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ww_compilation_by_jasric-d7w36dgPublicado originalmente en la Revista Gorila

En diciembre de 1941 salió el octavo numero de All Star Comics donde se presentó al mundo a la Mujer Maravilla. Entonces estábamos en la Era Dorada del cómic, esa época en que justamente empezó la industria del cómic y durante la cual plantó sus raíces más sólidas mediante personajes que aun hoy son importantes y mueven la cultura al generar modas. Fue una era prolífica y joven donde vimos a coloridos, y no tan coloridos, hombres disfrazados con capas y spandex que se enfrentaban a supervillanos, ladrones, asesinos, tu hermana, y hasta nazis en revistas que se vendían, especialmente, a colegiales de siete a diecisiete años de edad. Esos fueron los tiempos que permitieron a la industria del cómic perdurar hasta el día de hoy. Claro que también fue una época en que dominaba el género masculino y que los personajes mujeres eran o una peste, o una damisela en apuros o la versión femenina de algún varón. Fue en ese contexto que William Moulton Marston creó a la Mujer Maravilla.

Marston era un psicólogo que creó un aparato que se utilizó en la construcción del primer polígrafo y que, además, estaba convencido que la mujer era más honesta y confiable que el hombre, sin contar que también era más rápida y precisa trabajadora. Marston creía que el cómic tenía grandes probabilidades educativas y quiso crear un personaje que no triunfase con puñetazos y a la fuerza, como todos los superhéroes de esos tiempos. Gracias a la sugerencia de la esposa de Marston, hoy, tenemos a la Mujer Maravilla, quien se unió a las pocas heroínas de aquellos tiempos como la Viuda Negra y Fantomah, entre unas pocas otras. De repente Marston tenía a esta chica pin-up superpoderosa con la que podía cumplir todas sus fantasías y verlas dibujadas en aventuras que él mismo escribía, donde su arquetipo de mujer perfecta mostraba todo su esplendor. La posición feminista de Marston era tan evidente que hasta llegó a poner a un villano furioso de que las mujeres ayudaran en los esfuerzos bélicos, alegando que si es que eso continuaba pronto las mujeres se darían cuenta que son más poderosas que los hombres y escaparían al dominio masculino como las amazonas de Temiscira. Lo que Marston esperaba era poder influenciar a las niñas de aquella época a ser fuertes, empoderadas y atractivas como la Mujer Maravilla, lo cual fue bastante progresista para aquella época, pese a que Gardner Fox, escritor de la Liga de la Justicia entonces, hiciera a Diana la secretaria oficial del grupo de superhéroes aun si era igual de poderosa que Superman (no está demás aclarar que Marston estaba furioso). Con todo y obstáculos, pronto la Mujer Maravilla se adjudicó, en tan solo seis meses después de su segunda aparición (esta vez en Sensation Comics #1), su propio cómic.COVER_RUN_Wonder_Woman_by_AdamHughes

La intención original de Marston era la de crear un personaje que venciese todo con amor y pese a tener la fuerza de Superman, aun pudiese ser tierna y sumisa. Casi bautizada como Suprema, la Mujer Maravilla era ese personaje al que Marston se las arreglaba para dejar atada en una suerte de bondage que aparecía en cada página del cómic. Marston después diría que de esa manera podía reducir la violencia en el cómic sin que los lectores lo notaran, a la vez que conscientemente lanzaba imágenes que podían estimular a estos lectores sexualmente, no solo con dichas imágenes sino también mediante el uso de palabras que invitaban al innuendo sexual. Sí, Marston era un fanático no-tan-secreto del bondage y pensaba que la sumisión no solo era un fuerte elemento erótico y una hermosa virtud sino, también, la única forma en que la gente del mundo lograría la paz mundial. La Mujer Maravilla que idealizaba su creador era esta poderosa y hermosa muchacha cuya presencia inspiraba en los hombres el deseo de la sumisión y la felicidad absoluta por estar esclavizados a alguien así de superior, eso sumado a que Marston intentaba entregar una trama envuelta en temáticas de justicia transformativa y el rol del arrepentimiento en la sociedad.

