los ajetreos del estrés de hacer filas largas en las que se tenía que esperar hasta que el avión partía sin uno, u ociosas en la lenta manera en que pasaba el tiempo antes del momento de vuelo; almas camufladas entre miles de extraños procedentes de sabía Satanás qué tierras recónditas e historias extrañas. Aquello era algo regular en un edificio tan habituado a la misma eterna rutina, pero lo curioso fue que de alguna forma ininteligible para los habituales de la terminal, todos los que ingresaban aquella mañana eran bellos ejemplares de distintas formas de belleza, tan externa que su entrada levantó suspiros y cortó respiraciones hasta de los más exigentes jueces de lo estético y/o ciegos en los tules del amor.

Sería, también, una mañana memorable en la vida de Martín Riggan, quien gracias a uno de esos cósmicos y comunes descuidos de una línea aérea, arribó al aeropuerto cuatro horas antes de un vuelo cuyo destino lo llevaría a la penosa tarea de enterrar a una buena parte de su familia en el olvido final de la muerte. Todo triste y amargado llegaría junto al punto más intenso de la resolana matina, e inmerso en los dolores del duelo por tanta muerte, además del desconsuelo secreto de enamorado contrariado, no vería más allá de su amargura, atrapado por imágenes que el despecho y la frustración formaban en el silencio de sus pensamientos. Fue así que no pudo notar el obvio nerviosismo de los empleados que lo atendían, ni la fascinación de los muchos con los otros que dio de qué hablar durante bastantes años. Martín Riggan no vio a la sueca casi albina cuyo pelo rubio parecía blanco y enmarcaban un rostro frágil bendecido por unos enormes ojos celestes, ni tampoco se detuvo a contemplar las precisas redondeces que exhibía una joven de porte desafiante y seductor, que de no haber tenido aquella figura prodigiosa se habría bastado con sus meros aires eróticos. Tampoco notó al alto y flaco inglés cuyo canoso bigote de morsa daba la impresión de un control casi bendito sobre las voluntades de quien fuera que se animase a hablarle sin detenerse en sus ojos cálidos y su sonrisa fácil. Martín Riggan no notó a ninguno de ellos, así como tampoco notaba a todos los otros exponentes de algún tipo de sublimidad estética hasta que, una vez terminados los trámites de vuelo, estuvo bien apostado en la mesita de un café de aeropuerto con un brebaje colombiano, mezclado con leche y vainilla, en mano. No fue hasta que estuvo así que notó a Claudia Márquez sentada junto a su madre en la mesita de enfrente, bebiendo una taza de api humeante y empanadas fritas que no se parecían en nada a los golosos festines que las apieras vendían en los mercados de la ciudad.

Claudia se sabía preciosa, pero por su hermosura discreta que solo ciertos ojos alcanzaban a admirar en su totalidad. Los más se dejaban guiar por su belleza inmediata, la belleza fácil que todo el mundo notaba y en la que se perdieron más hombres de los que ella hubiese deseado a lo largo de su vida. Años más tarde, luego de una serie de eventos desafortunados y un marido seducido muy tempranamente por la Parca, Claudia hallaría solaz en una encarnizada nostalgia que le devolvía a los días felices con aquel marido que la había dejado viuda, y la memoria coqueta de ese día en el aeropuerto cuando notó los ojos tristes de Martín Riggan deteniéndose, heridos, en ella y tardándose en su rostro, en su cuerpo, en el enorme bolso Adidas donde llevaba un libro, una billetera, el perfume del que se enamoraría su futuro esposo y un par de regalos que los familiares a quienes visitaría no apreciarían para nada.

Fingió no haber notado nada y miró a su madre sin mirarla, tratando de distraerse del efecto sensual de aquellos ojos tristes recorriéndola, fallando miserablemente e intentando encontrar distracciones a su alrededor. Pero por mucho que por un rato se distrajo en los aires aventureros de mochileros barbados de ojos claros, seguramente fugitivos de alguna película romántica, o la elegancia de ejecutivos cuyos ojos despiadados contrastaban con sus sonrisas derretidoras, o hasta en los músculos bien marcados de los miembros de un equipo de fútbol, quienes esperaban ruidosamente a que su vuelo saliese, ninguna de estas distracciones estéticas le quitó el escozor que los ojos tristes de aquel desprolijo joven con gestos de anciano le causaron. Era una belleza distinta a la del guitarrista de la otra mesa con sus aires bohemios y melena larga y perfecta, o el curioso atractivo del gordito petiso y cuarentón que hacía cola para una aerolínea de paredes escarlata como sangre recién derramada bajo la luz del sol.

