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Cerrar los ojos en lugares con luz nunca brinda el efecto deseado. El de alejarse, que todo sea oscuridad y ningún estímulo pueda venir a entregarte sentimientos o memorias. Que tu mente simplemente quede en blanco, o negro, no sé, supongo que cada quien representa sus pensamientos como mejor le place. Pero acá eso no es posible. Es por la luminosidad esa, la del final del pasillo, el intenso brillo de una mañana calurosa filtrándose en este lugar frío y húmedo iluminado con focos por mucho que estemos tan temprano en el día. Supongo que son las diez o las once, las doce o la una, como diría Sabina. No lo sé. De hecho hay mucho que ignoro y eso que ahora sé muchísimo más que antes. Tarde, como siempre. Es lo malo de vivir como testigo de tu vida hasta que ya no hay chances para que tus acciones propositivas sirvan para algo más que intentar calmarte frente a la perspectiva de pasar quién sabe cuánto tiempo en una celda y cuanto más condenada por ello.

Vuelvo a cerrar los ojos y el color negro que busco en mi mirada se torna rojo, amarillo o naranja o verde por los efectos de la luz, y ahí sé que ya nada importa. Ni todo lo que sé o lo que no sé. Me animo a mirar momentáneamente y vuelvo a enfermarme del panorama este con trajes elegantes de colores oscuros, algunos plomos, pocos beige, moviéndose desaforados por doquier, papeles cambiando de manos y siendo leídos por ojos avariciosos, indiferentes o irascibles, miradas de abogados que saben que en este país todo se maneja por debajo, que la justicia es de quien mejor miente y no de quien tiene la razón. Eso me lo comentó uno de ellos hace unos minutos. “En este sistema gana el más cínico o el más hijo de puta” dijo como quien habla con una niña y se fue todo sonriente con la pinta de quien se sabe el dueño del mundo y yo solo quiero ahuyentar el pensamiento de él y de todo lo que está pasando. Cierro los ojos, nuevamente, y giro la cabeza de tal forma que evite la luz que entra del final del pasillo. No la soporto. Es un recordatorio más de lo que no hay. Prefiero la oscuridad.

El problema con los edificios dedicados al reforzamiento de la ley es que son aburridos y si no lo son es porque estás en problemas con ella. Suena simplón pero es cierto, con la excepción de esos abogados o jueces que disfrutan su trabajo porque algo de morbosos deben tener. Aunque, por cierto, mientras más interactuó con los reforzadores de la ley más entiendo que no es que disfruten su trabajo, lo que en verdad sucede es que disfrutan del poder o del dinero, que no son lo mismo, bueno, no todo el tiempo. Por mi parte estoy nerviosa, pero también me admito ligeramente aburrida. No es que no esté en problemas, sino que ya he bajado las manos y pienso que lo mejor a hacer es entregarme, dejarme ir.

Rendirme.

Ya me han clarificado el panorama y sé muy bien que toda esta pantomima de los enforzadores de la ley no es más que otra excusa para que puedan sangrar dinero a alguien y se alimenten hasta quedar gordos, los muy parásitos. Nunca he sido alguien que se detenga demasiado en esperanzas, la gente siempre ha odiado eso de mí, pero ahora me será muy útil, así que al diablo con toda la gente que no soportaba mi manera de ser. Aparte, no es que no quiera pelear contra las injusticias de la vida, solamente me aferro a ser realista. Lo necesito. Eso lo supe desde el día de mi arresto, me di cuenta que tenía que adaptarme a lo que sea que viniese, que el camino al que entraba no era uno que tuviera justicia y no me equivoqué. Quizás fue más de lo que pude soportar pero eso no quita que fue útil ponerme terca con esto de ver las cosas cómo suceden y no como quisiera que sean o cómo deberían ser.

