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Era una mañana horrible y neblinosa cuando Francisco Antezana decidió vencer la flojera y dejó de ignorar los ruegos de su médico, el Morsa, que ya desde hacía unos años le rogaba que llevara una vida más sana. Se levantó criminalmente temprano, ignoró las quejas del bulto que era su esposa y embutió su cuerpo en un atuendo deportivo, de esos térmicos que mantenían todo el calor y el sudor adentro, y no dibujándose en contornos ofensivos debajo las axilas, o la espalda baja. Llenó una botella con agua y decidió saltarse el desayuno hasta después, convencido de que si salía lleno volvería vacío y con el aliento rancio. Abrió la puerta, salió a las calles del condominio, maravillándose con el empecinado silencio que reinaba a esas horas de la madrugada. Quizá fue un poco para salir de casa, o tal vez fue porque ya no soportaba el vozarrón del Morsa sonando en bucle dentro su cabeza con ese mismo tono de reproche con que dominaba a los ancianos y con la calidad de una vieja grabadora de cassettes. El viento frío creó un par de dudas, pero ni bien se puso los audífonos con música a todo volumen, sus piernas comenzaron a moverse solas y a una velocidad de la que él mismo no se imaginaba capaz.

El barrio era el mismo siempre. Un pequeño mundo de casas lujosas, cada cual marcada por su propio estilo arquitectónico, como si en algún momento de la historia de aquel sitio una guerra de estética entre unos cuantos arquitectos muy snob hubiera tenido lugar. Al principio, hace quizá unos quince años, Antezana disfrutaba llegar desde su oficina en la ciudad hasta ese remanso oculto de la civilización. El condominio estaba tan alejado como para que un par de los más acaudalados habitantes se vieran obligados a hacer inversiones de tal forma que el lugar tuviera su propio supermercado. Eso llevó a que muchos otros pusieran cafés, hamburgueserías, galerías, clubes de cine, librerías, bazares y otros intentos de negocios, todos pequeños, ninguno más que un divertimento con que algunos maridos le daban sentido al vacío en la existencia de sus esposas, quienes decoraban y administraban locales no pensados para ganar nada más que aislamiento. Eso sí, llegar por las noches era un espectáculo de luz y vida. Las casas aparatosas con todos los focos encendidos, los negocios igual, pero con la gente entrando, saliendo, yendo de aquí para allá, riéndose los unos con los otros, hablando de la familia, la propiedad privada y la descarrilada juventud, esos que los escuchaban en silenciosa sonrisa, bueno, al menos los que no estaban alborotando las calles y la noche con sus risas y sus charlas sobre el colegio, la lejana vida y el amor. Francisco pertenecía al grupo de esposos trabajadores llegando en lujosos autos, saludando desde las ventanillas a la comunidad entera. Todos se conocían, todos rotaban invitaciones de cenitas y tecitos y almuercitos, y tantas cosas que Antezana ya no disfrutaba como antes. Tal como las llegadas nocturnas a ese infierno de luz y cordialidad, de señoras llamándolo Panchito y jóvenes lanzándole discretas miradas insolentes en las que siempre encontraba a su mujer. Quizá la magia se había perdido, quizá vivir tan lejos de la ciudad ya no era novedoso, y ni siquiera podía decir “tan lejos” pues en los alrededores ahora existían otros condominios, todos estructurados como burbujas perfectas, cada vez más numerosas y apelmazadas.

Durante aquel trote Antezana descubrió que prefería el estado matutino del barrio. Los hogares grises y quietos, muertos en vida, las calles deshabitadas, los autos sin sus molestos conductores. Hasta la misma neblina le gustaba, daba la impresión de un aire de desahucio que, por algún motivo, lo llenó de alegría, tanto como le turbó ver que la luz de la viuda Ramírez ya estaba encendida, tal como muchas luces en el hogar de los Cardona, pero tras un rato dejó de molestarle el detalle y hasta se permitió divagar sobre qué clase de actividades se llevaban a cabo en hogares tan -o más- conservadores que los demás. Esto lo divirtió hasta que recordó la mano de hierro con que su esposa solía administrar las cosas, a su hijo rebelde sin causa y todas las agrias peleas para que dejara de ser un papelón en el barrio y que, por favor, por lo que más quisiese, fuese un poco más como su hermana, la Silvita, su hija querida, tan ingenua la pobre, pero buenita, todo un pancito de Dios. Nunca supo si fue el aire de la mañana o el cansancio acezante, pero de pronto la santidad de su hija le parecía poco encantadora. Justamente a él, que hacía unos días la miraba agradeciendo aquel mismo detalle ante la ya no tan lejana llegada de sus tiempos universitarios.

Llevaba casi veinte minutos de arduo trote cuando, por fin, el vozarrón del Morsa bajó un poco su volumen. Se sentía bien, obviando la falta de aliento y el sudor excesivo; Antezana pensó que no estaba tan fuera de forma como el doctor le había hecho creer con todos esos discursos de dieta y ejercicio, de una vida más larga, de los beneficios del verde y todas esas basuras que su hija lograba seguir con una facilidad religiosa. Claro que ella tenía treinta dos años menos que él. No, eran treinta y tres. Antezana solía olvidar que estaba en sus cincuenta redonditos, pero en su defensa podría decirse que apenas llevaba tres semanas desde el cambio de dígitos. Un cambio que llegó acompañado, justamente, de la voz del Morsa en su cabeza y una nueva angustia por su antes ignorada panza y/o las canas que ya pintaban de gris su larga y azabache cabellera. Pero Francisco no pensaba renunciar a los ocasionales pollitos nocturnos de doña Rosa, o a las hamburguesas de su ahora único amigo en el barrio, el flaco Portoño, mucho menos a los jueves de pizza con su hija o los viernes de póker con su hermano, cuando aprovechaban para beber cerveza y jugar alguno de los disparatados juegos de mesa de su sobrino. No, para nada. Todos eran los únicos placeres de una vida que nadie, ni él, habría podido llamar sacrificada pero que, definitivamente, estaba plagada de estrés. Entre la oficina y los quehaceres diarios, tenía Antezana poco humor para llegar a comerse una ensalada aderezando uno de esos chistes de soya que su mucama insistía en llamar carne. Aparte estaba el detalle de saber que ceder a ello desembocaría en su esposa mirándolo desde el otro lado de la mesa, con aquellos ojos endulzados de resentimiento, devorando lentamente un enorme y oloroso plato de comida italiana. Sacudió la imagen de su cabeza y prefirió pensar en los domingos en la piscina de los Gorena, con casi todos los hombres del barrio mirando su panza con envidia, algunos con esa nostalgia por las cosas que nunca se tuvo y así fue sintiéndose bien con el mar de sudor que expulsaba su cuerpo, con las miradas que generaría la posible ausencia de la que, a toda regla, era una panza mínima. Pancita, como le decía Silvita.

Casi terminado el circuito, cerca de la puerta de su casa, sintió el peso de la fatiga con la respiración fuerte y entrecortada, los miembros abotagados, la mente deseosa de rendirse y zamparse un desayuno americano en algún café cercano a la oficina, porque el de doña Clara no abría a esa hora. Delante suyo, aun por encima de la música en los audífonos, escuchó un portazo desde la casa de sus vecinos y notó a una figura esbelta vestida de apretado rojo, curvas de sílfide, movimientos armoniosos y trasero de durazno, casi cubierto por esa cabellera pelirroja tan característica de los Otero. Al principio Antezana no sabía si la fatiga le hacía ver cosas, entonces la voz de su esposa acusándolo de exagerado se hizo un cuchillo y nada más por eso tuvo que pisar tierra y admitirse que aquella flama de vivo rojo no era otra que una de las integrantes de esa familia. Aquella visión excitante era Manuela, la madre, o alguna de las dos hijas en ese hogar de ocho que vivía sumido en molestos escándalos melodramáticos, o fiestas de viernes, sábado y domingo. Su entrepierna se abultó un poco con el movimiento pendular de las caderas de la Otero y casi sin preverlo su mente le hizo apretar el ritmo hasta que pudo pasar a lado de ella para ladrar un magro saludo matutino que ella respondió con una sonrisa.

Era Catalina. La menorcita.

Esa noche programó la alarma, pero la retrasó para darse unos diez minutos más de sueño mientras su esposa miraba una serie en su celular con los audífonos a todo volumen. Recostado en la oscuridad contempló el techo con una mirada inefable. Nadie, ni su esposa, habría podido desentrañar lo que sucedía en su cabeza. Quizá para alguien que lo hubiera visto terminar la última vuelta de su circuito habría resultado fácil, hasta obvio, pero incluso en su casa apenas notaron que salió y para la tarde todo estaba olvidado. Giró incómodo entre sus sábanas y dejó volar la mente. El sueño se confundía con los recuerdos: la vida que se comparte con los vecinos, el parpadeo en que una niña se convierte en mujer, la gigantografía de lencería de camino al trabajo, los forzados miércoles familiares para ir a la plaza de cines, abarrotada gracias al 2 por 1, inundada de juventud con escasos trapos. Se acomodó los pantalones del pijama, miró la hora, se escandalizó, se levantó silencioso y bajó las gradas hacia el baño de visitas. Apretó los labios y con paciencia esperó a que el sudor actuara para evitar la fricción. Por un breve instante consideró en pensar en su mujer, pero la imagen de Catalina enflamada se filtraba en forma de violentos flashazos que se probaron más efectivos que cualquier recuerdo, y hasta más que las varias ofertas gratuitas interneteras. Ni siquiera vio venir el chorro, no hasta que lo tuvo escurriéndose en su propio rostro, con la expresión de sorpresa ante la fuerza de la expulsión y la garganta resentida por el grito que tuvo que ahogar. Y así un par de veces más hasta que la madrugada lo despertó con su frío y aprovechó de orinar dado que ya estaba en el baño.

