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¿Qué hace a la belleza? Cuando uno se detiene a pensarlo, es muy probable que se vea bombardeado por un aluvión de respuestas que no brindan tranquilidad alguna. Y creo que se debe a que tenemos a los muchos empresarios vendiéndonos a todas las Adrianas Lima que puedan, o incluso tentándonos con alguna Zooey Deschannel. “¿Desea una Hayden Panettiere? ¿Quizá una Julieta Prandi para llevar?”, “No, deme una Scarlett Johansson y una Alison Brie condimentadas con Hollywood.” “Y ¿de postre señor?” “Una Emma Stone, por supuesto.” Y nos distraemos en estas bellezas perfectas, estas mujeres irreales que nos muestran las propagandas, los carteles y las películas.

 
Y ¿por qué no? Después de todo, nuestros sentidos aprecian las cosas de diferente manera. Las chicas de cartel están ahí para inflamar los deseos visuales, virtuales y sexuales de los hombres. Por eso las poses lascivas, la poca ropa, las miradas hambrientas de las modelos dirigidas al vacío de la cámara, todo lo que sirva para que nos sintamos obligados a observar cuando alguna propaganda nos la imponga a la vista y las deseemos tanto que siempre pidamos más. No por nada las modelos dedican su vida a trabajar su cuerpo, sufren con dietas y rutinas de trabajo que las empuja a límites que otros no experimentan; podría decirse que, de cierta forma, venden su cuerpo y nosotros los compramos de mil y un maneras que nunca bastan para satisfacer esta sed adolescente de carne joven, fresca y sin máculas.

 
No se puede culpar a un hombre por no usar la cabeza. Al menos no la de arriba. No se lo puede culpar por quedarse viendo un escote con senos tan grandes como uno se imagina que Dios es grande (dijo Chuck Palahniuk), o quizá admirando un trasero ampuloso ceñido a un jean, sobresaliendo casi como una invitación a la contemplación insana, plagada de ávidos deseos de manoseo, tal vez quedarse hipnotizado por unos ojos sicalípticos que brillan irrealmente tan claros, photoshopeados y luminosos que quitan el aliento, o hasta perderse en el deseo de recorrer con las palmas la longitud de un par de piernas asesinas. Lo malo, sin embargo, es que esto puede llevar a creer que las mujeres de nuestros entornos no se comparan a las de cartel en la vida real.

 

Pero están mal. Lo que pasa es que las chicas de cartel están inmersas en una dimensión que involucra a la realidad pero la disfraza y la condimenta con mentiras visuales que son mucho más sencillas de creer. Si embargo, en la vida real hacemos prácticamente lo mismo. Muchos se conforman con mirar a las mujeres a su alrededor y encontrarlas bonitas o buenotas basándose en esos estándares. Pero lo cierto es que resulta más fascinante buscar y encontrar sus bellezas discretas en desmedro de la corta y breve satisfacción de mirar las bellezas de las ninfas imposibles de los carteles. Incluso olvidando que, muchas veces, lo que ven en esos carteles es más photoshop que otra cosa. Comprensible. Las ilusiones son algo delicioso, quedarse prendados de esas mujeres es lo más cercano a amar a diosas de lo que creemos que estaremos jamás ¿qué hombre heterosexual, o lesbiana, se negaría a manosearse con Katy Perry? Y ya entrando más en lo real ¿quién sería capaz de hacerlo sin arruinarse la ilusión de divinidad? ¿Quién que conociese los defectos de su dios seguiría idolatrándolo?