Lo cierto es que ya me tocaba. Cuando miras hacia atrás siempre encuentras pequeñas ingenuidades de las que fuiste culpable y sonríes. Pero cuando estás en las que yo estoy, notas que todo momento candoroso es otro clavo en tu cruz. La noche del arresto es uno de ellos, esos días que todo sale mal, que la presión ha sido intensa, que lo único que quieres es olvidarte un rato antes de dormir y que logras eso mismo cuando estás en tu casa, sola, fumándote la poderosa hierba que te dejó tu “mejor amiga” una semana atrás, pensando en tu vida, en dónde estás ahora, en cómo fue que terminaste con un empleo mediocre, sola con dos hijos y 35 años encima ya perdiéndose en las vorágines del tiempo remarcándote las pocas probabilidades de agarrar al toro por las astas y hacer algo que te haga sentir llena, fuera de ser mamá. Que me perdone mi hija y mi bebé, pero en mi mente me puedo dar el lujo de decir estas cosas. De admitir que los amo pero que mantenerlos ha sido una cruz bien pesada. Si dijera esto en voz alta alguien me condenaría por ello, ya sea en nombre de la decencia, de lo correcto, del amor, de tantas cosas que la gente usa para generar culpa. Por eso no lo dices, por eso te fumas marihuana algunas noches cuando tu hija ya duerme y tu bebé, esa pequeña sorpresita de la vida que no buscabas activamente, por fin ha dejado de llorar.

Esa noche pude cerrar los ojos y solamente ver oscuridad. Mis oídos no registraban este traqueteo enfermizo de abogados corriendo por doquier sino que solo disfrutaban el silencio pacífico de mi barrio y Soda Estéreo sonando bajito en mi celular. Y fue cuando me consolaba con sueños de mis hijos siendo felices y yo logrando algo más que trabajar en un lugar mediocre que sonó el timbre y un par de tipos vestidos de verde olivo mencionaron arresto y entraron a mi casa, revolvieron todo, me trataron con rudeza y no pararon nunca de hablar de dinero, no sé si esperando que no me queje cuando se robaron los pocos billetes que encontraron dispersos por ahí o porque pensaban que se los daría voluntariamente. No entendí nada, solo que me estaban llevando y no pude hacer otra cosa más que decirle a mi hija que cuidase al bebé y llamase a su abuela antes de que me sacasen de allí.

En la comisaria todo fue más claro. Habían atrapado a alguien, un jovencito cualquiera que delató a su vendedora, a quien buscaron y quien me delató como la proveedora. El problema no fue tanto que yo nunca fui proveedora de nada, sino que eso no importaba para nada, nadie siquiera se molestó en interrogarme o en escuchar mi historia, nadie quiso reparar en que no había grandes cantidades de droga en mi casa, solo el solitario porro que me fumaba y quizá lo suficiente como para hacer unos cuantos más. Eso fue lo que bastó. Una acusación y un poco de marihuana. Una noche de crisis de mierda porque mi vida no era el sueño que creí en mi adolescencia, porque a esa edad no supe escoger bien mis amistades y al parecer aun no sabía hacerlo porque si ella se acordó de mí para echarme encima sus culpas y el jovencito ese pudo identificarme es porque yo todavía andaba con ella y alguna vez, la muy astuta, me llevaba a sus tratos. Y hasta ahí todo estaría dentro del reino de lo aceptable. Una comete errores, una puede ser muy estúpida y podría vivir con responsabilizarme de mis propias equivocaciones. Pero ¿no ser escuchada? ¿Ser un asunto más que buscaban cerrar a la rápida? Poco entendía que ahí empezaba el asunto del castigo, que mis palabras no les interesaban. Era un número más en todas las estadísticas de personas siendo condenadas por tan poco, otra cifra añadida al impresionante grueso de mujeres que terminan siendo parte de la población carcelaria de este país.