Esa madrugada se demoró en todo detalle que pudo al prepararse para obedecer al Morsa, y aun así estuvo sudando una eternidad de veinte minutos antes de que Catalina Otero saliera, esta vez con una calza negra más apretada que la del día anterior, un brevísimo top verde que no la protegía del frío invernal y unas gafas muy oscuras que velaban sus aceitunados ojos celestes de un sol ausente. Antezana se dio el gusto de pisar el suelo con la izquierda al compás del bamboneo de esa nalga derecha y estuvo a punto de tropezar un par de veces por no fijarse en los obstáculos esporádicos que traía el circuito. Tanto habían luchado los vecinos por un asfaltado mejor, pero la guerra contra el tiempo no la gana nadie, pensó apenado, justo cuando Catalina se dio la vuelta sin nunca dejar de trotar; le dirigió otra sonrisa que casi lo fulminó y apretó el paso hasta perderse de la vista de Antezana. Éste se esforzó, primero trotando y luego, cuando la compostura estuvo perdida, corriendo como un loco, aunque sea para ver un poquito de aquel poto y hacerle fotografías mentales, útiles para el insomnio. Pero la desgraciada era muy rápida y, cuando ya no pudo más, entró frustrado a su casa. Sin saber bien porqué, rompió a llorar en la ducha.

Mucho puede suceder en un mes. No pasó demasiado hasta que la familia Antezana se dio por enterada de los nuevos hábitos de su patriarca. Quizá fueron sus dramáticas entradas por las mañanas, cuando el resto de la familia desayunaba, todavía derrotados por la modorra, y él aparecía todo sudoroso, fatigado, con la respiración de quien sufrirá un ataque cardiaco en cualquier minuto, abriendo el refrigerador y quedándose parado ahí un rato, como deseoso de que el frío congelara las numerosas gotas chorreando desde su rostro, hasta que al fin sacaba una jarrita de zumo de naranja que se zampaba en un solo ruidoso golpe. Sí, quizá fueron esos momentos. O tal vez fue el progresivo cambio corporal de esbelto a atlético, que concordaba con el súbito capricho de entrar al gimnasio después de la oficina para llegar a casa tal como en las mañanas y repetir esas mismas pantomimas, hasta que cada quien se perdía en sus propios asuntos y el viejo seguro ya estaba fuera de la ducha y la vieja fija ya estaba en algún cafecito o snack del condominio, o la ciudad, o cualquier parte, no sabían, pero no en casa, eso era seguro. En todo ese mes, más que acostumbrarse al vacío hogar, tanto Silvita como Marito Antezana encontraron formas de explotar aquellas ausencias; ya sea en un encierro cada vez más premeditado y sesudo para escapar de los aullidos de los chicos que le pedían a la nerd que se sacase la actitud de monja y enseñase más las nalgas, o en la libertad absoluta para salir a vandalizar el condomio con otros muchachos disconformes con su barrio, siempre grabando todo para subirlo a una cuenta anónima de Instagram y ocultándose en la casa tan convenientemente vacía de padres.

Aquel mes fue el cielo para Marito. Por las mañanas soportaba el espectáculo de su padre hasta que éste se iba primerito que nadie, y entonces subía a su cuarto para demorarse en vestirse y alistarse de modo que su hermana -corcha de mierda- no tuviera otra más que irse sola a esperar la góndola. Su madre apenas le reprochaba el retraso y era la segunda más apresurada en salir, tomando el segundo auto hacia donde sea que fuesen las amas de casa que tienen una mucama que trabaje por ellas, pensaba Marito mientras esperaba los quince minutos tras la partida de sus padres para quedar completamente solo en su palacio. Las mañanas eran suyas para holgazanear y planificar las reuniones de la tarde. Sus amigos iban del colegio a su casa directamente, y algunos hasta saltaban el colegio de sus trayectos. De nueve de la mañana a cinco de la tarde, la casa Antezana era el mejor punto de reunión para ruidosos muchachos de dieciseis a diecisiete años con ganas de destrucción en las hormonas. Especialmente por las tardes que salían un rato de su rutina para tratar de espiar a la Cata Otero desde la ventana de la Silvita, quien no sabía cómo decirles que por favor se fueran para que pudiera estudiar en paz. La Cata solía llegar a las tres, directo a cambiarse el uniforme, y ellos, con las cortinas de la Silvita cerradas, con una cámara digital asomándose por una rendija, jugueteaban con el zoom hasta tener un vistazo de algo, lo que fuera, del cuerpo de la Cata. Nunca conseguían nada más que algún vistazo fugaz cuando a una cortina la elevaba el viento y ellos celebraban con un montón de grititos ahogados y risas gangosas. Mejor era cuando ella estaba apresurada y se olvidaba de cerrar esa condenada cortina y le veían la espalda en full technicolor, o aquella memorable vez que gracias a una hazaña del Urqueda, Cata se asomó a la ventana del baño y quedó retratada con la mirada inquisidora, mirando a todas partes menos hacia la cámara, con un sostén de frutillitas apenas conteniendo sus senos. Un video que batió un récord de vistas en los Whatsapp del curso y de otros colegios más.

Silvita soportaba la presencia de tanto muchacho en su habitación aprendiendo algo de los comentarios que lanzaban sin freno o filtro. Pronto se hizo experta en todas las formas en que se podía nombrar a los senos, o al trasero, o a las mujeres en general, y en ese mes desarrolló un oído que captaba hasta el más sutil de los innuendos. Podía soportar todo, tampoco tenía otra, se decía cada que su hermano convertía su dulce mirada de hermanito menor en los ojos de la furia encarnizada. Sentía pena, pues Catalina le caía bien. Era una chica inteligente y aplicada pero que también lograba muchísimo gracias a esa su irreal belleza. Lo más raro, y lo peor, era que Catalina podía ser muy amable y, por lo general, lo era. Rumores llegaban de lo arpía que podía ser, pero Silvita sabía que eran la clase de cosas que propagaba la Beatriz Pau de pura envidia. Otros rumores apuntaban a que la Bea Pau estaba enamorada de Catalina y por eso se esforzaba en odiarla, otros afirmaban que el lío estaba en que Catalina era una princesita que hablaba de feminismo y la Bea no creía que las princesas pudieran hacer eso. Su hermano le decía que Catalina estaba enamorada de un chico de la promoción, el mismo del que estaba enamorada la Bea y… por eso no le gustaba meterse mucho en ese mundo de socializar. Las ideas, los sentimientos y el tiempo se perdían en estupideces, en gente inútil como la tal Bea Pau. Pero Catalina sí que le caía bien y todos los días deseaba animarse a acercarse y decirle lo que su hermano hacía con sus amigos, consolarla por el video filtrado señalándole las gargantas de los culpables. Estaba más que segura de que ésta se lo agradecería y sería muy pero muy amable, y si no hubiera sido por las repercusiones en casa…

Silvita también temía por sus padres. No era nada nuevo que su madre nunca estuviera, aun cuando estaba ahí. Ya eran años de años que su madre llegaba de la calle con los ojos hinchados y actitud febril. Silvita la había visto en sus andares citadinos y no la culpaba por sentirse miserable en una casa que, a toda luz, no había logrado sobrevivir al crecimiento de los hijos. En realidad era su papá quien más la sorprendía. Esos cambios bruscos la asustaban y su nueva rutina le parecía demasiado brutal como para ser algo inocente. ¿Quién pasa de pedirse una triple hamburguesa con tocino a tomar batidos de manzana y apio mientras hace alrededor de tres horas de ejercicio por día? Les preguntaba a sus amigas y éstas especulaban que quizá era cosa de la edad. Su miedo entonces se exacerbaba, pues recordaba cómo alguna vez su padre, en una de esas rarísimas ocasiones que llegó borrachísimo de sus visitas al tío Raúl, confesó una fantasía que tenía. Un día salía de casa para pasear al perro y horas más tarde, quizá ella, quizá su madre, nunca Marito, se daban cuenta de la ausencia del perro. Preocupadas iban a buscarlo por la casa y lo encontraban atado al poste frente a la puerta de calle, tal vez aullando, aunque entre tufos Antezana le confesó a su hija que ese detalle ya era mucho melodrama. En fin, la fantasía continuaba con ellas, cualquiera de ellas, llamando molesta a su celular, pero sin que éste contestase nunca. Ahí por el tercer intento descubren que el celular está cargando dentro la casa y, molestas a no dar más, se sientan a esperar al retorno de Antezana para que explicase su conducta. Pasan dos, tres, cuatro horas pero éste no retorna, hasta que una de ellas, “probablemente tu madre” confesó Antezana a su cada vez más incómoda hija, se aburre y decide que ya es hora de dormir. Pasan los días, los años, pero él nunca retorna. “¿Esa es tu fantasía?”, le pregunto su hija. “Sí”, contestó Antezana. “No entiendo”, dijo ella. “Lo harás”, concluyó él. “Cuando crezcas, mi amor”, balbuceó dormido en el sillón.