Todo esto generó el debate acerca de si Marston hacía esto por cachondo o por inconscientemente estimular la cachondez de la juventud y mucho se dijo al respecto, pero nada de eso lo distrajo de seguir escribiendo a la Mujer Maravilla, sea cual fuese el motivo por el que lo hacía, hasta su muerte el año 1947. Tras ello le bajarían el feminismo al personaje convirtiéndola en una sombra de lo que antes representó;  le crearon el mítico jet invisible y añadieron otros elementos pero ya estaba transformada en una heroína más clásica y menos interesante que la de Marston. Esta versión de la Mujer Maravilla tuvo vida durante la odiosa época de la creación de la Autoridad de Códigos del Cómic, nacida porque un par de gilarys le creyeron al doctor Fredric Wertham que los cómics depravaban a los jóvenes y los transformaban en delincuentes. Fue así que en lo que los monos eruditos llaman, hoy, la era de Plata del cómic, tuvimos a una Mujer Maravilla que solo era la sombra de su, antes, sidekick Steve Trevor, más preocupada del romance y estar a la moda que otra cosa. Que no está mal, pero caía mal por el cambio abrupto de una figura empoderada e independiente a todo lo contrario. Esto duró hasta 1958 cuando Harry G. Peter fue reemplazado por Ross Andru y Mike Esposito, quienes le dieron origen revisado a Diana Prince y después justificarían el cambio usando la explicación del Multiverso en la DC y que las diferentes Mujeres Maravillas vivían en universos alternativos. Pero no sería hasta allá por el 73, durante la edad de Bronce del cómic, que tras sobrevivir a una extraña decisión de quitarle los poderes a Diana y regalarle una asistente china, la Mujer Maravilla volvería a levantar el interés del público. En gran parte gracias a Gloria Steinem, quien impulsó a toda costa el retorno de la superheroína, el cual llegaría a través de una hercúlea aventura para probarle a la Liga de la Justicia (y a sus lectores) que merecía estar arriba de nuevo.

Los ochentas verían a Diana Prince retornar al status quo de la guerra, con Steve Trevor vivo, nuevamente, y el retorno de personajes de soporte como Etta Candy y el general Darnell. Por estos tiempos la Mujer Maravilla estrenaría el emblema WW en su pecho en lugar de su, ya, tradicional águila debido a el valor comercial y de mercadeo que tenía registrar el nuevo emblema como marca registrada. En 1983 Dan Mishkin y Gene Colan trajeron de vuelta a Circe a la galería de enemigos de la Mujer Maravilla pero esto no alcanzaría para salvar las cada vez más bajas ventas del cómic, que concluiría en 1986 con el matrimonio de Diana con Steve Trevor, en un final feliz que sería eliminado de la continuidad del universo DC, no mucho después, gracias a la saga Crisis en las Tierras Infinitas, con la que borraron todas las versiones de la Mujer Maravilla y se alistaron para relanzar al personaje desde cero. Este primer reboot llegó el año 87 y puso a Greg Potter y George Pérez detrás de las bambalinas del cómic Wonder Woman, pero Potter no soportaría la presión y renunciaría para el segundo número dejando a Pérez a cargo del arte y la trama y si bien en temporadas tuvo ayuda de Len Wein y Mindy Newell, se le atribuye a él todo el éxito de su corrida de 62 números en el cómic.

