Posts etiquetados ‘Diablo’

Cuando Lucifer llegó al lugar donde lo habían invocado apenas pudo contener un bufido de molestia. No le molestaban los llamados, después de todo eran parte de su trabajo así que los asumía con total responsabilidad; lo que lo fastidiaba era la maldita actitud humana de pensar en él como un condenado villano, uno de esos seres enfermos que disfrutaban con la sangre, la muerte, y otras basuras muy humanas que no terminaban de entender. Pero, aun si era uno de esos raros humanos que entendían, lo hacían temblar mientras mantenía la cara impávida para no dar a relucir su asco, o su miedo, o algo que no tenía nombre en palabras humanas, algo que solo él y Dios conocían; ese sentimiento de observar a los humanos, de escucharlos hablar como si fuesen dueños de la verdad  querer reírse, querer llorar, querer gritar con todas sus fuerzas, mandando al olvido mundos y creando otros en el proceso.

Luego reparó en el humano que lo había invocado, notó que no era uno de esos tipos fríos y, de verdad, malignos, tampoco era uno de esos poseros sanguinarios, peor un metalero tatuado con frases satánicas que no tenían pies ni cabeza para quien sea que lo conociese a él o a su vasta progenie, en realidad su invocador no era más que un tipo raro, de pelo largo, todo lampiño y flacucho, vestido con pilchas finas y rimbombantes; parecía otro de esos hijitos de papá que lo llamaban cuando un morbo picaba sus curiosidades y hacían rituales con una emoción colmada de fantasías estúpidas y rencores floridos, rencores que buscaban ser satisfechos a costa de cualquier precio imposible, esos malcriados que en un arranque de ira mandaban al infierno a sus padres y vivían el resto de sus vidas lamentándose, culpándolo a él por algo tan monstruoso como quitarle a sus padres. Cobardes hipócritas a los que les llegaba demasiado tarde el arrepentimiento, que no podían asumir la responsabilidad de sus actos hasta que sus vidas terminaban en un solo lamento de culpa. Putos humanos y su entendimiento tan pobre de todo.

– Loco, mirá que no tengo nada de plata y hay un conciertango brutal en unos días. – dijo el muchacho con una voz gruesa infestada de algunos gallos que delataban lo joven que era. – pero tampoco te puedo estar dando mi alma ¿no ve? Entonces ¿qué propones flaco? ¿qué puedo darte a cambio de algunos billetotes?

Lucifer no contestó. Recordó sus días en el cielo, cuando los ángeles vagaban por los algodonosos confines de las nubes, derrochando grácilmente la exacta actitud del muchacho, como si aquel chico flacucho fuese un ángel caído que venía a recordarle aquellos días horribles en que se tenía que tragar a los ángeles y sus pavoneos coquetos y egomaníacos, sin mencionar a Dios y sus pretensiones de haber creado a los ángeles y a las cosas cuando ni siquiera sabía qué rayos hacía el mentado árbol prohibido a los humanos, cuando los humanos todavía eran dos y no eran tan variados, ni tan cretinos.

– Respóndeme, pues, loquito que estoy desesperado. – el muchacho esperó un buen rato pero a Lucifer no se le ocurría qué podía responderle a un ser tan angélico, le costaba comunicarse con esa clase de seres, no por nada había escapado del cielo. – porque si no se te ocurre nada yo tengo un par de ideas por ahí que te pueden estar sirviendo.

Mantuvo el silencio, pero asintió con la cabeza, notó que el muchacho se estremecía aunque no había miedo en aquellos ojos ambarinos que gritaban “jale” por todas partes.

– Yo en eso del alma no creo, pero por si acaso cuido la mía. Aunque, eso sí, puedo asegurarme de darte varias otras almas, vos me dices más o menos cómo y yo me doy forma de conseguirlas, porque un alma es un alma pero varias…bueno, vos debes ser de esos que mientras más consiga mejor está, así que es buena oferta ¿o no?

Lucifer se empecinó en su quieta y silenciosa terquedad. No emitió sonido alguno, solo recordó a Dios y sus ángeles, recordó la caída al infierno y la libertad absoluta de saberse su propio jefe, los deberes magros de ser el portero del inframundo y la plena sensación de bienestar que traía no oír los coros divinos, ni oler los alientos angélicos que se desgastaban en palabras tan propias de la boca de Dios, como si todos fueran el lamebotas ese de Metatron que solo repetía incansablemente lo que Dios improvisaba en las borracheras más intensas.

– Tengo una mejor idea… – prosiguió el muchacho.

Pocas cosas arruinaban el humor de Lucifer como las actitudes angelicales. Los condenados humanos pensaban en los ángeles como seres de luz, como la inocencia más bondadosa que un mundo pútrido como el suyo podía anhelar. A los humanos les gustaban los ángeles pues en ellos podían proyectar todos sus sueños de perfección y todas las bondades que el tiempo les iba robando, los humanos elegían rezar a los ángeles buscando sus protecciones porque en el fondo sabían que a los ángeles les valía tres palmas de pito lo que pudiese pasarles, y los humanos eran tan mentirosos que lo único que querían eran más mentiras que los dejasen seguir adelante, siempre adelante, nunca atrás, ni a los lados, ni arriba, ni abajo.

– Te daré las almas de millones de infantes, lo haré en un pestañeo y las tendrás en la palma de tu mano.

El muchacho insistía, ajeno a que Lucifer estaba pero no estaba y en tal condición no hizo nada cuando el chico tomó su mano, ni tampoco hizo nada cuando la sintió posada sobre el miembro erecto del jovenzuelo, solo pudo recordar a Dios y sus berrinches mientras el muchacho le cerraba los dedos en torno a su pene y movía su mano asiéndolo por la muñeca, empezando lento y continuando cada vez más rápido, progresivamente raído, soltando jadeos fuertes y gemidos que parecían gruñidos trancados en su garganta. Cerró los ojos y vio claramente a los coros de ángeles rodeándolo, a Dios mirando sonriente desde un trono improvisado desde donde se hacía al importante, y cuando en su mano nadaron muchos infantes condenados a la no-vida, cuando el último gemido del muchacho hubo escapado, solo entonces volvió a sentir la cálida ligereza de las sustancias angelicales chorreando de su rostro, los coros de risas y el chillido furioso que salió de su boca mandando a la mierda a Dios, que era peor que los mortales, separando el suave algodón de las nubes y tirándose al vacío, inmortal y liberado, dejando que el viento limpiase los restos de ese mundo celestial pegados a su rostro, listo para darle la bienvenida al calor de los fuegos infernales, que hacia rato clamaban por alguien que los cuidase, ansioso de ser el custodio de ese ejercito de pecadores a los ojos de un cretino, que no tenían quien los hiciese sentir bien en sus concepciones masoquistas del perdón, ni quien les brindase la paz eterna de saber que podían pagar todas sus deudas, todas sus culpas.

Cuando abrió los ojos vio los perdidos irises del muchacho muy cercanos a los suyos y supo que él tampoco era nada como para juzgar a los mortales por mentirse, cuando justamente chasqueaba los dedos para dejarle un montón de dinero al flacucho muchacho, quien se reía como desquiciado.

Anuncios

horror_by_Cybergore

 

Cuando llegamos a la finca de los Avellardo estábamos algo cansados por la caminata desde la carretera hasta el caserón, aparte que lo habíamos hecho en medio de la noche y sin linternas ante la insistencia de Álvaro de acostumbrar los ojos a ver en la oscuridad porque, según él, había que ahorrar baterías. Fue una caminata agotadora y confusa por un camino complicado y sin sendero claro, además que la oscuridad en el campo es diferente, por esa falta de artificialidad, y no hay más luz que las estrellas, que aquella noche brillaban por su ausencia, para colmos la lluvia había creado un fango arcilloso que restaba estabilidad a nuestros pasos y los rumores de la noche nos turbaban, así como los gritos del viento que amedrentaban el coraje. Pero supongo que es más fácil ponerte cobarde cuando te piensas desamparado en medio de la nada.

Se sentía una especie de compañía no deseada a nuestro alrededor, aunque no podría especificar si éramos nosotros los no deseados, o si lo no deseado era esa incertidumbre de qué pasaba. Sin luz no se distinguía quién era quién, o qué era qué, todo se resumía en el frío penetrante y la marcha a ciegas hacia la finca, apenas vislumbrando las rocas del camino, las ramas de árboles altos y tétricos que parecían brazos de ancianos tratando de acariciarnos. Si la ausencia de luna y estrellas era inquietante, ninguno de nosotros la mencionaba, concentrados, como estábamos, en mantenernos en pie hasta llegar al “Nogal”.

Lo primero que hicimos, cuando al fin llegamos, fue lanzarnos rendidos a un antiguo sillón de la sala, mientras Álvaro se daba el trabajo de revisar la casa. Me sentía agradecido por tener electricidad en aquel ombligo del mundo, y solo me levanté a verter el contenido de mi cantimplora en la caldera que descansaba en una de las dos hornillas de la mini cocina a gas, los demás se pararon a ordenar el resto de la cocina y las camas del dormitorio principal. La mesa para doce pronto crujió ante el peso de los víveres que habíamos llevado, Eduardo llenaba con recatos la alacena húmeda con algunos de ellos y yo servía té para tres y café para uno, pues nunca puedo dormir si no tomo café. La vejez de la casa me irritaba, de alguna manera, sus muebles polvorientos y crujientes, los insectos paseándose por el piso sucio con la total libertad del abandono humano. No me sentía muy cómodo, pero siempre me gustó irme al campo para extrañar la ciudad. Eduardo y Álvaro mataban alacranes en el otro cuarto, riendo y recordando anécdotas, sus preciados viejos tiempos pues ambos habían crecido visitando frecuentemente esa finca, al igual que Edmundo, quien cocinaba algo ligero y, creo, me contaba algo acerca su carrera, o quizá cosas sobre el clima, o las estrellas… Edmundo siempre fue de esos que adoran las estrellas y le gusta hablar sobre ellas, así que lo dejaba dar su cháchara mientras yo escuchaba intranquilo a Álvaro y su risa seca ante cada alacrán muerto, preocupado por que los matasen a todos y que no pasase que en una de las sacudidas de las sabanas se escapara uno y nos matase durante la oscuridad absoluta de la noche rupestre. Luego de comer todos en paz y charlar de esto y de aquello, entre risas nos venció el sueño y nos metimos en las camas del cuarto principal. Fue linda aquella noche. Solo nosotros, disfrutando de ese auto exilio de la vida.

