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Parches no no no

Publicado: abril 25, 2013 en Inefable
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Comercial de un producto falso.

Guión y voz: Adrián Paredes

 
A quién corresponda,

 
Escribo porque no encuentro otra forma de calificar lo que vivo más que como fruto de la curiosidad. Una de esas de la misma clase que las que matan a los gatos. Observo ese posible futuro níveo, esa posibilidad improbable, y luego reparo en toda la parafernalia que viene con mi adorable forma de ser. No es fácil enfrentarte a un deseo cuando te sientes vulnerable.

 
Pero no me he presentado. Mi nombre es irrelevante, así que puede llamarme como le venga en gana. Aunque tampoco es que tendrá muchas chances de llamarme por algún nombre dada su calidad de simple lector de las palabras que vomita mi bolígrafo. Si todo esto aún lo turba, confesaré que empecé este texto como un grito de auxilio desesperado, luego lo descubrí como una confesión atolondrada, y no tardé en redefinirla como una carta suicida. Ahora mismo descubro que esta es una de esas cartas escritas por un anónimo y leída por otro. Es reconfortante vaciar el alma de sus mierdas en los oídos de juicios que no alcanzaremos a degustar.

 
Podría confesar mis muchos crímenes. He robado, mentido, estafado, violado, matado, he usado megaupload y todo lo que poseo ha sido adquirido de variopintas deshonestidades sin jamás haber sido atrapado. Pero ya decidí que esta no es una confesión, ni una redención pues de esas cosas que hice nunca me he arrepentido. Además que todo eso es aburrido. Sería como si usted escribiese acerca su aburrido día en la oficina (o respectivo lugar de trabajo) que ni siquiera usted encuentra interesante. Mis cómplices dicen que debería escribir un libro de mis hazañas, pues ganaría mucho dinero, pero no le veo sentido ya que si lo hiciese no tendría que volver a trabajar, ni tampoco tendría cosas nuevas para contar. No. Prefiero escribir acerca cosas más irregulares para mi persona.

 
Por ejemplo: todo lo ocurrido que me trajo a donde sea que me encuentre. Hará cosa de un mes, o más, que estaba yo robando drogas de un hospital, cuando una extraña erección me distrajo de mi tarea. Y escribo extraña, no porque mi pajarito sea deforme, defectuoso o, mucho menos, pequeño. Es más, las mujeres suelen decir que el mío es un pajarraco, no un pajarito. Digo extraña, porque era como si no terminase de decidirse. Se endurecía un rato y luego quedaba blando como torta, para inflamarse casi inmediatamente, y perder volumen en tan solo un segundo.

 
Mi primera reacción fue la de echarle la culpa a los brebajes de la pinche borrachera en la que había estado el día anterior. Maldije, pues no sabía que putas podrían haberme dado en esa bacanal como para que pasase lo que estaba pasando. Tuve que dejar lo que hacía y pedirle a un médico que me revisase, dada la suerte de estar en un hospital mientras ocurrió. Cuando el doctor vio mi pene, abrió los ojos maravillado y lo estudió por horas. Su expresión pasaba del pasmo a una curiosidad que me incomodaba un poco. No me gusta que los maricones me miren, peor que me miren la pichula. No digo que el doctor que me revisó haya sido gay, pero bueno. El caso es que el doctor miró mi pirula y tras un buen rato de analizar, auscultar e incluso olisquear, me dijo que yo debía de estar enamorado.

 
Mi primera reacción fue rascarme las bolas, que me picaban desde hacía rato. Luego me sorbí los mocos y le dije al doc que eso era imposible, que no había aval posible a esa afirmación y que me mostrase una prueba fehaciente que certificase que yo estuviese siendo afectado por aquel sentimiento. El doc me miró como preparando un discurso de esos que cambian la vida, y me dijo “tus huevadas” y se alejó de mi pito, marchándose y dejándome hecho todo un signo de interrogación ¿Enamorado? ¿Cómo? Aunque la verdadera pregunta era ¿de quién?

 
No es fácil decidir las cosas desde la visión ajena. Si el doc decía que estaba enamorado, no significaba que lo estuviese. Quizá lo que yo llamo excitamiento es amor para este doctor exagerado y marica. La cosa es que me dejó pensando en quién podía haberme resultado interesante de aquella manera. Serán mierdas, pero son mierdas médicas y nunca me ha gustado subestimar el diagnostico de un médico.