1289749635675Como Marston en su época, Potter y Perez planificaron a esta nueva Mujer Maravilla como una feminista, además de añadir un contexto mitológico al mundo de Diana Prince. Aquí se establecieron los cánones de Temiscira, la isla matriarcal donde Wonder Woman era una princesa enviada como emisaria al mundo del patriarcado. Esta versión de la Mujer Maravilla era lo que creo que Marston hubiera querido: excesivamente hermosa, con una eterna sonrisa y de un aire inocente debido a su corazón tierno, todo esto regalo de Afrodita, muy sabia en actos y palabras por la voluntad de Atena, poderosa y fuerte como la tierra gracias a Deméter, hermanada con el fuego por la gracia de Hestia, capaz del vuelo y la velocidad mejorada gracias a Hermes y, además, una cazadora de poderosos instintos y unión con las bestias cortesía de Artemisa. Hasta le dieron un disfraz con temática más patriótica que supieron justificar elegantemente en una historia que involucraba a la madre de Steve Trevor, quien fue envejecido y emparejado con Etta Candy para evitar que los lectores pensaran que se seguiría explorando la vida romántica de la Mujer Maravilla con Steve. Pero lo más interesante de la época de Pérez no fue este retorno a la Isla Paraíso, sino como las aventuras de la Mujer Maravilla se enfocaron en las injusticias del Olimpo mientras se adaptaba a una vida, podría decirse, de inmigrante, acondicionándose a un nuevo mundo totalmente patriarcal, que hasta le extendía el reto de un nuevo idioma, y que vencía con la ayuda de una madre e hija de nacionalidad griega que la ayudaban como traductoras. Pérez mostraba a una Diana de aparente ingenuidad que, en realidad, era una guerrera bien entrenada en entender de guerra, muerte y destrucción, optando por defender el orden bajo cualquier coste necesario. Creo que la forma más simple de resumir a la Mujer Maravilla de Pérez es describir a una mujer con inteligencia y sentido compromiso y dedicación a la par de los de Batman, pero poseedora de muchos de los límites y poderes de Superman. Este cambio en su actitud resonó junto a todos los otros cambios en su contexto, cambios que le trajeron un aire nuevo a quien apenas descubría aquel mundo al que no estaba acostumbrada, donde la gente se apresuraba a llamarla superheroína y donde su ignorancia pasaba por ingenuidad, de tal forma que el contraste que se formaba cuando se mostraba a Diana la guerrera, quien demostraba que podía llegar a ser despiadada y brutal en sus batallas, como las que sostuvo contra Ares, Circe, Cheetah y, claro, Deimos.

Después de la aclamada era Pérez llegarían William Messner-Loebs como guionista y Mike Deodato como dibujante de una era cuyos grandes logros fueron quitarle el manto de la Mujer Maravilla a Diana para dárselo a la pelirroja Artemis y, en un ardid para humanizar a Diana, hacerla trabajar vendiendo tacos en un local de comida rápida. Ya luego John Byrne seguiría ese recurso de darle el manto de la Mujer Maravilla a otra amazona, en este caso la misma madre de Diana, Hipólita, en una intrincada trama de viaje en el tiempo y ascensos divinos tras la misma muerte que retornó a la Era Dorada de la Mujer Maravilla al canon, cuando declararon que la Mujer Maravilla de esa época era la mismísima Hipólita (#omaigá). Después, Eric Luke sería el encargado de otorgarle un giro más existencial a Diana, además de darle una onda que dejaba un sabor muy parecido a  la de Superman. Por suerte esto solo duró hasta que llegó la genial etapa de Phil Jimenez, quien con dibujos que evocaban a los de Pérez y en cuya representación de la Mujer Maravilla como una mujer fuerte, independiente, sabia, leída y poderosa no solo salvaba el mundo sino que se daba tiempo de ser activista de los derechos de la mujer alrededor del mundo. Esta visión de Jimenez serviría de antecedente a lo que más tarde hizo Greg Rucka con la genial villana Veronica Cale (cuyos métodos la harían una temible adversaria en estos tiempos) y su enfoque político y moderno que mandó a los silver oldies a freír monos.