Dos meses más pasaron. Nadie en la familia Antezana siquiera amagaba con la idea de una cena en conjunto. De hecho, se evitaban. Ahora la madre regresaba a las once, aprovechando que el marido hacía lo propio y Marito rumiaba rabia por cada esquina de la casa, reo de un castigo sin gendarme. Silvita había roto el silencio denunciando a su hermano con Catalina, y el padre de ésta con su nada sorprendida vecina que miró a Marito, como quien mira al mesero, y le anunció un severo castigo de meses y meses. De ahí en adelante las cosas mejoraron para Silvita. Ahora Catalina era su amiga, gracias a ello le iba mejor con la gente del colegio, de pronto sus notas mejoraron y hasta se consiguió un no muy tímido primer novio que le sonsacó el primer beso. Ella se sentía feliz, pero los momentos que pasaba en casa estaban plagados de su hermano susurrándole insultos, su hermano pateándole las canillas, su hermano mandándole crueles dibujos de ella como monja, de ella como rana, de ella como ornitorrinco, su hermano mandándole fotos de las cosas innombrables que le hacía a su cepillo, a su ropa, a sus toallas, y ella que no podía decir nada bajo la amenaza de la difusión de un supuesto video tomado mientras lloraba en el baño y susurraba el nombre de ese primer ex. Tal vez por eso prefirió el caos de la casa Otero, los cinco varones lanzándole miradas lujuriosas, dos de ellos, los mayores, siendo muy amables, la maternal hermana mayor tratándola como a niñita y Catalina siempre tan atenta, amorosa, riéndose de sus hermanos, hablando de muchachos, animándola a usar este maquillaje, esta faldita, esa blusa y la presencia del patriarca Otero, todo grande y robusto, peludo y serio, abultado en todos los cuartos a los que se metía, como llenando el breve espacio que no ocupaba su ausente esposa. Una mujer que, a diferencia de su propia madre, trabajaba y llegaba rendida en búsqueda de un remanso de silencio que encontraba en las píldoras somníferas que tomaba sagradamente tras engullirse cualquier cosa que pillaba en el refri. Pese al incidente con su hermano y su cámara morbosa, los Otero la querían mucho y en el condominio se decía que los Otero ahora eran nueve.

Francisco no sabía qué pensar de aquella situación. Cuando se enteró del crimen de su hijo, su reacción fue tan furibunda que, en la intimidad pública de su hogar, agarró a su único varón y le dio una descontrolada tunda de sopapos. Marito no obtuvo más que cuatro cachetes dolidos e irritados que dejaron de arder dos días después, pero nunca olvidaría la furia de su padre. Aquel alfeñique ya no lo era, y la ira en su mirada lo tuvo acatando un castigo del que no se sentía merecedor. Francisco por su parte fue personalmente a pedir disculpas a los Otero y, de paso, a conocer a toda la prole. Mucho lo sorprendió encontrar a su hija abriendo la puerta de la casa y con su propio puesto para la cena, pero se quedó colgado en el atuendo casero de Catalina y la nada despreciable belleza menguada de su hermana. Se guardó para después un interrogatorio a su hija y mejor habló con el padre, la hermana y la misma Catalina. Pidió perdón por su hijo y por enterarse tan tarde. “El trabajo, usted sabrá”, dijo, y el rostro casi inexpresivo de don Otero, sus ojos más oscuros que los de su hija, no decían nada, pero su voz expresaba, con una amabilidad que parecía forzada, que todo estaba bien, que todo estaría en paz y que la Silvita compensaba la fechoría de su hermano, luego la hermana de Catalina diciendo que la niña era más que bienvenida en esa casa y Catalina con su “gracias señor, no se preocupe”.

Aquel tercer mes desde que Antezana comenzara a trotar fue el mejor que recordaba haber tenido en años. Ya eran obvios los beneficios de sus intensivos entrenamientos y cada día se parecía un poco más a esa diversidad uniforme de tipos del gimnasio que se miraban fijamente al espejo mientras flexionaban los músculos. En parte deseaba sobreponerse a la envidia que lo anonadó durante su primer día, pero también tenía que verse bien para los encuentros matutinos. En el espacio de un par de semanas de resultados gimnasianos, las trotadas matutinas se convirtieron en algo más que perseguir a Catalina. Ahora era una especie de concurso de gente muy atlética que iba demasiado a la par y que jugaban a quién pillaba al otro mirando. Había algo muy sensual en mirarla sudar, en notar la cabeza y media de altura que le sacaba, en darse cuenta que nunca repetía algún conjunto para ejercitarse, y que cada día había un color nuevo censurando su cuerpo, llenando de una notoria novedad a las conocidas curvas de sus caderas, la planitud de su panza, el arco en su espalda baja y haciendo brillar con nuevas luces a esos ojos celestes aceitunados que sonreían cada que ambos perdían y se quedaban mirándose chorreados de sudor bajo la luz gris de la madrugada. Ahí, en las calles del condominio, todo era más directo que en su auto, al que Catalina se subía con actitud tímida, agarrándose la falda, con la sonrisa contenida dibujada en sus labios carnosos y la camisa del colegio reventando, los botones superiores abiertos en un enorme escote. Cuando ella subía, de pronto él sonreía y engrosaba la voz para preguntar acerca la familia (“todos bien, la casa un caos como siempre, ya sabe”), los estudios (“el otro día casi llego tarde porque usted no me pasó a buscar, realmente esa góndola es terrible, yo no sé cómo hace la Silvi”), el novio (“pero Francisco, no tengo novio, ¿no te conté?”), y él, que apenas podía dividir su atención entre el camino, sus ojos, los autos, sus piernas y la larga avenida de moteles de amor, esa en la que la había encontrado la primera vez que se animó a llevarla. “Pero ¿qué haces por acá?”, dijo deteniéndose de repente, su hija seguía desayunando, su esposa prendía el segundo auto, su hijo veía algo en Netflix. “La góndola me dejó, no hay taxis, ¡Ay señor Antezana! ¡Ayúdeme que llego tarde!”, diría ella con una angustia sonriente en el rostro y ¡puf!, adiós sospechas de algo sucio, hola fantasías obsesivas, imágenes que lo atrapaban en los momentos menos pensados, particularmente aquellas pocas noches que se encontraba de frente a su mujer en casa y ésta ni siquiera le podía devolver el saludo con decencia, siempre con la mirada triste y la voz agria.

Pasar frente a los moteles era su momento favorito del día. Cuatro o cinco edificios, todos con nombres de romance vulgar, carteles de neón, colores extravagantes y ofertas por doquier, todos ofreciendo el paraíso pero ninguno garantizando limpieza. Para Antezana significaba callar un rato, dejar la charla formal, mirarle el escote sin miedo pero con cautela, relamerse por dentro y verla relamerse por fuera, anhelar virar de golpe, bajarla en brazos, llevarla a un cuarto y tratar de no pensar en la limpieza de los mismos, o en esas camas tan húmedas como el ambiente, o la paranoia de las cámaras de seguridad en los pasillos y lo escandaloso que podría resultar aquel uniforme escolar de no tener cuidado. Entonces pasaban a una enorme curva y unos metros más allá estaba el colegio donde la dejaba, alcanzando a irse mucho antes de que llegase la góndola trayendo a sus hijos. El resto de su día se iba en desquitarse, perder la intensidad de aquellos momentos matinales en flirteos con compañeras de trabajo primero, charlas apasionadas con extrañas después, y, finalmente, breves encuentros con mujeres que lo dejaban inconforme, ansioso de más y más.

Un mes antes del colapso, Antezana tenía un sistema infalible para encubrir sus infidelidades. Con una nueva cuenta bancaria reservaba un cuarto en el Sheraton cada viernes por la noche y sábado por la tarde. Durante la semana se dedicaba a pasarse por cafés y bares, de preferencia cercanos a alguna universidad, y ahí conocía a docentes y estudiantes. Las seducía, jugaba un juego paciente para conocerlas, encontrar en ellas algo que lo atrapase y las citaba en aquella habitación. Algunas no iban y otras veces simplemente no tenía suerte con nadie. No le importaba demasiado, a decir verdad. Le importaba que fueran bellas, más que nada, y conocerlas era una forma de encontrar algo más que lo alejase de los pensamientos que ya no cesaban en su cabeza. Cuando todo fallaba se acercaba a alguna chica en el gimnasio y se conformaba con algún rapidito en el baño. Panchito, Francis, señor Antezana, le decían y él que se ponía más duro, invitaba otra ronda de cervezas, llamaba a la recepción del hotel para pedir otra champaña, prometía otro vestidito de regalo, a lo mejor un libro, dependía de con quién estaba, a decir verdad. Muchas volvían por el interés en esos regalos, otras lo tenían bien calado y lo usaban tanto como él las usaba a ellas. “Tú te estás tirando a otra mientras tiras con todas nosotras”, le dijo un día una docente de medicina y él no se lo negó, ni tampoco dijo nada. Se quedó en silencio y quietito, ansioso por el ver el famoso video de Catalina, bien guardado en su celular, y sólo salió del trance cuando fue ella la que empezó a moverse para que continuara la danza.