 
Prefiero a las mujeres que me rodean. No me malinterpreten, me encanta mirar a las mujeres de cartel con hirvientes deseos adolescentes. Pero hay mayor fascinación en encontrar esos rasgos irreales en alguien a quien, de hecho, puedes ver tan de cerca que aun puedes oler e incluso tocar. Mujeres que no siempre se verán bien o incluso olerán como a sin bañar, como a un día pesado, que no siempre tendrán el peinado perfecto o estarán vestidas para matar. Ahí, descubres, hay un beneficio adicional: son mujeres a las que puedes escuchar, conocer y admirar o soportar. Prefiero morir deseando ver unos ojos color miel que uno vive como intensos, solo porque pueden estar cerca o lejos, pero que, finalmente, están en mi entorno. Existen en los límites de mi existencia. Mujeres con las que podría cruzarme en la calle, y hasta ser reconocido por ellas, mujeres que sean algo más que un estímulo visual y/o sexual, que no solo posean una voz sino que esta profiera cosas que a mi me sacudan por dentro, por fuera, por encima, por donde sea. Lo prefiero a emocionarme porque existan fotos de Megan Fox topless. Elijo sorprenderme con la belleza de alguien que puede decepcionarme, a quien yo mismo enmascararé con mentiras a la talla de la realidad que me toca vivir, antes que las imágenes sin vida de alguien presentada bajo la máscara de la perfección falsa.

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Y las palabras. No olvidemos que una modelo hablará al vacío del público, de la opinión pública, del “qué-dirán”. Las mujeres que nos rodean podrán decirnos cosas parecidas, pero si uno escucha, si uno se da el trabajo de escarbar un poco más en el discurso superficial, se encuentra con bellezas marcadas por secretos horribles, gustos inimaginables, por frases destructoras y sensualidades impresas en los tonos, en el orden de las palabras, en mentiras obvias, en verdades inimaginables. Bellezas naturales cuando por accidente dicen o hacen cosas que no planeaban, en contraste a esas bellezas superficiales y sus discursos ensayados y repetidos hasta el hastío.

Lo cierto es que incluso las chicas de cartel deben ser chicas del entorno para alguien. Deben de ser tan reales para unos como son irreales para otros. Aún así me animo a decir que no hay mujer más bella que a la que uno le va descubriendo la belleza. Física o interna, la que más lo ponga a uno. O quizá esté hablando tonterías y simplemente necesite dejar de idealizar a las bellezas femeninas.

 

 

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– Para Laura A.

– Al final el dolor será vitalidad (Anónimo)

– Under and behind and inside everything the man took for granted, something horrible had been growing (Chuck Palahniuk)

Quizá era un concepto que lo sobrepasaba. No sabía bien si porque de niño nunca le enseñaron a creer en esas cosas, o porque siempre estaba en la otra corriente. Se lanzó al pasto a llorar quedamente, mirando como si nada al sol mientras este lo acariciaba con calma, como quien consuela a un ser querido, mientras los recuerdos se amontonaban en su mente. No, no lo entendía. Le parecía imposible lo inefable de aquel momento y de algún modo eso bastaba. Aquel final marcaba un nuevo inicio, uno libre pero no exento de sus recuerdos de Helena.

 
A Helena la conoció en la casa de un Cupido. Sonaba raro, o quizá sonaba más a mentira pues costaba imaginarse a Ángel, el número 28, vestido con apenas un pañal y dotado con alitas, arco y flecha. Pero había sido un buen Cupido. Cuando conoció a Helena no pudo evitar quedarse mirándola embobado. Tiempo después ella se reiría de su expresión aquel día y preguntaría, con su mirada de súcubo, que tanto era lo que observaba; él, Ernesto, avergonzado confesaría la verdad a medias, no sería tan simple decir que la miraba sorprendido por la forma con que había entrado al cuarto, como con un dominio indiscutible de todo, y más bien murmuraría un par de palabras sobre la fuerza de sus movimientos. No diría que la encontraba helenamente hermosa, tan candente en esa estética tan masticada ya, tan rescatada constantemente por los teóricos de lo griego, tan precisa en sus caderas y sus nalgas, y obviaría su impresión ante sus primeras frases hasta mucho después cuando al fin podía perderse en sus brazos ardientes y aspirar su aliento de azufre, deseando caer muerto en semejante beatitud y sufrimiento.