Martín Riggan olvidó, por un instante, los estertores de tanto pariente muerto y la pena que la distancia de Alejandra Borzueta, a quien consideraba el amor de su vida, causaban en su ánimo. Contempló a Claudia Márquez casi con avidez obsesiva, como si no existiese otra mujer en el aeropuerto. Complacido en ese rostro algo cuadrado de facciones suaves y amables, cuyo secreta sensualidad reposaba en la dureza con que se escudaba de que alguien le notase la ternura. Aun de viejo recordaría Martín el cabello negro y largo, liso y brilloso, las cejas peculiares encima de unos ojos oscuros y sinceros, la piel nívea revestida por un top sin mangas que apenas ocultaba su ombligo pequeñito, la chamarra de cuero café tan corta que apenas le llegaba a la cintura, bajo la cual un apretado jean cubría sus piernas robustas y el durazno perfecto que su trasero evocaba. Pero ni en el lecho de su muerte, con esas imágenes nítidas que su mente moribunda le proporcionaba, caería en cuenta que aquella Claudia podría haber sido la rebelde hermana gemela de Alejandra Borzueta.

Los aviones llegaban en hora pese a que el radiante sol, con que había empezado aquel peculiar día, ocultó su brillo tras nubes grises, y algunas otras blancas, que incrementaron la intensidad de sus escasas coloraciones gracias a la luz del astro. Los futbolistas movían las cabezas sin descanso para no perderse nada del desfile de bellezas que iban y venían por la terminal aérea; muchachas de ojos gráciles, figuras infartantes o sonrisas cautivadoras que fingían no notar el descaro con que las miraban tipos de mandíbulas firmes, sensuales posaderas, de miradas confiadas y manos grandes o pequeñas. Algunos viajeros incansables, otros ocasionales pero todos contagiados del placer fácil de contemplarse los unos a los otros, de aquel remanso de belleza que inspiró al amor a muchos aquel día, pero que se concretó en muy pocos casos, algunos cortos y babilónicos, otros románticos y que duraron para siempre, pero todos épicos.

Cuando faltaban tres horas para que partiese el vuelo de Riggan, Márquez le hizo un guiño cómplice a su madre mientras se levantaba y se sentaba en la mesa de Martín como si lo conociera de toda la vida, mientras este dejó de pretender que leía Los Detectives Salvajes y se quedó en silencio, mirándola. Ella le sonreía con todo el cuerpo, a él la tristeza se le escapaba hasta por los poros y por lo mismo ambos quisieron devorar al otro en un abrazo que poco a poco fuera dando espacio a un beso colmado de caricias. Pero el mundo real los dejó quietos, soñando despiertos en futuros que no llegaron jamás y nerviosos como solo estarían pocas veces en las distintas vidas que tuvieron.

Azuzado por el peso del amor, Riggan dijo algo sobre lo extraño que era que ningún vuelo se hubiese atrasado y ella, sonriendo aun más, comentó que de seguro algún milagro estaba en camino para que algo así sucediese. Rieron, no supieron porqué pero lo hicieron y después la conversación fluyó sin obstáculos, dejando atrás a todos los apuestos y las bellas, las bonitas y los guapos, las sensuales discretas y las muy obvias, los moldeados en máquinas médicas que preferían el camino fácil, o los otros que surcaban el camino de sudores en rutinas físicas que solo aquellos de disciplina más férrea conseguían continuar. Martín y Claudia se olvidaron de mirar de reojo la magia de aquel espectáculo peculiar y, a grandes rasgos, se avocaron a conocer la historia el uno del otro. Confesaron sus particularidades de rutina y hasta se atrevieron a mostrar uno que otro defecto, cuyo descubrimiento solo avivó la curiosidad con que él quería escuchar la voz de adolescente ronca que tenía Claudia y con que ella se internaba en el misterio de la tristeza en los ojos de Martín.

Faltaba una hora para el vuelo de Riggan cuando la madre de Claudia se levantó de la mesa. Hizo cuanto pudo para demorarse pagando la cuenta y leyendo sabiduría barata en el retrete, hasta que ya no pudo esperar más y se paró delante su hija mirándola con harta significación que esta entendió y a la que respondió con un gesto que solo comprendería su madre. Decepcionados, Riggan y Márquez intercambiaron datos que usaron para contactarse con avidez a lo largo de los años, sin nunca poder volver a verse más que en las fotos colgadas en las muchas redes sociales por las que se siguieron hasta sus respectivas muertes. Se abrazaron por un largo minuto, se dieron un piquito sin ninguna timidez inoportuna que viniese a arruinarles la fiesta y se miraron todo cuanto pudieron mientras ella tropezaba su camino a la sala de embarque. Riggan pagó el café que había consumido, tomó su bolso de mano en el que por las prisas había metido medias desiguales, poleras sucias y una chaqueta ajena cuando aquella misma mañana hizo el equipaje para viajar a enterrar a numerosos parientes muertos.

