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Empecé mi año viniéndome dentro la esposa de uno de mis mejores amigos, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. No diré que no me moría de ganas de meterme entre sus piernas, pero tampoco quería dejar posibles evidencias que señalaran mi total e inequívoca culpa en todo el asunto. Soy de esos que lanzan la primera piedra y con la misma mano niega haberlo hecho, solo para poder lanzar un par de piedras más. Señoras y señores, soy el único culpable de mi propia autodestrucción. Si de pronto me abandoné al orgasmo fue más por susto que por saña, cuando los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año me sorprendieron intentando retrasar mi corrida pensando en cosas aburridas como las matemáticas, ir a la iglesia o las resacas que le siguen a toda borrachera; tarea difícil cuando todo me excitaba tanto. Supongo que lo necesitaba. No. Lo necesitábamos. Todo, pues. El encuentro fortuito, la excusa de la festividad, la ausencia no solo del marido sino de las preguntas, la ilusión de que el mundo no es una jungla, el whisky, el singani, la cerveza y el fernet, la presencia de otros, cómplices de los albores de nuestro pecado, además de la mota redentora, patrocinadora de charlas diferentes y sensaciones más profundas que en un punto nos evidenciaron como coquetos culpables de querer hacer algo perverso con nuestras vidas. Finalmente estábamos haciendo algo para no sentirnos tan dentro del pozo de mierda en el que jurábamos que estábamos. Ella frustrada por un matrimonio difícil, por un rato liberada del bebé que le robaba la juventud, yo en lo más bajo de un autocompadecimiento injustificado por la muerte de mi madre que no lograba sacudirme ni con las verdades más crudas siendo dichas en mi cara. Me dolía el pasado, me dolía que la gente se alejase o que muriese o, peor aún, que quedasen muertos en vida. Me sentía una piltrafa humana incapaz de nada y temeroso de todo. Ella también, pero de otro modo, uno que yo no alcanzo a entender pero que intuyo terrible y difícil de aguantar, aunque al final ¿qué clase de sufrimiento capaz de dejarte muerto en vida es fácil de soportar?

No era fea, al contrario, era de esas guapas que han perdido lustre a fuerza de una rutina que no supo controlar. Tenía veintitrés cuando tuvo a su hijo y no supo bien en qué momento terminó casada, cada vez reconociendo menos al novio en el esposo, ansiosa de ser notada pero apenas pudiendo encontrar su golosa belleza en el espejo donde una mujer cansada le devolvía la mirada. Aquella era su noche, no la mía. Los tragos, los otros presentes, la mota fueron las excusas que se fue consiguiendo para hacer caso a un juego de miradas que ya teníamos instalado en nuestras interacciones desde hacía rato y aquella era, justamente, nuestra chance de medir la profundidad del pozo con ambas piernas. Yo buscaba morir, ella sentirse viva, yo quería terminar de condenarme y ella solo deseaba darse una chance más. Desnudos en la cama matrimonial, la ventana semi abierta nos traía los nada silenciosos rumores de una noche de año nuevo, la penumbra del cuarto se compensaba con el brillo lunar que parecía inundarlo, en el suelo estaban nuestras ropas encima los juguetes que su hijo dejaba regados por doquier, las puertas abiertas del armario mostraban la ropa del matrimonio mezclada en lo que solo podía ser una fuente de constante discusión, y desde la cómoda me miraba una foto de ella con esposo e hijo en un parque, los tres sonriendo ampliamente y yo sudado y jadeando que miraba esa foto y me preguntaba cuánto de esas sonrisas era real. Aquella sonrisa paupérrima nada tenía que ver con la sonrisota que plantó antes, durante y después del coito, ni con la simpleza con que me dijo “que no se haga costumbre, pero de vez en cuando no estaría mal”.

De acuerdo. La corrida dentro no fue tanto un accidente como un “dejarse-llevar”. Ya lo dije, estaba buscando destruirme la vida porque no podía tolerar que las cosas tengan un final. Suena estúpido y de repente lo es, no lo sé. Poco me importaba que mi sufrimiento estuviese justificado, lo único que parecía importar era que ese sufrir era mío  y a los demás no les tocaba sentir lo que yo siento. Contaminado de una miseria rencorosa, anidada por años en mis delirios donde maldecía la negligencia de mi familia después que murió mi mamá, me metí a seducir a la esposa de mi amigo para quemar las últimas naves que me quedaban. Nunca esperé que me siguiera el juego, aun menos que lo llevase a otro nivel. Si yo le robé el primer beso, ella me robó los siguientes veinticuatro, si le besaba el cuello, ella me arrancaba la ropa y ya con el mero entusiasmo se ganaba los puntos que en secreto solemos dar. Para cuando mi osadía solo alcanzó a poner una mano en su muslo, la de ella me contagió hasta que de mí vino la iniciativa de penetrar. Y lo digo así de crudo no para provocar escarnio ni motivar a los histriónicos a indignarse por cualquier motivo que alcancen a inventar, en esa su intención chueca de cubrir sus propios ascos. Lo digo así porque eso es lo que yo quería: penetrarla sin limitarme a lo carnal. Como dije, era una guapa sin lustre pero guapa de verdad. Ya sus ojos me llamaron desde un inicio, el día que la conocí, pero sus otras partes las fui notando a lo largo de los años hasta ese momento en que la vi como una preciosa región extranjera que yo ansiaba conocer y explorar. Notarlo logró que algo más que mi hombría se levantara, algo que no es difícil de nombrar pero sí de explicar. Era como un empujón, un vértigo fascinante que de seguro sintieron los herejes al morir gritando su verdad. No estaba exento de culpa ese algo, ni se olvidaba de mi deseo de autoperjuicio primordial, pero tenía una cosa más que conocía de antes pero que no alcancé a calcular. Ni bien estuvimos enredados en besos, abrazos, caricias y jadeos, noté como ella se mordía los labios al pedirme que ya de una vez entrase con un tono y una cara que me pusieron más duro de lo que jamás pensé que podía estar, y en ese instante mágico hizo contacto nuestra genitalia y ¡voilá! Que me descubro no sólo tirando con quien no debía sino disfrutando del placer con que ella se conducía, que ya al final es lo que más me convenció. El olvido absoluto de todo lo que estuviese “más-allá” de nuestro momento procaz. Gemía, cabalgaba, elevaba las piernas, sudaba pero no me dejaba alejarme del calor del abrazo que nos unía, ponía expresiones, además, que me volvían loco. Una sucesión de micro expresiones, en realidad, que empezaban en la sorpresa, se transformaban en arrepentimiento, seguidos por una mueca de dolor, otra de placer, de ahí su rostro mostraba la inefable cara del placer doloroso, el rostro de la calma tras la revancha y, solo entonces, volvía a la sorpresa como si nunca se hubiese movido de aquella expresión tan bien ornamentada por sus ojos grandes y azules que le daban candorosidad a un momento que lo era todo menos candoroso. Y me gustaba tanto que  quería más, no solo del placer enorme que me estaba brindando sino de la sensación triunfadora de estar reviviendo a una muerta desahuciada, la inevitable impresión de estar haciendo algo bueno mediante algo ruin y, claro, la ironía y colmo de mal villano que termina salvando a la humanidad. Se sentía bien, no puedo negarlo y hasta me entran tentaciones estúpidas de describir cada etapa de mi placer…pero ya para qué, no tiene mucho sentido. El punto es que aquel bienestar momentáneo me daba excusas para creer en algo de redención. Quería yo quemar las naves pero nunca había pedido el milagro de una isla para ir a naufragar. No deseaba salvarme o esconder mi condición canalla, ni quería excusas para sentirme bien, solo ansiaba que alguien me terminase de crucificar. También por eso le dije que no tenía condones y ni siquiera pedí disculpas cuando descargué a mis probables hijos dentro suyo, solo seguí hasta que descargué muchos más, motivado por este bien que, sin querer, le hacía y este mal que yo, muy a propósito, me deseaba causar.

Aun sacudido por el shock de esa sensación misteriosa me largué a caminar por la ciudad, sin rumbo ni objetivo. Mi entrepierna se sentía especial, mis dedos olían a su sexo, tenía el sabor de su saliva en mi boca y aun temblaba ligeramente de la sensación dejada por el orgasmo y los recuerdos de esa intensa madrugada. Ni ella ni yo nos recuperábamos de inmediato, sino que nos tardábamos lo necesario en disfrutar el reencuentro con el placer. Había algo renovador en mancillar algo tan puro, algo fresco en creerla ingenua y sentirme el maldito que le venía a arruinar el candor. De pronto me sentía vivo y aun más porque se notaba que a ella no le molestaba mi mal llamada conquista de su inocencia. Vivificar era la palabra precisa de lo que yo quise hacer por ella y que ella terminó haciendo por mí. Nos vivificó a los dos con su osadía de frustrada y hasta me ayudó a darme cuenta que también mientras uno muere puede atreverse a vivir un poquito más. Se sentía bien eso de haber logrado que haya menos mierda en el pozo de otra persona, más todavía porque entre las ganancias estaba mi placer tanto físico como mental, en un trato en el que pensé que lo único que ganaría sería abandonarme a la villanía y ya de plano mandar al garete todo aquel intento de redención que pudiese elucubrar. Lo cierto es que me convencí de su candor solo para recordarme que todo eso estaba mal y no perder el rumbo hacía la muerte, el destino final. Pero soy un mal suicida, me perdono antes de saltar, me da un hambre tremenda cuando estoy por disparar el caño en mi sien y hasta me enamoro cuando la horca ya está ejerciendo presión en mi garganta. Claro que, no me enamoré de ella, ni ella de mí, tampoco quedó embarazada de ningún hijo mío. Supongo que cuento todo esto porque creo que sin ello nada de lo demás hubiese sido posible. No olvidemos que estaba cuesta abajo y que ninguna cogida, por magnifica que sea, cura todos los males, mucho menos soluciona problemas. Si por un rato había podido escapar a un lugar maravilloso, la realidad empezaba a perseguirme con todo y hedor. El paso de las semanas no trajo nada más que los mismos problemas y los mismos dolores repitiéndose, con breves escapes morbosos donde me jodía un poquito la vida de la forma que pudiese, más que nada rondando antros y otros calurosos hogares putativos, silencioso reviviendo la gloria de aquella vivificación que le devolvía frescura a mi cuerpo. No había vuelto a ver a la esposa de mi amigo pero ganas no me faltaban de repetir esa combinación de suplicio culposo que se goza a sí mismo y hasta se cree salvador. ¿No es culpa de él por no hacerla feliz? ¿No es santo quien cura el sufrimiento aunque sea por un rato? ¿Qué no un tango lo bailan dos? ¿Cuál quería ser yo, entonces? ¿El bailarín? ¿La bailarina? ¿El fisgón? Con preguntas parecidas intentaba justificarme nuevas visitas cuando, en los baños de un bar medianamente decente, me topé con una gótica de venas bien abiertas y tirada sobre un retrete desde donde abandonaría la mortalidad.

No puedo explicar lo que hice, no puedo explicar nada en realidad. Mi primer instinto fue el de cubrirla con mi abrigo, el segundo fue el de jalarla fuera del lugar. Sin correr ni apurarla, ir casi con calma, sosteniéndola del brazo para que no se cayese, dejando un rastro de sangre en el camino al hospital, dándole instrucciones que ella cumplía mansamente, quizá un poquito más allá que acá, y disfrutando del modo en que eso resultaba atractivo para mí ¿qué mejor vivificación que la que, de paso, evita que la afectada se mude para el otro lado? Le pregunté su nombre mientras caminábamos y murmuró Alicia, le pregunté su edad y me agradó enterarme que teníamos la misma edad pues, al final, nos gusta saber que alguien más está en el agujero a las mismas alturas de la vida que tú. Consuelo de tontos pero consuelo al final, y es que en situaciones como las nuestras cualquier consuelo es oasis. “Si los suicidas dan el último paso”, le dije mientras caminábamos al hospital, “es porque ya perdieron la perspectiva de cualquier consuelo, no les alcanzó la creatividad para ver una salida” y ella me observaba desde su obvia convalecencia con una mirada que, debo admitirlo, me ayudaba a respirar. Tenía aspecto de camorrera derrotada, de reina en exilio, de junkie emputecida y acabada, sin otra esperanza que de una vez irse a donde ninguno de nosotros la juzguemos ¿qué hacía yo vistiéndome de salvador de lo que, a todas luces, parecía un caso perdido? ¿la salvaba de un posible desfavorable juicio divino o me agenciaba puntos con cualquier dios en las alturas? No parecía, ella, una persona sencilla, pese a que la primera impresión era el juego oximorónico entre su aspecto tierno y su estilo gótico que le daba aires sensuales. Ahora que lo pienso, parecía un dibujo de Dean Yeagle. Las proporciones, las expresiones, hasta por las situaciones en las que se metía. Le faltaba el pelo rubio y el schnauzer tierno que propicia el accidente sensual pero inocentón. No podía evitar mirarle las piernas enmalladas, el corsé que apretaba la generosidad de su pecho, el negro intensificando el color de su piel y el de sus ojos ¿qué clase de salvador considera a una casi muerta como posible tire de una noche? ¿los puntos ganados por la buena obra alcanzaban a compensar los perdidos por los puros malos pensamientos? ¿es más pecado actuar que pensar, o ya desde el pensamiento estás condenado? No me fue difícil decir que yo era su primo hermano, ni siquiera me pidieron identificaciones, de pronto ya tenía permiso para quedarme en el cuarto que compartía con una viejita loca y un señor con quemaduras de cuerda en su irritado cuello, todos internos de un destartalado hospital. Eran compañeros de cuarto discretos por el día, inmersos en silencios imposibles que Alicia ni yo podíamos soportar, pero que agradecíamos porque camuflaban con su estruendo el propio del silencio que había entre ella y yo. Por las noches era otra cosa, si al principio pensé en la noche como el único momento donde podía pasarla dormido, evitando el angustiante silencio cómplice de no explicarnos qué hacía cada uno todavía acá, tanto la viejita con sus gritos roncos y agudos pidiendo que la dejen escapar, como los sollozos desgarradores que el don ese quería atenuar con la almohada, nos quitaron el sueño y pronto las noches se volvieron el escenario de charlas incómodas que intentaban no hablar de nada que no fuese superficial.

¿Qué tantas cosas nos perderemos por sucumbir a la tensión sexual y qué tantas otras perderíamos si no existiese tal cosa? De nuestro primer encuentro me llamaron más sus ojos moribundos que la sangre sobre los azulejos, y más me detuve a disfrutar del fetiche de sus ropas de gótica que a preocuparme de su fuga suicida o de estar en la rara situación de poder ser el testigo de un estertor. Creo que lo que me movió, y lo que tardé una semana de silencios en el hospital para confesar, fue que si la salvé era porque en medio de su agonía y desesperación tuvo el humor suficiente de mirarme a los ojos y decirme “¿qué quieres, buitre? ¿No vas a esperar a que me muera antes de penetrar?” con una sonrisa irónica y hasta trágica que me hizo excitar. Algo de mística hubo en que dijese “penetrar”, algo que me hizo querer creer en el destino por la rara coincidencia de que supiese justo la palabra tan pensada mientras traicionaba la confianza de mi amigo, incluso me fascinaba que hubiera reconocido al carroñero en mí sin mayor problema en semejante situación. Era el destino, pues ¿qué otra cosa podía ser? Cuando al fin se lo dije sonrió y me dijo que me podía quedar y, bueno, ¿ya para que pelearla si hasta mi instinto me empujaba hacia allá? Ni modo que niegue mi naturaleza mal agüera, o tenga reparos cuando igual yo me pensaba matar. Hay que ser buitre nomás.

Desde ese momento empecé a notar otras cosas. De pronto los silencios matutinos y el infierno de las noches en el hospital se convirtieron en un remanso de confidencias que Alicia y yo, de un momento a otro, comenzamos a disfrutar. No nos decíamos nada importante, solo anécdotas tontas como la primera vez que bebimos, nuestros colores favoritos y otras idioteces como nombres de nuestros primeros y últimos todo, intentos muy pobres de describir sabores sin usar los adjetivos usuales o largas y detalladas descripciones de nuestros paisajes favoritos. Creo que estábamos buscando los extremos históricos de momentos memorables, la clase de preguntas que un suicida le hace otro para enterarse de los pequeños consuelos con que alimenta sus excusas para quedarse un cacho más. Fue así que descubrí que el mérito del salvador no está en llegar para arreglar el día, sino en saber cuándo hacerlo. Alicia tenía otro montón de problemas en su propia vida, que yo no alcanzaba a intuir. Una historia complicada, llena de excusas válidas para sentirse mal, aun si según ella lo que le dolía era que nada de la terrible tragedia que asolaba a su familia la lastimase de verdad. Un accidente de avión, un aterrizaje forzoso, un par de fierros fuera la garganta de papá, hermano, hermana, tíos, primos, y hasta una de las abuelas. Una tragedia griega, un festival de lágrimas donde sólo faltó que todos se tirasen a los féretros para que el asunto adquiera más melodramatismo y de una vez enterrar a la familia apestada con el hado maldito de mortandad. En todo caso, más de lo que Alicia estaba dispuesta a soportar. Lo que me dijo que le jodía era que de pronto su desgracia ya no era privada sino que estaba en todas partes y a la vista de los demás. Incuso yo recordé que había leído algo sobre la tragedia de los Saenz Valdivia; las muertes trágicas, la viuda inconsolable, las dos hijas que quedaban, una muy infanta, la otra Alicia, los lamentos por la muerte de tan magnifico empresario como fue el padre y el pronto cobro de deudas que dejaron a los Saenz Valdivia sin propiedad privada donde morirse, todavía debiendo, además, un poco por las deudas secretas del padre y otro poco gracias a todos los fastuosos entierros que quizá nunca alcanzarían a pagar. “Jamás entierres a un muerto con lujo” me repitió con asco en el rostro, Alicia, mientras la viejita gritaba “háganme caso, por favor” con tono entre caprichoso y asustado. La luz naranja apenas iluminaba las penumbras, poco se podía ver de las sonrisas tenues de Alicia pero desde ya supe que por esa pata coja era que la llegaría a atrapar, si quería vivificarla tenía que ocuparme de esa herida gangrenada que ella se negaba a mirar, ser el único responsable de apretarle sus pústulas, tragarme su pus y así convencerla que yo era un buen carroñero, que tras comérmela la iba a resucitar, no como todos esos abogados y cobradores que enloquecieron a su madre y le robaron porvenir a la hermana infanta que no veía hacía meses y de la que no quería hablar.

No quería hablar de nada, en realidad. Parecía que solo deseaba sufrir en silencio y sin que nadie la molestase. Excepto yo, no tanto porque lo permitiera ella como porque me lo permitía yo. Si me distraía en considerar sus opiniones era porque estaba buscando la mejor forma de vulnerarla. Su empecinado silencio me enseñó que provocar a que se enojen de inicio es un lindo atajo para resolver las cosas de una buena vez y que nada es mejor que los roces como para hacerle recuerdo a alguien de que todavía vive. Hay que recordarle a la muerta en vida que sus huesos aún tienen algo de qué temblar y si Alicia se empecinaba en mantenerme carroñeando pero nunca consumiendo de su carne, pues de alguna forma tenía que intentar yo vivificarla. No mentía cuando dije que me traía loco la sensación esa que le dejaba a uno vivificar de cualquier forma, aunque tampoco mentiré en eso y lo diré de lleno: me la quería tirar. Nada más.