 

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El sol negro salía con virtuosa lentitud. El Diablo guardaba a su presa. Aunque quizá llamarlo presa era muy inexacto, pero su orgullo le obligaba a negarlo como sea, a sentirse inmune y omnipotente, cuando ni Dios lo era. Tosió suavemente bañado por la lluvia roja del alba. Le agradaba, lo relajaba, lo representaba. Lo malo de ser el Diablo era la divinización, no solo suya sino también de Dios. Si bien eran viejos e inmortales y podían hacer cosas raras, increíbles, mágicas, lo milagroso era una exageración insulsa. Le daba rabia que los humanos los creyesen reyes enfrentados por el reino terrenal. Egocéntricos les decía, la realidad era menos complicada y su poder sobre el mundo no era como se imaginaban. No podía negar que eran poderosos pero nada más, ni el Diablo ni Dios conocían a su creador. Un día despertaron y desde entonces se mantuvieron iguales ¿de dónde venían? No sabían ¿era la Creación obra de alguno de ellos? Aun peor, pero estaban ahí, en clara ventaja del resto… y lo usaron, cada cual a su modo, pero lo hicieron.

 
No estaban exentos del pecado. El de Dios era creerse superior a todo, el del Diablo permitírselo. Recordaba a los primeros humanos: frágiles y tontos, fáciles de convencer, aunque si se sentaba a analizarlo concienzudamente, él también lo era ¿no se había dejado comprar por los planes de Dios? ¿Ante la oferta de la adoración de esos idiotas? y aunque no hubo error en eso, no pudo predecir que él sería visto como el maldito, el errado. Ya no importaba, ya era muy tarde para cambiar lo que incontables generaciones de estúpidos humanos habían racionalizado y creído. Además Dios había sido castigado hacía mucho, aunque ya no le importase, porque ese Dios era canalla e insensible. O al menos eso aparentaba. Pero ahí estaba la cuestión, rememoraba al primer amor de Dios y encontraba que las situaciones eran horriblemente parecidas, y él no se sentía merecedor de aquel dolor. Si bien había hecho daño aquí y allá, nunca nada como Dios en su coup d’etat de todos esos montes de Olimpo. Él se había conformado con un segundo puesto, de odiado y todo eso. No merecía esto.

 
Era su momento de duda, uno de los pocos que había tenido y que tendría a lo largo de su vida. Tal vez no era gran cosa para alguien como él, pero siendo la primera vez, algo tenía que soltar, al menos eso era lo más humano a hacer. La duda es solo natural para un ser humano.

 
Ahora sería humano. Humana mejor dicho, el nacimiento de sí mismo en algo diferente, otro ser con una imagen no tan poderosa, no tan grande como él se creía. “Su propia versión del Mesías” decía Dios en tono de burla, recordando su chiste enfermo de convertirse en el hijo de una mujer de la que se había enamorado. Y es que el Diablo no quería terminar como Dios, usando a su amada como solo un instrumento para subrayar su imaginaria grandeza y luego descartarla.
Y de nuevo Ernesto. Pero Ernesto antes de Helena, y esta cuando aún era el Diablo. Ernesto estaba solo, aunque más desamparado que solo. Era ingenuo y era justamente esa ingenuidad lo que atraía al Diablo. No que fuese un alma pura, podría decirse que Ernesto era tan solo un alma confundida, tan aislada que caería fácilmente en las redes de engaños de su forma de amar. Lo que el Diablo no se admitía era el haber caído presa de casi lo mismo. Él, también, se sentía desastrosamente solo. Dios solo era un pedante más, que le hablaba bonito mientras lo hacía quedar mal con el mundo eterno. Además Ernesto lo enternecía, le atraía, lo confundía.

 
Fue breve el momento de transición de ser el Diablo a ser Helena. Su estatura se redujo, su figura cambio, varios órganos nacieron, su complexión se alteró, sus irises se tiñeron de un rojo infernal pero su mirada se hizo dulce. Dios se rió, un poco recordando su breve tiempo como Jesús, y vio como el Diabl… perdón, Helena se levantaba desnuda y bella, se vestía con trapos caros y creaba una vida falsa con los dones mágicos que ambos poseían. Entonces Dios se preguntó cuánto le duraría Ernesto.