Martín dedicó la hora que tenía para matar en un paseo pausado por el mármol del aeropuerto, ignorando los colores de las paredes y notando vestidos rosados con puntos negros  que hacían vistosas unas piernas por demás normales, poleras sencillas y muy usadas que daban un aire romántico a mochileros demacrados; Martín marchaba contagiándose del embelesamiento general de la gente, recordando a Claudia, añorando a Alejandra, ignorando a los muertos, confortablemente adormecido en las risas fáciles, los silbidos coquetos, las miradas pícaras, las voces eufóricas, el sonido del caminar tierno de los niños, la venerabilidad con que se quejaban los ancianos y la eficacia de los empleados, quienes se sorprendían a sí mismos con lo bien que iba todo, incapaces de siquiera pensar que algo podía salir mal.

La tristeza retornó a Martín Riggan cuando faltaba media hora para la salida de su vuelo, al que esperaba en la misma sala de embarque en la que hacía apenas una hora estaba Claudia Márquez, toda sonriente y expectante del futuro. La belleza seguía alborotando los ánimos de las almas que ese día estuvieron en ese aeropuerto y que no desaparecería hasta mucho más tarde, por la noche, cuando unos nubarrones repentinos, no predichos por ciencia o magia alguna, empezaron a formarse en un cielo que permaneció gris durante todo el transcurso de aquella jornada de beldad. Riggan abandonó todo pensamiento grato, o no grato, y con mucha dificultad apartó su mente de lo bello, a sabiendas que pronto enfrentaría tareas tristes y difíciles. Escuchó el llamado al embarque en los parlantes de la sala y dedicando pensamientos cariñosos a Alejandra Borzueta, antelando el paisaje maravilloso de las nubes como una tierra encima de la tierra, abordó el mismo avión que por la noche, gracias a la violenta fuerza de una súbita y negra tormenta, se estrellaría contra la imponente terminal que albergó tanta belleza en un solo día, matando a muchos que apenas notaron sus muertes, muertos en vida por las maravillosas sensaciones que causaba la contemplación de lo sublime.

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–          Dedicado a lo indedicable.

–  El azar y la irracionalidad de un momento pasado han truncado que mi futuro sea el suyo, y viceversa. Hoy somos amigos, pero como me duele en lo interno.

Antonio de Jesús Chávez

–          All of us food, that hasn’t died.

Josh Homme

¿Qué nos pasó, Muerte? Solías ser mi anhelo más alto, mi verdad más pura, solía verte como el paso hacia la grandeza, como la única chance de importar en este mundo. Te he buscado en los alcoholes que me ofrecían hermosas señoritas de piernas ágiles, en los puños de desconocidos furibundos y las balas de creyentes de los otros bandos cuando escuchan mis monólogos. Incluso he llegado a sentirte cerca cuando me hospedaba en cuartos blancos que hedían a matadero, o en el suave abrazo de los orgasmos todas esas veces que busqué anestesiarme en los brazos del Placer. Mi rutina giraba en torno a buscarte y entregarme a tus tiernos consuelos, tus ojos que yo pensaba profundos y hermosos, tus piernas robustas y kilométricas que me mostrabas coqueta cuando la luna iluminaba mi mirada, o probar tus labios colorados por medio de besos indirectos robados a cualquier superficie en que se hubiesen posado, abrazarme a ese cuerpo hecho a mi medida. Perfecta. Así eras para mí, Muerte amada mía. Eras un remanso de perfección pura y absoluta, omnipotente como los del otro lado se imaginan a sus dioses.

Me gustaba añorarte. Eras esa muchacha prohibida que todos detestaban. A lo largo de mi vida te he visto coquetear con mucha gente, y te he visto llevarte con tus besos hasta al más leal de los esposos, o esposas dado que a ti te da igual como son los genitales de quien amas ¿Puedes creer que sentía celos de ellos? Me acercaba a los féretros con rostro compungido, me guardaba de la vigilancia de los dolientes y fijaba la mirada en los fallecidos. Los contemplaba con envidia, imaginando escenas morbosas donde sus cuerpos inertes se insertaban en tus carnes, donde el rigor mortis se convertía en una ventaja que una mirada pícara tuya capitalizaba. Solo entonces me paraba a observar el saco de carne que llamo mi cuerpo, detestándolo por ser mancebo y lozano, por devenir en mi mayor obstáculo para estar contigo. Era joven, el mundo era lo que yo quería que fuera, la vida dependía de mis creencias.