Otros, la mayoría, mirarían con malos ojos ese brote de sinceridad, la simpleza con que uno puede admitir querer tirarse a la deprimida suicida que ha sufrido un trauma de esos fuertes. Ella no. Supongo que encontraba novedosa la sinceridad, por lo que me enteré después supe que había crecido en la Florida entre tipos pijos y jailones, poco enterada de la existencia de otros barrios más humildes y con menos propensión a consumir caviar. La muerte del padre había sido un duro despertar para quien se pensaba intocable en una vida perfecta en la que nunca nada le iba a faltar. No creo que entonces pensase eso, pero vaya que lo pensaba mientras estuvimos en el hospital. Y así, en silencio, me fui armando de todos los argumentos y estocadas que necesitaría darle para resucitarla en mi cama y no volverla a llamar. Me gustaba el drama pero tampoco me gustaba tanto, además que estaba ocupado en destruir mi propia vida como para ayudar a reconstruir la vida de alguien que no se atrevía a volver a respirar. Lo mío era distinto, no solo era algo químico que me tenía perpetuamente en riesgo de depresión sino que ya no pretendía esconderme de mis problemas al ignorarlos, el plan ahora era dejar que los problemas cayeran bajo su propio peso, que me arruinen de una vez para asentarme en el fondo del agujero y ya no saber nada más. Los ratos que no estaba en el hospital me los pasaba visitando a cada persona que conocía y les decía la verdad, mi verdad, acerca sus vidas. No siempre era linda la reacción y cuando lo era, y la que reaccionaba era mujer, aprovechaba para robarle unas horas en sus camas sin importar su estado civil o anímico, como para echarle más leña a mi pira funeraria que insistía en edificar. Qué me importaba si al final esos encuentros eran mis últimas cenas antes de rendirme al abismo de la tristeza y la soledad. Ya no tenía dinero para comprar mis antidepresivos, les robaba comida a mis confrontados o los abandonaba en el restaurant del encuentro sin dejar más que unos simbólicos 5 bs. para la cuenta. No bebía pero me fumaba para no pensar tanto y para que toda sensación fuese más intensa todavía. Esto último lo sabía Alicia, no todo lo demás. Del resto se enteró por casualidad cuando me encontré con una de mis vivificadas mientras mudábamos las pocas cosas de Alicia a un nuevo departamento que había logrado alquilar. Tampoco podía decirse que estuviese muy interesada en mi vida, para ella yo era el basurero emocional donde podía verter su dolor, el amable desconocido al que le cuentas tu vida porque presientes algo de tu desgracia en sus gestos, sus palabras y acciones. Según ella jamás me la iba a tirar, según yo no hay mentira bien lanzada que no pueda derrumbar una verdad.

Hay cierto perdón en mandarse un lindo gesto antes, o después, de haber hecho lo peor. Como para perdonarse a sí mismo por lo no tan malo que al final uno fue. Con Alicia empecé suave pero pronto el “pinche emo glorificada” no alcanzaba a generar lo que obtenía del “huerfanita de cuervo de ala rota”. Eran insultos que parecían amigables, como los que hace alguien torpe o desubicado, pero yo los pensaba mucho antes de decirlos. Uno de esos insultos bien construido significaba una diferencia enorme en el humor de Alicia. No era lo mismo tenerla rabiosa por la noche y lista para estallar, azuzada por todo un día de los insultos más sutiles y perversos que se me podían ocurrir, comparado al de una Alicia que se la había pasado sola y atrapada en las mismas miserias que un día la alejaron de la vida esa donde se creía feliz. Cada nuevo insulto, apodo y calumnia que yo decía de su familia la volvían loca y día a día perdía el pudor de golpearme, escupirme, arañarme, gritarme cada vez con más intensidad. Solo lloraba cuando me pasaba de la raya, lo cual para ser justos no fue tanto como uno esperaría de los límites de una heredera mimada. Y ahí estaba el detalle, en darle una excusa para salir de su abulia, obligarla a canalizar el odio y la rabia en un solo lugar, en alguien que no fuera ella. Me consta que le ayudaban nuestras charlas post-pleito, cuando nos sentábamos en su mugre sillón y nos fumábamos un cigarrillo, felices de todo el caos de nuestros gritos, lapos, salivazos y otros horrores de los matrimonios más desahuciados que nosotros parecíamos disfrutar.

Para mí planificar esas peleas era una delicia, pero vivirlas era, digamos, otra realidad. Terminaba uno rendido, con un placer de arrogante y el desmayo del descanso tras la maratón. Según Alicia era como la macurca, un dolor repudiado pero en secreto disfrutado, “casi como un masoquismo” decía y se ponía a saltar balando como borrega alrededor mío y tanto esa opinión como aquel gesto eran muy buenas noticias para mí, pues me confirmaba que por muy agotador que fuera iba a valer la pena, después de todo solo un cordero de verdad vulnerable y culposo pondrá su propio cuello al alcance del cuchillo y ni modo que al anunciarme carroñero no cumpla con esa precisa función. Verla cada vez más en contacto con su dolor me garantizaba que cualquiera de estos días la pudiese tener pandeándose debajo de mí, con una sicalíptica mirada suya clavada en mis ojos, en mi cuerpo, en donde fuera mientras se tratase de mí. Y esa ilusión valía mucho, entonces, porque me ayudaba a escapar de mi otra realidad. No quise decirlo antes, porque esta es la clase de cosas que solo admites en confianza, pero ahí va: para entonces mi atención estaba en destruir mi familia, no toda pero si una gran parte de ella, la que me daba asco, la parte traidora que se habían cagado en las penurias que pasamos con mis padres cuando yo era adolescente, antes y después de que me quedase huérfano de madre, con un padre más dedicado a darle comodidad a la ancianidad de sus padres que cultivar cualquier tipo de relación con su hijo o su moribunda mujer. Siendo justo tendría que decir que ese tren ya había partido hacia tiempo y que si la muerte de mi madre no nos pudo unir, entonces decidí que tampoco lo necesitaba y  escapé de mi hogar. A él poco le importó y creo que más bien fue un respiro, la excusa perfecta para dedicar todas sus energías a sus propios papás. Él no me indignaba, finalmente existía muchísima historia por detrás que de alguna forma justificaba todo eso, e igual pensaba yo que llegaría el día del ajuste de cuentas una vez que ya no le quedara nadie más. Por eso lo dejé en paz. Por eso y porque no había peor castigo que cuidar los caprichos de mi abuela, cada vez más senil y paranoica. ¿Cómo hace una serpiente para parir perros falderos? ¿cómo hacen estos para engendrar cuervos? Pero esa era una cuestión para después, me convencí de ello y pasé a observar formas de arruinar a los demás. Para mí es obvio que arruinarles la vida a mis familiares no era solo una forma de exorcizar el dolor por el abandono en que nos tuvieron, sino que era otra manera de cortar todos mis lazos para, después. mejor morir en paz. Era mi excusa tanto para ya no tener nada que pudiese atarme a la vida, como para quedarme en el más acá y por eso que le tiraba tanta pelota, que me pasaba mis horas de insomnio planificando bien qué haría y las de ocio atreviéndome a hurgar donde nadie me había llamado. El plan tenía que ser sencillo. Para los primos tendría que preparar la total y completa destrucción de su vida social, lo cual repercutiría en la vida de los tíos, para los que tenía que alistar cosas más específicas. De entrada perdoné a muchos que siempre se habían portado bien conmigo, aparte que entendí que tampoco necesitaba demasiado para ser considerado nefando a los ojos de otros familiares ni bien escucharan el rumor de mis fechorías. Mis victimas elegidas eran mi tía Carmen y su esposo Florian, para los que preparaba un infierno a la medida de sus bajezas. El punto final a la vida perfecta que a toda costa se habían querido fabricar.

Nada de esto sabía Alicia, pero se la olía. Aburrida de hablar de sí misma, un día empezó a preguntar sobre mí. Y al principio no dije gran cosa, pero a medida que ella se sentía mejor empecé a comunicarme más. Admito que fue un alivio, que hasta me sentía mejor pero ese bienestar solo le dio renovadas fuerzas a mis rencores y agudizó mi olfato para la revancha. Fue así que le encontré una utilidad al atractivo de Alicia, el mismo que a mí me tenía un par de meses intentando tirármela. Lo dije antes, era linda Alicia y a mí me gustaba el fetiche de sus atuendos góticos y todo el maquillaje que utilizaba, pero en una de esas tardes tras una temprana discusión mañanera nos encontramos jugando a los disfraces y pude verla usando vestidos de gala, trajes de ejecutiva, ropas de señora y de universitaria, diferentes aspectos de la que quizá habría sido ella de haber seguido vivo su papá. Y en todos esos atuendos parecía una persona diferente a la que yo conocía. Igual de atractiva como camaleónica, con aspectos difíciles de asociar, ya que no era lo mismo la imagen de una Alicia en vestido de gala y peinada por estilista que la de Alicia vestida de señora agobiada por su rutina. Era buena actriz, además. Muy buena, la verdad. Se metía tanto en el papel que, luego, era difícil sacarla del trance mientras le durase la emoción. Y esa era la clase de compromiso que yo buscaba, que necesitaba mejor dicho, para poder realizar de la mejor manera posible el Plan, que a todas luces no era nada complejo o intrincado. Era más bien simple: a él, Florian, lo delataba de adúltero y corrupto, a sus hijos los aislaba del resto de la familia con alguna clase de escándalo y lo demás era pura inercia. El asunto aquí no era tanto denunciar como evidenciar lo obvio. Mi tía era de esas que podía comerse kilos de mierda con tal de cuidar su imagen ante los demás. No era muy inteligente, pero sí astuta y tenía la sabiduría suficiente como para hacer la vista gorda a las numerosas infidelidades de su marido, quien la callaba con dinero y una vida cómoda en uno de los mejores barrios de La Paz, luego Santa Cruz, después otra vez La Paz. Tenían dos hijas y un hijo. El mayor era el hijo, Norberto, pero extra oficialmente ya no era bienvenido en el seno de esa familia por no sé qué líos que tenían doña Carmen y don Florian con la esposa que se había escogido su primogénito y otros líos más. La del medio estaba casada con un famoso cirujano plástico del que mi tía estaba enamorada y la menor vivía en Santa Cruz en un matrimonio tan de mierda como el que tanto le criticaron a mi madre cuando estaba viva.

Como dije el asunto estaba en ponerlos en evidencia, sacar sus trapos más sucios al aire y que todos vieran sus bajezas y vergüenzas. No podía imaginarme peor muerte para mi tía, ni mayor molestia para mi tío que ser puestos en evidencia ante sus hijos y la sociedad. Todo esto le expliqué a una Alicia que no paraba de llorar. Me dijo que algo recordó sobre sus padres y confesó no sentirse capaz de arruinar la vida de una familia como le habían hecho a ella. “Mierda, punto crítico” me dije y por un rato temí no contar con mi cómplice ideal, pero después de mucho chantaje emocional al fin aceptó al menos joder a los primos en su círculo social. Qué importaba. Total que eso era, de todos modos, la primera fase del Plan, y resultó aún más sencilla con la ayuda de Alicia, quien en su faceta de actriz y sus muchos disfraces, que un día robamos de su casa sin que nos descubriese su mamá, fue la carnada perfecta para introducirnos a las mundos de mis primos. Siempre disfrazados nos dedicamos a atender a eventos sociales donde sabíamos que estaría algún amigo de la familia y sacábamos información de todo lo que podíamos. Muchas veces ella tenía que quedarse sola haciendo algo llamativo mientras yo me escabullía a revisar los computadores en busca de mails o documentos que me dijesen algo acerca mi familia. No siempre conseguíamos nada, en especial porque nos teníamos que marchar ni bien llegaba alguno de mi familia, pero igual comíamos gratis y nos daba la chance de ser otras personas por un rato. De pronto nos metíamos mucho en el papel y teníamos bien pensadas las biografías y personalidades de nuestros personajes, en cada evento al que íbamos notábamos como nuestras actuaciones cada vez jugueteaban más con extremos histriónicos y escandalosos. Nos gustaba, nos hacía felices esa excusa para descansar de nuestras penas y preocupaciones. En su exhibicionismo y mi autodestrucción hallamos cierto solaz. Como si ya de por sí aceptáramos que éramos bichos raros con vidas de mierda que se encargaban de cagar más con tal de no tener que solucionarlas o de una vez tirarlas por el caño. Queríamos hundirnos, carajo. Y lo queríamos más porque también nos daba permisos para las libertades que nunca tuvimos. Ella era testigo del mundo del que su padre le había protegido, yo me enteraba de las cosas que nunca me enteré respecto a mi familia, encima nos dábamos el gusto de exorcizar demonios y fantasmas con esa farsa. Yo me vengaba por años de negligencia, ella se desquitaba con los suyos por atreverse a morirse y dejarla en tremenda cagada de situación.

No fue necesario mucho esfuerzo para llegar a la segunda parte del Plan. Ya infiltrados era más sencillo ir lanzando rumores que desprestigiasen a mis primos a ojos de sus amigos. Fue en el espacio de un par de meses de mentiras quirúrgicas y sutiles que pudimos convencer al mundo de que mi primo se había casado con su medio hermana y que el esposo de mi prima tenía un affair con su suegra. Mentiras infalibles pues se amparaban, relativamente, en la verdad. Si mis tíos no le admitían a nadie que odiaban a su primogénito, al menos se notaba el trato diferente que le profesaban, como más distante, más frío y hasta cargado de silencios. Por lo que me enteré de una prima hermana de mis primos, don Florian ya no hablaba con su hijo ni siquiera en un evento social y hasta con algunas copas de más admitía que se arrepentía de haberle dado vida y otras cosas de ese estilo que me contaban los primos de mis primos con caras de escándalo que escondían su morbosidad. Y no se necesitaba de un experto para notar que la suegra estaba camote del yerno, aunque claro ¿era convincente como para alcanzar a una verdad? Lo cierto es que la mentira no necesita mucho para volverse verdad. A los ojos de la gente, mis familiares eran ejemplares, gente buena y noble con las mejores intenciones y la familia perfecta. Eso los hacía una presa más suculenta de sus sospechas, de cualquier cosa que los confirmase como otra familia de mierda, más aun con acusaciones tan graves como incestuosas ¿es por eso que el Floriancito es tan sarcástico?¿Pero no le saca muchos años como para meterse con su yerno?¿quién se cree esa para serrucharle el piso a su propia hija?¿Es de verdad su media hermana del Norbertito? Entonces ¿la Carmencita es cornuda?¿tiene más hijos bastardos? ¿y la hija? ¿sabe? ¿sabe Norberto que esa es su hermana? ¡Y aun así se casó con ella! Después de un rato la sorpresa en sus rostros se convertía en asco y horror, escandalizados de haber compartido comidas con esos depravados y sus vidas pervertidas.

La fase tres exigía algo más tangible que rumores que señoras chismosas elegían creer. Necesitaba pruebas de que era mi tío un adúltero para terminar de mandar al carajo la situación de una familia que todavía no sabía la famita que se les endilgaba. Alguno de los amigos que hicimos en esas fiestas me mantenían al día con los chismes, mismos que ya habían crecido más allá de lo que jamás hubiera imaginado. Pero al final eran mentiras que proliferaban en el silencio de los chismosos y lo que yo necesitaba era una verdad imperdonable que los terminase de arruinar. Así fue que Alicia se disfrazó de empleadita y esperó a que hubiera vacante en la casa de mis tíos. Bien sabía yo que las empeladas nunca le duraban por esa costumbre de mi tía de enseñarles a ser perfeccionistas a base de gritos e insultos que muchas no lograban soportar. Total que Alicia eso mucho no le importaba porque no estaba atada a ellos y peores eran nuestras sesiones donde le tocaba las llagas y ella se ponía el limón y la sal en las heridas abiertas. Parecía mejor y más tranquila, establecida en una rutina que tenía de todo menos repetitiva. Sí estaba algo apagada, pero lo cierto es que yo andaba tenso esos días y no era muy fácil estar a mi alrededor. Aun peor, Alicia seguía sin dejarse vivificar, pero creo que eso fue porque en el proceso de hacerse a la imposible encontró el placer que a mí me negaba. Me preocupaba que todavía no contactase a su madre y hermana pero parecía más en paz con ello. Su lógica era que una boca menos de la que preocuparse era una gran ayuda y los mensajes esporádicos que mandaba desde celulares ajenos asegurándole estar bien le calmaban la consciencia de desaparecida. Mi lógica era que uno hace las cosas cuando está preparado para hacerlas sin enloquecer en el proceso. Las semanas siguientes las pasamos ensayando su acto de ignorancia y lentitud que volvería loca a mi tía y creo que logramos armar un acto bastante convincente, lo malo es que nunca lo pudimos usar porque, pues, conocimos a Fátima.

Era una chica más joven en la cabeza que en el cuerpo, era hija de un amigo de Florian, quien le sacaba treinta años. Eran amantes, de los que se ven cuatro veces por semana y siempre en el mismo motel, misma habitación, con el mes pagado por adelantado. La conocimos en una fiesta de unas amigas de mi tía Carmen, a la que nos colamos alegando ser los primos perdidos de Cochabamba. En situaciones sociales como esa la gente no le gusta dar cuenta de que no te conocen cuando tú, todo mamón, vas y los tratas con familiaridad. El asunto es que Fátima estaba ahí con su cara de corderito redimido, sus tremendos ojos celestes nunca mirando directamente, sus labios pintados de un rojo intenso, el vestido de gala todo azul eléctrico y su vaso lleno de leche chocolatada. Tenía un aire de las buenotas en los dibujos y los cómics, de esas que no dejan de sonreír, como si poblaran una dimensión alterna en donde estos problemas mundanos nuestros no son más que nimiedades, nada dignas de su atención. La corona fue un tatuaje en su espalda de un par de alas y el símbolo celta de la paz al medio, con eso yo no tuve otro objetivo que meterme entre sus piernas a toda costa para contaminarla un poquito. Me costó una rabieta terrible de Alicia pero conseguimos convencerla de ir a nuestro departamento a tomar unas copas y Fátima, en el papel de virgencita, primero no aceptó hasta que un susurro de Alicia la hizo dudar y nada más que la duda se necesita para que alguien horrible te secuestre. Y prácticamente eso hicimos, pero los culpables de que se loqueara fueron el trago y ella misma, pues ya en el departamento, y con un par de copas nada más, entró en un estado de euforia. Como niña pequeña preguntaba sobre todo y ni siquiera parecía escuchar las respuestas, de pronto pedía canciones, bebía y bebía y saltaba en el sofá y abrazaba a Alicia como si fuera su hermana y a mí me miraba como con ternura y picardía. No es necesario contarlo todo, pero la hice mierda en ese mismo sofá y a ella le gustó tanto que volvió por más a lo largo de la semana. En este punto yo no sabía que esta criatura era la amante de mi tío Florian, y me enteraría de la peor manera cuando, después de una sesión particularmente intensa, su celular recibió una llamada y en el id pude ver no solo el número de Florian, sino también una foto de él y ella besándose.

Momentos como ese son raros porque significan una oportunidad de inversión que dificilmente se volverá a repetir. Casi como viajar en el tiempo y que te regalen acciones mayoritarias de Apple, o como un trato de Vito Corleone. Simplemente no me podía dar el lujo de perder esa oportunidad. Me sentía tremendamente asqueado de haber estado con la misma persona que se acostaba mi tío, pero haciendo tripas corazón no me fue difícil mirar los candorosos ojos celestes de Fátima y planificar una forma de aprovecharme de toda esa información. Le hice un pequeño drama. No tanto por el asco que sentía dentro de mí, como por capitalizar una oportunidad tan caidita del cielo. Ella lloró, me lo contó todo, yo lo grabé, le juré amor eterno, me juró que lo terminaría, nos fumamos un poco de mota, lo hicimos con la pasión de los reconciliados, en realidad yo la quería agotada y dormida, lo cual logré y sin miedo ni vergüenza hurgué su cuarto, encontré fotos, cartas, emails y regalos que sospecho venían de la profunda billetera de don Florian. Todo. Miré hacia el rostro angelical de Fátima dormida y, por un instante, la quise con toda mi alma y al otro ya me escapaba hacia Alicia para contarle las novedades.