 
Soy un hombre hecho y derecho. Soy caballeroso, gano buen dinero de mis matufias y garcho al menos una vez a la semana. Por eso me costó tanto identificar a Mónica como el objeto de mis deseos. Primero me detuve a pensar en todas aquellas con las que me había acostado en los últimos meses. Eso, señor lector, generó tanta duda de mi parte que incluso me esmeré en encontrarles algo a cada mujer que consideré digna de mis amores y erecciones. Incluso llegué a salir con dos, intentando escucharlas, mirarlas de cerca, hasta comprender sus huevadas. Pero mientras más me pasaba haciendo esto, más desconcertado me sentía ante la perspectiva de algún amor. Para empeorar las cosas, las erecciones intermitentes (nombradas así por el médico que me diagnosticó ese día, y que luego me revisaba cada semana desconcertado, aunque emocionado porque decía que esa condición lo haría famoso entre los médicos) eran de nunca acabar. Si bien tenía descansillos de un par de horas, mi pichi oscilaba entre estar blando o duro continuamente a lo largo del día.

 
Es difícil buscar algo que conoces por otro nombre. Mi problema con Mónica no es que me moleste esta intermitencia eréctil que me causa su ausencia. No, no. Lo molesto fue creerme atrapado en el enamoramiento cuando lo único que sentía era curiosidad. Y ese, señor lector, es el problema de vivir de lo que dicen los demás. Uno se esfuerza tanto por comprender lo que se dice de uno, que termina por olvidar lo que de verdad quiere uno pensar. Mi gran pedo fue explorar tanta mujer pensando que lo me afectaba era enamoramiento y no curiosidad.

 
Un cacho de esos por fin me cansé de tanta mierda. Decidí rendirme y aprender a vivir con mis erecciones oscilatorias. Obviamente no fue cosa fácil. Llamaba mucho la atención durante mi rutina y, francamente, le quitaba mucho feeling a casi todo lo que hacía. Hay que afrontar que cuando alguien te asalta y ves que pasa eso en su entrepierna, como que cuesta tomarlo en cuenta. Lo mismo en mi trabajo diurno de psicólogo, a los pacientes les cuesta hablar de cosas como sus infancias con tanto movimiento en los pantalones del terapeuta.

 
Descubrí a la causante de esta intermitencia eréctil mientras me afeitaba una mañana. Y fue un cague de risa recordar a Mónica al observar un frasco de crema Nívea. Era ella la novia del colega con el que compartíamos consulta y que lo visitaba de vez en cuando. La primera vez que la vi, llevaba un vestido veraniego blanco que dejaba al aire sus brazos y piernas de una blancura criminal. Decir que eran fosforescentes a la luz quizá sea poco. Recuerdo haberme sentido impresionado por la dulzura de su rostro y expresiones, soy de esos que les gusta saber que está matando inocencias cuando tira, me hace sentir como el chico bueno, el que les ilustra lo mierda que es la vida y cuanto nos quiere joder. Mi colega de consulta diría que la vida es bella y que simplemente nos quiere hacer el amor, pero yo diría que de todos modos nos la quiere meter. Y si usted es hombre, señor don lector, comprenderá que significa eso y que mi colega es un marica.

 
Había otros motivos por los que esta muchacha empezó a llamarme la atención, más allá de su blancura e inocencia. Un motivo era mi colega, que me caía gordo y hacía mucho que deseaba darle una lección, otro motivo era que Mónica, más allá de su aura de ternurita, tenía unos ojos criminales, de brillo peligroso, de intensa sensualidad y vértigo. De lo que se dice una loca de mierda. Además que está buena.

 
Aquella mañana vi la crema y esa blancura me trajo a la cabeza a Mónica y su vestidito. Y se me quedó dura. Firme, tiesa y sin vacilar. Sabe Dios cuantas mujeres había estado conquistando, o pagando, o forzando, buscando justamente eso, pero nunca nada. Por eso cuando mi pija se quedó inflamada y envalentonada de tanto pensar en Mónica, supe que había encontrado la solución a mi problema. Quiero decir, si una mujer te vuelve permanente lo intermitente debe ser porque la amas. Especialmente si es con las erecciones de tu poronga.