Me confié. Creí que la vida era tan simplona como para que solo exista un camino a la verdad. Me refugié en mi lealtad hacia tu amor, en mi insana obsesión de anhelar, imaginando encuentros contigo, formas de poder acercarme a ti. Y fuera de eso nada importaba, todo era pequeño y hasta nimio ¿quién puede oponerse a la Muerte? Nada, ni nadie. Y era tan cómodo que todo fuera así de simple, ser el príncipe del corazón roto, enamorado del amor, encamotado de la Muerte, por siempre expectante a que me devolvieses lo que yo tan alocadamente creía darte. Y eso estaba bien, habría sido feliz si hubiera aprendido a no esperar más de lo que yo podía dar.

Por ese entonces llegó Carlota. Vino cuando el pensamiento de tu amor primaba por encima de todo lo demás, en la época en que quise olvidarme de ti y tus artimañas. Ahí fue que llegó Carlota con su ternura, sus ojos grandes, su graciosa torpeza y sus formas de simplificarme las complicaciones. Carlota se anunció como otro coqueteo contigo, Muerte, pero terminó siendo un guiño a vivir. Carlota era la mentira más hermosa, de esas en las que uno cree por mero gusto, porque más allá de la fe uno sentía amor, o sentía algo que no era raro llamar amor. Y lo extraño no era sentir todo eso, lo raro era lo sencillo que resultaba convencerse de semejante mentira tras cada beso pudoroso que posaba en mis labios. Más raro aún era lo correcto que se sentía creer en ella.

Alguna vez me di cuenta que cada quien le gusta creer lo que más le conviene. Y Carlota no me convenía. O no nos convenía, mejor dicho. Quizá no tanto por ella, como por lo que representaba para mi vida y para mis desórdenes el mezclarme con ella. Pero sí, me mezclé con ella; y no me vengas con celos querida, no te quedan. Especialmente porque tú, promiscua, abrazas a quién sabe cuántos cada día. No sería justo que me digas que estás celosa, por mucho que yo sepa que sí lo estás. Es más, lo estuviste desde que Carlota y yo nos hicimos novios. Dejé de pensar en ti, ya no te buscaba en ningún callejón, ni en los bares, ni siquiera en las pelvis de limítrofes sensualonas. Pasaba mis días tratando de robarle su tiempo a la ocupada Carlota, monopolizar sus distraídos pensamientos, beber de su aroma, complacer su cada-momento y encabritarme en sus preocupaciones. Carlota era un bello malestar para lo que tú y yo teníamos. Pronto dejé de pensar en el destino secreto de todas las cosas, olvidé mis prédicas en contra la fatua sensación de verdad absoluta, por un instante dejé de verte, Muerte adorada, como la solución al problema humano. Al problema de mi vida y mi conciencia chocándose contra la imposibilidad de aprehender, siquiera, algo real. Carlota es alguien en quién el mundo debería creer, es otra de esas corrientes a los que nos aferramos para no enloquecer. Carlota es tan importante y hermosa como ella misma, como diosa de la eternidad repetitiva, como humana atrapada en la pesadilla de la existencia, como agente de una felicidad que muy tarde logré aceptar. Ya no sé si por honesto o autodesturctivo, solo sé que no lo pude manejar.

Ahí me reatrapaste, Muerte. Te extrañé y mandé al carajo lo que tenía con Carlota, porque no podía dejar de buscarte. Necesitaba besarte en los labios y seguir vivo, o a lo mejor necesitaba irme afuera de todo, sin saber bien a donde iría. Tan sólo irme y no notar nada, nunca más. No te culpo, ojo, mea culpa, lo puedo aceptar. Puedo decirte que el error de mi vida fue no poder dejarte ir, el problema fue que no pude admitirme que tú no eras una solución sino que eras tan solo una historia más esperando a ser repetida, o aceptar que tarde o temprano tú vendrías a por mí y nos uniríamos en un abrazo que me permitiese ¿dirigirme al olvido? ¿confirmar que no existe verdad, ni siquiera en el vacío del más allá, en el olvido de cesar de vivir?. Pero ¿quién quiere adentrarse por completo en el olvido? No yo. O por un instante ya no quise. Y sí quise caminar por la tierra viendo como los cielos se mueven cambiando sus colores de celestes a grises, a blancos, negros, rojos e infinito; anhelé presenciar cómo los hombres moldean al mundo, quise probar los sabores de todo lo nimio y olvidar que el tiempo es simultáneo y que, en cada segundo, mi vida entera sucede al mismo tiempo. En un segundo donde estoy naciendo, y en ese mismo segundo estoy con Carlota, además de estar muriendo. En ese segundo es tanto ayer, como hoy, mañana, como cualquier momento de mi pasado y mi futuro. Pretendí olvidar que en ese suspiro, que es la vida humana, no alcanzamos a nada más que contarnos mentiras sobre quiénes somos y a quienes queremos, repitiendo las palabras y los actos hasta formar una narrativa que nos permita vivir en paz, engañados y felices, como si no fuéramos marionetas que se dejan manejar por la ilusión de completitud, por la promesa de que el vacio está en realidad lleno, de que podemos ver las cosas por como son, que la realidad es tan simple como nos la pintamos.