 
Helena no sabía amar. A lo largo de su extensa vida se había ocupado de ayudar a Dios a ser quién era hoy, pero por ello había olvidado la cuestión de definirse a sí misma, y sin querer terminó convertida en lo que Dios decía de ella. El suyo era un concepto muy cliché del amor; general, conveniente, que no le servía para explicar que sentía por Ernesto al momento de presentarse ante él. Pero una vez cruzada esa línea de similitudes con Dios, cuando se autoproclamó mesías de sí mismo, debía seguir las reglas del juego. Y Dios era un tramposo colmado de envidias ¿o acaso celos?
Necesitaba práctica. Ahora que era humana, sentía que necesitaba crearse historias para contar a Ernesto. Su encanto le hizo fácil conseguir seguidores, hombres que se enamoraban de su belleza y que ella trataba como esclavos, que la seguían por la sola promesa de un beso, un abrazo… algo que sacie el vacio que dejaba atrás la vida que Helena les chupaba a sus “novios”.

 
Después de 2 años de probar diferentes carnes, Helena se lanzó al éxito y fue tras Ernesto. Oficialmente lo conoció en la casa de un Cupido que resultó poco angelical, y fue sorpresivamente difícil hablarle pese a la planificación tan meticulosamente estructurada. Helena descubrió que el aire solitario de Ernesto era demasiado desconsolado, su pacto de aislamiento era excesivamente estricto y su miedo a exponerse era abrumadoramente fuerte. Ni sus artes diabólicas, e incluso las divinas, lograban cautivarlo como para que se rindiese ante ella y abandonase esa empecinada soledad suya que lo mantenía contento en el placer de la desolación, al mismo tiempo que se podría en la añoranza de compañía.
Dios se reía en secreto de la turbación de Helena. La veía empecinada en una empresa imposible para seres fantásticos como ellos. Comprendía que Ernesto era una criatura destinada a la nada pura y desesperante, que él mismo, con todas sus dotes divinas y sus incontables seguidores, temía. Pero, al final, lo que enamoró a Ernesto, contra todas las profecías de Dios, no fueron las artes diabólicas o las dotes angelicales de Helena, fue más bien la humanización que experimentó al frustrarse por sus fallos constantes. De ahí en más, Ernesto se permitió soñar con cosas posibles y decidió abandonar el camino solitario a la muerte, se entregó a Helena hambriento de calor humano, y ella agradecida le dio de su calor infernal a cambio.

 
Era gracioso. Al menos así lo veía Dios, pues Helena parecía feliz y, efectivamente, lo estaba. Nunca fue, ni sería tan feliz como las dos primeras semanas de su enamoramiento con Ernesto. Pero Dios vigilaba al muchacho con ojos críticos, encontrándose ante alguien cuyas únicas grandiosidades eran esa terca desolación y esa simpleza de las personas con penas y sin glorias. El cambio del Diablo a Helena era algo que lo hizo reír con la rabia con que se carcajeó cuando lo clavaron en la cruz, desconsolado por haber usado a sus amores como instrumentos de su plan para su gloria, renunciando para siempre a compañía alguna. Y solo logró elucubrar dos posibles razones para semejante enamoramiento de quien fuera su Diablo y, ahora, era la Helena de Ernesto: o estaba intentando repetir la treta, por si mismo usada, para crecer en influencia entre los mortales, o es que en su perpetua sumisión a Dios, el Diablo se había enamorado de alguien que vivía en la misma luctuosa soledad. Descartó la primera opción, ya que sabía que hacía tiempo que el Diablo había renunciado a la gloria de existir para sí mismo por la áspera victoria de ser para Dios, pero por lo mismo lo asustó la chance de la segunda opción. Dios podía entender como el Diablo había visto en Ernesto una conjunción de ambos seres fantásticos. Un ser que vivía en el aislamiento que él, el Diablo, estaba y poseedor del halito solitario de sí mismo, Dios, y no supo medir si todo ello desembocaría en algo que lo despertaría del sopor de sumisión en que el pobre Diablo estaba sometido gracias a Dios. Como no estaba seguro, terminó por decidir que lo mejor era acostumbrarse a que el Diablo era Helena, dejando pasar los días siempre observador.