Claro que eso tampoco lo entendía. Y lloré y negué todo hasta que me trasladaron a la cárcel de Obrajes. Ahí comprendí mejor la cosa. Lo que pasa es que cuando una quiere tener esperanza deja de ver las cosas de frente, porque tener esperanza es un poco como perder perspectiva. Me parecía que toda la violencia y los insultos de los policías eran parte de lo que una podía asumir lo que significa ser acusada de tráfico de drogas, de ser tildada como una criminal. El sadismo no lo esperaba pero sí los malos tratos. Como que también lo disfrutaban, se notaba que desfogaban algo más ahí, o a lo mejor les gustaba verse poderosos frente a alguien impotente. Así que dejé de llorar y luchar, me aburría, ya no deseaba darles la satisfacción de mi sufrimiento.  Hasta se aburrieron y me trasladaron a Obrajes. Lo que más me llamó la atención de la cárcel no fue el patio, ni las rajaduras en las paredes, o los espacios descuidados, tampoco los remodelados. Lo que más me llamó la atención fueron las miradas. Y supongo que ahí empezó este nuevo hábito de fijarme en ellas. Eran los ojos de todas estas personas forzadas a vivir en comunidad bajo el ojo de vigilantes castigadoras lo que más me enseñó a adaptarme a esta nueva situación. ¿Cómo decirlo? No era nada melodramático. Era algo así como ver colores de brillos poco lustrosos, eran las miradas de personas que observaban con excesiva atención a los uniformes verde olivo y que se miraban entre ellas con cierta calma y hasta comodidad, pero siempre con un brillo cauteloso que delataba la inexistencia de un descanso, como si en aquel lugar las reglas sociales estuvieran exentas de cierta hipocresía y en cambio hubieran terminado más entregadas a la salvajía de la vida en comunidad. Entre ellas las miradas eran algo que escondía historias y detalles, pequeños momentos y grandes también que seguro sus voces podían dar fé en crónicas más inteligibles pero no tan intensas como las de sus ojos. Con la policía sus miradas simplemente se apagaban un poco, tal como un escudo levantándose para protegerlas.

El asunto fue conmigo y un par de nuevas reclusas. Ahí sus miradas se volvían distintas. No creo que sea un asunto que se pueda describir porque quizá es algo que se tiene que vivir; eran miradas hambrientas pero en cada una el hambre era diferente. No todas tenían la misma intensidad, ni todas miraban lo mismo, pero cada una de ellas tenía los ojos fijos en alguna de nosotras y era notorio como no les importaba que les devolvamos la mirada o no. Quizá ni siquiera lo notaban. Nosotras sí lo notábamos, teníamos miedo y no ayudaba que algunas adornaban esas largas miradas fijas con pequeños gestos que delataban la naturaleza de sus apetitos. Algunas levantaban las cejas hasta donde su frente se los permitiese, otras sacaban la punta de la lengua y acariciaban su labio superior o inferior con ella, hubo alguno que otro ojo llenándose de lágrimas que nunca salían pero hubieron más torcidas de nariz, o caras en las que un solo extremo de los labios se elevaba hacía los ojos, vi un par de sonrisas de dientes no muy cuidados y ceños fruncidos por doquier, amén de unos cuantos puños siendo apretados. En ninguna de aquellas miradas vi pena, pero sí lástima. No sé si era el miedo, pero perdida en tantas miradas ya no pude pensar en mi inocencia, solo en no dejarme golpear por ninguno de aquellos ojos.