Aquella noche, mientras regresaba a casa, a pocos metros de la curva que llevaba a la avenida de los moteles, comenzó a hacer cálculos para comprar un departamento en la ciudad, pues el Sheraton no era nada barato y ya la última vez se encontró con un amigo de su esposa a quien le dijo que estaba de guía de un viejo y aburrido, pero famoso, empresario que pensaba invertir en su oficina. Por suerte era uno de esos amigos lelos e inocentes que se lo tragaban todo, pero el asunto lo disgustó tanto que aquella noche no pudo empalmarse, justo en frente a una mata de vellos pelirrojos de una muy joven estudiante de primer año de administración de empresas. Aquello era un colmo que escondía a otros. No sólo había fallado con una conquista que le costó más de lo que imaginaba, también estaba el hastío a correrse de sus deseos, a tratar de encontrar la voz de Catalina en unas, su poto en otras, sus ojos en nadie, su pelo en muchas, su cinturita en las del gimnasio y así hasta que sintió que trataba de armar un rompecabezas que ya tenía resuelto y listo para ser armado en la comodidad de lo que, al parecer, sería su última noche en el Sheraton, antes de encontrar una cueva más discreta en la cual podría explorar más a fondo los misterios de la Otero.

Lo planificó todo con cuidado y se atrevió a ser más osado con Catalina cada mañana. No tanto como para asustarla, lo suficiente como para que ella también tomara la iniciativa. Fue por eso que la mañana previa al día del colapso ocurrió el beso. Uno largo, apasionado, salivoso, con una que otra mordida, con la respiración de ella perdiendo el control y la mano de él recorriendo esas piernas que tanto le gustaba mirar. Cuando se separaron, él se quedó mirándola a los ojos. El sol brillaba intenso y el cielo estaba despejado, con algunas pintorescas nubes decorándolo. Estaban detenidos en un callejón de la ruta al colegio, pasando la curva de los moteles. En la radio sonaba alguna de esas canciones que tanto le gustaban a Catalina y que los padres y madres del condominio odiaban y condenaban cada que podían. Ella comentó acerca la perfección de la banda sonora para el momento. Antezana no la ignoró pero tampoco le contestó, se sentía muy perdido en el brillo de aquel día reflejado en esos ojos celestes aceitunados y en todas las posibilidades que delataban los carnosos labios apretándose. Ni bien llegó a su oficina le dijo a su secretaria, amante generosa y enérgica, que lo comunicara con aquel amable agente de bienes raíces que cada tanto llamaba. En un abrir y cerrar de ojos tenía una flamante propiedad comprada, tras un par de semanas de dudas legales que su abogado despejó. Quedaba dar la noticia.

En nada más varió su rutina. Mismos papeles, mismas horas, cafés, secretaria, colegas, reuniones y hasta el mismo sudor corrió por su rostro mientras mataba el deseo con el dolor del ejercicio. Sentenciaba a la noche como un refrito televisivo cuando divisó a su esposa entrando apresurada a un edificio. Unos días antes su abogado le advertía los peligros de mezclar divorcio con infidelidad, si alguien delataba algo de lo que ocurría en los cuartos del Sheraton, lo más probable era que terminase con la vida vuelta añicos, con más prospectos de terminar comiendo en la basura que alimentando a los que ahí viven. Sin embargo, algo en la actitud de su esposa le resultó extraño, aun si vagamente familiar. Quizá era la vivacidad con que caminaba, o su energía al girar la cabeza hacia los lados – pero no atrás, nunca hacia atrás – mientras traspasaba el umbral de la puerta y el portero la saludaba como si ella misma viviera en el edificio. Esperó mientras su esposa se metía al ascensor y los números digitales hablaban del catorce. Antezana se dirigió hacia el edificio y pasó de largo al portero diciéndole algo como piso catorce, donde el señor Archundia y sudó en seco durante todo el ascenso. ¿Cuánto tiempo sin ver a aquel viejo cascarrabias? Amigo de los padres difuntos de su mujer, Archundia era un viejo interesante que no toleraba la compañía, exceptuando la de ella, porque claro, era bonita y ese viejo cabrón siempre había sido un manoslargas en lo que refería a su esposa, aun desde pequeña. Llegó al piso esperando escuchar de todo menos los llantos a gritos de su mujer, una sarta de balbuceos incoherentes o incomprensibles que asustaron a Francisco. De pronto sentía ganas de derrumbar la puerta, tal vez sólo tocar el timbre, gritar él también, preguntarle en voz baja al vejete porqué lloraba su mujer, dejar de escuchar esa voz ronca derrotada por el tiempo diciendo cosas tan cliché como “déjalo salir”, “mejor afuera que adentro”, “no hay que aguantar las lágrimas” y en un punto Antezana se escuchó decir ya, a la mierda, antes de bajar corriendo las escalinatas, salir apresurado del edificio y quedarse sentado en las gradas que lo conectaban con la calle.

Esperó una hora, quizá dos, antes de que su esposa saliese. Gozó ligeramente con la expresión de horror y sorpresa que puso ella cuando lo vio y por un instante no supo cómo reaccionar más que con una euforia que tuvo la virtud de centrar a su mujer. Ésta se sentó a su lado y hablaron por horas, del clima, del gobierno, de su matrimonio, de sus vidas, del futuro. Casi como volverse a conocer. Francisco hablaba y, a la par, recordó su primera cita, cuando se encontraron en un restaurante de los caros y comieron charlando, se pensaron como personas fascinantes y tuvieron la certeza de que a cada uno le interesaba estar en la vida del otro. Aquella charla en las gradas del edificio, casi treinta años después, fue más como dos amigos reencontrándose. Ella contó que no había hecho gran cosa de su vida, que estaba casada, tenía dos hijos, no trabajaba porque no logró terminar la universidad. “Por los hijos”, le dijo ella. “Que cagada”, dijo él y añadió una pregunta sobre qué tal era su dichoso marido. Callaron, rieron un poco, callaron otra vez, ella se puso a llorar, él no supo qué hacer y entonces la abrazó, el llanto aumentó su cadencia, su intensidad, su humedad y entre balbuceos comprendió que su esposa trataba de hablar de él en términos lindos, pero sólo logrando sacar a relucir el techo que puso sobre sus cabezas, el pan que nunca faltaba y una vida incompleta, infeliz, que espera su turno para morir y probar suerte en ese asunto de la vida después de. “¿Es tan terrible?”, preguntó Antezana con una lágrima contenida. “No”, respondió ella, “es un tipo buen tipo que no sabe que soy lesbiana, eso no es culpa suya. Aparte que una mierda porque hace años le metí cuernos y ya no pude hacerlo más. Lo único que tengo es venir a llorar la frustración y el miedo en los brazos de un viejo verde que es lo más cercano que me queda a un padre. Amigo mío”, continuó su esposa, “créeme que yo quiero a mi marido, hasta he llegado a sentir cierto respeto por él, pero no me hace feliz y no sé cómo decirle que todo fue una mentira, que lo quiero dejar”.

A la mañana siguiente despertó con el cuerpo completamente extendido en la vastedad de su cama matrimonial. Tras muchos besos, abrazos y promesas de amistad, su mujer estuvo de acuerdo en quedarse en un hotel esa noche mientras él aprovechaba la ausencia de los niños para guardar algunas cosas. “No dejes las maletas fuera, por favor, primero tenemos que hablar con ellos”, le pidió su mujer y él estuvo muy de acuerdo. Por la mañana no fue a trotar. En lugar de ello hizo sus maletas y se conformó con mandarle un parco mensaje a Catalina. “Será hoy”, escribió y cómo respuesta recibió un emoji de besitos y caritas eufóricas. Antezana apresuró las cosas, metió treinta años de vida en aquel condominio dentro un par de maletas mal organizadas y bajó a las carreras al desayuno. Eran las ocho, seguro Marito y Silvita estaban ya en la góndola. Maldijo por lo bajo, pero pensando en Catalina. Sacó el auto, aceleró a lo desquiciado y cuando llegó a la parada ahí estaba ella, vestida con la ropa de su hermana, tal como Antezana le indicó. Arrancaron, surcando las calles como bólidos en dirección al Sheraton. Le dieron un cuarto casi de inmediato, tratándose de un cliente tan leal como era él y, dentro suyo, planificaba en cómo amoblaría su nuevo departamento donde se perdería en maratones sexuales con Catalina y sus ojos celestes aceitunados. Subieron besándose en el ascensor hasta el piso veinte y ella le pidió que esperase un minuto afuera del cuarto mientras preparaba el mood. Antezana aprovechó para ir a recoger los condones que guardaba en el auto y en su cabeza concluyó que estaba feliz. La noche anterior parecía un sueño, esos en los que todo empieza mal y termina bien.