 
El problema, paciente lector, es que yo en el fondo soy tímido. Y hasta caballeresco. Todas esas mujeres a las que conquisté, o forcé, nunca significaron nada para mí. Eran simples transacciones donde yo recibía placer y ellas también. Y nadie piensa mucho cuando va a un cajero a sacar plata. Ahora, no nos confundamos y lleguemos a conclusiones apresuradas. Mónica no significa nada para mí. Lo que me mueve es la preocupación por mis erecciones oscilatorias, y algo de curiosidad por probar la locura que se esconde en su mirada. Así que mi dilema era afrontar a esta chica sintiendo algo más que necesidad. Para empeorar las cosas, ese mismo día encontré llorando a mi colega en su consultorio pues Mónica lo había dejado para siempre. Mi primera reacción fue arder en deseos de echarle en cara que la vida es una mierda, pero entonces me di cuenta que ya no tendría acceso a ella.

 
No escribiré aquí los detalles de cómo logré encontrar a Mónica nuevamente, ni de los métodos de los que me valí para conocerla y entrar en su órbita. En parte porque me da paja. Aparte que no quiero pensar mucho en ello, pues todo fue puro engaño muy trabajado que me absorbieron y fatigaron a límites que yo no imaginaba posibles.

 
Siempre me he visto a mi mismo como un hombre sin límites, uno que donde se lo propone la pone. Y no me refiero solo al sexo. Al principio no me di cuenta, porque estaba muy distraído preparando mis estafas y artimañas, pero una vez que me vi delante Mónica apenas si pude pedirle una cita. Y no era porque delante suyo mi pito se ponía como roca, delatando su agrandamiento en mi pantalón. No, no, no. Algo más pasaba ahí. Algo que me bloqueaba cuando le hablaba, algo que me hacía sentir ridículo, poco compatible con una mujer tan correcta y gentil. Maricadas de ese estilo.

 
El miedo es como una boa constrictora. Te paraliza, te inutiliza, te aplasta y te devora. El miedo contamina todo, con el tiempo nos posee y nos abruma, nos vuelve inválidos pusilánimes y timoratos que no pueden hacer nada. Que tiemblan ante el mero pensamiento de cambiar. Los cobardes somos seres rencorosos, que echamos la culpa de nuestras fallas y derrotas a todo, menos a nuestra falta de coraje. Somos asquerosos, y lo sabemos bien. Pero admitirlo sería como poner en evidencia que tenemos que enfrentarlo ¿quién desea pelear consigo mismo?

 
No que yo ame a esta cojuda. Creo que lo único es que me excita con lo buena que está, me maravilla su piel casi albina, sus ojos, su mirada, su forma de ser positiva, funcional, correcta ¿cómo podría Batman casarse con el Guasón? Y ¿cómo admitirme que soy un cobarde? Yo que me cago hasta en Dios, que he realizado las proezas más increíbles de lo que ningún afeminadito escritor podría imaginarse, yo que soy famoso en el alto y bajo mundo. Incluso el del medio, por si se tarda señor lector. Pero no encuentro la forma de enfrentar mi cobardía cada que la veo y la deseo y me la quiero tirar. Así como quiero acariciarla y saber cómo harían dos personas como nosotros para estar juntos. Siquiera si somos compatibles. O si es que importa algo tan neurótico como la compatibilidad.

 
Hay batallas que son perdidas en la cabeza antes que en el campo de batalla. Empecé este texto como un desahogo, lo continué como una carta suicida, y ahora lo termino como una plegaria de piedad. Que alguien me salve de estas erecciones intermitentes pero sin enfrentar a Mónica, que alguien me quite esta curiosidad que siento por Mónica, que ningún médico llame amor a sangre concentrada en mis cuerpos cavernosos, que ningún idiota positivo y optimista se vea (a mis ojos) más digno de Mónica que yo mismo, que alguien me permita regresar a la maldita ignorancia, a no saberme un cobarde, un marica sin remedio que se pasma ante la posibilidad del rechazo, que me salven de alegrarme como un niño cuando Mónica me habla, cuando parece que podría vivir en la cómoda eternidad de tenerla cerca sin buscar nada más que su presencia, sin tener que lidiar con la sangre poniéndome tieso. Rescátenme de imaginármela desnuda, a mi lado, atrapada por mi brazo derecho y con la mano izquierda explorando sus cavidades más privadas, y ella pidiendo más y más, porque los cobardes preferimos el reino de lo imaginado donde somos dioses sin necesidad de cambiar nada. Arránquenme de esta realidad tan real, que siempre he sido mejor en lo irreal, como los engaños y las estafas.