Por esos tiempos se empezó a cocinar la trama de Crisis Infinita, la cual usaría a la Mujer Maravilla para romper un tabú del universo DC. Diana le rompería el cuello a Maxwell Lord (que, bueno, se lo merecía) haciendo lo que Batman y Superman no se animaban a hacer y por lo que, luego, ellos y el mundo, la repudiarían como una asesina a sangre fría. Sus actos generarían un efecto dómino en las psiques de sus compañeros de equipo y que, tras una sucesión de eventos, dejarían a la Mujer Maravilla sola y con su patria transportada a otra dimensión. La historia de Inifinite Crisis es importante pero no en el desarrollo de la Mujer Maravilla, sino en cómo unió al versión de Pérez con la de la Era Plateada y nos mostró que Diana podía solucionar las cosas haciendo lo que fuese necesario aunque nadie lo quisiese hacer, viendo más allá de los tabúes de sus compañeros, y aun despreciada y sola seguir haciéndolo en actos tan redentores como evitar que Batman matase a Alexander Luthor Jr. o que dos Supermanes de diferentes dimensiones se matasen a trompadas. Para entonces ya estábamos en el 2006 y Allan Heinberg, junto a Terry Dodson, se preparaba para relanzar al personaje, añadiendo al disfraz el emblema visto en Kingdom Come porque ¿por qué no?

Este relanzamiento nos trajo a Donna Troy, hermana de Diana, como la nueva Mujer Maravilla mientras Diana andabaWonder_Woman_Commission_by_OverGround_EIC desaparecida y de parranda, con el mundo aun repudiándola por el asesinato de Maxwell Lord. Con el tiempo veríamos a Diana de vuelta en la acción como agente secreta del Departamento de Asuntos Metahumanos, lo cual no duró mucho pues no tardó en retomar el manto de la Mujer Maravilla. Esta época estuvo llena de decisiones de los guionistas que ofendieron a los lectores  pero encantaron a los críticos, al menos en el caso de Jodi Picoult, una novelista que dio cinco números que los fans detestaron y que en la #RedacciónGorila nos dejaron preguntándonos si es que hubiera mejorado la calidad de las historias si se le hubiera dado más tiempo. Pero los fanáticos ya estaban cansados de la irregularidad del cómic (gracias a los retrasos de entrega de Allan Heinberg) y la llegada de Gail Simone para encargarse del título solo estabilizaría las cosas a medias mientras Dan DiDio (el enemigo número 1 de los cómics y editor ejecutivo de la DC) le devolvía al cómic su numeración tradicional. Fue así que se llegó al número 600 donde colaboraron nombres importantes como Geoff Johns, George Pérez, Phil Jimenez y Amanda Conner en un número que funcionó más como un tributo, antes de que Michael Straczynski tomara las riendas, acompañado por los artistas Don Kramer y Michael Babinski, en una línea argumental donde Diana (usando un nuevo disfraz, cortesía de Jim Lee) intentaba recuperar sus memorias perdidas acerca una isla Paraíso destruida y, de esta forma, unir la realidad distorsionada con la realidad que no podía recordar. Trama continuada por Phil Hester, esta temporada no generaría especial atención en los lectores hasta su cancelación, el 2011, junto a muchos de los títulos más importantes de la DC, quienes a apuntaban a lo que ahora conocemos como los Infames 52.

Lo curioso es que si bien la mayoría de los relanzamientos de los nuevos 52 fueron de malos a pésimos y tampoco fueron bien recibidos por los lectores, el reboot de la Mujer Maravilla fue una de las mejores cosas que le pasó al título desde la tenencia de George Pérez o Phil Jimenez. Con el disfraz rediseñado, de nuevo, por Jim Lee, el poderoso escritor Brian Azzarello llegaría junto al artista Cliff Chiang para traernos muchas de las mejor escritas historias de la Mujer Maravilla, que fascinaron a los lectores por el giro oscuro y horrorífico que Azzarello le dio al personaje y sus aventuras. Diana ya no era la misma de antes y esto lo remarcó Azzarello cambiando el origen del personaje de ser una figura de arcilla que tenía vida gracias a la magia, a convertirse en la hija natural de Hipólita y Zeus. Esta historia llenó las páginas del primer arco argumental de Azzarello y dejó a los lectores satisfechos y deseosos de más. Eso mismo obtendrían de Azzarello, pues pronto brindó  otros arcos argumentales donde veíamos a Diana inmersa en un mundo cada vez más rico en mitología y personajes secundarios interesantes. Al mismo tiempo Geoff Johns escribía La Liga de la Justicia donde también aparecía la Mujer Maravilla y…sí, los fanáticos recibieron bien la interpretación de Johns del personaje, pero todos estábamos demasiados fascinados por Azzarello y Chiang como para darle bola, pues esos dos nos trajeron un mundo oscuro, poético y visualmente fascinante que nos atrapó por su poesía y complejidad.