El colapso empezó cuando Antezana volvía del garaje hacia la habitación. El ascensor paró en la planta baja y una marejada de gente luchó por entrar. Al parecer el hotel albergaba una convención de científicos o religiosos, Antezana los confundía, que esa semana celebraban un seminario o congreso en la ciudad. Era viernes y todos estaban deseosos de que se terminase el día y llegase la noche para caer rendidos en cama, o prepararse para ir a beber. Fue apenas un vistazo, esos que uno puede descartar como una ilusión óptica, pero Antezana sentía que no se podía equivocar: su hija estaba entre esa multitud, esperando el ascensor, perdida en ese maldito celular por el que su madre tanto le gritaba, maldiciendo a Catalina por haberla convertido en una dependiente del bendito aparato ese. Antezana se asustó, pulsó el botón del primer piso y bajó a las carreras, empujando a los demás y casi cayéndose en las gradas. Cuando llegó reconoció la ropa de su hija entrando a otro ascensor e hizo una nota mental de todos los pisos en los que se detuvo. Cinco, siete, diez, trece, diecinueve y veintidós. Se dio un rato para suspirar aliviado al no ver el veinte en digital y cuando llegó el otro ascensor se preguntó: “Entonces ¿qué hace acá?” Preocupado se detuvo en cada piso y llamó a su hija al celular, paseando frente a las puertas, escuchando atentamente ese ringtone estridente que le gustaba utilizar. Esa niña escucharía una cosa o dos sobre faltarse el colegio, se dijo en el piso diecinueve, justo cuando escuchó al celular sonar en una habitación del piso. Pegó el oído a la puerta para cerciorarse y ahí estaba el rumor vago de la cancioncita molesta y la voz de su hija riendo, pidiendo tregua, que no entendía por qué insistía tanto su papá y luego una voz profunda, ronca, peluda, le pedía que viniese a la cama y ella reía pero ya no como si le hicieran cosquillas sino diferente, raro, y entonces callan las risas y dan espacio a respiraciones y un gemido y Antezana, que ya no podía más, ciego de furia, tomó impulso y saltó para patear la puerta con ambas piernas. La puerta cedió y Antezana gimió en el suelo con el cuerpo magullado, se incorporó y el señor Otero lo miró sorprendido, con la espalda al desnudo cubriendo el cuerpo de su hija y un olor a humedad en el aire que casi lo hizo vomitar. El hombrón salió de su hija y se paró a lado de la ventana. El sol brillaba intensamente, estaba tan bonito el día. Otero lo miró con el cuerpo cubierto de vellos y sudor, el pene monstruoso enhiesto y desnudo, mirándolo como cíclope, tan sorprendido como su portador. Antezana se frotó el rostro, se arrancó un par de pelos, contuvo varios gritos y sintió su corazón palpitando en la frente. La niña lloraba y se cubría el cuerpo con una sábana, Otero movía los labios, con sus ojos azules aceitunados completamente cautelosos y ligeramente alarmados. La puerta estaba rota, así que sus puños sólo hicieron añicos los pedazos. A lo lejos su hija gritaba y también gritaban él y Otero. “Todos gritan”, pensó apenado y se levantó como zombie hacia su propia habitación.

Coño por coño, se dijo a sí mismo, ya capaz de un rencor del que no se habría creído capaz. Con una calma irreal subió las gradas y sacó las llaves, destrancó el seguro y se sacó la polera ante la sonriente Catalina, desnuda, escultural, esperándolo en la cama. De pronto alguien tocó la puerta y Antezana no quiso que todo terminase sin al menos probar. Se lanzó a la cama, la agarró de la cintura, la besó en los genitales y lamió aun cuando ella ahogó un grito de terror cuando oyó la voz de su padre pedirle a Antezana una chance para explicar. Lo ignoró y continuó lamiendo aun cuando la puerta se abrió y sólo se detuvo cuando un par de brazos lo arrancaron de entre las piernas de Catalina y lo lanzaron contra una pared.

Semidesnudos, furibundos, sordos a los llantos de sus hijas, pelearon ambos padres a lo largo de veinte pisos, siempre descendiendo, causando un escándalo de desmayos y grititos, que en retrospectiva fue más condenado por la desnudez y apenas se mencionó la extrema violencia. Superado, sangrante y asustado, Antezana tuvo la suerte de encontrar las llaves de su auto en el bolsillo del pantalón y se subió, acelerando ya sin que le importase nada más que escapar. El instinto lo llevó a casa, al condominio y ya cerca al colegio de sus hijos notó a Otero persiguiéndolo en su auto. “¿Cómo carajos…?”, susurró y apretó el pedal, soltándolo poco a poco hasta que Otero lo empezó a rebasar, ahí Antezana frenó de golpe y alcanzó a ver el rostro de Otero desfigurado en rabia, moretones y sorpresa, lo último que alcanzó a mirar antes del colapso.

Cuando despertó notó que estaban al inicio de la gran curva antes de los moteles. El auto de Otero estaba chocado contra la montaña y el suyo contra el de Otero. Salió a duras penas y no supo qué pensar de su brazo colgando y sus dedos doblados en ángulos imposibles. Ni siquiera le dolía. Lo que sí dolía, y mucho, era un vidrio enorme atravesando su muslo y un pequeño fierro atravesándole los perfectos abdominales que tanto le costó formar. Se arrastró como mejor pudo hasta el auto de Otero y lo encontró en el asiento del conductor. El auto parecía un acordeón, pero aun entre las tripas, Antezana reconoció un puente hábilmente ejecutado. Entonces notó el vidrio enorme que atravesaba la garganta de su rival y su cuerpo desecho entre el asiento trasero y el volante. Su rostro estaba congelado en aquella expresión que Antezana le vio antes del colapso, sólo que ahora también había algo de horror en ella, al menos eso certificaban ese ojo saltón, tan abierto como la boca en estertor, y el otro que colgaba y se metía dentro esa misma comisura. Antezana se arrastró hasta una piedra cercana y se quedó ahí sentado. El sol brillaba intensamente, estaba tan bonito el día. La presencia de gente mirando todo desde lejos, autos que pasaban o se detenían anonadados, devolvieron a su mente al condominio y sintió mucha curiosidad sobre lo que se diría de ahí en adelante. Supuso que pronto escucharía sirenas acercándose y voces intentando salvarlo. “¿Salvarme de qué?”, murmuró y sacó su celular, abrió la galería y puso el famoso video de Catalina Otero con su sostén de frutillitas.

 

 

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Hoy no pasó nada. Y si pasó algo es mejor callarlo, pues no lo entendí.

Roberto Bolaño, Los Detectives Salvajes

 

Para Oscar Martínez y Juan Veliz, esta narración de lo inenarrable.

Es un día caluroso, casi asfixiante. Ninguna nube cubre los cielos de Villa La Piedad, el barrio al que los vecinos se refieren como la Piedad, a secas, para ahorrarse un tiempo que de todas formas pierden. El celeste del cielo tiene una tonalidad universal, una que invita a la clase de evento que Colosio Obrañez prepara en su hogar. No es un evento magno, mucho menos popular, podría decirse que es sólo una reunión más en el historial de las fiestas que ha tenido Obrañez en esa casona, casi pequeño edificio, que en sus diferentes pisos alberga a los padres y hermanos de Colosio. Es sábado, porque reuniones como aquella solamente son exitosas los días exentos de obligaciones laborales o académicas. Son las diez de la mañana y Obrañez descansa en su soleado cuarto, dejando que la resaca de la breve salidita de ayer pase al olvido entre las caricias que le da a su aparentemente dormido schnauzer, leyendo sin leer un libro de Lamborghini, comprado no hace tanto con la primera paga de un trabajo inesperado. Su mente registra las letras pero no las entiende, sus pensamientos están a la espera de que su hermano Jorge toque la puerta para preguntarle a qué hora llegarán el José y el Damián con la comida y el trago, aun si Obrañez no tiene un respuesta para tal pregunta. Con los muchachos nunca se sabe, dice en voz alta sin saber bien por qué, y piensa en las probabilidades de que estén a punto de llegar borrachos y trasnochados, sin ninguno de los ingredientes, siquiera una moneda, para contribuir a la causa de la lasaña que José Velzú venía prometiendo desde hace tanto tiempo atrás.

Jorge nunca aparece y tres horas más tarde Obrañez sale de la ducha para encontrarse con Velzú durmiendo en un sillón de la sala. Se acerca silenciosamente y siente alrededor de su exalumno de la universidad un vaho de alcohol que habla de una noche intensa, el tipo de noches que conoce tan bien desde los días de colegial. Obrañez confirma todas sus sospechas y de paso nota que el rizado pelo de Velzú ha desaparecido para convertirse en una casi calva cabeza rapada. José ronca con los audífonos puestos con lo que suena a Rage Against The Machine a todo volumen. No es hasta que se aburre de mirarlo en su coma etílico que cae en cuenta que en el suelo están desparramados los contenidos de las bolsas en las que Velzú llevó todos los ingredientes para cocinar. Colosio considera que hay lo suficiente como para hacer tres lasañas. Ahí es cuando ante sus ojos aparece la otra bolsa, como por arte de magia. Está cuidadosamente apoyada contra el sillón, cerrada con un primor reconocible. La desata para encontrar latas de cerveza y una botella de singani de las caras esperando ser bebidas. Sonríe y murmura bien hecho, Josefo mientras lo recoge todo y carga las bolsas a la cocina donde Jorge y su amigo están trabajando en convertir una máscara antigas en una pipa para la mota. Obrañez piensa que la futura pipa es de aquellos objetos peculiares, resquicios de la Segunda Guerra Mundial, que por algún motivo que Colosio desconoce aún llegaban hasta Bolivia. Obrañez escucha vagamente a su hermano anunciarle la llegada de José, se ahorra un comentario sobre lo obvio y prefiere apresurarse a revisar su celular que lleva vibrando ya un buen rato.