Antes de dormir todos juramos despertar a las siete para poder salir a caminar por el campo, pero igual nos dormimos hasta eso de las diez y despertamos para un desayuno rápido, a la par que planeábamos el resto del día. Eduardo y yo nos encargamos de ir al pueblo para hacer algunas compras, Álvaro se quedó a limpiar mientras que Edmundo llenaba la piscina.

El pueblo era un simple reducto del mundo que, al menos, estaba pavimentado, y no hacía mucho en aquel entonces. Relleno con casas que parecían de barro y que cuando uno miraba dentro eran oscuras y húmedas, poseedor de pocos y elusivos habitantes, aquel pueblo contaba con instalaciones para un mercado más grandes de lo necesario y hasta un paupérrimo hospital, sin doctor que lo atienda. El pueblo tenía un aire antiguo, imposible de ignorar en medio de aquel silencio profundo tan propio del campo. Contaba la leyenda que desde un balcón, de este pueblo, la capitana más famosa del mundo había arengado a sus tropas, en orden de enfrentar a esos demonios que los esclavizaban. Observaba yo, justamente, este balcón, pensando en lo fácil que hoy en día le resultaría a un francotirador matar a quien sea se subiese ahí, cuando sentí el primer escalofrío. Fue rápido, casi letal y me hizo mirar a mi alrededor como si el francotirador de mi mente estuviese a punto de matarme. De ahí lo recordé: “los francotiradores solo matan gente que vale la pena”.

–      ¿Ernesto?

Me despertó Eduardo de mi alerta, me señaló la tienda y fuimos con calma mientras reíamos un poco, sin pensar en nada, uan sacudido por aquel escalofrío. Creo que hablábamos algo de que cuando uno no está en casa, la rutina se vuelve tan chica y lejana que al retornar todo su peso parece capaz de matarnos, pero ahí, en el Nogal, todo quedaba tan lejos con ese cielo caluroso y la promesa de pura diversión, o de excesos que uno nunca olvida, y eso hacía que la rutina del diario vivir pareciera una nada.

La tiendita la atendía una chiquilla que hubiera sido como cualquier otra, salvo que era difImagen001erente. Su silueta recordaba a un ideal extraño para aquellos que vivían en el pueblo, puesto que nadie tenía un cuerpo como ese entre sus habitantes; incluso por el detalle del pelo negro inmaculado parecía ser tan distinta. Pero lo más increíble eran sus ojos verdes. Tenían una grandeza especial, vivaces pícaramente pero como envueltos en una capa brillante de desconfianza que se notaba tanto en esa su, maldita, claridad. ¿Qué puedo decir? Hay memorias que revives con rencor, quizá por lo que pasó pero más por lo que no pasó. No hablaba mucho, la muchacha, ni cuando le pedimos pan, ni cuando preguntamos por cerveza, ni durante la viandada o el atún. Eso sí, sonrió con alguno de mis chistes y bajó la mirada cuando puse mis ojos en los suyos. Ahí supe que la deseaba.

Mientras Eduardo visitaba la iglesia me quedé con ella para convencerla de ir a la finca.

–      ¿El Nogal?- me preguntó con duda.

–      ¡Claro! ¡Anímate! Hay piscina, habrá parrillada, te vas a divertir – dije con la cachondería oculta en un velo de cordialidad.

Ahora recuerdo que me miró a los ojos y sonrió, despertando aun más lujuria en mí, concentrando mis pensamientos en imágenes de sus curvas, sus elevaciones, la sensualidad de sus exactas carnosidades como si fuese alguna especie de necesitado. Al final pude convencerla y quedamos en que iría a eso de las seis a la finca. Regresamos, con Eduardo, rápido para ayudar a arreglarlo todo para la tarde pues en unas horas más llegaría más gente desde la ciudad. Pasamos mucho tiempo sacando basuras, revolviendo cuartos olvidados que nadie, ni el cuidador, habitaban, sorprendiéndonos ante el polvo y el desgaste de todo, riéndonos de las historias que Álvaro contaba acerca del pasado oscuro de esa región. Él, junto a Eduardo y Edmundo, eran hijos de los actuales herederos de la finca. Eduardo y Edmundo hermanos y Álvaro su primo. Durante su infancia visitaron muchas veces El Nogal, conocieron la finca cuando era más grande y desde niños se habían familiarizado con las leyendas, historias, anécdotas y lugares de aquel sitio. Siempre contaban como cazaban pajarillos, o cómo los locales actuaban frente a ellos, también me contaron historias de duendes y aparecidos, las cuales en su momento encontré ridículas. Aun de niño prefería la lógica y la aplicaba a todo lo que me decían. Mi madre era la única crédula, ella estaba feliz creyendo que yo me tragaba todo eso de Papa Noel, el Conejo de Pascua y todos esos bichos, pero nunca lo hice. Las historias de los Avellardo no eran distintas. Todo el asunto de los aparecidos, del Silbaco ese, del diablo y esa clase de pendejadas simplemente no calzaban en la estructura lógica de la realidad. De mi realidad.

A eso de las 4 terminamos de limpiar. Yo me eché a dormir un rato, hasta eso de las cinco y media que fue cuando llegaron los demás.

La fiesta prometía. Invitamos a muchísima gente que acudieron a la finca en camionetas, petas, motocicletas que dejaron parqueadas delante la entrada principal de la vieja finca, llegaron muchos invitados y otros tantos no invitados pero que igual entraron con mucha familiaridad a la casona. Amigos, desconocidos, chicas lindas, carne a montones, mucho alcohol, música, además que Renato y Benjamín habían llevado marihuana para todos, y en cantidades bíblicas. También se tomaron la molestia de llevar unos cuantos ácidos, hongos y peyote para quien quisiese hundirse en la más profunda de las inconsciencias, olvidarse definitivamente del mundo, de los alrededores, sumergirse en un viaje inútil al olvido, que fue como yo siempre lo ví y experimenté. Tan solo un viaje al falso misticismo del no-quiero-que-nada-me importe. Pero con todo éramos una fiesta épica y ruidosa, éramos tipos apurando sus bebidas y muchachas mareadas que se dejaban toquetear coquetamente por tipos igual de ebrios que ellas, éramos gritos de euforia y bocas llenas de carne sangrante con un deje de limón y grasa de parrilla, cervezas derramadas en los pisos antiguos de los patios de la anciana finca, y música moderna que los silencios de la pampa no conocían.

De hecho, fue una gran noche. Cocinamos, reímos, algunos bailaban, otros bebían, unos cuantos se iban aparte con Renato y Benjamín a perderse en esas anestesias. A eso de las seis y media llegó la chica de la tienda. La recibí contento, y algo orgulloso de las miradas de envidia tanto de chicos como de chicas. Me la llevé a un lado y la engatusé como pude, me empeñé y logré seducirla a toda costa, bajo cualquier precio. A medida que pasaba la noche, la escuchaba hablar y hablar cada vez menos tímida, le juraba no cargar demasiado su vaso mientras aumentaba las dosis de ron y bajaba el nivel de refresco. Se llamaba Amanda, en honor a una madrina española que tenía, esa noche me contó que su madre siempre le repetía que esa madrina era su madre verdadera, pues su padre era un puto de aquellos. Lo cual, viéndola, tenía sentido pues sus rasgos eran muy distintos, pese a que conservaban cierto aire parecido, a los lugareños, especialmente en su piel morena tan suave a la vista, y al tacto como pude notar cuando la toqué por primera vez en su vida. Cuando nos quedamos solos me la llevé a la piscina y me apresuré a tenerla desnuda y solo para mí, quitándole la chance a otro hombre de ser el primero al ver un rastro de sangre en el agua. Solos, los dos, en una entrega bizarra, placenteramente gozosa. Puro promesas vacías mías, palabras que la compraban para seguir probando su piel morena y esos sus ojos brillantes, completamente seguro de que en una semana me iría del Nogal y no volvería a verla nunca más.

Cuando desperté estaba avanzada la mañana. Me sentía observado. Me encontraba en la habitación principal, enfrente mío dormía Eduardo en un catre viejo y astillado, a su izquierda estaba Edmundo tumbado en la cama con dosel como elefante muerto, junto a una chica que no logré reconocer, fue mientras buscaba a Álvaro en la cama de la derecha que descubrí, a mi lado, la mirada de Amanda cargada de una sonrisa ligera. Y al recordar la noche anterior, sonreí también. No me molestó mucho que siguiese ahí, después de todo estaríamos seis días más en el Nogal y tenerla cerca a lo mejor hasta resultaba grato. Me paré y fui a la huerta a orinar, reparando en que me preocupaba un poco que la pobre tuviese algún desliz con su interpretación de mis intenciones, pero esos pensamientos desaparecieron cuando ella se presentó en la cocina mientras yo calentaba agua para el desayuno. Estaba completamente vestida y parecía dispuesta a escabullirse. Recuerdo haber pensado “genial, esta chica lo entendió todo bien”, no quería tenerla cerca si no iba a ser para divertirnos. Es como cuando acaricias a un perro callejero, pues es probable que te siga en busca de más caricias. Pero yo no quería esa responsabilidad. Yo solo quería vivir tranquilo y feliz, sin preocupaciones ni sufrimientos. Me acerqué para darle un beso de despedida en la mejilla pero de algún modo terminamos enrollados sobre la mesa del comedor, como si no tuviésemos control de nuestros actos.