Después algunas nos hablaron, nos establecieron límites, dijeron cuáles eran las reglas y qué estaba prohibido, marcaron territorios específicos y mientras unas cuantas fueron directas con las amenazas, otras las dejaron colgando en el aire, como algo que no es certero pero que sin embargo se siente claramente en el aire, lo cual era peor de alguna forma. Pero una vez que pasó la primera tarde con su respectiva noche, la mañana siguiente fue algo más calmada ya con el revuelo de la novedad perdido. Yo tenía los ojos ojerosos y cansados, apenas había podido dormir tanto de incomodidad por el lugar en el que estaba pero especialmente de preocupación por mi hija cuidando al bebé. Será que fue intenso porque aquella mañana los ví. Niños, bebés, madres que los cuidaban como mejor podían y los dejaban corretear con las alas cortadas. Algo en eso movió mi suelo, me dejó pensando y me cagué, juro que no hay otra manera de ponerlo porque me cagué en todo y me fui a preguntar, me fui a cometer la imprudencia de mostrar lo perdida que estaba a todas esas mujeres que estaban atrapadas como yo. Muchas no me contestaron, otras eran niñas confundidas, apenas adolescentes que tenían más miedo que yo, pero otras me dieron información que en su mayoría solo servía para alimentar la desesperanza. Eran la maldita mayoría. Casi todas las que accedieron a hablarme estaban ahí por drogas. Venderlas, poseerlas, cargarlas, lo que comprendí es que no importaba qué diablos habías hecho si estaba relacionado con drogas terminabas con una cruz del tamaño del que Cristo jamás podría haber cargado. Me destrozo con pensar que hay reincidentes que al salir estaban tan marcadas por ello que hasta las que entraron por algo tan pequeño como cargar una mínima cantidad se dedicaban a cargar grandes cantidades, para tener con qué sostenerse a través de los meses, porque igual ya se las tildaba de drogadictas y la gran mayoría volvía a situaciones de mierda donde tienen que vender su cuerpo o robar para seguir adelante.

Pensar que todo eso fue lo que mejor me preparó para conocer a mi abogado, que llegó esa misma tarde y cuyo primer atributo que noté fueron esos ojos en los que nada pasaba, como si la desesperanza y el aburrimiento hubieran tenido un par de gemelos no deseados, los ojos de este tipo, este burócrata sin color, de traje que le queda grande y zapatos sucios, mi supuesto héroe y defensor, al único al que se pudo conseguir para que me saque de esta infame tortura. Me miró a los ojos y con voz igual de muerta me dio datos que para mí ya eran un poco más que inútiles. Eran clavos en mi cruz, eso eran. ¿Para qué carajos me sirve a mí saber que alrededor del 70 % de mujeres privadas de libertad a nivel nacional, están aisladas por crímenes relacionados a la Ley 1008? Eso me servía antes, pero lo único que saqué de esa charla con este burócrata muerto en vida es que no hay nada de información ahí afuera para prevenir esto. Y, ahora que lo pienso, tampoco es que yo hubiera escuchado. Perdida en mi misma o en mi lucha contra el día a día ¿quién tiene tiempo para pensar en las que caemos en este tipo de desgracias? Las menos afortunadas de ahí afuera escucharan sobre nosotras y descartaran la idea por no tener tiempo para pensar en ella, así como las más afortunadas no querrán ni saber que esto existe. Y a los parásitos que viven de esto, tampoco les conviene que sea sabido.

Las puertas se abren, entra otra reclusa mientras un tipo con lágrimas en los ojos sale. Me pregunto si a él también lo atraparon fumándose un porro o fue acusado por una hija de puta que solía decirse su amiga. En esta jungla de miradas no puedo evitar pensar en cómo serán los ojos de mi juez, que clase de mirada indiferente, o de brillo desesperado, me dirigirá, cual el momento que pueda abandonar la luz especial de este frío pasillo sin ventanas y quién sabe si condenarme le causará un cierto placer de sádico que se desquita como gato en cuerpo de ratón. Ya no importa, no hay muy buenos prospectos en mi futuro, aun si lograse salir de esto, o si cumpliese mi condena pronto, igual terminaría en las calles solo para ser estigmatizada como traficante o drogadicta, al punto que juro que me encantaría haberlo hecho, de verdad quisiera haber traficado algo y no solamente haberme fumado un poco en una noche de crisis, para que al menos hubiera valido la pena. En fin, lo inevitable ya no tiene por qué ser pensado. Aunque sí, hay algo. Cuando entre a la cárcel ¿debería entrar con mi hijo? ¿Cuidar a ese bebé en el ambiente de la central penitenciaria o cargar a mi hija con una responsabilidad que no merece? ¿A quién se le están perdiendo más posibilidades? ¿A ella, a él, a mí? ¿a nosotros?