Lo malo del misticismo es que lo obnubila a uno de ver a su alrededor. O para ser sincero tendría que decir que es la excusa perfecta para dejarse convencer de algo, lo que sea, que nos permita construir certezas con raíces lo suficientemente poderosas como para aguantar cualquier embate de la realidad. Es un error muy común tratar de convertir a la fuerza cualquier argumento en axioma y con eso tener una solución rápida a la vida. Es el problema de confundir al azar con el destino, también es el problema con la sincronía, se confía uno no solo de la fortuna de haber estado en el lugar correcto en el momento preciso sino que sienten que se lo tienen que explicar, necesitan agradecérselo a algo o alguien y considerar que su deuda con el universo ha sido pagada, verse validados ante los ojos de un jefe supremo, una entidad cósmica, una deidad, y no tener que sentir culpa por disfrutar de cualquier bien que tienen por delante. Se aplica también a la desgracia ¿de qué otra forma se quita el estafado el sabor de la estafa? Con la misma leche amarga que le dieron a beber. Si me enojo porque me estafaron debería enojarme por haberme dejado convencer, total que ya me dieron hasta la excusa perfecta: no es mi culpa, me lo vendieron, me dejé convencer y con eso ya estas enganchado al perdón gratuito de un poder superior. Un negocio redondo y autosostenible. No es coincidencia que hayan tantas religiones y templos y rezos y santos y dioses y montón de cosas que por muy reales que sean, también te ayudan a justificar tus propias mentiras. El incidente con Fátima era demasiado bueno para ser cierto y desde niño que he sentido alerta cuando todo está muy bien, pero ¿qué podía esconderse detrás del candor de esos ojos azules?¿quién que se sonrojaba con miradas y se cubría los senos durante el orgasmo podía ser capaz de alguna maldad? Tampoco me detuve a sospechar mucho de ella, me enfoqué en el juego que controlaba e hice lo mejor que pude.

Reunimos las pruebas de la infidelidad de mi tío Florian en un enorme archivador ordenado de tal manera que el golpe fuera lento y cada vez más terrible. Me había leído toda esa correspondencia y mucha otra más en cosa de una semana. Mi tío era de esos cochinazos sentimentales que le demuestra a su amante que la ama dándole las contraseñas de casi todo, exceptuando la tarjeta de crédito. No solo leí los amoríos con Fátima, sino que tecleando “153962FS” me enteré del romance con Zuleyma, los encuentros con Josefina, las pensiones para Eva, las demandas de Cecilia, las visitas a Patricia y los horarios de Rubí. Era tan amable el universo que hasta me mandaba fotos, videos, mensajes de voz y confirmaciones via mail para compra de pasajes a exóticos lugares que nunca escuché a mi tía presumir. Era perfecto. Once días tomó clasificar el material, ordenarlo según su impacto y ponerlo en el archivador al que Alicia y yo llamábamos El Collage. Incluso nos dimos el trabajo de grabar cada mensaje de voz y video en dvd’s que incluíamos en el archivador. El Collage sería la obsesión de mi tía por un largo período de tiempo, el suficiente como para calmar mi propia rabia, la que guiaba a mi olfato hacia los lugares que más podían sangrar. Y ese era el problema: demasiado angurriento, entregado a las benditas justificaciones potenciadas por la mística que insistía en buscar, siempre en pos de ese encanto que tiene el mundo cuando se lo ve a través de la fe. Si nos escudamos en algo tan grande como es la mística es porque intuimos que ninguna de nuestras necesidades, pensamientos o deseos tienen la menor importancia. Toleramos, y hasta creemos, en la religión, en la fortuna, en el vendedor, por ser esos encantadores potenciadores que le dan alas a nuestro ego y nos colocan como los mimados de una entidad cósmica, de un concepto abstracto capaz de crear vida de la nada. Lo malo, al fin, de las revanchas no es que uno esté ciego, ni sordo, peor mudo de ira sino que se agudiza el olfato. De pronto lo identificas todo desde lo visceral, azuzado por la ira que te dice, te jura, te susurra que después tendrás tiempo para reparar la tierra quemada cuando la revancha haya terminado. Y sí, es cierto, aunque no del todo. Quema uno las naves con esa ilusión de que aparezca alguien lo suficientemente idiota como para intentar apagar tamaño incendio, que en nada se compara al conflicto interno que buscas expresar, quema uno las naves porque es más sencillo destruir que terminar de irse al más allá. Quema uno las naves para que lo miren, pero no siempre lo vamos a notar.

Todos caemos, carajo. Sea en estafar o ser estafados y no hay vergüenza en ello. Lo peor es estar al medio, en la parte gris y plagada de la aburrida sensación de duda ¿era mejor ese extremo, o el otro? ¿vale la pena? Después de un rato le hallas lo bonito a lo gris y hasta, en un descuido, encuentras felicidad e ilusión de plenitud. Con la mística, cómo si no. Pero nunca es lo mismo que irse a los extremos, ni tiene igual sabor, el del vértigo de casi morirse y el goce de por fin respirar. Tan visceral que no necesitamos a la mística para magnificarlo sino para protegernos de que nos desquicie. Y por eso caí, por candoroso. Planificamos todo para un lunes por la noche, movidos por el morbo de jugar con las supersticiones de mi tía, quien juraba que si el lunes ocurrían desgracias entonces la semana también estaría llena de ellas. Tocaría la puerta durante la cena, lo común era que tanto Florian como Carmen estuviesen, acompañados por mi prima, la del medio, que vivía a lado y mis sobrinos esperando a que llegué su papá. Estarían sorprendidos y bastante incómodos de verme, serían amables, me harían chistes culposos respecto a mi ausencia, cómo para lavarse las manos de ellos no haberme buscado tampoco, me preguntarían en qué trabajo, qué hago de mi vida y tantas otras cosas que yo no respondería. Me limitaría a entregarle su copia a mi tía, otra a mi tío, a mi prima, a su esposo, anunciar que las copias de sus otros hijos ya estaban siendo enviadas y que algunas habían sido mandadas, por error, claro, a algunos de sus amigos. Me quedaría a ver sus rostros y disfrutarlos, muy al margen de la apuesta que tenía con Alicia de si mi tía primero me atacaría a mí por actuar de Capitán Obvio, o a su marido, por fin, después de tantos años de aguantarse. Nos retrasó mucho, tener que hacer las copias del Collage, hacer los arreglos para que los entreguen pero en las vísperas de nuestro golpe era todo pura euforia y nada nos podía arruinar. Alicia me sonreía como nunca y yo no podía evitar sentirme, desde ya, algo aliviado. No hay peor ciego que el que puede ver, como quitándole la mística al famoso dicho en la espera de que rompiendo místicas pueda ver uno más claro a su alrededor. No comprarse la propia estafa, ni engolosinarse en las ofertas ajenas, cuidar el trasero propio y de los tuyos, tener planes de respaldo y siempre cuidar las ganancias. Enterarse que hay dimensiones en esto de la ingenuidad.

Por supuesto que todo salió más o menos como lo planeado, pero para nada cómo lo esperado. Los Collages llegaron a todos y cada uno de los que tenían que recibir uno y ya no sé si los habrán visto pero de que los tienen, los tienen. El problema es que hubo dos sorpresas esa noche. La primera empezó una hora antes de mi momento de partir hacia casa de mis tíos. Alicia estaba de un humor especial y yo muy nervioso cuando tocaron el timbre, nos sobresaltamos y nos preguntamos en voz baja quién podía ser, hasta que los chillidos alegres de Fátima nos cortaron la incertidumbre. La dejé entrar y rato más tarde me abalanzaba sobre la puerta para apresurarme a la casa de mis tíos. Nunca calculé que Fátima se tomase tan a pecho su vivificación y el pequeño drama que le armé para que me revelara sus secretos. En lo que sin duda consideraba el acto más romántico de amor supremo, la chica fue a casa de Florian y se reveló ante mi tía, le contó toda la verdad o, bueno, una verdad llena de censuras y disculpas ante cada lágrima que veía en los ojos de esa operada señora. Así las encontró mi tío, abrazadas y chillando, la una de rabia con su rostro inexpresivo de tanto botox inyectado, y la otra de arrepentimiento con su carita candorosa brillante y compungida ¿se esperaba ese giro de sucesos? ¿qué clase de pesadilla es que tu mujer y tu amante se lleven bien y a tus espaldas? ¿dónde, exactamente, está lo pesadillesco de todo eso? El lío adquirió nuevos carices y Fátima fue testigo silente de una discusión entre dos que pronto olvidaron la presencia de la tercera, lo cual le permitió escaparse a darme las buenas nuevas de nuestra exclusividad.

No pensé, solo me lancé a la calle con los Collages y paré el primer radiotaxi que quiso llevarme. Ni bien llegué lo que encontré fue la puerta de calle abierta y una seguidilla de decepciones empezaron a operar en mi cabeza ¿me lo había perdido? Maldiciendo mi suerte entré sin dudar y noté que en el jardín, que también servía de garaje, estaba solo un auto y no los dos que solía albergar. “No es nada” me dije y hasta me propuse que quizá ya no tenían dos autos como acostumbraban, que mucho podía haber cambiado en tanto tiempo y otras basuras parecidas, pero el pensamiento se me pinchó ni bien escuché los sollozos de mi tía en la sala de su casa. Entré, el suelo estaba lleno de macetas y adornos rotos, mi tía estaba sentada en un sillón para tres, lloraba a moco tendido con las luces apagadas sumidas en las sombras de la noche y una estela de luz de luna cayendo a sus pies. No dijo nada al verme, ni cuando me reí, peor cuando dejé un Collage a su lado y me fui. Más tarde encontré a don Florian en el Hotel Radisson y dejé su Collage como mensaje en recepción. Tras esas dos entregas emprendí el camino a casa algo triste pero más feliz que otra cosa. Mi madre no había muerto por directa culpa de esa gente, pero se sentía bien culparlos del abandono, destruirlos hurgando en sus cuidadosas hipocresías, hacerles doler lo mucho que me hicieron falta cuando ya nadie me quedó en el mundo más que un padre que estaba demasiado ocupado en sus padres como para ayudarme a lo que sea. Si dejarle el Collage a mi llorosa tía era un golpe bajo y en el suelo, eso no evitó que me sintiera tremendamente feliz al imaginarme torciendo un cuchillo imaginario que acababa de clavar en la boca del estómago de esa familiar detestada. Hasta el dolor y la tristeza parecieron ceder, me dieron la perspectiva de un mundo perfecto, uno donde el rencor calmado ya no sería un factor que me controlase y aun si era patético sentirme bien a la costa de la desgracia de alguien más. Estaba chocho de la vida porque hacía rato que no me sentía así de genial. No calculé que le arreglé la vida a mi tía con ese gesto cruel puesto que, mucho después, pediría el divorcio y presentaría el Collage como evidencia suficiente como para dar por muerto cualquier futuro que don Florian hubiera podido abrazar, sentenciándolo a una vejez amarga y pobre, solo y abandonado por los hijos que él alguna vez no dudó en abandonar. Como dije, eso le valió mucho dinero a mi tía y le arregló la vida en los modos que yo hubiera deseado le saliesen mal, pero eso no quitó que tuvo que mudarse y cortar relaciones con mucha gente clave de su importante circulo social. Igual que sus hijos hicieron, después de repudiarla, no dudo que haya rearmado todas sus farsas en Santa Cruz, que fue donde se mudó, pero nunca debió de ser lo mismo para ella hacerlo vieja, cornuda y divorciada a ser la señora perfecta de antes, esa con el marido que proveía y una familia ejemplar. Una hora después de la fechoría ya me sentía vacío, un tanto arrepentido pero todavía satisfecho. De menos le quité la facilidad a sus farsas e hipocresías, que sigue siendo poco considerando cuánto me costó todo esto. Por lo que sé nunca se volvió a casar y solo una de sus hijas le perdonó las infidelidades del padre. No los culpo, ni creo que lo haya hecho ella, después de todo habían sido criados en el cautiverio de esa hipocresía de la familia ejemplar. Yo mismo reflexioné y concluí que probablemente ellos no entendían la gravedad de sus acciones, justificadas por la creencia de pertenecer a la funcionalidad de esa dichosa familia ejemplar. Y, antes de la segunda sorpresa, entendí que mi mística había sido el odio y que ahora necesitaba ver la realidad.

¿Qué es lo peor de la verdad? Algunos piensan que su inevitabilidad pero olvidan al olvido, precisamente. Si la mentira tiene patas cortas, la verdad apenas camina con lo largo de las suyas. Y es justo por esa notoriedad histriónica que tiene la verdad, que lo peor es ser el último en notarla, en enterarse de ella y todas sus implicaciones. ¿Qué clase de simpatía es esa de cortarse las venas en una bañera? Te vas a morir, ya qué importa que alguien tenga que limpiar, total que no será tu problema y si decidiste abandonar este mundo es porque te recontra cagas en el alma y las opiniones de los demás. Lo que los suicidas no saben, o prefieren ignorar, es que una vez que se van de este mundo sus opiniones, sus deseos, sus preferencias se van a la mierda, se pierden en lo que los deudos necesitan. Los vivos siempre son el problema, son los que imponen sus caprichos internos disfrazados del “así lo hubiera querido el difunto”. Es una forma de lidiar con la pérdida de alguien y la consciencia de la muerte, pero eso no le quita lo hipócrita. Por eso los suicidas no deberían tener atenciones como cortarse las venas en una tina para que el agua se mezcle con la sangre ¿piensan que será más fácil, más cómodo? ¿Cómodo para quién, entonces? El muerto siempre estará cómodo, ya no hay nada ni nadie que lo pueda molestar y lo suyo será esa región innombrable que ninguno nosotros conoce pero que la mística nos ayuda a soportar. De seguro Alicia mostró señales que yo no noté, lo cierto es que elegí creerme la farsa de su sonrisa para mejor calmar esta sed de revancha que más se parecía a una indigestión de ego y autodestrucción. Nunca le pude decir lo mucho que me vivificó y jamás lamenté tanto no haber podido vivificar a una muerta en vida. Subestimamos, o sobrestimamos también, a las personas en base a nuestras conveniencias. Queremos la entrega absoluta hasta que la obtenemos y cuando lo hacemos nos gana el terror a que la plenitud sea más jodida que el vacío. “Qué cosa más pesada debe ser vivir el infinito” me puso en un papel que encontré a lado de su cuerpo inerte y desnudo en la tina. La sonrisa revanchista desapareció en un mar de lágrimas y lamentos, no me atreví a sacarla del agua roja y, siempre con la nota en la mano, me fui a recorrer cada cuarto para rastrear los últimos pasos de la reciente muertita que se pasaba en calidad de zombie al más allá. En la cocina faltaba el trozo de pizza que guardé para celebrar, en su cuarto estaba todo ordenado y empacado con la precisión de quien sabe que no volverá, en la sala habían muchos pañuelos usados y los borradores de la nota que al final me dejó.

Entre lectura y lectura fui comprendiendo que Alicia hacía rato que tenía planeado marcharse y que mi supuesta vivificación no fue más que una última distracción que se permitió antes de matarse. La nota era muy corta pero todo se compensó con el exceso de confesiones que fui encontrando en cada borrador y en su diario, que forcé cuando despuntaba el alba y mis ojos ya no podían llorar más. Así fue que me enteré que su madre se había matado hacía un mes y con ella se había llevado a la hija más pequeña en un suicidio brutal y hasta repugnante que Alicia tuvo que soportar mientras yo la arrastraba a fiestas de gente estúpida solo para darme la chance de una revancha tan tonta como fútil. En su nota de despedida, la madre parecía segura de que Alicia nunca volvería al seno de una familia desgraciada, a la que el sufrimiento se quería llevar al otro lado a toda costa y no encontró mejor salida que liberarla de la desgracia con el sacrificio doble que “calmaría la sed de este Dios cruel, hija mía”. Los misticismos sostienen verdades y mentiras, pero que tan cierto sea algo no le quita lo mortífero. Mientras yo creía ciegamente en la revancha, la madre de Alicia se consolaba con la idea del sacrificio, por lo que pude enterarme después la señora no estaba en sus cabales pero tampoco nadie se ocupó de auxiliarla, ni internarla, nadie pensó en la niña, todos se encerraron a lidiar con lo que había pasado en soledad. Alicia no se perdonaba haber creído que su distancia le hacía bien a su madre y hermana, cuando lo cierto es que estaba movida por motivos egoístas. De haberla encontrado viva le habría dicho que no era del todo su culpa, que ella también necesitaba recuperarse en soledad y que su único pecado fue tardarse en animarse a buscarlas, a dejar de ver lo que ella quería y enfrentar la realidad. Como yo, que me arrepentía de eso mismo y le expresaba, tarde y motivado por una reveladora entrada en su diario, que yo también la quería, que hasta la amaba, y que yo también lo había descubierto la misma noche que  Fátima entró en juego con esa su presencia karmática que tanto terminó por marcar. ¿Quién sospecha de los ingenuos? Peor aún ¿quién se imagina que lo que lo joderá no será la astucia sino la mera ingenuidad? Ya no pude volver a ver a Fátima, no sé que habrá sido de ella, pero sospecho que sufrió y volvió a ser linda y finita, de seguro se casó con algún Florian que la condenará al destino al que se condenó Carmen. O no sé, estoy consciente que nada fue su culpa pero disfruto un poco esos pensamientos de ave de mal agüero. Si yo, señoras y señores, caí por engolosinarme de mi olfato revanchista y distraerme en estas ganas de vivificar, lo mejor que podía hacer tras tantas tragedias era aceptarme como el cuervo que soy y que siempre seré.

Cuando volví al baño recién noté que sonaba un disco de NERD en la radio que compramos para escuchar mientras nos duchábamos. A Alicia le fascinaba Pharrell, le encantaba que fuera tan feíto y atípico y aun así estuviera tan cómodo en su propia piel, como para hacerte querer bailar esos sus temas sexistas y plagiados. Solía pasarse horas vanagloriándolo a la par que le lanzaba esos insultos sutiles y venenosos de fan resentida e indignada. Se ponía intensa y así se veía sexy, le decía yo y la comparaba con Alesha Dixon en el video de She Wants to Move y ella se reía a carcajadas, se ponía un vestido corto e imitaba el baile de la actriz. Lo hacía muy mal pero igual a mi me encantaba verla feliz en ese baile que era aborto de sensualidad. “Lo que más recordamos de She Wants to Move no es tanto a Pharrell siendo tan peculiar, sino a Alesha Dixon probándose a la altura de diosa, una mera ninfa del baile y la sensualidad y la actitud” le decía mientras le robaba besos a sus cachetes, a su frente, a sus manos y hasta sus hombros, pero nunca en la boca, ni en los labios, jamás un beso donde hubiera contado para ver si nuestro romance la convencía de quedarse un rato más o terminaba de indicarle que ya era su hora de partir. Que al final eso pasó, pero sin darme a mí la chance de convencerla, sin que pudiese recuperar las oportunidades perdidas para vivificarla, estancado para siempre en el gris de las cosas, con preguntas que ya no serían contestadas y con ganas de desnudarme y unirme a ella en esa bañera en la que también podía dejar mi sangre para que quien fuera que limpiase la escena del crimen no lo pasara tan mal. “¿Y eso a mi qué me importa?” me dije entre llantos y miré distraídamente el dorso de la nota donde noté que estaba escrita otra frase que antes no leí. “¿Qué pasa, cuervo? Siga volando que afuera hay mucha carroña para que puedas penetrar”. Y lloré, claro. Chillar sería más apropiada palabra para ese momento de mierda en que abandonaba la anestesia emocional y permitía al dolor fluir en ese peculiar adiós a mis muertos. Dejé la nota a un lado, llamé a la policía y me metí a la bañera para darle un incómodo último abrazo a mi entrañable suicida, mi cómplice perfecta, un abrazo más para mis morbos mortales que para intentar robársela a la eternidad.