Tras terminar, ella se vistió nuevamente y se encaminó a la puerta trasera de la finca, decidí escoltarla pretendiendo caballerosidad, haciendo quizá algún comentario estúpido, o tal vez sugiriéndole venir otro día, hasta que llegamos al umbral de la puerta trasera y nos vimos, ambos, paralizados por un miedo extraño pero intenso, tan descorazonantemente fuerte que solo 1010100_10152287841325281_1685268524_npudimos congelarnos por un rato. El sol quemaba la pampa, el sonido de muchas abejas perforaba la extraña calma, el verde de las plantas parecía brillar con un fulgor cegador y hermoso mientras nosotros, congelados en el umbral de aquella puerta, temblábamos ligeramente, sudando frío y con expresiones blancas y de sorpresa. Finalmente, al movernos nuevamente, automáticamente nos tomamos de la mano y entramos de nuevo a la cocina. Ella temblaba. Yo también. La abracé y ella me besó.

A nadie le pareció raro que Amanda se quedase, tal vez porque del otro cuarto salieron cinco amigos más y en el patio había otros tres durmiendo la mona. Desayunamos todos juntos, y no se podía negar el ambiente festivo pero no exento de la resaca. Aquel miedo parecía una lejana memoria, para mí y para amanda, y el único sombrío era Camilo quien, tras despertar en el patio, se unió al desayuno y bebía su café con una mirada trepidante y ausente.

Álvaro recordaba, en voz alta, los pormenores de la noche anterior, y no dejaba en paz a Eduardo pues creía haberlo visto con una amiga suya, haciéndose la burla ruidosamente, a propósito de ello. Tal vez por eso fue tan descolocadora la pregunta de Camilo, ¿o sería su tono de voz? ¿su mirada desquiciada y perdida en un punto sucio de la pared de la casona?, hubo algo en él que nos extrañó cuando se paró y preguntó:

–      ¿Alguien sabe quién era el de rojo?

–      ¿De rojo? Que yo recuerde no vi a nadie usando rojo anoche. – contestó Álvaro con una sonrisa cordial.

–      Te digo que vi a un tipo vestido de rojo- dijo Camilo con un tono que sonaba a súplica, sus ojos estaban muy abiertos y su mano izquierda se cerró como un puño. Su consternación empezaba a preocuparnos. Nadie recordaba a nadie de rojo.

–      ¿Qué hay del cuidador?- preguntó una chica con cara de sueño. Amanda se apretó contra mía.

–      No, el cuidador se fue de viaje ayer cuando llegamos. – respondió distraídamente Edmundo.

Todos callamos. Nadie parecía muy deseoso de crearse un misterio tan temprano, sobre todo después de semejante fiesta. Álvaro intentaba retomar el ambiente festivo, Eduardo parecía deseoso de seguir durmiendo, Edmundo le miraba el escote a la chica con la que había pasado la noche, los demás en silencio. Al final alguien sugirió ver las fotos para comprobar lo que Camilo decía. Mientras Eduardo iba por la cámara, todos guardamos un profundo silencio. Teníamos ganas de reírnos, pero Camilo parecía tan turbado que ni siquiera esas ganas podían contra la pesadez de su ánimo. Cuando empezamos a ver las fotos, sin embargo, no pudimos evitar reírnos ante las cosas que veíamos, o que decía alguno de los presentes, menos Camilo que miraba expectante y desorbitado. Habían fotos de la parrilla, Eduardo riendo, Álvaro sin polera saltando a la piscina, yo secando un shot de tequila, Amanda posando sonriente y sugerentemente, una foto que una chica maldijo porque salía con los ojos cerrados, la fogata, y así hasta que llegamos a una foto curiosa: muchos sentados alrededor de la fogata que había preparado Edmundo, riendo y gritando felices. Lo curioso era Camilo brindando con un tipo bajito que estaba de espaldas a la foto y vestía un traje rojo. Sus pelos canosos eran lo único que se veía de su cabeza. Nadie lo reconoció, no aparecía en otras fotos. Todos se preguntaron por su identidad, pero al no poder llegar a respuesta alguna simplemente nos conformamos con pensar que era un viejo colado.

Después de un rato algunos se marcharon a la ciudad. Solo Camilo, mi amiga Érica y Benjamín prefirieron quedarse. El resto del día pasó en el letargo de la resaca; Edmundo dormía, Eduardo escuchaba música romántica con sus audífonos, Álvaro salió en busca de perdigones y yo jugueteaba con Amanda. Por su lado, Camilo revisaba las fotos una y otra vez inquietando a Érica, quien se quejaba en voz alta de la actitud de Camilo. Benjamín, aburrido de esas quejas, optó por fumarse un porro y echarse a ver el cielo embobado. Todo el día pasó en una calma intensa donde incluso si nacía la idea de hacer algo, moría en los labios de quien la propusiese, como si todos deseáramos mantener aquella absurda quietud. Fue una tarde de muertos, de calor infernal y de un letargo como nunca sentí después. Sse sentía horriblemente irremediable, como si ni siquiera aferrarme al cuerpo de Amanda y esforzarnos en hacer ruido nos ayudase a escapar del silencio.

Por la noche escuchamos una risa. Calentábamos las sobras del día anterior al son de esta risa, una de esas forzadas y malintencionadas. Camilo no tenía hambre, parecía enfermo y no pudo parar de vomitar en todo aquel día, se lo veía triste y nos pedía que lo dejáramos solo. Después de un rato nos dimos cuenta que cuando se apartaba de nuestro lado, recién comenzaban las risas. Érica sugirió que Camilo se hacía el gracioso y que no le prestemos atención. No necesitaba decirlo, sentíamos mucha desesperante calma en el ambiente como para ocuparnos de los desvaríos de alguien.

Dormimos en la misma disposición que la noche anterior. Eduardo frente mío pero a la derecha, Edmundo frente mío pero mirando a Eduardo, Álvaro a mi derecha y yo con Amanda. Fue la primera vez que el miedo me quitó el sueño. Me era tan extraño y nuevo el estar en la oscuridad sin poder sentirme tranquilo, envuelto por esa tan palpable negrura, y pese a que sabía jhtgjgfque Amanda dormía a mi lado, pese a que recordaba la distribución de mis amigos en la habitación, pese a todo eso, la oscuridad era tan extrema que no podía recordarlo, ni siquiera podía ver mis manos pero sentía que podía tocar a la oscuridad y que la oscuridad me tocaba a mí, y los dos temíamos al otro. Lo de verdad inquietante era que Amanda me abrazaba pero yo no la sentía. Solo podía sentir un desamparo en el mundo y no lograba encontrar nada en mis pensamientos que me diese indicios de mi vida previa, me abandoné a la desesperanza sin dormir y angustiado, dedicándole mis pensamientos a la brevedad de la vida y a la tortuosa reflexión acerca qué pasaría una vez yo muerto. Edmundo diría el cielo o el infierno, pero yo diría que no sabemos, diría que hay certezas demasiado absolutas como para ser ciertas. Y en esa oscuridad, el miedo a la nada se intensificaba por una risa maldita que viajaba en medio de esa ceguera forzada, obligándome a llorar hasta caer dormido.

Fuí el primero en despertar. Estaba abrazado de Amanda y no quise pararme. Vi que Álvaro estaba despertando y que tampoco parecía querer pararse. Nos quedamos en silencio. Tras un rato Eduardo despertó, y también se quedó callado esperando, hasta que Edmundo despertó casi al mismo tiempo que Amanda. Nadie habló, ni nos movimos, tan solo nos quedamos esperando, como si lo supiésemos de antemano, casi como si estuviésemos esperando el grito tremendo que vino del cuarto de al lado. Recuerdo haberme parado y vestido con calma. Eduardo y Edmundo salieron en pijamas y a toda prisa, Álvaro buscó primero su cuchillo y tras ello se apresuró al otro cuarto, ero yo seguía vistiéndome con calma, y una vez que estuve bien vestido dejé a Amanda en la cama y me dirigí al sitio del grito. Estaba Camilo tirado en su cama con las venas abiertas, la sangre fluía como una maldita fuente de agua, esparciéndose por el cuarto y hasta, incluso, manchando el techo. Era posible vislumbrar los huesos de Camilo a través de las heridas, estaba desnudo y tenía marcas de mordidas casi humanas por todo el pecho. Lo peor era su expresión, sus ojos abiertos y en blanco con lágrimas aun cayéndole copiosamente, como si estuviese vivo pese a la ridícula gravedad de sus heridas. Quise gritar ante su boca torcida que contenía un estertor, su escalofriante aire de absoluto horror en vida y ese mirar que brillaba con una chispa de vida, aun cuando comprobamos que no tenía pulso o latidos. Érica lloraba petrificada en su cama, vomitaba pero no parecía darse cuenta de ello, Benjamín miraba al suelo repitiendo algo que no logré entender. Entre Álvaro y Edmundo calmaron a esos dos, mientras Eduardo y yo revisábamos el cadáver. Las heridas estaban hechas con violencia profunda, era como un descuartizamiento incompleto. Sentí que Álvaro y Edmundo llevaban a Érica y Benjamín a la cocina para que, rato después, un grito histérico nos urgiese a correr a nosotros también hasta ahí.

Sentado en la mesa estaba un enano de gran nariz. Vestía un entero de color rojo con una capa negra, en sus manos arrugadas y filosas sostenía un sombrero de copa muy desgastado. Sus ojos nos analizaban con picardía, de rato en rato se llevaba a la boca una taza de peltre, ocultando por un rato su sonrisa terrorífica y amplia que dejaba ver una serie de colmillos afilados.

–      ¡Aaah! Buenos días- dijo con una voz ronca, aguda y un tanto cantada.

Nos mantuvimos callados ante el asombro. Ver su cara arrugada y su narizota era, de algún modo, una confirmación de que la sanidad era algo del pasado.

–      Dije: “Buenos días”. Lo educado es que me saluden de vuelta.

Érica rompió a llorar, Álvaro y Eduardo saludaron débilmente, Benjamín vomitó sobre Edmundo y yo corrí donde Amanda, quien temblaba sin saber por qué.

El extraño ser nos hizo sentar en la mesa. Nos miraba burlonamente mientras cada quién hacía lo imposible por no mirarlo.

–      ¡Aaah! Pues me presentaré. Les diría mi nombre pero es algo que humanos estúpidos no podrían pronunciar, algo demasiado sublime y exquisito, digno de los duendes, como para que un humano lo sepa en toda su magnitud. Pero supongo que debo darles un nombre. Pueden llamarme el Duende Sombrerero.