Desde la Era Dorada del cómic que la Mujer Maravilla ha sido un personaje muy popular e icónico, particularmente para el movimiento feminista, además de poseer atributos que la pusieron en varias listas como la de los Mejores Personajes en la Historia del Cómic de la revista Empire. Diana hasta tiene su propio museo en Connecticut, donde podemos ver la mercadería con su imagen que apareció a lo largo de todos estos años, también tuvo una exitosa serie de tres temporadas donde Lynda Carter interpretó a una heroína más parecida a las versiones de Marston con algo de la de Pérez (aunque es más correcto decir que la de Peréz tiene algo de Lynda Carter) y, pronto, aparecerá por primera vez en el universo cinematográfico de la DC, encarnada por Gal Gadot.

A la Mujer Maravilla se la ha interpretado de varias formas y desde numerosos ángulos. Muchos lectores y lectoras se identificaron con la propaganda americana que el cómic exhibió durante la Segunda Guerra Mundial, otros quedaron prendados con el mensaje sexual implícito por Marston, otros la seguirían por la trama y actitud balanceada que Pérez le tumblr_muorc8Id3s1qfn8gbo1_500supo dar, solo superado por Azzarello y su horror poético, mientras que otros se irían más por la sensualidad con que fue retratada por los muchos artistas que la dibujaron desde su creación, pero sea cual fuere el caso lo importante de este personaje es que, de una forma u otra, quedó asentada en nosotros una personaje que nació del deseo de Marston de crear un modelo de fortaleza femenina, un ejemplo de que la mujer moderna podía ser empoderada, que podía sobrevivir y triunfar en el mundo monopolizado por el género masculino. Y era, es y será refrescante saber que mientras Superman fue creado como un ardid de ciencia ficción que batallaba contra el sentimiento de impotencia ante los más fuertes y Batman era ese detective escapado (y copiado) de los cómics pulp para instalarse en el universo de ese superhombre, solo probar que sin ser invulnerable podía patear traseros; pero la Mujer Maravilla no fue creada con los mismos conceptos e intenciones de esos dos héroes, la Mujer Maravilla le debe todo no a la Segunda Guerra Mundial, ni a batallar contra estereotipados enemigos de Estados Unidos sino a ser un ícono feminista de empoderamiento de la mujer, cuya historia de publicación y la, actual, falla de representarla en cine o televisión se traducen en el fracaso de la representación de la mujer y el matriarcado como algo factible y no desdeñado sin más.

Ese es un fracaso fuerte que termina por remontarse a su creador, Marston, quien se describía a sí mismo como feminista y estaba casado con Elizabeth Holloway, la mujer que inspiró la mayoría de los aspectos de la Mujer Maravilla y que le sugirió a su esposo que el héroe que creaba tenía que ser heroína. Holloway y Marston eran progresistas de su época y sus vidas privadas le costaron la reputación académica a Marston, pero todo ello contribuyó a que la presencia de la Mujer Maravilla haya sobrevivido incluso a los periodos de malos escritores. Todo este proceso con que Marston quiso reeducar a la juventud terminaría con su muerte y la renuencia de la DC de contratar a su obvia sucesora y esposa Elizabeth Holloway, que no podemos decir que fue un error pero basándonos en la baja calidad que tuvo el cómic hasta la llegada de Peréz, creo que nos gustaría pensar en todo lo que una mujer como Holloway podría haber logrado con una mujer como Diana. Pero ni modo, todo por lo que había luchado Marston con su personaje desapareció en las manos de Robert Kanigher, primer sucesor de Marston, y tuvimos que esperar a que George Pérez le devolviera la gloria a este personaje. Actualmente seguimos luchando para que la Mujer Maravilla sea bien representada en cualquier medio en que se les ocurra colocarla y hasta ahora las series animadas van ganando por goleada. La pregunta que perdura es si es que la versión encarnada por Gal Gadot logrará mostrarnos lo que la Furiosa de George Miller y Charlize Theron nos mostró, haciendo honor a este gran personaje de la DC.