 

Sería un día sin igual en aquel aeropuerto internacional. Empezaría con una mañana vibrante y hastiada de vida que arribó con el sol alrededor de las seis de la mañana, trayendo con ella los primeros bostezos de viajeros que despertaban de un sueño incómodo en los estrechos asientos de la terminal aérea. En años por venir, los empleados veteranos de las distintas aerolíneas, los mozos ancianos que cuidaban el aeropuerto para que se viese relativamente impecable y hasta la mafia dinástica de choferes apostados en la calle, metidos en taxis y minibuses, atentos con sentidos de buitre a rasgos foráneos pues preferían a clientes extranjeros para sacar una propina extra, todos y cada uno de los que quedaron recordarían ese día como inundado por una belleza inusitada, no solo en el aire general del aeropuerto, usualmente ajeno y bullicioso, sino en la apariencia de tanto pasajero atractivo que congraciaba la mañana de aquel día memorable.

La larga edificación poseía suelos de mármol y paredes pintarrajeadas según la aerolínea que las ocupaba. Por eso se podían ver combinaciones fortuitas de colores como un azul oscuro a lado de un naranja chillón que parecía darle espacio a un rojo sandía, el mismo que poco a poco pasaba a ser plomo para retornar violentamente al rojo pero esta vez con tonos sangre escarlata derritiéndose en celeste, gris, amarillo y blanco en todos aquellos espacios en que no se erguía algún mostrador o vitrina que contribuyese al caos de tonalidades con sus parcos colores de material de oficina, o el variopinto vómito arcoíris de los productos que los comerciantes aprovechaban para vender a diez veces el precio original con ánimos, de nuevo, de desangrar las billeteras extranjeras y locales por igual.

Fue cuando el sol terminó de asentarse, y con su luz cambiar la gris madrugada en una mañana con miras de soleada, que el aeropuerto fue invadido por muchas almas, algunas apresuradas, otras no tanto, rendidas a los ajetreos del estrés de hacer filas largas en las que se tenía que esperar hasta que el avión partía sin uno, u ociosas en la lenta manera en que pasaba el tiempo antes del momento de vuelo; almas camufladas entre miles de extraños procedentes de sabía Satanás qué tierras recónditas e historias extrañas. Aquello era algo regular en un edificio tan habituado a la misma eterna rutina, pero lo curioso fue que de alguna forma ininteligible para los habituales de la terminal, todos los que ingresaban aquella mañana eran bellos ejemplares de distintas formas de belleza, tan externa que su entrada levantó suspiros y cortó respiraciones hasta de los más exigentes jueces de lo estético y/o ciegos en los tules del amor.

Sería, también, una mañana memorable en la vida de Martín Riggan, quien gracias a uno de esos cósmicos y comunes descuidos de una línea aérea, arribó al aeropuerto cuatro horas antes de un vuelo cuyo destino lo llevaría a la penosa tarea de enterrar a una buena parte de su familia en el olvido final de la muerte. Todo triste y amargado llegaría junto al punto más intenso de la resolana matina, e inmerso en los dolores del duelo por tanta muerte, además del desconsuelo secreto de enamorado contrariado, no vería más allá de su amargura, atrapado por imágenes que el despecho y la frustración formaban en el silencio de sus pensamientos. Fue así que no pudo notar el obvio nerviosismo de los empleados que lo atendían, ni la fascinación de los muchos con los otros que dio de qué hablar durante bastantes años. Martín Riggan no vio a la sueca casi albina cuyo pelo rubio parecía blanco y enmarcaban un rostro frágil bendecido por unos enormes ojos celestes, ni tampoco se detuvo a contemplar las precisas redondeces que exhibía una joven de porte desafiante y seductor, que de no haber tenido aquella figura prodigiosa se habría bastado con sus meros aires eróticos. Tampoco notó al alto y flaco inglés cuyo canoso bigote de morsa daba la impresión de un control casi bendito sobre las voluntades de quien fuera que se animase a hablarle sin detenerse en sus ojos cálidos y su sonrisa fácil. Martín Riggan no notó a ninguno de ellos, así como tampoco notaba a todos los otros exponentes de algún tipo de sublimidad estética hasta que, una vez terminados los trámites de vuelo, estuvo bien apostado en la mesita de un café de aeropuerto con un brebaje colombiano, mezclado con leche y vainilla, en mano. No fue hasta que estuvo así que notó a Claudia Márquez sentada junto a su madre en la mesita de enfrente, bebiendo una taza de api humeante y empanadas fritas que no se parecían en nada a los golosos festines que las apieras vendían en los mercados de la ciudad.

Claudia se sabía preciosa, pero por su hermosura discreta que solo ciertos ojos alcanzaban a admirar en su totalidad. Los más se dejaban guiar por su belleza inmediata, la belleza fácil que todo el mundo notaba y en la que se perdieron más hombres de los que ella hubiese deseado a lo largo de su vida. Años más tarde, luego de una serie de eventos desafortunados y un marido seducido muy tempranamente por la Parca, Claudia hallaría solaz en una encarnizada nostalgia que le devolvía a los días felices con aquel marido que la había dejado viuda, y la memoria coqueta de ese día en el aeropuerto cuando notó los ojos tristes de Martín Riggan deteniéndose, heridos, en ella y tardándose en su rostro, en su cuerpo, en el enorme bolso Adidas donde llevaba un libro, una billetera, el perfume del que se enamoraría su futuro esposo y un par de regalos que los familiares a quienes visitaría no apreciarían para nada.

Fingió no haber notado nada y miró a su madre sin mirarla, tratando de distraerse del efecto sensual de aquellos ojos tristes recorriéndola, fallando miserablemente e intentando encontrar distracciones a su alrededor. Pero por mucho que por un rato se distrajo en los aires aventureros de mochileros barbados de ojos claros, seguramente fugitivos de alguna película romántica, o la elegancia de ejecutivos cuyos ojos despiadados contrastaban con sus sonrisas derretidoras, o hasta en los músculos bien marcados de los miembros de un equipo de fútbol, quienes esperaban ruidosamente a que su vuelo saliese, ninguna de estas distracciones estéticas le quitó el escozor que los ojos tristes de aquel desprolijo joven con gestos de anciano le causaron. Era una belleza distinta a la del guitarrista de la otra mesa con sus aires bohemios y melena larga y perfecta, o el curioso atractivo del gordito petiso y cuarentón que hacía cola para una aerolínea de paredes escarlata como sangre recién derramada bajo la luz del sol.

Martín Riggan olvidó, por un instante, los estertores de tanto pariente muerto y la pena que la distancia de Alejandra Borzueta, a quien consideraba el amor de su vida, causaban en su ánimo. Contempló a Claudia Márquez casi con avidez obsesiva, como si no existiese otra mujer en el aeropuerto. Complacido en ese rostro algo cuadrado de facciones suaves y amables, cuyo secreta sensualidad reposaba en la dureza con que se escudaba de que alguien le notase la ternura. Aun de viejo recordaría Martín el cabello negro y largo, liso y brilloso, las cejas peculiares encima de unos ojos oscuros y sinceros, la piel nívea revestida por un top sin mangas que apenas ocultaba su ombligo pequeñito, la chamarra de cuero café tan corta que apenas le llegaba a la cintura, bajo la cual un apretado jean cubría sus piernas robustas y el durazno perfecto que su trasero evocaba. Pero ni en el lecho de su muerte, con esas imágenes nítidas que su mente moribunda le proporcionaba, caería en cuenta que aquella Claudia podría haber sido la rebelde hermana gemela de Alejandra Borzueta.

Los aviones llegaban en hora pese a que el radiante sol, con que había empezado aquel peculiar día, ocultó su brillo tras nubes grises, y algunas otras blancas, que incrementaron la intensidad de sus escasas coloraciones gracias a la luz del astro. Los futbolistas movían las cabezas sin descanso para no perderse nada del desfile de bellezas que iban y venían por la terminal aérea; muchachas de ojos gráciles, figuras infartantes o sonrisas cautivadoras que fingían no notar el descaro con que las miraban tipos de mandíbulas firmes, sensuales posaderas, de miradas confiadas y manos grandes o pequeñas. Algunos viajeros incansables, otros ocasionales pero todos contagiados del placer fácil de contemplarse los unos a los otros, de aquel remanso de belleza que inspiró al amor a muchos aquel día, pero que se concretó en muy pocos casos, algunos cortos y babilónicos, otros románticos y que duraron para siempre, pero todos épicos.

Cuando faltaban tres horas para que partiese el vuelo de Riggan, Márquez le hizo un guiño cómplice a su madre mientras se levantaba y se sentaba en la mesa de Martín como si lo conociera de toda la vida, mientras este dejó de pretender que leía Los Detectives Salvajes y se quedó en silencio, mirándola. Ella le sonreía con todo el cuerpo, a él la tristeza se le escapaba hasta por los poros y por lo mismo ambos quisieron devorar al otro en un abrazo que poco a poco fuera dando espacio a un beso colmado de caricias. Pero el mundo real los dejó quietos, soñando despiertos en futuros que no llegaron jamás y nerviosos como solo estarían pocas veces en las distintas vidas que tuvieron.

Azuzado por el peso del amor, Riggan dijo algo sobre lo extraño que era que ningún vuelo se hubiese atrasado y ella, sonriendo aun más, comentó que de seguro algún milagro estaba en camino para que algo así sucediese. Rieron, no supieron porqué pero lo hicieron y después la conversación fluyó sin obstáculos, dejando atrás a todos los apuestos y las bellas, las bonitas y los guapos, las sensuales discretas y las muy obvias, los moldeados en máquinas médicas que preferían el camino fácil, o los otros que surcaban el camino de sudores en rutinas físicas que solo aquellos de disciplina más férrea conseguían continuar. Martín y Claudia se olvidaron de mirar de reojo la magia de aquel espectáculo peculiar y, a grandes rasgos, se avocaron a conocer la historia el uno del otro. Confesaron sus particularidades de rutina y hasta se atrevieron a mostrar uno que otro defecto, cuyo descubrimiento solo avivó la curiosidad con que él quería escuchar la voz de adolescente ronca que tenía Claudia y con que ella se internaba en el misterio de la tristeza en los ojos de Martín.

Faltaba una hora para el vuelo de Riggan cuando la madre de Claudia se levantó de la mesa. Hizo cuanto pudo para demorarse pagando la cuenta y leyendo sabiduría barata en el retrete, hasta que ya no pudo esperar más y se paró delante su hija mirándola con harta significación que esta entendió y a la que respondió con un gesto que solo comprendería su madre. Decepcionados, Riggan y Márquez intercambiaron datos que usaron para contactarse con avidez a lo largo de los años, sin nunca poder volver a verse más que en las fotos colgadas en las muchas redes sociales por las que se siguieron hasta sus respectivas muertes. Se abrazaron por un largo minuto, se dieron un piquito sin ninguna timidez inoportuna que viniese a arruinarles la fiesta y se miraron todo cuanto pudieron mientras ella tropezaba su camino a la sala de embarque. Riggan pagó el café que había consumido, tomó su bolso de mano en el que por las prisas había metido medias desiguales, poleras sucias y una chaqueta ajena cuando aquella misma mañana hizo el equipaje para viajar a enterrar a numerosos parientes muertos.

Martín dedicó la hora que tenía para matar en un paseo pausado por el mármol del aeropuerto, ignorando los colores de las paredes y notando vestidos rosados con puntos negros  que hacían vistosas unas piernas por demás normales, poleras sencillas y muy usadas que daban un aire romántico a mochileros demacrados; Martín marchaba contagiándose del embelesamiento general de la gente, recordando a Claudia, añorando a Alejandra, ignorando a los muertos, confortablemente adormecido en las risas fáciles, los silbidos coquetos, las miradas pícaras, las voces eufóricas, el sonido del caminar tierno de los niños, la venerabilidad con que se quejaban los ancianos y la eficacia de los empleados, quienes se sorprendían a sí mismos con lo bien que iba todo, incapaces de siquiera pensar que algo podía salir mal.

La tristeza retornó a Martín Riggan cuando faltaba media hora para la salida de su vuelo, al que esperaba en la misma sala de embarque en la que hacía apenas una hora estaba Claudia Márquez, toda sonriente y expectante del futuro. La belleza seguía alborotando los ánimos de las almas que ese día estuvieron en ese aeropuerto y que no desaparecería hasta mucho más tarde, por la noche, cuando unos nubarrones repentinos, no predichos por ciencia o magia alguna, empezaron a formarse en un cielo que permaneció gris durante todo el transcurso de aquella jornada de beldad. Riggan abandonó todo pensamiento grato, o no grato, y con mucha dificultad apartó su mente de lo bello, a sabiendas que pronto enfrentaría tareas tristes y difíciles. Escuchó el llamado al embarque en los parlantes de la sala y dedicando pensamientos cariñosos a Alejandra Borzueta, antelando el paisaje maravilloso de las nubes como una tierra encima de la tierra, abordó el mismo avión que por la noche, gracias a la violenta fuerza de una súbita y negra tormenta, se estrellaría contra la imponente terminal que albergó tanta belleza en un solo día, matando a muchos que apenas notaron sus muertes, muertos en vida por las maravillosas sensaciones que causaba la contemplación de lo sublime.

 

– Mira a tu cuerpo –

Una marioneta pintada, un pobre juguete

De partes unidas listas para colapsar,

Una cosa sufriente y enferma

Con la cabeza llena de falsos imaginarios

La Dhammapada

Las hermanas Escobar y yo teníamos mucha historia entre nosotros cuando tocaron mi timbre aquella mañana de invierno. Estaba yo totalmente cansado y asqueado de los excesos de la noche previa, así que el retumbar infernal del timbre me despertó de un profundo letargo que solo abandoné por la insistencia del repiqueteo de la campana. Cuando abrí la puerta me las encontré, de repente, frente a mí tras un año y medio que no sabía nada sobre ellas. Quedé totalmente petrificado al encontrarlas tan sanas, tan hermosas, como si la vida se hubiese encargado de sonreírles y sonreírles en aquel tiempo que pasamos separados. Las envidié, pues en mí se mostraban pruebas de todo lo contrario, cualquier observador ajeno a nuestra historia se habría preguntado qué hacían aquellos preciosos ángeles hablando con ese roñoso y destrozado intento de hombre. Lo admito, estaba demacrado, estresado, fuera de forma, deprimido y siempre intoxicado, mientras que ellas parecían rubicundas, alegres, tan preciosas como las más finas modelos famosas, incluso tenían un aire de contagioso bienestar que no tardó en molestarme. Me saludaron con cariño, me dieron abrazos cuya sinceridad me asqueó en un principio pero que, poco a poco, fueron quebrándome hasta que me encontré a mi mismo confortado como crío en el refugio del abrazo de ambas, con los ojos secos y furiosos, pero aun así disfrutando del abrazo de las hermanas.

Durante el abrazo las recordé como no las recordaba desde que sus abandonos en mi vida iniciaron. Mi mente viajó en el tiempo sin que yo pudiera evitarlo y, pronto, me encontré a mi mismo pensando en el tiempo en que las conocí, cuando aun íbamos a la escuela y estábamos en séptimo básico. Era la tercera vez que me enamoraba en toda mi vida. La escogida fue Martha, dos años menor que yo, un año menor que su hermana Raquel. Martha captó mi atención, primero, por su belleza innegable, acompañada de sus ojos cafés hipnotizantes, además de su trato fácil y agradable; años más tarde me seguiría enamorando, esta vez con su aspecto inocentón que salpimentaba la sensualidad de sus piernas y sus pechos, además de esos ojos tan grandes y redondos que gritaban ternura con un brillo peligroso y seductor que la disfrazaba de víctima y disimulaba su malicia. Raquel, su hermana, era más sensual, era un remolino de lujuria latente que inquietaba hasta al más cauto, sus ojos eran achinados en comparación a los redondos perfectos que eran los ojos de su hermana, pero eso solo le daba un aire más críptico a sus miradas penetrantes, miradas que yo disfrutaba mucho y a las que me sometía en largos diálogos que solo trataban de mi amor platónico por su hermana. Eran temporadas divertidas, aquellas de colegio, temporadas fáciles y llenas de dicha en que solo tenía que preocuparme de mi mudez ante Martha y disfrutar de mi estrecha amistad con Raquel. Para resumirlo en una palabra: cómodo. Era total y absolutamente cómodo estar así, atrapado en un amor imposible al que nunca podría tener, siendo consolado por otro amor imposible del cual ni yo era consciente.

Ese fue el antecedente, una infancia incómoda que solo cobraba sentido cuando olía, en la sana distancia, el perfume de Martha mientras las manos de Raquel acariciaban mi rosto. Todas esas tardes en casa de las Escobar riendo y jugando, dichoso de ser el centro de las atenciones de ambas hermanas, como si fuéramos ya un triangulo amoroso, aun en la tierna infancia. Luego vendría una adolescencia tumultuosa, totalmente rendida a los encantos florecientes de las Escobar, que cada día se parecían más a las leyendas de belleza que leía en los libros de ficción que poblaron aquella etapa de mi vida. Disfruté mucho de sus atenciones durante toda mi adolescencia, eran mías y solo mías, por más que sus atenciones nunca habían derivado en aquellos sentimientos románticos que yo tanto ansiaba.

Tras ello, ya cumplidos los dieciocho, desaparecieron de mi historia por un tiempo, temporada que aproveché para vivir. Lo recuerdo como si fuera reciente, pues el primer día sin las Escobar en mí vida fue triste, lleno de lamentos por su forzada partida, obligadas a morar en otro país, tan lejos del mío que cuando me lo anunciaron, lo primero que pensé fue que no las volvería a ver nunca jamás. Días pasaron antes de que pudiese digerirlo, mas cuando lo hice empecé a sentirme aliviado, como consciente de una cadena que me tenía atrapado a ellas y que con ellas lejos cesaba de existir. Fue así que caí en los vicios. Suena a una cobarde justificación y lo más probable es que lo sea. La ausencia de las hermanas me reveló un vacío dentro de mí que solo los vicios me ayudaban a olvidar, un vacío que me empujaba cada vez más lejos en los caminos más tumultuosos y malsanos, pues solo en esa miseria podía yo dejar atrás los hermosos días de antaño. Me había convertido en un parásito que chupaba vitalidad de los demás para mantener su patético intento de vida vigente Admitiré que no lo recuerdo con arrepentimiento, las memorias de esos días no me ruborizan en lo más mínimo, por mucho que cometí actos innombrables. Todo fue en aras de la diversión, de la juventud y la irresponsabilidad, todo fue para poder un día decir que yo había vivido como nadie, que había disfrutado de los excesos cuando el cuerpo aun era joven. Según Raquel eso me hacía un viejo atrapado en un cuerpo juvenil, pero en esos tiempos no estaba Raquel para recordármelo. Durante esos años, el perfume de Martha y el toque de Raquel no eran más que pueriles e inocentes recuerdos de una época mejor, una mucho más feliz y sencilla.

Volvieron a mi vida cuando recién daba yo mis primeros pasos en el mundo de los adultos. Me aterrorizaba la perspectiva de pagar por mis propias necesidades y eso cortó todos mis vicios con una efectividad que ningún duodécimo paso podría haber logrado. Dejé de ser el parásito vicioso y, en adelante, tuve que concentrarme en ignorar la voz caótica detrás de mi cabeza que me invitaba al desorden. Aprendí a callarla para poder hacerme un androide más del sistema, otro esclavo de la rutina que deja de tener aventuras y las cambia por un ambiente tranquilo, donde el miedo se traslada de los finales a los inicios y donde la inercia es la única amenaza a lo más preciado que tenemos los androides: la conformidad con el estancamiento. Era miserable, de verdad miserable, en aquella no tan lejana época, tenía que pelear cada día contra las tentaciones más ruines y triunfar si quería sobrevivir en el mundo de los autómatas, un mundo que hedía a engranajes triturando los cuerpos de los trabajadores para seguir lubricados con la sangre y el sufrimiento de estos. Quizá lo pinto exageradamente, pero lo hago porque fue así como lo viví en su momento. Fue esa dificultad de resistir las tentaciones la que forjó la dureza de mis modos y el silencio con que manifestaba mi conformismo. Creo, firmemente, que estaba en camino a convertirme en un ser despreciable, de aquellos que consideran al mundo inocente y a la gente buena, esos caprichosos cobardes que derraman lágrimas ante la primera manifestación del azar, o de la malicia del mundo. Ahora me da un poco de gusto verme como soy hoy, sin hallar culpa cuando analizo las cosas que hago para sobrevivir, para mantener viva mi sangre.