Lo dijo con un canturreo molesto para su voz carrasposa, casi como una dicha arrogante. Sin embargo lo que más nos sorprendió fue que se presentase, justamente, como una de las criaturas de las historias del campo. El duende sombrerero era una criatura que raptaba niños y se los comía, contaba la leyenda que disfrutaba, especialmente, los pequeños dedos de los cAskCnwniños que deambulan muy lejos de casa. Se decía que era un monstruo astuto y engañoso, que se ocultaba para cazar sus presas y que no se dejaba ver por los humanos. Pero ahí estaba uno, sentado en la cocina de los Avellardo, a pocos metros de donde Camilo yacía en su horroroso lecho de muerte.

 

–      Los he salvado- dijo el Duende mientras sacaba una gran pipa. Todos callamos, solo se escuchaban los sollozos de Érica- Los rescaté de sus muertes.

Una expresión de ira se dibujó en la cara del Duende tras esperar vanamente una respuesta. Presintiendo el peligro Edmundo preguntó, en medio de un tartamudeo, por qué decía eso. La expresión del Duende se suavizó y esbozó una amplia sonrisa.

–      Mi amigo… él vino por la noche y quiso devorarlos. Pero lo contuve, oh sí oh sí, vaya que contuve a ese sanguinario carnívoro.

–      ¿Tu amigo o tú?- pregunté con rabia en la voz y la mirada.

–      ¡Aaah! ¡Ernesto! Te he estado viendo. Tú deberías haber nacido duende – contestó en medio de una carcajada – pero, de hecho, los he salvado. Verán, mi amigo siente un placer especial por masticar los miembros de su víctima, disfrutándolos lentamente. Y sé de buena fuente que siempre está añorando ser bañado en la purificante sangre que expulsan ustedes, los humanos, cuando los descuartizamos. – prendió su pipa y se quedó mirando fijamente a Érica llorando. Así nos quedamos por un rato hasta que nos obligó a todos a fumar con él, tras ello se puso su sombrero y salió por la puerta trasera de la cocina que daba a la huerta.

La pampa sonaba a silencio. Desde el balcón del patio observábamos aturdidos la pampa con las montañas de fondo. Érica aun lloraba a mares, de rato en rato le venían espasmos espumosos e incontenibles, Benjamín optó por fumarse hierba hasta que su mirada se ausentó, Álvaro sacó el viejo rifle de su abuelo y se dedicó a darle mantenimiento, Eduardo rezaba con toda su ruidosa fe, Amanda estaba desmayada en un sillón, Edmundo y yo mirábamos al vacío en silencio. Creo que ambos buscábamos lógica a lo que habíamos visto. Al menos yo lo hacía, con una confusión creciente y desesperante.

Después de que se marchase el Duende hubo un caos tremendo. Nadie sabía qué hacer, o a qué atenerse cuando ya no escuchamos su risa. Nadie quería volver a ver el cadáver de Camilo pero, a eso de las diez de la mañana, llegó Santiago Mataindios, el famoso amigo del Duende, a comerse el cadáver. Apareció con su atuendo igual al de la estatua de la iglesia. Es más, parecía una de ellas pero más grande, debía de tener unos dos metros de altura, su piel era, también, como las de las estatuas de la iglesia, parecía hecha de cerámica y yeso, lo cual le daba un aire más inquietante ¿Qué tan a menudo un objeto como esos camina? Nunca. E igual lo vimos llegar, desde el balcón, con lentitud golémica, dejándonos paralizados ante su presencia. Pateó la puerta para abrirla, subió hasta donde Edmundo y yo mirábamos sin movernos, nos hizo un saludo sacándose el sombrero. Sus ojos de estatua estaban fijos en nosotros. Sin vida y con esa imposibilidad de movimiento, sus ojos se posaron de una manera tal, que descubrí que Edmundo y yo estábamos llorando ante la mera vista. La boca de Santiago Mataindios se abrió ligeramente, como la de una marioneta, y de allí salió un sonido como un gruñido de animal furioso y moribundo que aun nos persigue. Tras su saludo descendió con calma y se encerró en la casa ante la sorpresa de todos. No pasó mucho hasta que escuchamos mordidas, huesos rotos, líquido escurriéndose entre los dedos de Santiago y sus gruñidos ansiosos. Dos horas más tarde salió inmaculado, nos saludó de nuevo y se marchó. Nadie quiso entrar a la casa por un rato. Cuando finalmente lo hicimos, no pudimos encontrar rastro alguno de la existencia de Camilo, ni una sola mancha, ni un solo trozo de su ser, ni siquiera sus cosas, como si nunca hubiese venido.

 

XXXXXXX

 

La sequía azotaba la pampa desde hacía tres semanas. Para nosotros esto era crítico, pues hacía unos días que pudimos confirmar que Amanda estaba embarazada. Al principio nos asustamos porque sin agua, ni comida, era muy difícil cuidarla adecuadamente. Pero el Duende nos ayudó. Aparecía por las noches con una bolsa llena de manjares que solo Amanda podía comer, nosotros teníamos que comprar nuestra comida del pueblo y el dinero no era exactamente abundante. Cada día Santiago Mataindios nos traía dos grandes baldes con agua, se aparecía por la puerta trasera, la abría violentamente y dejaba los baldes en pleno patio, siempre con esa inexpresividad que me parecía hambre, yéndose con la misma velocidad con que llegaba. Por las tardes nos visitaba el Duende. Se quedaba horas charlando con cada uno, por lo general pregonaba su talento para cocinar, 551478_10151540104409835_181291349_ndescribía “suculentos” platos de niños asados, freídos, al horno, en aceite, en sus propios jugos, rellenos de vegetales y especias que solo los duendes conocen, o sopa de ojos y, su favorito, deditos acaramelados. Álvaro lo odiaba, no soportaba sus comentarios sardónicos ni sus alusiones al mundo de los duendes. A mí no me molestaba tanto, pero me sentía intimidado por su modo de mirarme cuando estaba con Amanda, me inquietaba también su manera constante de buscarme, charlarme como si fuese un amigo perdido instándome a fumar pipa con él, mirándome con malicia y sonreír mientras mencionaba que yo habría sido un grande entre los duendes con esa su voz de gallo. Eduardo y Edmundo estaban más espantados con Santiago el apóstol, quien a veces venía con el Duende y se sentaba silente a escuchar nuestras conversaciones mirando a la nada, comiéndose algún animalito muerto o algún miembro humano, casi con distracción.

El calor era cada día peor. En el pueblo corría el rumor de que el diablo se paseaba por los alrededores quemando cruces, y una viuda afirmaba haberlo visto orinar en el agua bendita de la iglesia. La pobre anciana lo gritó por las calles desiertas del pueblito, e incluso llegó a culpar al diablo de ese calor infernal pero nadie salió a escucharla por mucho que sabían que no mentía, ni exageraba. Al día siguiente se encontraron huellas descomunales marcadas en el duro concreto de la plaza y el cura bendijo cada esquina de pueblo solo para que se escuchase una carcajada burlona esa misma noche.

No mucho después el Duende lo invitó a nuestra mesa. Todas las noches, mientras el Duende alimentaba a Amanda con su bolsa de manjares, nosotros comíamos lo que podíamos en compañía de Santiago, pero desde entonces se nos unió la mole imponente del Diablo. Parecía un gigantesco fisicoculturista, sus músculos era tan abultados y marcados que asqueaba, tenía ojos completamente blancos, bigotes finos y cuernos gigantescos, se sentó junto a Santiago el apóstol y entre ambos se devoraron a la mujer gorda del pueblo. Era un charlatán, hablaba hasta por los codos y siempre decía la cosa adecuada, sus chistes eran muy buenos y hasta su olor era delicioso y adictivo, a diferencia de Santiago que dejaba un olor a azufre intenso.

El Diablo nunca se marchó. Más bien se acomodó en la antigua cama de Camilo para el horror de Érica y Benjamín. Después de eso, cada mañana se los notaba nerviosos y fatigados, a punto de llorar o gritar, pero el Diablo siempre bien, manteniéndose fresco y con su encantador carisma. Se levantaba tarde y salía hasta la noche, regresaba cuando Érica estaba a punto de dormirse entre sollozos, la levantaba y los obligaba a rezar, junto a él, tres padres nuestros, seis aves marías y un credo. Una noche trajo más inquilinos para “El Nogal”: varios súcubos y un íncubo que se acomodaron en distintas partes, algunos afuera, otros adentro, lo más se metían en nuestras camas o nos llamaban a las suyas con sus miradas de ojos falsos que nos invitaban a creer en su amor. Solo Benjamín cedió cuando no pudo más, pero cuando lo vimos al día siguiente lo encontramos drogado con todo lo que había podido traer o encontrar, dándole a su presencia un aire de retardo y el Diablo que se reía frotándose las manos con ansia, complacido por verlo en semejante estado.

 

XXXXXXX

 

Pese a no tener control médico, Amanda iba por su cuarto mes con aparente lozanía y hasta felicidad. Me sorprendía lo resistente que era a los monstruos que desfilaban en sus narices cada día. No mucho después del Diablo y su séquito infernal, fueron llegando fantasmas y condenados, cosas amarillas con miles de ojos que daban la impresión de saber algo de cada uno de nosotros, y después la insoportable presencia de la Achalay y su séquito de ninfas y sirenas, además de mil ciraturas y pesadillas indescriptibles que se paseaban por la casona y los patios.