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El Aspirante

Publicado: noviembre 12, 2013 en Zopilotadas
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Llevo más de quince años escribiendo, pero nunca me he sentido un escritor. Siempre me he visto más a mi mismo como un aspirante que entrena durante todos esos años para ser quién desea ser. Escribiendo desde la soledad, los desencuentros, las tristezas y las ilusiones, siempre he encontrado en la escritura mi verdadero yo, la voz que nunca calla y se atreve a volver realidad lo imposible. Pero siempre como aspirante. Aprendiendo a solas, sin permitir que nadie me marque los límites de hacia donde puedo ir, o cómo se hacen las cosas, para poder experimentar con lo que sea, cuando yo quisiera, en mi propios términos.

Mi primer escrito fue un cuento sobre un peluche que cobraba vida. Fue una tarea de mi profesora Corina. Cuando lo leyó me miró por un rato, analizándome con detenimiento para luego preguntarme si es que se me había ocurrido a mí, o si había sacado la idea de alguna otra parte. Tras oír que era idea mía (aunque, claro, ninguna idea es completamente de uno) me pidió que lo leyese a la clase. Aun puedo recordar el terror que me invadió en aquel momento y el enfasís que puse al negarme a hacerlo. Por miedo, por vergüenza, absolutamente seguro de que el curso entero abuchería mis palabras y se burlarían de esa fantasía mía de ver a mi peluche favorito vivito y coleando. Impaciente, ella misma agarró el cuento y lo leyó, felicitándome por haberlo escrito y animándome a hacer más. Ya ni siquiera recuerdo como reaccionaron mis compañeros. Solo recuerdo a esa señora entrada en edad que leía con su voz ronca el fruto de algo que había sido muy divertido de hacer. Por primera vez una tarea que se probaba divertida y para nada laboriosa.

Pasaron los años, en los que me dedicaba a hacer historias simples en la cabeza, alterar otras historias en papeles que luego perdía de pura vergüenza a que alguien los lea. Llegué a esas edades en que uno empieza a enamorarse, y escribir canciones y poemas fueron el único alivio a esa intensa necesidad de amores imposibles colmados de desesperanza. Poco a poco fueron apareciendo los cuentos. Esos momentos peligrosos en que la realidad era transformable y podía ser como yo quisiera. O como no quería. La ventaja de escribir cuentos se fue revelando en lo imprevisibles que resultaban: darse la parte de creador absoluto y descubrir que no eres más que un simple escriba que transcribe la crónica de los sucesos de los que fue testigo. De los que se piensa como creador, sabiéndose un burdo mentiroso. Escribir cuentos y mentir fueron las formas en que descubrí a la literatura como esa mujer de la que uno se enamora para siempre, a la que no se puede, ni se quiere renunciar. La amante, la oficial, la zorra y la santa. Todos los arquetipos y todas las posibilidades en una sola. La mujer. La literatura. El más posible de los amores imposibles.

Un día un cuento nació y quiso ser algo más. Protagonizado por Ersio y Jopa, el cuento se probó ambicioso y se extendió a lo largo de varias hojas de un cuaderno escolar en que ya ni siquiera tomaba apuntes, solo desarrollaba la historia y el mundo de estos dos seres. Y ese fue el primer intento de novela. Pobre, precario pero glorioso, “La Historia Elemental” fue el primer paso que me movió un poquito fuera del título de aspirante.

Ya después llegaron más historias. No solo en lo escrito, sino también en mi propia vida. Y todas empezaron a influenciarse las unas a las otras, mientras yo, el aspirante, luchaba por encontrar mi voz, mi estilo para poder animarme a plasmar a alguna de esas historias en ese concepto tan parecido a una bestia gargántua: la novela.