 
Acabo esta carta, a quien sea que corresponda, pidiendo que trate con paciencia al bulto que con ella venía, puesto que lo más probable es que sea yo, todo derrotado. No se ría de mi erección intermitente (ese bultito que se achica y se agranda) y sálveme de la muerte, pero cuando esté de nuevo consciente (porque lo más probable es que me haya chupado jodido y esté perdido de borracho) no me consuele, ni me reflexione. Guárdese sus opiniones, y déjeme hundirme en mi dolor, deje que yo decida que tanto y cuando me voy a la mierda. Y si quién leyó esto eres tú Mónica, pues solo puedo decirte ¿quieres salir el miércoles por la noche?

 

 

Basado en un “chequeo” real

Había sido un día caluroso y desgraciado. La canícula se había hecho notar desde la mañana, hasta unos momentos previos al atardecer, luego el sol se había perdido tras nubes grises de amenazadora lluvia. Joaquín Ballesteros esperaba por un taxi desde hacía ya media hora. Su paciencia se agotaba en la espera, ahí apoyado contra un poste de luz viendo toda clase de transportes pasar llenos hasta el tope mientras se fumaba un cigarrillo. La luz gris del atardecer daba una especie de luminosidad trágica al momento. Como una nostalgia ploma con sus nubes negras, y la humedad de una lluvia inminente y los vientos fríos y fuertes que parecían disculparse por el sofocante sol que había torturado a la ciudad temprano aquel día.

Joaquín miró a ambos lados de la larga avenida. Los autos venían a montones por ambas vías, la de subida y la de bajada. No había nadie alrededor, lo cual era raro al tratarse de una avenida principal, aunque no tanto cuando Joaquín re analizó los nubarrones de lluvia en el cielo. Quizá toda la gente estaba en los taxis que él deseaba abordar. Joaquín se dio la vuelta y se observó en un vidrio. “Carajo- no pudo evitar pensar cuando su reflejo le devolvió una mirada triste- ¡qué feo que soy!”. Se analizó por un rato más sin poder evitar detenerse a menospreciar sus peores detalles físicos y quedarse pensando en sus peores defectos como persona. Se sentía enfermo de aquella autocompasión sobre su poco atractivo, pero de algún modo era inevitable. Al menos aquel día no había podido evitar sentirse como una basura, una piltrafa humana que para colmos no poseía ningún atractivo físico. Quizá no era cierto, quizá sí lo era. No importaba si lo era, solo como se sentía.

El fuerte resoplido del viento lo devolvió a la realidad. Notó que tras el vidrio, el dueño de una tienda lo miraba con extrañeza, picado quizá por la forma tan fija con que Joaquín miraba su reflejo. De seguro creía que lo miraba a él. “Tonto” pensó Joaquín sin saber si se refería al dueño de la tienda o a sí mismo. Estaba enojado, quizá porque la vida no salía como esperaba, quizá por la gente de mierda que le declaraban guerras injustas- pero no por ello un tanto inmerecidas-, o quizá le frustraba que recién se hubiese ocultado el odioso sol, para dar paso a ese hermoso clima frio. Quizá le enojaba que ya se le hubieran acabado los puchos, o que no hubiese plata para más. Lo cierto era que Joaquín no recordaba haberse sentido más desgraciado en su vida. Eran dramas tontos, pero reales en su cabeza. Era un eterno lloriqueo por estupideces sin valor. Pero luego ya no pudo recordar que era cuando la vio adelante.