Las noches se tornaron en terribles y no estoy muy seguro cómo sobrevivimos a lo que pasamos durante todo ese tiempo, porque tampoco existía el tiempo, parecía alargado e irresoluto, como un susurro que intentábamos escuchar. El Diablo y los suyos se perdían en ruidosas fiestas en que se divertían burlándose de nosotros, en actos impensables con todas esas bellas ninfas y sirenas, mismas que después nos buscaban y trataban de tentarnos. Cada día una nueva criatura se nos acercaba, uno de esos días pude ver un insecto del tamaño de un caballo trepándose a mi cama, mientras yo me orinaba inevitablemente, llorando a mares y maldiciendo la vida. Alrededor del segundo mes se instaló una niñita que pedía a gritos sus muñecas a una bailarina de ballet con piernas de cabra. En el pueblo nos llamaban “los malditos”, se decía que en el Nogal se respiraba un aire pesado, se rumoreaba que quien sea que estuviese por las cercanías desaparecía. El Duende decía que la culpa era de Edmundo, Eduardo, Álvaro y mía por nuestro aspecto: pálidos, sin bañarnos pero por la falta de agua, barbudos, olorosos, flacos, cansados y con una eterna cara de sufrimiento. El único momento que recuerdo haber sonreído fue cuando encontramos un tapado y no tuvimos que trabajar más. Ya por el sexto mes el pueblo entero se escondía a nuestro paso. Esto desesperaba sobre todo a Eduardo, según él eso solo levantaba una duda en su cabeza ¿estábamos vivos o muertos?

Personalmente no me importaba si estábamos vivos o muertos, tampoco me importaba el tiempo, ni el trabajo o el hambre. Me importaba la oscuridad, me importaba Amanda. Todo aquello era más ficción que terror. Así lo vemos hoy al menos. En su momento sufrimos por las muchas noches sin dormir, aterrados de cada habitante de la puta finca y escapábamos a largas caminatas por el campo hasta que nos deshidratábamos sudando, la mayoría de las veces nos seguía alguno de esos y se burlaba 1655915_10152300932604835_1014388940_nde nosotros con risas estridentes, igual que cuando regresábamos solo para quedar atrapados en sus fiestas interminables, pero cuando la panza de Amanda se hizo muy grande ya ni escapar podíamos. Ella estaba en su séptimo mes y parecía ilusionada, hasta planeaba llamar al bebé Ernesto como yo, su padre, o Sara si salía mujercita, como su madre-madrina española. Se preocupaba de comer bien, de cuidarse de hacer esfuerzos o cualquier asunto que la pusiese en riesgo de abortar, y el Duende también se preocupaba por ella. La acompañaba todo el día, charlándole para entretenerla, viendo si se encontraba cómoda, sirviéndole lujosos y deliciosos platos, y se portaba raro cuando yo estaba ahí. Todo era raro, por Satanás y Amanda no notaba nada, estaba tan feliz por su bebé que no notaba a las criaturas que vivían en la finca. Era todo tan bizarro al punto que Amanda solía recibirme cariñosa y alegre, deseosa de mimar y ser mimada como si fuéramos una pareja normal y no rehenes de todas esas criaturas. Me veía flaco, deshidratado, ojeroso y asustado pero me daba besitos tiernos, me preparaba sopas reconfortantes y me decía palabras hermosas, aparte me contaba su día, me hablaba del Duende como su mejor amigo y lo invitaba a comer con nosotros, pese a que él siempre declinaba probar bocado y prefería quedarse mirándome malicioso, sonriendo ampliamente con sus dientes de aguja y haciendo comentarios de doble sentido, sugiriendo que yo debería de haber nacido duende, fumando su pipa y carcajeándose suavemente de algún secreto.

Siete meses. A los siete meses yo me entregué a beber y beber sabiendo que nunca cesaría de tener sed. Edmundo, por su lado, parecía contrariado. Lo cierto es que nadie dormía mucho, pero creo que eso le afectaba mucho más a él, encima aseguraba que la Achalay se metía a su cama y lo tentaba todas las noches. Eduardo juraba que encerrándose en la capilla de la finca estaba protegido, pero eso le duró hasta que los sirios empezaron a flotar solitos y de la estatua de la virgen salieron gusanos con patas y dientes que le arrancaron un dedo del pie, cuando eso pasó decidimos dormir todos cerca al río, pero ahí los aparecidos no dejaban de mostrar sus desfiguradas formas y ahuyentaban la cordura y el sueño, entonces nos largábamos al pueblo a fumar en la plaza principal; y nadie se nos acercaba, nadie quería estar en contacto con nosotros, los maldecidos. Para ese entonces Álvaro ya acompañaba a Santiago a cazar, el uno iba con su rifle de la guerra del Chaco y el otro en su caballo blanco como el hielo, con su espada bañada en sangre de indios. Ericka estaba muerta una semana ya, no había podido soportar al miembro de un diablo que una de esas noches había decidido violarla. Lo peor fue verla colgando de la pelvis de aquel demonio durante días y días porque el muy ‘joputa le daba risa tenerla como ornamento. Benjamín murió de sobredosis y entre Santiago y el Diablo se dieron un festín con su cuerpo, luego caminaron por la pampa totalmente drogados de tanta droga que había en el cuerpo del tonto de Benjamín.

Edmundo se repetía que estábamos muertos, creo que lo hacía como excusa para dejarse convencer por la Achalay sin miedo al deliquio mortal pero sin sucumbir nunca, Álvaro se protegía enseñándole usar el rifle a Santiago mientras los demonios se reían de Eduardo rezando empecinadamente. Por esos tiempos le agarré un gran cariño a Amanda, para mediados de su séptimo mes conocía gran parte de su vida y secretos que ella me había confiado, todos esos pensamientos tan suyos, muy suyos, que me ahuyentaban la realidad horrible y me hacían quererla, dejarme convencer con las bellezas de la paternidad y hasta desear que de una vez salga ese niño o niña. Para el octavo mes todo era Amanda y poco me preocupaba de la vida de los demás, y tal vez por eso no noté que el silencio de la pampa se iba llenando cada vez más y más de seres innombrables y ruidos inefables. Los días se fueron llenando de un calor intenso que parecía incendiar el pasto que dejaba ese color verdoso para dar paso a un amarillo opaco que al tacto era demasiado seco y áspero, y para colmos la Achalay convocaba a las ninfas y sirenas y las hacía danzar en el patio principal de la finca, como si con el sol no bastara para esas presencias seductoras que insistían en elevar las temperaturas más aun. Pero yo no miraba mucho ese espectáculo, yo me perdía más en que todo me sonaba a Amanda. Y ahora lo pienso y lo sobrepienso y siento que debí hablar más con el Duende. Debí tragarme el miedo y preguntarle cosas, sacarle cuanto pudiese de lo que nos rodeaba, a lo mejor hasta podríamos haber visto venir más cosas, no sé. Incluso creo que habríamos tenido menos miedo, especialmente de Santiago, quien cada día estaba más inquieto, y quien después de dominar el uso del rifle inmediatamente se sentó en una piedra del segundo patio y se quedó inmóvil. Era impresionante ver esos ojos, pintados sobre el yeso y la cerámica, estar así de quietos, estando cerca a él se respiraba un aire que cortaba el pecho y provocaba mucho frío en todas partes. Era casi fantasmal verlo sin moverse bajo las luces de la mañana, o al crepitar de los fuegos que provocaban las orgías de los muchos seres que invadieron la finca, era hasta insoportable esperar el momento en que posaría los ojos sobre uno y se lanzaría a toda velocidad para devorar la carne de nuestros huesos débiles. Los chicos pasaban todo el tiempo en aquel patio con la esperanza de que Santiago tuviese hambre, pero yo me encerraba en el cuarto de Amanda y le acariciaba el vientre, se lo besaba, le susurraba promesas y me quedaba callado cuando el Duende dejaba de lado sus obligaciones y modales de anfitrión y entraba al cuarto, a veces acompañado por alguna criatura a la que le susurraba cosas mientras yo podía sentir una atención asesina posada en mi persona, en mi debilitado ser que ya no podía dormir a ninguna hora, un ente cognoscente cuyo cuerpo no podía reconocer sus propias funciones, que vivía cada momento de la realidad como un soñador atrapado en una pesadilla que nunca cesaba, que parecía alargarse durante décadas y décadas pero sin jamás moverse, un trozo de carne que sabía que nada de aquello era real pero que se electrizaba cada vez que algo le demostraba que todo era cierto, que la realidad y el horror eran el mismo espacio vacío al que miraba a cada segundo y que ese espacio avanzaba y devoraba todo a su paso en una orgía de sangre, intestinos y llanto.

Era todo un círculo. Esa maldita realidad cíclica que le decían. Todos los días las mismas pesadillas se repetían en las caderas de las ninfas, los senos de las sirenas, los ojos de la Achalay, en los tentáculos que salían de los suelos, o de las extremidades de manchas borrosas que se deslizaban por las piedras y las maderas, por el pasto seco y la tierra mojada de las babas de bestias enormes y hediondas, con la sangre de demonios, de insectos, o los excrementos de humanoides. Cada día era el mismo y hasta era automático. Nos movíamos entre las pesadillas sin chistar, les traíamos aquello que nos ordenaban llevarles, los dejábamos amenazar con vejarnos y vilipendiarnos y luego cargábamos los cadáveres de lo que quedaba del pueblo y los apilábamos cerca a la plaza principal. Y los pueblerinos nunca se extinguían, las pesadillas nunca paraban, los demonios nunca descendían, Amanda no paría y ni Santiago se movía.