Yo escogí la narrativa adecuada para estar cerca tuyo, Muerte. Pero luego me di cuenta que esa era mi mentira. Y de pronto quise creer en otra mentira, una menos complicada, una que me hacía sonreír con sus ocurrencias y rabiar cariñosamente con sus necedades. Una mentira que creía en sus propias mentiras a las que llamaba verdades, una mentira que no me prometía el paso al vacío eterno, ni ninguna de esas cosas. Pasé de la narrativa de la Muerte a la narrativa de Carlota. Derrotado por la ficción, ansioso de no darle un vistazo a cómo sería vivir sin narrativas.

Alguna vez volví con Carlota, pero ella ya me había dejado por mucho que decía que estábamos juntos. Pienso que Carlota se dio cuenta que pese a que me quería, quizá no le convenía tenerme en su narrativa. Se alejó, me dejó y yo volví a tus brazos Muerte, pero ambos nos dimos cuenta que ya no era lo mismo. Por primera vez viste en mí un deje de rechazo cuando vi, por fin, tu rostro; cuando furioso por Carlota haciéndome a un lado, ambicioné dejar de verte a través de los velos con que te ornamentabas y me atreví a estirar la mano, agarrar la seda fina y oscura, jalar de ella pese a tus quejidos débiles, y lo vi querida, vi tu rostro por mucho que me cegaste de inmediato con un beso de los labios que yo creía carnosos y que ahora se revelaban como tenias viscosas que se frotaban contra mis propios labios y forzaban su paso dentro mío. Y cuando esos horribles gusanos terminaron de colarse en mi garganta, pude alejarme asqueado y mirar bien al objeto de mis anhelos. Y algo en mí se marchitó cuando observé las cuencas de tu calaca, vacías y demasiado inmensas, que me provocaron tremendos escalofríos mientras tus ropajes caían y dejaban ver un brillante agujero que todo lo chupaba, un agujero que sostenía tu astillada calaca. Y lloré, Muerte. Lloré no solo del asco de sentir a las tenias moviéndose dentro mío, también lloré porque supe que no te estaba mirando a ti, estaba mirando un algo que nunca podré especificar, un algo que velaba al verdadero terror detrás suyo. Y sentí que podía explicar el problema de lo humano mientras el agujero me succionaba adentro tuyo y yo no veía ni luz, ni oscuridad, solo podía ver la mirada fija de tus ojos siguiéndome a donde fuera que yo me moviese, totalmente consciente de que mi piel goteaba en cada instante de la eternidad, y que yo no podía evitar ese derrame mayor en que me desestructuraba en el continuo de las cosas, viviendo cada punto de la historia y derritiéndola como a una fábula. Disperso por todas partes, Muerte, me dejaste disperso y sin ficción a la que aferrarme. Y detrás de la inmensidad de tu vacío interno, había un vacío más enorme y más insondable, un vacío perpetuo al que no se podía ni tocar sin volverte en nada tú mismo.

Y cuando volví, pues lo visto no podía ser no visto, las ficciones me habían abandonado. Por un tiempo hasta intenté recuperar a Carlota, pero así me enteré que las historias que no quieren ser contadas se mantienen inenarrables. Y así me quede persiguiéndola en vano, tal como a ti Muerte. Me quedé persiguiendo una verdad que ya no quería que yo la creyese. Pero me di cuenta que me quedaba una mentira a la que ya no podía llamar verdad. Me quedas tú, Muerte. Me queda también la vida, pero me sobra el horror de verte al rostro y recordar que soy una marioneta de mi propia tendencia a creerme los cuentos para seguir respirando, me pesa el pensamiento de ser una no-existencia aspirando a creer que existe, o estar acá esperando una chance para por siempre zambullirme en el olvido.