Los trajes siguen moviéndose. La puerta se abre nuevamente. Mi abogado me dice algo con apatía. Dentro la sala está el juez y lo último que registran mis ojos antes de cerrarlos y volver a caminar es tanto al juez como a mi abogado enmarcados por el umbral de la puerta, con dos policías verde olivo a los lados y la luz de la ventana ahí dentro iluminándolos como en una ironía cruel en un cuadro de un pintor maldito.  ¿Quién pierde? pienso, “Ciertamente no a ellos” susurro y camino lentamente.

 

 

 

 

“Otros, en cambio, dilapidan dinero y autoestima en perseguir quimeras inalcanzables. El amor, por ejemplo.”
– Xavier Velasco, El Materialismo Histérico

Fumar mota no bastaba. Aquella ocasión ameritaba algo más fuerte, algo que quizá lo sumiría en reflexiones acerca lo que justamente intentaba evitar, pero desde la cómoda lejanía de la inconsciencia. Esa bruma casi perfecta de desesperación que deja huellas casi imperceptibles, de un sufrimiento que no se podrá evocar con la memoria. Un mecanismo autodestructivo para lidiar con esa rara urgencia de querer ver cosas hermosas terminar.

Joaquín Ballesteros vertió whisky y singani en el vino. Pensó en como su amigo Lucas frunciría el ceño ante ello, incluso lo escuchó diciéndole: “¿Por qué eres tan cholo, Joaquín?” con esa su sonrisa plena de carisma resistiblemente irresistible. Joaquín agregó vodka y un toque de ajenjo a su mezcla- a la que denominó suicida- sonriendo ante la perspectiva de dejar de pensar. Tenía una jarra casi al tope, que terminó de llenar con el zumo de varias naranjas, que tornó la mezcla en un dorado extraño que lo hizo dudar, nomás un poquito. Habría sido mejor tener algún hongo, un ácido quizá, hasta podía haber aceptado la desesperante angustia del cacto San Pedro, que un antiguo amigo drogadicto le había enseñado a preparar en forma de mate, para mayor comodidad. “A falta de pan: mierda” pensó Joaquín, mientras llevaba la fría jarra a su cuarto, donde lo esperaba un ladrillo de marihuana para poderse cruzar. “A veces es necesario matar lo pacato del ambiente” pensó con un ligero temblor en los dedos.

Tomó un sorbo de la mezcla suicida y la encontró extrañamente agradable. No era fanático de los sabores amargos del alcohol, pero supuso que sus amarguras hacían que todo le supiese más dulce que amargo. Miró la simpleza de su cuarto. Una cama destendida, un escritorio con un computador, un ropero lleno de ropa negra, una silla de madera antigua con grabados ornamentales y cojines rosados ubicada bajo la única ventana del cuarto con sus cortinas blancas, además de un estante de libros robados y/o comprados. Todas las paredes estaban tan desnudas y blancas, que cuando Joaquín apagó la luz adquirieron unas tonalidades plomas que denotaban las muchas manchas que el descuido había provocado a lo largo de los tiempos. Cookie, una amiga de Joaquín, solía decir que el actual cuarto del muchacho era una especie de dejadez forjada en decepciones estúpidas, una especie de espera por un algo que lo obligase a llenar las paredes de color y ornamentos inútiles. “Algo así como esperar a la felicidad intentando ser miserable” decía Cookie a quien sea que preguntase por la decoración del cuarto del muchacho.
En la oscuridad se quitó la polera y la lanzó a un lado. Se echó de un salto en su cama y luego estiró su largo brazo para tomar un poco de la mezcla suicida, sin poder evitar comparar el dorado del líquido con el rubio de los cabellos de Celia. Por un rato se perdió en el deliquio de pensar en ella, de recordar sus momentos con ella, de las ropas que había usado aquel día, del café discreto de sus ojos que Joaquín tanto disfrutaba, el celeste de su top (¿o era verde marino?), su jean, la chaqueta de cuero negro, su piel blanca y el contraste con el rubio semi-oscuro de sus cabellos. Sonrió con esa expresión que incluso los enamorados reconocen como estúpida, y el peso angustioso del desconsuelo en su pecho volvió a crecer, después de todo no hay peso que se disfrute con tanto sufrimiento como el de los enamorados. Peor aún, cuando quien se enamora eleva a la categoría de imposible a su amada.