Un día apilábamos cuerpos cercenados, todo manchados en sangre, sudando y oliendo mal, nuestros cuerpos magullados apenas podían moverse a sí mismos por lo que cargar con esos trozos de carne muerta resultaba tortuoso. Había algo en el aire que nunca habíamos olido antes, pero que luego supimos se debía a la falta de gente dentro las casas. Estábamos en un pueblo silencioso que solo hedía a podrido y ya no a miedo. Antes podíamos escuchar los susurros asustados dentro de cada puerta y ventana, pero ahora solo veíamos las almas en pena quejarse adoloridas y sin posibilidad de muerte. Pero no era solo eso, había algo más en las estructuras de los tiempos y los susurros del viento, notaba algo distinto en las miradas de Eduardo, Edmundo y Álvaro, y el mismo camino que recorríamos, en esa eternidad, del pueblo a la finca, de la finca al pueblo, parecía haber cambiado de colores. Los cafés enlodados y los mostazas de paja pasaron a ser guindos rocosos y gris cielo, olía a sudor, todo olía a sudor y a sexo, como si una fiesta estuviese pasando, como si el calor trajese el hedor de los cadáveres descomponiéndose en la plaza del pueblo. Y fue en un desvío del camino entre el pueblo y la finca que nos encontramos con el Duende, sentado en una roca enorme que el río había traído hacía muchos años. No habló. Solo sonreía con sus dientes de aguja y miraba al cielo con paz en el rostro. Era casi religioso ver aquel rostro arrugado y horrible inundado por paz, Eduardo jura que era como si el Duende hubiese visto la cara de Dios, pero nadie que vea eso no podría continuar su vida sin perderse en el horror. Pasó un rato así, y luego se fijo en todos nosotros y no dijo nada. No habló. Volvió a sonreír y a by Bruno Nacifmirar al cielo. El atardecer lluvioso nos obligó a movernos rápido por la luz blanca que se proyectaba en la pampa y que parecía exenta de los brillos lúgubres de las criaturas y sus festejos. El calor había desaparecido y ya no sudábamos sino que nos mojábamos en la, cada vez un poco más, torrencial lluvia. Y era como si los cielos limpiaran la suciedad de mi cuerpo, de los cuerpos de mis amigos, el olor a sudor desaparecía y en su lugar mi nariz se inundaba de ese aroma a tierra y pasto mojados; Edmundo jura que el pasto seco se iba pintando de verde a medida que la lluvia lo empapaba, y puedo creerle porque aquella lluvia parecía una irrealidad hecha real, esa lluvia desbordaba el río teñido de rojo carmesí en cuya fuerte corriente se podían ver trozos de personas o partes indescriptibles de aquellas pesadillas, quienes se mataban las unas a las otras en los patios de la finca. Recuerdo que nos quedamos en el umbral de la puerta trasera de la finca, mojándonos en la lluvia, descansando de alguna forma pues fuera del rumor de las gotas no había otro sonido a nuestro alrededor y cuando entramos vimos a todas aquellas criaturas durmientes, descansando en paz como si fuera una tarde de verano, echados a lo largo de los patios, algunos roncando, otros abrazados entre sí, era totalmente inenarrable ver a todos esos monstruos en semejantes actitudes, como si fueran gente de bien, como si todo un pueblo no yaciera muerto en su propia plaza, como si el río teñido de sangre no fuera un espectáculo para helar el alma. Nos fuimos a buscar a Amanda y al pasar por el segundo patio comprobamos que Santiago seguía ahí, completamente inmóvil, pero con una ligera sonrisa en su cara de estatua. Entramos pero no encontrábamos a Amanda por ninguna parte, y un presentimiento funesto se apoderaba de todos nosotros. Tranquilamente salimos de la durmiente finca y corrimos por el sendero a buscar al Duende.

Quizá no la vi antes, quizá nos distrajimos tanto con la paz y quietud en el rostro del Duende que no nos fijamos en nuestro alrededor, no notamos las manchas oscuras en la piedra gigantesca que había traído el río, o tal vez el rojo del río nos acostumbró tanto que ni siquiera notamos las tonalidades de rojo mezclándose con el verde y el amarillo del pasto, con el café de la tierra, con el gris y blanco del cielo, con el transparente de la lluvia o el guindo y beige de las hojas. Asumo que estábamos tan cansados y demolidos que ya no era raro observar partes humanas por doquier y pienso que ya después de un rato no las veíamos, las bloqueábamos de nuestras miradas porque mirarlas era horrorizarse y ya no nos alcanzaban las fuerzas para tener miedo. Pero cuando retornamos a la piedra lo vimos. Lo vimos y Edmundo vomitó, Álvaro apartó la mirada mientras que Eduardo y yo lloramos. Sobre un montoncito de pasto arrancado, en la base de la piedra gigantesca, descansaba el cuerpo de Amanda. Desnuda con la piel, antes morena, ahora blanca como la leche, con un fulgor en cada centímetro de su cuerpo, las piernas largas contrastadas por pequeñas gotas rojas y algo de tierra, los brazos rasguñados, las manos sin dedos, los senos redondos y hermosos emanando hilillos de leche, el vientre abierto como si hubiera explotado desde dentro, su interior vacío y color carne, su rostro paralizado en terror, sus ojos abiertos y verdes con tonalidades de amarillo invadiéndolos como en un mal chiste post mortem, su pelo negro alrededor su cabeza como un sol. Amanda muerta descansaba sobre un montoncito de pasto. Y mientras Edmundo y Álvaro le ponían rosas, margaritas, lirios y jazmines, Eduardo sacó un encendedor de su bolsillo y empezó a quemar eucaliptos mientras rezaba en voz alta y yo miraba la sangre seca, los pedazos de intestinos repartidos por todas partes y escuchaba el sonido del masticar del Duende, hasta que no pude más y trepé a la piedra. El Duende me recibió con un abrazo cariñoso que me sabía a hermandad.

–      ¿Quieres? – dijo extendiéndome con su brazo derecho un pequeño brazito arrancado violentamente, a la par que se valía de su brazo y mano izquierda para devorar una regordeta piernita cubierta en placenta y sangre.

Grité. Grité hasta que dolió, lloré mirando como el Duende se reía con la boca llena y con el viento furioso acariciando mi rostro. Después vomité sobre la piedra y el Duende se reía más y más, casi atragantándose con su comida.

–      ¡Ah! ¡Deberías haberlo visto, Ernesto! ¡La fiesta se disparó! ¡Íbamos en comparsa por los patios! Y, no me vas a creer, pero Amanda vino voluntariamente mi querido Ernesto, se paró a duras penas y bailó con nosotros. Bailó tanto y con tanta fuerza que entró en labores de parto cuando nuestra comparsa pasaba por acá. – los ojos púrpuras del Duende no abandonaban los míos, sus arrugas parecían más pronunciadas ante la luz del cielo y la lluvia nos tenía calados a todos. Edmundo y Álvaro lloraban en silencio cerca de mí, Eduardo gritaba su rezo como desquiciado. – Me dio pena, créeme, me dio mucha pena. La muchachilla lloraba Ernesto, gritaba de dolor. Y te juro que si me quedé fue por buen samaritano, los demás marcharon a seguir la fiesta, y yo me quedé aquí a asistirla – su cara de bondad parecía sincera – ¿cómo, preguntas? – continuó tras mi silencio – Pues, simple. Introduje mi mano por su vientre y saqué al niño. Niña, quiero decir. Era enérgica, deberías estar orgulloso porque también era hermosa. Tenía deditos sabrositos. Suculentos, Ernesto. – una especie de locura empezaba a heder en él, en mí. – como para chuparlos por horas, los tragué ni siquiera los comí, y los de Amanda tampoco estaban mal, pero no se compara con lo suculenta que era la carne de ese bebé. Me estoy guardando el torso Ernesto, es chiquito pero carnoso. Es demasiado delicioso – la lluvia amilanó, los vientos se callaron, mis amigos seguían cerca, el Duende se puso serio, yo seguía llorando – Tu producto es excelente. A decir verdad, es lo mejor que he probado, aun los ojos tenían sabor a miel, era irreal mi queridísimo Ernesto. – el Duende acercó su rostro al mío, parecía como si estuviera a punto de besarme, podía oler la carne cruda en su aliento, podía contar los pliegues de sus arrugas. – Quédate. – susurró – Quédate con nosotros y hazme niños, puedes ser el chef principal de mis cocinas.

No respondí. Solo me quedé llorando. El Duende insistía e insistía y lo hizo hasta que le rogué que no, hasta que me volví loco gritando que por favor no. Y el Duende nunca perdió su sonrisa, ni tampoco se enojó, nos condujo de nuevo a la finca y nos dio de beber, lleno nuestros vasos de chicha, cerveza, vino y quién sabe que otros licores, nos dejamos alimentar por sus manjares y por todo aquello que solo las pesadillas devoran, nos dejamos desnudar por la Achalay y sus ninfas y sirenas, copulamos con todas ellas ya sin pensar en nuestra mortalidad, como si no estuviéramos cansados, ni tristes o enojados. Solo teníamos miedo. Eduardo, Edmundo, Álvaro, yo, todos desnudos y asustados, invadidos, siendo invadidos, registrando fugaces vistazos de las criaturas y sintiendo sus asperezas, viscosidades, la consistencia porosa de muchas pieles, o insectos entrándose a nuestras bocas. Recuerdo lenguas llenando mis intestinos y garras causando las cicatrices que aun hoy desfiguran mi espalda, recuerdo a Edmundo jadeando mientras una sirena le chupaba el cuello, a Eduardo gimiendo ante cada embate de los demonios, me recuerdo a mi mismo llenando y siendo llenado, recuerdo que ya no sentía placer después de un buen rato y que lo único que importaba era evitar que el horror me desquiciase ahí mismo.

Cuando abrí los ojos estaba en el segundo patio. Mantuve la mirada en el sol, esperando que todo hubiese sido un sueño, pese a que el ardor de las heridas en mi espalda me decía lo contrario. Me incorporé y noté que Santiago no estaba ahí, y que todas esas criaturas yacían muertas en charcos de los líquidos que segregaban sus masas corporales. Desnudo, solo, dolido, triste, horrorizado, me paseé por entre los cuerpos inertes de mil y un pesadillas y recorrí los vericuetos de la casa, los pasajes de mi memoria que ahora se asemejaban a pesadillas y cuando terminé de pensar y caminar me encontré con Santiago rematando a la última criatura en el umbral de la puerta trasera que daba al río. Estaban, tanto él como su espada, empapados en sangre y en líquidos de distintos colores, dándole un aspecto como si estuviera empapado por arcoíris de brutalidad. Santiago mascaba, se tragaba todo lo que estaba a su alcance con voracidad, desde los bellos contornos de la Achalay hasta los dedos como garras del Duende, cosas innombrables entraban por la boca de Santiago y yo observaba sentado, triste, ojeroso, viendo a la oscuridad y sintiendo que ella me veía a mí, y ambos nos temíamos. De la capilla, de la orilla del rio, de la copa de un árbol fueron saliendo Eduardo, Álvaro y Edmundo, quienes también se sentaron a ver al Mataindios aniquilando con sus fauces devoradoras. Cuando hubo terminado alguien murmuró “Dios” y Santiago se nos acercó lentamente, no nos movimos, esperamos resignados que llegase, pero solo se quedó mirándonos con sus ojos de bafometa, inexpresivo nos transmitía el vacío en sus facciones, en el fulgor del yeso y la cerámica y entonces dijo con una voz profunda y devastadora: “Soy yo”. Luego se dio la vuelta y se subió a su caballo blanco, a paso ligero se fue alejando y nosotros lo seguimos en silencio, hasta que llegó a la iglesia del pueblo y se posó en el lugar que le correspondía como imagen de santo, quedándose inmóvil en la misma posición en que lo encontramos dos años más tarde, cuando volvimos a la finca para hacer una parrillada y supimos que los nuevos habitantes del pueblo le rendían tributo cada semana.