 
Ernesto, el número 29, se entregó a Helena casi completamente. Por mucho que intuía la mentira en la boca de su amada, y reconocía lo bizarro de las ocasiones que de tanto mentir a Helena le venía un aliento de azufre, o incluso que cuando la besaba sentía que la piel de Helena quemaba con un fuego infernal. Incluso su santidad falsa cuando lo provocaba y lo cegaba con lujuria. Helena ya estaba acostumbrada a ser adorada, no solo en su milenaria vida como Príncipe de las Tinieblas sino en su corta carrera como nena de agasajo, donde en poco tiempo se encargó de hacerse de 28 hombres que la amaron sin límites y que nunca fueron correspondidos como ellos hubiesen deseado. Ahora Ernesto se enfrentaba a la muerte de su eterna soltería, acostumbrado a deambular solo por el mundo se mareó ante la pequeña figura de Helena con su voz de mando, sus sutilezas venenosas, su ternura fingida y su lujuriosa necesidad de adoración. Siempre un paria, de niño jugaba con perros en la vastedad de la casa materna, su juventud la había pasado en un trance que no admitía la intromisión de otros, ahora bordeaba la edad adulta sin nada ni nadie. Las amistades le habían brindado un consuelo que a la hora de la verdad resultaba insuficiente y era extraño que ahora esa menuda belleza, como era Helena, lo despertase con el calor de mil soles en una maldita canícula. Era un nuevo tipo de encierro, se despertaba pensando en quererla y se dormía temiendo perderla. Helena, por otro lado, conoció la paz de descansar sabiéndose reina del mundo, y pese a que la suya era una conquista mundana, aun así la sentía como si hubiese iniciado una religión tan exitosa como las de Dios, y solo con sus 28 fieles y su favorito el número 29.

 
Pasaron los meses. Tiempo que Helena aprovechó para venderle a su crédulo novio sus pseudologías fantásticas que llenaban el breve espacio temporal de esa su vida de humana, así se enteró Ernesto de que Helena había nacido tras varios intentos fallidos de sus padres y que por ello era la corona de su padre, que de niña había sido muy precoz, una pequeña plaga muy decidida y sabia, bastante independiente desde sus cinco. Ernesto escuchó estupefacto la historia de Andrés, el 24, un ex novio suicida, que intentaba darse muerte cada vez que ella lo rechazaba, se forzó a tragarse la historia de que ella era una espía de un gobierno lejano y lloró convincentemente cuando se enteró que estaba enferma terminalmente y que algún día moriría, quizá más antes que después. Dios y Helena se maravillaban de lo crédulo que era, incluso el mismo Ernesto se preguntaba porque se creía toda esa basura que le contaba su novia aliento de azufre y solo cuando tiempo después terminaron, se dio cuenta que una parte suya no deseaba regresar a despertar pensando en dormirse y dormirse pensando en no despertar.

 
Dios fingía. No era nuevo para él actuar como si nada ocurriese en las misteriosas profundidades de su mágico ser. Empezó a distraerse con lo usual: alguna catástrofe espontanea que quitara la fe del mundo en él, pasearse por los campos de los damnificados otorgándoles pequeños milagros que los reconfortasen de la miseria en que ahora vivían, para recuperar, y con creces, los feligreses perdidos. Entonces se aburría de limpiar su desastre y marchaba a “meditar” en Castelgandolfo para poder estar ebrio de néctar y adoración. Fue en medio de estas papales orgias que Dios pudo apreciar cuanto lo lastimaba la ausencia del Diablo. O que era lo que sentía por él ¿Qué era? Y debía recordar que ya no era un él, era una ella. Dios se vio a sí mismo el día que despertaron, vieron el mundo y tuvieron miedo de él. Recordó el desasosiego con que temblaban abrazados mientras atestiguaban las pequeñas magias de la naturaleza. Pronto se dio cuenta que en un principio fueron inseparables y que hasta los humanos, en su inevitable ignorancia, los habían percibido y nombrado como Yavéh y Asherah. De pronto Helena era lo más bello de la Creación y el alcance de aquella belleza iba más allá de las mentiras sembradas a lo largo de los años, y Dios no soportaba como lo contaminaba aquella belleza y su ira se dirigía a su actual propietario: Ernesto.