Pronto el humo inundó el cuarto con el peculiar aroma de la mota. La espesura de las nubes de humo no dejaba a Joaquín ver más allá de su cama y su vaso de mezcla suicida. Ambos narcóticos habían tenido la virtud de idiotizarlo más allá de lo cualquier emocionalidad podía. Sus pensamientos ya no se perdían en la incómoda deriva de la desesperanza, ni en las desmesuradas ilusiones de su deseo, o el desconsuelo de saber que no podía ser más que un número imperfecto en los cálculos de Celia. La suya era la típica pena de quienes no se sienten dignos de algo, y aun así terminan añorándolo ¿Qué otro nombre, más que el más nefasto, amor, podía usar Joaquín para nombrar aquella tristeza constante? ¿Con qué otra palabra podía resumir tanta mierda? “Se grita, se maldice pero si ya te convenciste de que el escozor que sientes en las tripas es amor, rascarse es equiparable a un cadalso o a un suicidio.- le había dicho Cookie alguna vez- Al menos si eres de esos cachorros que prefieren ser buenas personas, de esos nobles que intentan ser caballerosos y respetuosos, que entran con los sentimientos en la mano y con la sinceridad en cada acto romántico que efectúan en nombre de a quien sea que digan amar. Y eso es jodido nene, pues las nenas como que nos gustan los cretinos que nos tratan medio mal, que en la mano solo tienen el pene hambriento de nuestras rajitas y cuyos actos los rodea de misterio y una seductora suciedad que no deja traslucir sus verdaderas intenciones”. Joaquín sabía que su terco romanticismo lo había llevado a cagarla de nuevo. Justamente por eso se encerraba con sus narcóticos, para establecer una distancia entre sus añoranzas y él mismo, de modo que a través de la distancia pudiese olvidar que Celia existía, que Celia respiraba, que Celia era tan genial, para olvidar su fisionomía y su voz ronca que él disfrutaba tanto, para olvidar sus frases matadoras a lo Cookie, para olvidar su risa repentina y sus miradas cómplices, para dejar de hacerse las mil y un películas en su cabeza donde ambos se amaban, donde todo salía como él deseaba y donde todos podían ser infelices, menos él y ella. Olvidando que si bien la distancia puede, también, curar el mal de amores, es, sin embargo, una apuesta riesgosa pues, por lo general, suele agravarlo.

Joaquín se perdió en la confusión de los efectos del cruce de narcóticos. Hacía rato que la jarra de mezcla suicida estaba vacía y que el ladrillo de marihuana se había esfumado en forma de porros, bongs y pipas que su fiel candela había iluminado. Y fue así, con los ojos perdidos, su cabeza perdida, su vida perdiéndose y sus sentimientos apagados ante el abrumador desequilibrio de sus pensamientos, fue así como lo encontraron los cuervos.

Primero se preguntó de dónde habían salido tantos. Intentó recordar si había dejado la ventana abierta, puesto que la espesura del humo no le dejaba ver más allá de su posición fetal en la cama, pero no lograba concentrarse ante los revoloteos de los pajarracos encima suyo. Había algo raro en la hostilidad con que sobrevolaban, en la manera en que sus picos se abrían con espumas rabiosas fluyendo y graznaban violentamente sonidos estridentes que lastimaban a Joaquín. Y fue cuando vio la inquietante negrura de los ojos de los cuervos, esa oscuridad palpable que parecía transmitir un desasosiego tan familiar, fue entonces que comprendió que los cuervos estaban pero no estaban. Eran alucinaciones, quizá, que reflejaban sus propios demonios. Demonio, en realidad.