Ayer 11 de noviembre del 2013, tras un año difícil y lleno de sorpresas, gracias a Mixtape, recibí la ultima confirmación de que por fin estoy listo para dejar de ser el aspirante.  Y eso solo significa que este es el inicio de una nueva etapa, más ardua, que requerirá de más trabajo y dedicación, pero a la que me entregaré por completo, sin miedo a las consecuencias y buscando siempre triunfar a mi manera y en mis términos, pero al fin sintiéndome un escritor.

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Entregarse a la escritura es confesarse un mentiroso de ligas mayores. O al menos admitir que se desea ser uno. Los escritores pueden ser gente de distintas procedencias y costumbres, pueden tener diferentes formas de ver el mundo como cualquier ser humano común y, como justamente estos, miente. La gran diferencia está en que los escritores – o quien sea que aspira a ser uno- toma a la mentira y la convierte en un estilo de vida.

 
Escribir es tener la osadía de ponerle palabras a cosas, sucesos, vivencias que quien las escribe ha vivido, o cree que vive, o que otros vivieron y de las cuales el escritor no es más que un testigo mudo, o ciego, sordo, o presente, ausente, distante, cercano o tantos etcéteras entre las posiciones desde donde se puede escribir. Y es osadía debido a la naturaleza de lo que se cree que pasó, esa cosa tan grande y tan adscrita a las subjetividades. Después de todo, quién escribe, de algún modo se da el gustito de decir las cosas como las cree, como las ve y como las siente. Un escritor es ese tirano indomable que le da por presentar sus maneras de ver al mundo, y que encima se da el gusto de ocultar que nos está vendiendo sus pensamientos, que está ornamentando sus embustes para que los leamos y expresemos un agrado, un desagrado. Una reacción, al fin y al cabo.

 
Quizá deba acortar el espectro. Quizá no debería lanzarme a decir nada más que “escritor”, permitiendo que quiensea que escribe sus pensamientos en una hoja se sienta merecedor de estas palabras. O para que quienes no escriben literatura, necesariamente, se ofendan con el epíteto utilizado. Pero si aclarar que cuando hablo de escritores me refiero a esos que se dan a la tarea de inventar cosas, de crear mundos, de imponerse la disciplina de leer y escribir cada día, de no parar nunca, ni ante el temido bloqueo, ni ante las vicisitudes de sus pequeños infiernos. Hablo de esos escritores que a cada hora se lanzan a escribir aun cuando no tienen donde, hablo de los escritores disciplinados, insistentes y tercos que se atreven a algo tan temible como lanzarse a conquistar a una mujer tan especial como es la literatura.

 
Al fin y al cabo un escritor es un narrador que intenta retratar la alegría y la miseria de amar a una mujer en específico. Es ese desconsolado enamorado de la mujer más hermosa, de la más sucia, la más elegante, la que menos errores comete, la que más se equivoca, la más fea, la más impropia, la adecuada, inoportuna, groncha, cándida, perra, es esa mujer improbable que nos da celos presentarla a quiensea pues sabemos que hasta el más avinagrado no podría evitar enamorarse, y esa mujer (o cualquier nombre que quieran ponerle) es la literatura.

 
“You do it to yourself, and that’s what really hurts” dijo uno de los más grandes escritores de la actualidad. Y lo dijo de tal manera, que no hay forma de negarlo. Especialmente para un escritor que se entrega al extraño capricho de amar a la literatura, de amar el narrar, de quienes se enfrascan en el salto semi suicida de publicar, de quienes son capaces de asumir un compromiso con sabor a noviazgo que implica escribir una novela, o de los viajes cortos que son los cuentos. No será lo más glamoroso, no será lo que la mayoría quiere, puede que no seamos más que un hato de “lusers” mentirosos, alharacos y encima “artistas”, pero puta mierda, no creo que nadie que escriba se arrepienta de hacerlo.

 

¡Ah! Feliz año nuevo y todas esas cosas que se dicen.

 

¡Feliz ano nuevo!