En esta época de androide recibí un llamado telefónico de un número desconocido. Fue peculiar porque al agarrar el celular me sentí extraño, y cuando al otro lado escuché la voz de Martha me sentí completamente fuera de mí, como si la imposibilidad se diese la contra a sí misma y se manifestase para mis oídos. Creo que habría esperado una llamada de Raquel, creo que hasta la iba ansiando desde el día de nuestra separación, más seguro de la amistad que tenía con ella que de las ínfulas amorosas que tuve con su hermana, por ello resultó aun más bizarro que fuera la voz de Martha la que me buscaba y me pedía un encuentro, una cita, un café. Lo que sea con tal de volver a contemplarnos.

Acepté, en medio del más profundo y desesperante terror acepté. No sé qué me asustaba tanto, no sé qué fue lo que me llevó a temblar cada vez que recordaba la cita que tendría en unos días. Pudo ser la antelación, la emoción de la reunión posiblemente, pero creo que hubo un oscuro presagio para quien era yo en ese entonces, como si un recóndito y misterioso resabio de magia me anunciara que aquel encuentro con Martha sería algo fuera de lugar, un reencuentro muy esperado en que todos los anhelos pasados serían cumplidos, por fin.

Previsiblemente no fue así. Martha me trató con cariño, con infinita ternura me hablaba y me contaba de su vida, de todo lo que había hecho desde que habíamos dejado de vernos, lo hizo con terrible detalle, lo cual me permitió inferir no solo los pormenores de su historia, sino los de su hermana y toda su familia también. La vida no había sido del todo amable con los Escobar, tenían fortuna económica, sí, pero a cambio la salud de los padres se precipitaba al abismo final, la muerte los esperaba en forma de tumores malignos inoperables que lentamente trasladaban a los señores Escobar más allá del alcance de sus hijas. A la par, Raquel había desaparecido en una sucesión de novios infieles que los padres miraban con malos ojos, pero Raquel parecía no querer parar, parecía no entender todo el sufrimiento que a sus padres traían sus ires y venires por las vidas de tipos que no la merecían. Ahí intuí el motivo por el que había sido convocado y Martha me lo confirmó minutos después, cuando me pidió que la ayudara a convencer a su hermana de calmarse un poco, aunque fuese por un rato para darles una tregua a sus enfermos padres. Yo no supe qué responder, no sabía cómo hablar de eso con Raquel, a quién, además, no veía hacía años, pero Martha ya lo tenía todo planeado, según ella solo tenía que volver a su vida para que ella encontrase, nuevamente, el camino adecuado. Fue así que volví a ver cada día a las hermanas Escobar.

¿Qué puedo decir de esa temporada? Llegaba por la noche, me recibía Raquel con una sonrisa muy amplia y me daba abrazos mientras Martha preparaba algo de comer, entonces nos echábamos a ver televisión sin verla, más concentrados en amenas charlas que me dejaban completamente sonriente. Fue una época alegre, eufórica mejor dicho. Me reencontré con los días de mi niñez al acompañar a Martha y Raquel cada minuto que podía. Las dos vivían juntas en un apartamento minúsculo, en el centro de la ciudad, al cual me trasladaba después de enfrentar mi agotadora jornada laboral. Llegaba a la puerta de ese apartamento con los ojos casi cerrados del cansancio, con el humor por los suelos debido a los inevitables choques con jefes o compañeros de trabajo, fatigado por las exigencias que la rutina imponía en mi vida, manejándola como le daba la regalada gana, sin consideración a mis proyectos y anhelos, perdidos ya en el remolino de mantener vivo mi vicioso consumismo con el que construía el hogar perfecto, equipado con los mejores muebles, los ornamentos más caros e inútiles que podía encontrar, esclavizado a hipotecas, cuotas, deudas y todos esos tormentos. Admito que tras todas esas jornadas agotadoras para ganarme el dinero que pagaría mis deudas, llegaba desganado y dispuesto a irme tras media hora de visita. Siempre me decía eso a mí mismo: “media hora y me largo que tengo mucho que hacer mañana” pero me quedaba, hasta bien entrada la madrugada me quedaba con ellas y reíamos y comíamos, bebíamos a veces, era un espacio donde hasta un androide como yo podía sentirse menos maquina y más humano, un lugar donde dejaba de preguntarme por qué necesitaba, un solitario como yo, el paquete de la casa, los muebles, los ornamentos cuando no tenía ni perro que me ladre. Me concentraba en reír, en disfrutar de la compañía de las hermanas que consolaban mis dudas y me daban ánimos para volver al trabajo a cumplir mis jornadas laborales y ganar el sustento, pagar mis deudas, ahorrarme dinero, ser un androide feliz y conforme.

Todo eso terminó un día en que antes de llegar al apartamento de las Escobar me encontré con Martha esperándome en la esquina de su cuadra. Me miró con una determinación que abrumó mis sentidos y confundió mis pensamientos durante un breve instante en que no pude respirar, me pidió que por favor esa noche no fuera a su casa pero que al día siguiente me pasase por ahí para visitarlas en el transcurso de la tarde. “No puedo” le dije “tú sabes muy bien que trabajo” agregué angustiado ¿por qué me negaba mi refugio nocturno? ¿Dónde curaría mi angustia laboral si no era en la relajada felicidad de pasarla bien con las Escobar? Pero ella me insistió delicadamente, hasta el punto en que mi terquedad cedió y le juré que al día siguiente acudiría a su llamado.

Tuve que reportarme enfermo aquella misma mañana, mandando una nota médica del puño y letra de un amigo galeno, al cual terminé debiendo un par de complicados favores de los cuales no quiero hablar en este momento. Sin embargo logré presentarme en el departamento de las Escobar ni bien el reloj dio las dos de la tarde. Dentro pensé que encontraría a ambas hermanas, así que grande fue mi sorpresa cuando solo me encontré con Martha. La tarde fue incómoda, no podía entender porqué pero sí lo sentía en los huesos y en la mente, algo no cuadraba en la hermenéutica de nuestras cortesías, algo había cambiado en nuestras miradas y en la forma en que las palabras sonaban cuando eran expulsadas de nuestras mentes a través de nuestras bocas. Como si algo estuviese descolocado y no hubiese forma de especificar qué. Esto era molesto en más de un sentido, pues le quitaba el aura de santuario al hogar de las Escobar, el único lugar donde me deshacía de todas mis preocupaciones terrenales estaba siendo mancillado por aquel ambiente extraño que la actitud de Martha propiciaba.

Pero he ahí que los designios misteriosos del vacío comenzaron a obrar. Cuando ya empezaba a enfadarme por la situación, Martha rompió un silencio que venía arrastrando desde hacia media hora y me pidió que le hiciese un hijo. La sorpresa que experimenté solo puede ser medida en cifras inefables, en expresiones en mi rostro que no creo poder repetir jamás, mientras que el rostro de Martha era frío, totalmente calculador e inconmovible ante mi sorpresa. Nos enfrascamos en otro silencio, aunque lo cierto es que solo era yo el callado, abstraído en la realización de que nunca había notado la frialdad en los ojos de Martha, mientras ella me lanzaba un discurso de la cercanía de la muerte de sus padres, del deseo de darles un nieto antes del amargo final y no sé cuantas justificaciones a semejante propuesta. Admito que mi deseo por ella se remontaba a la infancia, incluso puedo confesar que más de una vez incurrí en vergonzosas prácticas onanistas con ella en mente, prácticas sazonadas por fantasías cursis e imposibles en las que ella me entregaba todo su ser y se sometía a mis deseos más sublimes, en coitos en los que, a veces, participaba también Raquel, su hermana. No me oponía a tener relaciones sexuales con ella, para nada, pero sí me inquietaba la petición de un hijo. ¿Cómo podía darle yo un hijo? ¿Acaso era posible que yo fuera capaz de engendrar a un pequeño androide que terminaría igual de atrapado en la gran maquinaria del mundo en aras de sobrevivir? ¿Qué, en el vasto mundo de Dios, podía haberle hecho pensar a esta muchacha que yo era el candidato ideal para ser padre de su primogénito?

Ninguna de estas preguntas me fueron respondidas entonces. Por enésima vez en mi vida no supe qué hacer, ni qué pensar y mientras yo callaba completamente inmóvil, Martha se desnudaba revelando las carnes que siempre había imaginado en aquellas noches adolescentes. Mas ni siquiera mi cuerpo respondía a ninguna de las órdenes de mi cerebro, estaba paralizado de terror y por eso dejé que me quitara la ropa y me eché en su cama mientras ella frotaba su piel contra la mía, dejándome completamente electrizado ante cada embate de su cuerpo rozando al mío. Y ni así pude obtener una erección, en un acto que declaro fue una completa traición al joven yo que tanto había soñado con las Escobar, seguro de que nunca las tendría, poco consciente de la traición de su yo del futuro. Ese sentimiento no ayudaba al cometido de las caricias de Martha. Sin embargo ella insistía, me susurraba muchos por favores al oído, me rogaba que le plantase mi semilla, que la hiciera mía para siempre, que ella lo venía soñando desde que éramos más jóvenes, como si estuviera hablando directamente a mi pasado, haciéndome feliz demasiado tarde. Llegó al punto de estimularme de todas las maneras posibles con sus palabras, con sus caricias, con su lengua y hasta con su sexo, no fue hasta después de horas que pudo obtener una erección mía y la aprovechó sin perder el tiempo mientras yo me quedaba inmóvil, nuevamente, y perdido en el miedo a procrear, el más arraigado temor a arrastrar una nueva vida al destino mísero de los humanos, enjaulados por la sociedad, obligados a vivir engañados por empleos mentirosos que prometen bienestar al ingenuo que los necesita, solo para encerrarlos en círculos viciosos que perpetuán la desesperanza del ciclo de la vida y la muerte. Vidas controladas por una insistente ceguera que nos protege de ver los hilos que cuelgan de nuestros cuerpos de marionetas. Tales eran mis pensamientos mientras Martha me montaba, gimiendo suavemente, estimulando mis temores con una mirada espectral que tardó mucho en desaparecer de mi vida. Tardé demasiado en acabar, pero cuando lo hice fue cuantioso y dentro ella, cumpliendo así con la petición que ella me había formulado horas antes.

Luego se echó a lado mío y se quedó dormida. No tapó su desnudez con nada, solo se durmió y me dejó a solas con mis pensamientos. Podría haberme detenido a pensar en todo lo acaecido, pude – y a toda costa evité – llorar amargamente pues, por alguna razón, eso deseaba; tenía un peso titánico en el pecho, una angustia insoportable que me lleno de pensamientos oscuros y me obligó a salir a medio vestir de aquel lugar que alguna vez había considerado mi santuario. Ni bien llegué a la calle me largué a correr como nunca he corrido en mi vida, hasta que mis ojos ardían por el contacto con el sudor y mis extremidades pedían a gritos un descanso antes de que sucumbieran y quedaran completamente destrozadas. No podía entender el origen de mi ansiedad, no lograba comprender nada en ese momento, solo sabía que vislumbraba dentro mío algo innombrable que amenazaba con cambiar la configuración de mis días, un oscuro presagio que me eliminaría poco a poco, hasta que no quedase de mí más que un mísero intento de humano, una burda imitación de vivir, y a eso se reduciría mi historia.

Así se manifestaban los miedos en mi cabeza y yo intentaba olvidarlos con el dolor de mi fatigado cuerpo. No fue hasta que tropecé y me rompí el brazo que pude dejar de gritar en mi mente y escuché una voz acusadora y angelical que me recordó que yo era un androide, que yo había sido un parásito, un mísero intento de humano que imitaba, burdamente, lo que en su achicada percepción era vivir. Me levanté con la nariz sangrante y el brazo torcido, cojeé por los callejones más oscuros de esta ciudad hasta que la voz de Raquel me llegó como si de un sueño dentro una pesadilla se tratase. Efectivamente, pude notar que ella estaba ahí cuando sequé el sudor de mis ojos y dejé entrar aire a mis desvencijados pulmones. Me pareció un milagro hermoso y terrible encontrarme con ella, captar el olor a desodorante femenino que ella siempre desprendía y que colmó todos mis sentidos en apenas segundos. No sé cómo explicarlo, pero estoy seguro de que pude tocar ese aroma, pude verlo, degustarlo y hasta escucharlo abrirse paso por el aire frío de la noche, en aquel callejón que carecía de tráfico, apenas iluminado por una luz titilante. Raquel me dio un abrazo poderoso mientras decía cosas sin sentido, mencionaba algo sobre una rastrera y me preguntaba si es que había acabado dentro su hermana; yo respondí con la verdad a esa y muchas otras preguntas que prefiero no recordar, pues delataban al autómata que soy, a la mísera simulacra de humano que he sido siempre.

Ignoro cuando fue que me puse a gritarle, tampoco recuerdo qué fue lo que me provocó tanta rabia. Solo sé que de un momento a otro me vi a mi mismo gritándole a Raquel como si ella fuese la culpable de mi cobardía, de mi miseria y mi angustia. Me abochorna confesar que hasta le di un revés en pleno rostro y me avergüenza aun más confesar que encontré placentero verla gritar de esa manera, no porque sus gritos indicaran que sufría, sino porque me pedía que continuara, lo gritaba a viva voz, parecía desquiciada y perdida en morbosas peticiones de más golpes, de muchísimo más dolor que solo mis propias manos podían darle. “Lo deseo” me repetía, “dámelo” gritaba en mi oído hasta que mis instintos más deplorables estallaron a flor de piel y, poniéndola contra la pared, arranqué sus ropas y la tuve ahí mismo, olvidado de toda vergüenza y cuidado, del riesgo mortal que implicaba haber estado dentro de otra mujer unas horas antes – nada menos que su hermana – sin protección y entrar dentro ella, también sin protección. Tuve a Raquel en aquel callejón gris que brillaba naranja intermitentemente, gracias al palpitante y magro fulgor del poste de luz, la tuve violentamente mientras el sudor volvía a cegar mis ojos y la sangre de mi nariz bañaba su espalda, primero, y su hombro y pecho izquierdo, después, hasta que ya no quedó nada de mi semilla y toda fue vertida dentro Raquel.

Cuando abrí los ojos ya era de día y estaba tirado en plena acera, con los pantalones abajo y la cara manchada por sangre seca. Por mi vida que no alcanzo a recordar en qué momento me desmayé, pero poco me importaba ese tonto detalle en aquel instante pues estaba ahogado por una profunda vergüenza que logró resquebrajar las resoluciones más intensas de mi corazón. Ni siquiera intenté asearme, o beber, o comer, volví a correr sin el menor aprecio por mi cuerpo de androide, ni la fatiga acumulada del traumático día anterior que me había tocado vivir, solo corrí al hogar de las Escobar y estuve tocando la puerta por buena parte de la mañana sin respuesta alguna. Alrededor del mediodía la frustración le ganó a mi paciencia y le di una patada a la puerta que, para mi sorpresa, se abrió con facilidad pues no estaba cerrada con llave. Dentro no me esperaba nada y por mucho que esperé un par de meses sin moverme de ese lugar, las Escobar nunca retornaron. Dejaron todas sus cosas atrás y se marcharon a donde yo no podía perseguirlas.

Huelga decir que mi primer mes ahí estuvo dominado por la culpa. Cada día me despertaba y revivía las escenas vividas con cada una de las hermanas. Por mucho tiempo lamenté mi indecisión, mis dudas, mi cobardía frente a Martha, pero luego recordaba mi violencia, mi morbosidad y el descontrol frente a Raquel y ya no sabía qué pensar. El segundo mes estuvo dominado por la rabia, pues empecé a preguntarme demasiados porqués que me mantenían en vela, que me hicieron olvidar mi programación de autómata y me permitieron dejar ir todas las angustias, transformadas en una furia asesina que no encontraba donde ser encausada. O al menos no lo encontraba hasta que, al terminar el segundo mes en casa de las Escobar, destruí el lugar con mis propias manos en un estallido tremendo y sin precedentes que dejó cicatrices en todo mi cuerpo.

Pasé el siguiente año y medio ganando el dinero justo para sobrevivir y para costear vicios, fueran los que fueran, ninguno me quedaba corto, todos esos vicios me ayudaban a dejar de lado mi pasado de autómata, olvidando que si bien ya no era uno, me había convertido en otro tipo de esclavo. Uno mucho peor pues no lograba olvidar las angustias de su pasado de androide, ni podía perdonar a quienes le habían robado la comodidad de esa vida. Tenía cuantiosos ahorros acumulados, precisamente, en esa época, pero era dinero que las Escobar me habían motivado a ganar y por lo mismo me asqueaba. No quería volver a entrar en contacto con lo ya vivido, ni siquiera con el futuro, solo deseaba olvidarlo todo y morirme en vida. Y así fue hasta que, una mañana de invierno, abrí la puerta y ahí estaban las Escobar.

No fue un encuentro grato. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no vomitar, para no estallar en lágrimas de crío al verlas sentadas en mi desastrosa sala, todas serias y altivas, frías con un aura gélida que lastimó mi cabeza torturada por una resaca karmática que hacía tiempo venía durmiendo con más alcohol y narcóticos. Pero esa resaca tenía que llegar, ver a las Escobar lo hizo más claro que nunca.

Me lo explicaron todo y vaya que dolió, cada palabra que dijeron dolió como lanzas atravesando mi pútrida carne. Era todo una mentira, desde la tierna infancia hasta el último y pérfido día. Yo no era más que una apuesta entre las hermanas, una víctima de un, particularmente enfermo, juego largo, un juego que había evolucionado con el tiempo. “Empezó como apuestas de quién te hacía reír” comenzó Martha, “luego pasamos a ver quién lograba hacerte llorar, pero nunca nadie ganó esa apuesta” continuó Raquel, “el tiempo trajo diferentes retos que fuimos logrando, mantuvimos un registro de nuestros puntajes muy estricto” siguió Martha y, entre ambas, me contaron acerca muchas de sus apuestas, de esa cruel y encarnizada competición que, muy a mi pesar, encontré apasionante por el relato fiero que daban mis dos torturadoras. La noche ya teñía el cielo cuando llegaron a la apuesta final, la trampa en la que caí como idiota al creerme esa mentira infame de los padres moribundos, de la vida descontrolada de Raquel, toda una sinfonía tocada por la mejor de las sinfónicas, pero por esa noche me consolé con el hecho de que esa apuesta final, al parecer, había resultado infructuosa.

Se fueron esa misma noche. Dijeron que se marchaban del país, que Martha tenía un prometido europeo y que Raquel recorrería Asia. Naturalmente no les creí nada de nada, pero comprendí que no mentían en el hecho de que se marchaban y de que, por fin, me dejarían en paz. Entonces retornó la angustia, cuando Martha y Raquel me dieron un último beso de despedida y me anunciaron que partían sin más arrepentimiento que nunca haber logrado cumplir con la apuesta de hacerme llorar, punto que habría roto el empate en que todo había quedado.

Esa noche no dormí, acosado por pensamientos nefastos traídos por las revelaciones de aquella jornada. No lloré, no experimenté ira, no sentí absolutamente nada, como si ya no fuera ni un autómata, ni un parásito, como si por fin fuera un homúnculo sin sentimientos, creado para no reaccionar, ni indignarme, perdido en la más absoluta apatía. Y esperé. Esperé a que la madrugada pasase, vi como los cielos oscuros se fueron destiñendo hasta que alcanzaron las tonalidades grises del amanecer y el sol fue saliendo poco a poco, iluminando mis cansados ojos rojos que miraban al vacío como nunca antes lo habían hecho – directamente y sin velos – sin más mentiras que las propias que me salvaban de enloquecer, ojos desfallecientes que no parpadearon cuando el timbre sonó y no se cerraron en la media hora que esperé tras el repiqueteo de la campana. Cuando, por fin, me levante y abrí la puerta me esperaban dos pequeños paquetes que se movían y respiraban pero, milagrosamente, no lloraban.