Al salir de la iglesia volvimos a la finca, recogimos nuestras cosas, nos bañamos en las aguas del río que ya estaban menos rojas, nos vestimos y caminamos de vuelta al pueblo, donde encontramos un auto viejo y abandonado. Nos subimos sin mucha prisa y arrancamos para alejarnos del pueblo. Eduardo y yo íbamos atrás, Álvaro conducía y Edmundo iba de copiloto. Antes de llegar a la ciudad lanzamos el auto de un peñasco y proseguimos a pie hasta la ciudad donde nos recibieron con alegría y sin muchas preguntas.

Imagen005

Al Diablo todo el mundo lo trata de usted cuando se lo encuentran, pero a sus espaldas no escatiman en los insultos más abyectos y denigrantes que puedan encontrar. Como si desde su limitada omnipotencia el Diablo no pudiese escucharlos convertirlo en el villano de la película, apoyando ciegamente a los, por contraposición, buenos. Acostumbrados a esa cruzada contra el mal, los creyentes de las religiones judeo-cristianas, y quizá otras más, se empeñan en que desprecies al Diablo; lo convierten en el enemigo de la humanidad, el portador del Mal Supremo (en mayúsculas, para mayor drama) que nos arrastrará por gana y gusto al infierno, donde la pasará bomba torturándonos, durante algo tan largo como la eternidad, con las cosas más asquerosas y dolorosas. Torturas que están más allá de lo que sea que la capacidad humana pudiese imaginar. Y, por supuesto, es probable que estén en lo cierto.

Hay muchas chances de que el Diablo sea tan malo como lo pintan, o incluso peor. No por nada se le teme, ni en vano se le ha puesto en esa posición de truhán, no olvidemos que todo villano (que se respete) busca alterar el orden triunfante. Lo cuestiona y lo desestabiliza con sus actos, haciendo que aquellos que viven en ese dichoso orden tiemblen aterrados de que se acabe el idilio y despierten del sueño/pesadilla que es su orden bien amado. El caos, o una promesa de caos, eso representa la malignidad del Diablo. ¿Quién nos ha pintado al Diablo así? ¿Quién, que lo haya conocido, podría venir a desmentirnos, o confirmarnos, semejante imagen? ¿Acaso fue el mismísimo Dios aquel que, motivado por quién sabe qué, nos introdujo esta imagen nefanda del portero del inframundo? ¿O fueron los hombres quienes, sesgados por un asombro al cual nombraron terror, testificaron en su contra? ¿Quién fue el primero en esconderse en las faldas de Dios al sentir el calor de las llamas infernales? ¿O acaso el Diablo se buscó su fama concienzudamente? ¿Se habrá dado cuenta que los humanos tienden a recordar al villano con más pasión de la que jamás podrán atribuir a la memoria de los héroes? ¿Lo forzaron a ser quien es solo por mera estrategia de marketing? ¿Habrá atinado a notar que se necesitaba del otro extremo? ¿Será Dios su amo o su rival? Hay demasiadas preguntas, pero ninguna respuesta. Algo sí es seguro para quienes se meten al baile de las creencias: es el Diablo quien siempre fue maligno. Siempre ese villano despreciable y nefando. Pero constante, como casi nadie en las mitologías y creencias que ha sustentado el hombre a traves de su historia. No necesitamos ver más allá de Dios, ese bipolar, que primero fue un cruel y vengativo padre, y luego decidió convertirse en el amoroso y comprensivo castigador.

Con Dios nunca se sabe. Si bien los creyentes se amparan en su amor, también lideran vidas guiadas por esas leyes que separan lo bueno de lo malo, resienten al perdón pues nunca saben, más allá de la fe, si es que lo han obtenido, y buscan evitar las tentaciones del maligno para ganarse su pequeño pedazo de cielo. Poseedores del libre albedrío, se eligen como los hijos de Dios y renuncian a la quimérica libertad absoluta (pues nadie, creyente o no, la tiene) para aferrarse a las normativas que instituciones humanas traducen de los comandos celestiales. Y el Diablo siempre maligno, siempre villano, nunca cambiando, el eterno torturador y tentador; el Diablo nunca se da por vencido en su cruzada contra el Alfa y el Omega. Superado, venido a menos, despreciado y limitado, el Diablo pelea una guerra que muchos darían por imposible, y lo hace sin tirar jamás la toalla. Con nuestra amargura y tormento como objetivos principales, el Diablo nunca nos pierde de vista, así mientras todos le temen al abandono de Dios, pocos se dan cuenta que es peor cuando hasta el Diablo nos desampara.

¿Qué pasaría si aquellos que creen encuentran algo peor que el Diablo? ¿Qué es lo que diría el Pastor acerca la oveja que desea ser poseída por Satanás para dejar de sufrir tanto? ¿En qué punto de la fe lo infernal se vuelve un consuelo? Y ante todo ¿Cómo hace Dios para juzgar y castigar sin que lo equiparen al Diablo? De nuevo: preguntas sin respuestas, cuando menos respuestas sesgadas por las creencias. Mejor invoquemos al Diablo, pues Dios es tímido y solo habla con sus escogidos, y preguntémosle que piensa.

Por Adrián Nieve/Diodoro

“¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!

(Nietzsche, 1888)

Nací hace setenta años exactos y es todo lo que diré sobre ello. Quizá porque esa fecha no tuvo ninguna importancia sino hasta que cumplí cuarenta y tres, cuando dejé de ser un cualquiera y me convertí en profeta; eso no me aseguró ni la mujer ni la comida en la mesa pero sí la inmortalidad. Hoy me dicen maestro y me miran con temor, hoy miro con desdén y hago mofa de su credulidad. Quien sea que vea esta video confesión espero tenga un buen sentido del humor, sobre todo si fue uno de mis creyentes. Después de todo, no se juega con la fé de millones para luego confesar la travesura con tanta calma. Incluso con tanto goce. Me inauguré de profeta días después de que mi esposa me dejara, lo hizo por razones comprensibles, lo cierto es que no tengo la más mínima costumbre de higiene u orden, el trabajo tampoco es amigo mío y nunca quise su compañía; por otra parte si le había quitado a esa persona el vestido y la chapa de hembra lo hice con todo el sufrimiento de quien se sabe un hijo de puta. Vine a perjudicarla a ella, justamente tan santurrona, tan mojigata, tan perjudicable. Asumo que fui su peor calvario pues ni me casé en iglesia, ni le hice un hijo y, siendo sincero, en más de una ocasión a mí me dio asco acostarme conmigo mismo. Pero la resignación es así, es capaz de tragar mierda con tal de no claudicar ante la derrota, supongo. Segundos después que ella cerrara la puerta entre sollozos –dándose cuenta de la vida perdida conmigo – fue arrollada por un auto en plena calle; fui testigo de esto ya que salí al umbral de la casa con fin de despedirme y desearle suerte en su vida. No sé si con deseo de mofa o de sacarle jugo a la tortura de mi presencia hasta el último segundo posible, pero sé que viendo volar sus maletas, que dejaban caer su contenido en una mistura de calzones y corpiños multicolores, algo dentro de mí conectó y empecé a reír frenéticamente, ¿Por qué?, pues porque ella siempre había querido hacer algo con su vida, y no era culpa mía que hubiera decidido postergarla por mí y… bueno… los quince segundos de nuestra sala a la calle no le bastaron para lograr nada. Al día siguiente continuaba sin poder parar mis carcajadas, y eran tan sonoras y contagiosas que todo el mundo se reía conmigo. Lo cierto era que al no poder parar, ni siquiera podía dormir o comer o hacer lo que sea, estaba varado en una mortal carcajada que bien podía haberme costado la vida.

Ahora, no recuerdo qué diablos fue lo que me condujo a trepar aquel cerro, pero lo ascendí en solitario escuchando mis sonoras carcajadas perderse en el silencio de aquella noche, y lo hacía rezando fervorosamente. “Por favor diosito, no dejes que me muera, no así, no ahora, no me mates a carcajadazos que no me imagino muerte más ridícula.” Y no sé si fue la entrega ciega a mi fe de aquella noche, o si fue el hálito de muerte que mi carcajada interminable brindaba a mis días, lo cierto es que cuando llegué a la cumbre me esperaba un Cristo gigantesco sentado sobre una piedra. Mi reacción fue reírme. Aun en medio de semejante carcajada, como resignándome a la locura o a la muerte, quizá a esas alturas ya ni me importaba. Pero cuando ese Jesús habló, la carcajada cesó. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que me dijo, tampoco me queda claro si era el diablo disfrazado o el mismísimo miembro de la Trinidad quién me dio el cargo de profeta. Total que no importaba mientras la risa cesase. Es mejor olvidarlo, pues a veces pienso que saber para qué clase de cretino predicaría me habría dificultado el trabajo.Y ahora que lo pienso, no podría continuar sin antes recordar cómo entré en consciencia de mi inmortalidad. No, no fue la muerte de mi esposa, aunque debo decir que librarme de ella me agudizó el oído que perdí por sus constantes quejas y mejoró el pulso que me temblaba con las tan seguidas ganas de golpearla que tenía. Tras el incidente con ese Cristo, me encontré a mi mismo en una planicie cerca del mar mediterráneo algunos años después sin la más mínima memoria de lo que había pasado desde aquella noche. Algo aturdido y cojudo, me levanté para toparme con el paisaje en que Gibreel y Chamcha habrían aterrizado tantos años atrás y caminé sin rumbo, pensando que todo aquello era un sueño prolongado hasta que llegué a una de esas fronteras donde la cortesía diplomática no necesita de copas y un buen vino, sino palos y balas. Cuando recibí el tiro en la cabeza sentí un fuerte dolor que se expandió a lo largo de mi cráneo y las órbitas de mis ojos, caí al suelo y desperté en una choza donde los afligidos padres de la muchacha, que sin querer había salvado al interponerme involuntariamente entre la bala y ella, me besaban las manos entre mocos y lágrimas. Ahí conocí a mi Magdalena, a ella parecía no importarle ni el aroma a podrido de mi cuerpo ni la obesidad transparentada en sudor que me caracterizaba. Esa mujer fue más que mi Magdalena, fue mi Aisha, eramos tan parecidos que nos comprendimos de inmediato, sus padres me la dieron en sinónimo de agradecimiento y ella aceptó de buena gana y sin poner ninguna queja.