Desde niño que el amor era un límite de lo ilegal para alguien como él: demasiado invisible, demasiado pequeño, como una especie de accidente con patas que de haber amado y demostrado que lo hacía, sufriría un castigo por su crimen. Algo peor que simplemente soñar con la imposibilidad de tornar lo imposible en posible, aunque Joaquín no sabía de nada peor que aquello. ¿Cómo era que había terminado ahí, en el amor? ¿Qué clase de intensa soledad lo había empujado a tejer ilusiones de adolescente enamorado? ¿Cómo era que Celia había logrado pasar las pruebas de sus estándares, de por sí altos, para sentarse tan cómodamente en un trono que, quizá, exageraba sus atributos? Los cuervos que lo torturaban le recordaban la fragilidad de su mortalidad, representaban cada derrota, cada fracaso, cada defecto y cada motivo por el cual nunca sería digno a los ojos de Celia, con esa arrogancia que tienen los acomplejados y/o amargados de creerse capaces de antelarse a lo que se pensará de ellos. Pero más allá de los dolores típicos de un enamoramiento desesperanzado, los cuervos traían las torturas de cada aspecto de su vida, de todas las cargas con que se entorpecen los acomplejados. Y en medio de la bruma de los narcóticos sufrió. Con una inefable angustia y una inenarrable conjunción de tristezas, que le recordaban lo “loser” que era.

Nos entregamos a la Perdición cuando aun no deseamos casarnos con la Muerte. Es más bien una especie de coqueteo distante, donde miramos fijamente a la Muerte y susurramos cosas sucias mientras la manoseamos a la Perdición, quién nos deja marcas imborrables con sus besos y chupeteos. Quizá Ballesteros intuía que los cuervos no esperarían a su muerte para comer de su carne, quizá pudo leer, en aquellos temibles ojos completamente negros, que la paciencia era una maricada y que, primero, lo matarían para, después, llenarse más rápido sus estómagos.

No le sorprendió cuando los humos de la marihuana se disiparon de repente. No pudo sentir más que un estúpido embelesamiento cuando vio que la imagen de Celia se manifestaba en su habitación que había cerrado con llave y con la ventana intacta, como si nunca se hubiese abierto. Aun drogado, pudo notar que esta Celia brillaba con una luz tan digna de ella, como solo ella misma podía ser. En un flash de conciencia se sintió ridículo por todas las maricadas que pensaba. Pero luego reparó en la corona de flores que flotaba encima la cabeza de Celia, como si de una aureola se tratase. También notó que la oscuridad retrocedía ante su reconfortante luz, una luminosidad que los cuervos odiaban y ante la cual retrocedían furiosos.

Se arrastró. Se rindió ante el peso de aquella visión aceptando la cabrona realidad, consciente de que nada era real y que, sin embargo, todo lo era. Lo malo de los simbolismos es que crean imaginarios que nos gusta asumir como reales. Y era aquel un simbolismo perfecto en donde el amor linchaba, con su luz purificadora, todo sufrimiento pasado, toda derrota, toda posible amenaza a su ser. Y era el simbolismo que permitía al amor triunfar por encima de todas las cosas, donde el amor todo lo podía y todo lo perdonaba, donde el amor se presentaba en forma de Celia y dejaba a Joaquín Ballesteros entregarse a la enfermedad de amar como un “loser” y soñar, e ilusionarse y no dejarse lastimar por los cuervos. Fue así que Joaquín terminó arrodillado y refugiándose en la visión de su amada, mirando temeroso a los cuervos y hallando cierto tipo de confort en aquella aparición, quien miraba fijamente a los cuervos con una expresión de neutra conmiseración en el rostro igualito al de Celia, y los fulminaba con esos terribles y profundos ojos completamente negros.

 

Laura Blandón 2

por Laura Blandón