 

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Ernesto nunca pudo desentrañar cual fue el momento exacto en que inició su mala suerte. De algún modo lo rememoró como algo presente desde su nacimiento, claro que solo Dios sabía cuando había empezado a torturarlo desde lejos. Nada muy grave, lo asaltaba con caiditas tontas, poco éxito con el dinero, coordinando para su mal los tiempos de sus actividades o evitándole los pequeños placeres de ciertas cosas. Helena no lo notaba, triunfante con su amado domado se relamía en el poder de la influencia que sobre él ejercía, sobre el 29 y los otros 28… y eso solo ahondaba la desesperanza de Dios, que veía a Ernesto cada vez más enamorado, aun en su posición de juguete de los dioses, juguete maldito que lo hacía infeliz pero hacía dichosa a Helena. Lo malo es que Dios nunca había deseado su dicha, más bien anhelaba su sumisión como antes. Helena ahora lo negligía, concentraba todo en sus 29 Idiotas que la adoraban y ella que les repetía “¡Los adoro!” como quién habla a su perro.

 
Ernesto estaba feliz. Prefería ignorar a los fans de su novia, así como obviaba su aliento a azufre cuando mentía constantemente, o su mirada lujuriosa cuando lo provocaba con su virginidad forzada, su piel quemante cuando se acariciaban acezantes y hasta ese extraño hábito que tenía de despreciar a los demás con ternura e inocencia, casi con cariño.

 
Nada de esto agradaba a Dios. Solo. Desamparado buscó consuelo en los feligreses que lo llamaban por distintos nombres apelando a una misma autoridad, y por un rato se sentía bien escuchando lo absoluto y todopoderoso, lo bueno y justo, lo omnipotente y grande que era ¡Oh Padre! Creador del cielo y de la tierra. Pero luego llegaban los ruegos, las basuras mundanas que escuchaba y repetía burlonamente con tono mongólico: “cura mi cáncer”, “salva a mi hijo”, “el mundo se muere”, “no tengo dinero”, “quiero ganar la lotería”, “cuida a mis seres queridos” imitaba burlón. Era esa la razón porque odiaba a los mortales, y si no les mandaba algo lo suficientemente groso como un Apocalipsis era porque entonces los ruegos cesaban y daban paso a injurias contra ella, llamaban a Helena por su antiguo nombre, la condenaban como la Caída y débil, la maldad y el castigo, la traidora del señor ¡Sálvanos de ella Oh Padre! Y era eso lo que quería oír, era eso lo que lo emborrachaba, lo dejaba llorando a cantaros, gritando que la amaba a su Helenita, que era tan buena y paciente, que sin ella no era nada y prefería ahogar a los imbéciles de abajo antes que vivir su eternidad sin ella. Para los mortales llovía.

 
Diluviaba más bien. Subía el nivel del mar y cada vez se tenía que drenar más seguido, algunos países se ahogaban. La gente veía la imparable lluvia como la única posible conclusión a tanta destrucción del hombre a su propio mundo, otros le llamaban el fin de los días que Nostradamus, los mayas y tantos otros habían profesado. Nadie supo que esa lenta muerte de la humanidad se debía a que Dios estaba enamorado. Y algo intuía Helena, sintiéndose observada pero importante, fue esa la temporada en que el olor a azufre de su aliento más fuerte se hizo, cuando Ernesto tenía que tragarse la historia de un tal Armando que la espiaba y la vigilaba y ella pobrecita se quejaba a sus 29 y todos sufrían. Luego les dijo que su enfermedad se había agravado, seguía siendo un misterio de que exactamente padecía, pero los 29 suspiraban tranquilos pues ella les hablaba de un valiente médico que la estaba ayudando a seguir viva con técnicas dolorosas e innovadoras. Y Ernesto tan impotente y frustrado se preguntaba porque nunca podía ver a este médico o porque no podía librarla de ese tal Armando. Y se sentía solo, pero no tanto.