Colosio Obrañez se enfrasca en la pantalla de su celular, absorto en la marejada de mensajes que mandan los posibles asistentes indagando datos que terminen de convencerlos para encaminarse a un lugar tan lejano como es su casa, o los otros mensajes que no son más que excusas (algunas brillantes, otras muy flojas) que lee con cierto placer sazonado de decepción, ni hablar de los clásicos mensajes de las ex que tienen un olfato peculiar para este tipo de eventos y siempre lo llaman cuando más borracho piensa estar; casi confirmándole que, de seguro, algún tipo de pacto con el Diablo tienen todas a las que no les alcanzó el amor para quedarse, inquietudes que los gritos y vítores de sus alumnos y ex alumnos a veces refuerzan, dentro y fuera del aula, peor los que están invitados a esa fiesta y estuvieron en otras más. Es en esos malabares que se pregunta ¿Para qué hago esto? ¿Qué mierdas gano yo de esta gente…  estos críos que se dicen mis alumnos? ¿Qué, carajo? ¿Qué sentido tiene dejar que un tropel de borrachos destruya mi sala y mi baño si en eso tampoco está la felicidad? No se da cuenta del paso de media hora en la que José despierta e irrumpe en la cocina donde Colosio lo recibe algo ausente, ocupado como está reenviando el mismo largo mensaje de instrucciones para llegar a su casa, que está por esos lares en los que el aire es hasta más limpio y las montañas que delimitan a la ciudad del resto del departamento se sienten cercanas. Vagamente ha notado la partida de su hermano y menos vagamente, eso sí, nota a Velzú iniciar la faena, sacar los ingredientes, las fuentes, mezclarlo todo y luchar contra el horno entre las típicas quejas que trae el chaqui y todas aquellas ironías relacionadas a lo útil que resulta Colosio en el proceso. Éste reacciona con una sonrisa de sinverguenzura que acompaña de preguntas casuales sobre el día a día a las que Velzú responde distraídamente. La cocina huele a carne, delante suyo ha aparecido un vaso con singani y naranja entremezclándose. ¿Qué del Damián?, pregunta Obrañez y Velzú responde que ya te dije que no sé, sabes que ese cojudo o llega tarde, o no viene, de seguro cagado por una mujer. ¿Acaso no se han chupado ayer?, pregunta Colosio con ligero tono de resentimiento y Velzú se enoja comentando que no sabe si Obrañez escuchó algo de lo que le dijo hacia un rato, y éste sólo sonríe y no dice nada.

A eso de las 3 de la tarde llega Damián Granizo con un tropel de paceños perdidos en La Paz que no sabían cómo encontrar un lugar como aquel. Ahí los junté a todos vagabundeando y los traje de la manito, les dice a Obrañez y Velzú. Colosio, que no le cree, supone que si se los encontró fue en la puerta o en sus cercanías, pero lo deja pasar y le da un abrazo efusivo al segundo discípulo más esperado, mientras que el primero da los toques finales a las ya listas tres lasañas, a las que se ha sumado una más, una vegetariana que Irina Caracará, otra alumna de Obrañez en la universidad, ha llevado anticipando que nadie en aquella reunión se preocuparía de los vegetarianos y veganos y todos sus afines. Colosio se levanta, observa a Velzú y Granizo charlando en esa su intimidad tan propia y se larga a la sala a hacer de anfitrión. Habla, ríe, pregunta y está disperso entre las muchas gentes que han llegado con o sin invitación. Nada de eso le impide notar a Irina yendo de aquí a allá, ayudando a servir vasos de trago que no tomará, procurando servirle un trozo de lasaña a todos, tarea que Obrañez sabe no harán ni Velzú ni Granizo, pensamiento que corrige ni bien ve que Velzú también está sirviendo comida a todos los dispersos por la sala. Suena música desigual, cada quien lucha por programar algo en la lista de espera del Youtube, fluye el trago a montones y en distintas variedades que han traído algunos sí, otros no y se oye el munch munch que precede a los cumplidos que prácticamente le gritan, primero, a Obrañez y, luego, a Velzú cuando se enteran que éste es el verdadero autor de tan suculento plato.

Nadie ha probado la lasaña vegetariana.

Extrañado, Obrañez, busca a Irina y la encuentra en la cocina, todavía sirviendo platos para otros que, pareciera, no paran nunca de llegar. Suspira aliviado, no sabe bien porqué, y por un rato decide quedarse en el pasillo mirándola enmarcada por el umbral de la puerta. Menuda, de caderas estrechas y piernas rellenas, bien enfrascadas en unas apretadas calzas que resaltan la jugosidad de sus curvas. Es linda esta Irina, piensa Obrañez notando sus ojos claros, su pelo castaño casi rubio, su apariencia de niñita mimada que seguro fue modelo a sus quince años hasta el día en que le dio por ser hippie y propensa al fitness como atestiguan esas nalgas. Es linda como inocencia en tierra de morbosos, se le ocurre, aunque otra voz en el fondo de su ser lo recrimina por andar imaginándose cosas de quien, en realidad, no conoce más que en su faceta de alumna semi interesante, ávida de aventuras y conocimientos, pero siempre tan marcada por ese su contexto de comodidad que Obrañez no puede dejar de subestimar. Atrás suyo escucha un vaso romperse e Irina da un respingo dramático antes de mirar en dirección del ruido para pillar a un Obrañez que finge leer su celular hasta que su mentira se hace verdad y otra charla inútil con una ex lo hace sentirse tan desafortunado como el Culito Silvino, piensa desesperado.

Para las 7, cuando el azul del cielo amenaza con la noche, todos han comido y ya tan sólo queda beber y beber. La música sigue errática y Granizo pelea con alguien (que Obrañez sabe podría ser el mismo Dios) para poner algo que disfrute él, y sólo él, cagándose un poco en los tantos otros que ahora son menos que cuando el sol todavía estaba arriba. Colosio, sentado en uno de los medios del círculo de sillas y sillones que se ha formado, cuenta las historias más divertidas de su ajetreada y experimentada vida, perdiéndose un poco en el placer de todo narrador: esas miradas atentas a lo que sucederá luego. Es sólo cuando ve que entre Velzú, Jorge y Granizo hacen secar vaso tras vaso a la bella Irina, sólo ahí se le ocurre rematarlo todo hablando de Julio Silvino, el afamado Culito al que hombres y mujeres por igual rehuían por esa legendaria fama de su mala suerte. Era un buen tipo el Culito, ríe Obrañez, pero era el tipo más desafortunado de la historia, cojudo. Con decirte que una vez que fuimos a comer no pudimos pasar siquiera de la sopa. A este Culito le traen el primer plato y ahí, delante de los ojos de la mesera, él, y yo, que una mosca vuela y se zambulle en la sopa hirviendo y ni modo que la mesera, testigo de primera mano, se niegue a mirar la realidad y ha tenido que pedirle disculpas y retirarse a la cocina. Y estamos hablando de uno de esos restaurants que les gustan a los jailones como el Granizo, y el aludido hace un rostro que esconde un ligero enojo que Obrañez, ya en camino a estar bien borracho, ignora y prosigue. Así de esos restaurants donde todo es más caro que pensión universitaria pero es lo más delicioso que vas a probar en la vida. Colosio hace una pausa para beber un largo trago de lo que sea que está servido en su vaso y aprovecha de mirar a su alrededor. Hay gente apartada del círculo que todavía comen, o beben, o tratan de poner alguna canción que el tirano del Granizo seguro cambiará si no la disfruta. Nota que su hermana ha llegado y ahora charla con Irina. Deja el vaso y toma aire mientras se extraña de la sonrisa en el rostro de Velzú, retoma la historia observando al Granizo cuyo rostro es iluminado por el celular que ahora lo tiene atrapado a él. La cosa es que vuelven con otro plato y la mesera está dejándolo bien primorosamente sobre la mesa mientras hace unas cuantas innecesarias disculpas y yo estaba impaciente pues, mi sopa se estaba enfriando y era de esas cosas por las que has pagado tanto que te molesta un poquito en lo más profundo de tu ser que tengas que aplazar el momento de probar semejante manjar, como tus lasañas hoy Josefo, y el aludido sonríe. La cuestión es que ni bien pone el plato, los tres vemos cómo un mísero pelo cae en la sopa y nadie puede hacer nada más que resoplar y esperar a que la tercera sea la vencida para luego descubrir que hasta el techo de los establecimientos caros y respetados pueden caerse a pedazos sobre la sopa de tu amigo hambriento, dice Obrañez. Con decirles que hubieron tres intentos más antes de que el dueño mismo viniese y nos rogase con toda la amabilidad del mundo que nos retirásemos y no volviésemos más. Risas. Muchas risas.