A veces pienso que era aquel particular aroma que emitíamos, ambos, el que llamaba la atención de la gente antes que mis espectáculos suicidas. Y no saben lo curioso que me es haber olvidado el nombre de esa muchacha. Su presencia era como una herida leve, esas que arden de una manera adictiva, que te tocas solo para sentir ese ardor que te confirma estar vivo, porque ser inmortal es tan sólo otra forma de morir. La muchacha con sus modales tan tradicionales para su cultura, su entrega secreta cuando teníamos sexo, y el aroma consiguiente que nunca cesó de fascinar fueron un manantial en este infierno de la vida eterna. Estoy seguro que lo recuerdas espectador, de seguro que tú la viste allá por el inicio de mi prédica. Y debiste haberla deseado, todos la deseaban. No los culpo, su figura de ninfa era un ornamento a su aire tiránicamente atractivo, y muchos ojos la registraban exhaustivamente ante la sorpresa de mi enojo. Tenían la osadía de retarme mirando a mi mujer. Tenían el descaro de menospreciar mi autoridad imaginándose con ella en quién sabe qué actos de coito y lujuria. Y si la hice apedrear por los feligreses fue porque no existe mejor cura a la fe que la muerte del objeto divinizado, aun mejor si eres tú quien mata al objeto ¿O me dirás que aun habrían religiones judeo-cristianas si es que alguien se apareciese con el cadáver de Dios por la tele? Y acusarla, gozando ante la delicia de sus mansos ojos aceptando lo que es mejor para mí, fue la mejor manera de mostrar cuan absoluto soy, cuan fuerte es mi palabra, esa que todos atribuyen a ese Dios todopoderoso ¿Lo recuerdas no? Su cuerpo destrozado, luego profanado y nunca enterrado mas que en los estómagos de animales carroñeros, muerta en la misma planicie donde sin querer la salvé para añadirle un sentido de poesía a toda esa charada.Ahí aprendí que un profeta debe poder matar con su prédica a quienes se le oponen, y evitar que estos lo maten a él. Mi inmortalidad me salva de destinos patéticos como los de aquellos asesinados por snipers o pistoleros de morandanga. Mi inmortalidad solo me deja a los enemigos ideológicos, a esos símbolos que podrían alzarse más allá de mí. Y ella era uno, tenía que morir, tenía que eliminar su trascendencia si quería sacarle algo a mi inmortalidad.

Sí, espectador: soy inmortal. Soy de esos que no envejecen y nada puede matarlos, viviré para ver cómo los años pasan y el mundo va cambiando, estaré acá para cuando tus descendientes sean polvo puro y el mundo acabe. Y no sé si así moriré al fin o si quedaré flotando eternamente en el espacio en espera de llegar, tarde o temprano, a nuevos mundos. Pero no nos alejemos al futuro, centrémonos un momento en este presente aciago. Bueno, aciago para tí. Que si yo grabo este video es para dejar constancia de mis actos y que los miles de seguidores que esperan afuera de esta habitación por mi sagrada palabra se enteren, de una buena vez, de la clase de desgraciado que seguían ¿Cuántos crees que lo aguanten? ¿Cuántos lo negarán alegando una falsificación? ¿Cuál será el conteo de suicidios de este día? Si soy un profeta, no es porque diga cosas que algún santo o demonio me comunicaron. Soy un profeta demasiado humano, de esos que improvisa parábolas vacías cuando estoy frente a multitudes porque yo sé muy bien que no hay mejor garantía de éxito que la fé del prójimo. Si yo hubiese dicho a mis feligreses que el fin del mundo sería mañana, con la vasta cantidad de seguidores con que contamos, podría apostar que tranquilamente sus lloriqueos y pánico habrían traído un verdadero fin del mundo. Soy un cretino inmortal con la habilidad de predicar una Palabra vacía, una sarta de mentirotas a las que los más desesperanzados se aferran como bebé a un seno. Mis palabras son el maná, mis pensamientos son Dios, sin mí hace mucho que incontables centenares se habrían mandando a sí mismos a la mismísima mierda y hay un triunfo vacío en saberlo, hay un placer estúpido en disfrutarlo.

Ahora bien, volviendo a cómo llegué donde estoy, diré que el verdadero reto no fue lanzarme de los puentes o caminar sobre el agua para sorprender a la plebe. La plebe es ignorante, ergo fácil de sorprender. El verdadero conflicto fue crear una ficción. Aprenderás como mi predecesor aprendió, y como yo aprendí, que todo en este mundo es un circo, que todos cumplimos un rol en la gran ficción de la vida. Pero mi reto era doble; verás, mientras unos hacen el acto de guiar, otros realizan el acto de seguir, pero eso es vacío, lo que necesitaba para dar fuerza a mis palabras y acciones era mover a la gente para que no haga un acto, sino para que su acción esté guiada por la voluntad de la verdad, cuál, te preguntarás, y la respuesta es muy sencilla: la que ellos crearan. La gente buscaba un sentido que sus creencias no les daban, que la familia minaba, que el consumo asesinaba, que no iba acorde a los deseos del mercado en que vivían, masas de imbéciles incapaces de dar sentido a su vida y yo, pues, era el más indicado para dárselas al no tener aspiraciones ni deseos pero estar bendecido, o quizás maldito, con la eternidad. Yo era un significante vacío listo para ser llenado, un recipiente al gusto del consumidor, tan solo necesité decirles que sean en mí como quisieran ser en sí. Una quimera de desenfreno que respondía a sus necesidades humanas, las necesidades salvajes de la brutalidad, de la violencia, la lujuria y la gula en las que exceden capitalmente, en un mundo donde todo, o casi todo, es una excusa para la masturbación constante. Nuestros feligreses, antes de mí, vivían vidas masturbatorias donde consumían lo que los vendedores comerciaban y anunciaban, lo compraban para desecharlo dos días más tarde, con el vacío aun en sus pechos bullendo intensamente, preguntándose porqué teniendo todo aun estaba esa angustia asfixiante. Si digo que yo represento un vacío a ser llenado, es porque mis mentiras son tan horrendas que cualquiera prefiere creerlas. No solo porque son demasiado terribles, te equivocas mí querido espectador si eso es lo que piensas. Mis mentiras son terribles mas son esperanzadoras, pero además mis mentiras brindan algo que ningún producto que el consumismo ofrece puede brindar: saciedad. Si sufres hoy por haber comprado el celular que no servirá mañana, cuando te conviertes en un creyente de mi senda, de repente puedes abrazar cualquier frase mía y ensalzarla como un bálsamo a tu angustia, de pronto sentirte completo en lo incomprobable y mandar al cuerno a todo vendedor de fetiches, a todo comerciante que se plante en tu delante ¿Quién necesita al mundo y sus muletas cuando tienen la savia de la ceguera?

No te confundas, creer puede ser una ceguera, una sordera, ambas inclusive pero siempre conllevará a un mutismo leve. Creer puede significar saciedad, creer es llenar ese vacío donde te prendas de palabras que no entiendes y les das un sentido a tu medida, o mejor dicho a la medida de tus caprichos. Y te conozco espectador. Sé que el primero que verá esta suerte de confesión televisada será a quien nombre Papa de mi Iglesia y no sabes cómo me ahce reír eso. Perdóname, pero, como antaño, me rio a carcajadas imaginándote intentando explicar lo inexplicable, porque tú y yo sabemos que este video será destruido en cuanto termine. Y no porque aprecies a los feligreses, no porque creas en el evangelio falso que he proporcionado a este mundo, cuya veracidad fue sostenida por mis actos públicos de suicidios que acababan en mi persona con vida. Si tú destruyes este video será para no perder el poder que ahora probaste, dedicarás tu vida a mis mentiras, tal como mis esposas, y morirás del mismo modo, mientras yo sigo lastimando a este mundo con mis profecías nefandas, usando diferentes máscaras en distintos tiempos. Y reiré mientras me consuelo con que no importa si fue Dios o el Diablo quien me habló esa noche, lo único que de verdad importa es que está de mi lado.

Seguramente te estarás preguntando porqué siendo yo inmortal te dejo a ti, que morirás, mi iglesia. Te preguntarás porqué los abandono y no porque les mentí. Te preguntarás el porqué de mi alejamiento repentino, justo cuando los feligreses parecen multiplicarse mágicamente alrededor del mundo. Pues bien, déjame decirte que al ver esta cinta estás adentrándote al umbral, estás en las puertas mismas del principio y del fin, este momento es el más importante de tu historia, estás presenciando la creación del mito, que no es otra cosa que una mentira muy grande para ser clasificada como una. Y ahora espectador mío, único conocedor de la verdad de mis mentiras, también te preguntarás a donde voy, y lo harás porque no sabes por qué te dejo la insoportable carga de anunciar que el profeta ha muerto, pues te diré que no voy a la derecha de un padre, hijo mío, no voy a seguir siendo un profeta. Si me voy es porque planeo tomar su trono. Voy a robar la gloria de quienes me antecedieron, voy a mirar a Dios o al Diablo, cualquiera sea mi benefactor, a los ojos y viviré gracias al don que se me ha otorgado. Voy a mentirle a un mentiroso constructor de verdades y voy a ganarle en su juego. Voy a hacer que toda patraña por mi contada ascienda al reino de lo comprobable. Voy a brillar en el vacío de las imposibilidades.