 
Para Helena aquel era el paraíso. Dividida entre Ernesto y esa lluvia imparable, en la cual se empapaba y saboreaba ese gusto a agua bendita, con su maligna sonrisa y sus ojos falsos adorando a Dios que lloraba y lloraba.
¿Qué hacía un humano entre dos “dioses”? sobretodo alguien tan nada como Ernesto. Metiéndose a actuar de amante, de comprensivo, de bueno, de útil, de tierno, cooperador, amable, paciente y tantos etcéteras en orden de no estar solo. Recién cuando el nivel del mar subió tanto que inundó parte de América, empequeñeció Asia, dejó a Europa en una ruina equiparable a la desesperada situación africana, solo entonces Ernesto aceptó que solo era y solo estaba, que odiaba a Helena con su voz de chillido infernal, con su piel tan fría que quemaba como fuego, sus ojos de mirar falso, su horrible tendencia a pseudologías fantásticas, sus 28 exnovios que la perseguían por todas partes y su enfermedad falsa, su tal Armando que ni existía, aparte su aliento a azufre y su manipulación constante, su falso tono inocentón pero amén que estaba buena.

 
La dejó. La abandonó un día soleado y lluvioso, terminó aquel noviazgo en su lugar favorito. Ella se molestó, lo amenazó, lo engatusó, lo tentó, le rogó pero él se fue, tan de repente como ella llegó a su vida, y así dejó de llover, así paró de mentirse.

 
Y se lanzó al césped incapaz de explicar el momento inefable que le tocaba vivir, cuando la lluvia cesó de repente y de los cielos descendió Dios en toda su gloria inventada. Casi todos quienes lo vieron murieron o se quedaron ciegos, Ernesto lo observó calmado, percibió a un alma parecida a la suya, reconoció al 0 y al 30, el primero y el último en ese ser raro. Y a Helena la vió en llamas, con sus ojos brillando, sonriendo maligna y acercándose a Dios, presenció el momento en que se unieron en un beso hereje que vieron en Babilonia, en Sodoma, en Gomorra, lo vieron estupefactos desde Castelgandolfo y lo alabaron los muertos de Tierra de Fuego, lo vitorearon desde los cementerios cimentados en tragedias tan humanas, más aun ante ese beso inmortal de Dios y su Diablo. Helena maligna con su apóstol numero treinta que la amaba, y la amaba de verdad, la conocía como nadie y ella a él. Se perdieron en el esfuerzo de vencer la incomodidad de ese primer beso de amigos, a la par que se elevaban al abismo infinito del cielo mientras sus manos se palpaban y se unían en un coito que el mundo entero y Ernesto atestiguaron mudos de asombro. O de indignación quizá. Presenciaron como abandonaban la tierra y el mundo de Ernesto en cada gemido, cada movimiento pélvico, cada milímetro que se elevaban abandonando a los mortales, más allá del espacio, de las galaxias y de la existencia en realidad, hasta que se perdió el último gemido de Helena y los continuos jadeos de Dios, y el caos dominó al mundo por la buena nueva: Dios existe, y la mala nueva: se coge al Diablo. Y todos reconociendo que en verdad eran ellos, que sin lugar a duda el mundo entero había presenciado a Dios y al Diablo. Y se preguntaron si es que se habían ido por siempre, mientras Ernesto se echaba en el pasto, libre de toda vergüenza y congelado sin respuestas, solo al fin dispuesto a esperar su muerte en soledad, en aquel mundo sin dioses que por primera vez se sentía desamparado.