Era una mujer. Como no iba a serlo con esa piel nívea, con aquel pelo rubiorojizo que flameaba junto a la corriente de aire de la calle. La iluminación gris de aquel escenario contrastó con no solamente ese cabello, sino con toda ella. Una muchacha de baja estatura, flaca pero robusta, de senos y piernas redondas, vestida con corto vestido de verano blanco y tacones que dejaban ver sus uñas perfectas. Sus enormes ojos verdes como círculos brillaban mirando hacia el frente y hacían juego con sus boca redondita rojísima que parecía pintada pero que iba así au naturel como demostrando que los ornamentos naturales si existen. Joaquín abrió la boca y se quedó con expresión imbécil mirándola como a una aparición. Joaquín se maravilló con el brillo naranja de la muchacha, desde sus cabellos que resaltaban su presencia entera, hasta el ancho cinturón naranja que cubría su redonda cadera, o los dibujos de cascaras de naranja que plagaban su vestido y le daban más color a la oscuridad del atardecer nuboso.

“Me cago que mina más hermosa” alcanzó a elucubrar Joaquín en su cabeza ante la aparición de la chica. Esta seguía cruzando la calle cuando una ráfaga de viento sopló con mucha fuerza, haciendo que su vestido blanco de cascaras de naranja ondease como una bandera, jamás levantándose, nunca revelando más que una pequeña porción de sus piernas blancas y sedosas, pero moviéndose como si estuviese a punto de volar, de levantarse y permitir a Joaquín ver si es que sus bragas eran también naranjas. Pero nunca sucedía. El viento soplaba con extraña furia, y ni así cedía el vestido de verano. La chica sonreía. La gloriosa belleza posó su ojazos verdes en el asfalto, cerrándolos ligeramente mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Una sonrisa amplia y pícara que enmascaraba una especie de vergüenza ridícula. Joaquín no podía creer que veía un poco más de lo que el brevísimo vestido dejaba ver de por sí, quizá no era mucho más pero si era lo suficiente para que Joaquín sintiese que sus pantalones le apretaban a la altura de su entrepierna.

La aparición de pelo rubiorojizo pronto reparó en el mal vestido Joaquín. Sus brillosos ojos se posaron en la estúpida mirada de Joaquín, quien no pudo menos que sentirse angustiado, casi asaltado por una especie de herida de muerte. Pero ni así logró quitar la expresión estúpida de su rostro, sino que la siguió mientras caminaba elegantemente haciéndose más sensual a cada paso, más imposiblemente bella. El corazón y la entrepierna le palpitaron a Joaquín, cuando la mujer de los ojos verdes pasó detrás de él, pero no se dio la vuelta para mirarla mejor. Aprovechó el breve segundo para respirar y perder la expresión de tonto, pero no pudo calmar su notable erección con la misma facilidad. Por un momento Joaquín Ballesteros se preguntó porque semejante reacción, tan desmedida, tan precipitada, tan atípica por una mujer. Pero no tuvo más que girar la cabeza para verla marcharse y responderse sin esfuerzo que la mujer rubiarojiza lo ameritaba.

Sus manos delgadas, sus muslos suculentos, sus nalgas redondas aun notorias tras el vestido, la maraña liza de su bizarramente precioso y llamativo pelo. Y el alma de Joaquín a punto de escaparse cuando la muchacha giró la cabeza sin dejar de caminar, su angustia profunda cuando ella sonrió con los ojos mostrándole su amplia dentadura en un gesto embriagante que implosionó en un beso de esos labios rojísimos que la chica mandó mirándolo a los ojos. Una angustia temible se apoderó de él, mientras la muchacha retornaba la cabeza a su pose original y se arreglaba el pelo con una de esas delgadas manos. Rascándose con un dedo, haciendo parecer que invitaba a Joaquín a perseguirla. Pero Joaquín se quedó dubitativo, congelado en el lugar, creyéndose un pobre loco que imaginaba cosas, pensó que una mina tan candente y bella no podía ser real. Fue ahí que reparó en el dueño de la tienda saliendo apresuradamente a su puerta para quedarse como idiota mirando a la belleza rubiarojiza alejarse. Fue ahí que Joaquín supo que no estaba loco.

Solo quedaba caminar calle arriba e inventar una patética excusa para hablarle. Solo necesitaba decir un par de palabras incómodas y sabía que conseguiría algo, pero antes debía mover un pie detrás del otro en dirección a ella, intentando ignorar que ahora todos los taxis pasaban vacios, y que incluso frenaban cerca suyo como invitándolo a entrar y alejarse de aquella ilusión rubiorojiza.