Y eso no es nada, prosigue Obrañez que ve a Velzú escuchar una canción de Rihanna con los ojos llorosos de un niño que ha entendido qué significa eso de que sus padres se van a divorciar, Irina que lo mira toda atenta, con sus ojazos ingenuos algo apenados por esa nadería de la mala suerte del Silvino, o quizá achispados por todo el trago que tomó y sigue tomando, brindando con su hermana como si fueran hermanas entre ellas a la vez que lo nota calmado al Granizo y descubre por qué cuando se da cuenta que en algún momento de su relato ha llegado Frida Monteazul (otra vegetariana, como para que no se sienta sola la Irina, se dice Obrañez que nota que nadie ha tocado la lasaña vegetariana) con la que habla sonriéndole con los ojos y los labios. Hay una que me contaron del Culito que espanta hasta al más estoico de los borrachos, dice Obrañez. ¿Por qué Culito?, se alza la tierna voz aguda de Irina. Porque la gente es mala y hablaban que de él sólo salía mala suerte, explica con una sonrisa Obrañez. ¿O sea le decían trasero en diminutivo para hacer notar que la cagaba y de paso jugando con su nombre?, pregunta Granizo. El grupo entero ríe, chocan los vasos, apresuran los líquidos, piden música ahora que Granizo parece distraído, alguno de ellos empieza otra historia, algún relato sobre otra persona de mala fortuna. Obrañez escucha, se conforma, decide dejar pasar el asunto, guardarse la historia de cómo el pobre del Culito había ido a sacar una tarjeta de débito al banco, sólo para terminar condenado a meses de burocracias de precios sangrantes por un par de irregularidades encontradas en su cédula de identidad. Se lamenta un poco por ese punchline, el del que ni las minas ni el Estado reconocían la existencia del Culito y por un rato sólo quiere irse al colchón que está tendido en el suelo de su escritorio y dormir escondido de tanto borracho que ha invadido su casa.

Obrañez siente que apenas ha parpadeado y de repente ya son las 9 de la noche. La sala es un desastre caótico de proporciones que sabe que recién acatará ni bien despierte del sueño que ya lo acecha. Cosa increíble: están todos borrachos, se dice internamente recordando las mil y un veces que recorrió esa sala con la mirada, en pasadas ocasiones, y siempre pudo encontrar a algún sobrio entre tanta ebriedad. Reina en el ambiente un aire entre festivo y destructivo, la música que suena adquiere los sonidos de la cumbia colombiana de antaño. Cuando los cumbieros eran rockstars, dice Obrañez a nadie y a todos. Velzú está hundido en cierta miseria y Colosio identifica en esa mirada el dolor que los une, la pérdida romántica, el vacío del que acaba de perderlo todo por enésima vez hincado frente al brillo de la pantalla, única luz del ambiente, de la vida. Granizo baila rígidamente con la grácil Frida, ambos borrachos pero no tan borrachos. No todavía, piensa Obrañez mientras con un eructo cambia el enfoque de su visión y la posa sobre Irina que está más borracha de lo que le convendría a nadie en una fiesta donde quedaban tantos chicos que parecían ser parte de ese fondo oscuro, con manos como garras que a la débil luz de la pantalla parecían ramas tétricas de árboles muertos rodeando a la caperucita choca y sus ojitos perdidos, su vocecita errática y ese bamboleo de caderas que los rockstars colombianos de antaño hubiesen deseado contemplar al menos una vez en sus vidas. Obrañez se reprocha el pensamiento pero se siente tentado por la tentación. Se olvida de los títulos académicos (por un rato sólo quiere eso) y calcula la diferencia de edad. Pese a que 14 no le parece exagerado, sí le suena a suficiente como para frenar ciertos pensamientos. Desvía la mirada de Irina, se fuerza a pensar en la vez que Granizo conoció al novio (por hoy ausente) y la descripción hiperbólica que se mandó a propósito de la altura del muchacho ese, que cuando Obrañez conoció no supo decir si es que acaso los jóvenes ahora crecían más rápido o si es que los adultos se empequeñecían más temprano. Piensa en el Culito Silvino, en toda esa mala suerte que se tragó antes de su trágica muerte y una sombra atraviesa su corazón amenazando con ponerlo en un estado parecido al de Velzú, o peor. No, murmura inaudiblemente para el tropel de lobos y borrachos, no, repite agarrando una botella de no sabe qué cosa y encaminándose hacia Velzú.

Cuando recupera el control de su voluntad ya es pasada la medianoche. Velzú ha perdido ese aire de tristeza y parece eufórico, enojado. Borracho con energías en todo caso, piensa Obrañez que mira a Granizo que está cabeceando, a punto de quedarse tan dormido como Frida que ya está acurrucada en un sillón a lado de su hermana, ésta última roncando con elegancia. El grueso de la gente se ha ido y al final han quedado pocos para terminar de rematar las muchas botellas que aún quedan. No pues Damián, no seas así, se queja Obrañez y pone Message in a Bottle en la tele lo cual despierta alguna fibra melancólica en Granizo y Velzú, tal como Obrañez tenía planeado. Bailan. Cada quien lo hace en su lugar y a su estilo. Obrañez mira a sus amigos y se sorprende de tantas cosas que podían pasar entre mentores y discípulos cuando se pierden las formalidades de la Academia. Con una nostalgia muy propia de la hora y del alcohol consumido, Obrañez se ve a sí mismo en miles de recuerdos relacionado con ellos. Riendo con los muchachos, comiendo con los muchachos, puteando contra los muchachos, llorando delante de los muchachos, juzgando a los muchachos, odiándoles un poquito, queriéndoles siempre, contándoles sus problemas profesionales, amorosos. Amigos los muchachos, al fin y al cabo, dice en voz alta antes de darse cuenta que Irina no está.

Detiene la música. Prende la luz. ¿Dónde está la Irina, che?, pregunta Colosio con ese tono que ya denota el pánico en el que pronto caerá y Velzú lo ignora categóricamente, perdido en el tema que suena. Es Granizo el único que se detiene. ¿Qué onda?, pregunta. ¿Dónde está la Irina?, se escucha decir Obrañez ya con un tono más de angustia y en voz todavía más alta. ¿Qué hablas, cojudo?, se escucha la voz de Velzú y el ambiente se siente pesado, su hermana despierta como advertida por algún instinto fraternal y se despereza secando una tapa de singani. Son las 2 de la mañana, afuera, en la Piedad, reina ese silencio que caracteriza los peligros de la madrugada en un barrio que sirve de paso para ebrios y pandillas. Obrañez va al baño de visitas, a su cuarto, al de Jorge, a la cocina, vuelve a tropezones a la sala donde Velzú y Granizo revisan detrás de los sillones y las cortinas. No hay nada, dice Damián. Obrañez se activa, baja corriendo a la planta baja donde su padre tiene un cementerio de automóviles que arregla como hobby, Velzú está con él, ambos buscan en frenético silencio iluminando la negra oscuridad con las luces de sus celulares. Desde arriba les llega la voz de Granizo diciendo que no responde el celular, que está apagado. Obrañez sube de nuevo, se sienta en la sala, se agarra la cabeza con ambas manos y se queda en pose de derrota. ¿No se habrá ido nomás?, dice Velzú. Yo la vi hace como media horita, aclara Granizo, dijo que iría al baño y ahora que lo pienso nunca volvió. Entonces esta tipa se ha ido a su casa borrachísima y por las calles de este barrio, concluye Obrañez. Ah, bueno, dice Granizo. No pues, cojudo, a ver pensá en lo que le van a hacer a una choquita, jailoncita y bonita como la Irina en un barrio como este, dice Obrañez y su mente se llena de imágenes horribles, escenas de violación, asesinato, robo, en todas Irina no hace gala de su fuerte actitud y no es otra cosa que una víctima más que pasará a ser un magro comentario matutino entre los habitantes de la Piedad, si es que acaso se llegaban a enterar de su muerte. ¿Y cómo no se van a enterar?, piensa Obrañez al darse cuenta que no era lo mismo que muriese alguien como él o que asesinaran a alguien tan fifí como Irina. Piensa en los titulares de la prensa, “Docente negligente deja a su alumna morir” y vuelve a recordar al Culito, sintiéndose hermanado a semejante desafortunado. Ya está bueno Colosio, dice su hermana con tono de reproche y de un jalón lo saca a la calle. Andá a la comisaría, le indica refiriéndose al portentoso edificio que está a media cuadra de la casa, y repórtala a la Irinita que el Granizo ya se fue a buscarla por el oeste, el Jorge por el sur, el Velzú por el este y yo me voy pal norte.