Metí a los bebés a casa y las revisé por toda buena parte de una hora. Eran dos niñas preciosas a las que nombré en el acto, las acomodé en mi cama y las contemplé con los mismos ojos rojos que hacía poco contemplaban el vacío. Después de un rato viéndolas dormir, descubrí que sonreía como un idiota y supe que ya no era ni un androide, ni un parásito, ni un homúnculo. No supe, ni sé que soy, pero ahí mismo descubrí que importa poco lo que yo sea o lo que yo pueda ser, nunca dejaré de ser un esclavo, mas ahora puedo ser un esclavo feliz, un esclavo que sonríe y ama a sus nuevas amas. Un esclavo que rompió a llorar mientras las contemplaba, sangre de su sangre, rendido a amarlas.

Soy el Amante Furtivo. El Muertito Silencioso. Soy la languidez que le sigue al mal sexo, pero también soy la certeza de que algún día revivirá el cadáver del bienamado. Me han confundido con la fe y hasta con la felicidad, pero luego me conocieron mejor y se han arrepentido de haberme dejado respirar. Cuando se acuerdan de mí pocos sonríen, los más saborean a la amargura derrotarlos con ese sabor asqueroso que deja mi presencia que alguna vez se atrevieron a disfrutar. Sudo esperanzas, babeo creencias, la gente se arrima para despreciarme mientras lamen mis sudores y brindan con mis babas. Sé que se tragan mis cuentos y los venden como verdades, porque les acomoda no tener que preguntarse qué de lo que les digo es y no es verdad. Me traicionarían si supieran que soy traicionable y, lo que es peor, para no saberlo se convencen a sí mismos de que algo más nefando que yo no puede existir. Pruebas no les faltan: soy el bully que maltrata a quienes lo quieren y devasta a quienes se atreven a mirarlo chueco.

Mis miedos son bien gordos, mi coraje les da de comer. El fatalismo se me da fácil porque en secreto el optimismo me sale hasta cuando solo se puede llorar. Soy el hijo de la gran puta que parió a los caínes y los iscariotes. El villano disponible al que se le puede echar la culpa de hablar con verdades que suenan mejor cuando son mentiras. Si de algo estoy seguro es que en la condena que me quite la vida, se me acusará de ser honesto o de mentir con la verdad. Mis alegrías son ajenas, mi llanto mustio, mi risa contagiosa, aun si es que es a costilla mía creyendo que es a la de los demás, mis palabras cizañean, moldean y disponen, mis actos son rencorosos, cuando no esperanzados, y esconden en sus manos, sin nunca decidirse por cual repartir, cuchillos romos y rosas venenosas. Mis actos exorcizan, curan y hasta perdonan a la par que me exilan a un silencio que ni siquiera los muertos tienen que acatar. Mis sentimientos y mis ojos me delatan, me venden bien barato cuando me olvido que los tengo que ocultar si no quiero que la Parca se aparezca para divertirse marchitando todo aquello que me ayuda a respirar. Cuando me descuido, entre los dos le ponemos dinamita a todo lo que me importa y lo dejamos estallar.

Si soy el Muertito Silencioso es porque soy de esos cadáveres a los que no les permiten convertirse ni en zombies, ni fantasmas, ni hablar de espíritus. Hasta prohibido me tienen de volverme demonio o, cuando menos, desaparecer sin más burocracia que la de los sentimentalismos míos y de quienes no hayan podido terminar de odiarme. A veces pienso que todo esto es injusto pues a los otros muertos se les permite existir en ecos y susurros, memorias, rencores públicos y bien conocidos. A los demás alguien los declaró muertos y hasta tuvieron la amabilidad de anotar la hora en que fenecieron. Arman, los vivos, fiestas aburridas donde todos se sientan a llorarlos, mientras ellos, los muertos, se pasean en forma de fantasmas, memorias, espíritus, susurros, palabras o pensamientos, lo que sea que los permita continuar arraigados en penas, torturas, alegrías y todo aquello que los asocie a los hechos de los vivos, que les alargue la euforia que en vida tuvieron la oportunidad de experimentar. A mí no me permiten habitar en los recuerdos. A mí me olvidan porque cuando viví fui excesivamente inconveniente.

¿Para qué nace uno si de todas maneras aquello que hace para sobrevivir a duras penas se parece a respirar? El Muertito Silencioso es declarado indeseable desde el momento en que advierten mi presencia. Me callan, y me callo, cuando estoy por hablar. Consciente de mi inconveniencia quisiera morirme, o aunque sea aceptar ese mutismo forzoso al que me tengo que subyugar. Soy incapaz de perdonar por el simple hecho de que yo mismo fui concebido como imperdonable. Y ahí está el problema. De sobra me sé nefando y despreciable pero ni así escarmiento, todavía busco hablar y respirar.

A los otros muertos les da por recordar con nostalgia la vida, pero conmigo eso no funciona pues yo nací muerto viviente. Condenado a desear respirar, mientras ellos vivían vidas alocadas que los convertían en bandidos. Amantes Bandidos que se robaban besos, caricias, promesas, anhelos, deseos y alguna que otra calamidad. Algunos se mantenían, se mantienen, se mantendrán bandidos hasta la muerte, otros se dejan legalizar por alguna estabilidad. Ahí acaba el bandidaje y solo queda esperar la muerte, siempre y cuando nada sucediese que los volviese a ilegalizar.

Mientras tanto yo ando de Amante Furtivo. Escucho todo, lo comprendo además, predigo el futuro y compruebo que la ventaja del silente es que puede ver más. Soy el testigo y el envidioso de los amantes bandidos y sus hazañas. Escucho de ellos en boca de a quienes me quiero mostrar. Esos seres gracias a los que existo y que cuando se enteran de mí no pueden evitar sentirse asustados y ya me quieren asfixiar. Y mientras relatan las hazañas o los planes de los amantes bandidos, yo me ahogo en mi impotencia, en el silencio que se me impone. Entonces me precio de furtivo para poder maquinar estrategias y embustes que me permitan acercarme a imponer mi verdad. Me caga no existir más que en una probabilidad lejana, un secreto a voces, ser un pinche zombie vegetariano que no termina de aceptar su papel de mudo y muerto. Ser furtivo es la única respuesta que encuentro desde el silencio, y hasta me conformo con que sea una respuesta tan flaca, escuálida incluso, que no garantice nada más que toneladas y toneladas de fe. A los amantes bandidos la fe los propulsiona al éxito, a los furtivos nos envenena e impulsa a saltar a los vacíos que no sabemos si podremos circunnavegar.

Se supone que la faceta del Amante Furtivo está ahí para algo lograr. Que de tantas trampas, indirectas y estratagemas algo salga que me permita creer que puedo llegar a más que esta simple bazofia de lanzarse a habitar sentimentalismos solitarios, de desear ser deseado y hasta sobrestimar con la misma libertad con que me subestiman. Lo cierto es que me gustaría dejar de comprender los porqués de cada falla que atormentan al Amante Furtivo, los motivos por los cuales es difícil que sus anhelos sean escuchados, mucho menos validados. Me perjudican pues. Me arruinan el esfuerzo de mentirme para creerme el Amante Silencioso que algún día les arrebatará la damisela a los amantes bandidos. Creerme el Amante Silencioso para no tener que aceptar que los Amantes Furtivos lo son para no tener que vivir un final, que los Muertitos Silenciosos eligen callarse porque les da miedo que la vida los termine de matar.

Y no lo puedo evitar. Nunca seré un amante bandido, aun peor el oficial. No seré ni el muertito ruidoso, jamás podré existir sin pasar por el secreto y la imposibilidad. A las damiselas no les agrada lo que tienen que decir los silencios de los Furtivos y los Silenciosos. A nadie en realidad. Ni siquiera a nosotros mismos nos gusta escucharnos cuando estamos tan conscientes de qué implica la imposibilidad. Pero ni modo, que igual existo. Me conformo con poco, sueño alto, sobrestimo y hasta se me ocurre esperar que de tanta lucha, alguien a quien le hablo se le ocurra escuchar.

Para la Gata Negra

No one’s got it all

Regina Spektor, Hero

If you ask me to be honest
I think we should really worked
With your obnoxious depression
And communication skills

–          Juan Son, Mermaid Sashimi

 

And the hardest part
Was letting go, not taking part
You really broke my heart

–          Coldplay, The Hardest Part

 

I survived.

I speak, I breathe,
I’m incomplete
I’m alive – hooray!
You’re wrong again
‘Cause I feel no love

–          Queens of the Stone Age, The Vampyre of Time and Memories

 

Nunca más ya podre verte

Amarga tierra de ingratitud

Por amarte y por quererte

Tronchó la muerte mi juventud

Y a extraño poder te llevarás

Mi flor de amor

–          Taki Ongoy, Último Baile

 

And it was
A leap of faith I could not take
A promise that I could not make

–          Placebo, Ashtray Heart

 

But now I have finally seen the end

And I’m not expecting you to care But I have finally seen the light

 I have finally realized
I need to love

–          Muse, Madness

        

I didn’t want to ask you, baby
I didn’t want to have to ask anybody, baby,
Is anyone asking maybe?
Can anyone even hear me?

–          The Strokes, Machu Picchu

 

Aspiró delicadamente la boquilla de la pipa, expulsando el humo a medida que invadía su boca. El contraste gris azabache del anochecer invitaba a fumar lento, con disfrute, dejándose llevar por el aroma a vainilla de aquel tabaco, como pidiéndole perdón al tiempo, a las memorias, a los sueños. Miró por la ventana al cielo rompiéndose en aquel espectáculo, escuchando de fondo Último Baile de Taki Ongoy, permitiendo que los líricos se asienten en sus pensamientos. Contaminado, arrepentido, oscuro, silente e incompleto. Así estaba X. Además de sentado frente a una ventana, con un enorme San Bernardo echado a su lado, con pipa en mano, una taza de café en el alfeizar y un chocolate que el animal veía fijamente en cada que se movía.

Puso pausa a la música. Dio más bocanadas a la pipa. Las luces de la ciudad empezaban a pintarse, el paisaje se iluminaba artificiosamente pero el aire nostálgico no se quería marchar, el velo de la noche se hacía cada vez más evidente y X sentía que estaba en el mismo anochecer de siempre, abrumado por la sensación de deja vu, convencido de que el aire lo transportaba a un día infinito que jamás se terminaba y evocaba a un encierro agradable. X se maravilló ante los gritos del silencio absoluto, pensando que ni siquiera la ciudad se atrevía romper aquella calma de anochecer, notando que hasta su respiración parecía más estridente y el infierno se desataba en sus pensamientos.

Le dio un sorbo al café, cargado y con mucha azúcar, olió y mordió su barra de chocolate y concluyó con una larga bocanada a la pipa. Las primeras estrellas se asomaban brillando coquetamente en los augurios que traía el cielo y su promesa de luna llena. Ahí apareció la gata. Dio un rodeo al San Bernardo y se posó en las faldas de X, buscando el chocolate, estirándose desvergonzada, maullando y mirando casi dulcemente, casi fijamente a los ojos de X. Acostumbrada a la presencia de X, la gata negra de ojos miel no se sabía hurtada de su hogar. O a lo mejor sí, pero no le importaba. X la trataba más que bien y había dejado que la felina se apoderase de su pequeño reino donde vivía con su San Bernardo, sus libros, sus fantasías, sus series y su soledad. La gata negra había llegado a apoderarse de la cama, de los asientos, a dejar rastros de su pelaje por doquier, el olor a sus meos se sentía especialmente fuerte en el cuarto de X y en la mini sala donde la gata negra era reina absoluta, maullando cada hora en punto, solo para recordarle a X que seguía ahí, o que se iba pero al rato volvía. A veces su miau significaba tengo hambre, otras quiero caricias, otras veces aquel solitario maullido – pues nunca había un segundo, mucho menos un tercero – era una queja que X escuchaba divertido o una risa que iluminaba al mismísimo San Bernardo. Pero siempre desde la sala. Si la gata negra maullaba, X era quién tenía que ir a ella. Tratarla como reina o ignorarla rotundamente. Aunque, a veces la gata negra cedía y marchaba a donde fuera que estuviese X. Lo miraba como con reproche y volvía a maullar ese miau de mil significados.

La gata negra se echó encima del San Bernardo. El perrazo emitió un ligero lamento desde la garganta, pero no se movió ni un ápice ya resignado a la soberanía gatuna en tierra de perros. X los observó divertido, olvidando por un momento al anochecer, y acarició la cabeza del San Bernardo, como reconociendo la escena, volviendo a sentir el deja vu, atorándose en el día infinito de nostalgias e ilusiones, frustraciones tercas que se rehusaban a marcharse, memorias vívidas de lo que sentía como una muerte. X lo sabía, lo aceptaba y hasta había llegado a necesitarlo. Era esa gata negra, era una memoria que se rehusaba a darse por muerta, X evocaba un dolor de hacía dos años atrás. Tiempo suficiente para parir una tortura impensable y ayudarla a crecer, nutrirla de rencores, lamentos, excusas, arrepentimientos y deseos furiosos, incluso ansiosos, deseos que visitaban ese solitario reino de X y le recordaban lo perdido. Una falla que encontraba un alivio superfluo en dejar a la gata negra reinar en los recovecos de aquel reino solitario.

La noche al fin reinaba absoluta. De afuera se escuchaban aullidos y ladridos de callejeros. La gata negra maulló y se subió a las faldas de X, quien no sabía si la felina buscaba caricias o comida. La gata negra ronroneó al sentir el toque brusco de X en su pelaje y comenzó a estirarse, cerrando los ojos complacida. X continuó acariciándola, automático, rutinario, deseoso. “¿Deseoso?” resonó en su cabeza, mientras la gata negra se relamía con los ojos cerrados ¿era todo eso, que se arremolinaba en su cuerpo, un deseo o un recuerdo? Podía ser posible que sus ojos lo engañasen, pero ¿acaso la patita de la gata negra se había transformado en una sensual pierna humana de piel canela?

X, de pura sorpresa, derrumbó la taza de café sobre su alfombra. A la pipa humeante la apretaba con su mano izquierda y encima suyo algo pasaba, algo que le despertaba los sentidos y engendraba una mano traviesa que se movía por un pelaje que ya no era pelaje. X no quiso mirar. Sintió que la gata negra era más grande, palpó una piel suave y sedosa, reconoció formas poco gatunas entre sus dedos y hasta la olió. De los vericuetos de su memoria, o tal vez de las profundidades de su anhelo, incluso podía ser que fueran las venganzas de sus frustraciones quienes se encargaban de convertir el olor del café derramado en la alfombra, el chocolate a medio comer, el humo de vainilla disolviéndose en el aire, o inclusive los meos felinos en una suerte de olor a vino tinto. ¿Debía X abrir los ojos? ¿Estaba listo para que la fuerza de lo que sea que pasaba lo aplastase con tantas cosas evidentes?

X separó los párpados lentamente. Se quedó mirando la luna llena prometida por un rato. Lloraba. Movía su mano ansiosa, manteniendo las caricias sin parar. Pero lloraba cuanto podía antes de tener que enfrentar lo que creía que iba a mirar. “X” dijo una voz suave y grave pero muy femenina, o quizá “X” aullaron sus ideas desaforadas, o acaso eran sus manos tembleques. Algo gritaba “X”.

X miró abajo como un ateo presenciando un milagro. Una femenina figura espléndida ronroneaba en su regazo. Desnuda, flaquita, echada sobre su estómago, todita color canela, excepto en el pelo negro y los ojos que, por mucho que X no los veía, él sabía que eran ligeramente claros, propensos al brillo, redondos, grandes y egipcios. Pero ella miraba hacia abajo y movía sus pequeños pies sobre sus muslos poderosos como bisagras, lentamente y como acompasando las caricias de X en su espalda. Sus nalgas, redondas e ideales, se balanceaban ligeramente ante cada compás, cada caricia arqueaba el cuerpo de la muchacha color canela haciendo que sus pequeños bultos en el pecho se presionasen jugosamente contra el jean de X, forzándola a mover la cabeza como perdida y complacida. X reconoció aquella piel y su toque se volvió ansioso, desesperado habría dicho algún testigo casual, o triste habrían testificado observadores más cuidadosos. Pero no X, quien sentía volverse loco a medida que tocaba más y más a la muchacha color canela, sudando ligeramente mientras la sangre se concentraba en un solo punto de su fisiología y en sus pensamientos se manifestaban las lujurias más concupiscentes, los deseos más básicos y las necesidades más obvias. X se sabía engañado por un cerebro solitario, X se sabía víctima de algún dios cruel y bromista, X se supo un terco reincidente, drogadicto de su propio anhelo y dealer de su más jodido veneno. La muchacha color canela gemía del mismo modo que gime uno al comer algo delicioso, la muchacha color canela se acariciaba el cuello con una mano y pasaba la otra entre su pelo negro. El olor a vino tinto embriaga a X, los ruidos de la calle parecían lejanos. Su reino nunca se había sentido tan vasto y solitario.

La muchacha color canela se dio la vuelta. Sus ojos egipcios se posaron en X casi rendidos, casi eróticos, un poco tiernos, y X se quedó fijo en esos labios con forma de corazón, húmedos y listos para ser mordidos y saboreados. Entonces notó que los pezones de la muchacha color canela lo miraban fijamente y les devolvió la mirada como a viejos amigos, como si de alguna forma los hubiera conocido de toda la vida, los palpó consciente de que la sangre se concentraba más y más, notando el peligro de una explosión como única consecuencia lógica a tanto deseo.

La muchacha color canela se levantó y se sentó en el alfeizar de la ventana. X se acomodó los pantalones y respiró profundamente, puso stop a la música, retrocedió unas cuantas canciones y puso play nuevamente. Inmediatamente sonó un piano y una hermosa voz femenina: “He never ever saw it coming at all“. Supo que necesitaba hablar. Pero igual guardó silencio por un rato. Un rato muy largo.

–  ¿Cómoda? – preguntó repentinamente mientras su radio escupía de sus parlantes un: “Field trip to the chocolate factory/Field trip to the slaughter house/Field trip to darkest places/You can hold up in your mind/Your philosophy, your poetry/You beautiful scum back/Even though you don’t have feelings/I’m obsessed with you right now” – Claro que estás cómoda. De eso se trató todo al final ¿no? De que estuvieses cómoda. Con tu vida, con tus conformismos, con las limitaciones. Conmigo, con él, con quien sea tenías que estar cómoda hasta que ya no lo estabas y, cómo podía saber yo que, te escabullías. – la muchacha color canela cruzó las piernas –  “Al diablo con X, qué importan sus anhelos, o las cosas que me dice, y las que yo dije aun peor.” – X apretaba la pipa con furia en una mano, y posaba la otra sobre las piernas de la muchacha color canela. Dentro suyo lo recorría un escalofrío, un nerviosismo de virgen que le quitaba el aliento – ¿No me aseguraste que tú también? Lo recuerdo bien, lo he recordado mucho. Lo dijiste frente a una verja negra como tu gata, a las seis de la mañana, mientras regresábamos de una noche intensa y espléndida. – el silencio reinó el cuarto mientras la muchacha color canela lo miraba fijamente casi triste, casi soberbia – Y luego te narré mis sueños, te dije mi nombre, te conté quien era. Te hice mi reina. – la muchacha color canela puso sus manos sobre la mano traviesa de X, sonriéndole tímidamente con la mirada – Me dejé llevar por la fe en tu Palabra, por un rato dejé de lado a la nada y te convertí en todo, me preparé para una corta eternidad a tu lado y fui feliz.  Aun desde mi insistente soledad, mi especial forma de ser, pese a mis constantes pedos mentales y mi empeño en la autodestrucción creí, por un segundo, que eso temblaría ante aquello que íbamos a construir. – en las bocinas resonó: “Everything I know is wrong/Everything I do, it’s just comes undone/And everything is torn apart” – Y ni siquiera días después, horas después machucaste eso. Cortaste de plano todo anhelo, sueño, deseo. Whatever. La cosa es que lo mataste. Me mataste.