La comisaría estaba tan desierta como el cuarto de hospital del Culito cuando lo internaron por una torcedura de tobillo que se complicó hasta convertirse en fractura y que, más tarde, terminaría en tres dedos necrosados que Silvino perdió en lo que muchos abogados llamaron un muy particular caso de negligencia médica que ninguno de ellos quiso tomar por lo peculiar de la situación, empezando por la inusual progresión de la lesión. Colosio grita, pide ayuda como loco y más tarde que temprano sale un policía todavía limpiándose las lagañas. En un solo bostezo pregunta ¿por qué jode a las quinientas de la mañana? Y a Colosio se le sale su docente interno en forma de amenazas con su título, su entidad y luego la prensa si es que no ponía su culo en la calle para buscar a Irina Caracará, que se ha perdido hace unos instantes en la calles de la Piedad, le dice primero a un sargento, que lo deriva a un sub teniente, quien lo conduce a un teniente, quien tiene que consultarlo con un capitán, quien escucha impasible las palabras de Obrañez y rascándose la panza le ordena a todos que busquen a la choquita rica tras mirar la foto que Colosio ha sacado de Facebook y que ahora todos los policías miran en la pantalla de sus celulares con ojos hambrientos.

Obrañez retorna a su hogar y asciende desesperado hasta la terraza del techo. Desde ahí observa a la Piedad sumida en la oscuridad tan típica de las cuatro de la mañana, con ese su silencio engañoso que esconde los gritos que, de rato en rato, se hacen evidentes. Abajo ve a los policías saliendo a pie, o en moto, de la comisaría y asume que lo hacen para ir en busca de Irina. Manda un mensaje a todos los que están en las calles pidiéndoles que vuelvan, que la policía ya ha salido a buscar también y evita pensar en los mil y un abusos que sufría el Culito por parte de los polis, o por parte de cualquier sujeto que poseyese siquiera una gota de autoridad, en realidad. Eso le pasa a todo el mundo, se consuela Obrañez y obvia los abusos extremos a los que la gente tendía una vez que probaban la sensación de orinarse sobre el caído. En la puerta de calle están sus hermanos esperando a Velzú, a quien avista no muy lejos de ahí con su piel café con leche contrastando con el negriazul de la noche y los anaranjados de las luces de los postes. No sabe por qué, pero se imagina al rostro de José como asustado. No hay rastro de Granizo.

Se sientan todos en la sala donde Frida duerme plácidamente sobre un sillón. Obrañez cae derrotado sobre otro y con la mano temblando se sirve un trago puro de singani. Está aterrorizado. Conoce a la gente de esta ciudad. De este país, se corrige. Chismosos, morbosos e hipócritas por supuesto, murmura mientras seca otro vaso e intenta ignorar las imágenes de su cabeza, los mil y un titulares que lo condenan como un docente irresponsable, un hombre cochino y un borracho vicioso con fotos que censuran el gráficamente mutilado cadáver de Irina y hablan del eterno escándalo de culitos blancos siendo asesinados por manos morenas, pobres asesinando a los pudientes, clases sociales odiándose entre sí. Pero nunca es así, jamás es tan unidimensional como eso, dice su sociólogo interno. Seca otro vaso. Velzú está en plena narración de su búsqueda, todo ese trote intenso por las calles gritando su nombre, todo en vano. Todavía se lo siente algo jadeante y el sudor no se le ha secado, pero el efecto del trago lo va relajando más y más. Ahora te entiendo Culito, ahora sé algo de cómo sufriste cuando se perdió tu condenado perro, ese horrible pug mimado que era el único que te quería, piensa Obrañez pero le dice a su hermana algo acerca una rubiecita como presa perfecta de esa jungla en la que vivían y ella intenta pensar en positivo hasta que Jorge interrumpe los consuelos y la declara muerta, momento en el que Velzú pide calma y empieza a reconstruir los hechos desde el inicio. A Frida se le escapa un ronquido. Todos, menos ella, beben.

Con las primeras luces del alba vuelve Granizo. Ni bien llega se seca cinco vasos de singani y pone música para romper el ruidoso silencio de la sala. Se lo ve inquieto y asustado. Velzú, que lo conoce bien, le pregunta qué fue lo que vio y Granizo comenta algo sobre un jeep de vidrios oscuros en medio de las laberínticas calles de la Piedad, uno desde donde salían gemidos y gritos desesperados de una chica. Habla de su duda, su temor. Pensé que la Irinita estaba ahí y, no pues, me tuve que animar a tocarles la ventana, dice con Little Green Bag de fondo. Obrañez hace un terrible esfuerzo mental para distraer la mente de las imágenes del cadáver de Irina, del Culito Silvino y del escándalo que le espera, para poder escuchar el relato de Granizo. Ni bien toqué la puerta del jeep medio que me arrepentí porque juraba que iba a encontrarme con una mirada amenazante o el ojo ciclópeo del cañón de un arma, dice Damián mientras todos apresuran el trago y afuera se escuchan los gritos de la policía. Dentro vi a cuatro tipos y una changuita. Dos adelante y otros dos atrás con la changuita. La chica tenía la ropa rasgada y varios moretones, estaba llorando, el tipo de adelante tenía una pistola y los de atrás tenían las erecciones afuera, dice Granizo frotándose el ojo izquierdo con las yemas de la mano izquierda. No era la Irina, aclara, era otra chica que me miró como rogándome. Busco a otro chica les dije, aclara Damián. Si buscas a otra, esta no es, así que no jodas me dijo el conductor y el de al lado asintió y puso su mano en el arma, prosigue Granizo, así que corrí hacía el lado contrario de la ruta a tu casa. ¿Por si te seguían?, pregunta Jorge. Sí, responde Damián. Al volver me encontré con un policía y lo llevé al lugar pero ya no estaban, concluye con los ojos llorosos.

Ya despunta el alba, son casi las 7 de la mañana. Jorge y su hermana se han dormido en los sillones. Por el contrario, Frida está recién despertando y se frota los ojos mientras Granizo la pone al tanto de la situación. Velzú pone música y parece todo derrotado y borracho. Obrañez mira el vacío y en su fuero interno prepara todas las declaraciones que tendrá que dar. Las disculpas a los padres, a la comunidad académica, a sus otros alumnos, a sus propios padres, a sí mismo y, con el tiempo, al fantasma de Irina. Recuerda con cariño al Culito Silvino. Claro, piensa, a vos hermano lo que te jodía de tu mala suerte no eran esas cosas de las que los demás nos reíamos, como cuando en el curso descubriste de la peor forma que eras intolerante a la lactosa, o esa vez que te retamos a hacerte una paja en el baño de chicos del cole y te desgarraste el pito, que encima vimos todos los chicos y las chicas que se reían, por supuesto. Obrañez mira los rayos de la resolana iluminando el gris ambiente, bebe otro seco de singani y empieza a coquetear con la idea de prepararse un café antes de ir a la comisaría. Afuera los policías siguen gritando. Colosio Obrañez, en esta sinfonía, descubre que se siente triste, completamente derrotado. A lado suyo escucha un beso. Serán la Frida y el Damián, piensa. Claro pues Culito, a vos no te iba bien con las minas como les va a los muchachos, eso es lo que más te dolía, reflexiona Obrañez. Era que todas te rechazaban, todas te detestaban y eso que eras buen tipo y no tan feo. Y cuando les agradabas, algo pasaba que te lo cagaba todo. En colegio éramos nosotros que nos gustaba torturarte, pero ya de adulto era nomás tu suerte de mierda. Esa misma suerte que te puso en el camino de esa gringa. La Anne Lippowitz, murmura Obrañez y recuerda a esa mujer de pelos rubios casi blancos y piel pecosa. A ella le gustaste, y ella nos gustaba. Te la quisimos bajar, pero ella te era fiel. En secreto nomás, porque vos tampoco te animabas a hacer nada pese a que te gustaba, pero lo malo de la desgracia y la mala fortuna es que cuando te acostumbras a ella, la esperas en cada esquina, piensa Colosio y apresura su último trago desde la botella misma. Pero te moriste cabrón y te juro que fue ridículo, te moriste cuando ella al fin se te confesó, cuando estábamos los tres esperando micro en la avenida y charlábamos sobre lo mierda que son las películas románticas, me acuerdo que te dijo algo en su idioma europeo y vos te quedaste anonadado, presa de la incredulidad y luego de la euforia, esa que te hizo saltar y saltar con una alegría desconocida para ti y yo te veía y no me la creía, pero sonreía por vos, carajo, sonreía y mi cara se congeló en esa sonrisa cuando tu fortuna hizo que te tropezaras y como payaso tambalearas tu camino al medio de la calle, donde recuperaste el equilibrio en el preciso instante que dos irresponsables carros se chocaron contigo al medio. La cabeza de Obrañez se llena de las imágenes de ese día, los restos del Culito, su cabeza estallada, sus tripas desparramadas, los autos como acordeones, el rostro de Anne, los conductores ebrios e ilesos, la sonrisa congelada en su propia boca. Se lanza a llorar. Con amargura y miedo llora silenciosamente y son Velzú y Granizo quienes se acercan a intentar consolarlo mientras que Frida, todavía somnolienta, se levanta, se agarra la cabeza que le duele, camina por el pasillo hacia la puerta del baño principal, que está frente al escritorio, y se queda ahí parada tratando de recordar cuál es cuál, mientras que Irina duerme plácidamente en el colchón tendido en el suelo del escritorio.