>> Y claro, después me buscaste como si nada. – la mano exploradora de X acariciaba, la muchacha color canela cerraba los ojos como animalito cuando le rascan detrás de las orejas – “Amigo” me llamaste, con vergüenza en tu voz, con culpa mientras me mirabas y yo te evité.  Me preguntabas “¿Por qué te alejas?”, y yo resoplaba furioso, como si no supieses. – X guardó un corto silencio. La muchacha color canela lo miraba casi fijamente, casi preocupadamente. X aun sostenía la pipa, y con la otra mano se frotaba el rostro. – Me escondí en mis tugurios, en otros senos, más grandes y más nefastos, huía de ti refugiándome en todo lugar en que las sensaciones le ganaban a los sentimientos y a toda costa busqué perderte de mi vida – y la música dijo: “Si el capricho de la suerte/Me deparó tan triste fin/Para mí la misma muerte/Será mi hermoso verde jardín/Allí brotará, mi pobre amor/Blanco jazmín.” -, y logré volverte ausente. Te dejé en paz con tus perros falderos, con tus laberintos, con tus tatuajes, tus terapias, con tus chocolates europeos, tu música de Daniel Johnston, Tarafs de Hadiouks y Avenge Seafold, me alejé de ti, de Dalí y Hunter Thompson. Te olvidé recordándote cada día. Me forcé a sentir cosas parecidas por otras, pero nunca iguales. Me colé en tu casa cuando sabía que no estabas y te robé a tu gata para tener con que recordarte, pero también para vengarme, lastimarte, sentir que algo te dolía como todo me había dolido a mí.

>>Por dos años. Sí. Fueron dos jodidos años los que he estado invirtiendo en olvidar aquel domingo en que me dejaste. – la luna brillaba en la piel canela de la muchacha, su cuerpo desnudo, su elegancia, su mirada le parecían a X divinos, dolorosos, estrepitosos – Y yo alimenté rencores y rencores, porque yo lo sabía querida, yo estaba seguro de que tú y yo – y en lo parlantes resonó “You were alone before we met/No more folorn than one could get/How could we know/We had found treasure/How sinister and how correct.” – estábamos en lo correcto mientras nos duró el sueño. Tú y yo podríamos haber sido como Beren y Luthién.

>>No te culpo. Ya no. – X relajó el tenso cuerpo, dejó que su mirada lo hiciese vulnerable – Hace un mes que me ayudaron a ver que no fuiste solo tú quien me dejó, fui también yo quien me rendí. Deje de lado la insistencia y la lucha, empecinado en victimizarme, en sentirme dolido y tratar de culparte del desastre de nuestros sueños – dijo mientras pensaba “mis sueños” – rotos. Y luego de dos años noté que necesitaba olvidarte, que quizá nunca te superaría pero que ya era hora de hacerlo. – X calló, y en su silencio notó que la música ya no decía nada – Pero tú fuiste la primera a quien le dediqué ese sentimiento innombrable. Y ni siquiera fue completo, ni siquiera pude dártelo todo y me quedé con tanto para ti dentro mío, que siento que no alcancé a darte casi nada. Porque yo fui un cobarde – admitió al fin –, porque tú también lo fuiste. Tal vez porque me engañaste, o me engañé yo solito. Puta mierda, no sé. Quisiera saber. Preguntarte – continuó X sintiendo la pena y la frustración ganándole en el pecho, pesados sentimientos que le recordaban que a veces es mejor el olvido que perdona al olvido que resiente – hasta que punto fueron reales los besos y todo eso. ¿Te arrepientes? ¿Ya nos olvidó el tiempo? ¿Habrá un mañana? ¿Será que alguna otra me acepte como tú lo hiciste en un principio? – la muchacha color canela lo miró casi enamorada, casi culposa – Responde por favor – rogó X – Dímelo, de una vez explícamelo todo.

– Miau.

Un lengüetazo canino en su mano sacó a X de su monólogo. El reloj en el aparato de música decía que eran las doce, su reloj de pulsera indicaba que eran las veintitrés en punto. La gata negra, sentada en el alfeizar de la ventana, miraba a X casi tiernamente, casi fijamente cuando dio su único maullido de cada hora en punto. X acarició al San Bernardo, agradecido y preguntándose qué significaba aquel miau. Aspiró el olor a café que llegaba de la alfombra, vació el tabaco chamuscado al cenicero, mascó el chocolate, puso stop a la música, se incorporó y se estiró mientras la gata negra y el San Bernardo miraban fijamente sus movimientos, contempló a la noche una vez más, y bajó a la cocina para preparar comida para ambos animales.

tumblr_mugn1qaa8z1qz6f9yo2_500 ¿Conocen alguna canción romántica? Obviamente sí. Es de las pocas cosas inevitables en este mundo, ya sea porque las hemos escuchado de pasada en alguna radio ajena, o porque las hemos cantado con el alma saliendo de nuestro cuerpo; dolidos o esperanzados ante un nuevo suceso: el amor. Mismo que muchas veces se vale del romance para nacer, crecer, reproducirse y morir. Lo extraño es que pese a esta importancia capital del romance como motor de vida del amor, prácticamente nadie se plantea qué implica semejante asunto. Cómo le hace el romance para parir amor, qué tanto le da para alimentarlo, cuáles son sus trucos para que se expanda y emigre a nuevos horizontes,o qué es lo que dice en orden de matarlo.

El romance es un revolver con caños en ambos extremos. Muchos disparan a bocajarro creyéndose asesinos infalibles, conquistadores que son dueños de las armas secretas del romance, sin darse cuenta que se desangran por todos los agujeros de bala que se han causado. Y la sangre escapa lentamente, dando tiempo a sembrar esperanzas de vivir, incluso invitando a crear en un final feliz. No es que sea algo malo lanzar demasiado romance al aire, aunque tampoco se puede calificar como netamente bueno  ese suicidio involuntario de no saber apuntar los dos caños cuando lo cierto es que por mucho que uno se cuide de sus balas, igual termina muerto. Aniquilado por esa necesidad de atención que el romance le brinda al amor o al enamoramiento. En realidad, lo que esa muerte exige es que la anheles como solo puede anhelar un enamorado: con todo, deseando que no existan límites y finales, alargando su presencia hasta más allá de la muerte. O mejor aún: amando con la muerte como límite. Amar como se muere, equiparar al amor con la muerte ¿hay tumblr_mugn1qaa8z1qz6f9yo1_500romanticismo más perfecto?

Debe haberlo. Pero solo un enamorado, en algún punto del idilio, se da cuenta de lo acertado que es esto. La conquista amorosa suele ser esa guerra de a dos, ese violento suceso en que se dan todo tipo de ataques, y en donde hasta lo más vil puede ser justificable en nombre del amor (que todo lo puede, que todo lo sabe). Se usa al romance con cierto descuido, prometemos el cielo desde el infierno y hasta llegamos a creer que podemos cambiar los cauces de los ríos. Después de todo ¿Por qué no? ¿qué no es el amor la mejor excusa para matar lo común dentro nuestras vidas? ¿Qué no cuando nos enamoramos lo vivimos, mas no lo describimos, como un desequilibrio? ¿Y cuando el amor se aburre? ¿no sucede que buscamos aquella misma emoción, ya muerta, en alguien nuevo?

El romance alimenta las promesas del inicio, nos invita a creer que podemos darle el mundo a quien empezamos a amar, sin embargo se cobra con creces cuando se acaba el optimismo del inicio, gritando por ser recuperado, vengativo por el posible olvido en que se lo ha sumido. Nos hace adictos a su toque, por mucho que nos empeñemos en mostrarnos calmos, relajados. Casanovas, para quienes cosas tan nimias como el amor, el romance y el enamoramiento no son más que pensamientos fatuos e inútiles. Pero el romance es útil y hermoso en todo inicio. Nos invita a creer y a esperar lo mejor del viaje en que nos embarcamos, mantiene ilusiones que uno no se formula con quien sea, lubrica el paso que le quita al “yo” la soledad e intenta transformarlo en un “nosotros”, que tal vez no siempre funciona, pero siempre deja algo de sí en este “yo” que nunca puede retornar a ser el mismo.

Pero, al ser un arma de doble filo, el romance no deberá ser usado a la ligera, pues duele más la venganza del romance asesinado que las capitulaciones egocéntricas que se hacen en su nombre. Y aun así, contra toda advertencia y matando todo sentido común, solemos jugar ruleta rusa con el romance como bala. Corriendo a los brazos de la muerte, con una sonrisa enorme en el rostro. Abstraídos en el presente, olvidados del futuro. tumblr_mugn1qaa8z1qz6f9yo3_500

Art by Boulet (http://english.bouletcorp.com/2013/10/03/)

La conocí, una noche, llorando con rabia, toda maltrecha, en las gradas de un cine. A sus pies había un celular destrozado y en sus labios el nombre de su ex era repetido con un rencor que auguraba asesinato. Su pelo era rojo intenso, rapado del lado derecho y larguísimo del centro hacia el lado izquierdo, sus ropas eran negras y rotas en lugares estratégicos, su rostro de diosa estaba adornado por mil y un piercings, sus brazos estaban recubiertos por variopintos tatuajes. Me senté a consolarla con una botella de Lizto, y nos fuimos a Forum para que nos dijeran que no podíamos entrar. Asustamos a un par de fresitas facilonas que nos miraban con asco. Luego nos fuimos a la Belisario “Cantinas” y bebimos un combo mientras subíamos y bajábamos la empinada calle y esquivábamos a los pacos, para no tener que coimearlos y perder plata para el trago.

Me dijo que se llamaba Perra, y le dije que yo era un perro. Nos besamos un rato en una discoteca llena de gente sucia que danzaba con los monótonos sones de Bob Marley, que nos miraban como si fuéramos bichos raros, como queriendo preguntarnos qué hacíamos ahí, que si éramos punkeros, metaleros o qué clase de pesados para ser tan violentos y tan tatuados. Hablaban por ella, claro. A mí me veían como grande y peludo, con el ceño eternamente fruncido y eso los hacía asumirme peligroso y pirado.

Quizá era el modo obvio en que nos deseábamos o la forma en que criticábamos el reggae que resonaba como un castigo, pero de un momento al otro nos quitaron nuestros vasos y nos echaron a la calle, donde un par de metaleros nos hubieran asaltado de no ser que Perra los conocía de hacía mucho y charló con ellos, convenciéndolos de que yo estaba bien, de que no me golpearan. Después de un rato nos dejaron, no sin antes dirigirme miradas cargadas de celos y odio. Tres días más tarde me los encontré en una calle y me dieron la tunda prometida, y luego me invitaron a fumarme con ellos. Pero volviendo a Perra, cuando los metaleros nos dejaron entonces la llevé a un boliche de mala muerte y ella lo encontró agradable. Ahí dentro nos pedimos cinco botellas por persona, para empezar, y gastamos el resto en la rocola para escuchar rock y rock pesado.

No le gustábamos a los parroquianos. Todos choferes de taxis, micros y minibuses. Nos miraban con recelo y rabia, perdidos en inconsciencias alcohólicas que iban en aumento. Quizá era su voz ronca, o mis risas estridentes, quizá era el sexo con ropa, la crítica abierta y en voz alta, quizá eran sus tatuajes o mi barba, nuestra ropa o lo que sea. Quizá solo queríamos que nos desdeñen en cada lugar al que fuésemos esa noche, que nos mirasen con asco y que no ocultasen su rechazo, para poder disfrutar más del aceptarnos el uno al otro. Y regodearnos ante todos esos jailones, todos esos sucios hippies, todos estos chóferes, de que habíamos encontrado un escape morboso a nuestras sucias vidas. Y nos odiaban por eso. La cosa es que solo un chofer se animó a expresarlo. Se paró delante nuestro, mirándonos desorientado, y le preguntó a Perra por su pinta extraña y a mí sí me gustaban las lesbianas. Perra se paró sonriendo, viéndose hermosa, y le plantó un rodillazo en las bolas, tan fuerte que me extrañó no verlas salir por su boca. Luego se sentó como si nada, mientras que la cholita que acompañaba al desbolado gritaba al ver a su hombre tirado en el suelo vomitando de dolor. La mujer interpeló a mí, insultándome y empujándome fuera de mi silla, pero Perra se paró y la empujó hasta que empezaron a trenzarse y golpearse en el suelo. Un hombre bajito y rechoncho se acercó y me golpeó en el estomago, dejándome sin aire y casi derrotado, pero al escuchar a Perra aullando no pude más que incorporarme y morder a ese gordo que me había derribado. Con asco comprobé que le había mordido los genitales y tuve tiempo de enjuagarme la boca con cerveza antes que varios brazos me lanzaran a la calle donde ya despuntaba la madrugada. A mi lado descubrí a Perra, con la mirada feliz y sangrando de una ceja, nos reímos asustados y caminamos en silencio por un rato, hasta que llegamos a una casa de amigos suyos, donde continuamos tomando todo adoloridos y golpeados.

Cuando sus amigos se desmayaron, Perra me miró extrañamente. Sus ojos estaban rojos y las ojeras la hacían parecer más vieja de los veinte años que en verdad tenía. Sostuvo la mirada intensamente hasta que se puso a vomitar el alma en una maceta. La agarré mientras vomitaba y la besé en cuanto dejó de hacerlo. Perra se aferró con rabia, con ternura, con picardía y me chupó entero mientras yo la lamía todita. Solo recuerdo la sensación de entrar en ella, pero nada más.

Cuando desperté, en un cuarto extraño, noté que estaba desnudo y ella, también desnuda, a mi lado. Cuando volvía  despertar estaba vestido, botado en la puerta de la casa de su amigo, sin dinero, ni celular, ni zapatos, con el cuerpo moreteado, el ego traumatizado y una nota con un número telefónico al que, por más que así lo deseaba, no pude encontrar las bolas para llamar en un buen tiempo.

 

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Rumi

Quisiera poder indirectearte sin que otras se sientan aludidas. Me gustaría poder dar rienda suelta a todas aquellas pasiones encadenadas que se desviven por ti, que te sueñan, que imploran por ser reconocidas y validadas. Sería agradable poder dejar el secretismo de publicar imágenes, frases, canciones, todas dedicadas a nadie pero siempre pensadas para que lleguen a ti. Son esas indirectas que siempre lanzo y que todo el mundo parece tomar como suyas. Obvio. Los cripticismos tienen la mala costumbre de ser abiertamente interpretables, y la gente tiene la horrible necesidad de encontrarse en las palabras de los demás. Pero las indirectas son la maldición de los romanticones amargados. Son como soñar sabiendo que no se debería. Reprimirse se vuelve fácil una vez que se acostumbra uno a las derrotas.

 
Pero es injusto darle ese enfoque. Incluso suena como una de esas quejas de gente molesta que no tiene nada mejor que hacer que lamentarse porque su vida apesta. Quizá en un punto si lo es, porque hasta en eso indirecteamos loGraham Greene, The End of the Affairs romanticones amargados. Por algún lugar tiene que salir nuestra frustración, así como nuestros sentimientos mal guardados. Es pura histeria. Si uno indirectea es porque se muere porque se descubra la verdad tras los velos en los que se oculta. Si yo te indirecteo tanto, es porque me gustaría que algún día pudieses ver a través de todo y descubras eso que no quiero decir, eso que susurro a gritos tan patéticamente. Que me veas a mi sin las máscaras que recubren mis acciones, pero porque tú te esforzaste por descubrirlo. Al fin y al cabo, las pasiones intensas anhelan ser correspondidas con más de lo que ellas dan. Y lo que yo quiero es que me veas con los mismos ojos con que yo te veo a ti: como a ese ser único, increíble, especial que colma mi mente en cada charla que tenemos, que me llena de drama, tragedia, euforia y risas con pocas palabras, que me llena de impaciencia con sus silencios y me hace desear ser interesante al menos un rato para poder estar a la altura de semejante giganta, de alguien que vive tan intensa y reprimida, tan sentida e ignorada, que se ama, que se odia. Tan intensa e imperfectamente humana que me maravilla.

 
Así son las cosas que por ti siento: intensas. Por cada sorpresa que me brindas, por todas esas palabras que salen de tu cabeza, por como las juntas y ese tu modo de eJohn Steinbeck, East of Edenxpresarlas, por todo lo que me dices que sientes y todas las cosas que callas, por tus amores que me despiertan celos ridículos, por tu distancia física y tu encierro emocional que apenas puede contener la mar de angustias, penas, inseguridades, cariños, deseos, anhelos y todas esas maricadas que a mí tanto me gustan. Y es una intensidad que tú, sin querer (y no creo que, si supieras, lo querrías), alimentas con cada ausencia, con cada silencio, con cada secreto, charla, imagen, canción, programa, video, sin notar que le das alas a tu amante más aguerrido y cobarde, a tu fanático más leal, a tu stalker más terrorífico, a tu amigo más incondicional, al único hombre que nunca hará nada para dañarte.

 
Pero esta indirecta ya se está tornando demasiado obvia. Este escrito es el peor ejemplo de histeriqueo que jamás he escrito pero, últimamente, hay tanto silencio que necesitaba romperlo aunque sea un poquito. Aun a riesgo de que lo leas y te asustes, aun a riesgo de que otras lo lean y se sientan aludidas erróneamente, o de alguna de esas mofas crueles que se hace a las cursilerías. No los culpo, incluso yo odio a las re malditas y predecibles cursilerías. Pero ni modo, no se puede negar lo que uno siente. Y de tanto callarlo cuando charlamos, al menos quiero darme el gusto de escribirlo. Pese a mis amarguras, a mi pesimismo y a mi inevitable mala costumbre de ser realista. Además que es la segunda semana que vuelvo a escribir, después de tanto tiempo, y quise que estuviese dedicado a ti. Aunque no sepas quién eres.

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Se conocieron en una fiesta donde ambos fingían ser alguien más. Él, dando libre albedrío a su eterna y secreta curiosidad por los superhéroes, bajo la cómoda evasiva del “no había otro disfraz”, y ella usando aquel escote que nunca habría usado en la vida real. Hablaron de cosas de las que jamás volvieron a hablar. Así, él, se permitió filosofar sobre Superman y denigrar al loser de Aquaman, y ella se sorprendió de estar tan coqueta y descarada. Atrevida, sucia y traviesa como nunca había sido, ni tampoco sería nunca más.

 
A ella la ilusionó que un chico tan lindo hablase de cosas como Spiderman. Él no podía dejar de pensar en aquella figura despampanante que el disfraz de gatita dejaba entrever y admirar. Se emborracharon y se besaron, sin detenerse a considerar el lugar donde estaban, y quienes los vieron testificaron, luego, que parecía que se devoraban y que faltaba poquito para que empezaran a desnudarse.

 
Se despidieron, aquella noche, sin coito, ni manoseo pero sí con una fuerte promesa y gana de intimar. En un atrevimiento poco común, se lanzaron a planear encuentros más allá de la desechable cercanía de aquel prende intenso y pasional. A él lo ilusionaba intimar pélvicamente para calmar una sed cachonda que su mano ya no podía saciar, a ella la ilusionaba la chance de que después de tanto beso a sapos, este fuese el dichoso príncipe a quién se había cansado de esperar.

 
El primer encuentro estuvo marcado por la incomodidad. Se vieron en una plaza concurrida y calurosa, y ni siquiera supieron como saludar ¿debía, él, tomar el control y besarla en la boca sin dudar? ¿Debía, ella, quedarse esperando a que su príncipe le diese por ser romántico robándole un beso? En lugar de todo eso, se dieron un incómodo saludo distante, sin tocarse y apenas mirándose, para luego arrepentirse y besarse en las mejillas, ambos sonrientes como si aquello no fuese un adelanto de la decepción que les tocaría vivir.

 
Su noviazgo empezó más por inercia que por voluntad. Él la buscaba porque quería tirar, a ella le gustaba que un chico la quisiese cortejar. Calificada como geek por sus iguales, ella nunca había estado consciente de que tan alto era, en verdad, su atractivo y sensualidad. Rechazada, enamoradiza y limitada, la chica iba por el mundo creyéndose fea, siendo incluso más linda y sensual que una pornstar. Él era un chico muy sociable, parco y un tanto inseguro, que hacía de dos años que no hacía más que dedicarse a acariciarse viendo videos en redtube, pornhub y tube8. Si un día empezaron a usar los títulos de pareja, fue porque ambos buscaban deshacerse de los complejos que los acomplejaban, los forzaban a tildarse de perdedores sin perdón, ni antifaz.

 
Su treceavo encuentro, primero con los títulos de noviazgo ya vigentes, se caracterizó por una lucha encarnizada en que la idea de pareja se impuso, a lo que iba encarrilado a una funcional amistad. Angustiados por no saber si tomarse la mano, si saludarse de pico, o darle un apodo cariñoso al otro (incluso preguntarse si aun era muy pronto para ello), encerrándose en un retroceso a esos noviazgos adolescentes que ambos ya habían experimentado con anterioridad.

 
A partir de entonces todo empezó a declinar. La ilusión, de ambos, era la de que toda pareja termina por amarse entre ellos a pesar de toda adversidad, y no estaban conscientes de que, en realidad, es un tanto más común que se terminen odiando debido, justamente, a las adversidades. A ella le incomodaba el poco respeto que él sentía por ella, a él le molestaba que ella pensase que el sexo fuese un modo de faltarle el respeto. Él odiaba el nivel de detalle y atención que ella exigía para sentirse deseada, ella se deprimía por la malagana con que él hacía cosas lindas por ella. Él siempre la manoseaba, la ignoraba cuando ella deseaba hablar, le criticaba su ropa de monja, su poca sensualidad, era brusco durante el sexo, no se llevaba bien con sus amigas, hablaba mucho de fútbol y tomaba hasta la total borrachera cada fin de semana. Ella nunca estaba de humor para el sexo, siempre ocupada y nunca disponible para salir o hacer lo que sea juntos, lo celaba con toda chica que le hablaba, pero ella misma no admitía que sus amigos frikis le tenían ganas, y lo miraba con mala cara cuando él deseaba comentar sobre la Champions y no sobre Spiderman.

 

Desencuentros. Ella deseaba un Príncipe Azul, él una Puta Insaciable. Ella esperaba que los modelos de Disney y las mentiras de una vida mejor se impusieran a la cruda realidad de los hombres en que se fijaba, que de nobles poco tenían en verdad. Él anhelaba que la vida fuese tan simple como la trama de una película porno, donde no se tenía más que decir un par de cosas tontas para que una mujer voluptuosa se entregase a un desenfreno sin límites, ni piedad. Ella esperaba todo el romance y un final feliz, olvidando que los finales felices son un incompleto que no censura la vida, que anula la muerte. Él no deseaba ver más allá de sus deseos básicos, de su miedo paralizante a explorar lo que no podía palpar. Ella no deseaba ver que los hombres son hombres y no príncipes, él no se admitía que no hay algo tan simple como un ser humano que solo desee tirar, que no hay mujer, ni tampoco un hombre, que no sea un estereotipo y nada más. Y mientras más se encerraban en esas lógicas burbuja, esperando que cambie lo que no podía cambiar, más se ahondaba el pútrido rencor que los llevaría a pensar en matar, en llorar, en mirar al cielo y pedir que todo acabase sin tener que volver a mirarse, nunca, nunca jamás.

 

 

De Príncipes Azules y Putas Insaciables280386735_n

 
A quién corresponda,

 
Escribo porque no encuentro otra forma de calificar lo que vivo más que como fruto de la curiosidad. Una de esas de la misma clase que las que matan a los gatos. Observo ese posible futuro níveo, esa posibilidad improbable, y luego reparo en toda la parafernalia que viene con mi adorable forma de ser. No es fácil enfrentarte a un deseo cuando te sientes vulnerable.

 
Pero no me he presentado. Mi nombre es irrelevante, así que puede llamarme como le venga en gana. Aunque tampoco es que tendrá muchas chances de llamarme por algún nombre dada su calidad de simple lector de las palabras que vomita mi bolígrafo. Si todo esto aún lo turba, confesaré que empecé este texto como un grito de auxilio desesperado, luego lo descubrí como una confesión atolondrada, y no tardé en redefinirla como una carta suicida. Ahora mismo descubro que esta es una de esas cartas escritas por un anónimo y leída por otro. Es reconfortante vaciar el alma de sus mierdas en los oídos de juicios que no alcanzaremos a degustar.

 
Podría confesar mis muchos crímenes. He robado, mentido, estafado, violado, matado, he usado megaupload y todo lo que poseo ha sido adquirido de variopintas deshonestidades sin jamás haber sido atrapado. Pero ya decidí que esta no es una confesión, ni una redención pues de esas cosas que hice nunca me he arrepentido. Además que todo eso es aburrido. Sería como si usted escribiese acerca su aburrido día en la oficina (o respectivo lugar de trabajo) que ni siquiera usted encuentra interesante. Mis cómplices dicen que debería escribir un libro de mis hazañas, pues ganaría mucho dinero, pero no le veo sentido ya que si lo hiciese no tendría que volver a trabajar, ni tampoco tendría cosas nuevas para contar. No. Prefiero escribir acerca cosas más irregulares para mi persona.

 
Por ejemplo: todo lo ocurrido que me trajo a donde sea que me encuentre. Hará cosa de un mes, o más, que estaba yo robando drogas de un hospital, cuando una extraña erección me distrajo de mi tarea. Y escribo extraña, no porque mi pajarito sea deforme, defectuoso o, mucho menos, pequeño. Es más, las mujeres suelen decir que el mío es un pajarraco, no un pajarito. Digo extraña, porque era como si no terminase de decidirse. Se endurecía un rato y luego quedaba blando como torta, para inflamarse casi inmediatamente, y perder volumen en tan solo un segundo.

 
Mi primera reacción fue la de echarle la culpa a los brebajes de la pinche borrachera en la que había estado el día anterior. Maldije, pues no sabía que putas podrían haberme dado en esa bacanal como para que pasase lo que estaba pasando. Tuve que dejar lo que hacía y pedirle a un médico que me revisase, dada la suerte de estar en un hospital mientras ocurrió. Cuando el doctor vio mi pene, abrió los ojos maravillado y lo estudió por horas. Su expresión pasaba del pasmo a una curiosidad que me incomodaba un poco. No me gusta que los maricones me miren, peor que me miren la pichula. No digo que el doctor que me revisó haya sido gay, pero bueno. El caso es que el doctor miró mi pirula y tras un buen rato de analizar, auscultar e incluso olisquear, me dijo que yo debía de estar enamorado.

 
Mi primera reacción fue rascarme las bolas, que me picaban desde hacía rato. Luego me sorbí los mocos y le dije al doc que eso era imposible, que no había aval posible a esa afirmación y que me mostrase una prueba fehaciente que certificase que yo estuviese siendo afectado por aquel sentimiento. El doc me miró como preparando un discurso de esos que cambian la vida, y me dijo “tus huevadas” y se alejó de mi pito, marchándose y dejándome hecho todo un signo de interrogación ¿Enamorado? ¿Cómo? Aunque la verdadera pregunta era ¿de quién?

 
No es fácil decidir las cosas desde la visión ajena. Si el doc decía que estaba enamorado, no significaba que lo estuviese. Quizá lo que yo llamo excitamiento es amor para este doctor exagerado y marica. La cosa es que me dejó pensando en quién podía haberme resultado interesante de aquella manera. Serán mierdas, pero son mierdas médicas y nunca me ha gustado subestimar el diagnostico de un médico.

 
Soy un hombre hecho y derecho. Soy caballeroso, gano buen dinero de mis matufias y garcho al menos una vez a la semana. Por eso me costó tanto identificar a Mónica como el objeto de mis deseos. Primero me detuve a pensar en todas aquellas con las que me había acostado en los últimos meses. Eso, señor lector, generó tanta duda de mi parte que incluso me esmeré en encontrarles algo a cada mujer que consideré digna de mis amores y erecciones. Incluso llegué a salir con dos, intentando escucharlas, mirarlas de cerca, hasta comprender sus huevadas. Pero mientras más me pasaba haciendo esto, más desconcertado me sentía ante la perspectiva de algún amor. Para empeorar las cosas, las erecciones intermitentes (nombradas así por el médico que me diagnosticó ese día, y que luego me revisaba cada semana desconcertado, aunque emocionado porque decía que esa condición lo haría famoso entre los médicos) eran de nunca acabar. Si bien tenía descansillos de un par de horas, mi pichi oscilaba entre estar blando o duro continuamente a lo largo del día.

 
Es difícil buscar algo que conoces por otro nombre. Mi problema con Mónica no es que me moleste esta intermitencia eréctil que me causa su ausencia. No, no. Lo molesto fue creerme atrapado en el enamoramiento cuando lo único que sentía era curiosidad. Y ese, señor lector, es el problema de vivir de lo que dicen los demás. Uno se esfuerza tanto por comprender lo que se dice de uno, que termina por olvidar lo que de verdad quiere uno pensar. Mi gran pedo fue explorar tanta mujer pensando que lo me afectaba era enamoramiento y no curiosidad.

 
Un cacho de esos por fin me cansé de tanta mierda. Decidí rendirme y aprender a vivir con mis erecciones oscilatorias. Obviamente no fue cosa fácil. Llamaba mucho la atención durante mi rutina y, francamente, le quitaba mucho feeling a casi todo lo que hacía. Hay que afrontar que cuando alguien te asalta y ves que pasa eso en su entrepierna, como que cuesta tomarlo en cuenta. Lo mismo en mi trabajo diurno de psicólogo, a los pacientes les cuesta hablar de cosas como sus infancias con tanto movimiento en los pantalones del terapeuta.

 
Descubrí a la causante de esta intermitencia eréctil mientras me afeitaba una mañana. Y fue un cague de risa recordar a Mónica al observar un frasco de crema Nívea. Era ella la novia del colega con el que compartíamos consulta y que lo visitaba de vez en cuando. La primera vez que la vi, llevaba un vestido veraniego blanco que dejaba al aire sus brazos y piernas de una blancura criminal. Decir que eran fosforescentes a la luz quizá sea poco. Recuerdo haberme sentido impresionado por la dulzura de su rostro y expresiones, soy de esos que les gusta saber que está matando inocencias cuando tira, me hace sentir como el chico bueno, el que les ilustra lo mierda que es la vida y cuanto nos quiere joder. Mi colega de consulta diría que la vida es bella y que simplemente nos quiere hacer el amor, pero yo diría que de todos modos nos la quiere meter. Y si usted es hombre, señor don lector, comprenderá que significa eso y que mi colega es un marica.

 
Había otros motivos por los que esta muchacha empezó a llamarme la atención, más allá de su blancura e inocencia. Un motivo era mi colega, que me caía gordo y hacía mucho que deseaba darle una lección, otro motivo era que Mónica, más allá de su aura de ternurita, tenía unos ojos criminales, de brillo peligroso, de intensa sensualidad y vértigo. De lo que se dice una loca de mierda. Además que está buena.

 
Aquella mañana vi la crema y esa blancura me trajo a la cabeza a Mónica y su vestidito. Y se me quedó dura. Firme, tiesa y sin vacilar. Sabe Dios cuantas mujeres había estado conquistando, o pagando, o forzando, buscando justamente eso, pero nunca nada. Por eso cuando mi pija se quedó inflamada y envalentonada de tanto pensar en Mónica, supe que había encontrado la solución a mi problema. Quiero decir, si una mujer te vuelve permanente lo intermitente debe ser porque la amas. Especialmente si es con las erecciones de tu poronga.

 
El problema, paciente lector, es que yo en el fondo soy tímido. Y hasta caballeresco. Todas esas mujeres a las que conquisté, o forcé, nunca significaron nada para mí. Eran simples transacciones donde yo recibía placer y ellas también. Y nadie piensa mucho cuando va a un cajero a sacar plata. Ahora, no nos confundamos y lleguemos a conclusiones apresuradas. Mónica no significa nada para mí. Lo que me mueve es la preocupación por mis erecciones oscilatorias, y algo de curiosidad por probar la locura que se esconde en su mirada. Así que mi dilema era afrontar a esta chica sintiendo algo más que necesidad. Para empeorar las cosas, ese mismo día encontré llorando a mi colega en su consultorio pues Mónica lo había dejado para siempre. Mi primera reacción fue arder en deseos de echarle en cara que la vida es una mierda, pero entonces me di cuenta que ya no tendría acceso a ella.

 
No escribiré aquí los detalles de cómo logré encontrar a Mónica nuevamente, ni de los métodos de los que me valí para conocerla y entrar en su órbita. En parte porque me da paja. Aparte que no quiero pensar mucho en ello, pues todo fue puro engaño muy trabajado que me absorbieron y fatigaron a límites que yo no imaginaba posibles.

 
Siempre me he visto a mi mismo como un hombre sin límites, uno que donde se lo propone la pone. Y no me refiero solo al sexo. Al principio no me di cuenta, porque estaba muy distraído preparando mis estafas y artimañas, pero una vez que me vi delante Mónica apenas si pude pedirle una cita. Y no era porque delante suyo mi pito se ponía como roca, delatando su agrandamiento en mi pantalón. No, no, no. Algo más pasaba ahí. Algo que me bloqueaba cuando le hablaba, algo que me hacía sentir ridículo, poco compatible con una mujer tan correcta y gentil. Maricadas de ese estilo.

 
El miedo es como una boa constrictora. Te paraliza, te inutiliza, te aplasta y te devora. El miedo contamina todo, con el tiempo nos posee y nos abruma, nos vuelve inválidos pusilánimes y timoratos que no pueden hacer nada. Que tiemblan ante el mero pensamiento de cambiar. Los cobardes somos seres rencorosos, que echamos la culpa de nuestras fallas y derrotas a todo, menos a nuestra falta de coraje. Somos asquerosos, y lo sabemos bien. Pero admitirlo sería como poner en evidencia que tenemos que enfrentarlo ¿quién desea pelear consigo mismo?

 
No que yo ame a esta cojuda. Creo que lo único es que me excita con lo buena que está, me maravilla su piel casi albina, sus ojos, su mirada, su forma de ser positiva, funcional, correcta ¿cómo podría Batman casarse con el Guasón? Y ¿cómo admitirme que soy un cobarde? Yo que me cago hasta en Dios, que he realizado las proezas más increíbles de lo que ningún afeminadito escritor podría imaginarse, yo que soy famoso en el alto y bajo mundo. Incluso el del medio, por si se tarda señor lector. Pero no encuentro la forma de enfrentar mi cobardía cada que la veo y la deseo y me la quiero tirar. Así como quiero acariciarla y saber cómo harían dos personas como nosotros para estar juntos. Siquiera si somos compatibles. O si es que importa algo tan neurótico como la compatibilidad.

 
Hay batallas que son perdidas en la cabeza antes que en el campo de batalla. Empecé este texto como un desahogo, lo continué como una carta suicida, y ahora lo termino como una plegaria de piedad. Que alguien me salve de estas erecciones intermitentes pero sin enfrentar a Mónica, que alguien me quite esta curiosidad que siento por Mónica, que ningún médico llame amor a sangre concentrada en mis cuerpos cavernosos, que ningún idiota positivo y optimista se vea (a mis ojos) más digno de Mónica que yo mismo, que alguien me permita regresar a la maldita ignorancia, a no saberme un cobarde, un marica sin remedio que se pasma ante la posibilidad del rechazo, que me salven de alegrarme como un niño cuando Mónica me habla, cuando parece que podría vivir en la cómoda eternidad de tenerla cerca sin buscar nada más que su presencia, sin tener que lidiar con la sangre poniéndome tieso. Rescátenme de imaginármela desnuda, a mi lado, atrapada por mi brazo derecho y con la mano izquierda explorando sus cavidades más privadas, y ella pidiendo más y más, porque los cobardes preferimos el reino de lo imaginado donde somos dioses sin necesidad de cambiar nada. Arránquenme de esta realidad tan real, que siempre he sido mejor en lo irreal, como los engaños y las estafas.

 
Acabo esta carta, a quien sea que corresponda, pidiendo que trate con paciencia al bulto que con ella venía, puesto que lo más probable es que sea yo, todo derrotado. No se ría de mi erección intermitente (ese bultito que se achica y se agranda) y sálveme de la muerte, pero cuando esté de nuevo consciente (porque lo más probable es que me haya chupado jodido y esté perdido de borracho) no me consuele, ni me reflexione. Guárdese sus opiniones, y déjeme hundirme en mi dolor, deje que yo decida que tanto y cuando me voy a la mierda. Y si quién leyó esto eres tú Mónica, pues solo puedo decirte ¿quieres salir el miércoles por la noche?

 

 

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Entregarse a la escritura es confesarse un mentiroso de ligas mayores. O al menos admitir que se desea ser uno. Los escritores pueden ser gente de distintas procedencias y costumbres, pueden tener diferentes formas de ver el mundo como cualquier ser humano común y, como justamente estos, miente. La gran diferencia está en que los escritores – o quien sea que aspira a ser uno- toma a la mentira y la convierte en un estilo de vida.

 
Escribir es tener la osadía de ponerle palabras a cosas, sucesos, vivencias que quien las escribe ha vivido, o cree que vive, o que otros vivieron y de las cuales el escritor no es más que un testigo mudo, o ciego, sordo, o presente, ausente, distante, cercano o tantos etcéteras entre las posiciones desde donde se puede escribir. Y es osadía debido a la naturaleza de lo que se cree que pasó, esa cosa tan grande y tan adscrita a las subjetividades. Después de todo, quién escribe, de algún modo se da el gustito de decir las cosas como las cree, como las ve y como las siente. Un escritor es ese tirano indomable que le da por presentar sus maneras de ver al mundo, y que encima se da el gusto de ocultar que nos está vendiendo sus pensamientos, que está ornamentando sus embustes para que los leamos y expresemos un agrado, un desagrado. Una reacción, al fin y al cabo.

 
Quizá deba acortar el espectro. Quizá no debería lanzarme a decir nada más que “escritor”, permitiendo que quiensea que escribe sus pensamientos en una hoja se sienta merecedor de estas palabras. O para que quienes no escriben literatura, necesariamente, se ofendan con el epíteto utilizado. Pero si aclarar que cuando hablo de escritores me refiero a esos que se dan a la tarea de inventar cosas, de crear mundos, de imponerse la disciplina de leer y escribir cada día, de no parar nunca, ni ante el temido bloqueo, ni ante las vicisitudes de sus pequeños infiernos. Hablo de esos escritores que a cada hora se lanzan a escribir aun cuando no tienen donde, hablo de los escritores disciplinados, insistentes y tercos que se atreven a algo tan temible como lanzarse a conquistar a una mujer tan especial como es la literatura.

 
Al fin y al cabo un escritor es un narrador que intenta retratar la alegría y la miseria de amar a una mujer en específico. Es ese desconsolado enamorado de la mujer más hermosa, de la más sucia, la más elegante, la que menos errores comete, la que más se equivoca, la más fea, la más impropia, la adecuada, inoportuna, groncha, cándida, perra, es esa mujer improbable que nos da celos presentarla a quiensea pues sabemos que hasta el más avinagrado no podría evitar enamorarse, y esa mujer (o cualquier nombre que quieran ponerle) es la literatura.

 
“You do it to yourself, and that’s what really hurts” dijo uno de los más grandes escritores de la actualidad. Y lo dijo de tal manera, que no hay forma de negarlo. Especialmente para un escritor que se entrega al extraño capricho de amar a la literatura, de amar el narrar, de quienes se enfrascan en el salto semi suicida de publicar, de quienes son capaces de asumir un compromiso con sabor a noviazgo que implica escribir una novela, o de los viajes cortos que son los cuentos. No será lo más glamoroso, no será lo que la mayoría quiere, puede que no seamos más que un hato de “lusers” mentirosos, alharacos y encima “artistas”, pero puta mierda, no creo que nadie que escriba se arrepienta de hacerlo.

 

¡Ah! Feliz año nuevo y todas esas cosas que se dicen.

 

¡Feliz ano nuevo!